TYRION
—Si os dejáis matar como idiotas, echaré vuestros cadáveres a las cabras —amenazó Tyrion mientras el primer grupo de Grajos de Piedra se alejaba del atracadero.
—El Mediohombre no tiene cabras —dijo Shagga entre risas.
—Ya me buscaré unas cuantas, aunque sea sólo para ti.
Empezaba a amanecer, y las ondas de luz clara centelleaban en la superficie del río, se hacían pedazos hendidas por las pértigas y volvían a formarse al paso de la barcaza. Timett había ido al Bosque Real dos días antes con sus Hombres Quemados. El día anterior lo siguieron los Orejas Negras y los Hermanos de la Luna, y por último iban los Grajos de Piedra.
—Pase lo que pase, no intentéis enzarzaros en una batalla —insistió Tyrion—. Atacad los campamentos y los convoyes de provisiones. Tended emboscadas a los exploradores y colgad los cadáveres de árboles para que se los encuentren a medida que avancen, tomad desvíos y acabad con los rezagados. Quiero ataques nocturnos, tantos y tan repentinos que tengan miedo de dormir.
—Todo eso ya lo aprendí de Doff, hijo de Holger, antes de que me saliera la barba —dijo Shagga poniendo una mano sobre la cabeza de Tyrion—. Así hacemos la guerra en las Montañas de la Luna.
—Esto es el Bosque Real, no las Montañas de la Luna, aquí no vais a pelear contra Serpientes de Leche ni contra Perros Pintados. Así que prestad atención a los guías que van con vosotros, conocen este bosque tan bien como vosotros las montañas. Si seguís sus consejos, os serán de utilidad.
—Shagga escuchará a los amiguitos del Mediohombre —prometió con solemnidad el hombre de los clanes.
Le llegó el turno a su grupo, y todos subieron a la barcaza. Tyrion los vio alejarse y darse impulso con las pértigas hacia el centro del Aguasnegras. A medida que Shagga desaparecía en medio de la niebla matutina, sintió un cosquilleo extraño en la boca del estómago. Sin los hombres de los clanes a su lado se iba a sentir muy desnudo.
Le quedaban los que Bronn había contratado; eran ya cerca de ochocientos, pero los mercenarios eran veleidosos. Tyrion había hecho todo lo posible por comprar su lealtad, había prometido a Bronn y a una docena de los mejores hombres tierras y rango de caballeros cuando ganaran la batalla. Bebían su vino, reían sus bromas, se llamaban «ser» unos a otros hasta que estaban borrachos como cubas... todos menos el propio Bronn, que se limitaba a sonreír con aquella sonrisa suya, sombría e insolente.
—Matarán por un título de caballero —le comentó después—. Pero ni sueñes con que vayan a morir por él.
Tyrion no se había hecho semejantes ilusiones.
Los capas doradas eran un arma prácticamente tan poco fidedigna como los mercenarios. Gracias a Cersei, la Guardia de la Ciudad contaba con seis mil hombres, pero de ellos apenas una cuarta parte eran de confianza.
—Hay unos cuantos traidores redomados, pero seguro que existen otros más que ni vuestra araña conoce —le había advertido Bywater—. Pero lo peor es que tenemos cientos de hombres más verdes que la hierba en primavera; se unieron a la guardia para conseguir pan, cerveza y seguridad. No hay hombre que quiera parecer cobarde ante sus compañeros, de manera que lucharán con valentía al principio, cuando todo sea cosa de cuernos de guerra y estandartes al viento. Pero si la batalla se pone fea, nos darán la espalda. El primero que suelte la lanza y eche a correr tendrá un millar de seguidores.
Cierto que en la Guardia de la Ciudad también había hombres curtidos, los dos mil más antiguos, los que habían conseguido las capas doradas de manos de Robert, no de Cersei. Pero ni siquiera aquéllos eran todo lo que cabría desear. Un guardia no era un soldado de verdad, como decía siempre Lord Tywin Lannister. Tyrion apenas contaba con trescientos caballeros, escuderos y soldados. Pronto tendría ocasión de comprobar otro de los dichos de su padre: que un hombre sobre una muralla valía por diez abajo.
Bronn y su escolta lo aguardaban al final del muelle, en medio de un enjambre de mendigos, prostitutas que vagaban sin rumbo y pescaderas que pregonaban la mercancía. Las pescaderas hacían más negocio que todos los demás juntos. Los compradores se arremolinaban en torno a los barriles y tenderetes para regatear el precio de bígaros, almejas y lucios. No entraba otro alimento en la ciudad, de modo que el precio del pescado era diez veces más alto que antes de la guerra, y seguía subiendo. Los que tenían dinero acudían mañana y tarde a la orilla del río, con la esperanza de llevarse a casa una anguila o un saco de cangrejos; los que no, se deslizaban entre los tenderetes a ver qué podían robar, o miraban desde los muros, demacrados y sin esperanza.
Los capas doradas abrieron camino entre la gente, empujando cuando hacía falta con las astas de las lanzas. Tyrion trató de hacer caso omiso de las maldiciones susurradas entre dientes. Alguien entre la multitud le lanzó un pescado, resbaladizo y podrido. Fue a caer a sus pies y se desparramó sobre los adoquines. Lo saltó con presteza, y subió a su silla de montar. Los niños de vientre hinchado se peleaban ya por los trozos del pescado hediondo.
Una vez a caballo escudriñó con la mirada la ribera. El sonido de los martillos retumbaba en el aire de la mañana, mientras los carpinteros se arremolinaban en las cercanías de la Puerta del Lodazal, tendiendo tablones desde las almenas. Aquello iba bien. Menos satisfecho se sintió al fijarse en la maraña de chamizos y chozas que se habían ido alzando tras los muelles, adhiriéndose a los muros de la ciudad como lapas al casco de un barco; chabolas de pescadores y tenderetes de calderos, almacenes, puestos de venta, cervecerías, y los graneros donde las prostitutas más baratas se abrían de piernas.
«Hay que hacer desaparecer todo eso; todo.» Tal como estaba aquello, Stannis no necesitaría escalerillas para subir por los muros. Llamó a Bronn.
—Reúne a un centenar de hombres y quema todo lo que hay entre la orilla del río y los muros de la ciudad. —Señaló la miseria de los muelles con un movimiento de los dedos regordetes—. No quiero que quede nada, ¿entendido?
—A los dueños no les va a hacer ninguna gracia —dijo el mercenario de cabellera negra echando un vistazo para sopesar la misión.
—Lo suponía, pero qué se le va a hacer, un motivo más tendrán para maldecir al mono malvado.
—Puede que algunos presenten batalla.
—Encárgate de que pierdan.
—¿Y qué hacemos con los que viven ahí?
—Dales un tiempo razonable para que saquen sus posesiones, y échalos. Pero intenta que no haya que matar a nadie, no son el enemigo. ¡Y no más violaciones! Controla a tus hombres, maldita sea.
—Son mercenarios, no septones —replicó Bronn—. ¡No querrás también que estén sobrios!
—Sería demasiado pedir. —Tyrion habría dado cualquier cosa por que los muros de la ciudad fueran el doble de altos y tres veces más gruesos. Aunque tal vez no sirviera de nada. Los muros gigantescos y las torres altas no habían salvado Bastión de Tormentas, ni Harrenhal, ni siquiera Invernalia.
Recordaba Invernalia tal como la había visto por última vez. No tan gigantesca que resultara grotesca como Harrenhal, ni tan sólida e inexpugnable como Bastión de Tormentas, sino con una gran fuerza en sus piedras, una seguridad que parecía emanar de los propios muros. La noticia de la caída del castillo había sido toda una conmoción.
—Los dioses dan con una mano y quitan con la otra —murmuró entre dientes cuando Varys se lo contó.
A los Stark les habían entregado Harrenhal y arrebatado Invernalia. Un triste cambio.
En realidad debería haberse alegrado. Robb Stark tendría que volver al norte. Si no podía defender su hogar, el corazón de sus tierras, no sería un rey. Eso supondría un respiro para el oeste, para la Casa Lannister, aun así...
Tyrion apenas si tenía algún recuerdo de Theon Greyjoy, de los días que había pasado con los Stark. Era un muchacho inmaduro, siempre sonriente, hábil con el arco. Costaba imaginarlo como señor de Invernalia. El señor de Invernalia sería siempre un Stark.
Le vino a la memoria su bosque de dioses; los altos centinelas con sus armaduras de agujas gris verdoso, los robles gigantescos, los espinos, los fresnos, los pinos, y en el centro el árbol corazón, que se alzaba como un gigante blanco congelado en el tiempo. Casi le llegaba el olor de aquel lugar, terroso e inquietante, el olor de los siglos. Aquel bosque era oscuro incluso a plena luz del día.
«Ese bosque era Invernalia. Era el norte. Jamás me había sentido tan fuera de lugar como cuando entré allí. En aquel lugar, era un intruso.» Se preguntó si los Greyjoy tendrían la misma sensación. Tal vez el castillo les perteneciera, pero el bosque de dioses, no. Ni en un año, ni en diez, ni en cincuenta.
Tyrion Lannister dirigió su caballo al paso hacia la Puerta del Lodazal. «¿A ti qué te importa Invernalia? —se dijo—. Date por satisfecho con que haya caído, y cuida de tus murallas.» La puerta estaba abierta. Dentro, en la plaza del mercado, había tres grandes trabuquetes, que oteaban desde las almenas como tres pájaros gigantescos. Sus enormes brazos eran troncos de robles viejos, con refuerzos de hierro para que no se astillaran. Los capas doradas las llamaban las Tres Putas, porque iban a dar una lujuriosa bienvenida a Lord Stannis. «Al menos eso esperamos.»
Tyrion picó espuelas y cruzó la Puerta del Lodazal, enfrentándose a la marea humana. Más allá de las Putas, había menos gente, y la calle se abría a su alrededor.
No hubo ningún contratiempo en el camino de regreso a la Fortaleza Roja, pero al llegar a la Torre de la Mano se encontró con una docena de capitanes mercantes furiosos, que aguardaban en su sala de audiencias para protestar por el embargo de sus naves. Se disculpó con toda sinceridad, y les prometió compensarlos una vez terminara la guerra. Aquello no los calmó en lo más mínimo.
—¿Y qué pasa si perdéis, mi señor? —preguntó un braavosi.
—En ese caso, pedid la compensación al rey Stannis.
Cuando consiguió librarse de ellos, las campanas sonaban ya, y Tyrion comprendió que iba a llegar tarde. Cruzó el patio anadeando casi a la carrera, y llegó al sept del castillo en el momento en que Joffrey ponía las capas de seda blanca en los hombros de los dos nuevos miembros de su Guardia Real. Por lo visto el ritual exigía que todo el mundo estuviera de pie, de manera que Tyrion no vio nada más que una muralla de traseros cortesanos. Pero tenía la ventaja de que, una vez el nuevo Septon Supremo terminara de tomar solemne juramento a los dos caballeros y de ungirlos en nombre de los Siete, estaría en la mejor situación para ser el primero en salir del allí.
Le había parecido bien que su hermana eligiera a Ser Balon Swann para ocupar el lugar del difunto Preston Greenfield. Los Swann eran señores de las Marcas, orgullosos, poderosos y cautos. Lord Gulian Swann había alegado una enfermedad para quedarse en su castillo sin tomar parte en la guerra, pero su hijo mayor había cabalgado con Renly y ahora estaba con Stannis, mientras que Balon, el más joven, servía en Desembarco del Rey. Tyrion sospechaba que, de haber tenido un tercer hijo, se encontraría con Robb Stark. Posiblemente no fuera la actitud más honorable, pero demostraba mucho sentido común; los Swann tenían intención de sobrevivir ganara quien ganara el Trono de Hierro. Además de su noble origen, el joven Ser Balon era valiente, cortés y hábil con las armas: manejaba bien la lanza, mejor aún la maza, y con el arco era insuperable. Serviría con honor y gallardía.
Por desgracia, la opinión de Tyrion sobre la segunda elección de Cersei era muy diferente. Ser Osmund Kettleblack tenía un aspecto imponente, cierto. Medía casi dos metros, dos metros de músculos y tendones en su mayoría, y tenía una nariz ganchuda, unas cejas pobladas y una barba castaña que le daban un aspecto fiero, siempre y cuando no sonriera. Era de baja extracción, poco más que un caballero errante, y dependía por completo de Cersei para ascender. Sin duda por eso su hermana lo había elegido.
—Ser Osmund es tan leal como valiente —había dicho Cersei a Joffrey al proponer su nombre.
Por desgracia, aquello era cierto. El bueno de Ser Osmund había estado vendiendo los secretos de la reina a Bronn desde que Cersei lo había contratado, pero no era cosa que Tyrion pudiera alegar delante de ella.
Al fin y al cabo no podía quejarse. Con aquel nombramiento tenía una oreja más próxima al rey, sin que su hermana lo supiera. Y, aunque Ser Osmund demostrara ser un cobarde hasta la médula, no sería peor que Ser Boros Blount, que en aquellos momentos ocupaba una mazmorra en Rosby. Ser Boros era el encargado de escoltar a Tommen y a Lord Gyles cuando Ser Jacelyn Bywater y sus capas doradas los sorprendieron, y entregó a sus protegidos con una celeridad que hubiera indignado al anciano Ser Barristan Selmy tanto como indignó a Cersei; un caballero de la Guardia Real tenía que morir en defensa del rey y de su familia. Se había empeñado en que Joffrey despojara a Blount de su capa blanca, alegando traición y cobardía.
«Y ahora va y lo sustituye por otro hombre tan falso como el anterior.»
Las oraciones, juramentos y unciones iban a durar toda la mañana, por lo visto. A Tyrion no tardaron en dolerle las piernas. Cambiaba el peso de un pie a otro, inquieto. Lady Tanda se encontraba unas cuantas filas más adelante, pero no vio a su hija. Había tenido la esperanza de divisar a Shae aunque fuera sólo un instante. Varys le decía que estaba bien, pero habría preferido comprobarlo en persona.
—Más vale ser doncella de una dama que moza en las cocinas —le había dicho Shae cuando Tyrion le explicó el plan del eunuco—. ¿Puedo llevarme el cinturón de flores? ¿Y el collar de oro con los diamantes negros, ese que decís que es como mis ojos? No me los pondré sin vuestro permiso.
Tyrion detestaba negarle cualquier cosa, pero tuvo que señalarle que, aunque Lady Tanda no era lo que se decía una mujer inteligente, hasta ella se sorprendería si veía a la doncella de su hija con más joyas que su señora.
—Elige dos o tres vestidos, no más —ordenó—. De buena lana, nada de seda, brocado ni pieles. El resto de las cosas te las guardaré en mis habitaciones, para cuando me visites.
No era la respuesta que Shae habría querido oír, pero al menos estaría a salvo.
Cuando la investidura de cargos terminó por fin, Joffrey salió escoltado por Ser Balon y Ser Osmund, ambos con sus nuevas capas blancas, mientras Tyrion se demoraba para intercambiar unas palabras con el nuevo Septon Supremo (al que había elegido él en persona, y era suficientemente inteligente para saber quién le untaba la miel en el pan).
—Quiero que los dioses estén de nuestra parte —le dijo sin rodeos—. Decid que Stannis ha jurado quemar el Gran Sept de Baelor.
—¿Es eso cierto, mi señor? —preguntó el Septon Supremo, un hombre menudo, astuto, de rostro arrugado y barbita blanca.
—Es posible. —Tyrion se encogió de hombros—. Stannis quemó el bosque de dioses de Bastión de Tormentas, a modo de ofrenda al Señor de la Luz. Si ha ofendido a los antiguos dioses, ¿por qué no va a ofender a los nuevos? Decid eso. Y decid también que cualquiera que ayude al usurpador traiciona no sólo a su rey legítimo, sino también a los dioses.
—Así lo haré, mi señor. Y también pediré que se rece por la salud del rey, y la de su Mano.
Cuando Tyrion volvió a sus estancias se encontró con que Hallyne el Piromante, lo estaba esperando, y con que el maestre Frenken le había llevado mensajes. Hizo esperar un poco más al alquimista mientras leía lo que habían traído los cuervos. Había una carta de Doran Martell con noticias anticuadas sobre la caída de Bastión de Tormentas, y otra mucho más intrigante de Balon Greyjoy, de Pyke, en la que se autoproclamaba «Rey de las Islas y del Norte». Invitaba al rey Joffrey a enviar a un representante a las Islas del Hierro para fijar las fronteras entre sus reinos y negociar una posible alianza.
Tyrion leyó la carta tres veces y la dejó a un lado. Las naves de Lord Balon habrían sido de gran ayuda contra la flota que se acercaba procedente de Bastión de Tormentas, pero se encontraban a miles de leguas de distancia, al otro lado de Poniente. Y no estaba nada convencido de querer entregar a los Greyjoy la mitad del reino. «Debería soltar esto en manos de Cersei, o presentarlo al Consejo.»
Sólo entonces dejó entrar a Hallyne, que le llevaba las últimas cuentas de los alquimistas.
—Esto no es posible —dijo Tyrion mientras leía los informes—. ¿Casi trece mil frascos? ¿Me tomáis por idiota? No voy a pagar oro del rey por frascos vacíos y jarros de meados sellados con cera, os lo advierto.
—No, no —protestó Hallyne—. Las cifras son correctas, os lo aseguro. Hemos tenido, hummm, mucha suerte, mi señor Mano. Se ha descubierto otro depósito perteneciente a Lord Rossart, más de trescientas jarras. ¡Nada menos que bajo Pozo Dragón! Unas cuantas prostitutas utilizaban esas ruinas para atender a sus clientes, y uno de ellos cayó a las bodegas por accidente, el suelo estaba podrido y se hundió. Palpó las jarras, y creyó que eran de vino. Estaba tan borracho que rompió el sello de una y bebió.
—Hubo un príncipe que hizo lo mismo —dijo Tyrion con tono seco—. No he visto ningún dragón sobre la ciudad, así que parece que esta vez tampoco ha dado resultado.
El Pozo Dragón estaba en la cima de la colina de Rhaenys, y llevaba siglo y medio abandonado. Era un lugar tan apropiado como cualquiera para almacenar unas reservas de fuego valyrio, de hecho era mejor que otros muchos, pero el difunto Lord Rossart podría haberse tomado la molestia de decírselo a alguien.
—Trescientas jarras, ¿eh? Aun así, el total sigue siendo disparatado. Tenéis miles de jarras más que las que me dijisteis que calculabais la última vez que nos vimos, y ya entonces me pareció una previsión optimista.
—Sí, sí, así es. —Hallyne se secó la frente blanquecina con la manga de la túnica negra y escarlata—. Hemos estado trabajando mucho, mi señor Mano, hummm.
—Sin duda eso explicaría por qué estáis preparando mucha más sustancia que antes. —Tyrion, sonriente, clavó en el piromante los ojos dispares—. Pero plantea otra pregunta, es decir, ¿por qué no empezasteis a trabajar mucho... un poco antes?
Hallyne tenía la piel del color de una seta, así que costaba imaginar que se pudiera poner aún más pálido, pero lo estaba logrando.
—Trabajábamos mucho, mi señor Mano... mis hermanos y yo nos hemos dedicado a esto día y noche desde el principio, os lo aseguro. Sólo que, hummm, hemos preparado tanta sustancia que ahora, hummm, tenemos más práctica, y además... —El alquimista parecía muy inquieto—. Hay ciertos hechizos, hummm, secretos arcanos de nuestra orden, muy delicados, muy peligrosos, pero necesarios para que la sustancia sea, hummm, como debe ser...
Tyrion se impacientaba por momentos. Ser Jacelyn Bywater ya habría llegado y a Mano de Hierro no le gustaba nada esperar.
—Sí, vale, tenéis hechizos secretos, qué suerte. ¿Y qué?
—Pues que, hummm, parece que ahora funcionan mejor que antes. —Hallyne le dedicó una sonrisa débil—. Supongo que no sabréis si hay dragones por ahí, ¿verdad?
—A menos que encontrarais alguno en el Pozo Dragón, no. ¿Por qué?
—No, perdonad, por nada. Me estaba acordando de algo que me dijo en cierta ocasión el anciano sapiencia Pollitor cuando yo no era más que un acólito. Le había preguntado por qué muchos de nuestros hechizos no parecían tan... bueno, tan eficaces como se decía en los pergaminos que debían ser, y él me explicó que era porque la magia había empezado a desaparecer del mundo el día en que murió el último de los dragones.
—Pues siento decepcionaros, pero no he visto ningún dragón. En cambio, al que sí he visto por ahí ha sido a la Justicia del Rey. Si alguna de estas frutas que me estáis vendiendo contiene algo que no sea fuego valyrio, vos también lo veréis.
Hallyne salió con tanta precipitación que estuvo a punto de derribar a Ser Jacelyn... mejor dicho, a Lord Jacelyn, Tyrion se lo tenía que recordar constantemente a sí mismo. Por suerte, Mano de Hierro fue directo al grano, como de costumbre. Acababa de volver de Rosby, de llevar una nueva leva de lanceros reclutados en las tierras de Lord Gyles, y había reasumido el mando de la Guardia de la Ciudad.
—¿Cómo se encuentra mi sobrino? —preguntó Tyrion cuando terminaron de hablar sobre las defensas de la ciudad.
—El príncipe Tommen está sano y feliz, mi señor. Ha adoptado una cervatilla que mis hombres le trajeron de una cacería. Dice que tuvo otra de pequeño, pero Joffrey la despellejó para hacerse un jubón. A veces pregunta por su madre, y ha empezado a escribir varias cartas a la princesa Myrcella, aunque nunca las termina. En cambio, no parece extrañar en absoluto a su hermano.
—¿Habéis hecho los arreglos pertinentes para el caso de que perdiéramos la batalla?
—Mis hombres tienen instrucciones al respecto.
—¿Y cuáles son?
—Me ordenasteis que no se las contara a nadie, mi señor.
Aquello le arrancó una sonrisa.
—Me alegra que lo recordéis. —Si Desembarco del Rey caía, tal vez lo cogieran vivo. Sería mejor que no supiera el paradero del heredero de Joffrey.
Poco después de que Lord Jacelyn se despidiera, recibió la visita de Varys.
—Qué criaturas tan desleales son los hombres —dijo a modo de saludo.
—¿Quién nos ha traicionado hoy? —preguntó Tyrion con un suspiro.
—Tanta villanía es un triste cántico a nuestra época —contestó el eunuco tendiéndole un pergamino—. ¿Acaso el honor murió con nuestros padres?
—Mi padre aún no está muerto. —Tyrion echó un vistazo a la lista—. Algunos de estos nombres me suenan. Son hombres ricos. Comerciantes, mercaderes, artesanos... ¿por qué conspiran contra nosotros?
—Al parecer, creen que Lord Stannis debe vencer, y quieren compartir su victoria. Se autodenominan «Hombres Astados», en honor al venado coronado.
—Pues que alguien les explique que Stannis ha cambiado de blasón. Deberían hacerse llamar «Corazones Calientes». —Pero al parecer no era cuestión de broma. Aquellos Hombres Astados tenían cientos de seguidores bien armados, con los que esperaban tomar la Puerta Vieja una vez empezara la batalla, para dejar entrar al enemigo. Entre los nombres de la lista estaba el del maestro armero Salloreon—. En fin, me imagino que al final no me va a hacer ese yelmo aterrador con cuernos de demonio —se lamentó Tyrion al tiempo que escribía la orden de arresto.
THEON
En un momento dado dormía. Al siguiente estaba despierto.
Kyra estaba acurrucada junto a él, con un brazo en torno al suyo y los pechos presionados contra su espalda. Oía su respiración, suave y rítmica. La sábana estaba enroscada en torno a los cuerpos de los dos. Era noche cerrada. El dormitorio estaba a oscuras, en silencio.
«¿Qué ha sido eso? ¿He oído algo? ¿O a alguien?»
El viento susurraba contra los postigos. En algún punto lejano, maullaba un gato en celo. Nada más.
«Duérmete, Greyjoy —se dijo—. El castillo está tranquilo, tienes guardias apostados. En tu puerta, en la entrada, en la armería...»
Le habría gustado atribuirlo a una pesadilla, pero no recordaba haber soñado nada. Kyra lo había dejado agotado. Hasta que Theon envió a buscarla, se había pasado sus dieciocho años de vida en la ciudad de invierno, sin poner un pie jamás entre los muros del castillo. Llegó a él empapada, ansiosa y ágil como una comadreja, y el hecho de follar con una vulgar moza de taberna en el lecho del propio Lord Eddard Stark le proporcionaba un placer adicional.
La muchacha murmuró algo en sueños mientras Theon se liberaba de su brazo y se ponía en pie. En la chimenea brillaban todavía unas pocas brasas. Wex dormía al pie de la cama, enroscado en su capa, como si nada sucediera en el mundo. La quietud era absoluta. Theon se dirigió hacia la ventana y abrió los postigos. La noche lo acarició con dedos gélidos, y se le puso la carne de gallina. Se inclinó sobre el alféizar de piedra y contempló las torres oscuras, los patios desiertos, el cielo negro y más estrellas de las que nadie podría contar aunque viviera hasta los cien días del nombre. La media luna parecía flotar sobre la torre de la campana, y proyectaba su reflejo sobre el tejado de los invernaderos. No se oían alarmas, ni gritos, ni tan siquiera una pisada.
«Todo va bien, Greyjoy. ¿Oyes el silencio? Deberías estar ebrio de alegría. Has tomado Invernalia con menos de treinta hombres, esta hazaña se narrará en las canciones.»
Theon volvió a la cama. Tendió a Kyra sobre la espalda y la penetró otra vez, eso haría que desaparecieran los fantasmas. Los jadeos y risitas de la muchacha fueron una grata alternativa al silencio de la noche.
Se detuvo de repente. Estaba tan acostumbrado a los aullidos de los lobos huargos que ya apenas los oía, pero una parte de él, cierto instinto de cazador, detectó su ausencia.
Urzen montaba guardia junto a su puerta. Era un hombre nervudo, con un escudo redondo colgado a la espalda.
—Los lobos están callados —le dijo Theon—. Ve a ver qué hacen, y vuelve de inmediato.
La sola idea de que los lobos huargos anduvieran libres le volvía el estómago del revés. Recordaba demasiado bien aquel día en el Bosque de los Lobos, cuando los salvajes habían atacado a Bran. Verano y Viento Gris los habían despedazado.
Dio una patadita a Wex con la punta de la bota. El chico se incorporó y se frotó los ojos.
—Ve a asegurarte de que Bran Stark y su hermano pequeño están en sus camas. Y date prisa.
—¿Mi señor? —lo llamó Kyra, adormilada.
—Duérmete, esto no es asunto tuyo. —Theon se sirvió una copa de vino y la bebió de un trago. No dejaba de escuchar, con la esperanza de oír un aullido.
«Muy pocos hombres —pensó con amargura—, tengo muy pocos hombres. Si Asha no viene pronto...»
Wex fue el primero en regresar, sacudiendo la cabeza. Theon masculló una maldición, y recogió la túnica y los calzones del suelo, donde los había tirado en su precipitación por acostarse con Kyra. Sobre la túnica se puso un jubón de cuero tachonado en hierro, y al cinto una espada larga y una daga. Tenía el pelo tan enmarañado como las ramas de un bosque, pero había cosas más importantes de las que preocuparse.
Cuando terminó de vestirse, Urzen ya estaba de vuelta.
—Los lobos han desaparecido.
—Despierta a todo el castillo —dijo Theon. Se obligaba a hablar con una voz tan fría y pausada como la de Lord Eddard—. Que bajen todos al patio, todos. A ver quién falta. Y di a Lorren que haga una ronda por las puertas. Ven conmigo, Wex.
Se preguntó si Stygg habría llegado ya a Bosquespeso. No era tan buen jinete como decía (lo cierto era que ninguno de los hombres del hierro sabía montar a caballo de verdad), pero ya había tenido tiempo más que suficiente. Tal vez Asha estuviera en camino. «Y si se entera de que he perdido a los Stark...» No quería ni pensarlo.
El dormitorio de Bran estaba desierto, al igual que el de Rickon, un poco más abajo. Theon se maldijo a sí mismo. Debería haber puesto un guardia para vigilarlos, pero le había parecido más importante situar hombres en los muros y en la entrada que dedicarlos a hacer de niñeras de un par de mocosos, uno de ellos encima tullido.
Oyó sollozos en el exterior, a medida que sus hombres obligaban a los habitantes del castillo a salir de sus camas para ir al patio. «Ya les daré yo motivos para lloriquear. Los he tratado con amabilidad, y así me lo pagan. —Hasta había hecho azotar a dos de sus hombres por violar a la chica de las perreras; quería demostrar que era justo—. Y aun así me echan la culpa por lo de la violación. Y por todo lo demás.» Le parecía una injusticia. Mikken se había hecho matar por bocazas, igual que Benfred. En cuanto a Chayle, a alguien tenía que entregar al Dios Ahogado, era lo que sus hombres esperaban de él.
—No tengo nada en tu contra —había dicho al septon antes de que lo arrojaran al pozo—, pero aquí ya no hay lugar para ti ni para tus dioses.
Los demás deberían haber estado agradecidos de que no los eligiera a ellos, pero no. A saber cuántos estaban implicados en el complot contra él.
Urzen regresó con Lorren el Negro.
—La Puerta del Cazador —dijo Lorren—. Más vale que vengas a ver esto.
La Puerta del Cazador estaba situada, muy convenientemente, cerca de las perreras y de las cocinas. Daba directamente a los prados y a los bosques, con lo que los jinetes podían entrar y salir sin pasar por la ciudad de invierno. De manera que era la que utilizaban las partidas de caza.
—¿Quién estaba aquí de guardia? —exigió saber Theon.
—Drennan y Squint.
Drennan era uno de los que habían violado a Palla.
—Si han dejado escapar a los críos, esta vez no me conformaré con arrancarles un poco de piel de las espaldas, os lo juro.
—No va a hacer falta —replicó Lorren el Negro con voz cortante.
Y era cierto. Encontraron a Squint flotando boca abajo en el foso, con las entrañas a la deriva tras él, como un nido de serpientes blancuzcas. Drennan yacía medio desnudo en la torre de entrada, en la pequeña habitación desde donde se manejaba el puente levadizo. Una túnica desastrada le ocultaba las cicatrices a medio curar de la espalda, pero tenía las botas tiradas sobre la alfombra, y los calzones enroscados en torno a los pies. En una mesita junto a la puerta había un trozo de queso, al lado de una jarra vacía. Y dos vasos.
Theon cogió uno y olfateó los posos de vino que quedaban en el fondo.
—Squint tenía que patrullar el adarve, ¿no?
—Sí —asintió Lorren.
Theon tiró el vaso a la chimenea.
—Parece que Drennan se estaba bajando los calzones para metérsela a la mujer, cuando ella se lo metió a él. El cuchillo del queso, por lo visto. Que alguien busque una pértiga para pescar al otro idiota que está en el foso.
El otro idiota tenía aún peor aspecto que Drennan. Cuando Lorren el Negro lo sacó del agua, vieron que tenía un brazo dislocado por el codo, le faltaba la mitad del cuello y tenía un agujero desgarrado en lugar del ombligo y la entrepierna. La pértiga le desgarró las entrañas cuando Lorren lo sacó. El hedor era espantoso.
—Los lobos huargos —dijo Theon—. Y parece que los dos a la vez. —Volvió hacia el puente levadizo, asqueado.
Invernalia estaba rodeada por dos inmensos muros de granito, con un ancho foso entre ambos. La muralla exterior tenía ochenta pies de altura, y la interior más de cien. Por falta de hombres, Theon se había visto obligado a renunciar a las defensas exteriores, y a apostar sus guardias en la muralla interior. Si los habitantes del castillo se alzaban contra él no quería encontrarse con que sus hombres estaban al otro lado del foso.
«Tienen que ser dos o más —se dijo—. Mientras la mujer distraía a Drennan, los otros liberaron a los lobos.»
Theon pidió una antorcha y encabezó la marcha por las escaleras que subían al adarve. Movía la llama ante él, muy baja, en busca de... lo que encontró. En la parte interior de la muralla, entre dos almenas.
—Sangre —anunció—. Mal limpiada. Me imagino que la mujer mató a Drennan y bajó el puente levadizo. Squint oyó el ruido de las cadenas, vino a echar un vistazo... y hasta aquí llegó. Luego tiraron el cadáver entre las almenas al foso, para que no lo encontrara algún otro centinela.
—Las otras torres de guardia no están lejos —dijo Urzen escudriñando las murallas—. Desde aquí veo las antorchas...
—Ves las antorchas, pero no a los guardias —replicó Theon, malhumorado—. Invernalia tiene más torres que yo hombres.
—Hay cuatro guardias en la puerta de la muralla —dijo Lorren el Negro—. Y otros cinco que patrullan las murallas, aparte de Squint.
—Si hubiera hecho sonar el cuerno... —dijo Urzen.
«Estoy rodeado de idiotas.»
—A ver, Urzen, intenta imaginar que eras tú el que estaba aquí arriba. Todo está oscuro y hace frío. Llevas horas patrullando las murallas, estás deseando que acabe tu turno de guardia. En ese momento oyes un ruido, vas hacia la entrada, y de repente ves unos ojos en la cima de las escaleras, unos ojos verdes y dorados que brillan a la luz de las antorchas. Dos sombras se precipitan hacia ti a una velocidad inimaginable. Ves el destello de unos dientes, esgrimes la lanza, y caen sobre ti, te abren la barriga, desgarrando el cuero de tu ropa como si fuera papel. —Dio un empujón a Urzen—. Ahora estás tendido de espaldas, se te salen las tripas, y uno de ellos te muerde el cuello. —Theon lo agarró por el cuello huesudo, apretó los dedos y sonrió—. Dime, mientras está pasando todo eso, ¿en qué momento te paras a hacer sonar el puto cuerno?
Soltó a Urzen sin miramientos, y el hombre cayó entre dos almenas, al tiempo que se frotaba la garganta. «Tendría que haber hecho matar a esas dos fieras el mismo día en que tomamos el castillo», pensó, furioso. Había visto cómo mataban, sabía lo peligrosos que eran.
—Tenemos que ir tras ellos —dijo Lorren el Negro.
—No mientras no haya luz. —Theon no tenía la menor intención de perseguir a los lobos de noche por el bosque; era demasiado fácil que los cazadores se convirtieran en presas—. Esperaremos a que amanezca. Entretanto, más vale que vaya a hablar con mis leales súbditos.
En el patio, se alineaba contra la muralla un grupo intranquilo de hombres, mujeres y niños. A muchos no les habían dado tiempo para vestirse, de manera que se cubrían con mantas de lana, o tiritaban desnudos arrebujados en las capas o las sábanas. Una docena de hombres del hierro los tenía arrinconados, cada uno con una antorcha en una mano y el arma en la otra. El viento soplaba a ráfagas, y la luz anaranjada parpadeante se reflejaba en los yelmos de acero para iluminar las barbas espesas y los ojos de mirada hosca.
Theon recorrió la hilera de prisioneros, escudriñó los rostros como si quisiera averiguar cuál escondía algún dato, alguna culpa. Pero todos le parecían culpables.
—¿Cuántos faltan?
—Seis. —A sus espaldas Hediondo dio un paso al frente; olía a jabón, y el viento le agitaba la larga cabellera—. Los dos Stark, el chico de los pantanos y su hermana, el retrasado mental de los establos y tu mujer salvaje.
«Osha. —Había sospechado de ella desde el momento en que vio el segundo vaso—. No debí confiar en ella. Es tan antinatural como Asha. Hasta tiene un nombre parecido.»
—¿Habéis mirado en los establos?
—Aggar dice que no falta ningún caballo.
—¿Bailarina sigue en su sitio?
—¿Bailarina? —Hediondo frunció el ceño—. Aggar dice que todos los caballos están en su sitio. Sólo falta el retrasado.
«Entonces es que van a pie.» Eran las mejores noticias que había recibido desde que despertara. Sin duda Bran iría en su cesta, a la espalda de Hodor. Osha tendría que llevar a Rickon en brazos, de lo contrario las piernecitas del niño no les permitirían avanzar mucho. Theon tenía confianza en volver a capturarlos pronto.
—Bran y Rickon han escapado —dijo a los habitantes del castillo al tiempo que los miraba a los ojos—. ¿Quién de vosotros sabe adónde van? —No obtuvo respuesta—. No han podido huir sin ayuda —siguió Theon—. Sin comida, sin ropas, sin armas... —Había ordenado poner bajo llave todas las espadas y hachas de Invernalia, pero sin duda le habrían ocultado algún arma—. Quiero los nombres de todos los que los han ayudado. De los que miraron hacia otro lado para que escaparan. —La única respuesta fue el silbido del viento—. Volveré a capturarlos en cuanto amanezca. —Se colgó los pulgares del cinturón de la espada—. Me van a hacer falta cazadores. ¿Quién quiere una buena piel de lobo para abrigarse este invierno? ¿Gage? —El cocinero siempre lo había recibido con alegría cuando volvía de cazar y le preguntaba si había conseguido algo delicioso que servir a la mesa, pero en aquel momento no le dijo nada. Theon dio media vuelta, siguió escudriñando los rostros en busca de una expresión de culpabilidad—. Los bosques no son lugar para un tullido. Y Rickon, con lo pequeño que es, ¿cuánto aguantará ahí afuera? Tata, imagina lo asustado que debe de estar. —La anciana se había pasado diez años hablando con él, le había contado innumerables cuentos, pero en aquel momento lo miraba como si fuera un desconocido—. Podría haber matado a todos los hombres, podría haber entregado a las mujeres a mis soldados para que se divirtieran, y en vez de eso os he protegido. ¿Así es como me lo agradecéis?
Joseth, que había cuidado de sus caballos; Farlen, que le había enseñado todo lo que sabía sobre los perros; Barth, la esposa del cervecero, la primera mujer con la que se había acostado... Y ninguno lo miraba a los ojos. «Me detestan», comprendió. Hediondo se acercó a él.
—Arráncales la piel —le recomendó; le brillaban los labios gruesos—. Lord Bolton siempre decía que un hombre desnudo tiene pocos secretos, pero que un hombre desollado no tiene ninguno.
Theon sabía que el hombre desollado era el blasón de la Casa Bolton; hacía mucho, mucho tiempo, algunos de los señores habían llegado a hacerse capas con la piel de sus enemigos muertos. Muchos Stark habían terminado así. Supuestamente todo aquello había terminado hacía un millar de años, cuando los Bolton juraron lealtad a Invernalia. «O eso dicen, pero las viejas costumbres son difíciles de olvidar, bien lo sé yo.»
—Mientras yo reine en Invernalia, en el norte no se desollará a nadie —dijo Theon en voz alta. «Soy el único que os protege de gente como él», habría querido gritar. No podía hacerlo de manera tan evidente, pero tal vez alguno fuera lo bastante avispado para aprender la lección.
El cielo empezaba a cobrar un tono grisáceo sobre las murallas. No tardaría en amanecer.
—Joseth, ensíllame a Sonrisas, y ensilla también otro caballo para ti. Murch, Gariss y Tym Carapicada, vosotros también venís. —Murch y Gariss eran los mejores cazadores del castillo, y Tym era un excelente arquero—. Aggar, Napiarroja, Gelmarr, Hediondo, Wex. —También necesitaba a sus hombres para guardarle las espaldas—. Farlen, prepara los perros, tú te encargarás de ellos.
—¿Y por qué querría yo dar caza a mis señores legítimos, que además no son más que niños? —El canoso encargado de las perreras se cruzó de brazos.
—Ahora tu señor legítimo soy yo —replicó Theon acercándose a él—, y soy además el que cuida de que a Palla no le pase nada. —Vio morir la rebeldía en los ojos de Farlen.
—Sí, mi señor.
Theon dio un paso atrás, y buscó otros posibles integrantes para el grupo.
—Maestre Luwin —anunció.
—Yo no sé nada de caza.
«No, pero no me fío de dejaros en el castillo durante mi ausencia.»
—Pues ya va siendo hora de que aprendáis.
—Dejadme ir a mí también. Quiero una capa de piel de lobo. —Un muchachito dio un paso al frente, tendría la edad de Bran. Theon tardó un instante en recordar quién era—. He ido de caza montones de veces —siguió Walder Frey—. Ciervos, alces, hasta jabalíes...
—Participó en una caza del jabalí con su padre —se burló su primo riéndose—, pero no lo dejaron ni acercarse al jabalí, claro.
Theon miró al chico con gesto dubitativo.
—Ven si quieres, pero si no puedes seguir el ritmo de la marcha no esperes que te llevemos en brazos. —Se volvió hacia Lorren el Negro—. Tienes el mando en Invernalia durante mi ausencia. Si no volvemos, haz lo que quieras con el castillo.
«Así estos imbéciles empezarán a rezar por que tenga éxito.»
Se reunieron junto a la Puerta del Cazador mientras los primeros rayos del sol acariciaban la Torre de la Campana. El aliento se condensaba en el aire frío de la mañana. Gelmarr se había equipado con un hacha de mango largo para poder herir a los lobos antes de que le cayeran encima. La hoja era tan pesada que podía matar de un golpe. Aggar llevaba canilleras de acero. Hediondo llegó con una lanza larga y un saco de las lavanderas lleno de algo que no quiso mostrar. Theon tenía su arco, no necesitaba otra cosa. En cierta ocasión había salvado la vida a Bran con una flecha; esperaba no tener que arrebatársela con otra, pero si era necesario lo haría.
La partida que cruzó el foso se componía de once hombres, dos niños y una docena de perros. Al otro lado de la muralla exterior, el rastro era evidente en la tierra blanda: las marcas de las pisadas de los lobos, las profundas de Hodor, las más ligeras de los dos Reed... Una vez entre los árboles el suelo era pedregoso y las hojas caídas hacían más difícil seguir las huellas, pero para entonces la perra castaña de Farlen ya había captado el rastro. El resto de los perros la seguían de cerca. Los sabuesos olfateaban y ladraban, y un par de mastines de tamaño monstruoso cerraban la marcha. Sus cuerpos imponentes y su ferocidad podían marcar la diferencia a la hora de enfrentarse a un lobo huargo arrinconado.
Había supuesto que Osha se dirigiría hacia el sur en busca de Ser Rodrik, pero el rastro llevaba hacia el nornoroeste, hacia el corazón mismo del Bosque de los Lobos. A Theon aquello no le gustó nada. Sería una amarga ironía si los Stark se dirigieran hacia Bosquespeso y se entregaran en manos de Asha.
«Antes de eso los veré muertos —pensó con amargura—. Es mejor que me crean cruel a que me crean idiota.»
Quedaban jirones de niebla pálida enroscados en los árboles. Los centinelas y los pinos soldado abundaban allí, y no hay nada tan oscuro y sombrío como un bosque de hoja perenne. El terreno era desigual, y las agujas caídas ocultaban el suelo blando de turba y lo hacían traicionero para los caballos, de manera que tenían que avanzar muy despacio. «Pero no tan despacio como un hombre que carga con un tullido, ni una bruja huesuda con un crío de cuatro años a la espalda.» Se obligó a tener paciencia. Se apoderaría de ellos antes de que anocheciera.
El maestre Luwin trotó para situarse a su lado cuando seguían un sendero estrecho a lo largo del borde de un precipicio.
—Hasta ahora esto de cazar no se diferencia en absoluto de cabalgar por los bosques, mi señor.
—Hay ciertas similitudes. —Theon sonrió—. Pero las cacerías acaban con sangre.
—¿Tiene que ser así? Esta fuga ha sido una locura, pero ¿no tendréis compasión? Los niños a los que buscamos fueron como hermanos para vos.
—El único Stark que se comportó como un hermano conmigo fue Robb, aunque Bran y Rickon tienen más valor vivos que muertos.
—Lo mismo se puede decir de los Reed. Foso Cailin se encuentra al borde de los pantanos. Si quiere, Lord Howland puede convertir la ocupación de vuestro tío en una visita a los infiernos, pero mientras tengáis a sus herederos no podrá hacer nada.
Theon no se había parado a pensar en aquello. En realidad no se había parado a pensar en nada relativo a los embarrados, aparte de mirar un par de veces a Meera y preguntarse si aún sería virgen.
—Puede que tengáis razón. No los mataremos si no es imprescindible.
—Y tampoco a Hodor, ¿verdad? Sabéis de sobra que el muchacho es corto de inteligencia. Hace lo que le dicen. ¿Cuántas veces cepilló vuestro caballo, engrasó vuestra silla o limpió vuestra armadura?
—Si no se enfrenta a nosotros, no lo mataremos. —Hodor no tenía la menor importancia para Theon. Señaló al maestre con un dedo—. Pero como digáis una palabra acerca de perdonar a la salvaje, os mataré junto a ella. Me ofreció su juramento de lealtad y se cagó en él.
—No disculpo a los perjuros —dijo el maestre con una inclinación de cabeza—. Haced lo que debáis. Os agradezco vuestra compasión.
«Compasión —pensó Theon, dejando atrás a Luwin—. Es una trampa de mierda. Demasiada compasión y resultas débil, poca y te llaman monstruo.» Pero sabía que el maestre lo había aconsejado bien. Su padre pensaba sólo en términos de conquista, pero ¿de qué servía tomar un reino si luego no se podía conservar? La fuerza y el temor sólo bastaban hasta cierto punto. Lástima que Ned Stark se llevara a sus hijas al sur, de lo contrario Theon habría asegurado su dominio sobre Invernalia casándose con una de ellas. Sansa era una niña muy bonita, y seguramente a aquellas alturas ya estaría en condiciones de llevársela a la cama. Pero se encontraba a mil leguas de distancia y en manos de los Lannister. Una verdadera pena.
El bosque era cada vez más indómito. Los pinos y los centinelas dejaban paso a los enormes robles oscuros. Los espinos enmarañados ocultaban barrancos traicioneros. Las colinas pedregosas eran más y más abruptas. Pasaron junto a una pequeña granja, desierta e invadida por la maleza, y rodearon una presa inundada, en la que las aguas tranquilas tenían un brillo tan gris como el del acero. Cuando los perros empezaron a aullar, Theon supuso que los fugitivos estarían cerca. Picó espuelas a Sonrisas para ponerlo al trote, pero lo único que encontraron fue el cadáver de un ciervo joven... o mejor dicho, lo que quedaba de él.
Desmontó para inspeccionarlo más de cerca. El cadáver era reciente, y obviamente lo habían matado los lobos. Los perros lo olisquearon impacientes, y uno de los mastines clavó los dientes en una pata hasta que Farlen le ordenó a gritos que la soltara. «No lo han despedazado —advirtió Theon—. De aquí han comido lobos, no hombres.» Aunque Osha no hubiera querido arriesgarse a encender una hoguera, al menos habría cortado unas cuantas tajadas. No tenía sentido que hubieran dejado allí tanta carne para que se pudriera.
—¿Seguro que seguimos el rastro correcto, Farlen? —preguntó—. ¿No es posible que los perros estén siguiendo a otros lobos?
—La perra conoce muy bien el olor de Verano y el de Peludo.
—Más te vale.
No había pasado ni una hora cuando el sendero los llevó ladera abajo, hacia un arroyo de aguas turbias crecido por las lluvias recientes. Allí los perros perdieron el rastro. Farlen y Wex vadearon la corriente con los sabuesos y volvieron sacudiendo las cabezas mientras los animales corrían orilla arriba, orilla abajo, olfateándolo todo.
—Entraron por aquí, mi señor —dijo el encargado de las perreras—, pero no veo por dónde salieron.
Theon desmontó y se arrodilló junto al arroyo. Sumergió una mano en él. El agua estaba fría.
—No se habrán quedado dentro mucho rato —dijo—. Llevad la mitad de los perros corriente abajo, yo iré hacia arriba... —Wex dio una sonora palmada—. ¿Qué pasa? —preguntó Theon.
El chico mudo señaló. El suelo cercano al agua era un lodazal embarrado. Las huellas que habían dejado los lobos eran evidentes.
—Sí, marcas de zarpas. ¿Y qué?
El escudero clavó el talón en el barro y giró sobre el pie, primero hacia un lado, luego hacia el otro. Dejó una marca muy honda. Joseth lo comprendió.
—Un hombre del tamaño de Hodor habría dejado marcas muy profundas en el barro —dijo—. Y más todavía con el peso del chico cargado a la espalda. Pero las únicas huellas de botas que se ven aquí son las nuestras. Miradlas.
Theon, atónito, comprobó que era verdad. Los lobos habían entrado solos en las aguas turbias y crecidas.
—Osha debió de desviarse. Antes del ciervo, seguro. Hizo que los lobos se adelantaran para que les siguiéramos la pista. —Se giró hacia los cazadores—. Si me estáis engañando...
—Sólo había un rastro, mi señor, lo juro —dijo Gariss a la defensiva—. Y los lobos huargos no se habrían separado de los chicos. No durante mucho tiempo.
«Eso es verdad», pensó Theon. Verano y Peludo se habrían alejado para cazar, pero tarde o temprano volverían con Bran y Rickon.
—Gariss, Murch, coged cuatro perros y volved por donde hemos venido hasta el lugar donde perdimos la pista. Aggar, tú vigílalos. No quiero trucos. Farlen y yo seguiremos el rastro de los huargos. Cuando encontréis la pista, haced sonar el cuerno una vez. Si veis a esas bestias, dos veces. Una vez sepamos dónde están, encontraremos a sus amos.
Se llevó a Wex, a Frey y a Gynir Napiarroja para explorar corriente arriba. Wex y él cabalgaban por una orilla del arroyo, y Napiarroja y Walder Frey por la otra. Los lobos podían haber salido por cualquiera de las dos. Theon estaba alerta en busca de huellas, rastros, ramas rotas, cualquier indicio de que los lobos huargos hubieran salido del agua. Distinguió sin problemas huellas de ciervos, alces y tejones. Wex sorprendió a una raposa que bebía del arroyo, y Walder hizo salir a tres conejos de la maleza, incluso se las arregló para ensartar uno de un flechazo. Vieron marcas de zarpas de oso en la corteza de un abedul de gran altura. Pero de los lobos huargos, ni rastro.
«Un poco más lejos —se dijo Theon—. Más allá de aquel roble, después de aquel otero, en el próximo meandro del arroyo, seguro que encontraremos algo...» Siguió avanzando incluso mucho después de comprender que debía dar media vuelta. La creciente ansiedad le estaba haciendo un nudo en el estómago. Ya era mediodía cuando, de mala gana, se dio por vencido e hizo que Sonrisas diera media vuelta.
No sabía cómo, pero Osha y aquellos jodidos mocosos lo eludían. No era posible, iban a pie, cargados con un tullido y un niño pequeño. Con cada hora que pasaba aumentaba la probabilidad de que escaparan. «Si llegan a algún pueblo...» Los habitantes del norte jamás negarían su ayuda a los hijos de Ned, a los hermanos de Robb. Les darían caballos para que corrieran más, les proporcionarían comida, los hombres se disputarían el honor de protegerlos... Todo el puto norte haría causa común con ellos.
«Los lobos fueron corriente abajo, nada más. —Se aferró a aquella idea—. La perra castaña encontrará el punto por donde salieron del agua, y les seguiremos la pista.»
Pero cuando se reunieron con el grupo de Farlen, bastó una mirada al rostro del encargado de las perreras para acabar con todas las esperanzas de Theon.
—Esos perros no valen ni para cebo de osos —dijo airadamente—. Ojalá tuviera un oso.
—La culpa no es de los perros. —Farlen se arrodilló entre uno de los mastines y su querida perra castaña, con una mano sobre cada uno de ellos—. En una corriente no se puede seguir un rastro, mi señor.
—Los lobos tuvieron que salir del arroyo en algún punto.
—No me cabe duda. Corriente arriba o corriente abajo. Si seguimos, acabaremos por encontrar el lugar. Pero ¿en qué dirección?
—¿Cuándo se ha visto un lobo que nade corriente arriba kilómetros y kilómetros? —dijo Hediondo—. Puede que un hombre lo hiciera, si se supiera perseguido, pero un lobo...
Theon no estaba tan seguro. Aquellas bestias no eran como el resto de los lobos. «Debería haberlos despellejado el primer día.»
El mismo resultado habían obtenido Gariss, Murch y Aggar. Los cazadores habían retrocedido la mitad del camino hacia Invernalia, sin encontrar ni rastro del lugar donde los Stark se habían separado de los lobos huargos. Los sabuesos de Farlen parecían tan frustrados como sus amos, se empeñaban en olfatear cada árbol y cada roca, y se lanzaban dentelladas unos a otros.
—Volveremos al arroyo. —Theon se negaba a reconocer la derrota—. Registraremos todo de nuevo. Esta vez llegaremos hasta donde sea preciso.
—No los vamos a encontrar —dijo de repente Frey—. Los acompañan los comerranas. Los embarrados son taimados como serpientes, no pelean como los hombres decentes. Se esconden y disparan flechas envenenadas. No los vemos, pero ellos nos ven. Los que los siguen por los pantanos se pierden y no vuelven a aparecer. Tienen casas que se mueven, hasta castillos, como la Atalaya de Aguasgrises. —Miró nervioso la vegetación que los rodeaba por todas partes—. Puede que estén aquí mismo, que nos estén oyendo.
Farlen se echó a reír para demostrar lo que opinaba de semejante idea.
—Mis perros olerían cualquier cosa que estuviera entre los arbustos. Les habrían caído encima antes de que te diera tiempo a pestañear, chico.
—Los comerranas no huelen como las personas —se empecinó Frey—. Apestan a pantano, a ranas, a agua estancada... En los sobacos les crece musgo, no pelo, y pueden sobrevivir sin comer nada más que barro y respirar agua de pantano.
Theon estaba a punto de decirle por dónde se podía meter sus fábulas infantiles cuando intervino el maestre Luwin.
—Según las historias, los lacustres crecieron cerca de los niños del bosque en los tiempos en que los verdevidentes trataron de hacer caer el martillo de las aguas sobre el Cuello. Puede que tengan conocimientos secretos.
De pronto el bosque parecía mucho más sombrío que hacía un instante, como si una nube acabara de ocultar el sol. Una cosa era que un niño idiota fuera por ahí diciendo tonterías, pero los maestres tenían que ser más sabios.
—Los únicos niños que me interesan son Bran y Rickon —dijo Theon—. Volvemos ahora mismo al arroyo.
Por un momento temió que no lo obedecieran, pero al final las viejas costumbres se impusieron. Lo siguieron de mala gana, pero lo siguieron. El niño, Frey, parecía tan sobresaltado como los conejos a los que había espantado poco antes. Theon distribuyó a sus hombres por las dos orillas, y siguieron la corriente. Cabalgaron kilómetros y kilómetros, despacio, con cautela, desmontando para guiar a los caballos por las riendas en los puntos más peligrosos, dejando que aquellos perros inútiles olisquearan cada arbusto. Al llegar a un punto donde un árbol caído había creado una presa natural, los cazadores tuvieron que dar un rodeo en torno al estanque de aguas verdes, pero si los lobos habían hecho lo mismo no habían dejado la menor huella ni rastro. Por lo visto las bestias habían seguido nadando. «Cuando los atrape van a nadar hasta hartarse. Entregaré a los dos al Dios Ahogado.»
Cuando empezó a oscurecer en el bosque, Theon Greyjoy tuvo que darse por vencido. O los lacustres conocían de verdad la magia de los niños del bosque, o la salvaje Osha los había engañado con alguno de sus trucos. Los hizo avanzar a toda prisa en medio del ocaso, pero cuando el último resto de luz desapareció Joseth reunió por fin valor para dirigirse a él.
—Esto es inútil, mi señor. Nos vamos a romper una pierna, o dejaremos tullido un caballo.
—Joseth tiene razón —dijo el maestre Luwin—. No vamos a conseguir nada registrando el bosque a la luz de las antorchas.
Theon sentía el sabor de la bilis en la garganta, y tenía un nido de serpientes en el estómago. Si regresaba a Invernalia con las manos vacías, tanto le daría vestirse de bufón, porque todo el norte se iba a burlar de él. «Y cuando se entere mi padre, cuando se entere Asha...»
—Mi señor príncipe —dijo Hediondo al tiempo que se acercaba a su caballo—, puede que los Stark no vinieran por aquí. Si yo estuviera en su lugar habría ido hacia el noreste. Hacia las tierras de los Umber, que son buenos vasallos de los Stark. Pero quedan lejos. Los chicos tendrán que refugiarse en algún sitio. Y puede que yo sepa dónde. —Theon lo miró con desconfianza—. ¿Conocéis ese molino viejo —siguió—, una edificación aislada en Agua Bellota? Nos detuvimos en aquel lugar cuando me llevaron cautivo a Invernalia. La mujer del molinero nos vendió heno para los caballos, mientras aquel caballero viejo le decía lo guapos que eran sus mocosos. Puede que los Stark se escondan allí.
Theon conocía el molino. Incluso se había acostado un par de veces con la esposa del molinero. Ni el lugar ni la mujer tenían nada de especial.
—¿Y por qué allí? Hay una docena de pueblos y fortalezas a la misma distancia.
—¿Que por qué? —Los ojos claros de Hediondo tenían un brillo burlón—. Pues no sabría decirlo. Pero tengo el presentimiento de que están allí.
Theon empezaba a hartarse de aquellas respuestas insidiosas. «Sus labios parecen un par de gusanos follando.»
—¿Qué quieres decir? Si me has estado ocultando algo...
—Qué cosas tiene mi señor príncipe. —Hediondo desmontó e indicó a Theon que hiciera lo mismo. Cuando ambos estuvieron a pie, abrió el saco que había cargado desde Invernalia—. Mirad esto.
Cada vez había menos luz. Theon, impaciente, metió las manos en el saco y palpó una piel suave y un tejido de lana áspero. Una punta afilada le pinchó la piel, y cerró los dedos en torno a algo frío y duro. Sacó un broche de plata y azabache en forma de cabeza de lobo.
—Gelmarr —dijo, preguntándose en quién podía confiar. «En ninguno de ellos»—. Aggar. Napiarroja. Venid con nosotros. Los demás podéis volver a Invernalia con los perros, no los necesitamos para nada. Ya sé dónde se esconden Bran y Rickon.
—Príncipe Theon —suplicó el maestre Luwin—, ¿recordaréis vuestra promesa? Dijisteis que tendríais compasión.
—Dije que tendría compasión esta mañana —replicó Theon. «Es mejor que me teman a que se burlen de mí»—. Antes de que me hicieran enfadar.
JON
Veían el fuego que ardía en medio de la noche, al otro lado de la montaña, como una estrella caída. Su brillo era más rojo que el de las otras estrellas y no parpadeaba, aunque a veces cobraba energías renovadas, y a veces casi se apagaba. No era más que un brillo lejano, apagado y tenue.
«A menos de un kilómetro de distancia y a unos setecientos metros de altura —calculó Jon—. Con una situación perfecta para ver cualquier cosa que se mueva abajo, por el paso.»
—Ha puesto vigías sobre el Paso Aullante —se sorprendió el más viejo de ellos. De jovencito había sido escudero de un rey, de modo que los hermanos negros aún lo llamaban Escudero Dalbridge—. ¿De qué tendrá miedo Mance Rayder?
—Si supiera que han encendido una hoguera despellejaría a esos pobres desgraciados —dijo Ebben, un hombrecillo calvo y achaparrado con músculos como sacos de rocas.
—Aquí arriba el fuego es la vida —dijo Qhorin Mediamano—, pero también puede ser la muerte.
Por orden suya no se habían arriesgado a encender hogueras al descubierto desde que habían entrado en el terreno montañoso. Se comían fría la carne en salazón, el pan duro y el queso más duro todavía, y dormían vestidos y acurrucados bajo montones de capas y pieles, dando gracias por el calor que les proporcionaban sus cuerpos juntos. Aquello hacía que Jon recordara las noches frías de Invernalia, tanto tiempo atrás, cuando compartía la cama con sus hermanos. Aquellos hombres también eran sus hermanos, aunque la cama que compartían era de piedra y tierra.
—Seguro que tienen un cuerno —dijo Serpiente de Piedra.
—Un cuerno que no deben hacer sonar —señaló Mediamano.
—Es una ascensión muy dura de noche —dijo Ebben, que no apartaba la vista de la chispa lejana, mirando a través de una hendidura en las rocas tras las que se cobijaban.
El cielo estaba despejado y los picachos abruptos de las montañas se alzaban, negro contra negro hasta la cima, donde las gélidas coronas de nieve y hielo brillaban pálidas a la luz de la luna.
—La caída es más dura aún —dijo Qhorin Mediamano—. Dos hombres. Sí, porque habrá dos hombres de guardia.
—Yo. —El explorador al que llamaban Serpiente de Piedra ya había demostrado que era el mejor escalador del grupo. Él debía ser uno de los dos.
—Y yo —dijo Jon Nieve.
Qhorin Mediamano lo miró. Jon alcanzaba a oír el viento que sollozaba al atravesar el paso situado sobre ellos. Uno de los caballos piafó y pateó el suelo rocoso de la hondonada donde se habían refugiado.
—El lobo se tendrá que quedar con nosotros —dijo Qhorin—. A la luz de la luna, el pelaje blanco se ve demasiado bien. —Se volvió hacia Serpiente de Piedra—. Cuando terminéis, tirad una marca ardiendo. Acudiremos cuando la veamos caer.
—Por mí podemos partir ya —dijo Serpiente.
Cogieron cada uno un largo rollo de cuerda. Serpiente de Piedra llevaba también una bolsa con clavijas de hierro y un martillito con la cabeza envuelta en fieltro grueso. Dejaron atrás sus caballos junto con los yelmos, las cotas de malla y a Fantasma. Jon se arrodilló y dejó que el lobo huargo lo acariciara con la nariz antes de ponerse en marcha.
—Quédate —ordenó—. Volveré a buscarte.
Serpiente de Piedra abría la marcha. Era un hombre bajo y nervudo, de unos cincuenta años, con la barba gris, pero más fuerte de lo que aparentaba, y con la mejor visión nocturna que Jon había conocido en nadie. Aquella noche les resultaba imprescindible. Durante el día las montañas eran de un gris azulado, con pinceladas de escarcha, pero cuando el sol se ponía tras los picos escarpados, se tornaban negras. En aquel momento la luna las teñía de blanco y plata.
Los hermanos negros avanzaron a través de las sombras negras, entre las rocas negras, en su ascenso por un camino empinado y serpenteante, con las respiraciones condensadas en el aire negro. Sin la cota de malla Jon se sentía casi desnudo, pero no echaba de menos su peso. El avance era duro y lento. Si se intentaban apresurar se arriesgaban a romperse un tobillo, o algo peor. Serpiente de Piedra siempre parecía saber instintivamente dónde poner los pies, pero en aquel terreno abrupto y desigual Jon tenía que tener más cuidado.
El Paso Aullante era en realidad una serie de pasos, una ruta larga y laberíntica que ascendía rodeando una sucesión de picos barridos por el viento y valles ocultos que rara vez veían la luz del sol. Si descontaba a sus compañeros, Jon no había visto a ningún hombre vivo desde que dejaron atrás los bosques y comenzaron la ascensión. Los Colmillos Helados eran el lugar más inhóspito que los dioses habían creado, y el más hostil para los hombres. Allí el viento cortaba como un cuchillo, y durante la noche aullaba como una madre que llorase por sus hijos asesinados. Los pocos árboles que crecían eran grotescos, atrofiados, brotaban de lado en grietas y fisuras. A menudo sobre el sendero se cernían salientes rocosos, con flecos de carámbanos de hielo que desde lejos parecían colmillos feroces.
Pese a todo, Jon Nieve no se arrepentía de estar donde estaba. Allí había también cosas maravillosas. Había visto la luz del sol arrancando destellos de cataratas heladas que caían sobre precipicios pedregosos, y un prado entre montañas lleno de flores silvestres otoñales, olasfrías azules, llamas de hielo de un vivo escarlata, y extensiones de hierba de gaitero color paja y oro. Había oteado desde la cima de barrancos tan profundos y negros que parecían llevar a algún infierno, y había cruzado a caballo un puente de piedra natural, azotado por el viento, sin nada más que cielo a ambos lados. Las águilas hacían sus nidos en las alturas y descendían a los valles para cazar, trazando círculos perezosos con aquellas grandes alas color gris azulado que casi parecían parte del cielo. En cierta ocasión vio cómo un gatosombra acechaba a un carnero, cómo parecía fluir por la ladera de la montaña como humo líquido, mientras se preparaba para atacar.
«Ahora nos toca atacar a nosotros.» Habría dado cualquier cosa por saber moverse con la seguridad y el sigilo del gatosombra, por poder matar con la misma rapidez. Llevaba a Garra en su funda, cruzada a la espalda, pero tal vez no tuviera sitio para utilizarla. Tenía un cuchillo y una daga por si había que atacar más de cerca. «Ellos también irán armados, y yo no tengo cota de malla.» Se preguntaba quién sería al final el gatosombra, y quién el carnero.
Siguieron el sendero durante un largo trecho, con sus giros y sus recodos, siempre por la ladera de la montaña, siempre hacia arriba. En ocasiones la montaña se replegaba sobre sí misma y perdían de vista la hoguera, pero tarde o temprano volvía a aparecer. El sendero que había elegido Serpiente de Piedra habría sido intransitable con caballos. En algunos tramos Jon tenía que pegar la espalda a la piedra fría y caminar de lado como un cangrejo, centímetro a centímetro. El camino era traicionero incluso cuando se ensanchaba; había grietas que podían engullir la pierna de un hombre, rocas sueltas que hacían tropezar, hondonadas en las que el agua se acumulaba durante el día y se congelaba por la noche.
«Un paso detrás de otro —se dijo Jon—. Un paso detrás de otro, y no me caeré.»
No se había afeitado desde que dejaron atrás el Puño de los Primeros Hombres, y el vello que le crecía en el labio superior estuvo pronto cubierto de escarcha. A las dos horas de escalada, el viento lo golpeaba con tanta fuerza que no podía hacer más que encogerse, aferrarse a la roca y rezar para que una ráfaga no lo arrancara de la montaña. «Un paso detrás de otro —siguió cuando el vendaval se calmó un poco—. Un paso detrás de otro y no me caeré.»
No tardaron en estar a una altura tal que no era nada recomendable mirar hacia abajo. De hacerlo, lo único que se divisaba era una negrura abismal, idéntica a la negrura de arriba en todo excepto en la luna y en las estrellas.
—La montaña es tu madre —le había dicho Serpiente de Piedra hacía unos días, durante un ascenso bastante menos complicado—. Aférrate a ella, aprieta la cara contra sus tetas, y ella no te dejará caer.
Jon se lo había tomado a broma, comentó que siempre se había preguntado quién sería su madre, pero que nunca pensó que la encontraría en los Colmillos Helados. En aquel momento ya no le parecía tan divertido. «Un paso detrás de otro», pensó mientras se agarraba a la roca.
El estrecho sendero terminaba bruscamente en un punto donde una roca inmensa de granito negro salía de la ladera de la montaña. Comparada con la luz brillante de la luna, su sombra era tan negra que parecía la entrada de una caverna.
—Por aquí arriba —dijo el explorador en voz baja—. Tenemos que situarnos por encima de ellos. —Se quitó los guantes, se los metió debajo del cinturón y se ató un extremo de la cuerda en torno a la cintura, y el otro en torno a la de Jon—. Cuando la cuerda se ponga tensa, sígueme.
El explorador no esperó respuesta, sino que se puso en marcha al instante, y empezó a trepar con los dedos de las manos y con los pies a una velocidad que a Jon le pareció increíble. La larga cuerda se fue desenroscando poco a poco. Jon lo estudió con atención para tomar nota mental de cómo subía y dónde buscaba asidero, y cuando se desenroscó el último tramo de cuerda se quitó los guantes y lo siguió, aunque mucho más despacio.
Serpiente había atado la cuerda alrededor de un saliente de roca lisa y lo estaba esperando, pero en cuanto Jon llegó, la soltó y empezó a trepar de nuevo. En esta ocasión no había ningún refugio adecuado cuando llegó al extremo, de manera que sacó el martillo con la cabeza envuelta en fieltro y clavó una clavija en una hendidura de la piedra con una serie de golpes suaves. Pese a lo delicado de los martillazos, resonaban con tanta fuerza contra la piedra que Jon parpadeaba con cada golpe, seguro de que los salvajes también los estarían oyendo. Una vez la clavija estuvo firme, Serpiente ató bien la cuerda, y Jon empezó la ascensión. «Mama de la teta de la montaña —se recordó—. No mires hacia abajo. Descansa el peso sobre los pies. No mires hacia abajo. Mira la roca que tienes delante. Hay un buen asidero, sí. No mires abajo. En aquella cornisa puedo recuperar el aliento, sólo tengo que llegar allí. No mires abajo.»
En un momento dado le resbaló el pie sobre el que apoyaba el peso, y durante un instante se le detuvo el corazón, pero los dioses fueron misericordiosos y no cayó. Notaba cómo el frío de la roca se le metía en los dedos, pero no se atrevía a ponerse los guantes; por ceñidos que parecieran, los guantes resbalarían, el tejido se movería entre la piel y la piedra, y en aquel lugar aquello significaba la muerte. Las manos quemadas se le empezaron a entumecer, y no tardaron en dolerle. Sin darse cuenta se había hecho sangre en un pulgar, y dejaba manchas de sangre allí donde ponía los dedos. Para sus adentros, deseó seguir teniendo diez cuando terminara la ascensión.
Subieron, subieron, subieron, como sombras negras que se arrastraran sobre la pared de roca bañada por la luz de la luna. Cualquiera que se encontrara en la base del paso los habría divisado sin dificultad, pero la montaña los ocultaba de los ojos de los salvajes reunidos en torno a su hoguera. Ya estaban cerca, Jon lo presentía. Pero ni aun así se permitió pensar en los enemigos que lo esperaban sin saberlo. En cambio pensó en su hermano, que estaba en Invernalia. «A Bran le encantaba trepar. Ojalá yo tuviera la décima parte de su valor.»
A dos tercios del trayecto hasta la cima, el ascenso quedaba interrumpido por una grieta traicionera en la piedra helada. Serpiente le tendió la mano para ayudarlo a subir. Se había puesto los guantes de nuevo, y Jon hizo lo mismo. El explorador hizo un gesto con la cabeza para señalar hacia la izquierda, y los dos reptaron por la cornisa a lo largo de trescientos metros o más, hasta divisar el brillo tenue anaranjado más allá de borde del precipicio.
Los salvajes habían encendido la hoguera en una hondonada desde la que se divisaba la parte más angosta del paso, al borde de un abismo y contra una pared de roca que los resguardaba de las peores ráfagas de viento. La misma pared que los protegía permitió a los hermanos negros llegar arrastrándose sobre el vientre a pocos metros de ellos, mirando desde arriba a los hombres a los que tenían que matar.
Uno de ellos estaba dormido, enroscado bajo un montón de pieles. Jon no distinguió ninguno de sus rasgos, aparte de la cabellera rojiza que brillaba a la luz del fuego. El segundo estaba sentado cerca de las llamas, de cuando en cuando añadía ramas a la hoguera y se quejaba del viento con voz lastimera. El tercero vigilaba el paso, aunque no había mucho que ver, únicamente un inmenso cuenco de oscuridad bordeado por las montañas nevadas. El que vigilaba era el que llevaba el cuerno.
«Tres.» Durante un momento, Jon no supo qué iban a hacer. «Pensábamos que sólo habría dos.» Pero uno estaba durmiendo. Y tanto daba si eran dos, tres o veinte, tenía que hacer lo que había ido a hacer allí. Serpiente de Piedra le tocó el brazo y le señaló al salvaje del cuerno. Jon hizo un gesto en dirección al sentado junto a la hoguera. Resultaba extraño elegir a qué hombre iba a matar cada uno. Se había pasado la mitad de la vida con una espada y un escudo, entrenándose para aquel momento. «¿Se sentiría Robb así antes de su primera batalla?», se preguntó. Pero no había tiempo para pensar en la respuesta. Serpiente se movió tan deprisa como el animal cuyo apodo llevaba, lanzando una lluvia de guijarros sobre los salvajes. Jon desenvainó a Garra y lo siguió.
Todo pareció suceder en un abrir y cerrar de ojos. Más tarde Jon se detendría a admirar el valor del salvaje que intentó echar mano del cuerno antes que de la espada. Consiguió llevárselo a los labios, pero antes de que pudiera hacerlo sonar Serpiente de Piedra se lo arrancó de las manos con un golpe de la espada corta. El hombre que le había correspondido a Jon se puso en pie de un salto y le blandió una tea encendida delante del rostro. Jon sintió el calor de las llamas en las mejillas y retrocedió un paso. Por el rabillo del ojo, vio cómo el que antes dormía empezaba a moverse, y comprendió que tenía que acabar pronto con su adversario. Cuando volvió a blandir la tea encendida, se lanzó contra ella esgrimiendo la espada bastarda con ambas manos. El acero valyrio atravesó el cuero, las pieles, la lana y la carne, pero cuando el salvaje cayó se retorció y le arrancó la espada de las manos. En el suelo, el que había estado dormido se incorporó entre las pieles. Jon echó mano de la daga, agarró al hombre por el pelo y le puso la hoja bajo la barbilla mientras él... no, ella...
Se detuvo en seco.
—Es una chica.
—Es una vigía —replicó Serpiente de Piedra—. Y una salvaje. Acaba con ella.
Jon vio el miedo y el fuego en los ojos de la muchacha. Le corría un hilillo de sangre por el cuello blanco, allí donde la punta de la daga le había cortado la piel. «Un tajo y se acabó», se dijo. Estaba tan cerca que le llegaba el olor a cebolla de su aliento. «Parece de mi edad.» La chica tenía algo que le recordaba a Arya, aunque no había ninguna semejanza física.
—¿Te rindes? —preguntó al tiempo que giraba la daga. «¿Y si dice que no?»
—Me rindo. —Las palabras se condensaron en el aire frío.
—Entonces eres nuestra prisionera —dijo Jon apartando la daga de la piel suave del cuello.
—Qhorin no dijo nada de tomar prisioneros —dijo Serpiente de Piedra.
—Tampoco dijo que no los tomáramos.
Jon soltó el pelo de la chica, que retrocedió para alejarse de ellos.
—Es una guerrera. —Serpiente señaló el hacha de mango largo que había entre las pieles—. Eso es lo que buscaba cuando la agarraste. Si le das media ocasión, te la clavará entre los ojos.
—Entonces no le daré media ocasión. —Dio una patada al hacha para alejarla de la prisionera—. ¿Cómo te llamas?
—Ygritte.
La chica se frotó la garganta con la mano y contempló la sangre húmeda en los dedos. Jon enfundó la daga y arrancó a Garra del cuerpo del hombre al que había matado.
—Eres mi prisionera, Ygritte.
—Yo te he dicho mi nombre.
—Me llamo Jon Nieve.
—Es un nombre malvado —dijo con una mueca.
—Es un nombre de bastardo —dijo él—. Mi padre era Lord Eddard Stark de Invernalia.
La chica lo miró con cautela, pero Serpiente de Piedra soltó una risita mordaz.
—Oye, lo habitual es que sean los prisioneros los que respondan a las preguntas. —El explorador echó una rama larga a la hoguera—. Aunque no va a decir nada. He visto a salvajes cortarse la lengua a mordiscos antes de contar nada. —Cuando el extremo de la rama estuvo encendido con llamas vivas, dio dos pasos adelante y la lanzó hacia el paso. La rama cayó girando en la noche, hasta que la perdieron de vista.
—Tendríais que quemar a los que habéis matado —dijo Ygritte.
—Para eso hace falta una hoguera más grande, y las hogueras grandes brillan mucho. —Serpiente de Piedra se dio la vuelta y escudriñó la negrura de la noche en busca de alguna chispa de luz—. ¿Qué pasa, hay más salvajes en las proximidades?
—Quemadlos —insistió la chica tercamente—, o puede que volváis a necesitar las espadas.
—Quizá deberíamos hacer lo que dice. —Jon recordaba a Othor, muerto, con las manos frías y negras.
—Hay otros sistemas. —Serpiente se arrodilló junto al hombre al que había matado, le quitó la capa, las botas, el cinturón y el chaleco, luego se echó el cadáver a los hombros enjutos y lo llevó hasta el borde. Lo lanzó al vacío con un gruñido de esfuerzo. Un momento más tarde oyeron el golpe pesado, húmedo, mucho más abajo. Para entonces el explorador ya estaba desnudando el segundo cadáver. Lo arrastró por los brazos, Jon lo cogió por los pies, y juntos lanzaron el cuerpo a la negrura de la noche.
Ygritte los observaba sin decir nada. Jon se dio cuenta de que era mayor de lo que le había parecido al principio. Tendría tal vez veinte años, aunque era menuda para su edad, patizamba, con el rostro redondo, las manos pequeñas y la nariz respingona. Tenía una mata desgreñada de pelo rojo. Allí acurrucada parecía regordeta, pero la mayor parte de su volumen se debía a las capas de pieles, lana y cuero. Bajo todo aquello podía ser tan flaca como Arya.
—¿Os enviaron a vigilar por si aparecíamos nosotros? —le preguntó Jon.
—Vosotros o cualquiera.
—¿Qué nos aguarda más allá del paso? —preguntó Serpiente de Piedra mientras se calentaba las manos sobre la hoguera.
—El pueblo libre.
—¿Cuántos son?
—Cientos y miles. Más de los que has visto nunca, cuervo. —Sonrió. Tenía los dientes torcidos, pero muy blancos.
«No sabe cuántos son.»
—¿Qué hacéis aquí?
Ygritte no dijo nada.
—¿Qué hay en los Colmillos Helados que tanto interesa a vuestro rey? Aquí no podéis quedaros mucho tiempo, no hay comida.
La chica miró para otro lado.
—¿Tenéis intención de atacar el Muro? ¿Cuándo?
Ella contempló las llamas como si no lo oyera.
—¿Sabes algo de mi tío, Benjen Stark?
Ygritte siguió sin hacerle caso. Serpiente de Piedra se echó a reír.
—Si te escupe la lengua, no digas que no te lo advertí.
Un gruñido bajo despertó ecos en las rocas. «Un gatosombra», comprendió Jon al instante. Se levantó en el momento en que se oía otro, más cercano. Desenvainó la espada y escuchó.
—No nos molestarán —dijo Ygritte—. Han venido a por los muertos. Esos gatos huelen un cadáver a diez kilómetros de distancia. Se quedarán ahí hasta que se hayan comido hasta el último jirón de carne, romperán los huesos para chupar la médula.
Jon oyó los ruidos de los animales comiendo. Aquello lo hizo sentir intranquilo. El calor del fuego le había hecho darse cuenta de hasta qué punto estaba agotado, pero no se atrevía a dormir. Había tomado una prisionera, a él le correspondía vigilarla.
—Esos dos que matamos —dijo en voz baja—, ¿eran parientes tuyos?
—No más que tú.
—¿Yo? —El muchacho frunció el ceño—. ¿Qué quieres decir?
—Dijiste que eras el bastardo de Invernalia.
—Así es.
—¿Quién fue tu madre?
—Una mujer. Es lo más habitual. —Alguien le había dado aquella respuesta en cierta ocasión. No recordaba quién.
—¿Y nunca te cantó la canción de la rosa invernal? —La chica volvió a mostrar los dientes blancos en una sonrisa.
—No conocí a mi madre. Ni conozco esa canción.
—La compuso Bael el Bardo. Fue el Rey-más-allá-del-Muro hace mucho tiempo. Todos los hombres libres se saben sus canciones, pero a lo mejor en el sur no las cantáis.
—Invernalia no está en el sur —objetó Jon.
—Para nosotros, sí; todo lo que hay al otro lado del Muro está al sur.
—Me imagino que es cuestión de dónde esté cada uno. —Nunca se le había ocurrido plantearlo de aquella manera.
—Sí —asintió Ygritte—. Como siempre.
—Cuéntame —pidió Jon. Qhorin tardaría horas en subir, una narración lo mantendría despierto—. Me interesa oír esa historia.
—Puede que no te guste.
—De todos modos me interesa.
—Qué valiente, el cuervo —se burló la chica—. Bueno, mucho antes de reinar sobre los hombres libres, Bael era un gran aventurero.
—Cuando dice aventurero —soltó Serpiente con un bufido— quiere decir asesino, ladrón y violador.
—Eso también depende de dónde esté cada uno —dijo Ygritte—. El Stark de Invernalia quería la cabeza de Bael, pero no podía apresarlo, y el sabor del fracaso lo exasperaba. Un día, llevado por la amargura, dijo que Bael era un cobarde que sólo atacaba a los débiles. Cuando Bael se enteró de aquello, juró que daría una lección al señor. De manera que escaló el Muro, bajó por el camino real, y entró en Invernalia una noche de invierno, con un arpa en la mano, diciendo llamarse Sygerrik de Skagos. Sygerrik significa «embustero» en la lengua antigua, la que hablaban los primeros hombres y todavía hablan los gigantes.
»Ya sea en el norte o en el sur, los bardos siempre son bienvenidos, de modo que Bael comió en la mesa del propio Lord Stark y tocó para el señor durante la mitad de la noche. Cantó canciones antiguas, y algunas nuevas que él mismo compuso, y tan bien tocó y cantó que, cuando terminó, el señor le ofreció la recompensa que quisiera.
»—Lo único que pido es una flor —dijo Bael—, la flor más hermosa de los jardines de Invernalia.
»Daba la casualidad de que las rosas invernales acababan de florecer, y no hay flor tan rara ni valiosa. De manera que el Stark envió a sus jardineros a los invernaderos, con la orden de que eligieran la rosa más bella y la cortaran para pagar con ella al bardo. Así se hizo. Pero, cuando amaneció, el bardo había desaparecido... y también la hija doncella de Lord Brandon. Encontraron su lecho vacío, y sobre la almohada la rosa azul que Bael había dejado.
—¿Qué Brandon? —Era la primera vez que Jon oía aquella historia—. Brandon el Constructor vivió en la Edad de los Héroes, miles de años antes que Bael. También hubo un Brandon el Incendiario y su padre, Brandon el Naviero, pero...
—Éste era Brandon el Sin Hija —replicó Ygritte con brusquedad—. ¿Te cuento la historia o no?
—Vale —dijo Jon con el ceño fruncido—, sigue.
—Lord Brandon no tenía más hijos. Por orden suya, los cuervos negros volaron a cientos desde sus castillos, pero no encontraron ni rastro de Bael ni de la doncella. Buscaron durante más de un año, pero en ningún lugar dieron con Bael ni con la doncella, y pareció que la estirpe de los Stark había llegado a su fin. Pero una noche, mientras yacía aguardando la muerte, Lord Brandon oyó el llanto de un niño. Buscó la fuente del sonido y encontró a su hija otra vez en su cuarto, dormida y con un bebé al pecho.
—¿Bael la llevó de vuelta?
—No. Estuvieron todo el tiempo en Invernalia, escondidos entre los muertos que hay bajo el castillo. La doncella amaba tanto a Bael que le dio un hijo, o eso dice la canción... porque, la verdad, en todas las canciones que compuso Bael había mujeres a montones que lo amaban. Bueno, el caso es que Bael dejó al bebé como pago por la rosa que había arrancado, y cuando el chico creció se convirtió en el siguiente Lord Stark. Así que ya ves, por tus venas igual que por las mías corre sangre de Bael.
—Eso no es más que un cuento —dijo Jon.
—Puede que sí, puede que no. —La chica se encogió de hombros—. Pero como canción está muy bien. Mi madre me la cantaba siempre. También era una mujer, Jon Nieve, como la tuya. —Se frotó la garganta, se tocó el corte que le había hecho con la daga—. La canción termina cuando encuentran al bebé, pero la historia tiene un final más sombrío. Treinta años más tarde, cuando Bael era el Rey-más-allá-del-Muro y fue hacia el sur a la cabeza del pueblo libre, el joven Lord Stark se enfrentó a él en el Vado Helado... y lo mató cuando cruzaron las espadas, porque Bael no quiso dañar a su hijo.
—De manera que fue el hijo quien mató al padre —dijo Jon.
—Así fue —asintió—, pero los dioses aborrecen a los que derraman la sangre de su sangre, aunque lo hagan sin saberlo. Cuando Lord Stark regresó de la batalla, y su madre vio que llevaba clavada en la punta de la lanza la cabeza de Bael, loca de dolor se tiró desde la torre. Su hijo no vivió mucho más, uno de sus señores lo despellejó y se hizo una capa con su piel.
—Ese Bael era un mentiroso —replicó Jon, ya seguro.
—No —dijo Ygritte—, pero la verdad de un bardo no es igual que la tuya o la mía. Además, el que me pidió que contara la historia fuiste tú. —Le dio la espalda, cerró los ojos y fingió dormirse.
El amanecer y Qhorin Mediamano llegaron al mismo tiempo. Las piedras negras se habían tornado grises, y el cielo hacia el este era de color índigo cuando Serpiente de Piedra divisó a los exploradores que ascendían. Jon despertó a la prisionera y la sujetó por el brazo cuando bajaron para reunirse con ellos. Por suerte había otro camino de descenso hacia el noroeste, mucho más accesible que aquel por el que habían subido. Esperaron en un desfiladero angosto a que llegaran sus hermanos, tirando de las riendas de los caballos. Nada más captar su olor, Fantasma saltó hacia él. Jon se acuclilló para permitir que el lobo huargo le cerrara los dientes en torno a la muñeca. Para ellos era un juego, pero al alzar la vista vio que Ygritte los estaba mirando con los ojos como platos.
Qhorin Mediamano no hizo ningún comentario al ver a la prisionera.
—Había tres —le dijo Serpiente de Piedra, y eso fue todo.
—Ya vimos a dos por el camino —dijo Ebben—, o más bien lo que quedaba de ellos después de que los encontraran los gatos. —Miró a la chica con acritud, la desconfianza pintada en el rostro.
—Ésta se rindió —se sintió obligado a decir Jon.
—¿Sabes quién soy? —preguntó Qhorin con el rostro impasible.
—Qhorin Mediamano. —En comparación con él la muchacha parecía una niña, pero lo miraba con descaro.
—Dime la verdad. Si yo cayera en manos de los tuyos y me rindiera, ¿qué conseguiría con eso?
—Una muerte más lenta que si no te hubieras rendido.
—No tenemos comida para ella —dijo el explorador mirando a Jon—, ni nos sobran hombres para vigilarla.
—El camino que nos aguarda es muy peligroso, hijo —dijo Escudero Dalbridge—. Un grito cuando haga falta silencio y todos estamos perdidos.
—Un beso de acero la hará callar. —Ebben desenfundó la daga.
—Se rindió a mí. —Jon tenía la garganta seca. Los miró a todos, impotente.
—Entonces tendrás que ser tú quien haga lo que haya que hacer —dijo Qhorin Mediamano—. Eres de la sangre de Invernalia, y un hombre de la Guardia de la Noche. —Miró a los demás—. Vamos, hermanos, es mejor que lo dejemos solo. Le resultará más fácil si no estamos mirando.
A la cabeza del resto de los hombres, empezó a ascender por el sendero tortuoso, hacia el brillo pálido y rosado del sol allí donde asomaba entre dos montañas. Pronto Jon y Fantasma estuvieron a solas con la chica salvaje.
Había pensado que Ygritte intentaría escapar, pero se quedó allí de pie, a la espera, con los ojos clavados en él.
—Nunca has matado a una mujer, ¿verdad? —Jon sacudió la cabeza—. Pues morimos igual que los hombres. Pero no tienes que matarme. Mance te aceptará entre nosotros, estoy segura. Hay caminos secretos. Esos cuervos no nos cogerán jamás.
—Soy tan cuervo como ellos —dijo Jon.
La chica asintió, resignada.
—¿Me quemarás luego?
—No puedo, verían el humo.
—Qué más da. —Se encogió de hombros—. En fin, se puede acabar en lugares peores que la barriga de un gatosombra.
Jon desenfundó a Garra sacándola por encima del hombro.
—¿No estás asustada?
—Anoche sí —reconoció ella—. Pero ahora ha salido el sol. —Se echó el pelo a un lado para dejar el cuello al descubierto, y se arrodilló ante él—. Que sea un tajo certero, cuervo, o volveré de entre los muertos para perseguirte.
Garra no era tan larga ni tan pesada como Hielo, el espadón de su padre, pero era de acero valyrio. Rozó con el filo el punto donde debía asestar el golpe. Ygritte se estremeció.
—Está fría —dijo—. Venga, date prisa.
Alzó a Garra por encima de su cabeza, con las dos manos en torno al puño. «Un golpe, sólo uno, con todas mis fuerzas.» Al menos podía proporcionarle una muerte rápida y limpia. Era hijo de su padre. ¿Verdad? ¿Verdad?
—Hazlo ya —insistió la chica a los pocos instantes—. Bastardo. Hazlo ya. El valor no me va a durar para siempre. —Al no sentir el golpe, giró la cabeza para mirarlo.
—Vete —murmuró Jon bajando la espada. Ygritte lo siguió mirando—. Vete —añadió él—, corre. Antes de que recupere el juicio. Corre.
La chica echó a correr.
SANSA
Hacia el sur, el humo ennegrecía el cielo. Se alzaba serpenteante de un centenar de incendios, con dedos de hollín que manchaban las estrellas. Al otro lado del río Aguasnegras, una línea de llamas ardía toda la noche de horizonte a horizonte, y en la orilla más cercana el Gnomo había hecho incendiar todo lo que había a lo largo de la ribera: muelles, almacenes, casas y burdeles, cualquier edificación que estuviera fuera de los muros de la ciudad.
El aire tenía sabor a ceniza incluso dentro de la Fortaleza Roja. Cuando Sansa encontró a Ser Dontos en el silencio del bosque de dioses, el caballero le preguntó si había estado llorando.
—No, es por el humo —mintió—. Parece como si estuviera ardiendo medio Bosque Real.
—Lord Stannis quiere ahumar a los salvajes del Gnomo para hacerlos salir. —Dontos se tambaleaba al hablar, apoyado con un brazo en un castaño. Tenía una mancha de vino en la túnica roja y amarilla de bufón—. Se dedican a matar a sus exploradores y a asaltar sus líneas de aprovisionamiento. Y los salvajes también han provocado incendios. El Gnomo le dijo a la reina que más valía que Stannis enseñara a sus caballos a comer ceniza, porque no iba a encontrar ni una brizna de hierba. Se lo oí decir. Ahora que soy un bufón oigo muchas más cosas que cuando era caballero. Todo el mundo habla como si yo no estuviera presente. Además... —Se inclinó hacia delante y le echó a la cara el aliento con olor a vino—, la Araña paga con oro cualquier tontería. Creo que el Chico Luna lleva años en su nómina.
«Vuelve a estar borracho. Dice que es mi pobre Florian, y es cierto, pero no tengo a nadie más.»
—¿Es verdad que Lord Stannis quemó el bosque de dioses de Bastión de Tormentas?
Dontos asintió.
—Hizo una gran pira de árboles como ofrenda a su nuevo dios. Se lo ordenó la sacerdotisa roja. Se dice que lo tiene dominado en cuerpo y alma. Stannis juró que, si tomaba la ciudad, quemaría también el Gran Sept de Baelor.
—Ojalá. —La primera vez que Sansa había visto el Gran Sept, con sus paredes de mármol y sus siete torres de cristal, le había parecido la edificación más hermosa del mundo. Pero eso había sido antes de que Joffrey decapitara a su padre en aquellas escaleras—. Quiero que lo quemen.
—Callad, niña, los dioses os van a oír.
—¿Por qué? Mis plegarias no las oyen nunca.
—Sí que os oyen. Me enviaron a vos, ¿no?
Sansa se agarró a la corteza de un árbol. Se sentía mareada, casi febril.
—Os enviaron a mí, pero ¿de qué me habéis servido? Prometisteis que me llevaríais a mi hogar, y todavía estoy aquí.
—He hablado con un hombre al que conozco —dijo Dontos dándole unas palmaditas en el brazo—, es un buen amigo mío... y vuestro, mi señora. Cuando llegue el momento adecuado alquilará un barco rápido para ponernos a salvo.
—El momento adecuado es ahora —insistió Sansa—, antes de que empiece la batalla. Se han olvidado de mí. Podríamos escabullirnos, estoy segura.
—Ay, niña, niña, niña. —Dontos sacudió la cabeza—. Sí, podríamos salir del castillo, pero las puertas de la ciudad están más vigiladas que nunca, y el Gnomo ha cerrado todas las salidas por el río.
Era cierto. El río Aguasnegras estaba desierto como Sansa no lo había visto nunca. Todos los transbordadores estaban anclados en la orilla norte, y las galeras mercantes habían huido, o bien el Gnomo se había apoderado de ellas para utilizarlas durante la batalla. Los únicos barcos que se veían eran las galeras de combate del rey. Remaban sin cesar de arriba abajo, siempre en las aguas profundas del centro del río, intercambiando andanadas de flechas con los arqueros de Stannis situados en la orilla sur.
Lord Stannis estaba todavía en camino, pero su vanguardia había llegado hacía ya dos noches, aprovechando la luna nueva. Al despertar, Desembarco del Rey se había encontrado con el espectáculo de sus pabellones y sus estandartes. Sansa oyó decir que eran cinco mil hombres, casi tantos como capas doradas había en la ciudad. Lucían las manzanas rojas o verdes de la Casa Fossoway, la tortuga de Estermont y el zorro con flores de Florent, y su comandante era Ser Guyard Morrigen, un famoso caballero sureño a quien llamaban Guyard el Verde. En su estandarte aparecía un cuervo volando, con las negras alas extendidas sobre un cielo verde tormentoso. Pero lo que más preocupaba a los habitantes de la ciudad eran los estandartes color amarillo claro, con largas colas que parecían llamas, y en lugar del blasón de alguna casa lucían el símbolo de un dios: el corazón ardiente del Señor de la Luz.
—Cuando llegue Stannis, tendrá diez veces más hombres que Joffrey, lo dice todo el mundo.
—No importa cuán numeroso sea su ejército, pequeña, mientras sigan al otro lado del río. —Dontos le dio un apretón en el hombro—. Sin barcos, Stannis no podrá cruzarlo.
—Tiene barcos. Más que Joffrey.
—Su flota se encuentra muy lejos, en Bastión de Tormentas. Tendría que subir por Garfio de Massey y el Gaznate, y cruzar la Bahía Aguasnegras. Quizá los dioses envíen una tormenta que los barra de los mares. —Dontos le dirigió una sonrisa esperanzadora—. Ya sé que no es fácil para vos. Debéis tener paciencia, niña. Cuando mi amigo regrese a la ciudad tendremos un barco. Tened fe en vuestro Florian, y no temáis nada.
Sansa se clavó las uñas en la palma de la mano. Sentía cómo el miedo le atenazaba la boca del estómago, cada día más. Todavía la asediaban las pesadillas con recuerdos del día de la partida de la princesa Myrcella, eran sueños oscuros y asfixiantes de los que despertaba a media noche sin respiración. Oía los gritos furiosos del gentío, gritos sin palabras, como de animales. La habían rodeado, le habían tirado porquerías, trataron de derribarla de su caballo, y todo habría sido mucho peor si el Perro no se hubiera abierto camino hasta ella a golpes de espada. Habían despedazado al Septon Supremo, le habían aplastado la cabeza a Ser Aron con una roca... Y Dontos le decía que no temiera nada.
La ciudad entera tenía miedo, Sansa lo advertía desde los muros del castillo. Los habitantes se escondían tras postigos cerrados y puertas atrancadas, como si de esa forma pudieran ponerse a salvo. La última vez que cayó Desembarco del Rey los Lannister saquearon y violaron tanto como quisieron, y pasaron por la espada a cientos de hombres, aunque la ciudad les había abierto las puertas. En esta ocasión el Gnomo iba a presentar batalla, y una ciudad que se resistía no podía esperar clemencia.
Dontos no dejaba de decir tonterías.
—Si fuera caballero todavía tendría que ponerme la armadura y subir a las murallas como todos los demás. Ganas me dan de besarle los pies al rey Joffrey y darle las gracias de todo corazón.
—Si le dierais las gracias por convertiros en bufón os volvería a nombrar caballero —replicó Sansa con tono brusco.
—Mi Jonquil es una dama muy lista, ¿eh? —Dontos rió entre dientes.
—Joffrey y su madre dicen que soy estúpida.
—Que lo digan. Es mejor para vos, querida. La reina Cersei, el Gnomo, Lord Varys y todos ésos se vigilan entre ellos atentos como halcones, pero de la hija de Lady Tanda no se preocupa nadie, ¿verdad? —Se cubrió la boca con la mano para disimular un eructo—. Los dioses os guarden, mi pequeña Jonquil. —Se estaba poniendo sentimental, como siempre que bebía mucho vino—. Dad un besito a vuestro Florian. Un besito de buena suerte.
Dio un paso tambaleante hacia ella. Sansa esquivó los labios húmedos protuberantes, depositó un beso ligero en la mejilla mal afeitada y le deseó buenas noches. Tuvo que echar mano de todas sus energías para no llorar. En los últimos tiempos había estado llorando demasiado. Sabía que era un comportamiento impropio, pero no podía contenerse. Se le llenaban los ojos de lágrimas a menudo, por cualquier tontería, y era incapaz de controlarlas.
No había guardias en el puente levadizo que llevaba al Torreón de Maegor. El Gnomo había situado a casi todos los capas doradas en las murallas de la ciudad, y los caballeros blancos de la Guardia Real tenían deberes más relevantes que ir pisándole los talones. Sansa podría haber ido a cualquier lugar mientras no intentara salir del castillo, pero no había ningún sitio al que quisiera ir.
Cruzó el foso seco con el fondo lleno de estacas de hierro y subió por la estrecha escalera de caracol, pero cuando llegó ante la puerta de su dormitorio no soportó la idea de entrar. Las paredes mismas de la estancia la hacían sentir atrapada, y aunque abriera la ventana de par en par sentía como si le faltara el aire.
Sansa volvió a las escaleras y siguió subiendo. El humo desdibujaba las estrellas y la fina luna creciente, de manera que la noche era oscura y llena de sombras. Pero desde allí se podía divisar todo: las altas torres y los grandes baluartes de la Fortaleza Roja, el laberinto de callejuelas de la ciudad, las aguas oscuras del río al sur y al oeste, la bahía al este, las columnas de humo y pavesas, y hogueras, hogueras por todas partes. Los soldados se movían por las murallas de la ciudad como hormigas con antorchas, poblaban los parapetos que habían brotado de las almenas. Abajo, junto a la Puerta del Lodazal, la forma vaga de tres catapultas gigantescas se alzaba ante la humareda. Eran enormes, las más grandes que nadie hubiera visto jamás, al menos cinco metros más altas que las murallas. Pero ni siquiera aquello conseguía que tuviera menos miedo. Sintió una punzada que la recorría, tan violenta que dejó escapar un sollozo y se llevó las manos al vientre.
Estuvo a punto de caerse, pero de pronto una sombra se movió, y unos dedos fuertes la sujetaron por el brazo hasta que recuperó el equilibrio.
Sansa se apoyó en las almenas y clavó los dedos en la piedra áspera.
—Dejadme —sollozó—. Soltadme.
—El pajarito cree que tiene alas, ¿eh? ¿O qué quieres, acabar tullida como tu hermanito?
—No me iba a caer. —Sansa se retorció para librarse de él—. Es que... me habéis sobresaltado, nada más.
—Quieres decir que te he asustado. Y todavía te asusto.
—Creía que no había nadie, y... —Respiró hondo para tratar de calmarse. Apartó la vista.
—El pajarito aún no soporta mirarme a la cara, ¿verdad? —El Perro la soltó—. Pues cuando el populacho te tenía rodeada, bien que te alegraste de verme, ¿no te acuerdas?
Sansa se acordaba demasiado bien. Se acordaba de los gritos y los insultos, de cómo le corría la sangre por la mejilla cuando le lanzaron la piedra, del olor a ajo en el aliento del hombre que había intentado derribarla del caballo. Todavía sentía el pellizco doloroso de unos dedos en la muñeca cuando perdió el equilibrio y empezó a caer.
En aquel momento pensó que iba a morir, pero los dedos se estremecieron, los cinco a la vez, y el hombre lanzó un grito agudo como un relincho de caballo. La mano la soltó, y otra mano, más fuerte, la afianzó en la silla de montar. El hombre del aliento de ajo estaba en el suelo, la sangre manaba a borbotones del muñón de su brazo; pero había más, la rodeaban, muchos llevaban palos en las manos. El Perro saltó contra ellos, su espada era un torbellino de acero que levantaba a su paso una neblina roja. Cuando sus enemigos huyeron soltó una carcajada, durante un momento aquel espantoso rostro quemado se transformó.
Se obligó a alzar la vista, a mirarlo de verdad. Era una muestra de cortesía, y una dama siempre debía ser cortés. «Lo peor no son las cicatrices, ni cómo se le retuerce la boca. Lo peor son los ojos.» Jamás había visto unos ojos tan llenos de ira.
—De... debí ir a veros... después de aquello —dijo a trompicones—. Para... para daros las gracias... por salvarme... fuisteis muy valiente.
—¿Valiente? —Soltó una carcajada que más bien parecía un gruñido—. Un perro no necesita valor para espantar a las ratas. Eran treinta contra mí, y ni uno osó hacerme frente.
Sansa no soportaba que siempre fuera tan brusco, que hablara de manera tan iracunda.
—¿Os proporciona placer asustar a la gente?
—No. Lo que me proporciona placer es matarla. —Retorció la boca en una mueca—. Arruga el ceño si quieres, pero no me vengas con monsergas. Eras hija de un gran señor. No me digas que Lord Eddard Stark de Invernalia no mató nunca a nadie.
—Sí, pero lo hacía porque era su deber. No le gustaba.
—¿Eso te decía? —Clegane soltó otra carcajada—. Tu padre te mintió. No hay nada mejor que matar. —Desenvainó la espada larga—. Mira, esto sí es la verdad. Tu querido padre lo descubrió en las escaleras de Baelor. Señor de Invernalia, Mano del Rey, Guardián del Norte, el poderoso Eddard Stark, de una estirpe que se remonta más de ocho mil años... pero a la espada de Ilyn Payne le dio igual a la hora de atravesarle el cuello. ¿Te acuerdas de cómo bailó cuando le quitaron la cabeza de encima de los hombros?
—¿Por qué sois siempre tan odioso? —Sansa se estrechó los brazos contra el cuerpo. De repente tenía mucho frío—. Yo os estaba dando las gracias...
—Sí, como si fuera uno de esos verdaderos caballeros que tanto te gustan. ¿Para qué crees que sirven los caballeros, niña? Tú piensas que todo es cosa de recibir prendas de las damas y quedar guapo con una armadura chapada en oro. Pero no, los caballeros sirven para matar. —Le puso la espada en el cuello, justo debajo de la oreja. Sansa sintió el filo del acero—. La primera vez que maté a un hombre tenía doce años. Y he perdido la cuenta de los que he matado desde entonces. Grandes señores de noble linaje, ricachones gordos vestidos de terciopelo, caballeros hinchados como vejigas de tanto honor, y sí, también mujeres y niños. No son más que carne, y yo soy el carnicero. Que se queden con sus tierras, con sus dioses y con su oro. Que se queden con sus títulos de ser. —Sandor Clegane escupió a sus pies para demostrarle lo que opinaba de ellos—. Que yo me quedo con esto —dijo al tiempo que le apartaba la espada de la garganta—. Mientras lo tenga, no temeré a ningún hombre.
«Excepto a vuestro hermano —pensó Sansa, aunque tuvo suficiente sentido común para no decirlo en voz alta—. Es un perro, como él mismo dice siempre. Un perro medio salvaje y malvado que muerde la mano que intenta acariciarlo, pero aun así atacará a cualquiera que intente hacer daño a sus amos.»
—¿Ni siquiera a los que están al otro lado del río?
Clegane desvió la vista hacia las hogueras lejanas.
—Hogueras y más hogueras. —Envainó la espada—. Sólo los cobardes luchan con fuego.
—Lord Stannis no es ningún cobarde.
—Tampoco es tan hombre como lo fue su hermano. Robert nunca había dejado que una minucia como un río lo detuviera.
—¿Qué haréis vos cuando lo cruce?
—Luchar. Matar. Puede que morir.
—¿Y no tenéis miedo? Puede que los dioses os envíen a un infierno espantoso por todo el mal que habéis hecho.
—¿Qué mal? —Se echó a reír—. ¿Qué dioses?
—Los dioses que nos hicieron a todos.
—¿A todos? —se burló—. Dime, pajarito, ¿qué clase de dioses hacen a un monstruo como el Gnomo, o a una retrasada como la hija de Lady Tanda? Si hay dioses, hicieron a las ovejas para que los lobos pudieran comer carne, y también hicieron a los débiles para que los fuertes jugaran con ellos.
—Los verdaderos caballeros protegen a los débiles.
—No hay verdaderos caballeros —soltó el Perro con un bufido—, igual que no hay dioses. Si no puedes protegerte a ti misma, muérete y aparta del camino de los que sí pueden. Este mundo lo rige el acero afilado y los brazos fuertes, no creas a quien te diga lo contrario.
—Sois odioso. —Sansa retrocedió un paso.
—Soy sincero. Es el mundo el que es odioso. Venga, pajarito, vete volando. Ya estoy harto de que me mires.
Sansa se marchó corriendo sin decir palabra. Sandor Clegane le daba miedo... pero una parte de su corazón deseaba que Ser Dontos tuviera un fragmento de la ferocidad del Perro.
«Sí que hay dioses —se dijo—, y también hay verdaderos caballeros. Es imposible que todas las historias sean mentira.»
Aquella noche Sansa volvió a soñar con el día de los disturbios. La turba la rodeaba, gritaba como una bestia rabiosa con mil caras. Mirase adonde mirase veía rostros retorcidos que se transformaban en máscaras monstruosas e inhumanas. Ella lloraba y decía que no les había hecho nada, pero daba igual, la tiraban del caballo. «No —gritaba—, no, por favor, no, no», pero nadie le hacía caso. Llamaba a gritos a Ser Dontos, a sus hermanos, a su padre muerto y a su loba muerta, a los héroes de las canciones, a Florian y a Ser Ryam, a Redwyne y al príncipe Aemon el Caballero Dragón, pero nadie acudía en su auxilio. Las mujeres se abalanzaban sobre ella como un enjambre, como comadrejas, le pellizcaban las piernas y le daban patadas en el estómago; le dieron un golpe en el rostro y sintió cómo se le rompían los dientes. En aquel momento vio el centellear del acero. El cuchillo se clavó en sus entrañas y la desgarró, la desgarró hasta que de ella no quedaron más que jirones húmedos.
Cuando despertó, la luz clara de la mañana entraba oblicua por la ventana, pero se sentía dolorida y enferma como si no hubiera dormido nada. Tenía algo pegajoso en los muslos. Se quitó de encima la manta, y entonces fue cuando vio la sangre. Lo primero que le vino a la cabeza fue que la pesadilla se había hecho realidad. Recordó los cuchillos que entraban en su vientre y la desgarraban. Horrorizada, se liberó de las sábanas a patadas y cayó al suelo con la respiración entrecortada, desnuda, ensangrentada y muerta de miedo.
Pero cuando ya estaba sobre la alfombra, de rodillas, apoyada con las manos en el suelo, lo comprendió de repente.
—No, por favor —sollozó Sansa—. Por favor, no. —No quería que le sucediera aquello en aquel momento, y allí, y en aquel momento, en aquel momento, en el peor momento.
La locura le nubló la mente. Se levantó, ayudándose del poste del dosel de la cama, y se lavó entre las piernas con el agua de la palangana, para quitarse todo aquello pegajoso. Cuando terminó el agua estaba teñida de sangre. Si las criadas veían aquello se darían cuenta de todo. Entonces se acordó de la ropa de cama. Horrorizada, vio la enorme mancha roja delatora. No podía pensar en nada, sólo en que tenía que quitarla de allí, si no la verían. Y no podía permitir que la vieran, o la casarían con Joffrey y la obligarían a acostarse con él.
Sansa cogió el cuchillo y cortó la sábana en torno a la mancha. «Y cuando me pregunten por el agujero, ¿qué les digo?» Las lágrimas le corrían por las mejillas. Arrancó la sábana desgarrada de la cama, y también las mantas sucias. «Tengo que quemarlas.» Hizo un ovillo con las pruebas, lo metió en la chimenea, lo empapó con el aceite de la lámpara de la mesilla, y le prendió fuego. Entonces se dio cuenta de que la sangre había calado hasta el colchón de plumas, de modo que también intentó hacerlo un ovillo, pero era muy grande, aparatoso y difícil de mover. Sansa sólo consiguió meter en el fuego la mitad. Estaba de rodillas, empeñada en meter el colchón entre las llamas mientras un humo gris espeso se arremolinaba a su alrededor y llenaba la habitación, cuando la puerta se abrió de golpe y oyó la exclamación de su doncella.
Hicieron falta tres para sujetarla, y todo en balde. La ropa de cama había ardido, pero cuando consiguieron llevársela volvía a tener los muslos llenos de sangre. Era como si su cuerpo la hubiera traicionado para entregarla a Joffrey, desplegando ante los ojos de todo el mundo el estandarte escarlata de los Lannister.
Una vez estuvo apagado el fuego, se llevaron el colchón chamuscado, airearon la estancia para que saliera el humo, y llevaron una bañera. Las mujeres iban y venían, hablaban en murmullos y le lanzaban miradas de extrañeza. Llenaron la bañera con agua casi hirviendo, la bañaron, le lavaron el cabello y le dieron un paño para que se lo pusiera entre las piernas. Para entonces Sansa había recuperado la calma y estaba avergonzada de haberse comportado como una estúpida. El humo había estropeado la mayor parte de sus vestidos. Una de las mujeres salió de la habitación y volvió con un vestido de lana verde que era más o menos de su talla.
—No es tan bonito como los vuestros, pero os quedará bien —dijo mientras se lo metía a Sansa por la cabeza—. Los zapatos no se os han quemado, así que por suerte no tendréis que ir descalza a ver a la reina.
Cuando hicieron entrar a Sansa en sus estancias, Cersei Lannister estaba desayunando.
—Puedes sentarte —dijo con gesto gentil—. ¿Tienes hambre?
Hizo una señal en dirección a la mesa. Había gachas, miel, leche, huevos duros y pescado frito crujiente. Sólo con ver la comida le entraron náuseas. Tenía el estómago hecho un nudo.
—No, gracias, Alteza.
—Es comprensible. Entre Tyrion y Lord Stannis, todo lo que como me sabe a ceniza. Y ahora a ti también te ha dado por encender hogueras. ¿Se puede saber qué pretendías?
—Me asusté al ver tanta sangre —dijo Sansa con la cabeza agachada.
—La sangre es el sello de tu feminidad. Lady Catelyn debería haberte preparado. Has tenido tu primer florecimiento, nada más.
—Mi señora madre me había hablado de esto, pero... —Sansa jamás se había sentido menos florecida—. Pero creía que sería de otra manera.
—¿Cómo?
—No sé. Menos... menos sucio y más mágico.
La reina Cersei se echó a reír.
—Pues espera a dar a luz a un niño, Sansa. La vida de una mujer es nueve partes suciedad por cada parte de magia, no tardarás en darte cuenta... y a menudo la parte que parece magia es la más sucia de todas. —Bebió un sorbo de leche—. Así que ya eres mujer. ¿Tienes idea de qué significa eso?
—Que ahora estoy en condiciones de casarme, compartir el lecho y de concebir hijos para el rey —dijo Sansa.
—Es evidente que esa perspectiva ya no te atrae tanto como hace un tiempo. —La reina le dirigió una sonrisa irónica—. Es comprensible, Joffrey siempre ha sido un poco difícil. Hasta cuando nació... estuve de parto un día y una noche. No te puedes imaginar cuánto dolió, Sansa. Grité tanto que pensé que Robert me oiría desde el Bosque Real.
—¿Su Alteza no estaba con vos?
—¿Robert? Robert estaba cazando. Siempre fue su costumbre. Cuando se acercaba mi hora, mi regio esposo huía hacia los árboles con su partida de caza y sus sabuesos. Al regreso me obsequiaba con unas cuantas pieles o una cabeza de venado, y yo le obsequiaba con un bebé.
»Pero no vayas a pensar que yo quería que estuviera conmigo. Ya tenía al Gran Maestre Pycelle y un ejército de comadronas, y también a mi hermano. Cuando le dijeron a Jaime que no podía entrar en la sala del parto, sonrió y preguntó que quién iba a impedirle pasar.
»Por desgracia, dudo mucho que Joffrey muestre tanta devoción hacia ti. La culpa se la tendrías que echar a tu hermana, si no estuviera muerta. Mi hijo no ha podido olvidar aquel día en el Tridente, cuando viste cómo Arya lo humillaba, de manera que para vengarse él te humilla a ti. Pero eres más fuerte de lo que pareces, sobrevivirás a un poco de humillación. Igual que sobreviví yo. Tal vez no ames al rey, pero amarás a sus hijos.
—Amo a Su Alteza con todo mi corazón.
—Más vale que te aprendas unas cuantas mentiras nuevas, y que sea pronto. —La reina suspiró—. Te aseguro que ésa no le va a gustar a Lord Stannis.
—El nuevo Septon Supremo dijo que los dioses no permitirán la victoria de Lord Stannis, ya que Joffrey es el rey legítimo.
—Hijo legítimo y heredero de Robert, sí. —Un atisbo de sonrisa aleteó sobre los labios de la reina—. Aunque Joff se echaba a llorar siempre que Robert lo cogía en brazos. A Su Alteza no le hacía gracia. Sus hijos ilegítimos siempre le hacían gorgoritos, y le chupaban el dedo cuando lo metía en sus boquitas de bastardos. Robert siempre quería sonrisas y aclamaciones, de manera que se iba con quien se las daba, sus amigos y sus putas. Robert quería ser amado. Mi hermano Tyrion padece la misma enfermedad. ¿Tú quieres ser amada, Sansa?
—Todo el mundo quiere ser amado.
—Por lo que veo el florecimiento no te ha hecho más avispada —dijo Cersei—. Permíteme que comparta contigo, en este día tan especial, un poco de sabiduría femenina, Sansa. El amor es un veneno. Un veneno dulce, sí, pero un veneno que mata.
JON
La oscuridad imperaba sobre el Paso Aullante. Los inmensos flancos de piedra de las montañas ocultaban el sol durante casi todo el día, de manera que cabalgaban a la sombra, mientras el aliento del hombre y el del caballo se condensaban en el aire frío. Los dedos gélidos de agua bajaban serpenteantes de las acumulaciones de nieve para formar charquitos helados que crujían y se agrietaban bajo los cascos de sus pequeños caballos. En ocasiones veían unas cuantas briznas de hierba que luchaban por crecer en la hendidura de una roca, y aquí y allá una mancha de líquenes descoloridos, pero no había más vegetación, y los árboles habían quedado ya abajo.
El sendero era tan empinado como estrecho, siempre ascendente. Cuando el paso era tan angosto que los exploradores tenían que ir en fila de uno, Escudero Dalbridge iba a la cabeza, escudriñando las cumbres con el arco en la mano. Tenía la vista más aguda de toda la Guardia de la Noche.
Fantasma, inquieto, caminaba siempre al lado de Jon. De cuando en cuando se detenía y se volvía con las orejas erguidas, como si hubiera oído algún ruido a su espalda. Jon creía que los gatosombras no atacarían a hombres vivos a menos que estuvieran muy hambrientos; aun así, sacó a Garra de su vaina.
Un arco de piedra gris tallado por el viento marcaba el punto más elevado del paso. Allí el camino se ensanchaba e iniciaba el largo descenso hacia el valle del Agualechosa. Qhorin decidió que descansarían allí hasta que las sombras volvieran a imperar.
—Las sombras son amigas de los que visten de negro —dijo.
Jon lo encontró muy lógico. Habría sido agradable cabalgar a la luz del día, dejar que el radiante sol de la montaña les bañara las capas y espantara el frío de sus huesos, pero era demasiado arriesgado. Ya habían encontrado a tres vigías, podía haber otros dispuestos a dar la alarma.
Serpiente de Piedra se acurrucó bajo la desastrada capa de piel, y se durmió casi al instante. Jon compartió con Fantasma la ración de carne seca, mientras Ebben y Escudero Dalbridge daban de comer a los caballos. Qhorin Mediamano se sentó con la espalda apoyada en una roca, y se puso a afilar la espada larga con movimientos largos, pausados. Jon observó al explorador unos instantes, y al final reunió el valor necesario para dirigirse a él.
—Mi señor —dijo—, no me has preguntado cómo me fue. Con la chica.
—No soy ningún señor, Nieve. —Qhorin deslizó la piedra a lo largo del acero con su mano de dos dedos.
—Me dijo que, si escapaba con ella, Mance me aceptaría en su grupo.
—Es cierto.
—Hasta me aseguró que éramos parientes. Me contó una historia...
—Acerca de Bael el Bardo y la rosa de Invernalia. Me lo ha dicho Serpiente. Da la casualidad de que conozco esa canción. En los viejos tiempos Mance no paraba de cantarla, la aprendió en una expedición. Le gustaba muchísimo la música de los salvajes. Y también sus mujeres.
—¿Lo conocías?
—Todos lo conocíamos.
Tenía la voz triste. «Eran amigos, además de hermanos —comprendió Jon—, y ahora son enemigos a muerte.»
—¿Por qué desertó?
—Unos dicen que por una chica. Otros que por una corona. —Qhorin comprobó el filo de la espada con la yema del pulgar—. A Mance le gustaban las mujeres, sí, y no era hombre que doblara la rodilla con facilidad. Pero no fue únicamente por eso. Le gustaba la espesura más que el Muro. Lo llevaba en la sangre. Nació salvaje, lo capturaron de niño, cuando pasaron por la espada a un grupo de los salvajes. Cuando se marchó de la Torre Sombría, lo que estaba haciendo era volver a su hogar.
—¿Era un buen explorador?
—El mejor de todos nosotros —respondió Mediamano—, y también el peor. Sólo los idiotas como Thoren Smallwood desprecian a los salvajes. Son igual de valientes que nosotros, Jon. Igual de rápidos, igual de fuertes, igual de astutos. Pero no tienen disciplina. Se llaman a sí mismos «el pueblo libre», y cada uno de ellos considera que vale tanto como un rey y que sabe más que ningún maestre. Mance era igual. Jamás aprendió a obedecer.
—Igual que yo —dijo Jon en voz baja.
—Así que la dejaste ir. —Los astutos ojos grises de Qhorin parecieron atravesarlo. Su voz no mostraba sorpresa.
—¿Lo sabías?
—Ahora lo sé. Dime por qué la perdonaste.
No le resultó fácil expresarlo con palabras.
—Mi padre nunca empleaba los servicios de un verdugo. Decía que tenía un deber con los hombres a los que mataba: mirarlos a los ojos y escuchar sus últimas palabras. Y cuando miré a los ojos de Ygritte... —Jon bajó la vista y se contempló las manos, impotente—. Sé que era enemiga nuestra, pero no vi maldad en ella.
—Tampoco la habrías visto en los otros dos.
—Teníamos que elegir: sus vidas o las nuestras —replicó Jon—. Si nos hubieran visto, si hubieran hecho sonar aquel cuerno...
—Los salvajes nos habrían dado caza y habrían acabado con nosotros, desde luego.
—Pero ahora Serpiente de Piedra tiene el cuerno, y a Ygritte le quitamos el cuchillo y el hacha. La hemos dejado atrás, a pie, desarmada...
—No representa una amenaza para nosotros —asintió Qhorin—. Si hubiera querido que muriera, la habría dejado en manos de Ebben, o me habría encargado yo de ella.
—Entonces, ¿por qué me ordenaste que la matara?
—No te ordené que la mataras. Te dije que hicieras lo que había que hacer, y dejé que tú mismo decidieras qué era. —Qhorin se levantó y envainó la espada—. Si hay que escalar una montaña, llamo a Serpiente de Piedra. Si hay que clavar una flecha en el ojo de un enemigo que se encuentra al otro lado del campo de batalla mientras sopla un viento huracanado, llamo a Escudero Dalbridge. Ebben puede lograr que cualquier hombre confiese sus secretos. Para ser un líder hay que conocer a los hombres, Jon Nieve. Y yo te conozco ahora mejor que esta mañana.
—¿Y si la hubiera matado? —preguntó Jon.
—Estaría muerta, y también te conocería mejor. Pero basta ya de charla. Deberías estar durmiendo. Tenemos muchas leguas por delante, y muchos peligros a los que enfrentarnos. Necesitarás todas tus fuerzas.
Jon pensaba que no podría dormirse así como así, pero sabía que Mediamano tenía razón. Dio con un lugar resguardado del viento, bajo un saliente de roca, y se quitó la capa para utilizarla como manta.
—Fantasma —llamó—. Ven conmigo. —Siempre dormía mejor con el gran lobo blanco a su lado. Le reconfortaba su olor, y agradecía la calidez de su abundante pelaje claro. Pero, en aquella ocasión, Fantasma se limitó a mirarlo. Luego se dio media vuelta, cruzó entre los caballos y desapareció. «Quiere cazar», pensó Jon. Tal vez hubiera cabras por aquellas montañas. De algo tenían que alimentarse los gatosombras—. Espero que no te dé por cazar un gato —murmuró. Sería peligroso hasta para un lobo huargo. Se arrebujó en la capa y se tendió bajo el saliente de roca.
Cuando cerró los ojos, soñó con lobos huargos.
Había cinco, aunque deberían haber sido seis, y estaban dispersos, separados los unos de los otros. Se sintió incompleto, dolorosamente vacío. El bosque era vasto y frío, y ellos eran muy pequeños, estaban muy perdidos. Sus hermanos y su hermana tenían que estar allí, en alguna parte, pero había perdido su rastro. Se sentó sobre los cuartos traseros, alzó la cabeza hacia el cielo cada vez más oscuro, y su aullido despertó ecos en todo el bosque, con un sonido largo, triste y solitario. A medida que se fue perdiendo, alzó las orejas para oír la respuesta, pero lo único que oyó fue el suspiro de la nieve que caía.
—¿Jon?
La llamada le llegó desde la espalda, más suave que un susurro, pero fuerte a la vez. ¿Acaso un grito puede ser silencioso? Giró la cabeza en busca de su hermano, de un atisbo del esbelto cuerpo gris que se movía bajo los árboles, pero no había nada, sólo...
Un arciano.
Parecía brotar de la propia roca, con unas raíces blancuzcas que surgían retorcidas de una miríada de fisuras y grietas finas como capilares. Era un árbol estilizado, en comparación con otros arcianos que había visto, apenas un retoño, pero crecía ante sus ojos, y sus ramas se hacían más robustas a medida que ascendían hacia el cielo. Rodeó con cautela el tronco blanco y liso hasta dar con el rostro. Los ojos rojos lo miraron. Eran unos ojos feroces, pero se alegraban de verlo. El arciano tenía la cara de su hermano. Aunque, ¿cuándo había tenido su hermano tres ojos?
—Desde lo del cuervo —le dijo el grito silencioso.
Olfateó la corteza; olía a lobo, a árbol y a niño, pero por debajo había otros olores, el rico y castaño de la tierra tibia, el duro y gris de la piedra y otro más, el de algo espantoso. Supo que era la muerte. Percibía el olor de la muerte. Retrocedió acobardado, con el pelaje erizado, mostrando los colmillos.
—No tengas miedo, me gusta la oscuridad. Nadie te puede ver, y tú los ves a todos. Pero antes tienes que abrir el ojo. ¿Ves ? Así. —Y el árbol se inclinó y lo tocó.
Y de repente se encontró de nuevo en las montañas, con las patas hundidas en la nieve, al borde de un gran precipicio. Ante él, el Paso Aullante se abría al vacío, y un valle alargado en forma de uve se extendía como una manta de colores, bañado en todos los tonos de la tarde otoñal.
En un extremo del valle se divisaba una muralla de color blanco azulado, gigantesca, deslumbrante, encajonada entre las montañas como si se estuviera abriendo paso a la fuerza entre ellas, y durante un momento pensó que en sueños había vuelto al Castillo Negro. Entonces se dio cuenta de que lo que estaba mirando era una cascada de hielo de muchos cientos de metros de altura. Bajo aquel acantilado gélido y brillante había un gran lago, sus aguas profundas color cobalto reflejaban los picos coronados de nieve que lo rodeaban. Vio que en el valle había hombres, muchos, miles de ellos, un gran ejército. Algunos perforaban grandes agujeros en el terreno semihelado, mientras otros se entrenaban para la guerra. Observó cómo un enjambre de jinetes cargaban contra una barrera de escudos, a lomos de caballos del tamaño de hormigas. El sonido de la batalla fingida era como el rumor de unas hojas de acero que el viento le llevaba de cuando en cuando. El campamento no estaba planificado; no vio zanjas, ni estacas afiladas, ni hileras ordenadas de caballos. Los rudimentarios refugios de barro y las tiendas de pieles brotaban sin orden ni concierto, como una erupción de viruelas en el rostro de la tierra. Había carretadas de heno mal amontonado, y también le llegó el olor de las cabras, las ovejas, los caballos, los cerdos, los perros... De un millar de hogueras para cocinar se alzaban tentáculos de humo oscuro.
«Esto no es un ejército, igual que no es una ciudad. Es un montón de gente que se ha reunido.»
Al otro lado del largo lago se movió un montículo de tierra. Lo examinó con más atención, y vio que no era tierra, sino un ser vivo, una bestia pesada y peluda que tenía una serpiente en vez de nariz, y unos colmillos más grandes que los del jabalí más gigantesco que hubiera existido jamás. El ser que lo montaba también era enorme, y de forma extraña, con piernas y caderas demasiado anchas para ser un hombre.
En aquel momento una repentina ráfaga de frío le erizó el pelaje, y el aire se estremeció con el sonido de unas alas. Alzó la vista hacia las cumbres blancas de hielo, y una sombra se precipitó desde el cielo hacia él. Un chillido hendió el aire. Apenas tuvo tiempo de ver unas alas grandes color gris azulado, que ocultaban el sol...
—¡Fantasma! —gritó Jon, incorporándose de golpe. Aún sentía las garras, el dolor—. ¡Fantasma, conmigo!
Ebben apareció a su lado, lo agarró por los hombros y lo sacudió.
—¡Cállate! ¿Qué quieres, atraer a los salvajes o qué? ¿Qué te pasa, chico?
—He tenido un sueño —respondió Jon con voz débil—. Yo era Fantasma, estaba al borde de un precipicio, abajo había un río helado, y algo me atacó. Era un pájaro... me parece que un águila...
—Cuando yo sueño, las que me atacan son mujeres guapas —dijo Escudero Dalbridge con una sonrisa—. Ojalá soñara más a menudo.
—¿Qué has dicho de un río helado? —Qhorin se acercó a él.
—El Agualechosa mana de un gran lago, al pie de un glaciar —señaló Serpiente de Piedra.
—Había un árbol con el rostro de mi hermano. Los salvajes... había miles, más de los que me imaginaba que pudieran existir. Y también gigantes, que cabalgaban a lomos de mamuts.
Por la luz, Jon calculó que había dormido cuatro o cinco horas. Le dolía la cabeza, y también la nuca, allí donde se le habían clavado las garras. «Pero eso ha sido en el sueño.»
—Dime todo lo que recuerdes —dijo Qhorin Mediamano—. Con detalle.
—No ha sido más que un sueño. —Jon lo miró, confuso.
—Un sueño de lobo —dijo Mediamano—. Craster dijo al Lord Comandante que los salvajes se estaban agrupando en el nacimiento del Agualechosa. Puede que por eso lo soñaras. Pero también puede que hayas visto lo que nos aguarda dentro de unas horas. Cuéntamelo todo.
Se sintió un tanto estúpido contando semejantes cosas a Qhorin y al resto de los exploradores, pero hizo lo que le ordenaban. Ninguno de los hermanos negros se rió de él. Cuando terminó, la sonrisa se había esfumado de la cara de Escudero Dalbridge.
—¿Cambiapiel? —dijo Ebben a Mediamano en tono sombrío.
«¿Se refiere al águila o a mí?», pensó Jon. Los cambiapieles y los wargs eran personajes de las historias de la Vieja Tata, no del mundo en el que había vivido siempre. Pero allí, en aquel desierto de hielo y roca, no le resultaban tan increíbles.
—Los vientos fríos empiezan a soplar. Justo como se temía Mormont. Benjen Stark también lo vio venir. Los muertos caminan y los árboles vuelven a tener ojos. ¿Por qué no va a haber también wargs y gigantes?
—¿Y qué pasa, mis sueños también se van a hacer realidad? —preguntó Escudero Dalbridge—. Pues que Lord Nieve se quede con sus mamuts, yo prefiero a mis mujeres.
—He servido en la Guardia desde niño —dijo Ebben—, he llegado tan lejos como el que más en mis exploraciones. He visto huesos de gigantes y he oído muchos cuentos curiosos, pero se acabó. Ahora quiero ver lo que sea con mis ojos.
—Ten cuidado, Ebben —dijo Serpiente—, no te vayan a ver ellos a ti.
Fantasma no apareció cuando reanudaron la marcha. Las sombras cubrían ya el paso, y el sol se ocultaba rápidamente entre los picachos gemelos de la enorme montaña que los exploradores llamaban Cimaforca. «Si el sueño era verdad...» La sola idea lo aterraba. Tal vez el águila había herido a Fantasma, o lo había hecho caer al precipicio. ¿Y qué pasaba con el arciano que tenía el rostro de su hermano, por qué olía a muerte y a oscuridad?
El último rayo de sol desapareció tras los picos de la Cimaforca. El ocaso cubrió el Paso Aullante. Casi al instante el frío se hizo más intenso. Ya no ascendían. Todo lo contrario, el camino había empezado a ser descendente, aunque no de manera abrupta. Por doquier había grietas, piedras caídas y montones de rocas. «Pronto estará todo a oscuras, y ni rastro de Fantasma.» Jon estaba destrozado, pero no se atrevía a llamar al lobo huargo a gritos, como habría deseado. Se arriesgaba a que otros lo oyeran.
—Qhorin —llamó en voz baja Escudero Dalbridge—. Mira. Ahí.
El águila estaba posada en un saliente de roca, muy por encima de ellos, recortada contra el cielo cada vez más oscuro. «No es la primera águila que vemos —pensó Jon—. No tiene por qué ser la de mi sueño.»
Pese a todo, Ebben estaba dispuesto a dispararle una flecha, pero Escudero se lo impidió.
—Está fuera del alcance.
—No me gusta que nos mire.
—Ni a mí, pero no se lo vas a impedir. —Dalbridge se encogió de hombros—. Lo único que conseguirás será desperdiciar una flecha.
Qhorin, a lomos de su caballo, estudió el águila durante largo rato sin decir nada.
—Sigamos —ordenó al final.
Los exploradores reanudaron el descenso.
«Fantasma, ¿dónde estás?», habría querido gritar Jon.
Estaba a punto de seguir a Qhorin y a los demás cuando vio un destello blanco entre dos rocas. «Un montón de nieve», pensó, hasta que lo vio moverse. Saltó del caballo al instante. Cuando se arrodilló a su lado, Fantasma alzó la cabeza. Tenía el cuello húmedo y brillante, pero no emitió sonido alguno cuando Jon se quitó un guante y lo rozó. Las garras le habían dejado un surco ensangrentado en el pelaje y la carne, pero el ave no había conseguido romperle el cuello.
—¿Está muy mal? —Qhorin Mediamano estaba de pie, tras él. A modo de respuesta, Fantasma consiguió ponerse en pie—. El lobo es fuerte —dijo el explorador—. Ebben, trae agua. Serpiente, el pellejo de vino. Sujétalo fuerte, Jon.
Juntos limpiaron la sangre seca del pellejo del lobo huargo. Fantasma se debatió y le enseñó los dientes a Qhorin cuando vertió vino en los cortes ensangrentados que le había dejado el águila, pero Jon lo rodeó con los brazos y le susurró palabras tranquilizadoras, y el lobo no tardó en calmarse. Cuando arrancaron una tira de tejido de la capa de Jon y le vendaron las heridas, la oscuridad ya era casi absoluta. Lo único que diferenciaba el cielo negro de la tierra negra eran las estrellas distantes.
—¿Seguimos adelante? —preguntó Serpiente de Piedra.
Qhorin subió a lomos de su pequeña montura.
—Adelante no, atrás.
Aquello cogió por sorpresa a Jon.
—¿Atrás?
—Las águilas tienen mejor vista que los hombres. Nos han divisado. Así que ahora tenemos que huir.
Mediamano se cubrió el rostro con la larga bufanda negra. Los demás exploradores intercambiaron miradas, pero a nadie se le ocurrió discutir la orden. Uno a uno montaron a caballo y dieron media vuelta a sus monturas.
—Vamos, Fantasma —dijo Jon. El lobo huargo lo siguió, como una sombra blanca que se moviera entre las sombras.
Cabalgaron toda la noche, casi a tientas por el paso serpenteante, entre las piedras caídas. El viento era cada vez más fuerte. En ocasiones la oscuridad era tal que tenían que desmontar y avanzar a pie, llevando a sus caballos por las riendas. En un momento dado Ebben sugirió que les serían útiles unas cuantas antorchas.
—Nada de fuego —dijo Qhorin.
Y no se discutió más. Llegaron al puente de piedra y a la cima, e iniciaron de nuevo el descenso. En medio de la oscuridad, un gatosombra rugió furioso, y el sonido despertó ecos entre las rocas de tal manera que fue como si una docena de gatos le respondieran. En una ocasión a Jon le pareció ver un par de ojos brillantes en un risco, sobre ellos. Eran grandes como lunas llenas.
En lo más oscuro de la noche, antes del amanecer, se detuvieron para dar de beber a los caballos y alimentarlos con un puñado de avena y un poco de heno.
—No estamos lejos del lugar donde murieron los salvajes —dijo Qhorin—. Aquí un hombre puede detener a un centenar. Si es el hombre adecuado.
Miró a Escudero Dalbridge. El antiguo escudero hizo un gesto de asentimiento.
—Dejadme tantas flechas como podáis, hermanos. —Acarició su arco—. Y encargaos de que a mi caballo le den una manzana cuando llegue a casa. El pobre animalito se la ha ganado.
Jon comprendió que se quedaba allí para morir.
Qhorin palmeó el brazo de Escudero con la mano enguantada.
—Si el águila desciende para mirarte...
—Me encargaré de que le salgan unas cuantas plumas nuevas.
La última vez que Jon vio a Escudero Dalbridge estaba de espaldas, ascendiendo por el estrecho sendero que llevaba a la cima.
Cuando amaneció, Jon alzó la vista hacia el cielo despejado y vio un punto que se movía en la inmensidad azul. Ebben también lo vio, y dejó escapar una maldición, pero Qhorin le ordenó que se callara.
—Escuchad.
Jon contuvo el aliento, y lo oyó. Tras ellos, a lo lejos, el sonido de un cuerno de caza retumbaba en las montañas.
—Ya vienen —dijo Qhorin.
TYRION
Para el encuentro, Pod lo vistió con una lujosa túnica de grueso terciopelo color escarlata Lannister, y le llevó la cadena símbolo de su cargo. Tyrion la dejó sobre la mesilla de noche. A su hermana no le gustaba que le recordaran que él era la Mano del Rey, y en aquel momento no le convenía empeorar la relación que había entre ellos.
Varys lo alcanzó cuando cruzaba el patio.
—Mi señor —dijo, algo jadeante—, tenéis que leer esto lo antes posible. —La mano blanca y blanda le tendió un pergamino—. Información que llega del norte.
—¿Son noticias buenas o malas? —preguntó Tyrion.
—No me corresponde a mí decidirlo.
Tyrion desenrolló el pergamino. Tuvo que entrecerrar los ojos para leer lo que decía a la luz de las antorchas del patio.
—Dioses misericordiosos —susurró—. ¿Los dos?
—Eso me temo, mi señor. Qué tristeza. Qué gran tristeza. Tan jóvenes, tan inocentes...
Tyrion recordó cómo habían aullado los lobos tras la caída del pequeño Stark. «¿Estarán aullando ahora?», se preguntó.
—¿Se lo habéis dicho a alguien?
—Todavía no, pero tengo que hacerlo, claro está.
—Yo se lo diré a mi hermana —dijo Tyrion mientras enrollaba la carta. Tenía interés en ver cómo se tomaba la noticia. Mucho, mucho interés.
Aquella noche la reina estaba especialmente hermosa. Llevaba un vestido de terciopelo muy escotado, verde oscuro, que le destacaba el color de los ojos. Tenía el cabello dorado suelto sobre los hombros desnudos, y se ceñía al talle un cinturón adornado con esmeraldas. Tyrion esperó hasta después de sentarse y servirse una copa de vino para tenderle la carta. No dijo ni una palabra. Cersei lo miró con inocencia y le cogió el pergamino de la mano.
—Supongo que estarás satisfecha —dijo mientras su hermana lo leía—. Tengo entendido que te interesaba matar al pequeño Stark.
—Fue Jaime el que lo tiró por la ventana, no yo. —Cersei hizo una mueca—. «Por amor», dijo, como si aquello fuera a complacerme. Cometió una estupidez, y nos puso a ambos en peligro, pero nuestro querido hermano no es de los que se paran a pensar.
—El chico os había visto —señaló Tyrion.
—No era más que un niño. Le podría haber metido miedo para que no dijera nada. —Contempló la carta, pensativa—. ¿Por qué tengo que soportar que se me acuse cada vez que un Stark se tuerce un tobillo? Esto ha sido cosa de Greyjoy, yo no he tenido nada que ver.
—Esperemos que Lady Catelyn se lo crea.
—No se atreverá a... —Cersei abrió los ojos de par en par.
—¿A matar a Jaime? ¿Por qué no? ¿Qué harías tú si alguien asesinara a Joffrey y a Tommen?
—¡Todavía tengo a Sansa! —declaró la reina.
—Todavía tenemos a Sansa —la corrigió—, y más vale que la cuidemos bien. En fin, ¿dónde está esa cena que me habías prometido, querida hermana?
La mesa de Cersei estaba bien surtida, eso era innegable. La cena comenzó con una crema de castañas servida con pan crujiente recién hecho, y verdura con manzanas y piñones. Luego se sirvió empanada de lamprea, jamón asado con miel, zanahorias rehogadas en mantequilla, judías blancas con tocino y un cisne asado relleno de setas y ostras. Tyrion se mostró cortés hasta el hartazgo. Ofreció a su hermana las mejores tajadas de cada plato, y en ningún momento comió algo que ella no probara antes. No creía que fuera a envenenarlo, pero tampoco estaba de más asegurarse.
Era obvio que las noticias relativas a los Stark la habían preocupado mucho.
—¿No hay noticias de Puenteamargo? —preguntó con ansiedad al tiempo que pinchaba un trozo de manzana con la punta de la daga y se lo comía a mordisquitos delicados.
—Ninguna.
—Jamás he confiado en Meñique. Si Stannis le paga bien, se pasará a su bando sin dudarlo un instante.
—El imbécil de Stannis Baratheon es demasiado virtuoso para comprar a un hombre. Y tampoco es el señor ideal para tipos de la calaña de Petyr. En esta guerra ha habido compañeros de cama muy raros, estoy de acuerdo, pero esos dos... imposible. —Empezó a cortar unas cuantas lonchas del jamón.
—El cerdo ha sido un regalo de Lady Tanda —comentó Cersei.
—¿Como prueba de su afecto?
—Como soborno. Suplica permiso para volver a su castillo. Tanto tu permiso como el mío. Supongo que tiene miedo de que la arrestes por el camino, como hiciste con Lord Gyles.
—¿Por qué, planea escapar con el heredero al trono? —Tyrion sirvió una tajada de jamón a su hermana y se puso otra en el plato—. Yo prefiero que se quede. Si quiere sentirse más segura, dile que haga venir a su guarnición de Stokeworth. Todos los hombres que tenga.
—Si tanta falta nos hacen los hombres, ¿por qué has enviado lejos a tus salvajes? —La irritación empezaba a aflorar en la voz de Cersei.
—Era el mejor uso que les podía dar —respondió él sin faltar a la verdad—. Son guerreros valientes, pero no son soldados. En una batalla formal, la disciplina es más importante que el coraje. Nos han sido más útiles en el Bosque Real de lo que lo habrían sido entre los muros de la ciudad.
Mientras les servían el cisne, la reina lo interrogó acerca de la conspiración de los Hombres Astados. Parecía más molesta que asustada.
—¿Por qué nos rodea la traición? ¿Qué daño ha hecho la Casa Lannister a esos canallas?
—Ninguno —dijo Tyrion—, pero creen que están en el bando ganador... así que, además de traidores, son idiotas.
—¿Seguro que los has encontrado a todos?
—Varys dice que sí.
El cisne estaba demasiado grasiento para su gusto. En la blanca frente de Cersei, entre sus bellos ojos, apareció una arruga de preocupación.
—Confías demasiado en ese eunuco.
—Me sirve con dedicación...
—Eso es lo que te hace creer. ¿Te imaginas que eres el único al que susurra secretos? A cada uno nos da lo justo para convencernos de que sin él estaríamos perdidos. Conmigo utilizó el mismo truco cuando llegué aquí, nada más casarme con Robert. Durante años estuve convencida de que no tenía en la corte amigo más leal, pero ahora... —Lo miró fijamente a la cara durante un instante—. Dice que quieres apartar al Perro de Joffrey.
«Maldito sea Varys.»
—Necesito a Clegane para tareas más importantes.
—No hay nada más importante que la vida del rey.
—La vida del rey no corre peligro. Joff contará con la escolta del valeroso Ser Osmund, y también con la de Meryn Trant. —«Total, no valen para otra cosa»—. A Balon Swann y al Perro los necesito para ir al mando de las expediciones, para asegurarnos de que Stannis no pone el pie en nuestro lado del Aguasnegras.
—Jaime iría al mando de las expediciones en persona.
—¿Desde Aguasdulces? Menuda expedición.
—Joff no es más que un niño.
—Un niño que quiere tomar parte en esta batalla, y por una vez demuestra que tiene algo de sentido común. No pretendo ponerlo en lo más feroz de la contienda, pero los hombres tienen que verlo. Lucharán con más entusiasmo por un rey que comparte el peligro con ellos que por uno que se esconde entre las faldas de su madre.
—Tiene trece años, Tyrion.
—¿Te acuerdas de cómo era Jaime a los trece años? Si quieres que el chico salga a su padre, deja que se lo trabaje. Joff tiene la mejor armadura que se puede comprar con oro, y habrá una docena de capas doradas que no lo dejarán solo ni un instante. Si en algún momento hay riesgo de que la ciudad caiga, haré que lo escolten de vuelta a la Fortaleza Roja de inmediato. —Había pensado que eso tranquilizaría a Cersei, pero no vio ni rastro de satisfacción en aquellos ojos verdes.
—¿La ciudad va a caer?
—No. —«Pero si cae, recemos por que podamos defender la Fortaleza Roja el tiempo suficiente para que nuestro padre acuda a auxiliarnos.»
—No sería la primera vez que me mientes, Tyrion.
—Y siempre con buenos motivos, mi querida hermana. Deseo tanto como tú que entre nosotros reine la amistad. He decidido liberar a Lord Gyles. —Había mantenido a Gyles prisionero sólo para poder hacer aquel gesto—. Si quieres, también te devolveré a Ser Boros Blount.
La reina apretó los labios.
—Por mí Ser Boros ya puede pudrirse en Rosby —dijo—, pero Tommen...
—Tommen se queda donde está. Lord Jacelyn lo mantendrá fuera de todo peligro, mucho mejor de lo que lo hubiera hecho Lord Gyles.
Los criados retiraron el cisne, casi intacto. Cersei hizo un gesto para que les llevaran el postre.
—Espero que te gusten las tartas de moras.
—Me gustan meter la lengua en todo lo que sea dulce.
—Eso hace ya tiempo que lo sé. Y no discriminas mucho. ¿Sabes por qué es tan peligroso Varys?
—¿Ahora vamos a jugar a los acertijos? No.
—Porque no tiene polla.
—Tú tampoco. —«Y bien que lo lamentas, ¿verdad, Cersei?»
—Puede que yo también sea peligrosa. Tú, por el contrario, eres tan idiota como el resto de los hombres. Ese gusano que tienes entre las piernas piensa por ti la mitad de las veces.
Tyrion se lamió los restos de los dedos. La sonrisa de su hermana no le gustaba nada.
—Sí, y ahora mismo el gusano piensa que es hora de que me vaya.
—¿No te encuentras bien, hermano? —Se inclinó hacia delante, para permitirle ver sin obstáculos el nacimiento de sus pechos—. De pronto pareces un poco nervioso.
—¿Nervioso? —Tyrion miró hacia la puerta. Le había parecido oír un ruido al otro lado. Empezaba a lamentar haber acudido solo a aquella cena—. Hasta ahora nunca te habías interesado por mi polla.
—Tu polla no me interesa, únicamente me importa dónde la metes. Yo no dependo del eunuco para todo, como te pasa a ti. Tengo mis métodos para averiguar cosas... sobre todo las cosas que la gente no quiere que sepa.
—¿Qué quieres decir?
—Sólo una cosa... que tengo a tu putita.
Tyrion cogió la copa de vino para ganar un momento y aclararse las ideas.
—Creía que te gustaban más los hombres.
—Eres un enano patético. Dime, ¿te has casado ya con ésta? —Al no obtener respuesta, se echó a reír—. Menos mal, a nuestro padre no le habría hecho gracia.
Tyrion sentía como si tuviera el estómago lleno de anguilas. ¿Cómo había dado Cersei con Shae? ¿Acaso Varys lo había traicionado? ¿O había tirado por tierra todas sus precauciones la noche en que cabalgó directamente hacia la casa?
—¿Y a ti qué te importa a quién elijo para calentarme la cama?
—Un Lannister siempre paga sus deudas —replicó ella—. Has estado conspirando contra mí desde el día en que llegaste a Desembarco del Rey. Vendiste a Myrcella, me robaste a Tommen y ahora planeas hacer matar a Joff. Quieres que muera para poder reinar a través de Tommen.
«Hay que reconocer que la idea es tentadora.»
—Esto es una locura, Cersei. Stannis llegará hasta aquí en cuestión de días. Me necesitas...
—¿Por qué? ¿Por tus proezas en el combate?
—Los mercenarios de Bronn no lucharán sin mí —mintió.
—Claro que sí. Lo que les gusta es tu oro, no tu ingenio de gnomo. Pero no temas, contarán con tu presencia. No negaré que a veces se me ha pasado por la cabeza la idea de cortarte el cuello, pero Jaime jamás me lo perdonaría.
—¿Y la puta? —No quería mencionar su nombre. «Si la convenzo de que no siento nada por Shae, quizá...»
—Recibirá un trato adecuado mientras a mis hijos no les pase nada. Pero si Joff muere, o si Tommen cae en manos de nuestros enemigos, tu putita morirá de la manera más dolorosa que puedas imaginar.
—A los chicos no les pasará nada —prometió, fatigado. «De verdad cree que mataría a mi sobrino»—. Dioses misericordiosos, Cersei, ¡por sus venas corre mi misma sangre! ¿Qué clase de hombre crees que soy?
—Un hombre pequeño y retorcido.
Tyrion contempló los posos en el fondo de la copa de vino. «¿Qué haría Jaime en mi lugar?» Seguro que mataría a la muy zorra, y ya se preocuparía luego por las consecuencias. Pero Tyrion no tenía una espada dorada, ni habilidad para esgrimirla. Le gustaba la cólera temeraria de su hermano, pero al que debía tratar de emular era a su señor padre. «Piedra, debo ser de piedra, debo ser Roca Casterly, duro e inamovible. Si fallo en esta prueba, más me vale dedicarme a atracción de feria.»
—Por lo que sé —dijo—, puede que ya la hayas matado.
—¿Quieres verla? Me lo imaginaba. —Cersei cruzó la estancia y abrió de par en par las pesadas puertas de roble—. Traed a la puta de mi hermano.
Los hermanos de Ser Osmund, Osney y Osfryd, eran astillas del mismo palo, altos, con narices ganchudas, pelo negro y sonrisas crueles. La chica iba entre los dos, casi colgada, con los ojos muy abiertos en su rostro negro. La sangre le brotaba de un labio roto, y vio magulladuras tras los desgarrones de sus ropas. Tenía las manos atadas con una cuerda, y la habían amordazado para que no pudiera hablar.
—Me dijiste que no le harían daño.
—Se resistió. —A diferencia de sus hermanos, Osney Kettleblack iba bien afeitado, de manera que los arañazos resultaban perfectamente visibles en sus mejillas—. Tiene las garras de un gatosombra.
—Los moratones se curan —dijo Cersei en tono aburrido—. La puta vivirá. Mientras Joff viva.
Tyrion hubiera querido reírse de ella. Habría sido delicioso, sencillamente delicioso, pero entonces le descubriría la jugada. «Has perdido, Cersei, y los Kettleblack son aún más idiotas de lo que decía Bronn.» Sólo tenía que decirlo.
En vez de aquello, miró a la chica a la cara.
—¿Juras que la liberarás después de la batalla?
—Si tú liberas a Tommen, sí.
—Pues que se quede contigo. —Tyrion se puso en pie—. Pero cuida bien de ella. Si estos animales creen que tienen derecho a usarla... en fin, hermanita, solamente te recordaré que la balanza tiene dos platos. —Hablaba con voz tranquila, inexpresiva, como si el tema no le interesara; había buscado la voz de su padre, y la había encontrado—. Lo que le pase a ella le pasará también a Tommen, y eso incluye palizas y violaciones.
«Si piensa que soy semejante monstruo, representaré el papel.»
Aquello cogió por sorpresa a Cersei.
—No te atreverás.
—¿Que no me atreveré? —Tyrion se obligó a sonreír, una sonrisa pausada, fría. Sus ojos, uno verde y el otro negro, se clavaron en ella—. Lo haré yo en persona.
La mano de su hermana voló hacia su rostro, pero la agarró por la muñeca y se la dobló hasta que gritó de dolor. Osfryd se adelantó para ayudarla.
—Un paso más y le rompo el brazo —le advirtió el enano. El hombre se detuvo en seco—. ¿Te acuerdas de que te dije que no volverías a pegarme, Cersei? —La tiró al suelo y se volvió hacia los Kettleblack—. Desatadla y quitadle esa mordaza.
Las cuerdas estaban tan apretadas que le habían cortado la circulación de las manos. La chica gritó de dolor cuando la sangre volvió a fluir. Tyrion le masajeó los dedos con ternura hasta que recuperó el tacto.
—Has de ser valiente, cariño —dijo—. Siento que te hayan hecho daño.
—Sé que me liberarás, mi señor.
—Puedes estar segura.
Y Alayaya se inclinó sobre él y le dio un beso en la frente. El labio roto le dejó una mancha de sangre en el ceño. «Un beso ensangrentado es más de lo que merezco —pensó Tyrion—. De no ser por mí no le habría pasado nada.»
Aún tenía la marca de la sangre cuando miró a la reina desde arriba.
—Nunca me has caído bien, Cersei, pero eras mi hermana, de modo que jamás te hice daño alguno. Tú has puesto fin a eso. Esto me lo vas a pagar. Todavía no sé cómo, pero dame tiempo, ya se me ocurrirá algo. Llegará un día en el que te sientas segura y feliz, y de repente tu alegría se te convertirá en cenizas en la boca, y ese día sabrás que la deuda ha quedado saldada.
Su padre le había dicho en cierta ocasión que, en la guerra, la batalla termina en el momento en que un ejército se dispersa y huye. No importa si es tan numeroso como un instante antes ni que sigan teniendo armas y armaduras: una vez han huido de ti, no volverán a plantarte cara. Así sucedió con Cersei.
—¡Fuera de aquí! —fue toda la respuesta que se le ocurrió—. ¡Fuera de mi vista!
—Muy bien, buenas noches. —Tyrion hizo una reverencia—. Y felices sueños.
Volvió a la Torre de la Mano, con un millar de pies embutidos en escarpes desfilando por su cráneo. «Tendría que haber imaginado esto desde la primera vez que salí por el fondo del armario de Chataya.» Tal vez no había querido imaginarlo. Las piernas le dolían mucho cuando llegó a la cima de las escaleras. Envió a Pod a buscar una jarra de vino, y entró en su dormitorio.
Shae estaba sentada en la cama con dosel, tenía las piernas cruzadas y estaba desnuda a excepción de la pesada cadena de oro que le caía sobre los pechos: una cadena de manos doradas entrelazadas, en la que cada una agarraba a la siguiente.
—¿Qué haces aquí? —Tyrion no esperaba verla.
La chica se echó a reír y acarició la cadena.
—Quería sentir unas manos sobre las tetas... pero éstas de oro están muy frías.
Durante un instante no supo qué decir. ¿Cómo podía contarle que otra mujer había recibido la paliza que le estaba destinada, que tal vez muriera en su lugar si a Joffrey le sucedía algo en la batalla? Se limpió la sangre de Alayaya de la frente con la mano.
—Lady Lollys...
—Está durmiendo como lo que es, una vaca gorda. No hace otra cosa que comer y dormir. A veces se queda dormida mientras come. Se le mete la comida entre las mantas, y ella se revuelca en la porquería y yo tengo que limpiarla. —Hizo una mueca de asco—. Pero si lo único que le hicieron fue follarla.
—Su madre dice que está enferma.
—Va a tener un bebé, nada más.
Tyrion observó la habitación. Todo parecía en orden, tal como lo había dejado.
—¿Cómo has entrado aquí? Muéstrame la puerta oculta.
—Lord Varys me hizo ponerme una capucha. —La chica se encogió de hombros—. No vi nada, excepto... había un lugar... vi el suelo por la parte de debajo de la capucha. Era todo de azulejos pequeñitos, ya sabéis, de esos que luego hacen un dibujo.
—¿Un mosaico?
—Eran rojos y negros —contestó Shae con un gesto de asentimiento—, y creo que el dibujo era un dragón. Pero todo lo demás estaba a oscuras. Bajamos por una escalerilla y caminamos mucho rato, hasta que ya no supe en qué dirección andaba. Una vez nos paramos para que abriera una verja de hierro. Me rocé con ella al pasar. El dragón estaba al otro lado. Luego subimos por otra escalerilla, y arriba había un túnel. Yo tuve que ir agachada, y me parece que Lord Varys iba a gatas.
Tyrion recorrió todo el dormitorio. Uno de los candelabros de las paredes parecía suelto. Se puso de puntillas y trató de girarlo. Cuando estuvo del revés, el cabo de vela cayó al suelo. Las alfombras que cubrían las losas frías de piedra no parecían diferentes.
—¿Es que mi señor no quiere meterse en la cama conmigo?
—Un momento.
Tyrion abrió el armario, echó las ropas a un lado y empujó el panel del fondo. Tal vez los burdeles y los castillos no fueran tan diferentes... pero no, la madera era maciza y no cedía. Le llamó la atención una piedra situada junto al asiento de la ventana, pero por mucho que la manipuló no hubo cambios. Volvió a la cama, frustrado y molesto.
Shae le desató las ropas y le echó los brazos al cuello.
—Tenéis los hombros duros como piedras —murmuró—. Deprisa, quiero sentiros dentro de mí.
Pero cuando le rodeó la cintura con las piernas, la erección de Tyrion se desvaneció. Al sentir que se ablandaba, Shae se deslizó entre las sábanas y lo tomó en la boca, pero ni eso consiguió excitarlo. Tras unos momentos, la detuvo.
—¿Qué pasa? —preguntó la chica.
Toda la dulce inocencia del mundo estaba dibujada en los rasgos de aquel rostro joven.
«¿Inocencia? Idiota, es una puta. Cersei tenía razón, piensas con la polla, idiota, idiota.»
—Duérmete, pequeña —le dijo al tiempo que le acariciaba el cabello.
Pero, mucho después de que Shae siguiera su consejo, Tyrion yacía aún despierto, con los dedos en torno a un pecho menudo, escuchando su respiración.
CATELYN
La sala principal de Aguasdulces era un lugar muy solitario cuando sólo cenaban allí dos personas. Las sombras más impenetrables parecían cubrir las paredes como tapices. Una de las antorchas se había apagado, con lo que sólo quedaban tres. Catelyn estaba sentada, con la vista clavada en su copa de vino. Le sabía aguado y agrio. Brienne ocupaba una silla frente a ella, al otro lado de la mesa. Entre ambas, el trono elevado de su padre se encontraba vacío, igual que el resto de la estancia. Hasta los criados se habían marchado. Les había dado permiso para ir a unirse a la celebración.
Las murallas de la fortaleza eran gruesas, aun así les llegaban los sonidos amortiguados del jolgorio del patio. Ser Desmond había hecho subir veinte barriles de las bodegas, y el pueblo izaba cuernos de cerveza oscura para celebrar el regreso inminente de Edmure y la conquista del Risco por parte de Robb.
«No puedo culparlos —pensó Catelyn—. No lo saben. Y aunque lo supieran, a ellos ¿qué les importa? No conocieron a mis hijos. No vieron nunca a Bran trepar, ni tuvieron el corazón en la garganta, y el orgullo y el terror tan mezclados que parecían una sola cosa, no oyeron su risa ni sonrieron al ver a Rickon intentar con todas sus fuerzas parecerse a sus hermanos mayores.» Contempló la cena que tenía delante: trucha envuelta en panceta, ensalada de nabiza, hinojo rojo y hierbadulce, guisantes con cebollas y pan recién hecho. Brienne comía metódicamente, como si alimentarse fuera otra tarea que debía cumplir.
«Me he convertido en una mujer amargada —pensó Catelyn—. No disfruto de la comida ni de la bebida; las canciones y las risas me son tan ajenas que desconfío de ellas. Vivo en la tristeza y en la añoranza perpetua. Donde antes tenía el corazón, ahora solamente hay un lugar vacío.»
El sonido que hacía la otra mujer al comer llegó a resultarle intolerable.
—No soy buena compañía, Brienne. Id a tomar parte en la fiesta, si queréis. Bebed un cuerno de cerveza y bailad al son del arpa de Rymund.
—No soy persona de fiestas, mi señora. —Arrancó un trozo de pan negro con aquellas manos enormes y miró los trozos como si se le hubiera olvidado qué eran—. Pero si me lo ordenáis...
Catelyn percibió su incomodidad.
—Pensé que os gustaría estar en compañía más alegre que la que os proporciono yo.
—Estoy bien con vos. —La chica utilizó el pan para mojar en la grasa del tocino en el que se había frito la trucha.
—Esta mañana llegó otro pájaro. —Catelyn no sabía por qué se lo contaba—. El maestre me despertó enseguida. Era su deber, pero no fue un acto de bondad. En absoluto.
No había tenido intención de contárselo a Brienne. No lo sabía nadie más que ella y el maestre Vyman, y había planeado mantenerlo en secreto hasta... hasta...
«¿Hasta qué? Estúpida, ¿acaso será menos cierto si no se lo dices a nadie? Si no lo cuentas, si no hablas de ello, ¿se convertirá en un simple sueño, menos que eso, en una pesadilla apenas recordada? Ah, ojalá fueran tan misericordiosos los dioses...»
—¿Eran noticias de Desembarco del Rey? —preguntó Brienne.
—Qué más habría querido. El pájaro venía del Castillo Cerwyn. Lo enviaba Ser Rodrik, mi castellano. —«Alas negras, palabras negras»—. Ha reunido a tantos hombres como ha podido, y avanza hacia Invernalia para tratar de recuperar la fortaleza. —Qué poco importante parecía todo aquello ya—. Pero dice que... me escribió... me ha dicho... que...
—¿Qué sucede, mi señora? ¿Noticias sobre vuestros hijos varones?
Qué pregunta tan sencilla. Ojalá la respuesta también lo fuera. Cuando Catelyn trató de hablar, los sonidos se le atravesaron en la garganta.
—Ya no tengo más hijo varón que Robb. —Consiguió formular aquellas palabras espantosas sin sollozar, y al menos de eso pudo alegrarse.
—¿Qué decís, mi señora? —Brienne la miraba horrorizada.
—Bran y Rickon trataron de escapar, pero los cogieron en un molino que hay en Agua Bellota. Theon Greyjoy ha clavado sus cabezas en las murallas de Invernalia. Theon Greyjoy, que comió en mi mesa desde que tenía diez años.
«Lo he dicho. Que los dioses me perdonen, lo he dicho, y ahora es verdad.»
El rostro de Brienne no era más que un borrón acuoso. Extendió el brazo por encima de la mesa, pero sus dedos se detuvieron a poca distancia de los de Catelyn, como si temiera que el roce fuera mal recibido.
—No... no sé qué deciros, mi señora. Mi buena señora. Vuestros hijos... ahora están con los dioses.
—¿De veras? —replicó Catelyn con brusquedad—. ¿Qué dios habría permitido que sucediera esto? Rickon no era más que un bebé. ¿Qué hizo para merecer una muerte así? Y Bran... cuando me fui del norte, todavía no había abierto los ojos después de la caída. Tuve que irme antes de que despertara. Ahora ya no volveré a verlo, no volveré a oír su risa. —Mostró a Brienne las palmas de las manos, los dedos—. ¿Sabéis de qué son estas cicatrices? Enviaron a un asesino para que le cortara el cuello a Bran mientras dormía. Mi hijo habría muerto entonces, y yo con él, pero el lobo de Bran le desgarró la garganta. —Hizo una pausa de un instante—. Me imagino que Theon habrá matado también a los lobos. Sí, seguro que sí. Con los lobos huargos vivos mis hijos hubieran estado a salvo. Como Robb con su Viento Gris. Pero mis hijas no tienen lobas ya.
El brusco cambio de tema extrañó a Brienne.
—Vuestras hijas...
—Sansa era una dama ya a los tres años, siempre cortés y esforzándose en agradar. Lo que más le gustaba del mundo eran las historias de caballeros. Los hombres decían siempre que se parecía a mí, pero cuando crezca será una mujer mucho más hermosa de lo que jamás fui yo, se ve de lejos. Solía decir a su doncella que se fuera para peinarla yo misma. Tenía el pelo castaño rojizo, más claro que el mío, tan suave y abundante... reflejaba la luz de las antorchas y brillaba como el cobre.
»Y Arya... Ay, Arya. Los que venían a ver a Ned, si llegaban sin anunciarse, la confundían con un mozo de cuadras. Hay que reconocer que Arya era un problema. Mitad chico y mitad cachorro de lobo. Si le prohibías algo, al instante se convertía en lo que más deseaba en el mundo. Tenía el rostro alargado de Ned, y un pelo castaño en el que parecía que anidaran los pájaros. Yo ya había renunciado a convertirla en una dama. Coleccionaba costras igual que las otras niñas coleccionan muñecas, y decía lo primero que se le pasaba por la cabeza, sin pararse a pensar. Creo que también está muerta. —Al decir aquello sintió como si una mano gigantesca le oprimiera el pecho—. Quiero verlos muertos a todos, Brienne. Primero a Theon Greyjoy, luego a Jaime Lannister, y a Cersei, y al Gnomo, a todos. Pero entonces... mis niñas...
—La reina también tiene una hijita —dijo Brienne con torpeza—. Y sus hijos son de la misma edad que los vuestros. Cuando se entere, quizá... puede que se apiade, y...
—¿Y me devuelva a mis hijas ilesas? —Catelyn sonrió con tristeza—. Sois muy dulce en vuestra inocencia, niña. Ojalá fuera así... pero no. Robb vengará a sus hermanos. El hielo puede ser tan mortífero como el fuego. Hielo se llamaba el espadón de Ned. Era de acero valyrio, con las marcas de las ondulaciones de un millar de plegados, tan afilado que a mí me daba miedo tocarlo. Comparada con Hielo, la espada de Robb es roma como un garrote. No va a resultarle fácil. Cortarle la cabeza a Theon, le costará, lo sé. Los Stark no utilizan verdugos. Ned siempre decía que el hombre que dicta la sentencia debe blandir la espada, pero nunca disfrutó con el cumplimiento de su deber. En cambio yo sí disfrutaría. Y de qué manera. —Se contempló las manos llenas de cicatrices, abrió y cerró los dedos, y luego, muy despacio, alzó la vista—. Le he enviado vino.
—¿Vino? —Brienne estaba desconcertada—. ¿A Robb? ¿O... a Theon Greyjoy?
—Al Matarreyes. —La estratagema le había dado buen resultado con Cleos Frey. «Espero que estés sediento, Jaime. Espero que tengas la garganta seca y cerrada»—. ¿Queréis venir conmigo?
—Estoy a vuestras órdenes, mi señora.
—Bien. —Catelyn se levantó bruscamente—. Quedaos aquí y terminad de cenar tranquila. Enviaré a buscaros más tarde. A medianoche.
—¿Tan tarde, mi señora?
—En las mazmorras no hay ventanas, todas las horas son iguales ahí abajo; y para mí, todas las horas son medianoche.
Las pisadas de Catelyn despertaron ecos al salir de la estancia. Mientras subía hacia las habitaciones de Lord Hoster, oyó los gritos de las celebraciones. «¡Tully!» y «¡Un brindis! ¡Un brindis por el valiente y joven señor!».
«Mi padre no está muerto —habría querido gritarles—. Mis hijos están muertos, pero mi padre aún vive, condenados, y sigue siendo vuestro señor.»
Lord Hoster dormía profundamente.
—Hace poco que le he dado una copa de vino del sueño, mi señora —dijo el maestre Vyman—. Para aliviarle el dolor. No se va a dar cuenta de que estáis aquí.
—No importa —dijo Catelyn. «Está más muerto que vivo, pero aun así está más vivo que mis hijos, mis pobres hijitos.»
—Mi señora, ¿puedo hacer algo por vos? ¿Queréis tal vez una pócima para dormir?
—Gracias, maestre, pero no. No dormiré para aliviar la pena. Bran y Rickon no se lo merecen. Id a uniros a las celebraciones, yo me quedaré un rato con mi padre.
—Como queráis, mi señora. —Vyman hizo una reverencia y salió.
Lord Hoster yacía de espaldas, con la boca abierta, su respiración era apenas un suspiro sibilante. Una de sus manos colgaba por el borde del colchón, una mano pálida y descarnada, frágil, pero la sintió cálida cuando la tocó. Entrelazó los dedos con los suyos y los apretó. «Por mucho que me aferré a él no podré conservarlo aquí —pensó con tristeza—. Tengo que dejarlo marchar.» Pero no conseguía abrir los dedos.
—No tengo a nadie con quien hablar, padre —le dijo—. Rezo, pero los dioses no me responden. —Besó la mano con delicadeza. La piel estaba tibia, translúcida, por debajo de ella se veían las venas azules ramificadas como ríos. Afuera fluían los ríos de verdad, el Forca Roja y el Piedra Caída, y fluirían eternamente, pero los ríos de la mano de su padre no. Esas corrientes no tardarían en detenerse—. Anoche soñé con aquella vez en la que Lysa y yo nos perdimos cuando volvíamos a caballo de Varamar. ¿Te acuerdas? Una niebla muy rara cayó, nos retrasamos y quedamos aisladas del grupo. Todo parecía gris, no veía a un palmo por delante de mi caballo. Nos salimos del camino. Las ramas de los árboles eran como brazos largos y flacos que trataran de agarrarnos al pasar. Lysa se echó a llorar, y cuando yo grité fue como si la niebla engullera todo el sonido. Pero Petyr sabía dónde estábamos, retrocedió a caballo y nos encontró... Pero ahora no va a venir nadie a buscarme. Esta vez tengo que encontrar el camino para nosotros. Y es difícil, es tan difícil...
»No dejo de acordarme del lema de los Stark. El invierno ha llegado, padre. Para mí. Ahora Robb tiene que luchar tanto contra los Greyjoy como contra los Lannister, ¿y por qué? ¿Por una diadema de oro y una silla de hierro? Esta tierra ya ha sangrado bastante. Quiero recuperar a mis hijas, quiero que Robb deje la espada y elija a una hija fea de Walder Frey que lo haga feliz y le dé hijos varones. Quiero recuperar a Bran y a Rickon, quiero... —Catelyn inclinó la cabeza—. Quiero... —dijo una vez más, antes de quedarse sin palabras.
Al cabo de un rato la vela parpadeó y se apagó. La luz de la luna entraba en rayos sesgados por las hendiduras de las contraventanas, para dibujar líneas de plata sobre el rostro de su padre. Catelyn oía el susurro suave de su respiración trabajosa, el rumor incesante de las aguas, los acordes lejanos de una canción de amor que subían desde el patio, tan tristes y dulces a la vez. «Amé a una doncella roja como el otoño —cantaba Rymund—, con el ocaso en el cabello.»
Catelyn no se dio cuenta de cuándo terminó la canción. Habían pasado horas, pero sintió como si sólo hubiera transcurrido un instante antes de que Brienne llegara a la puerta.
—Mi señora —anunció en voz baja—, ya es medianoche.
«Ya es medianoche, padre —pensó—, y tengo que cumplir con mi deber.» Le soltó la mano.
El carcelero era un hombrecillo furtivo, con la nariz llena de venitas rotas. Cuando llegaron junto a él estaba inclinado ante un pichel de cerveza y los restos de una empanada de pichón, y bastante borracho. Las miró con desconfianza, entrecerrando los ojos.
—Perdonadme, mi señora, pero Lord Edmure dice que nadie puede ver al Matarreyes sin su permiso, por escrito y sellado.
—¿Cómo que «Lord» Edmure? ¿Acaso ha muerto mi padre, y yo no me he enterado?
—No, mi señora, que yo sepa no. —El carcelero se humedeció los labios.
—Vais a abrir la celda de inmediato, o subiréis conmigo a las habitaciones de Lord Hoster para explicarle por qué os ha parecido oportuno desobedecerme.
—Como ordene mi señora. —El hombre bajó la vista. Tenía las llaves encadenadas al cinturón de cuero con que se ceñía. Murmuró entre dientes mientras las examinaba una a una, hasta dar con la que abría la puerta de la celda del Matarreyes.
—Vuelve con tu cerveza y déjanos —ordenó. El techo era bajo, y de un gancho colgaba una lámpara de aceite. Catelyn la cogió y subió la llama—. Brienne, encargaos de que nadie me moleste.
Brienne asintió y se situó ante la entrada de la celda, con la mano sobre el pomo de la espada.
—Mi señora me llamará si me necesita.
Catelyn empujó con el hombro la pesada puerta de madera y hierro, y se adentró en una oscuridad fétida. Aquello eran las entrañas de Aguasdulces, y como tales olían. La paja vieja crujió bajo sus pies. Las paredes estaban descoloridas, con manchones de salitre. A través de la piedra se oía el rumor lejano del Piedra Caída. La luz de la lámpara descubrió una cubeta rebosante de excrementos en un rincón, y una forma acurrucada en otro. La jarra de vino estaba junto a la puerta, intacta.
«Adiós a mi plan. Aún tendría que estar agradecida de que el carcelero no se lo bebiera.»
Jaime alzó las manos para cubrirse el rostro, con un movimiento que hizo tintinear las cadenas de sus muñecas.
—Lady Stark —dijo con la voz ronca por la falta de uso—. No estoy en condiciones de recibiros, lo siento.
—Miradme, ser.
—La luz me hace daño en los ojos. Dadme un momento, por favor.
Jaime Lannister no había tenido acceso a una navaja desde la noche en que lo capturaron en el Bosque Susurrante, y el rostro que antes era tan semejante al de la reina aparecía ahora cubierto de una barba descuidada, que brillaba dorada a la luz de la lámpara y le daba el aspecto de una gran bestia amarilla, magnífica incluso estando encadenada. La cabellera sucia le caía hasta los hombros, enmarañada y apelmazada, las ropas se le pudrían sobre el cuerpo, tenía la cara pálida y demacrada... pero, pese a todo, su poder y belleza eran innegables.
—Veo que no os ha gustado el vino que os hice llegar.
—Tan repentina generosidad me resultó en cierto modo sospechosa.
—Puedo haceros decapitar cuando me plazca. ¿Para qué iba a envenenaros?
—La muerte causada por el veneno puede parecer natural. En cambio, sería más difícil alegar que se me cayó la cabeza. —Alzó la vista del suelo, poco a poco, a medida que los felinos ojos verdes se acostumbraban a la luz—. Os invitaría a sentaros, pero vuestro hermano ha olvidado proporcionarme sillas.
—Puedo quedarme de pie.
—¿De veras? La verdad es que tenéis un aspecto espantoso. Aunque puede que sea efecto de la luz. —Estaba encadenado de manos y pies, con los grilletes entrelazados de manera que no podía ponerse de pie ni tenderse cómodo. Los grilletes de los pies estaban fijados al muro con pernos—. ¿Os parece que estos brazaletes pesan ya suficiente, o venís a ponerme unos pocos más? Si queréis los haré tintinear para divertiros.
—Vos mismo os lo habéis buscado —le recordó—. Os proporcionamos la comodidad de una celda en la torre, en atención a vuestro noble linaje. Y nos lo pagasteis tratando de escapar.
—Una celda es siempre una celda. Bajo Roca Casterly hay algunas que hacen que ésta parezca un jardín soleado. Tal vez un día os las muestre.
«Si está asustado, lo disimula muy bien», pensó Catelyn.
—Alguien que está encadenado de pies y manos debería mostrarse más respetuoso con lo que dice, ser. No he venido aquí para que me amenacéis.
—¿No? ¿Habéis venido entonces para que os proporcione placer? Se dice que las viudas acaban por cansarse del lecho desierto. Los miembros de la Guardia Real juramos no contraer matrimonio; aun así podría haceros un favor, si lo precisáis. Servid un poco de vino y quitaos la túnica, a ver qué puedo hacer.
Catelyn lo miró con repugnancia. «¿Ha existido alguna vez un hombre tan hermoso y tan vil como éste?»
—Si hubierais dicho eso en presencia de mi hijo, os habría matado al instante.
—Sólo mientras yo llevara esto. —Jaime Lannister hizo tintinear las cadenas—. Ambos sabemos que el chico tiene miedo de enfrentarse a mí en combate singular.
—Mi hijo es joven, pero si lo tomáis por estúpido cometéis un grave error... y creo recordar que no erais tan propenso a lanzar desafíos cuando teníais un ejército entero para respaldaros.
—¿Los antiguos Reyes del Invierno también se escondían detrás de las faldas de sus madres?
—Empiezo a cansarme de esto, ser. Quiero saber algunas cosas.
—¿Por qué voy a deciros nada?
—Para salvar la vida.
—¿Creéis que temo a la muerte? —La noción por lo visto le resultaba muy divertida.
—Deberíais temerla. Si los dioses son justos, vuestros crímenes os han ganado un lugar de tormento en el más profundo de los siete infiernos.
—¿A qué dioses os referís, Lady Catelyn? ¿Los árboles a los que rezaba vuestro esposo? ¿De qué le sirvieron, cuando mi hermana le cortó la cabeza? —Jaime dejó escapar una risita—. Si hay dioses, ¿por qué el mundo está tan lleno de dolor e injusticia?
—Por culpa de los hombres como vos.
—No hay hombres como yo. Soy único.
«No tiene nada dentro, sólo orgullo, arrogancia y el valor ciego de un demente. Estoy malgastando la saliva. Si alguna vez tuvo una pizca de honor, hace tiempo que lo perdió.»
—Si no queréis hablar conmigo, sea. Bebeos el vino o mead en él, a mí me da igual.
Ya tenía la mano sobre el tirador de la puerta cuando Jaime le habló.
—Lady Stark. —Ella se detuvo y aguardó—. Con tanta humedad, las cosas se oxidan —siguió Jaime—. Hasta la cortesía. Quedaos y os daré vuestras respuestas... a cambio de algo.
«No tiene vergüenza.»
—Los prisioneros no ponen condiciones.
—Ya veréis que las mías son muy modestas. El carcelero no me cuenta nada más que mentiras crueles, y ni siquiera se esfuerza en que sean coherentes. Un día me dice que Cersei ha sido despellejada, y al siguiente que lo ha sido mi padre. Responded a mis preguntas y yo responderé a las vuestras.
—¿Diréis la verdad?
—Ah, ¿queréis oír la verdad? Tened cuidado, mi señora. Tyrion dice que los hombres siempre aseguran estar hambrientos de verdad, pero que cuando se la sirven, pocos encuentran su sabor agradable.
—Soy fuerte, puedo oír cualquier cosa que me digáis.
—Como queráis, pues. Pero antes, si sois tan amable... el vino. Tengo la garganta seca.
Catelyn colgó la lámpara de la puerta y le acercó la copa y la jarra. Jaime paladeó el vino antes de tragarlo.
—Agrio y basto —dijo—, pero me tendré que conformar. —Apoyó la espalda en la pared, se abrazó las rodillas contra el pecho y la miró—. ¿Vuestra primera pregunta, Lady Catelyn?
Catelyn no sabía cuánto podía durar aquel juego, así que no perdió el tiempo.
—¿Sois vos el padre de Joffrey?
—No lo preguntaríais si no supierais la respuesta.
—Quiero oírla de vuestros labios.
—Joffrey es mío —dijo Jaime, encogiéndose de hombros—. Igual que el resto de la prole de Cersei, creo.
—¿Admitís que sois el amante de vuestra hermana?
—Siempre he amado a mi hermana, y ahora me debéis dos respuestas. ¿Vive aún toda mi familia?
—Tengo entendido que Ser Stafford Lannister murió en Cruce de Bueyes.
—El tío Tarugo —dijo Jaime impasible—, como lo llamaba mi hermana. Los que me importan son Cersei y Tyrion, además de mi señor padre.
—Los tres viven. —«Pero no por mucho tiempo, si los dioses son misericordiosos.»
—La siguiente pregunta. —Jaime bebió un poco más de vino.
Catelyn se preguntaba si se atrevería a responder a lo que le iba a preguntar con algo que no fuera una mentira.
—¿Cómo se cayó mi hijo Bran?
—Yo lo tiré por una ventana.
La tranquilidad con que lo dijo la dejó sin palabras un momento. «Si tuviera un cuchillo lo mataría ahora mismo», pensó, hasta que se acordó de sus hijas.
—Erais un caballero —dijo con un nudo doloroso en la garganta—. Habíais jurado proteger a los débiles y a los inocentes.
—El chico era débil, pero yo no diría tanto como inocente. Nos estaba espiando.
—Bran jamás espiaría a nadie.
—Entonces echadles la culpa a vuestros queridos dioses, que llevaron al niño a aquella ventana y le dejaron ver lo que jamás debió ver.
—¿Que eche la culpa a los dioses? —repitió, incrédula—. Vuestra fue la mano que lo tiró. Queríais matarlo.
Las cadenas de Jaime tintinearon.
—No suelo tirar a los niños desde lo alto de una torre para que mejore su salud. Sí, quería matarlo.
—Y al ver que no había muerto, supisteis que corríais más peligro que nunca, de manera que entregasteis a un asesino una bolsa de plata para que se encargara de que Bran no despertara jamás.
—¿De veras? —Jaime alzó la copa y bebió un largo trago—. No niego que se me pasó por la cabeza, pero vos estabais con el crío día y noche, el maestre y Lord Eddard lo visitaban con frecuencia, estaban los guardias, y hasta esos condenados lobos huargos... Habría tenido que matar a media Invernalia. ¿Y para qué molestarme, si parecía que el chico se iba a morir sin ayuda?
—Si me mentís, se acabó. —Catelyn le mostró las manos, con las cicatrices en los dedos y en las palmas—. El hombre que fue a cortarle el cuello a Bran me hizo estas heridas. ¿Juráis que no tuvisteis nada que ver?
—Por mi honor de Lannister.
—Vuestro honor de Lannister vale menos que esto. —Dio una patada al cubo de excrementos y lo volcó. Un lodo marrón se extendió por el suelo de la celda y empapó la paja. Jaime Lannister se alejó tanto como le permitieron sus cadenas.
—Puede que mi honor sea una mierda, no lo niego, pero jamás he pagado a nadie para que matara en mi nombre. Pensad lo que gustéis, Lady Stark, pero si hubiera querido ver muerto a vuestro Bran lo habría matado yo mismo.
«Dioses misericordiosos, está diciendo la verdad.»
—Si no enviasteis vos al asesino, entonces fue vuestra hermana.
—Me habría enterado. Cersei no tiene secretos para mí.
—Entonces fue el Gnomo.
—Tyrion es tan inocente como vuestro Bran. Él no anda trepando por ahí, espiando a los demás.
—¿Y cómo es que el asesino tenía su daga?
—¿Qué daga?
—Una larga. —Separó las manos para mostrar su longitud—. Sencilla, pero de buena factura, con la hoja de acero valyrio y el puño de huesodragón. Vuestro hermano se la ganó a Lord Baelish en el torneo del día del nombre del príncipe Joffrey.
Lannister se sirvió vino, lo bebió, se sirvió más y miró la copa.
—Increíble, este vino mejora a medida que lo bebo. Ahora que describís esa daga, me parece que la recuerdo. ¿Decís que la ganó? ¿Cómo?
—Apostó por vos cuando os enfrentasteis al Caballero de las Flores. —Pero, mientras lo decía, Catelyn comprendió que se había equivocado—. No... ¿fue al revés?
—Tyrion siempre apuesta por mí en las justas —replicó Jaime—, pero aquel día Ser Loras me derribó. Pura mala suerte, no supe valorar al chico, pero eso no viene al caso. Fuera lo que fuera lo que apostó mi hermano, lo perdió. Aunque sí es cierto que aquella daga cambió de manos. Robert me la enseñó aquella noche, en el banquete. A Su Alteza le gustaba hurgarme en las heridas siempre que estaba borracho. ¿Y cuándo no lo estaba?
Catelyn recordó que Tyrion Lannister le había dicho aquello mismo mientras cabalgaban por las Montañas de la Luna. Ella se había negado a creerlo. Petyr le había jurado lo contrario. Petyr, el que fuera como un hermano para ella; Petyr, que la amaba tanto que se batió en duelo para conseguir su mano... pero, si tanto Jaime como Tyrion contaban lo mismo, ¿qué podía significar aquello? Los hermanos no se habían visto desde que salieron de Invernalia, hacía ya más de un año. Tenía que haber alguna trampa.
—¿Acaso intentáis engañarme?
—He admitido que tiré por una ventana a vuestro adorado mocoso, ¿qué gano con mentir acerca de la daga? —Se sirvió otra copa de vino—. Podéis creer lo que os dé la gana, no me importa lo que digan de mí. Y es mi turno. ¿Los hermanos de Robert se han puesto en pie de guerra?
—Sí.
—Qué respuesta tan miserable. Decidme algo más, o la próxima que os dé será igual de escueta.
—Stannis avanza hacia Desembarco del Rey —dijo de mala gana—. Renly ha muerto, su hermano lo asesinó en Puenteamargo, mediante artes oscuras que no alcanzo a comprender.
—Lástima —dijo Jaime—. Renly me caía bien, todo lo contrario que Stannis. ¿En qué bando están los Tyrell?
—Al principio en el de Renly, ahora no lo sé.
—Vuestro chico se debe de sentir muy solo.
—Robb cumplió dieciséis años hace unos días. Es un hombre, y además el rey. Ha ganado todas las batallas en las que ha tomado parte. Según las últimas noticias que hemos recibido, les ha arrebatado el Risco a los occidentales.
—Todavía no se ha enfrentado a mi padre, ¿verdad?
—Cuando se enfrente a él lo derrotará, como hizo con vos.
—Me cogió desprevenido. Fue un truco cobarde.
—¿Cómo os atrevéis a hablar de trucos? Vuestro hermano Tyrion envió a asesinos disfrazados de emisarios, bajo un estandarte de paz.
—Si el que estuviera en esta celda fuera uno de vuestros hijos, ¿acaso sus hermanos no harían lo mismo por él?
«Mi hijo no tiene hermanos», pensó. Pero no quería compartir su dolor con semejante criatura.
Jaime bebió otro trago de vino.
—Qué importa la vida de un hermano cuando el honor está en juego, ¿eh? —Un sorbo más—. Tyrion es inteligente, sabe que vuestro hijo jamás accederá a pedir un rescate por mí.
Catelyn no pudo negarlo.
—Los vasallos de Robb prefieren que os mate. Sobre todo Rickard Karstark. En el Bosque Susurrante matasteis a dos de sus hijos.
—Los dos con los rayos de sol color blanco, ¿no? —Jaime se encogió de hombros—. Si queréis que os diga la verdad, al que quería matar era a vuestro hijo. Los otros se interpusieron en mi camino. Los maté en combate justo, en el fragor de la batalla. Cualquier otro caballero habría hecho lo mismo.
—¿Cómo es posible que os sigáis considerando un caballero, después de haber violado todos los votos y juramentos?
—Tantos votos... —Jaime cogió la jarra para volver a llenarse la copa—. Te obligan a jurar, y a jurar... Defenderás al rey. Obedecerás al rey. Guardarás los secretos del rey. Harás su voluntad. Darás la vida por él. Pero obedecerás a tu padre. Amarás a tu hermana. Protegerás al inocente. Defenderás al débil. Respetarás a los dioses. Obedecerás las leyes. Es demasiado. No importa qué se haga, siempre se viola un juramento u otro. —Bebió un buen trago de vino y cerró los ojos un instante, con la cabeza apoyada en la pared, sobre una mancha de salitre—. Fui el más joven en vestir la capa blanca.
—Y el más joven en traicionar todo lo que significaba, Matarreyes.
—Matarreyes —pronunció él con deleite—. ¡Y menudo era el rey que maté! —Alzó la copa—. Por Aerys Targaryen, el segundo de su nombre, señor de los Siete Reinos y «protector» del reino. Y por la espada que le abrió la garganta. Una espada dorada, por cierto, hasta que su sangre tiñó de rojo la hoja. Ésos son los colores de los Lannister, el rojo y el oro.
Se echó a reír, y Catelyn comprendió que el vino había surtido efecto; Jaime se había bebido la mayor parte de la jarra, y estaba borracho.
—Únicamente un hombre como vos se enorgullecería de semejante acción.
—Ya os lo he dicho, no hay hombres como yo. Decidme una cosa, Lady Stark, ¿os contó Ned en alguna ocasión cómo había muerto su padre? ¿Y su hermano?
—Estrangularon a Brandon delante de su padre, y luego mataron también a Lord Rickard. —Era una historia ingrata, y de hacía ya dieciséis años. ¿Por qué le preguntaba por aquello?
—Sí, lo mataron, pero... ¿cómo?
—Con la cuerda o con el hacha, me imagino.
—No me cabe duda de que Ned prefirió ahorrarle los detalles a su dulce aunque no muy virginal prometida. —Jaime bebió un sorbo y se limpió la boca—. Queríais la verdad, ¿no? Preguntadme. Hemos hecho un trato, no puedo negaros nada. Preguntadme.
—La muerte es la muerte. —«No quiero saber nada de eso.»
—Brandon era diferente de su hermano, ¿eh? Tenía sangre en las venas, en lugar de agua fría. Más parecido a mí.
—Brandon no se parecía en nada a vos.
—Si vos lo decís... Ibais a casaros con él.
—Él venía de camino a Aguasdulces cuando... —Era extraño, pese a todos los años transcurridos seguía sintiendo un nudo en la garganta al recordarlo—. Cuando se enteró de lo de Lyanna, cambió de dirección y fue hacia Desembarco del Rey. Fue una temeridad. —Le vino a la memoria la rabia de su padre cuando la noticia llegó a Aguasdulces. Llamó a Brandon «idiota galante».
—Cabalgó hasta la Fortaleza Roja con unos cuantos acompañantes, y empezó a gritar al príncipe Rhaegar que saliera para matarlo. —Jaime se sirvió la última media copa de vino—. Pero Rhaegar no se encontraba allí. Aerys envió a sus guardias para arrestarlos a todos por conspirar para matar a su hijo. Creo que los demás también eran hijos de señores.
—Ethan Glover era el escudero de Brandon —dijo Catelyn—. Fue el único superviviente. Los demás eran Jeffory Mallister, Kyle Royce y Elbert Arryn, el sobrino y heredero de Jon Arryn. —Era extraño que todavía recordara aquellos nombres, después de tanto tiempo—. Aerys los acusó de traición y convocó a sus padres a la corte para que respondieran de los cargos, con los hijos como rehenes. Cuando llegaron, los asesinó sin juicio previo. Tanto a los padres como a los hijos.
—Sí que hubo juicios, aunque no de los tradicionales. Lord Rickard exigió un juicio por combate, y el rey accedió a su petición. Stark se armó para la batalla pensando que se enfrentaría a un miembro de la Guardia Real. Tal vez a mí. En lugar de eso, lo llevaron a la sala del trono y lo suspendieron de las vigas mientras dos de los piromantes de Aerys atizaban una hoguera debajo de él. El rey le dijo que el campeón de la Casa Targaryen era el fuego. Así que lo único que tenía que hacer Lord Rickard para demostrar que era inocente del cargo de traición era... no quemarse.
»Cuando el fuego estuvo en su apogeo hicieron entrar a Brandon. Tenía las manos encadenadas a la espalda, y en torno al cuello una tira de cuero húmedo, atada a un dispositivo que el rey había traído de Tyrosh. Pero le dejaron libres las piernas, y le pusieron la espada en el suelo, justo fuera de su alcance.
»Los piromantes asaron a Lord Rickard a fuego lento, atizaban el fuego y lo aventaban para que el calor fuera homogéneo. Lo primero que prendió fue la capa, luego el jubón y pronto no vistió nada más que metal y cenizas. A continuación empezaría a cocerse, dijo Aerys... a menos que su hijo pudiera liberarlo. Brandon lo intentó, pero cuanto más se debatía, más le apretaba la tira la garganta. Al final, se estranguló solo.
»En cuanto a Lord Rickard, el acero de su coraza se puso de color rojo cereza al final y el oro de las espuelas se fundió y cayó goteando al fuego. Yo estuve todo el tiempo al pie del Trono de Hierro, con mi armadura blanca y mi capa blanca, pensando en Cersei. Cuando todo terminó, Gerold Hightower me llevó aparte y me dijo que mi juramento era proteger al rey, no juzgarlo. Sí, eso fue lo que me dijo el Toro Blanco, leal hasta el último momento y, según todo el mundo, mucho mejor hombre que yo.
—Aerys... —Catelyn sentía sabor a hiel en la garganta. La historia era tan horrenda que probablemente fuera verdad—. Aerys estaba loco, el reino entero lo sabía. Pero si queréis hacerme creer que lo matasteis para vengar a Brandon Stark...
—No pretendo haceros creer tal cosa, los Stark no significan nada para mí, y resultaría muy extraño que una persona me apreciara por un favor que no le hice, cuando tantos me detestan por lo mejor que he hecho nunca. En la coronación de Robert, me vi obligado a arrodillarme a sus regios pies junto al Gran Maestre Pycelle y al eunuco Varys, para que pudiera «perdonarnos» por los crímenes que habíamos cometido antes de entrar a su servicio. En cuanto a vuestro querido Ned, tendría que haber besado la mano que mató a Aerys, pero en lugar de eso prefirió fruncir el ceño cuando me encontró con el culo sobre el trono de Robert. Creo que Ned Stark quería más a Robert que a su hermano o a su padre... o incluso que a vos, mi señora. A Robert nunca le fue infiel, ¿verdad? —Jaime soltó una risotada ebria—. Vamos, Lady Stark, ¿no os parece gracioso?
—No encuentro gracioso nada que venga de vos, Matarreyes.
—Otra vez me estáis insultando. ¿Pues sabéis qué? Ya no voy a follaros. Meñique se me adelantó, ¿no? Y yo nunca como en el plato de otro. Además, no sois ni la mitad de bella que mi hermana. —Su sonrisa cortaba—. Nunca me he acostado con una mujer que no fuera Cersei. A mi manera, he sido más fiel de lo que jamás lo fue vuestro querido Ned. Pobre Ned, qué muerto está ahora. Decidme, ¿quién tiene un honor de mierda? ¿Cómo se llamaba el chico que tuvo con otra, el bastardo?
—¡Brienne! —llamó Catelyn retrocediendo un paso.
—No, no, no era así. —Jaime Lannister se llevó la jarra a la boca. Un reguerillo de vino, brillante como la sangre, le corrió por la cara—. Nieve, se llamaba Nieve. Qué nombre tan blanco... como esas capas tan bonitas que nos dan en la Guardia Real, cuando hacemos esos juramentos tan bonitos.
Brienne abrió la puerta y entró en la celda.
—¿Me habéis llamado, mi señora?
Catelyn tendió la mano.
—Dadme vuestra espada.
THEON
El cielo oscuro estaba cubierto de nubes sobre los bosques muertos y helados. Las raíces trababan los pies de Theon al correr, y las ramas desnudas le azotaban la cara y le trazaban surcos de sangre en las mejillas. Avanzaba a trompicones sin rumbo, con el aliento entrecortado, los carámbanos saltaban en pedazos a su paso. «Piedad», sollozó. Detrás de él resonó un aullido estremecedor que le heló la sangre en las venas. «Piedad, piedad.» Al mirar por encima de su hombro los vio acercarse, lobos grandes, del tamaño de caballos, con cabezas de niños pequeños. «Piedad, oh, piedad.» Les manaba sangre de las fauces negras como pozos, cada gota que llegaba a la nieve abría agujeros llameantes. Se acercaban más y más con cada zancada. Theon trató de correr más deprisa, pero las piernas no le obedecían. Todos los árboles tenían rostros que se reían de él, se reían, y el aullido sonó de nuevo. Le llegaba el olor del aliento ardiente de las bestias que lo perseguían, un hedor a azufre y a podredumbre. «Están muertos, están muertos, yo vi cómo los mataban —trató de gritar—, vi cómo sumergían sus cabezas en brea», pero cuando abrió la boca sólo consiguió emitir un gemido, y en ese momento algo lo rozó, y se dio media vuelta con un grito...
... buscando a manotazos la daga que tenía siempre junto a la cama, pero sólo consiguió tirarla al suelo. Wex se alejó de él de un salto. Hediondo estaba detrás del mudo, con el rostro iluminado por la vela que llevaba en la mano.
—¿Qué? —gritó Theon. «Piedad»—. ¿Qué queréis? ¿Qué hacéis en mi dormitorio? ¿Qué...?
—Mi señor príncipe, vuestra hermana acaba de llegar a Invernalia —dijo Hediondo—. Pedisteis que os avisáramos al instante cuando viniera.
—Ya era hora —gruñó Theon mientras se pasaba los dedos por el pelo. Había empezado a temer que Asha pretendiera abandonarlo a su suerte. «Piedad.» Echó un vistazo por la ventana y vio que las primeras luces del amanecer empezaban a acariciar las torres de Invernalia—. ¿Dónde está? —preguntó.
—Lorren la ha llevado junto con sus hombres a la sala principal para que desayunen. ¿Queréis recibirla ahora?
—Sí. —Theon echó las mantas a un lado. El fuego se había consumido, apenas si quedaban las brasas—. Wex, agua caliente. —No podía permitir que Asha lo viera despeinado y empapado en sudor. «Lobos con caras de niños...» Se estremeció. El dormitorio estaba tan frío como el bosque en sus sueños—. Cierra los postigos.
En los últimos tiempos todos sus sueños habían sido fríos, y cada uno más espantoso que el anterior. La noche pasada había soñado que volvía a estar en el molino, de rodillas, vistiendo los cadáveres. Los miembros empezaban a ponerse rígidos, de manera que parecían resistirse hoscos mientras los manipulaba con los dedos casi helados; les puso los calzones y les ató las lazadas, metió unas botas con forro de piel en unos pies que no se doblaban, y abrochó un cinturón de cuero tachonado en torno a una cintura que podía abarcar con las manos.
—Yo no quería que llegáramos a esto —les dijo mientras trabajaba—. Pero no me han dejado elección.
Los cadáveres no le respondieron, eran cada vez más fríos y pesados.
La noche anterior había sido la mujer del molinero. Theon había olvidado su nombre, pero recordaba bien su cuerpo, los pechos amplios y mullidos, las estrías en el vientre y la manera en que le clavaba las uñas en la espalda mientras la follaba. En su sueño volvía a estar en la cama con ella, esta vez tenía dientes arriba y también abajo, y le desgarraba la garganta al tiempo que le mordía el miembro viril. Era una locura. También a ella la había visto morir. Gelmarr la había matado de un hachazo mientras suplicaba a Theon piedad a gritos. «Déjame en paz, mujer. Te mató él, no yo. Y él también está muerto.» Al menos Gelmarr no perseguía a Theon en sus sueños.
Cuando Wex volvió con el agua, los efectos del sueño empezaban a disiparse. Theon se lavó el sudor y la somnolencia, y se tomó tanto tiempo como quiso para vestirse. Le tocaba a él el turno. Eligió una túnica de satén a rayas negras y doradas, y un hermoso jubón de cuero con tachonaduras de plata... hasta que recordó que su jodida hermana respetaba más las armas que la belleza. Se arrancó las ropas entre maldiciones y volvió a vestirse, en esta ocasión con ropas de lana con forro de fieltro y una cota de malla. Se colgó del cinturón la espada y la daga, mientras recordaba la noche en que ella lo había humillado a la mesa de su padre.
«Su bebé de pecho, sí. Pues mira, yo también tengo un cuchillo, y también sé emplearlo.»
Por último se puso la corona, una banda de frío hierro, fina como un dedo, con incrustaciones de diamante negro y pepitas de oro. Era deforme y fea, pero eso era inevitable. Mikken estaba enterrado en el camposanto, y el nuevo herrero valía para hacer clavos, herraduras y poco más. Theon se consoló pensando que no era más que una corona de príncipe. Cuando lo coronaran rey tendría una mucho mejor.
Al otro lado de la puerta lo aguardaba Hediondo, junto con Urzen y Kromm. Theon acompasó el paso al de los hombres. En los últimos días se hacía acompañar por guardias fuera adonde fuera, incluso a la letrina. Invernalia entera quería matarlo. La misma noche en que volvieron de Agua Bellota, Gelmarr el Sombrío se había caído por unas escaleras y se había roto la espalda. Al día siguiente, Aggar apareció con la garganta cortada de oreja a oreja. Gynir Napiarroja se volvió tan cauteloso que dejó de beber vino, empezó a dormir con cota de malla y yelmo, y adoptó al perro más escandaloso de las perreras para que lo despertara si alguien intentaba atacarlo mientras dormía. Pese a todo, una mañana el castillo entero despertó con los ladridos enloquecidos del perrito. El cachorro daba vueltas en torno al pozo, y Napiarroja flotaba en el agua, ahogado.
No podía dejar que los asesinatos quedaran impunes. Farlen era tan sospechoso como cualquier otro, de manera que Theon lo juzgó, lo declaró culpable y lo condenó a muerte. Hasta aquello le salió mal.
—Mi señor Eddard mataba él en persona a los que condenaba —dijo el encargado de las perreras mientras se arrodillaba junto al tocón.
Theon se vio obligado a coger el hacha, de lo contrario habría parecido débil. Le sudaban las manos y no pudo agarrar bien el mango, de manera que el primer golpe acertó a Farlen entre los hombros. Hicieron falta tres hachazos más para cortar todo el músculo y el hueso, y separar la cabeza del cuerpo. Más tarde vomitó al recordar todas las veces que habían bebido juntos una copa de aguamiel, mientras hablaban de perros y de caza.
«No tenía elección —hubiera querido gritarle al cadáver—. Los hijos del hierro no saben guardar un secreto, era necesario que muriesen, y había que echarle la culpa a alguien.» Pero hubiera querido matarlo de manera más limpia. Ned Stark nunca había necesitado más de un golpe para decapitar a un condenado.
Tras la muerte de Farlen cesaron los asesinatos, pero aun así sus hombres seguían hoscos y nerviosos.
—En batalla abierta no temen a ningún adversario —le dijo Lorren el Negro—; pero vivir entre los enemigos, sin saber nunca si la lavandera te va a dar un beso o una puñalada, si el criado te va a servir vino o veneno, es una cosa muy diferente. Deberíamos marcharnos de aquí.
—¡Soy el príncipe de Invernalia! —fue la respuesta a gritos de Theon—. ¡No ha nacido el hombre que me eche de aquí! ¡Ni la mujer!
«Asha. Ha sido culpa suya. Mi querida hermana... que los Otros la sodomicen con una espada.» Asha quería que muriera para robarle el puesto como heredero de su padre. Por eso lo había dejado languidecer allí, sin hacer caso de las órdenes apremiantes que le había enviado.
Cuando llegó se la encontró en el trono alto de los Stark, despedazando un capón con las manos. La estancia resonaba con las voces de sus hombres, que charlaban con los de Theon mientras todos bebían juntos. Armaban un escándalo tal que su entrada pasó desapercibida.
—¿Dónde están los demás? —preguntó a Hediondo. Sentados a las mesas no había más de cincuenta hombres, y la mayoría eran de los suyos. En la sala principal de Invernalia cabían diez veces más.
—No hay más, mi señor príncipe.
—¿Cómo que no hay más? ¿Cuántos hombres ha traído?
—A ojo, me parece que unos veinte.
Theon Greyjoy se dirigió a zancadas hacia su hermana, que estaba repantigada en el trono. Asha celebraba a carcajadas el comentario que le había hecho uno de sus hombres, pero se calló cuando lo vio a su lado.
—Vaya, pero si es el príncipe de Invernalia. —Tiró un hueso a uno de los perros que andaban olisqueando por la estancia. Bajo la nariz ganchuda de halcón, la boca amplia se frunció en una sonrisa burlona—. ¿O más bien el príncipe de los Idiotas?
—La envidia no es propia de una doncella.
Asha se lamió la grasa de los dedos. Un mechón rizado de pelo negro le cayó sobre los ojos. Sus hombres pedían a gritos pan y tocino. Para ser tan pocos hacían mucho ruido.
—¿Envidia, Theon?
—¿Qué otra cosa puede ser? Con treinta hombres, capturé Invernalia en una noche. A ti te hicieron falta un millar y un mes para tomar Bosquespeso.
—Es que no soy un gran guerrero como tú, hermano. —Bebió de un trago medio cuerno de cerveza, y se limpió la boca con el dorso de la mano—. Ya he visto las cabezas clavadas sobre tus puertas. Dime la verdad, ¿cuál opuso más resistencia, el tullido o el bebé?
Theon sintió que se le agolpaba la sangre en la cara. Aquellas cabezas no le proporcionaban la menor alegría, como tampoco se la proporcionó el hecho de exhibir los cuerpos decapitados de los niños ante todo el castillo. La Vieja Tata los contempló mientras abría y cerraba la boca desdentada, sin emitir sonido alguno, y Farlen se había intentado arrojar contra Theon entre gruñidos, como uno de sus sabuesos. Urzen y Cadwyl lo tuvieron que dejar sin conocimiento a golpes con las astas de las lanzas.
«¿Cómo he podido acabar así?», recordó haber pensado mientras miraba los cuerpos cubiertos de moscas.
El único que había tenido el valor de acercarse había sido el maestre Luwin. El hombrecillo canoso, con el rostro pétreo, le suplicó que le permitiera coser las cabezas de los niños a los cuerpos, para que pudieran descansar en las criptas subterráneas junto con los otros Stark fallecidos.
—No —replicó Theon—. De las criptas, ni hablar.
—Pero ¿por qué, mi señor? Ya no os pueden hacer ningún daño. Es ahí donde deben estar. Los huesos de todos los Stark...
—He dicho que no.
Necesitaba las cabezas para la muralla, pero los cuerpos decapitados los hizo quemar aquel mismo día, con sus hermosas ropas y joyas. Después, se arrodilló entre los huesos y las cenizas para recoger un resto de plata fundida y azabache agrietado, que era todo lo que quedaba del broche en forma de cabeza de lobo que había pertenecido a Bran. Todavía lo conservaba.
—Traté a Bran y a Rickon con toda generosidad —dijo a su hermana—. Ellos mismos se labraron su destino.
—Igual que hacemos todos, hermanito.
—¿Cómo crees que voy a defender Invernalia si sólo me traes veinte hombres? —A Theon se le estaba agotando la paciencia.
—Diez —lo corrigió Asha—. Los otros se volverán conmigo. No querrás que tu querida hermana se enfrente a los peligros que acechan en el bosque sin una escolta adecuada, ¿eh? Los lobos huargos acechan en la oscuridad. —Bajó las piernas del gran asiento de piedra y se puso en pie—. Ven, vayamos a otro lugar para hablar en privado.
Sabía que su hermana tenía razón, pero le irritaba que fuera ella la que tomaba la decisión. «No debí ir a verla —comprendió demasiado tarde—. Tendría que haber ordenado que se presentara ante mí.»
Pero ya era demasiado tarde para eso. Theon no tenía más remedio que llevar a Asha a las estancias de Ned Stark.
—Dagmer ha perdido el combate en la Ciudadela de Torrhen... —soltó bruscamente una vez allí, junto a las cenizas del fuego apagado.
—El antiguo castellano rompió su asedio, sí —respondió Asha con calma—. ¿Y qué pensabas? El tal Ser Rodrik conoce el terreno a la perfección, a diferencia de Barbarrota, y muchos de los norteños iban a caballo. A los hijos del hierro les falta la disciplina necesaria para resistir una carga de caballería. Dagmer sigue vivo, ya puedes dar las gracias. Se dirige con los supervivientes de vuelta hacia la Costa Pedregosa.
«Sabe más que yo», comprendió Theon. Aquello lo enfureció aún más.
—La victoria ha dado valor a Leobald Tallhart para salir de detrás de sus muros y unirse a las fuerzas de Ser Rodrik. Y según los informes que he recibido, Lord Manderly ha enviado río arriba una docena de barcazas con caballeros, caballos y máquinas de asedio. Por si fuera poco, los Umber se están reagrupando más allá del Último. Antes de que cambie la luna tendré un ejército entero ante las puertas, ¿y tú me traes diez hombres?
—No tenía por qué haber traído ninguno.
—Te ordené...
—Nuestro padre es el que me da órdenes, y me ordenó que tomara Bosquespeso —le espetó—. En cambio no me dijo nada de rescatar a mi hermano pequeño.
—A la mierda con Bosquespeso —replicó—. No es más que una letrina de madera en la cima de una colina. Invernalia es el corazón de estas tierras, pero ¿cómo voy a defenderla sin una guarnición?
—Tendrías que haberlo pensado antes de tomar la fortaleza. No niego que fue una estratagema de lo más astuta. Si hubieras tenido suficiente sentido común para arrasar el castillo y llevarte a los principitos como rehenes a Pyke, habrías ganado la guerra de un plumazo.
—Eso es lo que tú querrías, ver mi trofeo reducido a ruinas y a cenizas.
—Este trofeo va a ser tu perdición. Los krakens surgen del mar, Theon, del mar, ¿lo olvidaste en los años que pasaste entre los lobos? Nuestra fuerza son los barcoluengos. Mi letrina de madera está cerca del mar, eso me permitirá recibir provisiones y refuerzos siempre que los necesite. Pero Invernalia está cientos de leguas tierra adentro, rodeada de bosques, castillos y fortalezas hostiles. Y no te llames a engaño, en miles de leguas a la redonda no hay un hombre que no sea tu enemigo. Tú mismo lo has conseguido al clavar esas cabezas en la puerta del castillo. —Asha sacudió la cabeza—. ¿Cómo has podido ser tan idiota? Mira que matar a niños...
—¡Se atrevieron a desafiarme! —le gritó a la cara—. Además, esto ha sido sangre por sangre, dos hijos de Eddard Stark para pagar por Rodrik y Maron. —Le salieron las palabras sin pensar, pero Theon supo al instante que su padre las aprobaría—. He dado descanso a los fantasmas de mis hermanos.
—De nuestros hermanos —le recordó Asha con un atisbo de sonrisa—. ¿Te has traído sus fantasmas desde Pyke? Anda, y yo que pensaba que sólo perseguían a nuestro padre.
—¿Desde cuándo entiende una doncella que un hombre necesite venganza?
Incluso aunque su padre no le agradeciera el regalo de Invernalia, sin duda aprobaría que Theon hubiera vengado a sus hermanos. Pero Asha soltó una carcajada.
—¿No se te ha ocurrido pensar que el tal Ser Rodrik sienta la misma necesidad? Aunque te comportes como un imbécil, eres sangre de mi sangre, Theon. En nombre de la madre que nos engendró a los dos, vuelve a Bosquespeso conmigo. Pega fuego a Invernalia y sal de aquí ahora que aún estás a tiempo.
—No —dijo Theon ajustándose la corona—. He tomado este castillo, y lo voy a defender.
—Lo defenderás, sí —dijo su hermana después de mirarlo largo rato—. El resto de tu vida. —Dejó escapar un suspiro—. A mí me parece una locura, pero ¿qué sabe de estas cosas una tímida doncella? —Ya junto a la puerta le dirigió una última sonrisa burlona—. Por cierto, llevas la corona más fea que he visto en mi vida. ¿Te la has hecho tú?
Lo dejó allí, rabioso, y no se demoró más que el tiempo justo para dar de comer a los caballos y abrevarlos. Tal como había amenazado, se llevó a la mitad de los hombres que la habían acompañado, y salió por la Puerta del Cazador, la misma por la que habían escapado Bran y Rickon.
Theon los vio alejarse desde la cima de la muralla. Mientras veía a su hermana desaparecer entre las nieblas del Bosque de los Lobos, empezó a preguntarse por qué no le había hecho caso, por qué no se había ido con ella.
—Se marcha, ¿eh?
De repente Hediondo estaba junto a él. Theon no lo había oído acercarse, ni siquiera lo había olido. Era la persona que menos deseaba ver en el mundo. Le incomodaba que siguiera caminando y respirando, pese a saber lo que sabía. «Tendría que haberlo matado después de que se encargara de los otros», reflexionó. Pero la sola idea lo ponía nervioso. Aunque pareciera increíble, Hediondo sabía leer y escribir, y tenía cierta astucia brutal; tal vez hubiera escondido en alguna parte un relato de lo que habían hecho.
—Perdonad que os lo diga, mi señor príncipe, pero no está bien que os abandone. Y con diez hombres no tendréis suficiente.
—Bien que lo sé. —«Igual que Asha.»
—A lo mejor yo podría ayudaros —siguió Hediondo—. Dadme un caballo y una bolsa de monedas, y os conseguiré unos cuantos hombres más.
—¿Cuántos? —Theon entrecerró los ojos.
—Cien o doscientos. Puede que más. —Sonrió, y le brillaron los ojos claros—. Nací al norte de aquí. Conozco a mucha gente, y mucha gente conoce a Hediondo.
Doscientos hombres no constituían un ejército, pero tampoco hacían falta miles para defender un castillo tan fuerte como Invernalia. Mientras supieran qué lado de la lanza servía para matar, podrían cumplir con su cometido.
—Si cumples lo que dices, verás que no soy ningún ingrato. Podrás pedir la recompensa que quieras.
—Bueno, mi señor... no estoy con una mujer desde que iba con Lord Ramsay —dijo Hediondo—. Le he echado el ojo a esa chica que se llama Palla, y tengo entendido que ya no es virgen, así que...
—Tráeme doscientos hombres y es tuya. —Había llegado demasiado lejos con Hediondo para volverse atrás—. Pero como vengas con uno menos, seguirás follando cerdos.
Antes de que se pusiera el sol, Hediondo ya había partido con una bolsa de plata de los Stark y las últimas esperanzas de Theon. «Lo más probable es que no vuelva a ver a ese miserable», pensó con amargura. Pero sabía que tenía que correr el riesgo.
Aquella noche soñó con el banquete que había dado Ned Stark cuando el rey Robert llegó a Invernalia. La sala estaba llena de música y risas, aunque en el exterior soplaban vientos gélidos. Al principio todo era música y asados, Theon gastaba bromas, miraba a las sirvientas y se divertía... hasta que se dio cuenta de que la habitación estaba cada vez más oscura. La música ya no parecía tan alegre; oyó notas discordantes, silencios extraños y notas que quedaban suspendidas en el aire, sangrando. De pronto el vino se le tornó amargo en la boca, y al alzar la vista de la copa vio que estaba compartiendo la cena con los muertos.
El rey Robert estaba sentado, con una gran herida en el vientre y las entrañas desparramadas encima de la mesa, y junto a él se encontraba Lord Eddard, decapitado. A las mesas de la parte de abajo se sentaban cadáveres de carne grisácea y podrida, que se les caía de los huesos cuando alzaban las copas para brindar, mientras los gusanos les entraban y salían reptando de las órbitas vacías. Los conocía a todos; Jory Cassel, Tom el Gordo, Porther, Cayn y Hullen, el caballerizo mayor, y todos los que habían partido hacia el sur en dirección a Desembarco del Rey para no regresar nunca. Mikken y Chayle estaban sentados juntos, uno chorreaba sangre y el otro agua. Benfred Tallhart y sus Liebres Salvajes ocupaban la mayor parte de la mesa. La mujer del molinero también se encontraba allí, así como Farlen, y hasta el salvaje que Theon había matado en el Bosque de los Lobos el día que le salvó la vida a Bran.
Pero había más, otros cuyos rostros no había visto nunca, caras que sólo conocía por sus representaciones en piedra. La chica esbelta y de mirada triste que llevaba una diadema de rosas azuladas y una túnica blanca manchada de sangre sólo podía ser Lyanna. Junto a ella estaba su hermano Brandon, y detrás de ambos su padre, Lord Rickard. A lo largo de las paredes, unas figuras apenas entrevistas se movían en medio de las sombras, como fantasmas pálidos con rostros alargados y sombríos. Theon sintió un estremecimiento de miedo, afilado como un cuchillo. Y en aquel momento las altas puertas se abrieron de repente, una ráfaga de viento gélido sopló por la gran sala, y Robb surgió de lo más profundo de la noche. Viento Gris caminaba a su lado con los ojos llameantes, y tanto el hombre como el lobo sangraban por un centenar de heridas brutales.
Theon despertó con un grito tal que Wex se llevó un susto espantoso y salió corriendo desnudo de la habitación. Cuando los guardias irrumpieron con las espadas desenvainadas les ordenó que fueran a buscar al maestre. Cuando llegó Luwin, desgreñado y somnoliento, Theon había controlado el temblor de sus manos gracias a una copa de vino, y estaba avergonzado por el ataque de pánico.
—Un sueño —murmuró—. Ha sido un sueño, nada más. Sin ninguna importancia.
—Sin ninguna importancia —asintió Luwin con solemnidad.
Dejó una pócima para dormir, pero Theon la tiró por la letrina en cuanto hubo salido. Luwin era el maestre, sí, pero también era un hombre, y el hombre no sentía ningún afecto hacia él. «Quiere que duerma, sí... que duerma y no despierte jamás. Lo desea tanto como Asha.»
Envió a buscar a Kyra, cerró la puerta de una patada, se montó sobre ella y la poseyó con una furia que jamás habría imaginado sentir. Cuando terminó la chica sollozaba, tenía el cuello y los pechos llenos de moretones y mordiscos. Theon la sacó de la cama a empujones y le tiró una manta.
—Lárgate.
Pero ni aun así consiguió dormir.
Cuando amaneció, se vistió y fue a pasear por los muros exteriores. El fresco viento otoñal soplaba entre las almenas. Le enrojecía las mejillas y hacía que le escocieran los ojos. Contempló cómo el bosque gris se iba tiñendo de verde a sus pies, a medida que la luz se filtraba entre los árboles silenciosos. A su izquierda se veían las cimas de los torreones de la muralla interior, con los tejados bañados por la luz dorada del sol. Las hojas rojas del arciano eran como una llamarada entre el follaje verde.
«El árbol de Ned Stark —pensó—, y el bosque de Stark, y el castillo de Stark, y la espada de Stark, y los dioses de Stark. Éste es su lugar, no el mío. Yo soy un Greyjoy de Pyke, nacido para pintarme un kraken en el escudo y navegar por el gran mar salado. Tendría que haberme ido con Asha.»
Sobre la entrada de la muralla, clavadas en estacas de hierro, las cabezas aguardaban.
Theon las contempló en silencio mientras el viento le agitaba la capa con manos pequeñas, fantasmales. Los hijos del molinero habían tenido la misma edad que Bran y Rickon, semejante estatura y complexión, y una vez Hediondo les hubo despellejado los rostros y sumergido las cabezas en brea era muy sencillo ver rasgos familiares en aquellos bultos deformes de carne podrida. Qué estúpida era la gente.
«Si les hubiéramos dicho que eran cabezas de carnero, les habrían visto cuernos.»
SANSA
Llevaban toda la mañana cantando en el sept, desde que llegó al castillo la primera noticia sobre el avistamiento de velas. El sonido de sus voces se mezclaba con los relinchos de los caballos, el clamor del acero y los chirridos de las bisagras de las grandes puertas de bronce, que se combinaban para crear una música extraña y terrible.
«En el sept se canta para pedir misericordia a la Madre, pero en las murallas al que cantan es al Guerrero, y siempre en silencio. —Recordó que la septa Mordane les decía que el Guerrero y la Madre no eran más que dos rostros del mismo gran dios—. Pero si sólo es un dios, ¿qué plegarias va a atender?»
Ser Meryn Trant sujetó el caballo zaino para que Joffrey montara. Tanto el muchacho como el animal llevaban armadura flexible dorada y coraza esmaltada en escarlata, con leones a juego en las cabezas. La clara luz del sol arrancaba destellos dorados y rojizos cada vez que Joff se movía.
«Brillante, deslumbrante y hueco», pensó Sansa.
El Gnomo iba a lomos de un semental rojo, con una armadura más sencilla que la del rey y un equipamiento de combate que lo hacía parecer un niño vestido con las ropas de su padre. Pero el hacha que llevaba colgada bajo el escudo no tenía nada de infantil. Ser Mandon Moore cabalgaba a su lado, todo acero blanco brillante como el hielo. Al ver a Sansa, Tyrion se acercó a ella a caballo.
—Lady Sansa —le dijo—, imagino que mi hermana os habrá pedido que vayáis a Maegor, junto con el resto de las damas nobles, ¿verdad?
—Así es, mi señor, pero el rey Joffrey me envió orden de estar aquí para verlo partir. También querría ir al sept a rezar.
—No os preguntaré por quién. —Retorció la boca en un gesto extraño; si pretendía ser una sonrisa, era la más extraña que Sansa había visto jamás—. Puede que todo cambie hoy. Para vos y para la Casa Lannister. Ahora que lo pienso, tendría que haberos enviado lejos con Tommen. En fin, en el Torreón de Maegor estaréis a salvo, siempre que...
—¡Sansa, Sansa! —El grito infantil recorrió todo el patio. Joffrey la había visto—. ¡Sansa, aquí!
«Me llama como el que llama a un perro», pensó.
—Veo que Su Alteza os necesita —señaló Tyrion Lannister—. Si los dioses lo permiten, volveremos a hablar después de la batalla.
Joffrey le hizo gestos para que se acercara más, y Sansa se abrió camino entre una hilera de lanceros con capas doradas.
—Todos dicen que la batalla va a empezar pronto.
—Que los dioses tengan misericordia y se apiaden de todos nosotros...
—Aquí el que va a necesitar piedad va a ser mi tío, pero no la tendré. —Joffrey desenvainó la espada. El pomo era un rubí tallado en forma de corazón, engastado entre las fauces de un león. La hoja tenía tres vaceos profundos—. Mi nueva espada, Comecorazones.
Sansa recordó que había tenido otra espada, una llamada Colmillo de León. Arya se la había quitado y la había tirado al río. «Ojalá Stannis le haga lo mismo con ésta.»
—Un forjado maravilloso, Alteza.
—Bendice mi acero con un beso. —Tendió la hoja hacia ella—. Venga, dale un beso.
Jamás había parecido tan estúpido y tan infantil. Sansa rozó el metal con los labios, pensando que prefería besar todas las espadas que hicieran falta en vez de a Joffrey, pero por lo visto aquel gesto complació al chico. Envainó la espada con un floreo.
—Cuando vuelva le darás otro beso, y probarás el sabor de la sangre de mi tío.
«Será si uno de tus guardias reales lo mata por ti.» Tres Espadas Blancas acompañarían en todo momento a Joffrey y a su tío: Ser Meryn, Ser Mandon y Ser Osmund Kettleblack.
—¿Entraréis en combate al frente de vuestros caballeros? —preguntó Sansa, esperanzada.
—Yo sí que quería, pero mi tío el Gnomo dice que mi tío Stannis no va a cruzar el río. Pero estaré al mando de las Tres Putas. Me voy a encargar de los traidores en persona.
La perspectiva hizo sonreír a Joff. Aquellos labios rosados y gruesos le hacían parecer siempre amohinado. Hubo un tiempo en que a Sansa le gustaba su expresión, pero ahora le daba asco.
—Se dice que mi hermano Robb siempre está en lo más fragoroso de la batalla —dijo sin pensar—. Aunque claro, es mayor que Vuestra Alteza. Es un hombre adulto.
Aquello hizo que frunciera el ceño.
—Cuando acabe con el traidor de mi tío me encargaré de tu hermano. Lo voy a destripar con Comecorazones, ya verás.
Dio media vuelta a su caballo, picó espuelas y se dirigió hacia la puerta. Ser Meryn y Ser Osmund lo escoltaban a derecha e izquierda, y los capas doradas lo seguían en fila de a cuatro. El Gnomo y Ser Mandon Moore cerraban la retaguardia. Los guardias los vieron partir entre gritos y aclamaciones. Cuando el último de ellos hubo desaparecido, un silencio repentino invadió el patio, como la calma que precede a la tormenta.
En medio de aquel silencio, los cánticos la atrajeron. Sansa se dirigió hacia el sept. La siguieron dos mozos de cuadras, así como uno de los hombres que acababa de terminar su turno de guardia. No fueron los únicos.
Sansa no había visto nunca el sept tan abarrotado, ni con luces tan brillantes. Los rayos del sol se teñían de mil colores al atravesar las vidrieras, y por todas partes ardían velas con llamitas que parpadeaban como estrellas. El altar de la Madre y el del Guerrero estaban bañados de luz, pero el Herrero, la Vieja, la Doncella y el Padre también tenían fieles, y hasta había unas cuantas llamas que iluminaban el rostro semihumano del Desconocido... porque, ¿quién era Stannis Baratheon, si no el Desconocido que llegaba para juzgarlos? Sansa visitó por turno a cada uno de los Siete, encendió una vela en cada altar, y luego encontró sitio en uno de los bancos, entre una anciana lavandera de rostro marchito y un niño que tendría la edad de Rickon, vestido con la fina túnica de lino propia del hijo de un caballero. La mano de la anciana era huesuda y callosa; la del niño, pequeña y blanda; pero se sintió bien al poder aferrarse a alguien. El ambiente estaba cargado, hacía calor y olía a sudor y a incienso. Todo aquello, junto con la luz de colores y el parpadeo de las velas, hizo que se sintiera un poco mareada.
Conocía el himno, su madre se lo había enseñado hacía mucho, mucho tiempo, en Invernalia. De modo que unió su voz a la de los demás.
Madre Gentil, fuente de toda piedad,
salva a nuestros hijos de la guerra y la maldad,
contén las espadas y las flechas detén,
que tengan un futuro de paz y de bien.
Madre Gentil, de las mujeres aliento,
ayuda a nuestras hijas en este día violento,
calma la ira y la furia agresiva,
haz que nuestra vida sea más compasiva.
Eran miles las personas que, al otro lado de la ciudad, atestaban el Gran Sept de Baelor, y también estarían cantando, sus voces se oirían en todo Desembarco del Rey, cruzarían el río y ascenderían hacia el cielo.
«Los dioses tienen que escucharnos», pensó.
Sansa sabía casi todos los himnos, y los que no, los siguió como mejor pudo. Cantó junto con viejos criados canosos y jóvenes esposas nerviosas, con sirvientas y soldados, con cocineros y con cetreros, con caballeros y con granujas, con escuderos, con mendigos, con madres que amamantaban a sus hijos... Cantó con los que estaban dentro del castillo y con los que estaban fuera. Cantó implorando misericordia, tanto para los vivos como para los muertos, para Bran, para Rickon, para Robb, para su hermana Arya y para su hermano bastardo Jon Nieve, que estaba tan lejos, en el Muro. Cantó por su madre y por el padre de su madre, su abuelo Lord Hoster, por su tío Edmure Tully, por su amiga Jeyne Poole, por el viejo rey Robert, siempre borracho, por la septa Mordane y Ser Dontos y Jory Cassel y el maestre Luwin, por todos los valientes caballeros y soldados que iban a morir aquel día y por los hijos y esposas que los llorarían, y por último, ya casi al final, cantó incluso por Tyrion el Gnomo y por el Perro.
«No es un auténtico caballero —dijo a la Madre—, pero fue el que me salvó. Salvadlo si podéis, y aplacad la rabia que lo corroe por dentro.»
Pero cuando el septon empezó a pedir a los dioses que protegieran y defendieran al legítimo rey, Sansa se puso en pie. Los pasillos estaban abarrotados. Tuvo que abrirse camino a la fuerza para salir mientras el septon rogaba al Herrero que diera fortaleza a la espada y al escudo de Joffrey, al Guerrero que le diera valor, y al Padre que lo defendiera si era necesario. «Ojalá se le rompa la espada, y también el escudo —pensó Sansa fríamente mientras se abría camino hacia las puertas—. Que pierda el valor y todos sus hombres lo abandonen.»
Unos cuantos guardias patrullaban por las almenas de la torre de entrada, pero aparte de ellos el castillo parecía desierto. Sansa se detuvo y escuchó con atención. A lo lejos se oían los sonidos de la batalla. Los cánticos los ocultaban casi por completo, pero si uno prestaba atención los percibía: el gemido grave de los cuernos de guerra, el crujido y el ruido sordo de las catapultas, el chisporroteo de la brea ardiendo, el sonido agudo de los escorpiones al disparar las lanzas de un metro de largo y punta de hierro... y más apagados, mezclados con ellos, los gritos de los moribundos.
Era otro tipo de canción, una canción terrible. Sansa se echó la capucha de la capa sobre las orejas y caminó apresurada hacia el Torreón de Maegor, el castillo dentro del castillo, donde la reina había prometido que estarían todos a salvo. Al pie del puente levadizo se encontró con Lady Tanda y sus dos hijas. Falyse había llegado el día anterior del castillo de Stokeworth junto con un pequeño grupo de soldados. En aquel momento trataba de convencer a su hermana de que cruzara el puente, pero Lollys se aferraba a su doncella.
—No quiero, no quiero, no quiero —sollozaba.
—La batalla ha empezado ya —dijo Lady Tanda con voz tensa.
—No quiero, no quiero.
Sansa no tenía más remedio que pasar junto a ellas. La saludaron con toda cortesía.
—¿Queréis que os ayude? —dijo.
Lady Tanda se sonrojó de vergüenza.
—No, mi señora, pero os agradezco vuestra amabilidad. Por favor, perdonad a mi hija, no se encuentra bien.
—No quiero. —Lollys se agarró a su doncella, una chica esbelta, muy bonita, de pelo corto y oscuro, que por su expresión estaba deseando dar un empujón a su señora y tirarla al foso seco, a las estacas de hierro—. Por favor, por favor, no quiero.
—Dentro estaremos mucho más protegidas —le dijo Sansa con dulzura—, habrá cosas para comer, cosas para beber y canciones.
Lollys la miró con la boca abierta. Tenía unos ojos castaños apagados que siempre parecían llenos de lágrimas.
—No quiero.
—Pues tienes que entrar —dijo con brusquedad su hermana Falyse—. Y no hay más que decir. Shae, ayúdame.
Cogieron a Lollys cada una por un codo, y entre las dos la llevaron mitad en volandas y mitad a rastras por todo lo largo del puente levadizo. Sansa las siguió al lado de su madre.
—Ha estado enferma —dijo Lady Tanda.
«Si es que a un bebé se lo puede considerar una enfermedad», pensó Sansa. En el castillo todo el mundo sabía que Lollys estaba embarazada.
Los dos guardias de la puerta llevaban los yelmos con cresta de león y las capas escarlatas de la Casa Lannister, pero Sansa sabía que no eran más que mercenarios disfrazados. Otro estaba sentado al pie de las escaleras. Un guardia de verdad habría estado de pie, no sentado en un peldaño con la alabarda cruzada sobre las rodillas, pero al menos se levantó al verlas, y abrió la puerta para dejarlas pasar.
El salón de baile de la reina no era ni la décima parte de grande que la sala principal del castillo, y sólo la mitad que la sala privada en la Torre de la Mano, pero cabían un centenar de personas sentadas, y compensaba con elegancia lo que le faltaba en espacio. Detrás de cada candelabro de las paredes había espejos de plata batida, de manera que las antorchas brillaban el doble de luminosas. En los muros había paneles de maderas nobles con tallas, y los suelos estaban cubiertos de esteras de dulce olor. De la galería superior les llegaba el sonido alegre de flautas y violines. En la pared sur había una hilera de ventanas en forma de arco, pero las habían cubierto con cortinajes pesados. El grueso tejido de terciopelo no dejaba pasar ni un atisbo de luz, y amortiguaba tanto los sonidos de la guerra como las oraciones.
«Pero no importa —pensó Sansa—. La guerra está con nosotros.»
Junto a las largas mesas estaban sentadas casi todas las mujeres nobles de la ciudad, además de unos cuantos ancianos y niños pequeños. Las mujeres eran esposas, hijas, madres, hermanas... Sus hombres habían ido a combatir a Lord Stannis. Muchos no regresarían. Aquella certidumbre pesaba en el ambiente. Como prometida de Joffrey, a Sansa le correspondía un lugar de honor a la derecha de la reina. En el momento en que empezó a subir al estrado, vio al hombre que se encontraba entre las sombras, junto al muro del fondo. Llevaba un jubón largo de malla negra, y sostenía ante él una espada: el espadón de su padre, Hielo, casi tan alto como el que lo tenía en aquel momento. La punta reposaba contra el suelo, y los dedos huesudos del hombre se cerraban en torno a la cruz a ambos lados del puño. Sansa sintió que le faltaba la respiración. Fue como si Ser Ilyn Payne percibiera su mirada, porque volvió hacia ella el rostro descarnado, picado de viruelas.
—¿Qué hace ése aquí? —preguntó a Osfryd Kettleblack, capitán de la nueva guardia de capas rojas de la reina.
—Su Alteza la reina cree que necesitará de sus servicios antes de que termine la noche —contestó Osfryd con una sonrisa.
Ser Ilyn era la Justicia del Rey. Sólo había un servicio que pudiera prestar. «¿Qué cabeza quiere la reina?»
—En pie para recibir a Su Alteza, Cersei de la Casa Lannister, reina regente y Protectora del Reino —gritó el mayordomo real.
La túnica de Cersei era de lino níveo, tan blanca como las capas de la Guardia Real. Las largas mangas amplísimas dejaban ver el forro de satén dorado. La brillante cabellera dorada le caía sobre los hombros desnudos en rizos espesos. Llevaba en torno al cuello un collar de diamantes y esmeraldas. El blanco le daba un aspecto de inocencia extraño, casi virginal, pero tenía color en las mejillas.
—Sentaos —dijo tras ocupar su lugar en el estrado—, y sed todos bienvenidos. —Osfryd Kettleblack le acercó la silla, y un paje hizo lo mismo para Sansa—. Estás pálida, Sansa —observó Cersei—. ¿Tu flor roja sigue floreciendo?
—Sí.
—Es muy apropiado. Los hombres sangran ahí afuera, y tú aquí adentro. —La reina hizo un gesto para indicar que se sirviera el primer plato.
—¿Para qué está aquí Ser Ilyn? —preguntó Sansa sin poder contenerse.
—Para hacerse cargo de los traidores —contestó la reina lanzando una mirada en dirección al verdugo mudo—, y para defendernos si fuera necesario. Fue caballero antes que verdugo. —Señaló con la cuchara hacia el fondo de la sala, donde las altas puertas de madera estaban ya cerradas y atrancadas—. Cuando las hachas derriben esas puertas, te alegrarás de que esté aquí.
«Me alegraría más si fuera el Perro», pensó Sansa. Sandor Clegane era rudo, pero no permitiría que le pasara nada malo.
—¿No nos protegerán vuestros guardias?
—¿Y quién nos va a proteger de mis guardias? —La reina miró de reojo a Osfryd—. Los mercenarios leales son tan escasos como las prostitutas vírgenes. Si perdemos la batalla, mis guardias se harán un lío con sus capas escarlatas de tanta prisa como se darán en quitárselas. Robarán lo que puedan y huirán, junto con los criados, las lavanderas y los mozos de cuadras, todos para salvar sus indignos pellejos. ¿Tienes idea de lo que sucede durante el saqueo de una ciudad, Sansa? No, claro que no. Todo lo que sabes de la vida lo has aprendido de los bardos, y no hay muchas canciones sobre saqueos.
—Los auténticos caballeros jamás harían daño a las mujeres y a los niños. —A ella misma le sonaron huecas las palabras mientras salían de su boca.
—Los auténticos caballeros. —Por lo visto a la reina aquello le parecía divertidísimo—. Claro, claro, tienes razón. Anda, cómete la sopa como una niña buena, y sigue esperando a que Symeon Ojos de Estrella y el príncipe Aemon el Caballero Dragón vengan a rescatarte, pequeña. Seguro que tienen que estar al llegar.
DAVOS
El agua de la Bahía Aguasnegras estaba agitada y revuelta, se veían cabrillas por doquier. La Betha negra se dejaba llevar por el flujo de la marea, sus velas crujían y restallaban con cada cambio del viento. La Espectro y la Lady Marya navegaban muy cerca, con apenas veinte metros de distancia entre los cascos. Sus hijos mantenían bien la formación. Davos estaba orgulloso.
Al otro lado del mar, los cuernos de guerra bramaban, sus gemidos roncos y profundos como la llamada de una serpiente monstruosa se repetían de barco en barco.
—Arriad la vela —ordenó Davos—. Retirad el mástil. Remeros a los remos.
Su hijo Matthos transmitió las órdenes. La cubierta de la Betha negra bullía de actividad mientras toda la tripulación llevaba a cabo las tareas correspondientes, dando empujones a los soldados que, se pusieran donde se pusieran, parecían estar siempre en medio. Ser Imry había ordenado que entraran en el río sólo con los remos, para no exponer las velas a los escorpiones y las bombardas de las murallas de Desembarco del Rey.
Davos alcanzaba a distinguir la Furia al sudeste, en aquellos momentos estaban arriando las brillantes velas doradas adornadas con el venado coronado de los Baratheon. Desde aquellas cubiertas, hacía ya dieciséis años, Stannis Baratheon había ordenado el asalto contra Rocadragón, pero en esta ocasión había optado por cabalgar con su ejército, y había confiado el mando de la Furia y de la flota al hermano de su esposa, Ser Imry, que había acudido a Bastión de Tormentas junto con Lord Alester y el resto de los Florent para unirse a su causa.
Davos conocía la Furia tan bien como sus barcos. Sobre los trescientos remeros había una cubierta dedicada en exclusiva a los escorpiones, y encima estaban las catapultas montadas a todo lo largo, tan grandes que podían lanzar barriles de brea en llamas. Era un barco impresionante, y también muy rápido, aunque Ser Imry lo había llenado de proa a popa con caballeros y soldados con armaduras, y eso le restaba velocidad.
Los cuernos de guerra resonaron de nuevo, de la Furia llegaron nuevas órdenes. Davos sintió un cosquilleo en los dedos amputados.
—¡Remos fuera! —gritó—. ¡Alineación!
Un centenar de palas se hundieron en el agua cuando el cómitre empezó a golpear el tambor. El sonido era como el latir lento de un corazón, y con cada latido los remos se movían al unísono, los cien hombres remando a una.
A la Espectro y a la Lady Marya también les habían salido alas de madera. Las tres galeras iban al mismo paso, con los remos haciendo bullir las aguas.
—Velocidad lenta de crucero —ordenó Davos.
La Orgullo de Marcaderiva de Lord Velaryon, de casco plateado, había ocupado su posición a babor de la Espectro y la Risa audaz se aproximaba con rapidez, pero la Bruja apenas acababa de meter los remos en el agua y la Caballo de mar aún se afanaba por retirar el mástil. Davos miró a popa. Sí, allí, lejos al sur, sólo podía ser la Pez espada, rezagada como siempre. Contaba con doscientos remos y llevaba a bordo el mayor espolón de la flota, aunque Davos tenía grandes dudas sobre su capitán.
Podía oír a los soldados que intercambiaban gritos de aliento por encima del agua. Desde Bastión de Tormentas habían sido poco más que lastre, y estaban ansiosos por enfrentarse al enemigo, confiados en la victoria. En eso compartían la opinión de su almirante, el Lord Gran Capitán Ser Imry Florent.
Tres días antes, había convocado a todos sus capitanes a un consejo de guerra a bordo de la Furia, mientras la flota se encontraba anclada en la desembocadura del Rodeo, a fin de darles a conocer sus disposiciones. A Davos y a sus hijos se les asignaron posiciones en la segunda línea de batalla, casi al extremo del ala de estribor.
—Un lugar de honor —había declarado Allard, muy satisfecho por la oportunidad de demostrar su valor.
—Un lugar peligroso —había señalado su padre.
Sus hijos, incluso el joven Maric, lo habían mirado con lástima. Casi podía oír sus pensamientos: «El Caballero de la Cebolla se ha vuelto una anciana, aunque por dentro sigue siendo un contrabandista».
Bien, lo último era bastante cierto y no se iba a disculpar por ello. «Seaworth» sonaba señorial, pero en el fondo seguía siendo Davos del Lecho de Pulgas, que volvía a su ciudad sobre las tres altas colinas. Sabía tanto sobre barcos, velas y costas como el que más en los Siete Reinos, y se había batido con su espada sobre cubiertas empapadas en bastantes ocasiones. Pero llegaba a este tipo de batalla como una doncella, nervioso y asustado. Los contrabandistas no hacen sonar cuernos de guerra ni levantan estandartes. Cuando huelen el peligro, izan las velas y huyen con el viento a la espalda.
Si hubiera sido el almirante, lo habría hecho todo de modo diferente. Para comenzar, hubiera enviado a varias de sus naves más veloces a explorar el curso del río y ver qué les esperaba, en lugar de lanzarse de cabeza. Cuando se lo sugirió a Ser Imry, el Lord Gran Capitán le había dado las gracias cortésmente, pero sus ojos no mostraban la misma cortesía. «¿Quién es este cobarde de baja estofa? —preguntaban aquellos ojos—. ¿Será el que compró su título de caballero con una cebolla?»
Con cuatro veces más naves que el rey niño, Ser Imry no veía la necesidad de ser precavido ni de utilizar tácticas engañosas. Había organizado la flota en diez líneas de batalla, cada una de veinte naves. Las primeras dos líneas remontarían el río, para entrar en combate con la pequeña flota de Joffrey, «los juguetes del niño», como la llamaba Ser Imry, y destruirla, para júbilo de sus señores capitanes. Los que venían detrás desembarcarían compañías de arqueros y lanceros junto a los muros de la ciudad, y sólo después de eso se incorporarían al combate en el río. Las naves más pequeñas y lentas de la retaguardia transportarían el grueso del ejército de Stannis desde la ribera meridional, protegidas por Salladhor Saan y sus lysenios, que permanecerían apostados en la bahía por si los Lannister contaban con otras naves ocultas a lo largo de la costa, listas para atacarlos por la retaguardia.
Davos tenía que reconocer que la prisa de Ser Imry estaba justificada. Los vientos no les habían sido muy favorables en el viaje desde Bastión de Tormentas. Habían perdido dos cocas en las escolleras de la Bahía de los Naufragios el mismo día de la partida, en un inicio bastante lamentable. Una de las galeras de Myr se había ido a pique en los estrechos de Tarth y una tormenta los había azotado mientras entraban en el Gaznate dispersando la flota por la mitad del estrecho mar. Finalmente, lograron reagruparse tras el espinazo protector de Garfio de Massey, en las aguas más tranquilas de la Bahía Aguasnegras, tras perder doce naves y un tiempo considerable.
Stannis habría llegado al río Aguasnegras varios días antes. El camino real iba directo desde Bastión de Tormentas hasta Desembarco del Rey, una ruta más corta que por mar, y el grueso de sus tropas lo formaba la caballería. Eran cerca de veinte mil caballeros, jinetes ligeros y jinetes libres, el legado involuntario de Renly a su hermano. Seguro que había tardado poco, pero los corceles de guerra y las lanzas de cuatro metros no servían de nada frente a las aguas profundas del río Aguasnegras y los altos muros de la ciudad. Stannis habría acampado con sus señores en la orilla meridional del río, y seguro que se moría de impaciencia preguntándose qué habría hecho Ser Imry con su flota.
Dos días antes, habían divisado media docena de esquifes de pescadores desde Roca Merling. Los pescadores habían huido antes de que llegaran, pero fueron interceptados y abordados uno por uno.
—Una cucharadita de victoria es lo que se requiere para asentar el estómago antes de la batalla —había declarado Ser Imry con alegría—. Hace que los hombres quieran una ración más grande.
Pero Davos estaba más interesado en lo que pudieran decir los cautivos sobre las defensas en Desembarco del Rey. El enano había estado ocupado construyendo algo parecido a una barrera para cerrar la desembocadura del río, aunque los pescadores no coincidían en que el trabajo estuviera terminado o no. Se descubrió deseando que lo hubieran acabado. Si el río estaba cerrado para ellos, Ser Imry no tendría otra opción que detenerse y evaluar la situación.
El mar estaba lleno de sonidos: gritos y llamadas, cuernos de guerra y tambores, el trémolo de las gaitas, el golpeteo de la madera en el agua cuando miles de remos se elevaban y caían...
—Mantened la formación —gritó Davos.
Un soplo de viento agitó su vieja capa verde. Su única protección consistía en un justillo de cuero endurecido y un yelmo, ahora a sus pies. Creía que en el mar, el pesado acero podía igualmente salvar a un hombre o costarle la vida. Ser Imry y otros capitanes de ilustre cuna no compartían su punto de vista. Cuando recorrían las cubiertas de sus naves, emitían destellos.
Tanto la Bruja como la Caballo de mar ocupaban ahora su sitio, y la Zarpa roja de Lord Celtigar las seguía. A estribor de la Lady Marya de Allard navegaban las tres galeras que Stannis había arrancado de manos del infortunado Lord Sunglass: Piedad, Oración y Devoción, cuyas cubiertas estaban repletas de arqueros. Hasta la Pez espada se aproximaba, balanceándose pesadamente en una mar cada vez más gruesa, con el impulso tanto de los remos como de las velas.
«Una nave con tantos remos debería ser mucho más veloz —reflexionó Davos con desaprobación—. Es ese espolón que lleva; es demasiado grande, la desequilibra.»
El viento del sur soplaba a ráfagas, pero con los remos aquello no tenía importancia. Entrarían con el flujo de la marea, pero los Lannister tendrían a favor la corriente del río, y en su desembocadura el Aguasnegras bajaba fuerte y rápido. El primer choque favorecería inevitablemente al adversario. «Vamos a cometer una estupidez al enfrentarnos a ellos en el río Aguasnegras», pensó Davos. En cualquier batalla en mar abierto, sus líneas de combate rodearían la flota enemiga por ambos flancos, haciéndola concentrarse para ser destruida. Sin embargo, en el río, la cantidad y el volumen de las naves de Ser Imry tendría menos importancia. No podrían disponer de una fila de más de veinte naves, porque correrían el riesgo de que los remos tropezaran y de chocar entre sí.
Más allá de la línea de naves de guerra, Davos alcanzaba a ver la Fortaleza Roja en la cumbre de la Colina Alta de Aegon, oscura ante un cielo amarillento, con la desembocadura del río debajo. Al otro lado del río, la orilla sur estaba cubierta de hombres y caballos, que se agitaban como hormigas enloquecidas al divisar las naves que se aproximaban. Stannis los habría mantenido ocupados en la construcción de balsas y la fabricación de flechas, pero incluso así la espera debió de ser difícil de soportar. Desde allí llegó el sonido de unas diminutas trompetas de bronce, que pronto desapareció ahogado por el rugido de miles de gargantas que gritaban. Davos apretó con la mano el saquito que contenía sus falanges y musitó una oración silenciosa para tener suerte.
La Furia estaría en el centro de la primera línea de batalla, flanqueada por la Lord Steffon y la Venado del mar, cada una de doscientos remos. En las alas de babor y estribor estarían las de cien: Lady Harra, Pezbrillante, Señor Risueño, Demonio del mar, Honor astado, Jenna Harapos, Tres tridentes, Espada veloz, Princesa Rhaenys, Hocico de perro, Cetro, Fiel, Cuervo rojo, Reina Alysanne, Gata, Valerosa y Veneno de dragón. En cada mástil ondeaba el fiero corazón del Señor de la Luz, rojo, amarillo y naranja. Tras Davos y sus hijos venía otra línea de naves de cien, comandadas por caballeros y señores capitanes, y los seguía el contingente de Myr, más reducido, ninguna de sus naves tenía más de ochenta remos. Más atrás estarían las naves a vela, las carracas y las grandes cocas madereras, y el último sería Salladhor Saan en su orgullosa Valyria, una enorme nave de trescientos remos, escoltada por el resto de sus galeras, con sus característicos cascos a franjas. El extravagante príncipe lysenio no estuvo nada contento cuando le asignaron el puesto de retaguardia, pero era obvio que Ser Imry no tenía más confianza en él que Stannis. «Demasiadas quejas y demasiadas reclamaciones sobre el oro que se le debía.» De todos modos, Davos lo sentía. Salladhor Saan era un viejo pirata astuto, y sus tripulaciones estaban formadas por marinos de pura sangre, que no sentían miedo en la pelea. Tenerlos en la retaguardia era un desperdicio.
Ahooooooooooooooooooooooooo. La llamada salió del puente de mando del Furia y retumbó entre cabrillas y remos que subían y bajaban: Ser Imry anunciaba el ataque. Ahoooooooooooo, ahooooooooooooo, ahooooooooooooooooooooooooooooo.
La Pez espada se había unido finalmente a la línea de batalla, aunque todavía llevaba izada la vela.
—Velocidad rápida de crucero —ladró Davos.
El tambor comenzó a marcar el ritmo más rápido, la boga se incrementó, los bordes de los remos cortaban el agua, splash-guosh, splash-guosh, splash-guosh. En cubierta, los soldados golpeaban los escudos con las espadas, mientras los arqueros tensaban lentamente sus arcos y cogían la primera flecha de las aljabas que llevaban al cinturón. Las galeras de la primera línea de batalla le impedían la visión, y Davos recorrió la cubierta en busca de una mejor vista. No vio señal de dique alguno, la boca del río estaba abierta como para tragárselos a todos. A no ser que...
En sus tiempos de contrabandista, Davos se había jactado con frecuencia de que conocía la costa de Desembarco del Rey mejor que la palma de su mano, puesto que no se había pasado buena parte de su vida entrando y saliendo furtivamente de la palma de su mano. Las torres achaparradas que se erguían, una frente a la otra, en la desembocadura del Aguasnegras, quizá no significaran nada para Ser Imry Florent, pero para él era como si le hubieran salido dos dedos adicionales de los nudillos.
Se protegió los ojos del sol poniente para examinar las torres con más atención. Eran demasiado pequeñas para alojar una guarnición importante. La de la orilla norte había sido construida contra el promontorio, con la Fortaleza Roja vigilando encima de ella; su pareja, en la orilla sur, tenía su base en el agua. Se dio cuenta enseguida: «Han excavado una zanja a través de la orilla». Eso hacía muy difícil el asalto de la torre. Los atacantes tendrían que vadear el agua, o bien construir un puente sobre el pequeño canal. Stannis había dispuesto arqueros allí abajo para dispararles a los defensores en caso de que alguno osara levantar la cabeza por encima de los parapetos, pero no se había molestado en hacer nada más.
Muy abajo, donde el agua oscura se arremolinaba en torno de la base de la torre, algo emitió un destello. La luz del sol se reflejaba en el acero, y eso le dijo a Davos Seaworth todo lo que necesitaba saber. «Una barrera de cadenas... pero no han cerrado el río para que no entremos. ¿Por qué?»
Podía tratar de imaginar el motivo, pero no había tiempo para meditar. De las naves que le precedían brotó un grito, y los cuernos de guerra volvieron a sonar: tenían al enemigo frente a ellos.
Entre los remos inquietos de la Cetro y la Fiel, Davos vio una delgada línea de galeras que cortaba el río, con el sol reflejado en la pintura dorada que cubría sus cascos. Conocía aquellas naves tan bien como a las suyas. Cuando era contrabandista, siempre se sintió más seguro al saber si la vela en el horizonte era señal de una nave rápida o una lenta, o si su capitán era un hombre joven, sediento de gloria, o uno viejo que terminaba sus días de servicio.
Ahoooooooooooooooooooooooooooo, llamaban los cuernos de guerra.
—Velocidad de combate —gritó Davos.
Oyó a Dale y a Allard dando la misma orden a babor y estribor. Los tambores comenzaron a marcar el ritmo con furia, los remos subían y bajaban, y la Betha negra se lanzó hacia delante. Cuando miró a la Espectro, Dale lo saludó. La Pez espada se quedaba de nuevo atrás, bamboleándose en la estela de las naves más pequeñas que tenía a cada lado; por lo demás, la línea era recta como una muralla.
El río, que en la distancia había parecido tan estrecho, ahora se ensanchaba como un mar, pero la ciudad también se había vuelto gigante. Mirando ceñuda desde la Colina Alta de Aegon, la Fortaleza Roja dominaba los accesos. Sus almenas erizadas de hierro, sus pesadas torres y sus gruesos muros rojos le daban el aspecto de una bestia feroz, a punto de saltar sobre el río y las calles. Los acantilados sobre los que se erguía eran abruptos y rocosos, con manchas de líquenes y retorcidos arbustos espinosos. La flota tendría que pasar por debajo del castillo para llegar a la bahía y a la ciudad.
La primera línea estaba ya en el río, pero las galeras enemigas continuaban retrocediendo. «Quieren atraernos. Quieren que nos juntemos más, bien apretados, sin posibilidades de rodearlos por los flancos... y con esa barrera a nuestras espaldas.» Caminó por la cubierta, estirando el cuello para contemplar mejor la flota de Joffrey. Entre los juguetes del niño estaba la voluminosa Gracia de los dioses; también vio a la vieja y lenta Príncipe Aemon, a la Dama de seda y a su gemela, Rubor de dama, a la Viento salvaje, la Regio, la Corazón blanco, la Lanza, la Flor del mar... Pero ¿dónde estaba la Estrellaleón? ¿Dónde estaba la hermosa Lady Lyanna, que el rey Robert había bautizado en honor de la doncella que había amado y perdido? ¿Y dónde estaba la Martillo del rey Robert? Era la mayor galera de guerra en la flota real, cuatrocientos remos, la única nave de guerra en posesión del rey niño capaz de superar a la Furia. Por lógica debería estar en el centro de cualquier defensa.
Davos presintió una trampa, pero no acababa de ver señales de enemigos congregándose a sus espaldas, sólo veía la gran flota de Stannis Baratheon en formación ordenada, que se extendía hasta el horizonte del agua. «¿Levantarán la cadena para dividirnos en dos?» No alcanzaba a entender qué conseguirían con eso. Las naves que quedaran fuera de la bahía aún podían desembarcar a los hombres al norte de la ciudad; el paso era más lento, pero más seguro.
Una bandada de flameantes pájaros naranja salió volando del castillo, unos veinte o treinta; vasijas de brea ardiente que describían un arco sobre el río, dejando atrás hilos de fuego. Las aguas devoraron la mayoría, pero algunas cayeron sobre las cubiertas de las galeras en la primera línea de batalla, esparciendo llamas al romperse en pedazos. En la cubierta de la Reina Alysanne se veían guerreros con armaduras arrastrándose, y Davos pudo distinguir columnas de humo que ascendían desde tres puntos diferentes en la Veneno de dragón, cerca de la orilla. En ese momento, una segunda andanada volaba por los aires, y también caían flechas, que llegaban silbando desde los nidos de arqueros que coronaban las torres. Un soldado cayó por la borda de la Gata, chocó con los remos y se hundió.
«El primer hombre que muere hoy —pensó Davos—, pero no será el último.»
Por encima de las almenas de la Fortaleza Roja ondeaban las banderas del rey niño: el venado coronado de Baratheon sobre campo dorado y el león de Lannister sobre púrpura. Llegaron volando más vasijas de brea. Davos oyó a hombres gritar cuando el fuego se extendió por la Valerosa. Sus remeros estaban a salvo abajo, protegidos de los proyectiles por la media cubierta que los cubría, pero los guerreros con armaduras que se encontraban arriba no tuvieron la misma fortuna. Como había temido, el ala de estribor recibía todo el castigo. «Pronto nos llegará el turno», recordó, inquieto. La Betha negra estaba perfectamente al alcance de las vasijas flameantes, pues era la sexta nave a partir de la orilla norte. A estribor tenía solamente la Lady Marya de Allard, la desgarbada Pez espada, que se había quedado tan atrás que ahora estaba más cerca de la tercera línea que de la segunda, y la Piedad, la Oración y la Devoción, que requerirían de toda la intercesión divina que pudieran conseguir por estar en un sitio muy vulnerable.
Cuando la segunda línea pasó entre las torres gemelas, Davos las examinó más de cerca. Pudo ver tres eslabones de una enorme cadena que asomaba de un agujero no mayor que la cabeza de un hombre y desaparecía bajo el agua. Las torres sólo tenían una puerta, construida a unos seis metros sobre el terreno. Desde la azotea de la torre septentrional, los arqueros disparaban contra la Oración y la Devoción. Los arqueros de la Devoción respondieron y Davos oyó los gritos de un hombre alcanzado por una flecha.
—Ser capitán —su hijo Matthos estaba a su lado—. Vuestro yelmo.
Davos lo tomó con ambas manos y se lo puso en la cabeza. El yelmo no tenía visor, pues odiaba que algo le impidiera ver bien.
En ese momento, en torno a ellos llovían vasijas con brea. Vio una que botó en la cubierta de la Lady Marya, pero la tripulación de Allard apagó el fuego enseguida. A babor, se oyeron los cuernos de guerra desde la Orgullo de Marcaderiva. Los remos levantaban surtidores de agua con cada golpe. El proyectil de un escorpión, de casi un metro de largo, cayó a dos palmos de Matthos, se clavó en la madera de la cubierta y quedó allí vibrando. Delante, la primera línea se encontraba ya a tiro de arco del enemigo; nubes de flechas volaban entre las naves, silbando como serpientes al ataque.
Al sur del Aguasnegras, Davos vio a hombres que arrastraban balsas rudimentarias hacia el agua, mientras otros, en filas y columnas, formaban tras un millar de banderas. El corazón ardiente estaba por todas partes, aunque el pequeño venado negro aprisionado entre las llamas era demasiado pequeño para distinguirlo. «Debería llevar el venado coronado —pensó—. El venado era el blasón del rey Robert, la ciudad se habría alegrado de verlo. El estandarte de este desconocido sólo sirve para soliviantar a los hombres contra nosotros.»
No podía contemplar el corazón ardiente sin pensar en la sombra que Melisandre había parido en las tinieblas debajo de Bastión de Tormentas. «Al menos, combatimos a la luz del día, con las armas de los hombres honestos —se dijo—. La mujer roja y sus hijos oscuros no tendrán nada que ver con esto.»
Stannis la había hecho embarcar de vuelta a Rocadragón con Edric Tormenta, su sobrino bastardo. Sus capitanes y vasallos habían insistido en que el campo de batalla no era sitio apropiado para una mujer. Sólo los hombres de la reina habían disentido, pero sin levantar mucho la voz. De todos modos, el rey había estado a punto de permitirle quedarse, hasta la intervención de Lord Bryce Caron.
—Alteza, si la hechicera permanece aquí —dijo—, los hombres dirán después que la victoria fue de ella, no vuestra. Dirán que debéis vuestra corona a sus conjuros.
Eso lo había hecho cambiar de opinión. Durante los debates, Davos se había mantenido en silencio, pero a decir verdad no lamentó verla partir. No quería saber nada de Melisandre ni de su dios.
A estribor, la Devoción viró hacia la orilla y un tablón se deslizó por la borda. Los arqueros saltaron al agua poco profunda, sosteniendo los arcos por encima de las cabezas para que las cuerdas se mantuvieran secas. Alcanzaron la orilla en la estrecha franja de tierra bajo los acantilados. Desde el castillo les lanzaron rocas, que descendieron rebotando, así como flechas y lanzas, pero tenían poco ángulo de tiro y los proyectiles no hicieron mucho daño.
La Oración tocó tierra unos veinte metros más arriba, y la Piedad comenzaba a virar hacia la orilla cuando los defensores empezaron a llegar por la ribera; los cascos de sus corceles de guerra levantaban salpicaduras en el agua poco profunda. Los caballeros cayeron sobre los arqueros como lobos entre gallinas, haciéndolos retroceder hacia los barcos y echándolos al río antes de que la mayoría tuviera ocasión de poner una flecha en el arco. Los hombres de armas se apresuraron a defenderlos, con lanzas y hachas, y en un momento la escena se convirtió en un caos sangriento. Davos reconoció el yelmo con cabeza canina del Perro. De sus hombros colgaba una capa blanca e hizo que su caballo subiera por el tablón hasta la cubierta de la Oración, derribando a todo el que se puso a su alcance.
Más allá del castillo, Desembarco del Rey se erguía sobre las colinas, encerrada entre las murallas. La orilla del río estaba desolada y ennegrecida: los Lannister lo habían quemado todo y se habían retirado al otro lado de la Puerta del Lodazal. Los restos calcinados de naves hundidas sobresalían de las aguas poco profundas, impidiendo el acceso a los largos embarcaderos de piedra. «No podemos desembarcar allí.» Podía ver la parte superior de tres grandes trabuquetes tras la Puerta del Lodazal. En lo alto de la colina de Visenya, el sol se reflejaba en las siete torres de cristal del Gran Sept de Baelor.
Davos no vio cómo se había iniciado la batalla, pero lo oyó: el enorme estruendo de dos galeras que chocaban. No podía decir de qué dos naves se trataba. El eco de otro impacto estremeció el agua un instante después, y a continuación hubo un tercer choque. Bajo los chasquidos de la madera que se convertía en astillas, oyó el profundo tump-tump de la catapulta de proa de la Furia. La Venado del mar partió limpiamente en dos una de las galeras de Joffrey, pero la Hocico de perro ardía y la Reina Alysanne estaba encajonada entre la Dama de seda y la Rubor de dama, y su tripulación luchaba de borda a borda con los que trataban de abordarla.
Justo delante, Davos vio la Regio enemiga meterse entre la Fiel y la Espectro. Los remeros de la Fiel quitaron los remos del camino antes del impacto, pero en el costado de babor de la Espectro, los remos se quebraron como palillos cuando la Regio chocó con la borda.
—Disparad —ordenó Davos, y sus arqueros lanzaron una fulminante lluvia de flechas por encima del agua.
Vio caer al capitán de la Regio e intentó acordarse de su nombre.
En la orilla, los brazos de los grandes trabuquetes se elevaron, uno, dos, tres, y un centenar de piedras subieron muy alto en el cielo amarillento. Cada una era del tamaño de la cabeza de un hombre; al caer, levantaron grandes surtidores de agua, atravesaron las tablas de roble y convirtieron a hombres vivos en pulpa de carne, hueso y cartílago. La primera línea había entrado en combate a todo lo ancho del río. Volaron los ganchos de abordaje, los espolones atravesaron los cascos de madera, los hombres se lanzaban en multitud al abordaje, las flechas silbaban y se cruzaban en las nubes de humo y los hombres caían... pero hasta el momento, ninguno de los suyos.
La Betha negra avanzó río arriba, y el sonido del tambor de su cómitre retumbaba en la cabeza de su capitán mientras buscaba una víctima propicia para su embestida. La Reina Alysanne estaba en dificultades, atrapada entre dos naves de guerra Lannister; las tres estaban unidas por ganchos y cuerdas.
—¡Velocidad de embestida! —ordenó Davos.
Los golpes del tambor se fundieron en un largo martilleo enfebrecido y la Betha negra navegó a toda velocidad, partiendo con la proa un agua que se volvía blanca como la leche. La Lady Marya navegaba a su lado. La primera línea se había convertido en una confusión de combates por separado. Las tres naves unidas se divisaban más adelante, con las cubiertas convertidas en un caos rojizo, llenas de hombres que se mataban entre sí con espadas y hachas.
«Un poquito más —le imploró al Guerrero—, hazla girar un poco más, muéstrame todo el costado.»
El Guerrero debía de estarlo escuchando. La Betha negra y la Lady Marya embistieron el costado de la Rubor de dama casi simultáneamente, golpeándola a proa y a popa con tal fuerza que tres naves más allá, en la Dama de seda, varios hombres salieron disparados de cubierta. Davos estuvo a punto de arrancarse la lengua cuando sus dientes se cerraron con fuerza. Escupió un poco de sangre. «La próxima vez, cierra la boca, idiota.» Cuarenta años en el mar y ésta era la primera vez que embestía a otra nave. Sus arqueros disparaban a su antojo.
—Retroceso —ordenó.
Los remeros invirtieron los remos y cuando la Betha negra comenzó a retroceder, el agua inundó el agujero de bordes astillados que había abierto en la Rubor de dama, que se deshizo ante sus ojos, echando al río a docenas de hombres. Algunos de los supervivientes nadaban; algunos de los muertos flotaban; los que llevaban pesadas cotas y armaduras se fueron al fondo, vivos o muertos. Las súplicas de los hombres que se ahogaban retumbaron en sus oídos.
Un destello verde captó su atención delante, a babor, y un nido de serpientes esmeraldas que se retorcían espasmódicamente ascendió con un siseo desde la proa de la Reina Alysanne. Un instante después, Davos oyó el grito.
—¡Fuego valyrio!
Hizo una mueca. La brea ardiente era una cosa, pero el fuego valyrio era otra muy distinta. Un material diabólico, prácticamente imposible de apagar. Lo cubrías con una manta, y la manta se incendiaba; le dabas un manotazo y la mano comenzaba a arder. «Si meas sobre el fuego valyrio, se te quemará la polla», solían decir los viejos marinos. Pero Ser Imry les había advertido que seguramente probarían la «sustancia» vil de los alquimistas. Por suerte, quedaban pocos piromantes.
—Pronto se les terminará —les había asegurado Ser Imry.
Davos gritó varias órdenes: una hilera de remos salió del agua, mientras la otra remaba en sentido inverso, y la galera pudo cambiar de rumbo. La Lady Marya también había conseguido apartarse, buena cosa; el fuego se extendió por la Reina Alysanne y sus adversarios con una rapidez increíble. Hombres envueltos en llamas verdes se lanzaban al agua, profiriendo gritos inhumanos. Desde las murallas de Desembarco del Rey, las bombardas vomitaban muerte, y los grandes trabuquetes tras la Puerta del Lodazal les tiraban rocas. Una de ellas, del tamaño de un buey, cayó entre la Betha negra y la Espectro, haciendo balancearse a las dos naves y salpicando a todos los que estaban en cubierta. Otra, no mucho más pequeña, hizo blanco en la Risa audaz. La galera de Velaryon estalló como un juguete de niño lanzado desde una torre, proyectando astillas del tamaño del brazo de un hombre.
Entre el humo negro y los remolinos de fuego verde, Davos divisó un enjambre de botecitos que avanzaban río abajo: una confusión de transbordadores y chinchorros, barcazas, esquifes, botes de remo y grandes naves que parecían demasiado podridas para flotar. Aquello tenía el hedor de la desesperación: semejante porquería no podía cambiar el desenlace de una batalla, sólo interferir. Vio que las líneas de batalla estaban enmarañadas sin remedio. A babor, la Lord Steffon, la Jenna Harapos y la Espada veloz habían logrado pasar y navegaban río arriba. El ala de estribor, sin embargo, combatía con fiereza, pero el centro quedó destrozado bajo las rocas de los trabuquetes, algunos capitanes volvían río abajo, otros viraban a babor, cualquier cosa para huir de aquella lluvia demoledora. La Furia había girado para disparar su catapulta de popa contra la ciudad, pero el alcance no era suficiente; los barriles de brea caían sin llegar a los muros. La Espectro había perdido la mayoría de sus remos, y la Fiel había sido embestida y comenzaba a escorar. Hizo pasar la Betha negra entre ellas, rozando la barcaza de paseo Reina Cersei, ornamentada con tallas y cubierta con pan de oro, que ahora iba llena de soldados y no de golosinas. La colisión hizo que una docena de hombres cayera al río, donde los arqueros de la Betha les dieron caza mientras trataban de mantenerse a flote.
El grito de Matthos le avisó del peligro proveniente de babor: una de las galeras de los Lannister se aproximaba con el fin de embestirlos.
—¡Todo a estribor! —gritó Davos.
Sus hombres emplearon los remos para liberarse de la barcaza, mientras otros hicieron girar la galera para que su proa quedara de frente a la Venado blanco que se aproximaba. Por un momento temió haber actuado con demasiada lentitud, creyó que estaba a punto de irse a pique, pero la corriente ayudó al giro de la Betha negra, y cuando tuvo lugar el choque no fue más que un roce de ambos cascos entre sí, mientras los remos de ambas naves se partían. Un pedazo dentado de madera pasó volando junto a su cabeza, agudo como una lanza. Davos retrocedió.
—¡Abordadla! —gritó.
Se lanzaron los cabos con garfios de abordaje, y él mismo, con la espada desenvainada, condujo a sus hombres saltando por la borda.
La tripulación de la Venado blanco los recibió junto a la barandilla, pero los hombres de armas de la Betha negra los barrieron en una estruendosa marea de metal. Davos atravesó la multitud combatiendo, en busca del capitán enemigo, pero éste había muerto antes de que lograra encontrarlo. Cuando se hallaba de pie junto al cadáver, alguien le lanzó un hachazo por la espalda, pero el yelmo desvió el golpe y su cráneo quedó zumbando cuando debió haberse partido en dos. Atontado, lo único que pudo hacer fue rodar por el suelo. Su atacante se lanzó sobre él con un grito. Davos agarró su espada con ambas manos y la clavó por la punta en el vientre del hombre.
Uno de sus hombres lo ayudó a ponerse de pie.
—Ser capitán, la Venado es nuestra.
Davos vio que era verdad. La mayoría de los enemigos estaban muertos, moribundos o se habían rendido. Se quitó el yelmo, se secó la sangre del rostro y regresó a su nave, caminando con cuidado sobre la madera resbaladiza por las entrañas de los hombres. Matthos le tendió una mano para ayudarlo a cruzar sobre la barandilla.
Durante unos escasos instantes, la Betha negra y la Venado blanco fueron un oasis de calma en el ojo de la tempestad. La Reina Alysanne y la Dama de seda, unidas aún en un abrazo, eran un infierno verde en llamas e iban a la deriva río abajo, arrastrando trozos de la Rubor de dama. Una de las galeras de Myr había chocado con ellas y también ardía. La Gata recogía a los hombres de la Valerosa, que se iba a pique rápidamente. El capitán de la Veneno de dragón la había metido entre dos embarcaderos, abriéndole una grieta en la parte inferior del casco; su tripulación había desembarcado con los hombres de armas y los arqueros, para unirse a ellos en el asalto a las murallas. La Cuervo rojo, que había sufrido una embestida, escoraba lentamente. La Venado del mar luchaba a la vez contra el fuego y contra los que la abordaban, pero el corazón llameante ondeaba ya sobre la Leal de Joffrey. La Furia, con su orgullosa proa aplastada por una roca, había entrado en combate con la Gracia de los dioses. Vio cómo la Orgullo de Marcaderiva de Lord Velaryon chocaba con dos botes fluviales, hundiendo uno e incendiando el otro con flechas de fuego. En la orilla sur, los caballeros montaban sus caballos en las cocas, y varias de las galeras más pequeñas cruzaban ya el río, llenas de hombres de armas. Tenían que navegar con cuidado entre naves que se hundían y manchas de fuego valyrio a la deriva. Toda la flota del rey Stannis estaba ya en el río, salvo los lysenios de Salladhor Saan. En poco tiempo tendrían el control del Aguasnegras.
«Ser Imry obtendrá su victoria —pensó Davos—, y Stannis podrá cruzar con su ejército, pero por los dioses, cuánto ha costado...»
Matthos le tocó el hombro.
—¡Ser capitán!
Se trataba de la Pez espada, cuyas dos hileras de remos subían y bajaban. No había quitado el mástil y la brea ardiente había alcanzado las jarcias. El fuego se extendía ante la vista de Davos, reptando por los cabos y las velas, hasta dejar un frente de llamas amarillas. El desgarbado espolón de hierro, que imitaba la forma del pez que le daba nombre a la nave, se le adelantaba, hendiendo la superficie del agua. Justo delante, yendo hacia ella a la deriva y girando sobre el costado para presentar un magnífico blanco de gran tamaño, estaba una de las viejas naves de Lannister, flotando semihundida en el agua. De ella escapaba lentamente, entre las tablas, una sangre verde.
Cuando vio aquello, el corazón de Davos Seaworth dejó de latir.
—No —dijo—, no. ¡Nooo!
El único que lo había oído, por encima del estruendo y el rugido de la batalla, era Matthos. Y el capitán de la Pez espada no lo había oído, concentrado como estaba en traspasar finalmente algo con su desgarbada espada obesa. La Pez espada pasó a velocidad de combate. Davos levantó la mano mutilada para agarrar el saquito de cuero que contenía sus falanges.
Con un estruendo demoledor y lacerante, la Pez espada partió la vieja nave semipodrida en pedazos. Estalló como una fruta demasiado madura, pero ninguna fruta emitió jamás aquel estremecedor gemido de la madera al romperse. Davos vio cómo dentro de ella fluía el verde desde miles de vasijas rotas, veneno de las entrañas de una bestia moribunda, que brillaba y se extendía por toda la superficie del río...
—¡Retroceso! —rugió—. Alejémonos. ¡Apartémonos de ella, atrás, atrás!
Cortaron los cabos de abordaje y Davos percibió el movimiento de la cubierta bajo sus pies cuando la Betha negra se liberó de la Venado blanco. Sus remos se metieron en el agua.
Entonces oyó algo parecido a un gruñido corto, como si alguien le hubiera soplado en el oído. El estruendo llegó medio instante después. La cubierta desapareció bajo sus pies y el agua negra le golpeó el rostro, llenándole la boca y la nariz. Se ahogaba, se estaba asfixiando. Sin saber en qué dirección iba, Davos braceó, ciego de pánico, hasta que logró salir de repente a la superficie. Escupió agua, inhaló profundamente el aire, se agarró del trozo de madera más cercano y se mantuvo a flote.
La Pez espada y la vieja nave habían desaparecido, a su lado flotaban, corriente abajo, cuerpos ennegrecidos y hombres medio asfixiados que se agarraban a trozos de madera humeante. A una altura de quince metros, un remolino demoníaco de fuego verde danzaba sobre el río. Tenía una docena de manos, con un látigo en cada una, y todo lo que tocaban estallaba en llamas. Vio cómo ardía la Betha negra, así como la Venado blanco y la Leal, a ambos lados. La Piedad, la Gata, la Valerosa, la Espectro, la Cuervo rojo, la Bruja, la Fiel y la Furia habían desaparecido, junto con la Regio y la Gracia de los dioses, pues el demonio también devoraba a los suyos. La rutilante Orgullo de Marcaderiva de Lord Velaryon intentaba cambiar de rumbo, pero el demonio pasó un dedo verde y perezoso por sus remos plateados, que se encendieron como velas. Por un instante, parecía que la nave remaba por el río con dos filas de largas antorchas brillantes.
En ese momento, la corriente se había apoderado de él y lo hacía girar de un lado para otro. Se impulsó con las piernas para eludir una mancha flotante de fuego valyrio. «Mis hijos», pensó Davos, pero entre aquel caos estruendoso no había manera de buscarlos. El Aguasnegras mismo parecía hervir en su lecho, y el aire estaba lleno de mástiles ardiendo, hombres ardiendo y trozos de naves destrozadas.
«Me arrastra hacia la bahía.» Allí no estaría tan mal, podría llegar a la orilla, era un buen nadador. Las galeras de Salladhor Saan también estarían en la bahía, Ser Imry les había ordenado permanecer allí.
Y entonces la corriente lo hizo girar de nuevo, y Davos vio qué lo esperaba corriente abajo. «La cadena. Los dioses se apiaden de nosotros, han levantado la cadena.»
Donde el río se ensanchaba para desembocar en la Bahía Aguasnegras, se extendía la barrera, muy tensa, que se alzaba apenas tres o cuatro palmos sobre el agua. Una docena de galeras había chocado ya contra ella, y la corriente empujaba hacia allí a otras naves. Casi todas ardían, y el resto no tardaría en arder. Davos podía distinguir, más allá, los cascos a franjas de las naves de Salladhor Saan, pero sabía que nunca lograría llegar hasta ellas. Ante él se extendía una pared de acero al rojo, madera en llamas y remolinos de fuego verde. La boca del río Aguasnegras se había convertido en la boca del infierno.
TYRION
Tyrion Lannister estaba con una rodilla sobre una almena, inmóvil como una gárgola. Más allá de la Puerta del Lodazal y del panorama desolado que antes fueran los muelles y el mercado del pescado, el río parecía estar ardiendo. La mitad de la flota de Stannis estaba en llamas, junto con la mayor parte de la de Joffrey. El beso del fuego valyrio había convertido las orgullosas naves en piras funerarias, y a los hombres en antorchas vivientes. El aire estaba lleno de humo, flechas y gritos.
Río abajo, tanto los plebeyos como los capitanes de noble cuna veían la muerte verde que danzaba hacia sus balsas, barcas y carracas, llevada por la corriente del Aguasnegras. Los largos remos blancos de las galeras de Myr relampagueaban como las patas de un ciempiés enloquecido tratando de cambiar de rumbo, pero de nada les servía. Los ciempiés no tenían dónde refugiarse.
Al pie de las murallas de la ciudad ardía una docena de grandes hogueras allí donde los toneles de brea en llamas se habían estrellado, pero al lado del fuego valyrio no parecían sino velas en una casa incendiada, minúsculos pendones naranja y escarlata que parpadeaban insignificantes en medio del holocausto de jade.
«Es de una belleza aterradora. Como el fuego de dragón.» Tyrion se preguntó si Aegon el Conquistador se habría sentido así mientras sobrevolaba su Campo de Fuego.
El viento ardiente hacía ondear su capa escarlata y le azotaba el rostro, pero no podía darse la vuelta. Apenas prestaba atención a los gritos de alegría que lanzaban los capas doradas en los parapetos. No tenía voz para unirse a sus aclamaciones. Aquello era sólo media victoria. «Y no va a ser suficiente.»
Vio cómo las llamas hambrientas devoraban otro de los barcos viejos que había llenado con las caprichosas frutas del rey Aerys. Un surtidor de jade ardiente se alzó del río, tan brillante que tuvo que protegerse los ojos con la mano. Sobre las aguas siseantes danzaban penachos de fuego de diez o doce metros de altura. Durante unos instantes su chisporroteo ahogó los gritos. En el agua había cientos de hombres, que se ahogaban, se abrasaban, o ambas cosas a la vez.
«¿Oyes sus gritos, Stannis? ¿Ves cómo arden? Esto es obra tuya, tanto como mía.» En algún lugar de aquella muchedumbre de hombres que había al sur del Aguasnegras, Stannis estaba contemplando el mismo espectáculo, Tyrion lo sabía. Nunca había estado sediento de batallas, como su hermano Robert. Seguro que daría las órdenes desde la retaguardia, desde atrás, igual que solía hacer Lord Tywin Lannister. En cambio él, le gustara o no, se encontraba a lomos de un caballo de batalla, embutido en una brillante armadura, y con una corona en la cabeza.
«Una corona de oro rojo, según dice Varys, con las puntas en forma de llamas.»
—¡Mis barcos! —chillaba Joffrey desde el adarve, donde se había refugiado tras las almenas junto con su guardia. La diadema de oro de la realeza adornaba su yelmo de combate—. ¡Mi Regio está ardiendo, y la Reina Cersei, y la Leal! ¡Y la Flor del mar, allí, allí! —Señaló con la espada nueva hacia donde las llamas verdes empezaban a lamer el casco dorado de la Flor del mar y a trepar por sus remos. El capitán había puesto rumbo río arriba, pero no lo bastante deprisa para escapar del fuego valyrio.
Tyrion sabía que la nave estaba perdida. «No tenía otro remedio. Si no hubieran salido para enfrentarse a ellos, Stannis se habría dado cuenta de que era una trampa.» Una flecha se podía lanzar con puntería, una piedra con la catapulta también, pero el fuego valyrio tenía voluntad propia. Una vez liberado, los simples hombres no tenían el menor control sobre él.
—Era inevitable —dijo a su sobrino—. En cualquier caso, la flota estaba perdida.
Aunque se encontraba en la cima de la muralla, era demasiado bajo para ver por encima de las almenas, de manera que se había hecho alzar sobre ellas. Las llamas, el humo y el caos de la batalla impedían a Tyrion ver qué sucedía río abajo, al pie del castillo, pero lo había visualizado un millar de veces en su mente. Bronn habría azuzado a los bueyes para que se pusieran en marcha en el momento en que el barco insignia de Stannis pasara bajo la Fortaleza Roja; la cadena era muy pesada, y las grandes manivelas giraban despacio, con un rugido quejumbroso. La flota completa del usurpador habría pasado antes de que se pudiera divisar el primer brillo metálico debajo del agua. Los eslabones emergerían mojados, chorreando, algunos cubiertos de lodo, uno a uno, uno a uno, hasta que la inmensa cadena quedara extendida en toda su longitud. El rey Stannis habría enviado su flota remando Aguasnegras arriba, y no podrían volver atrás.
De todos modos, algunos estaban escapando; la corriente de un río no era siempre fiable, y el fuego valyrio no se había dispersado de manera tan homogénea como él habría querido. El canal principal estaba en llamas, pero un buen puñado de hombres de Myr habían llegado a la orilla sur y trataban de escapar indemnes, y al menos ocho naves estaban ya bajo las murallas de la ciudad. «No sé si han llegado o han naufragado, el caso es que los hombres han desembarcado en la orilla.» Y peor todavía, buena parte del ala sur de las dos primeras líneas de combate del enemigo se había adelantado ya mucho corriente arriba y estaban lejos del infierno cuando aparecieron los barcos viejos. Calculó que a Stannis le quedarían treinta o cuarenta galeras, más que suficiente para hacer cruzar a todo su ejército en cuanto recuperasen el valor.
Tal vez tardaran cierto tiempo; hasta el más valiente habría desfallecido después de ver cómo el fuego valyrio consumía a más de un millar de sus camaradas. Según le había dicho Hallyne, a veces la sustancia ardía con tal intensidad que la carne se derretía como si fuera sebo. Pero, aun así...
Tyrion no se hacía ilusiones en lo relativo a sus hombres. «Si el rumbo de la batalla se tuerce, no nos servirán para nada», le había avisado Jacelyn Bywater. De modo que la única manera de ganar era que la batalla les fuera propicia del principio al final.
Alcanzó a ver unas formas oscuras que se movían entre las ruinas quemadas de los muelles de la ribera. «Es hora de hacer otra salida», pensó. En ningún momento eran tan vulnerables los hombres como cuando acababan de poner el pie inseguro en tierra. No debía dar tiempo al enemigo para que se reagrupara y organizara en la orilla norte.
Se bajó de la almena.
—Di a Lord Jacelyn que el enemigo está en la ribera —ordenó a uno de los mensajeros que Bywater le había asignado. Se volvió hacia otro—. Felicita de mi parte a Ser Arneld, y pídele que mueva las Putas treinta grados hacia el oeste. —Ese ángulo les permitiría lanzar a más distancia, si bien no hacia el agua.
—Mi madre me prometió que yo podría encargarme de las Putas —protestó Joffrey.
Tyrion observó irritado que el rey se había vuelto a levantar el visor del yelmo. Seguramente el chico se estaba asando embutido en tanto acero grueso... pero lo que menos falta le hacía era que una flecha perdida perforase un ojo a su sobrino. Le cerró el visor de un manotazo.
—No os lo abráis, Alteza. Vuestra seguridad es muy valiosa para todos. —«Además, seguro que no quieres que te estropeen esa carita bonita»—. Las Putas están a vuestras órdenes. —Era un momento tan bueno como cualquier otro. No tenía sentido seguir lanzando recipientes de fuego contra barcos que ya ardían. Joff había hecho atar a los Hombres Astados, desnudos, en la plaza, y les había clavado astas a las cabezas. Cuando comparecieron ante el Trono de Hierro para que se hiciera justicia, había prometido que se los haría llegar a Stannis. Un hombre no pesaba tanto como una roca o un barril de brea en llamas, de modo que se podía lanzar más lejos. Algunos capas doradas habían cruzado apuestas sobre si los traidores llegarían volando al otro lado del Aguasnegras—. Daos prisa, Alteza —apremió a Joffrey—. Pronto tendremos que volver a lanzar rocas con los trabuquetes. Ni siquiera el fuego valyrio arde eternamente.
Joffrey echó a correr alegremente, escoltado por Ser Meryn, pero Tyrion agarró a Ser Osmund por la muñeca antes de que tuviera tiempo de seguirlos.
—Suceda lo que suceda, no quiero que le pase nada a mi sobrino, y no quiero que se aleje de ahí, ¿entendido?
—A vuestras órdenes —sonrió Ser Osmund con tono afable.
Tyrion ya había advertido a Trant y a Kettleblack de lo que les pasaría si al rey le sucedía algo malo. Y a Joffrey lo esperaban una docena de capas doradas veteranos al pie de las escaleras.
«Estoy protegiendo lo mejor posible al canalla de tu bastardo, Cersei. Espero que tú hagas lo mismo con Alayaya.»
Un instante después de que Joff se alejara, un mensajero llegó por las escaleras, jadeante.
—¡Deprisa, mi señor! —Se dejó caer sobre una rodilla—. Han llegado a la orilla en los terrenos de las justas. ¡Son cientos! Están llevando un ariete hacia la Puerta del Rey.
Tyrion dejó escapar una maldición y bajó las escaleras tan deprisa como pudo. Podrick Payne los esperaba abajo con caballos para ambos. Partieron al galope por el callejón del Río, seguidos de cerca por Pod y por Ser Mandon Moore. Las casas cerradas a cal y canto aparecían bañadas en sombras verdes, pero no había tráfico que los demorase; Tyrion había ordenado que las calles estuvieran despejadas en todo momento, para que los defensores pudieran desplazarse con rapidez de una puerta a otra. Pese a todo, cuando llegaron a la Puerta del Rey se oía ya el sonido retumbante de la madera contra la madera, que indicaba que el ariete estaba en acción. El chirrido de las enormes bisagras sonaba como el gemido de un gigante moribundo. La plaza que se extendía bajo la torre de entrada estaba llena de heridos, pero también había hileras de caballos, la mayoría sanos, y suficientes mercenarios y capas doradas para constituir una columna poderosa.
—¡Formad! —gritó al tiempo que saltaba a tierra. La puerta se estremeció ante el impacto de otro golpe—. ¿Quién está al mando aquí? Vais a salir.
—No.
Una sombra se apartó de la sombra que era el muro, y se convirtió en un hombre alto con armadura color gris oscuro. Sandor Clegane se quitó el yelmo con ambas manos, y lo dejó caer al suelo. El acero estaba mellado y chamuscado, el fuego había hecho desaparecer la oreja izquierda del sabueso que lo adornaba. El Perro tenía un corte sobre un ojo, y la sangre que le corría por las viejas cicatrices de quemaduras le ocultaba la mitad del rostro.
Tyrion le hizo frente.
—Sí.
—Y una mierda. —Clegane respiraba trabajosamente.
—Ya hemos salido —dijo un mercenario que se situó junto a él—. Tres veces. La mitad de nuestros hombres están heridos o muertos. Nos ha llovido fuego valyrio por todos lados, los caballos gritan como hombres y los hombres, como caballos...
—¿Y qué pensabas, que te habíamos contratado para tomar parte en un torneo? ¿Quieres que te traiga un vaso de leche fría y un cuenco de frambuesas? ¿No? Entonces haz el puto favor de subirte al caballo. Tú también, chucho.
La sangre del rostro de Clegane tenía un brillo rojizo, pero se le veía el blanco de los ojos. Desenvainó la espada larga.
«Tiene miedo —comprendió Tyrion, conmocionado—. El Perro tiene miedo.» Trató de hacérselo entender.
—Están ante la puerta, tienen un ariete, ya lo oís —dijo—. Tenemos que dispersarlos...
—Manda abrir las puertas. Cuando entren, los rodearemos y los mataremos. —El Perro clavó la punta de la espada larga en tierra, y se apoyó sobre el pomo—. He perdido a la mitad de mis hombres. Lo mismo pasa con los caballos. No pienso volver a salir a ese fuego.
—La Mano del Rey te ha dado una orden —dijo Ser Mandon Moore, inmaculado en su coraza blanca esmaltada, situándose al lado de Tyrion.
—A la mierda con la Mano del Rey. —Las partes del rostro del Perro que no estaban pegajosas de sangre se veían blancas como la leche—. Traedme algo de beber. —Un oficial de los capas doradas le tendió una taza. Clegane bebió un trago, lo escupió y la tiró—. ¿Agua? A la mierda con el agua. Traedme vino.
«Está muerto de miedo. —Tyrion lo sabía ya con certeza—. La herida, el fuego... no me servirá para nada, tengo que encontrar a otro, pero ¿quién puede ser? ¿Ser Mandon?» Miró a los hombres, y comprendió que todo era inútil. El miedo de Clegane los había estremecido. Si no tenían un líder, ellos también se negarían a salir, y Ser Mandon... era peligroso, como decía Jaime, sí. Pero los hombres no lo seguirían.
Tyrion oyó otro golpe a lo lejos. Por encima de los muros, el cielo cada vez más oscuro estaba iluminado por destellos de luz verde y naranja. ¿Cuánto tiempo resistiría la puerta?
«Esto es una locura —pensó—, pero prefiero la locura a la derrota. Porque la derrota lleva también a la muerte.»
—Yo iré al mando del ataque.
Si en algún momento había pensado que el Perro se sentiría avergonzado y recuperaría el valor, estaba muy equivocado. Clegane soltó una carcajada.
—¿Tú?
—Yo. —Tyrion leyó la incredulidad en sus rostros—. Ser Mandon, vos llevaréis el estandarte del rey. Pod, mi yelmo.
El chico se apresuró a cumplir la orden. El Perro se apoyó en su espada mellada y manchada de sangre, y lo miró con los ojos muy abiertos, el blanco muy visible. Ser Mandon ayudó a Tyrion a montar de nuevo.
—¡Formación! —gritó.
Su semental alazán llevaba capizana y testera. Tenía los cuartos traseros protegidos por cota de malla cubierta de seda escarlata. La silla, muy alta, estaba recubierta de oro. Podrick Payne le tendió el yelmo y el escudo, muy pesado, de roble, con el blasón de una mano dorada sobre fondo rojo rodeada de pequeños leones dorados. Hizo moverse en círculo al caballo, mirando al reducido grupo de hombres. Apenas un puñado de ellos, no más de veinte, habían respondido a su orden. Estaban a caballo, con los ojos tan abiertos como los del Perro. Miró con desprecio al resto, a los caballeros y mercenarios que habían cabalgado con Clegane.
—Dicen que yo sólo soy medio hombre —dijo—. Entonces, ¿vosotros qué sois?
Aquello pareció avergonzarlos. Un caballero sin yelmo montó y fue a reunirse con los otros. Lo siguieron un par de mercenarios. Luego más. La Puerta del Rey se estremeció de nuevo. En pocos momentos el grupo comandado por Tyrion había doblado su número. Los había atrapado. «Si yo peleo, ellos tienen que pelear también; si no, serían menos que enanos.»
—No me oiréis gritar el nombre de Joffrey —les dijo—. Tampoco me oiréis gritar que combato por Roca Casterly. La ciudad que Stannis quiere saquear es la vuestra, vuestra es la puerta que está intentando derribar. De modo que venid conmigo, ¡vamos a matar a ese hijo de puta!
Tyrion desenvainó el hacha, hizo dar media vuelta al garañón, y emprendió el trote hacia el portillo. Le pareció que sus hombres lo seguían, pero no se atrevió a mirar.
SANSA
El brillo de las antorchas se reflejaba en el metal batido de los apliques de las paredes, y el salón de baile de la reina estaba bañado en luz plateada. Pero en aquella estancia seguía habiendo oscuridad. Sansa la veía en los ojos claros de Ser Ilyn Payne, de pie junto a la puerta trasera, inmóvil como si fuera de piedra, sin comer nada ni probar el vino. La oía en la espantosa tos de Lord Gyles, y en los susurros de Osney Kettleblack cuando entró para informar a Cersei de las últimas noticias.
La primera vez que entró por la puerta trasera, Sansa estaba terminando de tomarse el caldo. Por el rabillo del ojo vio cómo hablaba con su hermano Osfryd. Luego subió al estrado y se arrodilló junto al trono. Olía a caballo, tenía en la mejilla cuatro arañazos llenos de costras, y el pelo suelto le caía sobre los ojos. Aunque hablaba en susurros, Sansa no pudo evitar oírlo todo.
—Las flotas están enzarzadas en combate. Algunos arqueros llegaron a la orilla, pero el Perro acabó con ellos, Alteza. Vuestro hermano está alzando la cadena, he oído la señal. Hay unos cuantos borrachos en el Lecho de Pulgas que están derribando puertas y colándose por ventanas. Lord Bywater ha enviado a los capas doradas a encargarse de ellos. El sept de Baelor está lleno a rebosar, todo el mundo ha ido allí a rezar.
—¿Y mi hijo?
—El rey también fue al Sept de Baelor para que el Septon Supremo lo bendijera. Ahora está recorriendo las murallas con la Mano, les dice a los hombres que sean valientes, les da ánimos y todo eso.
Cersei hizo una señal al paje para que le sirviera otra copa de vino, de una dorada cosecha del Rejo, afrutado y delicioso. La reina estaba bebiendo mucho, pero el vino la hacía parecer aún más hermosa; tenía las mejillas arreboladas, y un brillo febril en los ojos con los que contemplaba la sala. «Ojos de fuego valyrio», pensó Sansa.
Los músicos tocaban y los malabaristas hacían juegos malabares. El Chico Luna paseaba por la sala sobre unos zancos y se burlaba de todo el mundo, mientras Ser Dontos perseguía a las criadas montado en su palo de escoba. Los invitados se reían, pero eran risas sin alegría, de ese tipo de risas que se pueden transformar en sollozos en un instante. «Sus cuerpos están aquí, pero sus pensamientos están en las murallas de la ciudad junto con sus corazones.»
Tras el caldo se sirvió una ensalada de manzanas, pasas y frutos secos.
En cualquier otro momento habría sido un plato sabroso, pero aquella noche toda la comida estaba condimentada con miedo. Sansa no era la única presente que había perdido el apetito. Lord Gyles tosía más de lo que comía, Lollys Stokeworth estaba acurrucada y temblorosa, y la joven desposada de uno de los caballeros de Ser Lancel empezó a sollozar de manera incontrolable. La reina ordenó al maestre Frenken que la hiciera dormir con una copa de vino de sueños.
—Lágrimas —dijo despectivamente a Sansa mientras se llevaban a la joven—. Mi madre decía que eran el arma de la mujer. En cambio, el arma del hombre es la espada. Con eso ya está todo dicho, ¿no?
—Pero los hombres tienen que ser valientes —dijo Sansa—. Salen a caballo y se enfrentan a hachas y espadas, todo el mundo intenta matarlos...
—En cierta ocasión Jaime me dijo que sólo se siente vivo de verdad en la batalla y en la cama. —Cogió la copa y bebió un trago generoso. No había probado la ensalada—. Yo preferiría enfrentarme a todas las espadas del mundo a estar aquí como estoy, sentada, impotente, y además teniendo que fingir que disfruto de la compañía de esta bandada de gallinas asustadas.
—Vos misma las invitasteis, Alteza.
—La reina tiene ciertas obligaciones. Tú también las tendrás si llegas a casarte con Joffrey. Más te vale aprender. —La reina escudriñó los rostros de las esposas, hijas y madres sentadas en los bancos—. Por sí solas estas gallinas no son nada, pero sus gallos son importantes por un motivo u otro, y puede que algunos sobrevivan a esta batalla. Así que me corresponde a mí proteger a sus hembras. Si mi condenado hermano deforme consigue la victoria, no me imagino cómo, volverán junto a sus esposos y sus padres, y les hablarán de lo valerosa que fui, de cómo mi valentía las inspiró y les dio ánimos, y les dirán que en ningún momento dudé de la victoria.
—¿Y si el castillo cae?
—Es lo que te gustaría, ¿eh? —Cersei no esperó a que lo negara—. Si no me traicionan mis guardias, podría resistir aquí durante algún tiempo. Luego podría subir a las murallas y ofrecer mi rendición a Lord Stannis en persona. Eso nos salvaría de lo peor. Pero si el Torreón de Maegor cayera antes de la llegada de Stannis... sospecho que muchas de mis invitadas probarían las delicias de una violación. Y en los tiempos que corren tampoco se puede descartar la posibilidad de mutilaciones, torturas y asesinatos.
—Pero si son mujeres, desarmadas y de noble cuna. —Sansa estaba horrorizada.
—Su ascendencia las protege —reconoció Cersei—, aunque no tanto como crees. Por cada una de ellas se pagaría un buen rescate, pero después de la locura de una batalla no es extraño que los soldados tengan más hambre de carne que de monedas. Aun así, un escudo de oro es mejor que nada. En las calles a las mujeres no se las va a tratar tan bien. Y tampoco a nuestras criadas. Las bonitas, como esa sirvienta de Lady Tanda, van a pasar una noche muy animada, pero no creas que las viejas, las enfermas y las feas estarán a salvo. Con un poco de vino por delante, una lavandera ciega y una porqueriza hedionda parecerán tan atractivas como tú, querida.
—¿Como yo?
—Por lo que más quieras, Sansa, no chilles como un ratón. Recuerda que ahora ya eres una mujer. Y además, la prometida de mi primogénito. —La reina bebió un sorbo de vino—. Si fuera otro el que se encontrara ante nuestras puertas, podría tratar de seducirlo. Pero es Stannis Baratheon. Me resultaría más fácil seducir a su caballo. —Vio la expresión dibujada en el rostro de Sansa, y se echó a reír—. ¿Os escandalizo, mi señora? —Se acercó más a ella—. No seas idiota. Las lágrimas no son la única arma de la mujer. Tienes otra entre las piernas, y más vale que aprendas a usarla. Ya verás cómo los hombres utilizan a menudo sus espadas. Los dos tipos de espadas.
Sansa se ahorró tener que responder, porque en aquel momento los Kettleblack volvieron a entrar en la sala. Ser Osmund y sus hermanos habían llegado a ser muy queridos en el castillo. Siempre tenían presta una sonrisa o una broma, y se llevaban bien tanto con los mozos de cuadras y cazadores como con los caballeros y escuderos. Con quien mejor se llevaban, según los rumores, era con las criadas. En los últimos días, Ser Osmund había ocupado el lugar de Sandor Clegane al lado de Joffrey, y Sansa había oído comentar a las mujeres en el lavadero que era tan fuerte como el Perro, sólo que más joven y más veloz. Si era cierto, le extrañaba no haber oído hablar de los Kettleblack hasta el momento en que Ser Osmund entró a formar parte de la Guardia Real.
Osney, todo sonrisas, se arrodilló junto a la reina.
—Ha dado resultado, Alteza. El Aguasnegras es un mar de fuego valyrio. Hay cien barcos ardiendo, puede que más.
—¿Y mi hijo?
—Está en la Puerta del Lodazal, con la Mano y la Guardia Real, Alteza. Antes de eso habló con los arqueros y les explicó cómo se utiliza la ballesta, nada menos. Todo el mundo está de acuerdo en que es un chico valiente.
—Más vale que siga siendo un chico vivo. —Cersei se volvió hacia el otro Kettleblack, Osfryd, que era más alto y adusto, y lucía largos bigotes negros—. Hablad.
Osfryd llevaba un yelmo corto de acero sobre la cabellera negra, y tenía una expresión sombría en el rostro.
—Alteza —dijo en voz baja—, los muchachos han cogido a un mozo de cuadras y a dos criadas que intentaban escapar por una poterna con tres caballos del rey.
—Los primeros traidores de la noche —dijo la reina—. Por desgracia no serán los últimos. Que Ser Ilyn se encargue de ellos; luego clavad las cabezas en picas junto a los establos, para que sirvan de advertencia. —Cuando se alejaron, se volvió hacia Sansa—. Ésta es otra lección que tienes que aprender si esperas sentarte algún día al lado de mi hijo. En noches como ésta, si eres buena, las traiciones brotarán a tu alrededor como setas después de la lluvia. La única manera de conservar la lealtad de tu pueblo es hacer que te teman más de lo que temen al enemigo.
—Lo tendré en cuenta, Alteza —dijo Sansa, aunque siempre había oído decir que era más fácil conseguir la lealtad del pueblo a través del amor. «Si algún día soy reina, haré que me quieran.»
Después de la ensalada les llegó el turno a las empanadas de centollo, y a continuación al carnero asado con puerros y zanahorias, servido sobre grandes trozos de pan sin miga. Lollys comió demasiado deprisa, le entraron náuseas y vomitó encima de su vestido y del de su hermana. Lord Gyles tosía, bebía, tosía, bebía, y acabó por desmayarse. La reina contempló asqueada la figura despatarrada, con la cara sobre el pan relleno de guiso y la mano en un charco de vino.
—Los dioses debían de estar locos cuando desperdiciaron virilidad en semejante criatura, y yo debí de estar loca cuando exigí su liberación.
Osfryd Kettleblack volvió con la capa escarlata ondeando a la espalda.
—En la plaza se ha reunido un grupo de gente, Alteza; piden refugio en el castillo. No son chusma, son comerciantes ricos y personas así.
—Ordenadles que vuelvan a sus casas —replicó la reina—. Si no se van, que los ballesteros maten a unos cuantos. Nada de incursiones. No quiero que se abran las puertas bajo ningún concepto.
—A vuestras órdenes. —Hizo una reverencia y se marchó.
—Ojalá pudiera cortarles el cuello a todos yo misma. —La reina tenía el rostro tenso y furioso y empezaba a tener la voz pastosa—. Cuando éramos pequeños, Jaime y yo nos parecíamos tanto que ni nuestro señor padre podía distinguirnos. A veces, para gastar una broma, nos cambiábamos las ropas y pasábamos un día entero en el papel del otro. Y pese a todo, cuando a Jaime le dieron su primera espada, para mí no hubo nada. Recuerdo que pregunté qué me iban a dar a mí. Éramos tan parecidos que no comprendía por qué nos trataban de manera tan diferente. Jaime aprendió a pelear con la espada, la lanza y la maza, mientras que a mí me enseñaban a sonreír, a cantar y a complacer. Él heredaría Roca Casterly, mientras que a mí me venderían a algún desconocido como si fuera un caballo, para que mi nuevo amo me montara cuando quisiera, me golpeara cuando le viniera en gana y me desechara al paso de los años cuando apareciera una yegua más joven. A Jaime le correspondió la gloria y el poder; y a mí, el parto y la sangre cada luna.
—Pero os coronaron reina de los Siete Reinos —dijo Sansa.
—Cuando se llega a las espadas, una reina no es más que una mujer. —La copa de Cersei estaba vacía. El paje se adelantó para llenársela de nuevo, pero ella la volvió del revés y sacudió la cabeza—. Ya está bien. Tengo que mantener la cabeza despejada.
El último plato consistía en queso de cabra servido con manzanas asadas. El aroma de la canela impregnaba la sala cuando Osney Kettleblack volvió a entrar y, una vez más, hincó la rodilla en tierra entre ellas.
—Alteza —murmuró—, Stannis ha desembarcado hombres en el campo de justas, y se acercan muchos más. Están atacando la Puerta del Lodazal, y han llevado un ariete a la Puerta del Rey. El Gnomo ha salido al mando de una columna para combatirlos.
—Eso los aterrorizará —replicó la reina con aspereza—. Espero que no se haya llevado a Joff.
—No, Alteza; el rey está con mi hermano en las Putas, lanzando Hombres Astados al río.
—¿Mientras atacan la Puerta del Lodazal? Qué estupidez. Decid a Ser Osmund que saque a mi hijo de ahí de inmediato, es demasiado peligroso. Que lo traiga al castillo.
—Pero el Gnomo dijo...
—Lo único que os ha de importar es lo que diga yo. —Cersei entrecerró los ojos—. Vuestro hermano hará lo que le ordeno o me encargaré de que vaya al mando de la próxima salida... y de que vos lo acompañéis.
Después de que se retirasen los restos de la comida, muchos invitados pidieron permiso para ir al sept. Cersei accedió con elegancia. Entre los que se escabulleron se encontraban Lady Tanda y sus hijas. Para entretener a los que habían elegido quedarse hicieron entrar a un bardo, que llenó la estancia con la música dulce de su lira. Cantó acerca de Jonquil y Florian, del príncipe Aemon el Caballero Dragón y el amor que sentía por su reina y hermana, y acerca de los diez mil barcos de Nymeria. Eran canciones hermosas, pero muy, muy tristes. Muchas mujeres empezaron a llorar, y Sansa sintió que se le humedecían los ojos.
—Muy bien, querida. —La reina se acercó más a ella—. Te conviene practicar con las lágrimas. Te van a hacer falta para el rey Stannis.
—¿Cómo decís, Alteza? —Sansa se movió, nerviosa.
—Déjate de cortesías hueras. La situación ahí afuera debe de ser desesperada si hace falta que un enano se ponga al mando, así que ya puedes quitarte la máscara. Lo sé todo acerca de tus traiciones en el bosque de dioses.
—¿El bosque de dioses? —«No mires a Ser Dontos, no lo mires, no lo mires. Cersei no lo sabe, nadie lo sabe, Dontos me lo prometió, mi Florian no me traicionaría»—. No he cometido ninguna traición. Sólo voy al bosque de dioses a rezar.
—Por Stannis. O por tu hermano, tanto da. ¿Por qué otra cosa, si no, buscarías a los dioses de tu padre? Estás rezando por nuestra derrota. Y eso es traición.
—Rezo por Joffrey —insistió nerviosa.
—¿Por qué, por lo bien que te trata? —La reina cogió una jarra de vino dulce de ciruelas que llevaba una criada, y le llenó la copa a Sansa—. Bebe —ordenó con voz fría—. Puede que el vino te dé valor para enfrentarte a la verdad, por una vez. —Sansa se llevó la copa a los labios y bebió un sorbo. Era muy dulce, empalagoso, pero también muy fuerte—. ¿Eso es beber para ti? —preguntó Cersei—. Vacía la copa, Sansa. Tu reina te lo ordena. —Sansa tuvo que contener las arcadas, pero apuró la copa, trago tras trago de vino espeso y dulce, hasta que la cabeza le empezó a dar vueltas—. ¿Más? —insistió Cersei.
—No. Por favor.
La reina hizo un gesto de disgusto.
—Antes, cuando preguntaste por Ser Ilyn, te mentí. ¿Quieres saber la verdad, Sansa? ¿Quieres saber por qué está aquí?
No se atrevió a responder, pero tampoco importó. La reina alzó la mano e hizo una señal, sin aguardar su respuesta. Sansa no había visto a Ser Ilyn volver a la sala, pero de repente apareció ante ella, salió de entre las sombras a zancadas, silencioso como un gato. Llevaba a Hielo desenvainada. Sansa recordaba que su padre siempre limpiaba la sangre de la hoja en el bosque de dioses después de decapitar a un hombre, pero Ser Ilyn no era tan prolijo. El acero ondulado estaba lleno de sangre, la fresca empezaba a fundirse con la seca.
—Decid a Lady Sansa por qué quiero que estéis cerca —ordenó Cersei.
Ser Ilyn abrió la boca y dejó escapar un gruñido gutural. Su rostro picado de viruelas no mostraba expresión alguna.
—Dice que está aquí por nosotras —dijo la reina—. Stannis puede tomar la ciudad y puede tomar el trono, pero no permitiré que me juzgue. No dejaré que nos coja vivas.
—¿Vivas?
—Ya me has oído. Así que más vale que vuelvas a rezar, Sansa, y esta vez ruega que el resultado sea otro. Los Stark no podrán alegrarse de la caída de la Casa Lannister, te lo garantizo.
Acarició la cabellera de Sansa, y se la apartó ligeramente del cuello.
TYRION
La hendidura del yelmo impedía a Tyrion ver nada que no fuera lo que tenía delante, pero al girar la cabeza vio tres galeras varadas en el campo de justas, y una cuarta, más grande que las otras, río adentro, lanzando con la catapulta barriles de brea ardiente.
—Formación en cuña —ordenó mientras sus hombres salían por el portillo.
Se dispusieron en forma de punta de lanza, con él al frente. Ser Mandon Moore ocupó un lugar a su derecha. Las llamas se reflejaban en la armadura blanca esmaltada, y sus ojos muertos brillaban con frialdad dentro del yelmo. Cabalgaba a lomos de un caballo negro como el carbón, con la armadura también blanca, y llevaba colgado del brazo el níveo escudo de la Guardia Real. Tyrion se sorprendió al ver a su izquierda a Podrick Payne, espada en mano.
—Tú eres demasiado joven —le dijo—. Lárgate.
—Soy vuestro escudero, mi señor.
—Bien, quédate. —Tyrion no podía perder ni un instante en discusiones—. Pero no te alejes.
Clavó los talones al caballo para que se pusiera en marcha.
Avanzaban en un grupo compacto, siguiendo el contorno de las murallas. El estandarte de Joffrey ondeaba, púrpura y oro, en el asta de Ser Mandon, el venado y el león bailando, pezuñas y garras unidas. Aceleraron el paso y describieron, trotando, un amplio círculo en torno a la base de la torre. Las flechas volaban desde las murallas de la ciudad y llovían pedruscos sobre las cabezas, que caían ciegamente sobre tierra y agua, acero y carne. Delante se divisaba la Puerta del Rey y una creciente multitud de soldados que maniobraban con un enorme ariete, un tronco de roble negro con cabeza de hierro. Los arqueros desembarcados de las naves los rodeaban y disparaban sus flechas contra cualquier defensor que asomara la cabeza sobre las murallas de la torre de entrada.
—Picas —ordenó Tyrion, y emprendió el galope.
El terreno estaba empapado y resbaladizo, sangre y cieno a partes iguales. Su corcel tropezó con un cadáver, los cascos se deslizaron y batieron la tierra, y durante un momento Tyrion temió que para él la carga concluyera con una caída de la silla antes de entrar en combate con el enemigo, pero de alguna manera tanto jinete como cabalgadura lograron mantener el equilibrio. Bajo la puerta, los hombres se daban la vuelta y se aprestaban para resistir la embestida. Tyrion levantó su hacha.
—¡Desembarco del Rey! —gritó.
Otras voces repitieron el grito y la punta de lanza voló en un grito de acero y seda, de cascos galopantes y hojas afiladas besadas por el fuego.
Ser Mandon bajó la punta de su pica en el último momento y clavó la bandera de Joffrey en el pecho de un hombre que llevaba un jubón tachonado, levantándolo en el aire antes de que el asta se quebrara. Tyrion tenía delante a un caballero con el blasón del zorro asomado por un aro de flores. «Florent —fue lo primero que se le ocurrió, pero un instante después cayó en la cuenta de algo—. No lleva yelmo.» Golpeó el rostro del hombre con todo el peso del hacha, de su brazo y del caballo lanzado a toda velocidad, arrancándole la mitad de la cabeza. El impacto le adormeció el hombro.
«Shagga se reiría de mí», pensó, mientras seguía cabalgando.
Una lanza le golpeó el escudo. Pod galopaba a su espalda, asestando mandobles a todo enemigo que encontraba. Oyó a lo lejos los gritos de ánimo de los hombres en las murallas. El ariete cayó en el cieno, olvidado momentáneamente, mientras sus portadores huían o se volvían para combatir. Tyrion abatió a un arquero, abrió a un lancero desde el hombro hasta la axila, y repelió el ataque de alguien con un yelmo en el que se veía un pez espada. Ante el ariete, su alazán corcoveó, pero el corcel negro saltó limpiamente el obstáculo y Ser Mandon cruzó por delante de él, la muerte enfundada en seda nívea. Su espada cortaba miembros, partía cabezas y destrozaba escudos, aunque eran pocos los enemigos que habían logrado cruzar el río con sus escudos intactos.
Tyrion obligó a su cabalgadura a saltar por encima del ariete. Sus enemigos huían. Giró la cabeza a la izquierda, atrás, pero no logró ver a Podrick Payne. Una flecha le rozó la mejilla, apenas a dos centímetros del ojo. Se asustó, y el sobresalto estuvo a punto de hacerlo caer del caballo. «Si me quedo aquí tieso como un tocón, tanto daría que me dibujara una diana en el peto.»
Espoleó al caballo y lo hizo trotar entre cadáveres desperdigados. Río abajo, los cascos humeantes de las naves atascaban el Aguasnegras. Sobre el agua flotaban aún manchas de fuego valyrio, que lanzaban feroces penachos verdes a seis o siete metros de altura. Habían logrado dispersar a los hombres del ariete, pero aún se libraban combates a lo largo de toda la costa. Seguramente eran los hombres de Ser Balon Swann, o los de Lancel, que trataban de echar al agua a los enemigos, a medida que se amontonaban en la orilla, provenientes de las naves incendiadas.
—¡Vamos hacia la Puerta del Lodazal! —ordenó.
—¡A la Puerta del Lodazal! —gritó Ser Mandon.
Y volvieron a ponerse en marcha. Sus hombres lanzaban gritos de «¡Desembarco del Rey!» y «¡Mediohombre! ¡Mediohombre!». Se preguntó quién les habría enseñado aquello. A través del acero y el relleno acolchado del yelmo, oía gritos de angustia, el hambriento chisporreteo de las llamas, el sonido estremecedor de los cuernos de guerra y el estruendo metálico de las trompetas. Había fuego por doquier.
«Por los dioses, no me extraña que el Perro tuviera tanto miedo. Tiene pavor a las llamas...»
Un sonido a madera quebrada atravesó el Aguasnegras cuando una piedra, del tamaño de un caballo, cayó en el mismo centro de una de las galeras. «¿De las nuestras o de las de ellos?» A través del humo turbio le resultaba imposible saberlo. Su punta de lanza se había dispersado: en aquel momento cada hombre libraba su propia batalla. «Debí haber dado media vuelta», pensó mientras seguía cabalgando.
El hacha le pesaba en la mano. Un grupo de hombres aún le seguía, el resto había muerto o había huido. Tuvo que esforzarse para que su corcel siguiera trotando hacia el este. Al enorme caballo de batalla le gustaba el fuego tanto como a Sandor Clegane, pero el caballo era más fácil de gobernar.
Del río salían hombres que se arrastraban, hombres quemados y sangrantes, que escupían agua al toser, que trastabillaban, la mayoría de ellos moribundos. Tyrion se movió con sus hombres entre ellos, regalando una muerte más rápida y limpia a los que todavía tenían fuerzas para mantenerse en pie. La guerra se redujo al tamaño de su visor. Caballeros dos veces más altos que él huían al verlo, o se levantaban y morían. Parecían seres pequeños y temerosos.
—¡Lannister! —gritaba mientras asestaba mandobles.
Su brazo estaba rojo hasta el codo y brillaba a la luz que salía del río. Cuando su cabalgadura retrocedió de nuevo, sacudió su hacha, levantándola hacia las estrellas.
—¡Mediohombre! —gritaron sus hombres—. ¡Mediohombre!
Tyrion se sintió embriagado. La fiebre del combate. Nunca había creído que la sentiría, aunque Jaime le había hablado de ella con frecuencia. De cómo el tiempo parecía difuminarse, ralentizarse e, incluso, detenerse; de cómo el pasado y el futuro desaparecían hasta que no quedaba otra cosa que no fuera el instante presente; de cómo el miedo se desvanecía, junto con el pensamiento y hasta el propio cuerpo. «En ese momento no se sienten las heridas, el dolor de espalda a causa del peso de la armadura ni el sudor que cae en los ojos. Se deja de sentir y de pensar, ya no se es uno mismo. Sólo existe la batalla, el enemigo, este hombre y el siguiente y el siguiente y el siguiente... y se sabe que tienen miedo, que sienten cansancio, pero uno no lo siente, sino que está vivo mientras la muerte lo rodea. Y sus espadas se mueven con tanta lentitud que se puede pasar entre ellas bailando y riendo.»
«Fiebre del combate. Soy Mediohombre y estoy ebrio de matar, ¡que me maten ellos si pueden!»
Lo intentaron. Otro lancero corrió hacia él. Tyrion le arrancó de un tajo la punta de su lanza, después la mano y después el brazo, trotando en círculos en torno a él. Un arquero, sin arco, trató de pincharlo con una flecha, como si fuera un cuchillo. El corcel pateó al hombre en el muslo y lo hizo caer, y Tyrion soltó una carcajada como un ladrido. Pasó junto a un estandarte clavado en el cieno, uno de los corazones llameantes de Stannis, y cortó el asta en dos de un hachazo. Un caballero apareció de la nada para lanzar una estocada a su escudo con un espadón de dos manos, una vez y otra, hasta que alguien le clavó una daga en la axila. Quizá fuera uno de los hombres de Tyrion, pero no lo había visto.
—Me rindo, ser —gritó otro caballero, algo más lejos río abajo—. Me rindo, ser caballero, me rindo ante vos. Os doy esto en prenda, tomad.
El hombre yacía en un charco de agua negra y le ofrecía un guantelete de lamas, como prenda de sumisión. Tyrion tuvo que inclinarse para cogerlo. Al hacerlo, una vasija de fuego valyrio estalló en lo alto, esparciendo llamas verdes. Bajo el súbito destello de luz, vio que el charco no era negro, sino rojo. El guantelete aún tenía dentro la mano del caballero. Se lo tiró al hombre.
—Me rindo —sollozó el hombre, desesperado, indefenso.
Tyrion se alejó conmocionado.
Un hombre de armas agarró las bridas de su caballo y le lanzó un tajo al rostro con una daga. Tyrion apartó la hoja y le enterró el hacha en la nuca. Mientras liberaba su arma, un destello blanco apareció al borde de su campo de visión. Tyrion se volvió, creyendo que vería a Ser Mandon Moore de nuevo a su lado, pero se trataba de otro caballero blanco. Ser Balon Swann llevaba la misma armadura, pero los ornamentos de su caballo llevaban los belicosos cisnes en blanco y negro de su Casa. «Es más bien un caballero a manchas que uno blanco», pensó Tyrion estúpidamente. Ser Balon estaba salpicado, de pies a cabeza, de sangre coagulada, y el humo lo había manchado. Levantó su maza y señaló río abajo. Tenía fragmentos de sesos y huesos pegados en el arma.
—Mirad allí, mi señor.
Tyrion hizo girar al caballo para contemplar el Aguasnegras. La corriente seguía fluyendo por debajo, oscura y fuerte, pero la superficie era un caos de sangre y llamas. El cielo era una mezcla de rojo anaranjado y verde brillante.
—¿Qué? —preguntó, y al momento lo vio.
Hombres de armas, enfundados en armaduras de acero, salían de una galera destrozada que había chocado con un atracadero. «Son muchos, ¿de dónde salen?» Aguzando la mirada entre el humo y los destellos, Tyrion les siguió la pista hasta el río. Allí, amontonadas, había unas veinte galeras, quizá más, era difícil contarlas. Sus remos estaban entrecruzados, sus cascos unidos con cabos de abordaje, se habían empalado unos a otros con los espolones y una telaraña de cordajes los cubría. El enorme casco de una vieja nave flotaba entre dos naves más pequeñas. Eran pecios, pero estaban tan amontonados que era posible saltar de unos a otros y, de esta manera, cruzar el Aguasnegras.
Eso era precisamente lo que hacían centenares de los hombres más valientes de Stannis Baratheon. Tyrion vio a un estúpido caballero que intentaba cruzar en su montura, obligando a su caballo aterrorizado a pasar por encima de bordas, mástiles y cubiertas escoradas pegajosas de sangre y salpicadas de fuego verde.
«Mierda, les hemos construido un puñetero puente», pensó con desaliento. Unas partes del puente se hundían, otras ardían, y todo aquello crujía y se desplazaba como si estuviera a punto de reventar en cualquier momento, pero eso no los detenía.
—Son hombres valientes —le dijo admirado a Ser Balon—. Vamos a matarlos.
Condujo a sus hombres entre los incendios, el hollín y las cenizas de la ribera, avanzando a lo largo de un extenso muelle de piedra. Ser Balon y su tropa lo siguieron. Ser Mandon se les unió, su escudo estaba destrozado. El humo y las brasas se arremolinaban en el aire, y el enemigo se dispersó ante el ataque, saltando de nuevo al agua y derribando a otros hombres que luchaban por subir al dique. Al pie del puente estaba una galera enemiga semihundida, en cuya proa se podía leer Veneno de dragón y cuyo casco había sido rajado por una de las viejas naves hundidas que Tyrion había dispuesto entre los muelles. Un lancero, que llevaba la insignia del cangrejo rojo de la Casa Celtigar, clavó la punta de su arma en el pecho del caballo de Balon Swann antes de que éste pudiera descabalgar, haciendo caer al caballero de su silla. Tyrion lanzó un golpe a la cabeza del hombre cuando llegó a su lado, pero en ese momento no tuvo tiempo de tirar de las riendas. Su semental saltó desde el final del muelle por encima de una borda destrozada, relinchando y salpicando al caer al agua poco profunda. A Tyrion se le escapó el hacha de la mano, dando vueltas en el aire, seguida por el propio Tyrion, y la cubierta se elevó para propinarle una bofetada húmeda.
Lo que siguió fue una locura. Su caballo se había partido una pata y lanzaba relinchos espantosos. De alguna manera logró sacar su daga y dar un tajo en la garganta de la infeliz bestia. La sangre brotó en un surtidor escarlata, empapándole los brazos y el pecho. Logró ponerse en pie de nuevo y subió por encima de una tabla, y al momento volvió a combatir, dando traspiés y salpicando sobre cubiertas escoradas y medio hundidas. Los hombres lo atacaban. Mató a unos, hirió a otros y algunos lograron escapar, pero siempre llegaban más. Perdió su cuchillo y consiguió una lanza partida, sin que él mismo supiera cómo. La agarró y comenzó a lanzar estocadas mientras soltaba maldiciones a gritos. Los hombres huían de él y él los perseguía, saltando sobre la borda hacia la siguiente nave y, después, hacia la de más allá. Sus dos sombras blancas lo acompañaban todo el tiempo, Balon Swann y Mandon Moore, bellos en sus armaduras pálidas. Rodeados por un círculo de lanceros de Velaryon, combatían espalda contra espalda, y convertían el combate en un espectáculo tan airoso como una danza.
Su manera de luchar, en cambio, carecía de elegancia. Pinchó a un hombre en los riñones cuando le dio la espalda, y agarró a otro por una pierna y lo echó al río. Las flechas pasaban silbando junto a su cabeza y chocaban con su armadura; una se le alojó entre el hombro y el peto, pero no sintió ningún dolor. Un hombre desnudo cayó del cielo sobre la cubierta, y su cuerpo reventó como una sandía tirada desde una torre. Su sangre salpicó el rostro de Tyrion a través del visor. Comenzaron a caer piedras que atravesaban las cubiertas y convertían a los hombres en papilla, hasta que todo el puente se estremeció y se retorció con violencia bajo sus pies, haciéndolo caer de lado.
De repente, el río empezó a meterse en su yelmo. Se lo quitó de un tirón y se arrastró por la cubierta escorada hasta que el agua le llegó sólo al cuello. Un gemido llenaba el aire, como el grito de agonía de una enorme bestia. «La nave —tuvo tiempo de pensar—, la nave está a punto de soltarse.» Las galeras destrozadas se estaban soltando y el puente se rompía en pedazos. Apenas se dio cuenta de ello, se escuchó un súbito estallido, estremecedor como un trueno; la cubierta se hundió debajo de sus pies, y él volvió a deslizarse al agua.
La escora era tan pronunciada que tuvo que subir trepando por un cabo suelto, centímetro a centímetro. De reojo, vio que la vieja nave con la que habían estado enredados iba a la deriva, empujada por la corriente río abajo, girando lentamente mientras los hombres saltaban por la borda. Unos llevaban el corazón llameante de Stannis, otros el venado y el león de Joffrey y algunos mostraban otros blasones, pero parecía que no importara qué llevaran. Los fuegos ardían corriente arriba y abajo. Vio que a un lado suyo se luchaba encarnizadamente en una gran confusión de estandartes multicolores, que ondeaban sobre un mar de combatientes, de filas de escudos que se formaban y se rompían, de caballeros en sus monturas que se abrían camino entre la multitud, de polvo, cieno, sangre y humo. Al otro lado, la Fortaleza Roja continuaba erguida en la colina, escupiendo fuego. Aunque estaban en lados equivocados. Durante un momento, Tyrion creyó que enloquecía, que Stannis y el castillo habían intercambiado sus posiciones. «¿Cómo puede haber cruzado Stannis a la ribera norte?» Con retraso, se dio cuenta de que la cubierta estaba girando, y de alguna manera él había dado una vuelta, de tal manera que el castillo y la batalla habían cambiado de sitio. «La batalla, ¿qué batalla?, si Stannis no ha cruzado, ¿contra quién está peleando?» Tyrion sentía demasiado cansancio para intentar entenderlo. Le dolía mucho el hombro, y cuando levantó la mano para frotárselo, vio la flecha y se acordó. «Tengo que salir de esta nave.» Río abajo no había nada más que una muralla de fuego, y si aquel pecio se soltaba, la corriente lo llevaría hasta allí.
Alguien lo llamaba en el fragor de la batalla. Tyrion intentó responder al grito.
—¡Aquí, estoy aquí! ¡Necesito ayuda! —Su voz sonaba tan débil que apenas lograba oírse a sí mismo. Consiguió subir por la cubierta escorada y se agarró de la borda. La nave tropezó con la galera más próxima y rebotó con tanta violencia que estuvo a punto de echarlo de nuevo al agua. ¿Dónde se habían metido todas sus fuerzas? Lo único que podía hacer era seguir allí aferrado.
—¡Mi señor! ¡Tomad mi mano! ¡Mi señor!
Sobre la cubierta de la nave más cercana, al otro lado de un espacio de agua oscura que se ensanchaba a cada momento, estaba Ser Mandon Moore con un brazo extendido. En el blanco de su armadura se reflejaban llamas amarillas y verdes, y su guantelete de lamas estaba pegajoso de sangre, pero a pesar de ello Tyrion se estiró en su busca, deseando tener unos brazos más largos. Sólo en el último momento, cuando los dedos de ambos se unieron a través del espacio, algo llamó su atención... Ser Mandon le tendía la mano izquierda, ¿por qué...?
¿Sería ésa la razón por la que retrocedió, o quizá alcanzó a ver la espada? Nunca lo sabría. La punta cortó el aire bajo sus ojos y percibió su toque, duro y frío, seguido por un destello de dolor. Su cabeza giró, como si hubiera recibido una bofetada. La sacudida causada por el agua fría fue una segunda bofetada, más impactante que la primera. Braceó, buscando algo a que agarrarse, sabedor de que si se hundía le resultaría imposible salir a flote. De alguna manera, su mano halló la punta astillada de una pica rota. Se agarró a ella con fuerza, como un amante desesperado, y ascendió lentamente, palmo a palmo. Tenía los ojos llenos de agua, la boca llena de sangre, y la cabeza le latía dolorosamente. «Dioses, dadme fuerzas para llegar a la cubierta...» No existía nada más, sólo la pica, el agua y la cubierta.
Por fin trepó a la borda y quedó allí tirado sobre la espalda, sin aliento, exhausto. Sobre su cabeza estallaban bolas de llamas verdes y anaranjadas, dejando franjas de luz entre las estrellas. Tuvo un instante para pensar cuán hermoso era aquello, antes de que Ser Mandon le bloqueara la vista. El caballero era una sombra de acero blanco, sus ojos mostraban un brillo oscuro detrás del yelmo. Tyrion tenía las mismas fuerzas que una muñeca de trapo. Ser Mandon le puso la punta de su espada en el hueco de la garganta y cerró ambas manos en torno a la empuñadura.
Y, de repente, se inclinó hacia la izquierda y chocó con la borda. La madera se quebró y Ser Mandon Moore desapareció, con un grito y el sonido de algo que cae al agua. Un momento después, los cascos de las naves volvieron a unirse, chocando con tanta violencia que la cubierta pareció saltar. En aquel momento, alguien se inclinó sobre él.
—¿Jaime? —graznó, ahogándose casi con la sangre que le llenaba la boca. «¿Quién otro que no fuera su hermano podía salvarlo?»
—No os mováis, mi señor, estáis mal herido.
«La voz de un niño, esto no tiene sentido», pensó Tyrion. Sonaba casi como la voz de Pod.
SANSA
Cuando Ser Lancel Lannister dijo a la reina que se daba la batalla por perdida, Cersei dio vueltas entre las manos a su copa de vino vacía.
—Habladme de mi hermano, ser —dijo. Su voz era distante, como si aquellas noticias no le parecieran demasiado interesantes.
—Lo más probable es que vuestro hermano esté muerto. —El jubón de Ser Lancel estaba empapado de sangre, que le brotaba de debajo del brazo. Al verlo entrar en la sala muchos de los invitados no habían podido contener los gritos—. Creemos que estaba en el puente de embarcaciones cuando se vino abajo. Ser Mandon debe de haber muerto también, y nadie sabe dónde está el Perro. Por todos los dioses, Cersei, ¿cómo se te ocurrió hacer que trajeran a Joffrey al castillo? Los capas doradas están tirando las lanzas para huir más deprisa, escapan a cientos. Al ver que el rey se marchaba, perdieron todo rastro de valor. El Aguasnegras está lleno de pecios, fuego y cadáveres, pero podríamos haber resistido si...
Osney Kettleblack lo empujó a un lado.
—Ahora se lucha a ambos lados del río, Alteza. Puede ser que algunos de los señores de Stannis estén peleando entre ellos, nadie lo sabe a ciencia cierta, todo es muy confuso. El Perro se ha marchado, no se sabe adónde, y Ser Balon se ha replegado al interior de la ciudad. Se han apoderado de las riberas. Están atacando nuevamente la Puerta del Rey con el ariete, y Ser Lancel tiene razón, vuestros hombres desertan de las murallas y asesinan a sus oficiales. Hay multitudes alborotadas junto a la Puerta de Hierro y en la Puerta de los Dioses, quieren salir, y en el Lecho de Pulgas los borrachos están armando refriegas.
«Dioses misericordiosos —pensó Sansa—, es horrible, Joffrey va a perder la cabeza, y yo también. —Buscó a Ser Ilyn con la mirada, pero no lo encontró—. Pero sé que está aquí, lo presiento. Está cerca, no podré escapar de él, me va a cortar la cabeza.»
—Alzad el puente levadizo y atrancad las puertas —dijo la reina, extrañamente tranquila, volviéndose hacia Osfryd—. Nadie saldrá del Torreón de Maegor sin mi permiso.
—¿Qué pasa con las mujeres que fueron a rezar?
—Ellas eligieron alejarse de mi protección. Que sigan rezando; tal vez los dioses las defiendan. ¿Dónde está mi hijo?
—En la torre de la entrada del castillo. Quería ponerse al frente de los ballesteros. Fuera hay una muchedumbre gritando, la mitad son capas doradas que lo siguieron cuando se fue de la Puerta del Lodazal.
—Traedlo al Torreón de Maegor ahora mismo.
—¡No! —Lancel estaba tan furioso que se le olvidó que debía hablar en voz baja. Al oírlo gritar varias cabezas se giraron hacia él—. Volveremos a tomar la Puerta del Lodazal. Deja que se quede donde está, ¡es el rey!
—Es mi hijo. —Cersei Lannister se puso en pie—. Dices que tú también eres un Lannister, primo, así que demuéstralo. Osfryd, ¿qué hacéis todavía ahí? He dicho que ahora mismo.
Osfryd Kettleblack salió apresuradamente de la estancia, seguido por su hermano. Muchos de los invitados se apresuraban también a salir. Algunas de las mujeres lloraban, otras rezaban. Algunas se limitaron a seguir sentadas junto a las mesas y a pedir más vino.
—Cersei —suplicó Ser Lancel—, si perdemos el castillo, Joffrey morirá igual, lo sabes muy bien. Deja que se quede allí, yo lo protegeré, te lo juro...
—Aparta de mi camino.
Le dio un golpe con la mano abierta sobre la herida. Ser Lancel gritó de dolor y estuvo a punto de desmayarse, mientras la reina salía de la estancia sin siquiera dirigir una mirada a Sansa.
«Se ha olvidado de mí. Ser Ilyn me va a matar y ella no me dedica ni un pensamiento.»
—¡Dioses, dioses! —aulló una anciana—. Estamos perdidos, la batalla se ha vuelto contra nosotros, la reina se marcha.
Varios niños empezaron a llorar. «Huelen el miedo.» De pronto, Sansa se encontraba sola en el estrado. ¿Qué debía hacer, quedarse allí o correr detrás de la reina y suplicarle que le perdonara la vida?
Nunca supo por qué lo hizo, pero se puso en pie.
—No temáis —dijo en voz alta—. La reina ha ordenado alzar el puente levadizo. Estamos en el lugar más seguro de la ciudad. Los muros son gruesos, y está también el foso, las estacas...
—¿Qué está pasando? —exigió saber una mujer a la que apenas conocía, la esposa de un señor menor—. ¿Qué le ha dicho Osney a la reina? ¿Está herido el rey, ha caído la ciudad?
—¡Decidnos qué pasa! —gritó alguien más.
Una mujer preguntó por su padre, otra por su hijo. Sansa alzó las manos para pedir silencio.
—Joffrey va a volver al castillo. No está herido. La batalla continúa, no sé nada más, nuestros caballeros luchan con bravura. La reina no tardará en volver. —Esto último era mentira, pero de alguna manera tenía que calmarlos. Se fijó en los bufones, que estaban debajo de la galería—. Chico Luna, haznos reír.
El Chico Luna hizo una voltereta lateral y cayó de pie sobre una mesa. Cogió cuatro copas de vino y empezó a hacer juegos malabares con ellas. De cuando en cuando una se le caía y se le rompía contra la cabeza. Unas cuantas risas nerviosas resonaron por la estancia. Sansa acudió junto a Ser Lancel y se arrodilló junto a él. La herida le sangraba de nuevo después del golpe de la reina.
—Es una locura —jadeó—. Dioses, el Gnomo tenía razón... tenía razón...
—Ayudadlo —ordenó Sansa a dos de los criados. Uno la miró, y salió corriendo con jarra y todo. Otros criados se estaban dando a la fuga también, pero eso no lo podía evitar. Sansa ayudó al otro criado a poner en pie al caballero herido—. Llevadlo al maestre Frenken.
Lancel era uno de ellos, pero no conseguía odiarlo ni desearle la muerte. «Es verdad lo que dice Joffrey: soy blanda, débil y estúpida. No tendría que ayudarlo, tendría que matarlo.»
Las llamas de las antorchas eran cada vez más débiles, y un par de ellas se habían apagado. Nadie se molestó en reemplazarlas. Cersei no volvía. Aprovechando que todos los ojos estaban clavados en el otro bufón, Ser Dontos subió al estrado.
—Retiraos a vuestro dormitorio, dulce Jonquil —susurró—. Encerraos por dentro, allí estaréis más segura. Iré a buscaros cuando termine la batalla.
«Alguien irá a buscarme —pensó Sansa—, pero ¿seréis vos o será Ser Ilyn? —Durante un instante de locura se le ocurrió suplicar a Dontos que la defendiera. Él también había sido caballero, sabía manejar la espada y había jurado defender a los débiles—. No. No tiene valor, ni fuerza. Sólo serviría para que él también muriese.»
Tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para salir del Salón de Baile de la Reina con paso tranquilo, cuando lo que más quería en el mundo era echar a correr. Y sí corrió; cuando llegó a las escaleras, las subió de dos en dos hasta acabar mareada y sin aliento. Un guardia chocó contra ella en el trayecto. Se le cayeron un par de candelabros de plata y una copa adornada con piedras preciosas de la capa escarlata donde los llevaba envueltos, y rodaron escaleras abajo. Una vez decidió que Sansa no iba a tratar de quitarle el botín, el guardia se olvidó de ella y corrió tras los objetos.
Su dormitorio estaba completamente a oscuras. Sansa atrancó la puerta y caminó a tientas hasta la ventana. Cuando corrió los cortinajes, se quedó sin aliento.
Hacia el sur, el cielo era un torbellino de luces de colores cambiantes, reflejo de las inmensas hogueras que ardían en el suelo. Las venenosas mareas verdes azotaban los vientres de las nubes, y los lagos de luz anaranjada bañaban los cielos. Los tonos rojos y amarillos de las llamas vulgares se enfrentaban a los jades y esmeraldas del fuego valyrio, los colores refulgían y desaparecían, creando ejércitos de sombras que perecían un instante después. En menos de un instante los amaneceres verdes dejaban paso a los ocasos anaranjados. El propio aire olía a quemado, igual que una olla de sopa que se hubiera dejado demasiado tiempo en el fuego, hasta que el líquido se evaporaba. Y los rescoldos arrastrados por la brisa hacían que la noche pareciera poblada por enjambres de luciérnagas.
Sansa se apartó de la ventana y fue a refugiarse en la seguridad que le ofrecía la cama.
«Me voy a dormir —se dijo—, y cuando despierte será otro día, y el cielo volverá a estar azul. La batalla habrá terminado, y alguien vendrá para decirme si voy a morir o no.»
—Dama —sollozó en voz baja, mientras se preguntaba si cuando muriera volvería a reunirse con su loba.
En aquel momento algo se movió a su espalda, una mano surgió de la oscuridad y la agarró por la muñeca.
Sansa abrió la boca para gritar, pero otra mano le cubrió el rostro y casi la asfixió. Aquellos dedos eran duros y encallecidos, y estaban pegajosos de sangre.
—Hola, pajarito. Sabía que vendrías.
La voz era áspera, pastosa, ebria. En el exterior, una lanza de luz jade hendió el cielo estrellado, y la habitación se llenó de resplandor verde. Lo vio durante un instante, todo negro y verde, con la sangre del rostro negra como la brea y los ojos brillantes como los de un perro ante la luz repentina. Luego la luz se desvaneció y volvió a ser una mole oscura envuelta en una sucia capa blanca.
—Si gritas te mataré, puedes estar segura. —Le quitó la mano de la boca. Respiraba trabajosamente. El Perro tenía una jarra de vino en la mesilla de Sansa, y bebió un largo trago—. ¿No quieres saber quién va ganando la batalla, pajarito?
—¿Quién? —preguntó, demasiado asustada para negarse.
El Perro se echó a reír.
—Sólo sé quién ha perdido. Yo.
«Jamás lo había visto tan borracho. Ha estado durmiendo en mi cama. ¿Qué quiere de mí?»
—¿Qué habéis perdido?
—Todo. —La parte quemada de su rostro era una máscara de sangre seca—. Maldito enano. Tendría que haberlo matado. Hace años.
—Dicen que ha muerto.
—No. Una mierda. No quiero que muera. —Tiró a un lado la jarra vacía—. Quiero que arda. Si los dioses son bondadosos harán que arda, pero yo no estaré aquí para verlo. Me voy.
—¿Os vais? —Trató de liberarse de su presa, pero la mano parecía de hierro.
—El pajarito repite lo que oye. Me voy, sí.
—¿Adónde?
—Lejos de aquí. Lejos de los fuegos. No sé, saldré por la Puerta de Hierro. Iré hacia el norte, a algún lugar, adonde sea.
—No podréis salir —dijo Sansa—. La reina ha cerrado el Torreón de Maegor, y las puertas de la ciudad también están cerradas.
—Para mí no. Tengo la capa blanca. Y también esto. —Dio unas palmaditas en el pomo de su espada—. El hombre que intente detenerme es hombre muerto. A menos que esté ardiendo. —Rió con amargura.
—¿Por qué habéis venido aquí?
—Me prometiste una canción, pajarito. ¿Te habías olvidado?
No entendía qué quería decir. No podía cantar para él en aquel momento, en aquel lugar, con aquel cielo lleno de fuego, mientras morían hombres a cientos, a miles.
—Soltadme, me dais miedo.
—A ti te da miedo todo. Mírame. ¡Mírame!
La sangre le ocultaba las cicatrices más profundas, pero tenía los ojos muy abiertos, muy blancos, aterradores. La comisura quemada de su boca se contraía una y otra vez. Su olor mareaba a Sansa; apestaba a sudor, a vino agrio, a vómito rancio, y sobre todo a sangre, a sangre, a sangre.
—Yo cuidaría de ti para que no te pasara nada —dijo con voz áspera—. Todos me tienen miedo. Nadie volvería a hacerte daño, o los mataría. —La atrajo hacia él, y por un momento Sansa pensó que iba a besarla. Era demasiado fuerte, no podría resistirse. Cerró los ojos ansiando que todo acabara pronto, pero no pasó nada—. Sigues sin poder mirarme, ¿eh? —le oyó decir. Le retorció el brazo hasta obligarla a darse la vuelta, y la empujó contra la cama—. Quiero mi canción. La de Florian y Jonquil, me dijiste. —Había desenvainado la daga y se la puso en la garganta—. Canta, pajarito. Canta si quieres seguir con vida.
El miedo le había hecho un nudo en la garganta, y de repente no recordaba ninguna de las canciones que había sabido toda su vida. «Por favor, no me matéis —habría querido gritar—, por favor, no.» Notó cómo movía la punta, cómo se la hundía en la garganta, y estuvo a punto de cerrar los ojos de nuevo, pero en aquel momento se acordó. No era la canción de Florian y Jonquil, pero al menos era una canción. Su voz le sonó aguda, fina, trémula.
Madre Gentil, fuente de toda piedad,
salva a nuestros hijos de la guerra y la maldad,
contén las espadas y las flechas detén,
que tengan un futuro de paz y de bien.
Madre Gentil, de las mujeres aliento,
ayuda a nuestras hijas en este día violento,
calma la ira y la furia agresiva,
haz que nuestra vida sea más compasiva.
Se le había olvidado el resto de la letra. Tenía miedo de que la matara en cuanto dejara de cantar, pero tras un instante el Perro le apartó la daga de la garganta, sin decir palabra.
El instinto le dijo que alzara la mano y le pusiera los dedos sobre la mejilla. La habitación estaba a oscuras y no lo veía, pero notó el tacto pegajoso de la sangre, y una humedad que no era de sangre.
—Pajarito —dijo una vez más, con la voz ronca y rasposa como el sonido del acero contra la piedra.
Se levantó de la cama. Sansa oyó el sonido de la tela al rasgarse, y después unas pisadas que se alejaban.
Cuando salió de la cama al cabo de un rato, estaba sola. Encontró la capa en el suelo, arrugada, el tejido de lana blanca manchado de sangre y fuego. Para entonces, en el exterior el cielo estaba más oscuro, apenas unos cuantos fantasmas color verde claro danzaban ante las estrellas. Soplaba un viento gélido que hacía batir los postigos. Sansa sintió frío. Sacudió la capa desgarrada y se cubrió con ella antes de acurrucarse en el suelo, temblorosa.
No habría sabido decir cuánto tiempo permaneció así, pero tras un largo rato oyó una campana que repicaba al otro lado de la ciudad. El sonido era el retumbar grave de una garganta de bronce, cada vez más rápido. Sansa aún se preguntaba qué significaría aquello cuando se le unió una segunda campana, y luego una tercera, con voces que llegaban de las colinas y los valles, llenaban los callejones y las torres, y alcanzaban hasta el último rincón de Desembarco del Rey. Se liberó de la capa y corrió hacia la ventana.
Hacia el este despuntaba el alba, y ya sonaban también las campanas de la Fortaleza Roja, como parte de la riada de sonidos que manaba de las siete torres de cristal del Gran Sept de Baelor. Sansa recordó que aquellas campanas habían sonado cuando murió el rey Robert, pero en esta ocasión era un sonido diferente, no un doblar lento y triste, sino un repicar alegre. Además, en las calles se oían gritos y algo que sólo podían ser aplausos y aclamaciones.
Fue Ser Dontos quien le llevó la noticia. Cruzó atolondrado la puerta abierta, la estrechó entre sus brazos fofos, y le hizo dar vueltas por toda la habitación, mientras gritaba de manera tan incoherente que Sansa no entendía ni una palabra. Estaba tan borracho como lo había estado el Perro, pero a él la bebida lo hacía bailar alegremente. Cuando por fin la soltó, estaba mareada y sin aliento.
—¿Qué pasa? —Se agarró a un poste de la cama—. ¿Qué ha sucedido? ¡Decídmelo!
—¡Se acabó! ¡Se acabó, se acabó! La ciudad está a salvo. Lord Stannis ha muerto, Lord Stannis ha huido, nadie lo sabe, a nadie le importa; su ejército se ha dispersado, ya no hay peligro. Dicen que ha muerto en el combate o que se ha marchado, ¡qué más da! ¡Y cómo brillan los estandartes! ¡Los estandartes, Jonquil, los estandartes! ¿Tenéis vino? Tendríamos que brindar para celebrarlo, sí. ¿No lo entendéis? ¡Esto quiere decir que estáis a salvo!
—¡Decidme de una vez qué ha pasado! —le gritó Sansa sacudiéndolo.
Ser Dontos rió a carcajadas, saltó sobre una pierna, luego sobre la otra y estuvo a punto de caer.
—Llegaron entre las cenizas mientras el río ardía. El río, Stannis estaba metido en el río hasta el cuello, y lo cogieron por la retaguardia. ¡Ah, quién fuera de nuevo caballero, quién hubiera participado en esto! Dicen que sus hombres apenas si presentaron batalla. ¡Algunos huyeron, pero fueron más los que doblaron la rodilla y aclamaron a Lord Renly! ¿Qué pensaría Stannis al oír eso? Me lo ha contado Osney Kettleblack, a él se lo había contado Ser Osmund, pero Ser Balon ha vuelto ya y sus hombres dicen lo mismo, y los capas doradas también. ¡Estamos salvados, pequeña! Vinieron por el camino de rosas y a lo largo de la ribera, cruzaron todos los campos que Stannis había quemado, levantaban las cenizas con las botas y las armaduras se les cubrían de gris... ¡pero los estandartes! ¡Los estandartes debían de ser maravillosos, la rosa dorada, el león dorado y todos los demás, el árbol de Marbrand y el de Rowan, el cazador de Tarly, las uvas de Redwyne y también la hoja de Lady Oakheart. Todas las casas de occidente, ¡todo el poder de Altojardín y Roca Casterly! Lord Tywin en persona comandaba su ala derecha al norte del río, con Randyll Tarly al mando del grueso y Mace Tyrell al mando del ala izquierda, pero fue la vanguardia la que ganó la batalla. Atravesaron las fuerzas de Stannis como una lanza atraviesa una calabaza, gritaban como demonios vestidos de acero. ¿Y sabéis quién iba al mando de la vanguardia? ¿Lo sabéis? ¿Lo sabéis? ¿Lo sabéis?
—¿Robb? —Era un sueño imposible, pero...
—¡Era Lord Renly! ¡Lord Renly, con su armadura verde, y el fuego reflejado en sus astas doradas! ¡Lord Renly, con la lanza en la mano! ¡Se dice que mató a Ser Guyard Morrigen en combate singular, y también a otra docena de grandes caballeros! ¡Era Renly, era Renly, era Renly! ¡Oh, mi querida Sansa, los estandartes! ¡Quién fuera caballero!
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