DAENERYS
Estaba desayunando un cuenco de sopa fría de caqui y gambas cuando Irri apareció con una túnica qarthiana, una vaporosa prenda de seda marfileña con aljófares.
—Llévate eso —dijo Dany—. Los muelles no son lugar apropiado para ropas finas.
Los Hombres de Leche la consideraban una salvaje, de manera que como tal se vestiría para ellos. Cuando bajó a los establos vestía unos pantalones de seda basta descolorida y unas sandalias de hierba entretejida. Sus pechos menudos se movían con libertad bajo un chaleco pintado dothraki, y del cinturón de medallones le colgaba una daga curva. Jhiqui le trenzó el cabello al estilo dothraki, y del extremo de la trenza le colgó una campanilla de plata.
—No he conseguido ninguna victoria —dijo a su doncella al oír el suave tintineo de la campanilla.
—Quemasteis a los maegi en su casa de polvo y enviasteis sus almas al infierno.
«Esa victoria fue de Drogon, no mía», habría querido decir Dany, pero se contuvo. Los dothrakis la respetarían todavía más si se ponía unas cuantas campanas en el pelo. El tintineo se oyó cuando montó a lomos de su yegua plata y también con cada paso de su montura, pero ni Ser Jorah ni sus jinetes de sangre lo mencionaron. Eligió a Rakharo para cuidar de su gente y de sus dragones mientras estuviera ausente, y Jhogo y Aggo la acompañaron a los muelles.
Dejaron atrás los palacios de mármol y los jardines fragantes, y atravesaron una zona más pobre de la ciudad, donde las modestas casas de ladrillo mostraban a la calle sus paredes sin ventanas. Allí había menos caballos y camellos, y los palanquines escaseaban, pero en cambio abundaban los niños, los mendigos y los perros flacos de color arena. Los hombres de piel clara, vestidos con polvorientas faldas de lino, los miraban pasar desde los arcos de las puertas. «Saben quién soy, y no les gusto.» Dany lo supo por su forma de mirarla.
Ser Jorah habría preferido que fuera dentro de su palanquín, a salvo tras las cortinas de seda, pero ella se había negado. Ya había pasado demasiado tiempo reclinada entre cojines de seda, dejándose llevar de aquí para allá por los bueyes. Al menos, al cabalgar tenía la sensación de que se dirigía hacia alguna parte.
No era casualidad que hubiera elegido el puerto. Volvía a huir. Su vida entera no había sido más que una larga huida. Había empezado huyendo en el vientre de su madre, y desde entonces no había parado jamás. ¿Cuántas veces habían tenido que escapar Viserys y ella en medio de la noche, apenas un paso por delante de los asesinos a sueldo del Usurpador? Pero la huida era la única alternativa a la muerte. Xaro había descubierto que Pyat Pree estaba reuniendo a los brujos supervivientes para causar a Dany tanto mal como fuera posible. Al enterarse, ella se había echado a reír.
—¿No fuisteis vos quien me dijo que los brujos no eran más que soldados viejos que alardean de hazañas ya olvidadas y de proezas del pasado?
—Y así era entonces. —Xaro parecía preocupado—. Pero ahora ya no estoy tan seguro. Se dice que las velas de cristal vuelven a arder en la casa de Urrathon Nocturno, hacía cien años que no se veían. En el Jardín de Gehane crece hierba fantasma, se han visto espíritus de tortugas que llevan mensajes entre las casas sin ventanas del camino de los Brujos, y todas las ratas de la ciudad se están cortando las colas a mordiscos. La esposa de Mathos Mallarawan, que se burló una vez de la túnica apolillada de un brujo, ha enloquecido y se niega a llevar ropa. Incluso las sedas recién lavadas la hacen sentir como si un millar de insectos le corrieran sobre la piel. Y hasta el ciego Sybassion, el Comeojos, ha recuperado la vista, según dicen sus esclavos. Son demasiadas coincidencias. —Suspiró—. Corren tiempos extraños en Qarth. Y los tiempos extraños son malos para el comercio. Me duele decirlo, pero tal vez lo mejor sería que os marcharais de Qarth, y cuanto antes mejor. —Xaro le dio unas palmaditas tranquilizadoras en los dedos—. Pero no tenéis por qué marcharos sola. En el Palacio de Polvo tuvisteis visiones sombrías, pero Xaro ha soñado con otras mucho más luminosas. Os he visto feliz en la cama, con nuestro hijo mamando de vuestro pecho. ¡Surcad conmigo el mar de Jade, y lo haremos realidad! No es demasiado tarde. ¡Dadme un hijo, mi dulce cántico de alegría!
«Tú lo que quieres es que te dé un dragón.»
—No voy a casarme con vos, Xaro.
—En ese caso, marchaos —dijo el hombre con frialdad.
—¿Adónde?
—Adonde sea, pero lejos.
Sí, tal vez ya fuera hora. La gente de su khalasar había agradecido la oportunidad de recuperarse de las penurias padecidas en el desierto rojo, pero ya estaban descansados y con carne sobre los huesos, y empezaban a mostrarse rebeldes. Los dothrakis no estaban acostumbrados a quedarse mucho tiempo en el mismo sitio. Eran un pueblo guerrero, no sabían vivir en las ciudades. Tal vez se había demorado más de lo debido en Qarth, seducida por sus bellezas y comodidades. Empezaba a comprender que era una ciudad que siempre prometía más de lo que daba, y desde que la Casa de los Eternos se había derrumbado entre humo y llamas, sentía que ya no era bienvenida allí. De la noche a la mañana, los qarthianos habían recordado que los dragones eran peligrosos. Dejaron de competir entre ellos para llevarle regalos. Y de pronto la Hermandad de la Turmalina había pedido en público su expulsión, y el Antiguo Gremio de Especieros su muerte. Xaro había tenido que esforzarse al máximo para evitar que los Trece se unieran a ellos.
«Pero ¿adónde puedo ir?» Ser Jorah proponía que siguieran avanzando hacia el este, para alejarse de sus enemigos de los Siete Reinos. Sus jinetes de sangre habrían preferido regresar a su gran mar de hierba, aunque aquello implicara enfrentarse de nuevo al desierto rojo. La propia Dany había valorado la idea de asentarse en Vaes Tolorro hasta que sus dragones crecieran y se hicieran fuertes. Pero tenía el corazón lleno de dudas. Ninguna de las opciones le parecía perfecta... y aunque pudiera decidir hacia dónde debían ir, aún faltaba saber cómo irían.
Xaro Xhoan Daxos no la ayudaría, eso lo sabía demasiado bien. Pese a todas sus promesas de amor, actuaba en su propio beneficio, igual que Pyat Pree. La noche en que le pidió que se marchara, Dany le había rogado un último favor.
—Un ejército, ¿verdad? —preguntó Xaro—. ¿Un cubo de oro? ¿Tal vez un galeón?
—Un barco, sí. —Dany se sonrojó. Detestaba tener que suplicar.
—Soy un comerciante, khaleesi. —Los ojos de Xaro brillaron tanto como las joyas con que se adornaba la nariz—. Así que, en vez de hablar de dar, tendríamos que hablar de comerciar. A cambio de uno de vuestros dragones os daré los diez mejores barcos de mi flota. Sólo tenéis que pronunciar una palabra, una dulce palabra.
—No —dijo ella.
—Qué desgracia —sollozó Xaro—, no me refería a esa palabra.
—¿Pediríais a una madre que vendiera a uno de sus hijos?
—No veo por qué no. Siempre pueden tener más. Las madres venden a sus hijos constantemente.
—La Madre de Dragones no.
—¿Ni siquiera a cambio de veinte barcos?
—Ni siquiera a cambio de cien.
—No tengo cien barcos. —Las comisuras de la boca de Xaro se torcieron hacia abajo—. Pero vos tenéis tres dragones. Dadme uno como pago por todas mis atenciones. Seguiréis teniendo dos, y además treinta barcos.
Treinta barcos bastarían para llevar un pequeño ejército hasta las orillas de Poniente. «Pero no tengo un pequeño ejército.»
—¿Cuántos barcos poseéis, Xaro?
—Ochenta y tres, sin contar con mi barcaza de paseo.
—¿Y vuestros colegas de los Trece?
—Entre todos, tal vez un millar.
—¿Y los Especieros? ¿Y la Hermandad de la Turmalina?
—Sus flotas son insignificantes, no cuentan.
—Decídmelo de todos modos —pidió.
—Los Especieros, mil doscientos o mil trescientos. La Hermandad no tendrá más allá de ochocientos.
—¿Y los asshai'i, los braavosi, los hombres de las Islas del Verano, los ibbeneses y todos los demás pueblos que navegan por el gran mar de sal, cuántos barcos poseen? Entre todos.
—Muchos, sin duda —replicó irritado—. ¿Qué importa eso?
—Estoy tratando de poner precio a uno de los tres dragones vivos que hay en el mundo. —Dany le dedicó una dulce sonrisa—. Me parece que lo justo sería un tercio de todos los barcos del mundo.
—¿No os advertí que no entrarais en el Palacio de Polvo? —Las lágrimas corrieron por las mejillas de Xaro, a ambos lados de la nariz enjoyada—. Esto es lo que tanto temía. Los susurros de los brujos os han vuelto tan loca como la esposa de Mallarawan. ¿Un tercio de todos los barcos del mundo? Bah. Bah, bah y bah.
Desde entonces, Dany no había vuelto a verlo. Su senescal era el encargado de hacerle llegar los mensajes, cada uno más frío del anterior. Tenía que irse de su casa. Estaba cansado de alimentarla a ella y a los suyos. Le exigía que le devolviera los regalos, porque los había aceptado de mala fe. Su único consuelo es que había tenido el sentido común de no casarse con él.
«Los susurros de los brujos hablaron de tres traiciones: una por sangre, una por oro y una por amor.» La primera traición había sido sin duda la de Mirri Maz Duur, que había asesinado a Khal Drogo y a su hijo nonato para vengar a su pueblo. ¿Habían sido las de Pyat Pree y las de Xaro Xhoan Daxos la segunda y la tercera? Le parecía improbable. Pyat no había actuado para conseguir oro, y Xaro nunca la había amado de verdad.
Las calles estaban cada vez más desiertas mientras atravesaban un barrio destinado a sombríos almacenes de piedra. Aggo la precedía y Jhogo iba tras ella, con lo que Ser Jorah Mormont iba a su lado. La campanilla tintineaba suavemente, y Dany descubrió que una vez más sus pensamientos volvían al Palacio de Polvo, igual que la lengua vuelve al espacio que ha dejado un diente al caerse. «Hija de tres —la habían llamado—, hija de la muerte, exterminadora de mentiras, esposa del fuego.» El tres, siempre el tres. Tres fuegos, tres monturas, tres traiciones.
—El dragón tiene tres cabezas —suspiró—. ¿Sabéis qué significa eso, Jorah?
—¿Cómo decís, Alteza? El blasón de la Casa Targaryen es un dragón de tres cabezas, rojo sobre negro.
—Ya lo sé. Pero no hay dragones de tres cabezas.
—Las tres cabezas eran Aegon y sus hermanas.
—Visenya y Rhaenys —recordó—. Yo desciendo de Aegon y Rhaenys por vía de su hijo Aenys y su nieto Jaehaerys.
—Los labios azules sólo dicen mentiras, ¿no es eso lo que os dijo Xaro? ¿Por qué os preocupa lo que os susurraron los brujos? Lo único que querían era sorberos la vida, ya lo sabéis.
—Es posible —reconoció de mala gana—. Pero las cosas que vi...
—Un hombre muerto en la proa de un barco, una rosa azul, un banquete de sangre... ¿qué significa eso, khaleesi? Y un dragón de tela, según me contasteis. Por favor, decidme, ¿qué significa un dragón de tela?
—El dragón de una compañía de títeres —explicó Dany—. Los titiriteros los utilizan en sus espectáculos, para que los caballeros tengan algo contra lo que pelear. —Ser Jorah frunció el ceño. Dany se negaba a dejar el tema—. «Suya es la canción de hielo y fuego», me dijo mi hermano. Estoy segura de que fue mi hermano. Viserys no, Rhaegar. Tenía un arpa con las cuerdas de plata.
—Es cierto que el príncipe Rhaegar tenía un arpa así —reconoció Ser Jorah con el ceño tan fruncido que las cejas se le juntaron—. ¿Lo visteis?
Dany asintió.
—Había una mujer en una cama, amamantando a un bebé. Mi hermano dijo que era el príncipe que les había sido prometido, y le dijo que lo llamara Aegon.
—El príncipe Aegon era el heredero de Rhaegar, nacido de Elia de Dorne —dijo Ser Jorah—. Pero si él era el príncipe prometido, la promesa quedó rota junto con su cráneo cuando los Lannister le destrozaron la cabeza contra una pared.
—Lo recuerdo —dijo Dany con tristeza—. También asesinaron a la hija de Rhaegar, la princesita Rhaenys. Se llamaba igual que la hermana de Aegon. No había ninguna Visenya, pero dijo que el dragón tiene tres cabezas. ¿Qué es la canción de hielo y fuego?
—No la he oído nunca.
—Acudí a los brujos en busca de respuestas, y en vez de eso me dieron cien preguntas nuevas.
Ya volvía a haber gente en las calles.
—¡Abrid paso! —gritó Aggo.
—Ya me llega el olor, khaleesi —dijo Jhogo, olfateando el aire con desconfianza—. Es el agua envenenada.
Los dothrakis desconfiaban del mar y de todo lo que se moviera por él. No querían tener nada que ver con un agua que los caballos no bebían.
«Ya aprenderán —decidió Dany—. Yo me enfrenté a su mar con Khal Drogo. Ellos tendrán que enfrentarse al mío.»
Qarth era uno de los puertos más importantes del mundo, un auténtico espectáculo de colores, sonidos y olores extraños. En las calles había tabernas, almacenes y garitos, entremezclados con burdeles baratos y templos de dioses peculiares. Los rateros, asesinos, vendedores de hechizos y cambistas se mezclaban entre la multitud. Los muelles eran un gran mercado donde las compras y ventas tenían lugar día y noche, y se podían obtener mercancías por una fracción de su precio en un bazar, siempre y cuando no se indagara mucho sobre su procedencia. Ancianas encorvadas vendían aguas aromatizadas y leche de cabra, que llevaban en cántaros de cerámica cargados a los hombros y sujetos con cinchas. Marineros de cien naciones vagaban entre los tenderetes, bebían vinos especiados e intercambiaban chistes en idiomas extraños. El aire olía a sal, a pescado frito, a brea caliente, a miel, a incienso, a aceite y a esperma.
Aggo dio a un pilluelo una moneda de cobre a cambio de una brocheta de ratones asados con miel, y los fue mordisqueando mientras cabalgaba. Jhogo se compró un puñado de jugosas cerezas blancas. Por todas partes se vendían hermosas dagas de bronce, calamares secos, ónice tallado, un poderoso elixir mágico preparado con leche de virgen y color-del-ocaso, y hasta huevos de dragón cuyo aspecto recordaba demasiado al de rocas pintadas.
Al pasar junto a los largos atracaderos de piedra reservados para los barcos de los Trece vio cofres de azafrán, incienso y pimienta, que estaban descargando de la ornamentada nave de Xaro Beso bermellón. Al lado se amontonaban barriles de vino, balas de hojamarga y fardos de pieles a rayas, que estaban subiendo por la pasarela de la Novia de azul, que iba a partir con la marea vespertina. Un poco más allá se había congregado una multitud en torno a un galeón de los Especieros, el Rayo de sol, para pujar por los esclavos. Todo el mundo sabía que un esclavo salía mucho más barato si se compraba directamente del barco, y los estandartes que ondeaban sobre sus palos proclamaban que el Rayo de sol acababa de llegar de Astapor, en la Bahía de los Esclavos.
Dany no conseguiría ayuda de los Trece, de la Hermandad de Turmalina ni del Antiguo Gremio de Especieros. Recorrió con su plata muchos kilómetros de muelles, dársenas y almacenes, hasta llegar al final del puerto en forma de herradura, donde se permitía atracar a los barcos procedentes de las Islas del Verano, Poniente y las Nueve Ciudades Libres.
Desmontó junto a un reñidero donde un basilisco estaba despedazando a un perro rojo de gran tamaño, en medio del griterío de los marineros que lo rodeaban.
—Aggo, Jhogo, vigilad los caballos mientras Ser Jorah y yo hablamos con los capitanes.
—Como ordenes, khaleesi. Montaremos guardia mientras estáis ausentes.
Mientras se acercaba a la primera nave, Dany pensó que era agradable volver a oír a los hombres hablando en valyrio una vez más, e incluso en la lengua común. Marineros, estibadores y mercaderes le abrían paso, sin saber qué pensar de aquella jovencita esbelta con el cabello como oro blanco, que vestía al estilo dothraki y caminaba escoltada por un caballero. Pese a lo caluroso del día, Ser Jorah lucía su jubón de lana verde sobre la cota de malla, con el oso negro de los Mormont bordado en el pecho.
Pero ni la belleza de Dany ni la fuerza del caballero les iban a servir de nada con los hombres cuyos barcos tanto necesitaban.
—¿Así que necesitáis pasaje para un centenar de dothrakis, sus caballos, vos misma, este caballero y tres dragones? —dijo el capitán de la gran coca Amigo ardoroso antes de alejarse entre carcajadas.
Cuando le dijo al lysenio que comandaba la Trompetera que ella era Daenerys de la Tormenta, reina de los Siete Reinos, el hombre hizo una mueca.
—Sí, y yo soy Tywin Lannister, y todas las noches cago oro —replicó.
El contramaestre de la galera de Myr Espíritu de seda señaló que los dragones eran demasiado peligrosos en el mar, donde cualquier llamita podía incendiar los aparejos. En cambio, el propietario de la Barriga de Lord Faro se habría arriesgado a transportar dragones, pero no dothrakis.
—No pienso llevar en mi Barriga a esos salvajes sin dios, ni pensarlo.
Los dos hermanos que capitaneaban las naves gemelas Mercurio y Galgo se mostraron comprensivos y los invitaron a subir para tomar un vaso de vino del Rejo. Fueron tan corteses que Dany se atrevió a albergar esperanzas, pero resultó que el precio que pedían estaba muy por encima de sus posibilidades, tal vez incluso por encima de las de Xaro. La Petto Pellizcos y la Ojos negros eran demasiado pequeñas, la Bravo tenía que partir hacia el mar de Jade, y la Magíster Emallo no parecía capaz de mantenerse a flote.
Mientras se dirigían hacia el siguiente atracadero, Ser Jorah le puso una mano en la base de la espalda.
—Alteza, os están siguiendo. No, no os volváis. —La guió con gentileza hacia el tenderete de un vendedor de objetos de bronce—. Mirad qué hermoso trabajo, mi reina —proclamó en voz alta al tiempo que levantaba una gran bandeja y se la mostraba—. ¿Veis cómo brilla al sol?
El bronce estaba tan pulido que Dany podía ver su rostro reflejado en él... y cuando Ser Jorah lo colocó en el ángulo adecuado, vio también qué había tras ella.
—Hay un hombre gordo de piel oscura y otro de más edad con un cayado. ¿Cuál de los dos?
—Ambos —respondió Ser Jorah—. Nos han estado siguiendo desde que salimos de la Mercurio.
Las ondulaciones del bronce distorsionaban las figuras de los desconocidos, con lo que uno parecía muy alto y enjuto, y el otro espantosamente bajo y gordo.
—Un bronce de primera calidad, gran señora —exclamó el comerciante—. ¡Reluce como el sol! Y por ser para la Madre de Dragones, sólo os costará treinta honores.
La bandeja no valía más de tres.
—¿Dónde están mis guardias? —exclamó Dany—. ¡Este hombre está intentando robarme! —Bajó la voz para hablar con Jorah en la lengua común—. Puede que no tengan malas intenciones. Los hombres han mirado a las mujeres desde el principio de los tiempos, tal vez no sea más que eso.
—¿Treinta? —dijo el vendedor de bronce haciendo caso omiso de sus susurros—. ¿He dicho treinta? Tonto de mí. El precio es de veinte honores.
—Todos los objetos que tienes en este tenderete no valen juntos veinte honores —le replicó Dany mientras examinaba la imagen reflejada.
El anciano tenía aspecto de ser de Poniente, y el de piel oscura debía de pesar más de ciento treinta kilos. «El Usurpador ofreció un título de señor al hombre que me matara, y estos dos están muy lejos de sus hogares. ¿O serán tal vez enviados de los brujos, que intentan cogerme desprevenida?»
—Diez, khaleesi, y sólo porque sois así de hermosa. Utilizadlo como espejo, sólo un bronce de tanta calidad como éste puede reflejar vuestra belleza.
—Más bien me serviría como orinal para las noches. Si lo tiráis tal vez lo recoja, mientras no tenga que agacharme para ello. Pero ni en sueños pagaría por esto. —Dany le volvió a poner la bandeja en las manos—. Si pensáis que pagaré, es que los gusanos se os han metido por la nariz y os han devorado el cerebro.
—Ocho honores —gritó—. Mis esposas me darán una paliza y me llamarán idiota, pero en vuestras manos no soy más que un niño indefenso. Vamos, ocho, es menos de lo que vale.
—¿Para qué quiero yo una bandeja de bronce, cuando Xaro Xhoan Daxos me da de comer en platos de oro?
Se dio la vuelta como si fuera a alejarse, y aprovechó para lanzar una mirada de hurtadillas a los desconocidos. El hombre de piel oscura era casi tan grueso como había parecido en la bandeja, tenía la cabeza calva y brillante, y las mejillas pulidas de los eunucos. Se ceñía el amplio vientre con una tira de seda amarilla manchada de sudor, de la que le colgaba un largo arakh curvo. Por encima de la seda iba desnudo, a excepción de un chaleco con tachonaduras de hierro que de tan pequeño resultaba absurdo. Los antebrazos, gruesos como troncos de árbol, el pecho ancho y el vientre redondo aparecían cubiertos de cicatrices antiguas, muy blancas en comparación con la piel oscura como una avellana.
El otro hombre vestía una capa de viajero de lana sin teñir, con la capucha echada hacia atrás. Tenía una cabellera larga y blanca que le caía sobre los hombros, y una barba sedosa, blanca también, que le cubría la mitad inferior del rostro. Se apoyaba en un cayado de madera dura casi tan alto como él.
«Si quisieran hacerme algún daño, tendrían que ser muy idiotas para vigilarme de manera tan abierta.» De todos modos, lo más prudente sería regresar adonde estaban Jhogo y Aggo.
—El anciano no lleva espada —dijo a Jorah en la lengua común, mientras se alejaba con él.
—Cinco honores —insistió el vendedor corriendo tras ellos—, por cinco honores es todo vuestro, fue hecho para vos.
—Un cayado de madera dura puede romper un cráneo tan bien como cualquier maza —replicó Ser Jorah.
—¡Cuatro! ¡Sé que lo estáis deseando! —No paraba de saltar ante ellos, retrocediendo, sin dejar de ponerles la bandeja ante los rostros.
—¿Todavía nos siguen?
—Levanta eso un poco más —dijo el caballero al vendedor—. Sí. El anciano finge que está examinando las mercancías que hay en un tenderete de vasijas, pero el de piel oscura no os quita la vista de encima.
—¡Dos honores! ¡Dos! ¡Dos! —El vendedor sudaba copiosamente por el esfuerzo de correr de espaldas.
—Pagadle antes de que se nos muera aquí mismo —dijo Dany a Ser Jorah, mientras se preguntaba qué iba a hacer con una bandeja de bronce tan grande.
Mientras el caballero buscaba las monedas, ella se dio media vuelta. Estaba decidida a poner fin a aquella farsa. La sangre del dragón no permitiría que un anciano y un eunuco gordo la siguieran por todo el bazar.
Un qarthiano se cruzó en su camino.
—Madre de Dragones, esto es para vos. —Se arrodilló y le puso ante el rostro un cofrecito enjoyado.
Dany lo cogió casi por puro reflejo. El cofre era de madera tallada, con la tapa de madreperla e incrustaciones de jaspe y calcedonia.
—Sois muy generoso. —Lo abrió. Dentro había un brillante escarabajo verde de ónice y esmeraldas.
«Es muy bonito —pensó—. Servirá para ayudarnos a pagar el pasaje.»
—Lo siento mucho —dijo el hombre cuando la vio meter la mano en el cofre, pero ella apenas lo oyó.
El escarabajo se desenroscó con un siseo. Por un instante Dany pudo ver una cara negra, malévola, casi humana, y una cola arqueada de la que goteaba veneno... y en aquel momento el cofre salió volando de su mano en pedazos. Un dolor repentino le atenazó los dedos. Lanzó un grito y se agarró la mano, mientras el vendedor de objetos de bronce empezaba a chillar, después gritó una mujer, y pronto todos los qarthianos estaban gritando y empujándose. Ser Jorah pasó junto a ella, y Dany cayó con una rodilla en tierra. Volvió a oír el siseo. El anciano golpeó el suelo con el extremo de su cayado, Aggo llegó al galope por en medio de un tenderete donde se vendían huevos y saltó de la silla, el látigo de Jhogo restalló en el aire, Ser Jorah golpeó al eunuco en la cabeza con la bandeja de bronce, marineros, prostitutas y mercaderes corrían o gritaban, o hacían ambas cosas...
—Mil perdones, Alteza. —El anciano se arrodilló—. Ya está muerta. ¿Os he roto la mano?
—Me parece que no. —Dany abrió y cerró los dedos, con una mueca.
—Tenía que quitároslo de la mano —empezó a explicar.
Pero en aquel momento sus jinetes de sangre cayeron sobre él. Aggo le arrebató el cayado de una patada, y Jhogo lo agarró por los hombros, lo tiró al suelo y le puso la daga en la garganta.
—Hemos visto cómo te golpeaba, khaleesi. ¿Quieres ver tú el color de su sangre?
—Soltadlo. —Dany se puso en pie—. Mira el extremo de su cayado, sangre de mi sangre. —El eunuco había conseguido derribar a Ser Jorah. Se interpuso entre ellos justo en el momento en que el arakh y la espada larga salían centelleantes de sus vainas—. ¡Guardad los aceros! ¡Basta!
—¿Qué decís, Alteza? —Mormont bajó la espada sólo unas pulgadas—. Estos hombres os estaban atacando.
—Me estaban defendiendo. —Dany sacudió la mano, le hormigueaban los dedos—. El que me atacó fue el otro, el qarthiano. —Miró a su alrededor, pero ya había desaparecido—. Era un Hombre Pesaroso, en ese cofre enjoyado que me dio había una manticora. Este hombre me la quitó de la mano. —El vendedor de bronce seguía rodando por el suelo. Dany se dirigió hacia él y lo ayudó a ponerse en pie—. ¿Os ha picado?
—No, buena señora —dijo, tembloroso—. Si me hubiera picado ya estaría muerto. Pero me rozó, agh, cuando salió volando de la caja me cayó en el brazo.
Se había ensuciado los calzones, y no era de extrañar. Le dio una moneda de plata a modo de compensación, y se despidió de él antes de volverse hacia el anciano de la barba blanca.
—¿A quién debo mi vida?
—No me debéis nada, Alteza. Me llaman Arstan, aunque durante el viaje que nos ha traído aquí, Belwas ha empezado a llamarme Barbablanca.
Aunque Jhogo lo había soltado, el anciano seguía con una rodilla en tierra. Aggo cogió el cayado, le dio la vuelta, masculló una maldición en dothraki, raspó los restos de la manticora contra una piedra y se lo devolvió.
—¿Y quién es Belwas? —preguntó ella.
—Yo soy Belwas. —El corpulento eunuco de piel morena se adelantó al tiempo que envainaba el arakh—. Belwas el Fuerte me llaman en los reñideros de Meereen. No he sido derrotado jamás. —Se dio una palmada en la barriga cubierta de cicatrices—. Dejo que todos los hombres me hieran una vez antes de matarlos. Contad las heridas y sabréis a cuántos ha matado Belwas el Fuerte.
—¿Y qué haces aquí, Belwas el Fuerte? —A Dany no le hizo falta contar las cicatrices, a simple vista se veía que eran muchas.
—De Meereen me vendieron a Qohor y de allí a Pentos, al hombre gordo del pelo con hedor dulce. Él fue el que envió a Belwas el Fuerte a cruzar el mar, con el viejo Barbablanca para servirlo.
«El hombre gordo del pelo con hedor dulce...»
—¿Illyrio? —preguntó—. ¿Os envía el magíster Illyrio?
—Así es, Alteza —respondió el anciano Barbablanca—. El magíster os ruega que lo perdonéis por enviarnos a nosotros en su lugar, pero ya no puede montar a caballo como cuando era joven, y los viajes por mar le alteran la digestión. —Antes había hablado en el valyrio de las Ciudades Libres, pero en aquel momento cambió a la lengua común—. Sentimos haberos alarmado. Para ser sinceros, no estábamos seguros, pensábamos que tendríais un aspecto más... más...
—¿Regio? —Dany se echó a reír. No llevaba ninguno de sus dragones, y su atuendo no era precisamente el propio de una reina—. Habláis bien la lengua común, Arstan. ¿Sois de Poniente?
—Así es. Nací en las Marcas de Dorne, Alteza. De niño serví como escudero para un caballero de la Casa de Lord Swann. —Sostenía el cayado muy recto junto a él, como si fuera una pica a la que le faltara un estandarte—. Ahora soy el escudero de Belwas.
—¿No sois un poco viejo para eso? —preguntó Ser Jorah, que se había abierto paso para situarse junto a Dany. Sujetaba con incomodidad la bandeja de bronce bajo el brazo. La cabeza de Belwas era muy dura, y la había abollado curvándola.
—No soy tan viejo como para no poder servir a mi señor, Lord Mormont.
—¿También me conocéis a mí?
—Os vi luchar en un par de ocasiones. En Lannisport estuvisteis a punto de desmontar al Matarreyes. Y también en Pyke. ¿No lo recordáis, Lord Mormont?
—Vuestro rostro me resulta familiar —contestó Ser Jorah frunciendo el ceño—, pero en Lannisport había cientos de hombres; y en Pyke, miles. Y no me llaméis lord, no tengo título de señor. La Isla del Oso me fue arrebatada. No soy más que un caballero...
—Un caballero de mi Guardia de la Reina. —Dany lo cogió del brazo—. Mi amigo leal y mi buen consejero. —Estudió el rostro de Arstan. Percibió en él una gran dignidad, una especie de fuerza tranquila que le gustó—. Levantaos, Arstan Barbablanca. Sed bienvenido, Belwas el Fuerte. A Ser Jorah ya lo conocéis. Ko Aggo y Ko Jhogo son mis jinetes de sangre. Cruzaron conmigo el desierto rojo, y vieron nacer a mis dragones.
—Chicos de los caballos. —Belwas mostró los dientes en una sonrisa—. Belwas ha matado muchos chicos de caballos en los reñideros. Caen tintineando cuando mueren.
—Nunca he matado a un moreno gordo —intervino Aggo echando mano del arakh—. Belwas será el primero.
—Envaina tu acero, sangre de mi sangre —dijo Dany—. Este hombre ha venido a servirme. Belwas, tendréis que mostrar respeto a mi pueblo, o dejaréis de estar a mi servicio antes de lo que os gustaría y con más cicatrices que al empezar.
La sonrisa mellada desapareció del rostro ancho del gigante, para dejar paso a una mueca ceñuda y confusa. No había muchos hombres que se atrevieran a amenazar a Belwas, y menos aún niñas que no abultaban ni la tercera parte que él. Dany le dirigió una sonrisa para suavizar la reprimenda.
—Bien, decidme, ¿qué quiere de mí el magíster Illyrio, para haceros venir desde Pentos?
—Quiere dragones —dijo Belwas en tono hosco—, y a la chica que los hace. Os quiere a vos.
—Belwas dice la verdad, Alteza —dijo Arstan—. Se nos ha pedido que os busquemos y os llevemos de vuelta a Pentos. Los Siete Reinos os necesitan. Robert el Usurpador ha muerto, y el reino se desangra. Cuando zarpamos de Pentos había cuatro reyes, y a ninguno se le podía pedir justicia.
El corazón de Dany se llenó de alegría, pero consiguió que no se le reflejara en el rostro.
—Tengo tres dragones —dijo—, y un khalasar de más de cien personas, con todas sus posesiones y caballos.
—No importa —tronó Belwas—. Los llevamos a todos. El hombre gordo alquila tres barcos para su reinecita de pelo de plata.
—Así es, Alteza —asintió Arstan Barbablanca—. La gran coca Saduleon está atracada al final del muelle, y las galeras Sol del verano y Travesura de Joso os esperan ancladas más allá de la escollera.
«Tres cabezas tiene el dragón», pensó Dany.
—Diré a mi pueblo que se disponga para partir de inmediato. Pero los barcos que me lleven a casa deberán tener otros nombres.
—Será como digáis —dijo Arstan—. ¿Qué nombres preferís?
—Vhagar —respondió Daenerys—, Meraxes y Balerion. Pintad los nombres en los cascos, con letras doradas de un metro de alto, Arstan. Quiero que todos los que las vean sepan que los dragones han regresado.
ARYA
Habían bañado las cabezas en brea para ralentizar la putrefacción. Todas las mañanas, cuando iba al pozo a sacar agua fresca para la palangana de Roose Bolton, Arya tenía que pasar por debajo de ellas. Miraban hacia fuera, de manera que no les veía los rostros, pero le gustaba imaginar que una era la de Joffrey. Trató de imaginar cómo quedaría el bonito rostro de Joffrey una vez sumergido en brea.
«Si yo fuera un cuervo, bajaría volando y le arrancaría a picotazos esos labios gordos de idiota.»
A las cabezas no les faltaban admiradores. Los grajos carroñeros trazaban círculos sobre la torre de entrada entre graznidos roncos, se disputaban los ojos en las murallas, lanzándose picotazos unos a otros, y levantaban el vuelo cuando un centinela se acercaba por las almenas. En ocasiones los cuervos del maestre tomaban parte en el festín y bajaban de las pajareras batiendo las grandes alas negras. Cuando los cuervos se acercaban, los grajos se dispersaban, pero regresaban en cuanto los pájaros más grandes se iban.
«¿Se acordarán los cuervos del maestre Tothmure? —se preguntó Arya—. ¿Les dará pena que ya no esté? Cuando lo llaman con sus graznidos, ¿se preguntarán por qué no les responde?» Tal vez los muertos podían hablar con ellos, en un lenguaje secreto que los vivos no oían.
Tothmure fue condenado al hacha por enviar pájaros a Roca Casterly y a Desembarco del Rey la noche de la caída de Harrenhal, Lucan el armero por hacer armas para los Lannister, el ama Harra por decir a los criados de Lady Whent que les sirvieran, y el mayordomo por entregar a Lord Tywin las llaves de la cripta del tesoro. Al cocinero lo perdonaron (según algunos porque había preparado la sopa de comadreja), pero para la hermosa Pia y las otras mujeres que habían concedido sus favores a los soldados Lannister, se preparó una superficie de madera con unos tablones en el patio. Desnudas y rapadas, quedaron en medio junto al foso del oso, para que las usara todo hombre que quisiera.
Tres soldados de los Frey las estaban usando aquella mañana, cuando Arya se dirigía hacia el pozo. Trató de no mirar, pero no pudo evitar oír las risas de los hombres. Una vez lleno, el cubo pesaba mucho. Se estaba dando la vuelta para volver a la Torre de la Pira Real cuando el ama Amabel la agarró por un brazo. La sacudida hizo que parte del agua le salpicara las piernas.
—Lo has hecho adrede —chilló.
—¿Qué quieres? —Arya se retorció para intentar liberarse de su presa. Desde que le habían cortado la cabeza a Harra, Amabel estaba medio enloquecida.
—¿Ves eso? —Señaló hacia donde estaba Pia—. Cuando caiga este norteño, tú estarás en su lugar.
—Suéltame. —Se retorció de nuevo, pero Amabel apretó más los dedos.
—Él también caerá. Harrenhal acaba por hacerlos caer a todos. Lord Tywin ha ganado ya, pronto volverá con todo su poder, y entonces castigará a los que han sido desleales. ¡Y no creas que no se va a enterar de qué has hecho! —La vieja soltó una risotada—. Hasta yo cogeré turno contigo. Harra tenía una escoba vieja, te la estoy guardando. El palo está lleno de astillas...
Arya balanceó el cubo. El peso del agua hizo que se volcara, con lo que no dio a Amabel en la cabeza, como había sido su intención; de todos modos, al verse empapada, la mujer la soltó.
—¡No vuelvas a tocarme! —gritó Arya—. Te mato, ¡si me vuelves a tocar te mato!
—Te crees que con ese hombrecito sangrando encima de las tetas estás a salvo —dijo Amabel, empapada, clavándole un dedo flaco en el hombre desollado de la pechera de la túnica de Arya—. ¡Pues no! ¡Los Lannister vienen hacia aquí! Ya verás qué pasa cuando lleguen.
Tres cuartas partes del agua se habían derramado, de manera que Arya tuvo que volver al pozo.
«Si le digo a Lord Bolton qué me ha dicho, su cabeza estará ahí arriba, al lado de la de Harra, antes de que anochezca», pensó mientras volvía a subir el cubo. Pero no se lo diría.
En cierta ocasión, cuando sólo había la mitad de cabezas, Gendry había sorprendido a Arya contemplándolas.
—¿Qué, admirando tu obra? —le preguntó.
Estaba enfadado porque le caía bien Lucan, Arya lo sabía muy bien, aun así aquello no era justo.
—Es obra de Walton Patas de Acero —dijo a la defensiva—. Y de los Titiriteros y de Lord Bolton.
—¿Y quién nos ha puesto en sus manos? Tú y tu sopa de comadreja.
—Sólo era caldo caliente. —Arya le pegó un puñetazo en el brazo—. Además, tú también odiabas a Ser Amory.
—A éstos los odio más. Ser Amory luchaba por su señor, pero los Titiriteros son mercenarios y renegados. La mitad ni siquiera habla la lengua común. Al septon Utt le gustan los niños pequeños, Qyburn practica la magia negra, y tu amigo Mordedor se come a la gente.
Lo peor era que ni siquiera podía decirle que era mentira. La Compañía Audaz se encargaba de casi todo el forrajeo necesario para Harrenhal, y Roose Bolton le había encomendado la misión de acabar con los leales a los Lannister. Vargo Hoat la había dividido en cuatro grupos para visitar tantas aldeas como fuera posible. Él iba al mando del más numeroso, y encomendó los otros a sus mejores capitanes. Lo único que tenía que hacer era regresar a los lugares donde había estado antes bajo el estandarte de Lord Tywin y apoderarse de los que lo habían ayudado entonces. A muchos los habían comprado con plata Lannister, de modo que no era inusual que los Titiriteros regresaran con sacas de monedas, además de con cestas de cabezas.
—¡Un acertijo! —gritaba Shagwell alegremente—. Si la cabra de Lord Bolton se come a los hombres que alimentaron a la cabra de Lord Lannister, ¿cuántas cabras hay?
—Una —respondió Arya cuando se lo preguntó a ella.
—¡Mira qué tenemos aquí, una comadreja lista como una cabra! —dijo el bufón con una risita ahogada.
Rorge y Mordedor eran tan malos como el resto. Siempre que Lord Bolton comía con la guarnición, Arya los veía con los demás. Mordedor despedía un hedor terrible, a queso podrido, de manera que los de la Compañía Audaz lo obligaban a sentarse al final de la mesa, donde podía gruñir y sisear, y despedazar la carne con los dedos y los dientes. Siempre que Arya pasaba junto a él la olisqueaba, pero el que de verdad la hacía estremecerse era Rorge. Se sentaba cerca de Ursywck el Fiel, pero la niña sentía los ojos clavados en ella siempre que estaba allí, dedicada a sus tareas.
En ocasiones deseaba haberse marchado al otro lado del mar Angosto con Jaqen H'ghar. Aún conservaba aquella moneda de mierda que le había dado, un trozo de hierro pequeño, con todo el borde oxidado. En una cara había algo escrito, unas palabras raras que Arya no entendía. En el otro se veía la cabeza de un hombre, pero tan desgastada que no se distinguían los rasgos. «Dijo que tenía un gran valor, pero seguro que también eso era mentira, igual que su nombre y hasta su cara.» Aquello la enfureció tanto que tiró la moneda, pero una hora más tarde se arrepintió y fue a buscarla, aunque sabía que no valía nada.
Iba pensando en la moneda mientras cruzaba el Patio de la Piedra Fundida, luchando con el peso del agua en el cubo, cuando oyó una voz que la llamaba.
—¡Nan! ¡Deja ese cubo y ven a ayudarme!
Elmar Frey tenía su misma edad, y además era bajito. Había estado haciendo rodar un barril de arena por el suelo desigual del patio, y tenía el rostro congestionado por el esfuerzo. Arya fue a ayudarlo. Juntos empujaron el barril hasta el muro, luego de vuelta, y lo levantaron. La arena susurró al moverse por el interior mientras Elmar abría la tapa y sacaba una cota de malla.
—¿Te parece que ya está limpia? —Como escudero de Roose Bolton, su misión era tener su armadura siempre brillante.
—Tienes que sacudir la arena. Aún quedan manchas de óxido, ¿ves? —señaló—. Tendrás que hacerlo otra vez.
—Encárgate tú. —Elmar se mostraba muy simpático siempre que necesitaba ayuda, pero luego se acordaba de que era un escudero, mientras que ella no era más que una sirvienta. Le encantaba alardear de que era hijo del señor del Cruce, no un sobrino, un nieto ni un bastardo, sino un hijo legítimo, y que por eso se iba a casar con una princesa.
—Tengo que llevarle a mi señor agua para la palangana. —A Arya le importaba un rábano su princesa, y no le gustaba que le diera órdenes—. Está en su habitación, con las sanguijuelas puestas. No son las sanguijuelas normales, las negras, son esas blancas tan grandes.
Elmar tenía los ojos como platos. Las sanguijuelas le daban pavor, sobre todo las blancas, las que parecían gelatina hasta que se llenaban de sangre.
—Se me olvidaba, eres demasiado flaca para empujar un barril tan pesado.
—Y a mí se me olvidaba que tú eres idiota. —Arya volvió a coger el cubo—. ¿Por qué no te pones sanguijuelas tú también? En el Cuello hay unas que son tan grandes como cerdos. —Se dio media vuelta y lo dejó allí con el barril.
Cuando entró en el dormitorio del señor, había mucha gente. Allí estaban Qyburn y el severo Walton con cota de malla y canilleras, y también una docena de hombres de la familia Frey, todos hermanos, hermanastros y primos. Roose Bolton yacía en la cama, desnudo, con sanguijuelas en la cara interior de los brazos y los muslos, y por encima del pecho blancuzco; eran bichos alargados, translúcidos, que se iban tiñendo de un rosa brillante a medida que se alimentaban. Bolton les prestaba tan poca atención como a Arya.
—No podemos permitir que Lord Tywin nos atrape en Harrenhal —decía Ser Aenys Frey mientras Arya llenaba la palangana. Era un gigantón canoso, cargado de espaldas, con manos grandes y nudosas, que había llevado a Harrenhal desde el sur más de mil quinientas espadas de los Frey, pero a menudo parecía incapaz de hacerse obedecer por sus hermanos—. El castillo es tan grande que para defenderlo hace falta un ejército, y una vez rodeados no tendremos con qué alimentar a un ejército. Tampoco es posible acopiar provisiones suficientes. Los alrededores están arrasados, los lobos se pasean por los pueblos y toda la cosecha ha ardido o la han robado. Sólo tenemos lo que traen los forrajeadores, y si los Lannister les impiden salir antes de que cambie la luna estaremos comiendo ratas y suelas de calzado.
—No tengo la menor intención de permitir un asedio. —Roose Bolton hablaba tan bajo que sus hombres tenían que hacer un esfuerzo para oírlo, de modo que las habitaciones donde estaba parecían siempre silenciosas.
—Entonces, ¿qué? —preguntó Ser Jared Frey, delgado, calvo, con la cara picada de viruelas—. ¿Acaso Edmure Tully está tan ebrio de victoria que cree que puede enfrentarse a Lord Tywin en combate abierto?
«Pues si lo hace lo ganará —pensó Arya—. Lo ganará igual que en el Forca Roja, ya veréis.» Nadie se fijaba en ella, de modo que se quedó de pie junto a Qyburn.
—Lord Tywin está a muchas leguas de aquí —respondió Bolton con tranquilidad—. Aún le quedan muchos asuntos por zanjar en Desembarco del Rey. Tardará un tiempo en avanzar contra Harrenhal.
Ser Aenys sacudió la cabeza con terquedad.
—No conocéis a los Lannister tan bien como nosotros, mi señor. El rey Stannis también creía que Lord Tywin estaba a mil leguas, y eso fue su ruina.
El hombre de piel blanca de la cama esbozó una leve sonrisa mientras las sanguijuelas se alimentaban de su sangre.
—Yo no voy a consentir que me arruinen.
—Aunque Aguasdulces tomara posiciones con todo su poder y el Joven Lobo regresara victorioso del oeste, ¿qué esperanza tenemos de igualar en número al ejército que Lord Tywin puede enviar contra nosotros? Cuando venga, traerá unas fuerzas muy superiores a las que tenía en el Forca Verde. ¡Os recuerdo que Altojardín se ha unido a la causa de Joffrey!
—No lo había olvidado.
—Ya he sido prisionero de Lord Tywin en una ocasión —intervino Ser Hosteen, un hombre fornido de rostro cuadrado que, según se decía, era el más fuerte de todos los Frey—. No tengo el menor deseo de disfrutar de nuevo de la hospitalidad de los Lannister.
Ser Harys Haigh, que también era un Frey por parte de madre, asintió convencido.
—Si Lord Tywin consiguió derrotar a un hombre curtido como Stannis Baratheon, ¿qué le hará a nuestro joven rey? —Miró a sus hermanos y primos en busca de apoyo, y varios de ellos asintieron.
—Alguien tiene que atreverse a decirlo —siguió Ser Hosteen—. Hemos perdido la guerra. Hay que hacérselo entender.
—Su Alteza ha derrotado a los Lannister siempre que se ha enfrentado a ellos en combate —dijo Roose Bolton clavando los ojos claros en él.
—Ha perdido el norte —insistió Hosteen Frey—. ¡Ha perdido Invernalia! Sus hermanos han muerto...
Durante un instante Arya se olvidó de respirar. «¿Muertos? ¿Bran y Rickon? ¿Están muertos? ¿Qué quiere decir? ¿Cómo que ha perdido Invernalia? Es imposible, Joffrey jamás podría apoderarse de Invernalia, jamás, Robb no se lo permitiría.» Entonces se acordó de que Robb no estaba en Invernalia. Estaba lejos, en el oeste, y Bran estaba tullido y Rickon no tenía más que cuatro años. Necesitó de todas sus fuerzas para permanecer quieta y en silencio, tal como le había enseñado Syrio Forel, para seguir allí como si no fuera más que otro mueble. Notó que se le llenaban los ojos de lágrimas, y las contuvo a pura fuerza de voluntad. «No es verdad, no puede ser verdad, seguro que es una mentira de los Lannister.»
—Si hubiera ganado Stannis, las cosas serían muy diferentes —dijo con tristeza Ronel Ríos, uno de los bastardos de Lord Walder.
—Stannis perdió —replicó Ser Hosteen en tono brusco—. Lo que ha sucedido, ha sucedido, así están las cosas. El rey Robb tiene que firmar la paz con los Lannister. Por mucho que le moleste, debe renunciar a la corona y doblar la rodilla.
—¿Y quién se lo va a decir? —Roose Bolton sonrió—. Es maravilloso contar con tantos hermanos valientes en estos tiempos que corren. Pensaré en lo que me habéis dicho.
Su sonrisa era una despedida. Los Frey musitaron las frases de rigor y se marcharon, con lo que en la estancia quedaron sólo Qyburn, Walton Patas de Acero y Arya. Lord Bolton le hizo una señal para que se acercara.
—Ya he sangrado suficiente, Nan, quítame las sanguijuelas.
—Como digáis, mi señor. —Era mejor que Roose Bolton no tuviera que pedir las cosas dos veces. Arya habría dado cualquier cosa por preguntarle qué había querido decir Ser Hosteen con lo de Invernalia, pero no se atrevía.
«Le preguntaré a Elmar —pensó—. Elmar me lo contará todo.» Las sanguijuelas se retorcían perezosas entre sus dedos a medida que, con sumo cuidado, las iba despegando del cuerpo del señor. Los cuerpos blanquecinos estaban húmedos, hinchados de sangre. «No son más que sanguijuelas —se recordó a sí misma—. Si aprieto el puño, las aplasto.»
—Ha llegado una carta de vuestra señora esposa. —Qyburn se sacó de la manga un pergamino enrollado. Aunque llevaba la túnica propia de un maestre, no lucía la cadena al cuello; se rumoreaba que la había perdido por meterse en asuntos de necromancia.
—Podéis leérmela —dijo Bolton.
Lady Walda escribía desde Los Gemelos casi a diario, pero todas las cartas eran iguales.
—Rezo por ti día y noche, mi dulce señor —leyó—, y cuento los días que faltan hasta que volváis a compartir mi lecho. Vuelve pronto conmigo, y te daré muchos hijos legítimos que ocuparán el lugar de tu amado Domeric en Fuerte Terror.
Arya se imaginó a un bebé regordete y rosado en una cuna, cubierto de sanguijuelas regordetas y rosadas. Tendió a Lord Bolton un paño húmedo para que se limpiara aquella piel sin vello.
—Yo también voy a enviar una carta —dijo al otrora maestre.
—¿A Lady Walda?
—A Ser Helman Tallhart.
Hacía dos días había llegado un jinete de Ser Helman. Los hombres de Tallhart habían tomado el castillo de los Darry, aceptando la rendición de la guarnición Lannister tras un corto asedio.
—Dile que pase por la espada a los prisioneros y prenda fuego al castillo, por orden del rey. Luego, deberá unir sus fuerzas a las de Robett Glover y avanzar hacia el este para atacar Valle Oscuro. Son tierras ricas, y la guerra apenas las ha tocado. Ya va siendo hora de que la prueben. Glover ha perdido un castillo, y Tallhart un hijo. Dejemos que se venguen en Valle Oscuro.
—Prepararé el mensaje para que le pongáis el sello, mi señor.
Arya se alegró al enterarse de que iban a quemar el castillo de los Darry. Allí la habían llevado cuando la cogieron después de su pelea con Joffrey, y allí fue donde la reina había obligado a su padre a matar a la loba de Sansa. «Que lo quemen, se lo tiene bien merecido.» Pero también habría deseado que Robett Glover y Ser Helman Tallhart regresaran a Harrenhal; habían partido demasiado pronto, antes de que tuviera tiempo de decidir si podía confiarles su secreto.
—Hoy voy a salir de caza —anunció Roose Bolton mientras Qyburn lo ayudaba a ponerse un jubón guateado.
—¿Creéis que es seguro, mi señor? —preguntó Qyburn—. Hace sólo tres días que unos lobos atacaron a los hombres del septon Utt. Se metieron en su campamento, a menos de cinco metros de la hoguera, y mataron a dos caballos.
—Precisamente lo que pienso cazar son lobos. Aúllan tanto por las noches que casi no me dejan dormir. —Bolton se abrochó el cinturón y se colocó bien la espada y la daga—. Se dice que, en el pasado, los lobos huargos rondaban por el norte en manadas de más de cien animales, y no temían a los hombres ni a los mamuts. Pero eso fue hace mucho, y en otras tierras. Es extraño que los lobos comunes del sur se hayan vuelto tan atrevidos.
—En tiempos terribles como éstos surgen seres terribles, mi señor.
—¿Estos tiempos os parecen terribles, maestre? —Bolton mostró los dientes en un gesto que tal vez fuera una sonrisa.
—El verano ha terminado, y hay cuatro reyes en el reino.
—Puede que un rey sea terrible, pero... ¿cuatro? —Se encogió de hombros—. Nan, mi capa de pieles. —Ella se la llevó—. Cuando vuelva quiero encontrarme las habitaciones limpias y ordenadas —dijo mientras ella se la abrochaba—. Y encárgate de la carta de Lady Walda.
—Como ordenéis, mi señor.
El señor y el maestre salieron de la habitación sin molestarse siquiera en mirarla. Una vez se hubieron marchado, Arya cogió la carta y se la llevó a la chimenea, donde movió los leños con un atizador para avivar las llamas. Observó cómo el pergamino se retorcía, se ennegrecía y empezaba a arder.
«Si los Lannister les han hecho daño a Bran y a Rickon, Robb los matará a todos. No doblará la rodilla nunca, nunca, nunca. No les tiene miedo.»
Las cenizas rizadas flotaron chimenea arriba. Arya se acuclilló junto al fuego y las observó ascender a través de un velo de lágrimas ardientes. «Si es verdad que Invernalia ya no existe, ¿dónde está ahora mi hogar? ¿Sigo siendo Arya, o sólo Nan, la sirvienta, para siempre jamás?»
Las siguientes horas las dedicó a arreglar las habitaciones del señor. Barrió los juncos viejos que cubrían el suelo y echó otros frescos, de olor dulce; añadió troncos a la chimenea, cambió las sábanas y ahuecó el colchón de plumas, vació los orinales por el foso de la letrina y los limpió, llevó la ropa sucia a las lavanderas y subió de la cocina un cuenco de crujientes peras de otoño. Cuando terminó con el dormitorio, bajó medio tramo de escaleras para hacer lo mismo en la sala, una estancia sobria y llena de corrientes, tan grande como los salones de más de un castillo pequeño. Las velas estaban reducidas a cabos, de manera que Arya las cambió. Bajo las ventanas había una gran mesa de roble donde el señor escribía las cartas. Amontonó los libros, cambió las velas y ordenó las plumas, los tinteros y la cera para los sellos.
Sobre los papeles había una piel de cordero grande y gastada. Arya empezó a enrollarla, pero los colores le llamaron la atención: el azul de ríos y lagos, los puntos rojos donde había castillos y ciudades, el verde de los bosques... Así que la desenrolló del todo. Las tierras del Tridente, rezaba la ornamentada inscripción de la base del mapa. En el dibujo aparecía todo lo que había desde el Cuello hasta el río Aguasnegras.
«Aquí está Harrenhal, encima del lago grande —comprendió—, pero ¿dónde está Aguasdulces? —Entonces lo vio—. No está muy lejos...»
Cuando terminó, la tarde era todavía joven, de manera que Arya se dirigió hacia el bosque de dioses. Como copera de Lord Bolton, sus tareas eran más livianas de lo que lo habían sido a las órdenes de Weese o incluso de Ojorrojo, aunque también la obligaban a vestir como un paje y a lavarse más de lo que hubiera querido. La partida de caza tardaría varias horas en volver, así que aún le quedaba tiempo para su trabajo de aguja.
Lanzó mandobles y estocadas contra hojas de abedul hasta que la punta astillada de la escoba rota estuvo verde y pegajosa.
—Ser Gregor —jadeó—. Dunsen, Polliver, Raff el Dulce. —Giró, saltó y se mantuvo en equilibrio sobre la parte anterior de la planta del pie, mientras lanzaba estocadas a diestro y siniestro, y derribaba al vuelo las piñas que caían—. Cosquillas —iba recitando con cada golpe—. El Perro. Ser Ilyn, Ser Meryn, la reina Cersei. —El tronco de un roble se alzaba imponente ante ella, y lanzó una estocada directa—. Joffrey, Joffrey, Joffrey —rugió. La luz del sol proyectaba las sombras de las hojas sobre sus brazos y piernas. Cuando se detuvo, tenía la piel cubierta por una película de sudor. Se había despellejado el talón del pie derecho y lo tenía ensangrentado, de manera que tuvo que ir a la pata coja cuando se situó ante el árbol corazón y alzó su espada en gesto de saludo—. Valar morghulis —dijo a los antiguos dioses del norte.
Le gustaba cómo sonaba cuando lo decía en voz alta.
Al cruzar el patio en dirección a la casa de baños, Arya divisó un cuervo que descendía hacia las pajareras volando en círculos, y se preguntó de dónde vendría y qué mensaje traería.
«Puede que sea de Robb, y que diga que lo de Bran y Rickon no era verdad. —Se mordió un labio, esperanzada—. Si yo tuviera alas podría volar hasta Invernalia y así lo vería. Y si fuera verdad me iría volando lejos, más allá de la luna y de las estrellas, y vería todas las cosas de los cuentos de la Vieja Tata, los dragones y los monstruos marinos y el Titán de Braavos, y a lo mejor no volvía nunca, a no ser que me apeteciera.»
La partida de caza regresó casi al anochecer con nueve lobos muertos. Siete eran adultos, bestias de gran tamaño y pelaje entre castaño y gris, con colmillos largos y amarillentos que se veían en las fauces entreabiertas. Pero los otros dos no eran más que cachorros. Lord Bolton dio orden de que le hicieran una manta con las pieles.
—Los pequeños aún tienen la piel blanda, mi señor —le señaló uno de sus hombres—. Haceos un buen par de guantes calientes.
—Como nos recuerdan siempre los Stark, se acerca el invierno. —Bolton alzó la vista hacia los estandartes que ondeaban sobre las torres de la entrada—. Me parece bien. —En aquel momento vio a Arya, y la llamó—. Nan, quiero una jarra de vino caliente especiado, he cogido frío en los bosques. Asegúrate de que no me llegue frío. Esta noche prefiero cenar solo. Pan de cebada, mantequilla y jabalí.
—Enseguida, mi señor. —Aquélla era siempre la mejor respuesta.
Cuando entró en la cocina, Pastel Caliente estaba preparando tortas de avena. Otros tres cocineros limpiaban pescado, mientras un pinche hacía girar sobre las llamas un espetón con un jabalí.
—Mi señor quiere la cena, con vino caliente especiado para pasarla —anunció Arya—, y que no le llegue frío.
Uno de los cocineros se lavó las manos, sacó una olla y la llenó de vino tinto, espeso y dulce. Le dijo a Pastel Caliente que fuera machacando las especias mientras el vino se calentaba. Arya intentó ayudarlo.
—Ya lo hago yo solo —replicó el muchacho hoscamente—. No hace falta que me enseñes a preparar vino especiado.
«Él también me odia, o me tiene miedo.» Retrocedió, más triste que enfadada. Cuando la comida estuvo lista, los cocineros la cubrieron con una tapa de plata, y envolvieron la jarra en un paño grueso para mantenerla caliente. Afuera ya estaba oscureciendo. En las murallas, los cuervos rondaban en torno a las cabezas como cortesanos en torno a un rey. Ante la puerta de la Pira Real había un guardia.
—Eso que llevas no será sopa de comadreja, ¿eh? —bromeó.
Al entrar vio a Roose Bolton sentado junto a la chimenea, leyendo un libro grueso encuadernado en piel.
—Enciende las velas —le ordenó mientras pasaba una página—. Esto está cada vez más oscuro.
Le dejó la comida a su lado, e hizo lo que le ordenaba, con lo que la estancia pronto estuvo llena de una luz trémula y aroma a clavo. Bolton pasó unas cuantas páginas más con el dedo, cerró el libro y, con mucho cuidado, lo depositó en el fuego. Las llamas que lo consumieron se reflejaban en sus ojos claros. La piel vieja y reseca se prendió de inmediato, y las páginas amarillentas se movían al arder, como si un fantasma las estuviera leyendo.
—Por esta noche ya no te voy a necesitar —dijo sin mirarla siquiera.
Tendría que haberse marchado silenciosa como un ratón, pero no pudo contenerse.
—Mi señor, cuando os marchéis de Harrenhal —dijo—, ¿me llevaréis con vos?
Se volvió para mirarla, con una expresión en los ojos como si la bandeja de la cena le hubiera hablado de repente.
—¿Te he dado permiso para hacerme preguntas, Nan?
—No, mi señor. —Bajó los ojos.
—Entonces no tendrías que haberme hablado, ¿verdad?
—No. Mi señor.
Por lo visto aquella situación divertía a Roose Bolton.
—Te voy a responder, sólo por esta vez. Cuando vuelva al norte tengo intención de dejar Harrenhal en manos de Lord Vargo. Tú te quedarás aquí, con él.
—Pero si yo... —empezó.
—No tengo por costumbre permitir que los criados cuestionen mis decisiones, Nan —la interrumpió—. ¿Qué quieres, que te haga arrancar la lengua?
—No, mi señor. —Arya sabía que era capaz de hacerlo, con tanta tranquilidad como otro espantaría a un perro.
—Entonces, ¿esto no se va a repetir?
—No, mi señor.
—De acuerdo, márchate. Por esta vez me olvidaré de tu insolencia.
Arya se marchó, pero no a la cama. Cuando salió a la oscuridad del patio, el guardia de la puerta la saludó con un gesto de la cabeza.
—Se aproxima una tormenta —dijo—. ¿No lo hueles en el aire?
El viento soplaba con fuerza, las llamas de las antorchas que brillaban en la cima de las murallas tras las hileras de cabezas formaban remolinos. De camino hacia el bosque de dioses pasó junto a la Torre Aullante, donde había vivido atemorizada por Weese. Desde la caída de Harrenhal, los Frey se la habían adjudicado. A través de una ventana le llegó el ruido de voces furiosas, varios hombres hablaban y discutían al mismo tiempo. Elmar estaba sentado en los escalones de la entrada, a solas.
—¿Qué pasa? —le preguntó Arya al ver que tenía las mejillas llenas de lágrimas.
—Mi princesa —sollozó—. Aenys dice que estamos deshonrados. Ha llegado un pájaro de Los Gemelos. Mi padre dice que me tendré que casar con otra, o meterme a septon.
«No hay por qué llorar por una princesa, qué tontería», pensó Arya.
—Puede que mis hermanos estén muertos —le confió.
—¿Y a quién le importan los hermanos de una criada? —le espetó Elmar lanzándole una mirada despectiva.
—Ojalá se muera tu princesa —dijo, controlándose para no darle un puñetazo, y echó a correr antes de que pudiera agarrarla.
En el bosque de dioses, recogió su escoba de donde la había dejado y fue con ella hasta el árbol corazón. Allí se arrodilló. Las hojas rojas crujían. Los ojos rojos escudriñaron en su interior. «Los ojos de los dioses.»
—Dioses, decidme qué tengo que hacer —rezó.
Durante un largo instante no se oyó más sonido que el del viento, el agua y el crujir de las ramas y las hojas. Y entonces, lejos, muy lejos, más allá del bosque de dioses, de las torres hechizadas y de las inmensas murallas de piedra de Harrenhal, en algún lugar del mundo exterior, sonó el aullido largo y solitario de un lobo. A Arya se le puso la carne de gallina, y se sintió momentáneamente mareada. Y entonces, muy tenue, le pareció oír la voz de su padre.
—Cuando cae la nieve y sopla el viento blanco, el lobo solitario muere pero la manada sobrevive —dijo.
—Pero es que ya no hay manada —susurró al arciano. Bran y Rickon estaban muertos, los Lannister tenían a Sansa y Jon se había ido al Muro—. Yo ni siquiera soy yo, ahora soy Nan.
—Eres Arya de Invernalia, hija del norte. Me dijiste que podías ser fuerte. Por tus venas corre la sangre del lobo.
—La sangre del lobo. —Arya lo recordó—. Puedo ser tan fuerte como Robb. Lo dije y lo haré.
Respiró hondo, cogió el palo de escoba con ambas manos, lo rompió contra la rodilla con un sonoro crujido y tiró a un lado los fragmentos.
«Soy una loba huargo, se acabó lo de tener dientes de madera.»
Aquella noche se tendió en su estrecho catre de paja que hacía que le picara la piel, y mientras aguardaba a que saliera la luna escuchó las voces de los vivos y los susurros y discusiones de los muertos. Eran los únicos en los que confiaba a aquellas alturas. Oía el sonido de su propia respiración, y también los aullidos de los lobos, que ya eran una gran manada.
«Están más cerca que el que oí en el bosque de dioses —pensó—. Me llaman.»
Por fin, salió de debajo de la manta, se puso una túnica a toda prisa, y bajó silenciosa por las escaleras, con los pies descalzos. Roose Bolton era un hombre precavido, y la entrada a la Pira Real estaba vigilada día y noche, de manera que tuvo que escabullirse por el ventanuco estrecho de un sótano. El patio estaba en silencio, el gran castillo envuelto en sueños hechizados. Arriba, el viento que cruzaba por la Torre Aullante entonaba un cántico fúnebre.
En la herrería, los fuegos estaban extinguidos y las puertas, cerradas y atrancadas. Se coló por una ventana, como ya había hecho una vez. Gendry compartía un colchón con otros dos aprendices de herreros. Arya se quedó un rato acuclillada en el altillo hasta que se le acostumbraron los ojos a la oscuridad, sólo entonces pudo estar segura de que Gendry era el que estaba en un extremo. Le puso una mano sobre la boca y le dio un pellizco. El muchacho abrió los ojos. No debía de tener el sueño muy profundo.
—Por favor —susurró Arya. Le quitó la mano de la boca e hizo una señal.
Durante un momento pareció que no la había entendido, pero luego salió de debajo de las mantas. Desnudo, cruzó la habitación de puntillas, se puso una túnica suelta de tejido basto, y salió tras ella por la ventana. El resto de los durmientes ni se movió.
—¿Qué quieres esta vez? —preguntó Gendry en un susurro con tono enfadado.
—Una espada.
—Pulgarnegro las tiene bajo llave, te lo he dicho cien veces. ¿Es para Lord Sanguijuela?
—Es para mí. Rompe la cerradura con tu martillo.
—Sí, para que me rompan a mí la mano —gruñó—. O algo peor.
—Si escapas conmigo, no.
—Si te escapas, te atraparán y te matarán.
—Lo tuyo va a ser peor. Lord Bolton va a entregar Harrenhal a los Titiriteros Sangrientos, me lo ha dicho.
—Y a mí ¿qué? —Gendry se apartó de los ojos un mechón de pelo negro.
—Cuando Vargo Hoat sea el señor, va a cortar los pies a todos los sirvientes para que ninguno escape. —Arya lo miraba a los ojos, sin miedo—. Y a los herreros también.
—Eso no son más que cuentos —replicó despectivamente.
—No, es cierto. Se lo he oído decir a Lord Vargo —mintió—. Le va a cortar un pie a todo el mundo. El izquierdo. Ve a la cocina y despierta a Pastel Caliente, hará lo que le digas. Vamos a necesitar pan, o tortas, o algo. Tú consigue espadas, de los caballos me encargo yo. Nos reuniremos al lado de la poterna de la muralla este, detrás de la Torre de los Fantasmas. Por allí no va nadie nunca.
—Conozco esa puerta. Está vigilada, igual que todas las demás.
—¿Y qué? Tú no te olvides de las espadas.
—No he dicho que vaya a ir.
—No. Pero si vienes, no te olvides de las espadas.
—Bueno —dijo al final el chico con el ceño fruncido—. Supongo que no las olvidaré.
Arya volvió a entrar en la Pira Real por el mismo camino por donde había salido, y subió por la escalera de caracol sin dejar de escuchar por si oía pisadas. Una vez en su celda se desnudó y volvió a vestirse con mucho cuidado, con dos capas de ropa interior, medias abrigadas y su túnica más limpia. Era el uniforme que llevaba el servicio de Lord Bolton, con su emblema bordado en el pecho, el hombre desollado. Se ató los zapatos, se echó una capa de lana sobre los flacos hombros y se la anudó al cuello. Silenciosa como una sombra, inició de nuevo el descenso. Junto a la puerta de la sala de su señor, se detuvo a escuchar, y al no oír más que silencio la abrió con cautela.
El mapa de piel de cordero estaba encima de la mesa, al lado de los restos de la cena de Lord Bolton. Lo enrolló bien y se lo puso bajo el cinturón. También había dejado la daga sobre la mesa, y se apoderó de ella por si Gendry se acobardaba.
Cuando entró en los oscuros establos, un caballo relinchó suavemente. Los mozos de cuadras estaban todos dormidos. Dio una patadita a uno, que se sentó, adormilado.
—¿Eh? ¿Qué pasa?
—Lord Bolton necesita tres caballos, ensillados y con bridas.
—¿Cómo? —El chico se puso en pie y se sacudió la paja del pelo—. ¿A estas horas? ¿Tres caballos? —Parpadeó al ver el emblema bordado en su túnica—. ¿Para qué quiere caballos si está todo oscuro?
—Lord Bolton no tiene por costumbre permitir que los criados cuestionen sus decisiones. —Se cruzó de brazos. El mozo de cuadras seguía mirando el hombre desollado. Sabía qué significaba.
—¿Y quiere tres?
—Uno, dos, tres. Caballos de caza. Rápidos y de paso seguro.
Arya lo ayudó con las sillas y las riendas para que no tuviera que despertar a ninguno de los otros. Le habría gustado pensar que no lo iban a castigar, pero sabía que probablemente sí.
Lo peor fue cruzar el castillo con los caballos. Siempre que podía se mantenía a la sombra del muro exterior, de manera que los centinelas que hacían las rondas por las murallas tuvieran que mirar casi en vertical para verla. «¿Y qué pasa si me ven? Soy la copera de mi señor.» Era una noche otoñal fría y húmeda. Las nubes que llegaban del oeste ocultaban las estrellas, y la Torre Aullante sollozaba quejumbrosa con cada ráfaga de viento. «Huele a lluvia.» Arya no habría sabido decir si eso sería bueno o malo para su huida.
Nadie la vio, y ella tampoco vio a nadie, aparte de un gato gris y blanco que caminaba por la cima del muro del bosque de dioses. Se detuvo y bufó a Arya, con lo que despertó recuerdos de la Fortaleza Roja, de su padre y de Syrio Forel.
—Si quisiera podría atraparte —dijo en voz baja—, pero me tengo que ir, gato.
El gato bufó de nuevo y se marchó corriendo.
La Torre de los Fantasmas era la más ruinosa de los cinco inmensos torreones de Harrenhal. Se alzaba oscura y desolada contra los restos de un sept derrumbado, donde desde hacía más de trescientos años no rezaban más que las ratas. Allí fue donde esperó por si acudían Gendry y Pastel Caliente. La espera se le hizo eterna. Los caballos mordisqueaban las hierbas que crecían entre las piedras caídas, mientras las nubes engullían las últimas estrellas. Solamente para tener las manos ocupadas en algo, Arya sacó la daga y la afiló, con pasadas largas y suaves, tal como la había enseñado Syrio. Aquel sonido la tranquilizaba.
Los oyó acercarse mucho antes de verlos. Pastel Caliente respiraba jadeante, y en un momento dado tropezó en la oscuridad, se arañó la espinilla y soltó un taco tan alto como para despertar a medio Harrenhal. Gendry era más silencioso, pero las espadas que llevaba tintineaban cuando se movía.
—Estoy aquí. —Se levantó—. Id en silencio, que os van a oír.
Los muchachos se dirigieron hacia ella por encima de las piedras caídas. Advirtió que Gendry llevaba bajo la capa una cota de malla bien engrasada, y el martillo de herrero colgado a la espalda. El rostro redondo de Pastel Caliente la miró desde debajo de la capucha. Llevaba un saco de pan en la mano derecha, y un gran queso bajo el brazo izquierdo.
—En esa poterna hay un guardia —dijo Gendry en voz baja—. Ya te lo dije.
—Quedaos con los caballos —dijo Arya—. Voy a librarme de él. Cuando os llame, venid enseguida.
Gendry asintió.
—Cuando quieras que vayamos, ulula como un búho.
—No soy un búho —replicó Arya—. Soy un lobo. Aullaré.
Avanzó ella sola por la sombra de la Torre de los Fantasmas. Caminaba deprisa para que no la alcanzara su miedo, y sentía como si a su lado caminara Syrio Forel, y Yoren, y Jaqen H'ghar, y Jon Nieve. No había cogido la espada que le había llevado Gendry, aún no era el momento. Para aquello, la daga era mucho mejor. Era un arma buena, muy afilada. Aquella poterna era la más pequeña de las puertas de Harrenhal, estrecha, de roble grueso, tachonada con clavos de hierro, situada en un ángulo de la muralla bajo una torre defensiva. Sólo la vigilaba un hombre, pero ella sabía que arriba habría centinelas, y también patrullas en los muros. Pasara lo que pasara debía ser silenciosa como una sombra. «No puedo dejar que dé la alarma.» Habían empezado a caer unas gotas dispersas de lluvia. Notó que una le caía en la frente y se le deslizaba poco a poco por la nariz.
No hizo el menor esfuerzo por ocultarse, sino que se acercó al guardia abiertamente, como si el propio Lord Bolton la hubiera enviado. El hombre la miró acercarse con curiosidad, ¿qué llevaría allí a un paje a aquellas horas de la noche? Cuando estuvo más cerca, Arya vio que era un norteño, muy alto y delgado, arrebujado en una desastrada capa de pieles. Mala cosa. Habría podido engañar a un Frey o a uno de la Compañía Audaz, pero los hombres de Fuerte Terror habían servido a Roose Bolton toda la vida, y lo conocían mejor que ella.
«Si le digo que soy Arya Stark y le ordeno que se aparte...» No, no se atrevería. Era un norteño, pero no era de Invernalia, era leal a Roose Bolton.
Al llegar junto a él se echó la capa hacia atrás para que viera el hombre desollado que llevaba en el pecho.
—Me envía Lord Bolton.
—¿A estas horas? ¿Para qué?
Vio el brillo del acero debajo de las pieles. No sabía si tendría fuerza suficiente para clavar la daga a través de una cota de malla.
«En la garganta, tiene que ser en la garganta, pero es muy alto, no llego.» Por un momento no supo qué decir. Por un momento volvía a ser una niñita asustada, y la lluvia que le caía por el rostro tenía sabor a lágrimas.
—Me ha dicho que entregue a cada uno de sus guardias una moneda de plata como premio por sus servicios. —Las palabras le habían nacido de la nada.
—De plata, ¿eh? —No la creía, pero quería creerla; al fin y al cabo, la plata era plata—. Venga, dámela.
Se metió la mano bajo la túnica y sacó la moneda que le había dado Jaqen. En la oscuridad, el hierro podría pasar por plata deslustrada. Se la tendió... y dejó que se le cayera de entre los dedos.
El guardia masculló una maldición, y se arrodilló para buscar la moneda en el barro, con lo que su cuello quedó justo ante ella. Arya sacó la daga y le cortó la garganta, suave como la seda de verano. La sangre del hombre le cubrió las manos como un manantial caliente. Trató de gritar, pero también tenía la boca llena de sangre.
—Valar morghulis —susurró mientras moría.
Cuando quedó inmóvil, Arya recogió la moneda. Más allá de las murallas de Harrenhal, un lobo empezó a aullar, cada vez más fuerte. Arya levantó la tranca, la apartó y empujó la puerta para abrirla. Cuando Pastel Caliente y Gendry llegaron con los caballos la lluvia era ya torrencial.
—¡Lo has matado! —se atragantó Pastel Caliente.
—¿Y qué pensabas que iba a hacer?
Tenía los dedos pegajosos de sangre, y el olor ponía nerviosa a su yegua. «No importa —pensó al tiempo que montaba—. La lluvia me limpiará.»
SANSA
El salón del trono era un mar de joyas, pieles y tejidos de colores brillantes. Las damas y los señores se aglomeraban en el fondo de la estancia, de pie bajo los altos ventanales, y se empujaban como pescaderas en un muelle.
Los cortesanos de Joffrey rivalizaban entre ellos aquel día. Jalabhar Xho vestía de plumas de los pies a la cabeza, con un traje tan fantástico y extravagante que parecía que iba a levantar el vuelo de un momento a otro. La corona de cristal del Septon Supremo irradiaba rayos de todos los colores del arco iris cada vez que movía la cabeza. En la mesa del Consejo, la reina Cersei estaba deslumbrante con una túnica de hilo de oro y terciopelo color vino, mientras que Varys, a su lado, se movía con afectación vestido de brocado color lila. El Chico Luna y Ser Dontos llevaban trajes de bufón nuevos, limpios como una mañana de primavera. Hasta Lady Tanda y sus hijas estaban hermosas, con túnicas iguales de seda turquesa y armiño, y Lord Gyles, al toser, se llevaba a la boca un cuadrado de seda escarlata ribeteado en encaje dorado. Por encima de todos ellos estaba el rey Joffrey, sentado entre las púas y filos del Trono de Hierro. Vestía ropas de brocado escarlata, con un manto negro tachonado de rubíes y la pesada corona de oro en la cabeza.
Sansa tuvo que abrirse paso entre la multitud de caballeros, escuderos y ciudadanos adinerados para llegar a la parte delantera de la galería justo en el momento en que el clamor de las trompetas anunciaba la entrada de Lord Tywin Lannister.
Recorrió toda la sala a lomos de su corcel de batalla y desmontó ante el Trono de Hierro. Sansa jamás había visto una armadura semejante, toda de acero rojo bruñido, con incrustaciones de oro en forma de volutas. Los ristres tenían forma de soles, los ojos del león rugiente que le coronaba el casco eran rubíes, y en cada hombro un broche en forma de leona sujetaba una capa de hilo de oro tan larga y pesada que cubría los cuartos traseros de su montura. Hasta la armadura del caballo estaba chapada en oro, con petral de brillante seda escarlata en la que se veía el león de los Lannister.
El señor de Roca Casterly resultaba tan impresionante que fue todo un sobresalto cuando su caballo soltó un cagajón justo al pie del trono. Joffrey tuvo que dar un rodeo cuando bajó para abrazar a su abuelo y proclamarlo Salvador de la Ciudad. Sansa se tapó la boca para ocultar una risita nerviosa.
Joff, ostentosamente, pidió a su abuelo que asumiera el gobierno del reino, y Lord Tywin aceptó con solemnidad la responsabilidad «hasta la mayoría de edad de Vuestra Alteza». A continuación los escuderos le quitaron la armadura, y Joff le puso en torno al cuello la cadena que simbolizaba el cargo de la Mano. Lord Tywin ocupó un asiento en la mesa del Consejo, junto a la reina. Se llevaron el corcel y limpiaron su tributo, y sólo entonces hizo Cersei una señal para que la ceremonia continuase.
Una fanfarria de trompetas de bronce recibió a cada uno de los héroes a medida que entraban por las grandes puertas de roble. Los heraldos anunciaban su nombre y sus hazañas para que todos las supieran, y los nobles caballeros y las damas de alta cuna los aclamaban con tanto entusiasmo como vulgares canallas en una pelea de gallos. El lugar de honor fue para Mace Tyrell, el señor de Altojardín, un hombre otrora poderoso que había ganado demasiado peso, aunque seguía siendo atractivo; lo siguieron sus hijos, Ser Loras y su hermano mayor, Ser Garlan el Galante. Los tres vestían igual, de terciopelo verde ribeteado con marta cibelina.
Una vez más, el rey bajó del trono para recibirlos, lo que era un gran honor. Les puso al cuello a cada uno una cadena de rosas labradas en oro amarillo, de las que colgaban discos de oro con el león de los Lannister destacado en rubíes.
—Las rosas sostienen al león, así como el poder de Altojardín sostiene el reino —proclamó Joffrey—. Pedidme la dádiva que deseéis, y será vuestra.
«Ahora viene», pensó Sansa.
—Alteza —dijo Ser Loras—, os suplico el honor de servir en vuestra Guardia Real, para defenderos de vuestros enemigos.
Joffrey ayudó al Caballero de las Flores a ponerse en pie, y le dio un beso en la mejilla.
—Concedido, hermano.
Lord Tyrell inclinó la cabeza.
—No hay mayor placer que servir a Su Alteza Real. Si me consideráis digno de formar parte de vuestro Consejo, no tendréis aliado más sincero y leal.
Joff puso una mano en el hombro de Lord Tyrell y, cuando se alzó, le dio un beso.
—Os concedo vuestro deseo.
Ser Garlan Tyrell, cinco años mayor que Ser Loras, era muy parecido a su famoso hermano pequeño, aunque más alto y barbudo. Tenía el pecho más poderoso y los hombros más anchos, y aunque su rostro era atractivo, carecía de la sorprendente belleza de Ser Loras.
—Alteza —dijo Garlan cuando el rey se acercó a él—, tengo una hermana doncella, Margaery, la delicia de nuestra Casa. Como ya sabéis, se casó con Renly Baratheon, pero Lord Renly fue a la guerra antes de que el matrimonio pudiera consumarse, así que sigue siendo inocente. Margaery ha oído hablar de vuestra sabiduría, valor y caballerosidad, y os ha llegado a amar desde lejos. Os imploro que enviéis a buscarla y la toméis en matrimonio, y que así nuestras casas queden unidas para siempre.
—Ser Garlan —dijo el rey Joffrey fingiendo sorprenderse—, la belleza de vuestra hermana es legendaria en los Siete Reinos, pero estoy prometido a otra. Y un rey debe mantener su palabra.
La reina Cersei se levantó en medio del susurro de sus faldas.
—Alteza, según el criterio de vuestro Consejo Privado, no sería apropiado ni inteligente que os casarais con la hija de un hombre decapitado por traición, con una muchacha cuyo hermano sigue ahora mismo en rebelión y alzado en armas contra el trono. Señor, vuestros consejeros os suplican que, por el bien del reino, olvidéis a Sansa Stark. Lady Margaery será una reina mucho más apropiada.
—¡Margaery! —exclamaban las damas y los señores lanzando gritos de placer todos a la vez, como una manada de perros adiestrados—. ¡Traednos a Margaery! ¡No queremos reinas traidoras! ¡Tyrell! ¡Tyrell!
Joffrey alzó una mano.
—Madre, me gustaría acceder a los deseos de mi pueblo, pero hice un juramento sagrado.
—Alteza, los dioses tienen por sagrados los juramentos —intervino el Septon Supremo dando un paso adelante—; pero vuestro padre, el rey Robert, bendito sea su recuerdo, hizo este pacto antes de que se conociera la falsedad de los Stark de Invernalia. Sus crímenes contra el reino os han liberado de cualquier promesa que hicierais. En lo que respecta a la Fe, no hay ningún contrato matrimonial entre vos y Sansa Stark.
El tumulto de las aclamaciones llenó la sala del trono, y los gritos del nombre de Margaery estallaron en torno a Sansa. La niña se inclinó hacia delante, con las manos tensas, apretando la baranda de madera de la galería. Sabía qué venía a continuación, pero tenía miedo de lo que pudiera decir Joffrey, miedo de que se negara a liberarla aun así, cuando su reino entero dependía de ello. Se sentía como si volviera a estar en los peldaños del Gran Sept de Baelor, cuando esperaba que su príncipe se apiadara de su padre, y en lugar de eso oyó cómo ordenaba a Ilyn Payne que le cortara la cabeza.
«Por favor —rezó fervorosa—, que lo diga, que lo diga.»
Lord Tywin estaba mirando a su nieto. Joff le lanzó una mirada hosca, se movió inquieto y ayudó a Ser Garlan Tyrell a levantarse.
—Los dioses son bondadosos. Soy libre para seguir los dictados de mi corazón. De buena gana me casaré con vuestra dulce hermana, ser.
Entre las aclamaciones de todos los presentes, besó a Ser Garlan en la barbuda mejilla.
Sansa se sentía aturdida. «Soy libre.» Notaba todas las miradas fijas en ella. «No debo sonreír», se recordó. La reina se lo había advertido; sintiera lo que sintiera en su interior, para todos los demás debía poner cara de sufrimiento.
—No toleraré que humilles a mi hijo —dijo Cersei—. ¿Entendido?
—Sí. Pero, si ya no voy a ser reina, ¿qué será de mí?
—Eso está todavía por decidir. Por el momento permanecerás aquí, en la corte, como pupila nuestra.
—Yo quiero irme a casa.
—A estas alturas —dijo la reina con irritación— te habrás dado cuenta de que ninguno conseguimos lo que queremos.
«Yo sí —pensó Sansa—. Me he librado de Joffrey. No tendré que besarlo, entregarle mi virginidad ni parir a sus hijos. Que Margaery Tyrell se encargue de todo eso, pobre chica.»
Cuando cesaron las aclamaciones, el señor de Altojardín ocupaba ya su sitio en la mesa del Consejo, y sus hijos habían ido a reunirse bajo las ventanas con los otros caballeros y señores menores. Mientras otros héroes de la Batalla del Aguasnegras eran aclamados y recibían sus recompensas, Sansa trató de poner cara de tristeza y desamparo.
Paxter Redwyne, señor del Rejo, recorrió la sala flanqueado por sus hijos gemelos, Horror y Baboso, el primero cojeando a causa de una herida recibida durante la batalla. Los siguieron Lord Mathis Rowan, con una casaca nívea en cuyo pecho se veía un gran árbol; Lord Randyll Tarly, delgado y calvo, con el espadón en la vaina que llevaba a la espalda; Ser Kevan Lannister, achaparrado y de pelo escaso, con la barba muy corta; Ser Addam Marbrand, con una cabellera cobriza que le caía sobre los hombros; los grandes señores del oeste, Lydden, Crakehall y Brax.
A continuación entraron cuatro hombres de extracción no tan noble, que se habían distinguido en la batalla: el caballero tuerto Ser Philip Foote, que había matado a Lord Bryce Caron en combate singular; el jinete libre Lothor Brune, que se había abierto camino a mandobles a través de medio centenar de soldados Fossoway para capturar a Ser Jon de la manzana verde y matar a Ser Bryan y Ser Edwyd de la roja, con lo que se ganó el sobrenombre de Lothor Devoramanzanas; Willit, un canoso soldado al servicio de Ser Harys Swyft, que había sacado a su señor de debajo del caballo moribundo y lo había defendido contra una docena de atacantes; y un escudero casi imberbe llamado Josmyn Peckledon, que había matado a dos caballeros y herido a un tercero, además de capturar a otros dos, aunque no tenía más allá de catorce años. Willit estaba tan malherido que hubo que llevarlo en una litera.
Ser Kevan había ocupado un asiento junto al de su hermano. Cuando los heraldos terminaron de recitar las hazañas de cada héroe, se puso en pie.
—Es deseo de Su Alteza que estos hombres reciban la recompensa debida por su valor. Por decreto real, Ser Philip será de ahora en adelante Lord Philip de la Casa Foote, y pasarán a él todas las tierras, derechos e ingresos de la Casa Caron. Lothor Brune obtiene el rango de caballero, y cuando termine la guerra se le otorgarán tierras y un torreón en las tierras de los ríos. A Josmyn Peckledon se le entregará una espada y una armadura, podrá elegir el caballo que desee de las caballerizas reales, y cuando llegue a la mayoría de edad se le otorgará el rango de caballero. Y por último, al soldado Willit se le entregará una lanza con asta bañada en plata, una cota de malla recién forjada y un yelmo con visor. Además, los hijos del soldado entrarán al servicio de la Casa Lannister en Roca Casterly, el mayor como escudero y el menor como paje, y si sirven bien y con lealtad tendrán la oportunidad de hacerse caballeros. El Consejo Privado y la Mano del Rey consienten a todo lo expuesto.
Los capitanes de las naves del rey Viento salvaje, Príncipe Aemon y Flecha del río también recibieron honores, al igual que algunos oficiales de la Gracia de los dioses, la Dama de seda y la Cabeza de carnero. Por lo que Sansa sabía, su gran logro había consistido en sobrevivir a la batalla del río, hazaña de la que pocos podían alardear. Hallyne el Piromante y los maestres del Gremio de Alquimistas también recibieron el agradecimiento del rey, y a Hallyne se le otorgó el título de señor, aunque Sansa advirtió que no iba acompañado de tierras ni castillos, con lo que el alquimista era en realidad tan «señor» como Varys. El que se concedió a Ser Lancel Lannister era mucho más significativo. Además del título de señor, Joffrey le dio las tierras, el castillo y los derechos de la Casa Darry, cuyo último descendiente había perecido en las batallas de los ríos sin dejar herederos legítimos de la sangre de los Darry, sólo un primo bastardo.
Ser Lancel no se presentó para aceptar el título; según se decía, había sufrido heridas tan graves que podían costarle el brazo, o incluso la vida. También corría el rumor de que el Gnomo agonizaba por un corte espantoso en la cabeza.
Cuando el heraldo anunció el nombre de Lord Petyr Baelish, Meñique se adelantó con su atuendo rosa y violeta, y la capa con estampado de ruiseñores. Sansa vio que sonreía al arrodillarse ante el Trono de Hierro. «Qué satisfecho parece.» Sansa no había oído que Meñique hubiera hecho nada heroico durante la batalla, pero por lo visto daba igual y lo iban a recompensar.
Ser Kevan volvió a ponerse en pie.
—Es deseo de Su Alteza que su leal consejero Petyr Baelish reciba justa recompensa por sus fieles servicios a la corona y al reino. Por tanto, a Lord Baelish se le concede el castillo de Harrenhal con todas sus tierras e ingresos, para que lo convierta en su asentamiento y desde allí ejerza como Señor Supremo del Tridente. Petyr Baelish, sus hijos y sus nietos ostentarán estos honores hasta el fin de los tiempos, y todos los señores del Tridente le rendirán homenaje y serán sus vasallos. El Consejo Privado y la Mano del Rey consienten a todo lo expuesto.
—Os doy las gracias con toda humildad, Alteza —dijo Meñique, todavía de rodillas, alzando la vista hacia el rey Joffrey—. En fin, ahora tendré que dedicarme a hacer unos cuantos hijos y nietos.
Joffrey se echó a reír, y la corte entera con él. «Señor Supremo del Tridente —pensó Sansa—, y además señor de Harrenhal.» No entendía por qué estaba tan contento, eran honores tan huecos como el título concedido a Hallyne el Piromante. Harrenhal estaba maldito, eso lo sabía todo el mundo, y además en aquellos momentos no estaba en posesión de los Lannister. Encima, los señores del Tridente eran vasallos de Aguasdulces, de la Casa Tully y del Rey en el Norte; nunca aceptarían a Meñique como señor.
«A menos que los obliguen. A menos que mi hermano, mi tío y mi abuelo caigan derrotados y los maten. —La sola idea puso nerviosa a Sansa, pero se dijo a sí misma que no fuera tonta—. Robb los ha derrotado en todas las batallas. Si hace falta derrotará también a Lord Baelish.»
Aquel día fueron armados más de seiscientos caballeros nuevos. Habían velado en el Gran Sept de Baelor toda la noche, y por la mañana cruzaron la ciudad descalzos para demostrar que sus corazones eran humildes. Una vez en la sala del trono se adelantaron con sus túnicas de algodón sin teñir, para que los miembros de la Guardia Real los fueran armando caballeros. Fue una ceremonia larga, ya que sólo había allí tres Hermanos de la Espada Blanca. Mandon Moore había caído en la batalla, el Perro había desaparecido, Aerys Oakheart estaba en Dorne con la princesa Myrcella y Jaime Lannister era prisionero de Robb, de manera que la Guardia Real se reducía a Balon Swann, Meryn Trant y Osmund Kettleblack. Una vez armados caballeros los hombres se levantaban, se ceñían el cinturón de la espada y se situaban bajo los ventanales. Algunos tenían los pies ensangrentados por las piedras de la ciudad, pero a Sansa le pareció que todos adoptaban posturas muy erguidas y orgullosas.
La ceremonia fue larga, y cuando terminó los asistentes se mostraban ya inquietos, Joffrey más que ninguno. Algunos de los que la veían desde la galería se habían escabullido con discreción, pero los nobles de la parte baja estaban atrapados, no podían salir sin el permiso del rey. A juzgar por cómo se movía en el Trono de Hierro, Joff lo habría concedido de buena gana, pero aún quedaba mucho trabajo por delante. Porque en aquel momento cambiaba la perspectiva, y los que entraban eran los prisioneros.
También en ese grupo había grandes señores y nobles caballeros: el anciano y avinagrado Lord Celtigar, el Cangrejo Rojo; Ser Bonifer el Bueno; Lord Estermont, aún más viejo que Celtigar; Lord Varner, que atravesó la sala cojeando con una rodilla destrozada, pero se había negado a aceptar ayuda; Ser Mark Mullendore, con el rostro ceniciento y el brazo izquierdo amputado a la altura del codo; el fiero Red Ronnet de Nido del Grifo; Ser Dermot de La Selva; Lord Willum y sus hijos, Josua y Elyas; Ser Jon Fossoway; Ser Timon el Rascaespadas; Aurane, el bastardo de Marcaderiva; Lord Staedmon, también llamado el Codicioso; y cientos de hombres más.
Los que habían cambiado de bando durante la batalla sólo tuvieron que jurar lealtad a Joffrey, pero aquellos que habían luchado por Stannis hasta el final fueron obligados a hablar. Lo que dijeran decidiría su destino. Si suplicaban perdón por su traición y prometían servir con lealtad en adelante, Joffrey les daba la bienvenida a la paz del rey, y les devolvía todas sus tierras y derechos. Pero unos cuantos siguieron desafiantes.
—No creas que esto ha terminado, chico —le advirtió uno, el bastardo de alguno de los Florent—. El Señor de la Luz protege al rey Stannis, ahora y siempre. Cuando llegue su hora, ni todas tus espadas ni todos tus planes te salvarán.
—Pero tu hora ha llegado ya. —Joffrey hizo una señal a Ilyn Payne para que le cortara la cabeza.
—¡Stannis es el rey legítimo! —gritó adelantándose un caballero de semblante solemne, con el corazón llameante en la pechera del jubón, apenas habían retirado el cadáver—. ¡En el Trono de Hierro se sienta una abominación, un monstruo nacido del incesto!
—¡Silencio! —chilló Ser Kevan Lannister.
—¡Joffrey es el gusano negro que está devorando el corazón del reino! —gritó el caballero, alzando aún más la voz—. ¡Su padre fue la oscuridad, y su madre, la muerte! ¡Destruidlo antes de que os corrompa a todos! ¡Destruidlos a todos, a la reina puta y al rey gusano, al enano cruel y a la araña susurrante, las flores falsas! ¡Salvaos! —Uno de los capas doradas derribó al hombre, pero éste siguió gritando—. ¡El fuego arrasador va a llegar! ¡El rey Stannis volverá!
—¡El rey soy yo y nadie más que yo! —exclamó Joffrey poniéndose en pie de un salto—. ¡Matadlo! ¡Matadlo ahora mismo! ¡Os lo ordeno! —Dio un puñetazo, un gesto airado, furioso... y lanzó un chillido de dolor, porque había rozado uno de los agudos colmillos metálicos del trono. El brocado escarlata de la manga se tornó de un rojo más oscuro cuando la sangre lo empapó—. ¡Mamá! —aulló.
Mientras todos miraban al rey, el hombre del suelo consiguió arrancarle la lanza de las manos a uno de los capas doradas, y se ayudó de ella para volver a ponerse en pie.
—¡El trono lo rechaza! —gritó—. ¡No es el rey!
Cersei corrió hacia el trono, pero Lord Tywin permaneció inmóvil como si fuera de piedra. Sólo tuvo que mover un dedo para que Ser Meryn Trant se adelantara con la espada desenvainada. El final fue rápido y brutal. Los capas doradas agarraron al caballero por los brazos.
—¡No es el rey! —gritó de nuevo justo antes de que Ser Meryn le atravesara el pecho con la espada larga.
Joff se derrumbó en brazos de su madre. Tres maestres se acercaron corriendo y lo sacaron por la puerta del rey. Todo el mundo empezó a hablar a la vez. Los capas doradas se llevaron al muerto a rastras, dejando un reguero de sangre en el suelo de piedra. Lord Baelish se acariciaba la barbita mientras Varys le susurraba algo al oído. «¿Nos darán permiso para retirarnos ya?», se preguntó Sansa. Aún aguardaba un grupo de cautivos, para jurar lealtad o para gritar maldiciones e insultos, quién sabía.
—Prosigamos —dijo Lord Tywin poniéndose en pie con una voz alta y clara que cortó en seco los murmullos—. Los que quieran pedir perdón por sus traiciones, que lo hagan. No vamos a tolerar más estupideces. —Se acercó al Trono de Hierro y se sentó en uno de los peldaños, a menos de un metro del suelo.
Cuando terminó la sesión, entraba muy poca luz por las ventanas. Sansa tenía las piernas doloridas de agotamiento en el momento en que bajó de la galería. Se preguntaba si el corte de Joffrey sería muy grave. «Se dice que el Trono de Hierro es cruel y peligroso para los que no deben sentarse en él.»
Una vez a salvo en sus habitaciones se abrazó a una almohada y enterró la cara en ella para ahogar un grito de alegría. «Dioses, dioses, me ha rechazado delante de todo el mundo.» Estuvo a punto de dar un beso a la criada que le llevó la cena. Consistía en pan caliente y mantequilla recién batida, guiso de buey, capón con zanahorias y melocotones con miel.
«Hasta la comida sabe mejor», pensó.
Al oscurecer, se puso una capa y se dirigió hacia el bosque de dioses. Ser Osmund Kettleblack, embutido en su armadura blanca, vigilaba el puente levadizo. Sansa intentó que la voz con la que le dio las buenas noches sonara triste. Por la mirada que le dirigió el hombre, supuso que no había resultado muy convincente.
Dontos aguardaba entre el follaje, a la luz de la luna.
—¿A qué viene esa cara tan triste? —le preguntó Sansa con alegría—. Estabais allí, ¿no? ¿No os habéis enterado? Joff me ha rechazado, ha terminado conmigo, va a...
—Oh, Jonquil, mi pobre Jonquil, no lo comprendéis —dijo tomándola de la mano—. ¿Que ha terminado con vos? No ha hecho más que empezar.
—¿Qué queréis decir? —A Sansa se le encogió el corazón.
—La reina no os liberará jamás, sois un rehén demasiado valioso. En cuanto a Joffrey... sigue siendo el rey, hermosa mía. Si quiere llevaros a su cama, lo hará, sólo que ahora lo que sembrará en vuestro vientre serán bastardos, no hijos legítimos.
—No —respondió Sansa, conmocionada—. Me ha rechazado, ha dicho...
—Sed valiente. —Ser Dontos le dio un beso baboso en la oreja—. Os juré que os llevaría a casa, y ahora puedo hacerlo. Ya he elegido el día.
—¿Cuándo? —preguntó Sansa—. ¿Cuándo nos marcharemos?
—La noche de la boda de Joffrey. Después del banquete. Ya he hecho todos los preparativos necesarios. El Torreón Rojo estará lleno de desconocidos. La mitad de los cortesanos estarán borrachos, y la otra mitad ayudando a Joffrey a acostarse con su esposa. Durante un tiempo se olvidarán de vos, y la confusión será nuestra aliada.
—El matrimonio no se celebrará hasta dentro de una luna. Margaery Tyrell está en Altojardín, acaban de enviar a buscarla.
—Habéis esperado mucho, sed paciente un poco más. Tomad, tengo algo para vos. —Ser Dontos rebuscó en su bolsa y sacó una red plateada, que se le enredó entre los gruesos dedos.
Era una redecilla para el pelo, de plata finísima, con las hebras tan delicadas que no parecía pesar más que una brisa de aire cuando Sansa la cogió entre sus manos. Allí donde se cruzaban dos hebras había una gema diminuta, todas tan oscuras que era como si se bebieran la luz de la luna.
—¿Qué piedras son?
—Amatistas negras de Asshai. De las más raras que existen; a la luz del día son de color púrpura oscuro.
—Es preciosa —dijo Sansa. «Pero lo que necesito es un barco, no una redecilla para el pelo», pensaba.
—Más preciosa de lo que imagináis, dulce niña. Es mágica. Lo que tenéis entre las manos es justicia. Es venganza por vuestro padre. —Dontos se inclinó más hacia ella y la volvió a besar—. Es el camino a casa.
THEON
El maestre Luwin fue a verlo tras enviar a los primeros exploradores al otro lado de las murallas.
—Mi señor príncipe, debéis rendiros —dijo.
Theon echó una mirada a la bandeja de tortas de avena, miel y morcillas que le habían traído para desayunar. Otra noche de insomnio le había dejado destrozados los nervios, y la vista de los alimentos era suficiente para revolverle las tripas.
—¿Mi tío no ha respondido?
—No —dijo el maestre—. Tampoco ha respondido vuestro padre en Pyke.
—Manda más pájaros.
—No servirá de nada. Cuando los pájaros lleguen...
—¡Mándalos! —ordenó y con un movimiento del brazo tiró a un lado la bandeja de comida, apartó las mantas y se levantó de la cama de Ned Stark, desnudo y enojado—. ¿O quieres verme muerto? ¿Es eso, Luwin? Dime la verdad ahora mismo.
—Mi orden sirve. —El hombrecillo gris no dio señales de temor.
—Sí, pero ¿a quién?
—Al reino —dijo el maestre Luwin—, y a Invernalia. Theon, en una época os enseñé los números y las letras, la historia y el arte de la guerra. Y si hubierais querido aprender más, os habría enseñado más cosas. No diré que sienta un gran amor por vos, pero tampoco puedo odiaros. Incluso si así fuera, mientras seáis el señor de Invernalia, mi juramento me obliga a ser vuestro consejero. Por lo tanto, ahora os aconsejo que os rindáis.
Theon se inclinó para recoger del suelo la capa arrugada, la sacudió de juncos y se la echó por encima de los hombros.
«La chimenea, quiero la chimenea encendida, quiero fuego y ropa limpia. ¿Dónde está Wex? No iré a la tumba vestido con ropa sucia.»
—No tenéis ninguna posibilidad de manteneros aquí —prosiguió el maestre—. Si vuestro señor padre hubiera tenido la intención de mandaros ayuda, ya lo habría hecho. Lo que lo preocupa es el Cuello. La batalla por el norte se librará entre las ruinas de Foso Cailin.
—Puede que sí —dijo Theon—. Y mientras yo conserve Invernalia, los señores vasallos de Ser Rodrik y Stark no pueden marchar hacia el sur para atacar a mi tío por la retaguardia. —«No soy tan ignorante en lo relativo a la guerra como crees, anciano»—. Tengo comida suficiente para resistir un año de asedio, si fuera necesario.
—No habrá asedio. Quizá pasen uno o dos días armando escaleras y atando arpeos a las cuerdas. Pero en muy poco tiempo treparán por vuestras murallas por cien sitios a la vez. Quizá podáis defender un tiempo el torreón principal, pero el castillo caerá en menos de una hora. Lo mejor sería que abrierais las puertas y pidierais...
—¿Clemencia? Ya sé qué tipo de clemencia guardan para mí.
—Hay una posibilidad.
—Soy hijo del hierro —le recordó Theon—. Las posibilidades me las labro yo. ¿Qué opciones me han dejado? No, no me respondas, ya he oído demasiados consejos tuyos. Ve y manda esos pájaros, como te he ordenado, y dile a Lorren que quiero verlo. Y también a Wex. Quiero que limpien bien mi cota de malla, y que la guarnición forme en el patio.
Por un instante pensó que el maestre lo iba a desafiar. Pero finalmente Luwin, muy tieso, hizo una reverencia.
—Como ordenéis, señor.
El grupo era ridículamente reducido, los hombres del hierro eran pocos, y el patio muy grande.
—Tendremos encima a los norteños antes de que caiga la noche —les dijo—. Ser Rodrik Cassel y todos los señores que han acudido a su llamada. No huiré de ellos. He tomado este castillo y tengo la intención de defenderlo, de vivir o morir como príncipe de Invernalia. Pero no voy a ordenar a ningún hombre que muera por mí. Si os vais ahora, antes de que las fuerzas principales de Ser Rodrik caigan sobre nosotros, todavía tendréis una oportunidad de ser libres. —Desenvainó su espada larga y trazó una línea en el fango—. Los que se queden a combatir, que den un paso al frente.
Nadie dijo nada. Los hombres se mantenían allí de pie, con sus cotas, sus pieles, sus corazas de cuero endurecido, inmóviles como si los hubieran esculpido en piedra. Unos pocos intercambiaron miradas. Urzen levantó y volvió a apoyar los pies alternativamente. Dykk Harlaw carraspeó y escupió. Una leve brisa hizo oscilar los largos cabellos de Endehar.
Theon se sintió como si se estuviera ahogando. «¿Por qué me sorprendo?», pensó, sombrío. Su padre lo había abandonado, sus tíos, su hermana, hasta Hediondo, aquella criatura vil. ¿Por qué sus hombres iban a mostrar más lealtad? No había nada que hacer, nada que decir. Sólo podía permanecer allí, bajo las grandes paredes grises y el duro cielo blanquecino, con la espada en la mano, esperando, esperando...
El primero en cruzar la línea fue Wex. Tres pasos rápidos y quedó de pie junto a Theon, con aspecto desgarbado. Avergonzado por el chico, Lorren el Negro lo siguió, con el ceño fruncido.
—¿Quién más? —preguntó.
Rolfe el Rojo se adelantó. Kromm. Werlag. Tymor y sus hermanos. Ulf el Enfermo. Harrag el Robaovejas. Cuatro Harlaw y dos Botley. El último fue Kenned el Cachalote. Diecisiete en total.
Urzen estaba entre los que no se habían movido, así como Stygg y todos los hombres que Asha había traído de Bosquespeso.
—Marchaos entonces —les dijo Theon—. Huid con mi hermana. Ella os dará una cálida bienvenida a todos. No tengo la menor duda.
Stygg tuvo al menos la decencia de parecer avergonzado. Los demás echaron a andar sin pronunciar una palabra. Theon se volvió a los diecisiete que permanecían allí.
—Volved a las murallas. Si los dioses se compadecen de nosotros, me acordaré de cada uno de vosotros.
Lorren el Negro se quedó cuando los demás marcharon.
—Tan pronto comience la batalla, los del castillo se volverán contra nosotros.
—Lo sé. ¿Qué quieres que haga?
—Que los eliminéis —dijo Lorren—. A todos.
Theon hizo un gesto de asentimiento.
—¿Está lista la horca?
—Lo está. ¿Vais a utilizarla?
—¿Se os ocurre algo mejor?
—Sí. Puedo coger mi pica y ponerme en ese puente levadizo. Que vengan a por mí. De uno en uno, dos, tres a la vez, no tiene importancia. Mientras me quede un aliento, ninguno cruzará el foso.
«Quiere morir —pensó Theon—. No quiere una victoria, sino un final digno de una canción.»
—Lo de la horca es mejor.
—Como ordenéis —replicó Lorren, con la mirada cargada de desprecio.
Wex lo ayudó a vestirse para la batalla. Bajo el jubón negro y la capa dorada llevaba una cota de malla bien engrasada, y debajo de ella una coraza. Una vez estuvo vestido y armado, Theon subió a la torre del vigía en la esquina donde se unían las murallas este y sur, para contemplar el destino que lo aguardaba. Los norteños se desplegaban para rodear el castillo. Era difícil calcular su número. Por lo menos un millar; quizá el doble. «Contra diecisiete.» Habían traído catapultas y escorpiones. No vio torres de asedio avanzando por el camino real, pero en el Bosque de los Lobos había madera suficiente para construir todas las que hicieran falta.
Theon estudió sus estandartes, mirando por el tubo de lentes del maestre Luwin. El hacha de guerra de Cerwyn ondeaba con bravura por todas partes, y también se veían los árboles de Tallhart, así como los tritones de Puerto Blanco. Los blasones de Flint y Karstark eran menos. Aquí y allá pudo divisar el alce de los Hornwood. «Pero no hay ningún Glover, Asha se ha encargado de eso; tampoco están los Bolton de Fuerte Terror, ni los Umber han bajado desde la sombra del Muro.» Y tampoco hacían falta. Al poco tiempo, el niño Cley Cerwyn apareció ante las puertas con una bandera de paz en una larga asta, para anunciar que Ser Rodrik Cassel quería parlamentar con Theon el Renegado.
Renegado. El nombre era amargo como la bilis. Recordó que había ido a Pyke para guiar los barcos de su padre contra Lannisport.
—Saldré enseguida —gritó hacia bajo—. Solo.
Lorren el Negro lo desaprobó.
—La sangre sólo se lava con sangre —declaró—. Los caballeros pueden respetar los armisticios con otros caballeros, pero no cuidan tanto su honor cuando tratan con aquellos a los que consideran bandoleros.
—Soy el príncipe de Invernalia y el heredero de las Islas del Hierro —replicó Theon, airado—. Ve a buscar a la chica y haz lo que te dije.
—Como ordenéis, príncipe —respondió Lorren el Negro, con una mirada asesina.
«Él también se ha vuelto contra mí —constató Theon. Últimamente le parecía que hasta las mismas piedras de Invernalia se habían vuelto en su contra—. Si muero, lo haré sin amigos, abandonado.» ¿Qué opción le dejaba eso que no fuera vivir?
Cabalgó hasta la torre de la entrada con la corona en la cabeza. Una mujer estaba sacando agua del pozo, y Gage, el cocinero, lo observaba ante las puertas de la cocina. Ocultaban su odio bajo un aspecto malhumorado y rostros tan inexpresivos como la piedra, pero de todos modos él podía percibirlo.
Cuando bajó el puente levadizo, un viento gélido llegó del otro lado del foso. Le produjo un estremecimiento. «Es el frío, nada más —se dijo Theon—, sólo estoy tiritando, no temblando. Hasta los valientes tiritan.» Cabalgó en las fauces de aquel viento, bajo el rastrillo, sobre el puente levadizo. Las puertas exteriores se abrieron para permitirle el paso. Cuando apareció al pie de las murallas, casi sintió cómo los niños lo observaban desde las órbitas vacías donde habían estado sus ojos.
Ser Rodrik lo esperaba en el mercado, a horcajadas sobre su caballo pinto. Junto a él, el lobo huargo de los Stark tremolaba en el asta que llevaba el joven Cley Cerwyn. Estaban solos en la plaza, aunque Theon podía ver arqueros en los techos de las casas circundantes, así como lanceros a su derecha, y a su izquierda una línea de caballeros en sus monturas, bajo el tritón y el tridente de la Casa Manderly.
«Todos ellos me quieren muerto.» Algunos eran chicos con los que había bebido, jugado a los dados o incluso ido de putas, pero si cayera en sus manos eso no lo salvaría.
—Ser Rodrik. —Theon tiró de las riendas y su caballo se detuvo—. Lamento que nos tengamos que encontrar como enemigos.
—Lo que yo lamento es que deba esperar todavía para colgaros. —El viejo caballero escupió en el suelo fangoso—. Theon el Renegado.
—Soy un Greyjoy de Pyke —le recordó Theon—. El manto en el que me envolvió mi padre tenía un kraken, no un lobo huargo.
—Durante diez años habéis sido pupilo de los Stark.
—Yo más bien diría que he sido rehén y prisionero.
—Entonces quizá Lord Eddard debió teneros encadenado a la pared de una mazmorra. En lugar de ello, os educó entre sus hijos, los dulces niños que has asesinado, y para mi eterna deshonra yo os entrené en el arte de la guerra. Hubiera debido atravesaros el vientre con una espada, en lugar de poner una en vuestras manos.
—He venido a parlamentar, no a escuchar vuestros insultos. Decid lo que tengáis que decir, anciano. ¿Qué deseáis de mí?
—Dos cosas —respondió Ser Rodrik—, Invernalia y vuestra vida. Ordenad a vuestros hombres que abran las puertas y rindan sus armas. Los que no han asesinado niños serán libres de marchar, pero vos seréis llevado ante la justicia del rey Robb. Que los dioses se apiaden de vos antes de que él regrese.
—Robb no volverá a ver Invernalia —prometió Theon—. Su ejército caerá en el Foso Cailin, igual que todos los ejércitos sureños a lo largo de diez mil años. Ahora dominamos el norte, ser.
—Domináis tres castillos —replicó Ser Rodrik—, y me dispongo a recuperar éste, Renegado.
—Éstas son mis condiciones —dijo Theon sin prestar atención al insulto—. Tenéis hasta la caída de la noche para dispersaros. Los que juren lealtad a Balon Greyjoy como su rey, y a mí como príncipe de Invernalia, serán ratificados en sus derechos y propiedades, y no sufrirán daño alguno. Los que nos desafíen serán destruidos.
—¿Estáis loco, Greyjoy? —intervino el joven Cerwyn, que no daba crédito a sus oídos.
—Es sólo soberbia, hijo —le dijo Ser Rodrik sacudiendo la cabeza—. Me temo que Theon siempre ha tenido una opinión demasiado elevada de sí mismo. —El anciano apuntó hacia él con un dedo—. No penséis que necesito esperar a Robb para tratar con vos. Tengo conmigo a unos dos mil hombres... y si lo que cuentan es verdad, no tenéis más de cincuenta.
«En verdad, diecisiete.» Theon se obligó a sonreír.
—Tengo algo mejor que hombres. —Y levantó un puño por encima de la cabeza, la señal que Lorren el Negro debía esperar.
Las murallas de Invernalia estaban a su espalda, pero Ser Rodrik las tenía de frente y no podía evitar verlas. Theon vigiló su expresión. Cuando su barbilla tembló bajo las rígidas patillas blancas, supo qué era lo que el anciano estaba viendo. «No le causa sorpresa —pensó con tristeza—, pero tiene miedo.»
—Es una cobardía —dijo Ser Rodrik—. Usar a una criatura de esa manera... es despreciable.
—Oh, lo sé —replicó Theon—. Es un plato que ya he probado, ¿o acaso se os ha olvidado? Tenía diez años cuando me sacaron de la casa de mi padre, para garantizar que él no volvería a encabezar una rebelión.
—¡No es lo mismo!
—El lazo corredizo que yo llevaba no era de cáñamo —dijo Theon con el rostro impasible—, es verdad, pero como si lo hubiera sido. Y me laceró. Me laceró hasta dejarme en carne viva. —Hasta ese momento no se había dado cuenta plenamente de que había sido así, pero cuando las palabras brotaron de su boca vio que estaban llenas de verdad.
—No se os hizo ningún daño.
—Ni se le hará a vuestra Beth, siempre que...
—Víbora —masculló el caballero interrumpiéndolo, con el rostro púrpura bajo las patillas blancas—. Os di la oportunidad de salvar a vuestros hombres y morir con una pizca de honor, Renegado. Debí saber que pedía demasiado de un asesino de niños. —Su mano fue a la empuñadura de su espada—. Debería atravesaros ahora mismo, y poner punto final a vuestros engaños y mentiras. Por los dioses que debería hacerlo.
Theon no sentía miedo ante un anciano decrépito, pero los arqueros y la línea de caballeros eran algo bien diferente. Si sacaban las espadas, sus posibilidades de regresar vivo al castillo eran prácticamente nulas.
—Renegad de vuestro juramento, matadme, y veréis a vuestra pequeña Beth morir estrangulada al extremo de una cuerda.
Los nudillos de Ser Rodrik estaban blancos, pero unos instantes después retiró la mano de la empuñadura de la espada.
—En verdad, he vivido demasiado.
—No estoy en desacuerdo con eso, ser. ¿Aceptaréis mis condiciones?
—Tengo un deber para con Lady Catelyn y la Casa Stark.
—Y vuestra propia casa, ¿qué? Beth es la última de vuestra sangre.
—Me ofrezco en lugar de mi hija. —El anciano caballero se irguió—. Soltadla y llevadme como vuestro rehén. Sin duda el castellano de Invernalia vale más que una niña.
—No para mí. —«Un gesto valiente, anciano, pero no soy tan imbécil»—. Y apostaría que tampoco para Lord Manderly ni para Leobald Tallhart. —«Tu triste pellejo, anciano, no vale más para ellos que el de cualquier otro hombre»—. No, me quedaré con la niña... y ella estará a salvo siempre que hagáis lo que os he ordenado. Su vida está en vuestras manos.
—Por los dioses, Theon, ¿cómo podéis hacer esto? Sabéis que debo atacar, que he hecho un juramento...
—Si este ejército sigue armado y frente a mis puertas cuando se ponga el sol —dijo Theon—, Beth será ahorcada. Otro rehén la seguirá a la tumba con la primera luz de la aurora, y otro al crepúsculo. Cada amanecer y cada atardecer significarán una muerte hasta que os larguéis. Tengo abundancia de rehenes.
No esperó una respuesta. Hizo que Sonrisas se diera vuelta y cabalgó de regreso al castillo. Al principio iba lento, pero pensar en todos aquellos arqueros a sus espaldas lo obligó a ir al trote. Las pequeñas cabezas lo veían aproximarse desde sus picas, sus rostros desollados y cubiertos de alquitrán crecían a cada paso; entre ellos se encontraba la pequeña Beth Cassel, llorando, con un lazo corredizo al cuello. Theon clavó las espuelas y puso el caballo al galope. Los cascos de Sonrisas resonaban en el puente levadizo como un repique de tambores.
Desmontó en el patio y tendió las riendas a Wex.
—Es posible que se larguen —le dijo a Lorren el Negro—. Lo sabremos al anochecer. Ten a la niña aquí dentro hasta esa hora, en algún lugar seguro. —Bajo las capas de cuero, acero y lana, sentía el cuerpo pegajoso de sudor—. Necesito una copa de vino. Un tonel de vino sería aún mejor.
Habían encendido el fuego en el dormitorio de Ned Stark. Theon se sentó junto a él y llenó una copa con un vino de mucho cuerpo, procedente de las bodegas del castillo, un vino tan ácido como su estado de ánimo. «Atacarán —pensó, sombrío, mirando las llamas—. Ser Rodrik ama a su hija, pero sigue siendo el castellano, y por encima de todo es un caballero.» Si hubiera sido Theon el que tuviera un lazo corredizo en torno al cuello, y Lord Balon el comandante del ejército exterior, los cuernos de guerra habrían dado ya la señal de ataque, no tenía la menor duda de ello. Debía dar gracias a los dioses por que Ser Rodrik no fuera hijo del hierro. Los hombres de las tierras verdes estaban hechos de un material más blando, aunque no todo lo blando que le hacía falta.
En caso contrario, si el anciano daba la orden de atacar el castillo a pesar de todo, Invernalia caería; Theon no se engañaba al respecto. Sus diecisiete hombres matarían cada uno a cuatro o cinco enemigos, pero al final serían aplastados.
Theon contempló las llamas por encima del borde de su copa de vino, rabioso por la injusticia de todo aquello.
—Cabalgué junto con Robb Stark en el Bosque Susurrante —masculló. Había sentido miedo aquella noche, pero nada semejante al que tenía en aquel momento. Una cosa es ir al combate rodeado de amigos, y otra muy diferente perecer solo y despreciado.
«Clemencia», pensó con tristeza.
El vino no le ofreció solaz alguno, así que Theon envió a Wex en busca de su arco y fue al viejo patio de armas. Allí estuvo lanzando flechas una tras otra a los blancos de la arquería hasta que le dolieron los hombros y le sangraron los dedos, haciendo una pausa sólo para arrancar las flechas de los blancos para comenzar una nueva ronda. «Con este arco salvé la vida de Bran —recordó—. Quisiera poder salvar la mía.» Varias mujeres se acercaron al pozo, pero se fueron al momento; lo que veían en el rostro de Theon las espantaba al instante.
A sus espaldas se erigía la torre rota, con la cima dentada como una corona en el lugar donde, mucho tiempo atrás, el fuego había hecho derrumbarse los pisos superiores. La sombra de la torre se movía con el sol, alargándose de manera gradual, un brazo negro que se extendía en busca de Theon Greyjoy. Cuando el sol tocó la muralla, él estaba a su alcance.
«Si cuelgo a la chica, los norteños atacarán de inmediato —pensó mientras arrancaba una flecha—. Si no la cuelgo, sabrán que mis amenazas son en vano. —Colocó otra flecha en el arco—. No hay manera de salir de esto, ninguna.»
—Si contarais con cien arqueros tan buenos como vos, tendríais una oportunidad de retener el castillo —dijo quedamente una voz.
Cuando se volvió, el maestre Luwin estaba detrás de él.
—Lárgate —le dijo Theon—. Ya estoy harto de tus consejos.
—¿Y de la vida? ¿También de la vida estáis harto, mi señor príncipe?
—Una palabra más y te atravesaré con esta flecha —amenazó levantando el arco.
—No lo haréis.
—¿Qué te apuestas? —Theon tensó el arco, llevando las plumas grises de ganso hasta su mejilla.
—Soy vuestra última esperanza, Theon.
«No tengo ninguna esperanza», pensó, pero de todos modos bajó un poco el arco.
—No voy a huir —dijo.
—No hablo de huir. Vestid el negro.
—¿La Guardia de la Noche? —Theon dejó que el arco se destensara lentamente y apuntó la flecha hacia el suelo.
—Ser Rodrik ha servido a la Casa Stark toda su vida, y la Casa Stark siempre ha sido amiga de la Guardia. No os lo negará. Abrid las puertas, rendid vuestras armas y él se verá obligado a dejaros vestir el negro.
«Un hermano de la Guardia de la Noche.» Eso significaba que no habría corona, ni hijos, ni esposa... pero significaba la vida, y una vida con honor. El propio hermano de Ned Stark había elegido la Guardia, al igual que Jon Nieve... Tengo mucha ropa negra, sólo habría que arrancarle los krakens. Hasta mi caballo es negro. Podría ascender en la Guardia, a capitán de los exploradores, incluso a Lord Comandante. Que Asha se quede con las malditas islas, son tan lúgubres como ella. Si sirviera en Guardiaoriente, podría capitanear mi propia nave, y más allá del Muro hay muy buena caza. Y, en lo tocante a mujeres, ¿qué hembra salvaje no querría un príncipe en su cama? —Su rostro se distendió en una lenta sonrisa—. No es posible cambiar una capa negra. Allí seré tan bueno como cualquiera...»
—¡Príncipe Theon! —El grito súbito rompió su ensoñación en pedazos. Kromm llegaba corriendo del otro lado del cuartel—. ¡Los norteños!
Sintió una punzada súbita de miedo que le dio náuseas.
—¿Atacan?
—Aún hay tiempo. —El maestre Luwin le oprimió el brazo—. Izad bandera blanca...
—Combaten entre sí —informó Kromm con urgencia—. Llegaron más hombres, centenares, y al principio hicieron como que se unían a los otros, ¡pero ahora han caído sobre ellos!
—¿Será Asha? —«Después de todo, ¿habría venido a salvarlo?»
—No —dijo Kromm con un gesto de negación—. Os digo que son norteños. En su estandarte llevan un hombre ensangrentado.
«El hombre desollado de Fuerte Terror.» Theon recordó que Hediondo había pertenecido al bastardo de Bolton antes de ser capturado. Era difícil creer que una criatura tan vil como él pudiera hacer que los Bolton cambiaran su alianza, pero era lo único que tenía sentido.
—Voy a verlo —dijo Theon.
El maestre Luwin lo siguió. Cuando llegaron a las almenas, toda la plaza del mercado al otro lado de las puertas estaba cubierta de cadáveres y caballos agonizantes. No pudo ver líneas de batalla, sólo un caótico remolino de estandartes y hojas afiladas. El aire otoñal vibraba con gritos y gemidos. Ser Rodrik tenía más seguidores, pero los hombres de Fuerte Terror parecían tener mejores mandos, y habían pillado a los otros por sorpresa. Theon los vio cargar, retroceder y cargar de nuevo, dejando al ejército más numeroso convertido en fracciones sangrantes cada vez que intentaban formar entre las casas. Podía oír el choque de las picas de hierro contra escudos de roble por encima del bramido de terror de un caballo herido. Alcanzó a ver que la posada estaba en llamas.
Lorren el Negro apareció a su lado y permaneció un rato en silencio. El sol poniente estaba muy bajo, pintando los campos y las casas de un rojo brillante. Un agudo grito de dolor resonó por encima de las murallas, y tras las casas que ardían se oyó sonar un cuerno de guerra. Theon contempló a un hombre herido que se arrastraba con dolor por el suelo, manchando el fango con su sangre mientras intentaba llegar al pozo que se encontraba en el centro de la plaza del mercado. Murió antes de llegar allí. Llevaba un chaleco de cuero y un yelmo cónico, pero ninguna insignia que indicara de qué lado había peleado.
Los cuervos llegaron en la penumbra azul, con las estrellas vespertinas.
—Los dothrakis creen que las estrellas son espíritus de los valientes muertos —dijo Theon; el maestre Luwin se lo había dicho mucho tiempo atrás.
—¿Los dothrakis?
—Los señores de los caballos, al otro lado del mar Angosto.
—Ah, ésos. —Lorren el Negro hizo una mueca bajo la barba—. Los salvajes creen cualquier tontería.
A medida que oscurecía y el humo se disipaba, era más difícil ver qué ocurría abajo, pero el choque del acero disminuyó gradualmente hasta desaparecer, y los gritos y los cuernos de combate dejaron paso a gemidos y sollozos lastimeros. Finalmente, una columna de hombres a caballo apareció entre las columnas de humo. Los encabezaba un caballero con armadura oscura. Su yelmo redondeado era de un rojo mate, y de sus hombros colgaba una capa color rosa pálido. Hizo detenerse a su caballo ante las puertas exteriores, y uno de sus hombres gritó para que les abrieran el castillo.
—¿Amigos o enemigos? —gritó Lorren el Negro.
—¿Os traería un enemigo estos magníficos regalos? —Yelmo Rojo hizo un gesto con la mano, y tres cadáveres cayeron delante de las puertas. Una antorcha osciló sobre los cuerpos, para que los defensores pudieran ver los rostros de los muertos desde las murallas.
—El viejo castellano —dijo Lorren el Negro.
—Con Leobald Tallhart y Cley Cerwyn.
El jovencísimo señor había sido alcanzado en el ojo por una flecha, y Ser Rodrik había perdido el brazo izquierdo a la altura del codo. El maestre Luwin soltó un grito de angustia sin palabras, se apartó de la aspillera y, presa de las náuseas, cayó de rodillas.
—Ese gran cerdo de Manderly fue demasiado cobarde para salir de Puerto Blanco; si no, también lo habríamos traído —gritó Yelmo Rojo.
«Estoy salvado —pensó Theon. Entonces, ¿por qué sentía tal vacío interior? Era una victoria, una dulce victoria, la liberación por la que había rezado. Miró al maestre Luwin—. Y pensar lo cerca que estuve de rendirme y vestir el negro...»
—Abrid las puertas a nuestros amigos. —Quizá esa noche Theon dormiría sin miedo de lo que podrían traerle sus sueños.
Los hombres de Fuerte Terror atravesaron el foso y entraron por las puertas interiores. Theon, acompañado por Lorren el Negro y el maestre Luwin, bajó al patio a recibirlos. Del extremo de unas pocas lanzas colgaban pendones rosados, pero la mayoría llevaba picas de guerra, espadones y escudos casi convertidos en astillas.
—¿Cuántos hombres habéis perdido? —preguntó Theon a Yelmo Rojo cuando éste desmontó.
—Veinte o treinta.
La antorcha se reflejó en el esmalte astillado del visor. El yelmo y el gorjal habían sido moldeados con la forma del rostro y los hombros de una persona, sin piel y ensangrentados, con la boca abierta en un silencioso grito de angustia.
—Ser Rodrik os superaba por una ventaja de cinco a uno.
—Sí, pero creyó que éramos amigos. Un error habitual. Cuando el viejo tonto me dio la mano, le corté medio brazo. A continuación, dejé que me viera la cara. —El hombre se llevó las dos manos al yelmo y se lo quitó, para sostenerlo en el hueco del brazo.
—Hediondo —dijo Theon, con inquietud. «¿Cómo ha conseguido un sirviente una armadura de tanta calidad?»
—¿Hediondo? —El hombre se rió—. No, ese pobre desgraciado está muerto. —Dio un paso y se aproximó—. Fue culpa de la chica. Si no hubiera huido tan lejos, su caballo no se hubiera quedado cojo y hubiéramos podido escapar. Le di el mío cuando vi a los jinetes desde la cordillera. En ese momento, yo había terminado con ella, y a él le gustaba aprovechar su turno cuando aún estaban calientes. Tuve que arrancarlo de encima de ella y meterle mis ropas en las manos: las botas de piel de becerro, el jubón de terciopelo, el cinto de la espada con incrustaciones de plata, hasta mi manto de marta cibelina.
»—Corre a Fuerte Terror —le dije—, y trae toda la ayuda que puedas. Llévate mi caballo, es más veloz, y toma, ponte el anillo que me dio mi padre, para que sepan que vas en mi nombre.
»Ni se le pasó por la cabeza preguntarme nada. Cuando lo atravesaron por la espalda con una flecha, yo había tenido tiempo de ponerme sus harapos y de untarme con la mierda de la chica. A lo mejor también me habrían ahorcado, pero fue lo único que se me ocurrió. —Se frotó la boca con el dorso de la mano—. Y ahora, mi querido príncipe me prometió que habría una mujer si yo traía a doscientos hombres. Bien, he traído tres veces esa cantidad, y no se trata de chicos bisoños ni labriegos, sino de la mismísima guarnición de mi padre.
Theon había dado su palabra. No era el momento de regatear. «Págale el precio de la traición y ocúpate de él después.»
—Harrag —dijo—, ve a la perrera y trae a Palla para...
—Ramsay. —En los labios regordetes de Hediondo había una sonrisa, pero no en los ojos pálidos—. Mi esposa me llamó «Nieve» antes de comerse los dedos, pero yo digo que mi apellido es Bolton. —La sonrisa se le congeló en el rostro—. Así que me ofrecéis a una chica de la perrera a cambio de mis buenos servicios, ¿no es así?
En su voz había un tono que a Theon no le gustó, como no le gustaba la manera insolente con que lo miraban los hombres de Fuerte Terror.
—Fue lo prometido.
—Huele a mierda de perro. Da la casualidad de que ya he tenido suficiente de malos olores. Creo que mejor tomaré a la que os calienta la cama. ¿Cómo se llama? ¿Kyra?
—¿Estás loco? —dijo Theon, airado—. Haré que os...
El revés del bastardo le dio de lleno, y el hueso de su mejilla se estremeció con un crujido repulsivo bajo el acero articulado. El mundo desapareció en una roja ola de dolor.
Un rato después, Theon volvió en sí sobre el suelo. Rodó sobre su vientre y tragó un buche de sangre. Intentó gritar para que cerraran las puertas, pero era demasiado tarde. Los hombres de Fuerte Terror habían eliminado a Rolfe el Rojo y a Kenned, y cada vez entraban más, un río de cotas de malla y espadas afiladas. Tenía un zumbido en los oídos y el terror reinaba en torno a él. Lorren el Negro había sacado su espada, pero cuatro atacantes lo arrinconaban. Vio caer a Ulf, alcanzado en el vientre por el disparo de una ballesta cuando corría hacia la sala principal. El maestre Luwin intentaba llegar hasta él cuando un caballero montado le clavó una lanza en la espalda y a continuación retrocedió para pasarle por encima. Otro hombre hacía girar una antorcha en grandes círculos en torno a su cabeza, y después la lanzó hacia el techo de paja de los establos.
—Sacad de aquí a los Frey —gritaba el bastardo mientras las llamas se elevaban al cielo—, y quemad el resto. Quemadlo, quemadlo todo.
Lo último que vio Theon Greyjoy fue a Sonrisas, que había escapado a coces de los establos incendiados con las crines en llamas, relinchando, encabritado...
TYRION
Soñaba con un techo de piedra agrietado y con el olor de la sangre, la mierda y la carne quemada. El aire estaba lleno de un humo acre. Alrededor de él había hombres gimiendo y sollozando, y de cuando en cuando un grito rasgaba el aire, rebosante de dolor. Cuando intentó moverse, descubrió que se había ensuciado en el lecho. El humo lo hacía llorar. «¿Estoy llorando?» No podía dejar que su padre lo viera. Él era un Lannister, de Roca Casterly. «Un león, debo ser un león, vivir como un león, morir como un león.» Pero estaba muy malherido. Yacía sobre sus propios excrementos, demasiado débil para gemir, y cerró los ojos. En las cercanías, alguien maldecía a los dioses con una voz profunda, monótona. Prestó atención a las blasfemias y se preguntó si se estaba muriendo. Al rato, la habitación se desvaneció.
Se halló fuera de la ciudad, caminando por un mundo sin color. Los cuervos planeaban en un cielo gris con sus anchas alas negras, mientras otras aves carroñeras se levantaban de sus festines en furiosas bandadas cada vez que daba un paso. Gusanos blancos se abrían camino a través de la oscuridad de los cuerpos en descomposición. Los lobos eran grises, y grises también eran las hermanas silenciosas; juntos, descarnaban a los caídos. Había cadáveres esparcidos por doquier en el campo de justas. El cielo era una ardiente moneda blanca, que brillaba sobre el río gris que fluía en torno a las osamentas calcinadas de naves hundidas. Desde las piras de muertos subían negras columnas de humo y cenizas blancas y calientes.
«Mi obra —pensó Tyrion Lannister—. Perecieron por orden mía.» Al principio, no había sonido en el mundo, pero después de un tiempo comenzó a oír las voces de los muertos, quedas y terribles. Sollozaban y gemían, imploraban que terminara el dolor, lloraban pidiendo ayuda y querían ver a sus madres. Tyrion no había llegado a conocer a su madre. Quería a Shae, pero ella no estaba allí. Caminó solo, entre sombras grises, intentando recordar...
Las hermanas silenciosas despojaban a los muertos de sus armaduras y ropas. Los colores brillantes de los jubones de los muertos se habían desvanecido; vestían tonos de blanco y gris, y su sangre era negra y costrosa. Contempló cómo levantaban los cuerpos desnudos agarrándolos por un brazo y una pierna, para llevarlos a las piras junto con sus compañeros. El metal y la tela iban a parar a la parte de atrás de un carro blanco de madera, del que tiraban dos enormes caballos negros.
«Tantos muertos, tantos...» Sus cuerpos colgaban, fláccidos, con los rostros lánguidos o tensos o hinchados por los gases, irreconocibles, apenas humanos. Las prendas de ropa que las hermanas les quitaban estaban adornadas con corazones negros, leones grises, flores muertas y venados pálidos y fantasmales. Las armaduras estaban abolladas y hendidas; las cotas de malla, rotas, sajadas, destrozadas... «¿Por qué los maté a todos?» Alguna vez lo supo, pero por alguna razón lo había olvidado.
Se lo hubiera preguntado a una de las hermanas silenciosas, pero cuando intentó hablar descubrió que no tenía boca. Sus dientes estaban cubiertos por una piel lisa, sin abertura. El descubrimiento lo aterró. ¿Cómo podía vivir sin boca? Comenzó a correr. La ciudad no estaba lejos. Estaría a salvo dentro de la ciudad, lejos de todos aquellos muertos. No tenía nada en común con esos muertos. Carecía de boca, pero todavía era una persona viva. No, un león, un león vivo. Pero cuando llegó a las murallas de la ciudad, las puertas estaban cerradas para impedirle entrar.
Estaba oscuro cuando despertó de nuevo. Al principio no podía ver nada pero, al rato, a su alrededor aparecieron los contornos imprecisos de un lecho. Las cortinas estaban corridas, pero podía ver la forma de los postes tallados de la cama, y el ángulo del dosel sobre su cabeza. Debajo tenía la mullida suavidad de un lecho de plumas, y la almohada bajo su cabeza era de plumón de ganso.
«Mi cama, estoy en mi cama, en mi dormitorio.»
Hacía calor entre aquellas cortinas, bajo el montón de mantas y pieles que lo cubrían. Estaba sudando. «Fiebre», pensó, como si estuviera borracho. Se sentía muy débil y el dolor fue como una estocada cuando hizo un esfuerzo para levantar la mano. Se rindió y dejó de hacerlo. Sentía enorme la cabeza, tan grande como la cama, demasiado pesada para levantarla de la almohada. Apenas lograba percibir su cuerpo. «¿Cómo he llegado hasta aquí?» Intentó recordar. La batalla, en momentos y destellos, regresó a su mente. El combate en el río, el caballero que le había ofrecido su guantelete, el puente de naves...
«Ser Mandon.» Vio los ojos muertos, vacíos, la mano extendida hacia él, el fuego verde que se reflejaba en la lámina de esmalte blanco. El miedo lo recorrió con un gélido sobresalto; bajo las sábanas pudo notar que su vejiga se vaciaba. Si hubiera tenido una boca, habría gritado.
«No, eso era un sueño —pensó mientras el corazón le latía con fuerza—. Ayudadme, que alguien me ayude. Jaime, Shae, madre, quien sea... Tysha...»
Nadie lo oyó. Nadie acudió. Solo, en la oscuridad, volvió a sumirse en un sueño con olor a meados. Soñó que su hermana estaba allí de pie, inclinada sobre su cama, con su señor padre al lado, frunciendo el ceño. Tenía que ser un sueño, porque Lord Tywin estaba a mil leguas de distancia, peleando contra Robb Stark en occidente. Otros venían y se iban. Varys lo miró y suspiró, pero Meñique puso cara de sarcasmo.
«Maldito cerdo traicionero —pensó Tyrion con encono—, te mandamos a Puenteamargo y no regresaste.»
A veces podía oír que hablaban entre sí, pero no entendía las palabras. Sus voces le zumbaban en los oídos como avispas a través de un grueso fieltro.
Quería preguntar si habían ganado la batalla. «Seguramente, pues en caso contrario yo sería una cabeza en una pica clavada en algún lugar. Si estoy vivo, es que hemos vencido.» No sabía qué lo complacía más, la victoria o el hecho de que había sido capaz de razonar aquello. Su inteligencia regresaba a él, aunque con lentitud. Eso era bueno. Lo único que tenía era su inteligencia.
La siguiente vez que despertó, las cortinas estaban recogidas y Podrick Payne estaba de pie junto a él, con una vela en la mano. Cuando vio que Tyrion abría los ojos, se fue corriendo.
«No, no te vayas, ayúdame, ayúdame —intentó decirle, pero lo único que logró fue un gemido apagado—. No tengo boca.» Se llevó una mano a la cara, cada movimiento era torpe y doloroso. Sus dedos hallaron tela rígida donde deberían haber tocado carne, labios, dientes. «Vendas.» La parte inferior de su cara estaba herméticamente vendada, era una máscara de yeso endurecido con agujeros para respirar y alimentarse.
Al poco rato, Pod reapareció. Esta vez lo acompañaba un desconocido, un maestre con cadena y túnica.
—Mi señor, debéis permanecer quieto —murmuró el hombre—. Estáis gravemente herido. Podéis empeorar el estado de vuestras heridas. ¿Tenéis sed?
Sin saber cómo, logró asentir. El maestre insertó un embudo curvo de cobre en el agujero para la alimentación, encima de su boca, y vertió un lento chorrito de liquido en su garganta. Tyrion lo tragó, sin percibir apenas el sabor. Muy tarde se dio cuenta de que era la leche de la amapola. Cuando el maestre le retiró el embudo de la boca, ya estaba regresando al sueño en una larga espiral.
Esta vez soñó que estaba en un festín, un festín de victoria en un gran salón. Tenía un asiento elevado en el estrado y los hombres levantaban sus copas y lo aclamaban como héroe. Allí estaba Marillion, el bardo que había viajado con él por las Montañas de la Luna. Tocó su arpa de madera y cantó las osadas hazañas del Gnomo. Hasta su padre sonreía con aprobación. Cuando la canción concluyó, Jaime se levantó de su sitio, ordenó a Tyrion que hincara la rodilla y lo tocó con su espada de oro, primero en un hombro y después en el otro, y él se levantó como caballero. Shae lo esperaba para abrazarlo. Lo tomó de la mano, reía y bromeaba, llamándolo su gigante de Lannister.
Despertó en la oscuridad de una fría habitación desierta. De nuevo, habían corrido las cortinas. Algo no andaba bien, algo estaba del revés, pero no hubiera podido decir qué era. De nuevo se encontraba solo. Apartó las mantas e intentó sentarse, pero el dolor era excesivo, y pronto se rindió, con la respiración entrecortada. Lo que menos le dolía era el rostro. Su costado derecho era una enorme masa de dolor, y cada vez que levantaba el brazo una estocada le atravesaba el pecho.
«¿Qué me ha ocurrido? —Hasta la batalla le parecía casi un sueño cuando trataba de pensar en ella—. Resulté herido, mucho más grave de lo que pensaba. Ser Mandon...»
El recuerdo lo asustó, pero Tyrion se obligó a agarrarse a él, a darle vueltas en su cabeza, a mirarlo fijamente. «Intentó matarme, sin la menor duda. Esa parte no fue un sueño. Me hubiera partido en dos si Pod no... Pod, ¿dónde está Pod?»
Apretando mucho los dientes, se agarró de las colgaduras de la cama y tiró de ellas. Las cortinas se soltaron del dosel y cayeron, una parte sobre la alfombra y otra encima de él. Incluso aquel pequeño esfuerzo lo había mareado. La habitación daba vueltas en torno a él, sólo paredes desnudas y sombras oscuras, con una ventana estrecha. Vio un baúl que le había pertenecido, un montón desordenado de ropa suya, su armadura abollada.
«Éste no es mi dormitorio —comprendió—. Ni siquiera estoy en la Torre de la Mano. —Alguien lo había trasladado. Su grito de ira salió como un gemido amortiguado—. Me han traído aquí para morir», pensó mientras dejaba de luchar y volvía a cerrar los ojos. La habitación estaba húmeda y fría, y él ardía.
Soñó con un lugar mejor, una cabañita acogedora junto al mar de poniente. Las paredes estaban inclinadas y agrietadas, y el suelo era de tierra, pero allí siempre se había sentido caliente y seguro, hasta cuando dejaban que el fuego se apagara.
«Ella siempre se metía conmigo por eso —recordó—. Nunca me acordaba de alimentar el fuego, eso siempre había sido una tarea de la servidumbre.»
—No tenemos servidumbre —le recordaba ella.
—Tú me tienes a mí, soy tu sirviente —respondía él.
—Un sirviente haragán —era la réplica de ella—. ¿Qué hacen en Roca Casterly con los sirvientes haraganes, mi señor?
—Allí los besan —le contestaba él, y eso siempre la hacía reír.
—Seguro que no —decía ella—. Apuesto a que les dan una paliza.
—No —insistía él—, los besan, de esta manera. —Y le mostraba cómo—. Primero, les besan los dedos, uno a uno, y besan sus muñecas, sí, y la parte interior del codo. Después, les besan sus graciosas orejitas, todos nuestros sirvientes tienen unas orejitas muy graciosas. ¡Deja de reírte! Y les besan las mejillas, y sus naricitas con ese bultito diminuto, así, de esta manera, y les besan las cejas encantadoras y el cabello y los labios, y... hummm... las bocas... de esta manera...
Se besaban durante horas y pasaban días enteros dedicados solamente a arrullarse en el lecho, escuchando las olas y tocándose. El cuerpo de ella era una maravilla para él, y al parecer ella se deleitaba con el cuerpo de él. A veces ella le cantaba: «Amé a una doncella hermosa como el verano, con la luz del sol en el cabello.»
—Te amo, Tyrion —susurraba ella antes de irse a dormir por las noches—. Amo tus labios, amo tu voz y las palabras que me dices, y tu forma tan gentil de tratarme. Amo tu rostro.
—¿Mi rostro?
—Sí, sí. Amo tus manos y el modo como me tocas. Amo tu polla, adoro sentirla dentro de mí.
—Ella también te ama, mi señora.
—Me encanta decir tu nombre, Tyrion Lannister. Combina con el mío. Lo de Lannister, no, lo otro. Tyrion y Tysha. Tysha y Tyrion. Tyrion. Mi señor Tyrion...
«Mentiras —pensó—, todo fingido, todo por el oro, ella era una puta, la puta de Jaime, el regalo de Jaime, mi señora de las mentiras.» El rostro de la mujer pareció esfumarse, disolviéndose tras un velo de lágrimas, pero incluso cuando desapareció seguía oyendo el suave y lejano sonido de su voz que pronunciaba el nombre de él.
—Mi señor, ¿podéis oírme? ¿Mi señor? ¿Tyrion? ¿Mi señor? ¿Mi señor?
A través del laberinto de sueños de la amapola, vio una cara rosada y blanda inclinada sobre él. Estaba de vuelta en la habitación húmeda con los cortinajes de la cama que colgaban, y el rostro no era el que debía ser, no era el de ella, demasiado redondo, con el borde oscuro de una barba.
—¿Tenéis sed, mi señor? Aquí tengo leche, buena leche para vos. No debéis agitaros, no, no intentéis moveros, necesitáis descansar.
En una mano húmeda y rosada llevaba el embudo curvo, y en la otra una botella.
Cuando el hombre se le acercó más, los dedos de Tyrion se deslizaron por debajo de su cadena de muchos metales, la agarraron y tiraron de ella. El maestre dejó caer la botella, y la leche de la amapola se derramó sobre las mantas. Tyrion retorció la cadena hasta sentir que los eslabones se clavaban en la piel del grueso cuello del hombre.
—No. Más, no... —graznó, tan ronco que no era capaz de saber si había dicho algo.
Pero debió de hacerse oír, porque el maestre, casi asfixiado, logró responder.
—Soltadme, por favor, mi señor... necesitáis la leche, el dolor... la cadena, no, por favor, soltadme, no...
El rostro rosado comenzaba a ponerse violáceo cuando Tyrion lo soltó. El maestre retrocedió, aspirando el aire con ansiedad. Su garganta enrojecida mostraba unas huellas blancas donde los eslabones habían ejercido presión. Sus ojos también estaban blancos. Tyrion levantó una mano, se la llevó a la cara e hizo un movimiento como de arrancarse la máscara endurecida. Lo repitió una, dos veces.
—¿Queréis... queréis que os quiten las vendas, no es eso? —dijo, finalmente, el maestre—. Pero yo no... eso sería... muy imprudente, mi señor. No estáis curado todavía, la reina podría...
La mención de su hermana le arrancó un gruñido a Tyrion. «Entonces, ¿eres uno de los suyos?» Apuntó al maestre con un dedo y después cerró la mano en un puño. Hizo gestos de aplastar, de estrangular, una promesa de lo que sucedería a menos que lo obedeciera.
Por suerte, el maestre comprendió.
—Haré... haré lo que ordene mi señor, sin duda, pero... es una imprudencia, vuestras heridas...
—Hacedlo —dijo, esta vez más alto.
El hombre hizo una reverencia y abandonó la habitación, para retornar momentos después con un largo cuchillo de hoja fina y serrada, un cuenco con agua, un montón de telas suaves y varias botellas. Tyrion había logrado incorporarse unos cuantos centímetros, y estaba medio sentado sobre su almohada. El maestre le pidió que estuviera lo más quieto posible e introdujo la punta del cuchillo bajo el mentón, por debajo de la máscara.
«Un desliz de la mano, y Cersei se librará de mí», pensó. Podía sentir cómo la hoja cortaba el lino endurecido a escasa distancia de su garganta.
Por fortuna, aquel hombre blando y rosado no era uno de los sirvientes más valerosos de su hermana. Al poco rato empezó a sentir el aire fresco en las mejillas. También sentía dolor, claro, pero hizo un esfuerzo para no prestarle atención. El maestre tiró las vendas, todavía llenas de costras de ungüento.
—No os mováis ahora, tengo que lavaros la herida.
Sus dedos eran delicados, el agua era tibia y relajante. «La herida», pensó Tyrion, recordando un súbito destello plateado que había pasado, al parecer, por debajo de sus ojos.
—Esto va a doler un poco —advirtió el maestre, mientras humedecía una venda en un vino que olía a hierbas maceradas.
Fue algo más que doler un poco. Trazó una línea de fuego a todo lo ancho del rostro de Tyrion y clavó una barra incandescente por la nariz. Sus dedos se aferraron a las sábanas y comenzó a jadear, pero logró no gritar. El maestre cloqueaba como una gallina vieja.
—Lo más prudente hubiera sido dejar la máscara en su lugar hasta que la carne cicatrizara, mi señor. De todos modos, tiene buen aspecto, la herida está limpia, eso es bueno. Cuando os encontramos en aquel sótano, entre los muertos y los moribundos, vuestras heridas estaban infectadas. Una de vuestras costillas estaba rota, seguro que lo notáis; quizá os golpearon con una maza, o sería una caída, es difícil decirlo. Y teníais una flecha clavada en el brazo, en la articulación del hombro. Tenía muy mal aspecto y durante un tiempo temí que pudierais perder el brazo, pero tratamos la herida con vino hirviente y gusanos, y ahora parece que cicatriza limpiamente.
—Nombre —exhaló Tyrion, mirando al hombre—. Nombre.
—Sois Tyrion Lannister, mi señor —dijo el maestre parpadeando—. Hermano de la reina. ¿Os acordáis de la batalla? En ocasiones, cuando hay heridas en la cabeza...
—Tu nombre. —Tenía la garganta en carne viva y su lengua había olvidado cómo articular las palabras.
—Soy el maestre Ballabar.
—Ballabar —repitió Tyrion—. Tráeme. Espejo.
—Mi señor —dijo el maestre—. No os lo aconsejaría... puede ser, ah, imprudente, como si... vuestra herida...
—¡Tráelo! —tuvo que decir. Tenía la boca rígida y dolorida, como si un golpe le hubiera partido los labios—. Y beber. Vino. Adormidera no.
El maestre se levantó, con el rostro lleno de manchas rojas, y salió de prisa. Regresó con una jarra de un vino ambarino pálido y un pequeño espejo plateado en un hermoso marco de oro. Se sentó al borde de la cama, sirvió media copa de vino y la llevó a los labios hinchados de Tyrion. El líquido bajó, fresco, aunque apenas pudo saborearlo.
—Más —dijo, cuando la copa se vació.
El maestre Ballabar volvió a servirle. Tras la segunda copa, Tyrion Lannister se sintió con fuerzas suficientes para enfrentarse a su rostro.
Tomó el espejo, se miró y no supo si reírse o llorar. El tajo era largo y torcido, comenzaba un pelo por debajo del ojo izquierdo y terminaba en el lado derecho de su mandíbula. De su nariz habían desaparecido tres cuartas partes, así como un pedazo del labio. Alguien había cosido los bordes de la herida con hilo de tripa, y las groseras puntadas estaban aún en su sitio, a uno y otro lado del costurón de carne roja, a medio cicatrizar.
—Precioso —graznó al tiempo que dejaba el espejo a un lado.
Ya lo recordaba todo. El puente formado por naves, Ser Mandon Moore, una mano y una espada que se dirigía a su rostro. «Si no hubiera dado un paso atrás, ese mandoble se me hubiera llevado la mitad de la cabeza.» Jaime siempre había dicho que Ser Mandon era el más peligroso de la Guardia Real, porque sus ojos muertos y vacíos no permitían adivinar sus intenciones. «No debí confiar nunca en ninguno de ellos.» Había sabido que Ser Meryn y Ser Boros eran leales a su hermana, así como Ser Osmund más tarde, pero se había permitido creer que los demás no habían perdido totalmente el honor. «Cersei debe de haberle pagado para asegurarse de que yo no volviera de la batalla. ¿Qué otra cosa podría ser? Que yo sepa, nunca hice daño alguno a Ser Mandon.» Tyrion se tocó la cara, palpando la carne con dedos torpes y gruesos. «Otro regalo de mi querida hermanita.»
El maestre permanecía junto a la cama como un ganso a punto de salir volando.
—Mi señor, lo más probable es que quede una cicatriz...
—¿Lo más probable? —Su risa se transformó al momento en una mueca de dolor. Sin lugar a dudas, tendría una cicatriz. Y tampoco parecía probable que la nariz volviera a crecerle a corto plazo. Su rostro no se había considerado nunca atractivo, pero aquello...—. Así... aprenderé... a no jugar... con hachas. —Una media sonrisa le tensó el rostro—. ¿Dónde estamos? ¿En qué lugar? —Le dolía hablar, pero Tyrion había estado en silencio demasiado tiempo.
—Ah, mi señor, estáis en el Torreón de Maegor. En una cámara encima del Salón de Baile de la Reina. Su Alteza quería teneros cerca para poder cuidaros ella misma.
«Seguro que sí.»
—Llévame —ordenó Tyrion—. A mi cama. A mis habitaciones. —«Donde estaré rodeado por mis hombres y por mi maestre, siempre que pueda encontrar uno en el que pueda confiar.»
—A vues... mi señor, eso no va a ser posible. La Mano del Rey reside ahora en lo que eran antes vuestras habitaciones.
—Yo... soy... la Mano del Rey. —El esfuerzo que hacía para hablar lo dejaba exhausto, y lo que oía lo dejaba confuso.
—No, mi señor, yo... —El maestre Ballabar parecía preocupado—. Habéis resultado herido, agonizabais. Vuestro señor padre ha asumido ahora esas tareas. Lord Tywin...
—¿Aquí?
—Desde la misma noche de la batalla. Lord Tywin nos salvó a todos. La gente del pueblo dice que era el fantasma del rey Renly, pero los hombres sensatos saben que no fue así. Fue vuestro padre, con Lord Tyrell, el Caballero de las Flores y Lord Meñique. Cabalgaron entre las cenizas y atacaron al usurpador Stannis por la retaguardia. Fue una gran victoria, y ahora Lord Tywin se ha establecido en la Torre de la Mano para ayudar a Su Alteza a poner orden en el reino, alabados sean los dioses.
—Alabados sean los dioses —repitió Tyrion falsamente. ¿Su maldito padre y el maldito Meñique y el fantasma de Renly?—. Quiero... —comenzó a decir. «¿Qué es lo que quiero?» No podía decirle al rosado Ballabar que le llevara a Shae. ¿A quién podía hacer venir, en quién podía confiar? ¿Varys? ¿Bronn? ¿Ser Jacelyn?—. A mi escudero —concluyó—. Pod. Payne. —«Fue Pod allí, en el puente de naves, el chico me salvó la vida.»
—¿El chico? ¿El chico extraño?
—El chico extraño. Podrick Payne. Tú, ve. Tráelo.
—Como queráis, mi señor.
El maestre Ballabar inclinó la cabeza y salió a toda prisa. Tyrion sentía cómo las fuerzas se le escapaban mientras esperaba. Se preguntaba cuánto tiempo había permanecido allí, durmiendo. «A Cersei le encantaría verme dormir para siempre, pero no voy a darle ese gusto.»
Podrick Payne entró en el dormitorio, tímido como un ratón.
—¿Mi señor?
«¿Cómo puede un chico que es tan fiero en la batalla asustarse tanto en la habitación de un herido?», se asombró Tyrion.
—Quería quedarme a vuestro lado, pero el maestre me echó.
—Échalo a él. Escúchame. Me cuesta trabajo hablar. Necesito vino del sueño. Vino del sueño, no leche... de la amapola. Ve a donde Frenken. Frenken, no Ballabar Vigílalo mientras lo prepara. Tráeme el vino. —Pod echó una mirada furtiva al rostro de Tyrion, y apartó la vista con la misma celeridad. «No puedo reprocharle eso»—. Quiero a los míos —continuó Tyrion—. Guardias. Bronn. ¿Dónde está Bronn?
—Lo han hecho caballero.
—Búscalo. —Le dolía hasta fruncir el entrecejo—. Tráelo aquí.
—Como digáis, mi señor. Bronn.
—¿Ser Mandon? —preguntó Tyrion, agarrando la muñeca del chico.
El chico retrocedió, asustado.
—No tuve intención de m-m-m-m...
—¿Está muerto? ¿Estás seguro? ¿Está muerto?
—Se ahogó. —Arrastró los pies, sumiso.
—Bien. No hables... de él... de mí... de lo que pasó... nada.
Cuando su escudero se marchó, las últimas fuerzas de Tyrion lo abandonaron también. Se reclinó y cerró los ojos. Quizá volviera a soñar con Tysha.
«Me pregunto si ahora le gustaría mi cara», pensó con amargura.
JON
Cuando Qhorin Mediamano le dijo que buscara ramitas secas para encender un fuego, Jon supo que el final de ambos se acercaba.
«Qué agradable sería sentirse caliente otra vez, aunque fuera durante un ratito —se dijo mientras arrancaba ramas desnudas del tronco de un árbol muerto. Fantasma estaba sentado sobre las patas traseras, callado como siempre—. ¿Aullará por mí cuando esté muerto, de la misma manera que el lobo de Bran aulló cuando él cayó? —se preguntó Jon—. ¿Aullará Peludo, allá lejos en Invernalia, y Viento Gris, y Nymeria, no importa dónde estén?»
La luna se elevaba detrás de una montaña y el sol descendía detrás de otra mientras Jon frotaba la daga contra el pedernal para sacar chispas, hasta que finalmente apareció una fina columna de humo. Qhorin se acercó y se quedó de pie junto a él mientras la primera llama crecía, haciendo chisporrotear los pedazos de corteza y la pinocha.
—Tan tímida como una doncella en su noche de bodas —dijo el explorador corpulento con voz serena—, y casi igual de bella. A veces uno se olvida de lo bella que puede ser una hoguera.
No era hombre al que uno esperaría oír hablar de doncellas y noches de boda. Por lo que Jon sabía, Qhorin se había pasado toda su vida en la Guardia. «¿Habrá amado alguna vez a una doncella, se habrá casado?» No podía preguntarlo. En lugar de eso, aventó la hoguera. Cuando la llama comenzó a chisporrotear por todas partes, se quitó los guantes tiesos para calentarse las manos y suspiró, preguntándose si alguna vez un beso lo había hecho sentirse tan bien. El calor se difundió entre sus dedos como mantequilla derretida.
Mediamano se acomodó sobre la tierra y se sentó junto al fuego con las piernas cruzadas, mientras la luz temblorosa jugueteaba en sus rasgos angulosos. De los cinco exploradores que habían huido del Paso Aullante, de regreso a los eriales gris azulados de los Colmillos Helados, sólo quedaban ellos dos.
Al principio, Jon había albergado la esperanza de que Escudero Dalbridge mantendría a los salvajes detenidos en el paso. Pero cuando oyeron la llamada de un cuerno lejano, todos ellos supieron que Escudero había caído. Después divisaron al águila que ascendía en el crepúsculo con sus enormes alas color gris azulado, y Serpiente de Piedra tomó el arco en las manos, pero el ave se puso fuera de su alcance mucho antes de que pudiera tensar la cuerda. Ebben escupió y masculló algo sobre wargs y cambiapieles.
El día siguiente divisaron el águila en dos ocasiones y oyeron tras ella el cuerno de caza, cuyo sonido retumbaba en las montañas. Cada vez parecía sonar más fuerte, más cerca. Cuando cayó la noche, Mediamano le dijo a Ebben que tomara la pequeña montura del guerrero y la suya, y que galopara a toda prisa hacia Mormont, deshaciendo el camino por el que habían venido. Los demás entretendrían a los perseguidores.
—Envía a Jon —lo había instado Ebben—. Puede cabalgar tan veloz como yo.
—Jon tiene otro papel en esto.
—Sólo es un muchacho.
—No —replicó Qhorin—, es un hombre de la Guardia de la Noche.
Cuando la luna ascendió, Ebben los dejó. Serpiente de Piedra lo acompañó hacia el oeste durante un corto tramo y regresó para borrar las huellas; y los tres que quedaban se encaminaron al suroeste. A partir de entonces, los días y las noches se hicieron difusos, fundiéndose unos con otras. Dormían sobre las sillas de montar y se detenían sólo lo necesario para alimentar y dar de beber a sus pequeños caballos de las montañas, luego volvían a montar. Cabalgaron sobre rocas desnudas, entre lúgubres bosques de pinos y montones de nieve vieja, sobre cordilleras heladas y a través de ríos de poca profundidad que carecían de nombre. A veces, Qhorin o Serpiente de Piedra regresaban un trecho para borrar las huellas, pero era un gesto fútil. Los vigilaban. Cada amanecer y cada atardecer divisaban al águila que se elevaba entre los picos, sólo un puntito en la inmensidad del cielo.
Escalaban una elevación de poca altura entre dos picos cubiertos de nieve cuando un gatosombra salió rugiendo de su guarida, apenas a diez metros de distancia. El animal era flaco y estaba hambriento, pero al verlo, la yegua de Serpiente de Piedra fue presa del pánico; se encabritó y salió al galope, y antes de que el explorador pudiera tenerla de nuevo bajo control, tropezó en la cuesta inclinada y se rompió una pata.
Fantasma comió bien aquel día, y Qhorin insistió en que mezclaran un poco de la sangre del caballo con el cereal para que les diera fuerzas. El sabor de aquella papilla asquerosa estuvo a punto de provocar arcadas a Jon, pero se obligó a tragarla. Cada uno cortó del costillar una docena de tiras de carne cruda para masticarla mientras cabalgaban, y dejaron el resto para los gatosombras.
No tenía sentido borrar las huellas. Serpiente de Piedra se ofreció a emboscar a los perseguidores y sorprenderlos cuando aparecieran. Quizá pudiera llevarse consigo al infierno a unos cuantos. Qhorin se negó.
—Si hay un hombre en la Guardia de la Noche que pueda atravesar los Colmillos Helados solo y a pie, ése eres tú, hermano. Puedes trepar montañas que un caballo tendría que rodear. Dirígete al Puño. Dile a Mormont qué vio Jon y cómo. Dile que los antiguos poderes están despertando, que se enfrenta a gigantes, a wargs y a cosas peores. Dile que los árboles vuelven a tener ojos.
«No tiene la menor oportunidad», pensó Jon mientras contemplaba cómo desaparecía Serpiente de Piedra tras una cresta nevada, un pequeño insecto negro reptando sobre una ondulada extensión blanca.
Después de aquello, cada noche parecía más fría que la anterior, y más solitaria. Fantasma no siempre los acompañaba, pero nunca se alejaba mucho. Hasta cuando estaban separados, Jon percibía su cercanía. Eso lo alegraba. Mediamano no era el más afable de los hombres. La larga trenza gris de Qhorin oscilaba lentamente con el movimiento de su caballo. A menudo cabalgaban durante horas sin pronunciar palabra, los únicos sonidos eran el suave roce de las herraduras en la piedra y el silbido del viento, que soplaba sin parar entre las cimas. Cuando dormía, no soñaba con lobos, con sus hermanos, con nada.
«Ni siquiera los sueños pueden vivir aquí», se dijo.
—¿Está bien afilada tu espada, Jon Nieve? —preguntó Qhorin Mediamano desde el otro lado de las llamas oscilantes.
—Mi espada es de acero valyrio. Me la dio el Viejo Oso.
—¿Recuerdas tu juramento?
—Sí. —No eran palabras que un hombre pudiera olvidar. Una vez dichas, no podían retirarse. Cambiaban la vida de uno para siempre.
—Repítelo de nuevo conmigo, Jon Nieve.
—Si eso es lo que quieres...
Sus voces se unieron en una sola bajo la luna ascendente, mientras Fantasma escuchaba y las montañas hacían de testigo.
—La noche se avecina, ahora empieza mi guardia. No terminará hasta el día de mi muerte. No tomaré esposa, no poseeré tierras, no engendraré hijos. No llevaré corona, no alcanzaré la gloria. Viviré y moriré en mi puesto. Soy la espada en la oscuridad. Soy el vigilante del muro. Soy el fuego que arde contra el frío, la luz que trae el amanecer, el cuerno que despierta a los durmientes, el escudo que defiende los reinos de los hombres. Entrego mi vida y mi honor a la Guardia de la Noche, durante esta noche y todas las que estén por venir.
Cuando terminaron, no se oyó otro sonido que el chisporroteo tenue de las llamas y un lejano silbido del viento. Jon abrió y cerró sus dedos chamuscados, repitiendo las palabras en su mente, orando para que los dioses de su padre le dieran fuerzas para morir con valor cuando llegara su hora. Ya no faltaba tanto. Las monturas estaban al límite de sus fuerzas, y Jon sospechaba que la bestia de Qhorin no duraría un día más.
En ese momento, las llamas habían bajado y el calor disminuía.
—Pronto se apagará esta hoguera —dijo Qhorin—, pero si el Muro cae alguna vez, entonces todos los fuegos se apagarán. —No había nada que Jon pudiera decir a eso. Hizo un gesto de asentimiento—. Aún podríamos escapar de ellos —dijo el explorador—. O no.
—No tengo miedo a la muerte —dijo, y sólo era una mentira a medias.
—Puede que no sea tan fácil como eso, Jon.
—¿Qué quieres decir? —No lo entendía.
—Si nos cogen, debes rendirte.
—¿Rendirme? —Parpadeó, incrédulo. Los salvajes no tomaban cautivos entre los hombres a los que llamaban cuervos. Los mataban a todos, con excepción de...—. Sólo perdonan a los renegados. A los que se unen a ellos, como Mance Rayder.
—Y tú.
—No —dijo Jon haciendo un gesto de negación—. Nunca. No lo haré.
—Lo harás. Te lo ordeno.
—¿Me lo ordenas? Pero...
—Nuestro honor no significa más que nuestras vidas, siempre que el reino esté a salvo. ¿Eres un hombre de la Guardia de la Noche?
—Sí, pero...
—No hay peros, Jon Nieve. Lo eres o no lo eres.
—Lo soy —dijo Jon, irguiéndose.
—Entonces, escúchame. Si nos atrapan, te irás con ellos, como te recomendó una vez la chica salvaje que capturaste. Pueden exigirte que hagas tiras de tu capa, que les jures lealtad sobre la tumba de tu padre, que maldigas a tus hermanos y a tu Lord Comandante. No importa qué te exijan, no debes negarte. Haz lo que te ordenen... pero en lo más hondo de tu corazón, recuerda quién y qué eres. Cabalga con ellos, come con ellos, combate con ellos todo el tiempo que sea necesario. Y observa.
—¿El qué? —preguntó Jon.
—Ojalá lo supiera —dijo Qhorin—. Tu lobo vio sus excavaciones en el valle del Agualechosa. ¿Qué andan buscando en un sitio tan distante y yermo? ¿Lo habrán encontrado? Eso es lo que debes averiguar antes de regresar con Lord Mormont y tus hermanos. Ésa es la misión que te encomiendo, Jon Nieve.
—Haré lo que me dices —dijo Jon, sin entusiasmo—, pero... se lo contarás a ellos, ¿verdad? ¿Al menos al Viejo Oso? Dile que no rompí mi juramento.
—Lo juro. —Qhorin Mediamano lo miró fijamente a través del fuego, con sus ojos sumidos en pozos de sombras—. La próxima vez que lo vea. —Hizo un gesto hacia la hoguera—. Más leña. Quiero que brille, que caliente.
Jon fue a cortar más ramas, y partió cada una en dos antes de tirarlas a las llamas. El árbol llevaba largo tiempo muerto, pero parecía revivir entre las llamaradas cuando unos fieros bailarines despertaban dentro de cada trozo de leña para girar y revolverse en sus brillantes túnicas amarillas, rojas y anaranjadas.
—Basta —dijo Qhorin bruscamente—. Ahora, cabalguemos.
—¿Que cabalguemos? —Más allá del fuego reinaba la oscuridad y la noche era gélida—. ¿Hacia dónde vamos?
—De vuelta. —Qhorin montó una vez más en su agotado caballo—. El fuego los hará seguir en otra dirección, o eso espero. Vamos, hermano.
Jon volvió a ponerse los guantes y se levantó la capucha. Hasta los caballos parecían poco dispuestos a alejarse del fuego. El sol se había puesto hacía ya tiempo, y sólo el frío destello lunar del cuarto menguante estaba allí para guiar sus pasos por el terreno traicionero que se extendía a su espalda. No sabía qué tendría en mente Qhorin, pero quizá les diera una oportunidad. Tenía la esperanza de que fuera así.
«No quiero hacer de renegado, ni siquiera por una buena causa.»
Avanzaban con cautela, se movían con el mayor sigilo posible para un caballo y su jinete, y volvieron sobre sus pasos hasta llegar a la boca de un angosto desfiladero, donde un pequeño torrente helado surgía entre dos montañas. Jon recordó el sitio. Allí habían abrevado a sus caballos antes de la puesta del sol.
Cuanto más avanzaban, más los presionaban las rocas a cada lado. Siguieron la cinta plateada de la corriente bañada por la luna hasta su fuente. Sus laderas de roca estaban cubiertas de carámbanos, pero Jon aún podía escuchar el sonido de agua corriente bajo la dura y fina corteza.
Un gran pedazo de roca caída les bloqueaba el camino de ascenso, pero los pequeños caballos de paso seguro lograron pasar. Más adelante, las paredes del desfiladero se cerraban abruptamente y la corriente los condujo al pie de una caída de agua elevada y sinuosa. El aire estaba lleno de niebla, como el aliento de una enorme bestia gélida. Las aguas, al caer, emitían destellos plateados a la luz de la luna. Jon, estupefacto, miró a su alrededor. «No hay salida.» Qhorin y él tal vez pudieran escalar los riscos, pero no con los caballos. Y a pie no durarían mucho.
—Vamos, rápido —ordenó Mediamano.
El corpulento explorador, montado sobre el caballo menudo, cabalgó sobre las rocas, resbaladizas por el hielo, fue directo hacia la cortina de agua y desapareció tras ella. Cuando no volvió a aparecer, Jon le clavó las espuelas a su montura y lo siguió. Su caballo intentó retroceder. El agua, al caer, los golpeó con puños helados, y la sacudida del frío hizo que a Jon se le cortara el aliento.
Y al momento se halló al otro lado, tiritando y empapado, pero al otro lado.
La fisura en la roca era apenas del tamaño suficiente para que pasara un hombre con su caballo, pero al otro lado las paredes se separaban y el suelo se volvía de arena blanda. Jon sentía las gotas de agua que se le congelaban en la barba. Fantasma atravesó la caída de agua de un salto rabioso, se sacudió las gotas de la pelambre, olfateó la oscuridad con suspicacia y levantó una pata contra la pared rocosa. Qhorin había desmontado. Jon lo imitó.
—Tú sabías de este lugar.
—Cuando tenía tu edad, oí a un hermano que contaba cómo había perseguido a un gatosombra a través de estas cataratas. —Desensilló el caballo, le quitó el bocado y las riendas, y lo rascó con los dedos a través de las crines lanudas—. Hay un camino que atraviesa el corazón de la montaña. Si al llegar la aurora no nos han encontrado, seguiremos adelante. Yo me encargo de la primera guardia, hermano.
Qhorin se sentó en la arena con la espalda recostada en la pared, no era más que una sombra negra imprecisa en la penumbra de la caverna. Por encima del rumor del agua que caía, Jon oyó el suave sonido del acero sobre el cuero, lo que sólo podía significar que Mediamano había desenvainado la espada.
Se quitó la capa mojada, pero allí había demasiado frío y humedad para seguir desnudándose. Fantasma se estiró junto a él y le lamió el guante antes de acurrucarse para dormir. Jon le agradecía su calor. Se preguntó si, allá afuera, la hoguera seguía ardiendo, o si ya se habría apagado. «Si el Muro cae alguna vez, todos los fuegos se apagarán.» La luna brillaba a través de la cortina de agua y dejaba una pálida franja brillante en la arena, pero al rato aquello también se desvaneció y reinó la oscuridad total.
Finalmente llegó el sueño con sus pesadillas. Soñó con castillos en llamas y con cadáveres que se levantaban intranquilos de sus sepulturas. Cuando Qhorin lo despertó, aún estaba oscuro. Mientras Mediamano dormía, Jon se mantuvo sentado con la espalda recostada en la pared de la caverna, prestando atención al sonido del agua y esperando la llegada de la aurora.
Al romper el día, cada uno masticó una tira semicongelada de carne de caballo, después ensillaron de nuevo sus bestias y se echaron las capas negras por encima de los hombros. Durante su guardia, Mediamano había confeccionado media docena de antorchas, empapando mazos de musgo en el aceite que llevaba en las alforjas. Encendió la primera y guió el avance hacia la oscuridad, con la pálida llama delante de sí. Jon lo siguió con los caballos. El sendero de piedras se retorcía, primero arriba, después abajo, y luego giraba en un descenso abrupto. En ciertos momentos se hacía tan estrecho que era difícil convencer a los caballos de que lograrían pasar al otro lado.
«Cuando logremos salir, los habremos despistado; cabalgaremos a toda velocidad hacia el Puño y le contaremos al Viejo Oso todo lo que sabemos.»
Pero cuando volvieron a salir a la luz, horas después, el águila los estaba esperando, posada en un árbol seco a unos treinta metros más arriba en la ladera. Fantasma fue a por ella, saltando entre las rocas, pero el ave sacudió las alas y emprendió el vuelo.
La boca de Qhorin se puso tensa mientras la seguía con la mirada.
—Éste es un lugar tan bueno como otro cualquiera para hacer un alto —declaró—. La boca de la cueva nos protege por encima, y no pueden ponerse a nuestra retaguardia sin atravesar la montaña. ¿Está afilada tu espada, Jon Nieve?
—Sí —respondió.
—Demos de comer a los caballos. Nos han servido con dedicación, pobres bestias.
Jon le dio a su montura lo que le quedaba de avena y acarició sus crines lanudas, mientras Fantasma se movía inquieto entre las rocas. Se ajustó más los guantes y flexionó sus dedos quemados. «Soy el escudo que protege los reinos de los hombres.»
Un cuerno de caza retumbó entre las montañas y un instante después Jon escuchó los ladridos de los sabuesos.
—Pronto llegarán aquí —anunció Qhorin—. Ten presto a tu lobo.
—Fantasma, conmigo —dijo Jon.
El lobo huargo acudió a disgusto a su lado, con la cola tiesa.
Los salvajes aparecieron en gran cantidad sobre una cresta, a menos de un kilómetro de distancia. Sus perros los precedían en la carrera, bestias de color gris pardo, con las fauces desnudas, que tenían bastante de lobo en la sangre. Fantasma mostró los colmillos, con el pelaje erizado.
—Tranquilo —murmuró Jon—. Conmigo.
Oyó un batir de alas por encima de su cabeza. El águila se posó en un saliente de roca y emitió un grito de triunfo.
Los cazadores se aproximaban con cautela, temiendo quizá las flechas. Jon contó catorce, con ocho perros. Sus grandes escudos redondos estaban hechos con pieles tensadas sobre mimbre, y llevaban calaveras dibujadas. La mitad de ellos escondía el rostro tras rudimentarios yelmos de madera y cuero endurecido. En los flancos, los arqueros colocaban flechas en pequeños arcos de madera y hueso, pero no disparaban. Los demás parecían estar armados con lanzas y mazas. Uno de ellos tenía un hacha de piedra tallada. Vestían únicamente las piezas de armaduras que habían quitado a exploradores muertos o robado durante incursiones. Los salvajes no extraían minerales ni los fundían, y al norte del Muro había pocos herreros y menos fraguas.
Qhorin desenvainó su espadón. El relato de cómo había aprendido a combatir con la mano izquierda tras perder la mitad de la derecha era parte de su leyenda; se decía que actualmente manejaba la hoja con más destreza que nunca. Jon se situó hombro con hombro junto al enorme explorador, y sacó a Garra de su vaina. A pesar del aire gélido, el sudor hacía que le ardieran los ojos.
Los cazadores se detuvieron a unos ocho metros por debajo de la boca de la caverna. Su jefe ascendió solo, a lomos de una bestia que más parecía una cabra que un caballo, a juzgar por la seguridad con la que escalaba aquella ladera desigual. Cuando el hombre y su cabalgadura estuvieron más cerca, Jon alcanzó a oír el traqueteo: ambos llevaban armaduras de huesos. Huesos de vaca, huesos de oveja, huesos de cabra, de bisonte, de alce, grandes huesos de mamuts peludos... así como huesos humanos.
—Casaca de Matraca —pronunció Qhorin con gélida cortesía.
—Para los cuervos soy el Señor de los Huesos. —El yelmo del jinete había sido confeccionado con la calavera rota de un gigante, y a todo lo largo de sus brazos habían cosido garras de osos al cuero endurecido.
—No veo por aquí a ningún señor —dijo Qhorin con una mueca burlona—. Sólo a un perro que viste huesos de pollo, y que cuando cabalga traquetea como una matraca.
El salvaje soltó un silbido de rabia y su montura retrocedió. En verdad traqueteaba, Jon lo oía perfectamente; los huesos estaban medio sueltos, unos junto a otros, de manera que cuando el hombre se movía entrechocaban y castañeteaban.
—Tus huesos son los que van a traquetear muy pronto, Mediamano. Te herviré, retiraré la carne y me haré una cota con tus costillas. Tallaré tus dientes para hacerme runas y comeré papilla de avena en tu calavera.
—Si quieres mis huesos, ven a por ellos.
Pero Matraca no parecía muy dispuesto a hacerlo. En el espacio reducido entre las rocas donde los hermanos negros se habían hecho fuertes, sus soldados no eran tantos; para hacerlos salir de la caverna, los salvajes tendrían que atacar de dos en dos cada vez. Pero otro miembro de su partida, una de las guerreras llamadas mujeres del acero, detuvo su caballo junto a él.
—Somos catorce contra dos, cuervos, y ocho perros para vuestro lobo —dijo—. Huyáis o peleéis, sois nuestros de todos modos.
—Muéstraselo —ordenó Matraca.
La mujer metió la mano en un saco manchado de sangre y extrajo un trofeo. Ebben había sido calvo como un huevo, por lo que la mujer sacó la cabeza por una oreja.
—Murió como un valiente —dijo.
—Pero murió —añadió Camisa de Matraca—, igual que morirás tú. —Sacó su hacha de batalla, levantándola por encima de su cabeza. Era de un magnífico acero, con un destello maligno en ambas hojas. Ebben nunca había sido descuidado con sus armas. Los demás salvajes avanzaron hasta quedar al lado de su jefe, mofándose de ellos a gritos. Algunos eligieron a Jon para sus burlas.
—¿Ese lobo es tuyo, niño? —gritó un jovenzuelo flaco, agitando una maza de piedra—. Será mi capa antes de que se ponga el sol.
Al otro extremo del grupo, una mujer del acero echó a un lado sus pieles harapientas y le enseñó a Jon un pesado pecho blanco.
—¿El bebé extraña a su mamaíta? Ven, niño, chupa un poco de esto.
Los perros ladraban también.
—Se burlarán de nosotros hasta que hagamos alguna tontería. —Qhorin miró largamente a Jon—. No olvides tus órdenes.
—Parece que tendremos que espantar a los cuervos —gritó Matraca por encima del griterío—. ¡Emplumadlos!
—¡No! —El grito brotó de los labios de Jon antes de que los arqueros pudieran disparar. Dio dos rápidos pasos adelante—. ¡Nos rendimos!
—Me habían advertido que la sangre de los bastardos era cobarde —oyó cómo decía fríamente Qhorin a sus espaldas—. Ya veo que es así. Corre con tus nuevos amos, cobarde.
Con el rostro rojo de vergüenza, Jon bajó la ladera hasta donde se había detenido el caballo de Casaca de Matraca. El salvaje lo miró por el visor de su yelmo.
—El pueblo libre no necesita cobardes.
—No es ningún cobarde. —Uno de los arqueros se quitó el yelmo de piel de oveja y sacudió una cabellera roja y lanuda—. Es el bastardo de Invernalia, el que me salvó la vida. Déjalo vivir.
Jon miró a Ygritte a los ojos y no pudo pronunciar palabra.
—Que muera —insistió el Señor de los Huesos—. El cuervo negro es un pájaro astuto, no confío en él.
En una roca por encima de ellos, el águila agitó las alas y cortó el aire con un grito de furia.
—El ave te odia, Jon Nieve —dijo Ygritte—. Y tiene buenas razones para ello. Era un hombre antes de que lo mataras.
—No lo sabía —dijo Jon, sin mentir ni un ápice, tratando de acordarse del rostro del hombre que había matado en el paso—. Me dijiste que Mance me aceptaría.
—Y lo hará —replicó Ygritte.
—Mance no está aquí —dijo Casaca de Matraca—. Ragwyle, destrípalo.
La corpulenta mujer del acero entrecerró los ojos.
—Si el cuervo quiere unirse al pueblo libre —dijo—, que nos muestre su habilidad y dé pruebas de que lo que dice es cierto.
—Haré lo que me ordenéis. —Las palabras le salieron con dificultad, pero Jon logró pronunciarlas.
—Entonces, bastardo, mata a Mediamano. —La armadura de huesos de Matraca traqueteó sonoramente con las carcajadas.
—Como si pudiera —dijo Qhorin—. Vuélvete, Nieve, y muere.
Y al momento, la espada de Qhorin lo buscó, y de alguna manera Garra se alzó para parar el golpe. La violencia del impacto estuvo a punto de hacer que la espada cayera de la mano de Jon, y lo hizo retroceder trastabillando. «No importa qué te exijan, no puedes negarte.» Agarró la espada con las dos manos, con suficiente celeridad para lanzar una estocada, pero el corpulento explorador la desvió con facilidad despectiva. Siguieron combatiendo, adelante y atrás, tremolantes las capas negras, la rapidez del joven contra la fuerza salvaje de las estocadas de Qhorin, lanzadas con la mano izquierda. El espadón de Mediamano parecía estar en todas partes a la vez, cayendo por un flanco y al momento por el otro, llevando a Jon de un lado a otro e impidiéndole recuperar el equilibrio. Percibía ya cómo se le entumecían los brazos.
Incluso cuando los dientes de Fantasma se cerraron ferozmente en torno a la pantorrilla del explorador, Qhorin logró mantenerse sobre los pies de alguna manera. Pero en ese momento, al volverse, se descubrió. Jon pisó fuerte y pivotó. El explorador retrocedía, y por un momento pareció que el tajo de Jon no lo había tocado. Pero al momento apareció un collar de lágrimas rojas en la garganta del hombre, brillante como una gargantilla de rubíes. La sangre comenzó a salir a borbotones y Qhorin Mediamano cayó.
Del hocico de Fantasma caían gotas rojas, pero sólo la punta de la espada del bastardo estaba manchada, apenas los últimos dos centímetros. Jon hizo que el lobo huargo se apartara y se inclinó junto a él, pasándole el brazo por encima. La luz se apagaba en los ojos de Qhorin.
—Afilada —dijo, levantando sus dedos mutilados. A continuación, su mano cayó y su vida se apagó.
«Lo sabía —pensó, aturdido—. Sabía qué me iban a ordenar.» Recordó entonces a Samwell Tarly, a Grenn, a Edd el Penas, a Pyp y al Sapo en el Castillo Negro. ¿Los había perdido a todos, había perdido a Bran, a Rickon y a Robb? ¿Quién era él en ese momento? ¿Qué era?
—Levantadlo. —Unas manos rudas lo obligaron a ponerse en pie. Jon no opuso resistencia—. ¿Tienes un nombre?
—Se llama Jon Nieve —respondió Ygritte en su lugar—. Lleva la sangre de Eddard Stark, de Invernalia.
—¿A quién se le hubiera ocurrido semejante cosa? —dijo Ragwyle riéndose—. Qhorin Mediamano muerto por un tajo casual del retoño de un señor.
—Destripadlo —volvió a decir Matraca, que no había desmontado. El águila voló hacia él y se posó con un grito sobre su yelmo de hueso.
—Se rindió —le recordó Ygritte.
—Sí, y mató a su hermano —dijo un hombre bajito y feo, que llevaba un yelmo de hierro comido por la herrumbre.
—Fue el lobo el que hizo su trabajo. —Matraca se aproximó en su caballo y los huesos traquetearon—. Lo hizo a traición. Yo quería matar a Mediamano en persona.
—Ya hemos visto todos las ganas que tenías de enfrentarte a él —se burló Ragwyle.
—Es un warg —dijo el Señor de los Huesos—, y un cuervo. No me gusta.
—Es posible que sea un warg —replicó Ygritte—, pero eso nunca nos ha intimidado.
Otros gritaron, manifestando su acuerdo. Tras el visor de su calavera amarillenta, la mirada de Matraca era maligna, pero se rindió a regañadientes.
«Es verdad que son un pueblo libre», pensó Jon.
Incineraron a Qhorin Mediamano donde había caído, en una pira de agujas de pino, maleza y ramas quebradas. Parte de la madera estaba verde aún y ardía despacio, con mucho humo, enviando una columna negruzca al brillante azul del cielo. Posteriormente, Casaca de Matraca exigió algunos huesos calcinados, mientras los demás se jugaban los arreos del explorador. Ygritte ganó su capa.
—¿Volveremos por el Paso Aullante? —le preguntó Jon. No sabía si podría enfrentarse de nuevo a aquellas elevaciones, ni si su montura sobreviviría a un segundo cruce.
—No —le respondió ella—. Detrás de nosotros ya no queda nada. —Lo miró con tristeza—. A estas alturas, Mance está muy abajo por el Agualechosa, avanzando hacia vuestro Muro.
BRAN
Las cenizas caían como blanda nieve gris.
Avanzó, pisando una capa acolchada de agujas secas y hojas marrones, hasta el extremo del bosque donde los pinos estaban a mayor distancia entre sí. Más allá de los campos despejados podía ver los grandes montones de hombre-roca, austeros contra las llamas danzantes. El viento soplaba, cálido y rico con el olor a sangre y a carne quemada, tan penetrante que de sus fauces comenzó a chorrear la saliva.
Pero mientras un olor los llamaba, otros los hacían retroceder. Olfateó el humo que flotaba en el aire. «Hombres, muchos hombres, muchos caballos, y fuego, fuego, fuego.» No había un olor más peligroso, ni siquiera el frío olor del hierro, el material de las garras de los hombres y de la piel dura. El humo y las cenizas le nublaban los ojos, y vio en el cielo una enorme serpiente alada, cuyo rugido era un río de llamas. Enseñó los colmillos, pero la serpiente desapareció al instante. Detrás de los acantilados, altísimos incendios devoraban las estrellas.
Durante toda la noche los fuegos chisporrotearon, y en una ocasión hubo un enorme bramido y un estruendo que hicieron temblar la tierra bajo sus pies. Los perros ladraron y gimieron, y los caballos relincharon de terror. Los aullidos estremecieron la noche; eran los aullidos del hombre-manada, sollozos de miedo y gritos salvajes, risas y chillidos. No había bestia más ruidosa que el hombre. Alzó las orejas y escuchó, y su hermano gruñó a cada ruido. Se deslizaron bajo los árboles mientras un viento que olía a pino quemado barría cenizas y brasas hacia el cielo. En su momento, las llamas comenzaron a disminuir hasta que desaparecieron por fin. El sol se levantó, esa mañana gris y ahumado.
Sólo entonces abandonó los árboles y se movió lentamente a través de los campos. Su hermano corría con él, atraído por el olor a sangre y muerte. Caminaron en silencio entre las guaridas de madera, hierba y cieno construidas por los hombres. Muchísimas de ellas se habían quemado, y muchísimas se habían derrumbado; otras permanecían en pie, como antes. Pero por ninguna parte vieron ni olfatearon un hombre vivo. Los cuervos cubrían los cadáveres y se elevaban de repente, graznando, cuando él y su hermano se les acercaban. Los perros salvajes huían furtivamente al verlos.
Al pie de los grandes riscos grises un caballo moría ruidosamente, luchaba por levantarse sobre una pata rota y relinchaba cuando volvía a caer. Su hermano describió un círculo en torno al animal y le desgarró la garganta mientras el caballo pataleaba con frenesí y ponía los ojos en blanco. Cuando se acercó al cadáver, su hermano le lanzó una dentellada y agachó las orejas; él lo golpeó con una pata y lo mordió. Lucharon entre la hierba, el fango y las cenizas que caían, junto al caballo muerto, hasta que su hermano, en gesto de sumisión, rodó sobre la espalda con la cola metida entre las patas. Le dio un mordisco más en la garganta y comenzó a comer; dejó que su hermano comiera y se lamiera la sangre de su pelaje negro.
En ese momento, el sitio oscuro lo atraía hacia allí, hacia la casa de los susurros donde todos los hombres eran ciegos. Podía sentir sus dedos fríos sobre el cuerpo. Se resistió al tirón. No le gustaba la oscuridad. Era lobo. Era cazador, de los que acechan y matan, y su lugar estaba entre sus hermanos y hermanas en los bosques profundos, corriendo en libertad bajo un cielo estrellado. Se sentó sobre los cuartos traseros, levantó la cabeza y aulló.
«No me iré —gimió—. Soy un lobo, no me iré.» Pero incluso así, la oscuridad se espesó hasta cubrir sus ojos, llenar su nariz y taponar sus oídos, de manera que no podía ver, oler, oír ni correr, y los grandes riscos desaparecieron junto con el caballo muerto, y su hermano desapareció y todo se volvió negro, silencioso, negro y frío, negro y muerto, negro...
—Bran. —Una voz susurraba muy queda—. Bran, regresa. Regresa ya. Bran. Bran...
Cerró su tercer ojo y abrió los otros dos, los dos antiguos, los dos ciegos. En el sitio oscuro, todos los hombres eran ciegos. Pero alguien lo retenía. Podía sentir brazos en torno a su torso, el calor de un cuerpo que se acurrucaba con él. Podía oír a Hodor.
—Hodor, Hodor, Hodor, Hodor —cantaba muy bajito, casi para sus adentros.
—¿Bran? —Era la voz de Meera—. Estabas muy agitado, haciendo ruidos horribles. ¿Qué has visto?
—Invernalia. —La lengua era un objeto extraño y grueso en su boca. «Un día, al regresar, ya no sabré cómo hablar»—. Era Invernalia. Ardía toda. Olía a caballo, a acero y a sangre. Habían matado a todo el mundo, Meera. —Sintió la mano de ella sobre su rostro, acariciándole el cabello.
—Estás todo sudado —dijo Meera—. ¿Quieres beber algo?
—Sí, por favor —aceptó. Le acercó un odre a los labios, y Bran bebió con tanta avidez que el agua le escapó por la comisura de la boca. Al regresar, siempre se sentía débil y sediento. Y hambriento también. Recordó al caballo moribundo, el sabor de la sangre en su boca y el olor de la carne quemada en el aire matutino.
—¿Cuánto tiempo?
—Tres días —dijo Jojen. El niño había llegado en silencio, o quizá había estado allí todo el tiempo; en ese mundo negro y ciego, Bran no hubiera podido asegurar nada—. Hemos temido por ti.
—Estaba con Verano —dijo Bran.
—Demasiado tiempo. Te morirás de hambre. Meera te vertió un poco de agua en la garganta y te untamos miel en la boca, pero no es suficiente.
—Comí —dijo Bran—. Derribamos un alce y tuve que espantar a un gato arbóreo que intentaba robárnoslo. —El gato era color bronce y marrón, de la mitad del tamaño de los lobos huargo, pero muy feroz. Recordaba su olor a almizcle y la manera en que les había gruñido desde la gruesa rama del roble.
—El lobo comió —dijo Jojen—, pero tú no. Ten cuidado, Bran. Recuerda quién eres.
Recordaba demasiado bien quién era; Bran, el niño, Bran el roto, «Mejor Bran, el hombre bestia.» Era normal que prefiriera sus sueños de Verano, sus sueños de lobo. Allí, en la gélida y húmeda oscuridad de la tumba, su tercer ojo se había abierto finalmente. Podía llegar a Verano siempre que quería, y en una ocasión había llegado a tocar a Fantasma y a hablar con Jon. Aunque quizá sólo hubiera soñado aquello. No podía entender por qué Jojen siempre trataba de hacerlo regresar. Bran utilizó la fuerza de sus brazos para sentarse.
—Tengo que contarle a Osha qué he visto. ¿Está aquí? ¿Adónde se ha ido?
—A ninguna parte, mi señor —respondió la mujer salvaje—. Estoy harta de vagar por la oscuridad.
Oyó el arañar de un talón sobre la piedra, volvió la cabeza hacia el sonido, pero no vio nada. Pensó que podía reconocerla por su olor, pero no estaba seguro. Todos ellos hedían de la misma manera, y no contaba con el olfato de Verano para diferenciarlos.
—Anoche oriné en el pie de un rey —prosiguió Osha—. O quizá fuera por la mañana, ¿quién sabe? Estaba durmiendo, pero ahora estoy despierta.
Todos ellos dormían mucho, no sólo Bran. No había otra cosa que hacer. Dormir, comer y dormir otra vez, en ocasiones conversar un poco... pero no demasiado, y sólo en susurros, para estar a salvo. Osha hubiera preferido que no hablaran nunca, pero no había manera de tranquilizar a Rickon ni de impedir que Hodor murmurara constantemente «Hodor, Hodor, Hodor» entre dientes.
—Osha —dijo Bran—, vi que Invernalia ardía. —A la derecha oía el sonido calmado de la respiración de Rickon.
—Un sueño —dijo Osha.
—Un sueño de lobo —replicó Bran—. También lo olí. Nada huele como el fuego o la sangre.
—¿La sangre de quién?
—De hombres, caballos, perros, de todo el mundo. Tenemos que ir a ver.
—Este flaco pellejo mío es el único que tengo —dijo Osha—. Si ese príncipe calamar me pone la mano encima, me desollará la espalda con un látigo.
La mano de Meera encontró la de Bran en la oscuridad y le apretó los dedos.
—Si tienes miedo, iré yo.
Bran oyó dedos que rebuscaban algo en el cuero, seguido por el sonido del acero en el pedernal. Una vez más. Saltó una chispa y se mantuvo, Osha sopló con delicadeza. Una llama larga y pálida despertó, estirándose hacia lo alto como una chica de puntillas. El rostro de Osha flotaba encima de ella. Tocó la llama con la punta de una antorcha. Bran tuvo que entrecerrar los ojos cuando el alquitrán comenzó a arder, bañando el mundo con un resplandor anaranjado. La luz despertó a Rickon, que se sentó entre bostezos.
Cuando las sombras se movieron, por un instante pareció que los muertos se levantaban de sus tumbas. Lyanna, Brandon y el padre de ambos, Lord Rickard Stark; el padre de éste, Lord Edwyle; Lord Willam y su hermano, Artos el Implacable; Lord Donnor, Lord Beron y Lord Rodwell; el tuerto Lord Jonnel, Lord Barth, Lord Brandon y Lord Cregan, que había combatido contra el Caballero Dragón. Estaban en sus tronos de piedra, sentados con lobos de piedra a sus pies. Allí era adonde iban cuando el calor había huido de sus cuerpos; aquél era el oscuro salón de los muertos, que los vivos temían pisar.
Y en la boca de la tumba vacía que aguardaba a Lord Eddard Stark, bajo su esbelta imagen de granito, los seis fugitivos se acurrucaron en torno a su pequeña reserva de pan, agua y carne seca.
—Queda muy poco —murmuró Osha tras contemplar las provisiones—. Tengo que subir rápido a robar comida como sea, o no tendremos más remedio que comernos a Hodor.
—Hodor —dijo Hodor, mirándola con una sonrisa.
—Arriba, ¿es de día o de noche? —inquirió Osha—. Hemos perdido la noción del tiempo.
—De día —respondió Bran—, pero todo está oscuro por culpa del humo.
—¿Estáis seguro, mi señor?
No podía mover aquel cuerpo roto, pero de todos modos salió, y por un instante vio doble. Allí estaban Osha, con la antorcha en la mano, Meera, Jojen y Hodor, y detrás de ellos la doble fila de altos pilares de granito y señores muertos mucho tiempo atrás, que se perdía en la oscuridad... pero allí también estaba Invernalia, gris por el humo que la cubría, con las gruesas puertas de roble y hierro calcinadas y retorcidas, y el puente levadizo caído en un amasijo de cadenas partidas y tablas perdidas. En el foso flotaban cadáveres, islas para los cuervos.
—Seguro —declaró.
Osha le dio vueltas a la idea por unos momentos.
—Entonces, me arriesgaré a asomar la cabeza. Quiero que permanezcáis muy cerca. Meera, coge el cesto de Bran.
—¿Nos vamos a casa? —preguntó Rickon, excitado—. Quiero mi caballo. Y quiero tortitas de manzana, mantequilla, miel y a Peludo. ¿Vamos adonde está Peludo?
—Sí —prometió Bran—, pero tienes que estarte quieto.
Meera ató la cesta de mimbre a la espalda de Hodor y ayudó a meter a Bran dentro de ella, pasando sus piernas inútiles por los agujeros. Bran tenía una extraña sensación en el vientre. Sabía qué los aguardaba allá arriba, pero eso no amortiguaba su miedo. Cuando se pusieron en marcha se volvió para echar una última mirada a su padre, y a Bran le pareció que había algo de tristeza en los ojos de Lord Eddard, como si no quisiera que se marcharan.
«Tenemos que irnos —pensó—, ha llegado la hora.»
Osha llevaba su larga lanza de roble en una mano y la antorcha en la otra. A su espalda colgaba una espada desnuda, una de las últimas en llevar la marca de Mikken. La había forjado para la tumba de Lord Eddard, para mantener en calma a su fantasma. Pero tras el asesinato de Mikken, con los hombres de hierro custodiando la armería, era difícil resistirse a la tentación que suponía un buen acero, aunque ello significara robar una tumba. Meera había exigido la espada de Lord Rickard, aunque se quejaba de que era muy pesada. Brandon tomó la hoja que llevaba su nombre, una espada hecha para el tío que nunca conoció. Sabía que no le serviría de gran cosa en una pelea, aunque de todos modos le gustaba la sensación de tenerla en la mano.
Pero era sólo un juego y Bran lo sabía.
El sonido de sus pasos retumbó en las criptas cavernosas. A su espalda, las sombras se tragaron a su padre, mientras las sombras que tenía por delante retrocedieron para desvelar otras estatuas que no eran de simples señores, sino de los antiguos Reyes del Norte, con coronas de piedra caladas casi hasta las cejas. Torrhen Stark, el Rey que se Arrodilló. Edwyn, el Rey Primavera. Theon Stark, el Lobo Hambriento. Brandon el Incendiario y Brandon el Armador, Jorah y Jonos, Brandon el Malo, Walton el Rey de la Luna, Edderion el Novio, Eyron, Benjen el Dulce, Benjen el Amargo, el rey Edrick Barbanevada... Sus rostros eran adustos y fuertes, y algunos de ellos habían hecho cosas terribles, pero todos eran Starks, y Bran conocía todas sus historias. Nunca había tenido miedo de las criptas; eran parte de su hogar y de su identidad, y siempre había sabido que algún día él también reposaría allí.
Pero ya no estaba tan seguro. «Si voy arriba, ¿podré volver algún día aquí abajo? ¿Adónde iré cuando muera?»
—Aguarda —dijo Osha cuando llegaron a la escalera circular de piedra que llevaba a la superficie y bajaba hasta los niveles más profundos, donde reyes más antiguos seguían sentados en sus tronos de tinieblas. Le pasó la antorcha a Meera—. Voy a explorar el camino de subida, pero sin luz.
Durante cierto tiempo pudieron oír el sonido de sus pasos, pero se fue haciendo cada vez más quedo hasta que desapareció por completo.
—Hodor —dijo Hodor, nervioso.
Bran se había dicho cien veces a sí mismo cuánto odiaba tener que esconderse allí abajo, en la oscuridad, cuánto deseaba volver a ver el sol, cabalgar entre el viento y la lluvia. Pero ahora, cuando había llegado ese momento, tenía miedo. Se había sentido seguro en la oscuridad; cuando uno no puede ni siquiera ver su mano delante de la cara, es fácil creer que ningún enemigo podrá encontrarlo. Y los señores de piedra le habían infundido coraje. Hasta cuando no podía verlos, había sabido que estaban allí.
Pareció que pasaba mucho tiempo antes de que volvieran a oír un sonido. Bran había comenzado a temer que algo le hubiera ocurrido a Osha. Su hermano se retorcía sin parar.
—¡Quiero volver a casa! —dijo en voz alta.
—Hodor —dijo Hodor, moviendo la cabeza de un lado a otro. A continuación oyeron de nuevo las pisadas, cada vez más fuertes, y a los pocos minutos apareció Osha bajo la luz con una expresión sombría.
—Algo bloquea la puerta. No puedo moverla.
—Hodor puede mover cualquier cosa —dijo Bran.
—Es posible que pueda —dijo Osha echando una mirada valorativa al corpulento mozo de cuadras—. Vamos.
Los escalones eran estrechos, por lo que tuvieron que subir en fila, uno tras otro. Osha iba delante, la seguía Hodor con Bran acurrucado en su espalda para que su cabeza no tocara el techo. Meera venía detrás con la antorcha y Jojen cerraba la retaguardia, llevando a Rickon de la mano. Subieron dando vueltas, cada vez más arriba. Bran creyó que ahora podía oler el humo, pero quizá se tratara sólo de la antorcha.
La puerta de la cripta estaba hecha de madera de carpe. Era antigua y pesada, estaba inclinada y llegaba hasta el suelo. Sólo se le podía acercar una persona a la vez. Osha intentó moverla de nuevo cuando llegó junto a ella, pero Bran vio al momento que no podría.
—Que pruebe Hodor.
Antes tuvieron que sacar a Bran de su cesta para que no resultara aplastado. Meera se agachó a su lado sobre los escalones, con un brazo protector sobre sus hombros, mientras Osha y Hodor intercambiaban el lugar.
—Abre la puerta, Hodor —dijo Bran.
El enorme mozo de cuadras apoyó ambas manos de plano sobre la puerta y la empujó.
—¿Hodor? —gruñó. Dio un puñetazo en la madera, que ni siquiera se estremeció—. Hodor —añadió.
—Utiliza la espalda —le ordenó Bran—. Y las piernas.
Hodor se volvió, apoyó la espalda sobre la puerta y empujó. Otra vez. Y otra.
—¡Hodor! —Puso un pie en un escalón más alto, para compensar el desnivel de la puerta, y trató de levantarla. Esta vez, la madera gimió y chirrió—. ¡Hodor! —exclamó. El otro pie ascendió un paso, Hodor separó las piernas, hizo fuerza y se enderezó. La cara se le puso muy roja y Bran pudo ver cómo se tensaban los tendones de su cuello, hinchándose mientras luchaba contra el peso que tenía encima—. Hodor, Hodor, Hodor, Hodor, Hodor... ¡Hodor!
De arriba les llegó un ruido sordo. Y entonces, de repente, la puerta se sacudió y una franja de luz solar cayó sobre el rostro de Bran, cegándolo durante un momento. Otro empujón provocó el sonido de piedra al desplazarse, y el camino quedó abierto. Osha tanteó con su lanza al otro lado, y a continuación salió; Rickon se deslizó entre las piernas de Meera para seguirla. Hodor abrió la puerta por completo y salió a la superficie. Los Reed subieron a Bran los últimos escalones.
El cielo era de un gris pálido, y en torno a ellos había humo por todas partes.
Estaban a la sombra de la Primera Torre, o lo que quedaba de ella. Un lado completo del edificio había caído. Por el patio yacían piedras y gárgolas destrozadas. «Cayeron desde donde caí yo», pensó Bran al verlas. Varias de las gárgolas se habían roto en tantos pedazos que se maravilló de haber sobrevivido. En las cercanías, unos cuervos picoteaban un cuerpo aplastado bajo las piedras, pero estaba boca abajo y Bran no supo de quién se trataba.
La Primera Torre no se había usado durante cientos de años, pero en aquel momento era más que nunca una cáscara vacía. Los suelos de dentro se habían quemado, igual que todas las vigas. Donde la pared había caído, podían ver el interior de las habitaciones, incluso de las letrinas. Pero detrás, la torre rota seguía en pie, no más calcinada que antes. El humo hacía toser a Jojen Reed.
—¡Llevadme a casa! —exigió Rickon—. ¡Yo quiero estar en casa!
—¡Hodor! —gimoteaba Hodor en un hilo de voz; no hacía más que caminar en círculos.
Estaban de pie, muy juntos, rodeados de ruinas y muerte.
—Hemos hecho suficiente ruido para despertar a un dragón —dijo Osha—, pero no ha venido nadie. El castillo está muerto y quemado, como lo soñó Bran, pero lo mejor será que...
Se cortó de repente al oír un ruido a sus espaldas, y giró veloz, con la lanza en ristre.
Dos sombras oscuras y flacas salieron de detrás de la torre rota, caminando lentamente entre los escombros.
—¡Peludo! —gritó alegremente Rickon.
El lobo huargo negro acudió trotando hacia él. Verano avanzó más lentamente, frotó la cabeza contra el brazo de Bran y le lamió la cara.
—Tenemos que marcharnos —dijo Jojen—. Tanta muerte atraerá a otros lobos, además de Verano y Peludo, y no todos tendrán cuatro patas.
—Pues sí, y no tardarán —acordó Osha—, pero necesitamos comida y quizá haya sobrevivido alguna cosa a este desastre. Manteneos juntos. Meera, levanta el escudo y protégenos las espaldas.
Les llevó el resto de la mañana hacer un recorrido minucioso por el castillo. Las enormes murallas de granito habían resistido, manchadas aquí y allá por el fuego, pero intactas. Pero dentro todo era muerte y destrucción. Las puertas del Gran Salón estaban calcinadas y humeantes, y en el interior las vigas habían cedido y todo el techo se había derrumbado sobre el suelo. Los paneles verdes y amarillos de los invernaderos estaban hechos astillas, con los árboles, las frutas y las flores destrozadas o expuestas al frío y a la muerte. De los establos, construidos de madera y paja, lo único que quedaban eran cenizas, brasas y caballos muertos. Bran pensó en su Bailarina y tuvo que contener un sollozo. Había un charco humeante bajo la Torre de la Biblioteca, y de una grieta de la pared salía agua caliente. El puente entre la Torre de la Campana y las pajareras había caído al patio inferior, y la torre del maestre Luwin había desaparecido. Vieron un resplandor rojo oscuro a través de las estrechas ventanas del sótano bajo el torreón principal, y un segundo fuego que ardía en uno de los almacenes.
Mientras caminaban, Osha llamaba en voz baja entre el humo, pero nadie respondía. Vieron a un perro que mordisqueaba un cadáver, pero huyó al percibir el olor de los lobos huargo; habían masacrado a los demás en las perreras. Los cuervos del maestre estaban muy ocupados con algunos de los cadáveres mientras los de la torre rota se encargaban de otros. Bran reconoció a Tym Carapicada a pesar de que alguien le había dado un hachazo en el rostro. Un cadáver calcinado en el exterior de la pared cubierta de cenizas del sept de la Madre estaba sentado con los brazos levantados y las manos cerradas en duros puños negros, como preparado para golpear a cualquiera que se atreviera a acercársele.
—Si los dioses son bondadosos —dijo Osha con voz queda, pero rabiosa—, los Otros se llevarán a los que hicieron esto.
—Ha sido Theon —dijo Bran con odio.
—No. Mira. —Apuntó con su lanza al otro lado del patio—. Es uno de sus hombres del hierro. Mira allí. Ése es el corcel de guerra de Greyjoy, ¿lo ves? El negro, con las flechas clavadas. —Se movió entre los muertos con el ceño fruncido—. Y aquí está Lorren el Negro. —Había recibido tantos tajos que su barba era ahora de un color marrón rojizo—. Pero se llevó a unos cuantos consigo. —Osha dio la vuelta con el pie a uno de los cadáveres de los otros—. Hay un blasón. Un hombrecito, todo rojo.
—El hombre desollado de Fuerte Terror —dijo Bran.
Verano aulló y partió a la carrera.
—El bosque de dioses. —Meera Reed corrió en pos del lobo huargo, con el escudo y el arpón prestos. Los demás la siguieron, abriéndose camino entre el humo y las piedras caídas. El aire era más respirable bajo los árboles. Unos pocos pinos al borde del bosque se habían quemado, pero en el interior el terreno húmedo y la madera verde habían derrotado a las llamas.
—La madera viva tiene poder —dijo Jojen Reed, como si estuviera enterado de lo que Bran pensaba—, un poder tan fuerte como el del fuego.
Al borde del estanque negro, bajo las hojas del árbol corazón, yacía el maestre Luwin en el fango, tendido sobre el vientre. Un rastro de sangre serpenteaba entre el fango y las hojas húmedas, mostrando por dónde se había arrastrado. Verano se detuvo junto a él y al principio Bran pensó que estaba muerto, pero cuando Meera le tocó la garganta el maestre gimió.
—¿Hodor? —dijo Hodor, entristecido—. ¿Hodor?
Con cuidado, hicieron volverse a Luwin sobre la espalda. Tenía los ojos grises y el cabello gris, y antes sus ropas también habían sido grises, pero en aquel momento eran más oscuras allí donde la sangre las había empapado.
—Bran —dijo quedamente cuando lo vio allí sentado, tan alto a espaldas de Hodor—. Y también Rickon. —Sonrió—. Los dioses son bondadosos. Yo lo sabía...
—¿Lo sabíais? —dijo Bran, inseguro.
—Las piernas, se notaba... las ropas coincidían, pero los músculos de las piernas... pobre chico... —Tosió, y la sangre manó de su interior—. Desapareciste... en el bosque... pero ¿cómo?
—No llegamos a irnos —explicó Bran—. Fuimos hasta el lindero, y después volvimos sobre nuestros pasos. Mandé a los lobos para abrir un sendero, pero nos escondimos en la tumba de mi padre.
—Las criptas —gorgoteó Luwin, con una espuma sanguinolenta en los labios. Cuando el maestre intentó moverse, emitió un grito agudo de dolor.
Las lágrimas nublaron los ojos de Bran. Cuando un hombre resultaba herido, el maestre se ocupaba de él, pero ¿qué hacer cuando el maestre estaba herido?
—Tenemos que hacer una litera para llevarlo —dijo Osha.
—No tiene sentido —dijo Luwin—. Me estoy muriendo, mujer.
—¡No puedes! —dijo Rickon, airado—. ¡Tú no puedes!
A su lado, Peludo enseñó los dientes y gruñó.
—Tranquilo, niño —dijo el maestre con una sonrisa—, soy mucho más viejo que tú. Puedo... morirme cuando desee.
—Hodor, baja —ordenó Bran, y Hodor se arrodilló junto al maestre.
—Escucha —le dijo Luwin a Osha—, los príncipes... los herederos de Robb. No... no juntos... ¿me entiendes?
—Sí. —La mujer salvaje se apoyó en su lanza—. Separados estarán más seguros. Pero ¿adónde llevarlos? Pensé que quizá con esos Cerwyn...
El maestre Luwin sacudió la cabeza, aunque no era difícil ver cuánto le costaba aquel esfuerzo.
—El hijo de Cerwyn está muerto. Ser Rodrik, Leobald Tallhart, Lady Hornwood... todos asesinados. Bosquespeso cayó, y Foso Cailin, pronto caerá la Ciudadela de Torrhen. Hombres del hierro en Costa Pedregosa. Y al este, el bastardo de Bolton.
—Entonces, ¿adónde? —preguntó Osha.
—Puerto Blanco... Los Umber... No sé. Hay guerra por doquier... cada hombre contra su vecino y se acerca el invierno... qué locura, qué locura ciega y absurda... —El maestre Luwin se estiró y agarró el antebrazo de Bran, cerrando los dedos con fuerza desesperada—. Ahora debes ser fuerte. Fuerte.
—Lo seré —dijo Bran, aunque era difícil. «Ser Rodrik muerto, y el maestre Luwin, todo el mundo, todo el mundo...»
—Bien —dijo el maestre—, buen chico. Hijo de tu... de tu padre, Bran. Ahora, vete.
—¿Y abandonarte a los dioses? —Osha paseó la vista por el arciano, por la cara roja tallada en el tronco pálido.
—Ruego... —El maestre tragó en seco—. Un... un trago de agua y... otro favor. Si pudierais...
—Sí. —Osha se volvió hacia Meera—. Llévate a los chicos.
Jojen y Meera se llevaron a Rickon entre los dos. Hodor los siguió. Las ramas bajas golpeaban el rostro de Bran al cruzar entre los árboles, y las hojas secaban sus lágrimas. Al rato, Osha se reunió con ellos en el patio. No dijo ni una palabra sobre el maestre Luwin.
—Hodor debe permanecer con Bran, será sus piernas —dijo la mujer salvaje con decisión—. Yo me llevaré a Rickon.
—Nosotros vamos con Bran —dijo Jojen Reed.
—Sí, debéis acompañarlo —replicó Osha—. Creo que probaré la Puerta de Oriente y seguiré por el camino real.
—Nosotros iremos por la Puerta del Cazador —dijo Meera.
—Hodor —dijo Hodor.
Antes se detuvieron en las cocinas. Osha encontró varias hogazas de pan quemado que todavía eran comestibles, e incluso un ave asada, fría, que dividió por la mitad. Meera desenterró un tarro de miel y un saco de manzanas. Se despidieron afuera. Rickon sollozó y se agarró a la pierna de Hodor hasta que Osha le dio una nalgada con el asta de la lanza. Entonces la siguió con rapidez. Peludo trotó tras sus pasos. Lo último que Bran vio de ellos fue la cola del lobo huargo cuando desaparecía tras la torre rota.
Las rejas de hierro que cerraban la Puerta del Cazador estaban tan retorcidas por el calor que apenas podían levantarse dos palmos. Tuvieron que arrastrarse bajo los pinchos, uno por uno.
—¿Iremos a donde vuestro señor padre? —preguntó Bran mientras atravesaban el puente levadizo entre las murallas—. ¿A la Atalaya de Aguasgrises?
Meera miró a su hermano antes de contestar.
—Nuestro camino va al norte —anunció Jojen.
En el límite del Bosque de los Lobos, Bran se volvió en su cesta para echar una última mirada al castillo que había sido su vida entera. Todavía subían oleadas de humo al cielo gris, pero no más que las que hubieran brotado de las chimeneas de Invernalia en una fría tarde de verano. Algunas de las troneras de los arqueros estaban manchadas de hollín, y aquí y allá se veía una grieta en la muralla o había desaparecido un merlón, pero a esa distancia parecían pequeñeces. Detrás, los techos de las torres y torreones estaban en su lugar, como a lo largo de cientos de años, y era difícil decir que el castillo había sido saqueado e incendiado totalmente.
«La piedra es fuerte —se dijo Bran—, las raíces de los árboles se hunden muy profundas, y bajo la tierra los Reyes del Invierno están sentados en sus tronos.» Mientras ellos estuvieran allí, Invernalia perduraría. No estaba muerta, sólo rota.
«Como yo —pensó—; yo tampoco estoy muerto.»