lunes, 25 de julio de 2011

Choque De Reyes parte 4


CATELYN

A dos días a caballo de Aguasdulces, un explorador los divisó mientras abrevaban a los caballos junto a un arroyo lodoso. Catelyn jamás se había alegrado tanto de ver el blasón de los torreones gemelos de la Casa Frey.
Le pidió que la llevara a ver a su tío, pero la respuesta no fue la que esperaba.
—El Pez Negro ha partido hacia el oeste con el rey, mi señora. Martyn Ríos está al mando de los exploradores en su lugar.
—Comprendo. —Había conocido a Ríos en Los Gemelos, era hijo ilegítimo de Lord Walder Frey y hermanastro de Ser Perwyn. No la sorprendió enterarse de que Robb había atacado el corazón del poderío de los Lannister; era evidente que eso era lo que tenía planeado cuando la envió para pactar con Renly—. ¿Dónde está ahora Ríos?
—Su campamento se encuentra a dos horas a caballo, mi señora.
—Llévanos con él —ordenó.
Brienne la ayudó a montar de nuevo, y de inmediato se pusieron en marcha.
—¿Venís de Puenteamargo, mi señora? —preguntó el explorador.
—No. —No se había atrevido. Tras la muerte de Renly, Catelyn no estaba segura de qué tipo de recibimiento les dispensaría la joven viuda y sus protectores. Por tanto optó por regresar por el centro mismo de la guerra, a través de las fértiles tierras ribereñas que la furia de los Lannister había transformado en un desierto ennegrecido, y cada noche sus exploradores regresaban con noticias que la ponían enferma—. Lord Renly ha sido asesinado —añadió.
—Teníamos la esperanza de que fuera una mentira de los Lannister, o...
—Ojalá fuera así. ¿Mi hermano está al mando en Aguasdulces?
—Sí, mi señora. Su Alteza dejó a Ser Edmure para que defendiera Aguasdulces y le cubriera la retaguardia.
«Que los dioses le den fuerzas para hacerlo —pensó Catelyn—. Y también la sabiduría necesaria.»
—¿Hay noticias sobre cómo le va a Robb en el oeste?
—¿No os habéis enterado? —El explorador parecía muy sorprendido—. Su Alteza consiguió una gran victoria en Cruce de Bueyes. Ser Stafford Lannister ha muerto, y su ejército se ha dispersado.
Ser Wendel Manderly lanzó un grito de alegría, pero Catelyn se limitó a asentir. Los problemas del mañana le preocupaban más que las victorias del ayer.
El campamento de Martyn Ríos se encontraba entre los restos de una fortaleza destruida, junto a un establo sin tejado y un centenar de tumbas recientes. Cuando Catelyn desmontó, el hombre hincó una rodilla en tierra.
—Bienvenida, mi señora. Vuestro hermano nos ha encomendado la misión de esperar a vuestro grupo y escoltaros hasta Aguasdulces tan pronto como fuera posible.
A Catelyn no le gustó lo que aquello parecía implicar.
—¿Se trata de mi padre?
—No, mi señora. El estado de Lord Hoster no ha cambiado. —Ríos era un hombretón rubicundo, sin apenas parecido físico con sus hermanastros—. Pero teníamos miedo de que os tropezarais con exploradores de los Lannister. Lord Tywin ha partido de Harrenhal y avanza hacia el oeste con todo su poderío.
—Levantaos —dijo a Ríos con el ceño fruncido. Que los dioses los ayudaran a todos, Stannis Baratheon tampoco tardaría en avanzar—. ¿Cuánto falta para que Lord Tywin caiga sobre nosotros?
—Tres días, tal vez cuatro, no se puede decir. Tenemos vigías en todos los caminos, pero será mejor que no nos demoremos.
Y no se demoraron. Ríos levantó el campamento con presteza, montó a caballo junto a ella y se volvieron a poner en marcha. El grupo se componía ya de unos cincuenta hombres, que cabalgaban bajo los estandartes del lobo huargo, la trucha saltando y los torreones gemelos.
Los hombres de Catelyn querían saber más detalles sobre la victoria de Robb en Cruce de Bueyes, y Ríos estuvo encantado de proporcionárselos.
—Hay un bardo que ha llegado a Aguasdulces, se hace llamar Rymund de las Rimas, y ha compuesto una canción que cuenta la batalla. Seguro que la podréis escuchar esta noche, mi señora. Rymund la ha titulado «Lobo en la noche». —Siguió contando cómo los restos del ejército de Ser Stafford se habían replegado hacia Lannisport. Sin máquinas de asedio no había manera de tomar Roca Casterly, de manera que el Joven Lobo estaba pagando a los Lannister con su misma moneda: la devastación que habían infligido a las tierras ribereñas. Lord Karstark y Lord Glover lanzaban ataques a lo largo de la costa, Lady Mormont había capturado miles de cabezas de ganado y las llevaba de vuelta a Aguasdulces y el Gran Jon se había apoderado de las minas de oro en Castamere, en la sima de Nunn y en las colinas Pendric. Ser Wendel se echó a reír y añadió—: Si hay algo que puede hacer que un Lannister se ponga en marcha es quitarle su oro.
—¿Cómo pudo el rey tomar el Colmillo? —preguntó Ser Perwyn Frey a su hermano bastardo—. Es una fortaleza poderosa, y domina el camino de la colina.
—No lo tomó. Pasó dando un rodeo en medio de la noche. Se dice que el lobo huargo, ese Viento Gris que tiene, le mostró el camino. La fiera encontró un sendero de cabras que bajaba por el desfiladero y subía por debajo de un risco. Era un camino estrecho y pedregoso, pero se podía recorrer en fila. Los vigías de los Lannister ni siquiera los vieron. —Ríos bajó la voz—. Se dice que después de la batalla el rey le cortó la cabeza a Stafford Lannister y se la echó de comer a su lobo.
—No creáis semejantes cuentos —replicó Catelyn en tono brusco—. Mi hijo no es ningún salvaje.
—Como vos digáis, mi señora. Pero esa bestia se lo habría merecido. No es un lobo común, desde luego. El Gran Jon no deja de decir que los antiguos dioses del norte enviaron los lobos huargos a vuestros hijos.
Catelyn recordó el día en que los chicos habían encontrado los cachorros entre las últimas nieves del verano. Eran cinco, tres machos y dos hembras, para los cinco hijos legítimos de la Casa Stark... y un sexto, de pelaje blanco y ojos rojos, para Jon Nieve, el bastardo de Ned. «No, desde luego —pensó—. No son lobos comunes.»
Aquella noche, mientras montaban el campamento, Brienne fue a buscarla a su tienda.
—Mi señora, ya estáis a salvo y con los vuestros, a un día de marcha del castillo de vuestro hermano. Dadme permiso para partir.
Catelyn no tendría que haberse sorprendido. La fea joven se había mostrado muy reservada durante todo el viaje, había pasado la mayor parte del tiempo con los caballos, dedicada a cepillarlos y a sacarles piedras de debajo de las herraduras. También había ayudado a Shadd a cocinar y a limpiar la caza, y no tardó en demostrar que cazaba tan bien como cualquiera de los hombres. Había llevado a cabo con destreza y sin quejas todas las labores que Catelyn le había encomendado, y siempre respondía con educación cuando hablaban con ella, pero nunca charlaba, lloraba ni reía. Había cabalgado con ellos todos los días y dormido entre ellos todas las noches, pero en ningún momento fue uno de ellos.
«Igual que cuando estaba con Renly —pensó Catelyn—. En el banquete, en el combate cuerpo a cuerpo, incluso en el pabellón real, con sus hermanos de la Guardia Arcoiris. Ha levantado a su alrededor una muralla más alta que la de Invernalia.»
—Si nos dejáis, ¿adónde iréis? —le preguntó Catelyn.
—Volveré atrás —dijo Brienne—. A Bastión de Tormentas.
—Sola. —No era una pregunta.
—Sí. —El rostro ancho parecía un estanque de aguas quietas y no dejaba traslucir el menor indicio de lo que habitaba en las profundidades.
—Tenéis intención de matar a Stannis.
—Hice un juramento. —Brienne cerró los dedos gruesos y encallecidos en torno al puño de la espada. La espada que había pertenecido a Renly—. Lo repetí tres veces. Vos me oísteis.
—Cierto —asintió Catelyn. Sabía que la joven había conservado la capa arco iris cuando tiró el resto de sus ropas manchadas de sangre. Las cosas de Brienne se habían quedado en el campamento cuando huyeron, y se había visto obligada a vestirse con piezas dispares que le había proporcionado Ser Wendel, el único del grupo con ropas de un tamaño adecuado al de ella—. Y estoy de acuerdo en que hay que mantener los juramentos. Pero Stannis está rodeado por un gran ejército, y tiene guardias que velan por él.
—No temo a sus guardias. Valgo tanto como cualquiera de ellos. No debí huir de allí.
—¿Es eso lo que os preocupa, que algún idiota os llame cobarde? —Suspiró—. La muerte de Renly no fue culpa vuestra. Lo servisteis con valor, pero si lo que buscáis es seguirlo a la tumba no serviréis de nada a nadie. —Extendió una mano para proporcionarle el consuelo de una caricia—. Ya sé que es muy duro...
—Nadie lo sabe —la interrumpió Brienne sacudiéndose su mano.
—Os equivocáis —replicó Catelyn con aspereza—. Cada mañana, nada más despertar, recuerdo que Ned ya no está conmigo. No soy hábil con la espada, pero eso no quiere decir que no sueñe con cabalgar hasta Desembarco del Rey, ponerle las manos en el cuello a Cersei Lannister y apretar su garganta blanca hasta que se le ponga la cara negra.
Brienne la Bella alzó los ojos, su único rasgo bello de verdad.
—Si eso es lo que soñáis, ¿por qué queréis retenerme? ¿Es por lo que dijo Stannis en aquella reunión?
«¿Es por eso?» Catelyn contempló el campamento. Dos hombres montaban guardia con lanzas en las manos.
—Me enseñaron que los hombres buenos deben combatir el mal en este mundo, y la muerte de Renly fue un acto de maldad inenarrable. Pero también me enseñaron que a los reyes los hacen los dioses, no las espadas de los hombres. Si Stannis es nuestro soberano legítimo...
—No lo es. Tampoco lo fue Robert, eso lo dijo hasta Renly. Jaime Lannister asesinó al rey legítimo, después de que Robert matara a su heredero en el Tridente. ¿Dónde estaban los dioses entonces? A los dioses no les importan los hombres, igual que a los reyes no les importan los campesinos.
—A un buen rey sí le importan.
—Lord Renly... Su Alteza... él sí habría sido un buen rey, mi señora, habría sido el mejor rey, era tan bueno... era...
—Pero ha muerto, Brienne —dijo con tanta amabilidad como le fue posible—. Quedan Stannis y Joffrey... y también queda mi hijo.
—Pero él no... nunca firmaríais la paz con Stannis, ¿verdad? Nunca doblaríais la rodilla. Decidme que no...
—Prefiero seros sincera, Brienne. No lo sé. Puede que mi hijo sea rey, pero yo no soy reina. Sólo soy una madre que quiere proteger a sus hijos sea como sea.
—Yo no tengo madera de madre. Yo necesito luchar.
—Pues luchad... pero por los vivos, no por los muertos. Los enemigos de Renly son también los enemigos de Robb.
Brienne contempló el suelo y arrastró los pies.
—No conozco a vuestro hijo, mi señora. —Alzó la vista—. Pero podría serviros a vos. Si me aceptáis.
—¿A mí? ¿Por qué? —se sobresaltó Catelyn.
Aquella pregunta parecía preocupar a Brienne.
—Vos me ayudasteis. En el pabellón... cuando pensaron que yo había... que yo había...
—Erais inocente.
—Aun así, no estabais obligada a decir nada. Pudisteis dejar que me mataran. No soy nadie para vos.
«Puede que no quisiera ser la única que sabía la oscura verdad de lo que sucedió allí», pensó Catelyn.
—Brienne, a lo largo de los años he tomado a mi servicio a muchas damas de noble cuna, pero nunca a una como vos. No soy un comandante del ejército.
—No, pero tenéis valor. No valor para el combate, sino... no sé... una especie de valor femenino. Y creo que, cuando llegue el momento, no trataréis de detenerme. Prometédmelo. Prometedme que no me impediréis vengarme de Stannis.
—Cuando llegue el momento, no os lo impediré. —Catelyn todavía oía la voz de Stannis diciendo que a Robb también le llegaría su hora. Era como sentir un aliento gélido en la nuca.
La alta muchacha se arrodilló con torpeza, desenvainó la espada larga de Renly y la puso a sus pies.
—Entonces, mi señora, estoy a vuestro servicio. Soy vuestro vasallo... o lo que queráis que sea. Seré vuestro escudo, os aconsejaré y si es necesario daré mi vida por vos. Lo juro por los dioses antiguos y nuevos.
—Y yo juro que siempre habrá un lugar para vos junto a mi chimenea, y carne y aguamiel en mi mesa, y que no pediré de vos ningún servicio que os deshonre. Lo juro por los dioses antiguos y nuevos. Levantaos. —Cogió la mano de la joven entre las suyas, y no pudo evitar sonreír. «¿Cuántas veces habré visto a Ned aceptar los juramentos de sus hombres?» Se preguntó qué pensaría su esposo si pudiera verla en aquel momento.
Al día siguiente por la tarde, vadearon el Forca Roja remontando el curso desde Aguasdulces, allí donde el río trazaba una amplia curva y las aguas eran más bajas y fangosas. El cruce estaba guardado por una fuerza mixta de arqueros y hombres armados con picas, todos con el blasón del águila de los Mallister. Al ver los estandartes de Catelyn, salieron de detrás de su empalizada de estacas afiladas, y enviaron a un hombre a la otra orilla para ayudar al grupo a cruzar.
—Despacio y con cuidado, mi señora —advirtió al tiempo que cogía las riendas de su caballo—. Hemos puesto estacas de hierro bajo el agua, ¿veis?, y entre esas rocas hemos puesto abrojos. En todos los vados igual, lo ha ordenado vuestro hermano.
«Edmure cree que la guerra va a llegar hasta aquí.» Sólo con pensarlo se le hacía un nudo en el estómago, pero no dijo nada.
Entre el Forca Roja y el Piedra Caída, se unieron a un grupo de aldeanos que iba en busca de la seguridad de Aguasdulces. Algunos guiaban animales ante ellos, otros tiraban de carretas... pero todos abrieron paso a Catelyn y la aclamaron con vítores de «¡Tully!» o «¡Stark!». A menos de un kilómetro del castillo atravesaron un gran campamento en el que el estandarte escarlata de los Blackwood ondeaba sobre la tienda del señor. Lucas pidió permiso para quedarse allí y buscar a su padre, Lord Tytos. Los demás siguieron a caballo.
Catelyn divisó un segundo campamento situado a lo largo de la orilla norte del Piedra Caída, con unos estandartes conocidos que ondeaban al viento: la doncella bailando de Marq Piper, el labrador de Darry y las dos serpientes entrelazadas, roja y blanca, de los Paege. Todos eran vasallos de su padre, señores del Tridente. La mayoría habían abandonado Aguasdulces antes de su partida, para ir a defender sus tierras. Si estaban allí de nuevo sólo podía ser porque Edmure los había hecho llamar. «Los dioses nos guarden, es verdad, pretende presentar batalla a Lord Tywin.»
Pese a la distancia, Catelyn vio que algo oscuro pendía de los muros de Aguasdulces. Al acercarse se dio cuenta de que eran cadáveres colgados de las almenas. Estaban sujetos por el cuello con nudos corredizos, al final de largas cuerdas, y tenían los rostros hinchados y ennegrecidos. Los cuervos ya se habían ocupado de ellos, pero las capas color escarlata aún se distinguían brillantes sobre los muros de piedra.
—Parece que han ahorcado a unos cuantos Lannister —señaló Hal Mollen.
—Hermoso espectáculo —comentó alegremente Ser Wendel Manderly.
—Por lo visto nuestros amigos han empezado la fiesta sin nosotros —bromeó Perwyn Frey.
Los demás se echaron a reír, todos menos Brienne, que alzó la vista para contemplar la hilera de cadáveres sin pestañear, y no sonrió ni dijo nada.
«Si han matado al Matarreyes, mis hijas también se pueden dar por muertas.» Catelyn espoleó al caballo para ponerlo a medio galope. Hal Mollen y Robin Flint la adelantaron al galope, lanzando gritos de saludo a la caseta de la guardia. Sin duda los guardias de las murallas habían visto sus estandartes hacía ya rato, porque al acercarse se encontraron el rastrillo levantado.
Edmure salió a caballo para recibirla, acompañado por tres de los hombres juramentados de su padre: el barrigón Ser Desmond Grell, maestro de armas; Utherydes Wayn, el mayordomo; y Ser Robin Ryger, el corpulento y calvo capitán de la guardia de Aguasdulces. Los tres eran más o menos de la edad de Lord Hoster y habían pasado la vida al servicio de su padre.
«Son viejos», comprendió Catelyn.
Edmure vestía una capa azul y roja sobre una túnica en la que llevaba bordado un pez plateado. Por su aspecto, no se había afeitado desde que Catelyn partiera hacia el sur; su barba era una mata salvaje.
—Cat, cuánto me alegro de que hayas vuelto sana y salva. Cuando nos enteramos de la muerte de Renly, temimos por tu vida. Y Lord Tywin también se ha puesto en marcha.
—Eso me han dicho. ¿Cómo se encuentra nuestro padre?
—Un día parece que se recupera, y al siguiente... —Sacudió la cabeza—. Ha preguntado por ti. No he sabido qué decirle.
—Iré a verlo enseguida —prometió—. ¿Ha llegado alguna noticia de Bastión de Tormentas después de la muerte de Renly? ¿Y de Puenteamargo? —No se podía enviar cuervos a los que estaban de viaje, y Catelyn ansiaba saber qué había sucedido tras su partida.
—De Puenteamargo no ha llegado nada. De Bastión de Tormentas tres pájaros, los envía su castellano, Ser Cortnay Penrose. Los tres con la misma súplica. Stannis lo ha rodeado por tierra y mar. Ofrece su alianza al rey que rompa el asedio. Dice que teme por el chico. ¿A qué chico se referirá, lo sabes tú?
—A Edric Tormenta, el hijo bastardo de Robert —les dijo Brienne.
Edmure la miró con curiosidad.
—Stannis ha jurado que la guarnición podrá marcharse libre y sin sufrir daño alguno siempre y cuando rindan el castillo antes de quince días y le entreguen al chico, pero Ser Cortnay se niega.
«Lo arriesga todo por un niño bastardo que ni siquiera lleva su sangre», pensó Catelyn.
—¿Le has enviado alguna respuesta?
—¿Para qué —dijo Edmure con un gesto de negación—, si no podemos ofrecerle ayuda ni esperanza? Además, Stannis no es nuestro enemigo.
—Mi señora —intervino Ser Robin Ryger—, ¿podéis contarnos cómo murió Lord Renly? Nos han llegado historias muy extrañas.
—Es cierto, Cat —dijo su hermano—. Hay quien dice que a Renly lo mataste tú. Otros aseguran que fue una mujer sureña. —No pudo evitar mirar en dirección a Brienne.
—Mi rey fue asesinado —dijo la chica con voz tranquila—. Y no por Lady Catelyn. Lo juro por mi espada, por los dioses antiguos y nuevos.
—Os presento a Brienne de Tarth, hija de Lord Selwyn el Lucero de la Tarde —les dijo Catelyn—. Servía en la Guardia Arcoiris de Renly. Brienne, tengo el honor de presentaros a mi hermano, Ser Edmure Tully, heredero de Aguasdulces. A su mayordomo, Utherydes Wayn. A Ser Robin Ryger y a Ser Desmond Grell.
—Es un honor —dijo Ser Desmond.
Los demás dijeron lo mismo. La joven se sonrojó, hasta aquella cortesía habitual la sonrojaba. Si Edmure pensó que era una dama bien extraña, al menos tuvo la elegancia de no decirlo.
—Brienne estaba con Renly cuando fue asesinado, igual que yo —dijo Catelyn—, pero no tuvimos nada que ver con su muerte. —No quería hablar de la sombra allí, con tantos hombres alrededor, de manera que señaló los cadáveres de las murallas—. ¿Quiénes son esos hombres que habéis ahorcado?
—Vinieron con Ser Cleos —respondió con incomodidad Edmure alzando la vista—, cuando nos trajo la respuesta de la reina a vuestra oferta de paz.
—¿Habéis matado a unos emisarios? —Catelyn estaba conmocionada.
—Eran falsos emisarios —replicó Edmure—. Me dieron su palabra de que venían en paz y entregaron las armas, de manera que los dejé libres dentro del castillo, y durante tres noches comieron carne y bebieron aguamiel en mi mesa. La cuarta noche intentaron liberar al Matarreyes. —Señaló a uno—. Ese gigantón mató a dos guardias con las manos, los cogió por la garganta y les estampó los cráneos, el uno contra el otro, mientras el flaco que está a su lado abría la celda de Lannister con un trozo de alambre, los dioses lo maldigan. El del final debe de ser una especie de actor. Imitó mi voz para ordenar que abrieran la Puerta del Río. Los tres guardias lo juran, Enger, Delp y Lew el Largo. Si te digo la verdad, su voz no se parecía en nada a la mía, pero esos tres zopencos estaban levantando el rastrillo.
Catelyn sospechaba que aquello era obra del Gnomo; apestaba a la misma astucia de la que había hecho gala en el Nido de Águilas. En otros tiempos habría dicho que Tyrion era el menos peligroso de los Lannister. Ya no estaba tan segura.
—¿Cómo los atrapaste?
—Eh... pues dio la casualidad de que yo no estaba en el castillo, había cruzado el Piedra Caída para... eh...
—Para ir de putas o con alguna mujer. Sigue contándome.
—Faltaba más o menos una hora para el amanecer —continuó Edmure, con las mejillas tan rojas como la barba—, y yo regresaba al castillo en ese momento. Lew el Largo vio mi bote, me reconoció y por fin se paró a pensar en quién estaba abajo gritando órdenes y dio la alarma.
—Dime que volvisteis a capturar al Matarreyes.
—Sí, pero no fue fácil. Jaime se apoderó de una espada, mató a Poul Pemford y a Myles, el escudero de Ser Desmond, y también hirió a Delp. Está tan grave que el maestre Vyman teme que muera pronto. Fue una carnicería. En cuanto oyeron el sonido del acero, otros capas rojas corrieron a ayudarlo, aun sin armas. A ésos los colgué junto a los cuatro que lo liberaron, y al resto los tengo en las mazmorras. Igual que a Jaime. Ése no volverá a escapar. Esta vez lo he metido en una celda oscura, encadenado a la pared de pies y manos.
—¿Y Cleos Frey?
—Jura que no sabía nada del plan. ¿Quién sabe? Es mitad Lannister, mitad Frey, y mentiroso integral. Lo he encerrado en la celda de la torre, donde teníamos a Jaime hasta ahora.
—Dices que han traído otra oferta de paz.
—Si se la puede llamar así. Te va a gustar tan poco como a mí, seguro.
—¿No hay esperanza de que recibamos ayuda del sur, Lady Stark? —preguntó Utherydes Wayn, el mayordomo de su padre—. Esa acusación de incesto... Lord Tywin no se va a tomar esa ofensa a la ligera. Querrá limpiar esa mancha en el nombre de su hija con la sangre de su acusador. Lord Stannis tiene que comprenderlo. No le queda otra opción que hacer causa común con nosotros.
«Stannis ha hecho causa común con un poder muy superior y más oscuro.»
—Ya hablaremos más tarde de estos temas.
Catelyn recorrió el puente levadizo y dejó atrás la macabra hilera de Lannister muertos. El caballo de su hermano trotó junto a ella. Al llegar al bullicio del patio de Aguasdulces, un niño desnudo se cruzó gateando en el paso de los caballos. Catelyn tiró de las riendas con energía para no arrollarlo, y miró a su alrededor con desaliento. Habían dejado entrar en el castillo a cientos de campesinos, a los que se había dado permiso para erigir refugios rudimentarios contra los muros. Había niños descalzos por doquier, y el patio estaba lleno de vacas, ovejas y pollos.
—¿Quién son éstos?
—Mi pueblo —respondió Edmure—. Tenían miedo.
«Sólo a mi querido hermano se le ocurriría llenar el castillo de bocas inútiles cuando están a punto de asediarnos.» Catelyn sabía que tenía el corazón blando y a veces pensaba que tenía la cabeza más blanda todavía. Eso hacía que lo quisiera más, pero en aquellos momentos...
—¿Se puede enviar un cuervo a Robb?
—Está en campo abierto, mi señora —respondió Ser Desmond—. No hay manera de que los pájaros lo encuentren.
Utherydes Wayn carraspeó.
—Antes de partir, el joven rey nos dejó instrucciones para que os enviáramos a Los Gemelos en cuanto volvierais, Lady Stark. Quiere que conozcáis a las hijas de Lord Walder para ayudarlo a elegir una esposa cuando llegue el momento adecuado.
—Te proporcionaremos caballos descansados y provisiones —le prometió su hermano—. Supongo que querrás lavarte un poco antes de...
—Lo que quiero es quedarme —dijo Catelyn al tiempo que desmontaba. No tenía la menor intención de abandonar Aguasdulces y a su padre moribundo para ir a elegirle una esposa a Robb. «Robb quiere ponerme a salvo. Lo comprendo, pero me empiezo a cansar de ese pretexto»—. Chico —llamó, y un pilluelo de los establos salió corriendo para coger las riendas de su caballo.
Edmure desmontó. Era una cabeza más alto que Catelyn, pero para ella siempre sería su hermano pequeño.
—Cat —dijo con tono angustiado—, Lord Tywin viene hacia aquí...
—Se dirige hacia el oeste, va a defender sus tierras. Si cerramos las puertas y nos refugiamos tras los muros, podremos verlo pasar sin arriesgar nada.
—Estas tierras son de los Tully —declaró Edmure—. Si Tywin Lannister piensa cruzarlas sin pagarlo con sangre, le voy a dar una buena lección.
«¿La misma lección que enseñaste a su hijo?» Su hermano a veces era tan testarudo como una roca del río, sobre todo si le tocaban el orgullo, pero ninguno de los dos podía olvidar cómo Ser Jaime había destrozado el ejército de Edmure la última vez que se enfrentaron en combate.
—No tenemos nada que ganar y mucho que perder si nos enfrentamos a Lord Tywin en combate abierto —dijo Catelyn con tacto.
—No creo que el patio sea el lugar idóneo para discutir mis planes de batalla.
—Como prefieras. ¿Adónde vamos?
El rostro de su hermano se ensombreció. Por un momento pensó que iba a gritarle airado.
—Si te empeñas, al bosque de dioses —dijo al final.
Lo siguió por una galería hasta la puerta del bosque de dioses. La ira de Edmure siempre había sido un sentimiento malhumorado, hosco. Catelyn sentía haberle hecho daño, pero era un asunto demasiado importante para que se preocupara por el orgullo herido de su hermano. Una vez estuvieron a solas entre los árboles, Edmure se volvió hacia ella.
—No tienes fuerzas suficientes para enfrentarte a los Lannister en combate —le dijo ella sin miramientos.
—Una vez reúna a todos mis hombres tendré ocho mil soldados de infantería y tres mil de caballería —dijo Edmure.
—Lo que significa que Lord Tywin tendrá el doble que tú.
—Robb ganó sus batallas en circunstancias aún peores —replicó Edmure—. Y tengo un plan. Te estás olvidando de Roose Bolton. Lord Tywin lo derrotó en el Forca Verde, pero no consiguió su objetivo. Cuando Lord Tywin fue a Harrenhal, Bolton tomó el Vado Rubí y las encrucijadas. Tiene diez mil hombres. He enviado un mensaje a Helman Tallhart para que se reúna con la guarnición que Robb dejó en Los Gemelos...
—Edmure, Robb dejó allí a esos hombres para defender Los Gemelos y asegurarse de que Lord Walder sigue leal a nosotros.
—Nos es leal —dijo Edmure con testarudez—. Los Frey lucharon con valor en el Bosque Susurrante, y tenemos entendido que el anciano Ser Stevron murió en Cruce de Bueyes. Ser Ryman, Walder el Negro y los demás están con Robb en el oeste, Martyn nos ha prestado un servicio excelente como explorador, y Ser Perwyn te llevó sana y salva hasta Renly y te ha traído de vuelta. Por los dioses, ¿qué más les podemos pedir? Robb está prometido con una de las hijas de Lord Walder, y Roose Bolton se ha casado con otra, según me han dicho. ¿Y acaso no te has llevado a dos de sus nietos como pupilos a Invernalia?
—Si es necesario, es fácil transformar a un pupilo en rehén. —Catelyn no sabía nada de la muerte de Ser Stevron, ni del matrimonio de Bolton.
—Pues si tenemos dos rehenes, razón de más para que Lord Walder no se atreva a traicionarnos. Bolton necesita a los hombres de Frey, y también Ser Helman. Le he ordenado que vuelva a tomar Harrenhal.
—Va a correr mucha sangre.
—Sí, pero cuando caiga el castillo, Lord Tywin no tendrá adónde retirarse. Los soldados que he reclutado defenderán los vados del Forca Roja para evitar que crucen. Si intenta atacar a través del río acabará igual que Rhaegar cuando trató de cruzar el Tridente. Si se queda allí, estará atrapado entre Aguasdulces y Harrenhal, y cuando Robb vuelva del oeste acabaremos con él de una vez por todas.
La voz de su hermano estaba impregnada de confianza arrolladora, pero Catelyn empezaba a desear que Robb no se hubiera llevado con él hacia el oeste a su tío Brynden. El Pez Negro era veterano de cien batallas. Edmure sólo era veterano de una, y la había perdido.
—Es un buen plan —concluyó él—. Lo dice Lord Tytos, y también Lord Jonos. Dime, ¿cuándo has visto a Blackwood y a Bracken de acuerdo en algo que no fuera seguro?
—Puede que así sea. —De repente se sentía muy cansada. Quizá se equivocaba al oponerse a él. Quizá era un plan espléndido, y sus recelos no eran más que temores femeninos. Cuánto deseaba que Ned estuviera allí, o su tío Brynden, o...—. ¿Has hablado con nuestro padre acerca de esto?
—No se encuentra en situación de sopesar estrategias. ¡Hace dos días estaba haciendo planes para tu matrimonio con Brandon Stark! Si no me crees, ve a verle tú misma. Este plan funcionará, Cat, te lo aseguro.
—Eso espero, Edmure, de verdad. —Le dio un beso en la mejilla para demostrarle que era sincera, y fue a ver a su padre.
Lord Hoster Tully estaba más o menos como lo había dejado: postrado en su lecho, demacrado y con la piel pálida y fría. La habitación olía a enfermedad, un olor empalagoso mezcla a partes iguales de sudor rancio y medicinas. Cuando apartó los cortinajes, su padre dejó escapar un gemido y entreabrió los ojos. La miró como si no comprendiera quién era ni qué quería.
—Padre. —Le dio un beso—. He vuelto.
Pareció reconocerla.
—Has venido —dijo en un susurro casi inaudible, apenas sin mover los labios.
—Sí —dijo—. Robb me envió al sur, pero he vuelto en cuanto he podido.
—Al sur... adónde... ¿el Nido de Águilas está al sur, pequeña? No recuerdo... oh, dioses, tenía miedo de que... ¿me has perdonado, mi niña? —Le corrieron las lágrimas por las mejillas.
—No has hecho nada que te tenga que perdonar, padre. —Le acarició el pelo blanco y lacio, y le tocó la frente febril. Seguía ardiendo, pese a todas las pócimas del maestre.
—Fue lo mejor —susurró su padre—. Jon es un buen hombre, es bueno... fuerte, amable... te cuidará... te cuidará bien... y es de noble cuna, hazme caso, tienes que hacerme caso... soy tu padre... te casarás al mismo tiempo que Cat, sí...
«Cree que soy Lysa —comprendió Catelyn—. Dioses misericordiosos, habla como si aún no nos hubiéramos casado.» Las manos de su padre se aferraron a las suyas, aleteando como un par de pájaros blancos asustados.
—Ese chico... ese mozalbete miserable... no me menciones su nombre, tu deber... tu madre habría... —Lord Hoster gritó, presa de un espasmo de dolor—. Oh, dioses misericordiosos, perdóname, perdóname. Mi medicina...
El maestre Vyman llegó a toda prisa y le acercó una copa a los labios. Lord Hoster sorbió la espesa pócima blanca con tanta ansiedad como un bebé la leche del pecho de su madre, y Catelyn vio cómo volvía a quedarse tranquilo.
—Ahora va a dormir, mi señora —dijo el maestre cuando hubo vaciado la copa.
La leche de la amapola había dejado una gruesa película blancuzca en torno a la boca de su padre. El maestre Vyman limpió los labios con una manga.
Catelyn no soportó quedarse allí ni un instante más. Hoster Tully había sido un hombre fuerte y orgulloso. Le dolía verlo reducido a aquello. Salió a la terraza. El patio, abajo, estaba abarrotado de refugiados y el ruido era caótico, pero más allá de las murallas los ríos discurrían limpios, puros, eternos...
«Ésos son sus ríos, y pronto volverá a ellos para hacer su último viaje.»
El maestre Vyman la había seguido.
—Mi señora —dijo en voz baja—, no podré demorar el final mucho más. Deberíamos enviar un jinete a buscar a su hermano. Ser Brynden querrá estar aquí.
—Sí —dijo Catelyn con la voz rota de pena.
—¿Y también Lady Lysa?
—Lysa no vendrá.
—Puede que, si vos misma le escribís un mensaje...
—Si eso os place, pondré unas palabras sobre un papel.
Se preguntaba quién sería el «mozalbete miserable» de Lysa. Algún joven escudero, o un caballero errante, probablemente... Aunque, por la vehemencia con que Lord Hoster se había opuesto a él, también podía tratarse del hijo de algún mercader, de un aprendiz bastardo o hasta de un bardo. A Lysa siempre le habían gustado demasiado los bardos.
«No la puedo culpar. Por noble que fuera, Jon Arryn tenía veinte años más que nuestro padre.»
La torre que le había destinado su hermano era la misma que había compartido con Lysa cuando eran doncellas. Sería grato volver a dormir en un lecho de plumas, con un fuego caliente en la chimenea. Cuando descansara el mundo le parecería menos sombrío.
Pero junto a las habitaciones de su padre la estaba esperando Utherydes Wayn, con dos mujeres vestidas de gris y con las caras cubiertas de manera que sólo se les veían los ojos. Catelyn adivinó al instante por qué estaban allí.
—¿Ned?
Las hermanas bajaron la vista.
—Ser Cleos lo ha traído de Desembarco del Rey, mi señora —dijo Utherydes.
—Llevadme junto a él —ordenó.
Lo habían depositado sobre una mesa, cubierto con un estandarte, el estandarte blanco de la Casa Stark, con su blasón del lobo huargo.
—Quiero verlo —dijo Catelyn.
—Sólo quedan los huesos, mi señora.
—Quiero verlo —repitió.
Una de las hermanas silenciosas retiró el estandarte.
«Huesos —pensó Catelyn—. Éste no es mi Ned, no es el hombre al que amé, el padre de mis hijos.» Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, dedos esqueléticos cerrados en torno al puño de una espada larga, pero aquéllas no eran las manos de Ned, tan fuertes, tan llenas de vida. Habían vestido los huesos con el jubón de Ned, el de hermoso terciopelo blanco con el lobo huargo bordado sobre el corazón, pero no quedaba nada de la carne cálida sobre la que había recostado la cabeza tantas y tantas noches, ni de los brazos que la habían estrechado. La cabeza volvía a estar unida al cuerpo con alambre de plata, pero todos los cráneos se parecían, y en aquellas órbitas vacías no encontró ni rastro de los ojos gris oscuro de su señor, unos ojos que podían ser suaves como la niebla o duros como la piedra. «Los ojos se los echaron a los cuervos», recordó.
—Ésa no es su espada —dijo Catelyn apartándose.
—No nos han devuelto a Hielo, mi señora —dijo Utherydes—. Sólo los huesos de Lord Eddard.
—Me imagino que tendría que dar las gracias a la reina.
—Dádselas al Gnomo, mi señora. Fue cosa suya.
«Algún día les daré las gracias a todos ellos.»
—Os agradezco vuestros servicios, hermanas —dijo Catelyn—, pero tengo que encomendaros otra tarea. Lord Eddard era un Stark, y sus huesos deben reposar en Invernalia. —«Harán una estatua que se parezca a él, una figura de piedra que se sentará en la oscuridad con un lobo huargo a los pies y una espada cruzada sobre las rodillas»—. Aseguraos de que las hermanas tengan caballos descansados y cualquier otra cosa que necesiten para el viaje —dijo a Utherydes Wayn. Bajó la vista hacia los huesos, todo lo que le quedaba de su señor, de su amado—. Y ahora, dejadme a solas. Esta noche quiero estar a solas con Ned.
Las mujeres de gris inclinaron las cabezas. «Las hermanas silenciosas no hablan con los vivos —pensó Catelyn con la mente entumecida—, pero hay quien dice que pueden hablar con los muertos.» Cuánto las envidiaba...

DAENERYS

Los cortinajes la aislarían del polvo y del calor de las calles, pero no podrían mantener fuera la decepción que sentía. Dany se subió a la litera, cansada, y se alegró de poder resguardarse del mar de ojos qarthianos.
—Abrid paso —gritó Jhogo desde su caballo a la multitud, al tiempo que hacía restallar el látigo—. ¡Abrid paso, abrid paso a la Madre de Dragones!
Xaro Xhoan Daxos, recostado sobre frescos cojines de raso, sirvió vino tinto color rubí en un par de copas de jade y oro, con manos firmes y seguras pese al bamboleo del palanquín.
—Veo una profunda tristeza escrita en vuestro rostro, mi luz de amor. —Le ofreció una de las copas—. ¿Acaso se trata de la tristeza de un sueño perdido?
—Un sueño demorado, nada más.
La gargantilla de plata que Dany llevaba al cuello le apretaba mucho. Se la desabrochó y la tiró a un lado. Estaba engastada con las amatistas encantadas que, según juraba Xaro, la protegerían de todos los venenos. Los Sangrepura tenían fama de ofrecer vino envenenado a los que consideraban peligrosos, pero a Dany no le habían ofrecido ni un vaso de agua.
«No me han visto como a una reina —pensó con amargura—. Sólo he sido su diversión de una tarde, una chica caballo con una mascota rara.»
Cuando Dany extendió una mano para coger el vino, Rhaegal siseó y le clavó las afiladas garras negras en el hombro desnudo. Ella hizo una mueca y se cambió el dragón de hombro, para que estuviera posado sobre el vestido y no sobre la piel. Iba ataviada según las costumbres qarthianas. Xaro le había advertido que los Entronizados jamás escucharían a una dothraki, de modo que había acudido ante ellos envuelta en seda verde, con un pecho al aire, sandalias plateadas en los pies y una ristra de perlas blancas y negras en torno a la cintura. «Para la ayuda que me han ofrecido tanto habría dado que fuera desnuda. Quizá habría sido mejor.» Bebió un largo trago. El vino sabía a fruta y a cálidos días de verano.
Los Sangrepura, descendientes de los antiguos reyes y reinas de Qarth, estaban al mando de la Guardia Cívica y de la flota de ornamentadas galeras que dominaban los estrechos entre los mares. Daenerys Targaryen había acudido para pedir esa flota, o parte de ella, y también algunos de sus soldados. Hizo el sacrificio tradicional en el Templo de la Memoria, ofreció el soborno tradicional al Custodio de la Larga Lista, envió el caqui tradicional al Abridor de la Puerta, y por fin recibió las tradicionales zapatillas de seda azul que convocaban a la Sala de los Mil Tronos.
Los Sangrepura escucharon sus peticiones sentados en los grandes tronos de madera de sus antepasados, erigidos en gradas curvas desde el suelo de mármol hasta el alto techo en forma de cúpula donde se veían escenas pintadas de la antigua gloria de Qarth. Los tronos eran inmensos, con tallas fantásticas, adornados con oro e incrustaciones de ámbar, ónice, lapislázuli y jade; todos eran diferentes, todos competían por ser el más fabuloso. Pero los hombres que los ocupaban parecían tan apáticos y ajenos al mundo como si estuvieran dormidos.
«Me oyeron —pensó—, pero no me escucharon, no les importaba nada. Son Hombres de Leche, sí. Jamás tuvieron intención de ayudarme. Me recibieron porque sentían curiosidad. Me recibieron porque se aburrían, y el dragón que llevaba al hombro les interesaba más que yo.»
—Contadme las palabras de los Sangrepura —pidió Xaro Xhoan Daxos—. Contadme qué dijeron que tanto entristece a la reina de mi corazón.
—Dijeron que no. —El vino sabía a granadas y a cálidos días veraniegos—. Con gran cortesía, eso sí, pero pese a las palabras hermosas, la respuesta seguía siendo no.
—¿Los adulasteis?
—Sin pudor.
—¿Llorasteis?
—La sangre del dragón no llora —replicó, testaruda.
—Deberíais haber llorado —dijo Xaro con un suspiro. Los qarthianos lloraban a menudo y con facilidad; se consideraba propio de hombres civilizados—. Y los hombres que sobornamos, ¿qué dijeron?
—Mathos no dijo nada. Wendello alabó mi manera de expresarme. El Exquisito me rechazó igual que todos, pero luego lloró.
—Ah, los qarthianos, qué gente desleal... —Xaro no era un Sangrepura, pero le había indicado a quiénes debía sobornar y cuánto debía ofrecerles—. Llorad, llorad por la traición de los hombres.
Dany habría llorado más bien por su oro. Con el oro que había entregado a Mathos Mallarawan, Wendello Qar Deeth y Egon Emeros el Exquisito habría podido comprar un barco, o contratar a una veintena de mercenarios.
—¿Y si envío a Ser Jorah a exigir que me devuelvan mis regalos? —preguntó.
—¿Y si viene un Hombre Pesaroso a mi palacio una noche y os mata mientras dormís? —Los Hombres Pesarosos eran un antiquísimo y sagrado gremio de asesinos, llamados así porque siempre susurraban «lo siento mucho» a sus víctimas antes de matarlas. Los qarthianos eran, ante todo, educados—. Hay un sabio refrán que dice que es más fácil ordeñar a la Vaca de Piedra de Faros que sacarle oro a un Sangrepura.
Dany no sabía dónde estaba Faros, pero le daba la sensación de que Qarth estaba lleno de vacas de piedra. Los príncipes mercaderes, que se habían enriquecido hasta lo inimaginable gracias al comercio entre los mares, se dividían en tres facciones celosas entre sí: el Antiguo Gremio de Especieros, la Hermandad de la Turmalina y los Trece, entre los que se contaba Xaro. Las tres competían entre ellas por el predominio, y las tres mantenían un enfrentamiento eterno con los Sangrepura. Y como una sombra siniestra por encima de todos estaban los brujos, con sus labios azules y aquellos poderes temibles que pocos habían visto, pero todos temían.
Sin Xaro no habría sabido ni qué hacer. El oro que había desperdiciado para abrir las puertas de la Sala de los Mil Tronos era en su mayor parte producto de la generosidad y el ingenio del mercader. A medida que empezó a extenderse hacia el este el rumor de que había dragones vivos, más visitantes fueron acudiendo para comprobar si era verdad... y Xaro Xhoan Daxos se encargó de que tanto los poderosos como los humildes dejaran alguna ofrenda para la Madre de Dragones.
El goteo pronto comenzó a transformarse en una inundación. Los capitanes mercantes le llevaban encajes de Myr, cofrecitos de azafrán de Yi Ti, y ámbar y vidriagón de Asshai. Los mercaderes le ofrecían bolsas de monedas; los orfebres, anillos y cadenas. Los flautistas tocaban para ella, los acróbatas hacían acrobacias, y los malabaristas, juegos malabares, mientras los tintoreros la vestían con colores que jamás había soñado. Una pareja de Jogos Nhai la había obsequiado con uno de sus caballos a rayas blancas y negras. Una viuda le llevó la momia reseca de su marido, cubierta por una capa de hojas bañadas en plata; se decía que los restos como aquéllos tenían un gran poder, sobre todo si el difunto había sido hechicero, como era su caso. Y la Hermandad de la Turmalina le entregó una corona labrada en forma de dragón tricéfalo: los cuerpos enroscados eran de oro amarillo; las alas, de plata; y las cabezas estaban talladas en jade, marfil y ónice.
La corona fue la única ofrenda que quiso conservar. El resto lo vendió todo para reunir el oro que había desperdiciado con los Sangrepura. Xaro quería que vendiera también la corona, le juraba que los Trece se encargarían de que tuviera otra mucho mejor, pero Dany lo prohibió.
—Viserys vendió la corona de mi madre, y todos lo llamaron mendigo. Yo conservaré ésta, y todos me llamarán reina.
Y así lo hizo, aunque pesaba tanto que hacía que le doliera el cuello.
«Pero, con corona o sin ella, sigo siendo una mendiga —pensó Dany—. La mendiga más esplendorosa del mundo, pero mendiga al fin y al cabo. —Detestaba sentirse así, igual que debía de haberle pasado a su hermano—. Tantos años de huir de ciudad en ciudad, un paso por delante de los cuchillos del Usurpador, siempre suplicando ayuda a arcontes, príncipes y magísteres, siempre pagando la comida con adulaciones... Seguro que sabía cuánto se burlaban de él. No es de extrañar que estuviera siempre furioso y amargado. —Y al final aquello lo había vuelto loco—. A mí me pasará lo mismo si lo permito. —Una parte de ella deseaba más que nada en el mundo regresar con su pueblo a Vaes Tolorro, y hacer que floreciera la ciudad muerta—. No, eso sería una derrota. Yo tengo algo que Viserys nunca tuvo. Tengo a los dragones. Los dragones marcarán la diferencia.»
Acarició a Rhaegal. El dragón verde cerró los dientes sobre su mano y le dio un mordisco que estuvo a punto de resultar doloroso. Fuera, la gran ciudad vibraba y bullía, una miríada de voces se fundían en un sonido grave como el oleaje del mar.
—Abrid paso, Hombres de Leche, abrid paso a la Madre de Dragones —proclamaba Jhogo, y los qarthianos se apartaban, aunque quizá más por los bueyes que por sus órdenes.
A través de los cortinajes que se entreabrían de cuando en cuando, Dany lo divisaba a lomos de su semental gris. A veces daba un golpecito suave a los bueyes con el látigo con mango de plata que ella le había regalado. Aggo vigilaba el otro flanco y Rakharo cabalgaba tras la comitiva, siempre atento a los rostros de la multitud en busca de cualquier rastro de peligro. Aquel día había dejado a Ser Jorah en el palacio para vigilar el resto de los dragones; el caballero exiliado se había opuesto a aquella estupidez desde el principio.
«No confía en nadie —reflexionó—. Y puede que tenga razón.»
Cuando Dany levantó la copa para beber, Rhaegal olisqueó el vino y echó la cabeza hacia atrás con un siseo.
—Vuestro dragón tiene buen olfato. —Xaro se limpió los labios—. Este vino es vulgar. Se dice que al otro lado del mar de Jade tienen una cosecha dorada tan deliciosa que con sólo probar un sorbo el resto de los vinos saben a vinagre. Subamos a mi barcaza de paseo y vayamos a buscarlo, vos y yo...
—El mejor vino del mundo es el del Rejo —declaró Dany. Lord Redwyne había combatido al Usurpador al lado de su padre, recordaba que había sido uno de los últimos leales. «¿Luchará también por mí?» No había manera de saberlo después de tantos años—. Venid conmigo al Rejo, Xaro, y probaréis las mejores cosechas que podáis imaginar. Pero para ese viaje necesitaremos un barco de guerra, no una chalana de paseo.
—No tengo barcos de guerra. La guerra es mala para el comercio. Os he dicho muchas veces que Xaro Xhoan Daxos es un hombre amante de la paz.
«Xaro Xhoan Daxos es un hombre amante del oro —pensó ella—, y con oro podré comprar todos los barcos y espadas que necesito.»
—No os he pedido que empuñéis una espada, sólo que me prestéis vuestros barcos.
—Sí, barcos mercantes tengo unos pocos. —El hombre sonrió con modestia—. Quién sabe cuántos. Puede que en este momento se esté hundiendo uno en algún rincón tormentoso del mar del Verano. Mañana caerá otro presa de los corsarios. Puede que al otro, alguno de mis capitanes vea todas las riquezas que hay en la bodega y crea que le pertenecen. Son los riesgos del comercio. Ahora que lo pienso, cuanto más hablamos menos barcos me quedan. Me empobrezco por momentos.
—Dadme barcos y os haré rico de nuevo.
—Casaos conmigo, luz brillante, y tripulad el barco de mi corazón. Por las noches no puedo dormir pensando en vuestra belleza.
Dany sonrió. Las floridas declaraciones de pasión de Xaro le parecían divertidas, pero su actitud contradecía sus palabras. Mientras que Ser Jorah había parecido incapaz de apartar los ojos de su pecho desnudo cuando la ayudaba a subir al palanquín, Xaro ni se había fijado, y eso que compartían aquel espacio tan reducido. Y no había dejado de notar la presencia de los atractivos muchachitos que siempre rodeaban al príncipe mercader y revoloteaban por los salones de su palacio ataviados con sedas transparentes.
—Vuestras palabras son dulces, Xaro, pero en ellas oigo otro no.
—Ese trono de hierro del que habláis parece monstruosamente frío y duro. No soporto pensar en esas puntas afiladas que cortarán esta dulce piel. —Las joyas que adornaban la nariz de Xaro lo hacían parecer un pájaro extraño y brillante. Hizo un movimiento lánguido con los largos dedos—. Que vuestro reino sea éste, reina exquisita entre las exquisitas, y dejad que yo sea vuestro rey. Si queréis os daré un trono de oro. Cuando Qarth nos hastíe, podremos viajar a Yi Ti y buscar la ciudad de ensueño de los poetas, donde beberemos el vino de la sabiduría en el cráneo de un hombre muerto.
—Voy a ir en barco a Poniente, y allí beberé el vino de la venganza en el cráneo del Usurpador. —Rascó a Rhaegal debajo de un ojo, y el dragón desplegó las alas verde jade, sacudiendo el aire quieto dentro del palanquín.
—¿No hay nada que pueda apartaros de esa locura? —Una lágrima solitaria y perfecta descendía por la mejilla de Xaro Xhoan Daxos.
—Nada —respondió, deseando estar tan segura como indicaban sus palabras—. Si cada uno de los Trece me prestara diez barcos...
—Tendríais ciento treinta naves, y nadie que las tripulara. La justicia de vuestra causa no significa nada para el pueblo de Qarth. ¿Por qué debería importar a mis marineros quién se sienta en el trono de un reino que está al otro lado del mundo?
—Les pagaré para que les importe.
—¿Con qué moneda, dulce estrella de mi corazón?
—Con el oro que traen los que vienen a ver los dragones.
—Es posible —reconoció Xaro—, pero para que les importe mucho tendréis que pagarles mucho. Mucho más incluso que yo, y todo Qarth se burla de lo ruinoso de mi generosidad.
—Si los Trece no me dan su ayuda, tal vez tenga que pedírsela al Gremio de Especieros o a la Hermandad de la Turmalina.
—No os darán otra cosa que adulación y mentiras —dijo Xaro, encogiéndose de hombros con gesto lánguido—. Los Especieros son hipócritas y fanfarrones, y la Hermandad está llena de piratas.
—En ese caso, tendré que escuchar el consejo de Pyat Pree y acudir a los brujos.
El príncipe mercader se incorporó bruscamente.
—Pyat Pree tiene los labios azules, y se dice y es verdad que de los labios azules sólo salen mentiras. Escuchad las palabras sabias de quien os ama. Los brujos son criaturas malévolas que comen polvo y beben sombras. No os darán nada, porque nada tienen para dar.
—No tendría que pedir ayuda a hechiceros si mi amigo Xaro Xhoan Daxos me diera lo que necesito.
—Os he dado mi hogar y mi corazón, ¿eso no significa nada para vos? Os he dado perfumes y granadas, monos saltarines y serpientes, pergaminos de la desaparecida Valyria, una cabeza de ídolo y una pata de serpiente. Os he dado este palanquín de ébano y oro, y la pareja de bueyes que tiran de él, a juego, uno blanco como el marfil y otro negro como el azabache, con incrustaciones de piedras preciosas en los cuernos.
—Sí —dijo Dany—, pero lo que yo quería eran barcos y soldados.
—¿Acaso no os he dado un ejército a vos, la más dulce de las mujeres? Un millar de caballeros, cada uno con su brillante armadura.
Las armaduras eran de oro y plata, y los caballeros de jade, berilio y ónice, de turmalina, ámbar, ópalo y amatista, todos del tamaño de su dedo meñique.
—Un millar de preciosos caballeros —dijo—, pero no de los que infunden temor en el corazón de mis enemigos. Y los bueyes no pueden llevarme por el agua, que es lo que... ¿por qué nos detenemos?
Los bueyes habían aminorado la marcha de manera perceptible.
Khaleesi —la llamó Aggo a través de los cortinajes del palanquín detenido.
Dany se apoyó sobre un codo para asomarse. Estaban en los límites del bazar, y el camino estaba bloqueado por una muralla de gente.
—¿Qué miran?
—Es un mago de fuego, khaleesi —contestó Jhogo mientras retrocedía a caballo.
—Quiero verlo.
—Lo veréis.
El dothraki le ofreció la mano para ayudarla. Dany la aceptó, y él la izó para sentarla a lomos de su caballo, delante de él, desde donde podía verlo todo por encima de las cabezas de la multitud. El mago de fuego había conjurado en el aire una escalerilla de llamas anaranjadas y crepitantes, que se alzaba sin apoyo alguno sobre el suelo del bazar y se tendía hacia el alto enrejado del techo.
Se fijó en que la mayoría de los espectadores no eran de la ciudad: vio marineros de barcos mercantes, comerciantes que habían llegado en las caravanas, hombres polvorientos del desierto rojo, soldados errantes, artesanos, esclavistas... Jhogo la sujetó por la cintura y se acercó más a ella.
—Los Hombres de Leche lo rehuyen, khaleesi. ¿Veis a la chiquilla del sombrero de fieltro? Aquella, la que está tras el sacerdote gordo. Es una...
—Ratera —terminó Dany. No era ninguna dama consentida, ciega a aquellas cosas. Había visto muchos rateros en las calles de las Ciudades Libres, durante los años que había pasado con su hermano, siempre huyendo de los asesinos a sueldo del Usurpador.
El mago gesticulaba, hacía que las llamas subieran más y más con cada movimiento amplio de los brazos. Los espectadores inclinaban la cabeza hacia atrás para ver mejor, y los rateros se movían entre el público con navajitas en las palmas de las manos para cortar los cordones de las bolsas. Con una mano descargaban a los adinerados del peso de sus monedas, mientras con la otra señalaban hacia arriba.
Cuando la escalera de fuego tuvo una altura de quince metros, el mago empezó a subir por ella, ágil y rápido como un mono. Cada vez que tocaba un peldaño, éste se desvanecía sin dejar más que un jirón de humo plateado. Cuando llegó a la cima, la escalera desapareció por completo, y él también.
—Buen truco —comentó Jhogo, admirado.
—No es ningún truco —dijo una mujer en la lengua común.
Dany no había visto a Quaithe entre la multitud, pero allí estaba, con los ojos húmedos y brillantes tras la implacable máscara de laca roja.
—¿Qué queréis decir, mi señora?
—Hace medio año ese hombre apenas si podía arrancar fuego del vidriagón. Tenía cierta habilidad con polvos y fuego valyrio, la suficiente para distraer a la multitud mientras sus rateros trabajaban. Era capaz de caminar sobre carbones al rojo y hacer florecer en el aire rosas de llamas, pero subir por la escalera de fuego le habría resultado tan imposible como a un pescador vulgar atrapar un kraken con sus redes.
Dany, intranquila, contempló el lugar donde se había alzado la escalera. Ya había desaparecido el humo, y la multitud empezaba a dispersarse, mientras todos volvían a centrarse en sus asuntos. No tardarían en darse cuenta de que les habían vaciado las bolsas.
—¿Y ahora?
—Ahora sus poderes crecen, khaleesi, y vos sois la causa.
—¿Yo? —Se echó a reír—. ¿Y eso por qué?
—Sois la Madre de Dragones, ¿no es verdad? —La mujer se acercó un paso y puso dos dedos sobre la muñeca de Dany.
—Lo es —replicó Jhogo apartando los dedos de Quaithe con el mango del látigo—, y ningún engendro de las sombras puede tocarla.
La mujer dio un paso atrás.
—Debéis salir de esta ciudad cuanto antes, Daenerys Targaryen, o no os dejarán salir jamás.
—¿Y a dónde queréis que vaya? —preguntó Dany. Sentía un cosquilleo en la muñeca, allí donde Quaithe la había tocado.
—Para ir al norte tenéis que viajar hacia el sur. Para llegar al oeste debéis ir hacia el este. Para adelantaros tendréis que retroceder, y para tocar la luz debéis pasar bajo la sombra.
«Asshai —pensó Dany—. Quiere que viaje a Asshai.»
—¿Los asshai'i me darán un ejército? —quiso saber—. ¿Conseguiré oro en Asshai? ¿Conseguiré barcos? ¿Qué encontraré en Asshai que no pueda encontrar en Qarth?
—La verdad —respondió la mujer de la máscara.
Hizo una reverencia y volvió a perderse entre la multitud. Rakharo hizo una mueca de desprecio bajo el largo mostacho negro.
Khaleesi, más vale comer escorpiones vivos que confiar en el engendro de las sombras, que no se atreve a mostrar su rostro al sol. Todo el mundo lo sabe.
—Todo el mundo lo sabe —asintió Aggo.
Xaro Xhoan Daxos había presenciado toda la conversación recostado entre los cojines.
—Vuestros salvajes son más sabios de lo que ellos mismos imaginan —dijo cuando Dany volvió a subir al palanquín—. Las verdades que tienen los asshai'i no dibujarán una sonrisa en vuestros labios. —Acto seguido le puso otra copa de vino en la mano, y durante el resto del trayecto hasta su palacio no dejó de hablar de amor, de lujuria y de otras nimiedades.
Una vez a solas en la tranquilidad de sus habitaciones, Dany se quitó las ropas de gala y se puso una túnica amplia de seda púrpura. Los dragones tenían hambre, así que troceó una serpiente y carbonizó los pedazos sobre el brasero.
«Están creciendo mucho —advirtió al verlos lanzar mordiscos y disputarse la carne ennegrecida—. Deben de pesar el doble que cuando estábamos en Vaes Tolorro. —Pero pasarían muchos años antes de que tuvieran tamaño suficiente para ir a la guerra—. Y también habrá que entrenarlos a conciencia, o destruirán mi reino.» Pese a toda la sangre Targaryen que corría por sus venas, Dany no tenía ni la más remota idea de cómo se entrenaba a un dragón.
Ser Jorah Mormont acudió a verla cuando el sol ya se estaba poniendo.
—¿Los Sangrepura os negaron su ayuda?
—Sí, tal como vos dijisteis que harían. Venid, sentaos conmigo y aconsejadme.
Dany le indicó que se acomodara entre los cojines, y Jhiqui les llevó un cuenco de aceitunas y cebollitas al vino.
—En esta ciudad no obtendréis ayuda, khaleesi. —Ser Jorah cogió una cebollita entre el índice y el pulgar—. Cada día estoy más convencido. Los Sangrepura no ven más allá de las murallas de Qarth, y Xaro...
—Ha vuelto a pedirme que me case con él.
—Sí, y ya sé por qué. —El caballero frunció el ceño, y las espesas cejas negras se le juntaron en una sola línea sobre los ojos hundidos.
—Porque sueña conmigo día y noche. —Dany se echó a reír.
—Perdonadme, mi reina, pero con lo que sueña es con vuestros dragones.
—Xaro me ha asegurado que en Qarth los hombres y las mujeres conservan cada uno sus posesiones después de casarse. Los dragones son míos. —Sonrió al ver que Drogon se acercaba a ella a saltitos por el suelo de mármol para ir a acurrucarse en un cojín junto a ella.
—Lo que dice es verdad, pero se le olvidó mencionar un detalle. Los qarthianos tienen una costumbre nupcial muy curiosa, mi reina. El día de su boda, la esposa puede solicitar a su marido una prueba de su amor. Cualquiera de sus bienes, y él tiene que otorgárselo. Pero el marido también puede pedir lo mismo. Sólo se puede pedir una cosa, y no se puede negar.
—Una cosa —repitió Dany—, y no se puede negar.
—Con un dragón, Xaro Xhoan Daxos dominaría esta ciudad, pero con un barco vos no avanzaríais gran cosa en vuestros propósitos.
Dany mordisqueó una cebolla y pensó con tristeza en la deslealtad de los hombres.
—De vuelta de la Sala de los Mil Tronos cruzamos el bazar —contó a Ser Jorah—. Nos encontramos con Quaithe. —Le habló del mago de fuego y de la escalera de llamas, y le contó qué le había dicho la mujer de la máscara roja.
—Para ser sincero, me gustaría marcharme de esta ciudad —dijo el caballero cuando terminó su relato—. Pero no en dirección a Asshai.
—¿Adónde iríamos?
—Hacia el este.
—Aquí ya estoy a medio mundo de mi reino. Si avanzo más hacia el este, puede que jamás encuentre el camino de vuelta a Poniente.
—Y si vais hacia el oeste, pondréis en peligro vuestra vida.
—La Casa Targaryen tiene amigos en las Ciudades Libres —le recordó—. Amigos más sinceros que Xaro o los Sangrepura.
—Si os referís a Illyrio Mopatis, no estoy tan seguro. Si le ofrecen suficiente oro, Illyrio os vendería antes de lo que se vende a un esclavo.
—Mi hermano y yo estuvimos medio año en la casa de Illyrio como invitados. Si hubiera querido vendernos, lo habría hecho entonces.
—Y os vendió —dijo Ser Jorah—. A Khal Drogo.
Dany se sonrojó. Sabía que era verdad, pero no le había gustado que se lo dijera de aquella manera tan brusca.
—Illyrio nos protegió de los asesinos del Usurpador, y creía en la causa de mi hermano.
—Illyrio no cree en más causa que en la causa de Illyrio. Los glotones suelen ser codiciosos, y los magísteres son taimados. Illyrio Mopatis es ambas cosas. ¿Qué sabéis de él en realidad?
—Sé que me regaló los huevos de dragón.
Ser Jorah dejó escapar un bufido.
—Si hubiera sabido que podían abrirse, él mismo los habría empollado.
—De eso no me cabe duda, ser. —Dany sonreía muy a su pesar—. Conozco a Illyrio mejor de lo que pensáis. Cuando salí de su palacio de Pentos para casarme con mi sol y estrellas era una niña, pero no estaba sorda ni ciega. Y ahora ya no soy una niña.
—Aunque Illyrio fuera el amigo leal que pensáis —insistió el caballero tercamente—, no tiene poder suficiente para llevaros al trono, igual que no pudo llevar a vuestro hermano.
—Es rico —replicó ella—. Puede que no tanto como Xaro, pero sí lo suficiente para alquilar barcos y hombres para mi causa.
—Los mercenarios son útiles en ocasiones —reconoció Ser Jorah—, pero no podréis reconquistar el trono de vuestro padre con la chusma de las Ciudades Libres. Nada une más un reino desmembrado que ver un ejército invasor en su territorio.
—Soy su reina legítima —protestó Dany.
—Sois una desconocida que pretende llegar a sus playas con un ejército de extranjeros que ni siquiera hablan la lengua común. Los señores de Poniente no os conocen, y tienen todos los motivos del mundo para temeros y desconfiar de vos. Antes de haceros a la mar tendréis que ganároslos. Al menos a unos cuantos.
—¿Y cómo lo conseguiré si sigo vuestro consejo y voy hacia el este?
El caballero se comió una aceituna y escupió el hueso en la palma de la mano.
—No lo sé, Alteza —reconoció—. Pero sí sé que, cuanto más tiempo permanezcáis en un lugar, más fácil será para vuestros enemigos encontraros. El nombre de los Targaryen todavía les inspira temor, tanto como para que enviaran a un hombre a mataros cuando supieron que estabais embarazada. ¿Qué harán cuando se enteren de que tenéis dragones?
Drogon estaba enroscado bajo el brazo de Dany, caliente como una piedra que se hubiera dejado expuesta al sol todo el día. Rhaegal y Viserion se peleaban por un pedacito de carne, se golpeaban el uno al otro con las alas, y les salía humo siseante de las fosas nasales.
«Mis coléricos hijos —pensó—. No permitiré que les pase nada.»
—El cometa me trajo a Qarth por algún motivo. Pensaba que aquí encontraría mi ejército, pero parece que no será así. ¿Qué me queda por hacer? —«Tengo miedo, pero he de ser valiente»—. Venid mañana, os enviaré a visitar a Pyat Pree.

TYRION

La niña no lloró en ningún momento. Myrcella Baratheon era muy joven, pero también era princesa. «Y Lannister, a pesar de su nombre —se recordó Tyrion—. Tiene tanto de Jaime como de Cersei.»
Sí, su sonrisa era un poco trémula al despedirse de sus hermanos en la cubierta de la Marveloz, pero la niña sabía qué tenía que decir, y lo dijo con valor y dignidad. Cuando llegó el momento de la separación, el que lloró fue el príncipe Tommen, y Myrcella lo tuvo que consolar.
Tyrion contempló la despedida desde la cubierta de la Martillo del rey Robert, una gran galera de guerra de cuatrocientos remos. La Martillo de Rob, como la llamaban los remeros, sería el elemento principal de la escolta de Myrcella. También la acompañarían en su viaje la Estrellaleón, la Viento bravo y la Lady Lyanna.
No se sentía nada tranquilo al desprenderse de una parte nada desdeñable de su flota, ya de por sí insuficiente y mermada por la pérdida de todos los barcos que habían navegado con Lord Stannis hacia Rocadragón y no regresaron nunca. Pero Cersei se negó en redondo a reducir la escolta. Quizá en aquello tuviera razón. Si los piratas capturaban a la niña antes de que llegara a Lanza del Sol, la alianza dorniense se desmoronaría. Hasta el momento Doran Martell no había hecho nada aparte de mover sus ejércitos hacia los pasos más altos, donde la amenaza de la guerra podría hacer que algunos señores de las Marcas se replantearan sus lealtades y dieran tregua a Stannis en su avance hacia el norte. Pero no era más que una estratagema. Los Martell no se embarcarían en la guerra a menos que hubiera un ataque contra Dorne, y Stannis no era tan idiota como para eso. «Aunque puede que algunos de sus vasallos sí lo sean —reflexionó Tyrion—. He de tenerlo en cuenta.»
Carraspeó para aclararse la garganta.
—Ya conocéis vuestras órdenes, capitán.
—Así es, mi señor. Debemos navegar cerca de la costa, sin perder de vista tierra firme, hasta llegar a Punta Zarpa Rota. Desde allí cruzaremos el mar Angosto hacia Braavos. Bajo ningún concepto debemos acercarnos a Rocadragón.
—¿Y si pese a todo nuestros enemigos dieran con vosotros por casualidad?
—Si se tratara sólo de un barco, debemos escapar o destruirlo. Si son más, la Viento bravo se unirá a la Marveloz para protegerla mientras el resto de la flota presenta batalla.
Tyrion asintió. Si pasaba lo peor, la pequeña Marveloz sería capaz de escapar de casi cualquier perseguidor. Era un barco pequeño de velas muy grandes, más rápido que ninguna otra nave de la flota de guerra, o al menos eso aseguraba su capitán. Una vez llegara a Braavos, Myrcella estaría a salvo. Le había elegido a Ser Arys Oakheart como escudo juramentado, y el braavosi tenía instrucciones de llevarla el resto del camino hasta Lanza del Sol. Ni siquiera Lord Stannis se atrevería a despertar las iras de la más grande y poderosa de las Ciudades Libres. Ir de Desembarco del Rey a Dorne pasando por Braavos no era una ruta directa ni mucho menos, pero sí segura... o eso esperaba Tyrion.
«Si Lord Stannis se enterase de esto, no podría elegir mejor momento para caer sobre nosotros con toda su flota.» Tyrion miró hacia el punto donde el Aguasnegras desembocaba en la bahía del mismo nombre, y sintió alivio al ver que no había ni rastro de velas en el amplio horizonte verde. Según los últimos informes, la flota Baratheon seguía anclada ante Bastión de Tormentas, donde Ser Cortnay Penrose aún desafiaba a los asediantes en nombre del difunto Renly. Mientras, casi habían terminado tres cuartas partes de las torres con poleas de Tyrion. En aquellos mismos instantes los hombres izaban pesados bloques de piedra para ponerlos en sus lugares correspondientes, y sin duda lo maldecían por obligarlos a trabajar durante las celebraciones. Que lo maldijeran cuanto quisieran.
«Dos semanas más, Stannis, es todo lo que pido. Dos semanas más y habré terminado.»
Tyrion observó cómo su sobrina se arrodillaba ante el Septon Supremo para que le diera sus bendiciones para el viaje. El ruido que había en la ribera hacía imposible oír las plegarias. Esperaba que los dioses tuvieran mejor oído. El Septon Supremo era gordo como una casa, y más pomposo y altisonante que el propio Pycelle.
«Ya basta, viejo, termina de una vez —pensó Tyrion irritado—. Los dioses no tienen todo el día para escucharte, y yo tampoco.»
Cuando por fin terminaron los canturreos y las salmodias, Tyrion se despidió del capitán de la Martillo de Rob.
—Llevad sana y salva a mi sobrina a Braavos, y cuando regreséis os estará aguardando un título de caballero —le prometió.
Al bajar por la plancha hacia el atracadero, Tyrion sentía las miradas rencorosas clavadas en él. La galera se mecía con el movimiento de las olas, y su andar anadeante era peor que nunca. «Seguro que se están burlando de mí. —No se atrevían a hacerlo de manera abierta, claro, aunque distinguía murmullos por encima del crujido de la madera y las sogas, y del sonido de las aguas del río contra los pilares—. No me quieren —pensó—. Y no es de extrañar, soy feo y estoy bien alimentado, mientras que ellos pasan hambre.»
Bronn lo escoltó entre la multitud para ir a reunirse con su hermana y los hijos de ésta. Cersei no le hizo el menor caso, y prefirió dedicar todas las sonrisas a su primo. Tyrion vio cómo hechizaba a Lancel con unos ojos tan verdes como el collar de esmeraldas que colgaba en torno al níveo cuello esbelto, y sonrió para sus adentros. «Conozco tu secreto, Cersei», pensó. En los últimos días su hermana había visitado a menudo al Septon Supremo, para que los dioses la bendijeran en la inminente batalla contra Lord Stannis... o eso era lo que quería hacerle creer. Lo cierto era que, tras una breve visita al Gran Sept de Baelor, Cersei se cubría con una sencilla capa marrón de viaje, y se escabullía para ir a reunirse con cierto caballero errante con el nombre de Ser Osmund Kettleblack, y sus dos hermanos igualmente desabridos, Osney y Osfryd. Lancel le había hablado de ellos. Cersei pensaba utilizar a los Kettleblack para comprar un ejército de mercenarios que le fueran leales.
Excelente, que disfrutara de sus planes. Era mucho más dulce con él cuando pensaba que lo estaba derrotando con su ingenio. Los Kettleblack la cautivarían, aceptarían sus monedas y le prometerían todo lo que quisiera. ¿Y por qué no, si Bronn igualaba cualquier oferta? Los tres hermanos, pícaros simpáticos donde los hubiera, eran mucho más hábiles con los engaños que con las armas. Cersei se había comprado tres tambores huecos: hacían todo el ruido fiero que ella requería, pero dentro no tenían nada. Aquello a Tyrion le resultaba de lo más divertido.
Los cuernos sonaron en una fanfarria cuando la Estrellaleón y la Lady Lyanna se alejaron de la orilla río abajo para despejar el camino para la Marveloz. El gentío reunido en las orillas, tan escaso y disperso como las nubes que avanzaban por el cielo, lanzó algunos gritos y aclamaciones. Myrcella sonrió y saludó con la mano desde la cubierta. Tras ella se alzaba Arys Oakheart, con la capa blanca ondeando al viento. El capitán ordenó que soltaran amarras, y los remos de la Marveloz se hundieron en la corriente del Aguasnegras, donde sus velas se hincharon con el viento. Unas velas vulgares, blancas, por instrucciones de Tyrion, nada de telas del color escarlata de los Lannister. Tommen sollozaba inconsolable.
—Eres un crío de teta —le siseó su hermano—. Los príncipes no lloran.
—El príncipe Aemon, el Caballero Dragón, lloró el día en que la princesa Naerys se casó con su hermano Aegon —dijo Sansa Stark—, y los gemelos Ser Arryk y Ser Erryk murieron con lágrimas en las mejillas después de que cada uno infligiera al otro una herida mortal.
—Cállate o le digo a Ser Meryn que te inflija una herida mortal a ti —replicó Joffrey a su prometida.
Tyrion miró de soslayo a su hermana, pero Cersei estaba absorta en lo que le contaba Ser Balon Swann. «¿De verdad está tan ciega que no ve cómo es su hijo?», se preguntó.
En el río, la Viento bravo sacó los remos y siguió la estela de la Marveloz. Por último partió la Martillo del rey Robert, la más poderosa de la flota real... o de la parte de la flota real que no había huido a Rocadragón el año anterior con Stannis. Tyrion había elegido los capitanes con sumo cuidado, evitando a aquellos cuya lealtad era dudosa según Varys... pero la lealtad del propio Varys era dudosa, de modo que persistía cierta aprensión. «Dependo demasiado de Varys —reflexionó—. Necesito tener mis propios informadores. Aunque tampoco voy a confiar en ellos.» La confianza podía ser mortífera.
Volvió a pensar en Meñique. No habían recibido noticias de Petyr Baelish desde que partiera en dirección a Puenteamargo. Aquello tal vez no significara nada... o todo. Ni siquiera Varys lo sabía. El eunuco había sugerido que tal vez Meñique había sufrido alguna desgracia en el camino. Quizá incluso estuviera muerto. Tyrion se burló de semejante idea.
—Si Meñique está muerto, yo soy un gigante —fue su comentario.
Lo más probable era que los Tyrell estuvieran poniendo pegas a la propuesta de matrimonio. Y esto Tyrion lo comprendía bien. «Si yo fuera Mace Tyrell, antes preferiría la cabeza de Joffrey en una pica que su polla dentro de mi hija.»
La pequeña flota se había alejado bastante por la bahía cuando Cersei indicó que era hora de marcharse. Bronn llegó con el caballo de Tyrion y lo ayudó a montar. Aquello era misión de Podrick Payne, pero Pod se había quedado en la Fortaleza Roja. La presencia del huesudo mercenario le resultaba mucho más tranquilizadora que la del muchacho.
Las estrechas calles estaban vigiladas por los hombres de la Guardia de la Ciudad, que mantenían a raya a la multitud con las astas de las lanzas. Ser Jacelyn Bywater iba delante, ante una cuña de lanceros a caballo, todos vestidos con cotas de malla negras y capas doradas. Tras él cabalgaban Ser Aron Santagar y Ser Balon Swann, que portaban los estandartes del rey, el león de los Lannister y el venado coronado de los Baratheon.
El rey Joffrey los seguía en un alto palafrén gris, con una corona dorada sobre los también dorados rizos. Sansa cabalgaba a su lado a lomos de una yegua alazana, sin mirar a derecha ni a izquierda, con la espesa cabellera castaña bajo una redecilla de adularias. La pareja iba flanqueada por dos miembros de la Guardia Real, el Perro a la derecha del rey y Ser Mandon Moore a la izquierda de la joven Stark.
Detrás iba Tommen, todavía sollozante, con Ser Preston Greenfield ataviado con capa y armadura blancas, y luego Cersei, acompañada por Ser Lancel y protegida por Meryn Trant y Boros Blount. Tyrion iba en pos de su hermana. Tras ellos se veía al Septon Supremo en su litera, y a una larga hilera de cortesanos: Ser Horas Redwyne, Lady Tanda y su hija, Jalabhar Xho, Lord Gyles Rosby y los demás. La retaguardia la cubría una hilera doble de guardias.
Hombres mal afeitados y mujeres sucias contemplaban a los jinetes con resentimiento desde detrás de la línea de lanzas. «Esto no me gusta nada», pensó Tyrion. Bronn había situado una veintena de mercenarios entre la multitud, y tenían orden de detener cualquier inicio de problema. Tal vez Cersei había dispuesto de la misma manera a sus Kettleblack. Pero tenía la sensación de que no iba a servir de gran cosa. Cuando el fuego es demasiado vivo, echar un puñado de pasas al cazo no evita que se quemen las natillas.
Atravesaron la plaza del pescado y cabalgaron por la calle del Lodazal, para doblar por el Garfio antes de iniciar el ascenso a la colina Alta de Aegon. Al ver pasar al joven rey hubo algunos gritos de «¡Joffrey! ¡Salve, Joffrey!», pero por cada persona que lo aclamaba había cien que callaban. Los Lannister atravesaban un mar de hombres harapientos y mujeres hambrientas, se enfrentaban a una marea de ojos hoscos. Delante de él Cersei reía por un comentario que le había hecho Lancel, aunque Tyrion sospechaba que su alegría era fingida. Sin duda advertía la hostilidad que los rodeaba, pero su hermana siempre había sido partidaria de aparentar valor.
Estaban a medio camino cuando una mujer que gritaba consiguió abrirse paso entre dos guardias y corrió hacia el centro de la calle, delante del rey y su séquito, con el cadáver de un bebé alzado por encima de la cabeza. Era un cuerpo azul e hinchado, grotesco, pero lo más espantoso eran los ojos de la madre. Durante un momento dio la impresión de que Joffrey la iba a arrollar, pero Sansa Stark se inclinó hacia un lado y le dijo algo al oído. El rey rebuscó en su bolsa y arrojó a la mujer un venado de plata. La moneda rebotó contra el niño y cayó rodando entre las piernas de los capas doradas, hacia la multitud, donde una docena de hombres empezaron a pelearse por ella. La madre ni siquiera pestañeó. Los brazos flacos le temblaban bajo el peso de su hijo muerto.
—Dejadla, Alteza —le dijo Cersei—. No podéis hacer nada por esa pobrecilla.
La madre la oyó. Sin saber por qué, la voz de la reina despertó algo en el cerebro devastado de la mujer. Su rostro se retorció en una mueca de desprecio.
—¡Puta! —chilló—. ¡Puta del Matarreyes! ¡Te acuestas con tu hermano! —El niño muerto se le cayó de los brazos como un saco cuando señaló a Cersei—. ¡Te acuestas con tu hermano, te acuestas con tu hermano, te acuestas con tu hermano!
Tyrion no llegó a ver quién lanzó los excrementos. Sólo oyó el grito de Sansa y las maldiciones de Joffrey, y cuando volvió la cabeza el rey se estaba limpiando la mierda de la mejilla. Había más pegada al pelo dorado, y sobre las piernas de Sansa.
—¿Quién me ha tirado eso? —chilló Joffrey. Se llevó la mano al pelo, rabioso, y se quitó más restos de excrementos—. ¡Quiero al hombre que me lo ha tirado! —gritó—. ¡Cien dragones de oro para quien me lo entregue!
—¡Estaba allí arriba! —chilló alguien entre la multitud.
El rey hizo dar la vuelta a su caballo para mirar los tejados y balcones. En la multitud todos señalaban y gritaban, se maldecían entre ellos y a Joffrey.
—Por favor, Alteza, dejadlo —suplicó Sansa.
—¡Traedme al hombre que me ha tirado esto! —ordenó Joffrey sin hacer caso a Sansa—. ¡Me va a limpiar con la lengua, o le cortaré la cabeza! ¡Perro, tráemelo!
Sandor Clegane, obediente, se bajó de la silla, pero no había manera de atravesar aquella muralla de carne, y mucho menos de llegar al tejado. Los hombres que estaban más cerca de él trataban de apartarse, mientras que los demás empujaban para acercarse y ver mejor. Tyrion palpaba el desastre.
—Clegane, volved aquí, ese hombre ha escapado.
—¡Tráemelo! —chilló Joffrey mientras señalaba hacia el tejado—. ¡Estaba allí arriba! ¡Perro, ábrete camino con la espada y tráeme...!
Un tumulto ahogó el final de la frase, era un rugido retumbante de rabia, miedo y odio que envolvió a la comitiva desde todos lados.
—¡Bastardo! —gritó alguien a Joffrey—. ¡Monstruo bastardo!
Hubo más gritos de «¡Puta!» y «¡Te acuestas con tu hermano!» dirigidos a la reina, mientras que a Tyrion lo llamaban «Monstruo» y «Mediohombre». También se oían otras voces clamando «¡Justicia!», «¡Robb, rey Robb, el Joven Lobo!», o «¡Stannis!» e incluso «¡Renly!». A ambos lados de la calle la multitud empujaba las astas de las lanzas, mientras los capas doradas trataban de mantenerlos a raya. Les cayó encima una lluvia de piedras, excrementos y cosas aún peores.
—¡Danos de comer! —gritó una mujer.
—¡Pan! —rugió un hombre—. ¡Queremos pan, bastardo!
Al instante, un millar de voces se unieron al mismo grito. El rey Joffrey, el rey Robb y el rey Stannis pasaron al olvido, y el rey Pan reinó en solitario.
—¡Pan! —era el clamor—. ¡Pan! ¡Pan!
Tyrion picó espuelas a su caballo y acudió al lado de su hermana.
—¡Al castillo! —gritó—. ¡Ahora mismo!
Cersei asintió al tiempo que Ser Lancel desenvainaba la espada. Al frente de la columna, Jacelyn Bywater rugía órdenes. Sus jinetes bajaron las lanzas y avanzaron en formación de cuña. El rey daba vueltas a lomos de su palafrén en círculos ansiosos mientras un mar de manos trataba de agarrarlo. Alguien consiguió cogerle la pierna, pero sólo un instante. La espada de Ser Mandon descendió como un rayo y cortó la mano por la muñeca.
—¡Cabalga! —gritó Tyrion a su sobrino, al tiempo que daba un golpe al caballo en la grupa.
El animal se alzó sobre las patas traseras, relinchó y emprendió el camino al galope, arrollando a la gente que tenía delante. Tyrion lo siguió de cerca, y Bronn cabalgó a su lado espada en mano. Una piedra le pasó silbando junto a la cabeza, y una col podrida se estrelló contra el escudo de Ser Mandon. A su izquierda, tres capas doradas fueron arrollados por la multitud. El Perro había quedado atrás, aunque su caballo sin jinete galopaba junto a ellos. Tyrion vio cómo derribaban de la silla a Aron Santagar y le arrancaban de la mano el venado dorado y negro de los Baratheon. Ser Balon Swann soltó el león de los Lannister para desenvainar su espada larga. Lanzó mandobles a derecha e izquierda mientras el gentío rasgaba el estandarte caído, y mil pedazos de tejido volaron como hojas color escarlata en medio de una tormenta. Alguien se interpuso en el camino del caballo de Joffrey, y hubo chillidos cuando el rey lo arrolló. Tyrion no habría sabido decir si era un hombre, una mujer o un niño. Joffrey galopaba a su lado con el rostro ceniciento, y Ser Mandon Moore era una sombra blanca a su izquierda.
Y de pronto el caos demencial quedó atrás, y se encontraron en la plaza que había ante la barbacana del castillo. Una hilera de hombres armados con picas defendían las puertas. Ser Jacelyn hizo dar la vuelta a sus lanceros para otra carga. Los hombres de las picas abrieron paso para que el rey y su grupo pasaran bajo el rastrillo. Los muros color rojo claro se alzaron ante ellos, con su altura tranquilizadora coronada de hombres armados con ballestas.
Tyrion no recordó haber desmontado. Ser Mandon estaba ayudando al tembloroso rey a bajar del caballo cuando llegaron Cersei, Tommen y Lancel, seguidos de cerca por Ser Meryn y Ser Boros. La espada de Boros estaba manchada de sangre, y a Meryn le habían arrancado la capa blanca. Ser Balon Swann llegó sin yelmo, su caballo echaba espuma y sangre por la boca. Horas Redwyne llegó con Lady Tanda, medio enloquecida de miedo por la suerte de su hija Lollys, a la que habían derribado de la silla y había quedado atrás. Lord Gyles, con el rostro más gris que nunca, balbuceó que había visto cómo derribaban de su litera al Septon Supremo, que rezaba a gritos mientras la multitud le pasaba por encima. Jalabhar Xho dijo que le había parecido ver a Ser Preston Greenfield, de la Guardia Real, cabalgar hacia la litera volcada del Septon Supremo, pero no estaba seguro.
Tyrion fue apenas consciente de que un maestre le preguntaba si estaba herido. Cruzó el patio en dirección a donde estaba su sobrino, con la corona cubierta de excrementos y torcida sobre la cabeza.
—Traidores —balbuceaba Joffrey, histérico—. Les voy a cortar la cabeza a todos, les...
El enano le dio una bofetada en el rostro congestionado, con tal fuerza que se le cayó la corona. Luego le dio un empujón con ambas manos y lo tiró al suelo.
—¡Eres un imbécil!
—¡Eran traidores! —chilló Joffrey sin levantarse—. ¡Me insultaron y me atacaron!
—¡Tú azuzaste a tu animal contra ellos! ¿Qué pensabas que iban a hacer, arrodillarse dócilmente mientras el Perro los mataba? Mocoso malcriado y descerebrado, has matado a Clegane, y quién sabe a cuántos más, y tú no tienes ni un arañazo. ¡Maldito seas!
Y le dio una patada. Fue tan satisfactorio que le habría dado otra, pero Ser Mandon Moore lo sujetó mientras Joffrey aullaba, y Bronn se acercaba para contenerlo. Cersei se arrodilló junto a su hijo, y Ser Balon Swann sujetó a su vez a Ser Lancel. Tyrion se liberó de la presa de Bronn.
—¿Cuántos han quedado fuera? —gritó a todos y a nadie a la vez.
—Mi hija —sollozó Lady Tanda—. Por favor, que alguien vaya a buscar a Lollys...
—Ser Preston no ha vuelto —informó Ser Boros Blount—. Y Aron Santagar tampoco.
—Ni Niñera —dijo Ser Horas Redwyne. Era el mote burlón que los demás escuderos habían puesto al joven Tyrek Lannister.
—¿Dónde está Sansa Stark? —preguntó Tyrion mientras recorría el patio con la mirada. Durante un momento, nadie respondió.
—Cabalgaba a mi lado —dijo al final Joffrey—, pero no sé adónde se habrá ido.
Tyrion se presionó las sienes palpitantes con los dedos. Si a Sansa Stark le había pasado algo, Jaime se podía dar por muerto.
—Ser Mandon, vos erais su escudo.
—Cuando la muchedumbre se echó sobre el Perro —dijo Ser Mandon Moore sin inmutarse—, pensé primero en el rey.
—Y muy bien hicisteis —intervino Cersei—. Boros, Meryn, id a buscar a la niña.
—Y a mi hija —sollozó Lady Tanda—. Por favor, mis señores...
A Ser Boros no le hacía demasiada gracia la perspectiva de abandonar la seguridad del castillo.
—Alteza —dijo a la reina—, la multitud puede enfurecerse si ve nuestras capas blancas.
—¡Los Otros se lleven esa mierda de capas! —Tyrion perdió la paciencia—. Si tienes miedo de llevarla, quítatela, imbécil... ¡pero tráeme a Sansa Stark o te juro que le diré a Shagga que te parta el cráneo para ver si tienes dentro algo que no sean telarañas! ¡Con lo feo que eres no se notará la diferencia!
—¿Tú te atreves a llamarme feo a mí? —Ser Boros estaba rojo de rabia—. ¿Tú? —Fue a levantar la espada ensangrentada que todavía llevaba en la mano. Bronn, sin ceremonias, empujó a Tyrion para ponerse delante de él.
—¡Basta ya! —restalló Cersei—. Boros, haced lo que os han dicho o buscaré a otro para que lleve esa capa. Imbécil.
—¡Ahí está! —señaló Joffrey.
Sandor Clegane cruzaba en aquel momento las puertas al trote ligero, a lomos de la yegua alazana de Sansa. La niña iba sentada detrás de él, abrazada con ambas manos al pecho del Perro.
—¿Estáis herida, Lady Sansa? —preguntó Tyrion.
La niña tenía una brecha profunda en el cuero cabelludo, y le brotaba un hilillo de sangre.
—Me... me tiraban cosas... piedras... y porquería, y huevos... Intenté decirles que no tenía pan, que no les podía dar... Un hombre quiso bajarme del caballo. El Perro creo que lo mató... el brazo... —Abrió los ojos como platos y se puso una mano en la boca—. Le cortó el brazo.
Clegane la izó para depositarla en el suelo. Tenía la capa blanca desgarrada y sucia, y le salía sangre de un corte en el brazo izquierdo.
—El pajarito está sangrando. Más vale que alguien se la lleve a su jaula y le cure esa herida. —El maestre Frenken se apresuró a obedecer—. Han matado a Santagar —dijo el Perro—. Cuatro hombres lo sujetaron en el suelo y se turnaron para machacarle la cabeza con un adoquín de la calle. Destripé a uno, aunque a Ser Aron no le sirvió de gran cosa.
—Mi hija... —dijo Lady Tanda acercándose a él.
—No la he visto. —El Perro miró a su alrededor—. ¿Dónde está mi caballo? Si le ha pasado algo, lo pagarán muy caro.
—Cabalgó junto a nosotros durante un rato —dijo Tyrion—, pero no lo he vuelto a ver.
—¡Fuego! —gritó una voz desde la cima de la barbacana—. Mis señores, hay humo en la ciudad. ¡Es un incendio en el Lecho de Pulgas!
Tyrion estaba más cansado que en toda su vida, pero no era momento para desfallecer.
—Bronn, ve allí con tantos hombres como haga falta para aseguraros de que no interrumpen el paso a los carromatos del agua. —«Por los dioses, el fuego valyrio, si le alcanza aunque sea una chispa...»—. Si es imprescindible, podemos perder el Lecho de Pulgas, pero el fuego no debe llegar bajo ningún concepto al Gremio de Alquimistas, ¿comprendido? Clegane, acompañadlos.
Durante un instante, a Tyrion le pareció ver una expresión de miedo en los ojos oscuros del Perro. «Fuego —comprendió—. Los Otros me lleven, claro que odia el fuego, ya lo ha probado demasiado.» La expresión desapareció al momento, sustituida por la habitual mirada despectiva de Clegane.
—Iré —dijo—, pero no porque lo ordenéis vos. Tengo que encontrar a mi caballo.
—Cada uno daréis escolta a un heraldo —dijo Tyrion volviéndose hacia los tres caballeros restantes de la Guardia Real—. Ordenad al gentío que vuelva a sus casas. Cualquiera que sea visto en las calles cuando se ponga el sol será ajusticiado.
—Nuestro lugar está al lado del rey —dijo Ser Meryn con altanería.
—Vuestro lugar está donde diga mi hermano —escupió Cersei con la velocidad de una víbora—. La Mano habla con la voz del rey, desobedecerlo es traición.
Boros y Meryn intercambiaron una mirada.
—¿Debemos ir con las capas, Alteza? —preguntó Ser Boros.
—Por mí como si queréis ir desnudos. Tal vez así la gente recordaría que sois hombres. Tras ver cómo os habéis comportado en la calle, lo más probable es que lo hayan olvidado.
Tyrion dejó que su hermana se desahogara. La cabeza le palpitaba. Casi le pareció que le llegaba el olor del humo, aunque tal vez fuera el de sus nervios al freírse. Dos Grajos de Piedra vigilaban la puerta de la Torre de la Mano.
—Buscad a Timett, hijo de Timett, quiero hablar con él.
—Los Grajos de Piedra no corren detrás de los Hombres Quemados —lo informó con arrogancia uno de los salvajes.
Por un momento Tyrion había olvidado con quién hablaba.
—Entonces, que venga Shagga.
—Shagga duerme.
—Despertadlo —dijo haciendo un esfuerzo por no gritar.
—No es fácil despertar a Shagga, hijo de Dolf —se quejó el hombre—. Su ira es temible. —Se alejó, rezongando.
El salvaje se presentó ante él rascándose y bostezando.
—La mitad de la ciudad está amotinada —dijo Tyrion—, la otra mitad arde, y Shagga no deja de roncar.
—A Shagga no le gusta el agua sucia que tenéis aquí, así que se ve obligado a beber vuestra cerveza floja y vuestro vino amargo, y luego le duele la cabeza.
—Tengo a Shae alojada en una casa cerca de la Puerta Vieja. Quiero que vayas allí y la protejas pase lo que pase.
—Shagga la traerá aquí —dijo el hombretón con una sonrisa. Sus dientes eran una hendidura amarilla en la espesura de la barba.
—No, sólo encárgate de que no le pase nada. Dile que iré a verla en cuanto pueda. Esta misma noche si es posible, o si no, mañana seguro.
Pero por la noche la ciudad seguía revuelta, aunque Bronn le informó de que los incendios estaban extinguidos y la muchedumbre, dispersada. Tyrion anhelaba descansar entre los brazos de Shae, pero comprendió que aquella noche no podía salir.
Ser Jacelyn Bywater le llevó la lista de las bajas mientras cenaba un capón frío y pan moreno en la penumbra de sus habitaciones. El ocaso se había tornado ya oscuridad, pero cuando los criados fueron a encenderle las velas y el fuego de la chimenea, Tyrion los echó a gritos. Estaba de un humor tan sombrío como la estancia, y Bywater no lo animó en lo más mínimo.
El Septon Supremo encabezaba la lista de los muertos, lo habían despedazado mientras clamaba a gritos a sus dioses pidiendo misericordia. «Cuando la gente se muere de hambre, no ve con buenos ojos a los sacerdotes que están tan gordos que no pueden caminar», reflexionó Tyrion.
Al principio habían pasado por alto el cadáver de Ser Preston; los capas doradas buscaban a un caballero de armadura blanca, y a él lo habían apuñalado y golpeado con tanta saña que era una masa rojiza de los pies a la cabeza.
Ser Aron Santagar apareció en una cuneta, con la cabeza convertida en pulpa sanguinolenta dentro del yelmo.
La hija de Lady Tanda había perdido la virginidad con medio centenar de hombres vociferantes, detrás del taller de un curtidor. Los capas doradas la encontraron vagando desnuda por Panzapuerca.
Quien no había aparecido era Tyrek, y tampoco la corona de cristal del Septon Supremo. Nueve capas doradas habían muerto, y había cuarenta más heridos. Nadie se había molestado en contar las víctimas en la multitud amotinada.
—Quiero que aparezca Tyrek, vivo o muerto —dijo Tyrion con voz seca cuando Bywater hubo terminado—. No es más que un muchacho, e hijo de mi difunto tío Tygett. Su padre siempre se portó bien conmigo.
—Daremos con él. Y también con la corona del Septon.
—Por mí, los Otros se pueden meter la corona del septon por el culo.
—Cuando me nombrasteis comandante de la guardia, me dijisteis que queríais que os dijera siempre la verdad.
—Tengo el presentimiento de que no me gustará lo que vais a decirme —replicó Tyrion con tristeza.
—Hoy hemos podido contener a la ciudad, mi señor, pero mañana no os prometo nada. La tetera está a punto de hervir. Hay tantos ladrones y asesinos sueltos que nadie está a salvo ni en su casa, la colerina sangrienta se extiende a todo lo largo de la curva del Meados, no se puede comprar comida ni con cobre ni con plata. Antes sólo se oían rumores en las calles, ahora se habla abiertamente de traición en los gremios y en los mercados.
—¿Necesitáis más hombres?
—No puedo confiar en la mitad de los que ya tengo. Slynt triplicó el número de hombres, pero no basta con una capa dorada para convertir a cualquiera en guardia. Entre los nuevos reclutas los hay valientes y leales, pero también más bestias, borrachos, cobardes y traidores de los que queréis ni imaginar. Están entrenados sólo a medias, son indisciplinados, y no son leales más que a sus pellejos. Mucho me temo que, si hay una batalla, no nos ayudarán.
—No tenía esperanza de que lo hicieran —dijo Tyrion—. Si se abre una brecha en las murallas, estamos perdidos, lo sé desde el principio.
—Mis hombres son casi todos de baja extracción. Caminan por las mismas calles que el pueblo, beben en las mismas tabernas y llenan sus cuencos de comida en los mismos tenderetes. Vuestro eunuco ya os habrá contado que en Desembarco del Rey no se aprecia mucho a los Lannister. Muchos recuerdan todavía cómo vuestro señor padre saqueó la ciudad cuando Aerys le abrió las puertas. Murmuran que los dioses nos están castigando por los pecados de vuestra Casa, porque vuestro hermano asesinó al rey Aerys, por la masacre de los hijos de Rhaegar, por la ejecución de Eddard Stark y la crueldad de la justicia de Joffrey. Hay quien habla sin tapujos sobre lo bien que iba todo cuando Robert era el rey, e insinúan que los buenos tiempos volverían si Stannis se sentara en el trono. Esto es lo que se dice en los tenderetes de los calderos, en las tabernas y en los burdeles... y siento decir que también en los barracones y los cuarteles de la guardia.
—O sea, que odian a mi familia, ¿es eso lo que me estáis diciendo?
—Sí... y si llega la ocasión se volverán contra vosotros.
—¿También contra mí?
—Preguntádselo a vuestro eunuco.
—Os lo estoy preguntando a vos.
Los ojos hundidos de Bywater se enfrentaron a las pupilas dispares del enano, sin parpadear.
—A vos os odian más que a ninguno, mi señor.
—¿Más que a ninguno? —La injusticia de aquello hizo que se atragantara—. Joffrey fue el que les dijo que se comieran a sus muertos, Joffrey fue el que azuzó a su perro contra ellos. ¿Cómo es posible que me echen a mí la culpa?
—Su Alteza no es más que un muchacho. En las calles se dice que tiene consejeros malvados. La reina nunca ha sido amiga del pueblo, ni tampoco Lord Varys, ése al que llamáis la Araña... pero a vos os culpan más que a ninguno. Vuestra hermana y el eunuco ya estaban aquí en tiempos mejores, con el rey Robert, y vos en cambio no. Dicen que habéis llenado la ciudad de mercenarios fanfarrones y salvajes sucios, de animales que cogen lo que quieren y no respetan más leyes que las suyas. Dicen que exiliasteis a Janos Slynt porque era demasiado franco y honesto para vuestro gusto. Dicen que arrojasteis a las mazmorras al sabio y gentil Pycelle cuando se atrevió a protestar por vuestros desmanes. Hasta hay quien dice que pretendéis apoderaros del Trono de Hierro.
—Sí, y además soy un monstruo deforme y horrible, no nos olvidemos de eso. —Cerró la mano para formar un puño—. Ya he oído suficiente. Los dos tenemos trabajo. Marchaos.
«Si esto es lo mejor que puedo hacer, quizá mi señor padre estuviera en lo cierto al despreciarme durante todos estos años —pensó Tyrion una vez a solas. Contempló los restos de la cena, y se le revolvió el estómago ante el espectáculo del capón frío y grasiento. Lo apartó a un lado con asco, llamó a gritos a Pod, y envió al chico en busca de Varys y Bronn—. Mis consejeros de mayor confianza son un eunuco y un mercenario, y mi dama es una puta. ¿Qué soy yo?»
Al llegar, Bronn se quejó de la oscuridad de la estancia y exigió que encendieran el fuego en la chimenea. Ya chisporroteaba alegre cuando llegó Varys.
—¿Se puede saber dónde estabais? —bufó Tyrion.
—Encargándome de asuntos del rey, mi querido señor.
—Ah, sí, el rey —masculló Tyrion—. Mi sobrino no es capaz de sentarse en un retrete, no digamos ya en el Trono de Hierro.
—Todo aprendiz debe aprender su profesión. —Varys se encogió de hombros.
—La mitad de los aprendices del callejón Apestoso serían mejores gobernantes que este rey —afirmó Bronn mientras se sentaba en la mesa y le arrancaba un ala al capón.
Tyrion se había acostumbrado a no hacer caso de las frecuentes insolencias del mercenario, pero aquella noche las encontraba exasperantes.
—Que yo sepa no te he dado permiso para que te termines mi cena.
—Si no te la estabas comiendo —replicó Bronn con la boca llena—. La ciudad se muere de hambre, es un crimen desperdiciar comida. ¿No tienes vino?
«Y ahora querrá que se lo sirva», pensó Tyrion.
—Vas demasiado lejos —le advirtió.
—Y tú te quedas corto. —Bronn tiró el hueso del ala a la alfombra—. ¿Nunca te has parado a pensar lo fácil que sería la vida si el otro hubiera nacido primero? —Clavó los dedos en el capón y arrancó un trozo de pechuga—. El llorica, el tal Tommen. Ése sí que haría lo que le dijeran, como debe hacer todo buen rey.
Tyrion comprendió lo que insinuaba el mercenario, y sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. «Si Tommen fuera el rey...» Sólo había una manera de que Tommen fuera rey. No, no podía ni pensar en eso. Joffrey era de su misma sangre, y tan hijo de Jaime como de Cersei.
—Debería cortarte la cabeza por lo que has dicho —dijo a Bronn.
Pero el mercenario se limitó a reírse.
—Amigos —intervino Varys—. No servirá de nada que peleemos entre nosotros. Os ruego a ambos que tengáis corazón.
—Se me ocurren varios corazones que no me importaría tener delante ahora mismo —replicó Tyrion con amargura.
Y eran opciones muy tentadoras.

DAVOS

Ser Cortnay Penrose no llevaba armadura. Cabalgaba a lomos de un semental alazán, y su portaestandarte iba en uno tordo. Sobre sus cabezas ondeaban el venado coronado de los Baratheon y las plumas cruzadas de los Penrose, sobre campo bermejo. La barbita afilada de Ser Cortnay también era bermeja, pero estaba completamente calvo. Si el número y esplendor de la comitiva del rey lo impresionaban, su rostro curtido no lo denotó.
Avanzaban al trote entre el tintineo de las cotas de malla y las armaduras. Hasta Davos llevaba una cota de malla, aunque no habría sabido decir por qué. La falta de costumbre de llevar tanto peso hacía que le dolieran los hombros y la parte baja de la espalda. Se sentía torpe y estúpido, y se preguntó por enésima vez qué hacía allí. «No me corresponde a mí cuestionar las órdenes del rey, pero...»
Todos los componentes de la comitiva eran de más alta cuna y mejor extracción que Davos Seaworth, y los grandes señores brillaban centelleantes bajo el sol de la mañana. El acero plateado y las incrustaciones de oro daban luz a sus armaduras, y los yelmos de guerra tenían penachos de sedas, plumas y bestias heráldicas labradas con esmero, todas con piedras preciosas en lugar de ojos. El propio Stannis parecía fuera de lugar en tan regia compañía. Al igual que Davos, el rey vestía un atuendo sencillo de lana y cuero endurecido, aunque el aro de oro rojo que ceñía sus sienes lo dotaba de cierta grandeza. Cada vez que movía la cabeza, el sol arrancaba destellos de sus puntas en forma de llamas.
Davos no había estado tan cerca del rey en los ocho días transcurridos desde que la Betha negra se había unido al resto de la flota en Bastión de Tormentas. Una hora después de llegar solicitó audiencia, pero le dijeron que el rey estaba ocupado. El rey estaba ocupado muy a menudo, según supo Davos por su hijo Devan, uno de los escuderos reales. Ahora que Stannis Baratheon tenía poder, los señores menores revoloteaban a su alrededor como moscas en torno a un cadáver.
«Y lo cierto es que parece un cadáver, como si le hubieran caído muchos años encima desde que salí de Rocadragón.» Devan le había comentado que en los últimos tiempos el rey apenas dormía.
—Desde que murió Lord Renly, tiene pesadillas espantosas —confió el muchacho a su padre—. Se niega a tomar las pócimas del maestre. La única que lo calma para que duerma es Lady Melisandre.
«¿Por eso la sacerdotisa roja comparte ahora su tienda? —se preguntó Davos—. ¿Para rezar con él? ¿O lo calma de otra manera para que duerma?» Era una pregunta poco digna, y no se atrevía a hacérsela ni siquiera a su hijo. Devan era un buen muchacho, pero lucía orgulloso en su jubón el corazón llameante, y en los anocheceres su padre lo había visto junto a las hogueras, con todos los que suplicaban al Señor de la Luz que llegara el amanecer. «Es el escudero del rey —se dijo—, es normal que adore al dios del rey.»
Davos casi había olvidado lo gruesos y altos que eran los muros de Bastión de Tormentas cuando se estaba cerca de ellos. El rey Stannis dio el alto a la comitiva cuando llegaron junto a ellos, a pocos metros de Ser Cortnay y su portaestandarte.
—Ser —dijo con cortesía rígida. No hizo gesto de descabalgar.
—Mi señor. —Fue una respuesta menos cortés, pero no inesperada.
—El uso manda que a un rey se le dé el tratamiento de alteza —anunció Lord Florent. En su coraza, un zorro de oro rojo asomaba el hocico brillante a través de un círculo de flores de lapislázuli. El señor de Aguasclaras, muy alto, muy ceremonioso y muy rico, había sido el primero de los vasallos de Renly en jurar lealtad a Stannis, y también el primero en renunciar a sus dioses para adorar al Señor de la Luz. Stannis había dejado a su reina en Rocadragón, junto con su tío Axell, pero los hombres de la reina eran más numerosos y poderosos que nunca, y de todos ellos Alester Florent era el más arrojado.
Ser Cortnay Penrose hizo caso omiso de él, y se dirigió a Stannis.
—Vuestro cortejo es impresionante. Los grandes señores Estermont, Errol y Varner. Ser Jon de los Fossoway de la manzana verde, y Ser Bryan de la roja. Lord Caron y Ser Guyard de la Guardia Arcoiris del rey Renly... y por supuesto el poderoso Lord Alester Florent de Aguasclaras, claro. Y a quien veo allí, al fondo, ¿no es vuestro Caballero de la Cebolla? Bienvenido, Ser Davos. A quien no conozco es a la dama.
—Mi nombre es Melisandre, ser. —Iba sola, sin más armadura que su túnica roja. Lucía al cuello el gran rubí que bebía la luz del sol—. Sirvo a vuestro rey y al Señor de la Luz.
—Os deseo todo bien, mi señora —replicó Ser Cortnay—, pero yo me arrodillo ante otros dioses. Y ante otro rey.
—Sólo hay un rey verdadero y un dios verdadero —proclamó Lord Florent.
—¿Hemos venido a hablar de teología, mi señor? De haberlo sabido, habría traído a mi septon.
—De sobra sabéis para qué hemos venido —replicó Stannis—. Habéis tenido dos semanas para valorar mi oferta. Habéis enviado cuervos, pero la ayuda no ha llegado. Ni llegará. Bastión de Tormentas no tiene amigos, y a mí se me agota la paciencia. Por última vez, ser, os ordeno que abráis las puertas y me entreguéis lo que me corresponde por derecho.
—¿En qué términos?
—En los mismos de antes —replicó Stannis—. Os perdonaré por vuestra traición, tal como he perdonado a los señores que veis conmigo. Los hombres de vuestra guarnición podrán elegir o entrar a mi servicio o volver a sus hogares sin que nadie los moleste. Podréis quedaros con vuestras armas y con tantas posesiones como podáis llevaros a cuestas. Pero me quedaré con los caballos y con las bestias de carga.
—¿Y qué hay de Edric Tormenta?
—El hijo bastardo de mi hermano me será entregado.
—Entonces, mi señor, la respuesta sigue siendo no.
El rey apretó los dientes y no dijo nada. Fue Melisandre la que habló en su lugar.
—Que el Señor de la Luz os proteja en vuestra oscuridad, Ser Cortnay.
—Que los Otros le den por culo a vuestro Señor de la Luz —le espetó Penrose—, y que luego se lo limpien con ese trapo que lleváis.
Lord Alester Florent carraspeó para aclararse la garganta.
—Cuidado con lo que decís, Ser Cortnay. Su Alteza no pretende hacer mal alguno al muchacho. Si no queréis confiar en el rey, confiad en mí. Como todos saben, su madre es mi sobrina Delena. Sabéis que soy un hombre de honor...
—Sé que sois un hombre ambicioso —lo interrumpió Ser Cortnay—. Un hombre que cambia de rey y de dioses con la misma facilidad con la que yo me cambio de botas. Igual que todos esos renegados que estoy viendo.
Un clamor de voces airadas se alzó en la comitiva del rey. «No anda desencaminado», pensó Davos. Hacía pocos días que los Fossoway, Guyard Morrigen, Lord Caron, Lord Varner, Lord Errol y Lord Estermont eran leales a Renly. Se habían sentado en su pabellón, lo habían ayudado a trazar planes de batalla, y habían maquinado para derrotar a Stannis. Y Lord Florent estaba con ellos. Sí, era tío de la reina Selyse, pero eso no había impedido que el señor de Aguasclaras hincara la rodilla ante Renly cuando parecía una estrella en ascenso.
Bryce Caron se adelantó unos pasos a caballo, con la capa arco iris agitada por los vientos de la bahía.
—Aquí nadie es un renegado, ser. He jurado lealtad a Bastión de Tormentas, y el rey Stannis es su legítimo señor... y nuestro rey por todo derecho. Es el último de la Casa Baratheon, heredero de Robert y de Renly.
—Si es como decís, ¿por qué no veo entre vosotros al Caballero de las Flores? ¿Dónde está Mathis Rowan? ¿Y Randyll Tarly? ¿Y Lady Oakheart? ¿Por qué los que más amaban a Renly no os acompañan? Y decidme, sobre todo, ¿dónde está Brienne de Tarth?
—¿Ésa? —Ser Guyard soltó una risotada ronca—. Escapó. Y más le vale, porque fue ella la que asesinó al rey.
—Mentira —replicó Ser Cortnay—. Conocí a Brienne cuando no era más que una chiquilla que jugaba a los pies de su padre en el Castillo del Crepúsculo, y la conocí aún mejor cuando el Lucero de la Tarde la envió aquí, a Bastión de Tormentas. Se enamoró de Renly Baratheon nada más verlo, hasta un ciego se habría dado cuenta.
—Desde luego —declaró Lord Florent en tono frívolo—, y tampoco sería la primera doncella enloquecida que mata al hombre que la ha despreciado. Aunque en mi opinión la que mató al rey fue Lady Stark. Había viajado desde Aguasdulces para implorar una alianza, y Renly se negó. Sin duda lo consideraba un peligro para su hijo, así que lo eliminó.
—Fue Brienne —insistió Lord Caron—. Ser Emmon Cuy lo juró antes de morir. Os doy mi palabra, Ser Cortnay.
—¿Y eso de qué me vale? —La voz de Ser Cortnay estaba cargada de desprecio—. Ya veo que lleváis vuestra capa de muchos colores. La que Renly os entregó cuando jurasteis protegerlo. Si él está muerto, ¿por qué vos no? —Se volvió hacia Guyard Morrigen—. Lo mismo podría preguntaros a vos, ser. Guyard el Verde, ¿no? ¿De la Guardia Arcoiris? ¿Que juró dar la vida por su rey? Si yo tuviera una capa así, me daría vergüenza lucirla.
Morrigen apretó los dientes.
—Dad gracias de que esto sea una tregua para conferenciar, Penrose. De lo contrario os cortaría la lengua por lo que habéis dicho.
—¿Y la tiraríais a la misma hoguera en la que echasteis vuestra hombría?
—¡Basta! —intervino Stannis—. Fue voluntad del Señor de la Luz que mi hermano muriera por traidor. No importa qué mano utilizara como instrumento.
—No os importará a vos —dijo Ser Cortnay—. Bien, Lord Stannis, ya he oído vuestra propuesta. Ésta es la mía. —Se quitó el guante y lo lanzó contra el rostro del rey—. Combate singular. Espada, lanza o el arma que elijáis. Y si os da miedo arriesgar esa espada mágica y esa regia piel contra un viejo como yo, nombrad un campeón, y yo haré lo mismo. —Lanzó una mirada mordaz a Guyard Morrigen y Bryce Caron—. Cualquiera de esos cachorros valdrá.
—Si el rey me lo permite —dijo Ser Guyard Morrigen, rojo de ira—, yo cogeré ese guante.
—O yo —dijo Bryce Caron, mirando a Stannis.
El rey apretó los dientes.
—No.
—¿De qué dudáis, mi señor? —preguntó Ser Cortnay nada sorprendido—. ¿De la justicia de vuestra causa o de la fuerza de vuestro brazo? ¿Tenéis miedo de que eche una meada y os apague el fuego de la espada?
—¿Me tomáis por idiota, ser? —replicó Stannis—. Tengo aquí veinte mil hombres. Vosotros estáis asediados por tierra y por mar. ¿Por qué iba a querer arriesgarme con un combate singular, cuando tengo la victoria asegurada? —El rey lo señaló con un dedo—. Recordad lo que os digo. Si me obligáis a tomar mi castillo por asalto, no esperéis piedad. Os colgaré a todos por traidores.
—Si es la voluntad de los dioses... Azotad la fortaleza como una tormenta, mi señor. Y recordad, por favor, cuál es su nombre. —Ser Cortnay tiró de las riendas y se volvió hacia sus puertas.
Stannis no dijo nada, dio también la vuelta y emprendió el regreso hacia su campamento. Los demás lo siguieron.
—Si lanzamos un ataque contra esos muros, habrá miles de bajas —dijo algo nervioso el anciano Lord Estermont, que era el abuelo materno del rey—. ¿No sería mejor poner en peligro una vida? Nuestra causa es justa, de manera que los dioses bendecirán el brazo de nuestro campeón y le otorgarán la victoria.
«El dios, viejo —pensó Davos—. No te olvides de que ahora sólo tenemos uno, el Señor de la Luz de Melisandre.»
—Yo mismo aceptaría el desafío de buena gana —dijo Ser Jon Fossoway—, aunque mi habilidad con la espada no se puede comparar con la de Lord Caron o la de Ser Guyard. Renly no dejó muchos caballeros de valía en Bastión de Tormentas. En la guarnición del castillo sólo quedaron ancianos y muchachos inexpertos.
—La victoria sería sencilla, no me cabe duda —asintió Lord Caron—. ¡Y qué gran gloria, ganar Bastión de Tormentas de un golpe!
Stannis los miró a todos con gesto irritado.
—Charláis como urracas, y decís las mismas tonterías que ellas. Guardad silencio de una vez. —El rey miró a Davos—. Cabalgad conmigo, ser.
Espoleó al caballo para apartarse de la comitiva. La única que lo siguió fue Melisandre, la portadora del gran estandarte del corazón en llamas con el venado coronado en su interior. «Como si se lo hubiera tragado entero.»
Davos advirtió las miradas de los demás al pasar entre los señores menores para ir a reunirse con el rey. No eran caballeros de la cebolla, sino hombres orgullosos, de casas con nombres de rancio abolengo. Se imaginaba que Renly jamás los habría amonestado de aquella manera. El más joven de los Baratheon tenía un talento innato para la cortesía, talento del que su hermano Stannis, por desgracia, carecía.
—Alteza —dijo cuando estuvo a la altura del rey. Aminoró el paso a un trote lento. De cerca, Stannis tenía peor aspecto de lo que Davos había visto desde lejos. Tenía el rostro macilento y grandes ojeras negras debajo de los ojos.
—Un contrabandista debe ser un buen juez de caracteres —dijo el rey—. ¿Qué opinas de ese Ser Cortnay Penrose?
—Que es testarudo —dijo Davos con cautela.
—Yo más bien diría que tiene ganas de morir. Ha rechazado mi perdón, que es como rechazar su vida y las vidas de todos los hombres que haya tras esos muros. ¿Combate singular? —El rey soltó un bufido despectivo—. Me imagino que me ha confundido con Robert.
—Más bien me parece que estaba desesperado. ¿Qué otra alternativa le quedaba?
—Ninguna. El castillo caerá, pero ¿será pronto? —Stannis caviló un momento. Por encima del sonido rítmico de los cascos de los caballos, Davos oía el rechinar de los dientes del rey—. Lord Alester me pide que traigamos aquí al viejo Lord Penrose. El padre de Ser Cortnay. Creo que ya lo conocéis, ¿no?
—Cuando fui a visitarlo en vuestro nombre, Lord Penrose me recibió con más cortesía que la mayoría de los señores —dijo Davos—. Es un anciano, Alteza. Tiene la salud muy delicada.
—Florent se encargará de que su salud sea más delicada cuando lo ahorquemos delante de su hijo.
—Creo que haríamos mal, mi señor. —Era peligroso oponerse a los hombres de la reina, pero Davos había jurado que siempre diría la verdad a su rey—. Ser Cortnay preferirá ver morir a su padre antes que traicionar su confianza. No conseguiremos nada más que cubrir de deshonra nuestra causa.
—¿Qué deshonra? —le increpó Stannis—. ¿Me estás diciendo que perdone la vida a unos traidores?
—Les habéis perdonado la vida a esos que vienen detrás de nosotros.
—¿Me lo estás reprochando, contrabandista?
—No me corresponde a mí tal cosa. —Davos temía haber hablado demasiado. El rey era implacable.
—Parece que aprecias más a ese Penrose que a mis señores vasallos. ¿Por qué?
—Porque es leal.
—Se equivocó al entregar su lealtad a un usurpador muerto.
—Sí —reconoció Davos—. Pero es leal.
—¿Y los que vienen detrás de nosotros no?
Davos había llegado demasiado lejos para mostrar cautela ante Stannis en aquel momento.
—El año pasado eran leales a Robert. Hace una luna eran leales a Renly. Hoy son leales a vos. ¿A quién serán leales mañana?
Y Stannis se echó a reír. Fue una carcajada repentina, brusca, llena de desprecio.
—Ya os lo había dicho, Melisandre —comentó a la mujer roja—. Mi Caballero de la Cebolla me dice la verdad.
—Veo que lo conocéis bien, Alteza —dijo la mujer roja.
—No sabes cuánto te he echado de menos, Davos —dijo el rey—. El olfato no te engaña, tengo una cohorte de traidores. Mis vasallos son inconstantes hasta en su deslealtad. Los necesito, pero te puedes imaginar cómo me repugna perdonar a éstos cuando he castigado a hombres mejores por crímenes menos graves. Tienes derecho a reprochármelo, Davos.
—Vos os lo reprocháis más de lo que yo lo haría jamás, Alteza. Necesitáis a esos grandes señores para conseguir el trono...
—Sí, y con todos sus dedos —sonrió Stannis, sombrío.
Davos se llevó la mano mutilada al saquito que le colgaba del cuello, en un gesto instintivo. Palpó los huesos de los dedos. «Suerte.» El rey se dio cuenta.
—¿Todavía los tienes, Caballero de la Cebolla? ¿No los has perdido?
—No.
—¿Por qué los conservas? Me lo he preguntado muchas veces.
—Me recuerdan qué fui y de dónde vengo. Me recuerdan vuestra justicia, mi señor.
—Fue justicia —dijo Stannis—. Una buena acción no lava la mala, ni una mala lava la buena. Cada una debe tener su recompensa. Fuiste un héroe y también un contrabandista. —Echó un vistazo hacia atrás, en dirección a Lord Florent y los otros, caballeros arco iris y renegados, que los seguían de lejos—. Estos señores a los que he perdonado harían bien en reflexionar sobre ello. Seguro que habrá hombres buenos y leales que lucharán por Joffrey, pensando equivocadamente que es el rey legítimo. Hasta puede que los norteños crean lo mismo de Robb Stark. Pero los que cabalgaron bajo los estandartes de mi hermano sabían que era un usurpador. Dieron la espalda a su rey legítimo, sin más motivo que sus sueños de poder y gloria. Sé qué son. Los he perdonado, sí. Pero yo no olvido. —Se quedó en silencio un momento, cavilando sobre los planes de justicia—. ¿Qué dice el pueblo llano de la muerte de Renly? —preguntó de repente.
—Lo lloran. Vuestro hermano era muy querido.
—Los idiotas quieren a un idiota —gruñó Stannis—. Pero yo también lloro por él. Por el niño que fue, no por el hombre en el que se convirtió. —Volvió a guardar silencio unos instantes—. ¿Cómo recibió el pueblo la noticia del incesto de Cersei?
—Mientras estábamos allí aclamaban al rey Stannis. No sé lo que dirían una vez zarpábamos.
—Así que piensas que no lo creyeron.
—Cuando me dedicaba al contrabando descubrí que hay hombres que lo creen todo, y hombres que no creen nada. Nos encontramos con personas de ambas clases. Y también está circulando otro rumor...
—Sí. —Stannis escupió la palabra—. Que Selyse me ha puesto cuernos, y los ha adornado con cascabeles de bufón. ¡Que el padre de mi hija es ese payaso retrasado! Un rumor tan vil como absurdo. Renly me lo tiró a la cara cuando nos reunimos para parlamentar. Habría que estar tan loco como Caramanchada para dar crédito a semejante cosa.
—Puede que sea así, mi señor... pero, tanto si lo creen como si no, disfrutan contando ese cuento. —Cuento que había llegado antes que ellos a muchos lugares, envenenando el ambiente antes de que pudieran informar de la verdad.
—Robert meaba en una copa y la gente decía que era vino, pero si yo les ofrezco agua fresca la miran con desconfianza y murmuran entre ellos que tiene un sabor raro. —A Stannis le rechinaron los dientes—. Seguro que si alguien dijera que había utilizado artes mágicas para transformarme en jabalí y matar a Robert, también lo creerían.
—No podéis impedir que la gente hable, mi señor —dijo Davos—, pero cuando os venguéis de los verdaderos asesinos de vuestro hermano todo el reino sabrá que esos rumores eran mentiras.
Stannis parecía que lo escuchaba sólo a medias.
—No me cabe duda de que Cersei tuvo algo que ver con la muerte de Robert. Yo haré justicia. Y también haré justicia por Ned Stark y Jon Arryn.
—¿Y por Renly? —A Davos se le habían escapado las palabras antes de meditarlas. El rey no dijo nada durante largo rato.
—A veces sueño con eso —dijo al final en voz muy baja—. Con la muerte de Renly. Una tienda verde, velas, una mujer que grita. Y sangre. —Stannis se miró las manos—. Todavía estaba en la cama cuando murió. Que te lo diga tu hijo Devan, que intentó despertarme. Ya estaba amaneciendo, y mis señores esperaban nerviosos. Yo tendría que haber estado ya a caballo y con la armadura puesta. Sabía que Renly iba a atacar al alba. Devan dice que yo no hacía más que agitarme y gritar, pero ¿qué importa? Era un sueño. Estaba en mi tienda cuando Renly murió, y al despertar tenía las manos limpias.
Ser Davos Seaworth sintió un cosquilleo fantasmal en los dedos que no tenía. «Aquí pasa algo raro», pensó el antiguo contrabandista. Pero se limitó a asentir.
—Ya veo.
—Renly me ofreció un melocotón. Durante la conferencia de paz. Se burló de mí, me desafió y me ofreció un melocotón. Creí que iba a sacar una espada y eché mano de la mía. ¿Para eso lo hizo, para ver si mostraba temor? ¿O fue una de sus bromas sin sentido? Cuando me dijo lo dulce que era el melocotón, ¿tenían aquellas palabras algún significado oculto? —El rey sacudió la cabeza, como un perro que tuviera un conejo entre las fauces y quisiera romperle el cuello—. Sólo Renly era capaz de irritarme tanto con una fruta. Él mismo se condenó por su traición, pero yo lo quería, Davos. Ahora me doy cuenta. Y te juro que me iré a la tumba pensando en el melocotón de mi hermano.
Para entonces ya habían llegado al campamento y cabalgaban entre las hileras ordenadas de tiendas, los estandartes ondeantes y los montones de escudos y lanzas. El hedor de los excrementos de caballo impregnaba el aire, mezclado con el olor del humo de leña y el de la carne guisada. Stannis tiró de las riendas el tiempo justo para despedir en tono seco a Lord Florent y a los otros, y para ordenarles que acudieran a su pabellón en una hora para celebrar un consejo de guerra. Todos inclinaron las cabezas y se dispersaron, mientras Davos y Melisandre cabalgaban con el rey hacia su pabellón.
La tienda tenía que ser grande porque allí se celebraban los consejos de guerra. Pero de grandiosa no tenía nada. Era una simple tienda de soldado, de lona gruesa, teñida del amarillo oscuro que a veces se hacía pasar por oro. Lo único que la delataba como la tienda real era el estandarte que ondeaba en la punta del mástil central. Eso y los guardias que vigilaban la entrada: hombres de la reina, apoyados en lanzas altas, con el blasón del corazón en llamas bordado sobre el pecho.
Los mozos de caballerizas se acercaron para ayudarlos a desmontar. Uno de los guardias liberó a Melisandre del molesto peso del estandarte, y clavó el asta en el suelo blando. Devan estaba de pie a un lado de la puerta, a la espera de que llegara el rey para levantar la solapa. Otro escudero de más edad aguardaba a su lado. Stannis se quitó la corona y se la dio a Devan.
—Agua fresca y jarras para dos. Davos, ven conmigo. A vos enviaré a buscaros cuando os necesite, mi señora.
—Como ordene el rey —dijo Melisandre con una reverencia.
Tras la luz brillante de la mañana, el interior del pabellón era fresco y sombrío. Stannis se sentó en un sencillo taburete de madera e indicó a Davos que ocupara otro.
—Algún día te daré un título de señor, contrabandista. Aunque sólo sea para fastidiar a Celtigar y a Florent. Pero no me estarás agradecido. Eso te obligará a aguantar estos consejos, y a fingir que te interesan los rebuznos de los asnos.
—Si no sirven de nada, ¿para qué celebráis los consejos?
—Porque a los asnos les gusta oírse rebuznar unos a otros, claro. Y yo los necesito para que tiren de mi carro. Bueno, sí, de cuando en cuando, muy de cuando en cuando, a alguno se le ocurre una idea interesante. Pero me temo que no será hoy... ah, ahí viene tu hijo con el agua.
Devan puso la bandeja en la mesa y llenó dos jarras de barro. El rey añadió un pellizco de sal a su agua antes de beber; Davos se la tomó tal cual, aunque le habría gustado más que fuera vino.
—Estabais hablándome de vuestro consejo.
—Te voy a contar cómo será. Lord Velaryon me insistirá para que lance un ataque contra el castillo en cuanto amanezca, con arpeos y escalerillas contra flechas y aceite hirviendo. A los asnos jóvenes les parecerá una idea espléndida. Estermont propondrá que los asediemos hasta que se rindan por hambre, como intentaron hacerme a mí Tyrell y Redwyne. Podríamos tardar un año entero, pero los asnos viejos son pacientes. Y Lord Caron y los demás aficionados a dar coces querrán recoger el guantelete de Ser Cortnay y arriesgarlo todo en un combate singular. Cada uno de ellos pensando, por supuesto, que él será mi campeón y conseguirá gloria eterna. —El rey se terminó el agua—. ¿Tú qué me aconsejas que haga, contrabandista?
—Atacar Desembarco del Rey lo antes posible —respondió Davos después de meditar un instante.
—¿Y dejar Bastión de Tormentas tal como está? —El rey soltó un bufido.
—Ser Cortnay carece de fuerzas para haceros daño. Los Lannister no. Un asedio llevaría demasiado tiempo, un combate singular es muy arriesgado, y un ataque frontal costaría miles de vidas, sin ninguna garantía de éxito. Y no es necesario tomar la fortaleza. Una vez destronéis a Joffrey, este castillo será vuestro, igual que todo lo demás. En el campamento se dice que Lord Tywin acude al rescate para salvar Lannisport de la venganza de los norteños...
—Tienes un padre bastante listo, Devan —dijo el rey al muchachito que estaba de pie junto a él—. Me dan ganas de tener a mi servicio más contrabandistas y menos señores. Aunque en una cosa te equivocas, Davos. Sí es necesario tomar la fortaleza. Si dejo a mis espaldas Bastión de Tormentas sin tomarlo, se dirá que he sufrido una derrota. Y no lo puedo permitir. Los hombres no me aman como amaban a mis hermanos. Me siguen porque me tienen miedo... y la derrota acabaría con el miedo. El castillo debe caer. —Le rechinaron los dientes—. Sí, y deprisa. Doran Martell ha llamado a sus vasallos y ha fortificado los pasos de la montaña. Los dornienses bajarán a las Marcas. Y por supuesto, hay que contar con Altojardín. Mi hermano dejó buena parte de sus fuerzas en Puenteamargo, casi sesenta mil soldados de infantería. Envié a Ser Parmen Crane y al hermano de mi esposa, Ser Errol, para que los tomaran bajo mi mando, pero no han regresado. Temo que Ser Loras Tyrell llegara a Puenteamargo antes que mis enviados, y se apoderase de ese ejército.
—Razón de más para tomar Desembarco del Rey tan pronto como podamos. Salladhor Saan me dijo...
—¡Salladhor Saan sólo piensa en el oro! —estalló Stannis—. Sólo sueña con el tesoro que cree que hay bajo la Fortaleza Roja, no quiero ni oír hablar de ese hombre. El día que necesite consejo militar de un bandido lyseno, colgaré la corona y vestiré el negro. —El rey apretó el puño—. ¿Para qué estás aquí, contrabandista? ¿Para servirme o para irritarme con tus argumentaciones?
—Estoy a vuestro servicio —replicó Davos.
—Entonces, préstame atención. El teniente de Ser Cortnay es primo de los Fossoway. Es Lord Meadows, un muchacho de veinte años, sin experiencia. Si a Penrose le sucediera algo, Bastión de Tormentas quedaría bajo el mando de este mozalbete, y sus primos creen que aceptaría mis términos y rendiría el castillo.
—Recuerdo a otro mozalbete que estuvo al mando de Bastión de Tormentas. No tendría mucho más de veinte años...
—Lord Meadows no es tan testarudo y cabezota como era yo.
—Testarudo, cobarde, ¿qué más da? Me ha parecido que Ser Cortnay estaba sano y robusto.
—También mi hermano el día antes de morir. La noche es oscura y alberga cosas aterradoras, Davos.
Davos Seaworth sintió que se le erizaba el vello de la nuca.
—No os entiendo, mi señor.
—No hace falta que me entiendas, sólo que me sirvas. Ser Cortnay morirá hoy mismo. Melisandre lo ha visto en las llamas del futuro. Su muerte y cómo va a morir. Ni que decir tiene que no será en combate. —Stannis alzó la jarra y Devan se la volvió a llenar de agua—. Sus llamas no mienten nunca. También vio el destino de Renly. Fue en Rocadragón, y se lo dijo a Selyse. Lord Velaryon y ese amigo vuestro, Salladhor Saan, quieren que envíe mi flota contra Joffrey, pero Melisandre me dijo que si venía a Bastión de Tormentas conseguiría la mayor parte del ejército de mi hermano. Y así ha sido.
—P-pero... —balbuceó Davos—, Lord Renly sólo vino aquí porque vos habíais puesto el castillo bajo asedio. Antes iba hacia Desembarco del Rey, contra los Lannister, pretendía...
—«Antes», «pretendía»... ¿y eso qué importa? —Stannis se acomodó en el taburete y frunció el ceño—. Hizo lo que hizo. Vino aquí con sus estandartes y sus melocotones, hacia su perdición... Y a mí me resultó conveniente. Melisandre vio otra cosa en las llamas. Una mañana en la que Renly cabalgaba en el sur, con su armadura verde, para acabar con mi ejército ante los muros de Desembarco del Rey. Si me hubiera encontrado allí con mi hermano, yo podría haber muerto en su lugar.
—O tal vez habríais unido vuestras fuerzas para acabar con los Lannister —protestó Davos—. ¿Por qué no? Si la mujer ha visto dos futuros, pues... no es posible que los dos sean ciertos.
—Ahí te equivocas, Caballero de la Cebolla —replicó el rey Stannis apuntándole con un dedo—. Hay luces que proyectan más de una sombra. Mira las hogueras en la noche y lo comprobarás. Las llamas danzan y se mueven, nunca se están quietas. Las sombras crecen y menguan, cada hombre proyecta una docena. Unas son más tenues; otras, más oscuras. Pues bien, los hombres también proyectan sombras hacia el futuro. Una sombra o muchas. Melisandre las ve todas.
»Ya sé que no sientes afecto por ella, Davos. Lo veo, no estoy ciego. A mis señores tampoco les gusta. Estermont cree que el corazón llameante es una mala elección, y no deja de pedirme que luchemos bajo el estandarte del venado coronado, como antaño. Ser Guyard dice que una mujer no debería ser mi portaestandarte. Otros murmuran que no tendría que estar en mi consejo de guerra, que debería enviarla de vuelta a Asshai, que es un pecado que comparta mi tienda por las noches. Sí, todos murmuran... mientras ella me sirve.
—¿Cómo os sirve? —preguntó Davos, aunque temía la respuesta.
—Como necesito. —El rey clavó los ojos en él—. ¿Y tú?
—Yo... —Davos se humedeció los labios—. Estoy a vuestras órdenes. Decidme, ¿qué queréis que haga?
—Nada que no hayas hecho antes. Situar un bote bajo el castillo, sin que nadie lo vea, en lo más oscuro de la noche. ¿Serás capaz?
—Sí. ¿Esta noche?
El rey asintió con gesto seco.
—Que sea un bote pequeño. No la Betha negra. Nadie debe saberlo.
Davos hubiera querido protestar. Era un caballero, ya no era un contrabandista, y jamás había sido un asesino. Pero, cuando abrió la boca, no le salieron las palabras. Aquel era Stannis, su señor, siempre justo, al que le debía todo lo que era. Y también tenía que pensar en sus hijos.
«Dioses misericordiosos, ¿qué le ha hecho esa mujer?»
—Estás muy callado —observó Stannis.
«Y callado debería seguir», pensó Davos.
—Mi señor —dijo en cambio—, tenéis que apoderaros del castillo, ahora lo comprendo, pero tiene que haber otras maneras. Más limpias. Decidle a Ser Cortnay que puede quedarse con el bastardo, y tal vez se rinda.
—Necesito al chico, Davos. Es imprescindible. Melisandre también lo vio a él en las llamas.
Davos buscó otras respuestas, desesperado.
—En Bastión de Tormentas no hay caballero que pueda igualar a Ser Guyard, a Lord Caron ni a cualquiera de los cientos que os sirven. Eso del combate singular... ¿no será que Ser Cortnay busca una manera de rendirse con honor? ¿Aunque le cueste la vida?
La sombra de la duda pasó por el rostro del rey como una nube rápida.
—Más bien busca alguna manera de engañarnos. No habrá combate de campeones. Ser Cortnay estaba muerto aun antes de tirarme el guante. Las llamas no mienten, Davos.
«Pero me pedís que haga realidad lo que dicen», pensó. Hacía tiempo que Davos Seaworth no sentía una tristeza semejante.
Y así fue como, una vez más, se encontró cruzando la Bahía de los Naufragios en lo más oscuro de la noche, al timón de un bote pequeño con velas negras. El cielo era el mismo, igual que el mar. El mismo olor a sal impregnaba el aire, y el agua lamía el casco tal como la recordaba. En torno al castillo brillaban un millar de fuegos de campamento, como estrellas parpadeantes que hubieran llovido sobre la tierra, igual que sucediera dieciséis años antes con las hogueras de los Tyrell y los Redwyne. Pero todo lo demás había cambiado.
«La otra vez lo que traía a Bastión de Tormentas era la vida, vida en forma de cebollas. Esta vez es la muerte, en forma de Melisandre de Asshai.» Dieciséis años antes las velas habían crujido y restallado con cada cambio del viento, hasta que las arrió y siguió avanzando con los remos acolchados. Aun así había tenido el corazón en la garganta. Pero los hombres de las galeras Redwyne habían bajado la guardia hacía tiempo, y consiguió pasar a través del cordón que formaban con la suavidad de una seda negra. En esta ocasión, los únicos barcos que se divisaban eran los de Stannis, y el único peligro podía proceder de los vigilantes en los muros del castillo. Y pese a todo, Davos estaba tenso como la cuerda de un arco.
Melisandre iba sentada en el banco, acurrucada, perdida entre los pliegues de la capa color rojo oscuro que la cubría de la cabeza a los pies; su rostro no era más que un atisbo blanco bajo la capucha. A Davos le gustaba el agua. Dormía mejor cuando sentía bajo él una cubierta que se mecía, y el suspiro del viento contra los aparejos era para él un sonido más dulce que el que ningún bardo pudiera arrancar de su arpa. Pero aquella noche ni siquiera el mar lo reconfortaba.
—Huelo miedo en vos, ser caballero —dijo la mujer roja en voz baja.
—Alguien me dijo en cierta ocasión que la noche es oscura y alberga cosas aterradoras. Y esta noche no soy ningún caballero. Esta noche vuelvo a ser Davos el contrabandista. Ojalá fuerais vos una cebolla.
Melisandre se echó a reír.
—¿De qué tenéis miedo? ¿De mí o de lo que hacemos?
—De lo que vos hacéis. No quiero tomar parte en esto.
—Vuestra mano izó la vela. Vuestra mano sostiene la caña del timón.
Davos, en silencio, se concentró en seguir el rumbo. La orilla era un hervidero de rocas, de manera que iban por en medio de la bahía. Esperaría a que cambiara la marea antes de acercarse. Bastión de Tormentas menguaba a sus espaldas, pero aquello no parecía preocupar a la mujer roja.
—¿Sois un buen hombre, Davos Seaworth? —preguntó.
«¿Un buen hombre estaría haciendo esto?»
—Soy un hombre —dijo—. Trato bien a mi esposa, pero he conocido a otras mujeres. He intentado ser buen padre para mis hijos, ayudarlos a encontrar su lugar en este mundo. Sí, he violado leyes, pero hasta esta noche nunca me había sentido malvado. Diría que soy una mezcla, mi señora. De bien y de mal.
—Un hombre gris —dijo ella—. Ni blanco ni negro, sino ambas cosas a la vez. ¿Eso sois, Ser Davos?
—¿Y qué si lo fuera? Me parece que la mayor parte de los hombres son grises.
—Si media cebolla está podrida, la cebolla está podrida. Un hombre es bueno o malo.
A su espalda, las estrellas caídas se habían fusionado en un brillo tenue contra el cielo negro, y ya casi no se divisaba la tierra firme. Era el momento de regresar.
—Cuidado con la cabeza, mi señora.
Empujó la caña del timón, y el pequeño bote levantó un rizo de agua negra al girar. Melisandre se inclinó para dejar paso a la botavara, y se apoyó en la regala, tan tranquila como siempre. La madera gimió, la lona crujió, y el agua salpicó con tanta fuerza que cualquiera habría jurado que se oía desde el castillo. Davos sabía que no era así. El incesante batir de las olas contra las rocas era el único sonido que podía penetrar a través de los inmensos muros de Bastión de Tormentas, y aun así muy amortiguado.
El bote empezó a dejar una estela ondulante cuando puso rumbo hacia la orilla.
—Habláis de hombres y de cebollas —dijo Davos a Melisandre—. ¿Y qué pasa con las mujeres? ¿A ellas no se les aplica lo mismo? ¿Vos qué sois, mi señora, buena o mala?
La pregunta la hizo reír.
—Buena, claro está. Yo también soy una especie de caballero, mi buen ser. Una campeona de la luz y la vida.
—Pero esta noche planeáis matar a un hombre —dijo—. Igual que matasteis al maestre Cressen.
—Vuestro maestre se envenenó solo. Quería envenenarme a mí, pero me protegía un poder superior, y a él no.
—¿Y a Renly Baratheon? ¿Quién lo mató?
La mujer volvió la cabeza. Bajo la sombra de la capucha, sus ojos ardían como llamas rojas de velas.
—Yo no.
—Mentís.
Davos estaba ya seguro. Melisandre rió de nuevo.
—Estáis perdido en la oscuridad y la confusión, Ser Davos.
—Por suerte para nosotros. —Davos hizo un gesto en dirección a las luces lejanas que parpadeaban sobre las murallas de Bastión de Tormentas—. ¿No notáis lo frío que es el viento? Los vigías estarán concentrados en torno a esas antorchas. En noches como ésta se agradece un poco de calor y de luz. Pero esa misma luz los deslumbra, de modo que no nos verán pasar. —«O eso espero»—. El dios de la oscuridad nos protege, mi señora. Incluso a vos.
—No pronunciéis ese nombre, ser, o atraeréis su ojo negro sobre nosotros. —Las llamas de los ojos de la mujer parecieron avivarse al oír aquello—. Os aseguro que no protege a hombre alguno. Es enemigo de todo lo que vive. Vos mismo lo habéis dicho, lo que nos oculta son las antorchas. El fuego. El brillante don del Señor de la Luz.
—Como queráis.
—Decid mejor como Él quiera.
El viento estaba cambiando. Davos lo percibía, lo veía en las ondulaciones de la lona negra.
—Ayudadme a arriar la vela. Remaré el resto del trayecto. —Juntos plegaron la vela con el bote meciéndose bajo ellos.
—¿Quién os llevó hasta Renly? —preguntó Davos mientras sacaba los remos y los metía en las aguas negras.
—No fue necesario —dijo—. Estaba desprotegido. Pero aquí... Bastión de Tormentas es un lugar antiguo. Hay hechizos que impregnan las piedras, muros negros que una sombra no puede atravesar. Son viejos, todos los han olvidado, pero ahí siguen.
—¿Una sombra? —A Davos se le puso la carne de gallina—. Una sombra es algo oscuro.
—Sois más ignorante que un chiquillo, ser caballero. En la oscuridad no hay sombras. Las sombras son sirvientas de la luz, hijas del fuego. La llama más brillante es la que proyecta las sombras más oscuras.
Davos frunció el ceño y le indicó que guardara silencio. Se estaban acercando otra vez a la orilla, y las voces se oían demasiado por encima del agua. Siguió remando, acompasando el sonido de los remos con el ritmo de las olas. El lado de Bastión de Tormentas que daba al mar estaba en lo alto de un acantilado blanco de piedra calcárea, que se elevaba vertiginosamente hasta la mitad de la altura del muro exterior. En el acantilado se abría una boca bostezante, y hacia allí, tal como hiciera dieciséis años atrás, se dirigía Davos. El túnel daba a una caverna situada bajo el castillo, donde los antiguos señores de la tormenta habían construido su desembarcadero.
Por aquel pasadizo sólo se podía navegar durante la marea alta, y era siempre traicionero, pero no había perdido sus habilidades de contrabandista. Davos siguió el rumbo con destreza entre las rocas dentadas hasta que la entrada de la cueva estuvo sobre ellos. Dejó que las olas los empujaran hacia el interior. Batían a su alrededor, empujaban el bote de un lado a otro, y los calaban hasta los huesos. Una roca afilada casi invisible bajo el agua apareció de pronto en la penumbra, rodeada de espuma, y faltó poco para que Davos no pudiera apartar el bote con un remo.
Y de pronto estuvieron en el interior, envueltos por la oscuridad, en aguas ya tranquilas. El pequeño bote se detuvo y giró. El sonido de su respiración levantó ecos que parecieron rodearlos. Davos no había esperado aquella oscuridad. La otra vez había habido antorchas encendidas a lo largo del túnel, y los ojos de los hombres hambrientos lo habían mirado a través de los agujeros del techo. Sabía que el rastrillo estaba poco más adelante, de manera que utilizó los remos para frenar el bote, y dejaron que la suave corriente los arrastrara.
—Hasta aquí hemos llegado, a menos que tengáis dentro a un hombre para que abra la puerta. —Su susurro se extendió sobre las aguas como una hilera de ratones con patitas rosadas.
—¿Estamos detrás de los muros?
—Sí. Por abajo. Pero no puedo seguir. El rastrillo llega hasta el fondo. Y los barrotes están muy apretados, ni un niño podría pasar entre ellos.
No hubo más respuesta que un susurro bajo. Y, de pronto, una luz floreció en medio de la oscuridad.
Davos alzó una mano para protegerse los ojos, y se quedó sin aliento. Melisandre se había quitado la capucha y la túnica asfixiante. Estaba completamente desnuda, y mostraba un embarazo muy adelantado. Los pechos hinchados le colgaban sobre el torso, y su vientre parecía a punto de reventar.
—Que los dioses nos guarden —susurró.
Oyó una risa gutural, ronca. Los ojos de la mujer eran como carbones encendidos, y el sudor que le cubría la piel parecía tener luz propia. Melisandre brillaba.
Se acuclilló jadeante y abrió las piernas. Le corrió por los muslos una sangre negra como el carbón. Lanzó un grito que podía ser de agonía, o de éxtasis, o de ambas cosas a la vez. Y Davos vio la cabeza del niño que empezaba a salir de ella. Luego salieron dos brazos negros, que se aferraron a los muslos tensos de Melisandre y empujaron hasta que la sombra entera salió al mundo y se alzó, más alta que Davos, alta como el túnel, elevada sobre el bote. Sólo pudo verla un instante antes de que se escurriera entre los barrotes del rastrillo y se alejara corriendo sobre la superficie del agua, pero con ese instante fue suficiente.
Conocía aquella sombra. Igual que conocía al hombre que la proyectaba.

JON

La llamada llegó en lo más profundo de la noche. Jon se incorporó sobre un codo y buscó a Garra a tientas, en un gesto instintivo, mientras el campamento empezaba a agitarse.
«El cuerno que despierta a los durmientes», pensó.
La nota larga y grave quedó suspendida en el aire. Los centinelas que montaban guardia en torno al muro circular se detuvieron con el aliento condensado en nubes ante ellos, y volvieron las cabezas hacia el oeste. A medida que el sonido del cuerno se desvanecía, pareció que hasta el viento dejaba de soplar. Los hombres se levantaron de sus mantas y buscaron las lanzas y las espadas, moviéndose con sigilo, a la escucha. Un caballo relinchó, y alguien corrió a calmarlo. Durante un instante pareció que el bosque entero contenía el aliento. Los hermanos de la Guardia de la Noche aguardaron el segundo bramido del cuerno al tiempo que rezaban por no oírlo, con el alma en vilo.
Cuando el silencio se hubo prolongado hasta lo insoportable, y los hombres comprendieron que el cuerno no iba a sonar de nuevo, se sonrieron unos a otros con timidez, como si trataran de ocultar que se habían puesto nerviosos. Jon Nieve echó unas cuantas ramas a la hoguera, se abrochó el cinturón de la espada, se puso las botas y sacudió la capa para quitarle el polvo y el rocío antes de echársela sobre los hombros. A su lado las llamas empezaron a crepitar, y agradeció el calor que le acariciaba el rostro mientras se vestía. Oyó al Lord Comandante moverse dentro de la tienda. Un momento después Mormont levantó la solapa.
—¿Sólo una llamada? —El cuervo se le había posado en el hombro, con las plumas encrespadas, en silencio. Parecía triste.
—Una, mi señor —asintió Jon—. Los hermanos regresan.
—Mediamano —dijo Mormont acercándose al fuego—. Ya era hora. —Durante la espera se había mostrado más inquieto cada día. Si hubieran tardado más... Jon no quería ni pensarlo—. Encárgate de que haya comida caliente para los hombres y forraje para los caballos. Quiero ver a Qhorin en cuanto llegue.
—Se lo diré, mi señor.
Los hombres de la Torre Sombría debían haber llegado hacía ya varios días. Al ver que no aparecían, los hermanos empezaron a preocuparse. Jon llegó a oír comentarios pesimistas en torno a las hogueras, y no sólo por parte de Edd el Penas. Ser Ottyn Wythers votaba por retirarse al Castillo Negro lo antes posible. Ser Mallador Locke proponía emprender la marcha hacia la Torre Sombría, para tratar de dar con el rastro de Qhorin y averiguar qué le había pasado. Y Thoren Smallwood prefería ir hacia las montañas.
—Mance Rayder sabe que tiene que enfrentarse a la Guardia —dijo—, pero no se le ocurrirá buscarnos tan al norte. Si subimos por el Agualechosa, lo cogeremos desprevenido y acabaremos con su ejército antes de que se dé cuenta de que lo atacamos.
—Somos muchos menos que ellos —objetó Ser Ottyn—. Craster dijo que estaba reuniendo un gran ejército. Tendrá muchos miles de hombres. Y sin Qhorin nosotros no somos más que doscientos.
—Enviad a doscientos lobos contra diez mil ovejas, ser, y ya veréis qué pasa —dijo Smallwood con confianza.
—Entre esas ovejas hay muchas cabras, Thoren —le advirtió Jarman Buckwell—. Y puede que hasta algún león que otro. Casaca de Matraca, Harma Cabeza de Perro, Alfyn Matacuervos...
—Los conozco tan bien como tú, Buckwell —replicó Thoren Smallwood—. Y pienso cortarles la cabeza a todos. Pero son salvajes, no soldados. Unos cientos de héroes, seguramente borrachos, entre una gran horda de mujeres, niños y esclavos. Los barreremos y volverán aullando a sus chozas.
Discutieron durante horas sin llegar a ponerse de acuerdo. El Viejo Oso era demasiado testarudo para retirarse, pero tampoco quería ir en busca de la batalla, Agualechosa arriba. Al final no decidieron nada, aparte de esperar unos días más a los hombres de la Torre Sombría, y volver a hablar si no aparecían.
Y por fin habían llegado, lo que significaba que la decisión no se podía demorar más. Cosa que alegraba a Jon. Si tenían que enfrentarse a Mance Rayder, más valía que fuera pronto.
Edd el Penas estaba junto a la hoguera, quejándose de lo difícil que era dormir mientras la gente se empeñaba en hacer sonar sus cuernos en medio del bosque. Jon le dio más motivos para protestar. Juntos despertaron a Hake, que recibió las órdenes del Lord Comandante con una sarta de maldiciones, pero de inmediato se levantó y envió a una docena de hermanos a cortar raíces para preparar una sopa.
Mientras cruzaba el campamento, Sam llegó junto a él, jadeante. Bajo la capucha negra tenía el rostro tan blanco y redondo como la luna.
—He oído el cuerno. ¿Es que vuelve tu tío?
—Son los hombres de la Torre Sombría. —Cada vez le costaba más aferrarse a la esperanza de que Benjen Stark volviera sano y salvo. Hasta el Viejo Oso reconocía que la capa que había encontrado bajo el Puño bien podía ser de su tío o de alguno de sus hombres, aunque no sabían por qué la habrían enterrado allí, con todo aquel vidriagón—. Tengo que irme, Sam.
Los guardias que vigilaban junto a la muralla circular estaban arrancando estacas del suelo casi helado para abrir el cerco. El primero de los hermanos de la Torre Sombría no tardó en aparecer por el camino que llevaba a la cima. Iban todos vestidos con cuero y pieles, algunos con piezas sueltas de acero o bronce; las barbas densas cubrían unos rostros demacrados, y les daban un aspecto zarrapastroso a lomos de sus caballos pequeños y recios. Jon se sorprendió al ver que algunos hombres compartían una montura. Cuando estuvieron más cerca y se fijó mejor, advirtió que muchos de ellos estaban heridos. «Han tenido problemas en el viaje.»
Aunque no lo conocía, identificó a Qhorin Mediamano nada más verlo. El corpulento explorador era casi una leyenda en la Guardia. Hombre de palabra pausada pero rápido en la acción, alto y erguido como una lanza, de miembros largos, solemne. A diferencia de sus hombres iba bien afeitado. El pelo que le salía por debajo del yelmo estaba recogido en una gruesa trenza llena de escarcha, y sus prendas negras se habían descolorido tanto que parecían grises. En la mano con la que sujetaba las riendas sólo le quedaban el pulgar y el índice; los otros dedos los habían perdido al detener el hacha de un salvaje que, de lo contrario, le habría hendido el cráneo. Se decía que había golpeado a su enemigo en la cara con la mano mutilada de manera que se le llenaron los ojos de sangre, y lo mató mientras estaba cegado. Desde aquel día, los salvajes que vivían más allá del Muro no tenían enemigo más implacable.
Jon se acercó para saludarlo.
—El Lord Comandante Mormont quiere veros lo antes posible. Os acompañaré a su tienda.
—Mis hombres tienen hambre —dijo Qhorin mientras desmontaba—, y hay que atender a los caballos.
—Ya nos hemos ocupado de eso.
El explorador dejó el caballo al cuidado de uno de sus hombres, y lo siguió.
—Tú debes de ser Jon Nieve. Te pareces mucho a tu padre.
—¿Lo conocíais, mi señor?
—No soy ningún señor, sólo un hermano de la Guardia de la Noche. Sí, conocí a Lord Eddard. Y también a su padre.
Jon tenía que apresurarse para mantenerse a la altura de Qhorin, que caminaba con zancadas largas.
—Lord Rickard murió antes de que yo naciera.
—Era un buen amigo de la Guardia. —Qhorin miró hacia atrás—. Se rumorea que tienes un lobo huargo.
Fantasma volverá al amanecer. Caza por las noches.
Cuando llegaron a la tienda del Viejo Oso, Edd el Penas estaba delante, friendo unas lonchas de panceta y cociendo una docena de huevos sobre las llamas. Mormont estaba sentado en un taburete plegable de madera y cuero.
—Ya empezaba a temer por vosotros. ¿Habéis tenido problemas?
—Nos tropezamos con Alfyn Matacuervos. Mance lo había enviado a patrullar a lo largo del Muro, y cuando regresaba se encontró con nosotros. —Qhorin se quitó el yelmo—. Alfyn no volverá a ser un peligro para el reino, pero algunos de sus hombres se nos escaparon. Acabamos con tantos como pudimos, pero es posible que unos cuantos consiguieran volver a las montañas.
—¿A qué precio?
—Cuatro hermanos muertos. Una docena heridos. Un tercio de las bajas del enemigo. También cogimos prisioneros. Uno murió enseguida, tenía heridas graves, pero el otro vivió lo suficiente para que lo interrogáramos.
—Más vale que hablemos de esto dentro de la tienda. Jon te traerá un cuerno de cerveza. ¿O prefieres vino caliente especiado?
—Me conformo con agua hervida. Y con un huevo y un trozo de panceta.
—Como quieras. —Mormont levantó la solapa de la tienda, y Qhorin Mediamano se agachó para entrar.
Edd seguía ante la cazuela y removía los huevos con una cuchara.
—Qué envidia me dan estos huevos —comentó—. A mí también me gustaría hervir un rato. Si la cazuela fuera más grande, me metería dentro. Aunque ojalá estuviera llena de vino y no de agua. Hay peores maneras de morir que caliente y borracho. Una vez conocí a un hermano que se ahogó en un tonel de vino. Pero era de mala cosecha, y el sabor del cadáver no la mejoraba, precisamente.
—¿Os bebisteis el vino?
—Es espantoso encontrarse a un hermano muerto. A ti también te habría hecho falta un trago, Lord Nieve. —Edd removió el contenido del cazo y añadió una pizca más de nuez moscada.
Jon, inquieto, se acuclilló ante la hoguera y la hurgó con un palito. Del interior de la tienda le llegaba la voz del Viejo Oso, interrumpida a ratos por los graznidos del cuervo o por las palabras más quedas de Qhorin Mediamano, pero no se distinguía qué decían. «Así que Alfyn Matacuervos ha muerto. Bien.» Era uno de los saqueadores salvajes más sanguinarios, el mote le venía de la cantidad de hermanos negros a los que había asesinado. «¿Y por qué está tan serio Qhorin, tras una victoria semejante?»
Jon había albergado la esperanza de que la llegada de los hombres de la Torre Sombría levantara los ánimos en el campamento. La noche anterior, sin ir más lejos, cuando volvía después de orinar, oyó a cinco o seis hombres hablar en voz baja en torno a las brasas de una hoguera. Chett mascullaba que ya era hora de que volvieran al Muro, de modo que Jon se detuvo a escuchar.
—Esta expedición es una locura del viejo —decía—. En esas montañas no vamos a encontrar nada, sólo nuestras tumbas.
—En los Colmillos Helados hay gigantes, wargs y cosas aún peores —comentó Lark de las Hermanas.
—Lo que es yo no voy allí, os lo aseguro.
—No creo que el Viejo Oso te dé mucha elección.
—¿Y si no se la damos nosotros a él? —dijo Chett.
En aquel momento uno de los perros levantó la cabeza y gruñó, y a Jon no le quedó más remedio que alejarse a toda prisa antes de que lo vieran. «No debí escuchar eso —pensó. Consideró la posibilidad de contárselo a Mormont, pero al final no quiso denunciar a sus hermanos, ni aunque fueran hermanos como Chett y el de las Hermanas—. No es más que palabrería, —se dijo—. Tienen frío y miedo, igual que todos.» La espera allí les resultaba muy dura, no podían hacer otra cosa que vigilar desde la cima pedregosa en la que se dominaba el bosque, a la espera de lo que les deparase el día siguiente. «El enemigo al que no se ve es siempre el más temible.»
Jon desenfundó su daga nueva y la examinó a la luz de las llamas, que parecían bailar sobre la brillante piedra negra. Él mismo le había puesto un puño de madera, rodeado con trencilla de cáñamo para agarrarla mejor. No era bonita, pero sí útil. Edd el Penas opinaba que los cuchillos de cristal eran tan útiles como unos pezones en la coraza de un caballero, pero Jon no opinaba lo mismo. El vidriagón tenía más filo que el acero, aunque era mucho más frágil.
«Seguro que lo enterraron por algún motivo.»
También había hecho una daga para Grenn y otra para el Lord Comandante. El cuerno de guerra se lo había dado a Sam. Una vez examinado a fondo, resultó que estaba agrietado, y Jon no consiguió arrancarle ni un sonido aunque lo había limpiado a fondo. Además, el borde estaba astillado, pero a Sam le gustaban las cosas antiguas, incluso las que no servían de nada.
—Hazte un cuerno para beber —le había dicho Jon—, así cada vez que tomes cerveza te acordarás de cómo saliste en una exploración más allá del Muro, y llegaste hasta el Puño de los Primeros Hombres.
También le dio a Sam una punta de lanza y una docena de puntas de flecha, y el resto lo repartió entre sus amigos como amuletos.
Al Viejo Oso le había gustado la daga, pero Jon se fijó en que prefería llevar al cinturón un cuchillo de acero. Tampoco Mormont supo decir quién podía haber enterrado la capa, ni por qué. «Tal vez Qhorin lo sepa.» Mediamano se había adentrado en las tierras salvajes más que ningún otro hombre.
—¿Les sirves tú o yo?
—Ya me encargo yo —dijo envainando la daga. Quería enterarse de lo que comentaban.
Edd cortó tres rebanadas gruesas de pan de avena un tanto duro, las puso sobre un plato de madera y les echó por encima pancetas con su grasa. También llenó un cuenco con huevos duros. Jon cogió el cuenco con una mano y el plato con la otra, y volvió a entrar en la tienda del Lord Comandante.
Qhorin estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y la espalda tan recta como una lanza. La luz de las velas le bailaba en las mejillas angulosas mientras hablaba.
—Casaca de Matraca, Llorón y todos los demás jefes, grandes y pequeños —decía—. Tienen wargs, mamuts y más fuerzas de las que habíamos imaginado. O eso dicen, yo no pondría la mano en el fuego. Ebben cree que nos contó todo eso para vivir un poco más.
—Sea verdad o mentira, hay que enviar noticias al Muro —dijo el Viejo Oso mientras Jon ponía el plato entre ambos—. Y al rey.
—¿Qué rey?
—A todos, legítimos y falsos por igual. Dicen que el reino es suyo, ¿no? Pues que lo defiendan.
—Estos reyes hacen lo que quieren —dijo Mediamano, cogió un huevo y lo golpeó contra el borde del cuenco para quitarle la cáscara—. Y por nosotros será bien poca cosa. Nuestra mejor opción es Invernalia. Los Stark tienen que reunir a todo el norte.
—Desde luego.
El Viejo Oso desenrolló un mapa, lo miró con el ceño fruncido, lo echó a un lado y desplegó otro. Para Jon era obvio que intentaba adivinar de dónde vendría el golpe. Antaño la Guardia había ocupado diecisiete castillos a lo largo de los cientos de leguas del Muro, pero a medida que la Hermandad menguaba en número fueron abandonándolos de uno en uno. Ahora sólo tres contaban con una guarnición, hecho que Mance Rayder conocía tan bien como ellos.
—Ser Alliser Thorne nos traerá nuevos reclutas de Desembarco del Rey, o eso esperamos. Si ponemos guarniciones de la Torre Sombría en la Atalaya de Aguasgrises, y de Guardiaoriente en Túmulo Largo...
—La Atalaya de Aguasgrises está casi en ruinas. Puertapiedra sería una mejor elección, si tuviéramos hombres. También Marcahielo y Lago Hondo, si es posible. Y entre ellos, patrullas diarias a lo largo de las almenas.
—Sí, patrullas. Dos veces al día si podemos. El propio Muro es un obstáculo formidable. Si no hay defensa no podrá detenerlos, pero sí demorarlos. Cuanto más grande sea el ejército, más tiempo necesitarán. Por las aldeas abandonadas que hemos visto, seguro que vienen con sus mujeres, con los niños y con los animales... ¿Has visto alguna vez una cabra que suba por una escalerilla? ¿O por una cuerda? Tendrán que construir una gran escalera o una rampa. Tardarán como mínimo un mes, probablemente más. Mance sabrá que lo mejor que puede hacer es cruzar por debajo del Muro. Por una puerta, o...
—Una brecha.
—¿Qué? —Mormont alzó la cabeza bruscamente.
—Que no planean escalar el Muro ni cavar por debajo, mi señor. Planean abrir una brecha.
—El Muro tiene doscientos cincuenta metros de altura, y la base es tan gruesa que harían falta cien hombres con picos y hachas trabajando durante un año para abrir un agujero.
—Lo harán.
—¿Cómo? —Mormont se tironeó de la barba, con el ceño fruncido.
—Con magia, ¿cómo si no? —Qhorin se comió medio huevo de un solo bocado—. Por eso ha reunido Mance a su ejército en los Colmillos Helados, que es un lugar desolado y está muy lejos del Muro.
—Pensaba que optó por la montaña para ocultar a los suyos de los ojos de los exploradores.
—Puede —dijo Qhorin al tiempo que se terminaba el huevo—, pero yo creo que hay otros motivos. Está buscando algo en esas alturas heladas. Busca algo que necesita.
—¿Algo? —El cuervo de Mormont alzó la cabeza y lanzó un graznido. En el espacio reducido de la tienda el sonido pareció afilado como un cuchillo.
—Un poder. Nuestro prisionero no sabía de qué se trataba. Quizá el interrogatorio fue demasiado brusco y murió antes de decírnoslo todo. En cualquier caso, dudo que lo supiera.
Jon oía el viento que soplaba en el exterior. Era un sonido agudo que silbaba entre las piedras del muro circular y sacudía las cuerdas de las tiendas. Mormont se frotó la boca pensativamente.
—Un poder —repitió—. Necesito información.
—En ese caso, tendrás que enviar exploradores a las montañas.
—No quiero arriesgar la vida de más hombres.
—Lo único que puede pasar es que muramos. ¿Y para qué llevamos estas capas negras, si no es para morir en defensa del reino? Yo enviaría a quince hombres, en tres grupos de cinco. Uno que remonte el curso del Agualechosa, otro que vaya al Paso Aullante y otro a la cima de la Escalera del Gigante. Jarman Buckwell, Thoren Smallwood y yo mismo iríamos al mando. Tenemos que averiguar qué aguarda en esas montañas.
Aguarda —graznó el cuervo—. Aguarda.
El Lord Comandante Mormont dejó escapar un profundo suspiro.
—No hay otra solución —reconoció—, pero si no regresáis...
—Alguien bajará de los Colmillos Helados, mi señor —dijo el explorador—. Si somos nosotros, todo perfecto. Si no, será Mance Rayder, y estáis en su camino. No puede seguir hacia el sur y dejaros atrás para que lo sigáis y acoséis su retaguardia. Tiene que atacar. Y este lugar es fuerte.
—No tan fuerte —señaló Mormont.
—En ese caso, todos vamos a morir. Pero nuestras muertes darán tiempo a los hermanos que quedan en el Muro. Tiempo para instalar guarniciones en los castillos abandonados y congelar las puertas, tiempo para pedir ayuda a los señores y a los reyes, tiempo para afilar las hachas y reparar las catapultas... Nuestras vidas serán moneda bien gastada.
Morir —graznó el cuervo, caminando por los hombros de Mormont—. Morir, morir, morir, morir.
El Viejo Oso se quedó en silencio, con la espalda encorvada, como si la carga de hablar se hubiera vuelto de repente demasiado pesada.
—Que los dioses me perdonen —dijo al final—. Elige a los hombres que quieras.
Qhorin Mediamano volvió la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Jon, y durante un largo instante le sostuvo la mirada.
—Muy bien. Elijo a Jon Nieve.
Mormont parpadeó.
—Es apenas un muchacho. Además, es mi mayordomo. No es explorador.
—Tollett también puede cuidar de ti, mi señor. —Qhorin alzó la mano mutilada, la que sólo tenía dos dedos—. Más allá del muro los viejos dioses son todavía fuertes. Son los dioses de los primeros hombres... y de los Stark.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Mormont mirando a Jon.
—Ir con él —respondió el muchacho al instante.
—Lo suponía. —El anciano sonrió con tristeza.
Ya había amanecido cuando Jon salió de la tienda al lado de Qhorin Mediamano. El viento soplaba a su alrededor, les agitaba las capas negras y dispersaba por el aire las pavesas de la hoguera.
—Partiremos al mediodía —le dijo el explorador—. Más vale que busques a tu lobo.

TYRION

—La reina tiene intención de sacar de aquí al príncipe Tommen. —Estaban los dos a solas, arrodillados en la penumbra silenciosa del sept, rodeados de sombras y velas titilantes; pese a todo Lancel, hablaba en voz baja—. Lord Gyles se lo llevará a Rosby y lo disfrazará de paje para ocultarlo. Planean teñirle el pelo de negro y decir a todo el mundo que es hijo de un caballero errante.
—¿De quién tiene miedo Cersei, de la turba o de mí?
—De ambos —dijo Lancel.
—Ah. —Tyrion no había tenido noticia de aquel plan. ¿Acaso los pajaritos de Varys habían fallado, para variar? Claro, hasta las arañas echaban una cabezada de cuando en cuando... o tal vez el eunuco estuviera inmerso en un juego más sutil de lo que él imaginaba—. Os lo agradezco, ser.
—¿Me concederéis el favor que os pedí?
—Puede.
Lancel quería un puesto de mando en la batalla que se avecinaba. Una manera espléndida de morir antes de que terminara de crecerle el bigote, pero los caballeros jóvenes siempre se creían invencibles.
Tyrion se quedó en el sept un rato después de que su primo se marchara. En el altar del Guerrero, encendió una vela con la llama de otra. «Cuida de mi hermano, cabrón de mierda, que es de los tuyos.» Encendió otra vela al Desconocido, ésta por sí mismo.
Aquella noche, cuando la Fortaleza Roja estaba ya a oscuras, Bronn llegó y lo encontró sellando una carta.
—Llévale esto a Ser Jacelyn Bywater. —El enano vertió cera dorada caliente sobre el pergamino.
—¿Qué dice? —Bronn no sabía leer, de manera que hacía preguntas indiscretas.
—Que se le ordena elegir a cincuenta de sus mejores espadachines para que patrullen por el camino de las rosas. —Tyrion apretó su sello sobre la cera caliente.
—Es más probable que Stannis venga por el camino real.
—Claro, ya lo sé. Dile a Bywater que no haga caso del contenido de la carta y que lleve a sus hombres hacia el norte. Tiene que preparar una trampa en el camino a Rosby. Lord Gyles saldrá de este castillo dentro de un día o dos, con una docena de soldados, unos cuantos criados, y mi sobrino. Puede que el príncipe Tommen vaya vestido de paje.
—Y quieres que traiga al chico de vuelta, ¿no?
—No. Quiero que lo lleve al castillo. —Tyrion había decidido que sacar al chico de la ciudad era una de las mejores ideas que se le habían ocurrido a su hermana. En Rosby, Tommen estaría a salvo de la turba, y al alejarlo de su hermano también le ponía las cosas más difíciles a Stannis: aunque llegara a tomar Desembarco del Rey y ejecutara a Joffrey, aún tendría que enfrentarse a un Lannister pretendiente al trono—. Lord Gyles está demasiado enfermo para huir, y es demasiado cobarde para luchar. Ordenará a su castellano que abra las puertas. Una vez tras los muros, Bywater deberá expulsar a la guarnición y proteger allí a Tommen. Pregúntale que qué tal le suena que lo llamen Lord Bywater.
—Lord Bronn sonaría mejor. Yo también podría poner a salvo al chico. Lo mecería en mis rodillas y le cantaría nanas, si en ello me fuera el título.
—Tú me haces falta aquí —dijo Tyrion. «Y no te confiaría a mi sobrino.» Si a Joffrey le pasara algo, la pretensión Lannister al trono reposaría sobre los jóvenes hombros de Tommen. Los capas doradas de Ser Jacelyn defenderían al chico; los mercenarios de Bronn probablemente lo venderían a sus enemigos.
—¿Qué deberá hacer el nuevo lord con el antiguo?
—Lo que mejor le parezca, siempre que se acuerde de darle de comer. No quiero que muera. —Tyrion se apartó de la mesa—. Mi hermana enviará a un miembro de la Guardia Real como escolta del príncipe.
Bronn no se preocupó en absoluto.
—El Perro es el escudo de Joffrey, no lo abandonará. Los capas doradas de Mano de Hierro se pueden encargar de cualquiera de los otros.
—Si hay que matar a alguien, dile a Jacelyn que no quiero que sea delante de Tommen. —Tyrion se puso una gruesa capa de lana color marrón oscuro—. Mi sobrino es muy sensible.
—¿Estás seguro de que es un Lannister?
—No estoy seguro de nada excepto del invierno y la batalla —respondió—. Vamos. Cabalgo contigo parte del trayecto.
—¿A ver a Chataya?
—Qué bien me conoces...
Salieron por una poterna de la muralla norte. Tyrion picó espuelas y bajó al trote ligero por el callejón Sombranegra. Ante el ruido de los cascos de su caballo contra el empedrado, unas cuantas formas furtivas se movieron por los callejones, pero nadie se atrevió a acercarse a ellos. El Consejo había decretado el toque de queda, y había pena de muerte para cualquiera que estuviera en las calles de Desembarco del Rey después de que sonaran las campanas. Con aquello se había logrado restaurar en cierto modo la paz en la ciudad, y reducido el número de cadáveres que aparecían por las mañanas en los callejones, pero según Varys la gente lo maldecía por aquello. «Deberían dar las gracias, tienen aliento para maldecir.» Un par de capas doradas les dieron el alto cuando pasaban por la calle de los Hojalateros, pero al ver quiénes eran suplicaron perdón a la Mano y los dejaron proseguir. Bronn viró hacia el sur, en dirección a la Puerta del Lodazal, y se separaron.
Tyrion se dirigió hacia el burdel de Chataya, pero de repente perdió la paciencia. Se giró en la silla de montar y escudriñó la calle a sus espaldas. No había rastro de ningún seguidor. Todas las ventanas estaban a oscuras o cerradas con postigos. No se oía nada excepto el viento que silbaba por los callejones. «Si Cersei me ha puesto algún vigilante esta noche, debe de ir disfrazado de rata.»
—A la mierda —murmuró. Estaba harto de tanta precaución. Hizo dar media vuelta a su caballo y lo espoleó. «Si me sigue alguien, vamos a ver qué tal cabalga.» Su montura voló por las calles adoquinadas iluminadas por la luna, pasó como una flecha por estrechos callejones y callejuelas serpenteantes, y lo llevó al galope hasta su amada.
Al golpear la puerta de la verja oyó una música que se filtraba por encima de los muros coronados de púas. Uno de los ibbeneses fue a abrirle. Tyrion le dio las riendas de su caballo.
—¿Quién es ése? —preguntó. Los ventanales en forma de diamante del salón estaban iluminados con una luz amarillenta, y se oía la voz de un hombre que cantaba.
—Un bardo gordo —contestó el ibbenés encogiéndose de hombros.
El volumen aumentaba a medida que iba de los establos a la casa. A Tyrion nunca le habían gustado los bardos, y aquél menos que ninguno, aun antes de verlo. Cuando abrió la puerta, la canción se interrumpió.
—Mi señor Mano. —Se arrodilló. Era calvo y barrigudo—. Qué gran honor, qué gran honor.
—Mi señor —sonrió Shae al verlo.
Le encantaba aquella sonrisa, que le iluminaba el precioso rostro siempre rápida y espontánea. La chica llevaba una túnica de seda púrpura, ceñida con un fajín de hilo de plata. Los colores le destacaban el pelo oscuro y la piel clara.
—Querida —respondió—. ¿Y quién es éste?
—Me llaman Symon Pico de Oro, mi señor —contestó el bardo alzando la vista—. Soy actor, bardo, cuentacuentos...
—Y completamente idiota —terminó Tyrion—. ¿Cómo me has llamado cuando he entrado?
—¿Que cómo os he...? Pero si yo sólo he dicho... —El oro del pico de Symon parecía haberse trocado en plomo—. Mi señor Mano, qué gran honor, nada más...
—Si fueras medio listo habrías fingido que no me reconocías. No me habrías engañado, claro, pero debiste intentarlo. ¿Y ahora qué hago contigo? Conoces a mi amada Shae, sabes dónde vive, sabes que vengo a visitarla a solas por la noche...
—Os juro que no se lo diré a nadie.
—En eso estamos de acuerdo. Buenas noches. —Tyrion subió con Shae al piso de arriba.
—Mi bardo no podrá volver a cantar —bromeó la chica—. Lo habéis dejado sin voz del susto.
—El miedo lo ayudará a llegar a las notas altas.
—No le haréis daño, ¿verdad? —La muchacha cerró la puerta de su dormitorio, encendió una vela perfumada y se arrodilló para quitarle las botas—. Sus canciones me animan las noches que no venís.
—Ojalá pudiera venir todas las noches —suspiró mientras ella le frotaba los pies desnudos—. ¿Qué tal canta?
—Mejor que algunos. No tan bien como otros.
Tyrion le abrió la túnica y enterró el rostro entre sus pechos. Shae siempre olía a limpio, incluso en aquella pocilga hedionda de ciudad.
—Que se quede si quieres, pero que no se aleje de ti. No quiero que vaya por ahí contándolo todo en los tenderetes.
—No lo hará, os lo...
Tyrion le tapó la boca con la mano. Ya habían hablado suficiente; necesitaba la dulce simplicidad del placer que encontraba entre los muslos de Shae. Allí al menos lo querían y siempre era bienvenido.
Más tarde, sacó el brazo de debajo de la cabeza de la muchacha, se puso la túnica y bajó al jardín. La luna creciente teñía de plata las hojas de los árboles frutales, y brillaba en la superficie del estanque de piedra. Tyrion se sentó junto al agua. En algún punto a su derecha se oía a un grillo; el sonido le resultaba reconfortante.
«Aquí hay paz —pensó—. Pero ¿cuánto va a durar?»
Una vaharada a rancio le hizo volver la cabeza. Shae estaba en la puerta, detrás de él, vestida con la túnica plateada que le había regalado. «Amé a una doncella hermosa como el verano, con la luz del sol en el cabello.» A su espalda se encontraba un hermano mendicante, un hombre corpulento con la túnica sucia y remendada, los pies descalzos llenos de porquería costrosa, y un cuenco colgado del cuello con una correa de cuero, en el lugar donde si fuera un septon habría llevado un cristal.
—Lord Varys ha venido a veros —anunció Shae.
El hermano mendicante la miró atónito. Tyrion se echó a reír.
—Es verdad. ¿Cómo lo has reconocido? Yo no había caído.
—Sigue siendo él —contestó Shae encogiéndose de hombros—, sólo se ha cambiado de ropa.
—De ropa, de aspecto, de olor, de manera de andar... —dijo Tyrion—. Habría engañado a casi cualquier hombre.
—Y probablemente a casi cualquier mujer. Pero no a una puta. Las putas aprendemos a ver a los hombres, no sus atuendos, si no queremos acabar muertas en un callejón.
Varys hizo una mueca de dolor, y no por culpa de las costras falsas que tenía en los pies. Tyrion soltó una risita.
—Shae, ¿nos traes un poco de vino? —Le iba a hacer falta una copa. Fuera lo que fuera lo que llevaba allí al eunuco a aquellas horas de la noche, no era nada bueno.
—Casi me da miedo contaros por qué he venido, mi señor —dijo Varys cuando Shae los dejó a solas—. Traigo malas noticias.
—Deberíais vestiros de plumas negras, Varys, sois peor presagio que un cuervo. —Tyrion se puso en pie con torpeza, temeroso de la respuesta a la pregunta que iba a hacer—. ¿Se trata de Jaime? —«Si le han hecho algo, lo pagarán caro.»
—No, mi señor. Se trata de algo muy diferente. Ser Cortnay Penrose ha muerto. Bastión de Tormentas ha abierto sus puertas a Stannis Baratheon.
La consternación le borró de la mente cualquier otro pensamiento. Cuando Shae volvió con el vino, bebió un sorbo y estampó la copa contra la pared. La muchacha alzó una mano para protegerse de los trozos de vidrio roto, mientras el vino dibujaba largos dedos negros sobre las piedras a la luz de la luna.
—¡Maldito sea! —exclamó.
—¿Quién, mi señor? —Varys sonrió, con lo que mostró todos los dientes podridos—. ¿Ser Cortnay o Lord Stannis?
—Los dos. —Bastión de Tormentas era una fortaleza imponente, debería de haber resistido medio año o más... el tiempo necesario para que su padre acabara con Robb Stark—. ¿Cómo ha sido?
—Mi señor —contestó Varys mirando a Shae—, no debemos preocupar a vuestra hermosa dama con una conversación tan triste y sanguinaria.
—Una dama se asustaría —dijo Shae—. Pero yo no.
—Pues deberías asustarte —replicó Tyrion—. Ahora que ya tiene Bastión de Tormentas, Stannis no tardará en centrar su atención en Desembarco del Rey. —Ahora lamentaba haber tirado el vino—. Lord Varys, dejadnos un instante, luego volveré con vos al castillo.
—Os espero en los establos. —Hizo una reverencia y se alejó con pasos enérgicos.
—Aquí no estás a salvo —dijo Tyrion a Shae atrayéndola hacia él.
—Tengo muros, y los guardias que me pusisteis.
—Son mercenarios —dijo Tyrion—. Les gusta mi oro, claro, pero no darán la vida por él. En cuanto a los muros, un hombre puede subirse en los hombros de otro y saltarlo sin problemas. Durante la revuelta quemaron una casa muy parecida a ésta. A su dueño, un orfebre, lo mataron por el crimen de tener la despensa llena, igual que despedazaron al Septon Supremo, violaron cincuenta veces a Lollys y le machacaron el cráneo a Ser Aron. ¿Qué crees que harían si tuvieran a su alcance a la dama de la Mano?
—A la puta de la Mano, diréis. —Lo miró con sus inmensos ojos atrevidos—. Aunque podría ser vuestra dama, mi señor. Me vestiría con todas esas ropas bonitas que me habéis regalado, sedas, brocados, hilo de oro, me pondría las joyas, me sentaría a vuestro lado en los banquetes y os cogería la mano. Os daría hijos, estoy segura, y juro que jamás os avergonzaría.
«El amor que siento por ti ya es vergüenza suficiente.»
—Es un hermoso sueño, Shae. Pero olvídalo, te lo suplico. Es imposible.
—¿Por culpa de la reina? No le tengo miedo.
—Yo sí.
—Pues matadla y se acabó. No es que os queráis mucho, precisamente.
—Es mi hermana. —Tyrion suspiró—. El hombre que mata a los de su sangre está maldito ante los ojos de los dioses y de los hombres. Y más aún, pese a lo que tú y yo opinemos de Cersei, mi padre y mi hermano la aman. Puedo competir en astucia con cualquiera en los Siete Reinos, pero los dioses no me han dado la capacidad de enfrentarme a Jaime con una espada en la mano.
—El Joven Lobo y Lord Stannis también tienen espadas y no os dan miedo.
«Ni te lo imaginas, pequeña.»
—A ellos me puedo enfrentar con todo el poder de la Casa Lannister. Pero para enfrentarme a Jaime o a mi padre no tengo más que una espalda jorobada y un par de piernas cortas.
—Me tenéis a mí.
Shae lo besó, le echó los brazos al cuello y presionó el cuerpo contra el de Tyrion. El beso lo excitó, como le pasaba siempre, pero se liberó de su abrazo con delicadeza.
—Ahora no, pequeña, tengo... bueno, un principio de plan. Creo que podría llevarte a las cocinas del castillo.
—¿A las cocinas? —El rostro de Shae se tensó.
—Sí. Si lo hago a través de Varys, nadie se enterará.
—Os voy a envenenar, mi señor. —La muchacha dejó escapar una risita—. Todos los hombres que han probado mis guisos me han dicho lo buena puta que soy.
—En la Fortaleza Roja hay cocineros de sobra. Y también carniceros y panaderos. Tendrías que hacerte pasar por pinche.
—Marmitona —dijo—. Con un vestido de tela marrón y basta. ¿Así es como me quiere ver mi señor?
—Tu señor te quiere ver viva —replicó Tyrion—. Y no se pueden fregar cazuelas con vestidos de seda y terciopelo.
—¿Acaso mi señor se ha cansado de mí? —Le metió la mano bajo la túnica y le cogió la polla. Con dos caricias se la puso dura—. Pero aquí hay alguien que todavía me quiere. —Rió—. ¿Querréis follar con la marmitona, mi señor? Me podéis echar harina por encima y lamerme salsa en las tetas...
—Basta ya. —Su comportamiento le recordaba al de Dancy, que con tanto empeño había intentado ganar la apuesta. Le apartó la mano para evitar más travesuras—. No es momento para juegos de cama, Shae. Tu vida corre peligro.
—No quería molestar a mi señor —dijo Shae. La sonrisa había desaparecido de su rostro—, yo sólo... ¿no podríais ponerme más guardias y ya está?
Tyrion suspiró. «Recuerda lo joven que es», se dijo. Le cogió la mano.
—Las joyas se pueden reemplazar, se pueden tejer nuevos vestidos, más bonitos que los antiguos. Para mí eres lo más precioso que hay entre estos muros. La Fortaleza Roja no es un lugar seguro, pero sí más que esta casa. Quiero que estés allí.
—En las cocinas, fregando cazuelas.
—Será poco tiempo.
—Mi padre me hacía trabajar en las cocinas —dijo con una mueca—. Por eso me fugué.
—Me habías dicho que te fugaste porque tu padre te hacía acostarte con él —le recordó.
—Eso encima. Fregar cazuelas me gustaba tan poco como meterme en su cama. —Sacudió la cabeza—. ¿Por qué no me podéis tener en vuestra torre? La mitad de los señores de la corte tienen calientacamas.
—Me prohibieron expresamente que te trajera al castillo.
—¿Quién? ¿Vuestro estúpido padre? —Shae hizo un puchero—. Sois mayor, podéis tener tantas putas como queráis ¿Os toma por un niño imberbe? ¿Qué os va a hacer, daros una azotaina?
Tyrion la abofeteó. No muy fuerte, pero sí lo suficiente.
—Maldita sea —dijo—. Maldita sea. No te burles de mí jamás. Tú no.
Shae se quedó sin palabras. Durante unos instantes sólo se oyeron los grillos.
—Ruego a mi señor que me perdone —dijo al final con voz inexpresiva y apagada—. No era mi intención ser impertinente.
«Y no era mi intención darte una bofetada. Por los dioses, ¿acaso me estoy transformando en Cersei?»
—Los dos hemos hecho mal —dijo—. Tú no lo entiendes, Shae. —Las palabras que nunca había querido decir brotaron de él como cómicos de un caballo hueco—. Cuando tenía trece años me casé con la hija de un granjero. O eso creía yo que era. Estaba ciego de amor y pensaba que ella sentía lo mismo por mí, pero mi padre me restregó la verdad por la cara. Mi esposa era una puta a la que Jaime había pagado para que probara el sexo. —«Y yo me lo creí todo, fui un imbécil»—. Para darme una lección, Lord Tywin entregó a mi esposa a sus guardias y les dijo que la utilizaran como quisieran, y a mí me ordenó mirar. —«Y acostarme con ella una última vez, cuando todos hubieron terminado. Una última vez, sin rastro de amor ni de ternura. "Para que la recuerdes tal como era de verdad", me dijo, y yo debería haberme negado, pero la polla me traicionó e hice lo que me mandaba»—. Después mi padre consiguió que anularan el matrimonio. Según dijo el Septon, fue como si no nos hubiéramos casado. —Le apretó la mano—. Por favor, no volvamos a hablar de la Torre de la Mano. Estarás muy poco tiempo en las cocinas. En cuanto acabemos con Stannis, tendrás otra casa y sedas tan suaves como tus manos.
Shae tenía los ojos muy abiertos, pero Tyrion no podía leer lo que ocultaban.
—Si me paso el día limpiando hornos y fregando platos no tendré las manos suaves —dijo—. ¿Seguiréis queriendo que os toquen cuando estén todas enrojecidas y agrietadas por el calor, la lejía y el jabón?
—Más que nunca —respondió—. Cuando las vea, me recordarán lo valiente que fuiste.
No habría sabido decir si la muchacha lo creía. Shae se limitó a bajar la mirada.
—Haré lo que ordenéis, mi señor.
Era todo lo conforme que iba a estar, al menos de momento, eso era obvio. Le dio un beso en la mejilla que había abofeteado para aliviar el escozor del golpe.
—Haré que vengan a buscarte.
Varys aguardaba en los establos, tal como había prometido, llevaba un caballo renqueante y medio muerto. Tyrion montó, y uno de los mercenarios les abrió las puertas. Cabalgaron en silencio.
«Los dioses me ayuden, ¿por qué le he contado lo de Tysha?», se preguntó. De repente tenía mucho miedo. Había secretos que no se debían confesar jamás, había vergüenzas que un hombre tenía que llevarse a la tumba. ¿Qué quería de ella cuando se lo dijo, que lo perdonara? Y la mirada que Shae le dirigió, ¿qué significaba? ¿Tanto detestaba la sola idea de fregar cazuelas, o era por su confesión? «¿Cómo he podido contarle eso y seguir esperando que me ame? —preguntaba una parte de sí mismo, mientras la otra se burlaba—: No seas idiota, enano, lo que la puta ama es el oro y las joyas.»
El codo herido lo atormentaba, cada vez que el caballo ponía los cascos en el suelo sentía un latigazo de dolor. A veces casi le parecía oír cómo le chirriaban los huesos. Tal vez debiera acudir a un maestre, pedir una pócima que lo aliviara... pero desde que había descubierto la verdad acerca de Pycelle no confiaba en los maestres. Sólo los dioses sabían con quién conspiraban o qué ponían en las pociones que daban.
—Varys, tengo que llevar a Shae al castillo sin que Cersei lo sepa —dijo. Le narró a grandes rasgos su plan de que trabajara en las cocinas. Cuando terminó, el eunuco chasqueó la lengua.
—Haré lo que mi señor ordene, por supuesto, pero... tengo que advertiros que las cocinas están llenas de ojos y oídos. Aunque nadie sospeche de ella, le harán un millar de preguntas. ¿Dónde nació? ¿Quiénes son sus padres? ¿Cómo llegó a Desembarco del Rey? No puede decir la verdad, de modo que tendrá que mentir... y mentir, y mentir. —Miró a Tyrion de reojo—. Además, una marmitona tan joven y bonita despertará lujuria, aparte de curiosidad. La tocarán, la pellizcarán, la acariciarán... Los pinches de cocina se meterán bajo sus mantas por la noche. Algún cocinero solitario querrá casarse con ella. Los panaderos le amasarán los pechos con las manos enharinadas.
—Prefiero que la acaricien a que la apuñalen —dijo Tyrion.
Varys cabalgó en silencio unos instantes.
—Puede que haya otra solución. Da la casualidad de que la doncella que atiende a la hija de Lady Tanda le ha estado sisando joyas. Si informo a Lady Tanda, la despedirá de inmediato. Y a su hija le hará falta una nueva doncella.
—Comprendo. —A Tyrion le gustó la idea de inmediato. La doncella de una dama llevaba ropas mejores que una pinche de cocina, y tal vez hasta alguna joya. Shae estaría encantada. Además, Cersei opinaba que Lady Tanda era tediosa e histérica, y Lollys una estúpida sin remedio. Seguro que no iría a visitarlas a menudo.
—Lollys es muy tímida y confiada —dijo Varys—. Aceptará la historia que le cuente. Desde que la muchedumbre le arrebató la virginidad tiene miedo de salir de sus habitaciones, de manera que nadie verá mucho a Shae... pero al mismo tiempo estará cerca cuando necesitéis consuelo en sus brazos.
—Sabéis tan bien como yo que la Torre de la Mano está vigilada. Si la doncella de Lollys empieza a visitarme por las noches, Cersei sentirá curiosidad.
—Yo podría llevar a la joven a vuestras habitaciones sin que la vieran. La casa de Chataya no es la única que tiene pasadizos.
—¿Un acceso secreto? ¿A mis habitaciones? —Tyrion estaba más molesto que sorprendido. ¿Por qué habría ordenado Maegor el Cruel matar a todos los que habían trabajado en la construcción de su castillo, si no fuera para preservar esos secretos?—. Me lo tendría que haber imaginado. ¿Dónde está la puerta? ¿En el estudio? ¿En el dormitorio?
—Ay, amigo mío, no querréis obligarme a revelar todos mis secretitos, ¿verdad?
—A partir de ahora consideradlos nuestros secretitos, Varys. —Tyrion alzó la vista para mirar al eunuco, con su maloliente atuendo de mendigo—. Suponiendo que estéis de mi lado, claro.
—¿Acaso lo dudáis?
—Por supuesto que no, confío en vos de manera implícita. —Una carcajada amarga resonó contra los postigos de las ventanas—. De hecho, confío en vos como si fuerais de mi sangre. Bien, contadme cómo murió Cortnay Penrose.
—Se dice que se tiró de una torre.
—¿Que se tiró? No, eso no me lo creo.
—Los guardias no vieron entrar a nadie en sus habitaciones, ni encontraron a nadie después.
—Será porque el asesino había entrado antes y se había escondido bajo la cama —sugirió Tyrion—. O bajó del tejado con una soga y se metió por la ventana. O puede que los guardias mientan. ¿Quién nos dice que no fueron ellos quienes lo mataron?
—Sin duda tenéis razón, mi señor. —Pero su tono petulante indicaba lo contrario.
—Vos no lo creéis. Entonces, ¿cómo pudo ser?
Varys guardó silencio durante un largo momento. Sólo se oía el sonido rítmico de las herraduras de los caballos contra los adoquines. Por último, carraspeó para aclararse la garganta.
—Mi señor, ¿creéis en los poderes antiguos?
—¿Como la magia, queréis decir? —replicó Tyrion con impaciencia—. ¿Hechizos de sangre, maldiciones, cambios de forma y esas cosas? —Soltó un bufido despectivo—. ¿Insinuáis que a Ser Cortnay lo mataron a golpe de magia?
—La mañana del día en que murió, Ser Cortnay había desafiado a Lord Stannis a un combate singular. Decidme, ¿eso sería propio de un hombre tan desesperado como para matarse horas después? Y también está el asunto de la misteriosa muerte de Lord Renly, en un momento tan adecuado para Stannis, justo cuando su ejército se disponía a acabar con el de su hermano. —El eunuco hizo una pausa—. Mi señor, en cierta ocasión me preguntasteis cómo fui mutilado.
—Lo recuerdo —dijo Tyrion—. No quisisteis hablar del tema.
—Ni quiero ahora, pero... —En aquella ocasión la pausa fue más larga que en la anterior. Cuando volvió a hablar, su voz sonaba diferente—. Era un huérfano aprendiz de cómico. Nuestro amo tenía una pequeña coca, y navegábamos por el mar Angosto para actuar en todas las Ciudades Libres, y a veces también en Antigua y en Desembarco del Rey.
»Un día, cuando estábamos en Myr, cierto hombre vino a ver a nuestra compañía. Después de la actuación hizo a mi amo una oferta por mí, y por lo visto fue demasiado tentadora para rechazarla. Yo estaba aterrado. Temía que aquel hombre quisiera usarme como había oído que hacían algunos hombres con los niños, pero en realidad lo único que quería de mí era mi miembro. Me dio una pócima que me dejó inmovilizado y sin voz, pero que no aturdió mis sentidos. Cogió una navaja larga y curva, y me lo cortó de raíz mientras entonaba un cántico. Lo vi quemar mis partes en un brasero. Las llamas se tornaron azules, y una voz respondió a su llamada, aunque no entendí las palabras que dijo.
»Cuando hubo terminado conmigo, los comediantes ya se habían marchado. Aquel hombre no tenía ningún interés en mí, ya había servido a sus propósitos, de modo que me echó. Le pregunté qué debía hacer, y me dijo que morirme. Por llevarle la contraria, decidí vivir. Mendigué, robé y vendí las partes de mi cuerpo que aún conservaba. Pronto fui el mejor ladrón de todo Myr, y cuando crecí me di cuenta de que a menudo el contenido de la carta que escribe un hombre puede ser más valioso que el contenido de su monedero.
»Pero a menudo sueño con aquella noche, mi señor. No con el hechicero, ni con su navaja, ni siquiera con mis partes ardiendo en el brasero. Sueño con la voz. La voz que salía de las llamas. ¿Qué era? ¿Un dios, un demonio, un truco de conjurador? No sabría deciros, y creo que conozco todos los trucos. Lo único que sé a ciencia cierta es que aquel hombre lo invocó, la voz respondió, y desde aquel día detesto la magia y a todos los que la practican. Si Lord Stannis es uno de ellos, deseo su muerte.
Cuando terminó, cabalgaron en silencio durante largo rato.
—Es una historia pavorosa —dijo Tyrion al final—. Os compadezco.
—Me compadecéis —dijo el eunuco con un suspiro—, pero no me creéis. No, mi señor, no tenéis por qué disculparos. Estaba drogado, el dolor era terrible, todo aquello sucedió hace muchos años, en un lugar muy lejano al otro lado del mar... Sin duda aquella voz la soñé. Yo me lo he repetido un millar de veces.
—Creo en las espadas de acero —dijo Tyrion—, en las monedas de oro y en la astucia de los hombres. Y creo que en el pasado hubo dragones. Al fin y al cabo, he visto sus cráneos.
—Esperemos que no veáis nunca nada peor, mi señor.
—En eso estamos de acuerdo —sonrió Tyrion—. En cuanto a la muerte de Ser Cortnay... bueno, sabemos que Stannis contrató naves mercenarias en las Ciudades Libres. Tal vez contratara también los servicios de un asesino hábil.
—Un asesino muy hábil.
—Los hay así. Cuando era pequeño soñaba con tener dinero para contratar a un Hombre sin Rostro y mandarlo a por mi querida hermana.
—No importa ahora cómo muriera Ser Cortnay —dijo Varys—. El caso es que está muerto y el castillo ha caído. Stannis es libre para marchar contra nosotros.
—¿Tenemos alguna posibilidad de convencer a los dornienses para que bajen a las Marcas? —preguntó Tyrion.
—Ninguna.
—Lástima. En fin, al menos la amenaza hará que los señores de las Marcas se queden más cerca de sus castillos. ¿Se sabe algo de mi padre?
—Si Lord Tywin ha ganado la otra orilla del Forca Roja, a mí no me ha llegado la noticia. Pero, si no se da prisa, podría quedar atrapado entre sus enemigos. Al norte del Mander se ha visto la hoja de los Oakheart y el árbol de los Rowan.
—¿Y qué hay de Meñique?
—Puede que no llegara a Puenteamargo. O puede que lo mataran allí. Lord Tarly ha tomado las líneas de aprovisionamiento de Renly, y ha pasado a muchos hombres por la espada, sobre todo a los de Florent. Lord Caswell se ha encerrado en su castillo.
Tyrion, sin poder contenerse más, soltó una carcajada. Varys tiró de las riendas, perplejo.
—¿Mi señor?
—¿No veis lo gracioso que es esto, Lord Varys? —Tyrion hizo un gesto en dirección a las ventanas cerradas, a la ciudad durmiente—. Bastión de Tormentas ha caído, y Stannis se acerca con fuego, acero y sólo los dioses saben qué poderes misteriosos; el pueblo no tiene a Jaime para que los proteja, ni a Robert, ni a Renly, ni a Rhaegar, ni a su querido Caballero de las Flores. Sólo a mí, al que odia. —Se echó a reír de nuevo—. El enano, el consejero malvado, el mono deforme, el demonio... Yo soy todo lo que se interpone entre el caos y ellos.

CATELYN

—Dile a nuestro padre que he partido para que esté orgulloso de mí.
Su hermano montó a caballo, señorial de los pies a la cabeza con su brillante armadura y la capa azul y roja. En la cresta del yelmo había una trucha de plata, idéntica a la que aparecía en su escudo.
—Siempre ha estado orgulloso de ti, Edmure. Y te quiere con todo su corazón. Puedes estar seguro.
—Pienso darle mejores motivos que el simple hecho de llevar su sangre. —Hizo dar la vuelta a su corcel de guerra y alzó una mano. Las trompetas sonaron, un tambor empezó a retumbar, el puente levadizo descendió a trompicones, y Ser Edmure Tully, a la cabeza de sus hombres, salió de Aguasdulces con las lanzas levantadas y los estandartes al viento.
«Yo tengo un ejército más grande que el tuyo, hermano —pensó Catelyn mientras los veía alejarse—. Un ejército de dudas y temores.»
A su lado, la desolación de Brienne era casi palpable. Catelyn había ordenado que le tejieran vestidos a su medida, hermosas túnicas más adecuadas para su sexo y su noble cuna, pero la joven seguía prefiriendo vestir armadura y coraza, y ceñirse la cintura con el cinto de la espada. Sin duda habría estado más satisfecha si hubiera podido partir a la guerra con Edmure, pero hasta unos muros tan fuertes como los de Aguasdulces tenían que defenderse con espadas. Su hermano se había llevado hacia los vados a todos los hombres aptos, y dejaba allí a Ser Desmond Grell al mando de una guarnición de heridos, ancianos y enfermos, además de unos cuantos escuderos y muchachos campesinos que eran casi niños. Eso para defender un castillo atestado de mujeres y niños.
—¿Qué hacemos ahora, mi señora? —preguntó Brienne cuando el último soldado de Edmure hubo pasado bajo el rastrillo.
—Cumplir con nuestro deber.
Catelyn echó a andar por el patio, con el rostro tenso. «Siempre he cumplido con mi deber.» Tal ver por eso su padre siempre la consideró la mejor de todos sus hijos. Sus dos hermanos mayores habían muerto muy pequeños, así que para él fue tanto hijo como hija hasta que nació Edmure. Entonces murió su madre, y su padre le dijo que le correspondía ser la señora de Aguasdulces. También lo hizo. Y cuando Lord Hoster la comprometió con Brandon Stark, le dio las gracias por un matrimonio tan espléndido.
«Le di mi prenda a Brandon y no volví a acercarme a Petyr después de que lo hirieran, ni me despedí de él. Y cuando Brandon fue asesinado y mi padre me dijo que tenía que casarme con su hermano, lo hice de buena gana, aunque no le había visto la cara a Ned ni se la vi hasta el día de la boda. Entregué mi virginidad a aquel desconocido solemne y lo despedí para que fuera a su guerra, con su rey y con la mujer que le dio un bastardo. Porque yo siempre cumplo con mi deber.»
Sus pasos la llevaron al sept, un templo de arenisca de siete paredes situado en medio de los jardines de su madre, e iluminado por una luz multicolor. Cuando Catelyn llegó, estaba abarrotado de gente; no era la única que necesitaba el consuelo de la plegaria. Se arrodilló ante la imagen en mármol pintado del guerrero, y encendió una vela por Edmure y otra por Robb, que estaba más allá de las colinas. «Protégelos y condúcelos a la victoria —rezó—, y lleva la paz a las almas de los que mueran y consuelo a los que dejan atrás.»
Mientras estaba rezando entró el septon con el incensario y el cristal, de manera que Catelyn se quedó para la ceremonia. No conocía a aquel septon, un joven de la edad de Edmure. Cumplía bien sus funciones, y tenía una voz profunda y agradable con la que entonó las alabanzas a los Siete, pero ella echó de menos el tono tembloroso del septon Osmynd, muerto hacía ya mucho. Osmynd habría escuchado con paciencia el relato de lo que había visto y sentido en el pabellón de Renly, tal vez incluso habría sabido qué significaba todo aquello y qué debía hacer para que reposaran las sombras que la perseguían en sus sueños.
«Osmynd, mi padre, el tío Brynden, el anciano maestre Kym... Siempre parecían saberlo todo, pero ahora sólo quedo yo, y por lo visto no sé nada, ni siquiera cuál es mi deber. ¿Cómo puedo cumplir con mi deber si no sé en qué consiste?»
Cuando se levantó, Catelyn sentía las rodillas entumecidas, pero no había encontrado las respuestas que anhelaba. Tal vez aquella noche fuera al bosque de dioses, para rezar también a los dioses de Ned. Eran más antiguos que los Siete.
En el exterior se oía un canto muy diferente. Rymund de las Rimas estaba junto a la cervecería, sentado en medio de un círculo de atentos oyentes, y cantaba con voz profunda la canción de Lord Deremond en el Prado Sangriento.
Y allí estaba él, espada en mano,
el último de los diez de Darry...
Brienne se detuvo un momento para escuchar, con los anchos hombros encorvados y los brazos gruesos cruzados sobre el pecho. Un grupo de niños andrajosos pasó junto a ellos, chillando y atacándose con palos. «¿Por qué a los niños les gusta tanto jugar a la guerra?» Catelyn se preguntó si Rymund conocería la respuesta. La voz del bardo subió de volumen al acercarse el final de la canción.
Y la hierba roja bajo sus pies,
y rojos al viento sus estandartes,
y rojo el brillo del sol poniente,
que lo bañaba con su luz.
Venid, venid gritó el gran señor—,
que aún tiene hambre mi espada.
Y con un grito de rabia salvaje
cruzaron el riachuelo como un enjambre...
—Luchar es mejor que quedarse aquí esperando —dijo Brienne—. Cuando se lucha no se siente tanta impotencia. Se tiene un caballo y una espada, o a veces un hacha. Si se lleva armadura es difícil que te hagan daño.
—En las batallas mueren caballeros —le recordó Catelyn.
—Y en los partos mueren damas —replicó Brienne, mirándola con aquellos hermosos ojos azules—, y nadie compone canciones en su honor.
—Los hijos son otro tipo de batalla. —Catelyn echó a andar por el patio—. Una batalla sin estandartes ni cuernos de guerra, pero no menos violenta. Llevar al niño en el vientre, traerlo al mundo... supongo que vuestra madre os habrá hablado del dolor...
—No conocí a mi madre —dijo Brienne—. Mi padre tenía damas... una dama diferente cada año, pero...
—No eran damas —replicó Catelyn—. Y por duro que sea el parto, Brienne, lo que viene después es aún peor. A veces me siento como si me estuvieran despedazando. Querría ser cinco a la vez, una por cada uno de mis hijos, para protegerlos a todos.
—¿Y quién os protege a vos, mi señora?
—Pues los hombres de mi Casa, claro —dijo Catelyn con una sonrisa lánguida—. O eso me enseñó mi señora madre. Mi padre, mi hermano, mi tío, mi esposo, todos me protegen. Pero mientras estén lejos, vos tendréis que ocupar su lugar, Brienne.
—Lo intentaré, mi señora —dijo la joven inclinando la cabeza.
Más tarde, aquel mismo día, el maestre Vyman fue a llevarle una carta. Lo recibió de inmediato con la esperanza de que fueran noticias de Robb, o tal vez de Ser Rodrik en Invernalia, pero resultó que el mensaje era de un tal Lord Meadows, que decía ser el castellano de Bastión de Tormentas. Iba dirigida a su padre, su hermano, su hijo, o «quienquiera que esté al mando en Aguasdulces». Ser Cortnay Penrose, según decía la carta, había muerto, y Bastión de Tormentas había abierto sus puertas a Stannis Baratheon, el soberano legítimo. La guarnición del castillo le había rendido las espadas, y hasta el último hombre juró lealtad a su causa, y nadie sufrió daño alguno.
—Excepto Cortnay Penrose —murmuró Catelyn. No había llegado a conocerlo, pero lamentaba la noticia de su muerte—. Robb tiene que enterarse de esto cuanto antes —dijo—. ¿Sabemos dónde está?
—Las últimas noticias decían que avanzaba hacia el Risco, el asentamiento de la Casa Westerling —dijo el maestre Vyman—. Si envío un cuervo a Marcaceniza puede que envíen un jinete en su busca y los alcance.
—Hacedlo.
Una vez el maestre se hubo marchado, Catelyn volvió a leer la carta.
—Lord Meadows no dice nada del bastardo de Robert —confió a Brienne—. Supongo que habrá entregado al chico como ha hecho con la fortaleza. Aunque reconozco que no comprendo por qué Stannis tiene tanto interés en él.
—Puede que tema que aspire al trono.
—¿Un bastardo? No, es otra cosa... ¿qué aspecto tiene ese chico?
—Siete u ocho años, guapo, con el pelo negro y los ojos muy azules. Las visitas a veces creían que era hijo del propio Renly.
—Y Renly se parecía a Robert. —Catelyn empezó a comprender—. Stannis tiene intención de exhibir por todo el reino al bastardo de su hermano, para que todos vean a Robert en su rostro, y se pregunten por qué Joffrey no tiene ese parecido.
—¿Tanto importa eso?
—Los partidarios de Stannis dirán que es una prueba. Los partidarios de Joffrey dirán que no significa nada.
Sus propios hijos tenían más de Tully que de Stark en su físico. La única con rasgos semejantes a los de Ned era Arya. «Y Jon Nieve, pero ése no es mío. —Pensó en la madre de Jon, el amor sombrío y secreto del que su esposo nunca quiso hablarle—. ¿Llorará por Ned igual que lloro yo? ¿O lo odiará por haber abandonado su lecho y haber vuelto al mío? ¿Reza por su hijo como yo he rezado por los míos?»
Eran pensamientos desagradables y además, fútiles. Si Jon había nacido del vientre de Ashara Dayne de Campoestrella, como murmuraban algunos, aquella dama llevaba mucho tiempo muerta; si no, Catelyn no tenía idea de quién podía ser su madre. Y ya tampoco importaba. Ned estaba muerto, y todos sus amores y secretos habían desaparecido con él.
Pero era impresionante lo extraño del comportamiento de los hombres cuando se trataba de sus hijos bastardos. Ned siempre había protegido extremadamente a Jon, y Ser Cortnay Penrose había dado la vida por el tal Edric Tormenta; en cambio a Roose Bolton su bastardo le importaba menos que uno de los perros que tenía, a juzgar por el tono de la carta extraña y fría que Edmure había recibido de él, hacía menos de tres días. Siguiendo sus órdenes, había cruzado el Tridente y marchaba hacia Harrenhal. «Un castillo fuerte y con una buena guarnición, pero Su Alteza lo tendrá aunque para ello tenga que matar a todos sus ocupantes.» Esperaba que Su Alteza valorase tal hazaña para compensar los crímenes de su hijo bastardo, al que Ser Rodrik Cassel había ejecutado. «Destino que sin duda merecía —había escrito Bolton—. La sangre sucia siempre es traicionera, y Ramsay era taimado, codicioso y cruel por naturaleza. Me satisface haberme librado de él. Los hijos legítimos que mi joven esposa me ha prometido no habrían estado a salvo mientras él viviera.»
El sonido de unas pisadas apresuradas ante la puerta apartó de su mente aquellos pensamientos morbosos. El escudero de Ser Desmond entró en la estancia jadeante y se arrodilló.
—Mi señora... Lannister... al otro lado... río.
—Respira hondo, hijo, y cuéntamelo todo despacio.
El muchacho hizo lo que le había dicho.
—Una columna de hombres con armaduras —informó—. Al otro lado del Forca Roja. Ondean un unicornio púrpura bajo el león de los Lannister.
«Alguno de los hijos de Lord Brax.» Brax había acudido a Aguasdulces en cierta ocasión cuando era niña, para proponer el matrimonio de uno de sus hijos con Lysa o con ella. Se preguntó si sería el mismo hijo el que estaba allí ahora, al frente del ataque.
Cuando subió a las almenas para reunirse con Ser Desmond, éste le dijo que los Lannister habían partido del sudeste bajo un mar de estandartes.
—Son unos cuantos jinetes, nada más —le aseguró—. El grueso de las fuerzas de Lord Tywin está mucho más al sur. Aquí no corremos peligro.
Al sur del Forca Roja las tierras se extendían llanas y amplias. Desde la torre del vigía, el paisaje que alcanzaba a ver Catelyn abarcaba kilómetros. Aun así, sólo se veía el vado más cercano. Edmure había confiado su defensa a Lord Jason Mallister, y también la de los otros tres, río arriba. Los jinetes Lannister se agrupaban indecisos cerca del agua, con los estandartes escarlatas y plateados ondeando al viento.
—No son más de cincuenta, mi señora —calculó Ser Desmond.
Catelyn vio cómo los jinetes formaban en una larga línea. Los hombres de Lord Jason esperaban para recibirlos detrás de las rocas y la hierba del altozano. Al toque de una trompeta, los jinetes emprendieron el trote por el agua, levantando salpicaduras en la corriente. Durante un momento ofrecieron un espectáculo impresionante, con las armaduras brillantes, los estandartes al viento, y el sol arrancando destellos de las puntas de sus lanzas.
—Ahora —oyó murmurar a Brienne.
Lo que sucedió a continuación fue difícil de distinguir, pero los relinchos de dolor de los caballos les llegaban a pesar de la distancia, y a Catelyn le pareció distinguir también el chasquido del acero contra el acero. Uno de los estandartes desapareció de repente cuando su portador se hundió en las aguas, y el primer cadáver no tardó en pasar ante los muros, arrastrado por la corriente. Los Lannister ya habían retrocedido en medio de la confusión. Los vio reagruparse, conferenciar durante unos momentos y volver al galope por el camino por donde habían llegado. Los hombres de la muralla les gritaron en torno burlón, pero estaban demasiado lejos para oírlos.
Ser Desmond se dio una palmadita en el vientre.
—Ojalá Lord Hoster lo hubiera visto. Este espectáculo le habría dado ganas de bailar.
—Por desgracia mi padre ya no volverá a bailar —dijo Catelyn—, y esta pelea no ha hecho más que empezar. Los Lannister volverán. Y Lord Tywin tiene el doble de hombres que mi hermano.
—Como si tuviera diez veces más, no importa —replicó Ser Desmond—. La ribera oeste del Forca Roja es más alta, mi señora, y está muy bien protegida por estacas. Nuestros arqueros están bien resguardados y tienen buen ángulo de tiro... Y si por casualidad lograran abrir una brecha, Edmure tendrá preparados a sus mejores caballeros, listos para acudir adonde más los necesiten. El río los contendrá.
—Rezo por que tengáis razón —dijo Catelyn con gravedad.
Aquella noche regresaron. Había dado órdenes de que la despertaran de inmediato si el enemigo volvía, y ya era bien pasada la medianoche cuando una criada la tocó en el hombro con delicadeza. Catelyn se incorporó de inmediato.
—¿Qué pasa?
—Otra vez el vado, mi señora.
Catelyn se echó por encima una bata y subió al tejado del torreón. Desde allí se divisaban las murallas y el río iluminado por la luna, donde estaba teniendo lugar la batalla. Los defensores habían encendido hogueras a lo largo de la orilla, y tal vez los Lannister creían que los iban a sorprender deslumbrados o distraídos. Si era así, estaban muy equivocados. La oscuridad era, en el mejor de los casos, un aliado poco fiable. Los hombres que se adentraron en el río a pie caían en pozas invisibles, o se destrozaban los pies con las estacas ocultas. Los arqueros de Mallister les enviaron una lluvia de flechas incendiarias, que cruzaron el río silbando. Desde lejos, era un espectáculo de extraña belleza. Un hombre, atravesado por una docena de flechas, con las ropas en llamas, giraba y se agitaba con el agua a la altura de las rodillas, hasta que por último cayó y la corriente lo arrastró. Cuando el cuerpo pasó junto a las murallas de Aguasdulces, tanto el fuego como su vida se habían extinguido.
«Una victoria pequeña —pensó Catelyn cuando la batalla terminó y los enemigos supervivientes se perdieron en la noche—, pero victoria al fin y al cabo.» Mientras bajaban por la escalera de caracol del torreón, pidió a Brienne que le dijera qué opinaba.
—Esto no ha sido más que un roce del dedo de Lord Tywin, mi señora —dijo la joven—. Nos está sondeando, busca un punto débil, un paso mal defendido. Si no lo encuentra, cerrará los dedos para formar un puño, y lo intentará crear. —Brienne encogió los hombros—. Eso es lo que haría yo en su lugar. —Puso la mano en el puño de la espada y le dio una palmadita, como si quisiera asegurarse de que la tenía allí.
«Si llega el caso, que los dioses nos ayuden», pensó Catelyn. Pero no había nada que pudiera hacer. La batalla de Edmure se libraba junto al río; la suya, en el interior de aquel castillo.
A la mañana siguiente, mientras desayunaba, hizo llamar al anciano mayordomo de su padre, Utherydes Wayn.
—Haced que le lleven una jarra de vino a Ser Cleos Frey —dijo—. Tengo intención de interrogarlo pronto y quiero que tenga la lengua bien suelta.
—Como ordenéis, mi señora.
Poco después llegó un jinete con el águila de los Mallister bordada sobre el pecho. Portaba un mensaje de Lord Jason en el que se hablaba de otra escaramuza y otra victoria. Ser Flement Brax había tratado de cruzar por otro vado, seis leguas más al sur. En esta ocasión los Lannister, armados con lanzas cortas, avanzaron a pie por el río en formación, pero los arqueros de Mallister enviaron una lluvia de flechas en parábola por encima de sus escudos, y los escorpiones que Edmure había montado en la ribera lanzaron piedras pesadas que rompieron la formación.
—Dejaron una docena de muertos en el agua, sólo dos llegaron a la orilla, y allí nos encargamos de ellos —informó el jinete. También les habló de combates corriente arriba, donde Lord Karyl Vance defendía los vados—. Esos intentos fueron anulados de la misma manera, y nuestros enemigos pagaron un alto precio.
«Puede que Edmure sea más inteligente de lo que creía —pensó Catelyn—. Todos los señores consideraron que sus planes de batalla eran lógicos, ¿por qué estaba yo tan ciega? Mi hermano ya no es el niño pequeño que yo recuerdo. Igual que Robb.»
Esperó hasta que atardeciera para ir a visitar a Ser Cleos Frey. Cuanto más esperase, más borracho lo encontraría. Cuando entró en la celda de la torre, Ser Cleos se arrodilló, inseguro.
—Mi señora, no sabía nada de ninguna fuga. El Gnomo dijo que un Lannister debía tener una escolta Lannister, os lo juro por mi honor de caballero...
—Levantaos, ser. —Catelyn se sentó—. Sé que un nieto de Walder Frey jamás rompería un juramento. —«A no ser que ganara algo con ello»—. Mi hermano me ha dicho que traéis los términos de una oferta de paz.
—Así es. —Ser Cleos se puso en pie. Se tambaleaba de una manera que a Catelyn le pareció muy satisfactoria.
—Contádmelo todo —ordenó, y él así lo hizo.
Cuando hubo terminado, Catelyn tenía el ceño fruncido. Edmure estaba en lo cierto, aquellos términos eran una locura, excepto...
—¿Lannister intercambiará a Arya y a Sansa por su hermano?
—Sí. Estaba sentado en el Trono de Hierro cuando lo juró.
—¿Ante testigos?
—Ante toda la corte, mi señora. Y ante los dioses. Se lo dije a Ser Edmure, pero me respondió que no era posible, que su alteza Robb no accedería jamás.
—Os dijo la verdad. —Y ni siquiera podía decir que Robb hacía mal. Arya y Sansa no eran más que niñas. El Matarreyes, vivo y libre, era el hombre más peligroso del reino. Aquel camino no llevaba a ninguna parte—. ¿Visteis a mis hijas? ¿Las tratan bien?
Ser Cleos titubeó.
—Sí, yo... estaban... parecían...
«Está tratando de inventar una mentira, pero el vino lo atonta», comprendió Catelyn.
—Ser Cleos —dijo con voz fría—, cuando vuestros hombres intentaron traicionarnos, perdisteis los derechos que os concedía el estandarte de paz. Si me mentís, juro que os haré colgar en los muros junto a los otros, podéis estar seguro. Os lo preguntaré una vez más, ¿visteis a mis hijas?
El hombre tenía la frente empapada de sudor.
—Vi a Sansa en la corte el día que Tyrion me transmitió los términos de paz. Estaba muy hermosa, mi señora. Quizás un poco... pálida. En realidad, demacrada.
«A Sansa, pero no a Arya.» Aquello podía significar cualquier cosa. Arya siempre había sido más difícil de controlar. Tal vez Cersei no quería que la vieran en la corte, por miedo a lo que pudiera hacer o decir. Tal vez la tenían encerrada para que nadie la viera. «O tal vez la han matado.» Catelyn trató de no pensar en aquello.
—Decís que los términos de paz son de Tyrion... pero Cersei es la reina regente.
—Tyrion hablaba en nombre de los dos. La reina no estaba presente. Aquel día se encontraba indispuesta, según me dijeron.
—Es curioso. —Catelyn recordó el espantoso viaje por las Montañas de la Luna, y cómo Tyrion Lannister había conseguido seducir a aquel mercenario para que dejara de estar a su servicio y fuera leal a él. «El enano es demasiado astuto. —No sabía cómo había sobrevivido al viaje por el camino alto después de que Lysa lo echara del Valle, pero nada la sorprendía—. Al menos no tuvo nada que ver con la muerte de Ned. Y cuando los hombres de los clanes nos atacaron, corrió en mi defensa. Si pudiera confiar en su palabra...»
Abrió las manos para mirarse las cicatrices de los dedos. «Son las marcas de su daga —se recordó—. Su daga, en la mano del asesino al que había pagado para que matara a Bran.» Aunque el enano lo había negado todo, claro. Y lo siguió negando incluso cuando Lysa lo encerró en una de las celdas del cielo y lo amenazó con la Puerta de la Luna.
—Mintió —dijo al tiempo que se levantaba bruscamente—. Los Lannister son unos mentirosos, del primero al último, y el enano es el peor de todos. El asesino iba armado con su cuchillo.
—No sé nada de ningún... —Ser Cleos la miraba fijamente.
—No sabéis nada —reconoció. Y salió de la celda. Brienne la siguió en silencio. «Para ella es mucho más fácil», pensó Catelyn con un aguijonazo de envidia. En ese sentido era igual que un hombre. Para los hombres la respuesta siempre era la misma, y por lo general implicaba una espada. Para las mujeres, para las madres, el camino era más duro y difícil de discernir.
Cenó tarde en la sala principal junto con toda su guarnición, para transmitirles todo el valor que pudiera. Rymund de las Rimas cantó durante todo el banquete, así que Catelyn no tuvo que hablar. Terminó el recital con la canción que había compuesto en honor a la victoria de Robb en Cruce de Bueyes. «Y las estrellas de la noche fueron los ojos de sus lobos, y el viento mismo fue su canción.» Entre verso y verso Rymund echaba la cabeza hacia atrás y aullaba, y al final la mitad de los presentes aullaban también, incluso Desmond Grell, que había bebido demasiado. Las voces despertaban ecos en las vigas.
«Que canten, si eso les da valor», pensó Catelyn, que no hacía más que juguetear con su copa de plata.
—En el Castillo del Crepúsculo, cuando yo era niña, siempre había un bardo —dijo Brienne en voz baja—. Yo me aprendía todas las canciones de memoria.
—Igual que Sansa, aunque la verdad es que a Invernalia llegaban pocos bardos, porque estaba muy al norte. —«Y yo le dije que en la corte habría bardos. Le dije que oiría todo tipo de música, que su padre le buscaría un maestro para que la enseñara a tocar el arpa. Los dioses me perdonen.»
—Hubo una vez una mujer... —siguió Brienne—. Venía de algún lugar al otro lado del mar Angosto. No sé en qué idioma cantaba, pero tenía una voz tan hermosa como su rostro. Sus ojos eran del color de ciruelas, y su cintura tan fina que mi padre se la podía rodear con las manos. Tenía unas manos casi tan grandes como las mías, claro. —Apretó los dedos largos y gruesos, como si quisiera esconderlos.
—¿Cantabais para vuestro padre? —preguntó Catelyn.
Brienne hizo un gesto de negación con la cabeza, sin apartar la vista del pan relleno de guiso, como si esperase encontrar alguna respuesta en la salsa.
—¿Y para Lord Renly?
La muchacha se puso roja.
—No, jamás... su bufón... me gastaba bromas muy crueles de vez en cuando, y no...
—Algún día tenéis que cantar para mí.
—No... por favor, mi señora, no tengo talento. —Brienne se levantó—. Perdonadme. Pido permiso para retirarme.
Catelyn asintió. La muchacha desgarbada salió del salón a largas zancadas, sin que nadie se fijara en ella en medio del jolgorio general. «Que los dioses la acompañen», pensó al tiempo que, desganada, volvía a centrarse en la cena.
Pasaron tres días antes de que llegara el golpe que había predicho Brienne, y cinco antes de que se enterasen. Catelyn estaba sentada al lado de su padre cuando llegó el mensajero de Edmure. Tenía la armadura abollada, las botas llenas de polvo y un desgarrón en la casaca, pero la expresión de su rostro cuando se arrodilló ante ella bastó para que supiera que traía buenas noticias.
—Victoria, mi señora.
Le tendió la carta de Edmure. Las manos de Catelyn temblaban al romper el sello.
Según decía su hermano, Lord Tywin había tratado de cruzar por la fuerza una docena de vados diferentes, pero en todas las ocasiones lo obligaron a retroceder. Lord Lefford se había ahogado; el caballero Crakehall, llamado Jabalí, estaba prisionero; Ser Addam Marbrand había tenido que retirarse tres veces... pero la batalla más encarnizada tuvo lugar en Molino de Piedra, donde Ser Gregor Clegane había encabezado el ataque. Perdió tantos hombres y tantos caballos que los cadáveres estuvieron a punto de represar el curso del río. Al final, la Montaña consiguió llegar a la orilla oeste con un puñado de sus mejores hombres, pero en aquel momento Edmure lanzó a sus reservas contra ellos, con lo que los obligaron a retroceder en desbandada, derrotados y malheridos. El propio Ser Gregor había perdido su caballo, y tuvo que volver a cruzar el Forca Roja sangrando por una docena de heridas, mientras caía sobre él una lluvia de flechas y piedras.
«No cruzarán, Cat —había garabateado Edmure—. Lord Tywin avanza hacia el sudoeste. Puede que sea una estratagema, o una retirada en toda regla, pero no importa. No cruzarán, te lo juro.»
Ser Desmond Grell estaba eufórico.
—Ah, ojalá hubiera estado con él —dijo el anciano caballero cuando Catelyn le leyó la carta—. ¿Dónde estará ese imbécil de Rymund? De aquí hay que sacar una canción, por los dioses que sí, y hasta Edmure la querrá oír. «El molino que molió la montaña.» Casi podría escribirla yo, si tuviera el talento de un bardo.
—No quiero saber nada de canciones hasta que no acaben las batallas —replicó Catelyn, quizá con excesiva brusquedad.
Pero permitió que Ser Desmond hiciera correr la voz, y asintió cuando le propuso abrir unos cuantos barriles de vino en honor a Molino de Piedra. En Aguasdulces los ánimos estaban bajos y la tensión se palpaba, a todos les sentaría bien un poco de vino y de esperanza. Aquella noche los sonidos de la celebración resonaron en todo el castillo.
—¡Aguasdulces! —gritaban los campesinos—. ¡Tully! ¡Tully!
Habían llegado allí asustados e indefensos, y su hermano los dejó entrar cuando la mayoría de los señores les habrían cerrado las puertas. Sus aclamaciones se filtraban por las ventanas, y se colaban por debajo de las pesadas puertas de secuoya. Rymund tocaba la lira acompañado por un par de tamborileros y un joven con un caramillo. Catelyn oía risas infantiles y la charla emocionada de los muchachitos novatos que su hermano había dejado como guarnición. Eran sonidos agradables... pero no la conmovían. No conseguía compartir su felicidad.
En las estancias de su padre encontró un gran libro de mapas encuadernado en piel, y lo abrió para estudiar las tierras de los ríos. Localizó el Forca Roja, y siguió su curso a la titilante luz de la vela. «Avanza hacia el sudeste», pensó. Seguramente a aquellas alturas ya habría llegado a la cabecera del río Aguasnegras.
Cerró el libro, todavía más inquieta que antes. Los dioses les habían concedido una victoria tras otra. En Molino de Piedra, en Cruce de Bueyes, en la Batalla de los Campamentos, en el Bosque Susurrante...
«Pero, si estamos ganando, ¿cómo es que tengo tanto miedo?»

BRAN

El sonido fue apenas un leve tintineo y el raspar del acero contra la piedra. Alzó la cabeza que tenía apoyada sobre las patas delanteras, levantó las orejas y olfateó el aire de la noche.
La lluvia nocturna había despertado un centenar de olores adormecidos, los había madurado y devuelto su fuerza. Hierba y zarzal, moras aplastadas en el suelo, barro, gusanos, hojas podridas, una rata que correteaba entre los arbustos... Le llegó el olor negro y desigual del pelaje de su hermano, y otro más penetrante y cobrizo, el de la sangre de la ardilla que había matado. Por las ramas de los árboles se movían otras ardillas que olían a pelo mojado y a miedo, y arañaban la corteza de los árboles con sus patitas. El sonido había sido muy semejante a aquél.
Lo volvió a oír, un tintineo y un chirrido. Se puso en pie. Irguió las orejas y levantó la cola. Lanzó un aullido, un grito largo, profundo y estremecedor, capaz de despertar a los durmientes, pero los montones de hombre-roca estaban oscuros y muertos. Una noche tranquila y húmeda, una noche que mantenía a los hombres en sus agujeros. La lluvia había cesado, pero los hombres seguían refugiados de la humedad, agrupados junto a los fuegos de sus cuevas de piedras amontonadas.
Su hermano apareció entre los árboles; se movía casi con tanto sigilo como el otro hermano al que recordaba remotamente, el blanco de los ojos de sangre. Los ojos de este hermano eran estanques de sombras, pero el pelaje de su cuello estaba erizado. Él también había oído los sonidos, y sabía que significaban que había un peligro inminente.
Se oyó de nuevo el tintineo y el chirrido, seguidos en esta ocasión por el movimiento suave y rápido de los pies de piel sobre la piedra. El viento le llevó un jirón de olor-hombre que no conocía. «Desconocido. Peligro. Muerte.»
Corrió hacia el sonido, seguido por su hermano. Las guaridas de piedra se alzaban ante ellos, con muros húmedos y resbaladizos. Mostró los dientes, pero el hombre-roca no se fijó. Ante ellos se alzaba imponente una puerta, con una serpiente de hierro negro enroscada en torno a los barrotes. Chocó contra ella, la puerta se estremeció, y la serpiente reptó, tintineó y resistió. A través de los barrotes vio la larga madriguera de piedra que discurría entre las murallas, hasta el patio también de piedra, pero no había manera de pasar. Lo único que podía meter entre los barrotes era el hocico. Su hermano y él habían intentado muchas veces romper a dentelladas los huesos negros de la verja, pero eran duros. También habían tratado de excavar para pasar por debajo, pero había grandes piedras lisas, medio cubiertas de tierra y hojas caídas.
Paseó una y otra vez por delante de la verja, sin dejar de gruñir, y se lanzó contra ella de nuevo. Consiguió moverla un poco, pero no cedió. «Cerrada —le susurró algo—. Con cadena.» La voz que no oía, el olor sin olor. El resto de los caminos también estaban cerrados. Cuando se abrían puertas en los muros de hombre-roca, la madera era gruesa y fuerte. No había salida.
«Sí la hay», le dijo la voz susurrante, y fue como si pudiera ver la sombra de un gran árbol cubierto de agujas, que brotaba inclinado de la tierra negra y se alzaba con la altura de diez hombres. Pero al mirar a su alrededor no lo vio. «Al otro lado del bosque de dioses, el centinela, corre, corre...»
A través de la oscuridad de la noche le llegó un grito ahogado, que se interrumpió de repente.
Deprisa, deprisa, volvió corriendo hacia los árboles, las hojas húmedas crujían bajo sus patas y las ramas lo azotaban al pasar. Oía las pisadas de su hermano, que lo seguía de cerca. Pasaron junto al árbol corazón y rodearon el estanque frío, atravesaron las zarzas, cruzaron entre robles, fresnos y espinos, llegaron al otro lado del bosque... Y allí estaba, era la sombra que había divisado sin llegar a verla, el árbol inclinado que señalaba hacia los tejados. «Centinela», le llegó el pensamiento, como un rumor.
Recordaba cómo había trepado por él. Las agujas que le arañaban la piel del rostro y le caían sobre el cuello, la savia pegajosa en las manos, el olor intenso y penetrante. Era un árbol al que un niño podía trepar sin dificultades porque estaba muy inclinado, con las ramas tan juntas que casi formaban una escalerilla que iba a dar al tejado.
Gruñó, olfateó el pie del árbol, levantó la pata y lo marcó con un chorro de orina. Una rama baja le rozó la cara, y él le lanzó una dentellada, la retorció y tiró de ella hasta que la madera crujió y se rompió. Se encontró con la boca llena de agujas y del sabor amargo de la savia. Sacudió la cabeza y gruñó otra vez.
Su hermano se sentó sobre los cuartos traseros, echó la cabeza hacia atrás y lanzó un aullido ululante, un cántico negro impregnado de dolor. El camino no era camino. Ellos no eran ardillas, ni cachorros de hombre, no podían trepar por los troncos de los árboles ni agarrarse con zarpas blandas rosadas, con pezuñas torpes. Ellos eran corredores, cazadores, merodeadores.
En medio de la noche, más allá de la cerca de piedra que los encerraba, los perros despertaron y empezaron a ladrar. Primero uno, luego otro, al final todos en un clamor que ensordecía; ellos también lo habían olido. Era el olor a enemigos, a miedo.
Una furia desesperada lo invadió, ardiente como el hambre. Se alejó del muro, saltó entre los árboles, las sombras de las ramas y las hojas moteaban su pelaje gris... y entonces se dio media vuelta y regresó a toda velocidad. Sus patas levantaban del suelo las hojas húmedas y las agujas de pino, y durante un instante fue un cazador y un venado astado huía de él, y él lo veía, lo olía, lo perseguía... El olor del miedo le aceleraba el corazón, la saliva le chorreaba de las mandíbulas, llegó al árbol caído y se lanzó tronco arriba, lanzando zarpazos contra la corteza. Saltó una vez, dos, tres, casi sin aminorar la velocidad, hasta que se encontró en las ramas más bajas. Las ramitas se le enredaban en las patas y le azotaban los ojos, las agujas color verde grisáceo caían a su paso. Tenía que ir más despacio. Algo le trabó una pata y tuvo que liberarse con un gruñido. Bajo él, el tronco era cada vez más estrecho, la pendiente más empinada, casi vertical, y húmeda. La corteza se rompía ante sus zarpazos como si fuera piel frágil. Estaba a un tercio de la cima, a la mitad, más, el tejado estaba casi a su alcance... y entonces pisó con una pata y sintió cómo resbalaba por la curva de la madera húmeda, y de repente se deslizaba, trastabillaba. Lanzó un aullido de miedo y rabia, caía, caía, se retorció, el suelo se precipitaba hacia él para quebrarlo...
Y de pronto Bran volvía a estar en la cama, en la soledad de la habitación de la torre, jadeante y con las mantas revueltas.
¡Verano! —llamó a gritos—. ¡Verano!
Sentía algo parecido al dolor en el hombro, como si hubiera caído sobre él, pero sabía que no era más que la sombra de lo que sentía el lobo.
«Jojen decía la verdad. Soy un hombre bestia. —En el exterior se oían los ladridos lejanos de los perros—. El mar ha llegado. Está entrando por encima de los muros, como vio Jojen.» Bran se agarró a la barra clavada sobre su cabeza, se incorporó y pidió ayuda a gritos. No acudió nadie, y tardó un momento en recordar por qué. Habían quitado al guardia de su puerta. Ser Rodrik necesitaba a todos los hombres en edad de combatir, de modo que en Invernalia había quedado una guarnición simbólica.
El resto se había ido hacía ya ocho días: seiscientos hombres de Invernalia y de las fortalezas más próximas. Cley Cerwyn se les reuniría por el camino con trescientos hombres más, y el maestre Luwin había enviado cuervos por delante para solicitar tropas de refresco en Puerto Blanco, en los Túmulos y hasta en los lugares más adentrados en el Bosque de los Lobos. Un guerrero monstruoso llamado Dagmer Barbarrota estaba atacando la Ciudadela de Torrhen. La Vieja Tata contaba que era inmortal, que una vez un enemigo le había cortado la cabeza en dos con un hacha, pero Dagmer era tan fiero que se juntó las dos mitades con las manos y se las sujetó hasta que se le curaron.
«A lo mejor Dagmer ha ganado.» La Ciudadela de Torrhen estaba a muchos días de viaje de Invernalia, aun así...
Bran se bajó de la cama y se desplazó con la ayuda de las barras hasta llegar a la ventana. Palpó a ciegas hasta que consiguió abrir los postigos. El patio estaba desierto, y todas las ventanas que divisaba se encontraban a oscuras. Invernalia dormía.
—¡Hodor! —gritó con todas sus fuerzas. Seguramente Hodor estaría durmiendo sobre los establos, pero si chillaba muy alto a lo mejor lo oía, o lo oía alguien, quien fuera—. ¡Hodor, ven, corre! ¡Osha! ¡Meera, Jojen, venid! —Bran se puso las manos en torno a la boca para hacer bocina—. ¡Hoooodooor!
Pero cuando la puerta se abrió de golpe a su espalda, el hombre que entró era un completo desconocido para Bran. Vestía un jubón de cuero con discos de hierro superpuestos, y llevaba una daga en una mano y un hacha a la espalda.
—¿Qué quieres? —preguntó Bran, asustado—. Ésta es mi habitación. Sal de aquí.
Theon Greyjoy fue el siguiente en entrar.
—No venimos a hacerte daño, Bran.
—¿Theon? —Bran sintió que se mareaba de puro alivio—. ¿Te ha mandado Robb? ¿Ha venido él también?
—Robb está muy lejos. Ahora no puede ayudarte.
—¿Ayudarme? —Estaba muy confuso—. No me asustes, Theon.
—Ahora soy el príncipe Theon. Los dos somos príncipes, Bran. ¿Quién lo habría dicho? Pero yo me he apoderado de tu castillo, mi príncipe.
—¿De Invernalia? —Bran sacudió la cabeza—. ¡No puedes quedarte con Invernalia!
—Sal de aquí, Werlag. —El hombre de la daga se retiró. Theon se sentó en la cama—. Hice que cuatro hombres saltaran los muros con garfios y cuerdas, y que nos abrieran una poterna a los demás. En estos momentos mis hombres se están ocupando de los tuyos. Invernalia está en mis manos, te lo garantizo.
—¡Pero si eres el pupilo de mi padre! —Bran no lo comprendía.
—Pues ahora tu hermano y tú sois mis pupilos. En cuanto termine la batalla, mis hombres reunirán a los que queden de los tuyos en la sala principal. Tú y yo les dirigiremos la palabra. Les dirás que te rindes y que me entregas Invernalia, y les ordenarás que sirvan y obedezcan a su nuevo señor tal como hacían con el anterior.
—Ni hablar —replicó Bran—. Lucharemos y te echaremos de aquí. No me he rendido, y no voy a decir que me rindo.
—Esto no es ningún juego, Bran, deja de hacer chiquilladas, no te las voy a consentir. El castillo está en mi poder, pero sus ocupantes siguen obedeciéndote a ti. Si el príncipe no quiere que mueran, lo mejor será que haga lo que le digo. —Se levantó y se dirigió hacia la puerta—. Vendrá alguien a vestirte y a llevarte a la sala principal. Piensa bien qué vas a decir.
La espera hizo que Bran se sintiera más impotente que nunca. Se quedó sentado junto a la ventana, contemplando las torres oscuras y los muros negros como las sombras. En cierta ocasión le pareció oír gritos más allá de la sala de la guardia, y algo que tal vez fuera el chocar de espadas, pero no tenía el oído de Verano, ni tampoco su olfato. «Cuando despierto sigo estando roto, pero cuando duermo, cuando soy Verano, puedo correr, pelear, oír, oler...»
Pensaba que quien iría a buscarlo sería Hodor, o tal vez alguna criada, pero cuando se abrió la puerta el que entró fue el maestre Luwin, con una vela en la mano.
—Bran —dijo—. ¿Sabes... qué ha pasado? ¿Te lo han dicho?
Tenía una herida encima del ojo izquierdo, y le corría la sangre por ese lado de la cara.
—Ha venido Theon. Ha dicho que ahora Invernalia es suya.
El maestre dejó la vela y se limpió la sangre de la mejilla.
—Cruzaron el foso a nado. Escalaron los muros con garfios y cuerdas. Llegaron empapados, chorreando, con el acero en la mano. —Se sentó en la silla situada junto a la puerta. Le seguía saliendo sangre del corte sobre la ceja—. Barrigón estaba de guardia, lo sorprendieron en el portón y lo mataron. Pelopaja también está herido. Me dio tiempo a enviar dos cuervos antes de que irrumpieran. El pájaro que iba a Puerto Blanco consiguió escapar, pero al otro lo atravesaron con una flecha. —El maestre no apartaba la vista de las alfombras—. Ser Rodrik se llevó a demasiados de nuestros hombres, pero yo tengo tanta culpa como él. No imaginaba que corriéramos peligro, no supe ver...
«Jojen sí lo vio», pensó Bran.
—Me tenéis que ayudar a vestirme.
—Sí, sí. —Al pie de la cama de Bran había un arcón muy pesado con refuerzos de hierro, del que el maestre sacó ropa interior, unos calzones y una túnica—. Eres el Stark de Invernalia, y el heredero de Robb. Debes vestir como un príncipe. —Empezó a ataviarlo como correspondía a un señor.
—Theon quiere que rinda el castillo —dijo Bran mientras el maestre le sujetaba la capa con su broche favorito, de plata y azabache, en forma de cabeza de lobo.
—No es ninguna deshonra. Un buen señor debe proteger a los suyos. De los lugares crueles nacen personas crueles, Bran, no lo olvides cuando trates con esos hombres del hierro. Tu señor padre hizo lo que pudo para suavizar a Theon, pero llegó tarde, y no fue suficiente.
El hombre del hierro que fue a buscarlos era achaparrado y grueso, con una barba negra como el carbón que le llegaba casi hasta la barriga. Cargó al niño con facilidad, aunque no parecía nada satisfecho con la tarea que le habían encomendado.
El dormitorio de Rickon estaba escaleras abajo. El pequeño de cuatro años estaba de mal humor porque lo habían despertado.
—Quiero que venga mi madre —dijo—. Que venga ya. Y Peludo también.
—Tu madre está muy lejos, mi príncipe —dijo el maestre Luwin mientras le ponía una túnica—. Pero yo estoy aquí, y Bran también.
Cogió a Rickon de la mano y salió con el. Al llegar abajo se encontraron con Meera y Jojen, a los que un hombre calvo con una lanza que era un metro más alta que él había hecho salir de su habitación. Jojen miró a Bran con unos ojos verdes que eran estanques de lástima. Otro hombre del hierro había despertado a los Frey.
—Tu hermano ha perdido su reino —le dijo Walder el Pequeño a Bran—. Ya no eres príncipe, sólo un rehén.
—Igual que tú —dijo Jojen—. Y yo, y todos nosotros.
—No hablaba contigo, comerranas.
Uno de los hombres del hierro los precedía con una antorcha en la mano, pero había empezado a llover de nuevo, y pronto se le apagó. Mientras cruzaban el patio a toda prisa, les llegaron los aullidos de los lobos huargos en el bosque de dioses.
«Espero que Verano no se hiciera daño al caerse del árbol.»
Theon Greyjoy estaba sentado en el trono de los Stark. Se había quitado la capa. Sobre la cota de malla llevaba un chaleco negro adornado con el kraken dorado que era el blasón de su casa. Tenía las manos apoyadas sobre las cabezas de lobos talladas al final de los anchos brazos de piedra del trono.
—Theon se ha sentado en la silla de Robb —dijo Rickon.
—Calla, Rickon.
Bran percibía el peligro que los rodeaba, pero su hermano era demasiado pequeño. Habían encendido unas cuantas antorchas, pero la mayor parte de la sala estaba a oscuras. No tenían dónde sentarse, porque los bancos estaban amontonados contra las paredes, de manera que los habitantes del castillo se encontraban de pie, en pequeños grupos, sin atreverse a hablar. Vio a la Vieja Tata, que no paraba de abrir y cerrar la boca desdentada. Dos de los guardias sostenían a Pelopaja, con el pecho envuelto en una venda ensangrentada. Tym Carapicada sollozaba inconsolable, y Beth Cassel lloraba de miedo.
—¿Quiénes son éstos? —preguntó Theon al ver a los Reed y a los Frey.
—Éstos son los pupilos de Lady Catelyn, ambos se llaman igual, Walder Frey —le respondió el maestre Luwin—. Y éstos son Jojen Reed y su hermana Meera, hijos de Howland Reed, de la Atalaya de Aguasgrises, que vinieron a renovar sus juramentos de lealtad a Invernalia.
—Hay quien diría que eligieron un mal momento —replicó Theon—. Pero no yo. Aquí estáis y aquí os vais a quedar. —Se levantó del trono—. Trae aquí al príncipe, Lorren.
El hombre de la barba negra soltó a Bran sobre el asiento de piedra como si fuera un saco.
A la sala principal seguían llegando habitantes del castillo, azuzados entre gritos y golpes de las astas de las lanzas. Gage y Osha subieron de las cocinas, todavía cubiertos de la harina con la que estaban preparando el pan para aquella mañana. A Mikken lo hicieron entrar entre maldiciones. Farlen llegó cojeando, esforzándose por ayudar a Palla. A ella le habían desgarrado el vestido; se lo sujetaba con el puño muy apretado, y caminaba como si cada paso supusiera una auténtica agonía. El septon Chayle corrió a ayudarlos, pero uno de los hombres de hierro se interpuso y lo derribó.
El último en cruzar las puertas fue Hediondo, el prisionero, cuya peste acre lo precedió. A Bran se le revolvió el estómago ante aquel olor.
—Éste estaba encerrado en una celda de la torre —anunció el que lo escoltaba, un joven imberbe de pelo color jengibre y ropas empapadas, sin duda uno de los que habían cruzado el foso a nado—. Dice que lo llaman Hediondo.
—¿Por qué será? —comentó Theon, sonriente—. ¿Siempre hueles tan mal, o es que te acabas de follar un cerdo?
—No he follado desde que me cogieron, mi señor. Mi verdadero nombre es Heke. Estaba al servicio del bastardo de Fuerte Terror, hasta que los Stark le clavaron una flecha en la espalda a modo de regalo de bodas.
A Theon aquello le pareció muy divertido.
—¿Con quién se casó?
—Con la viuda de Hornwood, mi señor.
—¿Con esa vieja? ¿Acaso estaba ciego? Si tiene las tetas como odres vacíos, secas y marchitas.
—No se casó con ella por sus tetas, mi señor.
Los hombres del hierro cerraron las puertas de entrada de la sala. Desde el trono Bran alcanzaba a ver a unos veinte de ellos. «Seguro que ha dejado a más de guardia en la muralla y en la armería.» Aun así, no serían más de una treintena.
Theon alzó las manos para pedir silencio.
—Ya sabéis quién soy.
—¡Sí, sabemos que eres un saco de mierda! —gritó Mikken antes de que el calvo lo golpeara en el vientre con el asta de la lanza, y luego lo golpeara en pleno rostro.
El herrero cayó de rodillas y escupió un diente.
—¡Guarda silencio, Mikken! —Bran había tratado de poner voz firme y señorial, la misma que Robb siempre que daba órdenes, pero la garganta le traicionó y las palabras le salieron agudas y chillonas.
—Presta atención a tu joven señor, Mikken —dijo Theon—. Tiene más sentido común que tú.
«Un buen señor debe proteger a los suyos», se recordó.
—He rendido Invernalia a Theon.
—Más alto, Bran. Y llámame «príncipe».
—He rendido Invernalia al príncipe Theon —dijo el chico alzando la voz—. Todos debéis hacer lo que os ordene.
—¡Y una mierda! —rugió Mikken.
Theon hizo caso omiso del exabrupto.
—Mi padre se ha puesto la antigua corona de sal y roca, y se ha declarado rey de las Islas del Hierro. También reclama el norte por derecho de conquista. Todos sois sus súbditos.
—¡Que te den por culo! —Mikken se limpió la sangre de la boca—. Yo sirvo a los Stark, no a un traidor como... ¡aaah! —El asta de la lanza le golpeó el rostro contra el suelo de piedra.
—Los herreros tienen brazos fuertes, pero cabezas más bien flojas —observó Theon—. Si los demás me servís con tanta lealtad como servisteis a Ned Stark, no tardaréis en ver que soy un señor generoso.
Mikken, caído sobre las manos y las rodillas, escupió sangre. «No, por favor, calla», deseó Bran con todas sus fuerzas. Pero el herrero volvió a alzar la voz.
—Si crees que vas a conquistar el norte con este ejército de pacotilla, no...
El hombre calvo le metió la lanza por la nuca. El acero atravesó la carne y le salió por la garganta con un surtidor de sangre. Una mujer lanzó un grito, y Meera rodeó a Rickon con los brazos.
«En sangre. Se ahogó en sangre —pensó Bran como en medio de una bruma—. En su sangre.»
—¿Quién más quiere decir algo? —preguntó Theon Greyjoy.
—¡Hodor, Hodor, Hodor, Hodor! —gritó Hodor con los ojos muy abiertos.
—Que alguien tenga la bondad de hacer callar a ese imbécil.
Dos hombres del hierro empezaron a golpear a Hodor con las astas de las lanzas. El mozo de cuadras se dejó caer al suelo y trató de protegerse con las manos.
—Seré tan buen señor como lo fue Eddard Stark. —Theon tuvo que alzar la voz para hacerse oír por encima del ruido de la madera contra la carne—. Pero si me traicionáis, os arrepentiréis, lo prometo. Y no creáis que estos hombres que veis son todo mi ejército. Pronto tendremos en nuestro poder también la Ciudadela de Torrhen y Bosquespeso, y mi tío está remontando el Lanza de Sal para apoderarse también de Foso Cailin. Si Robb Stark puede con los Lannister, que reine en el Tridente, pero la Casa Greyjoy domina ahora el norte.
—Los vasallos de los Stark lucharán contra vos —dijo el llamado Hediondo—. Ese cerdo gordo de Puerto Blanco, para empezar, y también los Umber y los Karstark. Os harán falta hombres. Liberadme y os serviré.
Theon valoró la posibilidad durante un momento.
—Tienes mejor cerebro que olor. Pero no aguantaría tu peste a mi lado.
—Bueno —replicó Hediondo—, podría lavarme un poco. Si estuviera libre.
—Me gusta tu sentido común —sonrió Theon—. Arrodíllate.
Uno de los hombres del hierro entregó a Hediondo una espada. Éste la puso a los pies de Theon, y juró obediencia a la Casa Greyjoy y al rey Balon. Bran no quiso mirar. El sueño verde se estaba haciendo realidad.
Osha dio un paso al frente, al lado del cadáver de Mikken.
—¡Mi señor Greyjoy! A mí también me trajeron aquí como prisionera. Lo sabéis, estabais aquí cuando me cogieron.
«Creía que eras mi amiga», pensó Bran, dolido.
—Necesito guerreros —declaró Theon—, no mozas de cocina.
—El que me metió en las cocinas fue Robb Stark. Llevo casi un año fregando cazuelas, limpiando grasa y calentándole el jergón a éste. —Echó una mirada de soslayo en dirección a Gage—. Ya estoy harta. Volved a ponerme una lanza en la mano.
—Ésta es la lanza que te daría yo —dijo el que había matado a Mikken, sonriente, al tiempo que se agarraba la entrepierna.
Osha le clavó una rodilla huesuda entre las piernas.
—Tú quédate con esa cosa blanda y rosada. —Le quitó la lanza de las manos y lo derribó con el asta—. Yo me llevo la de hierro y madera.
El calvo se retorcía de dolor en el suelo, mientras el resto de los saqueadores reía a carcajadas. Theon también se reía.
—Me parece bien —dijo—. Quédate con la lanza, Stygg ya se buscará otra. Ahora, arrodíllate y haz el juramento.
Cuando no quedó nadie que se adelantara para jurar lealtad, Theon los despidió a todos con instrucciones de seguir con su trabajo y no causar problemas. A Hodor le encomendaron la tarea de llevar a Bran de vuelta a su cama. Tenía el rostro horrible tras la paliza, con la nariz hinchada y un ojo cerrado.
—Hodor —sollozó entre los labios destrozados al tiempo que cogía a Bran entre sus enormes brazos, con las manos llenas de sangre, y salía con él a la mañana lluviosa.

ARYA

—Aquí hay fantasmas, te lo digo yo. —Pastel Caliente estaba amasando pan, tenía los brazos llenos de harina hasta los codos—. La otra noche, Pia vio algo en la despensa.
Arya hizo un ruido un tanto grosero. Pia siempre estaba viendo algo en la despensa. Generalmente hombres.
—¿Me das un pastel? —pidió—. Has horneado una bandeja entera.
—Necesito una bandeja entera. A Ser Amory le gustan mucho.
—Vamos a escupir en ellos. —Arya odiaba a Ser Amory.
Pastel Caliente lanzó una mirada temerosa a su alrededor. Las cocinas estaban llenas de sombras y ecos, pero los demás cocineros y pinches dormían en los inmensos altillos que había sobre los hornos.
—Se va a dar cuenta.
—Qué va —replicó Arya—. Los escupitajos no saben a nada.
—Si se da cuenta me hará azotar. —Pastel Caliente dejó de amasar—. Además, no tendrías que estar aquí. Es muy tarde.
Era cierto, pero a Arya no le importaba. Las cocinas nunca estaban desiertas ni en lo más oscuro de la noche, siempre había alguien amasando pan para que estuviera listo por la mañana, o removiendo el contenido de una cazuela con un cucharón de madera, o partiendo un cerdo para que Ser Amory tuviera tocino para desayunar. Aquella noche le había tocado a Pastel Caliente.
—Si Ojorrojo se despierta y ve que te has ido... —titubeó el chico.
—Una vez se ha desmayado, Ojorrojo no se despierta nunca.
En realidad se llamaba Mebble, pero todo el mundo lo llamaba Ojorrojo, porque los ojos le lloraban sin parar. Todas las mañanas desayunaba cerveza, y todas las noches caía dormido, ebrio, después de cenar, mientras un reguerillo de saliva color vino le corría por la barbilla. Arya esperaba hasta que lo oía roncar, y se deslizaba descalza por las escaleras de los sirvientes, tan silenciosa como el ratón que había sido. No llevaba vela ni ningún tipo de luz. En cierta ocasión, Syrio le había dicho que la oscuridad podía ser su amiga, y tenía razón. Si había luna y estrellas, a Arya le bastaba.
—Seguro que me podría escapar, y Ojorrojo no se daría ni cuenta —comentó a Pastel Caliente.
—Yo no me quiero escapar. Aquí se está mejor que en el bosque. No quiero comer gusanos. Oye, espolvorea un poco de harina en la mesa.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Arya, inclinando la cabeza hacia un lado.
—¿El qué? No he...
—Escucha con los oídos, no con la boca. Ha sido un cuerno de guerra. Dos llamadas, ¿no lo has oído? Y eso que suena ahora son las cadenas del rastrillo: alguien viene, o alguien va a salir. ¿Quieres que vayamos a ver?
Las puertas de Harrenhal habían permanecido cerradas desde la mañana en que Lord Tywin se puso en marcha con su ejército.
—Estoy preparando el pan para el desayuno —protestó Pastel Caliente—. Además, no me gusta la oscuridad, ya te lo he dicho.
—Pues yo sí voy. Luego te contaré. ¿Me das un pastel?
—No.
Sin hacerle caso, cogió un pastel y se lo fue comiendo por el camino. Era hojaldrado, relleno de nueces picadas, fruta y queso, y todavía estaba caliente. El hecho de comerse el pastel de Ser Amory hacía que Arya se sintiera valiente.
«Pies descalzos, pies seguros, pies ligeros —canturreó entre dientes—. Yo soy el fantasma de Harrenhal.»
El sonido del cuerno había despertado al castillo; los hombres salían al patio para ver a qué se debía el ruido. Arya se fundió con el gentío. Una fila de carromatos tirados por bueyes entraba en aquel momento por debajo del rastrillo. Enseguida comprendió que era el botín fruto del pillaje. Los jinetes que daban escolta a los carromatos hablaban en un batiburrillo de idiomas extraños. Sus armaduras brillaban a la clara luz de la luna, y Arya vio un par de aquellos caballos a rayas blancas y negras. Los Titiriteros Sangrientos. Se retiró un paso más hacia las sombras, y vio pasar un carromato con un inmenso oso negro en una jaula. También había carromatos cargados de armaduras plateadas, armas y escudos, sacos de harina, piaras de cerdos que chillaban, gallinas y perros flacos. Arya estaba tratando de recordar cuándo había comido por última vez una tajada de cerdo asado cuando se fijó en el primero de los prisioneros de la fila.
Por su porte y por la manera orgullosa de alzar la cabeza debía de ser un señor. Vio la armadura que brillaba bajo el jubón rojo desgarrado. Al principio Arya pensó que sería un Lannister, pero cuando pasó cerca de una antorcha vio que el blasón era un puño plateado, no un león. Tenía las muñecas atadas, y una cuerda en el tobillo lo unía al hombre que lo seguía, y a éste con el siguiente, de manera que la columna avanzaba en torpe formación. Muchos de los cautivos estaban heridos. Si alguno se detenía, uno de los jinetes trotaba hasta él y le daba un latigazo para que volviera a ponerse en marcha. Trató de calcular cuántos prisioneros había, pero al pasar de cincuenta perdió la cuenta. Eran al menos el doble. Tenían las ropas manchadas de lodo y sangre, y a la luz de las antorchas costaba reconocer los blasones, pero Arya consiguió identificar algunos de los que vio. Torreones gemelos. Sol con rayos. Hombre ensangrentado. Hacha de combate.
«El hacha de combate es de los Cerwyn, y el sol blanco sobre fondo negro es de los Karstark. Son norteños. Son los hombres de mi padre, bueno, los de Robb.» No quería ni pensar en qué podía significar aquello.
Los Titiriteros Sangrientos empezaron a descabalgar. Los mozos de cuadras, somnolientos, salieron de sus jergones para cuidar de los caballos, que tenían espuma en la boca. Uno de los jinetes pedía cerveza a gritos. El ruido hizo que Ser Amory Lorch saliera a la galería cubierta que daba al patio, flanqueado por dos hombres que portaban antorchas. Vargo Hoat, el del yelmo en forma de cabeza de cabra, tiró de las riendas de su caballo para detenerlo bajo él.
—Mi zeñor caztellano —dijo el mercenario. Tenía la voz pastosa y ceceante, como si tuviera la lengua demasiado grande para el tamaño de su boca.
—¿Qué pasa aquí, Hoat? —preguntó Ser Amory con el ceño fruncido.
—Cautivoz. Rooze Bolton intentó cruzar el río, pero miz Compañeroz Audacez lez deztrozaron la vanguardia. Mataron a muchoz, y puzieron en fuga a Bolton. Ézte ez zu zeñor comandante, Glover, y el que lo zigue ez Aenyz Frey.
Ser Amory Lorch contempló a los prisioneros con sus ojillos porcinos. A Arya le dio la sensación de que no estaba nada contento. En el castillo todo el mundo sabía que Vargo Hoat y él se detestaban.
—Muy bien —dijo—. Ser Cadwyn, llevad a estos hombres a las mazmorras.
El señor del puño en el jubón alzó la mirada.
—Se nos prometió un trato honorable... —empezó.
—¡Zilencio! —le gritó Vargo Hoat, cubriéndolo de salivilla.
—Me importa un bledo lo que os prometiera Hoat —dijo Ser Amory dirigiéndose a los prisioneros—. Lord Tywin me nombró a mí castellano de Harrenhal, y haré con vosotros lo que mejor me parezca. —Hizo un gesto en dirección a sus guardias—. Llevadlos a la celda grande que hay bajo la Torre de la Viuda, allí caben todos. Y el que no quiera ir, que lo diga; no me cuesta nada mandarlo matar aquí mismo.
Mientras sus hombres se llevaban a los cautivos a punta de lanza, Arya vio a Ojorrojo, que en aquel momento subía por la escalera y parpadeaba a la luz de las antorchas. Si se daba cuenta de su ausencia gritaría y la amenazaría con arrancarle el pellejo a latigazos, pero no le tenía miedo. No era Weese. Siempre estaba amenazando con arrancarle el pellejo a todo el mundo, pero Arya nunca le había visto dar ni un golpe. De todos modos era mejor que no la viera. Miró a su alrededor. Los mozos estaban quitando los arneses a los bueyes y descargando los carros, mientras los de la Compañía Audaz pedían bebida a gritos y los curiosos se arremolinaban en torno a la jaula del oso. En medio de tanto jaleo no le costó ningún esfuerzo marcharse sin que se fijaran en ella. Regresó por donde había llegado, con la esperanza de que nadie la viera y la pusiera a trabajar.
Aparte del patio y de los establos, el gran castillo estaba casi desierto. El ruido fue amortiguándose a medida que se alejaba. Soplaban ráfagas de viento que arrancaban un gemido agudo y trémulo de las grietas de la Torre Aullante. En el bosque de dioses, las hojas habían empezado a caer de los árboles, y susurraban sobre el suelo de los patios desiertos y los edificios vacíos. Harrenhal volvía a ser un lugar casi desierto, y el sonido se comportaba de manera extraña. Unas veces parecía como si las piedras absorbieran todo el ruido, de modo que los patios parecían cubiertos por una mortaja de silencio. Otras, los ecos tenían vida propia, de manera que cada pisada se transformaba en el paso de un ejército espectral, y cada voz lejana en una muchedumbre invisible. Pero los sonidos extraños eran de las cosas que preocupaban a Pastel Caliente, no a Arya.
Silenciosa como una sombra, se deslizó rápidamente por el patio contiguo a la Torre del Miedo y cruzó las jaulas vacías, donde según las habladurías los espíritus de los halcones muertos agitaban el aire con alas fantasmales. Arya podía ir adonde quisiera. La guarnición del castillo no llegaba a los cien hombres, eran tan pocos que se perdían en Harrenhal. La Sala de las Cien Chimeneas estaba clausurada desde hacía tiempo, igual que muchos de los edificios de menor importancia, y hasta la Torre Aullante. Ser Amory Lorch residía en las habitaciones del castellano en la Torre de la Pira Real, tan espaciosas como las de cualquier señor, y Arya y el resto de los criados se habían trasladado a las bodegas de la misma torre para estar siempre disponibles. Mientras Lord Tywin estuvo allí, siempre había un soldado que preguntaba adónde iba una o qué estaba haciendo. Pero, como ya sólo quedaban cien hombres para vigilar un millar de puertas, nadie parecía saber dónde debía estar cada cual, y tampoco les importaba.
Al pasar junto a la armería, Arya oyó los golpes del martillo en el yunque. A través de las ventanas altas se veía un brillo anaranjado. Trepó hasta el techo y miró abajo. Gendry estaba trabajando en una coraza. En ocasiones como aquélla para él sólo existía el metal, el fuelle y el fuego. El martillo era parte de su brazo. Arya observó cómo se le movían los músculos del pecho, y escuchó la música que arrancaba del acero.
«Es muy fuerte», pensó. Cuando el muchacho cogió unas tenazas largas para sumergir la coraza en el agua fría, Arya culebreó por la ventana y saltó para caer al suelo a su lado.
Gendry no mostró sorpresa.
—Tendrías que estar en la cama, niña. —La coraza siseó como un gato al contacto con el agua—. ¿Qué era todo ese jaleo?
—Ha vuelto Vargo Hoat, y trae prisioneros. He visto sus blasones. Hay un Glover de Bosquespeso, es vasallo de mi padre. Y los demás también, o casi todos. —De repente, Arya supo por qué sus pies la habían llevado hasta allí—. Tienes que ayudarme a liberarlos.
Gendry se echó a reír.
—¿Se puede saber cómo vamos a hacerlo?
—Ser Amory ha dicho que los encierren en una mazmorra, en la que hay bajo la Torre de la Viuda, la que es una celda grande. Podrías derribar la puerta con el martillo...
—¿Mientras los guardias miran y hacen apuestas sobre cuántos golpes harán falta?
—Tendríamos que matar a los guardias. —Arya se mordió el labio.
—Ya me dirás cómo.
—Puede que no haya muchos.
—Con que haya dos ya basta para atraparnos a nosotros. No aprendiste nada en aquella aldea, ¿verdad? Si se te ocurre intentar algo así, Vargo Hoat te cortará las manos y los pies, eso es lo que hace con los que no le gustan. —Gendry volvió a coger las tenazas.
—Lo que pasa es que tienes miedo.
—Déjame en paz, niña.
—Gendry, hay cien norteños. Puede que más, no me dio tiempo a contarlos a todos. Son tantos como hombres tiene Ser Amory. Bueno, sin contar a los Titiriteros Sangrientos, claro. Sólo tenemos que sacarlos de ahí, tomarán el castillo y podremos escapar.
—Pues resulta que no vas a poder sacarlos, igual que no pudiste salvar a Lommy. —Gendry dio la vuelta a la coraza con las tenazas para examinarla más de cerca—. Y si escapáramos, ¿adónde iríamos?
—A Invernalia —respondió al instante—. Le diré a mi madre que me has ayudado, y te podrías quedar...
—¿Mi señora me lo permitiría? ¿Podría herrar vuestros caballos y hacer espadas para vuestros señores hermanos?
—¡Para ya! —En ocasiones Gendry la ponía muy furiosa.
—¿Por qué voy a arriesgar los pies por la oportunidad de sudar en Invernalia en vez de en Harrenhal? ¿Conoces al viejo Ben Pulgarnegro? Llegó aquí de niño. Fue herrero del abuelo de Lady Whent, luego de su padre y después de la señora. Ahora es el herrero de Lord Tywin, ¿y sabes qué dice? Que una espada es una espada, un yelmo es un yelmo, y si uno mete la mano en el fuego, se quema sin importar a quién se sirva. Lucan es un amo aceptable. Yo me quedo aquí.
—Pues vendrá la reina y te cogerá. ¡A Ben Pulgarnegro no lo perseguían los capas doradas!
—A lo mejor tampoco me buscaban a mí.
—Te buscaban a ti y lo sabes de sobra. Eres alguien importante.
—Soy un aprendiz de herrero, y puede que algún día llegue a maestro armero... si no me da por escapar para que me corten los pies o me maten. —Le dio la espalda, volvió a coger el martillo y siguió trabajando.
—¡Al próximo yelmo que hagas, ponle orejas de mulo en vez de cuernos de toro! —le espetó Arya apretando los puños con impotencia.
Tuvo que salir corriendo para no emprenderla a golpes con él. «Seguro que ni los notaba. Cuando lo encuentren y le corten esa cabeza de mulo que tiene, se va a arrepentir de no haberme ayudado.» Además, seguro que le iría mejor sin él. Gendry había tenido la culpa de que la atraparan en la aldea.
Pensar en la aldea hizo que se acordara de la marcha, del almacén y de Cosquillas. Recordó al niño al que habían destrozado el rostro con la maza, al idiota de Siempre-con-Joffrey, a Lommy Manosverdes...
«Fui una oveja y luego fui un ratón, lo único que podía hacer era esconderme. —Arya se mordió el labio y trató de acordarse de cuándo había recuperado el valor—. Jaqen hizo que fuera valiente de nuevo. Hizo de mí un fantasma, en vez de un ratón.»
Desde la muerte de Weese había tratado de evitar al lorathi. Lo de Chiswyck había sido fácil, cualquiera podía empujar a alguien del adarve, pero Weese había criado a aquella perra desagradable desde que era un cachorro, y sólo la magia negra podía haber provocado que se volviera contra él.
«Yoren encontró a Jaqen en una celda negra, igual que a Rorge y Mordedor —recordó—. Jaqen debió de hacer algo espantoso, y Yoren lo sabía, por eso lo tenía siempre encadenado.» Si el lorathi era un mago, quizá Rorge y Mordedor no fueran hombres, sino demonios a los que había invocado de algún infierno.
Jaqen todavía le debía una muerte. En las historias que les solía contar la Vieja Tata sobre hombres a los que un duende concedía deseos mágicos, había que tener mucho cuidado con el tercero, porque era el último. Chiswyck y Weese no eran muy importantes. «La última muerte tiene que ser otra cosa», se decía Arya todas las noches al susurrar su lista de nombres. Pero ya no estaba tan segura de que ésa fuera la razón de sus vacilaciones. Mientras pudiera matar con una palabra, Arya no tenía que temer a nadie... pero, en cuanto utilizara la última muerte, volvería a ser un ratón.
Ojorrojo estaba despierto, así que no se atrevía a volver a su catre. Tampoco sabía dónde podía esconderse, de modo que fue al bosque de dioses. Le gustaba el olor penetrante de los pinos y los centinelas, el tacto de la hierba y la tierra entre los dedos de los pies, y los sonidos que el viento arrancaba de las hojas. Un arroyuelo de aguas tranquilas discurría serpenteante por el bosque, y había un punto en que se había abierto camino a través del suelo, bajo un montón de hojarasca.
Allí, debajo de la madera podrida y las ramas retorcidas y astilladas, había escondido su espada.
Gendry, el muy cabezota, se había negado a hacerle una, así que se la había fabricado ella con una escoba rota. La hoja era demasiado ligera y el puño un desastre, pero la punta astillada era muy aguda, y le gustaba. Siempre que tenía una hora libre se escabullía para practicar los ejercicios que Syrio le había enseñado, se movía descalza sobre las hojas caídas, lanzaba tajos contra las ramas y hacía caer más hojas. A veces llegaba incluso a subirse a los árboles y danzaba por las ramas más altas, agarrándose con los dedos de los pies, titubeando menos día tras día a medida que recuperaba el equilibrio. El mejor momento era por las noches, cuando nadie la molestaba. Arya se colgaba el palo de escoba roto del cinturón para trepar. Una vez llegaba al reino de las hojas, lo desenvainaba y, durante un rato, se olvidaba de todo el mundo, tanto de Ser Amory y de los Titiriteros Sangrientos como de los hombres de su padre. Se perdía en la sensación de la corteza áspera en las plantas de los pies y el silbido de su espada al cortar el aire. Una rama rota se transformó en Joffrey; la atacó y golpeó hasta que la hizo caer. La reina, Ser Ilyn, Ser Meryn y el Perro no eran más que hojas, pero a ellos también los mató, los acuchilló hasta reducirlos a jirones verdes. Cuando se le cansó el brazo, se sentó y apoyó las piernas en una rama alta para recuperar el aliento en el aire fresco de la noche, al tiempo que escuchaba los chillidos de los murciélagos que salían de caza. A través del dosel de follaje divisaba las ramas color blanco hueso del árbol corazón.
«Desde aquí parece igual que el que hay en Invernalia.» Deseaba que lo fuera. Entonces, cuando bajara, estaría en casa, y tal vez encontrara a su padre sentado bajo el arciano, como tantas otras veces.
Se colgó la espada del cinturón y fue deslizándose de rama en rama hasta llegar al suelo. La luz de la luna teñía de plata la corteza del arciano mientras se acercaba a él, pero las hojas rojas de cinco puntas seguían negras en medio de la noche. Arya contempló el rostro tallado en el tronco. Era una cara temible, con la boca torcida y los ojos llameantes de odio. ¿Serían de verdad así los dioses? ¿A los dioses se les podría hacer daño, igual que a las personas? «Debería rezar», pensó de repente.
Arya se puso de rodillas. No sabía muy bien por dónde empezar. Entrelazó las manos.
«Ayudadme, antiguos dioses —rezó en silencio—. Ayudadme a sacar a esos hombres de la mazmorra para que podamos matar a Ser Amory, y llevadme a mi casa, a Invernalia. Haced de mí una danzarina del agua, una loba, y que no vuelva a tener miedo nunca más.»
¿Bastaría con aquello? A lo mejor tenía que rezar más rato para que los antiguos dioses la oyeran. Recordó que a veces su padre se pasaba mucho tiempo rezando. Pero los antiguos dioses nunca lo habían ayudado. Al acordarse de aquello se puso furiosa.
—Tendríais que haberlo salvado —le recriminó al árbol—. Os rezó muchas veces. A mí qué me importa si me ayudáis o no. Seguro que aunque quisierais, no podríais.
—Uno no debe burlarse de los dioses, niña.
La voz la sobresaltó. Se puso en pie de un salto y sacó la espada de madera. En la oscuridad, Jaqen H'ghar estaba tan inmóvil que parecía un árbol más.
—Uno viene a oír un nombre. Uno y dos, y luego viene el tres. Y uno habrá terminado.
—¿Cómo has sabido que estaba aquí? —preguntó Arya bajando la punta astillada de la espada.
—Uno ve. Uno oye. Uno sabe.
Lo miró con desconfianza. ¿Acaso se lo enviaban los dioses?
—¿Cómo conseguiste que la perra matara a Weese? ¿Invocaste a Rorge y a Mordedor de algún infierno? ¿De verdad te llamas Jaqen H'ghar?
—Hay quienes tienen muchos nombres. Comadreja. Arry. Arya.
—¿Te lo ha dicho Gendry? —La niña dio un paso atrás, hasta quedar con la espalda contra el árbol corazón.
—Uno sabe —repitió él—. Mi señora de Stark.
Tal vez sí, tal vez los dioses se lo habían enviado como respuesta a sus oraciones.
—Necesito que me ayudes a sacar a esos hombres de las mazmorras. A Glover y a los demás, a todos. Tenemos que matar a los guardias, luego abrir la puerta y...
—La niña olvida una cosa —la interrumpió con voz tranquila—. Ya ha tenido dos, se le debían tres. Si un guardia debe morir, la niña sólo tiene que decir su nombre.
—Pero no bastará con un guardia, tenemos que matarlos a todos. —Arya se mordió el labio para no llorar—. Quiero que salves a los norteños igual que yo te salvé a ti.
—Al dios le fueron arrebatadas tres vidas. —El hombre la miraba sin compasión—. Tres vidas hay que pagarle. Uno no debe burlarse de los dioses. —Tenía una voz de seda y acero.
—Yo no me he burlado. —Meditó un instante—. ¿Puedo decir cualquier nombre, el que sea? ¿Y lo matarás?
—Uno ya te lo ha dicho —contestó Jaqen H'ghar con una inclinación de la cabeza.
—¿Cualquiera, cualquiera? —insistió—. ¿Un hombre, una mujer, un bebé, o Lord Tywin, o el Septon Supremo, o tu padre?
—El padre de uno murió hace mucho, pero si viviera, y si tú dijeras su nombre, moriría porque tú lo has ordenado.
—Júramelo —dijo Arya—. Júramelo por los dioses.
—Lo juro por todos los dioses del mar y del aire, y hasta por el dios del fuego. —Puso una mano en la boca del arciano—. Lo juro por los siete nuevos dioses, y por los innumerables dioses antiguos.
Lo había jurado.
—Aunque dijera el nombre del rey...
—Di el nombre y morirá, mañana, o dentro de una luna, o dentro de un año. Uno no vuela como los pájaros, pero mueve un pie, y luego otro, y un día uno llega, y el rey muere. —Se arrodilló a su lado de manera que los dos rostros quedaron a la misma altura—. La niña puede susurrar, si le da miedo decirlo en voz alta. Susurra el nombre. ¿Es Joffrey?
Arya le acercó los labios a la oreja.
—Es Jaqen H'ghar.
Ni siquiera en el granero incendiado, cuando las paredes ardían y él estaba encadenado, había reflejado su rostro tanto horror como en aquel momento.
—La niña... está de broma.
—Lo has jurado. Lo has jurado ante los dioses.
—Ante los dioses. —De repente tenía un cuchillo en la mano, con una hoja tan pequeña como el meñique de Arya. Pero no sabía si era para matarse o para matarla—. La niña llorará. La niña perderá a su único amigo.
—No eres mi amigo. Si fueras mi amigo me ayudarías. —Se apartó un paso de él y se puso en equilibrio sobre la parte anterior de los pies, por si acaso le lanzaba el cuchillo—. Yo nunca mataría a un amigo.
Jaqen sonrió y se puso serio de nuevo.
—Entonces la niña... ¿diría otro nombre si un amigo la ayudara?
—La niña lo diría —asintió—. Si un amigo la ayudara.
El cuchillo desapareció.
—Vamos.
—¿Ahora mismo? —No se había imaginado que actuara de manera tan rápida.
—Uno oye cómo cae la arena del reloj. Uno no dormirá hasta que la niña desdiga cierto nombre. Ahora, chiquilla malvada.
«No soy una chiquilla malvada —pensó—, soy una loba huargo, soy el fantasma de Harrenhal.» Volvió a guardar el palo de escoba en su escondite y salió con el hombre del bosque de dioses.
Pese a la hora que era, Harrenhal estaba lleno de vida. La llegada de Vargo Hoat había trastocado toda la rutina de la fortaleza. Los carros, los bueyes de tiro y los caballos ya no estaban en el patio, pero la jaula del oso seguía allí. La habían colgado con gruesas cadenas, a unos metros del suelo, del puente arqueado que separaba el patio intermedio del exterior. Un anillo de antorchas bañaba de luz la zona. Unos cuantos mozos de cuadras se dedicaban a tirarle piedras al oso para hacerlo rugir. Al otro lado del patio la luz se derramaba por la puerta de la sala del cuartel, acompañada por el tintineo de los picheles y los gritos de los hombres que pedían más vino. Una docena de voces entonaban una canción en un idioma gutural que Arya no conocía.
«Están comiendo y bebiendo antes de acostarse —comprendió—. Seguro que Ojorrojo ha enviado a alguien a despertarme para que ayude a servirlos y se habrá dado cuenta de que no estaba en la cama.» Pero lo más probable es que estuviera atendiendo a los hombres de la Compañía Audaz, y también a los de la guarnición de Ser Amory que se habían unido a ellos. El ruido que hacían sería una excelente distracción.
—Si uno hace lo que quieres que haga, los dioses hambrientos tendrán esta noche un festín de sangre —dijo Jaqen—. Niña dulce, buena, amable. Retira un nombre y di otro, y esta pesadilla sin sentido terminará.
—Ni hablar.
—Lo suponía. —Parecía resignado—. Se hará lo que quieres, pero la niña debe obedecer. Uno no tiene tiempo para dar explicaciones.
—La niña obedecerá —dijo Arya—. ¿Qué quieres que haga?
—Un centenar de hombres tienen hambre, hay que darles de comer, el caldo caliente del Lord Comandante. La niña tiene que ir corriendo a las cocinas y decírselo a su amigo Pastel.
—Caldo —repitió—. ¿Adónde vas tú?
—La niña ayuda a hacer caldo, y espera en las cocinas hasta que uno vaya a buscarla. Vete. Corre.
Cuando entró a toda prisa en la cocina, Pastel Caliente estaba sacando hogazas de pan del horno, pero ya no se encontraba a solas. Habían despertado a los cocineros para dar de comer a Vargo Hoat y a sus Titiriteros Sangrientos. Los sirvientes se llevaban bandejas con las empanadas y las hogazas de Pastel Caliente, el cocinero jefe cortaba lonchas de un jamón frío, los pinches encargados de los espetones daban vueltas a los conejos ensartados, mientras las criadas los regaban con miel y las mujeres troceaban cebollas y zanahorias.
—¿Qué quieres, Comadreja? —preguntó el cocinero jefe al verla entrar.
—Caldo —anunció la niña—. Mi señor quiere caldo.
El cocinero señaló con el cuchillo de trinchar los pucheros negros que pendían sobre las llamas.
—¿Y a ti qué te parece que estamos haciendo? Aunque debería mearme en él antes de servírselo a esa cabra. No hay derecho a que no dejen dormir a nadie. —Escupió a un lado—. Bah, qué más da, ve a decirle que a las cazuelas no se les puede meter prisa.
—Me ha dicho que me quedara aquí hasta que esté listo.
—Pues quédate, pero no estorbes. O mejor, haz algo útil. Ve a la despensa, seguro que su señoría caprina querrá también mantequilla y queso. Despierta a Pia y dile que más le vale moverse deprisa para variar, si quiere conservar los dos pies.
Arya corrió tanto como pudo. Pia estaba en el entrepiso, despierta, gimiendo bajo uno de los Titiriteros, pero cuando oyó el grito de Arya se puso la ropa enseguida. Llenó seis cestos con tarros de mantequilla y trozos de queso fuerte, envueltos en tela.
—Ayúdame con esto —dijo a Arya.
—No puedo. Pero date prisa o Vargo Hoat te cortará los pies. —Salió corriendo antes de que Pia pudiera atraparla. Por el camino, se preguntó por qué no les habían cortado ni las manos ni los pies a ninguno de los prisioneros. A lo mejor Vargo Hoat tenía miedo de que Robb se enfadara. Aunque, bien pensado, no parecía hombre que tuviera miedo a nadie.
Cuando Arya volvió a las cocinas, Pastel Caliente estaba removiendo el contenido de los calderos con una larga cuchara de madera. La niña cogió otra y empezó a remover también. Se le pasó por la cabeza la idea de contárselo todo, pero se acordó de lo que había pasado en la aldea, y decidió no hacerlo. «Seguro que se rendía otra vez.»
En aquel momento oyó la desagradable voz de Rorge.
—Cocinero —gritó—. Venimos a llevarnos ese caldo de mierda.
Arya dejó la cuchara a un lado, desazonada. «No le dije que se trajera a estos dos.» Rorge llevaba el yelmo de hierro, con la pieza metálica que ocultaba el agujero de su nariz. Jaqen y Mordedor entraron en la cocina tras él.
—El caldo de mierda no está listo todavía —replicó el cocinero—. Tiene que hervir un rato más. Le acabamos de echar las cebollas y...
—Cierra el pico o te meto un espetón por el culo y te doy unas cuantas vueltas en el asador. He dicho que me des el caldo, y he dicho que me lo des ya.
Mordedor siseó, agarró un trozo de conejo medio chamuscado directamente de un espetón, y lo desgarró con los dientes puntiagudos mientras la miel le chorreaba entre los dedos.
—Pues llevaos el caldo de mierda —dijo el cocinero dándose por vencido—; pero si la cabra pregunta por qué no sabe a nada, se lo explicáis vosotros.
Mordedor se lamió la grasa y la miel de los dedos, mientras Jaqen H'ghar se ponía un par de guantes acolchados. Entregó a Arya un segundo par.
—Una comadreja puede ayudarnos.
El caldo estaba hirviendo, y los pucheros pesaban mucho. Arya y Jaqen apenas si podían con uno entre los dos, Rorge llevaba otro él solo, y Mordedor agarró otros dos, aunque siseó de dolor cuando las asas le quemaron las manos. Pero ni aun así los dejó caer. Cargaron con los pucheros a través del patio. Ante la puerta de la Torre de la Viuda había dos guardias apostados.
—¿Qué es esto? —preguntó uno de ellos a Rorge.
—Un caldero de meados calientes, ¿quieres un poco?
—Unos prisioneros también tienen que comer —dijo Jaqen dedicándoles su sonrisa más encantadora.
—No nos han dicho nada de...
—Es para los prisioneros, no para vosotros —lo interrumpió Arya.
El segundo guardia les hizo un gesto para que pasaran.
—De acuerdo, bajádselo.
Al otro lado de la puerta, una escalera de caracol descendía hacia las mazmorras. Rorge iba el primero, y Jaqen y Arya los últimos.
—La niña no se meterá en esto —dijo Jaqen.
Las escaleras terminaban en una húmeda cripta de piedra, alargada, lóbrega y sin ventanas. Al fondo ardían unas cuantas antorchas colgadas de la pared, cerca del lugar donde los guardias de Ser Amory estaban sentados en torno a una destartalada mesa de madera, charlando y jugando a los dados. Unos gruesos barrotes de hierro los separaban de la mazmorra donde estaban los cautivos, hacinados en la oscuridad. Al olor del caldo, muchos se acercaron a los barrotes.
Arya contó ocho guardias. Ellos también olieron el caldo.
—Eres la sirvienta más fea que he visto en mi vida —dijo el capitán a Rorge—. ¿Qué llevas en ese puchero?
—Tu polla y tus huevos. ¿Queréis comer o no?
Uno de los guardias había estado paseando, otro estaba recostado contra la pared cerca de los barrotes, y un tercero estaba sentado en el suelo, pero la tentación de la comida hizo que todos se acercaran a la mesa.
—Ya era hora de que nos trajeran la comida, joder.
—¿A qué huele, a cebolla?
—¿Y no hay pan?
—Mierda, necesitamos cuencos, cucharas, vasos...
—No —replicó Rorge.
Volcó el puchero de caldo hirviendo sobre la mesa, contra las caras de los guardias. Jaqen H'ghar hizo lo mismo. Mordedor los lanzó por el aire con tal fuerza que llovió sopa por toda la mazmorra. Uno acertó al capitán en la sien cuando trataba de levantarse. El hombre cayó como un saco de arena y quedó inerte en el suelo. El resto de los guardias gritaban de dolor, rezaban o trataban de alejarse a rastras.
Arya se pegó a la pared al tiempo que Rorge empezaba a cortar gargantas. Mordedor, en cambio, prefería agarrar las cabezas de los guardias por detrás, por la barbilla, y romperles el cuello con un giro de sus manazas blancas. Sólo uno de los hombres consiguió desenvainar la espada. Jaqen esquivó la estocada con agilidad, desenvainó a su vez, arrinconó a su adversario y le atravesó el corazón. El lorathi llevó la espada todavía ensangrentada a Arya, y la limpió en la pechera de su vestido.
—La niña también tiene que mancharse de sangre. Esto es cosa suya.
La llave de la mazmorra estaba colgada de un gancho de la pared, junto a la mesa. Rorge la cogió y abrió la puerta. El primero en salir fue el señor del puño en el jubón.
—Bien hecho —dijo—. Soy Robett Glover.
—Mi señor —dijo Jaqen con una reverencia.
Una vez libres, los prisioneros quitaron las armas a los guardias muertos y corrieron escaleras arriba espada en mano. Sus compañeros los siguieron desarmados. Se movían muy deprisa y casi sin intercambiar palabra. Ninguno parecía tan malherido como cuando habían cruzado con Vargo Hoat las puertas de Harrenhal.
—Lo de la sopa ha sido muy ingenioso —comentó Glover—. No me lo esperaba. ¿Ha sido idea de Lord Hoat?
Rorge se echó a reír. Se rió tanto que le salieron mocos por el agujero de la nariz. Mordedor se sentó encima de uno de los cadáveres, le agarró la mano inerte y le empezó a masticar los dedos. Los huesos le crujían entre los dientes.
—¿Quiénes sois? —Robett Glover tenía el ceño fruncido—. No estabais con Hoat cuando llegó al campamento de Lord Bolton. ¿Sois de la Compañía Audaz?
—Ahora sí —dijo Rorge y se limpió los mocos de la barbilla con el dorso de la mano.
—Uno tiene el honor de ser Jaqen H'ghar, antes de la Ciudad Libre de Lorath. Los groseros acompañantes de uno se llaman Rorge y Mordedor. El señor advertirá sin duda cuál de ellos es Mordedor. —Hizo un gesto en dirección a Arya—. Y la niña es...
—Soy Comadreja —lo interrumpió antes de que tuviera tiempo de decir su verdadero nombre. No quería que se pronunciara allí, delante de Rorge, de Mordedor y de otros a los que no conocía. Se dio cuenta de que Glover ni se fijaba en ella.
—Muy bien —dijo—. Zanjemos este asunto de una vez.
Cuando llegaron a lo alto de la escalera de caracol, se encontraron a los guardias de la puerta tendidos en un charco de sangre. Mientras los norteños atravesaban el patio corriendo, Arya oyó gritos. La puerta de la sala del cuartel se abrió de golpe, y un hombre herido salió tambaleándose y gimiendo. Otros tres salieron tras él, y lo silenciaron con las espadas y las lanzas. En la torre de entrada también se combatía. Rorge y Mordedor echaron a correr en pos de Glover, pero Jaqen H'ghar se arrodilló delante de Arya.
—¿La niña no entiende?
—Sí que entiendo —dijo, aunque la verdad era que no comprendía nada.
El lorathi lo debió de leer en su rostro.
—Una cabra no tiene lealtad. Creo que pronto ondeará aquí el estandarte del lobo. Pero antes uno quiere oír cómo retiras cierto nombre.
—Retiro ese nombre. —Arya se mordió el labio—. ¿Todavía me queda la tercera muerte?
—La niña es codiciosa. —Jaqen tocó a uno de los guardias muertos y le mostró los dedos ensangrentados—. Aquí tienes al tercero, ése es el cuarto y hay ocho cadáveres más abajo. La deuda está saldada.
—La deuda está saldada —reconoció Arya de mala gana. Estaba un poco triste. Volvía a ser un simple ratón.
—El dios ha recibido lo que le correspondía. —Jaqen H'ghar esbozó una sonrisa extraña—. Y ahora, uno debe morir.
—¿Cómo que morir? —replicó ella, confusa. ¿Qué quería decir con aquello?—. Pero si he retirado el nombre. Ya no tienes que morir.
—Sí. Ha llegado mi hora. —Jaqen se pasó una mano por la cara, desde la frente hasta la barbilla, y allí donde se rozaba con los dedos su rostro cambiaba. Las mejillas se rellenaron, los ojos se juntaron; la nariz se engarfió, y en la mejilla derecha, limpia hasta aquel momento, apareció una cicatriz. Y, cuando sacudió la cabeza, la cabellera lacia, mitad roja y mitad blanca, desapareció para dejar paso a una mata espesa de rizos negros.
Arya se quedó boquiabierta.
—Pero... ¿quién eres? —susurró, tan atónita que ni siquiera tenía miedo—. ¿Cómo has hecho eso? ¿Te ha costado mucho?
—No más que adoptar un nuevo nombre, para quien sabe cómo hacerlo. —La sonrisa del hombre dejó al descubierto un brillante diente de oro.
—Enséñame —barbotó—. Yo también quiero hacerlo.
—Si quieres aprender, tendrás que venir conmigo.
Arya titubeó.
—¿Adónde?
—Muy, muy lejos. Al otro lado del mar Angosto.
—No puedo. Tengo que volver a casa. A Invernalia.
—En ese caso, tenemos que separarnos —dijo—, porque a mí también me aguardan mis deberes. —Le cogió la mano y le puso en la palma una moneda pequeña—. Toma.
—¿Qué es?
—Una moneda de gran valor.
Arya la mordió. Era tan dura que sólo podía ser de hierro.
—¿Me bastará para comprar un caballo?
—No te la doy para que compres caballos.
—Entonces, ¿de qué me sirve?
—Igual podrías preguntar de qué sirve la vida, o de qué sirve la muerte. Si llega un día en que quieras verme de nuevo, entrega esa moneda a cualquier hombre de Braavos y dile estas palabras: valar morghulis.
Valar morghulis —repitió Arya. No era difícil. Apretó la moneda en el puño. Al otro lado del patio se oían los gritos de los moribundos—. Por favor, Jaqen, no te vayas.
—Jaqen está tan muerto como Arry —replicó con tristeza—, y debo cumplir algunas promesas. Valar morghulis, Arya Stark. Repítelo otra vez.
Valar morghulis —dijo una vez más.
El desconocido que vestía las ropas de Jaqen hizo una reverencia ante ella, y se alejó en la oscuridad con la capa al viento. Arya quedó a solas entre los cadáveres. «Merecían morir», se dijo, al recordar a todos los que Ser Amory Lorch había matado en la fortaleza, junto al lago.
Las bodegas situadas bajo la Torre de la Pira Real estaban desiertas cuando regresó a su jergón de paja. Susurró la letanía de nombres a la almohada, y al terminar añadió, «valar morghulis», en voz muy baja, sin saber qué significaba.
Al amanecer, Ojorrojo y los demás regresaron, con la excepción de un muchacho al que, sin causa aparente, alguien había matado durante la pelea. Ojorrojo subió a solas para ver a la luz del día cómo estaba la situación, sin dejar de quejarse de que sus viejos huesos ya no estaban para subir tantas escaleras. Al volver les dijo que Harrenhal había cambiado de manos.
—Los Titiriteros Sangrientos mataron a unos cuantos hombres de Ser Amory en sus camas, y a los demás cuando estaban a la mesa, bien borrachos. El nuevo señor llegará antes de que anochezca con todo su ejército. Viene del norte, de donde está el Muro, allí todos son unos salvajes y dicen que éste es de los más duros. Pero sea quien sea el señor, hay trabajo. Al primero que vea hacer el vago, le arranco la piel a tiras.
Al decir aquello miraba a Arya, pero no hizo ningún comentario ni le preguntó dónde había estado la noche anterior.
Durante toda la mañana vio cómo los Titiriteros Sangrientos despojaban a los muertos de cualquier objeto de valor y arrastraban los cadáveres hasta el Patio de la Piedra Líquida, donde se preparó una pira para deshacerse de ellos. Shagwell, el bufón, había cortado las cabezas a los cadáveres de dos caballeros, y las paseaba por todo el castillo haciendo como si hablaran entre ellas.
—¿De qué te has muerto tú? —preguntaba una cabeza.
—De una indigestión de sopa de comadreja —respondía la segunda.
A Arya le ordenaron limpiar la sangre seca. Nadie le dijo una palabra aparte de lo habitual, pero de cuando en cuando advertía que clavaban en ella miradas extrañas. Robett Glover y el resto de los hombres a los que habían liberado debían de haber contado lo sucedido en las mazmorras, y luego Shagwell y sus asquerosas cabezas parlantes empezaron con lo de la sopa de comadreja. Le habría gustado decirle que se callara, pero tenía miedo. El bufón estaba medio loco, y se contaba que en cierta ocasión había matado a un hombre porque no se rió de una de sus bromas.
«Pues más le vale callarse si no quiere que lo ponga en mi lista junto a los demás», pensó mientras frotaba una mancha color marrón rojizo.
Estaba ya anocheciendo cuando llegó el nuevo señor de Harrenhal. Tenía un rostro vulgar y ordinario, sin barba, en el que sólo destacaban unos extraños ojos claros. No era gordo ni flaco, tampoco musculoso, vestía una cota de malla negra y una capa con lunares rosa. El blasón de su estandarte parecía un hombre bañado en sangre.
—¡Arrodillaos ante el señor de Fuerte Terror! —gritó su escudero, un chiquillo de la edad de Arya.
Y Harrenhal entero se arrodilló. Vargo se adelantó hacia él.
—Mi zeñor, Harrenhal ez vueztro.
El señor le respondió algo, pero en voz tan baja que Arya no lo oyó. Robett Glover y Ser Aenys Frey, recién bañados y con capas y jubones limpios y nuevos, se acercaron también a ellos. Tras unos instantes de conversación, Ser Aenys los guió hacia Rorge y Mordedor. Arya se sorprendió de que siguieran allí. Sin saber por qué, había dado por hecho que desaparecerían junto a Jaqen. Oyó la voz brusca de Rorge, pero no alcanzó a distinguir qué decía. En aquel momento, Shagwell se echó encima de ella.
—Mi señor, mi señor —canturreó al tiempo que tiraba de la niña por la muñeca—, ¡ésta es la comadreja que preparó la sopa!
—¡Suéltame! —se debatió Arya.
El señor se fijó en ella. Sólo movió los ojos, que eran muy claros, del color del hielo.
—¿Cuántos años tienes, niña?
Tuvo que pensar un momento para acordarse.
—Diez.
—Diez, mi señor —la corrigió—. ¿Te gustan los animales?
—Algunos sí. Mi señor.
—Me imagino que los leones no. —Una leve sonrisa se dibujó en sus labios—. Ni las manticoras. —Arya no supo qué decir, así que no dijo nada—. Tengo entendido que te llaman Comadreja —siguió él—. Eso no puede ser. ¿Qué nombre te puso tu madre?
Se mordió el labio, tratando de que se le ocurriera alguno. Lommy la había llamado Chichones; Sansa, Caracaballo; y su padre, Arya Entrelospiés, pero sabía que no eran nombres que pudiera decir al señor.
—Nymeria —respondió al final—. Pero me llaman Nan para abreviar.
—Conmigo no abrevies, llámame «mi señor», Nan —dijo—. Eres muy joven para pertenecer a la Compañía Audaz, y tampoco creo que admitan mujeres. ¿Te dan miedo las sanguijuelas, niña?
—No son más que sanguijuelas. Mi señor.
—Ojalá mi escudero pensara lo mismo, le podrías dar un par de lecciones. Las sangrías frecuentes son la clave de una vida larga. Tenemos que purgarnos de la sangre mala. Creo que me vas a ser útil. Mientras esté en Harrenhal, Nan, serás mi copera, y me servirás en la mesa y en mis estancias.
En aquella ocasión tuvo suficiente sentido común para no decir que preferiría trabajar en los establos.
—Sí, su señor. Digo, mi señor.
—Ponedla presentable —dijo el señor haciendo un gesto con la mano sin dirigirse a nadie en concreto—, y aseguraos de que sabe servir el vino sin derramarlo. —Se dio la vuelta y señaló la torre de entrada—. Lord Hoat, encargaos de esos estandartes.
Cuatro miembros de la Compañía Audaz subieron a las almenas y arriaron el león de los Lannister y la manticora negra de Ser Amory. En su lugar alzaron al hombre desollado de Fuerte Terror y el lobo huargo de los Stark. Y, aquella misma noche, una criada llamada Nan sirvió vino a Roose Bolton y a Vargo Hoat, que observaban desde la galería cómo los de la Compañía Audaz hacían desfilar a Ser Amory Lorch desnudo por el patio central. Ser Amory suplicaba y sollozaba, y se agarró a las piernas de sus captores hasta que Rorge lo obligó a soltarse, y Shagwell lo tiró de una patada al foso del oso.
«El oso es negro —pensó Arya—. Como Yoren.» Llenó la copa de Roose Bolton y no derramó ni una gota.

DAENERYS

En aquella ciudad de riquezas esplendorosas, Dany había imaginado que la Casa de los Eternos sería el más espléndido de los edificios, pero cuando bajó del palanquín se encontró ante unas ruinas antiguas y grises.
Era una edificación baja y alargada, sin torres ni ventanas, que se enroscaba como una serpiente de piedra a través de un bosquecillo de árboles de corteza negra, de cuyas hojas color azul tinta extraían los qarthianos la pócima que llamaban «color-del-ocaso». No había otros edificios en las proximidades. El techo del palacio era de tejas negras, muchas de las cuales se habían caído o estaban rotas; la argamasa que unía las piedras estaba seca y se desmoronaba. Ahora comprendía por qué Xaro Xhoan Daxos llamaba a aquel lugar «Palacio de Polvo». Hasta Drogon parecía inquieto allí. El dragón negro siseaba, y le salía humo entre los dientes afilados.
—Sangre de mi sangre —dijo Jhogo en dothraki—, este lugar es malévolo, es una guarida de espíritus y maegi. ¿No ves cómo se bebe el sol de la mañana? Vámonos antes de que nos beba también a nosotros.
—¿Qué poder pueden tener si viven en un lugar como éste? —intervino Ser Jorah Mormont deteniéndose junto a ellos.
—Atended el sabio consejo de los que bien os quieren —dijo Xaro Xhoan Daxos, asomándose del palanquín—. Los brujos son criaturas crueles que comen polvo y beben sombras. No os darán nada. No tienen nada que dar.
Khaleesi, todo el mundo dice que son muchos los que entran en el Palacio de Polvo, pero pocos los que salen. —Aggo echó mano de su arakh.
—Todo el mundo lo dice —corroboró Jhogo.
—Somos sangre de tu sangre —intervino Aggo—. Hemos jurado vivir y morir como tú. Permite que entremos contigo en ese lugar oscuro, para guardarte de todo mal.
—Hay caminos que hasta un khal tiene que recorrer a solas —dijo Dany.
—Entonces permitid que os acompañe yo —suplicó Ser Jorah—. Es muy peligroso que...
—La reina Daenerys tiene que entrar sola, o no entrar. —El brujo Pyat Pree salió de entre los árboles. Dany se preguntó cuánto tiempo llevaría allí—. Si da la vuelta ahora, las puertas de la sabiduría quedarán cerradas para ella por siempre jamás.
—Mi barcaza de paseo nos está aguardando —insistió Xaro Xhoan Daxos—. Dad la espalda a esta locura, oh testaruda reina. Tengo flautistas que apaciguarán vuestro corazón atormentado con la música más dulce, y una niñita cuya lengua os hará suspirar y derretiros.
Ser Jorah Mormont lanzó una mirada avinagrada al príncipe mercader.
—Alteza, acordaos de Mirri Maz Duur.
—La recuerdo —replicó Dany; de repente había tomado una decisión—. Recuerdo que tenía conocimientos, y no era más que una maegi.
Pyat Pree sonrió con los labios apretados.
—La niña habla con la sabiduría de una anciana. Cogeos de mi brazo, permitid que os guíe.
—No soy una niña —replicó Dany. Pero, de todos modos, tomó su brazo.
Bajo los árboles negros la oscuridad era más intensa de lo que había supuesto; y el camino, muy largo. Aunque parecía que el camino desde la calle hasta la puerta del palacio era recto, Pyat Pree no tardó en tomar un desvío. Dany quiso saber por qué.
—El camino directo permite entrar, pero no salir —se limitó a responder el brujo—. Prestad atención a lo que os digo, mi reina. La Casa de los Eternos no se construyó para simples mortales. Si tenéis en alguna estima vuestra alma, andad con cuidado y haced lo que os digo.
—Haré lo que me digáis —prometió Dany.
—Cuando entréis, os encontraréis en una sala con cuatro puertas: la que os llevó a la sala y tres más. Cruzad siempre la puerta que tengáis a la derecha. Siempre la de la derecha. Si os encontráis ante una escalera, subid. Nunca bajéis, y nunca crucéis una puerta que no sea la de vuestra derecha.
—La puerta de mi derecha —repitió Dany—. Comprendo. ¿Y cuando salga, al revés?
—En modo alguno —replicó Pyat Pree—. Haced lo mismo al entrar y al salir. Siempre hacia arriba. Siempre la puerta de vuestra derecha. Puede que se abran otras ante vos. Con visiones maravillosas y visiones de un horror indescriptible, de maravillas y de terrores. Con imágenes y sonidos de días pasados, de días venideros y de días que nunca existieron. Puede que os dirija la palabra algún habitante, o algún criado. Responded o haced caso omiso, como queráis, pero bajo ningún concepto entréis en ninguna estancia hasta que no lleguéis a la sala de audiencias.
—Entendido.
—Una vez en la sala de los Eternos, tened paciencia. Para ellos, nuestras vidas insignificantes no son más que el batir de alas de una polilla. Escuchadlos con atención y grabad en vuestro corazón cada una de sus palabras.
Cuando llegaron a la puerta, una boca en forma de óvalo alargado en una pared que se asemejaba a un rostro humano, el enano más pequeño que Dany había visto jamás los esperaba en el umbral. Le llegaba por la rodilla, y tenía un rostro alargado y anguloso, en el que destacaba una gran nariz, pero vestía una hermosa librea morada y azul, y llevaba una bandeja de plata en las diminutas manitas rosadas. Sobre ella había una copa alta de cristal llena de un líquido espeso y azul: color-del-ocaso, el vino de los brujos.
—Cogedla y bebed —indicó Pyat Pree.
—¿Se me pondrán los labios azules?
—Con un trago bastará para destaparos los oídos y disolver la membrana que os cubre los ojos, así podréis oír y ver las verdades que se os van a presentar.
Dany se llevó la copa a los labios. El primer sorbo le supo a tinta y a carne podrida, nauseabundo, pero cuando lo tragó sintió como si cobrara vida dentro de ella. Fue como si unos tentáculos se extendieran por el interior de su pecho, como si unos dedos de fuego se le enroscaran al corazón, y se le llenó la lengua de sabor a miel y a anís y a crema, a leche de madre y a la semilla de Drogo, a carne roja, a sangre caliente y a oro fundido. Eran todos los sabores que había conocido, y a la vez no era ninguno de ellos... y de pronto la copa estuvo vacía.
—Ahora ya podéis entrar —indicó el brujo.
Dany volvió a poner la copa en la bandeja del sirviente, y entró en la casa.
Se encontró en una antecámara con cuatro puertas, una en cada pared. Sin titubeos, se dirigió hacia la puerta de su derecha y la cruzó. La segunda sala era idéntica a la primera, y volvió a optar por la puerta de la derecha. Al abrirla volvió a encontrarse en otra antecámara pequeña con cuatro puertas.
«Esto es hechicería.»
La cuarta habitación no era cuadrada, sino ovalada, y las paredes no eran de piedra sino que estaban recubiertas de madera carcomida. De allí partían seis pasillos en vez de cuatro. Dany se dirigió hacia el que tenía a la derecha, y entró en una sala alargada, de techos altos, envuelta en la penumbra. A lo largo de la pared derecha había una hilera de antorchas que ardían con luz anaranjada y humeante, pero todas las puertas estaban a la izquierda. Drogon desplegó las amplias alas negras y las batió en el aire estancado. Levantó el vuelo y consiguió mantenerse seis metros antes de caer en una postura muy poco digna. Dany lo siguió.
La alfombra mohosa por la que caminaba había tenido en otros tiempos colores maravillosos, y en el tejido se veían aún hilos de oro que brillaban entre el gris desvaído y los manchones verdosos. Lo que quedaba de la alfombra amortiguaba el sonido de sus pisadas, cosa no tan deseable como podría parecer. Dany oía ruidos dentro de las paredes, como ratas que escarbaran y corretearan. Drogon también los oía. Movía la cabeza en dirección a los sonidos, y cuando cesaban lanzaba un grito airado. De algunas de las puertas cerradas llegaban sonidos aún más inquietantes. Una de ellas se sacudía como si alguien la empujara tratando de salir. De otra salía un pitido disonante que hizo que el dragón moviera la cola inquieto. Dany pasó de largo tan deprisa como pudo.
Había puertas que no estaban cerradas. «No voy a mirar», se dijo Dany. Pero era demasiado tentador.
En una habitación había una mujer muy hermosa, desnuda, tendida en el suelo, con cuatro hombrecillos que reptaban sobre ella. Todos tenían rostros ratoniles afilados y manos diminutas y rosadas, como el sirviente que le había llevado la copa de color. Uno de ellos embestía entre los muslos de la mujer. Otro le atacaba los pechos con fiereza, le mordía el pezón con la boca húmeda y roja, le arrancaba jirones de carne y los masticaba.
Más adelante se tropezó con un festín de cadáveres. Los comensales, asesinados de las maneras más despiadadas, yacían tirados sobre las sillas volcadas y las mesas destrozadas, en medio de charcos de sangre coagulada. A algunos les faltaban miembros; a otros, la cabeza. Las manos cortadas agarraban copas ensangrentadas, cucharas de madera, trozos de ave asada o pedazos de pan. En un trono elevado había un hombre muerto con cabeza de lobo. Llevaba una corona de hierro y tenía en la mano una pierna de cordero, como si fuera el cetro de un rey. Sus ojos siguieron a Dany con una súplica muda.
Huyó de él, pero sólo hasta la siguiente puerta. «Esta habitación la conozco», pensó. Recordaba las grandes vigas de madera y las tallas en forma de cabezas de animales que las adornaban. ¡Y, al otro lado de la ventana, un limonero! Sólo con ver aquello se le encogió el corazón de añoranza. «Es la casa de la puerta roja, la casa de Braavos.» Nada más pensarlo, el anciano Ser Willem entró en la estancia, apoyándose en el bastón.
—Ah, estáis aquí, princesita —dijo con aquella voz gruñona—. Venid —pidió—, venid conmigo, mi señora. Ahora ya estáis en casa. Ya estáis a salvo.
Le tendió la manaza arrugada, suave como el cuero viejo, y Dany habría querido cogerla, apretarla, besarla... lo deseaba tanto como no había deseado nada en su vida. Avanzó un paso.
«Pero está muerto —pensó—. Está muerto, está muerto, el oso grandullón, tan dulce, murió hace mucho tiempo.» Retrocedió y echó a correr.
La sala larga parecía interminable, siempre con puertas a la izquierda y sólo antorchas a la derecha. Pasó corriendo junto a tantas puertas que al final perdió la cuenta, puertas abiertas y puertas cerradas, puertas de madera y puertas de hierro, puertas con picaportes, puertas con cerrojos y puertas con aldabas. Drogon le azotaba la espalda con la cola, como si quisiera apremiarla, y Dany corrió hasta que no pudo más.
Por último aparecieron a su izquierda un par de puertas de bronce, mucho más grandes que todas las demás. Se abrieron cuando ella se acercó, y tuvo que detenerse para ver qué había más allá. Era una gigantesca sala de piedra, la más descomunal que había visto jamás. De los muros pendían los cráneos de dragones muertos, que parecían mirarla. En un trono elevado con púas se sentaba un anciano vestido con ropas opulentas, un anciano de ojos oscuros y cabello largo plateado.
—Que sea rey de huesos calcinados y carne chamuscada —dijo un hombre situado más abajo—. Que sea rey de las cenizas.
Drogon chilló y clavó las garras en la seda y en la piel, pero el rey sentado en el trono no lo oyó, y Dany avanzó.
«Viserys», fue lo primero que pensó cuando volvió a detenerse, pero al mirarlo con más atención cambió de idea. Aquel hombre tenía el mismo cabello que su hermano, pero era más alto, y sus ojos eran color índigo oscuro, no liliáceos.
—Aegon —dijo el hombre del trono a una mujer que amamantaba a un recién nacido en una gran cama de madera—. ¿Qué mejor nombre para un rey?
—¿Compondrás una canción para él? —preguntó la mujer.
—Ya tiene una canción —replicó el hombre—. Es el príncipe que nos fue prometido, suya es la canción de hielo y fuego. —Al decir aquello alzó la vista, sus ojos se encontraron con los de Dany, y fue como si la viera al otro lado de la puerta—. Tiene que haber uno más —dijo, aunque no sabía si hablaba con ella o con la mujer de la cama—. El dragón tiene tres cabezas.
Se dirigió hacia el asiento empotrado bajo la ventana, cogió un arpa y acarició las cuerdas plateadas. Una dulce tristeza impregnó la habitación cuando el hombre, la mujer y el bebé se desvanecieron como la neblina en la mañana, y sólo quedó la música para espolearla en su camino.
Tuvo la sensación de que andaba durante una hora entera antes de que, por fin, la sala terminara ante una empinada escalera de piedra que descendía hacia la oscuridad. Todas las puertas que había visto, abiertas o cerradas, estaban a su izquierda. Dany miró hacia atrás. Sintió un latigazo de miedo al ver que las antorchas se estaban apagando. Tal vez quedaran veinte encendidas, treinta como mucho. Ante sus ojos, una parpadeó y se apagó. Era como si la oscuridad reptara por la sala en dirección a Dany, y le pareció oír algo que se acercaba, algo que se arrastraba trabajosamente por la alfombra descolorida. El terror la invadió. No podía retroceder, y tenía miedo de seguir allí, pero ¿adónde podía ir? No había ninguna puerta a la derecha, y las escaleras descendían, en vez de ascender.
Se apagó otra antorcha, y el volumen del sonido aumentó levemente. Drogon estiró el largo cuello, abrió la boca y lanzó un grito, mientras le salía vapor entre los dientes.
«Él también lo oye. —Dany se volvió una vez más hacia la pared, pero no había nada—. ¿Podría tratarse de una puerta secreta, una puerta que no veo? —Se apagó otra antorcha. Y otra más—. La primera puerta de la derecha, me dijo que cruzara siempre la primera puerta de la derecha. La primera puerta de la derecha...»
Y, de repente, lo comprendió. «¡Es la última puerta de la izquierda!»
La cruzó a toda velocidad. Al otro lado había una sala pequeña con cuatro puertas. Fue hacia la derecha, y hacia la derecha, y hacia la derecha, y hacia la derecha, y hacia la derecha, hasta que volvió a sentirse mareada y sin aliento.
Se encontró en una habitación de piedra húmeda... pero, en aquella ocasión, la puerta que veía al frente tenía forma de boca abierta, y al otro lado estaba Pyat Pree, en la hierba, bajo los árboles.
—¿Cómo es posible que los Eternos hayan acabado tan pronto con vos? —preguntó incrédulo al verla.
—¿Tan pronto? —se asombró Dany—. Llevo horas caminando, y todavía no los he encontrado.
—Seguro que en algún momento habéis girado por donde no era. Venid, os guiaré. —Pyat Pree le tendió la mano. Dany titubeó. Había una puerta a su derecha, que todavía estaba cerrada...—. No es por ahí —añadió Pyat Pree con firmeza, con una mueca de desaprobación en los labios azules—. Los Eternos no te esperarán mucho tiempo más.
—Para ellos, nuestras vidas insignificantes no son más que el batir de alas de una polilla —recordó Dany.
—Niña testaruda, os vais a perder sin remedio. —Ella se dirigió hacia la puerta de la derecha—. No —chilló Pyat—. No, conmigo, ven conmigo, veeeeeennnnn. —Su rostro se desmoronó hacia adentro y se convirtió en una sustancia pálida y agusanada.
Dany lo dejó atrás y se vio ante una escalera. Empezó a subir. No tardaron en dolerle las piernas. Recordó que, desde fuera, daba la impresión de que la Casa de los Eternos carecía de torres.
Por fin llegó a la cima de la escalera. A su derecha había una hilera de amplias puertas de madera, todas abiertas. Eran de ébano y arciano, las vetas blancas y negras se entrelazaban en extraños dibujos. Eran muy hermosas, pero en cierto modo también resultaban aterradoras. «La sangre del dragón no debe tener miedo.» Dany recitó una oración rápida, pidiendo valor al Guerrero y fuerza al dios caballo de los dothrakis, y se obligó a seguir adelante.
Al otro lado de las puertas había una gran sala con magos esplendorosos. Algunos vestían túnicas suntuosas de armiño, terciopelo rubí e hilo de oro. Otros llevaban armaduras muy complejas con incrustaciones de piedras preciosas, o sombreros altos puntiagudos salpicados de estrellas. También había mujeres ataviadas con vestidos maravillosos. Por las vidrieras de colores entraban haces de luz, y el aire parecía vibrar con la música más hermosa que Dany había oído jamás.
Un hombre de porte regio vestido con ricos ropajes se levantó al verla, y sonrió.
—Daenerys de la Casa Targaryen, sed bienvenida. Entrad y compartid el alimento de la eternidad. Somos los Eternos de Qarth.
—Largo tiempo os hemos aguardado —dijo la mujer que estaba a su lado, vestida en tonos rosa y plateado. El pecho desnudo que mostraba, al estilo de Qarth, era el más hermoso que se pudiera imaginar.
—Sabíamos que vendríais a nosotros —dijo el mago rey—. Lo supimos hace un millar de años, desde entonces os esperamos. Nosotros enviamos el cometa para que os mostrara el camino.
—Tenemos conocimientos que compartir con vos —dijo un guerrero de brillante armadura color esmeralda—, y armas mágicas que proporcionaros. Habéis superado todas las pruebas. Venid, sentaos con nosotros, y obtendréis respuesta a todas vuestras preguntas.
Dio un paso hacia delante. En aquel momento, Drogon saltó de su hombro. Voló hasta posarse en la parte superior de la puerta de ébano y arciano, y empezó a picotear la madera tallada.
—Una bestezuela testaruda —dijo un joven muy atractivo riéndose—. ¿Queréis que os enseñemos el lenguaje secreto de los dragones? Venid, venid.
La duda se apoderó de ella. La puerta era muy pesada, Dany tuvo que reunir todas sus fuerzas para empujarla, y al final consiguió que se moviera. Detrás había otra puerta, oculta. Era de madera vieja y gris, astillada y vulgar... pero estaba a la derecha de la puerta por la que había entrado. Los magos la llamaron con voces más dulces que las canciones. Dany huyó de ellos, y Drogon volvió a volar para posarse en su hombro. Cruzó la puerta estrecha y llegó a una estancia inmersa en la penumbra.
En aquella sala había una mesa larga que la ocupaba casi por completo. Sobre ella flotaba un corazón humano, hinchado, azul por la descomposición, pero todavía vivo. Palpitaba con un sonido sordo y pesado, y cada latido hacía que emitiera una ráfaga de luz color índigo. Las figuras que rodeaban la mesa no eran más que sombras azules. No se movieron, no hablaron ni volvieron el rostro hacia Dany cuando avanzó hasta la silla vacía que había en el extremo de la mesa. No se oía más sonido que el de los latidos lentos y graves, del corazón podrido.
—... madre de dragones... —le llegó una voz, en parte susurro y en parte gemido.
—... dragones... dragones... dragones... —repitieron otras voces en la penumbra.
Unas eran masculinas, otras femeninas, una hablaba con tono infantil... El corazón flotante palpitaba, pasando de la penumbra a la oscuridad. Le costó mucho reunir valor para hablar, y recordar las frases que había memorizado con tesón.
—Soy Daenerys de la Tormenta, de la Casa Targaryen, reina de los Siete Reinos de Poniente. —«¿Me oyen? ¿Por qué no se mueven?» Se sentó y cruzó las manos sobre el regazo—. Ofrecedme vuestros consejos, habladme con la sabiduría de los que han vencido a la muerte.
Entre las tinieblas teñidas de índigo alcanzó a ver los rasgos del Eterno que tenía a la derecha, un anciano viejísimo, arrugado y calvo. Tenía la piel de un tono violeta azulado, con los labios y las uñas todavía más azules, tan oscuros que casi parecían negros. Hasta el blanco de sus ojos era azul. Aquellos ojos miraban sin ver a la anciana que se sentaba frente a él al otro lado de la mesa, con una túnica rosa claro que se le había podrido sobre el cuerpo. Según la costumbre qarthiana dejaba desnudo un pecho, arrugado y con un pezón azulado duro como el cuero.
«No respira. —Dany prestó atención al silencio—. No respira ninguno, no se mueven, y esos ojos no ven. ¿Será posible que los Eternos estén muertos?»
La respuesta que recibió fue tan tenue como el roce del bigote de un ratón.
—... vivimos... vivimos... vivimos...
—... y sabemos... sabemos... sabemos... sabemos... —repitió una miríada de voces.
—He venido en busca del don de la verdad —dijo Dany—. En la sala alargada, vi cosas... ¿eran visiones ciertas o mentiras? ¿Cosas del pasado o cosas que han de suceder? ¿Qué significaban?
—... la forma de las sombras... mañanas que aún no son... bebe de la copa de hielo... bebe de la copa de fuego...
—... madre de dragones... hija de tres...
—¿De tres? —No comprendía nada.
—... tres cabezas tiene el dragón... —El coro fantasmal retumbaba en su cabeza, pero los labios no se movían, no había aliento que agitara el aire quieto y azul—. ... madre de dragones... hija de la tormenta... tres fuegos debes encender... uno por la vida, otro por la muerte, otro por amor... —Los susurros se convertían en una canción que se arremolinaba en su mente. El corazón le latía al unísono con el que flotaba ante ella, azul y podrido—. Tres monturas debes cabalgar... una hacia el lecho, otra hacia el terror y otra hacia el amor... —Las voces eran cada vez más altas, y Dany se dio cuenta de que el corazón le palpitaba más despacio, que su respiración era cada vez más lenta—. Tres traiciones conocerás... una por sangre, otra por oro y otra por amor...
—No... —Su voz era apenas un susurro, casi tan tenue como la de los Eternos. ¿Qué le estaba pasando?—. No lo entiendo —dijo, más alto. ¿Por qué le costaba tanto hablar allí?—. Ayudadme. Decídmelo.
—... ayudadla... —se burlaron los susurros—... decídselo...
En ese momento los fantasmas se estremecieron en la penumbra y formaron imágenes color índigo. Viserys gritó cuando el oro fundido le corrió por las mejillas y le llenó la boca. Un señor alto de piel cobriza y cabellera como oro blanco cabalgaba bajo el estandarte de un semental fiero, mientras a su espalda se veía una ciudad en llamas. Los rubíes brotaban como gotas de sangre del pecho de un príncipe moribundo que caía de rodillas en el agua, y murmuraba con su último aliento el nombre de una mujer.
—... madre de dragones, hija de la muerte...
Una espada roja brillaba como el ocaso en la mano de un rey de ojos azules que no proyectaba sombra alguna. Un dragón de tela se mecía entre dos pértigas mientras la multitud aplaudía. De una torre humeante, una gran bestia de piedra emprendía el vuelo, echando fuego sombrío por la boca...
—... madre de dragones, exterminadora de mentiras...
Su plata trotaba por la hierba hacia un arroyo oscuro, bajo un mar de estrellas. En la proa de un barco se alzaba un cadáver, con ojos brillantes en el rostro muerto y una sonrisa triste en los labios grises. Una flor azul crecía en una grieta de un muro de hielo, e impregnaba el aire de un olor dulce...
—... madre de dragones, esposa del fuego...
Las visiones se sucedían cada vez más deprisa, una tras otra, hasta que pareció que el aire había cobrado vida. Las sombras giraban y danzaban en el interior de una tienda, impalpables y terribles. Una niñita corría descalza hacia una casa grande con la puerta roja. Mirri Maz Duur aullaba entre las llamas, mientras le surgía un dragón de la cabeza. Un caballo plateado arrastraba el cadáver ensangrentado de un hombre desnudo. Un león blanco corría por un campo de hierba más alta que una persona. Al pie de la Madre de las Montañas, una fila de ancianas desnudas subía de un gran lago y se arrodillaba ante ella, todas estremecidas, inclinando las cabezas canosas. Diez mil esclavos alzaban las manos manchadas de sangre mientras ella cabalgaba como el viento entre ellos a lomos de su plata.
—¡Madre! —gritaban—, ¡madre, madre! —Le tiraban de la capa, del dobladillo de la falda, del pie, de la pierna, del pecho... La querían, la necesitaban, el fuego, la vida, y Dany buscaba el aliento y abría los brazos para entregarse a ellos.
Pero, en aquel momento, unas alas negras revolotearon en torno a su cabeza, un chillido de furia cortó el aire índigo, y de repente las visiones desaparecieron, se desmoronaron, y la respiración trabajosa de Dany se transformó en un grito de terror. Los Eternos la rodeaban, azules y fríos, susurrando mientras la tocaban, mientras la acariciaban, le tironeaban de la ropa, la rozaban con manos frías y secas, le pasaban los dedos por el pelo... Había perdido toda la fuerza de los músculos. No se podía mover. El corazón ya no le latía. Sintió el tacto de una mano en el pecho desnudo que le pellizcaba un pezón. Unos dientes le buscaron la piel tierna de la garganta. Una boca se posó sobre uno de sus ojos, lo lamió, lo chupó, lo empezó a morder...
Y de pronto el índigo se transformó en naranja, y los susurros en gritos. El corazón le palpitaba, le latía a toda velocidad, las manos y las bocas se esfumaron, el calor le bañó la piel, y Dany parpadeó ante el repentino resplandor. Sobre ella, el dragón extendió las alas y se lanzó contra el espantoso corazón, desgarró la carne podrida hasta convertirla en jirones, y cuando echó la cabeza hacia atrás el fuego que le salió de entre las mandíbulas era brillante y ardiente. Dany oyó los gritos de los Eternos que se quemaban, sus voces agudas y quebradizas que sollozaban en idiomas muertos mucho tiempo atrás. Su carne era como pergamino a punto de desmoronarse y sus huesos como madera seca empapada en sebo. Se agitaban mientras las llamas los consumían, giraban, se retorcían, se contorsionaban y alzaban las manos en llamas, con dedos brillantes como antorchas.
Dany consiguió ponerse en pie y embistió contra ellos. Eran livianos como el aire, apenas cascarones, y caían en cuanto los tocaba. Cuando llegó a la puerta, la estancia entera ardía.
¡Drogon! —llamó, y el dragón voló hacia ella en medio del fuego.
Corrió por un pasillo serpenteante, iluminado por el resplandor anaranjado de la estancia en llamas. Dany corrió y corrió, en busca de una puerta a la derecha, una puerta a la izquierda, una puerta cualquiera, pero no había ninguna, sólo paredes de piedra sinuosas, y un suelo que parecía moverse bajo sus pies, que se retorcía como si quisiera hacerla tropezar. Pero se mantuvo erguida y corrió más deprisa, y de pronto vio ante ella la puerta, una puerta que era como una boca abierta.
Cuando se precipitó hacia el sol, el brillo de la luz la hizo tambalearse. Pyat Pree farfullaba en una lengua ignota, y saltaba primero sobre un pie, luego sobre el otro. Dany miró hacia atrás, y vio tentáculos de humo que brotaban de las hendiduras de los viejos muros de piedra del Palacio de Polvo, y se alzaban a través de las tejas negras del tejado.
Pyat Pree lanzó una maldición y corrió hacia ella con un cuchillo en la mano, pero Drogon revoloteó por delante de su rostro. En aquel momento oyó el restallido del látigo de Jhogo, y le pareció el sonido más dulce que había escuchado jamás. El cuchillo salió volando por los aires, y un instante después Rakharo derribaba a Pyat. Ser Jorah Mormont se arrodilló junto a Dany sobre la hierba fresca, y le rodeó los hombros con un brazo.

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