miércoles, 30 de marzo de 2011

Canción de Hielo y Fuego / Juego de Tronos / Parte 3/, por Martin George R R


EDDARD

—La causa de todos los problemas es el torneo de la Mano, señores —se quejó el comandante de la Guardia de la Ciudad ante el Consejo del rey.
—El torneo del rey —lo corrigió Ned con una mueca—. Te garantizo que la Mano no quiere saber nada del tema.
—Podéis llamarlo como queráis, mi señor. Llegan caballeros de todas partes del reino, y por cada caballero llegan también dos mercenarios, tres artesanos, seis soldados, una docena de comerciantes y dos de prostitutas, y más ladrones de los que quiero imaginar. Este condenado calor tiene a los ciudadanos al borde de un ataque, y ahora, con tantos visitantes... Anoche tuvimos un ahogado, una reyerta de taberna, tres peleas con navajas, una violación, dos incendios, ni se sabe cuántos robos, y una carrera de caballos de borrachos por la calle de las Hermanas. La noche anterior encontramos la cabeza de una mujer en el Gran Sept, en el estanque del arco iris. Por lo visto nadie sabe de quién era, ni cómo llegó allí.
—Qué espanto —comentó Varys con un escalofrío.
—Si no puedes mantener la paz del rey, quizá otro deba dirigir la Guardia de la Ciudad, Janos. —Lord Renly Baratheon era menos compasivo—. Otro que sí pueda.
—Ni el propio Aegon el Dragón podría mantener la paz, Lord Renly. —Janos, un hombre grueso y con papada, se hinchó como un sapo furioso, con el rostro enrojecido—. Lo que necesito son más hombres.
—¿Cuántos? —preguntó Ned inclinándose hacia adelante. Como de costumbre, Robert no se había molestado en asistir a la sesión del Consejo, así que la Mano tenía la obligación de hablar en su nombre.
—Tantos como sea posible, Lord Mano.
—Contrata a cincuenta hombres —le dijo Ned—. Lord Baelish se encargará de que recibas fondos.
—Ah, ¿sí? —dijo Meñique.
—Desde luego. Conseguiste cuarenta mil dragones de oro para el torneo, no me cabe duda de que encontrarás algo de calderilla para mantener la paz del rey. —Ned se volvió hacia Janos Slynt—. También te cederé a veinte espadas de mi casa para que sirvan con la Guardia hasta que acaben los festejos.
—Os lo agradezco, Lord Mano —dijo Slynt con una reverencia—. Os prometo que aprovecharemos al máximo vuestro esfuerzo.
Cuando el comandante salió de la estancia, Eddard se volvió hacia el resto del Consejo.
—Cuanto antes acabe esta locura, mejor —dijo. Por si no fuera suficiente con los gastos y las molestias, todos se empeñaban en echar sal en la herida de Ned denominándolo «el torneo de la Mano», como si él fuera la causa. ¡Y Robert creía sinceramente que debería sentirse honrado!
—Estos acontecimientos hacen prosperar al reino, mi señor —dijo el Gran Maestre Pycelle—. Dan a los grandes una oportunidad de alcanzar la gloria, y a los pequeños un descanso en medio de sus preocupaciones.
—Y llenan más de un bolsillo —agregó Meñique—. Todas las posadas de la ciudad están ocupadas, y las putas caminan como si montaran a caballo.
—Menos mal que mi hermano Stannis no está aquí —intervino Lord Renly riéndose—. ¿Os acordáis de aquella vez que propuso prohibir los burdeles? El rey le preguntó si no sería mejor prohibir también comer, cagar y respirar. A veces me pregunto cómo tuvo Stannis a esa hija tan fea. Va al lecho conyugal como quien se dirige al campo de batalla, con una expresión sombría en el rostro, pero decidido a cumplir con su deber.
—Yo también estaba pensando en vuestro hermano Stannis. —dijo Ned, que no había participado en la carcajada—. ¿Cuándo terminará su visita a Rocadragón y volverá a ocupar su puesto en este Consejo?
—Seguro que en cuanto arrojemos al mar a todas las putas —replicó Meñique, lo que provocó otra carcajada.
—Ya he oído bastante charla sobre putas por hoy —dijo Ned al tiempo que se levantaba—. Hasta mañana.
Harwin estaba de guardia cuando Ned volvió a la Torre de la Mano.
—Di a Jory que acuda a mis habitaciones, y pídele a tu padre que ensille mi caballo —ordenó Ned con cierta brusquedad.
—Sí, mi señor.
Mientras subía por las escaleras, Ned pensó que la Fortaleza Roja y el torneo de la Mano lo exasperaban hasta límites inimaginables. Añoraba el refugio de los brazos de Catelyn, el ruido de las espadas de Robb y Jon al chocar en el patio de entrenamientos, los días frescos y las noches frías del norte.
Una vez en sus habitaciones se despojó de las ropas de seda con que acudía al Consejo, y centró su atención en el libro mientras aguardaba la llegada de Jory. Linajes e historia de las Grandes Casas de los Siete Reinos, con muchas descripciones de nobles caballeros, damas y sus descendientes, obra del Gran Maestre Malleon. Pycelle le había dicho la verdad, no era una lectura amena en absoluto. Pero Jon Arryn se había interesado por aquel libro, y Ned estaba seguro de que tenía algún motivo. En aquellas páginas amarillentas y quebradizas se ocultaba algo, algún hecho importante. Pero, ¿cuál? Aquel tomo tenía más de cien años. Apenas quedaba algún hombre con vida de los nacidos cuando Malleon compiló su polvorienta lista de matrimonios, nacimientos y defunciones.
Volvió a abrirlo por el capítulo relativo a la Casa Lannister y fue pasando las páginas, con la vana esperanza de encontrar la clave en el momento menos pensado. Los Lannister eran una familia antigua, sus orígenes se remontaban a Lann el Astuto, un embaucador de la Edad de los Héroes, tan legendario como Bran el Constructor, aunque mucho más apreciado por juglares y narradores. En las canciones, Lann conseguía sacar a los Casterly de Roca Casterly sin más arma que su ingenio, y robaba el oro del sol para dar brillo a los rizos de su cabello. A Ned le habría gustado contar con su ayuda en aquel momento, a ver si conseguía sacar la verdad oculta en aquel condenado libro.
Un golpe brusco en la puerta anunció la llegada de Jory Cassel. Ned cerró el tomo de Malleon y le dijo que entrara.
—He prometido ceder veinte hombres a la Guardia de la Ciudad hasta que acabe el torneo —dijo—. Te encomiendo que los elijas. Pon a Alyn al mando, y asegúrate bien de que los hombres comprenden que su misión es poner fin a las reyertas, no iniciarlas. —Ned se levantó, abrió un arcón de cedro y sacó ropa interior de lino ligero—. ¿Has encontrado al mozo de cuadras?
—Al guardia, mi señor —lo corrigió Jory—. Jura que no volverá a tocar un caballo en lo que le queda de vida.
—¿Te ha dicho algo interesante?
—Asegura que conocía bien a Lord Arryn. Que eran amigos íntimos. —Jory dejó escapar un bufido—. Dice que la Mano daba a cada chico una moneda de cobre en su día del nombre. Que se le daba bien tratar a los caballos. No los presionaba demasiado, y les llevaba zanahorias y manzanas, así que los animales se ponían contentos al verlo.
—Zanahorias y manzanas —repitió Ned.
Por lo visto aquel chico iba a ser aún menos útil que los otros. Y era el último de los cuatro que había mencionado Meñique. Jory había hablado con todos, uno por uno. Ser Hugh se mostró brusco y poco propenso a colaborar, tan arrogante como sólo podía serlo un caballero recién nombrado. Si la Mano quería hablar con él, estaría encantado de recibirlo, pero no permitiría que lo interrogara un simple capitán de la guardia... ni aunque dicho capitán fuera diez años mayor que él, y cien veces mejor espadachín. La sirvienta, por lo menos, había sido amable. Comentó que no era bueno que Lord Jon leyera tanto, que parecía melancólico y estaba muy preocupado por la frágil salud de su hijito, y que siempre discutía con su esposa. El antiguo criado, ahora zapatero, jamás había intercambiado dos palabras con Lord Jon, pero sabía multitud de chismorreos: el señor había discutido con el rey, el señor apenas si probaba su comida, el señor iba a enviar a su hijo como pupilo a Rocadragón, el señor estaba muy interesado en la cría de perros de caza, el señor había visitado a un maestro armero para encargarle una armadura nueva, forjada en plata, con un halcón de jaspe y una luna de madreperla en el pecho. El propio hermano del rey había ido con él para elegir el diseño, según el criado. No, Lord Renly no, el otro, Lord Stannis.
—¿Y el guardia recordaba algo más de interés?
—Asegura que Lord Jon era tan fuerte como un hombre que tuviera la mitad de sus años. Iba a menudo a cabalgar con Lord Stannis.
«Otra vez Stannis», pensó Ned. Aquello era extraño. Jon Arryn y Lord Stannis siempre mantuvieron una relación cortés, no amistosa. Y cuando Robert emprendió el viaje hacia Invernalia, Stannis se retiró a Rocadragón, la fortaleza isleña de los Targaryen que él mismo había conquistado en nombre de su hermano. No había dicho cuándo pensaba regresar.
—¿A dónde iban cuando salían a caballo?
—Según el chico, visitaban un burdel.
—¿Un burdel? —se sorprendió Ned—. ¿El señor del Nido de Águilas y Mano del Rey iba a un burdel con Stannis Baratheon?
Sacudió la cabeza, incrédulo, pensando en lo que diría Lord Renly si supiera aquello. Las aventuras de Robert eran tema de canciones de taberna en todo el reino, pero Stannis era muy diferente. Apenas tenía un año menos que el rey, y no se le parecía en nada: era austero, adusto, y su sentido del deber rozaba el fanatismo.
—El chico está seguro. Dice que la Mano se llevaba tres hombres como escolta, y que ellos bromeaban mientras les cuidaban los caballos.
—¿A qué burdel iban?
—Él no lo sabía. Los guardias lo sabrán.
—Lástima que Lysa se los llevara —gruñó Ned—. Los dioses nos ponen todos los impedimentos que pueden. Lady Lysa, el maestre Colemon, Lord Stannis... todo el que podía saber qué le sucedió a Jon Arryn está a mil leguas.
—¿Vais a hacer venir a Lord Stannis de Rocadragón?
—Todavía no —dijo Ned—. Esperaré a tener una idea más precisa de qué está pasando, y de su papel en esto.
Aquel asunto lo tenía muy preocupado. ¿Por qué se había marchado Stannis? ¿Había tenido algo que ver con el asesinato de Jon Arryn? ¿O había tenido miedo? A Ned le costaba imaginar algo capaz de atemorizar a Stannis Baratheon, que en el pasado había soportado un año de asedio en Bastión de Tormentas, sobreviviendo a base de ratas y del cuero de las botas, mientras en el exterior Lord Tyrell y Lord Redwyne organizaban festines a la vista de sus muros.
—Tráeme el jubón, por favor. El gris, el que tiene el emblema del lobo huargo. Quiero que el armero sepa quién soy. Igual eso lo vuelve más sincero.
—Lord Renly es tan hermano de Lord Stannis como del rey —dijo Jory mientras se dirigía hacia el guardarropa.
—Pero por lo visto no lo invitaban a esas expediciones.
Ned no sabía que pensar de Renly, siempre tan amistoso y sonriente. Hacía pocos días Renly lo había llevado aparte para mostrarle un exquisito medallón de oro en forma de rosa. Dentro había un retrato en miniatura, del vívido estilo myriano, que representaba a una hermosa joven con ojos de gacela y una cascada de suave cabello castaño. Renly parecía muy deseoso de saber si la chica le recordaba a alguien, y cuando Ned se encogió de hombros por toda respuesta se mostró decepcionado. Le confesó que la dama era la hermana de Loras Tyrell, Margaery, pero algunos decían que se parecía a Lyanna.
—Pues no —le había respondido Ned, divertido. ¿Sería posible que Renly, tan parecido a Robert de joven, se hubiera encaprichado de la chica que consideraba una nueva Lyanna? Le pareció una extravagancia.
Jory le tendió el jubón y le ayudó a ponérselo.
—Puede que Lord Stannis regrese para el torneo de Robert —dijo mientras Jory le anudaba la prenda por la espalda.
—Sería todo un golpe de suerte, mi señor.
Ned sonrió, sombrío, mientras se colgaba una espada larga del cinto.
—En otras palabras, que es improbable.
Jory le puso la capa sobre los hombros y se la cerró en la garganta con el broche propio del cargo de la Mano.
—El herrero vive sobre su taller, en una casa grande al comienzo de la calle del Acero. Alyn conoce el camino, mi señor.
Ned asintió.
—Los dioses ayuden al criado si me está haciendo perder el tiempo.
Era una pista muy pequeña en la que depositar sus esperanzas, pero el Jon Arryn que Ned Stark había conocido no era de los que se ponían armaduras de plata enjoyadas. El acero era el acero. Servía para protegerse, no para adornarse. Podía haber cambiado, claro. No sería el primero que veía las cosas de otra manera tras unos cuantos años en la corte... Pero el detalle era demasiado llamativo para que Ned lo pasara por alto.
—¿Puedo serviros en algo más?
—Tendrás que empezar a visitar prostíbulos.
—Dura misión me encomendáis, señor —sonrió Jory—. A mis hombres no les importará ayudarme. Creo que Porther ya ha empezado por su cuenta.
El caballo favorito de Ned estaba ensillado y lo aguardaba en el patio. Varly y Jacks se unieron a él. Debían de estar asfixiados en los cascos de acero y las cotas de mallas, pero no se quejaban. Lord Eddard pasó por la Puerta del Rey y salió al hedor de la ciudad, con la capa blanca y gris ondeando a sus espaldas. Le parecía ver ojos por todas partes, y puso el caballo al trote. Sus guardias lo siguieron.
Atravesaron las concurridas calles de la ciudad, pero no podía evitar mirar hacia atrás con frecuencia. Tomard y Desmond habían salido del castillo temprano aquella misma mañana para ocupar posiciones en la ruta que iban a seguir y vigilar que nadie fuera tras ellos, pero incluso así Ned no se sentía seguro. La sombra de la Araña del Rey y de sus pajaritos lo ponía tan nervioso como una doncella en su noche de bodas.
La calle del Acero comenzaba en la plaza del mercado, junto a la Puerta del Río, que era como se la denominaba en los mapas, o la Puerta del Lodazal, que era como la llamaba la gente. Un comediante subido en unos zancos se movía entre la multitud como un insecto gigantesco, entre el griterío de una horda de críos descalzos que lo seguían. Cerca de allí, un par de niños que no serían mayores que Bran se batían en duelo con palos, rodeados por los gritos de ánimo de unos y las maldiciones furiosas de otros. Una vieja puso fin a la contienda mediante el sistema de asomarse por la ventana y vaciar un cubo de agua sucia sobre las cabezas de los contendientes. A la sombra del muro los granjeros pregonaban la mercancía de sus carretas: «Manzanas, las mejores manzanas, serían baratas aunque costaran el doble»; o «Melones, dulces como la miel», o «Patatas, cebollas, ajos, que se acaban, que se acaban».
La Puerta del Lodazal estaba abierta, y unos cuantos Guardias de la Ciudad, con capas doradas, se encontraban bajo el rastrillo apoyados en las lanzas. Cuando una columna de jinetes procedentes del oeste se acercó a ellos, los guardias se pusieron en acción, empezaron a gritar órdenes y a organizar el tránsito de personas y carros para que el caballero pudiera entrar con su escolta. El primer jinete que cruzó la puerta portaba un largo estandarte negro. La seda ondeaba al viento como si estuviera viva. En el tejido aparecía el dibujo de un cielo nocturno hendido por un rayo púrpura.
—¡Dejad paso a Lord Beric! —gritaba el jinete—. ¡Dejad paso a Lord Beric!
Tras él llegó el señor en persona, un joven gallardo de pelo dorado rojizo y capa de seda negra tachonada de estrellas.
—¿Venís a combatir en el torneo de la Mano, mi señor? —le preguntó un guardia.
—¡Vengo a ganar el torneo de la Mano! —replicó Lord Beric sobre el clamor de la multitud.
Ned se alejó de la plaza por la calle del Acero y siguió su tortuoso recorrido por una larga colina, pasando junto a herreros que trabajaban en sus fraguas al aire libre, mercenarios que regateaban por cotas de mallas y mercaderes encanecidos que trataban de vender espadas y navajas. Cuanto más ascendían, más grandes eran los edificios. El hombre que buscaban estaba en la cima de la colina, en una gran casa de madera y yeso cuyos pisos superiores descollaban sobre la calle estrecha. La doble puerta de la entrada era de ébano y arciano, y tenía tallada una escena de caza. Un par de caballeros de piedra montaban guardia en la entrada, sus armaduras eran unas hermosas obras de brillante acero rojo que los transformaban en un grifo y un unicornio. Ned dejó el caballo al cuidado de Jacks y entró en la casa.
La joven criada se fijó al instante en el broche y el emblema de Ned, y el maestre salió de inmediato, todo sonrisas y reverencias.
—Trae vino para la Mano del Rey —dijo a la criada, al tiempo que señalaba a Ned el sillón más cómodo—. Soy Tobho Mott, mi señor, poneos cómodo, os lo ruego. —Llevaba una casaca de terciopelo negro con martillos bordados en las mangas con hilo de plata. Del cuello le colgaba una cadena de plata muy pesada, con un zafiro del tamaño de un huevo de paloma—. Si lo que queréis son armas nuevas para el torneo de la Mano, habéis venido al lugar indicado. —Ned no se molestó en corregirlo—. Mi trabajo cuesta su buen dinero, mi señor, y lo digo con orgullo —siguió mientras llenaba dos copas de plata—. En los Siete Reinos no hay artesano capaz de igualar mis piezas, eso os lo aseguro. No tenéis más que visitar todas y cada una de las forjas de Desembarco del Rey para comparar. Para aporrear a martillazos una cota de mallas vale cualquier herrero de pueblo. Lo que yo hago son obras de arte.
Ned bebió un sorbo de vino y dejó que el hombre siguiera parloteando. Tobho se jactó de que el Caballero de las Flores compraba allí su armadura, así como otros muchos grandes señores, los que entendían del buen acero, incluso Lord Renly, el hermano del propio rey. ¿Había visto la Mano la armadura nueva de Lord Renly, la verde con las astas doradas? No había otro armero en la ciudad capaz de conseguir un verde tan intenso; él sabía cómo dar color al mismísimo acero; la pintura y los esmaltes eran los recursos del aprendiz. ¿O tal vez lo que buscaba la Mano era una espada nueva? Tobho había aprendido de niño a trabajar el acero valyriano en las forjas de Qohor. Para coger armas viejas y forjarlas de nuevo había que conocer los hechizos.
—El lobo huargo es el emblema de la Casa Stark, ¿verdad? Puedo haceros un yelmo de huargo tan realista que los niños huirán nada más veros —le aseguró.
—¿Le hiciste un yelmo con un halcón a Lord Arryn? —preguntó Ned con una sonrisa.
—La Mano vino a visitarme, acompañado por Lord Stannis, el hermano del rey —contestó Tobho Mott después de una larga pausa y de dejar a un lado la copa de vino—. Por desgracia ninguno de los dos me hizo el honor de encargarme armas ni armaduras.
Ned se lo quedó mirando sin decir palabra, a la espera. A lo largo de los años había aprendido que a veces el silencio da más fruto que las preguntas. Aquélla fue una de esas ocasiones.
—Querían ver al chico —añadió al final el armero—. Así que los llevé a la fragua.
—El chico —repitió Ned. No tenía ni la menor idea de a quién se refería—. A mí también me gustaría ver al chico.
—Como deseéis, mi señor —dijo Tobho Mott dirigiéndole una mirada fría, desconfiada, sin rastro de su anterior amabilidad.
Guió a Ned a una puerta trasera y por un patio estrecho, hasta el enorme silo de piedra donde estaba la fragua. Cuando el armero abrió la puerta, la ráfaga de aire caliente hizo que Ned se sintiera como si entrara en la boca de un dragón. En el interior refulgía una forja en cada esquina y el aire apestaba a humo y a azufre. Los trabajadores alzaron la vista de las tenazas y los martillos el tiempo justo para secarse el sudor de la frente, mientras los aprendices de torso desnudo seguían manejando los fuelles.
El maestro llamó a un muchacho alto, más o menos de la edad de Robb, pero con el pecho y los brazos muy musculosos.
—Éste es Lord Stark, la nueva Mano del Rey —dijo al chico de ojos azules y hoscos, que se retiraba de la frente el pelo empapado de sudor. Tenía el cabello negro como la tinta, espeso e indómito. La sombra de una barba incipiente le oscurecía la mandíbula—. Éste es Gendry. Es muy fuerte para su edad, y trabaja duro. Enséñale a la Mano el yelmo que has hecho, chico.
El muchacho los guió hacia su mesa de trabajo y, casi con timidez, tendió a Ned un yelmo de acero con forma de cabeza de toro y dos enormes cuernos curvos.
Ned dio vueltas al yelmo entre sus manos. Era de acero basto, sin pulir, pero que denotaba una mano experta.
—Un trabajo excelente. Sería un placer que me permitieras comprarlo.
—No está en venta —dijo el chico arrebatándoselo de las manos.
—Estás hablando con la Mano del Rey, chico. —Tobho Mott lo miraba horrorizado—. Si su señoría quiere este yelmo, regálaselo. Te ha hecho el honor de pedírtelo.
—Lo he forjado para mí —replicó el muchacho con testarudez.
—Os pido mil perdones, mi señor —dijo el maestro a Ned—. El chico es todavía basto como el acero sin trabajar, le sentarán bien unos cuantos golpes. De todas maneras, ese yelmo es un trabajo de aprendiz. Perdonadlo y prometo que os haré otro como nadie ha visto jamás.
—El muchacho no ha hecho nada que deba perdonarle. Gendry, cuando Lord Arryn vino a verte, ¿de qué hablasteis?
—Me hizo preguntas, mi señor, nada más.
—¿Qué preguntas?
—Que cómo estaba —contestó el chico encogiéndose de hombros—, que si me trataban bien, que si me gustaba el trabajo, y cosas sobre mi madre. Que quién era, y qué aspecto tenía y todo eso.
—¿Qué le respondiste? —insistió Ned.
—Murió cuando yo era muy pequeño. —Gendry se apartó de la mente un mechón de pelo negro—. Sé que tenía el pelo rubio y que a veces me cantaba canciones, de eso sí me acuerdo. Trabajaba en una taberna.
—¿Lord Stannis también te hizo preguntas?
—¿El calvo? No, ése no dijo ni palabra, sólo me miraba como si yo fuera un violador y me hubiera tirado a su hija.
—Cuidado con lo que dices, malhablado —intervino el maestro—. Estás ante la Mano del Rey. —El chico bajó los ojos—. Es un muchacho listo, pero muy terco. Ese yelmo es porque los demás dicen que es obstinado como un toro, hasta lo llaman así, Cabeza de Toro. Y por lo visto a él le gusta.
Ned apartó el espeso pelo negro de la frente del chico.
—Mírame, Gendry. —El aprendiz alzó la vista. Ned estudió la forma de la mandíbula, los ojos como hielo azul. «Claro. Ya lo entiendo», pensó—. Sigue trabajando, muchacho. Siento haberte molestado.
Volvió a la casa con el maestro.
—¿Quién pagó la tasa para el aprendizaje del chico? —preguntó a la ligera.
—Vos mismo habéis visto que es muy fuerte. —Mott parecía alarmado—. Tiene buenas manos, parecen hechas para sostener el martillo. Promete mucho. Lo acepté como aprendiz sin que me pagaran.
—Dime la verdad —replicó Ned—. Las calles están a rebosar de chicos fuertes. El día que aceptes a un aprendiz gratis será el día en que el Muro se derrumbe. ¿Quién pagó su cuota?
—Un señor importante —confesó el maestro de mala gana—. No me dijo su nombre y no lucía ningún emblema. Me pagó en oro el doble de la tarifa habitual, y me dijo que me pagaba una vez por el chico y otra por mi silencio.
—Descríbemelo.
—Era recio, fuerte, no tan alto como vos. De barba castaña pero con hebras rojas, o eso me pareció. Llevaba una capa de buen tejido, terciopelo púrpura muy grueso con bordados de plata. Se había echado la capucha sobre la cara y no lo vi bien. —Titubeó un instante—. No quiero meterme en problemas, mi señor.
—Ninguno queremos, pero vivimos en tiempos problemáticos, maestro Mott —dijo Ned—. Ya sabes quién es el chico.
—Sólo soy un armero, mi señor. Sólo sé lo que me dicen.
—Ya sabes quién es el chico —repitió Ned con paciencia—. No te hago ninguna pregunta.
—Es mi aprendiz —replicó el hombre. Miró a Ned cara a cara, con ojos duros como el hierro forjado—. No me importa quién fuera antes de llegar aquí.
Ned asintió. Tobho Mott, maestro armero, le caía bien.
—Si llega un día en que Gendry prefiera esgrimir espadas en vez de forjarlas, envíamelo. Tiene madera de guerrero. Hasta entonces, maestro Mott, cuenta con mi agradecimiento. Y con mi promesa: si alguna vez quiero un casco para asustar a los niños, acudiré a ti.
Su guardia aguardaba en el exterior con los caballos.
—¿Habéis averiguado algo, mi señor? —preguntó Jacks mientras Ned montaba.
—Sí —respondió Ned, todavía intrigado.
¿Por qué había mostrado interés Jon Arryn en un bastardo del rey, y por qué eso le había costado la vida?

CATELYN

—Deberíais cubriros la cabeza, mi señora —le dijo Ser Rodrik mientras los caballos trotaban hacia el norte—. Os vais a resfriar.
—No es más que agua, Ser Rodrik —replicó Catelyn. Tenía la cabellera empapada y pesada, con mechones pegados a la frente, y se imaginaba el aspecto descuidado que debía de tener, pero por una vez no le importaba en absoluto. La lluvia del sur era suave y cálida. A Catelyn le gustaba sentirla en la cara, dulce como el beso de una madre. La hacía volver a su infancia, a los largos días grises en Aguasdulces. Recordaba bien el bosque de dioses, las ramas dobladas por el peso de la humedad, las risas de su hermano que la perseguía entre montones de hojas mojadas. Recordaba cómo preparaba con Lysa pasteles de barro, lo pesados de eran, cómo le resbalaba el lodo entre los dedos. Se los habían servido a Meñique entre risitas, y el niño había comido tanto barro que se había pasado una semana enfermo. Qué jóvenes eran entonces.
Catelyn casi había olvidado aquello. En el norte la lluvia caía fría y dura, a veces se helaba durante la noche. Mataba tantas cosechas como nutría, y hacía que los hombres corrieran en busca del refugio más cercano. No era una lluvia bajo la que jugaran las niñas.
—Estoy empapado —se quejó Ser Rodrik—. Calado hasta los huesos. —Los rodeaba un bosque cerrado, y el golpeteo constante de la lluvia en las hojas se acompasaba con el chapoteo de los cascos de los caballos en el lodo del camino—. Esta noche nos hará falta una buena hoguera, mi señora. Y tampoco nos sentaría mal una buena cena caliente.
—En la próxima encrucijada hay una posada —le dijo Catelyn.
En su juventud había dormido en ella más de una vez, cuando acompañaba a su padre en algún viaje. Lord Hoster Tully era un hombre inquieto, siempre estaba yendo de un lugar a otro. Catelyn recordaba bien aquella taberna, y a una mujer obesa llamada Masha Heddle, que masticaba hojamarga día y noche, y parecía tener una provisión inagotable de sonrisas y pasteles para los niños. Los pasteles rebosaban miel, eran riquísimos y dulces, pero las sonrisas eran el terror de Catelyn. La hojamarga había manchado los dientes de Masha de un color rojo oscuro y su sonrisa era un horror ensangrentado.
—Una posada —repitió Ser Rodrik, melancólico—. Ojalá... Pero no podemos correr el riesgo. Si queremos conservar el anonimato, es mejor que busquemos algún refugio de pastores... —Se interrumpió bruscamente al oír unos sonidos más adelante en el camino; chapoteos en el agua, tintineo de mallas, el relincho de un caballo—. Jinetes —avisó al tiempo que echaba mano a la espada. Nunca estaba de más ser precavido, ni siquiera en el camino real.
Siguieron los sonidos, doblaron un recodo del camino y los vieron: era una columna de hombres armados, que vadeaba sin el menor sigilo un arroyuelo crecido. Catelyn tiró de las riendas para cederles el paso. El estandarte que portaba el primero de los jinetes estaba empapado y colgaba lacio del asta, pero los guardias llevaban capas color añil y sobre sus hombros volaba el águila plateada de Varamar.
—Son hombres de Mallister —le susurró Ser Rodrik, como si ella no se hubiera dado cuenta—. Será mejor que os echéis la capucha sobre la cara, mi señora.
Catelyn no se movió. Entre los hombres viajaba el propio Lord Jason Mallister, rodeado por sus caballeros, junto a su hijo Patrek y seguido por los escuderos. Sabía que se dirigían a Desembarco del Rey, al torneo de la Mano. A lo largo de la semana se habían cruzado con incontables viajeros que iban en dirección contraria a ellos: caballeros y mercenarios, juglares con arpas y tambores, carromatos cargados de lúpulo, maíz o barriletes de miel, comerciantes, artesanos y prostitutas. Todos se dirigían hacia el sur.
Escudriñó a Lord Jason sin la menor discreción. La última vez que lo había visto bromeaba con su tío, durante el banquete de su boda con Ned. Los Mallister eran banderizos de los Tully, y los regalos habían sido muy generosos. Lord Jason tenía ya el pelo encanecido y el tiempo le había cincelado arrugas en el rostro, pero los años no habían conseguido hacer mella en su orgullo. Cabalgaba como si no tuviera miedo a nada. Catelyn lo envidió por eso. Ella tenía miedo de tantas cosas... Lord Jason hizo un gesto de saludo con la cabeza al pasar junto a ellos, pero no era más que el ademán cortés de un gran señor al cruzarse con unos desconocidos. En sus ojos fieros no hubo asomo de identificación, y su hijo ni se molestó en mirarlos.
—No os ha reconocido —se asombró Ser Rodrik cuando hubieron pasado de largo.
—Sólo ha visto a un par de viajeros manchados de barro, empapados y cansados, a un lado del camino. Ni se le pasaría por la cabeza que uno de ellos fuera la hija de su señor. No pasará nada si entramos en la posada, Ser Rodrik.
Ya era casi de noche cuando llegaron al edificio, situado en la encrucijada al norte de la gran confluencia del Tridente. Masha Heddle estaba más gruesa y canosa de como la recordaba Catelyn, y seguía mascando hojamarga, pero apenas si les dedicó una mirada somera, sin rastro de su aterradora sonrisa roja.
—Lo único que me quedan son dos habitaciones en la planta de arriba —dijo sin dejar de mascar—. Están bajo el campanario, así seguro que no os olvidáis de las horas de las comidas, aunque a algunos les parece que el ruido es excesivo. Pero no hay otra cosa, estamos hasta arriba. O dormís en esas habitaciones, o en el camino.
Optaron por las habitaciones, un par de buhardillas polvorientas en la cima de una escalera estrecha y destartalada.
—Dejad las botas aquí —dijo Masha en cuanto le hubieron pagado—. El chico os las limpiará. No quiero que me embarréis las escaleras. Y estad atentos a la campana, el que llega tarde a la mesa no come.
No hubo sonrisas, ni mencionó pastel alguno.
La campana que anunciaba la cena resonó ensordecedora. Catelyn se había puesto ropa seca, y estaba sentada junto a la ventana, viendo caer la lluvia. El cristal era lechoso, lleno de burbujas, y en el exterior el ocaso empezaba a tender su manto. Catelyn apenas llegaba a divisar el lodazal que era la encrucijada de los dos grandes caminos.
La encrucijada la hacía pensar. Si en aquel punto se desviaban hacia el oeste tendrían por delante un viaje agradable hasta Aguasdulces. Su padre siempre le había dado consejos sabios cuando más los necesitaba, y deseaba con toda el alma hablar con él, prevenirlo contra la tormenta que se fraguaba. Si Invernalia debía prepararse para la guerra, cuánto más Aguasdulces, que se encontraba más cerca de Desembarco del Rey y tenía el poderío de Roca Casterly vigilando desde el oeste como una sombra. Si su padre hubiera estado más fuerte quizá lo habría hecho, pero Hoster Tully llevaba dos años postrado en el lecho, y Catelyn no quería cargarlo con más preocupaciones.
El camino que se dirigía hacia el este era más agreste y peligroso, había que ascender por colinas rocosas y atravesar bosques espesos para adentrarse en las Montañas de la Luna, recorrer caminos estrechos y atravesar simas profundas, hasta llegar al Valle de Arryn y a los pedregosos Dedos. Allí encontraría a su hermana... y quizá algunas de las respuestas que Ned buscaba. Sin duda Lysa sabría más de lo que se había atrevido a poner por escrito en la carta. Quizá tuviera las pruebas que Ned necesitaba para provocar la caída de los Lannister, y si empezaba la guerra necesitarían a los Arryn y a los señores de oriente que les habían jurado lealtad.
Pero el camino de la montaña era peligroso. Los gatosombras merodeaban por los desfiladeros, no eran extraños los desprendimientos de rocas, y los clanes montañeses se dedicaban a robar y asesinar a los viajeros, antes de desaparecer como la bruma cada vez que los caballeros recorrían el Valle en su busca. Hasta el propio Jon Arryn, uno de los más grandes caballeros que había conocido el Nido de Águilas, viajaba siempre con una buena guarnición cuando tenía que cruzar las montañas. El único guardián de Catelyn era un caballero anciano, cuya mejor armadura era la lealtad.
No, pensó. Aguasdulces y el Nido de Águilas tendrían que esperar. Debía encaminar sus pasos hacia el norte, hacia Invernalia, donde sus hijos y sus obligaciones la aguardaban. En cuanto cruzaran el Cuello podría descubrir su identidad a cualquiera de los banderizos de Ned, y enviar jinetes con orden de montar guardia en el camino real.
La lluvia oscurecía los campos más allá de la encrucijada, pero Catelyn veía en sus recuerdos las tierras despejadas. El mercado quedaba justo al otro lado del camino, y el pueblo, a apenas un par de kilómetros, no era más que medio centenar de granjas blancas alrededor de un pequeño sept de piedra. Seguramente ya habría más. El verano había sido largo y tranquilo. Hacia el norte el camino real discurría a lo largo del Forca Verde del Tridente, por valles fértiles y bosques frondosos, cerca de ciudades prósperas, fortines seguros y castillos donde habitaban los señores del río.
Catelyn los conocía a todos: los Blackwood y los Bracken, enemigos eternos, cuyas disputas se veía obligado a zanjar su padre; Lady Whent, la última de su estirpe, que moraba con sus fantasmas bajo las bóvedas cavernosas de Harrenhal; y el irascible Lord Frey, que había enterrado a siete esposas y había llenado sus dos castillos de hijos, nietos y bisnietos, y también de hijos bastardos y nietos bastardos. Todos eran banderizos de los Tully, habían jurado poner sus espadas al servicio de Aguasdulces. Pero, en caso de guerra, ¿bastaría con eso? Catelyn sabía que jamás había habido un hombre tan decidido como su padre, no le cabía duda de que convocaría a sus banderizos. Pero, ¿acudirían? Los Darry, los Ryger y los Mooton también habían prestado juramento a Aguasdulces, pero en el Tridente se aliaron con Rhaegar Targaryen, mientras que Lord Frey y sus hombres habían llegado mucho después de que terminara la batalla, con lo que había serias dudas sobre a qué bando pensaban apoyar («Al vuestro», había jurado solemnemente a los vencedores tras el combate, pero eso no impidió que su padre lo apodara «El difunto Lord Frey»). No, no debía haber guerra, deseó Catelyn con toda su alma. No podían permitirlo.
Ser Rodrik entró a buscarla justo cuando cesaba el estrépito de la campana.
—Si queréis cenar algo más vale que nos demos prisa, mi señora —dijo.
—Será mejor que dejemos de ser señora y caballero hasta que no estemos más allá del Cuello —respondió ella—. Los viajeros sin rango llaman menos la atención. Podemos ser un padre con su hija que recorren el camino real por asuntos familiares.
—Tenéis razón, mi señora —asintió Ser Rodrik. La carcajada de Catelyn le hizo caer en la cuenta de lo que había dicho—. Es difícil olvidar las costumbres de toda una vida, mi... hija mía. —Fue a retorcerse los desaparecidos bigotes y dejó escapar un suspiro de exasperación.
—Vamos, padre —dijo Catelyn cogiéndose de su brazo—. Masha Heddle es una excelente cocinera, pronto lo verás. Eso sí, mejor no alabes sus guisos. Su sonrisa te estropearía la cena.
La sala común era alargada y estaba llena de corrientes. En un extremo había una hilera de toneles de madera y en el otro una chimenea. Un criado jovencito corría de un lado a otro con espetones de carne, mientras que Masha sacaba cerveza de los barriles sin dejar de mascar hojamarga.
Los bancos estaban abarrotados; los aldeanos y los granjeros se mezclaban sin problema con todo tipo de viajeros. La encrucijada hacía que allí se reuniera gente de lo más dispar: los tintoreros de manos negras y púrpuras compartían asiento con los pescadores del río que apestaban a pescado, un herrero de músculos prominentes casi aplastaba a un anciano septon, los mercenarios curtidos y los mercaderes obesos intercambiaban chismorreos como amigos de toda la vida.
Entre los comensales había demasiados guerreros para el gusto de Catelyn. Junto a la chimenea se sentaban tres que lucían el emblema del corcel rojo de los Bracken, y había un grupo numeroso con las cotas de mallas de acero azulado y las capas gris plateado. Llevaban en los hombros broches con otro emblema que conocía, las torres gemelas de la Casa Frey. Examinó sus rostros, pero todos eran demasiado jóvenes para haberla conocido. El mayor de ellos no tendría ni la edad de Bran cuando ella partió hacia el norte.
Ser Rodrik localizó un par de lugares vacíos en el banco más cercano a la cocina. Frente a ellos, un joven agraciado acariciaba distraídamente las cuerdas de una lira.
—Las siete bendiciones caigan sobre vosotros, buena gente —dijo cuando se sentaron. Tenía delante una copa de vino vacía.
—También sobre ti, juglar —saludó a su vez Catelyn.
Ser Rodrik pidió pan, carne y cerveza en un tono que añadía «y que sea ahora mismo». El juglar, un muchacho de unos dieciocho años, los miró descaradamente y les preguntó a dónde iban, de dónde venían y si tenían alguna noticia de interés que compartir. Las preguntas volaban rápidas como flechas, sin hacer pausa alguna para esperar las respuestas.
—Salimos de Desembarco del Rey hace dos semanas —dijo Catelyn, en respuesta a la menos comprometedora de las preguntas.
—Hacia allí voy yo —sonrió el joven. Como ella había supuesto, tenía más interés en contar su historia que en escuchar las ajenas. Nada gustaba tanto a un juglar como el sonido de su voz—. El torneo de la Mano atraerá a grandes señores con las bolsas bien repletas. La última vez gané más plata de la que podía cargar... o de la que habría podido cargar, si no la hubiera perdido toda apostando por la victoria del Matarreyes.
—Los dioses no sonríen al que apuesta —dijo Ser Rodrik con severidad. Era norteño, y compartía el punto de vista de los Stark acerca de los torneos.
—A mí no me sonrieron, desde luego —replicó el juglar—. Entre vuestros crueles dioses y el Caballero de las Flores me jugaron una mala pasada.
—Sin duda aprendiste una lección —señaló Ser Rodrik.
—Desde luego. La próxima vez apostaré por Ser Loras.
Ser Rodrik hizo ademán de retorcerse los bigotes que no tenía, pero antes de que se le ocurriera una réplica hiriente se acercó a ellos el criado, a toda prisa. Les puso delante gruesas rebanadas de pan, y sobre ellas trozos de carne recién sacados del espetón, chorreando jugos calientes. De otro espetón les sirvió cebolletas, guindillas y setas gruesas y jugosas. Ser Rodrik atacó la comida con entusiasmo mientras el muchacho corría a buscarles cerveza.
—Me llamo Marillion —dijo el juglar al tiempo que tañía una cuerda de la lira—. Ya me habréis oído cantar por ahí...
Los modales del muchacho hicieron sonreír a Catelyn. Los trovadores errantes rara vez se dirigían hacia el norte, y mucho menos llegaban a Invernalia, pero durante su infancia en Aguasdulces había conocido a muchos como él.
—No, lo siento —dijo.
—Vosotros os lo perdéis —replicó Marillion haciendo sonar otra nota—. ¿Cuál es el mejor juglar que habéis escuchado?
—Alia de Braavos —respondió Ser Rodrik al instante.
—Bah, yo soy mil veces mejor que ese vejestorio —replicó Marillion—. Será un placer demostrároslo, si tenéis una moneda de plata con que pagar una canción.
—Tengo un par de monedas de cobre, pero antes las tiraría a un pozo que pagar por escuchar tus aullidos —gruñó Ser Rodrik. Toda Invernalia conocía bien su opinión acerca de los juglares. La música estaba bien siempre que fuera cosa de mujeres, pero no comprendía por qué un muchacho sano querría llevar un arpa en la mano pudiendo esgrimir una espada.
—Tu abuelo tiene el carácter agriado —dijo Marillion a Catelyn—. Sólo pretendía entonar un cántico en honor a tu belleza. Lo cierto es que nací para cantar ante reyes y grandes señores.
—Es evidente —dijo Catelyn—. Tengo entendido que a Lord Tully le gusta mucho la música. Supongo que habrás estado en Aguasdulces.
—Mil veces —asintió el juglar con ligereza—. Me tienen una habitación reservada, y el joven señor es como un hermano para mí.
Catelyn sonrió, imaginando qué diría Edmure de oír aquello. En cierta ocasión un juglar se había acostado con la chica que le gustaba a su hermano, y desde entonces detestaba a todo el gremio.
—¿Y qué hay de Invernalia? —le preguntó—. ¿Has viajado hacia el norte?
—¿Para qué? —Marillion se encogió de hombros—. Allí no hay más que ventisqueros y pieles de oso, y los Stark no entienden de otra música que no sea el aullido de los lobos.
Catelyn oyó que la puerta de la posada de abría y se cerraba al otro extremo de la sala.
—Posadera —gritó tras ella la voz de un criado—. Necesitamos establo y comida para nuestros caballos, y mi señor de Lannister exige una habitación y un baño caliente.
—Oh, dioses —empezó Ser Rodrik antes de que Catelyn tuviera tiempo de silenciarlo apretándole el brazo con fuerza.
—Lo siento mucho, mi señor —decía Masha Heddle haciendo reverencias y exhibiendo su espantosa sonrisa roja—, pero no tenemos sitio, ni una habitación.
Catelyn vio que eran cuatro: un viejo con el uniforme de la Guardia de la Noche, dos criados... y él, diminuto y osado, su pesadilla.
—Mis hombres pueden dormir en el establo, y en cuanto a mí... tú misma puedes ver que no me hace falta una habitación muy grande. —Sonrió burlón—. Con que haya fuego en la chimenea y las pulgas del colchón no sean multitud, me doy por satisfecho.
—Es que no hay nada, mi señor. —Masha Heddle estaba desesperada—. Os digo la verdad. Es por el torneo, no tengo...
Tyrion Lannister se sacó una moneda del monedero, la lanzó al aire, la volvió a coger y la lanzó de nuevo. Hasta Catelyn, sentada al otro extremo de la sala, vio que era de oro.
—Podéis dormir en mi habitación, mi señor —dijo un mercenario de capa azul descolorida poniéndose en pie.
—He aquí un hombre inteligente —dijo mientras le lanzaba la moneda. El mercenario la atrapó en el aire—. Y hábil, para más señas. —El enano se volvió de nuevo hacia Masha Heddle—. Espero que no haya problemas para darnos de comer.
—Os serviré lo que queráis, mi señor, lo que queráis —le aseguró la posadera.
«Y ojalá se te atragante», pensó Catelyn, pero la imagen que le vino a la mente fue la de Bran atragantándose, ahogándose en su propia sangre.
—Mis hombres tomarán lo mismo que estés sirviendo a esta gente —dijo Lannister después de echar un vistazo a lo que había en las mesas más cercanas—. Ración doble, ha sido un viaje muy largo. Yo quiero un ave asada, pollo, pato, pichón, lo que sea. Y una jarra de tu mejor vino. ¿Quieres cenar conmigo, Yoren?
—Será un placer, mi señor —respondió el hermano negro.
El enano ni siquiera había mirado hacia el otro extremo de la sala, y Catelyn empezaba a dar gracias por la multitud que abarrotaba los bancos, cuando Marillion se puso en pie de repente.
—¡Mi señor de Lannister! —gritó—. Sería un placer para mí animar vuestra cena. ¡Cantaré la gran victoria de vuestro padre en Desembarco del Rey!
—¿Qué quieres, que se me indigeste la comida? —bufó el enano. Sus ojos desiguales se clavaron un instante en el juglar, empezaron a apartarse de él... y se encontraron con los de Catelyn. Ella giró el rostro, pero era demasiado tarde. El enano sonreía.
—Lady Stark, qué placer tan inesperado —dijo—. Sentí mucho no veros en Invernalia.
Marillion se la quedó mirando, y la confusión dejó paso al rubor al ver que Catelyn se ponía lentamente en pie. La mujer oyó a Ser Rodrik maldecir entre dientes. Si el enano se hubiera entretenido más en el Muro, pensó, si se hubiera...
—¿Lady... Stark? —dijo Masha Heddle sin apenas vocalizar las palabras.
—La última vez que me alojé aquí era todavía Catelyn Tully —dijo a la posadera. Escuchó los murmullos a su alrededor, sintió todos los ojos clavados en ella. Miró a su alrededor, observó los rostros de los caballeros y las espadas leales, y respiró hondo para controlar los latidos frenéticos de su corazón. ¿Se atrevería a correr el riesgo? No tuvo tiempo para pensarlo, pasó un instante y su propia voz le resonó en los oídos—. Tú, el del rincón —dijo a un hombre de edad avanzada en el que no se había fijado hasta entonces—. Ese emblema que llevas bordado, ¿es el murciélago negro de Harrenhal, ser?
—Sí, mi señora —respondió el hombre poniéndose en pie.
—¿Y es Lady Whent amiga fiel y sincera de mi padre, Lord Hoster Tully de Aguasdulces?
—Sin duda —respondió el hombre con firmeza.
Ser Rodrik se levantó con calma y se aflojó la vaina de la espada. El enano los miraba, asombrado, con una expresión de desconcierto en los ojos desiguales.
—El corcel rojo siempre fue bienvenido en Aguasdulces —dijo Catelyn a los tres caballeros sentados junto a la chimenea—. Mi padre considera a Jonos Bracken uno de sus banderizos más antiguos y leales.
Los tres intercambiaron miradas indecisas.
—Su confianza honra a nuestro señor —dijo al final uno de ellos, aún titubeante.
—Envidio a vuestro padre por tener tantos y tan buenos amigos —intervino Lannister—, pero no entiendo adonde pretendéis llegar, Lady Stark.
Catelyn no le hizo caso. Se volvió hacia el grupo numeroso que vestía de azul y gris. Eran más de veinte, constituían la clave de su plan.
—También reconozco vuestro emblema: las torres gemelas de Frey. ¿Cómo se encuentra vuestro señor?
—Lord Walder está muy bien, mi señora —contestó el capitán poniéndose en pie—. Tiene intención de contraer matrimonio de nuevo en su nonagésimo día del nombre, y ha pedido a vuestro señor padre que lo honre con su presencia en la ceremonia.
Tyrion Lannister disimuló una risita, y Catelyn supo que lo tenía en su poder.
—Este hombre entró en mi casa como invitado, y allí conspiró para asesinar a mi hijo, a un niño de siete años —proclamó en voz alta para que lo oyera toda la sala, al tiempo que señalaba al enano. Ser Rodrik se situó junto a ella, espada en mano—. En nombre del rey Robert y de los buenos señores a los que servís, os ordeno que lo apreséis y me ayudéis a llevarlo a Invernalia, donde se someterá a la justicia del rey.
No habría sabido decir qué le proporcionó mayor satisfacción: el sonido de una docena de espadas que se desenvainaban al unísono o la expresión en el rostro de Tyrion Lannister.

SANSA

Sansa acudió al torneo de la Mano con la septa Mordane y Jeyne Poole, en una litera con cortinas de seda amarilla tan finas que veían a través de ellas. Convertían el mundo entero en oro. Al otro lado de los muros de la ciudad, junto al río, se habían plantado un millar de tiendas, y el pueblo llano acudía en riadas para presenciar los juegos. Tanto esplendor dejaba a Sansa sin aliento: las armaduras brillantes, los enormes corceles con gualdrapas de oro y plata, los gritos del gentío, los estandartes ondeando al viento... y los caballeros, sobre todo los caballeros.
—Es mejor que en las canciones —susurró cuando se acomodaron en los lugares que su padre le había prometido, entre los grandes señores y las damas de alcurnia.
Sansa llevaba aquel día un vestido precioso, una túnica verde que le resaltaba el castaño rojizo de la melena. Sabía que todos la miraban con aprobación y sonreían.
Vieron pasar a caballo a los héroes de mil canciones, cada uno más fabuloso que el anterior. Los siete caballeros de la Guardia Real, excepto Jaime Lannister, lucían armaduras del color de la leche y capas tan blancas como la nieve recién caída. Ser Jaime llevaba capa blanca, sí, pero el resto de su indumentaria era de oro de la cabeza a los pies, incluso el yelmo en forma de cabeza de león. También la espada era dorada. Ser Gregor Clegane, la Montaña que Cabalga, pasó al galope junto a ellos como una avalancha. Sansa recordaba a Lord Yohn Royce, que había visitado Invernalia hacía ya dos años.
—Su armadura es de bronce y tiene miles y miles de años, lleva grabadas unas runas mágicas que lo protegen de todo mal —susurró a Jeyne.
La septa Mordane les señaló a Lord Jason Mallister, vestido de índigo y plata, con alas de águila en el yelmo. Había abatido a tres banderizos de Rhaegar en el Tridente. Las niñas disimularon una risita al fijarse en el sacerdote guerrero Thoros de Myr, con la túnica roja ondeando al viento y la cabeza rapada, hasta que la septa les dijo que en cierta ocasión había escalado los muros de Pyke con una espada llameante en la mano.
Sansa no conocía al resto de los jinetes; había caballeros de los Dedos, de Altojardín y de las montañas de Dorne, jinetes libres y escuderos recién ascendidos a los que nadie había dedicado canciones, estaban los hijos más jóvenes de grandes señores y los herederos de las casas menores.
Los jóvenes todavía no habían protagonizado grandes hazañas, pero Sansa y Jeyne estaban seguras de que alguna vez sus nombres resonarían por los siete reinos. Ser Balon Swann. Lord Bryce Caron de las Marcas. El heredero de Bronze Yohn, Ser Andar Royce, y su hermano menor, Ser Robar, ambos con armaduras plateadas con incrustaciones en bronce de las mismas runas arcanas que protegían a su padre. Los gemelos Ser Horas y Ser Hobber, en cuyos escudos se veía el racimo de uvas que era el emblema de los Redwyne, burdeos sobre azul. Patrek Mallister, el hijo de Lord Jason. Seis Frey del Cruce: Ser Jared, Ser Hosteen, Ser Danwell, Ser Emmon, Ser Theo, Ser Perwyn, hijos y nietos del anciano Lord Walder Frey, y también su hijo bastardo, Martyn Ríos.
Jeyne Poole confesó que le daba miedo el aspecto de Jalabhar Xho, un príncipe exiliado de las Islas del Verano, que llevaba una capa de plumas verdes y escarlata sobre una piel negra como la noche, pero cuando vio al joven Lord Beric Dondarrion, con cabellos como el oro rojo y un escudo negro con el dibujo de un rayo, anunció que estaría dispuesta a casarse con él allí mismo.
El Perro también participaba en las lides, así como el hermano del rey, el atractivo Lord Renly de Bastión de Tormentas. Jory, Alyn y Harwin representaban a Invernalia y al norte.
—Comparado con los otros, Jory parece un pordiosero —bufó la septa Mordane.
Sansa no tuvo más remedio que darle la razón. La armadura de Jory era de color gris azulado, sin adorno de ningún tipo, y su fina capa gris parecía un trapo sucio. Pero hizo un excelente papel, desmontó a Horas Redwyne en su primera justa y a uno de los Frey en la segunda. En la tercera aguantó tres enfrentamientos contra un jinete libre, Lothor Brune, cuya armadura era tan austera como la suya. Ninguno de los dos cayó del caballo, pero la lanza de Brune era más firme y sus golpes mejor colocados, y el rey le dio la victoria. A Alyn y a Harwin no les fue tan bien. Ser Meryn de la Guardia Real desmontó a Harwin en la primera justa, y Alyn cayó ante Ser Balon Swann.
Las justas duraron todo el día y hasta bien entrado el ocaso, los cascos de los grandes caballos de guerra dejaron el campo convertido en un erial de tierra desgarrada. Sansa y Jeyne gritaron al unísono una docena de veces, cuando los jinetes chocaban y las lanzas saltaban en pedazos, mientras el pueblo llano animaba a sus favoritos. Jeyne se tapaba los ojos como una niña asustada cada vez que un hombre caía, pero Sansa era más dura. Una gran dama sabía comportarse durante un torneo. Hasta la septa Mordane advirtió su compostura, y le hizo un gesto de aprobación.
La actuación del Matarreyes fue excepcional. Descabalgó con facilidad a Ser Andar Royce y a Lord Bryce Caron de las Marcas, y luego tuvo un duro enfrentamiento contra el canoso Barristan Selmy, que había derrotado en las dos primeras lides a hombres que eran treinta y cuarenta años más jóvenes que él.
Sandor Clegane y su gigantesco hermano, Ser Gregor la Montaña, también parecían invencibles, derribaban a un rival tras otro con ferocidad. El momento más aterrador de la jornada se produjo durante la segunda justa de Ser Gregor, cuando acertó con la lanza a un joven caballero del Valle bajo el gorjal de la armadura con tal fuerza que se le clavó en la garganta y lo mató al instante. El joven cayó a menos de tres metros de donde estaba Sansa. Aún tenía la punta de la lanza de Ser Gregor clavada en el cuello, y la sangre brotaba en latidos lentos, cada uno más débil que el anterior. La armadura del joven era nueva, brillante; el acero, al reflejar la luz, mostraba destellos de fuego a lo largo del brazo extendido. En aquel momento el sol se ocultó tras una nube, y el fuego desapareció. La capa era azul, del color del cielo en un día despejado de verano, con un ribete de medialunas; pero a medida que se empapaba de sangre, la tela se oscurecía y las lunas se fueron tornando rojas una a una.
Jeyne Poole se echó a llorar y se puso tan histérica que la septa Mordane tuvo que llevársela para que recuperase la compostura, pero Sansa se quedó allí, con las manos entrelazadas sobre el regazo, observando la escena con una extraña fascinación. Era la primera vez que veía morir a un hombre. Pensó que también ella debería de estar llorando, pero no le salían las lágrimas. Quizá las lágrimas se le habían agotado llorando por Dama y por Bran. Se dijo que la cosa sería diferente si se hubiera tratado de Jory, o de Ser Rodrik, o de su padre. Para ella el joven caballero de la capa azul no era nadie, un desconocido del Valle de Arryn cuyo nombre había olvidado nada más oírlo. No habría canciones que lo recordaran, los juglares no glosarían sus hazañas. Qué pena.
En cuanto retiraron el cadáver, un muchacho con una pala echó tierra sobre el lugar donde había caído para tapar la sangre. A continuación se reanudaron las justas.
Ser Balon Swann fue el siguiente en caer ante Gregor, y el Perro derribó a Lord Renly. La caída de Renly fue tan violenta que pareció salir despedido volando de su caballo, con las piernas en el aire. Su cabeza chocó contra el suelo con un crac claramente audible que hizo que la multitud contuviera el aliento, pero sólo se le había roto una púa del asta dorada del yelmo. Lord Renly se puso en pie y el pueblo empezó a vitorearlo, porque el atractivo hermano menor del rey Robert era uno de los favoritos. Con una reverencia elegante, entregó la púa rota al vencedor. El Perro dejó escapar un bufido y la lanzó a la multitud. Varios hombres empezaron a pelearse por el pedacito de oro, hasta que Lord Renly se dirigió hacia ellos e impuso paz. Para entonces ya había regresado la septa Mordane, pero sola. Le explicó que Jeyne no se encontraba bien y que la había acompañado de vuelta al castillo. Sansa casi se había olvidado de Jeyne.
Más tarde un caballero de capa a cuadros se deshonró al matar al caballo de Beric Dondarrion, y lo eliminaron del torneo. Lord Beric cambió la silla a otra montura, pero inmediatamente lo derribó Thoros de Myr. Ser Aron Santagar y Lothor Brune se cruzaron tres veces, sin resultado; después Ser Aron cayó ante Lord Jason Mallister, y Brune ante el hijo menor de Yohn Royce, Robar.
Al final sólo quedaron cuatro: el Perro y su monstruoso hermano Gregor, Jaime Lannister el Matarreyes, y Ser Loras Tyrell, al que llamaban el Caballero de las Flores.
Ser Loras era el hijo pequeño de Mace Tyrell, señor de Altojardín y Guardián del Sur. Tenía dieciséis años, con lo que era el jinete más joven del torneo, pero había desmontado a tres caballeros de la Guardia Real aquella misma mañana, en sus tres primeras justas. Era el hombre más atractivo que Sansa había visto jamás. El peto de su armadura estaba repujado y esmaltado para formar un ramo de mil flores diferentes, y su corcel blanco como la nieve llevaba una auténtica manta de rosas blancas y rojas. Después de cada victoria Ser Loras se quitaba el casco y cabalgaba despacio por el perímetro del campo, al final cogía una rosa blanca de la manta y se la lanzaba a alguna hermosa dama de la multitud.
Su último enfrentamiento del día fue contra el joven Royce. Las runas ancestrales de Ser Robar no bastaron para protegerlo: Ser Loras le quebró el escudo y lo derribó de la silla con un estrépito aterrador. Robar se quedó tendido en el suelo, gimiendo, mientras el vencedor repetía su recorrido por el campo del honor. Por último apareció una litera que lo transportó a su tienda, aturdido e inmóvil. Sansa no llegó a verlo. Sólo tenía ojos para Ser Loras. Cuando el caballo blanco se detuvo ante ella sintió como si el corazón se le fuera a salir del pecho.
A las otras doncellas les había entregado rosas blancas, pero la que cogió para ella era roja.
—Mi dulce señora —dijo—, no hay victoria que sea ni la mitad de hermosa que vos.
Sansa aceptó la flor con timidez, enmudecida ante aquel despliegue de galantería. El cabello del joven era una cascada de rizos castaños, y tenía los ojos como oro líquido. Sansa aspiró la fragancia de la rosa, y la conservó entre las manos hasta mucho después de que Ser Loras se alejara.
Cuando por fin alzó la vista había junto a ella un hombre que la miraba. Era bajo, tenía barbita puntiaguda y un mechón de cabello plateado, era casi tan mayor como su padre.
—Debes de ser una de sus hijas —dijo. También tenía unos ojos grises que no sonreían aunque lo hiciera su boca—. Eres una Tully.
—Soy Sansa Stark —dijo ella algo incómoda. El hombre lucía una capa gruesa con cuello de pieles, y el broche de plata con que se la cerraba representaba un sinsonte. Tenía los modales desenvueltos de un alto señor, pero no lo había visto nunca—. No tengo el honor de conoceros, mi señor.
—Es Lord Petyr Baelish, mi niña. —La septa Mordane acudió al instante en su ayuda—. Del Consejo Privado del rey.
—Cuando era joven tu madre fue mi reina de la belleza —dijo el hombre con voz queda. El aliento le olía a menta—. Has heredado su cabello.
Le rozó la mejilla con los dedos al acariciarle un mechón castaño rojizo. De repente, se dio media vuelta y se alejó.
La luna ya estaba alta en el cielo y la multitud empezaba a cansarse, de modo que el rey decretó que los tres últimos combates tendrían lugar a la mañana siguiente, antes del combate cuerpo a cuerpo. El pueblo regresó a sus hogares comentando las justas que habían visto y los enfrentamientos que tendrían lugar al día siguiente, y la corte se dirigió hacia la ribera para dar comienzo al banquete. Hacía horas que seis gigantescos uros se asaban girando lentamente en espitas de palo, mientras los pinches de cocina los rociaban con mantequilla y hierbas hasta que la carne chisporroteaba crujiente. Junto a las tiendas se habían instalado mesas y bancos, sobre las que había fresas, hierbadulce y pan recién salido de los hornos.
A Sansa y a la septa Mordane se les asignaron lugares de gran honor, a la izquierda de la palestra elevada sobre la que estaban el rey y la reina. Cuando el príncipe Joffrey se sentó a su derecha, sintió un nudo en la garganta. No había vuelto a hablar con ella desde los espantosos sucesos del Tridente. Al principio Sansa pensó que lo detestaba por lo que le habían hecho a Dama, pero cuando se le secaron las lágrimas se dijo que, en realidad, no había sido culpa de Joffrey. La culpa había sido de la reina. A ella era a la que tenía que detestar, a ella y a Arya. De no ser por Arya no habría pasado nada malo.
Aquella noche no podía sentir nada malo hacia Joffrey. Estaba demasiado atractivo. Llevaba un jubón azul oscuro, tachonado con una doble hilera de cabezas doradas de león, y se ceñía la frente con una diadema delgada de oro y zafiros. El cabello le brillaba como si fuera de metal. Sansa lo miró y se estremeció, temerosa de que no le hiciera caso o, peor todavía, de que le dijera algo desagradable y tuviera que retirarse de la mesa entre lágrimas.
En lugar de eso Joffrey sonrió y le besó la mano, guapo y galante como los príncipes de las canciones.
—Ser Loras tiene buen ojo para la belleza, mi señora.
—Fue muy amable —objetó Sansa, tratando de parecer modesta y tranquila, aunque su corazón cantaba—. Ser Loras es un gran caballero. ¿Crees que ganará mañana el torneo, mi señor?
—No —replicó Joffrey—. Mi perro lo derrotará, y si no mi tío Jaime. Y dentro de pocos años, cuando tenga edad para participar en las justas, yo los derrotaré a todos.
Alzó la mano para llamar a un criado que llevaba una jarra de vino veraniego helado, y le sirvió una copa. Sansa miró a la septa Mordane con preocupación, pero Joffrey se adelantó y llenó también la copa de la septa, de manera que asintió, le dio las gracias y no añadió ni una palabra más.
Los criados llenaron las copas una y otra vez a lo largo de la noche, pero más adelante Sansa no recordaría haber probado siquiera el vino. No lo necesitaba. Estaba ebria con la magia de la velada, aturdida por el lujo y esplendor, embelesada por las maravillas con las que había soñado toda su vida sin atreverse a albergar la esperanza de ver jamás. Los juglares se sentaban ante la tienda del rey y llenaban el anochecer de música. Un malabarista hacía girar en el aire una cascada de bastones en llamas. El bufón particular del rey, un retrasado al que llamaban Chico Luna, bailaba sobre zancos con su traje de mil colores, y se burlaba de todo el mundo con tan hábil crueldad que Sansa llegó a preguntarse hasta qué punto tenía mermadas sus facultades mentales. Ni la septa Mordane estuvo a salvo de él: cuando el bufón cantó una cancioncilla acerca del Septon Supremo, se rió tanto que se derramó encima la copa de vino.
Y Joffrey fue la imagen viva de la cortesía. Se pasó la noche hablando con Sansa, la colmó de cumplidos, la hizo reír, le contó los pequeños cotilleos de la corte y le explicó las puyas de Chico Luna. Sansa estaba tan cautivada que olvidó toda cortesía y apenas si dirigió la palabra a la septa Mordane, que estaba sentada a su izquierda.
Mientras tanto se fueron sirviendo los diferentes platos de la cena. Una sopa espesa de cebada y venado. Ensaladas de hierbadulce, espinacas y ciruelas con frutos secos por encima. Caracoles en salsa de miel y ajo. Sansa no había probado nunca los caracoles, así que Joffrey le enseñó a sacarlos de su concha, y él mismo le puso el primero en la boca. Después sirvieron trucha pescada en el río aquel mismo día, horneada en barro; su príncipe la ayudó a romper la envoltura sólida para dejar al descubierto el pescado jugoso. Y cuando se sirvió la carne, él mismo le ofreció la mejor tajada con una sonrisa seductora. Sansa advirtió que el brazo derecho todavía le molestaba al moverlo, pero en ningún momento se quejó.
Más tarde se sirvieron empanadas de pichón y criadillas, manzanas asadas que olían a canela, y pastelillos de limón bañados en azúcar, pero para entonces Sansa estaba tan llena que apenas si pudo comerse dos pastelillos, por mucho que le gustaran. Estaba decidiendo si se enfrentaría a un tercer pastelillo cuando el rey empezó a gritar.
A medida que se iban sirviendo los diferentes platos el rey Robert había ido levantando la voz. A veces Sansa lo oía reír a carcajadas o rugir órdenes por encima del estruendo de la música y el ruido de los platos y los cubiertos, pero estaba demasiado lejos para entender lo que decía.
En aquel momento, en cambio, todo el mundo lo entendió.
—¡No! —rugió con una voz que ahogaba el resto de los ruidos. Sansa se quedó boquiabierta al ver que el rey se levantaba, inseguro, con el rostro congestionado. Llevaba en la mano una copa de vino y estaba completamente borracho—. ¡No consiento que me digas qué tengo que hacer, mujer! —gritó a la reina Cersei—. ¡Aquí el rey soy yo! ¿Entendido? ¡Yo soy el que manda, y si digo que mañana voy a pelear, es que voy a pelear!
Todos los asistentes lo miraban. Sansa se fijó en Ser Barristan, y en Renly, el hermano del rey, y también en el hombre bajito que antes le había tocado el pelo mientras le hablaba de una manera extraña, pero ninguno hizo ademán de interferir. El rostro de la reina era una máscara tan pálida que parecía esculpida en nieve. Se levantó de la mesa, se recogió las faldas y, sin decir palabra, se alejó seguida por sus sirvientes.
Jaime Lannister puso una mano en el hombro del rey, pero éste lo empujó hacia atrás. Lannister trastabilló y cayó. El rey se echó a reír con carcajadas ebrias, groseras.
—Vaya con el gran caballero, todavía te puedo tumbar. No lo olvides, Matarreyes. —Se golpeó el pecho con la copa adornada con piedras preciosas, de manera que el vino le salpicó la túnica de seda—. ¡Con mi maza en la mano no hay hombre en el reino capaz de enfrentarse a mí!
—Como digáis, Alteza —dijo Jaime Lannister, algo forzado, después de levantarse y sacudirse el polvo.
—Se te ha derramado el vino, Robert —dijo Lord Renly adelantándose con una sonrisa—. Espera, te traigo otra copa.
Sansa se sobresaltó cuando Joffrey le puso la mano en el brazo.
—Se hace tarde —dijo el príncipe. Tenía una expresión extraña en el rostro, como si no la viera—. ¿Hace falta que te acompañe alguien para volver al castillo?
—No —empezó a decir Sansa. Miró a la septa Mordane, y se sobresaltó al ver que tenía la cabeza apoyada en la mesa y dormía con ronquidos suaves, muy propios de una dama—. Es decir... sí, gracias, eres muy amable. Estoy cansada, y el camino es tan oscuro... Me gustaría que alguien me protegiera.
—¡Perro! —llamó Joffrey.
Sandor Clegane apareció tan de repente como si hubiera surgido de la noche. Se había cambiado la armadura por una túnica de lana roja, con una cabeza de perro recortada en cuero y cosida en el pecho. La luz de las antorchas hacía que su rostro quemado brillara con un tono rojo mortecino.
—¿Sí, Alteza?
—Acompaña a mi prometida al castillo, que nada malo le suceda —le ordenó el príncipe con tono brusco. Y, sin siquiera despedirse, Joffrey se alejó de ella a zancadas.
A Sansa le parecía sentir físicamente la mirada del Perro.
—¿Creías que Joff te iba a acompañar en persona? —Se echó a reír. Su carcajada era como el gruñido de un perro peleando—. Ni lo sueñes. —La cogió del brazo para ponerla en pie; Sansa no se resistió—. Vamos, no eres la única que tiene sueño. He bebido demasiado, y puede que mañana tenga que matar a mi hermano.
Se echó a reír de nuevo. Sansa, que de repente estaba aterrada, sacudió a la septa Mordane por el hombro para tratar de despertarla, pero sólo consiguió que la mujer roncara más fuerte. El rey Robert se había marchado con paso inseguro, y de pronto la mitad de los bancos se habían vaciado también. El festín había terminado y con él, el sueño.
El Perro cogió una antorcha para iluminar el camino. Sansa lo siguió. El terreno era rocoso y desigual, y la luz titubeante hacía que pareciera moverse bajo los pies. Avanzaron entre las tiendas, todas tenían un estandarte y una armadura en el exterior. El silencio se hacía más denso a cada paso. Sansa no soportaba mirar al Perro, le daba miedo, pero la habían educado para mostrarse siempre cortés. Una verdadera dama no haría caso de aquel rostro desfigurado, se dijo.
—Hoy habéis sido muy valeroso, Ser Sandor —consiguió recitar.
—Ahórrate los cumplidos vacíos, niña, y el tratamiento cortés —soltó Sandor Clegane con un bufido—. No soy ningún caballero. Escupo sobre los caballeros y sobre sus juramentos. Mi hermano es caballero. ¿Te has fijado en él?
—Sí —susurró Sansa, temblorosa—. Ha sido muy...
—¿Valeroso? —terminó el Perro.
La niña se dio cuenta de que se burlaba de ella.
—No había otro que lo superase —consiguió decir al final, orgullosa de sí misma; no había mentido.
—Tu septa te ha enseñado bien. —Sandor Clegane se detuvo de repente, en medio de un prado oscuro y desierto. Sansa no tuvo más remedio que detenerse junto a él—. Eres como esos pajarillos de las Islas del Verano, ¿verdad? Uno de esos pájaros parlanchines tan bonitos, repites todo lo que te han enseñado.
—Eres descortés conmigo —dijo Sansa, que sentía que el corazón se le aceleraba en el pecho—. Y me das miedo. Quiero marcharme ya.
—No había otro que lo superase —repitió el Perro—. Desde luego que no. Nadie ha podido superar a Gregor, nunca. Ese chico de hoy, el de la segunda justa, qué lástima, ¿no? Lo has visto, ¿verdad? El pobre idiota no pintaba nada en este torneo. No tenía dinero, ni escudero, ni nadie que lo ayudara a ponerse la armadura. Llevaba el gorjal mal ajustado. ¿Crees que Gregor no se dio cuenta? ¿Crees que la lanza de «Ser» Gregor fue a acertarle ahí por casualidad? Si lo crees es que tienes la cabeza hueca como la de un pájaro. La lanza de Gregor se clava donde quiere Gregor. Mírame. ¡Mírame! —Sandor Clegane le puso una mano enorme bajo la barbilla y la obligó a alzar la vista. Se acuclilló ante ella y acercó la antorcha—. Bonito espectáculo, ¿verdad? Mírame bien. Es lo que deseas. Lo has estado deseando todo el viaje por el camino real. Pues mírame bien.
Le aferraba la mandíbula con dedos de hierro. Tenía los ojos clavados en ella. Ojos ebrios, llenos de rabia. Sansa tuvo que mirar.
El lado derecho de su rostro estaba demacrado, con el pómulo afilado y un ojo gris bajo la ceja espesa. Tenía la nariz grande y ganchuda, y el pelo fino, oscuro. Lo llevaba largo y peinado hacia un lado, porque en el otro no tenía cabello.
El lado izquierdo de su rostro estaba destrozado. De la oreja apenas si quedaba el agujero, el fuego se había encargado de eso. El ojo aún veía, pero la carne de alrededor no era más que un amasijo cicatrizado, negra y dura como el cuero, llena de cráteres y hendiduras que brillaban, rojas y húmedas, cada vez que se movía. En la mandíbula se veía un trozo de hueso, allí donde el fuego había quemado toda la carne.
Sansa se echó a llorar. Él la soltó, y tiró la antorcha al suelo.
—¿Se te han acabado los cumplidos, niña? ¿Tu septa no te ha enseñado qué decir en estos casos? —No obtuvo respuesta—. Todos creen que fue en algún combate. Un asedio, una torre en llamas, un enemigo con una antorcha... Un imbécil me preguntó si me lo había hecho un dragón. —La carcajada fue más suave, pero igual de amarga—. Te voy a decir qué me pasó, niña —siguió, una voz en la noche, una sombra que se inclinaba sobre ella hasta que pudo oler el hedor del vino en su aliento—. Yo era más pequeño que tú, tenía seis años, o siete, no sé. Un tallista instaló su taller en la aldea cercana al castillo de mi padre, y para ganarse su favor nos envió regalos. Aquel anciano hacía unos juguetes maravillosos. No recuerdo qué me dio a mí, pero yo quería el regalo de Gregor. Era un caballero de madera, todo pintado, las articulaciones se movían, lo podías manejar con cordeles como si luchara. Gregor tenía cinco años más que yo, para él aquel juguete no tenía la menor importancia, ya manejaba una espada, medía un metro ochenta y tenía la musculatura de un toro. Así que le robé su caballero, pero no lo disfruté, te aseguro que no lo disfruté. Estaba muerto de miedo, y hacía bien, porque me descubrió. En la habitación había un brasero. Gregor no dijo ni una palabra, me cogió, me sujetó con un brazo y me aplastó la cara contra los carbones al rojo, y me tuvo así mientras yo gritaba y gritaba y gritaba. Ya has visto lo fuerte que es. Incluso entonces hicieron falta tres hombres para hacer que me soltara. Los septones hablan de los siete infiernos. ¿Qué saben ellos? Sólo alguien que ha sufrido quemaduras como las mías sabe lo que es el infierno.
»Mi padre dijo a todo el mundo que las sábanas de mi cama se habían incendiado, y el maestre me puso ungüentos. ¡Ungüentos! A Gregor también le correspondieron sus ungüentos. Cuatro años más tarde lo ungieron con los siete aceites, recitó sus juramentos de caballero, y Rhaegar Targaryen le dio un golpecito en el hombro y le dijo: "Levantaos, Ser Gregor".
La voz ronca fue perdiendo fuerza. Se quedó ante ella, en silencio, acuclillado. No era más que una forma grande, la noche lo envolvía e impedía ver otra cosa. Sansa oyó su respiración trabajosa. Se dio cuenta de que ya no sentía miedo. Sentía compasión.
El silencio se prolongó largo rato, tanto que empezó a tener miedo una vez más, pero temía por él, no por ella. Le puso una mano en el hombro gigantesco.
—No era un buen caballero —susurró.
El Perro echó la cabeza hacia atrás y lanzó un rugido. Sansa retrocedió tan bruscamente que estuvo a punto de caerse, pero él la sujetó por el brazo.
—No —dijo—. No, pajarito, no era un buen caballero.
Sandor Clegane no añadió ni una palabra más en todo el camino de regreso. La llevó hasta donde aguardaban los carromatos, dijo a un cochero que los llevara a la Fortaleza Roja, y subió tras ella. Atravesaron en silencio la Puerta del Rey y recorrieron las calles iluminadas por antorchas. Abrió la puerta trasera y la guió hasta el castillo, con el rostro quemado crispado y los ojos llenos de sombras. La siguió por las escaleras de la torre y la acompañó hasta la puerta misma de su dormitorio.
—Gracias, mi señor —dijo Sansa con docilidad.
—De lo que te he contado esta noche... —dijo el Perro con voz más ruda que de costumbre, agarrándola por un brazo e inclinado hacia ella—. Si alguna vez se lo cuentas a Joffrey... o a tu hermana, o a tu padre... o a quien sea...
—No se lo diré a nadie —susurró Sansa—. Lo prometo.
Con aquello no bastaba.
—Si alguna vez se lo cuentas a alguien —terminó—, te mataré.

EDDARD

—Lo he velado yo —dijo Ser Barristan Selmy mientras contemplaban el cadáver del carro—. No tenía a nadie aquí. Me han dicho que su madre vive en el Valle.
A la luz pálida del amanecer, el joven caballero parecía dormido. En vida no fue atractivo, pero la muerte le había suavizado los rasgos bastos y las hermanas silenciosas lo habían vestido con su mejor túnica de terciopelo. El cuello alto ocultaba los destrozos que la lanza le había causado en la garganta. Eddard Stark miró al muchacho, y se preguntó si había muerto por su culpa. Un banderizo de los Lannister lo había matado antes de que Ned tuviera ocasión de hablar con él. ¿Pura casualidad? Ya nunca lo sabría.
—Hugh fue escudero de Jon Arryn durante cuatro años —siguió Selmy—. En su memoria, el rey lo nombró caballero antes de emprender el viaje hacia el norte. El chico lo deseaba con todo su corazón. No estaba preparado.
—Nadie lo está. —Ned había dormido poco y mal, y se sentía tan cansado como si tuviera mil años.
—¿Para que lo nombren caballero?
—Para que lo maten. —Ned lo cubrió con la capa, una tela azul manchada de sangre, bordeada de lunas. Cuando la madre preguntara por qué había muerto su hijo, le dirían que había luchado para honrar a la Mano del Rey, Eddard Stark, reflexionó con amargura—. Esto era innecesario. La guerra no es ningún juego. —Se volvió hacia la mujer que estaba junto al carro. Vestía de gris, y tenía el rostro oculto, sólo se le veían los ojos. Las hermanas silenciosas preparaban a los hombres para la tumba, y mirar el rostro de la muerte era un mal presagio—. Enviad su armadura al Valle. A la madre le gustará conservarla.
—Vale al menos una pieza de plata —señaló Ser Barristan—. El chico se la hizo forjar especialmente para el torneo. Un trabajo sencillo, pero de calidad. No sé si habrá terminado de pagar al herrero.
—La pagó ayer, mi señor, y a un precio muy alto —replicó Ned. Se volvió de nuevo hacia la hermana silenciosa—. Enviadle la armadura a su madre. Yo trataré con el herrero.
La mujer hizo un gesto de asentimiento.
Más tarde, Ser Barristan acompañó a Ned a la tienda del rey. El campamento empezaba a despertar. Las salchichas chisporroteaban sobre las hogueras e impregnaban el ambiente de su olor a ajo y a pimienta. Los jóvenes escuderos corrían de un lado a otro cumpliendo los encargos de sus señores, mientras bostezaban y se desperezaban. Un criado que llevaba un ganso bajo el brazo clavó la rodilla en el suelo al verlos.
—Mis señores —murmuró mientras el ganso graznaba y le lanzaba picotazos a los dedos.
Los escudos situados ante cada tienda identificaban a sus ocupantes: el águila plateada de Varamar, el campo de ruiseñores de Bryce Caron, el racimo de uvas de los Redwyne, el jabalí pinto, el buey rojo, el árbol en llamas, el carnero blanco, la espiral triple, el unicornio púrpura, la doncella bailarina, la víbora, las torres gemelas, el búho con cuernos, y por último los blasones níveos de la Guardia Real, que brillaban como el amanecer.
—El rey tiene intención de pelear hoy en el combate cuerpo a cuerpo —dijo Ser Barristan mientras pasaban junto al escudo de Ser Meryn, que tenía la pintura saltada y un corte profundo allí donde la lanza de Loras Tyrell había chocado contra la madera al descabalgarlo.
—Sí —asintió Ned, sombrío. Jory lo había despertado la noche anterior para llevarle aquella noticia. No era de extrañar que hubiera dormido tan mal.
—Se dice que las bellezas de la noche se diluyen en el amanecer, y que la luz de la mañana repudia a los hijos del vino. —Ser Barristan también parecía preocupado.
—Eso se dice —asintió Ned—, pero no se aplica a Robert. Cualquier otro reconsideraría lo que dijo en una bravata de borracho, pero Robert Baratheon lo recordará, y si lo recuerda no se echará atrás.
La tienda del rey estaba cerca del agua y la niebla matutina del río la envolvía en jirones grises. Era la estructura más grande y opulenta del campamento, toda de seda dorada. Junto a la entrada estaba la maza de Robert junto a su inmenso escudo de hierro, en el que se veía el venado coronado de la Casa Baratheon.
Ned había albergado la esperanza de encontrar al rey todavía en la cama, inmerso en el sueño del vino, pero la suerte no lo acompañó. Cuando llegaron, Robert bebía cerveza de un cuerno pulido y rugía órdenes a los dos jóvenes escuderos que intentaban sin éxito ponerle la armadura.
—Alteza —decía uno al borde de las lágrimas—, se os ha quedado pequeña, no os cabe. —Siguió intentando ajustarle el gorjal, pero se le cayó al suelo.
—¡Por los siete infiernos! —maldijo Robert—. ¿Es que lo tengo que hacer todo yo? ¡Malditos mequetrefes! ¡Recoge eso! ¡No te quedes ahí mirando, Lancel, recógelo! —El chico se precipitó a obedecer, y sólo en ese momento se dio cuenta el rey de su presencia—. Mira qué par de alcornoques, Ned. Mi esposa insistió en que estos dos me sirvieran de escuderos, y son peor que inútiles. Ni siquiera saben ponerme la armadura. Escuderos, ¡ja! No son más que porqueros vestidos de seda.
—No es culpa de los chicos —dijo Ned al rey. Sólo necesitó echar un vistazo para comprender el problema—. Estás demasiado gordo para tu armadura, Robert.
Robert Baratheon bebió un largo trago de cerveza, tiró el cuerno vacío a un lado, junto a las pieles con que se abrigaba por la noche, y se secó la boca con el dorso de la mano.
—¿Gordo? Gordo, ¿eh? —dijo con voz sombría—. ¿Te parece ésa manera de hablar a tu rey? —Dejó escapar una de sus carcajadas, repentina como una tormenta—. Ay, Ned, maldito seas, ¿por qué tienes razón siempre? —Los escuderos sonrieron nerviosos hasta que el rey se volvió hacia ellos—. Vosotros. Sí, los dos. Ya habéis oído a la Mano. El rey está demasiado gordo para esta armadura. Id a buscar a Ser Aron Santagar, decidle que necesito que me la arreglen. ¡Venga! ¿A qué esperáis?
Los chicos tropezaron el uno con el otro en su afán por salir de la tienda. Robert consiguió mantener una expresión severa hasta que se perdieron de vista. Luego se dejó caer en una silla, muerto de risa.
Ser Barristan Selmy también se echó a reír. Hasta a Eddard Stark se le escapó una sonrisa. Pero los pensamientos sombríos volvieron a imponerse. Se había fijado en los dos escuderos: dos chicos atractivos, rubios y esbeltos. Uno era de la edad de Sansa y tenía largos rizos dorados; el otro tendría unos quince años, cabello color arena, la sombra de un bigote incipiente, y los ojos verde esmeralda de la reina.
—Ay, daría cualquier cosa por ver la cara de Santagar —dijo Robert—. Supongo que tendrá suficiente sentido común como para mandarlos a buscar a otro. ¡Deberíamos tenerlos corriendo todo el día!
—Esos chicos... —inquirió Ned—, ¿son de la familia Lannister?
Robert asintió al tiempo que se secaba los ojos.
—Primos. Hijos del hermano de Lord Tywin. Uno de los muertos. O a lo mejor del que sigue vivo, ahora que lo dices. No me acuerdo. La familia de mi esposa es muy amplia, Ned.
«Y muy ambiciosa», pensó Ned. No tenía nada en contra de los dos escuderos, pero le preocupaba que Robert estuviera rodeado por los parientes de la reina de la mañana a la noche. Por lo visto, el hambre de títulos, cargos y honores de los Lannister no conocía límites.
—Se dice que anoche tuviste un pequeño altercado con la reina.
—Quería prohibirme que participara en el combate cuerpo a cuerpo. —Del rostro de Robert había desaparecido todo asomo de alegría—. Ahora la condenada debe de estar de morros en el castillo. Tu hermana jamás me habría avergonzado de esa manera.
—No conociste a Lyanna como yo, Robert —replicó Ned—. Viste la belleza de la superficie, no el hierro que había debajo. Ella te habría dicho que no debías tomar parte.
—¿Tú también? —preguntó el rey con el ceño fruncido—. Estás amargado, Stark. Has vivido demasiado tiempo en el norte, la sangre se te ha helado. Pero a mí todavía me corre por las venas. —Se dio unos palmetazos en el pecho para demostrarlo.
—Eres el rey —le recordó Ned.
—Me siento en ese condenado trono de hierro cuando hace falta. ¿Significa eso que no tengo las mismas necesidades que el resto de los hombres? Un poco de vino de vez en cuando, una chica que grite en la cama, sentir un caballo entre las piernas. Por los siete infiernos, Ned, quiero golpear a alguien.
—Alteza —intervino Ser Barristan Selmy—, no está bien que el rey participe en el torneo. No sería una competición justa. ¿Quién osaría golpearos?
—Pues... —Robert pareció sinceramente desconcertado—. Cualquiera, claro. Si puede. Y el último que quede en pie...
—... serás tú —terminó Ned. Enseguida se dio cuenta de que Selmy había dado en el clavo. Los riesgos del combate cuerpo a cuerpo eran un aliciente más para Robert, pero aquello lo hería en su orgullo—. Ser Barristan tiene razón. No hay un solo hombre en los Siete Reinos que se atreva a incurrir en tu ira haciéndote daño.
—¿Insinúas que esos cobardes me dejarían ganar? —El rey se puso en pie. Tenía el rostro congestionado.
—No te quepa la menor duda —dijo Ned, al tiempo que Ser Barristan Selmy asentía en acuerdo silencioso.
Durante un instante Robert fue incapaz de formular palabra, tal era la ira que lo invadía. Cruzó la tienda a zancadas, se dio media vuelta, la cruzó de nuevo, con el rostro atormentado. Cogió la coraza del suelo y se la tiró a Barristan Selmy en un ataque de rabia muda. Selmy la esquivó.
—Vete de aquí —dijo al final el rey con voz gélida—. Vete de aquí antes de que te mate. —Ser Barristan se marchó rápidamente. Ned estaba a punto de seguirlo cuando el rey lo llamó—. No, Ned, tú quédate. —Ned se volvió. Robert cogió el cuerno de nuevo, lo llenó de cerveza del barril que tenía en un rincón, y se lo tendió—. Bebe —añadió con tono brusco.
—No tengo sed...
—Bebe. Tu rey te lo ordena. —Ned cogió el cuerno y bebió. La cerveza era negra y espesa, tan fuerte que escocía en los ojos. Robert se sentó de nuevo—. Maldito seas, Ned Stark. Malditos seáis Jon Arryn y tú. Yo os quería a los dos. ¿Por qué me hicisteis esto? Tú deberías haber sido el rey. O Jon.
—Tú tenías más derechos, Alteza.
—Te he dicho que bebas, no que discutas. Tú me hiciste rey, así que al menos ten la cortesía de escucharme cuando hablo. Mírame bien, Ned. Mira en qué me ha convertido la realeza. Dioses, estoy tan gordo que no quepo en la armadura, ¿cómo he acabado así?
—Robert...
—Bebe y calla, el rey está hablando. Te lo juro, jamás estuve tan vivo como cuando peleaba por este trono, ni tan muerto como ahora que lo tengo. Y en cuanto a Cersei... eso se lo debo a Jon Arryn. Después de que me arrebataran a Lyanna yo no quería casarme, pero Jon dijo que el reino necesitaba un heredero. Me dijo que Cersei Lannister sería un partido excelente, que fraguaría una alianza con Lord Tywin si Viserys Targaryen intentaba recuperar el trono de su padre. —El rey sacudió la cabeza—. Yo adoraba a ese anciano, te lo juro, pero ahora creo que era más idiota que el Chico Luna. Sí, Cersei es hermosa, sin duda, pero tan fría... por la manera en que se guarda el coño se diría que tiene entre las piernas todo el oro de Roca Casterly. Oye, si no te vas a beber esa cerveza, dámela. —Tomó el cuerno, lo vació de un trago, eructó y se limpió la boca con el dorso de la mano—. Siento mucho lo de tu hija, Ned, de verdad. Lo del lobo. Mi hijo mintió, apostaría lo que fuera. Mi hijo... tú a tus hijos los quieres, ¿verdad?
—Con toda mi alma —dijo Ned.
—Pues te voy a contar un secreto, Ned. Más de una vez he soñado con renunciar a la corona. Tomaría un barco que fuera a las Ciudades Libres, me llevaría sólo la maza y el caballo, y me pasaría el tiempo entre trifulcas y putas, para eso nací. El Rey Mercenario, ¡los juglares me adorarían! ¿Sabes por qué no lo hago? Porque me imagino a Joffrey sentado en el trono y a Cersei a su lado, susurrándole al oído. Mi hijo. ¿Cómo he podido engendrar un hijo así, Ned?
—No es más que un niño —dijo Ned con torpeza. No le gustaba el príncipe Joffrey, pero sentía el dolor en la voz de Robert—. ¿Ya te has olvidado de lo indómito que eras tú a su edad?
—Si el chico fuera indómito no me preocuparía, Ned. Tú no lo conoces como yo. —Suspiró y sacudió la cabeza—. Bah, quizá tengas razón. Jon a veces se desesperaba conmigo, pero acabé por ser un buen rey. —Robert miró a Ned, y frunció el ceño al ver que seguía callado—. Tienes mi permiso para hablar y darme la razón.
—Alteza... —empezó Ned con cautela.
—Venga, di que soy mejor rey que Aerys y asunto concluido —dijo Robert dándole una palmada en la espalda—. Eres incapaz de mentir, ni por amor ni por honor, Ned Stark. Todavía soy joven, y ahora que estás conmigo las cosas van a cambiar. Haremos que este reino sea tema de canciones, y a los siete infiernos con los Lannister. Huele a panceta. ¿Quién crees que será el campeón? ¿Te has fijado en el hijo de Mace Tyrell? El Caballero de las Flores. De un hijo así cualquiera estaría orgulloso. En el último torneo hizo caer al Matarreyes sobre su dorado culo, tendrías que haber visto la cara que puso Cersei. Me reí hasta que me dolió todo. Renly dice que tiene una hermana, una doncella de catorce años, bella como un amanecer...
Desayunaron pan de centeno, huevos de ganso hervidos y pescado frito con cebollas y panceta, todo en una mesa montada sobre caballetes junto al río. La melancolía del rey se esfumó con las nieblas de la mañana, y no pasó mucho tiempo antes de que, comiendo una naranja, empezara a rememorar una mañana en el Nido de Águilas, cuando ambos eran niños.
—Había dado a Jon un barril de naranjas, ¿te acuerdas? Sólo que estaban podridas, y la mía se la tiré a Dacks, y le dio en la nariz. ¿Te acuerdas de él, el escudero de Redfort, el que tenía la cara picada? Él me lanzó otra, y antes de que Jon tuviera tiempo ni siquiera de tirarse un pedo las naranjas volaban por toda la Sala Principal. —Dejó escapar una carcajada estrepitosa, e incluso Ned sonrió, recordando la escena.
Pensó que aquél era el muchacho con el que había crecido. Aquél era el Robert Baratheon al que conocía, al que quería. Si conseguía demostrar que los Lannister eran los responsables del ataque a Bran, que habían asesinado a Jon Arryn, aquel hombre atendería a razones. Sería el fin de Cersei, y también del Matarreyes, y si Lord Tywin osaba alzarse en occidente, Robert lo aplastaría como había aplastado a Rhaegar Targaryen en el Tridente. Lo veía todo muy claro.
Aquel desayuno le supo mejor que nada de lo que había comido en mucho tiempo, y después la sonrisa le afloró más a menudo y más fácilmente, hasta que llegó el momento de que se reanudara el torneo.
Ned se dirigió a la liza con el rey. Había prometido a Sansa que vería los últimos enfrentamientos con ella. La septa Mordane se encontraba enferma, y su hija no quería perderse el final de las justas. Antes acompañó a Robert a su lugar, y se dio cuenta de que Cersei Lannister había optado por no asistir. Aquello también le infundió esperanzas.
Se abrió camino entre el gentío hasta donde estaba su hija, y la encontró justo cuando los cuernos sonaban anunciando la primera justa. Sansa estaba tan absorta que apenas si advirtió su llegada.
El primer jinete en presentarse fue Sandor Clegane. Llevaba una capa verde oliva sobre la armadura color gris ceniza. Era, junto con el yelmo en forma de cabeza de perro, su única concesión al adorno.
—Cien dragones de oro por el Matarreyes —anunció en voz alta Meñique al ver entrar a Jaime Lannister, a lomos de un elegante corcel bayo.
El caballo llevaba una manta de malla dorada, y Jaime brillaba de la cabeza a los pies. Hasta su lanza era de madera dorada procedente de las Islas del Verano.
—Acepto —gritó Lord Renly—. Parece que esta mañana el Perro tiene hambre.
—Hasta los perros hambrientos saben que no deben morder la mano que los alimenta —replicó Meñique con tono seco.
Sandor Clegane se bajó el visor con un clang audible, y ocupó su lugar. Ser Jaime lanzó un beso a alguna mujer que ocupaba un puesto entre el pueblo, se bajó el visor con suavidad y se encaminó hacia la otra punta de la liza. Ambos aprestaron sus lanzas.
Ned Stark habría dado cualquier cosa por verlos perder a los dos, pero Sansa observaba la escena ansiosa, con los ojos húmedos. La tribuna, erigida a toda velocidad, se estremeció cuando los caballos emprendieron el galope. El Perro se inclinó hacia adelante con la lanza firme, pero Jaime se inclinó a un lado con destreza un instante antes del impacto. La punta del arma de Clegane chocó inofensiva contra el escudo dorado con el emblema del león, mientras que la del Matarreyes acertaba en perpendicular. La madera se astilló y el Perro tuvo que luchar para no caerse. Sansa contuvo el aliento. La multitud gritó.
—¡Ya estoy haciendo planes para gastar tu dinero! —gritó Meñique a Lord Renly.
El Perro consiguió mantenerse sobre la silla a duras penas. Tiró de las riendas del caballo, lo obligó a dar media vuelta y se dirigió hacia su punto de arranque para el segundo pase. Jaime Lannister tiró la lanza rota y cogió una nueva mientras bromeaba con su escudero. El Perro emprendió de nuevo el galope. Lannister hizo lo propio. En esta ocasión, cuando Jaime se inclinó en la silla, Sandor Clegane se inclinó también. Las dos lanzas saltaron en mil pedazos, y cuando las astillas cayeron al suelo había un caballo bayo sin jinete, y Ser Jaime Lannister, dorado y magullado, rodaba por tierra.
—Sabía que el Perro iba a ganar —dijo Sansa.
—Si sabes quién va a vencer en el segundo enfrentamiento—le gritó Meñique que la había oído—, dímelo pronto o Lord Renly me desplumará. —Ned sonrió.
—Lástima que el Gnomo no esté con nosotros —añadió Lord Renly—. Yo habría ganado el doble.
Jaime Lannister volvía a estar de pie, pero el recargado casco de león se le había abollado en la caída y no se lo podía quitar. El pueblo lo abucheaba y lo señalaba, las damas y los caballeros intentaban disimular las risitas sin conseguirlo, y por encima de cualquier otro ruido Ned oía las carcajadas del rey Robert. Por último tuvieron que llevarse al León de Lannister a la forja de un herrero, ciego y dando tumbos.
Para entonces Ser Gregor Clegane ya había ocupado su puesto en la liza. Era enorme, Eddard Stark no había visto en su vida a nadie tan gigantesco. Robert Baratheon y sus hermanos eran hombres corpulentos, al igual que el Perro, y en Invernalia el mozo de cuadras retrasado, Hodor, los dejaba pequeños a todos. Pero el caballero al que apodaban la Montaña que Cabalga era aún más grande que Hodor. Apenas le faltaba un palmo para medir dos metros y medio, tenía hombros gigantescos y brazos gruesos como troncos de árboles. Su corcel apenas si parecía un poni entre las enormes piernas embutidas en la armadura, y la lanza que llevaba era, en sus manos, apenas el palo de una escoba.
A diferencia de su hermano, Ser Gregor no vivía en la corte. Era un hombre solitario que rara vez salía de sus tierras, a no ser para una guerra o para un torneo. Había estado al lado de Lord Tywin cuando cayó Desembarco del Rey. Entonces era un caballero recién nombrado, apenas tenía diecisiete años, pero ya resultaba inconfundible por su tamaño y por su ferocidad implacable. Según se rumoreaba, había sido el propio Gregor el que estampó contra una pared el cráneo del príncipe bebé Aegon Targaryen y después había violado a la madre, la princesa dorniana Elia, antes de pasarla por la espada. Eran cosas que no se decían en presencia de Gregor.
Ned no recordaba haber cambiado dos palabras con él: aunque Gregor había estado en su bando durante la rebelión de Balon Greyjoy, no era más que un caballero entre miles. Lo observó con cierta inquietud. Ned no prestaba atención a las habladurías, pero lo que se comentaba acerca de Ser Gregor era abominable. Estaba a punto de contraer matrimonio por tercera vez, y se decían cosas terribles acerca del destino de sus dos primeras esposas. Según los rumores, su fortaleza era un lugar sombrío donde los criados desaparecían sin dejar rastro, y ni los perros osaban entrar en las salas. Y había habido una hermana que murió joven en extrañas circunstancias, y el fuego había desfigurado a su hermano, y su padre había muerto en un accidente de caza. Gregor había heredado la fortaleza, el oro y las propiedades de la familia. Su hermano pequeño Sandor salió de allí el mismo día en que entró en posesión de todo, y puso su espada al servicio de los Lannister. Se decía que no había regresado a su hogar ni siquiera de visita.
Cuando hizo su aparición el Caballero de las Flores, un murmullo recorrió la multitud, y Ned oyó el susurro fervoroso de Sansa: «Es tan guapo...». Ser Loras Tyrell era esbelto como un junco, vestía una armadura de plata increíble, tan pulida que su brillo cegaba, con filigranas de enredaderas negras y diminutos nomeolvides azules. El pueblo se dio cuenta al mismo tiempo que Ned de que el azul de las flores provenía de cientos de zafiros. Una exclamación de asombro escapó de miles de gargantas. El muchacho llevaba a los hombros una capa muy pesada, tejida de verdaderos nomeolvides, miles de ellos, cosidos a una capa de lana.
Su montura era una preciosa yegua gris, tan esbelta como el jinete, la imagen viva de la velocidad. El gigantesco semental de Ser Gregor relinchó en cuanto le llegó su olor. El muchacho de Altojardín hizo un movimiento con las piernas y su yegua empezó a caminar de lado, ágil como una bailarina. Sansa se le agarró del brazo.
—Padre, no permitas que Ser Gregor le haga daño —dijo.
Ned se fijó en que Sansa llevaba la rosa que Ser Loras le había entregado el día anterior. Jory también le había contado aquello.
—Lo que llevan son lanzas de torneo —tranquilizó a su hija—. Las fabrican para que se rompan en cuanto chocan, así nadie resulta herido. —Pero recordó al muchachito muerto en el carro, con su capa ribeteada de lunas, y las palabras se le marchitaron en la garganta.
A Ser Gregor le costaba controlar a su caballo. El semental relinchaba, piafaba y sacudía la cabeza. La Montaña lo golpeó cruelmente con la bota de la armadura. El caballo se encabritó y estuvo a punto de derribarlo.
El Caballero de las Flores saludó al rey, cabalgó hasta el extremo más lejano de la liza y aprestó su lanza. Ser Gregor consiguió llevar a su caballo hasta su línea de salida, peleándose con las riendas. Y, de pronto, todo comenzó. El semental de la Montaña emprendió el galope, un galope enloquecido, mientras que la yegua cargaba con la suavidad de la seda. Ser Gregor alzó el escudo y aprestó la lanza sin dejar de pelear con su díscola montura, tratando de que avanzara en línea recta. Y, de pronto, Loras Tyrell estaba encima de él, con la punta de su lanza en el lugar preciso, y al instante siguiente la Montaña caía. Era tan enorme que su caballo cayó también, en una maraña de acero y carne.
Ned oyó aplausos, vítores, silbidos, gritos de asombro, murmullos emocionados, y por encima de todo la risa ronca y áspera del Perro. El Caballero de las Flores tiró de las riendas en el extremo de la liza. Su lanza no estaba ni astillada. Los zafiros brillaron al sol cuando se levantó el visor y sonrió. La multitud estaba loca por él.
En medio del campo, Ser Gregor Clegane consiguió ponerse en pie hecho una furia. Se arrancó el yelmo y lo estrelló contra el suelo. Su rostro era una máscara de rabia y el pelo le caía sobre los ojos.
—¡Mi espada! —gritó al escudero.
El muchacho se la llevó corriendo. El semental ya se había puesto en pie.
Gregor Clegane mató al caballo de un mandoble, tan feroz que casi seccionó el cuello del animal. En menos de un instante las aclamaciones se convirtieron en gritos de horror. El semental cayó de rodillas y trató de relinchar. Para entonces Gregor se dirigía ya hacia la zona de la liza donde estaba Ser Loras Tyrell, con la espada ensangrentada en la mano.
—¡Detenedlo! —gritó Ned. Pero sus palabras se perdieron en el rugido de la multitud. Todos gritaban, y Sansa estaba llorando.
Todo sucedió muy deprisa. El Caballero de las Flores pedía a gritos su espada, Ser Gregor derribó de un golpe a su escudero y agarró las riendas de la yegua. El animal olió la sangre y se encabritó. Loras Tyrell consiguió a duras penas mantenerse sobre la silla. Ser Gregor blandió la espada y asestó un golpe salvaje con ambas manos que acertó al muchacho en el pecho y lo derribó. El corcel huyó, y Ser Loras quedó tendido sobre la tierra. Gregor alzó la espada para asestar el golpe definitivo.
—Déjalo en paz —dijo una voz ronca, al tiempo que una mano de hierro lo apartaba del muchacho.
La Montaña se giró, mudo de rabia, blandiendo la espada larga en un arco mortífero en el que había puesto su asombrosa fuerza, pero el Perro detuvo el golpe y se lo devolvió, y los dos hermanos pelearon durante lo que pareció una eternidad, mientras los criados ponían a salvo al aturdido Loras Tyrell. Por tres veces vio Ned a Ser Gregor lanzar golpes brutales contra el yelmo de cabeza de perro, y en cambio Sandor no dirigió ni un solo ataque contra la cabeza desprotegida de su hermano.
La voz del rey puso fin a aquello. La voz del rey y veinte espadas. Jon Arryn les había dicho que un buen comandante debía tener buena voz en el campo de batalla, y Robert había comprobado en el Tridente cuán cierto era aquello.
—¡Que cese esta locura! —rugió—. ¡Lo ordena vuestro rey!
El Perro se dejó caer sobre una rodilla. La espada de Ser Gregor hendió el aire, pero por fin pareció recuperar el sentido común. Dejó caer la espada y miró a Robert, rodeado por su Guardia Real y por otra docena de caballeros y soldados. Sin decir palabra se dio media vuelta y se alejó a zancadas, apartando de un empujón a Barristan Selmy.
—Dejad que se marche —dijo Robert.
Y, tan deprisa como había comenzado, todo terminó.
—¿Ahora el Perro es el campeón? —preguntó Sansa a Ned.
—No —respondió él—. Tiene que haber una última justa, entre el Perro y el Caballero de las Flores.
Pero Sansa estaba en lo cierto. Momentos más tarde Ser Loras Tyrell volvió a la liza. Vestía un sencillo jubón de lino, y se dirigió hacia Sandor Clegane.
—Os debo la vida. Sois el vencedor, ser.
—No soy ningún «ser» —replicó el Perro.
Pero aceptó la victoria, y la bolsa del campeón, y quizá por primera vez en su vida las aclamaciones del pueblo, que le aplaudió mientras salía de la liza para dirigirse hacia su tienda.
Ned y Sansa se encaminaron hacia el prado de tiro con arco, y Meñique, Lord Renly y algunos hombres más les dieron alcance.
—Tyrell sabía que su yegua estaba en celo —iba diciendo Meñique—. Estoy seguro de que el chico lo tenía todo planeado. Gregor siempre monta sementales grandes y temperamentales, con más ardor que sentido común. —Por lo visto le parecía una idea muy graciosa. No así a Ser Barristan Selmy.
—En los trucos no hay honor —dijo el anciano, rígido.
—No habrá honor, pero sí veinte mil piezas de oro —sonrió Lord Renly.
Aquella tarde un muchacho llamado Anguy, un plebeyo desconocido procedente de las Marcas de Dorne, ganó la competición de tiro con arco a Ser Balon Swann y a Jalabhar Xho, a cien pasos, cuando el resto de los arqueros ya habían quedado eliminados en distancias más cortas. Ned envió a Alyn en su busca para ofrecerle un puesto en la guardia de la Mano, pero el chico estaba ebrio de vino, victoria y riquezas jamás soñadas, y lo rechazó.
El combate cuerpo a cuerpo duró tres horas. Tomaron parte casi cuarenta hombres, jinetes libres, caballeros sin tierras, escuderos deseosos de labrarse una reputación... Lucharon con armas embotadas, en un caos de lodo y sangre, formaban pequeños ejércitos que peleaban juntos y luego se dividían a medida que se formaban y rompían alianzas, hasta que sólo quedó un hombre en pie. El vencedor fue el sacerdote rojo Thoros de Myr, un demente que se afeitaba la cabeza y luchaba con una espada llameante. No era la primera vez que vencía esta clase de combate. La espada llameante asustaba a los caballos de los demás jinetes, y a Thoros no lo asustaba nada. El resultado final fueron tres miembros rotos, una clavícula destrozada, una docena de dedos aplastados, dos caballos que hubo que rematar e incontables cortes, esguinces y magulladuras. Ned daba gracias a los dioses porque el rey no hubiera participado.
Aquella noche, durante el festín, Eddard Stark se atrevió a albergar más esperanzas que en mucho tiempo. Robert estaba de un humor inmejorable. Los Lannister se habían esfumado, y hasta sus hijas se comportaban bien. Jory había llevado a Arya para que tomara parte en la celebración, y Sansa habló a su hermana con amabilidad.
—El torneo ha sido magnífico —suspiró—. Deberías haberlo visto. ¿Cómo va tu danza?
—Estoy toda llena de cardenales —informó Arya alegremente al tiempo que le enseñaba con orgullo una enorme magulladura violácea que tenía en la pierna.
—Debes de bailar fatal —señaló Sansa, dubitativa.
Más tarde, cuando Sansa se fue a escuchar a un grupo de trovadores que interpretaban la compleja serie de baladas entrelazadas denominada «Danza de los Dragones», Ned quiso ver él mismo la magulladura.
—Espero que Forel no te presione demasiado.
Arya se mantuvo en equilibrio sobre una pierna. Cada vez se le daba mejor.
—Syrio dice que cada herida es una lección, y que cada lección te lleva un paso más allá.
Ned frunció el ceño. La reputación de Syrio Forel era excelente, y su extravagante estilo bravoosiano era perfecto para la estilizada espada de Arya, pero aun así... hacía pocos días, la niña había vagado por el torreón con los ojos vendados por una tira de seda negra. Le explicó que Syrio le estaba enseñando a ver con los oídos, con la nariz y con la piel. Y antes de eso la había tenido haciendo volteretas adelante y atrás.
—¿Seguro que quieres seguir con esto, Arya?
—Mañana vamos a cazar gatos —contestó ella después de asentir.
—Gatos —suspiró Ned—. Creo que cometí un error al contratar al bravoosi. Si quieres le diré a Jory que se encargue de enseñarte. O también puedo hablar con Ser Barristan. De joven era el mejor espadachín de los Siete Reinos.
—No —replicó Arya—. Quiero aprender con Syrio.
Ned le acarició el pelo. Cualquier maestro de armas pasable podría enseñar a Arya a lanzar y detener estocadas sin tanta tontería con vendas, volteretas laterales y saltos sobre una pierna, pero conocía demasiado bien a su hija pequeña, sabía que no valía la pena discutir cuando proyectaba hacia afuera aquella mandíbula testaruda.
—Como quieras —dijo. Sin duda no tardaría en cansarse de aquello—. Pero ten cuidado, ¿eh?
—Te lo prometo —le aseguró la niña con solemnidad al tiempo que saltaba de la pierna derecha a la izquierda con un movimiento fluido.
Mucho más tarde, una vez hubo llevado a sus hijas de vuelta a la ciudad y las hubo dejado en sus respectivos dormitorios, a Sansa con sus sueños y a Arya con sus magulladuras, Ned subió por las escaleras que llevaban a sus habitaciones, en la cima de la Torre de la Mano. Aquel día había hecho calor, y el ambiente de la estancia era denso y olía a cerrado. Ned se dirigió hacia la ventana y abrió los pesados postigos para que entrara el aire fresco de la noche. Echó un vistazo al otro lado del patio, y advirtió la luz tililante de una vela en la ventana de Meñique. La medianoche había quedado ya muy atrás. Abajo, junto al río, la jarana apenas empezaba a decaer.
Sacó la daga y la examinó. El arma de Meñique, que Tyrion Lannister había ganado en una apuesta de torneo, enviada para asesinar a Bran mientras estaba inconsciente. ¿Por qué? ¿Para qué querría el enano matar a Bran? ¿Para qué querría nadie matar a Bran?
La daga, la caída de Bran... todo tenía alguna relación con la muerte de Jon Arryn, lo presentía, pero las circunstancias de la muerte de Jon seguían siendo tan oscuras como al principio. Lord Stannis no había regresado a Desembarco del Rey para el torneo. Lysa Arryn protegía su silencio tras los altos muros del Nido de Águilas. El escudero había muerto, y Jory seguía investigando por los prostíbulos. No tenía nada, sólo al bastardo de Robert.
Porque a Ned no le cabía duda de que el hosco aprendiz del armero era el bastardo del rey. Llevaba los rasgos de los Baratheon grabados en el rostro, en la mandíbula, en los ojos, en aquella mata de cabello negro. Renly era demasiado joven para haber engendrado a un chico de su edad, y Stannis demasiado frío y orgulloso. Gendry era hijo de Robert.
Pero, aun sabiendo aquello, ¿qué había descubierto? El rey tenía más hijos bastardos repartidos por los Siete Reinos. Había reconocido abiertamente a uno, un niño de la edad de Bran cuya madre era de alta cuna. El chico estaba como pupilo en Bastión de Tormentas, al cargo del gobernador de la fortaleza de Lord Renly.
Recordó la primera vez que Robert había sido padre, cuando él mismo era casi un chiquillo, en el Valle. Tuvo una hija, una niña preciosa, y el joven señor de Bastión de Tormentas se encargó de su manutención. La visitaba a diario incluso mucho después de perder todo interés por la madre. A menudo arrastraba a Ned con él, tanto si quería como si no. Aquella niña tendría ya diecisiete o dieciocho años, sería mayor que Robert cuando la engendró. El concepto se le hizo muy extraño.
A Cersei no le debían de hacer gracia los vaivenes de su señor esposo, pero al fin y al cabo no tenía importancia si el rey engendraba a un bastardo o a un centenar. La ley y el uso reconocían pocos derechos a los hijos ilegítimos. Gendry, la chica del Valle, el muchachito de Bastión de Tormentas... ninguno de ellos representaba una amenaza para los hijos legítimos de Robert...
Unos golpecitos en la puerta interrumpieron sus cavilaciones.
—Aquí hay un hombre que quiere veros, mi señor —dijo la voz de Harwin—. Se niega a dar su nombre.
—Que pase —dijo Ned, intrigado.
El visitante era un hombre recio, con botas agrietadas llenas de barro, una pesada túnica marrón de tejido basto, una capucha que le ocultaba el rostro y las manos ocultas en las mangas amplias.
—¿Quién eres? —quiso saber Ned.
—Un amigo —replicó el encapuchado en voz baja, extraña—. Tenemos que hablar a solas, Lord Stark.
—Puedes marcharte, Harwin —dijo Ned. La curiosidad pudo más que la cautela.
Cuando estuvieron a solas en la habitación, con todas las puertas cerradas, el visitante se bajó la capucha.
—¡Lord Varys! —exclamó Ned, atónito.
—Lord Stark —respondió Varys con toda cortesía al tiempo que se sentaba—. ¿Puedo pediros algo de beber?
Ned llenó dos copas con vino veraniego y tendió una a Varys.
—Aunque hubiera pasado a medio metro de vos no os habría reconocido —dijo, incrédulo. Jamás había visto al eunuco vestir otra cosa que no fueran sedas, terciopelos y los más ricos damascos; y aquel hombre no olía a lilas, sino a sudor.
—Es lo que deseaba con toda mi alma —replicó Varys—. No nos ayudaría en absoluto que ciertas personas supieran que hemos tenido esta conversación en privado. La reina os vigila de cerca. Este vino es excelente, muchas gracias.
—¿Cómo habéis pasado desapercibido para el resto de mis guardias? —preguntó Ned. Porther y Cayn estaban apostados en el exterior de la torre, y Alyn en las escaleras.
—La Fortaleza Roja tiene caminos que sólo conocen los fantasmas y las arañas. —Varys sonrió en gesto de disculpa—. No os entretendré mucho tiempo, mi señor. Hay algunas cosas de las que debéis estar informado. Sois la Mano del Rey, y el rey es un idiota. —El tono empalagoso del eunuco se había esfumado, su voz era en aquel momento afilada como un látigo—. Sí, es vuestro amigo, lo sé, pero sigue siendo un idiota. Y un idiota muerto, a menos que vos lo salvéis. Hoy ha faltado poco. Querían matarlo durante el combate cuerpo a cuerpo.
—¿Quién? —consiguió preguntar Ned, que durante un momento se había quedado mudo de la sorpresa.
—Si de verdad necesitáis respuesta a esa pregunta, sois tan idiota como Robert y yo estoy en el bando que no debo. —Varys bebió un sorbo de vino.
—Los Lannister —dijo Ned—. La reina... no, no me lo puedo creer, ni siquiera de Cersei. ¡Le pidió que no luchara!
—Le prohibió que luchara, y eso delante de su hermano, sus caballeros y la mitad de la corte. Decidme con sinceridad, ¿se os ocurre mejor manera de obligar al rey Robert a participar en el torneo?
Ned sintió náuseas. El eunuco tenía razón: si uno quería que Robert Baratheon hiciera algo, bastaba con decirle que no podía, que no debía.
—Pero, aunque hubiera participado, ¿quién se habría atrevido a matar al rey?
—Había cuarenta jinetes —contestó Varys encogiéndose de hombros—. Los Lannister tienen muchos amigos. En medio del caos, con los caballos relinchando, tantos huesos rotos, Thoros de Myr con esa espada absurda que lleva siempre, ¿quién podría decir que el golpe que mató a Su Alteza fue intencionado? —Se volvió a llenar la copa—. Cuando todo terminara, el asesino estaría transido de dolor. Casi me parece oír sus sollozos. Qué tristeza. Pero no me cabe duda de que la compasiva viuda se apiadaría del pobre desdichado, lo ayudaría a ponerse en pie y besaría su frente en gesto de perdón. El buen rey Joffrey no tendría más remedio que indultarlo. —El eunuco se pasó un dedo por la mejilla—. O quizá Cersei permitiría que Ser Ilyn le cortara la cabeza. Un riesgo menos para los Lannister, aunque sería una sorpresa muy poco grata para su amiguito.
—Conocíais todo este plan y no hicisteis nada. —Ned estaba airado.
—Yo controlo rumores, no guerreros.
—Podríais haber acudido antes a mí.
—Ah, sí, desde luego. Y vos habríais ido a hablar con el rey, ¿verdad? Y cuando Robert supiera del peligro que corría, ¿qué creéis que habría hecho?
—Los habría enviado a todos al Infierno y habría participado para demostrar que no tenía miedo —dijo Ned después de meditar un instante.
Varys extendió las manos.
—Tengo que confesaros algo más, Lord Eddard. Sentía curiosidad por saber qué ibais a hacer vos. «¿Por qué no acudisteis a mí?», me preguntáis. Y os diré la verdad, porque no confiaba en vos, mi señor.
—¿Que no confiabais en mí? —El asombro de Ned fue genuino.
—En la Fortaleza Roja hay dos tipos de personas, Lord Eddard —dijo Varys—. Las que son leales al reino y las que no sienten lealtad más que hacia ellas mismas. Hasta esta mañana no tenía manera de saber a qué grupo pertenecíais... así que aguardé... y ahora estoy seguro. —Sonrió con una sonrisa regordeta y tensa a la vez, y por un momento su rostro público y su rostro privado fueron el mismo—. Empiezo a comprender por qué la reina os tiene tanto miedo. Desde luego que sí.
—A vos es al que debería temer.
—No. Yo soy lo que soy. El rey me utiliza, pero se avergüenza de ello. Nuestro Robert es muy resuelto y viril, y a los hombres como él no les gustan las serpientes, las arañas ni los eunucos. Si un día Cersei le susurra al oído: «Mata a ese hombre», Ilyn Payne me cortará la cabeza antes de que tenga tiempo de pestañear, ¿y quién llorará por el pobre Varys? Ni en el norte ni en el sur se componen canciones en honor de las arañas. —Extendió una mano blanda y rozó el hombro de Ned—. En cambio a vos, Lord Stark, creo... no, estoy seguro... de que jamás os mandaría matar, ni siquiera por su reina, y en eso puede residir nuestra salvación.
Aquello era ya demasiado. Por un momento Eddard Stark deseó con todas sus fuerzas volver a Invernalia, a la limpia simplicidad del norte, donde los enemigos eran el invierno y los salvajes de más allá del Muro.
—Pero Robert debe de tener más amigos leales —protestó—. Sus hermanos, su...
—¿... su esposa? —terminó Varys con una sonrisa como una navaja—. Sus hermanos detestan a los Lannister, de eso no cabe duda, pero odiar a la reina y amar al rey son dos cosas muy diferentes, ¿verdad? Ser Barristan ama su honor, el Gran Maestre Pycelle ama su cargo, y Meñique ama a Meñique.
—La Guardia Real...
—Un escudo de papel —replicó el eunuco—. Por lo que más queráis, Lord Stark, intentad no poner esa cara de sorpresa. El propio Jaime Lannister es un Hermano Juramentado de las Espadas Blancas, y ya sabemos todos qué valen sus juramentos. Los días en que la capa blanca la llevaban hombres como Ryam Redwyne y el príncipe Aemon, el Caballero Dragón, sólo perviven en las canciones. De los siete que componen ahora la guardia el único que es de auténtico acero es Ser Barristan Selmy, y no olvidemos que es viejo. Ser Boros y Ser Meryn pertenecen a la reina en cuerpo y alma, y sobre los demás tengo serias sospechas. No, mi señor. Si se desenfundan las espadas, vos seréis el único amigo verdadero de Robert Baratheon.
—Hay que informar a Robert —dijo Ned—. Si lo que decís es verdad, aunque sólo sea en parte, hay que informar a Robert enseguida.
—¿Y qué pruebas le vamos a presentar? ¿Mi palabra contra la de ellos? ¿Mis pajaritos contra la reina y el Matarreyes, contra sus hermanos y su Consejo, contra los Guardianes de Oriente y de Occidente, contra todo el poder de Roca Casterly? Por favor, llamad directamente a Ser Ilyn, así ahorraremos tiempo. Sé adónde lleva ese camino.
—Pero, si estáis en lo cierto, intentarán matarlo de nuevo.
—Desde luego —asintió Varys—. Y me temo que más temprano que tarde. Los estáis poniendo muy nerviosos, Lord Eddard. Pero mis pajaritos estarán atentos, y quizá vos y yo, juntos, podamos anticiparnos a sus golpes. —Se levantó y se echó la capucha sobre la cara—. Gracias por el vino. Volveremos a hablar. La próxima vez que me veáis en el Consejo, intentad tratarme con vuestro desdén habitual. No creo que os cueste demasiado. —Ya estaba junto a la puerta cuando Ned lo llamó.
—Varys. —El eunuco se volvió—. ¿Cómo murió Jon Arryn?
—Me preguntaba cuánto tardaríais en llegar a eso.
—Decídmelo.
—Lo llaman «lágrimas de Lys». Es una sustancia muy rara y costosa, transparente y dulce como el agua, no deja rastro. Mil veces supliqué a Lord Arryn que tuviera un catador, se lo rogué en esta misma estancia, pero no me hizo caso. Me dijo que esa idea nunca se le pasaría por la cabeza a un hombre de verdad. A un hombre completo.
—¿Quién le suministró el veneno? —Ned tenía que saber el resto.
—Algún amigo querido, alguien que a menudo compartía con él el pan y el vino, no me cabe duda. Pero, ¿cuál? Había tantos... Lord Arryn era un hombre bondadoso y confiado. —El eunuco suspiró—. Había un muchacho... le debía a Jon Arryn todo lo que tenía, todo lo que era, pero cuando la viuda huyó al Nido de Águilas junto con todo su séquito, él se quedó en Desembarco del Rey y prosperó. Siempre me alegro de ver que los jóvenes prosperan en la vida. —Su voz volvía a ser un látigo, cada palabra un golpe—. Debía de ser una figura galante en el torneo, ¿verdad?, con la armadura nueva, la capa ribeteada de lunas... Lástima que muriera tan joven... y de manera tan inoportuna, antes de que pudierais hablar con él.
—El escudero —dijo Ned. Sentía como si a él también lo hubieran envenado—. Ser Hugh. —Engranajes dentro de engranajes dentro de engranajes. El corazón le latía a toda velocidad—. Pero, ¿por qué? ¿Por qué en estos momentos? Jon Arryn fue la Mano del Rey durante catorce años, ¿qué hacía ahora para que lo mataran?
—Preguntas —replicó Varys al tiempo que salía por la puerta.

TYRION

Tyrion Lannister observó cómo, a la mortecina luz que precedía al amanecer, Chiggen le cortaba la garganta a su caballo, y anotó una ofensa más en la cuenta de los Stark. El mercenario se acuclilló junto al animal y le abrió el vientre con el cuchillo de desollar. Movía las manos con destreza, sin malgastar un solo corte: había que hacer el trabajo deprisa, o el olor de la sangre atraería a los gatosombras de las cumbres.
—Esta noche no nos acostaremos con hambre —dijo Bronn.
Él sí que parecía una sombra, flaco como un esqueleto, con ojos negros, pelo negro y barba de varios días.
—Puede que algunos sí —replicó Tyrion—. No me gusta la carne de caballo. Y menos la del mío.
—La carne es carne —replicó Bronn mientras se encogía de hombros—. A los dothrakis les gusta el caballo más que la ternera o el cerdo.
—¿Tengo pinta de dothraki? —preguntó Tyrion con amargura.
Era cierto, los dothrakis comían carne de caballo; también abandonaban a los bebés deformes para que los devorasen los perros salvajes que corrían tras sus khalasars. Las costumbres de los dothrakis no le parecían un modelo aceptable.
—¿Quieres probar, enano? —preguntó Chiggen mientras cortaba una tira fina de carne sanguinolenta y la examinaba.
—Ese caballo me lo regaló mi hermano Jaime en mi vigesimotercer día del nombre —señaló Tyrion con voz átona.
—Pues dale las gracias de nuestra parte. Si vuelves a verlo. —Chiggen sonrió, mostró los dientes amarillentos y se comió la carne cruda de dos bocados—. Parece de buena raza.
—Está mejor frito con cebollas —señaló Bronn.
Tyrion no respondió, sino que se alejó cojeando. El frío se le había clavado en los huesos, y tenía las piernas tan doloridas que apenas podía caminar. Quizá su yegua había tenido suerte. A él le quedaban por delante más horas de cabalgar, seguidas por unos pocos bocados de comida y breves ratos de sueño sobre el suelo frío y duro. Y después otra noche igual, y otra, y otra, y sólo los dioses sabían cuándo terminaría aquello.
—Maldita mujer —murmuró mientras caminaba trabajosamente para reunirse con sus captores—. Maldita sea ella, malditos sean todos los Stark.
Los recuerdos aún le resultaban amargos. En un momento dado estaba pidiendo la cena, y al siguiente se enfrentaba a una habitación repleta de hombres armados, mientras Jyck desenfundaba su espada y la tabernera gritaba:
—¡Nada de espadas, nada de espadas aquí, os lo ruego, señores!
Tyrion se apresuró a agarrar el brazo de Jyck para que lo bajara, antes de que ambos acabaran despedazados.
—No seas descortés, Jyck —dijo—. Nuestra anfitriona ha dicho que nada de espadas. Haz lo que te ha pedido. —Se obligó a esbozar una sonrisa, aunque sabía que le estaba saliendo tan débil como se sentía él—. Estáis equivocada, Lady Stark, no tengo nada que ver con ningún ataque que haya sufrido vuestro hijo. Por mi honor...
—Honor de Lannister —replicó ella. Alzó las manos para que las vieran todos los presentes—. Fue su daga la que me dejó estas cicatrices. El cuchillo con el que quería cortarle la garganta a mi hijo.
Tyrion sintió crecer a su alrededor la rabia, una rabia espesa alimentada por los cortes en las manos de la Stark.
—Matadlo —siseó desde el fondo una borracha sucia. Otras voces la secundaron, más deprisa de lo que parecía imaginable. Eran desconocidos que hasta hacía un instante se habían mostrado amistosos y ahora pedían a gritos su cabeza.
—Si Lady Stark cree que debo responder de algún crimen —dijo Tyrion alzando la voz y procurando que no le temblara—, la acompañaré de buena gana.
Era la única salida posible. Tratar de abrirse camino por la fuerza era un suicidio seguro. Más de una docena de espadas se habían desenfundado como respuesta a la petición de ayuda de la Stark: el hombre de los Harrenhal, los tres Bracken, un par de mercenarios desabridos que, por su aspecto, lo matarían en cuanto hiciera algo, aunque fuera escupir, y unos cuantos campesinos idiotas que, obviamente, no tenían ni idea de qué hacían. ¿Y qué tenía Tyrion a su favor? Una daga colgada del cinturón y dos hombres. Jyck manejaba bien la espada, pero Morrec ni contaba, era parte mayordomo, parte cocinero y parte ayuda de cámara, no soldado. En cuanto a Yoren, fueran cuales fueran sus sentimientos, no haría nada: los hermanos negros juraban no tomar partido en las disputas del reino.
Y así fue, el hermano negro se apartó a un lado con discreción cuando intervino el anciano caballero que acompañaba a Lady Catelyn Stark.
—Desarmadlos —dijo; el mercenario llamado Bronn se adelantó para cogerle la espada de la mano a Jyck y quitarles las dagas—. Bien —asintió el anciano. La tensión en la sala común había cedido de manera palpable—. Excelente.
Tyrion reconoció entonces la voz gruñona del maestro de armas de Invernalia, sólo que sin bigotes.
—¡No lo matéis aquí! —suplicó a Catelyn la posadera con una lluvia de salivillas teñidas de escarlata.
—No lo mates en ninguna parte —puntualizó Tyrion.
—Lleváoslo a otro sitio, mi señora, nada de sangre aquí, por favor, nada de peleas de grandes señores.
—Nos lo llevamos a Invernalia —dijo ella.
«Bueno, tal vez...», pensó Tyrion. Para entonces ya había tenido ocasión de echar un vistazo detenido a la estancia y valorar así su situación. Lo que vio no le resultó del todo desalentador. Sí, la Stark había sido lista, sin duda. Los había obligado a recordar en público los juramentos que sus respectivos señores habían prestado a su padre, y luego les pidió socorro, claro, porque era mujer. Sí, muy inteligente. Pero no había tenido tanto éxito como creía. En la sala común había casi cincuenta personas, y la súplica de Catelyn Stark apenas había puesto en pie a una docena. Los demás parecían confusos, o asustados, algunos hasta hoscos. Tyrion advirtió que sólo dos de los Frey se habían movido, y eso para volver a sentarse enseguida cuando vieron que su capitán no se levantaba. Si se hubiera atrevido habría esbozado una sonrisa.
—De acuerdo, vayamos a Invernalia —dijo. El camino era largo, lo sabía bien porque llegaba de allí. Y en un camino largo podían suceder muchas cosas—. Mi padre querrá saber qué me ha pasado —siguió al tiempo que establecía contacto visual con el hombre que se había ofrecido a cederle su habitación—. Pagará una cantidad muy generosa a quien le lleve la noticia de lo que ha pasado esta noche. —No era cierto, desde luego, pero Tyrion compensaría al mensajero cuando recuperase la libertad.
—También nos llevaremos a sus hombres —anunció Ser Rodrik mirando a su señora. Parecía preocupado, y tenía motivos—. Y os estaremos agradecidos a los demás si guardáis silencio acerca de lo que habéis visto.
Tyrion tuvo que contenerse para que no se le escapara una carcajada. ¿Silencio? Viejo idiota... A menos que se llevaran a todos los presentes, la noticia empezaría a correr en cuanto salieran por la puerta. El jinete que llevaba la moneda de oro en el bolsillo volaría como una flecha a Roca Casterly. Y si no, otro lo haría. Yoren contaría la historia en el sur. Aquel juglar idiota también le sacaría partido. Los Frey informarían a su señor, y sólo los dioses sabían qué haría él. Lord Walder Frey era banderizo de Aguasdulces, sí, pero también era un hombre cauteloso que había llegado a su avanzada edad porque siempre se aseguraba de estar en el bando del vencedor. Como mínimo enviaría un pájaro mensajero a Desembarco del Rey, y quizá llegara incluso más lejos.
—Tenemos que ponernos en marcha de inmediato. —Catelyn Stark no era mujer que perdiera el tiempo—. Necesitamos caballos descansados, y provisiones para el camino. Vosotros, sabed que contáis con la gratitud eterna de la Casa Stark. Si alguno quiere acompañarnos para vigilar a nuestros cautivos hasta Invernalia, será bien recompensado, lo garantizo.
No hizo falta más. Los muy idiotas se abalanzaron sobre la oportunidad. Tyrion examinó sus rostros, y se prometió a sí mismo que serían bien recompensados, aunque no de la manera que imaginaban.
Pero, mientras lo sacaban en vilo al exterior, ensillaban los caballos bajo la lluvia y le ataban las manos con soga basta, Tyrion Lannister no sentía verdadero temor. Antes de que acabara el día los jinetes saldrían en pos de ellos, los pájaros surcarían el cielo, y sin duda alguno de los señores que vivían cerca del río tendría tantas ganas de ganarse el favor de su padre como para echarle una mano. Todavía se estaba congratulando por su astucia cuando alguien le echó una capucha sobre los ojos y lo alzó a la silla del caballo.
Emprendieron el galope bajo la lluvia, y antes de que pasara mucho tiempo Tyrion tenía calambres en los muslos y las nalgas le palpitaban de dolor. Incluso cuando estuvieron a buena distancia de la posada, y Catelyn Stark les permitió avanzar al trote, el viaje era duro, por terreno escabroso, y todo lo empeoraba la imposibilidad de ver. La capucha amortiguaba también los ruidos, así que no alcanzaba a entender lo que se decía a su alrededor; la lluvia empapaba la tela y hacía que se le pegara a la cara, hasta el punto de que le costaba trabajo respirar. La soga le estaba dejando las muñecas en carne viva, y sentía como si le apretara más y más a medida que pasaba la noche. «Estaba a punto de sentarme ante un fuego y una gallina asada y ese condenado bardo fue y abrió la boca», pensó con disgusto. El condenado bardo los acompañaba en el viaje. «De esto va a salir una gran canción, y yo seré el que la componga», había dicho a Catelyn Stark, al tiempo que anunciaba su intención de cabalgar con ellos para ver cómo terminaba aquella aventura fascinante. Tyrion sospechaba que al muchacho no le iba a parecer nada fascinante la aventura cuando los alcanzaran los jinetes Lannister.
La lluvia había cesado por fin, y la luz del amanecer se filtraba a través de la tela húmeda que le cubría los ojos cuando Catelyn Stark dio por fin orden de desmontar. Unas manos bruscas lo apearon del caballo, le desataron las muñecas y le arrancaron la capucha de la cabeza. Cuando vio el estrecho sendero pedregoso, las colinas escarpadas a su alrededor y los picos nevados a lo lejos en el horizonte, sus esperanzas se desvanecieron de inmediato.
—Esto es el camino alto —farfulló al tiempo que miraba a Lady Stark con ojos acusadores—. Es el camino hacia oriente. ¡Dijisteis que iríamos a Invernalia!
—Lo dije, sí, varias veces, y muy alto —asintió Catelyn Stark dedicándole la más leve de las sonrisas—. No me cabe duda de que vuestros amigos irán en esa dirección cuando empiecen a perseguirnos. Les deseo un buen viaje.
Incluso días después, el recuerdo de aquel momento le haría sentir una rabia amarga. Tyrion se había enorgullecido toda la vida de su astucia, era el único don que le habían dado los dioses, pero aquella loba siete veces maldita de Catelyn Stark había sido más lista que él. Aquello le dolía más que el hecho del secuestro.
Se detuvieron el tiempo justo para alimentar y abrevar a los caballos, y emprendieron la marcha de nuevo. No volvieron a ponerle la capucha a Tyrion. Después de la segunda noche tampoco se molestaron en atarle las manos, y una vez ganaron altura apenas si lo vigilaban. Por lo visto no temían que escapara. ¿Y por qué iba a ser de otra manera? Allí el terreno era abrupto y escarpado, el camino alto se convertía en un sendero pedregoso. Si escapaba, ¿hasta dónde podría llegar, solo y sin provisiones? Los gatosombras lo devorarían, y los clanes que habitaban en los refugios de la montaña eran simples grupos de bandoleros y asesinos que no acataban más ley que la de la espada.
Pero aun así la Stark los hacía avanzar sin reposo. Tyrion sabía hacia dónde se dirigían. Lo había sabido desde el momento en que le quitaron la capucha. Aquellas montañas eran los dominios de la Casa Arryn, y la viuda de la antigua Mano era una Tully, la hermana de Catelyn Stark... y poco amiga de los Lannister. Tyrion apenas había tratado a Lady Lysa durante los años que pasara en Desembarco del Rey, y no sentía las menores ganas de retomar la relación.
Sus secuestradores estaban agrupados en torno a un riachuelo, poco más abajo del camino alto. Los caballos habían bebido a placer de las aguas gélidas, y en aquel momento pastaban la hierba parda que crecía en las grietas de las rocas. Jyck y Morrec estaban sentados muy juntos, hoscos y deprimidos. Mohor estaba de pie junto a ellos, se apoyaba sobre la lanza y lucía en la cabeza un casco de hierro redondo que más bien parecía un cuenco. Cerca de allí Marillion, el bardo, engrasaba su lira y se quejaba de que la humedad estaba dañando las cuerdas.
—Tenemos que descansar un poco, mi señora —le estaba diciendo a Catelyn Stark Ser Willis Wode cuando Tyrion se aproximó a ellos. Era uno de los hombres de Lady Whent, un caballero rígido e impasible que había sido el primero en levantarse en apoyo de Catelyn Stark en la posada.
—Ser Willis está en lo cierto, mi señora —intervino Ser Rodrik—. Ya hemos perdido tres caballos...
—Los caballos no serán lo único que perdamos si los Lannister nos alcanzan —les recordó la mujer. Tenía el rostro demacrado y curtido por el viento, pero no había perdido ni un ápice de su decisión.
—No parece muy probable —señaló Tyrion.
—La señora no te ha pedido tu opinión, enano —le espetó Kurleket, un hombretón gordo de pelo cortado a cepillo y rostro porcino. Estaba al servicio de los Bracken, concretamente de Lord Jonos. Tyrion se había tomado un interés especial en memorizar todos sus nombres, para poder agradecerles más adelante el trato cortés que le habían dado. Un Lannister siempre pagaba sus deudas. Kurleket lo descubriría tarde o temprano, al igual que sus amigos Lharys y Mohor, y el buen Ser Willis, y los mercenarios Bronn y Chiggen. Tenía preparada una lección muy especial para Marillion, el de la lira y la voz dulce de tenor, que tanto se esforzaba en rimar «enano» con «fulano», y «cojo» con «despojo», para preparar el canto sobre su humillación.
—Dejad que hable —ordenó Lady Stark.
Tyrion Lannister se sentó en una roca.
—A estas alturas los soldados de mi familia deben de estar cruzando el Cuello al galope por el camino real, en pos de vuestro bulo... eso si se han puesto en marcha, cosa que no es segura en modo alguno. Oh, no me cabe duda de que mi padre habrá recibido la noticia... pero el amor que siente hacia mí es bien limitado, y no estoy seguro de que se vaya a tomar muchas molestias. —Aquello era mentira sólo a medias; a Lord Tywin Lannister le importaba un bledo su hijo deforme, pero no toleraba el menor insulto contra el honor de su Casa—. Estamos en tierras crueles, Lady Stark. No encontraréis amparo ni auxilio hasta que no lleguéis al Valle. Y lo peor es que os arriesgáis a perderme a mí. Soy pequeño, no muy fuerte, y si muero... ¿de qué habrá servido todo?
Lo que decía era verdad; Tyrion no sabía cuánto tiempo más podría resistir aquel ritmo.
—Podría contestaros que mi deseo es que muráis, Lannister —replicó Catelyn Stark.
—No lo creería —replicó Tyrion—. Si me quisierais ver muerto sólo tendríais que dar la orden, y cualquiera de vuestros incondicionales amigos me proporcionaría de buena gana una gran sonrisa roja. —Miró a Kurleket, pero aquel hombre era demasiado obtuso como para captar el sarcasmo.
—Los Stark no matamos a hombres indefensos.
—Tampoco yo —dijo—. ¿Cuántas veces he de decirlo? No tuve nada que ver en el intento de asesinato de vuestro hijo.
—El asesino iba armado con vuestra daga.
—No era mi daga —insistió Tyrion; sintió que la sangre se le subía a la cabeza—. ¿Queréis que os lo vuelva a jurar? Penséis lo que penséis de mí, Lady Stark, no soy ningún imbécil. Y sólo un idiota entregaría a un patán su arma. —Por un instante, le pareció ver la sombra de una duda en los ojos de la mujer, pero ésta se repuso.
—¿Por qué iba a mentirme Petyr?
—¿Por qué caga un oso en el bosque? —replicó—. Porque está en su naturaleza. A los hombres como Meñique les cuesta menos mentir que respirar. Vos deberíais saberlo mejor que nadie.
—¿Qué queréis decir, Lannister? —La mujer dio un paso hacia él con el rostro tenso.
—Vaya —dijo Tyrion inclinando la cabeza a un lado—, pues que en la corte todo el mundo le ha oído contar cómo le entregasteis vuestra virtud, mi señora.
—¡Mentira! —gritó Catelyn Stark.
—Enano malvado... —dijo Marillion, conmocionado.
—Sólo tenéis que dar la orden, mi señora —dijo Kurleket mientras desenfundaba el puñal, un arma de hierro negro y aspecto sanguinario—, y pondré a vuestros pies esa lengua mentirosa. —Le brillaban los ojillos de cerdo de anticipación ante la perspectiva.
—En el pasado, Petyr Baelish me amaba. —Catelyn Stark miraba a Tyrion. Tenía los ojos más fríos que había visto en la vida—. No era más que un niño. Su pasión fue una tragedia para todos nosotros, pero era sincera y pura, y no algo de lo que se pueda hacer mofa. Quería mi mano. Ésa es la única verdad. Realmente sois un hombre malvado, Lannister.
—Y vos sois una mujer estúpida, Lady Stark. Meñique nunca ha amado a nadie que no fuera Meñique. Y os aseguro que de lo que alardea no es de vuestra mano, sino de esos pechos redondos, de esa boca dulce y del calor que hay entre vuestras piernas.
Kurleket lo agarró por el pelo y le tiró de la cabeza hacia atrás hasta dejarle la garganta al descubierto. Tyrion sintió el beso frío del acero bajo la barbilla.
—¿Lo rajo, mi señora?
—Si me matas, la verdad muere conmigo —jadeó Tyrion.
—Dejad que hable —ordenó Catelyn Stark.
Kurleket soltó el pelo de Tyrion de mala gana. Éste inhaló una bocanada de aire fresco.
—¿Cómo os dijo Meñique que llegó a mi poder esa daga? Decídmelo.
—Dijo que se la habíais ganado en una apuesta, durante el torneo del día del nombre del príncipe Joffrey.
—Cuando el Caballero de las Flores derribó a mi hermano Jaime. ¿Fue eso lo que os contó?
—Sí —admitió ella, con el ceño fruncido.
—¡Jinetes!
El grito les llegó desde un risco azotado por el viento, por encima de ellos. Ser Rodrik había enviado a Lharys a aquella roca para que vigilara el camino mientras ellos descansaban.
Durante un largo segundo, nadie se movió. Catelyn Stark fue la primera en reaccionar.
—Ser Rodrik, Ser Willis, a los caballos —ordenó—. Poned las otras monturas detrás de nosotros. Mohor, vigila a los prisioneros...
—¡Dadnos armas! —Tyrion se puso en pie de un salto y la agarró por el brazo—. Van a hacer falta todas las espadas.
Ella sabía que tenía razón, Tyrion se daba cuenta. A los clanes de la montaña no les importaban las enemistades entre las grandes Casas. Matarían con igual entusiasmo a un Stark que a un Lannister, de la misma manera que se mataban entre ellos. Quizá le perdonaran la vida a Catelyn Stark, todavía era joven y podía tener hijos. Pese a todo, la mujer titubeaba.
—¡Los oigo acercarse! —gritó Ser Rodrik.
Tyrion giró la cabeza para escuchar, y él también lo oyó: cascos de al menos una docena de monturas, cada vez más cerca. De repente todos corrían, buscaban las armas y montaban a caballo.
Una lluvia de guijarros cayó sobre ellos cuando Lharys bajó del risco, mitad corriendo y mitad deslizándose. Fue a caer jadeante ante Catelyn Stark. Era un hombre de aspecto desgarbado, de debajo de su casco cónico de acero salían mechones de pelo color herrumbre.
—Son veinte hombres, puede que veinticinco —dijo, sin aliento—. Hermanos de la Luna o Serpientes de Leche, no sé. Deben de tener vigías, mi señora... nos han visto, saben dónde estamos.
Ser Rodrik Cassel estaba ya a caballo, con la espada en la mano. Mohor estaba acuclillado tras un peñasco, sujetaba la lanza de punta de hierro con ambas manos y tenía la daga entre los dientes.
—Eh, tú, bardo —llamó Ser Willis Wode—. Ayúdame a ponerme la coraza.
Marillion siguió paralizado en el sitio, aferrado a la lira y pálido como la leche, pero el criado de Tyrion, Morrec, se puso en pie rápidamente y fue a ayudar al caballero con su armadura.
—No tenéis elección —le dijo Tyrion a Catelyn Stark; todavía no la había soltado—. Nosotros tres, y otro hombre desperdiciado para vigilarnos... Aquí arriba cuatro hombres pueden suponer la diferencia entre la vida y la muerte.
—Dadme vuestra palabra de que dejaréis las armas en cuanto acabe la lucha.
—¿Mi palabra? —Los cascos de los caballos resonaban cada vez más cerca. Tyrion esbozó una sonrisa cargada de intención—. Oh, claro mi señora. Tenéis mi palabra... por mi honor de Lannister.
—Dadles armas —dijo ella al final; durante un momento había pensado que le escupiría.
Y se alejó al instante. Ser Rodrik lanzó a Jyck su espada con la vaina y se dio media vuelta para enfrentarse al primer enemigo. Morrec cogió un arco y un carcaj, y clavó una rodilla en tierra junto al camino. Era mejor arquero que espadachín. Y Bronn cabalgó hasta Tyrion para ofrecerle un hacha de doble filo.
—Nunca he peleado con hacha. —No estaba cómodo con aquella arma extraña en las manos. Tenía el mango corto, la cabeza pesada y una púa amenazadora en la punta.
—Haz como si estuvieras cortando leña —replicó Bronn al tiempo que desenvainaba la espada larga que llevaba cruzada a la espalda.
Escupió y emprendió el trote hacia donde estaban Chiggen y Ser Rodrik. Ser Willis montó y fue a reunirse con ellos mientras se ponía como podía el casco, un jarro de metal con una pequeña hendidura para ver y una pluma larga de seda negra.
—La leña no sangra —dijo Tyrion sin dirigirse a nadie en concreto. Sin armadura, se sentía desnudo. Buscó una roca en los alrededores, corrió hacia donde se escondía Marillion y le gritó—: Échate a un lado.
—¡Lárgate! —le chilló el muchacho—. ¡Soy bardo, no quiero tomar parte en esta lucha!
—¿Qué pasa, ya no tienes ganas de aventura? —Tyrion dio unas cuantas patadas al chico hasta que se apartó un poco. Justo a tiempo, porque al momento siguiente los jinetes cayeron sobre ellos.
No hubo heraldos, ni estandartes, ni cuernos ni tambores, sólo el sonido vibrante de las cuerdas de los arcos cuando Morrec y Lharys empezaron a disparar. De repente los hombres del clan surgieron como un trueno en el amanecer; eran morenos, enjutos, llevaban corazas y armaduras de distintas procedencias, y ocultaban sus rostros tras medios yelmos con rejilla. En las manos enguantadas llevaban todo tipo de armas: espadas, lanzas, guadañas afiladas, garrotes con púas, dagas, pesadas mazas de hierro... A la cabeza del grupo cabalgaba un hombre corpulento, con una capa de piel rayada de gatosombra, armado con un enorme espadón que blandía con las dos manos.
—¡Invernalia! —gritó Ser Rodrik, y se precipitó a su encuentro seguido por Bronn y Chiggen, que lanzaban gritos inconexos de batalla.
—¡Harrenhal! ¡Harrenhal! —exclamó Ser Willis Wode tras ellos, haciendo girar una maza con púas sobre la cabeza.
De repente a Tyrion le entraron unas ganas inmensas de ponerse en pie de un salto, blandir el hacha y gritar «¡Roca Casterly!». Por suerte el ataque de locura apenas duró un segundo, y se encogió todavía más en su escondrijo.
Oyó los relinchos de los caballos asustados y el choque del metal contra el metal. La espada de Chiggen destrozó el rostro descubierto de un jinete que vestía cota de mallas, y Bronn cayó entre sus enemigos como un huracán, repartiendo golpes a diestro y siniestro. Ser Rodrik se enfrentó al hombretón de la capa de gatosombra, los caballos giraban el uno en torno al otro mientras ellos cambiaban golpe por golpe. Jyck montó a un caballo y se lanzó al galope al centro de la refriega. De repente, Tyrion vio que el hombre de la capa de gatosombra tenía una flecha en la garganta. Cuando abrió la boca para gritar, lo único que salió fue sangre. Cuando su cadáver llegó al suelo Ser Rodrik ya estaba peleando con otro hombre.
De pronto, Marillion dejó escapar un grito y se cubrió la cabeza con la lira. Un caballo salvó de un salto la roca tras la que se ocultaban. Mientras el jinete daba la vuelta para enfrentarse a ellos, haciendo girar una maza con púas, Tyrion consiguió ponerse en pie y blandir el hacha con ambas manos. La hoja se clavó en la garganta del caballo cuando éste cargó contra ellos, y el mango estuvo a punto de escapársele de las manos mientras el animal relinchaba y se derrumbaba. Consiguió recuperar el arma y apartarse del camino justo a tiempo. Marillion no tuvo tanta suerte: el caballo y su jinete cayeron justo encima del bardo. Tyrion retrocedió un paso aprovechando que la pierna del bandolero había quedado atrapada bajo la montura, y enterró el hacha en el cuello del hombre, por encima de los omoplatos.
Oyó los gemidos de Marillion bajo los cadáveres mientras trataba de sacar el hacha.
—¡Que alguien me ayude! ¡Los dioses tengan piedad de mí, estoy sangrando!
—Creo que es sangre de caballo —replicó Tyrion. La mano del bardo salió de debajo del animal muerto, se clavaba en el polvo del suelo como una araña de cinco patas. Tyrion clavó el talón en los dedos engarfiados. El crujido que oyó le resultó de lo más satisfactorio—. Cierra los ojos y hazte el muerto —le aconsejó al tiempo que alzaba el hacha y se daba media vuelta.
Los acontecimientos se precipitaron. El amanecer se llenó de gritos y alaridos, y se impregnó del olor a sangre; y el mundo se sumergió en el caos. Las flechas silbaban junto a sus oídos e iban a estrellarse contra las rocas. Vio a Bronn, que luchaba descabalgado, con una espada en cada mano. Tyrion se mantuvo en los límites de la refriega, se deslizaba de una roca a otra y salía de entre las sombras para lanzar hachazos a las patas de los caballos que pasaban junto a él. Encontró a un enemigo herido, lo remató y se quedó con su yelmo. Le quedaba enorme, pero en aquel momento Tyrion agradecía cualquier tipo de protección. Jyck había recibido un tajo en la espalda al mismo tiempo que mataba al hombre que tenía delante, y más tarde Tyrion se encontró con el cadáver de Kurleket. Una maza había destrozado el rostro porcino, pero reconoció la daga que pudo recuperar de entre los dedos muertos. Se la estaba colgando del cinturón cuando oyó el grito de una mujer.
Catelyn Stark estaba atrapada contra la pared rocosa de la montaña y la rodeaban tres hombres, uno a caballo y dos a pie. Sujetaba como podía la daga en las manos heridas, pero estaba acorralada y sin posibilidad de escapar. «Que se carguen a la muy zorra —pensó Tyrion—, y que les aproveche», pero se encontró avanzando hacia ellos. Hirió al primer hombre en la parte trasera de la rodilla antes de que se dieran cuenta de su presencia, la pesada cabeza del hacha cortó la carne y el hueso como si se tratara de madera podrida. «Leña que sangra», pensó como un idiota mientras el segundo hombre se lanzaba contra él. Se agachó para esquivar el tajo de la espada, blandió el hacha, el hombre retrocedió... y Catelyn Stark lo agarró por detrás y le cortó la garganta. El jinete recordó de repente una cita inaplazable y se alejó al galope.
Tyrion miró a su alrededor. Todos los enemigos estaban muertos o habían desaparecido. Sin saber cómo, mientras no miraba, la pelea había terminado. Por doquier había caballos moribundos y hombres heridos que gemían y gritaban. Para su inmensa sorpresa, él no era uno de ellos. Abrió los dedos y dejó caer el hacha al suelo. Tenía las manos pegajosas de sangre. Habría jurado que la lucha había durado medio día, pero el sol apenas se había desplazado.
—¿Ha sido tu primera batalla? —le preguntó Bronn más tarde, mientras le quitaba las botas a Jyck. Eran unas botas de buena calidad, como correspondía a un sirviente de Lord Tywin: de cuero grueso, flexible y bien engrasado, mucho mejores que las de Bronn. Tyrion asintió.
—¡Qué orgulloso se va a sentir mi padre! —dijo. Las piernas le dolían tanto que apenas si se tenía en pie. Lo raro era que durante la lucha no había sentido el dolor.
—Ahora lo que te hace falta es una mujer —dijo Bronn con un brillo poco habitual en los ojos oscuros. Guardó las botas en su silla de montar—. Cuando un hombre ha recibido su bautizo de sangre, no hay nada como una mujer, te lo digo yo.
Chiggen interrumpió el concienzudo saqueo de los cadáveres de los bandoleros el tiempo justo para soltar un bufido y lamerse los labios.
—Si ella quiere, por mí encantado —dijo Tyrion lanzando una mirada hacia el lugar donde Lady Stark vendaba las heridas de Ser Rodrik. Los mercenarios soltaron la carcajada, y Tyrion sonrió. «Es un buen comienzo», pensó.
Poco más tarde se arrodilló junto al arroyo, y se lavó la sangre de la cara con agua fría como el hielo. Volvió cojeando junto a los demás, y echó un vistazo a los cadáveres. Los bandidos muertos eran hombres flacos y desastrados, con caballos pequeños y huesudos a los que se les contaban las costillas. Las armas que Bronn y Chiggen les habían dejado tampoco eran gran cosa: mazas, garrotes... hasta una guadaña. Recordó al hombretón de la capa de gatosombra y el espadón, el que había peleado con Ser Rodrik, pero cuando encontró el cadáver en el suelo pedregoso resultó que al fin y al cabo no era tan corpulento, le habían quitado la capa, y la hoja de la espada era de acero barato, estaba mellada y oxidada. No era de extrañar que hubieran quedado nueve bandidos muertos en el campo de batalla.
A ellos sólo les había costado tres bajas: dos de los hombres de Lord Bracken, Kurleket y Mohor, y su criado Jyck, que se había lanzado valientemente al combate montando a pelo. «Idiota hasta el final», pensó Tyrion.
—Lady Stark, os ruego que os apresuréis —dijo Ser Willis Wode mientras escudriñaba los riscos a través de la hendidura del yelmo—. Los hemos ahuyentado por ahora, pero no estarán lejos.
—Tenemos que enterrar a nuestros muertos, Ser Willis —replicó ella—. Eran hombres valientes. No permitiré que los devoren los buitres o los gatosombras.
—El suelo es demasiado pedregoso para poder cavar —señaló Ser Willis.
—Entonces recogeremos piedras para amontonarlas sobre los cadáveres.
—Recoged todas las piedras que queráis —le dijo Bronn—, pero no contéis con Chiggen ni conmigo. Tengo mejores cosas que hacer en vez de amontonar rocas encima de cadáveres... como respirar, por ejemplo. —Miró al resto de los supervivientes—. Los que queráis seguir vivos más allá de esta noche, venid con nosotros.
—Me temo que tiene razón, mi señora —dijo Ser Rodrik con voz cansada. El anciano caballero había resultado herido durante la lucha, tenía un corte profundo en el brazo izquierdo, una lanza le había rozado el cuello, y en aquel momento aparentaba toda su edad—. Si nos quedamos aquí volverán a atacarnos, no cabe duda. Y puede que esta vez no tengamos tanta suerte.
Tyrion vio claramente la ira en el rostro de Catelyn, pero la mujer no tenía opción.
—De acuerdo, y que los dioses nos perdonen. Emprenderemos la marcha ahora mismo.
Ya no estaban escasos de caballos. Tyrion trasladó su silla al capón moteado de Jyck, que parecía tener fuerzas para resistir al menos tres o cuatro días más. Estaba a punto de montar cuando Lharys se acercó a él.
—Dame la daga, enano.
—Deja que se la quede —dijo Catelyn, ya a caballo—. Y que le devuelvan también el hacha. Si vuelven a atacarnos, nos hará falta.
—Tenéis mi gratitud, señora —dijo Tyrion mientras montaba.
—Podéis guardárosla —replicó ella, cortante—. Sigo sin confiar en vos.
La mujer se alejó antes de que se le ocurriera una buena respuesta. Se ajustó el yelmo robado y cogió el hacha que Bronn le tendía. Recordó que había iniciado el viaje con las muñecas atadas y una capucha en la cabeza, y llegó a la conclusión de que las cosas habían mejorado mucho. No necesitaba para nada la confianza de Lady Stark: mientras tuviera el hacha, todo iría bien.
Ser Willis Wode abrió la marcha, y Bronn ocupó la retaguardia, mientras Lady Stark iba protegida en el centro, con Ser Rodrik siempre a su lado como una sombra. Marillion no dejaba de lanzar miradas rencorosas a Tyrion. El bardo tenía varias costillas rotas, además del arpa y cuatro dedos de la mano con la que la tocaba, pero no todo habían sido pérdidas para él: se había hecho con una magnífica capa de gatosombra, una piel espesa y negra con franjas blancas. Se arrebujó entre los pliegues, y para variar no abría la boca.
Antes de que hubieran recorrido un kilómetro empezaron a oír los gruñidos roncos de los gatosombras, y no tardaron en llegarles también los gruñidos salvajes de las fieras que se disputaban los cadáveres que habían dejado atrás. Marillion palideció a ojos vista. Tyrion puso el caballo al trote para situarse a su lado.
—¿No se te ocurre ninguna palabra que rime con «gallina»? —le preguntó. Volvió a espolear el caballo, adelantó al bardo y fue a situarse junto a Ser Rodrik y a Catelyn Stark. Ella lo miró con los labios apretados en una línea delgada.
—Como iba diciendo antes de que nos interrumpieran tan groseramente —dijo Tyrion—, el cuento que os contó Meñique tiene un fallo muy grave. Penséis lo que penséis de mí, Lady Stark, de una cosa podéis estar segura: jamás apuesto contra mi familia.

ARYA

El enorme gato negro, al que le faltaba una oreja, arqueó el lomo y bufó.
Arya recorrió el callejón descalza, pisando con apenas la punta del pie, atenta a los latidos de su corazón, respirando con bocanadas breves y profundas. «Silenciosa como una sombra —se dijo—, ligera como una pluma.» El gato la observaba acercarse con ojos cautelosos.
Cazar gatos era difícil. Tenía las manos llenas de arañazos a medio curar, y las dos rodillas cubiertas de costras en los puntos donde se las había dejado en carne viva en diferentes caídas. Al principio hasta el gato gordo del cocinero había conseguido eludirla, pero Syrio la obligó a insistir, día y noche. Cuando Arya corrió a él con las manos ensangrentadas, su respuesta fue:
—¿Tan lenta eres? Tendrás que moverte más deprisa, chica. Tus enemigos no se limitarán a arañarte. —Le había untado las manos con fuego myriano, que escocía tanto que tuvo que morderse el labio para no gritar. Y a continuación el hombre la envió a cazar más gatos.
La Fortaleza Roja estaba llena de gatos: gatos viejos y perezosos que sesteaban al sol, cazarratones de ojos fríos y colas erizadas, cachorrillos rápidos con garras afiladas como agujas, gatas repeinadas y confiadas, sombras escuálidas que rondaban los vertederos de basura... Arya los había cazado a todos, uno por uno, para presentárselos con orgullo a Syrio Forel. Sólo le faltaba aquél, el demoníaco gato negro de una sola oreja.
—Es el verdadero rey del castillo —le había dicho uno de los hombres de capa dorada—. Viejo como el pecado y el doble de malo. Una vez, el rey había organizado un festín en honor del padre de la reina, y ese cabrón negro saltó a la mesa y le quitó de las mismísimas manos a Lord Tywin su codorniz asada. Robert se rió tanto que estuvo a punto de darle un ataque. Ni se te ocurra acercarte a ése, niña.
La había hecho correr por medio castillo, dos veces en torno a la Torre de la Mano, a través del patio interior, por los establos, escaleras de caracol abajo, más allá de la pequeña cocina, las pocilgas y los barracones de los capas doradas, junto al pie del muro que daba al río, y escaleras arriba hasta el Paseo del Traidor; luego otra vez abajo, cruzando una puerta y en torno a un pozo, saliendo y entrando en edificios desconocidos, hasta que Arya estuvo desorientada por completo.
Y por fin, ya lo tenía. Había muros altos a ambos lados, y delante una pared de piedra sin ventanas. «Silenciosa como una sombra —se repitió mientras se deslizaba hacia adelante—, ligera como una pluma.»
Cuando estaba a tres pasos de él, el gato trató de escapar. Primero a la izquierda, luego a la derecha, y de derecha a izquierda corrió también Arya para cortarle el camino. Bufó de nuevo y trató de pasar entre sus piernas. «Rápida como una serpiente», pensó ella. Agarró al gato con ambas manos. Lo estrechó contra su pecho, riendo y bailoteando mientras las zarpas del animal le arañaban la pechera del chaleco de cuero. Siempre rápida, besó al animal entre los ojos, y retiró el rostro antes de que se lo arañara. El gato bufó y se retorció.
—¿Qué hace ese chico con el gato?
Arya se sobresaltó, soltó al animal y se giró hacia el lugar de donde venía la voz. El gato desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Al final del pasadizo había una niña de rizos dorados, con un vestido de seda azul hermoso como el de una muñeca. A su lado había un niño rubio y gordito, que llevaba un venado rampante bordado en perlas en el jubón y una espada en miniatura a la cintura. «La princesa Myrcella y el príncipe Tommen», pensó Arya. Tras ellos se alzaba una septa de una corpulencia increíble, seguida por dos hombres que lucían la capa escarlata de la guardia de los Lannister.
—¿Qué le estabas haciendo al gato, chico? —insistió Myrcella. Se volvió a su hermano—. Qué chico tan zarrapastroso, ¿verdad? —dijo con una risita.
—Zarrapastroso y maloliente —asintió Tommen.
Arya se dio cuenta de que no la habían reconocido. ¡Ni siquiera se percataban de que era una chica! Tampoco resultaba extraño: iba descalza y sucia, la larga persecución por el castillo le había enredado el pelo, vestía un chaleco de cuero roto por los zarpazos de los gatos, y unos pantalones marrones de tela basta, doblados justo por encima de sus rodillas llenas de costras. Nadie se pone faldas de seda para cazar gatos. A toda prisa, inclinó la cabeza y clavó una rodilla en el suelo. Quizá no la reconocieran. De lo contrario, sería espantoso. La septa Mordane lo consideraría un insulto personal y Sansa no volvería a dirigirle la palabra.
—¿Qué haces aquí, chico? —preguntó la gruesa septa adelantándose un paso—. En esta parte del castillo no se puede entrar.
—A estos mocosos no hay quien se lo impida —dijo uno de los hombres de capa roja—. Es como intentar mantener a raya a las ratas.
—¿Quiénes son tus padres, chico? —insistió la septa—. Responde. ¿Qué te pasa, eres mudo?
Arya no podía decir palabra. Si hablaba, Tommen y Myrcella la reconocerían de inmediato.
—Tráelo aquí, Godwyn —ordenó la septa.
El guardia más alto echó a andar hacia ella. Arya sintió que el pánico le aferraba la garganta como la mano de un gigante. «Tranquila como las aguas en calma», se dijo para sus adentros.
Godwyn fue a agarrarla, y entonces Arya se movió. «Rápida como una serpiente.» Se inclinó hacia la izquierda, permitiendo que los dedos del hombre apenas le rozaran el brazo, y giró a su alrededor. «Suave como la seda de verano.» Cuando él se dio la vuelta. Arya ya corría por el pasadizo. «Veloz como un ciervo.» La septa le gritaba algo. Ella se deslizó entre sus piernas, gruesas y blancas como columnas de mármol, rodó hacia el príncipe Tommen y saltó sobre él. El niño cayó sentado, con un sonoro uf. Esquivó al segundo guardia y escapó a toda velocidad.
Oyó a su espalda gritos y pasos apresurados que se acercaban más y más. Se dejó caer y rodó por el suelo. El capa roja pasó alocadamente junto a ella. Arya se puso en pie de un salto. Vio una ventana en el muro, alta y estrecha, poco más que una tronera. Saltó, se agarró al alféizar y se izó. Contuvo la respiración y se retorció para atravesarla. «Resbaladiza como una anguila.» Cayó al otro lado ante una sobresaltada fregona, se levantó, se sacudió la ropa y echó a correr de nuevo. Salió por la puerta a un pasillo largo, bajó por unas escaleras, cruzó un patio oculto, dobló una esquina, saltó un muro y se coló por una ventana baja y estrecha que daba a un sótano oscuro. Los sonidos quedaron a su espalda, cada vez más amortiguados.
Arya estaba sin aliento y completamente extraviada. Si la habían reconocido iba a tener problemas, pero creía que no había sido así. Se había movido muy deprisa. «Veloz como un ciervo.»
Se acuclilló en la oscuridad contra una pared de piedra húmeda, y prestó atención por si oía sonidos de sus perseguidores. Pero lo único que le llegó a los oídos fueron los latidos de su corazón y el goteo distante del agua. «Silenciosa como una sombra», se dijo. ¿Dónde se encontraba? Los primeros días después de llegar a Desembarco del Rey tenía pesadillas en las que se veía perdida en el castillo. Su padre decía que la Fortaleza Roja era más pequeña que Invernalia, pero en sus sueños le parecía inmensa, un laberinto interminable de piedras que parecían moverse y cambiar a su espalda. Siempre se encontraba vagando por salas sombrías, pasando junto a tapices descoloridos; bajaba por escaleras de caracol interminables, atravesaba patios y puentes, y sólo el eco respondía a sus gritos. En algunas estancias, la piedra roja de los muros parecía rezumar sangre, y nunca había ventanas. En ocasiones oía la voz de su padre, pero siempre muy lejos, y se iba alejando por mucho que ella tratara de correr en su dirección, hasta que se desvanecía por completo y Arya quedaba a solas en la oscuridad.
Se dio cuenta de que todo estaba muy oscuro en aquel momento. Se abrazó las rodillas desnudas contra el pecho, y se estremeció. Decidió quedarse sentada allí, muy callada, y contar hasta diez mil. Para entonces ya podría salir y buscar el camino de regreso.
Apenas iba por ochenta y siete cuando la habitación pareció iluminarse un poco, a medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad. Poco a poco los objetos que la rodeaban empezaron a tomar forma. Enormes ojos vacíos la miraban hambrientos desde la penumbra, y entrevió las sombras puntiagudas de unos dientes enormes. Había perdido la cuenta. Cerró los ojos, se mordió el labio y apartó el miedo de ella. Cuando alzara la vista de nuevo los monstruos habrían desaparecido. Nunca habrían estado allí. Se intentó convencer de que Syrio se encontraba junto a ella, en la oscuridad, y le susurraba al oído. «Tranquila como las aguas en calma —se dijo—. Fuerte como un oso. Fiera como un carcayú.» Abrió los ojos de nuevo.
Los monstruos seguían allí. El miedo, no.
Arya se puso en pie y avanzó con cautela. Las cabezas la rodeaban por doquier. Tocó una con curiosidad, y se preguntó si sería auténtica. Rozó una mandíbula gigantesca con los dedos. El tacto era, desde luego, muy auténtico. El hueso era suave, frío y duro. Pasó los dedos por un diente, negro y afilado, una daga de oscuridad. Le dio escalofríos.
—Está muerto —dijo en voz alta—. No es más que un cráneo, no me puede hacer daño.
Pero, por extraño que pareciera, daba la sensación de que el monstruo detectaba su presencia. Arya sentía como si los ojos vacíos la observaran en la penumbra, sentía que en aquella sala oscura y cavernosa había algo que no le deseaba nada bueno. Se apartó del cráneo y chocó de espaldas contra otro, todavía más grande. Por un momento fue como si los dientes se le clavaran en el hombro, como si intentara arrancarle un bocado de carne. Arya giró sobre los pies, y uno de los largos colmillos desgarró el cuero de su chaleco cuando echó a correr. Otro cráneo apareció ante ella, era el monstruo más grande de todos, pero la niña ni siquiera aminoró el paso. Saltó una barrera de dientes negros altos como espadas, pasó como una centella entre mandíbulas hambrientas y se lanzó contra la puerta.
Dio con un pesado anillo de hierro incrustado en la madera y tiró de él. La puerta ofreció resistencia un segundo antes de empezar a moverse hacia el interior, con un crujido tan estrepitoso que a Arya le pareció que debía de oírse en toda la ciudad. Abrió la puerta lo justo para pasar y se encontró en un pasillo.
La sala de los monstruos era oscura, pero aquel pasillo era el pozo más negro de los siete infiernos. «Tranquila como las aguas en calma», se dijo Arya. Pero incluso después de permitirse unos instantes para que los ojos se le acostumbraran a la oscuridad, allí no había nada que ver, aparte del perfil vago y grisáceo de la puerta por la que había llegado. Movió los dedos ante el rostro. Sintió el desplazamiento del aire, pero no vio nada. Estaba a ciegas. «Un danzarín del agua ve con todos los sentidos», recordó. Cerró los ojos, acompasó la respiración, bebió del silencio y extendió las manos.
Rozó la piedra basta a la izquierda con los dedos. Siguió la pared sin apartar la mano, con pasos cortos y deslizantes. «Todos los pasillos llevan a alguna parte. Si hay una entrada, hay una salida. El miedo hiere más que las espadas.» Arya no iba a tener miedo. Cuando por fin la pared terminó de repente, le pareció que había caminado largo rato. Una ráfaga de aire fresco le acarició la mejilla. Los mechones de pelo suelto le rozaron la piel.
Le llegaron ruidos procedentes de abajo, el roce de unas botas, el sonido lejano de las voces. Un atisbo de luz rozaba apenas la pared, y Arya descubrió que estaba junto a un gran pozo negro, con una boca de ocho metros de diámetro, que se hundía en las profundidades de la tierra. De las paredes sobresalían piedras enormes a modo de peldaños, que formaban una escalera circular hacia abajo, muy abajo, oscura como la escalera al infierno de la que les solía hablar la Vieja Tata. Y de la oscuridad, de las entrañas de la tierra, surgía algo...
Arya se asomó por el borde y sintió en el rostro el aliento negro y frío. Divisó muy a lo lejos la luz de una antorcha solitaria, una llama diminuta como la de una vela. Alcanzó a distinguir las figuras de dos hombres que subían. Sus sombras se proyectaban en las paredes del pozo, altas como las de gigantes. Le llegaba el eco de las voces subiendo por el pozo.
—... ha encontrado a uno de los bastardos —decía uno—. El resto no tardarán en llegar. Un día, dos, un par de semanas...
—Y cuando lo descubra, ¿qué hará? —preguntó una segunda voz, con el acento suave de las Ciudades Libres.
—Sólo los dioses lo saben —replicó la primera voz. Arya alcanzó a divisar un jirón de humo gris, procedente de la antorcha, que se retorcía como una serpiente en su ascenso—. Los muy imbéciles intentaron matar a su hijo, y lo que es peor, fueron unos chapuceros. No es el tipo de hombre que olvida esas cosas. Te lo aseguro, tanto si nos gusta como si no, el lobo y el león se van a enfrentar muy pronto.
—Demasiado pronto, demasiado pronto —se quejó la voz con acento—. ¿De qué nos sirve una guerra ahora? No estamos preparados. Retrásalo.
—Es como si me pidieras que detuviera el tiempo. ¿Me has tomado por un mago?
—Ni más ni menos —contestó el otro dejando escapar una risita.
Las llamas lamieron el aire frío. Las sombras altas estaban casi a su nivel. Un instante más tarde, pudo ver al hombre que llevaba la antorcha, seguido por su acompañante. Arya se alejó silenciosamente del pozo, se dejó caer de bruces y se pegó todo lo posible a la pared. Contuvo la respiración.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó el que llevaba la antorcha, un hombre gordo que vestía una capa corta de cuero.
Incluso con las pesadas botas, parecía que se deslizaba por el suelo sin hacer el menor ruido. Bajo el casco de acero se divisaba un rostro redondo con cicatrices y la sombra de una barba negra, llevaba una cota de mallas sobre las ropas de cuero, y del cinturón le colgaban una daga y una espada corta. A Arya le resultaba extrañamente familiar.
—Si una Mano puede morir, ¿por qué no otra? —replicó el hombre que hablaba con acento; lucía una barbita amarilla de dos puntas—. Ese baile ya lo has bailado, amigo mío.
Arya no lo había visto jamás, de eso estaba convencida. Era obeso hasta límites repugnantes, pero caminaba con paso ligero y apoyaba su peso en las puntas de los pies, como haría un danzarín del agua. Los anillos que lucía brillaban a la luz de la antorcha, eran de oro rojo y plata blanca, con incrustaciones de rubíes, zafiros y ojos de tigre. Tenía al menos un anillo en cada dedo, en algunos dos.
—Aquello fue entonces, y esto es ahora. Y esta Mano no es igual que la otra —dijo el hombre de la cara marcada mientras se dirigían hacia el pasillo.
«Inmóvil como una piedra —se dijo Arya—, silenciosa como una sombra.» Los hombres, deslumbrados por el resplandor de su antorcha, no la vieron pese a la escasa distancia.
—Es posible —dijo el de la barba de dos puntas, que se había detenido para recuperar el aliento tras el largo ascenso—. Pero, sea como sea, necesitamos tiempo. La princesa está preñada. El khal no hará nada antes de que nazca su hijo. Ya sabes cómo son estos salvajes.
El hombre de la antorcha empujó algo. Arya oyó una especie de retumbar. Desde el techo se deslizó una enorme losa de roca que a la luz de la antorcha parecía de color rojo. El estrépito estuvo a punto de hacerla gritar. Donde antes había estado la boca del pozo, sólo se veía piedra maciza.
—Pues si no hace algo pronto, será demasiado tarde —replicó el hombre gordo del casco de acero—. Esto ya no es un juego para dos jugadores, si es que lo fue alguna vez. Stannis Baratheon y Lysa Arryn han escapado de mi alcance, y los rumores dicen que están reuniendo ejércitos. El Caballero de las Flores ha escrito a Altojardín para apremiar a su padre para que envíe a la corte a su hermana. La niña es una doncella de catorce años, dulce, hermosa y manipulable. Lord Renly y Ser Loras quieren que Robert se acueste con ella, la despose y la nombre reina. En cuanto a Meñique... las intenciones de Meñique sólo las conocen los dioses. Pero el que me quita el sueño es Lord Stark. Ya tiene al bastardo, ya tiene el libro, dentro de poco tendrá la verdad en sus manos. Y ahora, gracias a la intromisión de Meñique, su esposa ha secuestrado a Tyrion Lannister. Lord Tywin lo considerará un insulto, y Jaime siente un extraño afecto por el Gnomo. Si los Lannister van al norte, los Tully harán lo mismo. Tú dices que debemos demorarlo todo. Yo digo que todo lo contrario. Ni el mejor malabarista puede mantener en el aire cien pelotas a la vez durante mucho tiempo.
—Tú eres mucho más que un malabarista, amigo mío. Eres un verdadero mago. Sólo te pido que sigas ejerciendo tu magia un poco más de tiempo. —Echaron a andar por el pasillo por el que había llegado Arya, hacia la habitación de los monstruos.
—Haré lo que pueda —dijo en voz baja el que llevaba la antorcha—. Necesito oro y otros cincuenta pájaros.
La niña dejó que se adelantaran, y caminó a hurtadillas tras ellos. «Silenciosa como una sombra.»
—¿Tantos? —Las voces eran más tenues a medida que la luz se alejaba de ella—. Los que quieres tú no son tan fáciles de encontrar... Demasiado jóvenes para saber las palabras... quizá un poco mayores... no se morirían tan a menudo...
—No... más jóvenes son más seguros... trátalos bien...
—... si conservan las lenguas...
—... es un riesgo...
Mucho después de que las voces se perdieran a lo lejos, Arya alcanzaba todavía a divisar la luz de la antorcha, como una estrella humeante que le marcaba el camino. Dos veces le pareció que desaparecía, pero ella siguió adelante, y en ambas ocasiones se encontró en la cima de las escaleras, empinadas y estrechas, mientras la luz brillaba mucho más abajo. En un momento dado tropezó con una roca y cayó contra la pared, y palpó con las manos tierra sostenida por vigas de madera, mientras que antes el túnel era de piedra.
Caminó sigilosa tras ellos durante kilómetros y kilómetros. Por último los perdió, pero no era posible que se hubieran desviado, sólo podían haber seguido adelante. Tanteó de nuevo la pared y siguió caminando, ciega y extraviada. Se imaginó que Nymeria caminaba junto a ella en la oscuridad. Al final se encontró metida hasta las rodillas en un agua de olor repugnante, y deseó que pudiera danzar sobre aquella sustancia, como sin duda habría hecho Syrio. Se preguntaba si volvería a ver la luz. Ya era de noche cerrada cuando Arya salió al aire libre.
Descubrió que se encontraba en la salida de una alcantarilla, justo en el punto donde desembocaba en el río. Ella misma despedía un hedor tan repugnante que se desnudó allí mismo, dejó la ropa en la orilla y se sumergió en las aguas oscuras y negras. Nadó hasta que se sintió limpia, y salió del río tiritando. Por el camino cercano pasaban algunos jinetes, pero si se fijaron en la niña flaca que lavaba sus harapos a la luz de la luna, no dieron señales de ello.
Se encontraba a varios kilómetros del castillo, pero en cualquier punto de Desembarco del Rey bastaba con alzar la vista para ver la Fortaleza Roja, en lo más alto de la colina de Aegon, así que no había manera de perderse. Ya tenía la ropa casi seca cuando llegó ante la torre de entrada. El rastrillo estaba bajado y las puertas cerradas, así que dio la vuelta para entrar por una poterna trasera. Los capas doradas que estaban de guardia se echaron a reír cuando les dijo que le abrieran.
—Lárgate —le dijo uno—. En la cocina ya no quedan sobras, y no se admiten mendigos después de anochecer.
—No vengo a mendigar —replicó ella—. Vivo aquí.
—He dicho que te largues. ¿O hace falta que te dé una bofetada para que me entiendas?
—Quiero ver a mi padre.
Los guardias se miraron.
—Yo quiero follarme a la reina, y mira de lo que me sirve —dijo el más joven.
—¿Y quién es tu padre, chico? —preguntó el viejo con el ceño fruncido—. ¿El ratonero de la ciudad?
—La Mano del Rey —replicó Arya.
Los dos hombres se echaron a reír, y el mayor le lanzó una bofetada, casi de manera automática, igual que haría con un perro que lo molestara. Arya vio venir el golpe antes de que iniciara el movimiento. Danzó para apartarse del camino y no llegó a tocarla.
—No soy un chico —les espetó—. Soy Arya Stark de Invernalia, y si me ponéis una mano encima mi señor padre hará que pongan vuestras cabezas en la punta de una pica. Si no me creéis, id a buscar a Jory Cassel o a Vayon Poole, en la Torre de la Mano. —Se puso las manos en las caderas—. ¿Me abrís la puerta, o hace falta que os den una bofetada para que me entendáis?
Cuando Harwin y Tom el Gordo la acompañaron ante él, su padre estaba retirado en una habitación, con una lamparilla de aceite junto al codo. Leía el libro más grande que Arya había visto jamás, era un tomo gigantesco, grueso, con páginas de pergamino amarillo y quebradizo llenas de escritura ilegible, y tapas de cuero descolorido. Lo cerró para escuchar el informe de Harwin, y tenía el rostro tenso cuando dio las gracias a los hombres y ordenó que se retiraran.
—¿Te das cuenta de que la mitad de mi guardia te estaba buscando? —dijo Eddard Stark en cuanto se encontraron a solas—. La septa Mordane está al borde de un ataque. Lleva horas en el sept, rezando por que te encuentres bien. Arya, sabes de sobra que nunca puedes cruzar las puertas del castillo sin mi permiso.
—No crucé las puertas —replicó ella—. Bueno, sí las crucé, pero sin querer. Bajé a las mazmorras, y resultó que había un túnel, estaba todo oscuro y yo no tenía antorcha ni velas, así que tuve que seguir caminando. No podía volver por donde había entrado porque había monstruos. ¡Padre, hablaban de que querían matarte! Los monstruos no, los dos hombres. Ellos no me vieron porque me quedé quieta como una piedra y silenciosa como una sombra, pero yo los oí. ¡Dijeron que tenías un libro y un bastardo, y que si una Mano podía morir otra también! ¿Ése es el libro? ¿Y el bastardo es Jon?
—¿Jon? Arya, ¿se puede saber de qué hablas? ¿Quién dijo eso?
—Aquellos hombres —replicó la niña—. Había uno gordo con anillos y barba amarilla de dos puntas, y otro con cota de mallas y casco de acero, y el gordo dijo que tenían que retrasarlo, pero el otro dijo que no podía seguir haciendo juegos malabares, y que el lobo y el león se iban a enfrentar, y que esto ya no era un juego para dos jugadores. —Intentó recordar el resto. No había comprendido todo lo que había oído, y los conceptos se le mezclaban en la cabeza—. El gordo dijo que la princesa estaba preñada. El del casco de acero, que llevaba la antorcha, dijo que tenían que darse prisa. Me parece que era un mago.
—Un mago —dijo Ned sin sonreír—. ¿Llevaba barba larga y blanca, y sombrero puntiagudo adornado con estrellas?
—¡No! No era como en los cuentos de la Vieja Tata. No parecía un mago, pero el gordo dijo que era un mago.
—Arya, te lo advierto, como te estés inventando todo esto...
—No, ya te lo he dicho, estaba en las mazmorras, y había una pared secreta. Yo estaba cazando gatos, y entonces... —Frunció los labios. Si reconocía que había derribado al príncipe Tommen, su padre se iba a enfadar mucho con ella—. Y me colé por la ventana. Y allí estaban los monstruos.
—Monstruos y magos —dijo su padre—. Menuda aventura, ¿eh? ¿Y dices que hablaban de malabarismos, y de juegos?
—Sí—reconoció Arya—. Pero...
—Seguro que eran artistas ambulantes, Arya —la interrumpió su padre—. Ahora mismo hay más de una docena de compañías en Desembarco del Rey, han venido a sacar beneficio de las multitudes que asistan al torneo. No sé qué harían esos dos en el castillo, quizá el rey les haya pedido que organicen un espectáculo.
—No —dijo la niña sacudiendo la cabeza, obstinada—. No eran...
—Y además, no deberías ir por ahí espiando a la gente, ni siguiendo a nadie. Tampoco me gusta que mi hija se cuele por ventanas y persiga gatos callejeros. ¿Has visto cómo estás, cariño? Tienes los brazos llenos de arañazos. Esto ya ha ido demasiado lejos. Dile a Syrio Forel que quiero hablar con él...
Lo interrumpió un golpe repentino en la puerta.
—Perdonad, Lord Eddard —dijo Desmond al tiempo que abría unos centímetros—, pero ha llegado un hermano negro, y suplica que lo recibáis. Dice que se trata de un asunto de gran urgencia. Pensé que querríais saberlo lo antes posible.
—Mi puerta siempre está abierta para la Guardia de la Noche —respondió su padre.
Desmond hizo pasar a un hombre encorvado y feo, de barba desaliñada y ropas sucias, pero su padre lo recibió con cordialidad y le preguntó su nombre.
—Yoren, señor, a vuestro servicio. Os pido perdón por lo avanzado de la hora. —Hizo una reverencia a Arya—. Y éste debe de ser vuestro hijo. Se os parece mucho.
—Soy una chica —replicó Arya, molesta. Si aquel viejo venía del Muro, sin duda habría pasado por Invernalia—. ¿Conoces a mis hermanos? —preguntó, nerviosa—. Robb y Bran están en Invernalia, y Jon en el Muro. Jon Nieve, él también está en la Guardia de la Noche, seguro que lo conoces, tiene un lobo huargo blanco con los ojos rojos. ¿Lo han nombrado ya explorador? Yo soy Arya Stark. —El viejo de las ropas malolientes le lanzó una mirada extraña, pero ella no podía dejar de hablar—. Cuando vuelvas al Muro, ¿le llevarás una carta mía a Jon? —¡Cuánto echaba de menos a su medio hermano en aquel momento! Él habría creído su historia acerca de las mazmorras, el gordo de la barba amarilla y el mago del casco de acero.
—Mi hija tiende a olvidar sus modales —dijo Eddard Stark, con una sonrisa que suavizaba las palabras—. Te ruego que la perdones, Yoren. ¿Te envía mi hermano Benjen?
—A mí no me envía nadie, mi señor, salvo el viejo Mormont. He venido a buscar hombres para el Muro, y en la audiencia con Robert me hincaré de rodillas y le suplicaré que nos ayude en estos momentos de necesidad; quizá el rey y su Mano tengan algo de basura en las mazmorras y quieran librarse de ella. De todos modos, bien se podría decir que Benjen Stark es el motivo de esta conversación. Por sus venas corre sangre negra, así que lo considero tan hermano mío como vuestro. He venido por él. He cabalgado tanto que mi yegua acabó al borde de la muerte, pero he dejado bien atrás a los demás.
—¿Los demás?
—Mercenarios, jinetes libres, gentuza así —escupió Yoren—. Abarrotaban la posada, y vi que captaban el olor. El olor de la sangre, o el olor del oro, que al final son lo mismo. Pero no todos se dirigían a Desembarco del Rey. Algunos galopaban hacia Roca Casterly, que está más cerca. Podéis estar seguro de que Lord Tywin ya habrá recibido la noticia.
—¿Qué noticia? —Su padre tenía el ceño fruncido.
—Una noticia que sería mejor transmitir en privado, mi señor —contestó Yoren mirando a Arya—. Disculpad mi atrevimiento.
—Como quieras. Desmond, acompaña a mi hija a sus habitaciones. —La besó en la frente—. Mañana terminaremos nuestra charla.
—No le habrá pasado nada malo a Jon, ¿verdad? —preguntó Arya a Yoren sin moverse—. Ni al tío Benjen.
—Bueno, de Stark no tengo noticias, pero el chico, Nieve, se encontraba bien cuando partí del Muro. Ellos no son los que me preocupan.
—Vamos, mi señora —dijo Desmond tomándola de la mano—. Ya habéis oído a vuestro señor padre.
A Arya no le quedó más remedio que ir con él. ¡Ojalá se hubiera tratado de Tom el Gordo! Con Tom no le habría costado nada hacerse la remolona junto a la puerta, con cualquier excusa, para oír lo que dijera Yoren. Pero Desmond era demasiado testarudo.
—¿Cuántos guardias tiene mi padre? —le preguntó mientras bajaba por las escaleras hacia su dormitorio.
—¿Aquí, en Desembarco del Rey? Cincuenta.
—Y no dejaréis que nadie lo mate, ¿verdad?
—Por eso no temáis, joven señora. —Desmond se echó a reír—. Lord Eddard está bien guardado, día y noche. No le sucederá nada malo.
—Los Lannister tienen más de cincuenta hombres —señaló Arya.
—Cierto, pero cada norteño vale por diez espadas sureñas, así que podéis dormir tranquila.
—¿Y si enviaran a un mago para matarlo?
—Bueno... —dijo Desmond mientras desenfundaba la espada—, si le cortáis la cabeza a un mago, muere igual que cualquier otro hombre.

EDDARD

—Te lo suplico, Robert —rogó Ned—, piensa bien qué dices. ¡Hablas de asesinar a una niña!
—¡Esa puta está preñada! —El rey descargó un puñetazo que resonó como un trueno sobre la mesa del Consejo—. Te lo avisé, Ned, te dije qué iba a pasar. Te lo dije durante el viaje, pero no me hiciste caso. Pues ahí lo tienes. Los quiero ver muertos, a la madre y al bebé, y al imbécil de Viserys también. ¿Te ha quedado claro? ¡Los quiero ver muertos!
El resto de los consejeros hacían lo posible por fingir que no se encontraban allí. Sin duda eran más inteligentes que él. Pocas veces Eddard Stark se había sentido tan solo.
—Si lo haces, te deshonrarás para siempre.
—Pues que caiga la deshonra sobre mi cabeza, mientras mueran. No estoy tan ciego como para no ver la sombra de un hacha cuando la tengo sobre el cuello.
—No hay hacha alguna —dijo Ned a su rey—. Si acaso, es la sombra de una sombra de hace veinte años.
—¿Si acaso? —preguntó Varys con voz suave, al tiempo que se frotaba las manos empolvadas—. Me tomáis por lo que no soy, mi señor. ¿Acaso presentaría yo una mentira al rey y al Consejo?
—Lo que nos presentáis, mi señor —dijo Ned dirigiendo una mirada gélida al eunuco—, son los chismorrees de un traidor que se encuentra a medio mundo de distancia. Puede que Mormont se equivoque. Puede que mienta.
—Ser Jorah no osaría engañarme —dijo Varys con una sonrisa astuta—. Podéis darlo por seguro, mi señor. La princesa está preñada.
—Eso decís vos. Si os equivocáis, no hay nada que temer. Si la niña aborta, no hay nada que temer. Si da a luz una chiquilla en un lugar de un hijo, no hay nada que temer. Si el bebé muere en las primeras semanas, no hay nada que temer.
—Pero, ¿y si es un varón? —insistió Robert—. ¿Y si vive?
—Aun así, el mar Angosto se seguiría interponiendo entre nosotros. Empezaré a temer a los dothrakis el día en que enseñen a sus caballos a cabalgar sobre las aguas.
El rey bebió un trago de vino, y miró airado a Ned desde el otro lado de la mesa del Consejo.
—Así que me recomiendas que no haga nada hasta que el engendro del dragón desembarque con su ejército en mis playas, ¿no?
—El «engendro del dragón» está en el vientre de su madre —dijo Ned—. Ni siquiera Aegon inició sus conquistas hasta después de que lo destetaran.
—¡Dioses! Eres testarudo como un uro, Stark. —El rey miró al resto de los consejeros—. Y a los demás, ¿qué os pasa, os habéis quedado mudos? ¿Es que nadie le va a meter un poco de sentido común en la cabeza a este idiota de barba helada?
Varys dedicó al rey su sonrisa más zalamera, y puso una mano blanda en la manga de Ned.
—Entiendo vuestros escrúpulos, Lord Eddard, os lo aseguro. No me satisface en absoluto traer ante el Consejo noticias tan graves. Lo que estamos planeando es algo espantoso, repugnante. Pero los que dominan el mundo deben a veces hacer cosas así por el bien del reino... por mucho dolor que nos cause.
—A mí no me parece que sea tan complicado —dijo Lord Renly encogiéndose de hombros—. Debimos asesinar a Viserys y a su hermana hace años, pero Su Alteza, mi querido hermano, cometió el error de hacer caso a Jon Arryn.
—La misericordia no es nunca un error, Lord Renly —replicó Ned—. En el Tridente, Ser Barristan, aquí presente, mató a una docena de buenos hombres que eran amigos míos y de Robert. Cuando lo trajeron ante nosotros, malherido y al borde de la muerte, Roose Bolton quería que le cortáramos la cabeza, pero vuestro hermano dijo: «No mataré a un hombre por ser leal, ni por luchar bien», y envió a su maestre para que atendiera las heridas de Ser Barristan. —Lanzó al rey una mirada larga y fría—. Ojalá estuviera aquí ese hombre.
—No es lo mismo —protestó Robert y tuvo la decencia de sonrojarse—. Ser Barristan era un caballero de la Guardia Real.
—Mientras que Daenerys es una niña de catorce años. —Ned sabía que estaba yendo demasiado lejos, pero no podía guardar silencio—. ¿Para qué nos alzamos contra Aerys Targaryen, Robert, si no fue para poner fin al asesinato de niños?
—¡Para poner fin a los Targaryen! —rugió el rey.
—No sabía que tuvieras miedo de Rhaegar, Alteza. —Ned trató de que el desprecio no se trasluciera en su voz, y no lo logró—. ¿Acaso los años te han quitado tanta hombría que ahora tiemblas ante la sombra de un niño nonato?
—Basta ya, Ned —le advirtió Robert, que se había puesto rojo como la grana, al tiempo que lo señalaba con un dedo—. Ni una palabra más. ¿Has olvidado quién es el rey?
—No, Alteza —replicó Ned—. ¿Y tú?
—¡Basta! —rugió el rey—. Estoy harto de palabrería. Acabemos con este tema antes de que acabéis conmigo. ¿Qué decís los demás?
—Hay que matarla —declaró Lord Renly.
—No tenemos elección —murmuró Varys—. Es una pena, una pena...
—Hay honor en enfrentarse al enemigo en el campo de batalla, Alteza —dijo Ser Barristan Selmy, que había tenido la mirada clavada en la mesa, alzando los ojos azules—, pero no en asesinarlo cuando está en el vientre de su madre. Perdonadme, pero debo apoyar a Lord Eddard.
—Mi orden sirve al reino, no al reinante —dijo el Gran Maestre Pycelle después de carraspear durante lo que parecieron minutos—. En el pasado fui consejero del rey Aerys, y lo hice con la misma lealtad con la que ahora sirvo al rey Robert. No tengo nada contra esa niña, pero pregunto una cosa... si la guerra estallara de nuevo, ¿cuántos soldados morirían? ¿Cuántas ciudades arderían? ¿Cuántos niños se verían arrancados de los brazos de sus madres y perecerían en las puntas de las lanzas? —Se acarició la espesa barba blanca con un gesto de tristeza infinita, de infinito desánimo—. ¿No es más inteligente, más bondadoso incluso, que muera Daenerys Targaryen para que puedan vivir decenas de miles?
—Más bondadoso —asintió Varys—. Bien dicho, Gran Maestre, bien dicho. Qué gran verdad. Si los dioses caprichosos concedieran un hijo varón a Daenerys Targaryen, el reino entero sangraría.
Meñique era el último. Ned lo miró, y Lord Petyr fingió un bostezo.
—Cuando uno está en la cama con una mujer fea, lo mejor que puede hacer es cerrar los ojos y poner manos a la obra —declaró—. Aunque espere, la mujer no será bonita. Hay que besarla y terminar con el asunto.
—¿Besarla? —repitió Ser Barristan, conmocionado.
—Con labios de acero —dijo Meñique.
—Ya lo has visto, Ned. —Robert se volvió para enfrentarse a su Mano—. Selmy y tú os habéis quedado solos. Ya sólo falta resolver un tema, ¿quién la matará?
—Mormont desea un perdón real más que ninguna otra cosa —les recordó Lord Renly.
—Más que ninguna otra cosa —dijo Varys—, pero para disfrutarlo tendría que seguir con vida. A estas alturas la princesa debe de estar cerca de Vaes Dothrak, donde desenfundar una hoja afilada significa la muerte. Si os contara lo que le harían los dothrakis al desgraciado que se atreviera a esgrimir un arma contra una khaleesi, no dormiríais esta noche. —Se acarició una mejilla empolvada—. En cambio, un veneno... las lágrimas de Lys, por ejemplo. Khal Drogo no tendría por qué saber que no se trató de una muerte natural.
Los ojos adormilados del Gran Maestre Pycelle se abrieron de golpe. Miró al eunuco con desconfianza.
—El veneno es arma de cobardes —protestó el rey.
—¿Envías a mercenarios a matar a una niña de catorce años, y todavía hablas de honor? —Ned ya había oído demasiado. Empujó la silla hacia atrás y se levantó—. Hazlo tú en persona, Robert. El hombre que dicta la sentencia tendría que ser capaz de blandir la espada. Mírala a los ojos antes de matarla. Mira sus lágrimas, escucha sus últimas palabras. Es lo mínimo que le debes.
—Dioses —maldijo el rey; la palabra se le escapó como si no pudiera contener la ira—. Maldito seas, hablas en serio. —Cogió el frasco de vino que tenía junto al codo, descubrió que estaba vacío, y lo estrelló contra la pared—. Se me han acabado el vino y la paciencia. Basta. Quiero que se haga, y ya está.
—No tomaré parte en un asesinato, Robert. Haz lo que quieras, pero no me pidas que le ponga mi sello.
Por un momento Robert no pareció comprender lo que Ned decía. El desafío no era un plato al que estuviera acostumbrado. Poco a poco, a medida que se daba cuenta, se le demudó el rostro. Entrecerró los ojos, y el rubor le subió por el cuello, por encima del terciopelo de los ropajes. Señaló a Ned con un dedo.
—Eres la Mano del Rey, Lord Stark. Harás lo que te ordene, o buscaré otra Mano que cumpla mis órdenes.
—Y yo le desearé la mejor de las suertes. —Ned se quitó el pesado broche con que se cerraba la capa: era una ornamentada mano de plata, símbolo de su cargo. La dejó en la mesa, ante el rey, sin poder evitar la tristeza por el recuerdo del hombre que se la había puesto, del amigo al que había querido—. Te creía mejor hombre, Robert. Pensé que habíamos puesto en el trono a un hombre más noble.
—Fuera —graznó Robert, atragantándose de ira; tenía el rostro de color púrpura—. Fuera, maldito seas, no quiero saber nada más de ti. ¿A qué esperas? ¡Lárgate, vuelve a Invernalia! Y pase lo que pase, que no vuelva a verte, ¡o haré que claven tu cabeza en la punta de una estaca!
Ned hizo una reverencia y se dio media vuelta sin decir ni una palabra más. Sentía los ojos de Robert clavados en la espalda. Cuando salió de la cámara del Consejo, la discusión se reanudó sin apenas un segundo de pausa.
—En Braavos hay una sociedad que se denomina los Hombres sin Rostro —dijo el Gran Maestre Pycelle.
—¿Tenéis la menor idea de lo caros que son? —se quejó Meñique—. Por la mitad del precio que cobran se podría contratar un ejército de mercenarios, y eso si se les encarga matar a un mercader. No quiero ni pensar lo que cobrarán por una princesa.
La puerta se cerró a su espalda y silenció las voces. Ser Boros Blount montaba guardia ante la cámara, vestía la capa larga blanca y la armadura de la Guardia Real. Miró a Ned con curiosidad por el rabillo del ojo, pero no preguntó nada.
Cruzó el patio en dirección a la Torre de la Mano, con la sensación de que el calor del día era denso y opresivo. Presentía en el aire la amenaza de la lluvia. A Ned le habría gustado. Tal vez la lluvia lo ayudara a sentirse un poco menos sucio. Al llegar a sus aposentos, hizo llamar a Vayon Poole. El mayordomo se presentó de inmediato.
—¿Me habéis llamado, Lord Mano?
—Ya no soy la Mano —replicó Ned—. El rey y yo hemos discutido. Volvemos a Invernalia.
—Empezaré con los preparativos inmediatamente, mi señor. Necesitaremos dos semanas para disponerlo todo para el viaje.
—Puede que no tengamos ni una semana. Puede que no tengamos ni un día. El rey habló de clavar mi cabeza en una pica.
Frunció el ceño. No creía en realidad que el rey fuera a hacerle daño. No, Robert no. En aquel momento estaba furioso, pero en cuanto perdiera a Ned de vista la ira se desvanecería, como le sucedía siempre.
¿Siempre? De pronto, con cierta incomodidad, recordó a Rhaegar Targaryen. Llevaba quince años muerto, pero Robert lo odiaba tanto como antes. Era una idea perturbadora... y también estaba el otro tema, el asunto de Catelyn y el enano acerca del que Yoren le había advertido la noche anterior. Sin duda aquello saldría pronto a la luz, y el rey estaba hecho una furia... A Robert no le importaba lo más mínimo Tyrion Lannister, pero se sentiría herido en el orgullo, y nadie sabía lo que haría la reina.
—Lo mejor sería que yo fuera por delante —dijo a Poole—. Me llevaré a mis hijas y a unos cuantos guardias. Los demás nos seguiréis en cuanto estéis preparados. Informa a Jory, pero no se lo digas a nadie más, y no hagas nada hasta que me marche con las niñas. Este castillo está lleno de ojos y orejas, y prefiero que nadie conozca mis planes.
—Como ordenéis, mi señor.
Cuando hubo salido, Eddard Stark se sentó junto a la ventana, pensativo. Robert no le había dejado otra salida. Casi debería darle las gracias. Quería volver a Invernalia. Nunca tendría que haberse marchado. Sus hijos lo aguardaban allí. Quizá Catelyn y él pudieran tener otro, aún no eran tan viejos. Y en los últimos días se había descubierto a menudo soñando con la nieve, con el silencio profundo del Bosque de los Lobos en la noche.
Y, aun así, la idea de marcharse lo enfurecía. Quedaba tanto por hacer... Robert y su Consejo de cobardes y aduladores dejarían el reino en la ruina si no hacía nada. O peor todavía, se lo vendería a los Lannister para pagar deudas. Y seguía sin saber la verdad acerca de la muerte de Jon Arryn. Sí, había descubierto algunos fragmentos, suficientes para convencerlo de que había sido asesinado, pero no eran más que el rastro de un animal en el bosque. Aún no había divisado a la bestia, aunque presentía que estaba allí, oculta, acechante, traicionera.
De repente se le ocurrió que debería regresar a Invernalia por mar. No tenía alma de marino, y en otras circunstancias habría preferido el camino real, pero si viajaba en barco podría detenerse en Rocadragón y hablar con Stannis Baratheon. Pycelle había enviado un cuervo con una carta muy cortés de Ned, en la que pedía a Lord Stannis que volviera a ocupar su asiento en el Consejo Privado. Pero no había llegado ninguna respuesta, y el silencio no hacía más que acentuar su desconfianza. Estaba seguro de que Lord Stannis conocía también el secreto por el que había muerto Jon Arryn. Con toda probabilidad, la verdad que buscaba lo estaría esperando en la antigua isla fortaleza de la Casa Targaryen.
«Y cuando la sepas, ¿qué? Hay secretos que es mejor desconocer. Hay secretos demasiado peligrosos para compartirlos, incluso con aquellos a quienes se ama y en los que se confía.» Ned se enfundó la daga que le había llevado Catelyn. El cuchillo del Gnomo. ¿Por qué habría querido el Gnomo matar a Bran? Para silenciarlo, de eso no cabía duda. ¿Otro secreto, o una hebra diferente de la misma madeja?
¿Y sería Robert parte de él? Jamás lo habría creído, pero tampoco habría creído que fuera capaz de ordenar el asesinato de mujeres y niños. Catelyn había intentado avisarlo. «Conocías al hombre, al rey no lo conoces de nada.» Cuanto antes se fuera de Desembarco del Rey, mejor. Si al día siguiente partía algún barco rumbo norte, viajaría en él.
Hizo llamar de nuevo a Vayon Poole, y lo envió a los muelles para hacer indagaciones, con discreción pero con premura.
—Consígueme el barco más veloz con el capitán más experto —dijo al mayordomo—. No me importa el tamaño de los camarotes, ni la calidad de la mercancía, mientras sea veloz y seguro. Quiero partir cuanto antes.
Tan pronto hubo salido Poole, Tomard le anunció una visita.
—Lord Baelish solicita veros, mi señor.
Ned estuvo tentado de rechazarlo, pero se lo pensó mejor. Todavía no era libre. Hasta que lo fuera, debía seguir jugando según sus reglas.
—Hazlo pasar, Tom.
Lord Petyr entró en la habitación como si aquella mañana no hubiera pasado nada. Lucía una casaca de terciopelo color crema y plata, capa de seda gris y su habitual sonrisa burlona.
Ned lo recibió con frialdad.
—¿Puedo preguntaros la razón de vuestra visita, Lord Baelish?
—No os robaré mucho tiempo. He pasado de camino, voy a cenar con Lady Tanda. Empanada de lamprea y cochinillo asado. Esa mujer tiene intención de casarme con su hija pequeña, así que a su mesa se come siempre como si fuera fiesta. La verdad, antes me casaría con el cochinillo, pero eso no se lo voy a decir. Me encanta la empanada de lamprea.
—No seré yo quien os aparte de vuestras anguilas, mi señor —dijo Ned, con desdén gélido—. En estos momentos no se me ocurre nadie cuya compañía me resulte menos grata que la vuestra.
—Vamos, vamos, seguro que si lo intentáis de verdad se os ocurren unos cuantos nombres. Varys, por ejemplo. Cersei. O Robert. Su Alteza está muy, muy furioso. Cuando os marchasteis esta mañana, siguió dándole al tema un buen rato. Creo recordar que las palabras «insolente» e «ingrato» se pronunciaron varias veces.
Ned se negó a honrarlo con una respuesta. Tampoco ofreció un asiento a su invitado, pero, de todos modos, Meñique se sentó.
—Después de que salierais con tanta precipitación de la sala, me vi obligado a convencerlos para que no contrataran a los Hombres sin Rostro —siguió, despreocupado—. En lugar de eso, Varys hará correr discretamente el rumor de que el que liquide a la Targaryen será nombrado Lord.
—Así que ahora concedemos títulos a los asesinos —dijo Ned, asqueado.
—Los títulos salen baratos. —Meñique se encogió de hombros—. Los Hombres sin Rostro son caros. Seamos sinceros, yo he hecho más por esa chica que vos, con todo vuestro blablablá sobre el honor. Si un mercenario borracho con ansias de grandeza intenta matarla, probablemente hará una chapuza, y después el dothraki estará en guardia. Si hubiéramos enviado a los Hombres sin Rostro, ya podríais darla por muerta.
—Os sentáis en el Consejo —dijo Ned con el ceño fruncido—, habláis de mujeres feas y labios de acero, ¿y esperáis que crea que intentabais proteger a la niña? ¿Acaso pensáis que soy idiota?
—La verdad, sí —dijo Meñique con una carcajada.
—¿El asesinato os parece gracioso, Lord Baelish?
—No me río del asesinato, sino de vos, Lord Stark. Vuestra actitud es la de un hombre que bailara sobre hielo frágil. Creo firmemente que caeréis con un chapuzón de lo más honorable. Me parece que esta mañana escuché el primer crujido.
—El primero y el último —replicó Ned—. Ya he tenido suficiente.
—¿Cuándo pensáis regresar a Invernalia, mi señor?
—En cuanto sea posible. ¿Acaso es asunto vuestro?
—No... pero, si por casualidad aún estáis aquí cuando caiga la noche, me encantaría llevaros a ese burdel que vuestro criado Jory ha investigado con tan poco éxito. —Meñique sonrió—. Y no se lo diré a Lady Catelyn.

CATELYN

—Deberíais habernos anunciado vuestra llegada, mi señora —dijo Ser Donnel Waynwood mientras los caballos ascendían por el paso—. Os habríamos enviado una escolta. El camino alto ya no es tan seguro como en otros tiempos, y menos para un grupo tan pequeño como el vuestro.
—Lo hemos descubierto a un alto precio, Ser Donnel —respondió Catelyn. A veces tenía la sensación de que su corazón se había trocado en piedra. Para ayudarla a llegar hasta allí habían muerto seis hombres, seis valientes, y no había tenido lágrimas para llorarlos. Hasta empezaba a olvidar sus nombres—. Los clanes nos han acosado día y noche. Perdimos tres hombres en el primer ataque, dos más en el segundo, y el criado de Lannister murió de fiebres cuando se le infectaron las heridas. Al oír llegar a vuestros hombres nos dimos por muertos.
Se habían preparado para una última pelea desesperada, con las espaldas contra las rocas y las armas en las manos. El enano estaba afilando el hacha y hacía algún comentario jocoso cuando Bronn divisó el estandarte de los jinetes, la luna y el halcón de la Casa Arryn, azul celeste y blanco. Catelyn no había visto nada tan hermoso en su vida.
—Desde que murió Lord Jon, los clanes son cada vez más osados —dijo Ser Donnel. Era un joven de veinte años rechoncho, poco agraciado, vehemente, con nariz ancha y una mata espesa de pelo castaño—. Si de mí dependiera, iría a las montañas con cien hombres, los sacaría de sus escondrijos y les daría una buena lección, pero vuestra hermana lo ha prohibido. Ni siquiera permite que sus caballeros participen en el torneo de la Mano. Quiere que todos sus hombres estén cerca, para defender el Valle... aunque nadie sabe de qué hay que defenderlo. Hay quien piensa que de las sombras. —La miró con ansiedad, como si acabara de recordar quién era su interlocutora—. Espero no haber hablado demasiado, mi señora. No era mi intención ofenderos.
—La sinceridad no puede ofenderme, Ser Donnel. —Catelyn sabía de qué tenía miedo su hermana. De las sombras no, de los Lannister, pensó al tiempo que lanzaba una mirada hacia el enano que cabalgaba junto a Bronn. Aquellos dos se habían unido mucho desde la muerte de Chiggen. El hombrecillo era demasiado astuto para su gusto. Al llegar a las montañas era su prisionero, iba atado e impotente. ¿Y en aquel momento? Seguía siendo su prisionero, pero cabalgaba junto a ellos con una daga en el cinturón y un hacha colgada de la silla de montar, vestía la capa de gatosombra que había ganado al bardo a los dados, y la cota de mallas que había tomado del cadáver de Chiggen. Cuarenta hombres escoltaban al enano y al resto del desastrado grupo, eran caballeros y guerreros al servicio de su hermana Lysa y del hijito de Jon Arryn, pero Tyrion no daba la menor muestra de temor. Catelyn pensó, y no por primera vez, si se habría equivocado. Quizá fuera inocente de lo de Bran, de lo de Jon Arryn, de todo lo demás. Y, entonces, ¿en qué lugar quedaba ella? Seis hombres habían muerto para llevar al enano hasta allí. Dejó de lado sus dudas con resolución.
—Cuando lleguemos a los dominios, os ruego que hagáis llamar enseguida al maestre Colemon. Las heridas de Ser Rodrik le han causado fiebre.
En más de una ocasión había temido que el anciano caballero no sobreviviera al viaje. Al final apenas si se mantenía sobre la silla, y Bronn había intentado que lo abandonaran a su suerte, pero Catelyn se negó en redondo. En vez de eso lo ataron a la silla, y ordenó al bardo Marillion que velara por él.
—Lady Lysa ha ordenado que el maestre no salga bajo ningún concepto del Nido de Águilas —respondió Ser Donnel después de titubear un instante—, tiene que cuidar de Lord Robert. Pero en la puerta de la entrada hay un septon que cuida de los heridos. Puede echar un vistazo a vuestro criado.
Catelyn tenía más fe en los conocimientos de un maestre que en las plegarias de un septon. Estaba a punto de decirlo cuando divisó a lo lejos las almenas y los largos parapetos edificados en la roca misma de las montañas. Un caballero salió a recibirlos cuando ya estaban casi en la cima. Tanto el caballo como la armadura eran grises, pero lucía la capa azul y roja de Aguasdulces, con un broche de oro y obsidiana en forma de pez negro.
—¿Quién quiere cruzar la Puerta de la Sangre? —proclamó.
—Ser Donnel Waynwood, con Lady Catelyn Stark y sus acompañantes —respondió el joven caballero.
—El rostro de la dama me resultaba familiar —dijo el Caballero de la Puerta alzándose el visor—. Estás muy lejos del hogar, pequeña Cat.
—Tú también, tío —respondió ella con una sonrisa, pese a todos los sufrimientos de los días anteriores. Aquella voz ronca y gentil la hacía retroceder veinte años, a los días de su infancia.
—Mi hogar está a mi espalda —refunfuñó él.
—Tu hogar está en mi corazón —le dijo Catelyn—. Quítate el yelmo. Quiero verte la cara otra vez.
—Me temo que no ha mejorado con el paso de los años —dijo Brynden Tully.
Pero hizo como le había pedido, y Catelyn vio que había mentido. Tenía el rostro arrugado y curtido, el tiempo le había quitado el oro del cabello y se lo había tornado gris, pero su sonrisa era la de siempre, al igual que las cejas pobladas, gruesas como orugas, y la risa que bailaba en sus ojos color azul oscuro.
—¿Sabía Lysa que ibas a venir?
—No tuve tiempo de enviarle un mensaje —respondió Catelyn. El resto del grupo se acercaba—. Me temo que somos los predecesores de la tormenta, tío.
—¿Entramos en el Valle? —preguntó Ser Donnel. Los Waynwood eran dados a las ceremonias.
—En nombre de Robert Arryn —proclamó Ser Brynden—, señor del Nido de Águilas, defensor del Valle, Verdadero Guardián del Oriente, os ruego que entréis con libertad y defendáis su paz. Pasad.
Y así, entraron a caballo tras él, bajo la sombra de la Puerta de la Sangre, donde una docena de ejércitos se habían enfrentado a muerte en la Edad de los Héroes. Al otro lado de las edificaciones, la montaña se abría a un paisaje impresionante de prados verdes, cielos azules y montañas nevadas: el Valle de Arryn, bañado por la luz de la mañana.
Se extendía hacia las nieblas de oriente, tierras tranquilas y ricas, con ríos anchos de aguas tranquilas y cientos de lagos que brillaban al sol como espejos, protegidos por picos escarpados. En los campos crecía trigo, maíz y cebada, y ni en Altojardín eran más grandes las calabazas ni más dulces las frutas. Ellos se encontraban en el extremo occidental del valle, donde el camino alto llegaba al último paso y empezaba a descender hacia las tierras fértiles, tres kilómetros más abajo. Allí el Valle era estrecho, apenas habría costado más de medio día cruzarlo a caballo, y las montañas del norte parecían tan cercanas que Catelyn casi podía tocarlas con los dedos. Por encima de todas destacaba el pico al que llamaban Lanza del Gigante, una cumbre a la que el resto de las cumbres miraba desde abajo, con la cima perdida entre las nieblas gélidas, a más de cinco kilómetros de las tierras de la cuenca. Por la inmensa vertiente occidental discurría el arroyo fantasma denominado Lágrimas de Alyssa. Pese a la distancia, Catelyn alcanzaba a distinguir la hebra de plata brillante sobre la piedra oscura.
Al ver que se había detenido, su tío se acercó a ella y señaló con el dedo.
—Es allí, junto a las Lágrimas de Alyssa. Desde aquí sólo se ve un destello blanco de cuando en cuando, y eso si prestas atención y el sol cae en la posición correcta.
«Siete torres —le había contado Ned—, siete torres como siete dagas clavadas en el vientre del cielo, tan altas que, si subes a las almenas, ves las nubes desde arriba.»
—¿A qué distancia a caballo? —preguntó.
—Podemos llegar al pie de la montaña antes del ocaso —dijo el tío Brynden—, pero tardaremos un día más en el ascenso.
—Mi señora —intervino Ser Rodrik Cassel, tras ellos—. Me temo que hoy ya no puedo seguir. —Bajo los bigotes que habían vuelto a crecerle tenía el rostro crispado y ceniciento. Parecía tan agotado que Catelyn temió que se cayera del caballo.
—Ni tenéis por qué —dijo—. Habéis hecho todo lo que se podía pedir de vos y cien veces más. Mi tío me escoltará el resto del camino hasta el Nido de Águilas. Lannister vendrá conmigo, pero los demás podéis quedaros aquí para recuperar las fuerzas.
—Será un honor para nosotros considerarlo nuestro invitado —dijo Ser Donnel, con la cortesía solemne de los jóvenes.
Del grupo que había iniciado el viaje con ella en la posada de la encrucijada sólo quedaban Bronn, Ser Willis Wode y Marillion el bardo, aparte de Ser Rodrik.
—Mi señora —dijo Marillion adelantando su montura—, os ruego que me permitáis acompañaros al Nido de Águilas, para presenciar el final de esta historia igual que presencié su comienzo. —El muchacho parecía agotado y macilento, pero con una extraña determinación. En los ojos tenía un brillo febril.
Catelyn no había pedido al bardo que cabalgara con ellos, era una decisión que el muchacho había tomado por su cuenta. Era inexplicable que hubiera sobrevivido, mientras tantos hombres más valientes habían quedado en el camino, muertos y sin enterrar. Pero allí estaba, y con un atisbo de barba que lo hacía parecer casi un hombre. Quizá le debiera algo por haber llegado hasta aquel punto.
—Muy bien —le dijo.
—Yo también iré —anunció Bronn.
Aquello ya le gustaba menos. Sabía que, sin la ayuda de Bronn, jamás habría llegado al Valle: el mercenario era uno de los guerreros más fieros que había visto jamás, y con su espada había abierto a golpes el camino hacia la salvación. Pero tenía algo que disgustaba profundamente a Catelyn. Era valiente, sin duda, y también fuerte, pero no había en él una pizca de bondad ni de lealtad. Y lo había visto demasiado a menudo cabalgando junto a Lannister, con quien hablaba en voz baja, y juntos reían sus bromas privadas. Habría preferido separarlo del enano en aquel mismo instante, pero ya había accedido a que Marillion los acompañara hasta el Nido de Águilas, así que no encontraba ninguna manera elegante de negar a Bronn el mismo derecho.
—Como desees —dijo, aunque se daba cuenta de que él no había pedido permiso.
Ser Willis Wode se quedó con Ser Rodrik mientras un septon de voz suave le curaba las heridas. Sus caballos, aquellas pobres bestias agotadas, también quedaron atrás. Ser Donnel prometió enviar pájaros al Nido de Águilas y a las Puertas de la Luna para avisar de su llegada. Les entregaron caballos descansados, animales de patas firmes y crines hirsutas, y antes de que transcurriera una hora ya habían vuelto a emprender la marcha. Durante el descenso hacia la cuenca del Valle, Catelyn cabalgó junto a su tío. Los seguían Bronn, Tyrion Lannister, Marillion y seis hombres de Brynden.
Hasta que no hubieron realizado un tercio del descenso, y estuvieron fuera del alcance del oído de los demás, Brynden Tully no se volvió hacia ella para hablarle.
—Bien, niña. Cuéntame qué pasa con esta tormenta tuya.
—Hace muchos años que no soy una niña, tío —replicó Catelyn. Pero, de todos modos, se lo contó. Tardó mucho más de lo que había pensado en relatar toda la historia, la carta de Lysa, la caída de Bran, la daga del asesino, Meñique y el encuentro fortuito con Tyrion Lannister en la posada de la encrucijada.
Su tío la escuchó en silencio. A medida que avanzaba el relato, se le acentuaba el ceño y las espesas cejas le ensombrecían más y más los ojos. Brynden Tully siempre había sabido escuchar... a cualquiera excepto al padre de Catelyn. Era el hermano de Lord Hoster, cinco años más joven, pero ambos estaban enfrentados desde que Catelyn tenía uso de razón. Cuando tenía ocho años oyó cómo Lord Hoster, en una de sus peleas a gritos, decía que Brynden era «la oveja negra de los Tully». Brynden se había echado a reír, y había señalado que, ya que el emblema de la casa era una trucha saltando en el río, él sería más bien un pez negro que una oveja negra. Desde entonces había hecho del pez negro su emblema personal.
La guerra no terminó hasta el día en que Lysa y ella contrajeron matrimonio. Durante el festín de bodas, Brynden dijo a su hermano que se marchaba de Aguasdulces para servir a Lysa y a su esposo, el señor del Nido de Águilas. Desde entonces Lord Hoster no volvió a pronunciar el nombre de su hermano, al menos por lo que Edmure le contaba en sus escasas cartas.
Y pese a todo, durante los años de la infancia de Catelyn, era a Brynden el Pez Negro a quien acudían los niños con sus llantos y sus historias, cuando su padre estaba demasiado ocupado y su madre demasiado enferma. Catelyn, Lysa, Edmure... y sí, hasta Petyr Baelish, el pupilo de su padre. Él los había escuchado a todos con paciencia, igual que en aquel momento la escuchaba a ella, se reía con sus triunfos y los consolaba en sus infortunios infantiles.
Cuando acabó el relato, su tío se quedó en silencio un buen rato mientras los caballos avanzaban por la pendiente rocosa del sendero.
—Hay que contárselo a tu padre —dijo al final—. Si los Lannister atacan, Invernalia está lejos y el Valle bien protegido tras las montañas, pero Aguasdulces está en su camino.
—Ése era mi temor —admitió Catelyn—. En cuanto lleguemos al Nido de Águilas pediré al maestre Colemon que envíe un pájaro. —No era el único mensaje que tenía que enviar. Ned le había encargado que transmitiera órdenes a sus banderizos para que aprestasen las defensas del norte—. ¿Cómo están los ánimos por el Valle? —preguntó.
—Impera la ira —suspiró Brynden Tully—. Lord Jon era muy querido, y cuando el rey concedió a Jaime Lannister un cargo que los Arryn llevaban trescientos años ostentando, el insulto fue doloroso. Lysa nos ha dado orden de que llamemos a su hijo el «verdadero» Guardián de Oriente, pero no engaña a nadie. Y tu hermana no es la única que tiene dudas sobre la muerte de la Mano. Nadie osa decir abiertamente que Jon fue asesinado, pero la sospecha proyecta sombras muy largas. —Miró a Catelyn con los labios apretados—. Y también está el muchacho.
—¿El muchacho? ¿Qué le pasa? —Agachó la cabeza al pasar bajo una roca saliente, traicionera en una curva cerrada.
—Lord Robert —suspiró su tío con tono preocupado—. Tiene seis años, es enfermizo y llora si le quitas los muñecos. Los dioses saben que es el heredero de Jon Arryn, pero hay quien piensa que es demasiado débil para ocupar el lugar de su padre. Nestor Royce lleva catorce años como mayordomo jefe, ocupó ese puesto todo el tiempo que Lord Jon pasó en Desembarco del Rey para servir a Robert, y muchos creen que debería seguir haciéndolo hasta la mayoría de edad del niño. Otros opinan que Lysa debería casarse de nuevo, lo antes posible. Los pretendientes revolotean en torno a ella como cuervos en un campo de batalla. El Nido de Águilas está a rebosar de hombres que la pretenden.
—Era de esperar —respondió Catelyn. No tenía nada de extraño; Lysa era todavía joven y el reino de la Montaña y el Valle era una dote de bodas excepcional—. ¿Volverá a casarse Lysa?
—Ella dice que sí, cuando encuentre al hombre adecuado —respondió Brynden Tully—. Pero ya ha rechazado a Lord Nestor y a otra docena de hombres más que aceptables. Lysa jura que esta vez será ella quien elija a su señor esposo.
—Tú eres el que menos debería reprochárselo.
—Y no se lo reprocho, pero... —Ser Brynden dejó escapar un bufido—. Tengo la sensación de que no hace más que jugar a los cortejos. Disfruta con el galanteo, pero creo que tu hermana tiene intención de gobernar hasta que el niño tenga edad para ser el señor del Nido de Águilas. Tanto de nombre como de hecho.
—Una mujer puede gobernar igual que un hombre —señaló Catelyn.
—La mujer adecuada, sin duda. —Su tío la miró de reojo—. Pero no te llames a engaño, Cat. Tu hermana no es como tú. —Titubeó un instante—. Si quieres que te diga la verdad, me temo que no encuentres en ella... la ayuda que esperas.
—¿Qué quieres decir? —Aquello la había desconcertado.
—La Lysa que regresó de Desembarco del Rey no es la misma muchacha que viajó al sur cuando nombraron Mano a su esposo. Fueron años muy duros para ella. Sin duda lo sabes. Lord Arryn cumplía con sus deberes como marido, pero su matrimonio no surgió de la pasión, sino de la política.
—Igual que el mío.
—Ambas empezasteis de la misma manera, pero tu final ha sido más feliz que el de tu hermana. Dos bebés nacieron muertos, otros tantos abortos, la muerte de Lord Arryn... los dioses sólo concedieron un hijo a Lysa, Catelyn, y ese pobre chiquillo es todo lo que le queda a tu hermana. Tiene miedo, niña, miedo sobre todo de los Lannister. Escapó de la Fortaleza Roja como un ladrón en la noche, llegó huyendo al Valle, todo para arrancar a su hijo de las fauces del león. Y ahora, tú has traído el león hasta sus puertas.
—Encadenado —replicó Catelyn. A su derecha se abría un precipicio insondable y oscuro. Tiró de las riendas de su caballo y prosiguió el descenso con cautela.
—¿De veras? —Su tío echó un vistazo hacia atrás, a Tyrion Lannister, que descendía por el camino con iguales precauciones—. Lleva un hacha colgada de la silla, una daga en el cinturón y un mercenario que lo sigue como una sombra hambrienta. ¿Dónde están las cadenas, pequeña?
—Está aquí, y no por decisión propia. —Catelyn, incómoda, cambió de postura en la silla—. Encadenado o no, es mi prisionero. Lysa deseará tanto como yo que pague por sus crímenes. Fue a su esposo a quien asesinaron los Lannister, fue su carta la que nos puso en guardia contra ellos.
Brynden Pez Negro le dedicó una sonrisa desganada.
—Ojalá tengas razón, niña —suspiró con un tono que indicaba que estaba equivocada.
El sol estaba ya muy al oeste cuando la ladera empezó a convertirse en llanura bajo los cascos de los caballos. El camino se hizo más ancho y recto, y Catelyn vio por primera vez hierba y flores. Una vez en la cuenca del valle pudieron avanzar más deprisa. Pasaron junto a bosques frondosos y pueblecillos adormilados, bordearon huertos y campos dorados de trigo, cruzaron una docena de arroyuelos bañados por la luz del sol poniente. Su tío envió por delante un portaestandarte con los emblemas de la luna y el halcón, de la Casa Arryn, y bajo él su pez negro. Los carros de los granjeros, los carromatos de los mercaderes y los jinetes de las casas menores se apartaban a un lado para dejarles paso.
Pese a todo, era ya noche cerrada cuando llegaron al castillo que se alzaba al pie de la Lanza del Gigante. En sus baluartes brillaban las antorchas, y la luna se reflejaba en las aguas oscuras del foso. El puente levadizo estaba ya alzado y el rastrillo bajado, pero Catelyn vio que en la caseta de la guardia brillaban luces. También la luz se derramaba de las ventanas de las torres interiores.
—Las Puertas de la Luna —dijo su tío mientras el grupo se detenía. El portaestandarte cabalgó hasta el borde del foso para llamar a los guardias—. Aquí vive Lord Nestor. Nos estará esperando. Mira, arriba.
Catelyn alzó la vista, un largo trecho. Al principio lo único que divisó fueron piedras y árboles, la mole imponente de la gran montaña envuelta en la noche, negra como una noche sin estrellas. Entonces advirtió el brillo de hogueras lejanas, muy por encima de ellos: era un torreón de vigilancia, edificado en la ladera de la montaña, con luces como ojos anaranjados que los observaban desde arriba. Por encima había otro torreón, aún más lejano, y un tercero que no era sino una chispa titilante en el cielo. Y por fin, en la cima, hasta donde sólo se remontaban los halcones, un rayo blanco a la luz de la luna. Al contemplar las torres claras, tan altas y lejanas, la invadió el vértigo.
—Es el Nido de Águilas —murmuró Marillion, asombrado.
—Por lo visto a los Arryn no les gustan mucho las visitas —intervino la voz chillona del enano—. Si tenéis pensado que subamos en la oscuridad, casi prefiero que me matéis ahora mismo.
—Pasaremos la noche aquí, mañana iniciaremos el ascenso —le dijo Brynden.
—La impaciencia me consume —replicó el enano—. ¿Cómo vamos a subir? Nunca he montado a lomos de una cabra.
—En mulas —dijo Brynden con una sonrisa.
—Hay peldaños excavados en la montaña —dijo Catelyn. Ned se lo había contado al hablarle de su juventud allí, con Robert Baratheon y Jon Arryn. Su tío asintió.
—Ahora mismo está muy oscuro y no se ven, pero hay escalones. Son demasiado altos y estrechos para los caballos, pero en mula se puede recorrer casi todo el camino. Hay tres torreones de vigilancia, Piedra, Nieve y Cielo. Con las mulas llegaremos hasta Cielo.
—¿Y luego? —Tyrion Lannister miró hacia arriba, dubitativo.
—Luego el camino se vuelve demasiado empinado hasta para las mulas —contestó Brynden con una sonrisa—. Hay que recorrerlo a pie. O tal vez prefiráis ir en un cesto. El Nido de Águilas se encuentra en la ladera de la montaña, justo por encima de Cielo, y en los sótanos hay seis grúas enormes con cadenas de hierro largas, para subir las provisiones. Si mi señor Lannister lo prefiere, puedo hacer que lo suban junto con el pan, la cerveza y las patatas.
—Ni que fuera una calabaza —dijo el enano soltando una risotada—. Por desgracia, mi señor padre se sentiría muy ofendido si un Lannister acudiera al encuentro de su destino como si fuera un manojo de nabos. Si vosotros subís a pie, yo haré lo mismo. Los Lannister tenemos un poco de orgullo.
—¿Orgullo? —le espetó Catelyn. El tono burlón y tranquilo del enano la ponía furiosa—. Hay quien lo llamaría arrogancia. Arrogancia, codicia y ansia de poder.
—Mi hermano es arrogante, no cabe duda —replicó Tyrion Lannister—. Mi padre es la viva imagen de la codicia, y mi querida hermana Cersei ansía el poder con toda su alma. Yo, en cambio, soy inocente como un corderillo. —Sonrió—. ¿Queréis oír mi balido?
Antes de que tuviera ocasión de contestarle, el puente levadizo empezó a descender, y les llegó el sonido de las cadenas engrasadas que levantaban el rastrillo. Los guardias salieron con antorchas para iluminarles el camino y su tío los guió para cruzar el foso. Lord Nestor Royce, Mayordomo Jefe del Valle y Guardián de las Puertas de la Luna, los esperaba en el patio, rodeado de sus caballeros, para darles la bienvenida.
—Lady Stark —dijo, con una reverencia. Era un hombre corpulento, de torso como un barril, y su inclinación resultó torpe y poco agraciada.
—Lord Nestor —dijo Catelyn mientras desmontaba ante él. No conocía a aquel hombre más que por su reputación; era primo de Bronze Yohn, de una rama inferior de la Casa Royce, pero aun así era un hombre importante por derecho propio—. Ha sido un viaje largo y agotador. ¿Puedo suplicaros la hospitalidad de vuestro techo?
—Mi techo es vuestro, mi señora —replicó Lord Nestor con voz áspera—. Pero vuestra hermana, Lady Lysa, ha enviado un mensaje desde el Nido de Águilas. Quiere veros enseguida. El resto de vuestro grupo se alojará aquí, e iniciarán el ascenso en cuanto amanezca.
—¿Qué tontería dices? —espetó a Lord Nestor su tío mientras desmontaba. Brynden Tully no era hombre que midiera sus palabras—. ¿Ascender de noche, cuando ni siquiera hay luna llena? Hasta Lysa sabe que eso es jugarse el cuello.
—Las mulas conocen el camino, Ser Brynden —intervino una muchacha flaca, de diecisiete o dieciocho años, dando un paso al frente junto a Lord Nestor. Tenía el pelo oscuro, muy corto y lacio, llevaba ropas de montar de cuero y una cota de mallas ligera. Hizo una reverencia a Catelyn, más elegante que la de su señor—. Os aseguro que no os pasará nada, mi señora. Para mí será un honor guiaros. He subido de noche cientos de veces. Mychel dice que mi padre debió de ser una cabra.
Su tono de voz era tan arrogante que Catelyn no pudo contener una sonrisa.
—¿Cuál es tu nombre, niña?
—Mya Piedra, para serviros, señora —respondió.
Aquello no le gustó, y tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la sonrisa. «Piedra» era el nombre que se daba a los bastardos en el Valle, igual que «Nieve» en el norte, y «Flores» en Altojardín. En cada uno de los Siete Reinos, la tradición imponía un apellido a los niños nacidos sin un padre que se lo diera. Catelyn no tenía nada en contra de aquella muchacha, pero de pronto no pudo evitar recordar al bastardo de Ned en el Muro. Aquello la hizo sentir furiosa y culpable a la vez. Trató de pensar una respuesta.
Lord Nestor se encargó de llenar el silencio.
—Mya es una chica muy lista, si ella dice que os llevará sana y salva hasta Lady Lysa, yo la creo. Jamás me ha fallado.
—En ese caso, Mya Piedra, me pongo en tus manos —dijo Catelyn—. Lord Nestor, os encomiendo que vigiléis bien a mi prisionero.
—Y yo os encomiendo que llevéis al prisionero una copa de vino y un buen capón asado, antes de que se muera de hambre —intervino Lannister—. Tampoco estaría mal tener una mujer, pero me imagino que es pedir demasiado.
El mercenario Bronn soltó una carcajada. Lord Nestor hizo caso omiso de la burla.
—Como ordenéis, mi señora. —Sólo entonces se dignó a mirar al enano—. Acompañad al señor de Lannister a una celda de la torre, y llevadle carne y aguamiel.
Catelyn se despidió de su tío y de los demás, y vio cómo se llevaban a Tyrion Lannister. Luego siguió a la bastarda por el castillo. Tenían dos mulas esperando en el patio superior, ya estaban ensilladas. Mya la ayudó a montar, mientras un guardia con capa color azul celeste abría una estrecha poterna. Al otro lado había un espeso bosque de pinos y abetos, y más allá la montaña, semejante a un muro negro, pero allí estaban los escalones ascendentes, tallados en la roca.
—Hay personas que prefieren cerrar los ojos —dijo Mya, al tiempo que guiaba a las mulas por la puerta y hacia el bosque oscuro—. Si les da miedo o se marean, se agarran demasiado fuerte a las mulas, y a ellas no les gusta.
—Soy una Tully, y contraje matrimonio con un Stark —dijo Catelyn—. No me asusto con facilidad. ¿No vas a encender una antorcha? —Los escalones estaban negros como un pozo sin fondo.
—Las antorchas sólo sirven para deslumbrar —contestó la chica con una mueca—. En las noches claras como la de hoy, con la luna y las estrellas es más que suficiente. Mychel dice que tengo ojos de búho. —Montó a lomos de su mula y la espoleó para que iniciara el ascenso. La mula de Catelyn la siguió al instante. Los dos animales iban a un paso lento pero firme, que a ella no le desagradó en absoluto.
—Antes también mencionaste a Mychel —dijo.
—Es mi amado —explicó Mya—. Mychel Redfort. Ahora es escudero de Ser Lyn Corbray. Nos casaremos en cuanto lo nombren caballero, el año que viene o el siguiente.
¡Cuánto se parecía aquella muchacha a Sansa, tan feliz e inocente, con aquellos sueños! Catelyn sonrió, pero con cierta tristeza. Los Redfort eran una de las familias más antiguas del Valle, por sus venas corría la sangre de los primeros hombres. Quizá fuera su amado, pero ningún Redfort se casaría con una bastarda. Su familia le concertaría un matrimonio más adecuado, con una Corbray, o una Waynwood, o una Royce, o quizá con la hija de alguna casa importante de fuera del Valle. Si Mychel Redfort se acostaba con aquella chica, sería sin matrimonio.
El ascenso era más sencillo de lo que Catelyn había osado soñar. Los árboles crecían muy juntos, se cerraban sobre el camino creando una techumbre de follaje que ocultaba la luna, así que era como si avanzaran por un túnel negro interminable. Pero las mulas eran seguras e incansables, y Mya parecía tener el don de la visión nocturna. Subieron por la ladera de la montaña, siguiendo los recovecos del sendero, tan cubierto de las agujas caídas de los pinos que los cascos de las mulas apenas si hacían ruido contra la roca. El silencio era tranquilizador, y el vaivén suave de la montura mecía a Catelyn en la silla. Pronto tuvo que hacer un esfuerzo para mantenerse despierta. Puede que se adormilara un instante, porque de repente se encontró ante un inmenso portalón blindado.
—Piedra —anunció Mya alegremente al tiempo que desmontaba.
Los formidables muros de piedra estaban coronados por púas de hierro, y la pequeña fortaleza contaba con dos torrecillas en la cima. Mya pidió paso a gritos, y el portalón se abrió. Una vez dentro, el corpulento caballero al mando saludó a la muchacha por su nombre, y ofreció a las viajeras espetones de carne y cebollas asadas, recién salidos de las brasas. Hasta aquel momento Catelyn no se había dado cuenta de lo hambrienta que estaba. Comió de pie, en medio del patio, mientras los mozos de cuadra cambiaban las sillas a mulas descansadas. Los jugos calientes de la carne le corrieron por la barbilla y le mancharon la capa, pero tenía demasiada hambre para que aquello le importara.
Pronto estuvo a lomos de otra mula, de nuevo bajo la luz de las estrellas. Le dio la sensación de que el segundo tramo del ascenso era más traicionero. El sendero era más empinado, los escalones estaban más desgastados, y a menudo encontraba zonas llenas de guijarros y piedras rotas. Mya tuvo que desmontar media docena de veces para apartar del sendero las rocas caídas.
—¡No querréis que la mula se rompa una pata en estos momentos! —dijo.
Catelyn no pudo por menos que darle la razón. Habían ganado altura de manera perceptible. Allí los árboles eran más escasos y el viento soplaba con más fuerza, en ráfagas bruscas que le agitaban las ropas y le metían el pelo en los ojos. De cuando en cuando los escalones parecían girar sobre ellos mismos, y podía ver la mole de Piedra abajo, y más abajo aún las Puertas de la Luna, cuyas antorchas brillaban apenas como velas.
Nieve era un fortín más pequeño que Piedra: constaba sólo de una torre, una edificación de madera y un establo, todo oculto tras un muro bajo de roca sin argamasa. Pero su posición en la Lanza del Gigante permitía que desde allí se dominara toda la escalera de piedra hasta el torreón de vigilancia inferior. Cualquier enemigo que intentara llegar al Nido de Águilas tendría que combatir desde Piedra, peldaño a peldaño, mientras desde Nieve le llovían flechas y rocas. El comandante, un caballero joven y nervioso con el rostro picado de viruelas, les ofreció pan con queso y la posibilidad de calentarse ante la hoguera, pero Mya la rechazó.
—Tenemos que seguir adelante, mi señora —dijo—. Si os parece bien, claro. —Catelyn asintió. Una vez más, les proporcionaron mulas descansadas. La suya era blanca. Al verla, Mya sonrió—. Blanca es estupenda, mi señora. Pisa firme incluso sobre el hielo, pero deberéis tener cuidado. Si no le gustáis, os dará una buena coz.
Por lo visto a la mula blanca le gustó Catelyn, y gracias a los dioses no hubo coces. Tampoco había hielo, otro motivo para dar gracias.
—Mi madre me cuenta que, hace cientos de años, la nieve empezaba aquí —le dijo Mya—. De aquí para arriba siempre estaba todo blanco, y el hielo no se derretía jamás. —Se encogió de hombros—. Yo nunca he visto nieve tan abajo, pero a lo mejor antes sí, en la antigüedad.
«¡Es tan joven...!», pensó Catelyn. Intentó recordar si ella había sido tan joven alguna vez. Aquella niña había vivido la mitad de su vida en verano, y no conocía otra cosa. Le habría gustado decirle que se acercaba el invierno. El lema acudió a sus labios, estuvo a punto de decirlo en voz alta. Quizá, al final, se estaba convirtiendo en una Stark.
Por encima de Nieve, el viento era un ser vivo que aullaba en torno a ellas como un lobo en la pradera, y cesaba bruscamente, casi parecía que quisiera tentarlas para que se confiaran. Allí las estrellas brillaban más y la luna creciente se veía enorme en el cielo negro y despejado. A medida que avanzaban Catelyn se dio cuenta de que era mejor mirar hacia arriba, y no hacia abajo. Los escalones estaban agrietados y rotos tras siglos de nieves y deshielos, y el paso de incontables mulas. Pese a la oscuridad, la altura hacía que viajara con el corazón encogido. Al llegar a un paso entre dos rocas altas, Mya desmontó.
—A partir de aquí es mejor llevar a las mulas por las riendas —dijo Mya—. El viento en esta zona casi da miedo, mi señora.
Catelyn, rígida, salió de entre las sombras y contempló el sendero ante ella: seis metros de largo y menos de un metro de ancho, y con un precipicio a cada lado. El viento aullaba. Mya caminaba con paso ligero, y su mula la seguía tan tranquila como si estuvieran cruzando un patio. Luego le tocó a ella el turno. Pero, en cuanto dio el primer paso, se encontró en las fauces del terror más profundo. Sentía físicamente el vacío, los vastos golfos de aire que se abrían como precipicios a su alrededor. Se detuvo, temblorosa, incapaz de moverse. El viento seguía aullando, le agitaba la capa, intentaba tirarla por el borde. Catelyn trató de dar un paso atrás, pero allí estaba la mula. No podía retirarse. «Voy a morir aquí», pensó. El sudor frío le corría por la espalda.
—Lady Stark —la llamó Mya desde el otro lado. La niña parecía encontrarse a mil leguas de distancia—. ¿Os encontráis bien?
—No... no puedo seguir, pequeña —dijo Catelyn Tully Stark tragándose lo que le quedaba de orgullo.
—Claro que podéis —dijo la niña bastarda—. ¡Mirad, si el camino es muy ancho!
—No quiero mirar. —Sentía como si el mundo girase a su alrededor como la peonza de un chiquillo... la montaña, el cielo, las mulas, todo. Catelyn cerró los ojos y trató de recuperar el aliento.
—Volveré a por vos —dijo Mya—. No os mováis, mi señora.
Catelyn no tenía la menor intención de moverse. Escuchó el aullido del viento y el roce del cuero contra la piedra. Pronto Mya estuvo a su lado y la cogió por el brazo con amabilidad.
—Si queréis, no abráis los ojos. Soltad la cuerda, Blanca sabe cuidarse sola. Muy bien, mi señora. Ahora os guiaré, ya veréis qué fácil. Venga, un pasito. Moved el pie, eso es, muy bien, adelante. Ahora otro. Qué fácil. Hasta podríais correr. Otro más. Muy bien. —Y así, paso a paso, centímetro a centímetro, la muchacha bastarda guió a Catelyn, ciega y temblorosa, mientras la mula blanca las seguía plácidamente.
El puesto de vigilancia llamado Cielo no era más que un muro en forma de luna creciente, hecho de roca, sin argamasa, pero en aquel momento ni las torres de Valyria habrían sido más hermosas a los ojos de Catelyn Stark. Allí era donde empezaban las nieves. Las piedras erosionadas de Cielo estaban cubiertas de escarcha, y de las laderas pendían largas estalactitas de hielo.
Ya salía el sol por el este cuando Mya Piedra llamó a los guardias, que les abrieron la puerta. Tras los muros sólo había rampas y un enorme montón de piedras de todos los tamaños. Iniciar una avalancha desde allí sería lo más sencillo del mundo. En la pared rocosa frente a ellos se abría un hueco.
—Los establos y los barracones están ahí dentro —dijo Mya—. El último tramo es por el interior de la montaña. Resulta un poco oscuro, pero al menos no hay viento. Las mulas sólo llegan hasta aquí. Más allá es como una escalinata de piedra, muy empinada, pero se sube bien. En menos de una hora habremos llegado.
Catelyn alzó la vista. Justo sobre ella, claros a la luz del amanecer, se veían los cimientos del Nido de Águilas. Estaba a menos de doscientos metros, y desde abajo parecía un pequeño panal blanco. Recordó lo que había dicho su tío acerca de las grúas y los cestos.
—Los Lannister tendrán orgullo —dijo a Mya—, pero los Tully tenemos sentido común. Llevo cabalgando todo el día y toda la noche. Diles que bajen un cesto, subiré con los nabos.
El sol brillaba ya muy por encima de las montañas cuando Catelyn Stark llegó por fin al Nido de Águilas. Un hombre rechoncho de cabellos plateados, vestido con la capa azul celeste y el emblema de la luna y el halcón en el peto, la ayudó a salir del cesto. Era Ser Vardis Egen, capitán de la guardia de Jon Arryn. Tras él se encontraba el maestre Colemon, delgado y nervioso, con poco cabello y demasiado cuello.
—Lady Stark —dijo Ser Vardis—, el placer es tan grande como inesperado.
—Desde luego, mi señora —dijo el maestre Colemon con un gesto de asentimiento—. He mandado avisar a vuestra hermana. Dejó órdenes de que la despertaran en cuanto llegaseis.
—Espero que haya dormido bien esta noche —replicó Catelyn, con cierta ironía que pasó desapercibida.
La escoltaron desde la sala de la grúa por una escalera de caracol. El Nido de Águilas era un castillo pequeño para lo que era habitual en las casas grandes: siete torres esbeltas y blancas, muy juntas como flechas en un carcaj que colgara del hombro de la gran montaña. Allí no hacían falta establos, herrerías ni perreras, pero según Ned los graneros eran tan grandes como los de Invernalia, y en sus torres se podían alojar hasta quinientos hombres. De todos modos, a Catelyn le dio la sensación de que el castillo estaba desierto, y de que las salas de piedra blanca resonaban, vacías.
Lysa la aguardaba en sus habitaciones, todavía con las ropas de dormir. Llevaba la melena castaña suelta sobre los hombros desnudos y blancos. Una doncella le cepillaba el pelo, pero cuando entró Catelyn su hermana se levantó sonriente.
—Cat —dijo—, oh, Cat, cuánto me alegro de verte. Mi hermana querida. —Cruzó la estancia y abrazó a Catelyn—. Ha pasado tanto tiempo —murmuró Lysa sin soltarla—. Tanto, tanto tiempo...
Era cierto, habían sido cinco años, y cinco años muy crueles para Lysa, que le habían cobrado un alto precio. Tenía dos años menos que ella, pero parecía mayor. Era más baja que Catelyn, y ahora su cuerpo era grueso, y su rostro estaba pálido e hinchado. Tenía los ojos azules de los Tully, pero los suyos eran de un color claro y acuoso, y siempre parecían inquietos. La boca pequeña se había congelado en una mueca petulante. Mientras la abrazaba, Catelyn recordó a la muchacha esbelta y de pechos erguidos que había estado a su lado aquel día, en el sept de Aguasdulces. ¡Qué hermosa era, cuántas esperanzas albergaba entonces! Lo único que quedaba de la belleza de su hermana era la espesa cascada de pelo castaño, que le llegaba hasta la cintura.
—Tienes buen aspecto —mintió Catelyn—. Pero... pareces cansada.
—Cansada —dijo su hermana, apartándose de ella—. Sí. Oh, sí, mucho. —Sólo entonces pareció advertir la presencia de los demás: su doncella, el maestre Colemon y Ser Vardis—. Podéis marcharos —les dijo—. Quiero hablar con mi hermana a solas.
Mantuvo la mano de su hermana entre las suyas mientras salían...
... y se la soltó en cuanto se cerró la puerta. Catelyn vio cómo le cambiaba el rostro. Fue como si el sol se ocultara tras una nube.
—¿Es que te has vuelto loca? —le espetó Lysa—. ¿Cómo te atreves a traerlo aquí, sin mi permiso, sin siquiera avisarme? ¿Cómo osas meternos en tus peleas con los Lannister...?
—¿Mis peleas? —Catelyn apenas daba crédito a lo que oía. En la chimenea ardía un buen fuego, pero en la voz de Lysa no había ni rastro de calidez—. Antes que mías fueron «tus» peleas, hermana. Fuiste tú quien me envió aquella maldita carta, me escribiste que los Lannister habían asesinado a tu marido.
—¡Para avisarte, para que no te acercaras a ellos! ¡Nunca quise un enfrentamiento! Dioses, Cat, ¿te das cuenta de qué has hecho?
—¿Madre? —dijo una vocecita aguda. Lysa se dio la vuelta, la pesada bata envolvió su cuerpo al girar. En la puerta estaba Robert Arryn, señor del Nido de Águilas. Llevaba en brazos un descolorido muñeco de trapo, y las miraba con sus enormes ojos. Era un chiquillo preocupantemente delgado, menudo para su edad, siempre enfermizo, y a veces le sobrevenían estremecimientos. Los maestres decían que padecía la enfermedad de los temblores—. He oído voces.
No era de extrañar, pensó Catelyn. Lysa había hablado casi a gritos. Pero, por la mirada de su hermana, supo que la consideraba culpable a ella.
—Ésta es tu tía Catelyn, pequeñín. Mi hermana, Lady Stark. ¿Te acuerdas de ella?
El niño la miró sin dar muestras de reconocerla.
—Creo que sí —dijo, parpadeando, aunque lo cierto era que apenas contaba con un año de vida la última vez que Catelyn lo viera.
—Ven con mamá, pequeñín —dijo Lysa mientras se sentaba cerca de la chimenea. Se estiró los pliegues de la túnica, y se arregló la hermosa cabellera castaña—. ¿A que es precioso? Y muy fuerte, no te creas lo que dicen por ahí. Jon lo sabía. Me lo dijo, me dijo: «La semilla es fuerte». Fueron sus últimas palabras. No paraba de nombrar a Robert, me agarró el brazo tan fuerte que me dejó marcas. «Díselo a todos, diles que la semilla es fuerte.» Se refería a su semilla. Quería que todos supieran que mi bebé iba a ser un niño muy bueno y muy fuerte.
—Lysa —dijo Catelyn—, si lo que crees de los Lannister es cierto, razón de más para que actuemos con presteza. Tenemos...
—Delante del bebé, no —replicó Lysa—. Tiene un temperamento muy delicado. ¿A que sí, pequeñín?
—El chico es el señor del Nido de Águilas y el Defensor del Valle —le recordó Catelyn—. Y no es momento para delicadezas. Ned cree que puede haber una guerra.
—¡Cállate! —le gritó Lysa—. Estás asustando al niño. —El pequeño Robert miró a Catelyn por encima del hombro, y empezó a temblar. El muñeco se le cayó de las manos, y se apretó contra su madre—. No tengas miedo, mi pequeñín —susurró Lysa—. Mamá está aquí, nadie te hará daño.
Se abrió la túnica y se sacó un pecho, blanco y pesado, con el pezón rojo. El niño lo aferró con ansiedad, enterró la cara en él y empezó a mamar. Lysa le acarició el pelo.
Catelyn se había quedado muda. «Es el hijo de Jon Arryn», pensó, incrédula. Recordó a su hijo, a Rickon, de apenas tres años, tenía la mitad de la edad que aquel niño, pero cinco veces más temperamento. No era de extrañar que los señores del Valle estuvieran preocupados. Por primera vez, comprendió por qué el rey había querido apartar al niño de su madre, y dejarlo como pupilo con los Lannister...
—Aquí estamos a salvo —dijo Lysa.
—No seas estúpida —dijo Catelyn, cada vez más furiosa. No sabía si Lysa se había dirigido al niño o a ella—. Nadie está a salvo. Si piensas que porque te hayas escondido aquí los Lannister se van a olvidar de ti, cometes un error.
—Aunque lograran cruzar las montañas con un ejército —replicó Lysa tapando la oreja del niño con una mano—, y pasar por la Puerta de la Sangre, el Nido de Águilas es inexpugnable. Tú misma lo has podido comprobar. No hay enemigo que pueda llegar aquí arriba.
—No hay castillo inexpugnable. —Catelyn sintió deseos de abofetearla. Se dio cuenta de que el tío Brynden había intentado alertarla.
—Éste, sí —insistió Lysa—. Todo el mundo lo dice. Sólo tengo un problema, ¿qué voy a hacer con ese Gnomo que me has traído?
—¿Es un hombre malo? —preguntó el señor del Nido de Águilas. El pecho de su madre se le escapó de la boca. El pezón estaba enrojecido y húmedo.
—Malo, muy malo —le dijo Lysa mientras se cubría—. Pero mamá no dejará que le haga nada al pequeñín.
—Haz que vuele el hombre malo —pidió Robert, entusiasmado.
—Puede que sí —murmuró Lysa acariciándole el pelo—. Puede que sea eso lo que haga.

EDDARD

Se reunió con Meñique en la sala común del burdel. Estaba hablando cordialmente con una mujer alta y elegante, que lucía una túnica con plumas sobre una piel negra como el carbón. Junto a la chimenea, Heward jugaba a las prendas con una moza de busto generoso. Por lo visto él había perdido ya el cinturón, la capa, la camisa y la bota derecha, mientras que ella se había tenido que desabotonar la camisola hasta la cintura. Jory Cassel se encontraba junto a una ventana por la que se deslizaba la lluvia. Tenía una sonrisa irónica en los labios, y se divertía observando cómo Heward daba la vuelta a las fichas.
Ned se detuvo al pie de las escaleras y se puso los guantes.
—Vámonos ya. He terminado con mi asunto.
—Como deseéis, mi señor —dijo Jory mientras Heward se ponía en pie y recogía a toda prisa sus cosas—. Ayudaré a Wyl a traer los caballos. —Se dirigió hacia la puerta.
Meñique se tomó todo el tiempo que quiso para despedirse. Besó la mano de la mujer negra, le susurró algún chiste que la hizo reír a carcajadas y caminó sin prisas hacia Ned.
—¿Vuestro asunto o el asunto de Robert? —preguntó en tono ligero—. Se dice que la Mano sueña los sueños del rey, habla con la voz del rey, y gobierna con la espada del rey. ¿Queréis decir que vos folláis con la...?
—Lord Baelish —lo interrumpió Ned—, suponéis demasiado. Os agradezco vuestra ayuda. Sin ella habríamos tardado años en dar con este burdel. Pero eso no quiere decir que vaya a tolerar semejantes groserías. Y ya no soy la Mano del Rey.
—El lobo huargo debe de ser una bestia muy quisquillosa —replicó Meñique con una mueca.
Del cielo negro y sin estrellas caía una lluvia cálida cuando se encaminaron hacia los establos. Ned se cubrió con la capucha de la capa. Jory le sacó el caballo. Lo seguía el joven Wyl, que guiaba con una mano la yegua de Meñique mientras con la otra se arreglaba el cinturón y los cordones del pantalón. Una prostituta descalza se asomó por la puerta del establo, entre risitas.
—¿Volvemos ahora al castillo, mi señor? —preguntó Jory. Ned asintió y montó. Meñique montó a su lado. Jory y los demás los siguieron.
—El establecimiento que dirige Chataya es exquisito —comentó Meñique—. He pensado comprarlo. Hoy en día los burdeles son una inversión mucho más segura que los barcos. Las putas no suelen hundirse, y si las abordan los piratas es previo pago de dinero contante y sonante.
Lord Petyr se rió de su chiste. Ned dejó que siguiera parloteando. Al cabo de un rato se calló, y siguieron cabalgando en silencio. Las calles de Desembarco del Rey estaban oscuras y desiertas. La lluvia había hecho que todo el mundo se pusiera a cubierto en el interior de las casas. Caía sobre la cabeza de Ned, cálida como la sangre e implacable como los remordimientos. Por el rostro le corrían gruesas gotas de agua.
—Robert jamás se quedará quieto en una cama —le había dicho Lyanna en Invernalia, en una noche ya muy lejana, cuando su padre la prometió con el joven señor de Bastión de Tormentas—. Me han dicho que ha tenido un bebé con una muchacha del Valle. —Ned había tenido el bebé en los brazos; no podía negarlo, ni tampoco quería mentir a su hermana, pero en cambio le aseguró que lo que hubiera hecho Robert antes del compromiso no importaba, que era un hombre bueno y que la amaba con todo su corazón. Ante aquello Lyanna se limitó a sonreír y a añadir—: El amor es maravilloso, mi querido Ned, pero nada puede cambiar la naturaleza de un hombre.
La muchacha era tan joven que Ned no se había atrevido a preguntarle la edad. Sin duda había sido virgen. Los mejores burdeles siempre encontraban vírgenes para quien tuviera con qué pagarlas. Tenía el cabello rojo claro y una lluvia de pecas sobre la nariz. Cuando se sacó un pecho para amamantar al bebé, Ned vio que su busto estaba también cubierto de pecas.
—La he llamado Barra —dijo mientras la niña mamaba—. Se parece mucho a él, ¿verdad, mi señor? Tiene su misma nariz, y su pelo...
—Es verdad.
Eddard Stark había acariciado el pelo negro de la pequeña, lo sintió como seda entre sus dedos. Le parecía recordar que la primera hija de Robert había tenido aquel mismo cabello.
—Decidle lo que habéis visto, mi señor... si os place, claro está. Decidle lo bonita que es.
—Lo haré —le había prometido Ned.
Era su maldición. Robert juraba a las mujeres amor eterno y las olvidaba antes del ocaso, pero Ned Stark siempre cumplía sus promesas. Recordó las promesas que había hecho a la moribunda Lyanna y el precio que había pagado por mantener su palabra.
—Decidle también que no he estado con ningún otro hombre. Os lo juro, mi señor, os lo juro por los dioses antiguos y por los nuevos. Chataya me dijo que tenía medio año libre por el bebé, y por si él volvía. Decidle que lo espero, por favor. No quiero joyas ni nada, sólo a él. Fue muy bueno conmigo, de verdad.
«Bueno contigo», pensó Ned con rencor.
—Se lo diré, niña, y te prometo que Barra no pasará necesidades.
Y ella le había sonreído, con una sonrisa tan trémula y dulce que le partió el corazón. Mientras cabalgaba en la noche lluviosa, Ned veía ante sus ojos el rostro de Jon Nieve, tan parecido a él mismo cuando era joven. Si los dioses despreciaban a los bastardos, ¿por qué, pensó, por qué llenaban a los hombres de deseos tan incontrolables?
—Lord Baelish, ¿qué sabéis de los bastardos de Robert?
—Para empezar, que tiene más que vos.
—¿Cuántos?
—¿Qué más da? —contestó Meñique encogiéndose de hombros. Por los pliegues de su capa corrían reguerillos de agua—. Si alguien se acuesta con suficientes mujeres, unas cuantas le dejarán regalitos, y en ese sentido Su Alteza no ha mostrado la menor timidez. Sé que reconoció al chico de Bastión de Tormentas, el que engendró la noche de bodas de Lord Stannis. No le quedó otro remedio, la madre era una Florent, sobrina de Lady Selyse, una de las doncellas. Por lo que cuenta Renly, Robert se llevó a la chica al piso de arriba durante el festín, y rompió el lecho matrimonial mientras Stannis y su esposa todavía estaban bailando. Por lo visto Lord Stannis lo consideró una mancha en el honor de la Casa de su esposa, así que cuando el bebé nació, lo embarcó para que Renly se hiciera cargo. —Miró de reojo a Ned—. También se comenta que Robert tuvo gemelos con una criada de Roca Casterly hace tres años, cuando fue allí para asistir al torneo de Lord Tywin. Cersei hizo matar a los bebés y vendió la madre a un traficante de esclavos. Tan cerca de su casa... fue una afrenta excesiva para el honor de los Lannister.
Ned Stark hizo una mueca. Historias semejantes se contaban acerca de todo gran señor del reino. La parte de Cersei estaba dispuesto a creérsela... pero, ¿acaso lo permitiría el rey? El Robert que él había conocido no, jamás, pero el Robert que él había conocido nunca tuvo tanta destreza a la hora de cerrar los ojos para no ver lo que no le interesaba.
—¿Por qué empezó a mostrar Jon Arryn tanto interés de repente por los hijos ilegítimos del rey?
—Era la Mano del Rey. —El hombrecillo se encogió de hombros—. No me cabe duda de que Robert le encargó que velara por ellos, para que no les faltara nada.
—Tuvo que ser por algo más, de lo contrario no lo habrían matado. —Ned estaba empapado hasta los huesos y se le había helado el alma.
—Ya entiendo. —Meñique se sacudió la lluvia del pelo, y soltó una carcajada—. Lord Arryn descubrió que Su Alteza había preñado a unas cuantas putas y a unas verduleras, así que había que cerrarle la boca. No es de extrañar. Si un hombre con semejantes conocimientos hubiera vivido, ¿a dónde iríamos a parar? Tarde o temprano empezaría a decir que el sol sale por el este, y cosas así.
Ned no supo qué responder y frunció el ceño. Por primera vez en muchos años volvió a pensar en Rhaegar Targaryen. Se preguntó si Rhaegar había sido aficionado a frecuentar burdeles. Tenía la sensación de que no.
La lluvia caía con más fuerza, se le metía en los ojos y tamborileaba contra el suelo. Por la colina bajaban auténticos ríos de agua negra.
—¡Mi señor! —exclamó Jory de repente. Su voz denotaba alarma, y de pronto la calle estuvo llena de soldados.
Ned divisó cotas de mallas sobre cuero, guanteletes y canilleras, y yelmos de acero con leones dorados en la cresta. Las capas empapadas se les pegaban a las espaldas. No le dio tiempo a contarlos, pero eran al menos diez, iban a pie, armados con espadas y lanzas de punta de hierro, y bloqueaban la calle.
—¡Atrás! —oyó gritar a Wyl.
Pero cuando dio la vuelta a su montura, había más soldados detrás para cortarles la retirada. La espada de Jory salió al momento de la vaina.
—¡Abrid paso o morid! —exclamó.
—Los lobos aúllan —comentó el líder. Ned vio que le corría la lluvia por el rostro—. Pero es una manada pequeña.
—¿Qué significa esto? —dijo Meñique mientras avanzaba con su caballo, paso a paso, con suma cautela—. Es la Mano del Rey.
—Era la Mano del Rey. —El barro amortiguaba el sonido de los cascos del semental bayo. La hilera de hombres se abrió para dejarle paso. El león de los Lannister rugía desafiante en su coraza dorada—. Para ser sinceros, ahora ya no sé qué es.
—Esto es una locura, Lannister —dijo Meñique—. Déjanos pasar. Nos esperan en el castillo. ¿Qué crees que haces?
—Sabe muy bien lo que hace —dijo Ned con voz tranquila.
—Muy cierto —dijo Jaime Lannister con una sonrisa—. Busco a mi hermano. Os acordáis de mi hermano, ¿verdad, Lord Stark? Estuvo con nosotros en Invernalia, no sé si caéis. Pelo rubio, ojos desemparejados, lengua afilada... un tipo bajito...
—Lo recuerdo perfectamente —replicó Ned.
—Por lo visto ha tenido problemas por el camino. Mi señor padre se siente insultado. No tendréis idea de quién habrá maltratado a mi hermano, ¿verdad?
—Vuestro hermano ha sido detenido por orden mía, para responder por sus crímenes —dijo Ned Stark.
—Mis señores... —gimió Meñique, desalentado.
—Mostradme vuestro acero, Lord Eddard —dijo Ser Jaime desenvainando la espada mientras avanzaba—. Si es necesario os mataré como a Aerys, pero preferiría que murierais con una espada en la mano. —Lanzó a Meñique una mirada fría y despectiva—. Lord Baelish, apartaos si no queréis que caiga alguna mancha de sangre en esos ropajes tan caros.
—Iré a buscar a la Guardia de la Ciudad —prometió a Ned. A Meñique no le hacía falta que le insistieran.
La hilera de los Lannister se abrió para dejarle paso y volvió a cerrarse tras él. Meñique espoleó a la yegua y desapareció al doblar una esquina.
Los hombres de Ned habían desenvainado las espadas, pero eran tres contra veinte. Muchos ojos los espiaban desde las ventanas cercanas, pero nadie iba a intervenir. Su grupo iba a caballo, mientras que los Lannister, a excepción de Jaime, iban a pie. Si cargaban podrían escapar, pero Eddard Stark consideró que había una táctica con más garantías de éxito.
—Si me matáis —advirtió al Matarreyes—, Catelyn no dudará en acabar con Tyrion.
Jaime Lannister puso contra el pecho de Ned la espada dorada que había derramado la sangre del último de los Reyes Dragón.
—¿De veras? ¿La noble Catelyn Tully de Aguasdulces asesinaría a un rehén? No... no lo creo. —Suspiró—. Pero no pienso arriesgar la vida de mi hermano confiando en el honor de una mujer. —Jaime envainó la espada—. Así que dejaré que vayáis corriendo a contarle a Robert el susto que os he dado. ¿Creéis que le importará mucho? —Se echó hacia atrás con los dedos el pelo mojado y dio media vuelta a su caballo. Cuando estuvo detrás de la línea de hombres, volvió la vista hacia el capitán—. Encárgate de que Lord Stark regrese sano y salvo, Tregar.
—A vuestras órdenes, mi señor.
—Pero... tampoco queremos que escape sin castigo, así que... —A pesar de la lluvia y la noche, Ned divisó la sonrisa blanca de Jaime—. Mata a sus hombres.
—¡No! —gritó Ned Stark al tiempo que desenvainaba la espada.
Jaime se alejaba ya por la calle cuando oyó gritar a Wyl. Los hombres armados cayeron sobre ellos. Ned arrolló a uno, lanzando golpes contra los fantasmas de capas rojas que se ponían ante él. Jory Cassel espoleó su montura y cargó. Un casco con herradura de acero acertó a un guardia Lannister en la cara y se oyó un crujido estremecedor. Otro hombre cayó, y Jory se encontró libre. Wyl maldijo cuando lo derribaron de su caballo moribundo, las espadas chocaban bajo la lluvia. Ned galopó hacia él, y asestó un golpe de espada contra el yelmo de Tregar. El impacto le hizo apretar los dientes. Tregar cayó de rodillas, con el león de la cresta hendido en dos y el rostro lleno de sangre. Heward lanzaba tajos contra las manos que se habían apoderado de sus riendas cuando una lanza se le clavó en el vientre. De repente, Jory saltó entre ellos, su espada hacía brotar una lluvia roja.
—¡No! —gritó Ned—. ¡Vete, Jory! —El caballo de Ned resbaló y fue a caer al barro. Durante un momento el dolor fue cegador, sintió el sabor de la sangre en la boca.
Vio cómo le cortaban las patas al caballo de Jory, y cómo lo arrastraban al suelo, y cómo las espadas subían y bajaban sobre él. Cuando el caballo de Ned se puso en pie de nuevo él también intentó levantarse, pero cayó de nuevo con un grito ahogado. Vio el hueso astillado que le salía por la pantorrilla. Fue lo último que vio durante largo rato. La lluvia seguía cayendo.
Cuando abrió los ojos, Lord Eddard Stark estaba a solas con sus muertos. Su caballo se le acercó, olfateó el hedor rancio de la sangre y se alejó al galope. Ned empezó a arrastrarse por el barro, con los dientes apretados para no ceder ante el dolor insoportable. Le pareció que tardaba años. Desde las ventanas iluminadas por velas lo observaban muchos rostros y la gente empezó a salir de las puertas y los callejones, pero nadie acudió en su ayuda.
Meñique y la Guardia de la Ciudad lo encontraron allí, en la calle, acunando entre los brazos el cuerpo de Jory Cassel.
Los capas doradas consiguieron una litera, pero aun así el trayecto de vuelta al castillo fue una agonía, y Ned perdió el conocimiento en más de una ocasión. Más adelante recordaría la visión de la Fortaleza Roja, a la luz del alba. La lluvia había oscurecido la piedra rosada de los muros hasta darle el color de la sangre.
Vio al Gran Maestre Pycelle inclinado sobre él, con una copa en la mano.
—Bebed, mi señor —le susurró—. Es la leche de la amapola, para el dolor.
Recordaba que la bebió, y que Pycelle decía a alguien que calentara el vino hasta que hirviera, y que le llevaran sedas limpias. Y luego ya no supo más.

DAENERYS

La Puerta del Caballo de Vaes Dothrak consistía en dos gigantescos corceles de bronce, alzados sobre las patas traseras, con los cascos delanteros juntos a treinta metros por encima del camino para formar un arco de punta.
Dany no entendía para qué necesitaba puertas una ciudad que no tenía muros... que ni siquiera tenía edificios, al menos a la vista. Pero allí estaba, inmensa y hermosa, enmarcando las lejanas montañas purpúreas. Los corceles proyectaban largas sombras sobre la hierba ondulada cuando Khal Drogo hizo pasar al khalasar bajo sus cascos, por el camino de los dioses, siempre escoltado por sus jinetes de sangre.
Dany los siguió en la plata, con Ser Jorah Mormont a un lado y su hermano Viserys, que volvía a cabalgar, al otro. Después del día en que lo habían dejado atrás para que volviera caminando al khalasar, los dothrakis se habían burlado de él llamándolo Khal Rhae Mhar, Rey de los Pies Sangrantes. Khal Drogo le ofreció al día siguiente que viajara en uno de los carros, y Viserys accedió. En su testaruda ignorancia, no se dio cuenta de que era una mofa más: los carros eran para los eunucos, los tullidos, las mujeres que daban a luz, los muy jóvenes y los muy viejos. Aquello le ganó otro sobrenombre: Khal Rhaggat, el Rey del Carro. Su hermano creía que era la manera que tenía el khal de disculparse por la afrenta de que lo había hecho víctima Dany. Ella suplicó a Ser Jorah que no lo sacara de su error para no avergonzarlo. El caballero le respondió que al rey le sentaría de maravilla una buena dosis de humildad, pero hizo lo que le pedía. A Dany le hicieron falta muchas súplicas, y todos los trucos de cama que Doreah le había enseñado, para que Drogo cediera y permitiera que Viserys volviera con ellos a la cabeza de la columna.
—¿Dónde está la ciudad? —preguntó cuando pasaron bajo el arco de bronce. No se divisaba ningún edificio, y tampoco gente, sólo la hierba y el camino, bordeado por los monumentos antiguos que los dothrakis habían saqueado a lo largo de los siglos.
—Más adelante —respondió Ser Jorah—. Bajo la montaña.
Más allá de la Puerta del Caballo, los dioses saqueados y los héroes robados se alzaban a ambos lados. Las deidades olvidadas de ciudades ya muertas blandían sus rayos rotos hacia el cielo mientras Dany cabalgaba sobre la plata. Los reyes de piedra la contemplaban desde sus tronos, con los rostros erosionados y manchados, mucho después de que sus nombres se perdieran en las nieblas del tiempo. Esbeltas doncellas vestidas sólo con flores bailaban sobre peanas de mármol, o vertían aire de sus jarras agrietadas. Los monstruos se alzaban sobre la hierba junto al camino; había dragones de hierro negro con gemas en vez de ojos, grifos rugientes, manticoras de colas con púas prestas al ataque y otras bestias cuyos nombres desconocía. Había estatuas tan hermosas que le quitaban el aliento, y otras tan deformes y espantosas que apenas si soportaba mirarlas. Ésas, según le contó Ser Jorah, procedían probablemente de las Tierras Sombrías, de más allá de Asshai.
—Son muchas —dijo mientras la plata avanzaba a paso lento—, y vienen de muchas tierras.
—Es la basura de ciudades muertas —se burló Viserys que no se dejaba impresionar. Pero tuvo buen cuidado de hablar en la lengua común, que pocos dothrakis dominaban. Aun así, Dany volvió la vista hacia los hombres de su khas para asegurarse de que no lo habían oído. Su hermano prosiguió, osado—. Estos salvajes sólo saben robar lo que otros hombres mejores que ellos han creado. Y matar. —Se echó a reír—. Saben matar. De lo contrario no me servirían para nada.
—Ahora son mi pueblo —dijo Dany—. No deberías llamarlos salvajes, hermano.
—El dragón dice lo que le viene en gana —replicó Viserys... en la lengua común. Miró por encima del hombro en dirección a Aggo y a Rakharo, que cabalgaban tras ellos, y les dedicó una sonrisa burlona—. ¿Lo ves? Estos salvajes son tan idiotas que ni siquiera entienden el idioma de las personas civilizadas. —Un monolito de quince metros de altura, cubierto de musgo, se alzaba imponente junto al camino. Viserys le echó un vistazo cargado de aburrimiento—. ¿Cuánto tiempo tendremos que pasar entre estas ruinas antes de que Drogo me dé mi ejército? Me estoy hartando de esperar.
—Hay que presentar a la princesa al dosh khaleen...
—Ah, sí, a los viejos —lo cortó su hermano—, y harán profecías tontas para el cachorro que lleva en la barriga, ya me lo habías dicho. ¿Y a mí qué? Estoy cansado de comer carne de caballo, estoy harto del hedor de estos salvajes. —Se llevó la ancha manga a la nariz, tenía la costumbre de llevar en ella una almohadilla perfumada. No le debió de ser muy útil. Su túnica estaba asquerosa. Las sedas y lanas que había lucido en Pentos estaban sucias y podridas de sudor tras el duro viaje.
—En el Mercado Occidental habrá comida más adecuada a vuestros gustos, Alteza —dijo Ser Jorah Mormont—. Los comerciantes de las Ciudades Libres venden allí sus productos. Y el khal cumplirá lo que prometió cuando lo considere oportuno.
—Más le vale —replicó Viserys, sombrío—. Me prometió una corona, y la quiero. Nadie se burla del dragón. —Divisó una obscena estatua en forma de mujer con seis pechos y cabeza de hurón, y se acercó para observarla más de cerca. Dany se sintió aliviada, pero no por ello menos nerviosa.
—Rezo para que mi sol y estrellas no lo haga esperar demasiado —dijo a Ser Jorah en cuanto su hermano se hubo alejado.
—Vuestro hermano debió esperar en Pentos —dijo el caballero mientras lanzaba una mirada dubitativa en dirección a Viserys—. Un khalasar no es lugar para él. Illyrio ya se lo advirtió.
—Se irá en cuanto tenga a sus diez mil. Mi señor esposo le prometió una corona de oro.
—Sí, khaleesi, pero... —Ser Jorah se detuvo, titubeante—. Los dothrakis ven las cosas de manera diferente a nosotros, los occidentales. Yo se lo he dicho, Illyrio también se lo dijo, pero vuestro hermano no quiere escuchar. Los señores de los caballos no son comerciantes. Viserys cree que os ha vendido, y ahora quiere cobrar. Pero Khal Drogo cree que fuisteis un regalo. Por supuesto, hará otro regalo a Viserys para corresponder... pero cuando lo considere oportuno. No se exigen regalos a un khal. A un khal no se le exige nada.
—No está bien que lo haga esperar. —Dany no sabía por qué defendía a su hermano, pero lo estaba haciendo—. Viserys dice que, con diez mil aulladores dothrakis, podría barrer los Siete Reinos.
—Viserys no podría barrer un establo ni con diez mil escobas. —Ser Jorah dejó escapar un bufido.
—¿Y qué pasaría... qué pasaría si no fuera Viserys? —preguntó Dany, ni siquiera se molestó en fingir sorpresa ante el tono desdeñoso—. ¿Y si los guiara otra persona, alguien más fuerte? ¿Podrían los dothrakis conquistar los Siete Reinos?
Ser Jorah se quedó pensativo. Sus caballos siguieron avanzando por el camino de dioses.
—En mis primeros tiempos como exiliado —dijo al final—, yo también creía que los dothrakis eran un montón de bárbaros medio desnudos, tan salvajes como sus caballos. Si me lo hubierais preguntado entonces, princesa, os habría dicho que un millar de buenos caballeros acabarían sin problemas con cien mil dothrakis.
—¿Y si te lo pregunto ahora?
—Ahora —siguió el caballero—, ya no estoy tan seguro. Son mejores jinetes que ningún caballero, no conocen el miedo y sus arcos tienen más alcance que los nuestros. En los Siete Reinos los arqueros pelean a pie, desde detrás de una pared de escudos, o de una barricada, o de estacas afiladas. Los dothrakis disparan mientras cabalgan, a la carga o en retirada, eso no les importa, son mortíferos... y son muchos, mi señora. Sólo en el khalasar de vuestro señor esposo hay cuarenta mil guerreros con sus monturas.
—¿Tantos?
—En número son los mismos que llevó vuestro hermano Rhaegar al Tridente —reconoció Ser Jorah—, pero en su caso sólo la décima parte eran caballeros. El resto eran arqueros, mercenarios y soldados armados con estacas y lanzas. Cuando Rhaegar cayó, muchos tiraron las armas y huyeron del campo de batalla. ¿Cuánto tiempo creéis que habrían resistido contra el ataque de cuarenta mil guerreros aullantes, sedientos de sangre? ¿Cuánto habrían resistido las corazas de cuero y las cotas de mallas contra una lluvia de flechas?
—No mucho —asintió Dany—. Y no muy bien.
Él asintió.
—Perdonad que os lo diga, princesa, pero si los señores de los Siete Reinos tienen un atisbo de cerebro, las cosas nunca llegarían a ese punto. A los jinetes no les gustan los asedios. No creo que pudieran tomar ni el peor defendido de los castillos de los Siete Reinos. Pero si Robert Baratheon fuera tan idiota como para presentar batalla...
—¿Y lo es? —preguntó Dany—. Quiero decir, ¿es un idiota?
—Robert tiene alma de dothraki —dijo Ser Jorah por fin después de meditar unos momentos la respuesta—. Vuestro khal os diría que sólo un cobarde se esconde tras muros de piedra en vez de enfrentarse al enemigo con una espada en la mano. El Usurpador estaría de acuerdo. Es un hombre fuerte, valiente... y tan osado como para enfrentarse a una horda dothraki en el campo de batalla. Pero los hombres que lo rodean son de otra calaña. Su hermano Stannis, Lord Tywin Lannister, Eddard Stark... —Escupió al suelo tras pronunciar su nombre.
—Es mucho el odio que sientes contra ese tal Lord Stark —dijo Dany.
—Él me quitó todo lo que amaba, por culpa de unos piojosos cazadores furtivos y de su condenado honor —replicó con amargura. Dany advirtió en su tono de voz que la pérdida aún le dolía. El caballero cambió de tema con rapidez—. Mirad allí —señaló—. Vaes Dothrak. La ciudad de los señores de los caballos.
Khal Drogo y sus jinetes de sangre los precedieron por el inmenso bazar que era el Mercado Occidental, hacia las calles anchas que discurrían más adelante. Dany los seguía de cerca sobre la plata, sin dejar de observar todo lo extraño que la rodeaba. Vaes Dothrak era la ciudad más grande que había conocido, y también la más pequeña, todo al mismo tiempo. Calculó que tendría diez veces el tamaño de Pentos, era una inmensa extensión sin muros ni límites, con amplias calles azotadas por el viento, pavimentadas con barro y hierba, cubiertas por una alfombra de flores silvestres. En las Ciudades Libres del oeste se amontonaban los edificios, torres contra casas, cabañas contra puentes, tiendas contra pabellones. Pero Vaes Dothrak se extendía indolente bajo el sol abrasador, antigua, arrogante, vacía.
Hasta los edificios le resultaban extraños. Vio pabellones de piedra trabajada, casas de hierba trenzada grandes como castillos, raquíticas torres de madera, pirámides escalonadas con revestimientos de mármol, salones enormes sin tejado. Algunos palacios no tenían paredes, sino setos espinosos.
—No hay dos casas iguales —dijo.
—En eso a vuestro hermano no le faltaba razón —reconoció Ser Jorah—. Los dothrakis no construyen. Hace mil años, para hacer una casa se limitaban a excavar un agujero en el suelo y cubrirlo con un techo de paja trenzada. Los edificios que veis los erigieron esclavos capturados en las tierras que habían saqueado, y claro, los construyeron al estilo de sus respectivos pueblos. —Muchas edificaciones, incluso algunas de las más grandes, parecían desiertas.
—¿Dónde están los que viven ahí? —preguntó Dany. En el bazar había visto multitud de niños que correteaban y de hombres que pregonaban a voces sus mercancías, pero en el resto de la ciudad sólo había unos cuantos eunucos dedicados a sus asuntos.
—En la ciudad sagrada sólo residen de manera permanente las viejas brujas del dosh khaleen, junto con sus esclavos y sirvientes —respondió ser Jorah—, pero en Vaes Dothrak habría sitio para alojar a todos los hombres de todos los khalasars, por si los khals quisieran regresar a la vez a la Madre. Las viejas brujas han profetizado que eso sucederá algún día, así que Vaes Dothrak debe estar en condiciones de acoger a todos sus hijos.
Por fin, Khal Drogo dio orden de detener la marcha cerca del Mercado Oriental, el lugar donde comerciaban las caravanas procedentes de Yi Ti, Asshai y las Tierras Sombrías, al pie de la Madre de las Montañas. Dany sonrió al recordar a la joven esclava del magíster Illyrio y su charla incesante sobre un palacio con doscientas habitaciones y puertas de plata maciza. El «palacio» era una sala de banquetes inmensa, de madera, con paredes de troncos de doce metros de altura, y un techo de seda bordada que se podía alzar para protegerse de las escasas lluvias o quitar para que se viera el cielo infinito. En torno a la edificación había una extensión de hierba para los caballos vallada con setos altos, agujeros para las hogueras, y cientos de casas redondas de barro con techos de hierba que surgían del suelo como colinas en miniatura.
Un ejército de esclavos se había adelantado para prepararlo todo para la llegada de Khal Drogo. En cuanto los jinetes desmontaban, se quitaban los arakhs y los entregaban junto con el resto de armas que portaran a los esclavos. Ni siquiera Khal Drogo constituía una excepción. Ser Jorah había contado a Dany que estaba prohibido llevar armas en Vaes Dothrak, así como derramar la sangre de un hombre libre. Hasta los khalasars enfrentados en guerra dejaban a un lado sus disputas y compartían la carne y el aguamiel cuando se encontraban bajo la mirada de la Madre de las Montañas. En aquel lugar, las viejas brujas del dosh khaleen habían decretado que todos los dothrakis fueran una sola sangre, un solo khalasar, un solo pueblo.
Cohollo se acercó a Dany mientras Irri y Jhiqui la ayudaban a bajarse de la plata. De los tres jinetes de sangre de Drogo, era el de más edad. Se trataba de un hombre calvo y rechoncho, con la nariz ganchuda y los dientes rotos a causa del mazazo que había recibido hacía veinte años, al salvar al joven khalakka de unos mercenarios que querían capturarlo para venderlo a los enemigos de su padre. Su vida había quedado ligada a la de Drogo desde el día en que nació el señor esposo de Dany.
Todo khal tenía jinetes de sangre. Al principio Dany pensó que eran una especie de Guardia Real de los dothrakis, juramentados para proteger a su señor, pero eran mucho, mucho más. Jhiqui le había enseñado que un jinete de sangre no era un simple guardián. Eran los hermanos del khal, sus sombras, sus amigos más cercanos. Drogo los llamaba «sangre de mi sangre», y eso eran: compartían una vida. Las antiguas tradiciones de los señores de los caballos exigían que, si el khal moría, sus jinetes de sangre murieran con él, para cabalgar a su lado en las tierras de la noche. Si el khal moría a manos de algún enemigo, ellos vivían lo justo para vengarlo y luego lo seguían con alegría a la tumba. Siempre según Jhiqui, en algunos khalasars los jinetes de sangre compartían el vino del khal, su tienda, incluso sus esposas, aunque jamás sus caballos. El caballo de un hombre era sólo suyo.
Daenerys se alegraba de que Khal Drogo no siguiera las antiguas tradiciones. No le habría gustado que la compartieran. Y, aunque el viejo Cohollo la trataba con amabilidad, los demás le daban miedo. Haggo, que era enorme y silencioso, la miraba a menudo como si hubiera olvidado quién era. Y Qotho tenía ojos crueles y manos rápidas con las que le gustaba hacer daño. Siempre que tocaba a Doreah le dejaba magulladuras en la delicada piel blanca, y a veces hacía que Irri sollozara en medio de la noche. Hasta sus caballos le tenían miedo.
Pero estaban unidos a Drogo en la vida y en la muerte, así que a Dany no le quedaba más remedio que aceptarlos. Y a veces deseaba que a su padre lo hubieran protegido hombres como aquéllos. En las canciones, los caballeros blancos de la Guardia Real eran siempre nobles, valientes y leales, pero había sido uno de ellos el que asesinó al rey Aerys, el atractivo muchacho al que ahora llamaban Matarreyes; y otro Ser Barristan el Bravo, estaba al servicio del Usurpador. Quizá todos los hombres de los Siete Reinos fueran así de falsos. Cuando su hijo se sentara en el Trono de Hierro, ella se encargaría de que tuviera jinetes de sangre para protegerlo de los traidores de la Guardia Real.
Khaleesi —le dijo Cohollo en dothraki—, Drogo, que es la sangre de mi sangre, me envía a decirte que esta noche debe ascender a la Madre de las Montañas para hacer sacrificios a los dioses en gratitud por su regreso.
Dany sabía que sólo los hombres podían pisar la Madre. Los jinetes de sangre del khal irían con él y no regresarían hasta el amanecer.
—Dile a mi sol y estrellas que sueño con él, y espero ansiosa su retorno —respondió agradecida.
A medida que el bebé crecía dentro de ella Dany se cansaba cada vez con mayor facilidad, le sentaría bien una noche de descanso. El embarazo no había hecho más que inflamar la pasión de Drogo, y últimamente sus atenciones la dejaban exhausta.
Doreah la guió hacia la colina hueca que le habían habilitado para ella y para su khal. El interior era fresco y umbrío, como una tienda de tierra.
—Un baño, Jhiqui, por favor —ordenó.
Deseaba quitarse de la piel el polvo del viaje y poner en remojo los huesos agotados. La perspectiva de permanecer allí un tiempo y de que no tendría que subir a lomos de la plata a la mañana siguiente le resultaba agradable.
El agua estaba muy caliente, tal como a ella le gustaba.
—Esta noche le daré a mi hermano los regalos —decidió mientras Jhiqui le lavaba el pelo—. En la ciudad sagrada, debe parecer un rey. Doreah, corre a buscarlo e invítalo a cenar conmigo—Viserys era más amable con la chica lysena que con las criadas dothrakis, quizá porque el magíster Illyrio le había dejado que se la llevara a la cama en Pentos—. Irri, ve al bazar y compra fruta y carne. De la que sea, menos de caballo.
—Pues es la mejor —dijo Irri—. El caballo da fuerza a los hombres.
—Viserys detesta la carne de caballo.
—Como deseéis, khaleesi.
Volvió con una pata de cabra y una cesta de frutas y verduras. Jhiqui asó la carne con hierbadulce y chiles, bañándola con miel de cuando en cuando. Había comprado melones, granadas, ciruelas y algunas frutas orientales extrañas que Dany no conocía. Mientras las doncellas preparaban la comida, Dany sacó las ropas que habían mandado hacer a medida para su hermano: túnica y polainas de lino blanco, sandalias de cuero con cordones hasta la rodilla, cinturón adornado con medallones de bronce y chaleco de cuero con dibujos de dragones que lanzaban fuego por las fauces. Tenía la esperanza de que los dothrakis lo respetarían más si se quitaba de encima aquel aspecto de mendigo, y quizá él la perdonaría por haberlo avergonzado aquel día en la hierba. Al fin y al cabo seguía siendo su rey y su hermano. Los dos eran de la sangre del dragón.
Estaba disponiendo el último de los regalos, una capa de seda verde como la hierba con ribete gris que destacaría su cabello color plata, cuando llegó Viserys. Llevaba a rastras a Doreah, que tenía un ojo amoratado.
—¿Cómo te atreves a enviarme a esta puta para que me dé órdenes? —rugió al tiempo que lanzaba a la doncella contra la alfombra.
—Sólo quería... —Su rabia cogió a Dany por sorpresa—. Doreah, ¿qué le dijiste?
—Perdonadme, khaleesi, lo siento mucho. Fui a verlo, como me dijisteis, y le dije que habíais ordenado que cenara contigo.
—Nadie da órdenes al dragón —ladró Viserys—. ¡Soy tu rey! ¡Te tendría que haber enviado su cabeza!
La joven lysena dejó escapar un gemido, pero Dany la tranquilizó con una caricia.
—No tengas miedo, no te va a hacer daño. Por favor, hermano mío, perdónala, sólo ha cometido un error. Le dije que te pidiera que cenaras conmigo, si lo deseabas. —Lo cogió de la mano y lo llevó al otro extremo de la estancia—. Mira. Son para ti.
—¿Qué es eso? —Viserys frunció el ceño con desconfianza.
—Ropas nuevas. —Dany sonrió con timidez—. Las he mandado hacer para ti.
—Son harapos dothrakis —dijo su hermano mirándola despectivamente—. ¿Ahora pretendes vestirme?
—Por favor... son más frescos, y estarás más cómodo, y me pareció que... si vestías como los dothrakis... —Dany no sabía cómo expresarlo sin despertar al dragón.
—Y luego querrás que me haga trenzas en el pelo.
—No, yo no... —¿Por qué era siempre tan cruel? Sólo pretendía ayudarlo—. No tienes derecho a llevar trenzas, aún no has conseguido ninguna victoria.
Era justo lo que no debía decir. La ira relampagueó en los ojos liláceos de su hermano, pero no se atrevió a golpearla: las doncellas estaban delante, y los guerreros de su khas en el exterior. Cogió la capa y la olfateó.
—Huele a estiércol. Igual la utilizo como manta para mi caballo.
—Hice que Doreah la bordara especialmente para ti —dijo ella, dolida—. Son ropas dignas de un khal.
—Soy el Señor de los Siete Reinos, no un salvaje manchado de hierba con campanas en el pelo —le espetó Viserys. La agarró por el brazo—. Parece que lo has olvidado, zorra. ¿Te crees que esa barriga gorda que tienes te protegerá si despiertas al dragón?
Le hacía daño en el brazo con los dedos, y por un momento Dany sintió que el niño que llevaba en sus entrañas aullaba ante su ira. Extendió la otra mano y cogió lo primero que encontró, el cinturón que había querido regalarle, una pesada cadena de medallones de bronce. Lo blandió con todas sus fuerzas. Le acertó de lleno en la cara. Viserys la soltó. Le corría la sangre por la mejilla, uno de los medallones le había hecho un corte.
—Tú eres el que parece olvidar algo —le dijo—. ¿Es que no aprendiste nada aquel día, en la hierba? Márchate ahora mismo, o llamaré a mi khas para que te saque de aquí. Y reza para que Khal Drogo no se entere de esto, o te abrirá el vientre y te hará comer tus entrañas.
—Cuando tenga mi reino —contestó Viserys poniéndose en pie—, lamentarás lo que has hecho hoy, zorra. —Se marchó sin llevarse sus regalos, con la mano en la mejilla. La hermosa capa de seda estaba manchada de sangre. Dany se llevó a la cara el suave tejido y se sentó en las mantas con las piernas cruzadas.
—Ya tenéis la cena preparada, khaleesi —anunció Jhiqui.
—No tengo hambre —respondió Dany con tristeza. De pronto se sentía muy cansada—. Repartíos la comida entre vosotras, y llevadle un poco a Ser Jorah. —Hizo una pausa—. Por favor, tráeme uno de los huevos de dragón —añadió al final.
Irri cogió el huevo de la cáscara verde oscura. Las motas de bronce brillaron entre las escamas cuando le dio una vuelta entre las manos. Dany se tumbó de lado, se cubrió con la capa de seda y acunó el huevo en el hueco que quedaba entre su vientre hinchado y sus pechos pequeños y suaves. Le gustaba abrazar aquellos huevos. Eran muy hermosos, y a veces su simple proximidad la hacía sentir más fuerte, más valiente, como si pudiera absorber la energía de los dragones de piedra encerrados en su interior.
Estaba así tendida, abrazada al huevo, cuando sintió que el niño se movía en su interior... como si intentara llegar al huevo, a su hermano, a un ser de su sangre.
—Tú eres el dragón —le susurró Dany—. El verdadero dragón. Lo sé. Lo sé.
Sonrió y se quedó dormida soñando con su hogar.