domingo, 3 de julio de 2011

Juego de Tronos parte 6 (Final)


ARYA

El aroma del pan caliente que salía de las tiendas en la calle de la Harina era más dulce que ningún perfume que Arya hubiera olido jamás. Respiró hondo y se acercó un paso más a la paloma. Era un ave rechoncha, con manchas marrones, que parecía muy ocupada picoteando un trozo de corteza incrustado entre dos piedras de la calle, pero alzó el vuelo en cuanto la sombra de Arya la rozó.
La espada de madera silbó, y acertó al animal a medio metro del suelo. Cayó en un revoloteo de plumas marrones. La niña saltó sobre ella en un abrir y cerrar de ojos, la agarró por un ala mientras se debatía y le lanzaba picotazos a los dedos. La cogió por el cuello y se lo retorció hasta que sintió cómo se rompía el hueso.
Comparadas con los gatos, las palomas eran muy fáciles.
Un septon que pasaba por allí la miró con recelo.
—Es el mejor lugar para cazar palomas —le dijo Arya al tiempo que se estiraba las ropas y recogía la espada de madera—. Vienen a por las migas.
Él se alejó a toda prisa. Arya se ató la paloma al cinturón y echó a andar calle abajo. Un hombre empujaba un carrito de dos ruedas lleno de tartas. El aire se impregnó del olor de los arándanos, los limones y los albaricoques. El estómago le rugió con un sonido hueco.
—¿Me dais una? —se oyó decir—. De limón, o... de lo que sea.
—Son tres monedas de cobre —dijo el hombre del carrito después de mirarla de arriba abajo. Obviamente, lo que veía no le gustaba.
—Os la cambio por una paloma bien gorda —dijo Arya dándose unos golpecitos en la bota con la espada de madera.
—Los Otros se lleven tu paloma —replicó el hombre del carrito.
Las tartas estaban recién salidas del horno. El olor le hacía la boca agua, pero no tenía tres monedas de cobre. Ni siquiera una. Miró al hombre, recordando lo que le había dicho Syrio acerca de ver de verdad. Era bajo, tenía una barriga redonda, y parecía apoyarse más en la pierna izquierda al caminar. Pensó que, si cogía una tarta y echaba a correr, no podría atraparla, pero él pareció leerle el pensamiento.
—Ni se te ocurra acercar esas manos sucias. Los capas doradas saben qué hacer con las ratas ladronas como tú, no lo dudes.
Arya miró hacia atrás con cautela. En la entrada de un callejón había dos guardias de la ciudad. Las capas les llegaban casi hasta el suelo, eran gruesas, de lana teñida de color dorado, mientras que las cotas de mallas, las botas y los guantes eran negros. Uno llevaba una espada larga colgada del cinturón, el otro una porra de hierro. Arya lanzó una última mirada anhelante a las tartas, y se alejó del carrito a buen paso. Los capas doradas no se habían fijado en ella, pero con sólo verlos se le ponía un nudo en el estómago. Se había mantenido lo más lejos posible del castillo, pero pese a la distancia las cabezas que se pudrían en la cima de los muros rojos se veían demasiado bien. Los cuervos revoloteaban ruidosos sobre ellas. En el Lecho de Pulgas se comentaba que los capas doradas se habían aliado con los Lannister, y que su comandante tenía ahora rango de lord, además de tierras en el Tridente y un asiento en el Consejo Privado del rey.
También había oído otros comentarios, cosas que daban miedo, cosas que no comprendía. Unos decían que su padre había asesinado al rey Robert, y que Lord Renly lo había matado a él. En cambio otros aseguraban que Renly había matado al rey en una pelea, cuando los dos hermanos estaban borrachos. Si no, ¿por qué había huido en medio de la noche, como un vulgar ladrón? Según una versión, al rey lo había matado un jabalí durante la cacería, y según otra, había muerto comiendo jabalí con tanta gula que había estallado en la mesa. Otros decían que no, que el rey había muerto sentado a la mesa, pero porque Varys la Araña lo había envenenado. No, lo había envenenado la reina. No, había muerto de viruelas. No, se había ahogado con una espina de pescado.
Lo único que tenían en común todos los rumores era la certeza de que el rey Robert había muerto. Las campanas de las siete torres del Gran Sept de Baelor habían repicado todo un día y toda una noche, el retumbar de su dolor recorrió la ciudad como una marea de bronce. Las campanas sólo repicaban así por la muerte de un rey, según le contó a Arya el hijo de un curtidor.
Ella lo único que quería era volver a casa, pero no era tan sencillo salir de Desembarco del Rey. Los rumores de guerra estaban en todas las bocas, y los capas doradas estaban sobre los muros de la ciudad como pulgas sobre... bueno, sobre ella, por ejemplo. Había estado durmiendo en el Lecho de Pulgas, en tejados y en establos, en cualquier lugar donde encontraba un rincón para tenderse, y no había tardado en comprender por qué aquel barrio tenía semejante nombre.
Tras escapar de la Fortaleza Roja, no había pasado un día sin que Arya visitara las siete puertas de la ciudad. La Puerta del Dragón, la Puerta del León y la Puerta Antigua estaban cerradas y con barrotes. La Puerta del Lodazal y la Puerta de los Dioses estaban abiertas, pero sólo para los que querían entrar en la ciudad: los guardias no permitían que nadie saliera por ellas. Los que querían marcharse tenían que hacerlo por la Puerta del Rey o por la Puerta de Hierro, que estaban vigiladas por guerreros Lannister con sus capas rojas y sus yelmos adornados con leones. Arya los había espiado desde el tejado de una posada cercana a la Puerta del Rey, y había visto que registraban los carros y carromatos, que obligaban a los jinetes a abrir sus alforjas, y que interrogaban a todo el que quería salir a pie.
A veces consideraba la posibilidad de salir a nado, pero el río Aguasnegras era ancho y profundo, y todo el mundo decía que las corrientes eran traicioneras. Y no tenía dinero para pagar a un barquero, ni sacar pasaje en una nave.
Su señor padre le había enseñado que no debía robar jamás, pero cada vez le resultaba más difícil recordar por qué. Si no conseguía salir, y pronto, tendría que arriesgarse con los capas doradas. Desde que aprendió a cazar palomas con la espada de madera no había vuelto a pasar hambre, pero tenía miedo de ponerse enferma si seguía comiendo aquella carne. Antes de encontrar el Lecho de Pulgas, se había comido las primeras crudas.
En el Lecho había tenderetes con calderos en cada callejón, en los que hervían guisos que llevaban años al fuego; allí se podía cambiar media paloma por un pedazo de pan del día anterior y un «cuenco de estofado», y hasta te ponían la otra mitad al fuego y te la asaban, siempre que uno mismo le quitara las plumas. Arya habría dado cualquier cosa por un tazón de leche y un pastelillo de limón, pero el estofado tampoco estaba tan mal. Por lo general llevaba cebada, trozos de zanahoria, nabo y cebolla, y en ocasiones hasta manzana, y siempre había una capa de grasa en la superficie. Ella procuraba no pensar en la carne. Una vez le había tocado un trozo de pescado.
Pero los tenderetes de los calderos siempre estaban llenos y, aunque se apresuraba a recoger la comida Arya notaba los ojos clavados en ella. Algunos le miraban las botas o la capa, y sabía qué estaban pensando. En cambio otros le metían la mirada por debajo de las ropas. No sabía qué pensaban ésos, cosa que le daba todavía más miedo. En un par de ocasiones la persiguieron por los callejones, pero hasta entonces no la habían atrapado.
El brazalete de plata que había pensado vender se lo robaron la primera noche que pasó fuera del castillo, junto con el hato de ropa buena, mientras dormía entre los restos quemados de una casa del callejón del Cerdo. Lo único que le quedaba era la capa con que se tapaba, las prendas de cuero sobre las que se había acostado, la espada de madera... y Aguja. Por suerte dormía sobre ella, de lo contrario también la habría perdido. Valía más que el resto de los objetos juntos. Desde entonces Arya había llevado siempre la capa echada sobre el brazo derecho, para ocultar la espada que le colgaba de la cintura. En cambio la espada de madera la llevaba en la mano izquierda, para que todo el mundo la viera, con la esperanza de desanimar a los ladrones. Pero en los tenderetes de los calderos había hombres que no se desanimarían aunque llevara un hacha de guerra. Aquello bastaba para quitarle las ganas de comer paloma y pan duro. A menudo prefería acostarse con hambre antes que arriesgarse a las miradas.
Cuando saliera de la ciudad podría recoger bayas, o robar manzanas y cerezas en los huertos. Recordaba haber visto varios desde el camino real, cuando llegaron al sur. También podría buscar raíces en el bosque, o incluso cazar algún conejo. En la ciudad los únicos animales que corrían eran las ratas, los gatos y algunos perros famélicos. Le habían dicho que en los tenderetes de los calderos se pagaba un puñado de monedas de cobre por una camada de cachorros, pero no quería ni pensar en eso.
Al final de la calle de la Harina había un laberinto de callejuelas sinuosas y callejones sin salida. Arya pasó entre la multitud, tratando de alejarse lo máximo posible de los capas doradas. Había descubierto que lo mejor era ir por el centro de la calle. A veces tenía que esquivar caballos o carromatos, pero al menos los veía venir. Si caminaba cerca de los edificios, alguien podía agarrarla. En algunos callejones había que ir rozando los muros, porque los edificios estaban tan próximos que casi se tocaban.
Una pandilla de niñitos escandalosos pasó corriendo junto a ella mientras hacían rodar un aro. Arya los miró con rencor, le recordaban los tiempos en que jugaba al aro con Bran, con Jon y con el pequeño Rickon. Se preguntó cuánto habría crecido ya Rickon, y si Bran estaría muy triste. Habría dado cualquier cosa por tener allí a Jon, oír cómo la llamaba «hermanita» y sentir cómo le revolvía el pelo. Aunque no le hacía ninguna falta que se lo revolvieran. Se había visto reflejada en los charcos, y no creía posible que pudiera haber un cabello más revuelto que el suyo.
Había tratado de hablar con los niños que veía en las calles, con la esperanza de trabar amistad con alguno que le ofreciera un lugar donde dormir, pero seguramente se había expresado mal o algo así. Los pequeños la miraban con cautela, y si se acercaba a ellos echaban a correr. Sus hermanos mayores le hacían preguntas a las que Arya no podía responder, la insultaban, e intentaban robarle lo que tenía. El día anterior una muchacha flaca y descalza, que la doblaba en edad, la tiró al suelo e intentó quitarle las botas, pero Arya la golpeó en la oreja con la espada de madera, y la otra se alejó ensangrentada y sollozante.
Mientras bajaba por la ladera de la colina hacia el Lecho de Pulgas, una gaviota pasó volando sobre ella. Arya la miró, pensativa, aunque estaba fuera del alcance de su espada. La había hecho pensar en el mar. Quizá aquélla fuera la salida. La Vieja Tata contaba cuentos acerca de muchachos que embarcaban como polizones en galeras mercantes, navegaban y corrían aventuras. A lo mejor Arya también podía hacerlo. Decidió ir hasta el río. Le quedaba de camino hacia la Puerta del Lodazal, que todavía no había visitado aquel día.
Cuando llegó, los muelles estaban extrañamente silenciosos. Divisó a una pareja de capas doradas que caminaban por el mercado del pescado, pero ellos no la miraron. La mitad de los puestos estaban vacíos, y le pareció que en las dársenas había muchos menos barcos de los que recordaba. Tres galeones de guerra del rey avanzaban en formación por el Aguasnegras, los cascos pintados de color oro hendían las aguas a medida que los remos subían y bajaban. Arya los observó un rato y echó a andar por la ribera.
Cuando vio a los guardias en el tercer malecón, con capas de lana gris ribeteadas de seda blanca, casi se le paró el corazón. Los colores de Invernalia le llenaron los ojos de lágrimas. Estaban cerca de una pequeña galera mercante trirreme, amarrada junto a la orilla. Arya no supo leer el nombre, estaba escrito en un idioma extraño, myriano, bravoosi, tal vez alto valyriano. Agarró por la manga a un estibador que pasó junto a ella.
—Por favor —dijo—, ¿qué barco es ése?
—Es el Bruja del Viento, de Myr —le respondió el hombre.
—¡Sigue aquí! —exclamó Arya. El estibador le lanzó una mirada desconcertada, se encogió de hombros y siguió su camino. Arya corrió hacia el malecón. El Bruja del Viento era el barco que había apalabrado su padre para llevarla a casa... ¡y aún estaba allí! Creía que habría zarpado hacía ya muchos días.
Dos de los guardias jugaban a los dados, mientras el tercero hacía una ronda con la mano sobre el pomo de la espada. No quería que la vieran llorar como a una niñita, así que se detuvo para frotarse los ojos. Los ojos los ojos los ojos... ¿por qué?
«Mira con los ojos», oyó susurrar a Syrio.
Arya miró. Conocía a todos los hombres de su padre. Los tres de las capas grises eran desconocidos.
—Eh, tú —dijo el que hacía la ronda—. ¿Qué buscas aquí, chico?
Los otros dos alzaron la vista.
Arya hizo un esfuerzo supremo por controlarse para no salir corriendo, sabía que si lo hacía la perseguirían. Se obligó a acercarse. Esperaban a una chica, pero la habían tomado por un chico. Pues, entonces, sería un chico.
—¿Queréis comprar una paloma? —Le mostró el pájaro muerto.
—Largo de aquí —replicó el guardia.
Arya obedeció. No tuvo que fingir miedo, lo sentía de verdad. A su espalda, los hombres volvieron a concentrarse en los dados.
Nunca supo cómo había conseguido regresar al Lecho de Pulgas, pero cuando llegó a las callejuelas retorcidas y sin pavimentar que discurrían entre las colinas estaba jadeante y sudorosa. El Lecho tenía un olor propio, apestaba a pocilgas, establos y curtidurías, y también a pellejos de vino agrio y a burdeles baratos. Arya recorrió el laberinto como en sueños. Hasta que no le llegó el olor del guiso que se cocía en un tenderete, no se dio cuenta de que ya no tenía la paloma. Se le debía de haber caído del cinturón al correr, o tal vez se la habían robado sin que se diera cuenta. Sintió ganas de llorar de nuevo. Tendría que volver a la calle de la Harina, y no sabía si podría cazar otra tan gorda.
A lo lejos, al otro lado de la ciudad, las campanas empezaron a sonar.
Arya alzó la vista y escuchó, ¿qué significaría aquel nuevo repique?
—¿Qué pasa ahora? —preguntó un hombre gordo, desde uno de los tenderetes de los calderos.
—Los dioses se apiaden de nosotros, otra vez las campanas —aulló una vieja.
—¿Se ha muerto el niño rey? —gritó una prostituta pelirroja, envuelta en finas sedas, asomándose a la calle por la ventana de un segundo piso—. Es lo que tienen los niños, no duran nada. —Se echó a reír, y un hombre desnudo la agarró desde atrás, le mordió el cuello y le sobó los grandes pechos blancos, que se veían por debajo de la escasa ropa.
—Puta imbécil —replicó también a gritos el hombre gordo—. El rey no ha muerto, son campanas de llamada. Sólo las de una torre. Cuando muere el rey suenan todas las de la ciudad.
—Oye, deja de morderme o te voy a hacer sonar yo a ti las campanas —dijo la mujer de la ventana al hombre que estaba detrás de ella, al tiempo que lo apartaba de un codazo—. Entonces, ¿quién se ha muerto?
—Es una llamada —repitió el gordo.
Dos chicos de la edad de Arya pasaron junto a ella, pisoteando un charco. Una anciana los maldijo, pero ellos siguieron corriendo. No eran los únicos, todo el mundo se dirigía colina arriba para ver a qué venía tanto jaleo. Arya corrió tras el chico que iba más despacio.
—¿Qué pasa?
—Los capas doradas lo llevan al sept. —El chico se había vuelto para mirarla, sin aminorar el paso.
—¿A quién? —gritó sin parar de correr.
—¡A la Mano! Buu dice que le van a cortar la cabeza.
Un carromato había dejado un surco profundo en la calle. El chico lo salvó de un salto, pero Arya no lo vio. Tropezó y cayó de bruces, se hizo un arañazo profundo en la rodilla contra una piedra y se magulló los dedos al caer en la tierra dura. Aguja se le enredó entre las piernas. Contuvo un sollozo mientras se ponía en pie. Tenía el pulgar de la mano izquierda lleno de sangre. Cuando se lo lamió, vio que se había arrancado la mitad de la uña. Las manos le dolían, y también tenía la rodilla ensangrentada.
—¡Abrid paso! —gritó alguien desde la calle transversal—. ¡Abrid paso a mis señores de Redwyne!
Arya apenas tuvo tiempo de apartarse del camino para que no la arrollaran cuatro guardias a lomos de caballos enormes que pasaron al galope. Llevaban capas a cuadros de colores azul y vino. Tras ellos iban dos jóvenes señores, que parecían idénticos, a lomos de yeguas zainas también iguales. Arya los había visto un centenar de veces en el patio, eran los gemelos Redwyne, Ser Horas y Ser Hobber, dos muchachos poco agraciados, de cabellos rojos y rostros cuadrados llenos de pecas. Sansa y Jeyne Poole los llamaban Ser Horror y Ser Baboso, y siempre que los veían hacían comentarios entre risitas. En aquel momento no tenían nada de graciosos.
Todo el mundo iba en la misma dirección, con prisa por averiguar a qué venía el tañido de las campanas. Sonaban cada vez más fuerte, a nadie le podía pasar desapercibida su llamada. Arya se unió a la riada de gente. La uña del pulgar le dolía tanto que tenía que aguantarse para no llorar. Iba chupándose el dedo a medida que caminaba, escuchando los comentarios a su alrededor.
—... la Mano del Rey, Lord Stark. Lo llevan al Sept de Baelor.
—Pero ¿no estaba muerto?
—Ya no le falta mucho. Me apuesto un venado de plata a que lo decapitan.
—Eso espero, el muy traidor. —El hombre escupió al suelo.
—Él jamás... —empezó Arya, intentando que la oyeran. Pero eran adultos, y ella sólo una chiquilla.
—¡No seas idiota! No le van a cortar la cabeza. ¿Desde cuándo llevan a los traidores a las escaleras del Gran Sept?
—Pues desde luego no lo van a ungir caballero. Me han dicho que fue Stark el que mató al viejo rey Robert. Le cortó el gaznate en el bosque, y cuando lo encontraron estaba tan tranquilo, diciendo que había sido un jabalí.
—No es verdad, el que lo mató fue su hermano, el tal Renly, el del casco con astas de oro.
—Cierra esa boca mentirosa, mujer, no sabes lo que dices; el hermano del difunto rey era un buen hombre.
Antes de llegar a la calle de las Hermanas, la multitud era ya tan densa que no se podía caminar sin tropezar con alguien. Arya se dejó llevar por la corriente humana en la subida hasta la cima de la colina de Visenya. La plaza de mármol blanco estaba abarrotada de personas que hablaban a gritos y daban empujones para acercarse más al Gran Sept de Baelor. El tañido de las campanas allí era ensordecedor.
Arya se coló entre la multitud, se agachó para pasar entre las patas de los caballos, siempre con la espada de madera en la mano. Desde el centro de la muchedumbre sólo podía ver brazos, piernas y barrigas, así como las siete esbeltas torres del sept, que se alzaban hacia el cielo. Divisó un carromato de madera, y se le ocurrió que podría subirse encima para ver algo, pero a otros se les había ocurrido la misma idea y el cochero los echó a todos a latigazos, entre maldiciones.
Arya estaba cada vez más nerviosa. Mientras se abría paso hacia la parte delantera, la empujaron contra un pedestal de piedra. Al alzar los ojos vio a Baelor el Santo, el rey septon. Se colgó la espada del cinturón y empezó a trepar. La uña herida dejó marcas de sangre sobre el mármol pintado, pero siguió subiendo, y por fin pudo situarse entre los pies del rey.
Y, entonces, vio a su padre.
Lord Eddard estaba en el púlpito del Septon Supremo, fuera de las puertas del sept, apoyado entre dos capas doradas. Vestía un rico jubón de terciopelo gris, con un lobo blanco bordado con cuentas en la pechera, y una capa de lana gris ribeteada de piel, pero Arya jamás lo había visto tan flaco, y tenía el rostro marcado por el dolor. Más que mantenerse en pie, lo sujetaban, y la escayola de la pierna rota parecía sucia y podrida.
A su lado estaba el Septon Supremo en persona, un hombrecillo achaparrado, canoso, grueso, vestido con túnica blanca y una corona enorme de oro y cristales que le rodeaba la cabeza con un halo de todos los colores del arco iris cada vez que se movía.
En torno a las puertas del sept y frente al púlpito de mármol había una multitud compuesta por caballeros y grandes señores. Entre ellos destacaba Joffrey, vestido íntegramente de escarlata, con ropas de seda y satén estampadas con dibujos de venados rampantes y leones rugientes. Llevaba en la cabeza una corona de oro. La reina madre estaba a su lado, vestía una túnica negra de luto con adornos color escarlata, y se cubría el cabello con un velo de diamantes negros. Arya reconoció al Perro, que llevaba sobre la armadura gris una capa nívea. Junto a él había cuatro hombres de la Guardia Real. Varys el eunuco paseaba entre los caballeros en zapatillas, vestido con una túnica de damasco estampada, y a Arya le pareció que el hombre bajo la capa plateada y la barbita puntiaguda podía ser el que en cierta ocasión se había batido en duelo por su madre.
Y entre ellos estaba Sansa, vestida con ropas de seda color azul claro, la larga cabellera castaña bien lavada y rizada, y brazaletes de plata en las muñecas. Arya frunció el ceño, ¿qué hacía allí su hermana? ¿Y por qué parecía tan contenta?
Una larga hilera de lanceros con capas doradas mantenía a raya a la multitud, dirigidos por un hombre recio, con una armadura muy ornamentada, llena de lacados negros y filigranas de oro. La capa tenía el brillo metálico del hilo de oro.
Cuando las campanas dejaron de sonar, en la plaza se hizo el silencio, y su padre alzó la cabeza y empezó a hablar con voz tan débil que apenas se le oía. «¿Qué?» y «¡Más alto!», empezaron a gritar a espaldas de Arya. El hombre de la armadura negra y dorada avanzó hacia su padre y le dio un empujón brusco. Arya habría querido gritar que lo dejaran en paz, pero sabía que nadie la escucharía. Se mordió el labio.
—Soy Eddard Stark, señor de Invernalia y Mano del Rey —dijo su padre empezando de nuevo, en voz más alta, de manera que sus palabras se escucharon en toda la plaza—. Estoy aquí para confesar mi traición ante los dioses y los hombres.
—No —sollozó Arya. Bajo ella, la multitud empezó a gritar insultos y obscenidades. Sansa se ocultó el rostro entre las manos.
—Traicioné la fe de mi rey y la confianza de mi amigo Robert —gritó su padre, alzando más la voz para hacerse oír—. Juré defender y proteger a sus hijos, pero su sangre estaba todavía caliente cuando conspiré para deponer y asesinar a su hijo, y apoderarme del trono. Que el Septon Supremo, Baelor el Bienamado y los Siete sean testigos de que lo que digo es verdad: Joffrey Baratheon es el heredero legítimo del Trono de Hierro, Señor y Protector de los Siete Reinos, por la gracia de todos los dioses.
Alguien entre la multitud lanzó una piedra, que acertó a su padre. Arya gritó. Los capas doradas impidieron que cayera, pero la sangre le manaba de una herida profunda en la frente. Llovieron más piedras. Una golpeó al guardia que estaba a la derecha de su padre, otra chocó contra la coraza del caballero de la armadura negra y dorada. Dos hombres de la Guardia Real se situaron ante Joffrey y la reina para protegerlos con sus escudos.
Deslizó la mano bajo la capa, y palpó la empuñadura de Aguja en su vaina. Apretó el puño con los dedos, con todas sus fuerzas.
«Por favor, dioses —rezó—. Protegedlo, que no hagan daño a mi padre.»
—Tal como pecamos, hemos de pagar —entonó el Septon Supremo con voz profunda, mucho más alta que la de su padre, mientras se arrodillaba ante Joffrey y su madre—. Este hombre ha confesado sus crímenes aquí, en este lugar sagrado, ante los ojos de los dioses y los hombres. —Alzó las manos en gesto suplicante, y un halo de colores pareció rodearle la cabeza—. Los dioses son justos, pero Baelor el Santo nos enseñó que también son misericordiosos. ¿Qué se hará con este traidor, Alteza?
Mil voces se alzaban en gritos, pero Arya no las oyó. El príncipe Joffrey... no, el rey Joffrey, salió de detrás de los escudos de sus guardias.
—Mi madre me pide que permita a Lord Eddard vestir el negro, y Lady Sansa me ha suplicado piedad para su padre. —Miró a Sansa, sonrió y por un momento Arya pensó que los dioses la habían escuchado. Pero Joffrey se volvió hacia la multitud y siguió hablando—. Son mujeres, y sus corazones son blandos. Mientras yo sea vuestro rey, la traición no quedará sin castigo. ¡Ser Ilyn, traedme su cabeza!
La multitud rugió, y Arya sintió que la estatua de Baelor se movía, empujada por la muchedumbre. El Septon Supremo agarraba la capa del rey, Varys se le acercó agitando los brazos, hasta la reina le decía algo, pero Joffrey hizo un gesto de negación. Señores y caballeros se hicieron a un lado para dejar paso al hombre alto y descarnado, un esqueleto con cota de mallas, la Justicia del Rey. Arya oyó, muy lejos, el grito de su hermana. Sansa había caído de rodillas y sollozaba histérica. Ser Ilyn Payne subió por los peldaños del púlpito.
Arya se escurrió entre los pies de Baelor y saltó entre la multitud al tiempo que sacaba a Aguja. Cayó sobre un hombre que llevaba delantal de carnicero y lo derribó. Alguien chocó contra su espalda y estuvo a punto de tirarla por los suelos. Todo el mundo empujaba y se apretaba para adelantarse, pisoteando al pobre carnicero. Arya trató de abrirse paso con Aguja.
En lo más alto del púlpito, Ser Ilyn Payne hizo un gesto, y el caballero vestido de oro y negro dio una orden. Los capas doradas tiraron a Lord Eddard sobre el mármol, con la cabeza y el pecho por encima del borde.
—¡Eh, tú! —gritó a Arya una voz furiosa.
Pero ella siguió corriendo, empujando a unos, esquivando a otros, derribando a todo el que se cruzaba en su camino. Una mano intentó agarrarle la pierna, Arya se defendió lanzando un tajo, pateó espinillas, una mujer cayó y Arya pasó por encima de ella, tirando de espada a diestro y siniestro, pero no servía de nada, de nada, había demasiadas personas: en cuanto conseguía abrirse un hueco, el camino se volvía a cerrar. Alguien la derribó hacia un lado. Todavía alcanzaba a oír los gritos de Sansa.
Ser Ilyn sacó de la vaina que llevaba a la espalda un enorme espadón. Cuando alzó la hoja por encima de la cabeza, la luz del sol pareció dibujar ondas en el metal oscuro, y arrancó destellos de un filo más cortante que el de cualquier navaja.
«Hielo —pensó—. Tiene a Hielo Las lágrimas le corrieron por el rostro y la cegaron.
Y en aquel momento, una mano surgió de entre la multitud y se cerró en torno a su brazo como una trampa para lobos, con tanta fuerza que Aguja se le escapó de entre los dedos. La mano la levantó casi en vilo, la manejaba como si fuera una muñeca. Un rostro se presionó contra el suyo, una cabeza de pelo largo negro, barba enmarañada y dientes podridos.
—¡No mires! —ladró una voz ronca.
—No... no... no... —sollozó Arya. El anciano la sacudió con tanta fuerza que los dientes le entrechocaron.
—Cierra la boca y cierra los ojos, chico. —A lo lejos, como envuelto en niebla, oyó un... un sonido... un ruido suave, siseante, como si un millón de personas dejaran de contener el aliento a la vez. Los dedos del anciano, duros como el hierro, se le clavaban en el brazo—. Eso es, mírame a mí. —El aliento le olía a vino agrio—. ¿Me recuerdas, chico?
El olor la ayudó a recordar. Arya vio el pelo grasiento, la capa negra polvorienta y llena de parches que le cubría los hombros caídos, los ojos negros entrecerrados que la miraban. Y reconoció al hermano negro que había ido a visitar a su padre.
—Me recuerdas, ¿eh? Muy bien, eres un chico listo. —Escupió al suelo—. Esto ya ha terminado. Vendrás conmigo, y sin abrir la boca. —Arya fue a decir algo, pero la sacudió con más fuerza todavía—. He dicho que sin abrir la boca.
La multitud empezaba a marcharse de la plaza. Ya no la empujaban, todos volvían a sus vidas cotidianas. En cambio ella ya no tenía vida. Como entumecida, siguió a...
«Yoren, eso es, se llama Yoren.» No vio cómo recogía a Aguja, hasta que se la devolvió.
—Espero que sepas cómo se utiliza esto, chico.
—No soy un... —empezó.
El hombre la empujó hacia el hueco de una puerta, le metió los dedos sucios entre el pelo, y la obligó a levantar la cabeza.
—No eres un chico inteligente. Eso es lo que ibas a decir, ¿verdad?
En la otra mano tenía un cuchillo.
Cuando la hoja bajó como una centella hacia su rostro, Arya se echó hacia atrás, pataleó salvajemente y movió la cabeza de un lado a otro, pero la tenía sujeta por el pelo, tan fuerte que sintió como si le desgarrase el cuero cabelludo, y notó en los labios el sabor salado de las lágrimas.

BRAN

Los mayores eran hombres adultos, de diecisiete o dieciocho años. Uno tenía más de veinte. Pero la mayoría eran más jóvenes, de dieciséis años o menos.
Bran los observó desde la balconada en la torre del maestre Luwin, los oyó gruñir, esforzarse y maldecir mientras blandían los cayados y las espadas de madera. El patio resonaba con el chocar de la madera contra la madera, salpicado demasiado a menudo por los gritos de dolor cuando un golpe acertaba en el cuero o en la carne. Ser Rodrik cabalgaba entre los muchachos, con el rostro enrojecido bajo los bigotes blancos, dando instrucciones a todos y cada uno de ellos. Bran no recordaba haber visto nunca al viejo caballero tan indignado.
—No —decía sin parar—. No. No. No.
—No pelean demasiado bien —comentó Bran, dubitativo. Rascó distraídamente a Verano detrás de las orejas, mientras el lobo huargo arrancaba un bocado de un trozo de carne. Trituró los huesos entre los dientes.
—Desde luego —asintió el maestre Luwin con un suspiro. El maestre estaba mirando por su gran catalejo myriano, medía las sombras y anotaba la posición del cometa que se veía muy cercano en el cielo de la mañana—. Pero, en estos tiempos que corren... Ser Rodrik tiene razón, necesitamos hombres que monten guardia en la muralla. Tu señor padre se llevó a Desembarco del Rey la flor y nata de su guardia, y el resto siguieron a tu hermano, al igual que todos los muchachos aptos en leguas a la redonda. Muchos no volverán jamás, y tenemos que buscar hombres que ocupen sus lugares.
Bran miró con resentimiento a los jóvenes sudorosos del patio.
—Si tuviera bien las piernas podría derrotarlos a todos. —Recordó la última ocasión en que había tenido una espada en la mano, cuando el rey visitó Invernalia. No era más que una espada de madera, pero con ella había derribado al príncipe Tommen media docena de veces—. Ser Rodrik debería enseñarme a usar un hacha de guerra. Si tuviera un hacha de guerra con el mango muy largo, Hodor sería mis piernas. Juntos haríamos un caballero.
—No me parece... buena idea —dijo el maestre Luwin—. Bran, cuando un hombre pelea, los brazos, las piernas y la mente deben ser una sola cosa.
—¡Peleas como un ganso! —volvía a gritar Ser Rodrik abajo, en el patio—. ¡Él te pica y tú lo picas más fuerte! ¡Para los golpes! Bloquéalos, pelear como gansos no sirve de nada. ¡Si esto fueran espadas de verdad, el primer picotazo te había cortado el brazo! —Otro de los muchachos soltó una carcajada, y el anciano caballero se volvió hacia él—. Ríete lo que quieras. Sí, tú. ¡Qué descaro! Tú, que peleas como un puerco espín...
—Hubo una vez un caballero que no veía —insistió Bran, testarudo, mientras en el patio Ser Rodrik seguía con su reprimenda—. La Vieja Tata me habló de él. Tenía un cayado largo, con hojas afiladas en los dos extremos, lo hacía girar con las manos y mataba a dos enemigos a la vez.
—Symeon Ojos de Estrella —dijo Luwin mientras anotaba cifras en un libro—. Cuando perdió los ojos, se puso zafiros estrellados en las cuencas vacías, o al menos eso dicen los bardos. No es más que un cuento, Bran, igual que las historias de Florian el Bufón. Fábulas de la Edad de los Héroes. —El maestre chasqueó la lengua—. Tienes que olvidarte de esos sueños, sólo servirán para hacerte daño.
—Anoche volví a soñar con el cuervo. —La mención de los sueños se lo había recordado—. El de los tres ojos. Entró volando en mi dormitorio y me dijo que fuera con él, y lo hice. Bajamos a las criptas. Mi padre estaba allí, y hablamos. Parecía triste.
—Y eso ¿por qué? —preguntó Luwin mientras miraba por el catalejo.
—Creo que por algo relacionado con Jon. —El sueño había sido muy inquietante, más que ninguno de los otros sueños del cuervo—. Hodor no quiere bajar a las criptas. —Bran se dio cuenta de que el maestre apenas le había prestado atención, pero en aquel momento apartó los ojos del catalejo y parpadeó.
—¿Que Hodor no quiere qué?
—Bajar a las criptas. Cuando me desperté, le dije que me llevara abajo a ver si mi padre estaba allí de verdad. Al principio no me entendió, pero hice que fuéramos hasta las escaleras y le dije: «Por ahí, por ahí», y no quiso bajar. Se quedó diciendo «Hodor», como si le diera miedo la oscuridad, ¡pero yo llevaba una antorcha! Me enfadé tanto que estuve a punto de darle un capón, como hace siempre la Vieja Tata. —Vio que el maestre fruncía el ceño—. Pero no lo hice —se apresuró a añadir.
—Bien. Hodor es un hombre, no una mula a la que se pueda apalear.
—En el sueño vuelo con el cuervo, pero cuando estoy despierto no puedo —explicó Bran.
—¿Y para qué quieres bajar a las criptas?
—Ya te lo he dicho. Para buscar a mi padre.
—Bran, mi querido muchachito —dijo el maestre mientras se tironeaba de la cadena que llevaba al cuello, como hacía siempre que se encontraba incómodo—, algún día Lord Eddard se sentará en esas piedras, junto a su padre, el padre de su padre, y todos los Stark, que se remontan a los Reyes en el Norte... pero, si los dioses son bondadosos, eso será dentro de muchos años. Tu padre es prisionero de la reina en Desembarco del Rey. No lo vas a encontrar en las criptas.
—Pero anoche estaba allí. Hablé con él.
—Eres testarudo —suspiró el maestre, al tiempo que dejaba el libro a un lado—. ¿Quieres ir a comprobarlo?
—No puedo. Hodor no quiere bajar, y las escaleras son demasiado estrechas para Bailarina.
—Me parece que ese problema sí puedo resolverlo.
En vez de llamar a Hodor, hizo que acudiera Osha, la mujer salvaje. Era alta, fuerte, nunca se quejaba y hacía lo que le decían.
—Me he pasado la vida al otro lado del Muro, un agujero en el suelo no me asusta, mis señores —dijo.
—Vamos, Verano —ordenó Bran mientras Osha lo cogía entre sus brazos fuertes y nervudos.
El lobo huargo soltó el hueso y siguió a Osha a través del patio y por las escaleras que descendían hasta la fría bóveda subterránea. El maestre Luwin iba por delante con una antorcha. A Bran ni siquiera le importaba que lo llevara en brazos, y no a la espalda. Bueno, no le importaba demasiado. Ser Rodrik había ordenado que le cortaran las cadenas a Osha, ya que desde que estaba en Invernalia los había servido fielmente. Todavía llevaba los pesados grilletes de hierro en torno a los tobillos, en señal de que la confianza en ella no era absoluta, pero las cadenas ya no limitaban sus zancadas seguras.
Bran ya no recordaba la última vez que había estado en las criptas. Había sido antes, eso seguro. Cuando era pequeño jugaba a menudo allí con Robb, con Jon y con sus hermanas.
En aquel momento deseaba con todas sus fuerzas que estuvieran con él, así la bóveda no le parecería tan oscura y aterradora. Verano, que caminaba cauteloso por la penumbra llena de ecos, se detuvo, alzó la cabeza y olisqueó el aire frío y muerto. Enseñó los dientes y retrocedió un paso. A la luz de la antorcha del maestre sus ojos tenían un brillo dorado. La propia Osha, que era dura como el hierro antiguo, parecía inquieta.
—No parecían muy alegres —dijo al ver la larga hilera de Starks de granito, en sus tronos de piedra.
—Fueron los Reyes del Invierno —susurró Bran. No sabía por qué, pero no le parecía bien hablar demasiado alto en aquel lugar.
—El invierno no tiene rey —replicó Osha con una sonrisa—. Si hubierais vivido un invierno lo sabríais, niño del verano.
—Durante miles de años fueron los Reyes en el Norte —dijo el maestre Luwin, alzando la antorcha para iluminar los rostros pétreos. Algunos eran de hombres barbudos, desgreñados, salvajes como los lobos tendidos a sus pies. Otros estaban afeitados, tenían rasgos finos y afilados como las espadas largas de hierro que sostenían sobre las rodillas—. Hombres duros para tiempos duros. Vamos.
Echó a andar con paso vivo, pasando junto a la hilera interminable de pilares de piedra y figuras talladas. Su antorcha alzada parecía dejar un rastro de fuego en el aire.
La cripta era cavernosa, más larga que la propia Invernalia, y Jon le había contado en cierta ocasión que por debajo había más niveles, otras bóvedas aún más profundas y oscuras, en las que estaban enterrados los reyes más viejos. La luz era imprescindible. Verano se negó a moverse de los escalones, ni siquiera hizo ademán de seguirlos cuando Osha fue en pos de la antorcha, con Bran en sus brazos.
—¿Recuerdas nuestra historia, Bran? —le preguntó el maestre mientras caminaban—. Cuéntale a Osha quiénes son, y qué hicieron.
Contempló los rostros junto a los que iban pasando, y recordó las antiguas leyendas. El maestre le había contado las historias, y la Vieja Tata había hecho que cobraran vida.
—Ése de ahí es Jon Stark. Cuando los asaltantes del mar desembarcaron en el este, él los expulsó y construyó el castillo de Puerto Blanco. Su hijo fue Rickard Stark, no el padre de mi padre, sino otro Rickard, éste le arrebató el Cuello al Rey del Pantano y se casó con su hija. Aquél tan delgado, el del pelo largo y la barbita, es Theon Stark. Lo llamaban «Lobo Hambriento», porque siempre estaba haciendo la guerra. Ése es un Brandon, aquél, el alto, el de los ojos soñadores. Brandon el Armador, porque le gustaba mucho el mar. Su tumba está vacía. Quiso navegar hacia el oeste por el mar del Poniente, y nadie volvió a verlo jamás. Su hijo fue Brandon el Incendiario, porque de puro dolor prendió fuego a todos los barcos de su padre. Ahí está Rodrik Stark, que ganó la Isla del Oso en una competición de lucha, y la entregó a los Mormont. Y ése es Torrhen Stark, el Rey que se Arrodilló. Fue el último de los Reyes en el Norte y el primer señor de Invernalia, tras rendirse ante Aegon el Conquistador. Ah, y ése es Cregan Stark; en cierta ocasión se enfrentó al príncipe Aemon, y el Caballero Dragón dijo que era la mejor espada que había visto jamás. —Ya casi estaban terminando, y Bran sintió que la tristeza lo invadía—. Ése es mi abuelo, Lord Rickard, que fue decapitado por Aerys, el Rey Loco. Su hija Lyanna y su hijo Brandon están en las tumbas contiguas. No soy yo, es otro Brandon, el hermano de mi padre. No les correspondían estatuas, son sólo para los señores y los reyes, pero mi padre los quería tanto que ordenó que las esculpieran.
—La doncella es muy hermosa —señaló Osha.
—Robert iba a casarse con ella —explicó Bran—, pero el príncipe Rhaegar la secuestró y la violó. Robert fue a la guerra para recuperarla. Mató a Rhaegar con su martillo en el Tridente, pero Lyanna murió, así que no la recuperó.
—Es una historia muy triste —dijo Osha—. Pero esos agujeros vacíos son más tristes todavía.
—Es la tumba de Lord Eddard, para cuando llegue su hora —dijo el maestre Luwin—. ¿Ahí es donde estaba tu padre en el sueño, Bran?
—Sí. —El recuerdo lo hizo estremecer. Miró a su alrededor, intranquilo, se le había erizado el vello de la nuca. ¿No había oído un ruido? ¿Había alguien allí abajo?
—Pues ya lo ves, no está aquí. —El maestre Luwin se adelantó hacia el sepulcro abierto, con la antorcha en la mano—. Ni lo estará hasta dentro de muchos años. Los sueños no son más que sueños, pequeño. —Metió el brazo en la oscuridad de la tumba, como si fuera la boca de una bestia inmensa—. ¿Ves? No hay na...
La oscuridad saltó hacia él con un gruñido aterrador.
Bran vio unos ojos que parecían fuego verde, un relámpago de colmillos, un pelaje tan negro como la tumba de la que salía. El maestre Luwin dejó escapar un grito y levantó las manos. La antorcha se le escapó de los dedos y salió volando para estrellarse contra el rostro pétreo de Brandon Stark. Cayó a los pies de la estatua y las llamas lamieron las piernas. A la luz temblorosa, vio que Luwin se debatía con el lobo huargo, golpeándole el hocico con una mano. El otro brazo estaba atrapado entre las mandíbulas del animal.
¡Verano! —gritó Bran.
Y Verano surgió como un rayo de la oscuridad, surcó el aire de un salto tras ellos. Cayó sobre Peludo y lo derribó, y los dos lobos huargos rodaron en un torbellino de pelaje negro y gris, lanzándose mordiscos y dentelladas, mientras el maestre Luwin se incorporaba para ponerse de rodillas con dificultad, con el brazo desgarrado y ensangrentado. Osha sentó a Bran contra el lobo de piedra de Lord Rickard y corrió para auxiliar al maestre. La luz titubeante de la antorcha hacía que sombras de lobos de seis metros de altura pelearan en la pared y en el techo.
Peludo —llamó una vocecita aguda.
Bran alzó la vista. Su hermano pequeño estaba de pie, en la entrada de la tumba de su padre. Peludo lanzó una última dentellada a Verano y corrió al lado de Rickon.
—Deja en paz a mi padre —advirtió el pequeño a Luwin—. Déjalo en paz.
—Rickon —intervino Bran con voz amable—. Padre no está aquí.
—Sí que está. Lo he visto yo. —El rostro de Rickon estaba cubierto de lágrimas—. Lo vi anoche.
—¿Soñaste...?
Rickon asintió.
—Que lo dejen en paz. Que lo dejen en paz. Va a volver a casa, como prometió. Ya vuelve a casa.
Bran nunca había visto al maestre Luwin tan inseguro. Peludo le había desgarrado la manga y la carne del brazo, y la sangre goteaba.
—Osha, la antorcha —pidió con voz tensa de dolor. La mujer la cogió antes de que se apagara. Las piernas de la estatua de su tío estaban manchadas de hollín—. ¡Esa... esa bestia...! —siguió Luwin—. ¡Ordené que lo encadenaran en las perreras!
—Lo he soltado yo. —Rickon acarició el hocico ensangrentado de Peludo, que le lamió los dedos—. No le gustan las cadenas.
—Rickon —dijo Bran—, ¿quieres venir conmigo?
—No. Me gusta estar aquí.
—Pero está oscuro. Y hace frío.
—No tengo miedo. Quiero esperar a padre.
—Puedes esperar conmigo —insistió Bran—. Lo esperaremos todos juntos, tú, yo y los lobos.
Ambos animales se estaban lamiendo las heridas, y habría que vigilarlos de cerca.
—Sé que la intención es buena, Bran —intervino el maestre con firmeza—, pero Peludo es demasiado salvaje para andar suelto. Si lo dejamos libre por el castillo, acabará por matar a alguien. Sé que es duro, pero este lobo tiene que estar encadenado, o... —Luwin titubeó.
«O muerto», pensó Bran.
—No puede estar encadenado —dijo—. Esperaremos todos en tu torre.
—Imposible —replicó el maestre Luwin.
—Si mal no recuerdo, Bran es el señor —dijo Osha con una sonrisa. Tendió la antorcha a Luwin, y volvió a coger a Bran en brazos—. Vamos a la torre del maestre.
—¿Vienes, Rickon?
—Pero que venga también Peludo —dijo su hermano después de asentir, echando a andar tras Osha y Bran.
Al maestre Luwin no le quedó más remedio que seguirlos, sin dejar de echar miradas cautelosas en dirección a los lobos.
El torreón del maestre Luwin estaba tan atestado de cosas que Bran se maravillaba de que pudiera encontrar algo en medio de aquel caos. Sobre las mesas y las sillas se amontonaban los libros en precario equilibrio, en los estantes había hileras e hileras de frascos, y no había ni un mueble que no tuviera charcos de cera seca y trozos de velas a medio consumir. El catalejo myriano estaba sobre un trípode, junto a la puerta de la terraza; de las paredes colgaban diagramas con la posición de las estrellas en el cielo; por doquier había mapas, papeles, plumas y tinteros; y todo estaba lleno de excrementos de los cuervos que se posaban sobre las vigas del techo. Sus graznidos estridentes retumbaban en la estancia mientras Osha lavaba, limpiaba y vendaba las heridas del maestre, siguiendo las instrucciones tensas del propio Luwin.
—Esto es demencial —dijo el hombrecillo canoso mientras ella le untaba las mordeduras del lobo con un ungüento que parecía escocer mucho—. De acuerdo, es curioso que los dos soñarais lo mismo, pero si os paráis a pensarlo resulta natural. Echáis de menos a vuestro señor padre, y sabéis que está prisionero. El miedo puede enardecer la mente de los hombres, y hacerles concebir ideas extrañas. Rickon es demasiado pequeño para entender...
—Ya tengo cuatro años —dijo Rickon. Estaba mirando por el catalejo, apuntado en dirección a las gárgolas del Primer Torreón. Los lobos huargos estaban sentados, en extremos opuestos de la habitación redonda, concentrados en lamerse las heridas y roer sendos huesos.
—... demasiado pequeño, y... ay, por los siete infiernos, cómo escuece, no, no pares, ponme más. Iba diciendo que es demasiado pequeño, Bran, pero tú ya tienes edad para comprender que los sueños son sólo sueños.
—Unos sí y otros no. —Osha vertió leche de fuego, de color rojo claro, en un largo corte. Luwin se mordió los labios—. Los niños del bosque sabían mucho acerca de los sueños.
—Los niños... —El maestre tenía el rostro lleno de lágrimas de dolor, pero sacudió la cabeza, testarudo—. Existen ya sólo en los sueños. Ya no queda ninguno. Basta, así basta. Ahora el vendaje. Primero compresas y luego vendas, y aprieta bien, esto va a sangrar.
—La Vieja Tata dice que los niños conocían las canciones de los árboles, que podían volar como pájaros, nadar como peces y hablar con los animales —dijo Bran—. Dice que componían una música tan bella que, con sólo oírla, los hombres lloraban como bebés.
—Y todo eso gracias a la magia —dijo el maestre Luwin, distraído—. Ojalá existieran. Un hechizo me curaría el brazo sin que doliera tanto, y le podrían decir a Peludo que no mordiera a nadie. —Lanzó una mirada furiosa de reojo en dirección al lobo negro—. Quiero que comprendas esto, Bran: el hombre que confía en los hechizos, se bate en duelo con una espada de cristal. Como les pasó a los niños. Mira, quiero enseñarte una cosa. —Se levantó, cruzó la estancia, y regresó con un frasco verde en la mano sana—. Echa un vistazo. —Quitó el tapón, y sacó un puñado de puntas de flecha, negras, brillantes. Bran cogió una.
—Son de cristal.
—Es vidriagón —señaló Osha, sentada junto a Luwin con las vendas en la mano mientras Rickon se acercaba con curiosidad.
—De obsidiana —dijo el maestre Luwin al tiempo que extendía el brazo herido—. Forjada en los fuegos de los dioses, en lo más profundo de la tierra. Los niños del bosque cazaban con estas armas hace miles de años. Los niños no trabajaban el metal. En lugar de cotas de mallas llevaban jubones largos de hojas entrelazadas, y se envolvían las piernas en cortezas de árbol, de manera que parecían fundirse con los bosques. En lugar de espadas llevaban cuchillos de obsidiana.
—Y todavía lo hacen. —Osha colocó compresas suaves sobre las mordeduras del antebrazo del maestre, y las vendó con largas tiras de lino.
Bran examinó de cerca la punta de flecha. El cristal negro era brillante y resbaladizo. Le pareció muy hermosa.
—¿Me puedo quedar con una?
—Como quieras —dijo el maestre.
—Yo también quiero una —dijo Rickon—. Quiero cuatro. Porque tengo cuatro años.
—Ten cuidado —le advirtió Luwin mientras hacía que las contara—, aún están muy afiladas. No te vayas a cortar.
—Háblame de los niños —dijo Bran. Le parecía un tema muy importante.
—¿Qué quieres saber?
—Todo.
—Eran el pueblo de la Era del Amanecer —dijo el maestre Luwin mientras se tironeaba de la cadena del cuello—, los primeros, antes de que existieran reinos y reyes. En aquellos tiempos no había castillos ni aldeas, ni ciudades, ni siquiera había un mercado entre este lugar y el mar de Dorne. Y no había hombres. En las tierras que hoy conocemos como los Siete Reinos sólo habitaban los niños del bosque.
»Eran morenos y hermosos, de pequeña estatura, los adultos no eran más altos que nuestros niños. Vivían en las profundidades del bosque, en cuevas e islas en medio de los lagos, y en ciudades secretas de los árboles. Eran ligeros, rápidos y gráciles. Machos y hembras cazaban juntos, con arcos de arciano y trampas arrojadizas. Sus dioses eran los dioses del bosque, del arroyo, de la piedra, los antiguos dioses cuyos nombres son secretos. A sus sabios los llamaban verdevidentes, y tallaban rostros extraños en los arcianos para que vigilaran los bosques. Nadie sabe cuánto tiempo reinaron los niños, ni de dónde llegaron.
»Pero, hace unos doce mil años, aparecieron en el este los primeros hombres, cruzaron el Brazo Roto de Dorne antes de que estuviera roto, Llegaron con espadas de bronce y grandes escudos de cuero, y montaban a caballo. A este lado del mar Angosto jamás se había visto un caballo. Sin duda aquellas bestias asustaron a los niños tanto como las caras en los árboles a los primeros hombres. Empezaron a construir aldeas y granjas, y para ello talaron los rostros y los echaron al fuego. Los niños, horrorizados, fueron a la guerra. Dicen las antiguas canciones que los verdevidentes utilizaron magia negra para hacer que los mares se alzaran, barrieran la tierra, y destrozaran el Brazo, pero ya era tarde, no se podía cerrar la puerta. Las guerras prosiguieron hasta que la tierra se tornó roja con la sangre de los hombres y los niños, pero más sangre de niños que de hombres, porque los hombres eran más altos, más fuertes, y la madera y la obsidiana podían bien poco contra el bronce. Por último prevaleció la sabiduría de las dos razas, y los héroes y jefes de los primeros hombres se reunieron con los verdevidentes y los danzarines de los bosques, entre los bosques de arcianos de una isleta situada en el centro del gran lago llamado Ojo de Dioses.
»Allí fraguaron el Pacto. Los primeros hombres se quedaron con las tierras costeras, las altas llanuras y los prados luminosos, las montañas y los pantanos, pero los bosques serían para siempre de los niños, y ningún arciano se talaría en ningún lugar del reino. Para que los dioses fueran testigos, se talló una cara en cada árbol de la isla, y después se fundó la sagrada orden de los hombres verdes, para guardar la Isla de los Rostros.
»El Pacto marcó el inicio de cuatro mil años de amistad entre los hombres y los niños. Con el tiempo los primeros hombres olvidaron a sus antiguos dioses, y empezaron a adorar a los dioses secretos del bosque. La firma del Pacto puso fin a la Era del Amanecer, y marcó el comienzo de la Edad de los Héroes.
—Pero has dicho que los niños del bosque ya no existen —dijo Bran cerrando los dedos en torno a la brillante punta de flecha.
—Aquí no —dijo Osha mientras cortaba con los dientes el último trozo de venda—. Pero al norte del Muro la cosa cambia. Allí es adonde fueron los niños, y los gigantes, y las otras razas antiguas.
—Mujer, lo lógico sería que estuvieras muerta o cargada de cadenas —dijo el maestre Luwin con un suspiro—. Los Stark te han tratado con más bondad de la que mereces. No está bien que se lo pagues llenando de tonterías las cabezas de los chicos.
—Pues dime adónde fueron —insistió Bran—. Quiero saberlo.
—Y yo, y yo —apoyó Rickon.
—De acuerdo —gruñó Luwin—. Mientras los reinos de los primeros hombres resistieron, el Pacto se mantuvo en pie, abarcó la Edad de los Héroes, la Larga Noche y el nacimiento de los Siete Reinos. Pero llegó un momento, pasados ya muchos siglos, en que otros pueblos cruzaron el mar Angosto.
»Los ándalos fueron los primeros, eran una raza de guerreros altos de cabellos rubios, que llegaron con acero, con fuego y con la estrella de siete puntas de los nuevos dioses pintada en el pecho. Las guerras duraron cientos de años, pero al final los seis reinos del sur cayeron ante ellos. Sólo aquí siguieron dominando los primeros hombres, porque el Rey en el Norte derrotó a todo ejército que intentó cruzar el Cuello. Los ándalos quemaron los bosques de arcianos, talaron los rostros, asesinaron a los niños allí donde los encontraron, y proclamaron por doquier el triunfo de los Siete sobre los antiguos dioses. Así, los niños huyeron hacia el norte...
Verano empezó a aullar.
El maestre Luwin se interrumpió, sobresaltado. Entonces, Peludo se levantó y aulló a coro con su hermano, y el corazón de Bran se llenó de temor.
—Ya viene —susurró con la seguridad de la desesperación. Comprendió que lo había sabido desde la noche anterior, desde que el cuervo lo llevó a las criptas para despedirse. Lo había sabido, pero se negaba a creerlo. Deseaba que el maestre Luwin tuviera razón.
«El cuervo —pensó—, el cuervo de tres ojos.»
Los aullidos cesaron tan bruscamente como habían comenzado. Verano caminó hacia Peludo, y empezó a lamer el pelo ensangrentado del cuello de su hermano. En la ventana se oyó un revolotear de alas.
Un cuervo se posó sobre el alféizar de piedra gris, abrió el pico y lanzó un graznido ronco, áspero.
Rickon se echó a llorar. Las puntas de flecha se le fueron cayendo una por una de la mano. Bran se acercó a él como pudo y lo abrazó.
El maestre Luwin miró al pájaro negro como si fuera un escorpión con plumas. Se levantó despacio, como un sonámbulo, y se acercó a la ventana. Silbó, y el cuervo saltó para posársele en el antebrazo vendado. Tenía sangre seca en las alas.
—Un halcón —murmuró Luwin—. O quizá un búho. Pobrecillo, es increíble que haya llegado. —Cogió la carta que llevaba atada a la pata. Empezó a desenrollar el papel. Bran se dio cuenta de que temblaba.
—¿Qué dice? —preguntó mientras abrazaba a su hermano más fuerte todavía.
—Ya sabes qué dice, chico —dijo Osha, con voz no exenta de cariño y le puso una mano en la cabeza.
El maestre Luwin alzó la vista hacia ellos, conmocionado. Era un hombre menudo, canoso, con la manga de la túnica de lana gris llena de sangre, y lágrimas en los ojos también grises.
—Mis señores —dijo a los hijos, con voz ronca, ahogada—. Tenemos... tenemos que buscar un buen escultor que conociera su rostro...

SANSA

En la habitación más alta del Torreón de Maegor, Sansa se entregó a la oscuridad.
Corrió las cortinas que rodeaban su lecho, se durmió, despertó llorando y volvió a dormirse. Cuando no podía dormir, se quedaba tumbada bajo las mantas, temblando de pena. Los criados entraban y salían, le llevaban la comida, pero no soportaba ver ningún alimento. Los platos se amontonaban intactos en la mesa, junto a la ventana, hasta que los criados los retiraban.
A veces dormía con un sueño denso y sin pesadillas, y se despertaba todavía más cansada que antes de cerrar los ojos. Y eso era casi una bendición, porque cuando soñaba lo hacía con su padre. Lo veía despierta o dormida, veía cómo los capas doradas lo tiraban al suelo, veía cómo Ser Ilyn se adelantaba, veía cómo sacaba a Hielo de la vaina que llevaba a la espalda, veía el momento... el momento en que... Había intentado apartar la vista, lo había intentado con todas sus fuerzas, las piernas le habían fallado y había caído de rodillas, pero no fue capaz de volver la cabeza, todo el mundo gritaba y chillaba, y su príncipe le había dedicado una sonrisa, había sonreído, y ella se había sentido a salvo, pero sólo un breve instante, hasta que dijo aquellas palabras, y las piernas de su padre... aquello era lo que recordaba, las piernas, cómo se habían sacudido cuando Ser Ilyn... cuando la espada...
«Puede que me maten también a mí», se dijo, y la idea no le parecía tan horrible. Si se tiraba por la ventana pondría fin a sus sufrimientos, y en los años venideros los bardos escribirían canciones sobre su dolor. Su cuerpo, roto e inocente, quedaría tendido en las losas del patio, para vergüenza de todos los que la habían traicionado. Sansa llegó incluso a atravesar el dormitorio y abrir la ventana... pero le faltó valor, y volvió corriendo a la cama, sollozando.
Las criadas intentaban hablar con ella siempre que le llevaban la comida, pero no les respondía. El Gran Maestre Pycelle fue a verla, con una caja llena de frascos y botellitas, y le preguntó si estaba enferma. Le tocó la frente, la hizo desnudarse y la palpó, mientras una doncella la sujetaba. Antes de marcharse le dejó una pócima de aguamiel y hierbas, y le dijo que bebiera un trago cada noche. Sansa se la bebió de golpe, y volvió a dormirse.
Soñó con pisadas en las escaleras de la torre, el sonido ominoso del cuero contra la piedra a medida que un hombre subía despacio a su habitación, peldaño a peldaño. Lo único que podía hacer ella era acurrucarse tras la puerta, temblorosa, y escuchar los pasos que se acercaban. Sabía que era Ser Ilyn Payne, que iba a buscarla con Hielo en la mano para cortarle la cabeza. No tenía adónde huir ni dónde ocultarse, no había manera de atrancar la puerta. Finalmente las pisadas se detuvieron, y supo que estaba afuera, esperando en silencio, con los ojos muertos en el rostro marcado. Entonces se dio cuenta de que estaba desnuda, trató de cubrirse con las manos, y la puerta empezó a abrirse muy despacio, entre crujidos, y lo primero que vio fue la punta del espadón...
—Por favor, por favor, seré buena, seré buena, por favor, no... —murmuró al despertar.
Pero nadie la escuchaba.
Cuando por fin fueron a buscarla, no oyó pisadas que se acercaban. Y el que abrió la puerta no fue Ser Ilyn, sino Joffrey, el que había sido su príncipe. Sansa estaba en la cama, acurrucada, con las cortinas corridas, no habría sabido decir si era mediodía o medianoche. Lo primero que oyó fue el sonido de la puerta al cerrarse. Una mano apartó de golpe los cortinajes de la cama, y ella tuvo que alzar un brazo para protegerse de la luz repentina. Y los vio.
—Quiero que esta tarde asistas a la corte —dijo Joffrey—. Báñate y vístete como corresponde a mi prometida.
Junto a él estaba Sandor Clegane, vestido con un sencillo jubón marrón y un manto verde. El rostro quemado tenía un aspecto repugnante a la luz de la mañana. Tras ellos había dos caballeros de la Guardia Real, con sus largas capas de satén blanco.
—No —sollozó Sansa levantándose la manta hasta la barbilla para cubrirse—. Por favor... dejadme en paz.
—Si no te levantas y te vistes, mi Perro te vestirá a la fuerza.
—Os lo suplico, príncipe mío...
—Ahora soy el rey. Perro, sácala de la cama.
Sandor Clegane la cogió por la cintura y la levantó del colchón de plumas, mientras ella se debatía sin apenas fuerzas. La manta cayó al suelo. Únicamente llevaba puesto un fino camisón para cubrir su desnudez.
—Haced lo que os han dicho, niña —dijo Clegane—. Vestíos. —La empujó hacia el guardarropa con unas manos que eran casi gentiles.
—Hice lo que me pidió la reina —dijo Sansa mientras se apartaba de él—, escribí las cartas, puse lo que ella me dijo. Me prometisteis que seríais misericordioso. Por favor, dejadme volver a casa. No os traicionaré. Seré buena, lo juro, no tengo sangre de traidor, de verdad. Sólo quiero volver a mi casa. —De repente recordó sus modales—. Si os place —terminó con voz débil.
—Pues no me place —dijo Joffrey—. Mi madre dice que, pese a todo, tengo que casarme contigo, así que te quedarás aquí y harás lo que te diga.
—¡No quiero casarme contigo! —aulló Sansa—. ¡Le has cortado la cabeza a mi padre!
—Era un traidor. Y no te dije que lo fuera a perdonar, sólo que sería misericordioso, y lo fui. Si no hubiera sido tu padre, lo habría hecho descuartizar, o desollar. En cambio le proporcioné una muerte limpia.
Sansa lo miró como si lo viera por primera vez. Llevaba un jubón carmesí con dibujos de leones y capa de hilo de oro con un cuello alto que le enmarcaba el rostro. ¿Cómo era posible que alguna vez le hubiera parecido atractivo? Tenía los labios blandos y rojos, como los gusanos que salen después de la lluvia, y los ojos engreídos y crueles.
—Te odio —susurró.
—Mi madre me dice que no está bien que un rey golpee a su esposa —dijo Joffrey con el rostro tenso—. Ser Meryn.
Antes de que se diera cuenta, el caballero estaba ante ella, le apartó la mano con la que intentaba protegerse el rostro, y le dio un bofetón de revés en la oreja. Sansa no se dio cuenta de que había caído al suelo, pero de pronto se encontró tirada sobre las alfombras. La cabeza le resonaba. Ser Meryn Trant se alzaba sobre ella con los nudillos del guante de seda blanca cubiertos de sangre.
—¿Vas a obedecer, o hago que te vuelva a castigar?
—Haré... lo que decís... mi señor. —Sansa no sentía la oreja. Se llevó la mano hacia ella, y los dedos se le mancharon de rojo.
—«Alteza» —la corrigió Joffrey—. Quiero verte en la corte. —Se dio media vuelta y salió. Ser Meryn y Ser Arys lo siguieron, pero Sandor Clegane se demoró un instante para ayudarla a ponerse en pie.
—Ahorraos un poco de dolor, niña. Dadle lo que quiere.
—¿Qué... qué quiere? Decídmelo, por favor.
—Quiere que sonriáis, que oláis bien y seáis su dama —gruñó el Perro—. Quiere oíros recitar todas las palabras bonitas que os enseñó la septa. Quiere que lo améis... y que lo temáis.
Cuando salió, Sansa volvió a dejarse caer sobre las alfombras y se quedó mirando la pared hasta que dos doncellas entraron tímidamente en la habitación.
—Por favor, necesito agua caliente para el baño —les dijo—. Y perfume, y polvos para tapar esta magulladura. —Tenía el lado derecho de la cara hinchado, le empezaba a doler, pero sabía que Joffrey querría verla hermosa.
El agua caliente le hizo pensar en Invernalia, y aquello le dio fuerzas. No se había lavado desde el día de la muerte de su padre, y se sobresaltó al ver lo sucia que se ponía el agua. Las doncellas le enjuagaron la sangre de la cara, le frotaron la suciedad de la espalda, y le lavaron el pelo y se lo cepillaron hasta que volvió a ser la melena castaña y rizada de antes. Sansa no hablaba con ellas más que para darles órdenes. Eran sirvientas Lannister, no le merecían confianza. A la hora de vestirse, eligió la túnica de seda verde que había llevado durante el torneo. Recordó lo galante que había sido Joff con ella la noche del festín. Quizá él también lo recordara al ver el vestido y la tratara con más gentileza.
Mientras esperaba, bebió un vaso de suero de leche y mordisqueó unas galletitas dulces para tener algo en el estómago. Era ya mediodía cuando Ser Meryn fue a buscarla. Se había puesto la armadura blanca: coraza articulada con adornos de oro, yelmo alto con cresta dorada en forma de rayos de sol, canilleras, gorjal, guanteletes y botas brillantes, y una pesada capa de lana sujeta con un broche en forma de león. Había quitado el visor del yelmo para que se viera mejor su rostro severo. Tenía bolsas grises bajo los ojos, boca cruel, y cabello rojizo salpicado de canas.
—Mi señora —dijo con una reverencia, como si no la hubiera golpeado con saña hacía apenas tres horas—. Su Alteza me ha ordenado que os escolte hasta el salón del trono.
—¿Os ha ordenado también que me golpeéis si me niego a ir?
—¿Os negáis, mi señora?
La mirada que clavaba en ella carecía por completo de expresión. Ni siquiera miró el moretón que le había hecho en la cara. Sansa se dio cuenta de que no la odiaba. Tampoco la apreciaba. No sentía nada hacia ella. Para el caballero, ella no era más que una... una cosa.
—No —dijo al tiempo que se levantaba. Hubiera querido gritarle, golpearlo, hacerle tanto daño como le había hecho a ella, advertirle que si se atrevía a abofetearla de nuevo ordenaría que lo exiliaran cuando fuera reina... pero recordó lo que le había dicho el Perro—. Haré lo que ordene Su Alteza.
—Igual que yo —replicó él.
—Sí... pero vos no sois un auténtico caballero, Ser Meryn.
Sansa sabía que Sandor Clegane se habría reído. Otros hombres la habrían insultado, o amenazado, o suplicado perdón. Ser Meryn Trant, no. A Ser Meryn Trant no le importaba en absoluto.
En la galería no había nadie aparte de Sansa. Se quedó allí de pie, con la cabeza inclinada, tratando de contener las lágrimas mientras Joffrey, sentado en el Trono de Hierro, dispensaba lo que él consideraba justicia. Nueve de cada diez casos lo aburrían, se los pasaba al Consejo, y se movía inquieto mientras Lord Baelish, el Gran Maestre Pycelle o la reina Cersei resolvían el asunto. Pero, cuando decidía fallar respecto a algo, ni la reina madre podía hacerlo cambiar de opinión.
Llevaron a su presencia a un ladrón, e hizo que Ser Ilyn le cortara la mano allí mismo, en la corte. Dos caballeros le presentaron una disputa por unas tierras, y decretó que se batieran en duelo al amanecer. «A muerte», añadió. Una mujer cayó de rodillas para suplicarle que le entregara la cabeza de un hombre ejecutado por traición. Dijo que lo había amado, y que quería darle un entierro digno.
—Si amabas a un traidor, seguro que tú también eres una traidora —dijo Joffrey. Dos capas doradas se la llevaron a rastras a las mazmorras.
Lord Slynt estaba sentado a la cabeza de la mesa del Consejo, con su cara de sapo; llevaba un jubón de terciopelo negro y una deslumbrante capa de hilo de oro, y asentía con aprobación cada vez que el rey pronunciaba una sentencia. Sansa miró con odio aquel rostro tan poco agraciado, recordando cómo había tirado al suelo a su padre para que Ser Ilyn lo decapitara. Deseaba con todas sus fuerzas hacerle daño, deseaba que algún héroe lo tirase a él al suelo y le cortara la cabeza.
«Ya no quedan héroes», susurró una vocecita en su interior, y recordó lo que Lord Petyr le había dicho en aquel mismo lugar: «La vida no es una canción, querida. Algún día lo descubrirás, y será doloroso».
«En la vida real, los monstruos vencen», se dijo, y volvió a oír la voz del Perro, un sonido frío de metal contra piedra: «Ahorraos un poco de dolor, niña. Dadle lo que quiere».
El último caso fue el de un bardo de taberna, un hombre rechoncho acusado de cantar una canción en la que se ridiculizaba al difunto rey Robert. Joff hizo que le entregaran su lira, y le ordenó que cantara la canción allí mismo. El bardo se echó a llorar, y juró que no volvería a cantar aquella canción, pero el rey insistió. Era una canción graciosa, sobre Robert luchando con un cerdo. El cerdo era el jabalí que lo había matado, pero Sansa se dio cuenta de que en algunos versos casi parecía como si hablara de la reina. Cuando terminó, Joffrey anunció que había decidido mostrarse misericordioso: el bardo conservaría los dedos o la lengua. Disponía de un día entero para tomar la decisión. Janos Slynt asintió.
Fue el último asunto de la tarde, para alivio de Sansa, pero su tortura personal no había concluido. Cuando la voz del heraldo despidió a la corte, salió corriendo de la galería, sólo para encontrarse con Joffrey, que la esperaba al pie de las escaleras. El Perro y Ser Meryn iban con él. El joven rey la examinó de pies a cabeza con ojo crítico.
—Tienes mucho mejor aspecto que antes.
—Gracias, Alteza —dijo Sansa. Eran palabras vacías, pero lo hicieron asentir y sonreír.
—Pasea conmigo —ordenó Joffrey al tiempo que le ofrecía el brazo. Sansa no tuvo más remedio que aceptar. El roce de su mano, que otrora la hubiera emocionado, ahora le provocaba escalofríos—. Pronto será mi día del nombre —añadió Joffrey mientras se dirigían hacia el fondo del salón del trono—. Habrá un gran festín, y regalos. ¿Qué me vas a regalar tú?
—Eh... aún no lo he pensado, mi señor.
—«Alteza» —la corrigió bruscamente—. Eres estúpida, ¿no? Mi madre dice que sí.
—¿De veras? —Con todo lo que había pasado, ya no debería tener el poder de hacerle daño con unas simples palabras, pero le seguían resultando dolorosas. La reina había sido siempre tan amable con ella...
—Sí. Tiene miedo de que nuestros hijos sean tan estúpidos como tú, pero le he dicho que no debe preocuparse. —El rey hizo un gesto, y Ser Meryn les abrió la puerta.
—Gracias, Alteza —murmuró.
«El Perro tenía razón —pensó—. No soy más que un pajarito que repite las palabras que me han enseñado.» El sol se había puesto tras el muro oeste, y las piedras de la Fortaleza Roja tenían un brillo oscuro como la sangre.
—En cuanto sea posible, te dejaré preñada —dijo Joffrey mientras caminaban por el patio de entrenamientos—. Si el primero sale estúpido, te cortaré la cabeza y me buscaré una esposa más lista. ¿Cuándo crees que podrás tener hijos?
—La septa Mordane dice que la mayoría... —Sansa estaba tan avergonzada que no podía mirarlo a la cara—. La mayoría de las niñas de noble cuna tienen el florecimiento a los doce o trece años.
Joffrey asintió.
—Por aquí. —La llevó hacia la caseta de guardia, en la base de las escaleras que llevaban a las almenas.
—No —dijo Sansa con voz teñida de miedo, mientras se apartaba de él, temblorosa. Había comprendido adónde se dirigían—. No, por favor, no me obliguéis, os lo suplico...
—Quiero enseñarte lo que les pasa a los traidores. —Joffrey apretó los labios.
—No quiero subir. —Sansa agitaba la cabeza, enloquecida—. No quiero subir.
—Le diré a Ser Meryn que te suba a rastras —replicó él—. Y será peor. Más te vale obedecer.
Joffrey fue a agarrarla por el brazo, y Sansa se apartó, retrocedió y chocó contra el Perro.
—Subid, niña —dijo Sandor Clegane al tiempo que la empujaba hacia el rey. Tenía la boca torcida hacia el lado quemado de la cara, y Sansa casi pudo oír el resto de la frase: «Te hará subir sea como sea, así que dale lo que quiere».
Se obligó a tomar la mano tendida de Joffrey. El ascenso fue una pesadilla, cada peldaño le suponía un esfuerzo, como si los peldaños fueran de barro y se hundiera hasta los tobillos. ¡Y cuántos peldaños había! Eran miles, miles de miles, siempre en dirección al horror que aguardaba en el baluarte.
Desde lo más alto de las almenas se divisaba el mundo entero. Sansa alcanzó a ver el Gran Sept de Baelor en la colina de Visenya, donde había muerto su padre. Al otro extremo de la calle de las Hermanas estaban las ruinas ennegrecidas por el fuego de Pozo Dragón. En el oeste, el sol rojizo estaba ya medio oculto tras la Puerta de los Dioses. El mar salado quedaba a su espalda, y al sur estaban el mercado del pescado, los muelles y las corrientes agitadas del río Aguasnegras. Y al norte...
Se volvió en aquella dirección, y sólo vio la ciudad, las calles, los callejones, las colinas y las hondonadas, y más calles, y más callejones, y a lo lejos los muros de piedra. Pero sabía que al otro lado estaba el campo, granjas, prados, bosques, y aún más allá, al norte, muy al norte, se alzaba Invernalia.
—¿Qué miras? —preguntó Joffrey—. Esto es lo que quiero que veas. Ahí.
Un grueso parapeto de piedra protegía el extremo exterior del baluarte, era tan alto que le llegaba a Sansa a la barbilla, y cada metro y medio había aspilleras para los arqueros. Las cabezas estaban entre las aspilleras, a todo lo largo del muro, clavadas en picas de hierro de manera que parecieran contemplar la ciudad. Sansa las había visto nada más salir al adarve, pero el río, las calles bulliciosas y el sol poniente eran un espectáculo mucho más hermoso.
«Puede obligarme a mirar las cabezas —se dijo—, pero no puede obligarme a verlas.»
—Éste es tu padre —dijo—. Éste de aquí. Perro, dale la vuelta para que lo vea.
Sandor Clegane cogió la cabeza por el pelo y la giró. La habían bañado en brea para que se conservara más tiempo. Sansa la miró con tranquilidad, sin verla. En realidad no parecía su padre. Ni siquiera parecía real.
—¿Cuánto tiempo he de mirarla?
—¿Quieres ver el resto? —Joffrey pareció decepcionado. Había muchas.
—Si a Su Alteza le place...
Joffrey la precedió por el adarve, pasaron junto a una docena de cabezas y también ante dos picas vacías.
—Estas dos las guardo para mis tíos Stannis y Renly —explicó.
El resto de las cabezas llevaban clavadas mucho más tiempo que la de su padre. A pesar de la brea, la mayoría ya no eran reconocibles. El rey le señaló una.
—Ésa de ahí es la de tu septa.
Sansa ni siquiera habría sabido que se trataba de una mujer. La mandíbula podrida se había desprendido, y los pájaros le habían comido una oreja y casi toda una mejilla. Se había preguntado a menudo qué había sido de la septa Mordane, aunque se dio cuenta de que, en realidad, lo había sabido desde el principio.
—¿Por qué la matasteis a ella? —preguntó—. Había hecho votos a los dioses...
—Era una traidora. —Joffrey estaba de mal humor. La reacción de Sansa no era la que había esperado—. Aún no me has dicho qué me vas a regalar por mi día del nombre. ¿Quieres que yo te haga un regalo a ti?
—Si mi señor lo desea... —respondió.
—Tu hermano también es un traidor, ¿lo sabías? —Joffrey sonrió, y Sansa supo que se estaba burlando de ella. Giró en la pica la cabeza de la septa Mordane—. Me acuerdo de él, de cuando lo vi en Invernalia. Mi perro decía que era el señor de la espada de madera. ¿Verdad, Perro?
—¿Sí? —replicó el Perro—. No lo recuerdo.
—Tu hermano derrotó a mi tío Jaime. —Joffrey se encogió de hombros, con gesto petulante—. Mi madre dice que fue una traición y una trampa vil. Cuando se enteró lloró mucho. Todas las mujeres son débiles, hasta ella, aunque finja que no. Dice que nos tenemos que quedar en Desembarco del Rey por si atacan mis otros tíos, pero a mí no me importa. Después del festín del día de mi nombre, reuniré un ejército y mataré a tu hermano yo mismo. Eso es lo que te regalaré. La cabeza de tu hermano.
—Puede que mi hermano me regale tu cabeza —se oyó decir Sansa, embargada por la furia.
—No te burles de mí. —Joffrey frunció el ceño—. Una buena esposa no se burla de su señor. Meryn, dale una lección.
En aquella ocasión el caballero la agarró por la barbilla y le mantuvo la cabeza inmóvil mientras la golpeaba. Le dio dos bofetadas, de izquierda a derecha la primera, de derecha a izquierda la segunda, más fuerte. Le partió el labio, y la sangre le corrió por la barbilla y se le mezcló con la sal de las lágrimas.
—Te pasas la vida llorando —le reprochó Joffrey—. Estás más bonita cuando sonríes. —Sansa se obligó a sonreír por miedo a que le dijera a Ser Meryn que la golpeara de nuevo si no lo hacía, pero no sirvió de nada, el rey sacudió la cabeza—. Límpiate la sangre, estás hecha un asco.
El parapeto exterior le llegaba a la mandíbula, pero en el lado interior del adarve no había nada, nada excepto una caída libre hasta el patio, veinte o veinticinco metros más abajo. Se dijo que sólo tenía que darle un empujón. Estaba justo allí, justo allí, sonriendo con aquellos labios gordos como gusanos.
«Puedes hacerlo —se dijo—. Puedes hacerlo. Ahora.» Ni siquiera le importaba caer con él. No le importaba lo más mínimo.
—Miradme, niña. —Sandor Clegane se había arrodillado ante ella, ¡entre ella y Joffrey! Con una delicadeza sorprendente en un hombre tan corpulento, le secó la sangre que manaba del labio roto.
—Os lo agradezco —dijo Sansa con la vista baja. Había perdido la ocasión. Era una niña buena, y siempre cuidaba sus modales.

DAENERYS

Las alas proyectaban sombras sobre sus sueños febriles.
No querrás despertar al dragón, ¿verdad?
Caminaba por un largo pasillo, bajo arcos de piedra elevados. No podía mirar atrás, no debía mirar atrás. A lo lejos se divisaba una puerta, diminuta en la distancia, pero aun así sabía que estaba pintada de rojo. Caminó más deprisa, y sus pies desnudos dejaron huellas ensangrentadas en la piedra.
No querrás despertar al dragón, ¿verdad?
Vio la luz del sol sobre el mar dothraki, la llanura viviente, que olía a tierra y a muerte. El viento agitó la hierba, la hizo ondularse como si fuera agua. Drogo la tenía entre sus brazos fuertes, le acariciaba el sexo con la mano, la abría y despertaba aquella humedad dulce que sólo él conocía, y las estrellas les sonreían desde el cielo, estrellas a plena luz del día.
—Mi hogar —susurró cuando la penetró y la llenó con su semilla.
Pero de repente las estrellas ya no estaban, y unas alas enormes ocultaron el cielo azul, y el mundo se incendió.
—... no querrás despertar al dragón, ¿verdad?
El rostro de Ser Jorah estaba demacrado y triste.
—Rhaegar fue el último dragón —le dijo. Se calentó las manos translúcidas sobre un brasero, en el que los huevos de piedra humeaban, rojos como carbones. Y se desvaneció, su carne perdió el color, tuvo menos sustancia que el viento—. El último dragón —le susurró débilmente antes de esfumarse.
Sintió la oscuridad a su espalda, y la puerta roja parecía más lejana que nunca.
—... no querrás despertar al dragón, ¿verdad?
Viserys estaba ante ella, gritando: «El dragón no suplica, puta. No puedes dar órdenes al dragón. Soy el dragón y quiero mi corona». El oro fundido le corría por la cara como si fuera cera derretida, le dejaba surcos profundos en la carne. «¡Soy el dragón y quiero mi corona!», chillaba, y sus dedos saltaron como serpientes, le mordieron los pezones, la pellizcaban, se retorcían... todo eso mientras los ojos de Viserys estallaban y le corrían como gelatina por las mejillas quemadas, ennegrecidas.
—... no querrás despertar al dragón...
La puerta roja estaba muy lejos, y sentía a la espalda el aliento gélido que se cernía sobre ella. Si la alcanzaba, moriría con una muerte que iba más allá de la muerte, aullaría eternamente sola en la oscuridad. Echó a correr.
—... no querrás despertar al dragón...
Sentía el calor en su interior, era un ardor espantoso en el vientre. Su hijo era alto y orgulloso, con la piel cobriza de Drogo, y el pelo como oro blanco de su madre, y los mismos ojos color violeta, pero almendrados. Sonrió, y tendió los brazos hacia ella, pero cuando abrió la boca sólo salió fuego. Vio que el corazón le ardía dentro del pecho, y al instante desapareció, convertido en cenizas, como una polilla que se hubiera acercado demasiado a una llama. Lloró por su hijo, por la promesa de una boca dulce sobre el pecho, pero las lágrimas se convirtieron en vapor en cuanto le tocaron la piel.
—... querrás despertar al dragón...
A lo largo de los muros había fantasmas, ataviados con vestimentas descoloridas de reyes. Tenían en las manos espadas de fuego pálido. Los cabellos eran de plata, o de oro, o de platino, y los ojos de ópalo y amatista, turmalina y jade.
¡Más deprisa! —le gritaban—. ¡Más deprisa, más deprisa! —Siguió corriendo, sus pies derretían la piedra que tocaban—. ¡Más deprisa! —gritaron los fantasmas con una sola voz, y ella gritó a su vez, y se lanzó hacia adelante.
Un cuchillo de dolor le rajó la espalda, sintió que se le abría la piel, le llegó el hedor de la sangre al arder, y vio la sombra de las alas. Y Daenerys Targaryen voló.
—... despertar al dragón...
La puerta se alzaba ante ella, la puerta roja, tan cercana, tan cercana, el pasillo era una sombra borrosa a su alrededor, el frío quedaba atrás. Y de pronto la piedra había desaparecido, de pronto volaba sobre el mar dothraki, cada vez más alta, la hierba verde se mecía bajo ella, y todo lo que vivía y respiraba sentía pánico al ver la sombra de sus alas. Podía oler el hogar, podía verlo, estaba allí, al otro lado de la puerta, campos verdes y grandes casas de piedra, y brazos que le darían calor. Abrió la puerta...
—... al dragón...
Y vio a su hermano Rhaegar, a lomos de un corcel tan negro como su armadura. Dentro de su yelmo, a través de la estrecha hendidura para los ojos, el fuego ardía.
—El último dragón —susurró lejana la voz de Ser Jorah—. El último, el último.
Dany levantó el visor negro. El rostro que vio tras él era el suyo propio.
Después, y durante largo rato, sólo hubo dolor, fuego y susurros procedentes de las estrellas.
El sabor de las cenizas la despertó.
—No —gimió—. No, por favor.
¿Khaleesi? —Jhiqui se acercó a ella, asustada como un cervatillo.
La tienda estaba a oscuras, silenciosa, cerrada. Del brasero salían flotando algunas cenizas, y Dany las siguió con la mirada hasta ver cómo se perdían por el agujero para el humo de la parte superior.
«Volaba —pensó—, tenía alas, tenía alas.» Pero no había sido más que un sueño.
—Ayudadme —susurró Dany, tratando de incorporarse—. Traedme... —Tenía la garganta en carne viva, y no sabía qué quería que le trajeran. ¿Qué era lo que le dolía tanto? Era como si la hubieran despedazado, para luego volver a reconstruirla—. Quiero...
—Sí, khaleesi. —Jhiqui salió corriendo de la tienda, llamando a gritos. Dany necesitaba... algo... a alguien... ¿el qué? Sabía que se trataba de algo importante. Era lo único que importaba en todo el mundo. Rodó sobre un costado, se incorporó sobre un codo y trató de liberarse de la manta que le envolvía las piernas. Le costaba mucho moverse. El mundo parecía moverse en medio de brumas.
«Tengo que...»
La encontraron en la alfombra, arrastrándose hacia sus huevos de dragón. Ser Jorah Mormont la cogió en brazos y la depositó de nuevo sobre las sedas de dormir, mientras ella se debatía sin fuerzas. Vio por encima del hombro del caballero a sus tres doncellas, a Jhogo con su sombra de bigote, y también el rostro ancho y plano de Mirri Maz Duur.
—Es necesario —intentó decirles—. Tengo que...
—Dormid, princesa —dijo Ser Jorah.
—No —suplicó Dany—. Por favor. Por favor.
—Sí. —La tapó con las sedas, aunque estaba ardiendo—. Dormid y recuperad las fuerzas, khaleesi. Volved con nosotros.
Y allí estaba Mirri Maz Duur, la maegi, que le ponía una copa en los labios. Notó el sabor de la leche agria, y también el de algo más, algo espeso y amargo. El líquido caliente le corrió por la barbilla. Consiguió tragar algo. La tienda se hizo más oscura, y el sueño volvió a apoderarse de ella. Pero no hubo pesadillas. Flotó, serena y tranquila, en un mar negro que no tenía orillas.
Tras un tiempo, una noche, un día, un año, no habría sabido decirlo, volvió a despertar. La tienda estaba a oscuras, las paredes de seda se agitaban como alas con cada ráfaga de viento del exterior. En aquella ocasión Dany no trató de levantarse.
—Irri —llamó—. Jhiqui, Doreah. —Acudieron al instante—. Tengo la garganta seca. Muy seca. —Le llevaron agua. Estaba tibia y no sabía bien, pero Dany la bebió con ansiedad, y envió a Jhiqui a buscar más. Irri humedeció un paño suave y le limpió la frente—. He estado enferma —añadió Dany. La muchacha dothraki asintió—. ¿Cuánto tiempo?
—Mucho —susurró. El paño resultaba refrescante, pero Irri parecía tan triste que le dio miedo.
Cuando Jhiqui regresó con más agua, Mirri Maz Duur la acompañaba, todavía adormilada.
—Bebed —dijo al tiempo que volvía a acercar una copa a los labios de Dany.
Pero en aquella ocasión era sólo vino. Vino dulce. Dany bebió, y volvió a tenderse, escuchando el sonido pausado de su respiración. Notaba los miembros pesados, y el sueño volvió a invadirla.
—Traedme... —murmuró con voz aletargada—. Traedme... quiero...
—¿Sí? —preguntó la maegi—. ¿Qué queréis, khaleesi?
—Traedme... los huevos... los huevos de dragón... por favor... —Sentía las pestañas como si fueran de plomo, y el cansancio impidió que los sostuviera entre sus brazos.
Cuando despertó por tercera vez, un rayo de sol dorado entraba por el agujero para el humo, y estaba abrazada a uno de los huevos de dragón. Era el más claro, el de las escamas color crema, con vetas espirales de oro y bronce. Dany sintió el calor que procedía de su interior. Bajo las finas sedas del lecho, tenía la piel desnuda cubierta de una película de sudor.
«Rocío de dragón», pensó. Pasó los dedos con suavidad por la superficie de la cáscara, siguiendo las vetas doradas, y sintió cómo en lo más profundo de la piedra algo se agitaba a modo de respuesta. Aquello no la asustó. Ya no tenía miedo de nada, el miedo se había quemado.
Dany se tocó la frente. Tenía la piel fresca bajo el sudor, se le había ido la fiebre. Se forzó a sentarse. La cabeza se le fue un momento, y sintió un dolor profundo entre los muslos. Pero tenía fuerzas. Sus doncellas acudieron corriendo en cuanto las llamó.
—Agua —pidió—. Un frasco de agua, tan fresca como sea posible. Y fruta. Sí, fruta. Dátiles.
—Como digáis, khaleesi.
—Decidle a Ser Jorah que venga —pidió, al tiempo que se levantaba. Jhiqui se acercó con una túnica de seda, y se la echó sobre los hombros—. Preparadme un baño caliente, y llamad a Mirri Maz Duur, y... —De repente, recuperó la memoria y flaqueó—. Khal Drogo —consiguió decir, mirándolas con ojos llenos de miedo—. ¿Está...?
—El khal vive —respondió Irri en voz baja, y salió corriendo a buscar el agua.
Dany vio que sus ojos estaban llenos de sombras. Se volvió hacia Doreah.
—Cuéntamelo.
—Voy... voy a llamar a Ser Jorah. —La chica lysena inclinó la cabeza y salió también corriendo de la tienda.
Jhiqui habría deseado escapar con ellas, pero Dany la agarró por la muñeca.
—¿Qué pasa? Tengo que saberlo de una vez. Drogo... y mi hijo. —¿Por qué no había pensado en el bebé hasta entonces?—. Mi hijo... Rhaego... ¿dónde está? Traédmelo.
—El niño... no vivió, khaleesi —dijo la doncella con la mirada baja.
Su voz era un susurro asustado. Dany le soltó la muñeca.
«Mi hijo está muerto», pensó mientras Jhiqui salía de la tienda. En cierto modo, lo había sabido desde el principio, desde que despertara por primera vez y viera las lágrimas en los ojos de Jhiqui. No, lo había sabido antes aun de despertar. De pronto recordó el sueño, recordó al hombre alto de la piel cobriza y la larga trenza de oro blanco que estallaba en llamas.
Debía llorar, sabía que debía llorar, pero tenía los ojos tan secos como las cenizas. En el sueño había llorado, y las lágrimas se le habían convertido en vapor al rozarle las mejillas.
«El dolor también se ha quemado», pensó. Sentía tristeza, pero... aun así, notaba que Rhaego se alejaba de ella, como si no hubiera existido jamás.
Ser Jorah y Mirri Maz Duur llegaron unos momentos más tarde, y encontraron a Dany de pie ante los dos huevos de dragón, los que seguían en el cofre. Le pareció que estaban tan calientes como el que había tenido abrazado mientras dormía, cosa que le resultaba muy extraña.
—Venid aquí, Ser Jorah —pidió. Le cogió la mano y la puso sobre el huevo negro, el de las espirales color escarlata—. ¿Qué sentís?
—Un cascarón, duro como la roca. —El caballero la miró con cautela—. Escamas.
—¿Y calor?
—No. Es piedra fría. —Apartó la mano—. ¿Os sentís bien, princesa? ¿No creéis que deberíais acostaros? Seguís muy débil.
—¿Débil? Estoy fuerte, Jorah. —Para complacerlo, se recostó sobre un montón de cojines—. Decidme cómo murió mi hijo.
—No llegó a vivir, princesa. Las mujeres dicen... —Perdió la voz. Dany se dio cuenta de que había perdido mucho peso, y de que cojeaba al moverse.
—Contádmelo. Contadme lo que dicen las mujeres.
—Dicen que el niño era... —Él apartó la vista. Tenía una mirada obsesiva en los ojos.
Dany aguardó, pero Ser Jorah no podía pronunciar las palabras. Tenía el rostro ensombrecido por la vergüenza. Él también parecía casi un cadáver.
—Monstruoso —terminó en su lugar Mirri Maz Duur. El caballero era un hombre poderoso, pero Dany comprendió en aquel momento que la maegi era más fuerte, más cruel e infinitamente más peligrosa—. Retorcido. Yo misma os lo saqué. Tenía escamas como de lagarto, sin ojos, y un muñón de cola, y alitas de cuero, como las de un murciélago. Cuando lo toqué, la carne se le desprendió del hueso, y por dentro estaba lleno de gusanos y apestaba a podredumbre. Llevaba años muerto.
«Oscuridad», pensó Dany. La terrible oscuridad que la perseguía para devorarla. Si volvía la vista atrás estaría perdida.
—Mi hijo estaba vivo y fuerte cuando Ser Jorah me metió en esta tienda —dijo—. Sentí sus patadas, luchaba por nacer.
—Será como decís —respondió Mirri Maz Duur—, pero la criatura que salió de vuestro vientre era tal como os he dicho. En la tienda estaba la muerte, khaleesi.
—Sólo había sombras —susurró Ser Jorah, pero Dany captó la duda que impregnaba su voz—. Yo lo vi, maegi. Te vi, estabas sola, bailando con las sombras.
—La tumba proyecta sombras alargadas, Señor de Hierro —dijo Mirri—. Alargadas y oscuras, y no hay luz capaz de disiparlas.
Dany supo que Ser Jorah había matado a su hijo. Actuó por amor, por lealtad, pero la había metido en un lugar donde no debía entrar hombre alguno, y había entregado su hijo a la oscuridad. Él también lo sabía; el rostro macilento, los ojos vacíos, la cojera.
—Las sombras también os tocaron a vos, Ser Jorah —le dijo. El caballero no respondió. Dany se volvió hacia la esposa de dios—. Me dijiste que sólo la muerte puede comprar la vida. Pensé que te referías al caballo.
—No —replicó Mirri Maz Duur—. Eso fue una mentira que os dijisteis. Sabíais cuál era el precio.
¿Lo había sabido? ¿Lo había sabido? «Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida.»
—Se pagó el precio —dijo—. El caballo, mi hijo, Quaro y Qotho, Haggo y Cohollo. El precio se pagó, se pagó y se volvió a pagar. —Se levantó de los cojines—. ¿Dónde está Khal Drogo? Muéstramelo, esposa de dios, maegi, maga de sangre, o lo que seas. Muéstrame a Khal Drogo. Muéstrame lo que he comprado con la vida de mi hijo.
—A vuestras órdenes, khaleesi —dijo la mujer—. Venid, os llevaré junto a él.
Dany estaba más débil de lo que creía. Ser Jorah la rodeó con un brazo y la ayudó a mantenerse en pie.
—Ya habrá tiempo para eso, princesa —dijo con voz queda.
—Quiero verlo ahora, Ser Jorah.
Tras la penumbra de la tienda, el mundo exterior la cegó con su brillo. El sol ardía como si fuera oro fundido, y la tierra estaba reseca y estéril. Sus doncellas aguardaban con fruta, vino y agua, y Jhogo se acercó para ayudar a Ser Jorah a sujetarla. Aggo y Rakharo estaban también allí. El brillo del sol en la arena hacía que fuera difícil ver más, hasta que Dany se llevó la mano a los ojos para hacer visera. Vio las cenizas de una hoguera, unos cuantos caballos sueltos paseando con indolencia, buscando briznas de hierba, algunas tiendas y esterillas de dormir. Un grupito de niños se juntaron para mirarla, y más allá las mujeres se dedicaban a sus quehaceres, mientras que los ancianos arrugados contemplaban el cielo azul intenso con ojos cansados, espantándose de cuando en cuando las moscas de sangre con manotazos débiles. Habría un centenar de personas, no más. Donde antes habían acampado cuarenta mil personas, sólo quedaba el viento y el polvo.
—El khalasar de Drogo se ha marchado —dijo.
—Un khal que no puede cabalgar no es un khal —dijo Jhogo.
—Los dothrakis sólo siguen a los fuertes. Lo siento, princesa, no pudimos retenerlos. Ko Pono fue el primero en marcharse, después de nombrarse a sí mismo Khal Pono, y muchos lo siguieron. Jhaqo no tardó en hacer lo mismo. El resto se fueron yendo noche tras noche, en grupos grandes o pequeños. En el mar dothraki hay una docena de khalasars nuevos que han sustituido al de Drogo.
—Se han quedado los viejos —dijo Aggo—. Los cobardes, los débiles y los enfermos. Y los que juramos lealtad. Nos hemos quedado.
—Se llevaron los rebaños de Khal Drogo, khaleesi —dijo Rakharo—. Éramos muy pocos, no pudimos impedirlo. También se llevaron muchos esclavos, tanto tuyos como del khal, pero dejaron a unos cuantos.
—¿Y Eroeh? —preguntó Dany al recordar a la muchacha asustada a la que había salvado en el exterior de la ciudad de los hombres cordero.
—La cogió Mago, que ahora es jinete de sangre de Khal Jhaqo —dijo Jhogo—. La montó hasta que se hartó y se la entregó a su khal, que a su vez la entregó al resto de los jinetes de sangre. Cuando terminaron, le cortaron la garganta.
—Era su destino, khaleesi —dijo Aggo.
«Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida.»
—Un destino cruel —dijo Dany—, pero no tan cruel como lo será el de Mago. Os lo prometo por los dioses antiguos y por los nuevos, por el dios cordero y el dios caballo, por todos los dioses que existen. Lo juro por la Madre de las Montañas y el Vientre del Mundo. Antes de que acabe con ellos, Mago y Ko Jhaqo suplicarán la misma piedad que tuvieron ellos con Eroeh.
Los dothrakis intercambiaron miradas inseguras.
Khaleesi —le explicó Irri, como si hablara con una niña—, ahora Jhaqo es khal, lo siguen veinte mil jinetes.
—Y yo soy Daenerys de la Tormenta —dijo Dany alzando la cabeza—, Daenerys de la Casa Targaryen, de la sangre de Aegon el Conquistador y Maegor el Cruel, y antes que ellos de la antigua Valyria. Soy la hija del dragón, y os juro que esos hombres morirán gritando. Ahora, llevadme ante Khal Drogo.
Estaba tendido sobre la tierra roja, mirando hacia el cielo.
Una docena de moscas de sangre se le habían posado encima, pero no daba señal de notarlas. Dany las espantó, y se arrodilló a su lado. Tenía los ojos bien abiertos, pero no la vio, y ella supo al instante que estaba ciego. Cuando susurró su nombre, no pareció oírla. La herida del pecho estaba curada, o tan curada como podía estar, la cicatriz que había quedado era gris rojiza y repugnante.
—¿Por qué está aquí solo, al sol? —les preguntó.
—Parece que el calor le agrada, princesa —dijo Ser Jorah—. Sigue el sol con los ojos, aunque no lo vea. Puede caminar, más o menos. Va a donde lo llevamos, pero nada más. Come si le ponemos la comida en la boca, bebe si le mojamos los labios con agua.
Dany besó suavemente la frente de su sol y estrellas, y se volvió para enfrentarse a Mirri Maz Duur.
—Tus hechizos son caros, maegi.
—Está vivo —replicó Mirri Maz Duur—. Pediste vida. Pagaste vida.
—Para alguien como Drogo, esto no es vida. Su vida era la risa, la carne asada sobre una hoguera, un caballo entre las piernas. Su vida era un arakh en la mano, las campanillas sonando en su cabello cuando cabalgaba para enfrentarse al enemigo. Su vida eran sus jinetes de sangre, y yo, y el hijo que le iba a dar. —Mirri Maz Duur no le contestó—. ¿Cuándo volverá a ser el que era? —exigió saber Dany.
—Cuando el sol salga por el oeste y se ponga por el este —replicó Mirri Maz Duur—. Cuando los mares se sequen y las montañas se mezan como hojas al viento. Cuando tu vientre vuelva a agitarse y des a luz un niño vivo. Entonces volverá, no antes.
Dany hizo un gesto en dirección a Ser Jorah y a los demás.
—Dejadnos. Quiero hablar a solas con esta maegi. —Mormont y los dothrakis se retiraron—. Tú lo sabías —le espetó. Le dolía todo, por dentro y por fuera, pero la ira le daba fuerzas—. Sabías qué compraba, sabías el precio, y dejaste que lo pagara.
—No debieron quemar mi templo —replicó plácidamente la mujer gruesa, con su nariz plana—. Eso enfureció al Gran Pastor.
—Esto no ha sido obra de ningún dios —dijo Dany con frialdad. «Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida»—. Me engañaste. Asesinaste a mi hijo mientras estaba en mi vientre.
—El semental que monta el mundo ya no podrá quemar ciudades. Su khalasar no reducirá naciones a cenizas.
—Hablé en tu favor. Te salvé.
—¿De qué me salvaste? —La mujer Ihazareena escupió al suelo—. Tres jinetes ya me habían tomado, y no como un hombre toma a una mujer, sino por detrás, como el perro monta a la perra. El cuarto estaba dentro de mí cuando pasaste a caballo. ¿De qué me salvaste? Vi arder la casa de mi dios, donde había curado a incontables hombres buenos. Mi casa también ardió, y en las calles vi montones de cabezas. Vi la cabeza del panadero que horneaba mi pan. Vi la cabeza de un chiquillo al que había salvado de unas fiebres hacía menos de tres lunas. Oí los gritos de los niños mientras los jinetes los hacían avanzar a latigazos. Dime, ¿de qué me salvaste?
—Tienes la vida.
—Fíjate en tu khal —dijo Mirri Maz Duur y dejó escapar una carcajada cruel—, y mira de qué vale la vida cuando se ha perdido todo lo demás.
Dany llamó a los hombres de su khas, y les ordenó que se llevaran a Mirri Maz Duur, y la ataran de pies y manos. Pero, cuando se alejaban con ella, la maegi le sonrió como si compartieran un secreto. Una sola palabra de Dany habría bastado para que la decapitaran... aunque, ¿qué obtendría con eso? ¿Una cabeza? Si la vida no tenía valor, ¿acaso lo tenía la muerte?
Llevaron a Khal Drogo a su tienda, y Dany ordenó que llenaran una bañera. En aquella ocasión no había sangre en el agua. Ella misma se encargó de bañarlo, le quitó la suciedad y el polvo de los brazos y el pecho, le limpió la cara con un paño suave, le enjabonó la larga cabellera negra, se la cepilló y deshizo los nudos hasta que volvió a tener el brillo que recordaba. Ya había anochecido cuando terminó, y se sentía agotada. Hizo una pausa para comer y beber, pero apenas si consiguió mordisquear un higo y pasar un trago de agua. Necesitaba dormir, pero ya había dormido suficiente... en realidad, había dormido demasiado. Aquella noche se la debía a Drogo, por todas las noches que él le había dado, y las que quizá le pudiera dar aún.
El recuerdo de su primera vez juntos la acompañaba cuando lo guió hacia la oscuridad, porque los dothrakis creían que todas las cosas importantes en la vida de un hombre deben hacerse a cielo abierto. Se dijo que había poderes más fuertes que el odio, y hechizos más antiguos y verdaderos que los que la maegi había aprendido en Asshai. La noche era negra, sin luna, pero sobre ella parpadeaban un millón de estrellas. Lo consideró un presagio.
Allí no había ninguna alfombra de hierba que les diera la bienvenida, sólo estaba la tierra dura, polvorienta, llena de piedras. No había árboles que se mecieran al viento, ni arroyo que calmara sus miedos con la música dulce de las aguas. Dany se dijo que con las estrellas bastaba.
—Recuerda, Drogo —susurró—. Recuerda la primera vez que montamos juntos, el día en que nos casamos. Recuerda la noche en que hicimos a Rhaego, todo el khalasar nos miraba, tus ojos estaban clavados en los míos. Recuerda lo clara y fresca que era el agua en el Vientre del Mundo. Recuerda, mi sol y estrellas. Recuerda, y vuelve conmigo.
El parto la había dejado demasiado desgarrada para recibirlo en su interior, como hubiera querido, pero Doreah le había enseñado muchas cosas. Dany utilizó las manos, la boca, los pechos. Le recorrió el cuerpo con las uñas, lo cubrió de besos, le susurró al oído, rezó, le contó historias, y al final lo bañó con lágrimas. Pero Drogo no sentía, no hablaba, no se levantaba.
Cuando el amanecer empezó a llenar el horizonte, Dany comprendió que lo había perdido.
—Cuando el sol salga por el oeste y se ponga por el este —dijo con tristeza—. Cuando los mares se sequen y las montañas se mezan como hojas al viento. Cuando mi vientre vuelva a agitarse y dé a luz un niño vivo. Entonces volverás, mi sol y estrellas, no antes.
«Jamás —gritó la oscuridad—, jamás, jamás, jamás.»
Dany encontró en la tienda un cojín de seda suave relleno de plumas. Lo estrechó contra sus pechos y volvió con Drogo, su sol y estrellas.
«Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida.» Cada paso le dolía, quería dormir, dormir y no soñar.
Se arrodilló, besó a Drogo en los labios y le apretó el cojín contra la cara.

TYRION

—Tienen a mi hijo —dijo Tywin Lannister.
—Así es, mi señor. —La voz del mensajero estaba rota de puro agotamiento. Tenía el chaleco desgarrado, con el jabalí pinto de Crakehall manchado de sangre seca.
«A uno de tus hijos», pensó Tyrion. Bebió un sorbo de vino sin decir palabra. Pensaba en Jaime. Cuando alzó el brazo, el dolor se lo recorrió como un latigazo desde el codo, para recordarle su breve experiencia en el campo de batalla. Quería a su hermano, pero no habría querido estar con él en el Bosque Susurrante ni por todo el oro de Roca Casterly.
Los capitanes y vasallos de su señor padre se habían quedado en silencio mientras el mensajero relataba los hechos. Sólo se oía el crujir y sisear de los leños en la chimenea, al final de la larga sala común.
Tras las privaciones del largo viaje hacia el sur, la perspectiva de dormir de nuevo en una posada, aunque fuera una noche, había animado a Tyrion. De todos modos, habría preferido que fuera cualquier otra posada, y no aquélla, tan llena de recuerdos. Su padre había impuesto un ritmo muy penoso, que había terminado por cobrarse su precio. Los hombres heridos en la batalla mantenían el paso como podían, o los abandonaban a su suerte. Cada mañana quedaban unos cuantos más al borde del camino, eran hombres que se acostaron por la noche y no despertaron al amanecer. Cada tarde se derrumbaban unos cuantos más durante la marcha. Y cada noche desertaban unos cuantos, amparados por la oscuridad. En más de una ocasión a Tyrion le había tentado la idea de irse con ellos.
Se encontraba en el piso de arriba, disfrutando de la comodidad de un lecho de plumas y del calor del cuerpo de Shae junto al suyo, cuando su escudero lo despertó para decirle que acababa de llegar un jinete desde Aguasdulces, portador de malas noticias. Así que todo había sido en vano: la carrera hacia el sur, las marchas forzadas, los cuerpos abandonados junto al camino... todo para nada. Robb Stark había llegado a Aguasdulces muchos días antes.
—¿Cómo ha podido suceder esto? —gemía Ser Harys Swyft—. ¿Cómo? Pese a lo del Bosque Susurrante, Aguasdulces estaba rodeado por todo un ejército... ¿qué clase de locura inspiró a Ser Jaime para dividir a sus hombres entre tres campamentos? ¿No sabía que eso los haría vulnerables?
«Mejor que tú, cobarde sin barbilla», pensó Tyrion. Aunque Jaime hubiera perdido Aguasdulces, no soportaba que lo criticara alguien como Swyft, un lameculos desvergonzado cuyo mayor logro había sido casar con Ser Kevan a su hija, tan carente de barbilla como él, y así emparentar con los Lannister.
—Yo habría hecho lo mismo —replicó su tío, en tono mucho más sereno del que hubiera utilizado Tyrion—. Nunca habéis visto Aguasdulces, Ser Harys, de lo contrario sabríais que Jaime no tenía otra opción. El castillo está situado al final de la punta de tierra en la que el Piedra Caída fluye hacia el Forca Roja del Tridente. Los ríos forman dos lados de un triángulo y, cuando hay algún peligro, los Tully abren las esclusas corriente arriba y crean un foso ancho en el tercer lado, con lo que Aguasdulces se convierte en una isla. Los muros se alzan directamente en el agua, y desde las torres los defensores dominan el panorama en muchas leguas a la redonda. Para realizar un asedio es imprescindible situar un campamento al norte del Piedra Caída, otro al sur del Forca Roja, y un tercero entre los ríos, al oeste del foso. No hay otra manera.
—Lo que dice ser Kevan es cierto, mis señores —dijo el mensajero—. Habíamos alzado empalizadas de estacas afiladas en torno a los campamentos, pero no sirvieron de nada, no hubo ningún aviso previo, y estábamos separados por los ríos. Atacaron primero el campamento norte. No lo esperábamos. Marq Piper había tendido emboscadas a nuestros carromatos de suministros, pero no tenía más allá de cincuenta hombres. Ser Jaime había salido la noche anterior para enfrentarse a ellos... bueno, eso pensábamos, pero en realidad no era el grueso de su ejército. Nos habían dicho que Stark estaba al este del Forca Verde, y que marchaba hacia el sur...
—¿Y los oteadores? —El rostro de Ser Gregor Clegane parecía tallado en roca. El fuego de la chimenea le daba a la piel un tono naranja, y le dibujaba grandes sombras en las órbitas de los ojos—. ¿No vieron nada? ¿No os advirtieron?
—Casi todos habían desaparecido —contestó el mensajero manchado de sangre sacudiendo la cabeza—. Creemos que fue obra de Marq Piper. Y los que volvieron no habían visto nada.
—El hombre que no ve nada no necesita ojos —declaró la Montaña—. Sacádselos y entregadlos al próximo oteador. Decidle que suponéis que cuatro ojos verán más que dos... y, de lo contrario, el hombre que lo suceda tendrá seis.
Lord Tywin Lannister volvió el rostro para mirar a Ser Gregor. Tyrion vio un destello de oro que la luz arrancó de las pupilas de su padre, pero no habría sabido decir si era una mirada de aprobación o de repugnancia. Lord Tywin guardaba silencio a menudo durante el consejo, prefería escuchar antes de hablar, costumbre que Tyrion imitaba siempre que podía. Pero aquel silencio era extraño hasta para él, y no había probado el vino.
—Has dicho que atacaron de noche —intervino Ser Kevan.
El hombre asintió, cansado.
—El Pez Negro iba al mando de la vanguardia, eliminó a los centinelas y derribó las empalizadas para abrir camino al ataque principal. Cuando los nuestros comprendieron qué pasaba, los jinetes llegaban ya por las orillas del río y entraban al galope en el campamento con espadas y antorchas en las manos. Yo estaba durmiendo en el campamento oeste, entre los ríos. Al oír el fragor de la batalla y ver las tiendas incendiadas, Lord Brax nos ordenó ir a las balsas y cruzar impulsándonos con las pértigas, pero la corriente río abajo era fuerte, y los Tully empezaron a lanzarnos rocas con las catapultas de las murallas. Destrozaron una de las balsas, e hicieron volcar otras tres. La corriente se llevó a muchos hombres, casi todos murieron ahogados, y los que consiguieron llegar a la orilla se encontraron a los Stark esperándolos.
—Mi señor padre... —Ser Flement Brax, que vestía un tabardo color plata y púrpura, lo miraba como sin comprender lo que oía.
—Lo siento mucho, mi señor —dijo el mensajero—. Lord Brax llevaba la armadura puesta cuando su balsa volcó. Fue muy valiente.
«Fue muy idiota», pensó Tyrion, mientras hacía girar la copa y contemplaba el vino. Cruzar un río de noche, en una balsa rudimentaria, con la armadura puesta, mientras el enemigo espera en la otra orilla... Si aquello era valor, prefería mil veces la cobardía. Se preguntó si Lord Brax se habría sentido especialmente valiente mientras el peso del acero lo hundía en las aguas negras.
—También barrieron el campamento situado entre los ríos —decía el mensajero—. Mientras intentábamos cruzar, llegaron por el oeste más hombres de los Stark, dos columnas de jinetes con armaduras. Vi el gigante con cadenas de Lord Umber y el águila de Mallister, pero el que iba a la cabeza era el chico, y un lobo monstruoso corría a su lado. Yo no lo vi, pero me contaron que esa fiera mató a cuatro hombres y despedazó a una docena de caballos. Nuestros lanceros formaron una muralla de escudos y resistieron la primera carga, pero entonces los Tully abrieron las puertas de Aguasdulces, y Tytos Blackwood salió con un grupo por el puente levadizo, y los atacó por la retaguardia.
—Por todos los dioses —maldijo Lord Lefford.
—Gran Jon Umber prendió fuego a las torres de asalto que estábamos construyendo; Lord Blackwood encontró a los cautivos, entre ellos a Ser Edmure Tully, y escapó con todos. Nuestro campamento sur estaba bajo el mando de Ser Forley Prester. Cuando vio que habíamos perdido los otros dos campamentos, inició la retirada con dos mil lanceros y otros tantos arqueros, pero el mercenario de Tyrosh que iba al mando de los jinetes libres tiró sus estandartes y se pasó al enemigo.
—Maldito sea ese hombre. —Su tío Kevan parecía más airado que sorprendido—. Le advertí a Jaime que no confiara en él. El guerrero que lucha por dinero sólo es leal a su bolsillo.
Lord Tywin apoyó la barbilla en las manos entrelazadas. Los ojos era lo único que movía mientras escuchaba. Las espesas patillas doradas enmarcaban un rostro tan inexpresivo que parecía una máscara, pero Tyrion advirtió que la cabeza afeitada de su padre estaba perlada de sudor.
—¿Cómo ha podido suceder esto? —aulló de nuevo Ser Harys Swyft—. Ser Jaime prisionero, el asedio fracasado... ¡es una catástrofe!
—Todos os estamos muy agradecidos por señalar lo evidente, Ser Harys —intervino Ser Addam Marbrand—. Ahora la pregunta es, ¿qué vamos a hacer al respecto?
—¿Qué podemos hacer? Los hombres de Ser Jaime están prisioneros, o muertos, o han huido; los Stark y los Tully han cortado nuestras líneas de suministros. ¡Estamos aislados del oeste! Si quieren pueden atacar Roca Casterly, ¿qué se lo impide? Nos han derrotado, mis señores. Tenemos que pedir la paz.
—¿La paz? —Tyrion volvió a agitar el vino, pensativo. Apuró la copa de un trago y la estrelló contra el suelo, de manera que saltó en mil pedazos—. Ésta es la paz que tendremos, Ser Harys. Mi querido sobrino la hizo añicos cuando decidió adornar la Fortaleza Roja con la cabeza de Lord Eddard. Intentad beber vino de esa copa, os será más fácil que convencer a Robb Stark de que firme la paz. Está ganando... ¿o no lo habéis notado?
—Dos batallas no hacen una guerra —insistió Ser Addam—. No nos ha derrotado, ni mucho menos. A mí me gustaría enfrentarme con ese muchacho Stark, acero contra acero.
—Puede que acepten una tregua y un intercambio de prisioneros —sugirió Lord Lefford.
—A menos que quieran cambiar tres por uno, nos sacan mucha ventaja —replicó Tyrion con tono ácido—. ¿Y qué podemos ofrecer a cambio de mi hermano? ¿La cabeza putrefacta de Lord Eddard?
—Tengo entendido que la reina Cersei retiene prisioneras a las hijas de la Mano —dijo Lefford, esperanzado—. Si le devolvemos a sus hermanas...
—Tendría que ser muy idiota para canjear la vida de Jaime Lannister por la de dos niñas —dijo Ser Addam con un bufido desdeñoso.
—Entonces tendremos que pagar un rescate, por alto que sea —insistió Lord Lefford.
Tyrion puso los ojos en blanco.
—Si los Stark quisieran oro, sólo tendrían que fundir la armadura de Jaime.
—Y si pedimos una tregua, pensarán que somos débiles —argumentó Ser Addam—. Tenemos que atacarlos enseguida.
—Sin duda nuestros amigos de la corte podrán aportarnos nuevas tropas —dijo Ser Harys—. Y alguien podría volver a Roca Casterly para reunir otro ejército.
Lord Tywin Lannister se puso en pie.
—Tienen a mi hijo —repitió Lord Tywin Lannister poniéndose en pie, con una voz que cortó las conversaciones como una espada corta el sebo—. Fuera de aquí todos. Dejadme solo. —Tyrion, siempre obediente, se levantó para salir con los demás, pero su padre lo miró y añadió—: Tú no, Tyrion. Quédate. Y tú también, Kevan. Los demás, fuera.
Tyrion, mudo de asombro, volvió a acomodarse en el banco. Ser Kevan cruzó la sala en dirección a los barriles de vino.
—Tío —lo llamó Tyrion—, si tienes la bondad...
—Toma. —Su padre le ofreció su copa, con el vino intacto.
El asombro de Tyrion fue abismal. Bebió. Lord Tywin se sentó.
—Lo que has dicho de Stark es cierto. Si Lord Eddard estuviera vivo nos habría servido para firmar la paz con Invernalia y Aguasdulces, una paz que nos daría el tiempo que necesitamos para encargarnos de los hermanos de Robert. En cambio, muerto... —Apretó el puño—. Es una locura. Una locura.
—Joff no es más que un niño —señaló Tyrion—. A su edad yo también hice tonterías.
—Aún podemos dar las gracias porque no se haya casado con una puta. —Su padre le lanzó una mirada dura. Tyrion bebió un sorbo de vino, y se preguntó qué haría su padre si le tiraba la copa a la cara—. La situación es peor de lo que crees —siguió su padre—. Al parecer tenemos un nuevo rey.
—¿Un nuevo...? —Ser Kevan se quedó boquiabierto—. ¿Quién? ¿Qué le han hecho a Joffrey?
Durante una fracción de segundo los labios finos de Lord Tywin se fruncieron en una mueca de repugnancia.
—Por ahora, nada. Mi nieto sigue ocupando el Trono de Hierro, pero el eunuco ha escuchado rumores procedentes del sur. Hace dos semanas, Renly Baratheon se casó con Margaery Tyrell, y ahora reclama la corona. Y el padre y los hermanos de la novia le han jurado fidelidad.
—Son noticias graves. —Cuando Ser Kevan fruncía el ceño, las arrugas de su frente eran profundas como cañones.
—Mi hija ordena que acudamos de inmediato a Desembarco del Rey, para defender la Fortaleza Roja de Renly y del Caballero de las Flores. —Apretó los labios—. Nos lo «ordena». En nombre del rey y del Consejo.
—¿Cómo se ha tomado la noticia el rey Joffrey? —preguntó Tyrion, con cierto humor negro.
—Cersei no ha considerado oportuno decírselo por el momento —respondió Lord Tywin—. Tiene miedo de que se empeñe en atacar él mismo a Renly.
—¿Con qué ejército? —quiso saber Tyrion—. Supongo que no pensarás en darle el mando de éste...
—Dice que iría a la cabeza de la Guardia de la Ciudad.
—Si se lleva la Guardia, dejará la ciudad indefensa —señaló Ser Kevan—. Y estando Lord Stannis en Rocadragón...
—Sí. —Lord Tywin bajó la vista para mirar a su hijo—. Siempre había pensado que el bufón eras tú, Tyrion. Ya veo que estaba equivocado.
—Vaya, padre —respondió Tyrion—. Eso casi parece una alabanza. —Se inclinó hacia adelante—. ¿Qué pasa con Stannis? Es el hermano mayor, ¿qué le ha parecido lo que ha hecho su hermano?
—Siempre he tenido la sensación de que Stannis era más peligroso que todos los demás juntos —contestó su padre con el ceño fruncido—. Pero no hace nada. Cierto, a Varys le han llegado rumores. Stannis construye barcos, Stannis contrata mercenarios, Stannis ha llamado a un portador de sombras de Asshai... ¿qué significa todo eso? ¿Son verdaderos los rumores? —Se encogió de hombros, irritado—. Kevan, trae el mapa. —Ser Kevan hizo lo que le habían dicho. Lord Tywin desenrolló el cuero y lo alisó sobre la mesa.
—Jaime nos ha dejado en una situación pésima. Roose Bolton y los restos de sus huestes están aquí al norte. Nuestros enemigos tienen en su poder los Gemelos y Foso Cailin. Robb Stark está al oeste, de manera que no podemos retirarnos hacia Lannisport y la Roca a menos que presentemos batalla. Tienen a Jaime prisionero, y a todos los efectos su ejército ya no existe. Thoros de Myr y Beric Dondarrion siguen atacando nuestras partidas de aprovisionamiento. Al este tenemos a los Arryn, Stannis Baratheon está en Rocadragón, y en el sur Altojardín y Bastión de Tormentas están llamando a sus banderizos.
—Ánimo, padre. —Tyrion sonrió, malévolo—. Al menos Rhaegar Targaryen sigue muerto.
—Tenía la esperanza de que nos aportaras algo más que sarcasmo, Tyrion —replicó Lord Tywin Lannister.
—A estas alturas Robb Stark ya contará con Edmure Tully y con los señores del Tridente. —Ser Kevan miraba el mapa con el ceño fruncido—. Sus fuerzas combinadas superan a las nuestras. Y con Roose Bolton pisándonos los talones... Me temo que, si nos quedamos aquí, acabaremos atrapados entre tres ejércitos, Tywin.
—No tengo intención de quedarme aquí. Tenemos que zanjar este asunto con el joven Lord Stark antes de que Lord Renly Baratheon se ponga en marcha en Altojardín. Bolton no me preocupa. Es hombre cauteloso, y en el Forca Verde le dimos más motivos para serlo. No se apresurará mucho a la hora de perseguirnos. De manera que, por la mañana, partiremos hacia Harrenhal. Kevan, quiero que los oteadores de Ser Addam encubran nuestros movimientos, y que vayan en grupos de cuatro. No quiero oír hablar de desapariciones.
—Como ordenes. Pero... ¿por qué a Harrenhal? Ese lugar trae mala suerte. Hay quien dice que está maldito.
—Que lo digan —replicó Lord Tywin—. Suéltale la correa a Ser Gregor y que nos preceda con su canalla. Envía también por delante a Vargo Hoat con sus jinetes libres, y a Ser Amory Lorch. Que se lleven cada uno trescientos hombres a caballo. Diles que quiero que prendan fuego a las aldeas de las orillas del río, desde el Ojo de Dioses al Forca Roja.
—Arderán, mi señor —respondió Ser Kevan al tiempo que se levantaba—. Daré las órdenes oportunas. —Hizo una reverencia, y se dirigió hacia la puerta.
Cuando estuvieron a solas, Lord Tywin clavó la mirada en Tyrion.
—A tus salvajes les sentará bien un poco de rapiña. Diles que pueden cabalgar con Vargo Hoat y saquear cuanto quieran, objetos, ganado, mujeres... Que se queden con lo que les guste y prendan fuego al resto.
—Decir a Shagga y a Timett cómo deben saquear —señaló Tyrion—, es como decir a un pollo cómo debe piar, pero prefiero que se queden conmigo. —Los salvajes eran bárbaros e indómitos, pero suyos, y confiaba en ellos más que en cualquiera de los hombres de su padre. No pensaba perderlos así como así.
—En ese caso más vale que aprendas a controlarlos, no quiero que saqueen la ciudad.
—¿La ciudad? —Tyrion no entendía nada—. ¿Qué ciudad?
—Desembarco del Rey. Te voy a enviar a la corte.
Era la última cosa que Tyrion Lannister se habría imaginado. Cogió el vino y bebió un sorbo para disponer de unos segundos y poder meditar.
—¿Y qué voy a hacer allí?
—Gobernar —replicó su padre con tono seco.
Tyrion se echó a reír a carcajadas.
—¡Seguro que mi querida hermana tiene algo que decir al respecto!
—Que diga lo que quiera. Hay que meter en cintura a su hijo antes de que acabe con todos nosotros. La culpa la tienen esos mequetrefes del Consejo: nuestro amigo Petyr, el venerable Gran Maestre, y ese cerdo capado de Lord Varys. ¿Qué consejos le dan a Joffrey, que no hace más que cometer una locura tras otra? ¿De quién fue la idea de otorgar el título de Lord a Janos Slynt? Su padre era un vulgar carnicero, ¡y le ha entregado Harrenhal! ¡Harrenhal, que fue asentamiento de reyes! Pero, si de mí depende, no llegará a poner el pie allí. Me han dicho que ha elegido como blasón una lanza ensangrentada. Un cuchillo de desollar ensangrentado habría sido más apropiado. —Todavía no había alzado la voz, pero Tyrion veía la rabia relampagueando en los ojos dorados de su padre—. ¿Y cómo se le ocurrió echar a Selmy? Cierto, estaba viejo, pero el nombre de Barristan el Bravo es una leyenda en el reino. Tenerlo a su servicio era un honor para cualquier hombre. ¿Se puede decir lo mismo del Perro? A un perro se le echan huesos cuando está debajo de la mesa, no se lo sienta en el banco principal. —Apuntó a Tyrion con un dedo—. Si Cersei no es capaz de dominar a ese chico, tendrás que hacerlo tú. Y si esos consejeros nos intentan jugar una mala pasada...
—Picas —suspiró Tyrion que sabía cómo terminaba la frase—. Cabezas. Murallas.
—Ya veo que has aprendido algo de mí.
—Más de lo que te imaginas, padre —respondió Tyrion con voz queda. Apuró el vino y dejó la copa sobre la mesa, pensativo. En cierto modo se sentía más complacido de lo que quería reconocer, pero otra parte de su ser recordaba demasiado bien la batalla río arriba, y se preguntaba si lo volverían a enviar a defender el flanco izquierdo.
—¿Por qué yo? —preguntó, inclinando la cabeza a un lado—. ¿Por qué no envías a mi tío? ¿O a Ser Addam, o a Ser Flement, o a Lord Serrett? ¿Por qué no envías a un hombre... más grande?
—Tú eres mi hijo —dijo Lord Tywin levantándose bruscamente.
Entonces fue cuando se dio cuenta.
«Lo das por perdido —pensó—. Hijo de la gran puta, crees que Jaime se puede dar por muerto, así que soy lo único que te queda.» Tyrion hubiera querido abofetearlo, escupirle a la cara, sacar la daga y arrancarle el corazón para ver si estaba hecho de oro viejo y duro, como decía el pueblo llano. Pero se quedó allí, sentado, en silencio.
Los fragmentos de la copa rota crujieron bajo los talones de su padre cuando Lord Tywin cruzó la estancia.
—Una última cosa —dijo ya junto a la puerta—. No te lleves a la puta a la corte.
Tyrion se quedó sentado largo rato, a solas en la sala común, después de la salida de su padre. Por último, subió por los peldaños que llevaban a su acogedora buhardilla bajo la torre del campanario. El techo era bajo, pero para un enano eso no suponía ningún problema. Desde la ventana se veía la horca que su padre había alzado en el patio. El cuerpo de la tabernera colgaba de la cuerda, y se mecía con cada ráfaga de viento nocturno. A aquellas horas tenía ya las carnes tan escasas y maltrechas como las esperanzas de los Lannister.
Shae musitó algo en sueños cuando se sentó al borde del lecho de plumas, y se giró hacia él. Tyrion deslizó la mano bajo la manta, y le acarició un pecho suave. Ella abrió los ojos.
—Mi señor —dijo con una sonrisa adormilada.
Tyrion sintió que el pezón se endurecía, y la besó.
—¿Sabes, pequeña? Voy a llevarte a la corte, a Desembarco del Rey.

JON

La yegua relinchó suavemente cuando Jon Nieve le apretó las cinchas.
—Calma, preciosa —dijo en voz baja, tranquilizándola con una caricia.
El viento que soplaba en el establo era un aliento frío de muerte en el rostro, pero Jon no le prestó atención. Ató el rollo a la silla, pese a la torpeza y rigidez de los dedos heridos.
Fantasma —susurró—. Conmigo. —Y el lobo acudió, con sus ojos como brasas.
—Jon, por favor, no lo hagas.
Montó, cogió las riendas con una mano, e hizo que el animal se volviera hacia la noche. Samwell Tarly estaba ante la puerta del establo, la luna llena asomaba por encima del hombro. La sombra que proyectaba era inmensa y negra, como la de un gigante.
—Apártate de mi camino, Sam.
—No puedes, Jon —dijo el muchacho—. No te lo permitiré.
—Preferiría no tener que hacerte daño —dijo Jon—. Apártate a un lado, o te arrollaré.
—No me lo creo. Por favor, tienes que hacerme caso...
Jon picó espuelas, y la yegua emprendió el galope hacia la puerta. Sam se mantuvo firme un instante, con la cara tan pálida y redonda como la luna a su espalda, la boca abierta en una inmensa «o» de sorpresa. En el último momento, cuando ya casi estaba sobre él, saltó a un lado, como Jon había sabido que haría, tropezó y cayó al suelo. La yegua saltó por encima de él y salió a la noche.
Jon se echó sobre la cabeza la capucha de la gruesa capa y encaminó a la yegua en la dirección correcta. Se alejó a caballo del Castillo Negro, que estaba sumergido en el silencio. Fantasma corría a su lado. Sabía que había hombres de guardia sobre el Muro, pero miraban siempre hacia el norte, no hacia el sur. Nadie lo vería partir, sólo Sam Tarly, que todavía estaría en los viejos establos, intentando ponerse en pie. Esperaba que Sam no se hubiera hecho daño en la caída. Era tan gordo y torpe que sería propio de él romperse una muñeca o torcerse un tobillo.
—Se lo advertí —dijo Jon en voz alta—. Además, no tenía por qué entrometerse.
Flexionó los dedos de la mano herida mientras cabalgaba, abriéndolos y cerrándolos. Le seguían doliendo, pero al menos ya le habían quitado las vendas.
La luz de la luna se derramaba sobre las colinas mientras Jon recorría los recovecos del camino real. Tenía que alejarse lo máximo posible del Muro antes de que se dieran cuenta de que se había marchado. Al amanecer, se apartaría del camino y cabalgaría a campo traviesa, entre prados, arbustos y arroyos, para evitar a los perseguidores. Pero de momento la velocidad tenía más valor que la discreción. No era como si no pudieran imaginar hacia dónde se dirigía.
El Viejo Oso estaba acostumbrado a levantarse con las primeras luces del alba, de manera que Jon tenía hasta el amanecer para poner tantas leguas como pudiera entre él y el Muro... todo eso si Sam Tarly no lo traicionaba. El muchacho gordo era obediente, y se amedrentaba con facilidad, pero quería a Jon como a un hermano. Si lo interrogaban diría la verdad, no le cabía duda, pero no se lo imaginaba enfrentándose a los guardias de la Torre del Rey para despertar a Mormont.
Al ver que Jon no acudía para recoger en la cocina el desayuno del Viejo Oso, irían a buscarlo a su celda, y se encontrarían a Garra encima de la cama. Le había costado mucho dejarla allí, pero no había perdido el sentido del honor hasta el punto de llevársela. Ni siquiera Jorah Mormont había hecho semejante cosa cuando huyó deshonrado. Sin duda Lord Mormont encontraría a alguien más digno de tal espada. Al pensar en el anciano, Jon se sentía muy mal. Sabía que su deserción sería como un puñado de sal sobre la herida aún abierta de la deshonra de su hijo. No podía haber peor manera de pagarle su confianza, pero era inevitable. Hiciera lo que hiciera, Jon sentía que estaba traicionando a alguien.
Ni siquiera en aquel momento estaba seguro de hacer lo más honorable. Para los sureños era más sencillo. Podían hablar con sus septons, alguien les decía cuál era la voluntad de los dioses y los ayudaba a distinguir el bien del mal. Pero los Stark adoraban a los antiguos dioses, los dioses sin nombre, y quizá los árboles corazón escucharan, pero no hablaban.
Cuando las luces del Castillo Negro se perdieron de vista, Jon se permitió aminorar la marcha. Le quedaba un largo camino por delante, y sólo disponía de un caballo. En las aldeas y granjas podría cambiar la yegua por un caballo descansado, pero no si estaba herida o reventada.
También tendría que buscarse ropas nuevas, mejor dicho, robarlas. Iba vestido de negro de los pies a la cabeza: botas altas de montar, polainas de tejido basto, túnica, chaleco de cuero, capa gruesa de lana... Hasta la espada larga y la daga iban en vainas de piel de topo negro, y la cota de mallas que llevaba colgada de la silla era negra. Si lo apresaban, cualquiera de aquellas prendas supondría su muerte. Los pueblos y aldeas al norte del Cuello recibían con desconfianza a cualquier forastero vestido de negro, y pronto habría hombres persiguiéndolo. Jon sabía que, cuando los cuervos del maestre Aemon emprendieran el vuelo, no habría refugio para él. Ni siquiera en Invernalia. Bran querría dejarlo entrar, pero el maestre Luwin era más sabio. Atrancaría las puertas y le negaría la entrada, como debía ser. Era mejor no pasar por allí.
Pero, en su mente, veía claro y diáfano el castillo, como si hubiera salido de él el día anterior: las altas murallas de granito, el salón principal con los olores del humo, los perros y la carne asada, las habitaciones de su padre, la habitación de la torre que había sido su dormitorio... Una parte de él deseaba más que nada en el mundo volver a oír la risa de Bran, comer una de las empanadas de carne de Gage, y oír los cuentos de la Vieja Tata sobre los niños del bosque y Florian el Bufón.
Pero no había huido del Muro para eso. Se había marchado porque era hijo de su padre y hermano de Robb. Una espada regalada, aunque fuera tan bella como Garra, no hacía de él un Mormont. Tampoco era Aemon Targaryen. El anciano había tenido que decidir en tres ocasiones, y en tres ocasiones había optado por el honor, pero había sido su decisión. Ni siquiera en aquellos momentos sabía Jon si el maestre se había quedado porque era débil y cobarde, o porque era fuerte y honorable. Pero comprendía lo que le había contado sobre el dolor de elegir. Lo comprendía demasiado bien.
Tyrion Lannister aseguraba que la mayoría de los hombres prefería negar una verdad dolorosa antes que enfrentarse a ella, pero Jon estaba harto de negar cosas. Era quien era, Jon Nieve, bastardo y fugitivo, sin madre, sin amigos, perseguido. Durante el resto de su vida, durase lo que durase, sería un forajido, un hombre silencioso que se ampararía en las sombras sin atreverse a pronunciar su verdadero nombre. En los Siete Reinos, fuera a donde fuera, tendría que vivir en la mentira, o cada hombre sería su enemigo. Pero eso no importaba, nada importaba, siempre que viviera lo suficiente para ocupar el lugar que le correspondía al lado de su hermano, y ayudara a vengar a su padre.
Recordó a Robb tal como lo había visto por última vez, de pie en el patio, con la nieve derritiéndosele sobre el cabello castaño. Jon tendría que acercarse a él en secreto, disfrazado. Trató de imaginar la cara que pondría Robb cuando le descubriera su personalidad. Su hermano sacudiría la cabeza, y sonreiría, y le diría... le diría...
No conseguía visualizar la sonrisa. Por mucho que lo intentaba, no la veía. En cambio, recordaba al desertor que su padre había decapitado el día que encontraron los lobos huargos. «Pronunciaste un juramento —le había dicho Lord Eddard—. Hiciste votos ante tus hermanos, ante los antiguos dioses y ante los nuevos.» Desmond y Tom el Gordo arrastraron al hombre hasta el tocón. Bran tenía los ojos abiertos como platos, y Jon tuvo que recordarle que controlara su poni. Recordaba la expresión en la cara de su padre cuando Theon Greyjoy le tendió a Hielo, la lluvia de sangre sobre la nieve, la manera en que Theon había pateado la cabeza cuando llegó rodando a sus pies.
Se preguntó qué habría hecho Lord Eddard si el desertor hubiera sido su hermano Benjen, en vez de aquel desconocido harapiento. ¿Habrían cambiado las cosas? Seguro que sí, sin duda, sin duda... Y Robb le daría la bienvenida, desde luego. Era necesario. Si no...
No quería ni siquiera pensarlo. El dolor le palpitó en lo más profundo de los dedos cuando agarró las riendas. Picó espuelas y salió al galope camino real abajo, como para escapar de sus dudas. Jon no temía a la muerte, pero no quería morir de aquella manera, maniatado y decapitado como un vulgar criminal. Si había de perecer, que fuera con una espada en la mano, luchando contra los asesinos de su padre. No era un Stark, nunca lo sería... pero podía morir como un Stark. Que los hombres dijeran que Eddard Stark había engendrado cuatro hijos, no tres.
Fantasma se mantuvo a su altura casi un kilómetro, con la lengua roja colgando entre los dientes. Hombre y caballo bajaron la cabeza cuando Jon pidió al animal más velocidad. Pero el lobo aminoró la marcha y se detuvo, los ojos le brillaban rojos a la luz de la luna. Se quedó atrás y desapareció, pero Jon sabía que lo seguiría a su ritmo.
Entre los árboles, más adelante, a ambos lados del camino, brillaban algunas luces dispersas: Villa Topo. Un perro empezó a ladrar, y oyó a una mula en los establos, pero aparte de eso el pueblo estaba en silencio. Aquí y allá, el brillo de los fuegos en las chimeneas salía por las hendiduras de los postigos de las ventanas, pero sólo en unos pocos puntos.
Villa Topo era más grande de lo que parecía, porque tres cuartas partes del pueblo estaban bajo tierra, en sótanos profundos y cálidos conectados por un laberinto de túneles. Hasta el prostíbulo estaba allí abajo, en la superficie no había más que una choza del tamaño de una letrina, con una lámpara roja colgada de la puerta. En el Muro, los hombres llamaban a aquellas prostitutas «tesoros enterrados». ¿Cuántos de sus hermanos negros estarían allí aquella noche, explotando la mina? Eso también iba contra el juramento, pero por lo visto a nadie le importaba.
Hasta que no pasó de largo del pueblo, Jon no volvió a aminorar la marcha. Tanto él como la yegua estaban ya empapados de sudor. Desmontó, tiritando; la mano quemada le dolía mucho. Bajo los árboles había una zona con nieve derritiéndose, que brillaba a la luz de la luna, mientras el agua goteaba para formar pequeños charcos. Jon se acuclilló, juntó las manos y cogió un puñado. Estaba fría como el hielo. Bebió y se lavó la cara hasta que sintió como agujas en las mejillas. Los dedos le palpitaban más que desde hacía muchos días, y también notaba un latido sordo en la cabeza.
«Estoy haciendo lo correcto —se dijo—. Entonces, ¿por qué me siento tan mal?»
La yegua parecía cansada, de manera que Jon la cogió por las riendas y avanzó un rato a pie. El camino era tan estrecho que dos hombres a caballo no habrían podido pasar a la vez más que con muchas dificultades, y estaba salpicado de piedras y cortado por diminutos arroyos. Montar al galope había sido una verdadera tontería, había corrido el riesgo de romperse el cuello. Jon se preguntó por qué se habría comportado así. ¿Tanta prisa tenía por morir?
A lo lejos, entre los árboles, el grito distante de algún animal asustado le hizo levantar la vista. La yegua relinchó, nerviosa. ¿Habría cazado ya el lobo? Se puso las manos en torno a la boca.
¡Fantasma!—gritó—. ¡Fantasma, conmigo!
No obtuvo más respuesta que un batir de alas tras él, cuando un búho alzó el vuelo.
Jon siguió la marcha con el ceño fruncido. Tiró de la yegua durante media hora, hasta que el sudor del animal se secó. Fantasma no apareció. Jon montó y cabalgó de nuevo, pero la desaparición del lobo lo preocupaba.
¡Fantasma! —llamó de nuevo—. ¿Dónde estás? ¡Conmigo! ¡Fantasma!
En los bosques no había animal que pudiera asustar a un lobo huargo, ni siquiera a uno que no había alcanzado el tamaño de la madurez, a excepción de... No, Fantasma era demasiado listo para atacar a un oso. Y si hubiera por allí alguna manada de lobos, Jon ya habría escuchado los aullidos.
Decidió hacer una parada para comer, así se le asentaría el estómago, y Fantasma tendría tiempo para alcanzarlo. Aún no corría peligro, el Castillo Negro seguía durmiendo. Sacó de las alforjas una galleta, un trozo de queso y una manzanita arrugada. También llevaba algo de carne salada, y un trozo de panceta que había hurtado de la cocina, pero prefería reservar la carne para el día siguiente. Cuando se le acabara, tendría que cazar, y eso lo obligaría a ir más despacio.
Jon se sentó bajo los árboles y se comió la galleta y el queso, mientras la yegua pastaba por los bordes del camino real. Dejó la manzana para el final. Se había puesto un poco blanda, pero la pulpa era ácida y jugosa. Ya sólo le quedaba el corazón cuando oyó los sonidos: caballos, y procedentes del norte. Jon se puso en pie con rapidez y caminó hasta la yegua. ¿Podría escapar al galope? No, estaban demasiado cerca, sin duda lo oirían, y si procedían del Castillo Negro...
Tiró de las riendas de la yegua y la guió hasta situarla detrás de unos cuantos centinelas color gris verdoso.
—Tranquila —susurró, al tiempo que se acuclillaba para mirar por entre las ramas más bajas.
Si los dioses eran generosos, los jinetes pasarían de largo. Probablemente no fueran más que aldeanos de Villa Topo, o granjeros de camino hacia sus campos, aunque, ¿qué hacían allí a medianoche...?
Prestó atención al sonido de los cascos, que se acercaban cada vez más por el camino real. A juzgar por el ruido eran al menos cinco o seis. Las voces empezaron a llegar entre los árboles.
—... ¿Seguro que ha venido por aquí?
—No podemos estar seguros.
—Por lo que sabemos, igual se ha ido hacia el este. O ha salido del camino para atajar por el bosque. Es lo que haría yo.
—¿En la oscuridad? Idiota. Te romperías el cuello al caerte del caballo, o acabarías de vuelta en el Muro cuando amaneciera.
—No es verdad. —Grenn parecía enfurruñado—. Yo cabalgaría hacia el sur. Se sabe dónde está el sur por las estrellas.
—¿Y si hubiera nubes? —preguntó Pyp.
—Entonces no cabalgaría.
—¿Sabéis dónde estaría yo en su lugar? —intervino otra voz—. En Villa Topo, buscando tesoros enterrados.
La risa chillona de Sapo retumbó entre los árboles. La yegua de Jon resopló.
—Callaos todos —dijo Halder—. Me parece que he oído algo.
—¿Por dónde? Yo no he oído nada.
Los caballos se detuvieron.
—Es que tú no oyes ni los pedos que te tiras.
—Sí que los oigo —insistió Grenn.
—¡Callaos!
Todos se quedaron en silencio, escuchando. Jon descubrió que estaba conteniendo el aliento. «Sam», pensó. No había despertado al Viejo Oso, pero tampoco se había ido a la cama, sino que había despertado a los demás chicos. Malditos fueran todos. Si llegaba el amanecer y no estaban en sus lechos, a todos los condenarían por desertores. ¿Qué se creían que hacían?
El silencio pareció prolongarse una eternidad. Desde el lugar donde estaba acuclillado, Jon alcanzaba a ver las patas de los caballos entre las ramas.
—¿Qué has oído? —preguntó Pyp al final.
—No lo sé —reconoció Halder—. Me pareció un ruido. Puede que fuera un caballo, pero...
—Aquí no hay nada.
Jon vio por el rabillo del ojo una forma blanca que se movía entre los árboles. Las hojas crujieron, y Fantasma salió como una centella de entre las sombras. Fue tan repentino que la yegua se sobresaltó y relinchó.
—¡Ahí! —exclamó Halder.
—¡Yo también lo he oído!
—Traidor —dijo Jon al lobo, al tiempo que montaba a caballo. Hizo girar a la yegua para escabullirse entre los árboles, pero antes de que avanzara ni tres metros ya los tenía encima.
—¡Jon! —le gritó Pyp.
—¡Para! ¡No puedes escapar de todos!
—Marchaos —dijo Jon dando media vuelta mientras desenvainaba la espada—. Volved. No quiero haceros daños, pero si me obligáis...
—¿Uno contra siete? —Halder hizo una señal. Los chicos rodearon a Jon.
—¿Qué queréis de mí? —rugió el muchacho.
—Queremos llevarte de vuelta al lugar donde debes estar —replicó Pyp.
—Debo estar al lado de mi hermano.
—Ahora nosotros somos tus hermanos —dijo Grenn.
—Si te cogen te cortarán la cabeza, ya lo sabes —intervino Sapo con una risita nerviosa—. ¡Qué estupidez, una cosa así sólo la haría el Uro!
—Mentira —replicó Grenn—. Yo no soy ningún perjuro. Pronuncié el juramento, y lo dije en serio.
—Yo también —replicó Jon—. Pero, ¿no lo comprendéis? Han matado a mi padre. Es la guerra. Mi hermano Robb está luchando en las tierras de los ríos...
—Lo sabemos —dijo Pyp con solemnidad—. Sam nos lo ha contado todo.
—Sentimos mucho lo de tu padre —dijo Grenn—, pero eso no importa. Una vez pronuncias el juramento, pase lo que pase no te puedes marchar.
—Tengo que hacerlo —dijo Jon, fervoroso.
—Pronunciaste el juramento —le recordó Pyp—. «Ahora empieza mi guardia. No terminará hasta el día de mi muerte.»
—«Viviré y moriré en mi puesto» —añadió Grenn, asintiendo con la cabeza.
—No tenéis que recordarme el juramento, me lo sé tan bien como vosotros. —Jon estaba enfadado. ¿Por qué no dejaban que se marchara en paz? Lo único que conseguían era que le resultase más duro.
—«Soy la espada en la oscuridad» —entonó Halder.
—«Soy el vigilante del muro» —siguió Sapo.
Jon los maldijo a todos, pero no le hicieron caso. Pyp se acercó más a caballo, sin dejar de recitar.
—«Soy el fuego que arde contra el frío, la luz que trae el amanecer, el cuerno que despierta a los durmientes, el escudo que defiende los reinos de los hombres.»
—No te acerques —le advirtió Jon, al mismo tiempo que blandía la espada—. Lo digo en serio, Pyp.
Ninguno de ellos llevaba armadura, si era necesario los podía hacer pedazos.
Matthar había situado su caballo tras él, y se unió al coro.
—«Entrego mi vida y mi honor a la Guardia de la Noche.»
Jon picó espuelas y obligó a la yegua a girar en círculo. Sus amigos lo rodeaban, se acercaban por todos lados. Halder avanzó trotando desde la izquierda.
—«Durante esta noche...»
—«... y todas las que estén por venir» —terminó Pyp. Tendió la mano para coger las riendas de Jon—. Así que tendrás que elegir: mátame, o regresa conmigo.
Jon alzó la espada... y la volvió a bajar, impotente.
—Maldito seas —dijo—. Malditos seáis todos.
—¿Tenemos que atarte las manos, o nos das tu palabra de que volverás tranquilamente? —preguntó Halder.
—No voy a escapar, si te refieres a eso. —Fantasma salió de entre los árboles, y Jon lo miró—. Menuda ayuda has sido.
Los profundos ojos rojos lo miraron, llenos de inteligencia.
—Más vale que nos demos prisa —dijo Pyp—. Si no estamos de vuelta antes del amanecer, el Viejo Oso nos cortará la cabeza a todos.
Jon apenas recordaría nada del viaje de regreso. Le pareció más corto que el de ida, tal vez porque su mente estaba muy lejos. Pyp se encargó de marcar el ritmo, al galope, al paso, al trote, después otra vez al galope. Pasaron junto a Villa Topo y la dejaron atrás, el farolillo rojo de la puerta del burdel se había apagado hacía ya rato. Fue un viaje rápido: aún faltaba una hora para el amanecer cuando Jon divisó las torres del Castillo Negro, que se alzaban oscuras contra la inmensidad blanca del Muro. En ese momento no le dio la sensación de volver al hogar.
Se dijo que lo habían obligado a regresar, pero no podrían hacer que se quedara. La guerra no iba a terminar al día siguiente, ni al otro, y sus amigos no podrían vigilarlo día y noche. Se tomaría tiempo, haría que pensaran que se conformaba... y entonces, cuando bajaran la guardia, escaparía de nuevo. La próxima vez no iría por el camino real. Podía seguir el Muro hacia el este, quizá hasta el mar: era una ruta más larga, pero también más segura. O ir hacia el oeste, hasta las montañas, y bajar por los pasos. Ése era el camino de los salvajes, duro y lleno de peligros, pero al menos estaba seguro de que nadie lo seguiría. No se acercaría a menos de cien leguas de Invernalia o del camino real.
Samwell Tarly los esperaba en los establos viejos, recostado contra una bala de heno, demasiado nervioso para dormir. Se levantó y se sacudió las ropas.
—Me... me alegro de que te encontraran, Jon.
—Yo no —replicó Jon al tiempo que desmontaba.
Pyp se bajó del caballo y examinó de mal humor el cielo que clareaba.
—Échanos una mano con los caballos, Sam —dijo el muchacho menudo—. Tenemos un largo día por delante, y no hemos dormido gracias a Lord Nieve.
Cuando amaneció, Jon se dirigió a las cocinas como todos los días. Hobb Tresdedos no le dirigió la palabra al entregarle el desayuno del Viejo Oso. Aquel día eran tres huevos duros con pan frito y jamón asado, y un cuenco de ciruelas pasas. Jon llevó la bandeja a la Torre del Rey. Mormont estaba sentado junto a la ventana, escribiendo. Su cuervo le iba pasando de un hombro a otro, graznando: «maíz, maíz, maíz». Cuando entró Jon, lanzó un graznido más agudo. El Viejo Oso alzó la vista.
—Pon el desayuno en la mesa —dijo—. Para beber quiero un poco de cerveza.
Jon abrió una ventana, cogió de la cornisa la jarra de cerveza y llenó un cuerno. Hobb le había dado un limón, todavía con el frío del Muro. Jon lo estrujó con el puño, y el zumo le corrió por los dedos. Mormont tomaba la cerveza siempre con limón, decía que por eso conservaba la dentadura.
—No cabe duda de que querías a tu padre —dijo cuando el muchacho le tendió el cuerno—. Aquello que amamos acaba siempre por destruirnos. ¿Recuerdas que te lo advertí?
—Lo recuerdo —replicó Jon de mala gana. No quería hablar de la muerte de su padre, ni siquiera con Mormont.
—Pues no lo olvides nunca. Las verdades más dolorosas son a las que más hay que aferrarse. Acércame el plato. ¿Otra vez jamón? Qué se le va a hacer. Pareces cansado. ¿Tan agotador ha sido el viaje de esta noche?
—¿Lo sabíais? —A Jon se le secó la garganta.
Sabíais —graznó el cuervo desde el hombro de Mormont—. Sabíais.
—¿Crees que me nombraron Lord Comandante de la Guardia de la Noche porque soy un completo imbécil, Nieve? —resopló el Viejo Oso—. Aemon me dijo que te marcharías. Yo le dije que volverías. Conozco a mis hombres... y también a mis muchachos. El honor te hizo emprender el viaje por el camino real... y el honor te hizo regresar.
—Mis amigos me hicieron regresar —replicó Jon.
—No he dicho que fuera tu honor —dijo Mormont con la vista clavada en el plato.
—Mataron a mi padre. ¿Esperabais que me quedara aquí, sin hacer nada?
—La verdad, esperábamos que hicieras lo que hiciste. —Mormont probó una ciruela y escupió el hueso—. Ordené a los guardias que te vigilaran. Te vieron al partir. Si tus hermanos no te hubieran traído de vuelta, manos menos amigas te habrían detenido por el camino. A menos que tuvieras un caballo con alas, como un cuervo. ¿Es el caso?
—No. —Jon se sentía idiota.
—Lástima. Nos iría bien tener caballos así.
—Sé cuál es el castigo por la deserción, mi señor. —Jon se irguió en toda su estatura. Se dijo que moriría con orgullo. Era lo menos que podía hacer—. No me da miedo la muerte.
¡Muerte! —graznó el cuervo.
—Espero que tampoco te dé miedo la vida —dijo Mormont al tiempo que cortaba el jamón con la daga y le daba un trocito al cuervo—. No has desertado... todavía. Estás aquí. Si decapitáramos a todo muchacho que hace una escapada nocturna a Villa Topo, sólo tendríamos espíritus para vigilar el Muro. Pero quizá pienses huir de nuevo mañana, o dentro de dos semanas. ¿Es así? ¿Es lo que planeas, muchacho? —Jon no dijo nada—. Lo que pensaba —siguió Mormont mientras pelaba un huevo duro—. Tu padre está muerto, muchacho. ¿Puedes devolverle la vida?
—No —replicó de mala gana.
—Excelente —dijo Mormont—. Tú y yo hemos visto volver a los muertos, y no es una experiencia que me apetezca mucho repetir. —Se comió el huevo de dos mordiscos, y escupió por entre los dientes un trocito de cáscara—. Tu hermano está en el campo de batalla, respaldado por todo el poder del norte. Cualquiera de sus señores vasallos está al mando de más espadas de las que hay en toda la Guardia de la Noche. ¿Qué te hace pensar que necesitan tu ayuda? ¿Acaso eres un guerrero tan temible, o llevas en el bolsillo un amuleto mágico que hace tu brazo invencible?
Jon no supo qué responder. El cuervo picoteó un huevo hasta romper la cáscara. Metió el pico por el agujero, y se dedicó a sacar trocitos de clara y de yema. El Viejo Oso suspiró.
—No eres el único afectado por esta guerra —dijo—. Mi hermana cabalga con el ejército de tu hermano, junto con esas hijas suyas que visten armaduras de hombres. Maege es una arpía vieja, testaruda y malhumorada. La verdad, no soporto estar a su lado, pero no por eso la quiero menos que tú a tus medio hermanas. —Mormont frunció el ceño, cogió el último huevo y lo apretó en el puño hasta que la cáscara crujió—. O quizá sí. Sea como sea, si la mataran me dolería, pero a mí no me verás escapar de aquí. Pronuncié el juramento, igual que tú. Mi lugar está aquí... ¿y el tuyo, muchacho?
«Yo no tengo lugar —habría querido decir Jon—. Soy un bastardo. No tengo derechos, ni nombre, ni madre, y ahora ni siquiera tengo padre.» Pero no le salieron las palabras.
—No lo sé.
—Yo sí —replicó el Lord Comandante Mormont—. Empiezan a soplar los vientos fríos, Nieve. Más allá del Muro, las sombras son cada vez más alargadas. Cotter Pyke me ha escrito, me habla de manadas de alces que se desplazan por el sur y el este hacia el mar, y también mamuts. Dice que uno de sus hombres descubrió huellas de pisadas gigantescas y deformes a menos de tres leguas de Guardiaoriente. Los exploradores de la Torre Sombría han encontrado aldeas enteras abandonadas, y Ser Denys dice que por las noches se ven hogueras en las montañas, fuegos enormes que arden desde el ocaso hasta el amanecer. Quorin Mediamano cogió un prisionero en lo más profundo de la Quebrada, que jura que Mance Rayder está reuniendo a todos sus hombres en una fortaleza secreta que ha encontrado, sólo los dioses saben con qué objetivo. ¿Crees que tu tío Benjen es el único explorador que hemos perdido este último año?
Ben Jen —graznó el cuervo, con la cabeza inclinada y trocitos de huevo en el pico—. Ben Jen, Ben Jen.
—No —respondió Jon. Había habido otros. Demasiados.
—¿Y crees que la guerra de tu hermano es más importante que la nuestra? —rugió el anciano.
Jon se mordió el labio. El cuervo batió las alas.
Guerra, guerra, guerra, guerra —cantó.
—Pues no lo es —insistió Mormont—. Que los dioses nos ayuden, muchacho, no eres ciego, y no eres idiota. Los muertos regresan en medio de la noche, ¿crees que importa quién se sienta en el Trono de Hierro?
—No. —Jon no lo había considerado desde ese punto de vista.
—Tu señor padre te envió con nosotros, Jon. ¿Quién sabe por qué?
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? —graznó el cuervo.
—Sólo sé que la sangre de los primeros hombres corre por las venas de los Stark. Los primeros hombres construyeron el Muro, y se dice que recuerdan cosas que los demás han olvidado. Además, tu lobo... ese animal nos llevó hasta las criaturas sobrenaturales, te alertó sobre el hombre muerto de las escaleras. Sin duda Ser Jaremy diría que fue una casualidad, pero Ser Jaremy está muerto, y yo no. —Lord Mormont pinchó un trozo de jamón con la punta de la daga—. Creo que tu destino era estar aquí, y quiero que tú y tu lobo nos acompañéis cuando vayamos más allá del Muro.
—¿Más allá del Muro? —Aquellas palabras hicieron que Jon sintiera un escalofrío de emoción.
—Ya me has oído. Pienso encontrar a Benjen Stark, vivo o muerto. —Masticó y tragó—. No me quedaré aquí sentado tranquilamente, a esperar las nieves y los vientos helados. Tenemos que averiguar qué sucede. Esta vez, la Guardia de la Noche cabalgará como un ejército, se enfrentará al Rey-más-allá-del-Muro, a los Otros y a quien haga falta. Yo mismo iré al mando. —Apuntó al pecho de Jon con la daga—. Según la costumbre, el mayordomo del Lord Comandante es también su escudero... pero no quiero despertar cada mañana sin saber si habrás escapado de nuevo. Así que necesito una respuesta, Lord Nieve, y la necesito ahora mismo. ¿Eres un hermano de la Guardia de la Noche... o un chico bastardo que quiere jugar a la guerra?
«Perdóname, padre. Robb, Arya, Bran... perdonadme. No puedo evitarlo. Tiene razón. Éste es el lugar que me corresponde.»
—Soy... vuestro hombre, mi señor. —Jon se irguió, y respiró hondo—. Lo juro. No volveré a escapar.
—Bien. —El Viejo Oso resopló—. Venga, ve a por tu espada.

CATELYN

Catelyn Stark tenía la sensación de que habían pasado mil años desde el día en que salió de Aguasdulces con su hijo recién nacido en brazos, y cruzó el Piedra Caída en un bote para iniciar el viaje al norte, hacia Invernalia. Y en aquel momento cruzaban de nuevo el Piedra Caída, para volver a casa, sólo que el niño llevaba armadura y cota de mallas, en vez de pañales.
Robb iba sentado en el bote con Viento Gris, tenía la mano apoyada sobre la cabeza del lobo huargo, mientras los hombres remaban. Theon Greyjoy lo acompañaba. Su tío Brynden los seguiría en un segundo bote, con el Gran Jon y Lord Karstark.
Catelyn ocupó un lugar a popa. Descendieron por el Piedra Caída, dejando que la corriente los arrastrara más allá de la Torre del Azud. El chapoteo y el ruido de la gran rueda de aspas del interior era uno de los sonidos de su infancia, y Catelyn sonrió con tristeza. Arriba, en las murallas del castillo, los soldados y los criados gritaban su nombre, el de Robb, y también «¡Invernalia!». En todos los baluartes ondeaba el estandarte de los Tully, una trucha saltando, de plata, sobre ondas de agua azur y gules. Era un espectáculo emocionante, pero no le levantó el ánimo. Se preguntaba si alguna vez volvería a sentir alegría.
«Oh, Ned...»
Más allá de la Torre del Azud, describieron una curva amplia y cortaron las aguas agitadas. Los hombres tuvieron que esforzarse más. Pronto divisaron el amplio arco de la Puerta del Agua, Catelyn oyó el crujido de las gruesas cadenas cuando alzaron el gran rastrillo de hierro. Se fue elevando poco a poco a medida que se acercaban, y vio que la parte baja estaba roja de óxido. El trozo inferior goteó lodo marrón sobre ellos cuando pasaron por debajo, con las púas a pocos centímetros de sus cabezas. Catelyn observó los barrotes, y se preguntó hasta qué punto estaría oxidado el rastrillo, si resistiría una embestida, si no deberían sustituirlo... En los últimos tiempos siempre pensaba en cosas así.
Pasaron bajo el arco, junto a las murallas, pasaron del sol a la sombra, y luego otra vez al sol. A ambos lados había botes grandes y pequeños, todos amarrados a anillas de hierro incrustadas en la piedra. Los guardias de su padre aguardaban en la escalera del agua, junto a su hermano. Ser Edmure Tully era un joven corpulento, de pelo castaño revuelto y barba de aspecto fiero. Llevaba una coraza mellada y arañada tras la batalla, y una capa azul y roja manchada de sangre y hollín. A su lado se encontraba Lord Tytos Blackwood, un hombre huesudo y duro, con nariz ganchuda, y patillas y bigotes entrecanos. Llevaba una brillante armadura amarilla con incrustaciones en forma de hojas, y una capa con plumas de cuervo cosidas le caía sobre los hombros flacos. Lord Tytos había sido el cabecilla del grupo que rescató a su hermano del campamento Lannister.
—Traedlos —ordenó Ser Edmure.
Tres hombres bajaron por las escalerillas, se metieron en el agua hasta las rodillas, y tiraron del bote con ganchos largos. Cuando Viento Gris bajó de un salto, uno de ellos soltó la pértiga, retrocedió de espaldas y cayó sentado al río. Los otros se echaron a reír y el hombre los miró, avergonzado. Theon Greyjoy se dirigió hacia su bote, cogió a Catelyn por la cintura y la depositó sobre un peldaño seco, mientras el agua le lamía las botas.
—Hermana querida —dijo Edmure con voz ronca mientras bajaba por las escaleras para abrazarla. Tenía los ojos de un azul intenso, y una boca acostumbrada a sonreír, pero en aquel momento no sonreía. Parecía triste y agotado, maltrecho por el combate y demacrado por la tensión. Tenía un vendaje sobre la herida del cuello. Catelyn lo estrechó con fuerza.
—Comparto tu dolor, Cat —dijo cuando se separaron—. Cuando supimos lo de Lord Eddard... Los Lannister lo pagarán, te lo juro, tendrás la venganza que mereces.
—¿Me servirá eso para recuperar a Ned? —replicó ella con brusquedad. La herida era demasiado reciente para que midiera las palabras. No podía permitirse el lujo de hablar de Ned. No lo haría. Tenía que ser fuerte—. Lo demás puede esperar. Tengo que ver a nuestro padre.
—Te espera en sus habitaciones —dijo Edmure.
—Lord Hoster está postrado en cama, mi señora —le explicó el mayordomo de su padre. ¿Desde cuándo era tan viejo, tan canoso?—. Me ha dado instrucciones de que os llevara ante él lo antes posible.
—Yo la acompañaré. —Edmure subió con ella por la escalera del agua, y juntos cruzaron el patio inferior, donde en cierta ocasión Petyr Baelish y Brandon Stark se habían batido por Catelyn. Los inmensos muros de la fortaleza se alzaban sobre ellos.
—¿Está muy mal? —preguntó Catelyn cuando atravesaron una puerta, entre dos guardias con yelmos de crestas en forma de peces. Temía la respuesta, y el aspecto sombrío de Edmure era ya una contestación en sí.
—Según los maestres, no le queda mucho tiempo entre nosotros. El dolor que sufre es... constante, y terrible.
La invadió una rabia ciega, rabia contra todo el mundo; contra su hermano Edmure, contra su hermana Lysa, contra los Lannister, los maestres, contra Ned y su padre y los dioses monstruosos que le arrebataban a ambos.
—Deberías habérmelo dicho —dijo—. Deberías haberme enviado un mensaje en cuanto lo supiste.
—Él lo prohibió. No quería que sus enemigos supieran que estaba agonizando. Eran momentos críticos para el reino; tenía miedo de que, si los Lannister sabían hasta qué punto era frágil su salud...
—¿Atacarían? —terminó Catelyn, con la palabra atragantada entre los labios.
«Ha sido por tu culpa, por tu culpa —le susurraba una vocecita interior—. Si no te hubieras empecinado en apresar al enano...»
Subieron en silencio por la escalera de caracol.
El torreón tenía tres lados, como la propia Aguasdulces, y la habitación de Lord Hoster era también triangular. El balcón de piedra que sobresalía hacia el este hacía que pareciera la proa de una gigantesca nave de arenisca. Desde allí, el señor del castillo divisaba las murallas y las almenas, y más allá el punto donde se encontraban los ríos. Habían desplazado el lecho de su padre al balcón.
—Le gusta sentarse al sol y contemplar los ríos —explicó Edmure—. Padre, mira quién está aquí. Cat ha venido a verte.
Hoster Tully había sido siempre un hombre grande; alto y fuerte en su juventud, más corpulento a medida que envejecía. En aquel momento parecía hundido, el músculo y la carne se le habían fundido sobre los huesos. Hasta el rostro parecía demacrado. La última vez que Catelyn lo había visto tenía la barba y el pelo color castaño con algunas hebras grises. Ahora eran blancos como la nieve. Al oír la voz de Edmure, abrió los ojos.
—Mi gatita —murmuró con voz débil, marcada por el dolor—. Mi gatita. —La buscó con una mano temblorosa, mientras una sonrisa le aleteaba en los labios—. Te esperaba...
—Os dejo a solas para que habléis —dijo su hermano después de besar la frente del anciano, y se retiró.
Catelyn se arrodilló y cogió la mano de su padre entre las suyas. Era una mano grande, pero ya descarnada, los huesecillos se movían sueltos bajo la piel, carecía de fuerza.
—Tendrías que haberme avisado —dijo—. Un mensajero, un cuervo...
—A un mensajero lo pueden capturar e interrogar —respondió—. A los cuervos los cazan... —Un espasmo de dolor lo sacudió y le apretó con fuerza los dedos—. Tengo cangrejos en el vientre... me pellizcan, me pellizcan. Día y noche. Tienen tenazas crueles. El maestre Vyman me da vino de sueño y la leche de la amapola... duermo mucho... pero quería estar despierto para verte cuando llegaras. Tenía miedo... cuando los Lannister cogieron a tu hermano, los campamentos nos rodeaban... tenía miedo de morir antes de volver a verte... tenía miedo...
—Ya estoy aquí, padre —dijo ella—. Y también Robb, mi hijo. Él también quiere verte.
—Tu hijo —susurró—. Recuerdo que tenía mis ojos...
—Los tenía y los tiene. Y te hemos traído prisionero a Jaime Lannister. Aguasdulces vuelve a ser libre, padre.
—Lo vi —dijo Lord Hoster con una sonrisa—. Anoche, cuando empezó todo, les dije... quería verlo. Me llevaron a las almenas... Fue una hermosura... las antorchas bajaron como una oleada, se oían los gritos al otro lado del río... qué gritos, como música... y cuando destruyeron aquella torre de asedio, dioses... no me habría importado morir en aquel momento, sólo quería ver antes a tus hijos. ¿Aquello lo hizo tu chico? ¿Fue cosa de Robb?
—Sí —respondió Catelyn con fiero orgullo—. Fue Robb... con ayuda de Brynden. Tu hermano también ha venido.
—¿Él? —La voz de su padre era apenas un susurro—. El Pez Negro... ¿ha vuelto? ¿Del Valle?
—Sí.
—¿Y Lysa? —Una ráfaga de brisa le agitó el fino cabello blanco—. Los dioses son generosos, tu hermana... ¿ha venido ella también?
—No. Lo siento... —Parecía tan deseoso, tan lleno de esperanza, que le había costado decir la verdad.
—Ya. —Una parte de la luz desapareció de sus ojos—. Tenía la esperanza... me habría gustado volver a verla, antes de...
—Está con su hijo, en el Nido de Águilas.
Lord Hoster asintió, cansado.
—Lord Robert, ahora que el pobre Arryn ha muerto... lo sé... ¿por qué no ha venido contigo?
—Está asustada, mi señor. En el Nido de Águilas se siente a salvo. —Le besó la frente arrugada—. Robb debe de estar esperando. ¿Quieres verlo? ¿Y a Brynden?
—Tu hijo —susurró—. Sí. El chico de Cat... recuerdo que tenía mis ojos. Cuando nació. Que pase... sí.
—¿Y tu hermano?
—El Pez Negro —dijo su padre mirando los ríos—. ¿Se ha casado ya? ¿Tiene... esposa?
«Hasta en su lecho de muerte», pensó Catelyn con tristeza.
—No, padre, no se ha casado, ya lo sabes. Y no se casará jamás.
—Se lo dije... se lo ordené. Le ordené que se casara. ¡Yo era su señor! Lo sabe. Tenía derecho a elegirle una esposa. Una buena esposa. Una Redwyne. Una Casa antigua. Buena chica, y bonita... con pecas... Bethany, sí. Pobrecilla. Sigue esperando. Sí. Sigue...
—Bethany Redwyne se casó con Lord Rowan hace años —le recordó Catelyn—. Tiene tres hijos.
—Aun así —murmuró Lord Hoster—. Despreció a la chica. A los Redwyne. A mí. Era su señor, su hermano... ese Pez Negro. Yo tenía otras ofertas. La hija de Lord Bracken. La de Walder Frey... cualquiera de las tres, le dije... ¿se ha casado? ¿Con alguna? ¿La que sea?
—No —respondió Catelyn—, pero ha cabalgado muchas leguas para venir a verte, ha peleado para recuperar Aguasdulces. Sin la ayuda de Ser Brynden, yo no habría llegado hasta aquí.
—Siempre fue un guerrero —susurró su padre—. Eso sí. El Caballero de la Puerta. —Se recostó, y cerró los ojos con un cansancio infinito—. Que pase. Luego. Ahora voy a dormir. Estoy demasiado enfermo para pelear. Que entre más tarde el Pez Negro.
Catelyn le dio un beso en la frente, le acarició el pelo y lo dejó allí, a la sombra de su fortaleza, con sus ríos corriendo a sus pies. Antes de que saliera de la estancia ya estaba dormido.
Volvió al patio inferior. Ser Brynden Tully seguía en las escaleras del agua, con las botas mojadas, hablando con el capitán de la guardia de Aguasdulces. Enseguida corrió hacia ella.
—¿Está...?
—Moribundo —dijo—. Como temíamos.
—¿Me recibirá? —El rostro arrugado de su tío mostró claramente el dolor que sentía. Se pasó los dedos por el espeso pelo gris.
Catelyn asintió.
—Dice que está demasiado enfermo para pelear.
—Y yo soy un soldado demasiado viejo para creérmelo. —Brynden Pez Negro dejó escapar una risita—. Hoster me seguirá echando en cara lo de la hija de Redwyne incluso cuando encendamos su pira funeraria, malditos sean sus huesos.
Catelyn sonrió, sabía que era verdad.
—No veo a Robb.
—Creo que ha ido a la sala principal, con Greyjoy.
Theon Greyjoy estaba sentado en un banco del Salón Principal de Aguasdulces, disfrutando de un cuerno de cerveza y deleitando a los hombres de su padre con el relato de la carnicería que había tenido lugar en el Bosque Susurrante.
—Algunos trataron de escapar, pero habíamos cerrado las salidas del valle en los dos extremos, y salimos a caballo como de la oscuridad, con las espadas y las lanzas. Los Lannister debieron de pensar que los atacaban los Otros en persona, y más cuando el lobo de Robb saltó sobre ellos. Yo mismo lo vi arrancarle el brazo a un hombre, y sus caballos se volvieron locos en cuanto lo olieron. Ni sé cuántos hombres rodaron por tierra...
—Theon —lo interrumpió—, ¿dónde está mi hijo?
—Lord Robb ha ido a visitar el bosque de dioses, mi señora.
Era lo mismo que habría hecho Ned.
«Es tan hijo de su padre como mío, no debo olvidarlo. Oh, dioses, Ned...»
Robb estaba bajo el entramado de hojas verdes, rodeado de secuoyas altas y olmos viejos, de rodillas ante un árbol corazón, un esbelto arciano con un rostro más triste que fiero. Tenía la espada larga ante él, con la punta clavada en la tierra, y las manos enguantadas en torno a la empuñadura. A su alrededor había otros, también de rodillas: Gran Jon Umber, Rickard Karstark, Maege Mormont, Galbart Glover y varios más. Vio incluso a Tytos Blackwood, con la gran capa negra extendida a su espalda.
«Éstos son los que adoran a los antiguos dioses», se dijo. ¿A qué dioses adoraba ella en aquel momento? No habría sabido decirlo.
No quería molestarlos mientras rezaban. Los dioses tenían derechos... incluso los dioses tan crueles como para arrebatarle a Ned, y también a su padre. De manera que Catelyn aguardó. El viento procedente del río soplaba entre las ramas altas, y a su derecha se divisaba la Torre del Azud, con un lado cubierto de hiedra. Y los recuerdos la invadieron como una oleada. Entre aquellos árboles su padre la había enseñado a cabalgar, y aquél era el olmo del que Edmure se había caído y roto el brazo, y bajo el enramado que se veía al fondo, allí mismo, Lysa y ella habían jugado a los besos con Petyr.
Hacía años que no pensaba en aquello. ¡Qué jóvenes eran todos! Ella tendría la edad de Sansa, Lysa sería más joven que Arya, y Petyr, el más pequeño, pero también el más ansioso. Las chicas se lo intercambiaron, alternando risitas y momentos de seriedad. Lo recordó todo tan claramente que casi le pareció sentir sus dedos sudorosos en los hombros, y el sabor a menta de su aliento. En el bosque de dioses crecía mucha menta, y a Petyr le encantaba mascarla. Era un muchachito atrevido, siempre metido en líos.
—Intentó meterme la lengua en la boca —le confesó Catelyn a su hermana más tarde, cuando estuvieron a solas.
—A mí también —susurró Lysa, tímida, sonrojada—. Me gustó.
Robb se puso en pie muy despacio, envainó la espada, y Catelyn se descubrió a sí misma preguntándose si su hijo habría besado a alguna chica en el bosque de dioses. Seguro que sí. Había visto las miradas tiernas que le dirigía Jeyne Poole, y también algunas de las criadas, varias de ellas de incluso dieciocho años... Robb había participado en la batalla, había matado hombres con una espada; seguro que lo habían besado. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Se las secó, airada.
—Madre —dijo Robb al verla allí—, tenemos que convocar el consejo. Hay que decidir varias cosas.
—A tu abuelo le gustaría verte —dijo ella—. Está muy enfermo, Robb.
—Ser Edmure me lo dijo. Lo siento mucho, madre... por Lord Hoster, y por ti. Pero antes tenemos que reunirnos. Han llegado noticias del sur. Renly Baratheon ha reclamado la corona de su hermano.
—¿Renly? —dijo, sorprendida—. Yo había pensado que sería Lord Stannis...
—Igual que todos, mi señora —dijo Galbart Glover.
El consejo de guerra se reunió en la Sala Principal, ante cuatro mesas largas, montadas sobre caballetes y dispuestas en forma de cuadrado. Lord Hoster estaba demasiado débil para asistir; dormía en su balcón, soñando con el reflejo del sol sobre los ríos de su juventud. Edmure ocupaba el asiento de honor de los Tully, con Brynden Pez Negro a su lado, y los vasallos de su padre dispuestos de derecha a izquierda a lo largo de las mesas laterales. Las noticias sobre la victoria en Aguasdulces habían llegado a oídos de los señores del Tridente que habían escapado, y eso los indujo a regresar. Karyl Vance volvió convertido en señor, tras la muerte de su padre bajo el Colmillo Dorado. Lo acompañaba Ser Marq Piper, y traían con ellos a un Darry, el hijo de Ser Raymun, un muchachito de la edad de Bran. Lord Jonos Bracken llegó procedente de las ruinas de Seto de Piedra, airado y colérico, y ocupó un asiento tan lejos como le fue posible de Tytos Blackwood.
Los señores del norte se sentaron enfrente, Catelyn y Robb frente a Edmure. Eran menos. El Gran Jon ocupaba un lugar a la izquierda de Robb, y a su lado se sentaba Theon Greyjoy; Galbart Glover y Lady Mormont estaban a la derecha de Catelyn. Lord Rickard Karstark, demacrado, con los ojos inexpresivos de tanto dolor, parecía vivir en una pesadilla, con la larga barba desaliñada y sin lavar. Dos de sus hijos habían muerto en el Bosque Susurrante, y no había noticias del tercero, el primogénito, que había ido a la cabeza de los lanceros Karstark contra Tywin Lannister, en el Forca Verde.
Las discusiones se prolongaron hasta bien entrada la noche. Cada uno de los señores tenía derecho a hablar... y todos hablaron, y gritaron, y maldijeron, y razonaron, y adularon, y bromearon, y negociaron, y golpearon la mesa con las jarras de cerveza, y amenazaron, y salieron de la sala, y regresaron malhumorados o sonrientes. Catelyn los escuchó a todos.
Roose Bolton había reagrupado los maltrechos restos de su otro ejército al pie del camino alto. Ser Helman Tallhart y Walder Frey seguían defendiendo los Gemelos. El ejército de Lord Tywin había cruzado el Tridente, y se dirigía hacia Harrenhal. Y en el reino había dos reyes. Dos reyes, y ningún punto de acuerdo.
Muchos de los señores vasallos querían marchar de inmediato contra Harrenhal, para enfrentarse a Lord Tywin y derrotar a los Lannister de una vez por todas. Marq Piper, joven y fogoso, insistía en atacar Roca Casterly. Pero otros recomendaban paciencia. Aguasdulces era un punto clave, cortaba las líneas de suministros de los Lannister, tal como les recordó Jason Mallister; por tanto, el tiempo jugaba en su favor, ya que Lord Tywin no tendría provisiones ni tropas de refresco, mientras que ellos se podían fortificar y dar descanso a los guerreros. Lord Blackwood no quería ni oír hablar de aquello. Iban a terminar lo que habían empezado en el Bosque Susurrante. Marcharían contra Harrenhal y, de paso, acabarían con el ejército de Roose Bolton. Y, como siempre, Bracken se oponía a todo lo que propusiera Blackwood; Lord Jonos Bracken se levantó para insistir en que debían jurar lealtad al rey Renly y avanzar hacia el sur para unirse a sus huestes.
—Renly no es el rey —dijo Robb. Era la primera vez que su hijo hablaba. Al igual que Ned, sabía escuchar.
—No pretenderéis ser leal a Joffrey, mi señor —dijo Galbart Glover—. Hizo matar a vuestro padre.
—Y esa acción hace de él un malvado —replicó Robb—. Pero no hace de Renly un rey. Joffrey es el primogénito de Robert, de manera que, según las leyes del reino, el trono le corresponde por derecho. Si muriera, y de eso pienso encargarme yo, tiene un hermano menor. Tommen es el siguiente en la línea de sucesión.
—Tommen es un Lannister —calló Ser Marq Piper.
—Así es —asintió Robb, preocupado—. Pero, aunque ninguno de los dos tenga derecho al Trono, ¿lo tiene Lord Renly? Es el hermano pequeño de Robert. Bran no puede ser señor de Invernalia antes que yo, y Renly no puede ser rey antes que Lord Stannis.
Lady Mormont asintió.
—La demanda de Lord Stannis es la más justa.
—Renly ha sido coronado —insistió Marq Piper—. Tiene el apoyo de Altojardín y de Bastión de Tormentas, y pronto tendrá el de Dorne. Si Invernalia y Aguasdulces unen sus fuerzas, lo respaldarán cinco de las siete grandes casas. ¡Seis, si los Arryn se deciden! ¡Seis contra la Roca! Mis señores, antes de que termine el año tendremos todas sus cabezas clavadas en estacas... la reina y el niño rey, Lord Tywin, el Gnomo, el Matarreyes, Ser Kevan, ¡todos! Eso es lo que ganaremos si nos unimos al rey Renly. En cambio, ¿qué motivos habría para unirnos a Lord Stannis? ¿Qué tiene él?
—El derecho —insistió Robb, testarudo. A Catelyn le pareció que, en aquel momento, la semejanza con su padre era escalofriante.
—¿Sugieres que juremos lealtad a Stannis? —preguntó Edmure.
—No lo sé —dijo Robb—. He rezado a los dioses para que me dijeran qué hacer, pero no me han respondido. Los Lannister mataron a mi padre acusándolo de traición, y sabemos que era mentira. Pero si Joffrey es el rey por derecho, y luchamos contra él, nosotros sí seremos traidores.
—Mi señor padre optaría por la cautela —dijo el viejo Ser Stevron, con la sonrisa taimada de los Frey—. Esperemos, dejemos que esos dos reyes jueguen a su juego de tronos. Cuando terminen, podremos optar entre arrodillarnos ante el vencedor o enfrentarnos a él. Renly se está armando, así que sin duda Lord Tywin querrá una tregua... y querrá también recuperar a su hijo. Nobles señores, permitid que vaya a Harrenhal y acuerde buenas condiciones y rescates... —El griterío le impidió terminar.
—¡Cobarde! —rugió el Gran Jon.
—Si pedimos una tregua pareceremos débiles —declaró Lady Mormont.
—¡A los siete infiernos con los rescates, no podemos devolverles al Matarreyes! —gritó Richard Karstark.
—¿Y firmar la paz? —preguntó Catelyn. Todos los señores la miraron, pero ella sólo vio los ojos de Robb.
—Mi señora, asesinaron a mi señor padre, a tu esposo —dijo, sombrío. Desenvainó la espada y la depositó en la mesa, delante de él, el acero brillante destacaba contra la tosca madera—. Ésta es la única paz que daré a los Lannister.
El Gran Jon lanzó un rugido de aprobación, y otros hombres se sumaron a él, gritando, desenvainando las espadas, dando puñetazos contra la mesa. Catelyn aguardó hasta que se hizo el silencio.
—Mis señores —dijo entonces—, Lord Eddard era vuestro señor, pero yo compartí su lecho, parí a sus hijos. ¿Creéis que lo amaba menos que vosotros? —Faltó poco para que la voz se le quebrara de dolor, pero respiró hondo y se controló—. Robb, si con esa espada pudieras traérmelo de vuelta, no te permitiría que volvieras a enfundarla hasta que Ned no estuviera de nuevo a mi lado... pero ha muerto, y ni cien Bosques Susurrantes pueden hacer que regrese. Ned no volverá, y tampoco Daryn Hornwood, ni los valerosos hijos de Lord Karstark, ni tantos hombres buenos que cayeron. ¿Queremos más muertes?
—Mi señora, sois una mujer —rugió el Gran Jon con su voz profunda—. Las mujeres no entienden de estas cosas.
—Sois el sexo débil —dijo Lord Karstark, con las arrugas recientes del dolor dibujadas en el rostro—. Los hombres necesitamos venganza.
—Dejadme un momento a solas con Cersei Lannister, Lord Karstark, y os demostraré lo débil que puede ser una mujer —replicó Catelyn—. Quizá no entienda de tácticas y estrategias... pero sí entiendo de futilidad. Fuimos a la guerra cuando los ejércitos Lannister asaltaban las tierras de los ríos, y tenían prisionero a Ned, acusado falsamente de traición. Luchamos para defendernos, y para conseguir la libertad de mi señor.
»Bien, pues lo primero ya lo tenemos, y lo segundo es ya imposible. Lloraré a Ned hasta el fin de mis días, pero tengo que pensar en los vivos. Quiero recuperar a mis hijas, la reina las tiene prisioneras. Si he de cambiar nuestros cuatro Lannister por sus dos Stark, lo consideraré un trato ventajoso y daré gracias a los dioses. Quiero verte a salvo, Robb, quiero que gobiernes Invernalia desde el trono de tu padre. Quiero que vivas una vida larga, que beses a una muchacha, que te cases con una mujer, que seas padre de un hijo. Quiero que esto termine. Mis señores, quiero irme a casa, y llorar allí a mi marido.
La sala quedó en silencio tras las palabras de Catelyn.
—Paz —dijo su tío Brynden—. La paz es hermosa, mi señora... pero, ¿en qué condiciones? No sirve de nada convertir las espadas en arados, si mañana hay que volver a forjarlas.
—¿Para qué murieron mi Torrhen y mi Eddard, si ahora regreso a Karhold llevándome tan sólo sus huesos? —preguntó Rickard Karstark.
—Cierto —dijo Lord Bracken—. Gregor Clegane arrasó mis campos, masacró a mis aldeanos, convirtió el Seto de Piedra en una ruina humeante. ¿Y ahora debo doblar la rodilla ante los que lo enviaron? Si todo va a quedar como está, ¿para qué hemos luchado?
Para sorpresa y desaliento de Catelyn, Lord Blackwood se mostró de acuerdo.
—Y si firmamos la paz con el rey Joffrey, ¿no seremos traidores al rey Renly? ¿En qué posición quedaríamos si el venado derrotara al león?
—Decidáis lo que decidáis, un Lannister nunca será mi rey —declaró Marq Piper.
—¡Ni el mío! —gritó el pequeño Darry—. ¡Ni el mío tampoco!
La gritería empezó de nuevo. Catelyn se sentó, sin esperanza. Había faltado poco. Casi la habían escuchado, casi... pero el momento oportuno había pasado ya. No habría paz, ni tiempo para curar las heridas, ni seguridad. Miró a su hijo, observó cómo escuchaba las discusiones de los señores, con el ceño fruncido, preocupado, pero comprometido con la guerra. Había accedido a casarse con una hija de Walder Frey, pero Catelyn veía bien claro que su verdadera novia era la espada que reposaba sobre la mesa.
Pensó en sus hijas, se preguntó si volvería a verlas, y en aquel momento el Gran Jon se puso en pie.
—¡Mis señores! —gritó con una voz que hizo temblar las vigas—. ¡Ved lo que opino de esos dos reyes! —Escupió al suelo—. Para mí Renly Baratheon no significa nada, y Stannis menos aún. ¿Por qué van a reinar sobre mí y sobre los míos, desde un trono florido en Altojardín o Dorne? ¿Qué saben ellos del Muro, o del Bosque de los Lobos, o de los primeros hombres? ¡Si hasta adoran a otros dioses! Y que los Otros se lleven también a los Lannister, ¡estoy harto de ellos! —Se echó la mano a la espalda por encima del hombro, y desenvainó el inmenso espadón—. ¿Por qué no volvemos a gobernarnos a nosotros mismos? Juramos lealtad a los dragones, y los dragones están todos muertos. —Señaló a Robb con la espada—. Éste es el único rey ante el que pienso doblar la rodilla, mis señores —rugió—. ¡El Rey en el Norte! —Y se arrodilló, y puso la espada a los pies de Robb.
—En esos términos sí firmaré la paz —dijo Lord Karstark—. Que se queden con su castillo rojo, y con su silla de hierro. —Sacó la espada de la vaina—. ¡El Rey en el Norte! —exclamó, arrodillándose junto al Gran Jon.
—¡El Rey del Invierno! —dijo Maege Mormont levantándose y poniendo la maza de púas junto a las espadas.
También los señores del río se levantaron, Blackwood, Bracken, Mallister, Casas que Invernalia nunca había gobernado, pero Catelyn vio cómo se levantaban, desenfundaban las armas, doblaban las rodillas y gritaban los antiguos lemas que no se habían escuchado en el reino desde hacía más de trescientos años, desde que Aegon el Dragón unificara los Siete Reinos... Pero en aquel momento volvían a escucharse, retumbando entre las vigas de la sala de su padre.
—¡El Rey en el Norte!
—¡El Rey en el Norte!
—¡El Rey en el Norte!

DAENERYS

La tierra era rojiza, reseca, muerta, y costaba mucho encontrar madera buena. Los forrajeadores regresaron con tan sólo álamos pequeños y retorcidos, arbustos y gavillas de hierba parda. Cogieron los dos árboles más rectos, les cortaron las ramas, les quitaron la corteza, los abrieron en dos a lo largo, y dispusieron los troncos en forma de cuadrado. Rellenaron la parte central de paja, maleza, restos de corteza y hatos de hierba seca. Rakharo eligió un semental de los pocos que les habían quedado. No era ni mucho menos como el de Khal Drogo, pero en realidad pocos caballos estaban a su altura. Aggo lo llevó al centro del cuadrado, le dio de comer una manzana arrugada y lo mató en un momento, con un golpe de hacha entre los ojos.
Mirri Maz Duur, atada de pies y manos, observó los preparativos con los ojos negros intranquilos.
—No basta con matar un caballo —dijo a Dany—. La sangre sola no vale de nada. No conoces las palabras del hechizo, ni tienes el talento necesario para averiguarlas. ¿Crees que la magia de sangre es un juego de niños? Me llamáis «maegi» como si fuera una maldición, pero en realidad significa «sabia». Eres una chiquilla, con la ignorancia de una chiquilla. No importa qué intentes, no te saldrá. Quítame estas cuerdas y te ayudaré.
—Estoy harta de los rebuznos de la maegi —dijo Dany a Jhogo.
El joven empleó el látigo, y después de eso la esposa de dios se quedó en silencio.
Alzaron una plataforma sobre el cadáver del caballo, con los troncos de árboles más pequeños y las ramas rectas de los grandes. Colocaron la madera de este a oeste, del sol naciente hacia el poniente. Sobre la plataforma apilaron los tesoros de Khal Drogo: la gran tienda, los chalecos pintados, los arneses y sillas de montar, el látigo que le había regalado su padre, el arakh con que había matado a Khal Ogo y a su hijo, un potente arco de huesodragón... Aggo quería añadir las armas que los jinetes de sangre de Drogo habían entregado a Dany el día de su boda, pero ella lo impidió.
—Son mías —dijo—, y me las voy a quedar.
Echaron otra capa de maleza sobre los tesoros del khal, y por encima más hatos de hierba seca.
Cuando el sol se acercaba a su cenit, Ser Jorah Mormont se la llevó aparte.
—Princesa... —empezó.
—¿Por qué me llamas así? —replicó Dany—. Mi hermano Viserys era tu rey, ¿no?
—Sí, mi señora.
—Pues Viserys está muerto. Yo soy su heredera, la última de la Casa Targaryen. Todo lo que fue suyo es ahora mío.
—Mi... mi reina —dijo Ser Jorah, al tiempo que hincaba una rodilla en tierra—. Mi espada fue suya, Daenerys, y ahora os pertenece a vos. Igual que mi corazón, que nunca fue de vuestro hermano. Sólo soy un caballero, no puedo ofreceros nada más que el exilio, pero os suplico que me escuchéis. Olvidad a Khal Drogo. No estaréis sola. Os prometo que nadie os llevará a Vaes Dothrak a menos que lo deseéis. No tenéis que formar parte del dosh khaleen. Venid conmigo al este. Yi Ti, Qarth, el mar de Jade, Asshai de la Sombra... Veremos maravillas que nadie ha visto todavía, y beberemos los vinos que los dioses quieran servirnos. Por favor, khaleesi. Sé lo que pretendéis. No lo hagáis. Por favor.
—Es necesario —le dijo Dany. Le acarició el rostro con cariño y tristeza—. No lo comprendéis.
—Comprendo que lo amabais. —La voz de Ser Jorah estaba ronca de desesperación—. Yo también amaba a mi esposa, pero no morí con ella. Sois mi reina, mi espada es vuestra, pero no me pidáis que me quede mirando mientras subís a la pira de Drogo. No quiero veros arder.
—¿Eso es lo que teméis? —Dany le dio un ligero beso en la amplia frente—. No soy tan chiquilla, mi dulce caballero.
—Entonces, ¿no queréis morir con él? ¿Me lo juráis, mi reina?
—Os lo juro —dijo ella en la lengua común de los Siete Reinos, que eran suyos por derecho.
El tercer nivel de la plataforma era un entramado de ramas del grosor de un dedo, cubiertas con hojas y ramitas secas. Lo dispusieron de norte a sur, del hielo al fuego, y colocaron sobre él cojines blandos y sedas de dormir. Cuando terminaron, el sol descendía ya hacia el oeste. Dany llamó a todos los dothrakis. Apenas quedaban un centenar. Se preguntó con cuántos habría empezado Aegon. Pero no tenía importancia.
—Vosotros seréis mi khalasar—les dijo—. Veo los rostros de esclavos. Yo os libero. Quitaos los collares. Marchaos si lo deseáis, nadie os hará daño. Si os quedáis, será como hermanos y hermanas, como esposos y esposas. —Los ojos negros la miraron cansados, inexpresivos—. Veo a los niños, a las mujeres, los rostros arrugados de los ancianos. Yo era una niña ayer. Hoy soy una mujer. Mañana seré anciana. Y a cada uno de vosotros os digo esto, entregadme vuestras manos y vuestros corazones, y siempre tendréis aquí un lugar. —Se volvió hacia los tres jóvenes guerreros de su khas—. Jhogo, a ti te entrego el látigo con mango de plata que fue mi regalo de novia, y te nombro ko, y te pido tu juramento de que vivirás y morirás como sangre de mi sangre, que cabalgarás a mi lado y me librarás de todo mal.
Jhogo cogió el látigo que le tendía, pero parecía confuso.
Khaleesi —dijo, titubeante—, las cosas no son así. Para mí sería una vergüenza ser el jinete de sangre de una mujer.
—Aggo —siguió Dany sin prestar atención a las palabras de Jhogo. «Si vuelvo la vista atrás estoy perdida»—. A ti te entrego el arco de huesodragón que fue mi regalo de novia. —Era de doble curva, brillante, negro, exquisito, más alto que ella—. Te nombro ko, y te pido tu juramento de que vivirás y morirás como sangre de mi sangre, que cabalgarás a mi lado y me librarás de todo mal.
—No puedo pronunciar esas palabras —dijo Aggo, mientras aceptaba el arco con la mirada baja—. Sólo un hombre puede dirigir el khalasar, y nombrar a un ko.
—Rakharo —dijo Dany, dando la espalda a Aggo—, para ti será el gran arakh que fue mi regalo de novia, con su empuñadura y su hoja con incrustaciones de oro. A ti también te nombro ko, y te pido que vivas y mueras como sangre de mi sangre, cabalgando a mi lado y librándome de todo mal.
—Eres la khaleesi —replicó Rakharo al tiempo que cogía el arakh—. Cabalgaré a tu lado hasta Vaes Dothrak, bajo la Madre de las Montañas, y te libraré de todo mal hasta que ocupes tu lugar entre las ancianas del dosh khaleen. No puedo prometerte otra cosa.
Dany asintió con tanta tranquilidad como si no hubiera oído la respuesta, y se volvió hacia el último de sus campeones.
—Ser Jorah Mormont —dijo—, el primero y el mejor de mis guerreros. Para vos no tengo regalo, pero os juro que, algún día, os entregaré una espada como el mundo no ha visto, forjada por dragones con acero valyriano. Y también os pido vuestro juramento.
—Lo tenéis, mi reina —dijo Ser Jorah, arrodillándose y poniendo la espada a sus pies—. Juro serviros, obedeceros, morir por vos si fuera necesario.
—¿Suceda lo que suceda?
—Suceda lo que suceda.
—Os atendréis a ese juramento, y rezo por que nunca lamentéis haberlo pronunciado. —Lo ayudó a ponerse en pie, y se puso de puntillas para besar los labios del caballero—. Sois el primero de la Guardia de la Reina.
Al entrar en la tienda, sentía los ojos del khalasar clavados en ella. Los dothrakis murmuraban, le lanzaban extrañas miradas de soslayo con sus ojos almendrados. Dany se dio cuenta de que la tomaban por loca. Quizá lo estuviera. No tardaría en averiguarlo.
«Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida.»
El agua del baño estaba casi hirviendo cuando Irri la ayudó a entrar en la bañera, pero Dany ni siquiera parpadeó. Le gustaba el calor. La hacía sentir limpia. Jhiqui había perfumado el agua con los aceites que habían encontrado en el mercado de Vaes Dothrak, y despedía un vapor aromático. Doreah le lavó el cabello y se lo peinó para deshacer todos los nudos. Irri le frotó la espalda. Dany cerró los ojos y se dejó envolver por el olor y el calor del agua. Sentía cómo la calidez le empapaba la laceración entre los muslos. Cuando penetró en ella, se estremeció, y el dolor y la rigidez parecieron disolverse. Flotó.
Una vez estuvo limpia, las doncellas la ayudaron a salir del agua y la abanicaron para secarla, mientras Doreah le cepillaba el pelo hasta que le cayó sobre la espalda como un río de plata líquida. La perfumaron con florespecia y canela, un toque en cada muñeca, tras las orejas, en los pezones de los pechos llenos de leche. La última gota fue para el sexo. El dedo de Irri fue ligero y fresco como un beso de amante al deslizarse entre sus labios.
Dany las despidió a todas para preparar a Khal Drogo para su cabalgada final a las tierras de la noche. Le lavó el cuerpo, y le cepilló y aceitó el pelo, recorriendo por última vez los mechones con los dedos y sintiendo su peso, recordando la primera vez que lo había tocado, la noche de su boda. El pelo de Drogo jamás había sido cortado. ¿Cuántos hombres morían sin que les hubieran cortado el pelo jamás? Hundió la cara en la cabellera y aspiró hondo la fragancia oscura de los aceites. Olía a hierba y a tierra cálida, a humo, a semen, a caballos... Olía a Drogo.
«Perdóname, sol de mi vida —pensó—. Perdóname por todo lo que he hecho y por lo que he de hacer. Pagué el precio, mi estrella, pero era alto, demasiado alto...»
Dany le trenzó el pelo, le puso en los bigotes los anillos de plata y le colgó las campanillas una por una. Muchas campanillas, de oro, de plata y de bronce. Campanillas para que sus enemigos lo oyeran acercarse y el miedo los debilitara. Lo vistió con polainas de crin y botas altas, le puso un cinturón de pesados medallones de oro y plata. Deslizó un chaleco pintado en torno al pecho herido, un chaleco viejo y descolorido, el preferido de Drogo. Para ella, eligió unos pantalones amplios de seda, sandalias atadas hasta media pierna, y un chaleco como el de Drogo.
El sol se ponía ya cuando los llamó para que trasladaran el cuerpo a la pira. Los dothrakis observaron en silencio cómo Jhogo y Aggo lo sacaban de la tienda. Dany iba tras ellos. Lo tendieron sobre sus cojines y sedas, con la cabeza apuntando en dirección a la Madre de las Montañas, muy lejos, al noreste.
—Aceite —ordenó, y le llevaron las jarras y las vertieron sobre la pira, empapando las sedas, las ramas y los hatos de hierba seca, hasta que el aceite goteó entre los troncos de abajo y el aire estuvo impregnado de su fragancia—. Traedme los huevos —ordenó Dany a las doncellas.
En su tono de voz había algo que hizo que se apresurasen en obedecer. Ser Jorah la cogió por el brazo.
—Mi reina, los huevos de dragón no le servirán de nada a Drogo en las tierras de la noche. Es mejor venderlos en Asshai. Vended uno y podréis comprar un barco para volver a las Ciudades Libres. Vended los tres y seréis una mujer rica el resto de vuestra vida.
—No me los entregaron para que los vendiera —replicó Dany.
Ella misma trepó a la pira para colocar los huevos en torno a su sol y estrellas. El negro junto al corazón, bajo el brazo. El verde junto a la cabeza, rodeado por su trenza. El de color crema y oro abajo, entre las piernas. Dany lo besó por última vez, y sintió el dulzor del aceite en los labios.
Al bajarse de la pira, advirtió que Mirri Maz Duur la miraba.
—Estás loca —le dijo con voz ronca la esposa de dios.
—¿Tan lejos anda la locura de la sabiduría? —preguntó Dany—. Ser Jorah, traed a la maegi, atadla a la pira.
—¿A la...? Mi reina, no, escuchadme...
—Haced lo que digo. —El caballero siguió titubeando, hasta que la rabia de Dany estalló—. Jurasteis obedecerme, pasara lo que pasara. Rakharo, ayúdalo.
La esposa de dios no gritó cuando la arrastraron hasta la pira de Khal Drogo y la ataron entre sus tesoros. La propia Dany le vertió el aceite sobre la cabeza.
—Tengo que darte las gracias, Mirri Maz Duur —dijo—, por las lecciones que me has enseñado.
—No me oirás gritar —replicó la mujer, mientras el aceite le goteaba del pelo y le empapaba la ropa.
—Sí te oiré —dijo Dany—. Pero no me interesan tus gritos, sólo tu vida. Recuerdo qué me dijiste. Sólo la muerte puede pagar el precio de la vida.
Mirri Maz Duur abrió la boca, pero no dijo nada. Al alejarse, Dany vio que en los ojos negros de la maegi ya no había desprecio, sino algo muy parecido al miedo. Ya no quedaba nada que hacer, excepto presenciar la puesta del sol y esperar a que brillara la primera estrella.
Cuando muere un señor de los caballos, se mata también a su caballo para que cabalgue orgulloso hacia las tierras de la noche. Los cadáveres se queman bajo el cielo, y el khal se eleva en su corcel llameante para ocupar su lugar entre las estrellas. Cuanto más haya ardido el hombre en su vida, más brillante será su estrella en la oscuridad.
Jhogo fue el primero en verla.
—Allí —dijo en un susurro.
Dany alzó la vista y la vio, muy baja en el cielo del este. La primera estrella de la noche era un cometa, un cometa rojo. Rojo sangre, rojo fuego, con cola de dragón. Era la señal más poderosa que podía imaginar.
Cogió la antorcha de la mano de Aggo y la lanzó entre los troncos. El aceite se prendió al instante y un segundo después empezaron a arder las ramitas y las hojas secas. Las diminutas llamas treparon por la madera como veloces ratones rojos, se deslizaron por el aceite y saltaron de la corteza a las ramas y a la hojarasca. Una bocanada de calor le sopló contra el rostro, suave y repentina como el aliento de un amante, pero enseguida el calor fue insoportable. Dany retrocedió un paso. La madera crujió y crujió. Mirri Maz Duur empezó a entonar un cántico con voz aguda, ululante. Las llamas giraban y bailaban, se extendían por la plataforma. El ocaso se estremeció, el aire mismo pareció licuarse ante el calor. Dany oyó el chisporroteo de la leña. El fuego reptó sobre Mirri Maz Duur. Su canción se hizo más alta, más aguda... y de pronto la mujer jadeó una vez, dos, y el cántico se convirtió en un aullido estremecedor, cargado de sufrimiento.
Y las llamas llegaron a su Drogo, y lo envolvieron. Las ropas se prendieron, y durante un instante el khal quedó envuelto en jirones de seda anaranjada y tentáculos de humo, grises y aceitosos. Dany entreabrió los labios, descubrió que estaba conteniendo el aliento. Una parte de ella quería ir con Drogo, tal como había temido Ser Jorah, precipitarse entre las llamas, suplicarle su perdón y acogerlo en su interior por última vez mientras el fuego fundía la carne sobre los huesos y los unía para siempre.
Le llegó el olor de la carne quemada, no era tan diferente del de la carne de caballo al asarse en la hoguera. La pira rugió en el ocaso cada vez más cerrado como una bestia inmensa que ahogara los gritos débiles de Mirri Maz Duur y lanzara al aire lenguas de llamas que lamían el vientre de la noche. El humo se hizo más espeso, y los dothrakis retrocedieron entre toses. Las llamaradas desplegaban sus estandartes anaranjados en aquel viento infernal, los leños siseaban y crujían, y las brasas se alzaban en el humo y flotaban hacia la oscuridad como luciérnagas recién nacidas. El calor batió el aire con grandes alas rojas y los dothrakis retrocedieron aún más, incluso Mormont dio un paso atrás, pero Dany no se movió. Era de la sangre del dragón, el fuego estaba en su interior.
Dany dio un paso hacia el fuego, y se dio cuenta de que había presentido la verdad desde hacía mucho tiempo, pero el brasero no había sido suficiente. Las llamas bailaban ante ella como las mujeres que habían danzado el día de su boda, giraban, cantaban, movían sus velos amarillos, naranjas y rojos, temibles pero hermosas, muy hermosas, con la vida del calor. Dany les abrió los brazos, su piel se sonrojó, brilló.
«Esto también es una boda», pensó. Mirri Maz Duur ya no gritaba. La esposa de dios la consideraba una niña, pero los niños crecen, y los niños aprenden.
Un paso más, y Dany sintió el calor de la arena en las plantas de los pies, incluso a pesar de las sandalias. El sudor le corría por los muslos, entre los pechos, y se deslizaba por sus mejillas, donde antes había habido lágrimas. Ser Jorah gritaba a su espalda, pero ya no le importaba, lo único que importaba era el fuego. Las llamas eran hermosas, eran lo más bello que había visto jamás, cada una de ellas parecía una hechicera con túnica amarilla, naranja y roja, cada una con su capa de humo. Vio leones de fuego rojo, y grandes serpientes amarillas, y unicornios de color azul pálido; vio peces, y zorros, y monstruos, lobos y pájaros brillantes, y árboles en flor, cada uno más bello que el anterior. Y vio un caballo, un gran semental gris de humo, sus crines eran un halo de llama azulada.
«Sí, mi amor, mi sol y estrellas, sí, monta, cabalga ya.»
El chaleco empezaba a humear, de manera que Dany se lo quitó y lo dejó caer al suelo. El cuero pintado ardió, mientras ella seguía avanzando hacia el fuego, con los pechos desnudos iluminados por las llamas e hilillos de leche fluyendo de los pezones rojos e hinchados.
«Ahora —se dijo—. Ahora.» Por un momento vio a Khal Drogo ante ella, a lomos de su semental de humo, con un látigo de fuego en la mano. Él sonrió, y lo hizo restallar siseante contra la pira.
Oyó un crujido, el sonido de la piedra al quebrarse. La plataforma de madera, hierbas y hojas se estremeció y empezó a derrumbarse. Le cayeron encima brasas y cenizas, como una lluvia. Y también algo más, algo que rodó hasta ella y fue a detenerse a sus pies: un trozo de roca redondeada, color crema con vetas de oro, humeante. El rugido llenó el mundo, pero, entre la lluvia de fuego, Dany alcanzó a oír los gritos maravillados de mujeres y niños.
«Sólo la muerte puede pagar el precio de la vida.»
Se oyó un segundo crujido, seco y retumbante como un trueno, y el humo giró a su alrededor mientras la pira se hundía. Los leños estallaron a medida que el fuego tocaba sus corazones secretos. Oyó los relinchos de los caballos asustados, las voces de los dothrakis llenas de terror, y a Ser Jorah gritando su nombre y maldiciendo.
«No —hubiera querido decirle—, no, mi buen caballero, no temáis por mí. El fuego es mío. Soy Daenerys de la Tormenta, nacida de dragones, esposa de dragones, madre de dragones, ¿no lo veis? ¿No lo veis?» Con una erupción de humo y llamas que se elevaron diez metros hacia el cielo, la pira se derrumbó y cayó sobre ella. Dany, sin el menor temor, avanzó por la tormenta de fuego, llamando a sus hijos.
El tercer crujido fue seco y fuerte como si el mundo se quebrara.
Cuando el fuego se extinguió por fin, y el suelo estuvo suficientemente frío para poder pisarlo, Ser Jorah Mormont la encontró entre las cenizas, rodeada de troncos negros y ascuas, y de los huesos quemados de hombre, mujer y corcel. Estaba desnuda, cubierta de hollín, sus ropas se habían reducido a cenizas, no le quedaba ni una hebra de la hermosa cabellera... pero estaba ilesa.
El dragón color crema y oro mamaba de su pecho izquierdo, y el verde y bronce del derecho. Los sostenía a ambos en los brazos, como si los acunara. El negro y escarlata estaba enroscado en torno a sus hombros, con el cuello largo y sinuoso bajo su barbilla. Al ver a Jorah, alzó la cabeza y clavó en él ojos rojos como carbones.
El caballero, sin palabras, cayó de rodillas. Los hombres de su khas iban tras él. Jhogo fue el primero en poner el arakh a los pies de Dany.
—Sangre de mi sangre —murmuró, presionando el rostro contra la tierra humeante.
—Sangre de mi sangre —oyó decir a Aggo.
—Sangre de mi sangre —gritó Rakharo.
Después llegaron sus doncellas, y luego los demás, todos los dothrakis, hombres, mujeres y niños. A Dany le bastó con mirarlos a los ojos para saber que le pertenecían, hoy, mañana y eternamente, eran suyos como jamás lo habían sido de Drogo.
Cuando Daenerys Targaryen se puso en pie, el negro siseó, y de las fosas nasales y la boca le surgió un humo claro. Los otros dos se apartaron de sus pechos y sumaron sus voces a la llamada, desplegando las alas traslúcidas al aire. Y, por primera vez en cientos de años, la noche cobró vida con la música de los dragones.

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