ARYA
—Arriba —ordenó Syrio Forel, con un golpe de tajo a la cabeza. Las espadas de madera chocaron con fuerza cuando Arya lo paró—. Izquierda —gritó el hombre, y su arma silbó. La de la niña se movió como un dardo para detenerla, y el golpe hizo que al hombre le chocaran los dientes—. Derecha —siguió.
Y luego «abajo», «izquierda», «izquierda» otra vez, cada vez más deprisa, avanzando. Arya se retiraba, parando todos los golpes.
—Estocada —avisó Syrio, y cuando atacó, Arya se apartó a un lado, desvió el arma y le lanzó un golpe de tajo al hombro.
Casi lo tocó, casi, estuvo tan cerca que esbozó una sonrisa. Un mechón de pelo empapado de sudor le cayó sobre los ojos. Se lo apartó a un lado con el dorso de la mano.
—Izquierda —entonó Syrio—. Abajo. —Su espada era un borrón, y la sala resonaba con el sonido de las maderas al chocar—. Izquierda. Izquierda. Arriba, Izquierda. Derecha. Izquierda. Abajo. ¡Izquierda!
La hoja de madera la alcanzó por encima del pecho derecho con un golpe repentino que resultó aún más doloroso porque le llegó del lado inesperado.
—¡Ay! —gritó. Tendría un moretón nuevo antes de acostarse aquella noche, en algún punto en medio del mar. «Un moretón es una lección —se dijo— y cada lección nos hace mejores.»
—Estás muerta —dijo Syrio dando un paso atrás.
Arya hizo una mueca.
—Has hecho trampa —dijo Arya, furiosa, con una mueca—. Dijiste izquierda y atacaste por la derecha.
—Exacto. Y estás muerta, chica.
—¡Pero mentiste!
—Mis palabras mintieron. Mis ojos y mi brazo decían la verdad a gritos, pero no la viste.
—¡Sí estaba mirando! —protestó Arya—. ¡No dejé de mirar ni un instante!
—Mirar y ver no son misma cosa, chica muerta. El danzarín del agua ve. Ven aquí, deja la espada, es momento de escuchar. —Arya lo siguió hasta la pared, y el hombre se sentó en un banco—. Syrio Forel fue primera espada del señor del Mar de Braavos, ¿y sabes cómo llegó a serlo?
—Porque eras el mejor espadachín de la ciudad.
—Sí, cierto, pero ¿por qué? Otros hombres eran más fuertes, más rápidos, más jóvenes... ¿por qué Syrio Forel era el mejor? Te lo diré. —Se rozó un párpado con la yema del dedo meñique—. La visión, la verdadera visión, eso es el corazón de todo.
»Atiende. Las naves de Braavos navegan tan lejos como sopla el viento, a tierras extrañas y maravillosas, y cuando regresan sus capitanes llevan animales extraños para el zoológico del señor del Mar. Son animales como jamás has visto, caballos con rayas, animales grandes de piel manchada y cuellos largos como zancos, cerdos ratones peludos grandes como vacas, manticoras con aguijones, tigres que llevan a sus cachorros en una bolsa, lagartos espantosos con garras como guadañas. Syrio Forel ha visto esas cosas.
»En el día del que te hablo, la primera espada acababa de morir, y el señor del Mar me hizo llamar. Muchos valientes habían acudido a él, y a todos los rechazó, y no sabían por qué. Cuando llegué a su presencia, estaba sentado y tenía en el regazo un gato gordo y amarillo. Me dijo que uno de sus capitanes se lo había traído de una isla más allá del amanecer. "¿Has visto jamás un animal tan hermoso como esta hembra?", me preguntó.
»Y yo a él le dije: "Todas las noches, en los callejones de Braavos, los veo iguales, a cientos", y el señor del Mar se rió, y ese día me nombró primera espada.
—No lo entiendo —dijo Arya haciendo una mueca.
Syrio entrechocó los dientes.
—El gato era un gato común, sin más. Los demás esperaban ver una bestia fabulosa, y eso fue lo que vieron. Es una hembra muy grande, dijeron, pero no era más grande que cualquier gato, sólo estaba gordo por la inactividad y porque el señor del Mar lo alimentaba de su mesa. Qué orejas tan extrañas, qué pequeñas, dijeron. Otros gatos le habían mordido las orejas en peleas entre cachorros. Y era un macho, evidentemente, pero el señor del Mar decía que era una hembra, y eso vieron los demás. ¿Me escuchas?
—Tú viste lo que había allí —contestó Arya después de meditar un instante.
—Exacto. Abrir los ojos es lo único necesario. El corazón miente y la mente engaña, pero los ojos ven. Mira con los ojos. Escucha con los oídos. Saborea con la boca. Huele con la nariz. Siente con la piel. Y sólo luego piensa, y así sabrás la verdad.
—Bien —sonrió Arya.
Syrio Forel también se permitió sonreír.
—Estoy pensando que cuando lleguemos a tu Invernalia será hora de que cojas a Aguja...
—¡Sí! —exclamó Arya, ansiosa—. Cuando me vea Jon...
Tras ellos, las grandes puertas de madera de la estancia se abrieron con estrépito. Arya se giró.
En la entrada había un caballero de la Guardia Real, y tras él cinco guardias Lannister. El caballero vestía armadura completa, pero llevaba levantado el visor. Arya conocía aquellos ojos caídos y aquellos bigotes de color óxido, porque había viajado desde Invernalia con el rey: era Ser Meryn Trant. Los capas rojas llevaban cotas de mallas sobre las corazas, y cascos de acero con crestas en forma de león.
—Arya Stark —llamó el caballero—. Ven con nosotros, niña.
—¿Qué queréis? —Arya se mordisqueó el labio, insegura.
—Tu padre te manda llamar.
Arya dio un paso hacia adelante, pero Syrio Forel la sujetó por el brazo.
—¿Y cómo es que Lord Eddard envía hombres de los Lannister, y no a los suyos? Me intriga.
—No te entrometas, maestro de danza —replicó Meryn—. Esto no es asunto tuyo.
—Mi padre no os enviaría a vosotros —dijo Arya. Esgrimió su espada de madera. Los Lannister se echaron a reír.
—Suelta ese palo, niña —le dijo Ser Meryn—. Soy un Hermano Juramentado de la Guardia Real, los Espadas Blancas.
—También lo era el Matarreyes cuando asesinó al viejo rey —dijo Arya—. No tengo por qué ir con vosotros si no quiero.
—Cogedla —ordenó a sus hombres Ser Meryn Trant; se le había agotado la paciencia. Se bajó el visor del yelmo.
Tres de los guardias avanzaron, las cotas de mallas tintineaban con cada paso. De repente, Arya sintió un gran temor. «El miedo hiere más que las espadas», se dijo para controlar el ritmo frenético de su corazón.
Syrio Forel se interpuso entre ellos y se dio unos golpecitos en la bota con la espada de madera.
—Deteneos ahora mismo. ¿Qué sois, hombres o perros? Sólo un perro amenazaría a una niña.
—Aparta, viejo —ordenó uno de los capas rojas.
La espada de Syrio silbó y fue a chocar contra su casco.
—Soy Syrio Forel, y a partir de ahora me hablarás con más respeto.
—Calvo de mierda... —El hombre desenvainó la espada larga. El palo hendió el aire de nuevo a una velocidad cegadora. Arya oyó un crujido audible, y la espada cayó tintineando contra el suelo de piedra.
—¡Mi mano! —gimió el guardia, sujetándose los dedos rotos.
—Para ser un maestro de danza te mueves deprisa —dijo Ser Meryn.
—Tú eres lento para ser un caballero —replicó Syrio.
—Matad al braavosi y traedme a la niña —ordenó el caballero de la armadura blanca.
Los cuatro guardias Lannister desenvainaron las espadas. El quinto, el de los dedos rotos, escupió y sacó una daga con la mano izquierda.
Syrio Forel entrechocó los dientes y asumió la postura de danzarín del agua, con la que sólo presentaba al enemigo un costado.
—Arya, chica —dijo sin mirarla, sin apartar los ojos de los Lannister—, hoy ya no danzaremos más. Vete ya. Corre con tu padre.
—«Veloz como un ciervo» —susurró Arya; no quería dejarlo solo, pero Syrio la había enseñado a obedecer sus órdenes.
—Eso es —dijo Syrio Forel mientras los Lannister se acercaban.
Arya dio un paso atrás con la espada de madera bien apretada en la mano. Al observar a Syrio, comprendió que cuando se batía con ella no hacía más que jugar. Los capas rojas se acercaron a él desde tres lados, todos con acero en las manos. Tenían el pecho y los brazos defendidos con cotas de mallas, y defensas de acero en las ingles, pero las piernas sólo las protegían con cuero. Llevaban las manos desnudas, y aunque los yelmos les cubrían las narices no tenían visores para los ojos.
Syrio no esperó a que llegaran hasta él, sino que giró a su izquierda. Arya no había visto jamás a nadie que se moviera tan deprisa. Detuvo una espada con la suya de madera y esquivó la segunda. El segundo guardia perdió el equilibrio y cayó contra el primero. Syrio le puso una bota en la espalda y los dos capas rojas cayeron juntos. El tercer guardia saltó sobre ellos y lanzó un tajo contra la cabeza del danzarín del agua. Syrio se agachó para esquivar la hoja y lanzó una estocada hacia arriba. El guardia cayó entre gritos, mientras la sangre manaba como un surtidor del agujero rojo donde había estado su ojo izquierdo.
Los hombres caídos empezaban a levantarse. Syrio dio una patada a uno en la cara y le quitó el casco de acero al otro. El hombre de la daga le lanzó una puñalada. Syrio detuvo el ataque con el casco y le destrozó la rótula con la espada de madera. El último capa roja gritó una maldición y se lanzó a la carga, sujetando la espada con las dos manos. Syrio se movió, y el acero fue a clavarse en el hombre sin casco que intentaba levantarse, justo entre el cuello y el hombro. La espada perforó la cota de mallas, el cuero y la carne. El hombre que se iba a levantar lanzó un aullido. Antes de que su asesino pudiera recuperar la espada, le lanzó una estocada contra la nuez de la garganta. El guardia dejó escapar un grito ahogado y se tambaleó hacia atrás, con las manos en el cuello, mientras el rostro se le ponía negro.
Cuando Arya llegó a la puerta trasera, la que daba a la cocina, ya había cinco hombres en el suelo, muertos o moribundos. Oyó la maldición entre dientes de Ser Meryn Trant.
—Malditos inútiles... —dijo mientras desenvainaba.
—Chica Arya —exclamó sin mirarla—, fuera ya. —Syrio Forel volvió a asumir la posición, y entrechocó los dientes.
«Mira con los ojos», le había dicho. Ella miró: el caballero llevaba armadura blanca, de los pies a la cabeza, en las piernas, en la garganta, las manos enfundadas en metal, los ojos ocultos tras el alto yelmo blanco y acero cruel en las manos. Contra eso: Syrio, con su chaleco de cuero y una espada de madera en las manos.
—¡Huye, Syrio! —gritó.
—La primera espada de Braavos no huye —canturreó él mientras Ser Meryn le lanzaba un ataque.
Syrio danzó para esquivar, la espada de madera era un borrón en el aire. En un instante lanzó golpes contra la sien, contra el codo, contra la garganta del caballero, la madera resonó contra el yelmo, contra el guantelete, contra el gorjal. Arya estaba paralizada. Ser Meryn avanzó. Syrio retrocedió. Paró el primer golpe, esquivó el segundo, desvió el tercero.
El cuarto cortó en dos el palo, destrozó la madera y el alma de plomo.
Arya, entre sollozos, se dio media vuelta y huyó.
Atravesó corriendo las cocinas y las despensas, ciega de pánico, empujó a los cocineros y a los pinches, y derribó a una ayudante de panadería que portaba una bandeja de madera. Las aromáticas hogazas de pan recién hecho volaron por los aires. Oyó gritos a su espalda, y estuvo a punto de tropezar con un carnicero que se interpuso en su camino. El hombre tenía un cuchillo en las manos, y los brazos rojos hasta el codo.
Todo lo que Syrio Forel le había enseñado le pasó por la cabeza como un torbellino. «Veloz como un ciervo. Silenciosa como una sombra. El miedo hiere más que las espadas. Rápida como una serpiente. Tranquila como las aguas en calma. El miedo hiere más que las espadas. El hombre que teme la derrota ya ha sido derrotado. El miedo hiere más que las espadas. El miedo hiere más que las espadas. El miedo hiere más que las espadas.» La empuñadura de su espada de madera estaba resbaladiza por el sudor, y Arya jadeaba al llegar a las escaleras de la torrecilla. Se quedó paralizada un instante. ¿Arriba o abajo? Si subía llegaría al puente cubierto que unía el patio con la Torre de la Mano, pero eso sería lo que ellos pensarían que iba a hacer. «No hagas nunca lo que esperan», le había dicho Syrio en cierta ocasión. Arya empezó a bajar por la escalera de caracol, saltaba los estrechos peldaños de dos en dos, de tres en tres. Llegó a una bodega enorme como una cueva, llena de barriles de cerveza apilados hasta seis metros de altura. La única luz de aquel lugar entraba por un ventanuco estrecho, que estaba a mucha altura.
La bodega era un callejón sin salida. No había otra vía de escape que el lugar por el que había entrado. No se atrevía a regresar por las escaleras, pero tampoco podía quedarse allí. Tenía que encontrar a su padre, y decirle qué había pasado. Su padre la protegería.
Arya se colgó la espada de madera del cinturón y empezó a trepar por los barriles, saltando de uno a otro, hasta llegar a la ventana. Se agarró a la piedra con ambas manos y se impulsó. El muro tenía casi un metro de ancho, el ventanuco era como un túnel en pendiente hacia arriba. Arya avanzó serpenteando hasta salir a la luz del día. Cuando tuvo la cabeza al nivel del suelo, echó un vistazo hacia el otro lado del patio, en dirección a la Torre de la Mano.
La recia puerta de madera estaba rota, hecha astillas, como si la hubieran derribado a hachazos. Sobre los peldaños había un hombre caído de bruces, muerto, con la capa arrugada bajo el cuerpo y la espalda de la cota de mallas empapada de rojo. Horrorizada, vio que la capa del cadáver era de lana gris ribeteada con seda blanca. No sabía quién era.
—No —susurró. ¿Qué sucedía? ¿Dónde estaba su padre? ¿Por qué habían ido a buscarla los capas rojas? Recordó lo que había dicho el hombre de la barba amarilla, el día que vio a los monstruos: «Si una Mano puede morir, ¿por qué no otra?». Se le llenaron los ojos de lágrimas. Contuvo el aliento para escuchar. Oyó los sonidos de la lucha, gritos, alaridos y el clamor del acero contra el acero, que salía por las ventanas de la Torre de la Mano.
No podía entrar allí. Su padre...
Arya cerró los ojos. Durante un momento, el miedo la paralizó. Habían matado a Jory, a Wyl, a Heward y al guardia de las escaleras, fuera quien fuera. Quizá hubieran matado también a su padre, y la habrían matado a ella si hubieran llegado a cogerla.
—«El miedo hiere más que las espadas» —dijo en voz alta. Pero no serviría de nada fingir que era una danzarina del agua. Syrio sí lo era, y seguramente el caballero blanco lo había matado, y ella no era más que una niña pequeña con una espada de madera, sola y asustada.
Se retorció para salir al patio y miró a su alrededor con cautela mientras se ponía en pie. El castillo parecía desierto. Y la Fortaleza Roja nunca estaba desierta. Todo el mundo debía de estar escondido dentro y con las puertas atrancadas. Arya alzó la vista hacia sus habitaciones, con gesto desesperado, y enseguida se alejó de la Torre de la Mano. Avanzaba muy pegada a la pared, moviéndose de sombra en sombra, como cuando cazaba gatos... excepto que ahora el gato era ella, y si la atrapaban la matarían.
Se movió entre los edificios y sobre los muros, siempre con la espalda contra las piedras, para que nadie la sorprendiera. Así llegó hasta los establos sin apenas incidentes. Una docena de capas doradas con cotas de mallas y corazas pasaron corriendo junto a ella cuando estaba en el patio interior; pero, como no sabía de qué lado estaban, se acurrucó en las sombras para que no la vieran.
Hullen, que había sido caballerizo en Invernalia desde que Arya tenía uso de razón, estaba caído en el suelo, junto a la entrada de los establos. Lo habían apuñalado tantas veces que su túnica parecía lucir un dibujo de flores rojas. Arya estaba segura de que había muerto, pero cuando se acercó a él, abrió los ojos.
—Arya... —susurró—. Debes... avisar... a tu señor padre... —Le salió de la boca una espuma sanguinolenta. El jefe de los caballos cerró los ojos y no volvió a hablar.
En el interior había más cadáveres: un mozo de cuadras con el que había jugado a menudo y tres de los guardias de su padre. Cerca de la puerta había un carromato abandonado, cargado de cajones y baúles. Los hombres muertos debían de estar cargándolo para ir a los muelles cuando los atacaron. Arya se acercó más. Uno de los cadáveres era el de Desmond, que le había enseñado su espada y le había prometido que protegería a su padre. Yacía de espaldas, con los ojos abiertos llenos de moscas, mirando sin ver en dirección al techo. Junto a él había otro cadáver con la capa roja y el yelmo con cresta de león de los Lannister. Pero sólo uno. «Cada norteño vale por diez espadas sureñas», le había dicho Desmond.
—¡Mentiroso! —gritó, al tiempo que le asestaba una patada en un ataque de ira.
Los animales estaban inquietos en los establos, resoplaban y piafaban ante el olor de la sangre. Arya sólo tenía un plan, ensillar un caballo y huir, alejarse del castillo y de la ciudad. Sólo tenía que seguir el camino real, que tarde o temprano la llevaría de vuelta a Invernalia. Cogió bridas y arneses de un gancho de la pared.
Al pasar por detrás del carromato, un baúl caído le llamó la atención. Se debía de haber caído durante la pelea, o quizá lo habían soltado cuando lo estaban cargando al ver que los atacaban. La madera se había roto, la tapa estaba abierta y su contenido, desparramado por el suelo. Arya reconoció prendas de seda, satén y terciopelo que jamás había llegado a ponerse. Pero quizá en el camino real necesitaría ropas más abrigadas. Y además...
Se arrodilló en el suelo, entre las ropas dispersas. Encontró una gruesa capa de lana, una falda de terciopelo y una túnica de seda, algo de ropa interior, un vestido que le había bordado su madre, una pulsera de plata que podría vender... Apartó la tapa rota a un lado y buscó a Aguja entre el contenido. Ella la había escondido al fondo, debajo de todo lo demás, pero al caerse el baúl todo había quedado revuelto. Por un momento temió que alguien la hubiera encontrado y la hubiera robado. Entonces sintió la dureza del metal bajo una camisa de satén.
—¡Ahí está! —siseó una voz detrás de ella, muy cerca.
Arya, sobresaltada, se dio media vuelta y vio a un mozo de cuadras con una sonrisa burlona en los labios. La camiseta blanca sucia le salía por debajo del jubón mugriento. Tenía las botas cubiertas de estiércol y una horca en la mano.
—¿Quién eres tú? —inquirió Arya.
—La chica no me conoce —dijo él—. Pero yo la conozco a ella, sí, claro. La chica loba.
—Ayúdame a ensillar un caballo —suplicó Arya al tiempo que metía la mano en el baúl para coger a Aguja—. Mi padre es la Mano del Rey, él te recompensará.
—Tu padre está muerto —replicó el muchacho. Se acercó a ella—. Pero la reina me recompensará. Ven aquí, chica.
—¡No te acerques! —Cerró los dedos en torno a la empuñadura de Aguja.
—He dicho que vengas. —La agarró por un brazo con brusquedad.
Todo lo que Syrio Forel le había enseñado se le desvaneció de la mente en un instante. En aquel momento de terror repentino, la única lección que Arya pudo recordar fue la primera de todas, la que le había enseñado Jon Nieve.
Le lanzó una estocada hacia arriba con el extremo puntiagudo, llevada por una fuerza salvaje, histérica.
Aguja atravesó el jubón de cuero y la carne blanca del vientre, y salió por la espalda, entre los omoplatos. El muchacho soltó la horca y dejo escapar un ruido suave, a medio camino entre un jadeo y un suspiro.
—Dioses —gimió mientras su camiseta se teñía de rojo—. Sácame eso.
Cuando Arya retiró la espada, murió.
Los caballos no paraban de relinchar. Arya se quedó mirando el cadáver, aterrada ante la proximidad de la muerte. El chico había vomitado sangre al caer, y más sangre le brotaba de la herida del vientre y formaba un charco bajo el cuerpo. Se había cortado las palmas de las manos al agarrar la hoja. Ella retrocedió, muy despacio, con Aguja en la mano. Tenía que marcharse de allí, tenía que huir, muy lejos, a algún lugar donde estuviera a salvo de los ojos acusadores del mozo de cuadras.
Cogió de nuevo las bridas y los arneses, y corrió hacia su yegua, pero cuando se disponía a ensillarla cayó en la cuenta, espantada, de que las puertas del castillo estarían sin duda cerradas. También habría guardias en las poternas. Pero quizá no la reconocieran, quizá, si pensaban que era un chico, la dejarían... No, seguramente les habían ordenado que no dejaran salir a nadie, lo conocieran o no.
Pero había otra manera de salir del castillo...
La silla se le resbaló de las manos, cayó al suelo de golpe y levantó una nube de polvo. ¿Podría encontrar de nuevo la habitación de los monstruos? No estaba segura, pero sabía que debía intentarlo.
Encontró las ropas que había recogido, se puso la capa y ocultó a Aguja entre sus pliegues. Con el resto hizo un hato, se lo colocó bajo el brazo y se deslizó hacia la puerta trasera del establo. La abrió y miró al exterior con ansiedad. Le llegó el sonido lejano de las espadas y el alarido de un hombre que gritaba de dolor al otro lado del patio. Tenía que bajar por las escaleras de caracol, y pasar por la cocina pequeña y la pocilga, así había llegado la vez anterior, cuando perseguía al enorme gato negro... sólo que para eso tendría que pasar justo por delante de los barracones de los capas doradas. No podía seguir esa ruta. Intentó pensar en otro camino. Si cruzaba por el otro lado del castillo, podría bajar a hurtadillas junto al muro que daba al río, y atravesar el pequeño bosque de dioses... pero entonces tendría que cruzar el patio, a la vista de los guardias que patrullaban sobre la muralla.
Nunca había visto tantos hombres en las murallas. Casi todos eran capas doradas, armados con lanzas. A algunos los conocía de vista. ¿Qué harían si la veían cruzar el patio corriendo? Desde tan arriba la verían muy pequeña, ¿sabrían quién era? ¿Les importaría?
Tenía que marcharse de allí, inmediatamente. Pero estaba tan asustada que no conseguía moverse.
«Tranquila como las aguas en calma», le susurró una vocecita al oído. Arya se sobresaltó tanto que casi dejó caer el hato. Se volvió, nerviosa, pero en el establo sólo estaban ella, los caballos y los cadáveres.
«Silenciosa como una sombra», oyó. ¿Era su voz, o tal vez la de Syrio? No habría sabido decirlo, pero aquello calmó su miedo en cierto modo.
Salió sigilosamente del establo.
Aquello era lo más aterrador que había hecho jamás. Deseaba correr, esconderse, pero se obligó a caminar con calma por el patio, un paso tras otro, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo y no tuviera motivos para temer a nadie. Casi le parecía sentir los ojos de los guardias clavados en ella como bichos que le atravesaran la ropa. En ningún momento alzó la vista. Si descubría que la observaban de verdad, perdería todo el valor, estaba segura; soltaría el hato de ropa y echaría a correr sollozando como una niña, y entonces la apresarían. Mantuvo la vista clavada en el suelo. Cuando llegó a la sombra del sept real, al otro lado del patio, estaba empapada de sudor, pero nadie había dado la voz de alarma.
El sept estaba abierto y vacío. Dentro ardían cien velas petitorias, en aromático silencio. Arya se dijo que los dioses no echarían en falta un par de ellas. Se las metió en las mangas y salió por una ventana trasera. Le resultó fácil volver al callejón en el que había arrinconado al gato de una oreja, pero después se extravió. Entró y salió por ventanas, saltó muros, caminó a ciegas por bodegas oscuras, silenciosa como una sombra. En una ocasión oyó llorar a una mujer. Tardó más de una hora en encontrar el ventanuco estrecho que daba a la mazmorra donde aguardaban los monstruos.
Metió por él el hato de ropas y retrocedió para encender una vela. Aquello fue arriesgado. El fuego que recordaba se había reducido a brasas, y cuando estaba soplando sobre las ascuas oyó voces que se acercaban. Rodeó la llamita con la mano para protegerla, y se coló por la ventana justo cuando alguien entraba por la puerta. No llegó a ver quién era.
En aquella ocasión los monstruos no le dieron miedo. Casi parecían viejos amigos. Arya sostuvo la vela por encima de la cabeza. A cada paso que daba, las sombras se agitaban en las paredes como si se volvieran para mirarla.
—Dragones —susurró. Sacó a Aguja de entre los pliegues de la capa. La esbelta hoja parecía muy pequeña y los dragones muy grandes, pero Arya se sintió mejor con el acero en la mano.
El largo salón sin ventanas que había al otro lado de la puerta era tan oscuro como lo recordaba. Sostuvo a Aguja en la mano izquierda, la mano con la que empuñaba la espada, y la vela en la derecha. La cera caliente le corría por los nudillos. La entrada del pozo había estado a la izquierda, así que Arya fue hacia la derecha. Una parte de ella quería correr, pero le daba miedo que se apagara la llamita. Oyó débilmente los chillidos de algunas ratas y divisó el brillo de un par de ojillos brillantes, pero los roedores no le daban miedo. En cambio, otras cosas sí. Era tan fácil esconderse allí, como ella había hecho cuando vio al mago y al hombre de la barba bifurcada... Casi podía ver al mozo de cuadras de pie contra la pared, con las manos engarfiadas y la sangre goteando de los tajos profundos en las palmas, donde se había cortado con Aguja. Quizá la estuviera esperando, para agarrarla cuando pasara. Vería la luz desde lejos. Tal vez sería mejor apagar la vela...
«El miedo hiere más que las espadas», le susurró la voz tranquila en su interior. De pronto, Arya recordó las criptas de Invernalia. Resultaban mil veces más aterradoras que aquel lugar. La primera vez que las vio era una niña pequeña. Su hermano Robb los llevó abajo a ella, a Sansa y a Bran, que aún era un bebé, no mayor de lo que era Rickon en aquel momento. Sólo llevaban una vela para todos, y Bran abrió los ojos como platos al ver los rostros pétreos de los Reyes del Invierno, con los lobos a sus pies y las espadas de hierro cruzadas sobre los regazos.
Robb los guió hasta el final, más allá del abuelo, de Brandon y de Lyanna, para enseñarles las que serían sus tumbas. Sansa no dejaba de mirar la velita, temerosa de que se apagara. La Vieja Tata le había dicho que allí abajo había arañas, y también ratas grandes como perros. Cuando se lo dijo a Robb, el muchacho sonrió.
—Hay cosas peores que las ratas y las arañas —les había susurrado—. Aquí es donde los muertos caminan. —Y entonces fue cuando oyeron el sonido, grave, escalofriante. El pequeño Bran se había aferrado a la mano de Arya con todas sus fuerzas.
El espíritu salió de la tumba abierta, muy blanco, pidiendo sangre a gritos. Sansa lanzó un chillido y huyó escaleras arriba, y Bran se abrazó a la pierna de Robb entre sollozos. Arya no se movió, sino que asestó un buen puñetazo al espíritu. No era más que Jon, cubierto de harina.
—Idiota —le dijo—, has asustado al pequeño.
Pero Jon y Robb no hacían más que reír a carcajadas, y al final Bran y Arya se rieron también.
El recuerdo la hizo sonreír, y después la oscuridad no volvió a asustarla. El mozo de cuadras estaba muerto, ella misma lo había matado, y si intentaba algo volvería a matarlo. Se iba a ir a casa. Todo se arreglaría cuando estuviera en casa, a salvo tras los muros de granito gris de Invernalia.
Las pisadas de Arya despertaban ecos suaves, a medida que se adentraba más y más en la oscuridad.
SANSA
Al tercer día, fueron a buscar a Sansa.
Ella eligió un simple vestido de lana color gris oscuro, de corte sencillo pero ricos recamados en el cuello y en las mangas. Se sintió muy torpe al abrocharse los cierres de plata sin la ayuda de sirvientas. Jeyne Poole estaba confinada con ella, pero no le servía de nada. Tenía el rostro hinchado de tanto llorar y no paraba de sollozar tonterías sobre su padre.
—Estoy segura de que tu padre se encuentra bien —le dijo Sansa cuando consiguió por fin abotonarse—. Le pediré a la reina que te permita verlo. —Pensaba que aquel detalle atento le levantaría la moral, pero Jeyne se limitó a mirarla con aquellos ojos enrojecidos y congestionados, y sollozó con más fuerza todavía. Era una cría.
Sansa también había llorado el primer día. Pese a los recios muros del Torreón de Maegor, con la puerta cerrada y atrancada, cualquiera se habría aterrado cuando empezó la matanza. Ella había crecido en medio del ruido del acero contra el acero en el patio, y apenas si había habido un día en su vida en que no viera espadas, pero saber que la pelea era real hacía que todo resultara muy diferente. Lo oía como no lo había oído nunca antes, y había otros sonidos, gritos de dolor, maldiciones airadas, súplicas y gemidos de los heridos y los moribundos. En las canciones los caballeros nunca gritaban, nunca suplicaban piedad.
De manera que lloró, imploró a través de la puerta que le dijeran qué sucedía. Llamó a su padre, a la septa Mordane, al rey, a su príncipe valiente. Si los hombres que vigilaban la puerta oyeron sus súplicas, no lo demostraron. La puerta sólo se abrió una vez, a última hora de aquella noche, para que empujaran al interior a una Jeyne Poole magullada y temblorosa.
—¡Están matando a todos! —le había chillado la hija del mayordomo. Y siguió hablando, incapaz de callar. Le contó que el Perro había derribado su puerta con una maza, que había cadáveres en las escaleras de la Torre de la Mano, que los peldaños estaban resbaladizos de sangre. Sansa se secó las lágrimas para tratar de calmar a su amiga. Acabaron durmiendo en la misma cama, abrazadas como hermanas.
El segundo día fue aún peor. La habitación en la que habían confinado a Sansa estaba en la torre más alta del Torreón de Maegor. Desde la ventana alcanzó a ver que el pesado rastrillo de hierro de la entrada estaba bajado, y el puente levadizo subido para que nadie cruzara el foso seco que separaba la fortaleza del castillo que la rodeaba. Había guardias Lannister en los muros, todos armados con lanzas y ballestas. La lucha había terminado, y un silencio sepulcral reinaba en la Fortaleza Roja. Sólo se oían los interminables sollozos y gemidos de Jeyne Poole.
Les dieron comida: queso duro, pan recién hecho y leche para desayunar; pollo asado y verduras a mediodía, y a última hora de la noche un guiso de carne y cebada. Pero los criados que les llevaron los alimentos no quisieron responder a las preguntas de Sansa. Esa misma noche unas mujeres le llevaron ropas de la Torre de la Mano, y también algunas cosas para Jeyne, pero parecían casi tan asustadas como su amiga, y cuando intentó hablar con ellas huyeron como si tuviera la peste gris. Los guardias del exterior seguían sin permitir que salieran de la estancia.
—Por favor, tengo que ver otra vez a la reina —les dijo Sansa, como decía a todo el que veía aquel día—. Querrá hablar conmigo, estoy segura. Decidle que quiero verla, por favor. Y si no, decídselo al príncipe Joffrey, tened la bondad. Cuando seamos mayores nos casaremos.
Llegó el ocaso del segundo día, y una gran campana empezó a sonar. Tenía un timbre grave y sonoro, y sus tañidos largos, pausados, llenaron de temor a Sansa. El sonido se prolongó largo rato, y al cabo de un tiempo se oyeron otras campanas que respondían desde el Gran Sept de Baelor en la colina de Visenya. Las campanadas recorrieron la ciudad como un trueno, como un presagio de la tormenta que se avecinaba.
—¿Qué pasa? —preguntó Jeyne—, ¿por qué tocan las campanas?
—El rey ha muerto. —Sansa no sabía por qué, pero estaba segura. El tañido lento, interminable, llenaba la estancia, triste como una elegía. ¿Habría atacado algún enemigo el castillo y asesinado al rey Robert? ¿Por eso habían oído ruidos de peleas?
Se acostó inquieta, temerosa. ¿Acaso su hermoso Joffrey era ya rey? ¿O lo habrían matado a él también? Tenía miedo por su amado y por su padre. Ojalá alguien le dijera qué pasaba...
Aquella noche Sansa soñó con Joffrey en su trono, y ella sentada a su lado, con una túnica de hilo de oro. Tenía una corona en la cabeza, y todas las personas que había conocido se acercaban a ella, hincaban la rodilla en el suelo y le rendían pleitesía.
A la mañana siguiente, la mañana del tercer día, Ser Boros Blount de la Guardia Real acudió para escoltarla ante la reina.
Ser Boros era un hombre feo de torso ancho y corto y piernas torcidas. Tenía la nariz plana, papada lacia y pelo gris muy crespo. Aquel día iba vestido de terciopelo blanco, y su capa del color de la nieve estaba sujeta con un broche en forma de león. La bestia tenía el brillo delicado del oro y sus ojos eran rubíes diminutos.
—Esta mañana tenéis un aspecto espléndido, Ser Boros —le dijo Sansa. Una dama nunca olvidaba sus modales, y ella estaba decidida a ser una dama, pasara lo que pasara.
—Vos también, mi señora —respondió Ser Boros con voz átona—. Su Alteza os aguarda. Acompañadme.
Había otros guardias en la puerta, hombres de armas de los Lannister, con capas color carmesí y yelmos con crestas en forma de león. Sansa se forzó a saludarlos con gentileza y a desearles los buenos días al pasar junto a ellos. Era la primera vez que le permitían salir de la habitación desde que Ser Arys Oakheart la encerrara, hacía ya dos días con sus noches.
—Es por tu seguridad, querida —le había dicho la reina—. Si algo le sucediera a su amada, Joffrey jamás me lo perdonaría.
Sansa pensaba que Ser Boros la iba a escoltar a las habitaciones reales, pero en vez de eso la llevó al Torreón de Maegor. El puente volvía a estar bajado. Unos trabajadores estaban bajando a un hombre atado al fondo del foso seco. Sansa echó una mirada a hurtadillas y vio un cuerpo empalado en las estacas de hierro del fondo. Apartó la vista enseguida, temerosa de preguntar, temerosa de mirar demasiado, temerosa de que fuera alguien a quien conociera.
La reina Cersei estaba en la cámara del Consejo, sentada a la cabeza de una mesa larga llena de papeles, velas y barras de lacre. El esplendor de la sala era incomparable. Sansa contempló con admiración las tallas de los paneles de madera y las esfinges gemelas sentadas ante la puerta.
—Alteza, he traído a la niña —dijo ser Boros después de que los hiciera pasar otro hombre de la Guardia Real, Ser Mandon, el del rostro extrañamente inexpresivo.
Sansa tenía la esperanza de que Joffrey estuviera allí. No era así, pero sí vio a tres de los consejeros del rey. Lord Petyr Baelish se sentaba a la derecha de la reina, el Gran Maestre Pycelle al final de la mesa y Lord Varys pululaba por la estancia, dejando un rastro de perfume a flores. Advirtió con temor que todos iban vestidos de negro. Ropas de luto...
La reina llevaba una túnica de seda negra con cuello alto, con un centenar de rubíes color rojo oscuro cosidos al corpiño que le llegaban del cuello al pecho. Estaban tallados en forma de lágrimas, como si la reina llorase sangre. Cersei le sonrió, y a Sansa le pareció la sonrisa más dulce y triste que había visto jamás.
—Sansa, querida mía —dijo—. Sé que has estado preguntando por mí. Siento no haber podido recibirte antes. Todo ha sido muy complicado, no he tenido ni un momento. Espero que el servicio haya cuidado bien de ti.
—Todo el mundo ha sido muy amable, Alteza, gracias por vuestro interés —dijo Sansa con educación—. Sólo que... bueno, nadie hablaba con nosotras, nadie nos decía qué pasaba...
—¿Nosotras? —Cersei parecía sorprendida.
—Pusimos a la hija del mayordomo con ella —dijo Ser Boros—. No sabíamos qué hacer con la otra niña.
—La próxima vez, preguntad —dijo la reina con voz tensa y el ceño fruncido—. Los dioses saben qué clase de historias le habrá metido a Sansa en la cabeza.
—Jeyne tiene miedo —dijo Sansa—. No deja de llorar. Le prometí que os preguntaría si podía ver a su padre. —El Gran Maestre Pycelle bajó la vista—. Su padre está bien, ¿verdad? —preguntó Sansa con ansiedad. —Sabía que había habido peleas, pero nadie atacaría a un mayordomo. Vayon Poole ni siquiera llevaba espada.
—No quiero que nadie atemorice innecesariamente a Sansa —dijo la reina Cersei mirando a todos sus consejeros, uno por uno—. ¿Qué podemos hacer con su amiguita, señores?
—Le buscaré un lugar —respondió Lord Petyr inclinándose hacia delante.
—Que no sea en la ciudad —dijo la reina.
—¿Me tomáis por idiota? —replicó él. La reina hizo caso omiso.
—Ser Boros, escoltad a esa niña hasta los aposentos de Lord Petyr, y dad instrucciones a sus criados para que la cuiden hasta que él vaya a buscarla. Decidle que Meñique la va a llevar a ver a su padre, así se calmará. Quiero que se vaya antes de que Sansa vuelva a su habitación.
—A vuestras órdenes, Alteza —dijo Ser Boros. Hizo una reverencia profunda, giró sobre sus talones, y se alejó con la larga capa blanca ondeando a la espalda.
—No lo entiendo —dijo Sansa, estaba confusa—. ¿Dónde está el padre de Jeyne? ¿Por qué Ser Boros no la lleva con él, en vez de Lord Petyr? —Se había prometido a sí misma que sería una verdadera dama, delicada y elegante como la reina, y tan fuerte como su madre, Lady Catelyn. Pero de repente volvía a tener miedo, y por un momento estuvo a punto de echarse a llorar—. ¿A dónde la enviáis? No ha hecho nada malo, es una buena chica.
—Te ha puesto nerviosa —le dijo la reina con dulzura—. Y eso no se puede consentir. Ni una palabra más. Lord Baelish se encargará de que la cuiden bien, te lo prometo. —Dio unas palmaditas a la silla que había junto a la suya—. Siéntate, Sansa. Tengo que hablar contigo.
Sansa tomó asiento junto a la reina. Cersei sonreía de nuevo, pero eso no la tranquilizó. Varys se retorcía las manos blandas, el Gran Maestre Pycelle mantenía los ojos adormilados fijos en los papeles de la mesa, y sólo Meñique la miraba. Siempre la miraba. A veces, cuando le clavaba la vista así, Sansa se sentía como si no tuviera ropa puesta. Aquello le daba escalofríos.
—Sansa, mi dulce niña —dijo la reina Cersei al tiempo que le ponía una mano suave sobre la muñeca—. Eres una chiquilla tan hermosa... Espero que sepas cuánto te amamos Joffrey y yo.
—¿De verdad? —Sansa sentía la respiración entrecortada. Se olvidó de Meñique. Su príncipe la amaba. Era lo único que importaba.
—Yo casi te considero una hija —dijo la reina con una sonrisa—. Y sé que amas a Joffrey. —Sacudió la cabeza con gesto apenado—. Lo siento, pero tenemos que darte malas noticias acerca de tu señor padre. Debes ser valiente, pequeña.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Sansa; aquellas palabras tranquilas le habían helado la sangre en las venas.
—Tu padre, querida, es un traidor —dijo Lord Varys.
—Fui testigo de cómo Lord Eddard juraba a nuestro amado rey Robert que protegería a los jóvenes príncipes como si fueran sus hijos —dijo el Gran Maestre Pycelle levantando la cabeza encanecida—. Pero en cuanto murió, convocó al Consejo Privado para arrebatarle el trono al príncipe Joffrey.
—No —farfulló Sansa—. Imposible. Jamás haría una cosa semejante. La reina cogió una carta. El papel estaba desgarrado y lleno de sangre seca, pero el sello era el de su padre, el lobo huargo estampado sobre lacre color claro.
—El capitán de la guardia de tu Casa llevaba esto, Sansa. Es una carta al hermano de mi difunto esposo, Stannis, en la que lo invita a apoderarse de la corona.
—Por favor, Alteza, tiene que ser un error. —El pánico repentino la hacía sentir débil, mareada—. Por favor, mandad llamar a mi padre, él os dirá que jamás escribió esta carta, el rey era su amigo.
—Eso pensaba Robert —dijo la reina—. Esta traición lo habría destrozado. Los dioses fueron misericordiosos, se lo llevaron para que no viviera para ver esto. —Suspiró—. Sansa, querida, comprenderás que esto nos pone en una posición espantosa. Tú eres inocente de todo mal, lo sabemos, pero aun así eres la hija de un traidor. ¿Cómo voy a permitir que te cases con mi hijo?
—Pero yo... lo amo —gimió Sansa, confusa y asustada. ¿Qué pensaban hacer con ella? ¿Qué le habían hecho a su padre? Aquello no era lo que estaba previsto. Ella iba a casarse con Joffrey, estaban prometidos, hasta lo había soñado. No era justo que se lo quitaran todo por algo que había hecho su padre.
—Bien lo sé, pequeña —suspiró Cersei con voz muy amable, muy dulce—. ¿Por qué si no viniste a contarme los planes que tenía tu padre para alejarte de nosotros? Fue por amor.
—Sí, fue por amor —se apresuró a asentir Sansa—. Mi padre ni siquiera me permitía despedirme. —Ella era la hija buena, la hija obediente, pero aquella mañana, hacía ya días, se había sentido casi tan traviesa como Arya; se escabulló de la septa Mordane y desafió a su padre. Jamás en su vida había hecho nada tan deliberado, y entonces tampoco lo habría hecho de no ser por el amor que profesaba a Joffrey—. Me iba a llevar a Invernalia, quería casarme con algún caballero, pero yo amo a Joff. Se lo dije, pero no me hizo caso. —El rey había sido su última esperanza. El rey ordenaría a su padre que la dejara quedarse en Desembarco del Rey, y casarse con el príncipe Joffrey. Pero el rey siempre le había inspirado temor. Era gritón, tenía la voz ronca y a menudo estaba borracho, seguro que la habría devuelto a Lord Eddard, y eso si conseguía que la recibiera. De modo que fue a ver a la reina, se lo confió todo. Cersei la escuchó y le dio las gracias de una manera tan dulce... pero luego Ser Arys la escoltó hasta la habitación más alta del Torreón de Maegor y le puso guardias en la puerta, y unas horas después empezó la lucha—. Por favor —terminó—, tenéis que permitir que me case con Joffrey, seré una buena esposa para él, ya lo veréis. Seré una reina como vos, lo prometo.
—¿Qué responden a su súplica los señores del Consejo? —preguntó la reina Cersei mirando a los demás.
—Pobre niña —murmuró Varys—. Sería una crueldad poner fin a un amor tan sincero e inocente, Alteza... pero, ¿qué remedio nos queda? Su padre ha sido condenado. —Se frotó una mano blanda contra la otra, en gesto de lástima e impotencia.
—La hija nacida de la semilla de un traidor lleva la traición en su naturaleza —dijo el Gran Maestre Pycelle—. Ahora mismo es una niña dulce, pero, ¿quién sabe qué traiciones concebirá antes de diez años?
—No —dijo Sansa, horrorizada—. No, yo jamás... yo nunca traicionaría a Joffrey; lo amo, de verdad.
—Conmovedor —suspiró Varys—. Pero, en verdad, la sangre puede más que las promesas.
—A mí me recuerda a la madre, no al padre —señaló Lord Petyr Baelish con voz tranquila—. Miradla bien. El pelo, los ojos... es la viva imagen de Cat cuando tenía su edad.
—Niña, si pudiera creer que no eres en absoluto como tu padre —dijo la reina mientras la miraba, en sus claros ojos verdes había dudas, pero Sansa vio también bondad—, nada me complacería más que verte casada con mi Joffrey. Sé que él te ama con todo su corazón. —Suspiró—. Pero temo que Lord Varys y el Gran Maestre estén en lo cierto. La sangre acabará por revelarse. Todavía recuerdo que tu hermana azuzó a su loba contra mi hijo.
—Yo no soy como Arya —se apresuró a decir Sansa—. Ella lleva la sangre del traidor, yo no. Yo soy buena, preguntad a la septa Mordane, os lo dirá, sólo quiero ser la esposa amante y fiel de Joffrey. —Sentía el peso de los ojos de Cersei mientras la reina estudiaba su rostro.
—Te creo, niña. —Se volvió hacia los demás—. Mis señores, creo firmemente que si el resto de sus familiares permanecieran leales a nosotros en estos terribles momentos, nuestros temores tendrían poca razón de ser.
—Lord Eddard tiene tres hijos varones. —El Gran Maestre Pycelle se acarició la barba, al tiempo que fruncía el ceño en gesto pensativo.
—No son más que niños —replicó Petyr, encogiéndose de hombros—. A mí me preocupan más Lady Catelyn y los Tully.
—¿Sabes escribir, pequeña? —La reina cogió la mano de Sansa entre las suyas. Sansa asintió, nerviosa. Leía y escribía mejor que ninguno de sus hermanos, aunque las cuentas se le daban fatal—. Me complace que sea así. Puede que aún haya esperanzas para Joffrey y para ti...
—¿Qué queréis que haga?
—Tienes que escribir a tu señora madre, y también a tu hermano mayor... ¿cómo se llama?
—Robb —respondió Sansa.
—No cabe duda de que las noticias de la traición de tu señor padre les llegarán muy pronto. Sería mejor que fueras tú quien se las comunicaras. Debes contarles que Lord Eddard traicionó a su rey.
—Pero si él jamás... —Sansa deseaba con desesperación estar al lado de Joffrey, pero no tenía valor para hacer lo que le pedía la reina—. Yo no... Alteza, no sabría qué decir...
—Nosotros te dictaremos qué debes escribir, pequeña —dijo la reina dándole unas palmaditas en la mano—. Lo más importante es que pidas a Lady Catelyn y a tu hermano que mantengan la paz del rey.
—Si no lo hacen les costará muy caro —intervino el Gran Maestre Pycelle—. Por el amor que les profesas, debes decirles que sean prudentes.
—Sin duda tu señora madre temerá por tu vida —siguió la reina—. Debes decirle que te encuentras bien, bajo nuestro cuidado, que te tratamos con todo respeto y satisfacemos todos tus deseos. Pídeles que vengan a Desembarco del Rey, y que juren lealtad a Joffrey cuando suba al trono. Si lo hacen... entonces sabremos que tu sangre no está corrompida, y cuando llegues a la flor de tu feminidad contraerás matrimonio con el rey en el Gran Sept de Baelor, ante los ojos de los dioses y los hombres.
«Matrimonio con el rey.» Aquellas palabras hacían que se le acelerase la respiración. Pero Sansa titubeaba.
—Quizá... si pudiera ver a mi padre, y hablar con él sobre...
—¿Traición? —sugirió Lord Varys.
—Me decepcionas, Sansa. —Los ojos de la reina eran duros como piedras—. Te hemos contado los crímenes de tu padre. Si eres tan leal como dices, ¿para qué quieres verlo?
—No... sólo pretendía... —Se le humedecieron los ojos—. No está... por favor, no está herido, ni...
—Lord Eddard no ha sufrido daño alguno —dijo la reina.
—Y... ¿qué será de él?
—Eso lo debe decidir el rey —anunció el Gran Maestre Pycelle midiendo las palabras.
¡El rey! Sansa parpadeó para contener las lágrimas. Joffrey era el rey. Su valeroso príncipe jamás haría daño al padre de su prometida, por graves que fueran los crímenes de los que se lo acusaba. Si acudía a él y le suplicaba piedad, la escucharía, sin duda. Tenía que escucharla, la amaba, hasta la reina lo había dicho. Joff tendría que castigar a su padre, los señores lo esperaban de él, pero quizá podría enviarlo de vuelta a Invernalia, o exiliarlo a una de las Ciudades Libres, al otro lado del mar Angosto. Y sólo durante unos cuantos años. Para entonces, ya estaría casada con Joffrey, y una vez fuera reina podría persuadirlo para que trajera de vuelta a su padre y lo perdonara.
Pero... si su madre o Robb se comportaban como traidores, si convocaban a los vasallos o se negaban a jurar lealtad, o algo así, todo saldría al revés. Su Joffrey era bueno y misericordioso, ella lo sabía en lo más profundo de su corazón, pero un rey debía ser duro con los rebeldes. ¡Tenía que hacérselo entender a su familia!
—Sí... escribiré las cartas —les dijo Sansa.
—Sabía que lo harías. —Cersei Lannister le dedicó una sonrisa cálida como una puesta de sol, y le dio un suave beso en la mejilla—. Joffrey se sentirá muy orgulloso cuando le cuente lo valiente y sensata que has sido.
Al final Sansa escribió cuatro cartas: a su madre, Lady Catelyn Stark; a sus hermanos en Invernalia; a su tía, Lady Lysa Arryn del Nido de Águilas, y a su abuelo, Lord Hoster Tully de Aguasdulces. Cuando terminó, tenía los dedos doloridos y manchados de tinta. Varys tenía el sello de su padre. Ella calentó el lacre blanco sobre una vela, lo dejó caer cuidadosamente y observó cómo el eunuco estampaba en cada carta el lobo huargo de la Casa Stark.
Cuando Ser Mandon Moore acompañó a Sansa a la torre alta del Torreón de Maegor, Jeyne Poole y sus pertenencias ya no estaban allí. Se sintió agradecida, ya no tendría que escuchar más sollozos. Pero, sin Jeyne, parecía como si hiciera más frío, y eso que consiguió encender el fuego. Puso una silla cerca de la chimenea, cogió uno de sus libros favoritos y se sumergió en las historias de Florian y Jonquil, de Lady Shella y el Caballero del Arco Iris, del valiente príncipe Aemon y su amor imposible por la reina de su hermano.
Sólo mucho más tarde, aquella noche, cuando ya se estaba quedando adormilada, Sansa cayó en la cuenta de que se le había olvidado preguntar por su hermana.
JON
—Othor —anunció Ser Jaremy Rykker—, no cabe duda. Y éste era Jafer Flores. —Dio la vuelta al cadáver con la bota, y el rostro muerto, muy blanco, quedó mirando hacia el cielo encapotado con unos ojos muy, muy azules—. Los dos eran hombres de Ben Stark.
«Hombres de mi tío —pensó Jon, afectado. Recordaba cómo le había suplicado que lo llevara con él—. Dioses, qué novato era yo. Si me hubiera llevado, quizá ahora estaría tendido aquí...»
El brazo derecho de Jafer terminaba en un muñón destrozado de carne desgarrada y hueso astillado, fruto de las fauces de Fantasma. La mano derecha flotaba en un frasco de vinagre, en la torre del maestre Aemon. La mano izquierda seguía en su sitio, al final del brazo, pero estaba tan negra como su capa.
—Los dioses se apiaden de nosotros —murmuró el Viejo Oso. Se bajó de la yegua y le tendió las riendas a Jon. La mañana era extrañamente calurosa; la frente amplia del Lord Comandante estaba perlada de sudor, como rocío sobre un melón. La yegua estaba nerviosa, giraba los ojos y se alejaba de los cadáveres tanto como le permitía la longitud de las riendas. Jon la llevó unos pasos más atrás, tratando de que no escapara. A los caballos no les gustaba aquel lugar. A Jon tampoco.
A los perros les gustaba aún menos. Fantasma había guiado a la partida hasta allí; los sabuesos habían resultado inútiles. Cuando Bass, el encargado de las perreras, intentó que siguieran el rastro de la mano cortada, se pusieron como locos, aullaron, ladraron, trataron de escapar. Y en aquel momento gruñían a ratos, gimoteaban y tiraban de las correas, mientras Chett los maldecía por cobardes.
«No es más que un bosque —se decía Jon—, y no son más que cadáveres.» No era la primera vez que veía cadáveres...
La noche anterior había vuelto a tener el sueño sobre Invernalia. En él, recorría el castillo desierto en busca de su padre y bajaba a las criptas. Sólo que había llegado más lejos que nunca. En la oscuridad, oyó el susurro de la piedra al rozar contra la piedra. Se dio la vuelta y vio que los sepulcros se abrían, uno tras otro. Los reyes muertos empezaron a salir de las tumbas frías y negras, y Jon se despertó en medio de la oscuridad, con el corazón acelerado. Fantasma se levantó en la cama y le olisqueó el rostro, pero ni eso le quitó la sensación de profundo terror. No se atrevió a dormirse de nuevo. En vez de eso, subió al Muro y paseó inquieto hasta que vio la luz del amanecer en el este.
«No ha sido nada más que un sueño. Ahora soy un hermano de la Guardia de la Noche, no un chico asustadizo.»
Samwell Tarly estaba acurrucado bajo los árboles, medio escondido detrás de los caballos. Tenía el rostro del color de la leche cortada. Hasta el momento no se había adentrado en el bosque para vomitar, pero tampoco se había atrevido a echar un vistazo a los cadáveres.
—No puedo mirar —gimoteó.
—Tienes que hacerlo —le dijo Jon en voz baja para que los demás no lo oyeran—. El maestre Aemon te envió para que fueras sus ojos, ¿no? ¿Y de qué sirven unos ojos si están cerrados?
—Sí, pero... es que soy tan cobarde, Jon...
—Nos acompañan una docena de exploradores —le dijo Jon poniéndole una mano en el hombro—, y también tenemos los perros, y aquí está Fantasma. Nadie te va a hacer daño, Sam. Venga, ven a verlo. El primer vistazo es el peor.
Sam asintió, tembloroso, y reunió todo su valor con un esfuerzo visible. Giró la cabeza muy despacio. Abrió los ojos de par en par, pero Jon le sujetó el brazo para que no se diera media vuelta.
—Ser Jaremy —dijo el Viejo Oso con voz áspera—. Ben Stark iba con seis hombres cuando partió del Muro. ¿Dónde están los demás?
—Eso querría saber yo. —Ser Jaremy sacudió la cabeza.
—Dos de nuestros hermanos han sido asesinados delante del Muro —repuso Mormont; era obvio que no le gustaba la respuesta—, y tus exploradores no han visto ni oído nada. ¿A esto se ha reducido la Guardia de la Noche? ¿Seguimos explorando estos bosques?
—Sí, mi señor, pero...
—¿Seguimos teniendo guardias montados?
—Así es, pero...
—Este hombre lleva un cuerno de caza. —Mormont señaló a Othor—. ¿Debo dar por supuesto que murió sin hacerlo sonar? ¿O es que todos tus exploradores se han vuelto sordos, además de ciegos?
—No sonó ningún cuerno, mi señor, de lo contrario mis exploradores lo habrían oído. —El rostro de Ser Jaremy estaba tenso de rabia—. Tampoco tengo bastantes hombres como para realizar todas las patrullas que me gustaría... y desde la desaparición de Benjen, hemos permanecido más cerca del Muro que antes, cumpliendo tus órdenes.
—Sí —gruñó el Viejo Oso—. Bueno. Que siga así. —Hizo un gesto impaciente—. Dime cómo han muerto.
Ser Jaremy se acuclilló junto al hombre que se había llamado Jafer Flores y le sujetó la cabeza por el pelo. Se quedó con él en los dedos, estaba quebradizo como la paja. El caballero dejó escapar una maldición y empujó la cabeza con la mano. El cadáver tenía un tajo enorme en el cuello, que se abría como una boca, lleno de costras de sangre seca. La cabeza permanecía unida al cuello por apenas unos cuantos tendones blanquecinos.
—Esto se lo hicieron con un hacha.
—Sí —asintió Dywen, el viejo guardabosques—. Como el hacha que llevaba Othor, mi señor.
Jon sintió que el desayuno se le revolvía en el estómago, pero apretó los labios y se forzó a mirar el segundo cadáver. Othor había sido un hombre corpulento y feo, y el cadáver era también corpulento y feo. No se veía ningún hacha. Jon recordaba bien a Othor, era el que había entonado la canción obscena durante la partida de los exploradores. Ya no cantaría más. Toda su carne tenía un color blanquecino como la leche, excepto las manos, que estaban tan negras como las de Jafer. Flores de sangre seca y agrietada decoraban las heridas mortales que lo cubrían como una erupción, en el pecho, en las ingles y en la garganta. Pero tenía los ojos abiertos, clavados en el cielo, azules como zafiros.
—Los salvajes también tienen hachas —dijo Ser Jaremy levantándose.
—¿Crees que esto es cosa de Mance Rayder? —se mofó Mormont—. ¿Tan cerca del Muro?
—¿De quién si no, mi señor?
Jon podría haber respondido a aquella pregunta. Sabía de quién, todos lo sabían, pero ninguno lo iba a decir en voz alta.
«Los Otros no son más que una leyenda, un cuento para asustar a los niños. Desaparecieron hace ocho mil años, y eso si alguna vez existieron.» Sólo con pensar en aquello se sentía estúpido. Ya era un adulto, un hermano negro de la Guardia de la Noche, no el niño que en el pasado se había sentado a los pies de la Vieja Tata con Bran, Robb y Arya.
Pero el Lord Comandante Mormont dejó escapar un bufido.
—Si a Ben Stark lo hubieran atacado los salvajes a medio día a caballo del Castillo Negro, habría regresado a por más hombres, habría dado caza a los asesinos por los siete infiernos y me habría traído sus cabezas.
—A menos que él también estuviera muerto —insistió Ser Jaremy.
Pese al tiempo transcurrido, las palabras le seguían doliendo. Habían transcurrido demasiados días, parecía una locura aferrarse a la esperanza de que Ben Stark siguiera con vida, pero Jon Nieve era, sobre todo, testarudo.
—Ha pasado casi medio año desde la partida de Benjen, mi señor —siguió Ser Jaremy—. El bosque es muy grande. Los salvajes pueden haberlo atacado en cualquier lugar. Apostaría a que estos dos fueron los últimos supervivientes de su grupo, que intentaban volver con nosotros... pero el enemigo los alcanzó antes de que llegaran a la seguridad del Muro. Los cadáveres son recientes, estos hombres no llevan más de un día muertos.
—No —graznó Samwell Tarly.
Jon se sobresaltó. Lo último que esperaba oír era la voz nerviosa y aguda de Sam. Al muchacho gordo le daban miedo los oficiales, y la paciencia no era una de las virtudes de Ser Jaremy.
—No te he preguntado tu opinión, chico —le dijo Rykker con frialdad.
—Dejad que hable, ser —lo interrumpió Jon.
—Si el chico tiene algo que decir, quiero oírlo. —Los ojos de Mormont se clavaron en Sam y en Jon alternativamente—. Acércate más, muchacho. No te vemos detrás de los caballos.
—Mi señor, no... —dijo Sam adelantándose. Sudaba profusamente—. No puede ser un día, si no... mirad... la sangre...
—¿Qué pasa? —gruñó Mormont—. ¿Qué tiene de raro la sangre?
—Se va a manchar los calzones con sólo mirarla —dijo Chett.
Los exploradores se echaron a reír. Sam se secó el sudor de la frente.
—Se... se ve dónde Fantasma... el lobo de Jon... se ve dónde le arrancó la mano a ese hombre, pero... el muñón no ha sangrado, mirad... —Hizo una señal—. Mi padre... L-Lord Randyll, me... me hacía mirar cuando destripaba animales, cuando... después de... —Sam sacudió la cabeza y le tembló la papada. Una vez había mirado los cadáveres, no era capaz de apartar la vista de ellos—. Si acababa de matarlos... la sangre manaba, mis señores. Más tarde... estaba como... como coagulada, era como... gelatina, espesa, y... y... —Parecía a punto de vomitar—. Este hombre... miradle la muñeca está... es una costra... seca... como...
Jon comprendió al momento qué quería decir Sam. En la muñeca del hombre muerto se veían las venas, eran como gusanos de hierro en la carne blanca. La sangre era un polvillo negro. Pero Jaremy Rykker no parecía convencido.
—Si llevaran muertos mucho más de un día estarían podridos, chico. Y ni siquiera huelen.
Dywen, el viejo guardabosques que alardeaba de poder oler la nieve que se avecinaba, se acercó más a los cadáveres y olfateó.
—No huelen a violetas, pero... mi señor tiene razón. No tienen el hedor de los cadáveres.
—Es que... no se están pudriendo —señaló Sam, con un dedo regordete que sólo temblaba un poquito—. Mirad, no hay... no hay gusanos, ni nada... han estado tirados en el bosque, y los animales no los han devorado, ni los han tocado... sólo Fantasma... por lo demás están... están...
—Intactos —terminó Jon con voz suave—. Y Fantasma es diferente. Los caballos y los perros no quieren ni acercarse.
Los exploradores se miraron entre ellos. Todos vieron que era cierto. Mormont frunció el ceño, miró los cadáveres y en dirección a los perros.
—Chett, acerca a los perros.
Chett lo intentó, tiró de las correas, maldijo, incluso dio un puntapié a uno de los animales. La mayoría de los perros gimotearon y clavaron las patas en el suelo. Trató de arrastrar a una perra. Se resistió, gruñía y se retorcía como si quisiera escabullirse del collar. Por último, arremetió contra su cuidador. Chett dejó caer la correa y dio un paso atrás. La perra saltó por encima de él y desapareció corriendo entre los árboles.
—Hay... hay algo que falla —se apresuró a seguir Sam Tarly—. La sangre... tienen manchas en las ropas, y... y en la carne, seca y dura, pero... no hay sangre en el suelo, ni... ni en ninguna parte. Con esas... esas... esas... —Sam se obligó a respirar hondo—. Con esas heridas... esas heridas tan espantosas... debería haber sangre por todos lados. ¿No?
—Puede que no murieran aquí. —Dywen se pasó la lengua por los dientes de madera—. Tal vez alguien los trajo y los dejó aquí para que los encontrásemos. Como una especie de advertencia. —El viejo guardabosques bajó la vista hacia los cadáveres—. Y puede que yo sea idiota, pero no recuerdo que Othor tuviera los ojos azules.
—Flores tampoco —dijo Ser Jaremy sobresaltado al tiempo que se volvía hacia el cadáver.
Se hizo el silencio en el bosque. Durante unos instantes sólo se oyó la respiración acelerada de Sam y el sonido húmedo de Dywen al lamerse los dientes. Jon se acuclilló junto a Fantasma.
—Vamos a quemarlos —susurró alguien, uno de los exploradores, Jon no vio cuál.
—Eso, vamos a quemarlos —dijo una segunda voz, apremiante.
—Todavía no. —El Viejo Oso sacudió la cabeza—. Quiero que el maestre Aemon los examine. Los llevaremos al Muro.
Hay órdenes que son más fáciles de dar que de obedecer. Envolvieron los cadáveres en sendas capas, pero cuando Hake y Dywen trataron de atar uno a un caballo, el animal enloqueció, relinchó, corcoveó y coceó, incluso lanzó una dentellada a Ketter, que se había acercado para ayudar. Los exploradores no tuvieron mejor suerte con el resto de las monturas, ni los caballos más tranquilos permitieron que les pusieran encima semejante carga. Al final tuvieron que cortar ramas y fabricar unas rudimentarias parihuelas para transportar los cadáveres a pie. Cuando iniciaron el regreso ya había pasado el mediodía.
—Quiero que organices una batida por los bosques —ordenó Mormont a Ser Jaremy cuando se pusieron en marcha—. Examinad cada árbol, cada roca, cada arbusto, cada centímetro de terreno en diez leguas a la redonda. Llévate a tantos hombres como necesites, y si no son suficientes llévate también cazadores y guardabosques de los mayordomos. Si Ben y los demás están ahí fuera, vivos o muertos, quiero que los encontréis. Y si hay alguien más en esos bosques, quiero saberlo. Síguelos, captúralos con vida si es posible. ¿Comprendido?
—Sí, mi señor —asintió Ser Jaremy—. Se hará como decís.
Mormont hizo el resto del camino en silencio, pensativo. Jon lo seguía de cerca; era el lugar que le correspondía, como mayordomo del Lord Comandante. Era un día gris, húmedo, encapotado, el tipo de clima que hacía que uno anhelara la lluvia. Ningún viento agitaba el bosque. El aire era denso y pesado, y a Jon se le pegaba la ropa a la piel. También hacía calor. Demasiado calor. El Muro lloraba copiosamente, llevaba días llorando, y a veces a Jon le parecía que estaba encogiendo.
Los viejos llamaban «espíritu de verano» a aquel clima, y significaba que la estación dejaba escapar sus últimos fantasmas. Después llegaría el frío, le advertían, y tras un verano largo llegaba siempre un invierno largo. Aquel verano había durado diez años. Cuando comenzó, Jon no era más que un bebé.
Fantasma corrió con ellos un trecho y desapareció entre los árboles. Jon se sentía casi desnudo sin su lobo huargo. De repente examinaba intranquilo cada sombra. No pudo evitar recordar los cuentos que les narraba la Vieja Tata cuando era niño, en Invernalia. Casi oía de nuevo su voz, como un susurro, y el clic, clic, clic de las agujas de tejer.
—Los Otros llegaron galopando en aquella oscuridad —decía, con la voz cada vez más baja—. Eran seres fríos, seres muertos, no soportaban el hierro, ni el fuego, ni la caricia del sol, ni a ninguna criatura viva con sangre caliente en las venas. Las aldeas, las ciudades y los reinos de los hombres cayeron ante ellos cuando avanzaron hacia el sur sobre caballos pálidos, caballos muertos, seguidos por las huestes de aquellos que habían masacrado. Alimentaban a sus sirvientes muertos con la carne de los niños...
Al divisar el Muro por encima de la copa de un roble viejo y retorcido, Jon sintió un alivio inmenso. De repente, Mormont tiró de las riendas y se volvió en la silla.
—Tarly, ven aquí —ordenó Mormont. Jon vio la expresión de miedo en el rostro de Sam mientras se acercaba a lomos de su yegua; sin duda creía que se había metido en algún lío—. Eres gordo, pero no idiota, chico —le gruñó el Viejo Oso—. Lo has hecho muy bien. Tú también, Nieve.
Sam se puso rojo como la grana y tartamudeó en busca de una respuesta cortés. Jon no pudo por menos que sonreír.
Cuando por fin salieron de entre los árboles, Mormont puso el caballo al trote. Fantasma salió del bosque para recibirlos, con el hocico rojo tras la caza. Los vigías en el Muro vieron cómo la columna se aproximaba. Jon oyó la llamada grave del cuerno de uno de ellos, que se oía a muchos kilómetros: un sonido largo, hondo, que vibraba entre los árboles y resonaba contra el hielo.
Uuuuuoooooooooooooooooooooooooooooo.
El sonido se apagó poco a poco, y otra vez se hizo el silencio. Un solo toque significaba que los exploradores estaban de regreso.
«Al menos he sido explorador por un día —se dijo Jon—. Pase lo que pase, eso no me lo podrán quitar.»
Guiaron a sus caballos a pie por el túnel de hielo, y se encontraron a Bowen Marsh esperándolos al otro lado. El Lord Mayordomo tenía el rostro congestionado y estaba muy agitado.
—Mi señor —dijo apresuradamente al tiempo que abría los barrotes de hierro—, ha llegado un pájaro, tenéis que venir enseguida.
—¿De qué se trata? —gruñó Mormont.
—La carta la tiene el maestre Aemon. —Fue curioso, porque Marsh miró a Jon antes de responder—. Os espera en vuestras habitaciones.
—Muy bien. Encárgate de mi caballo, Jon, y di a Ser Jaremy que ponga los cadáveres en un almacén hasta que el maestre pueda examinarlos.
Mormont se alejó, rezongando. Jon llevó los caballos al establo, con la desagradable certeza de que todo el mundo lo miraba. Ser Alliser Thorne entrenaba a sus muchachos en el patio, pero se interrumpió para mirar a Jon con una tenue sonrisa en los labios. Junto a la puerta de la armería estaba Donal Noye, el manco.
—Los dioses sean contigo, Nieve —saludó.
Jon supo que algo iba mal. Que algo iba muy mal.
Dejaron los cadáveres en uno de los almacenes de la base del muro, una celda oscura y fría excavada en el hielo, donde se guardaban la carne y los cereales, y a veces también la cerveza. Jon se encargó de dar de beber y cepillar al caballo de Mormont antes de ocuparse del suyo. Después, fue a buscar a sus amigos. Grenn y Sapo estaban de guardia, pero encontró a Pyp en la sala común.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—El rey ha muerto —respondió Pyp en voz baja.
Jon se quedó sin habla. Robert Baratheon le había parecido viejo y gordo en su visita a Invernalia, pero parecía sano, y nadie dijo que estuviera enfermo.
—¿Cómo lo sabes?
—Uno de los guardias oyó a Clydas leerle la carta al maestre Aemon. —Pyp se acercó más a él—. Lo siento mucho, Jon. Era amigo de tu padre, ¿verdad?
—En el pasado fueron como hermanos. —Jon se preguntó si Joffrey conservaría a su padre como Mano del Rey. No parecía probable, así que quizá Lord Eddard volvería a Invernalia, y también sus hermanas. Tal vez pudiera visitarlos, si Lord Mormont le daba permiso. Sería estupendo ver de nuevo la sonrisa de Arya, y hablar con su padre.
«Esta vez le preguntaré acerca de mi madre —decidió—. Ya soy un hombre, es hora de que me lo cuente todo. Aunque fuera una prostituta. No me importa. Quiero saberlo.»
—Hake ha dicho que los hombres muertos eran del grupo de tu tío —siguió Pyp.
—Sí —asintió Jon—. Dos de los seis que lo acompañaban. Llevan mucho tiempo muertos, sólo que... los cadáveres son extraños.
—¿Extraños? —Pyp estaba muerto de curiosidad—. ¿En qué sentido?
—Ya te lo contará Sam. —Jon no quería hablar de aquello—. Tengo que ir a ver si el Viejo Oso me necesita. —Se encaminó hacia la Torre del Lord Comandante con una rara sensación de aprensión. Los hermanos de la guardia lo miraron con solemnidad.
—El Viejo Oso está en sus habitaciones —le anunció uno de ellos—. Ha preguntado por ti.
Jon asintió. Debería haber ido allí nada más terminar en los establos, Subió rápidamente por las escaleras de la torre.
«Sólo quiere que le sirva vino, o que le encienda la chimenea, nada más», se repetía.
—¡Maíz! —graznó el cuervo de Mormont cuando entró en la estancia—. ¡Maíz! ¡Maíz! ¡Maíz!
—No le hagas caso, le acabo de dar de comer —gruñó el Viejo Oso. Estaba sentado junto a la ventana, leyendo una carta—. Tráeme una copa de vino, y sírvete otra para ti.
—¿Para mí, mi señor?
Mormont alzó los ojos de la carta y miró a Jon. Su mirada estaba teñida de compasión.
—Ya me has oído.
Jon sirvió el vino con cuidado exagerado, apenas consciente de que estaba prolongando la acción. Cuando las copas estuvieron llenas, no le quedó más remedio que enfrentarse a lo que fuera que decía aquella carta.
—Siéntate, muchacho —le ordenó Mormont—. Bebe.
—Se trata de mi padre, ¿verdad? —Jon permaneció de pie.
—De tu padre y del rey —dijo con voz grave el Viejo Oso dando unos golpecitos a la carta con un dedo—. No te voy a mentir, son malas noticias. Nunca imaginé que vería otro rey, teniendo en cuenta mi edad, y que Robert tenía la mitad de mis años y era fuerte como un toro. —Bebió un trago de vino—. Dicen que al rey le gustaba mucho cazar. Las cosas que amamos siempre acaban por destruirnos, muchacho, no lo olvides. Mi hijo amaba a su joven esposa. Una mujer presuntuosa y vana. De no ser por ella jamás se le hubiera ocurrido vender a aquellos cazadores furtivos como esclavos.
—Mi señor, no lo entiendo. —Jon casi no había podido seguir bien lo que Mormont le había contado—. ¿Qué le ha pasado a mi padre?
—Te he dicho que te sientes —gruñó Mormont.
—Que te sientes —graznó el cuervo.
—Y bebe, maldita sea —añadió Mormont—. Es una orden, Nieve. —Jon se sentó y bebió un sorbo de vino—. Han detenido a Lord Eddard. Se lo acusa de traición. Se dice que estaba conspirando con los hermanos de Robert para arrebatarle el trono al príncipe Joffrey.
—No —replicó Jon al instante—. Es imposible. ¡Mi padre jamás traicionaría al rey!
—Sea como sea —dijo Mormont—, no me corresponde a mí decidirlo. Y a ti tampoco.
—Pero es que es mentira —insistió Jon. ¿Cómo podían pensar que su padre fuera un traidor, se habían vuelto todos locos? Lord Eddard Stark jamás haría nada deshonroso... ¿verdad?
«Engendró un bastardo —dijo una vocecita en su interior—. Eso no es honorable. ¿Y qué pasa con tu madre? Ni siquiera menciona su nombre.»
—¿Qué será de él, mi señor? ¿Lo matarán?
—Eso tampoco lo sé, muchacho. Voy a enviar una carta. En mi juventud conocí a algunos de los consejeros del rey: el viejo Pycelle, Lord Stannis, Ser Barristan... No importa qué haya hecho tu padre, es un gran señor. Deberían permitirle vestir el negro y unirse a nosotros. Los dioses saben que necesitamos hombres del talento de Lord Eddard.
Jon sabía que, en el pasado, a otros hombres acusados de traición se les había permitido redimir su honor en el Muro. ¿Por qué no a Lord Eddard? Su padre... allí... era una idea extraña, y le resultaba incómoda. Sería una injusticia monstruosa que lo despojaran de Invernalia y lo obligaran a vestir el negro, pero si así salvaba la vida...
¿Lo permitiría Joffrey? Recordó los días que el príncipe pasó en Invernalia, su manera de burlarse de Robb y de Ser Rodrik en el patio. En Jon ni siquiera se había fijado, los bastardos no tenían derecho ni a su desprecio.
—¿Os escuchará el rey, mi señor?
—Un rey niño... —El Viejo Oso se encogió de hombros—. Supongo que escuchará a su madre. Lástima que el enano no esté con ellos. Es el tío del chico, y cuando estuvo aquí vio lo necesitados que estamos de hombres. Lástima que tu señora madre lo tomara prisionero...
—Lady Stark no es mi madre —le recordó Jon con tono brusco. Tyrion Lannister se había comportado como un amigo con él. Si Lord Eddard Stark moría, sería culpa de Lady Catelyn tanto como de la reina—. ¿Qué hay de mis hermanas, señor? Arya y Sansa, que estaban con mi padre...
—Pycelle no las menciona, pero no me cabe duda de que las tratarán bien. Preguntaré por ellas en mi carta. —Mormont sacudió la cabeza—. Esto no podría haber sucedido en un momento peor. Si alguna vez el reino ha tenido necesidad de un rey fuerte... Se avecinan días oscuros y noches frías, lo siento en los huesos... —Dirigió a Jon una mirada larga, inquisitiva—. Espero que no se te ocurra hacer ninguna tontería, muchacho.
«Se trata de mi padre», habría querido decir Jon, pero sabía que era lo qué menos deseaba oír Mormont. Tenía la garganta seca. Se forzó a beber otro sorbo de vino.
—Ahora tu deber está aquí —le recordó el Lord Comandante—. Tu antigua vida terminó el día en que vestiste el negro.
—Negro —repitió el pájaro con un graznido ronco.
—Lo que suceda en Desembarco del Rey ya no es asunto nuestro —siguió Mormont sin hacer caso del pájaro. Jon siguió sin responder. El anciano apuró la copa de vino—. Ya te puedes marchar. Por hoy no te necesito más. Mañana me ayudarás a escribir esa carta.
Más tarde Jon no recordaría haberse levantado, ni salir de la estancia. Cuando se quiso dar cuenta bajaba por los peldaños de la torre.
«Se trata de mi padre, de mis hermanas —iba pensando—. ¿Cómo no va a ser asunto mío?»
—Sé fuerte, muchacho —le dijo mirándolo uno de los guardias cuando salió—. Los dioses son crueles.
—Mi padre no es ningún traidor —dijo Jon con voz ronca; comprendió que lo sabían todo.
Hasta las palabras se le atravesaban en la garganta como si quisieran ahogarlo. El viento soplaba con fuerza, y parecía más frío que antes en el patio. El espíritu del verano se estaba agotando.
El resto de la tarde pasó como en un sueño. Jon no habría sabido decir qué hizo ni con quién habló. En cambio sí sabía que Fantasma lo acompañó en todo momento. La presencia silenciosa del lobo huargo lo consolaba.
«Las chicas no tienen ni eso —pensó—. Sus lobas las habrían protegido, pero Dama está muerta, y Nymeria desapareció; están solas.»
El sol se puso, y empezó a soplar un viento del norte. Jon lo oyó silbando contra el Muro y entre las almenas heladas cuando entró en la sala común a la hora de la cena. Hobb había preparado un guiso de venado, con mucha cebada, cebollas y zanahorias. A Jon le sirvió un cazo extra y le dio el extremo con corteza del pan, y el muchacho supo qué significaba. «Lo sabe —Miró a su alrededor, vio que las cabezas se giraban rápidamente, que los ojos lo esquivaban con cortesía—. Todos lo saben.»
Sus amigos corrieron junto a él.
—Le hemos pedido al septon que encienda una vela por tu padre —le dijo Matthar.
—Es mentira, todos sabemos que es mentira, hasta Grenn sabe que es mentira —apoyó Pyp.
Grenn asintió, y Sam palmeó la mano de Jon.
—Ahora tú eres mi hermano, así que también es mi padre —dijo el muchacho gordo—. Si quieres ir a los arcianos, a rezarles a los antiguos dioses, te acompañaré.
Los arcianos estaban al otro lado del Muro, pero Jon sabía que Sam lo decía en serio.
«Son mis hermanos —pensó—. Tanto como Robb, como Bran, como Rickon.»
Y en aquel momento oyó la carcajada, mordiente y cruel como un látigo, y la voz de Ser Alliser Thorne.
—No sólo un bastardo, sino el bastardo de un traidor —decía a los hombres que lo rodeaban.
En un abrir y cerrar de ojos, Jon se subió a la mesa empuñando la daga. Pyp intentó agarrarlo, pero se sacudió sus manos de la pierna, corrió por la mesa y pateó el cuenco que Ser Alliser sujetaba. El guiso salió volando y salpicó a los hermanos. Thorne dio un salto hacia atrás. Todo el mundo gritaba, pero Jon Nieve no oía nada. Se lanzó contra el rostro de Ser Alliser, hendió el aire con la daga junto a los fríos ojos de ónice, pero Sam se interpuso entre ellos, y antes de que Jon pudiera atacar de nuevo Pyp le saltó a la espalda y se le enganchó como un mono, mientras Grenn le agarraba el brazo y Sapo le retorcía los dedos para quitarle el cuchillo.
Más tarde, mucho más tarde, después de que lo llevaran a su celda dormitorio, Mormont bajó a verlo con su cuervo en el hombro.
—Te dije que no se te ocurriera hacer ninguna tontería, chico —dijo el Viejo Oso.
—Chico —coreó su pájaro.
—Y pensar que había depositado tantas esperanzas en ti —dijo Mormont sacudiendo la cabeza disgustado.
Le quitaron el cuchillo y la espada, y le dijeron que no podría salir de la celda hasta que los oficiales superiores decidieran qué iban a hacer con él. Luego pusieron un guardia en la puerta para estar seguros de que obedecía. Sus amigos no podían visitarlo, pero el Viejo Oso se ablandó y permitió que se quedara con Fantasma, de manera que no se encontraba completamente solo.
—Mi padre no es ningún traidor —dijo al lobo huargo, cuando todos los demás se hubieron marchado.
Fantasma lo miró en silencio. Jon se recostó contra la pared, se abrazó las rodillas, y contempló la velita que brillaba en la mesa, junto a su catre. La llama parpadeaba y temblaba, las sombras se movían a su alrededor, y la habitación parecía cada vez más oscura y fría.
«Esta noche no voy a dormir», pensó.
Pero debió de quedarse adormilado. Cuando se despertó tenía las piernas rígidas y con calambres, y la vela se había apagado hacía mucho rato. Fantasma estaba de pie sobre las patas traseras, con las delanteras contra la puerta, rascando la madera. Jon se sobresaltó, no se había dado cuenta de lo grande que estaba.
—¿Qué pasa, Fantasma? —preguntó en voz baja. El lobo huargo volvió la cabeza y lo miró desde arriba, desnudando los colmillos en un gruñido silencioso. Por un instante Jon temió que se hubiera vuelto rabioso—. Soy yo, Fantasma —murmuró, tratando de que el miedo no se transparentara en su voz. Pero temblaba violentamente, ¿por qué de repente hacía tanto frío?
Fantasma se alejó de la puerta, en la que había dejado profundos arañazos con las garras. Jon lo observó, cada vez más inquieto.
—Hay alguien ahí fuera, ¿verdad? —susurró. El lobo huargo se agazapó y se arrastró hacia adelante, con el pelaje del cuello erizado.
«El guardia —pensó Jon—. Dejaron un guardia ante la puerta. Fantasma lo huele a través de la madera, eso es todo.»
Jon se puso en pie muy despacio. Temblaba de manera incontrolable, deseaba con todas sus fuerzas tener una espada. Llegó junto a la puerta en tres pasos rápidos. Cogió el pestillo y tiró hacia adentro. El crujido de las bisagras casi le hizo dar un salto.
El guardia estaba tumbado sobre los peldaños, inerte, mirando hacia arriba. Mirando hacia arriba aunque estaba caído sobre el estómago. Tenía la cabeza completamente girada.
«No puede ser —se dijo Jon—. Ésta es la torre del Lord Comandante, está vigilada día y noche; es un sueño. Tengo una pesadilla.»
Fantasma se le adelantó y cruzó la puerta. El lobo empezó a subir por las escaleras, se detuvo y volvió la vista hacia Jon. Y entonces lo oyó: el roce suave de una bota contra la piedra, el sonido de un pestillo al girar. Los ruidos procedían de arriba. De las habitaciones del Lord Comandante.
Quizá fuera una pesadilla, pero no se trataba de un sueño.
La espada del guardia seguía en su vaina. Jon se arrodilló y la cogió. El peso del acero en la mano lo hizo sentir más osado. Empezó a subir, siguiendo las pisadas silenciosas de Fantasma. En cada giro de la escalera acechaban las sombras. Jon siguió subiendo con cautela, hurgando con la punta de la espada en cada sombra sospechosa.
De repente oyó el graznido del cuervo de Mormont.
—¡Maíz! —chillaba el pájaro—. Maíz, maíz, maíz, maíz, maíz, maíz.
Fantasma saltó hacia adelante, y Jon fue tras él. La puerta de la habitación de Mormont estaba abierta de par en par. Jon se detuvo en el umbral, con la espada en la mano, para que sus ojos tuvieran tiempo de acostumbrarse. Las pesadas cortinas estaban corridas, y la oscuridad resultaba negra como la tinta.
—¿Quién anda ahí? —exclamó.
Y entonces lo vio: una sombra entre las sombras, que se deslizaba hacia la puerta interior que llevaba a la celda dormitorio de Mormont. Era una forma humana, toda de negro, con capa y capucha... pero, bajo la capucha, los ojos brillaban con un gélido fulgor azul.
Fantasma saltó. Hombre y lobo cayeron a la vez, sin un grito ni un gruñido, rodaron, chocaron contra una silla, derribaron una mesa cargada de papeles.
—Maíz —graznaba el cuervo de Mormont aleteando sobre ellos—, maíz, maíz, maíz.
Jon se sentía tan ciego como el maestre Aemon. Siempre con la espalda contra la pared, Jon se deslizó hacia la ventana y arrancó los cortinajes. La luz de la luna entró a raudales en la habitación. Tuvo un atisbo de unas manos negras enterradas en el pelaje blanco, de unos dedos oscuros y tumefactos en torno a la garganta del lobo huargo. Fantasma se retorcía y lanzaba dentelladas, pateaba al aire, pero no conseguía liberarse.
Jon no tenía tiempo para sentir miedo. Se lanzó hacia adelante con un grito, y asestó un golpe con todas sus fuerzas con la espada. El acero cortó manga, piel y hueso, pero el sonido al hacerlo era... extraño. Igual que el olor que lo envolvió, tan repugnante y gélido que estuvo a punto de vomitar. Vio un brazo y una mano en el suelo. Los dedos negros se retorcían a la luz de la luna. Fantasma consiguió liberarse de la otra mano, y se alejó con la lengua colgando entre los dientes.
El hombre encapuchado alzó el rostro blanco, y Jon asestó otro golpe sin titubear. La espada cortó el hueso, se llevó la mitad de la nariz y abrió un tajo enorme bajo aquellos ojos, aquellos ojos, aquellos ojos azules como estrellas en llamas. Jon reconoció la cara.
—Othor —dijo al tiempo que retrocedía—. Dioses, si está muerto, está muerto, yo lo vi, estaba muerto.
Sintió que algo le rozaba el tobillo. Unos dedos negros se cerraron en torno a su pantorrilla. El brazo le subía por la pierna, desgarrando la lana y la carne. Jon dejó escapar un grito de asco, y se desprendió los dedos de la pierna con la punta de la espada, antes de lanzar aquella cosa volando por los aires. Cayó al suelo, todavía abriendo y cerrando los dedos.
El cadáver avanzó. No había sangre. Sin un brazo, con el rostro casi cortado por la mitad, no parecía sentir nada. Jon mantuvo la espada ante el cuerpo.
—¡No te acerques! —ordenó con voz aguda.
—¡Maíz! —gritaba el cuervo—. ¡Maíz, maíz!
El brazo muerto se salía de la manga cortada, era como una serpiente blanquecina, con una cabeza hecha de cinco dedos negros. Fantasma saltó y la agarró entre los dientes. Los huesos de los dedos crujieron. Jon lanzó un tajo al cuello del cadáver, sintió que el acero penetraba en el hueso.
Othor, el muerto, se abalanzó sobre él y lo derribó.
La mesa caída se clavó entre los omoplatos de Jon, y el muchacho se quedó sin aliento. La espada, ¿dónde estaba la espada? ¡Había perdido la maldita espada! Abrió la boca para gritar, pero el ser sobrenatural le metió los dedos negros cadavéricos en la boca. Intentó escupirlos entre arcadas, pero el hombre muerto pesaba demasiado. Iba metiéndole la mano, fría como el hielo, cada vez más profunda en la garganta. Tenía el rostro muerto presionado contra el suyo, llenaba todo su margen de visión. Los centelleantes ojos azules estaban cubiertos de escarcha. Jon arañó la carne fría con las uñas, pateó las piernas de aquel ser. Intentó morder, intentó dar puñetazos, intentó respirar...
Y, de pronto, ya no sintió el peso del cadáver, ya no tuvo sus dedos en la garganta. Jon sólo pudo rodar sobre sí mismo, tembloroso, entre arcadas. Fantasma había cogido de nuevo al ser. El lobo huargo le enterró los dientes en las entrañas, arrancó y desgarró. Jon se quedó mirando durante un largo momento, casi inconsciente, antes de acordarse de buscar su espada...
... y vio a Lord Mormont, desnudo y somnoliento, de pie en el umbral, con una lámpara de aceite en la mano. El brazo del ser, retorcido y con los dedos rotos, se arrastraba hacia él.
Jon trató de gritar, pero no tenía voz. Se puso en pie como pudo, dio una patada al brazo y arrancó la lámpara de la mano del Viejo Oso. La llama parpadeó y estuvo a punto de apagarse.
—¡Arde! —graznó el cuervo—. ¡Arde, arde, arde!
Jon se giró y vio los cortinajes que había arrancado de las paredes. Lanzó la lámpara con todas sus fuerzas contra el tejido. El metal se dobló, el cristal se hizo añicos, el aceite se derramó y los cortinajes empezaron a arder. El calor le arreboló el rostro, más dulce que ningún beso.
—¡Fantasma! —gritó.
El lobo huargo corrió hacia él, al tiempo que el ser sobrenatural trataba de levantarse. De su vientre abierto surgían largas serpientes negras. Jon metió una mano entre las llamas, agarró un puñado de tela ardiendo, y la lanzó contra el hombre muerto.
—Que arda —rezó mientras las cortinas abrasaban el cadáver—, oh, dioses, por favor, que arda.
BRAN
Los Karstark llegaron en una fría mañana ventosa desde su castillo en Karhold, con trescientos hombres a caballo y doscientos a pie. Las puntas de acero de sus lanzas brillaban a la escasa luz del ocaso a medida que se aproximaba la columna. Por delante iba un hombre con un tambor que era más grande que él, tocando un ritmo lento y grave, bum, bum, bum.
Bran vio cómo se aproximaban desde una torreta de vigilancia en el muro exterior, a través del catalejo de bronce del maestre Luwin, y montado sobre los hombros de Hodor. Encabezaba la marcha el propio Lord Rickard, acompañado por sus hijos Harrion, Eddard y Torrhen, todos bajo los estandartes negros con el emblema de su Casa, el sol blanco. La Vieja Tata decía que por sus venas corría sangre Stark desde hacía cientos de años, pero a los ojos de Bran no tenían ninguna similitud. Eran hombres corpulentos, de aspecto fiero, con barbas espesas y el pelo suelto que les caía sobre los hombros. Llevaban capas de pieles de oso, de foca y de lobo.
Sabía que eran los últimos. El resto de los señores ya estaba allí con sus huestes. Bran habría dado cualquier cosa por cabalgar con ellos, por ver las casas invernales llenas a rebosar, las multitudes en la plaza del mercado todas las mañanas, y las calles apisonadas y sucias por las ruedas de los carros y los cascos de los caballos.
—No podemos prescindir de ningún hombre para que te acompañe —le había explicado su hermano.
—Me llevaré a Verano —insistió Bran.
—No seas chiquillo ahora, Bran —replicó Robb—. Sabes que no puede ser. Hace tan sólo dos días, uno de los hombres de Lord Bolton apuñaló a uno de los de Lord Cerwyn en el Leño Humeante. Si permitiera que te pusieras en peligro, nuestra señora madre me despellejaría. —Lo dijo con la voz de Robb el Señor. Bran sabía que eso significaba que no había discusión posible.
La culpa de todo la tenía lo que había sucedido en el Bosque de los Lobos, estaba seguro. El recuerdo aún le provocaba pesadillas. Se había sentido indefenso como un bebé, tan incapaz de protegerse como lo habría sido Rickon en su lugar, o aún peor... porque Rickon habría dado patadas, al menos. Aquello le daba vergüenza. Sólo tenía unos pocos años menos que Robb. Si su hermano era casi un hombre, él también. Tendría que haber sido capaz de protegerse.
Hacía un año, antes, habría visitado la ciudad aunque tuviera que hacerlo trepando por los muros, él solo. Pero ya no podía bajar corriendo las escaleras, subirse a su poni ni llevar un escudo de madera con el que derribar por los suelos al príncipe Tommen. Ya no podía hacer más que mirar, otear por el catalejo del maestre Luwin. Al menos el maestre le había enseñado todos los estandartes: el puño enguantado de los Glover, blanco sobre gules; el oso negro de Lady Mormont; el repugnante hombre flagelado que precedía a Roose Bolton, de Fuerte Terror; el alce de los Hornwood; el hacha de batalla de los Cerwyn; los tres árboles centinelas de los Tallhart; y el temible emblema de la Casa Umber, un gigante rugiente con cadenas rotas.
Pronto aprendió a reconocer también los rostros, en cuanto los señores, sus hijos y sus caballeros llegaron a Invernalia para los festines. Ni siquiera el Salón Principal bastaba para acogerlos a todos sentados, de manera que Robb recibía a los vasallos principales por turnos. Bran ocupaba siempre el lugar de honor, a la derecha de su hermano. Algunos de los señores vasallos lo miraban con desconfianza, como si se preguntaran si un niño de tan corta edad, y encima tullido, tenía derecho a estar situado por encima de ellos.
—¿Cuántos van ya? —preguntó Bran al maestre Luwin después de que Lord Karstark y sus hijos cruzaran a caballo las puertas de la muralla exterior.
—Doce mil hombres, o tan cerca de doce mil que la cifra exacta no importa.
—¿Y cuántos caballeros?
—Los suficientes —respondió el maestre con cierta impaciencia—. Para ser caballero hay que velar en un sept, y ser ungido con los siete aceites, que consagran el juramento. En el norte, muy pocas de las grandes casas adoran a los Siete. El resto son fieles a los antiguos dioses, y no nombran caballeros... pero esos señores y sus hijos son espadas juramentadas, y no por ello menos valientes, leales y honorables. El valor de un hombre no se mide por un «ser» que alguien ponga delante de su nombre. Te lo he dicho muchas veces.
—De todos modos —insistió Bran—, ¿cuántos caballeros?
—Trescientos o cuatrocientos... —El maestre Luwin suspiró—. Entre tres mil lanceros que no son caballeros.
—Lord Karstark es el último —dijo Bran, pensativo—. Robb cenará con él esta noche.
—Sin duda.
—¿Falta mucho para... que se vayan?
—Tienen que partir pronto, o ya no valdrá la pena —replicó el maestre Luwin—. La ciudad invernal está llena hasta los topes, y si este ejército se queda mucho más acabará con todas las provisiones. Hay otros que se les unirán a lo largo del camino real: caballeros libres, lacustres, Lord Manderly y Lord Flint. Han comenzado los enfrentamientos en las tierras de los ríos; a tu hermano le quedan muchas leguas por delante.
—Lo sé. —Bran se sentía tan deprimido como denotaba su voz. Tendió el tubo de bronce al maestre, y se dio cuenta de que el pelo de Luwin empezaba a ralear en la coronilla. Se le veía el cuero cabelludo rosado. Le parecía extraño mirarlo así, desde arriba, cuando se había pasado la vida alzando la vista para mirarlo, pero cuando uno iba sentado en los hombros de Hodor lo veía todo abajo—. Ya no quiero mirar más. Hodor, llévame al castillo.
—Hodor —dijo Hodor.
—Bran, tu hermano no va a tener tiempo para recibirte ahora —dijo el maestre Luwin mientras se guardaba el tubo en la manga—. Tiene que recibir a Lord Karstark y a sus hijos, para darles la bienvenida.
—No molestaré a Robb. Quiero visitar el bosque de dioses. —Puso una mano en el hombro de Hodor—. Hodor.
En el granito de la pared interior de la torre había excavados varios asideros para bajar, a modo de escaleras. Hodor tarareaba una cancioncilla sin melodía, mientras Bran rebotaba en su espalda, en la silla de mimbre que le había ideado el maestre Luwin. Luwin se había inspirado en las cestas que utilizaban las mujeres para llevar leña a la espalda: sólo había que abrir agujeros para las piernas y poner unas cuantas correas más de manera que el peso de Bran se distribuyera de manera homogénea. No era tan agradable como montar a Bailarina, pero había lugares a los que Bailarina no podía ir, y aquello no le daba tanta vergüenza como cuando Hodor lo llevaba en brazos como a un bebé. A Hodor también parecía gustarle, aunque con él nadie sabía. Lo único complicado eran las puertas: a veces Hodor se olvidaba de que llevaba a Bran a la espalda, y si la puerta era baja resultaba bastante doloroso.
En las últimas dos semanas había habido tantas idas y venidas que Robb había ordenado que los dos rastrillos estuvieran alzados, y el puente levadizo bajado, incluso durante la noche. Una larga columna de lanceros con armaduras cruzaba el foso que se abría entre los muros cuando Bran salió de la torre; eran hombres de los Karstark, que seguían a sus señores al interior del castillo. Llevaban yelmos de hierro negro y capas de lana también negra, con el blasón del sol blanco. Hodor trotó junto a ellos, sonriente, con pisadas que resonaban contra la madera del puente. Los jinetes les dirigieron miradas extrañadas, y Bran alcanzó a oír una risotada. Se negó a permitir que aquello lo afectara.
—Te mirarán —le había advertido el maestre Luwin la primera vez que ataron la cesta de mimbre al pecho de Hodor—. Te mirarán, harán comentarios, y algunos incluso se burlarán.
«Que se burlen», pensó Bran. Nadie se burlaba de él cuando estaba en su habitación, pero se negaba a pasarse la vida en la cama.
Al pasar bajo la puerta del rastrillo, Bran se llevó dos dedos a la boca y silbó. Verano se acercó saltando por el patio. De repente los lanceros Karstark tuvieron que luchar por controlar sus monturas, porque los caballos relincharon y corcovearon. Un semental se encabritó, y su jinete tuvo que agarrarse desesperadamente para no caer. El olor de los lobos huargos enloquecía de pánico a los caballos que no estaban acostumbrados, pero se tranquilizarían en cuanto Verano se perdiera de vista.
—Al bosque de dioses —recordó a Hodor.
Hasta la propia Invernalia estaba abarrotada. En el patio resonaban los ruidos de espadas y hachas, el crujido de los carromatos y los ladridos de los perros. Las puertas de la armería estaban abiertas, y Bran vio a Mikken en la forja, golpeando con el martillo al tiempo que el sudor le corría por el pecho desnudo. Bran jamás había visto a tantos desconocidos juntos, ni siquiera cuando el rey Robert fue a visitar a su padre.
Trató de no estremecerse cuando Hodor se agachó para pasar por una puerta baja. Recorrieron un pasadizo largo, en penumbra, con Verano a su lado. De cuando en cuando el lobo miraba hacia arriba, con unos ojos que brillaban como el oro líquido. A Bran le habría gustado tocarlo, pero estaba demasiado alto, no llegaba con la mano.
El bosque de dioses era una isla de paz en el mar de caos en que se había convertido Invernalia. Hodor pasó entre los robles, los centinelas y los palos santos, y llegó al estanque junto al que crecía el árbol corazón. Se detuvo bajo las ramas retorcidas del arciano, siempre canturreando. Bran alzó las manos y se izó para sacar el peso muerto de sus piernas de los agujeros de la cesta de mimbre. Se quedó allí colgado un instante, mientras las hojas color rojo oscuro le acariciaban el rostro, hasta que Hodor lo cogió y lo sentó en la piedra suave, junto al agua.
—Quiero estar a solas un rato —le dijo—. Ve a bañarte. Ve a los estanques.
—Hodor. —Hodor se alejó a zancadas entre los árboles y desapareció. Al otro lado del bosque de dioses, bajo las ventanas de la Casa de Invitados, un manantial subterráneo de aguas termales alimentaba tres pequeños estanques. El vapor ascendía de ellos día y noche, y el muro más cercano estaba cubierto de musgo. Hodor detestaba el agua fría, y si lo amenazaban con el jabón se defendía como un gato salvaje, pero en cambio le encantaba meterse en el estanque más caliente y quedarse allí horas, lanzando de cuando en cuando sonoros eructos que imitaban el sonido de las burbujas que ascendían de las profundidades verdosas y se rompían al llegar a la superficie.
Verano bebió un poco de agua a lametones y se tendió al lado de Bran. Rascó al lobo bajo la mandíbula, y por un momento el niño y la bestia se sintieron en paz. A Bran siempre le había gustado el bosque de dioses, aun antes, pero en los últimos tiempos se sentía atraído hacia aquel lugar cada vez más a menudo. El árbol corazón ya no lo asustaba como en el pasado. Los profundos ojos rojos tallados en el tronco de madera blanca lo seguían vigilando, pero de alguna manera, aquello lo reconfortaba. Se decía que los dioses velaban por él. Los antiguos dioses, los dioses de los Stark y de los primeros hombres, los dioses de los niños del bosque, los dioses de su padre. Bajo su mirada se sentía seguro, y el silencio absoluto de los árboles le ayudaba a pensar. Bran había pasado mucho tiempo pensando desde el día de la caída; pensando, soñando y hablando con los dioses.
—Por favor, haced que Robb no se vaya —rezó en voz baja. Agitó las aguas frías con la mano, de manera que las ondas concéntricas se dispersaron por el estanque—. Que se quede. O si se tiene que ir, haced que vuelva sano y salvo, con mi madre, con mi padre y con las chicas. Y haced... haced que Rickon lo entienda.
Su hermano pequeño había estado incontrolable como una tormenta invernal desde que supo que Robb se iba a la guerra, a ratos lloraba inconsolable, a ratos se mostraba furioso. Se había negado a comer, se pasó una noche entera llorando y gritando, hasta le dio un puñetazo a la Vieja Tata cuando la mujer intentó cantarle para que se durmiera, y al día siguiente desapareció. Robb puso a medio castillo a buscarlo, y cuando al final lo encontraron, en las criptas, Rickon los amenazó con una espada de hierro oxidado que le había quitado a uno de los reyes muertos, y Peludo babeaba en la oscuridad como un demonio de ojos verdes. El lobo estaba casi tan incontrolable como Rickon; había mordido a Gage en el brazo, y le había arrancado un bocado de carne a Mikken del muslo. Sólo Robb y Viento Gris juntos pudieron controlarlo. Farlen había encadenado al lobo negro en las perreras, y eso hizo que Rickon llorase todavía más.
El maestre Luwin aconsejó a Robb que permaneciera en Invernalia, y Bran también se lo suplicó, por su seguridad y por el bien de Rickon, pero su hermano se limitó a sacudir la cabeza con testarudez.
—No quiero ir —dijo—. Tengo que ir.
Era una verdad a medias. Alguien tenía que ir, para defender el Cuello y ayudar a los Tully contra los Lannister, eso Bran lo comprendía, pero no tenía por qué ser Robb. Su hermano podría haber enviado a Hal Mollen, o a Theon Greyjoy, o a alguno de sus señores vasallos. Es lo que le decía el maestre Luwin que hiciera, pero Robb no atendía a razones.
—Mi señor padre jamás habría enviado a otros hombres a morir mientras él se quedaba como un cobarde, protegido tras los muros de Invernalia —había replicado, todo Robb el Señor.
Robb era casi un desconocido para Bran. Se había transformado en un auténtico señor, aunque ni siquiera había llegado su decimosexto día del nombre. Hasta los vasallos de su padre se daban cuenta. Muchos intentaron ponerlo a prueba, cada uno a su manera. Tanto Roose Bolton como Robett Glover le exigieron el honor del mando en el combate, el primero de manera brusca, el segundo con una sonrisa y una broma. La recia y canosa Maege Mormont, que vestía cota de mallas como cualquier hombre, le dijo directamente que tenía edad para ser su nieto, y que no le iba a dar órdenes... pero que ella tenía una nieta que podría casarse con él. Lord Cerwyn acudió directamente con su hija, una doncella gruesa y fea de unos treinta años, que se sentaba a la izquierda de su padre y jamás levantaba la vista del plato. El jovial Lord Hornwood no tenía hijas, pero llegaba con regalos, un día era un caballo, otro una pierna de venado, al siguiente un cuerno de caza con adornos de plata, y no pedía nada a cambio... nada excepto cierta aldea que le había sido arrebatada a su abuelo, y derechos de caza al norte de cierto río, y permiso para represar el Cuchillo Blanco, si al señor le parecía bien.
Robb respondía a todos con cortesía fría, de la misma forma que habría hecho su padre, y de alguna manera se las arregló para que se plegaran a su voluntad.
Y cuando Lord Umber, al que sus hombres llamaban el Gran Jon, que era tan alto como Hodor y el doble de ancho, lo amenazó con llevarse a sus huestes si durante la marcha lo situaban detrás de los Hornwood y los Cerwyn, Robb le dijo que podía hacerlo cuando gustara.
—Y cuando acabemos con los Lannister —siguió al tiempo que rascaba a Viento Gris detrás de la oreja—, volveremos al norte, os sacaremos a rastras de vuestro castillo y os colgaremos por romper vuestro juramento.
El Gran Jon maldijo a gritos, tiró una jarra de cerveza al fuego y aulló que Robb estaba tan verde que seguramente meaba hierba. Hallis Mollen fue a contenerlo, pero él lo derribó por tierra, saltó sobre una mesa, y desenvainó el espadón más grande y amenazador que Bran había visto en su vida. En los bancos sus hijos, sus hermanos y sus espadas juramentadas se pusieron en pie, con las manos sobre las empuñaduras de las espadas.
Robb se limitó a decir una palabra en voz baja, y en un abrir y cerrar de ojos se oyó un gruñido y Lord Umber se encontró tumbado de espaldas, con la espada girando en el suelo a un metro de él y la mano chorreando sangre, porque Viento Gris le había arrancado dos dedos de un mordisco.
—Mi señor padre me enseñó que desenfundar el arma contra el señor de uno significaba la muerte —dijo Robb—. Pero creo que sólo queríais ayudarme a cortar la carne.
A Bran se le hicieron agua las entrañas al ver que el Gran Jon se ponía en pie lamiéndose los muñones ensangrentados... pero entonces, para su sorpresa, el hombretón se echó a reír.
—Vuestra carne —rugió— es jodidamente dura.
Después de aquello el Gran Jon se convirtió en la mano derecha de Robb, en su defensor más acérrimo, proclamaba a gritos que el muchacho era un verdadero Stark, y que más valía que doblaran la rodilla ante él si no querían que se la arrancaran de un bocado.
Pero aquella misma noche su hermano fue a verlo al dormitorio, después de que los fuegos del Salón Principal se hubieran apagado. Estaba pálido y tembloroso.
—Pensé que me iba a matar —le confesó Robb—. ¿Viste cómo tiró a Hal a un lado, como si fuera tan pequeño como Rickon? Dioses, qué miedo tuve. Y el Gran Jon no es el peor, únicamente el más escandaloso. Lord Roose nunca dice ni una palabra, solamente me mira, y yo en lo único en lo que puedo pensar es en aquella habitación que tienen en Fuerte Terror, donde los Bolton cuelgan los pellejos de sus enemigos.
—Eso no es más que uno de los cuentos de la Vieja Tata —dijo Bran. Pero había un toque de duda en su voz—. ¿Verdad?
—No lo sé. —Sacudió la cabeza, agotado—. Lord Cerwyn pretende que su hija viaje con nosotros al sur. Dice que para que le prepare las comidas. Theon está seguro de que la noche menos pensada me la encontraré bajo las mantas. Ojalá... ojalá estuviera padre aquí.
En eso estaban de acuerdo todos, Bran, Rickon y Robb el Señor; todos habrían deseado que su padre estuviera con ellos. Pero Lord Eddard se encontraba a mil leguas, cautivo en alguna mazmorra, o huyendo para salvar su vida, o tal vez muerto. Nadie lo sabía a ciencia cierta, cada viajero contaba una historia diferente, y cada una más aterradora que la anterior. Las cabezas de los guardias de su padre se pudrían empaladas en estacas, en los muros de la Fortaleza Roja. El rey Robert había muerto a manos de su padre. Los Baratheon asediaban Desembarco del Rey. Lord Eddard había huido hacia el sur con Renly, el malvado hermano del rey. El Perro había asesinado a Arya y a Sansa. Su madre había asesinado a Tyrion el Gnomo, y tenía su cadáver colgado de las murallas de Aguasdulces. Lord Tywin Lannister marchaba contra el Nido de Águilas, quemando aldeas enteras a su paso y asesinando a sus habitantes. Un cuentacuentos, ebrio como una cuba, había llegado a decir que Rhaegar Targaryen estaba de regreso de entre los muertos, al mando de una vasta horda de antiguos héroes, reunidos en Rocadragón, desde donde iba a recuperar el trono de su padre.
Cuando llegó el cuervo con una carta que tenía el sello de su padre, escrita del puño y letra de Sansa, la cruel verdad no fue menos increíble. Bran jamás olvidaría la expresión en el rostro de Robb al leer las palabras de su hermana.
—Dice que padre conspiró con los hermanos del rey para cometer traición —leyó—. El rey Robert ha muerto, y madre y yo debemos ir a la Fortaleza Roja para jurar lealtad a Joffrey. Dice que debemos ser leales, y que cuando se case con Joffrey le suplicará que perdone la vida a nuestro señor padre. —Cerró el puño, arrugando la carta de Sansa—. Y no dice nada de Arya, nada, ¡ni una palabra! ¡Maldita sea! ¿Esa chica es idiota o qué?
Bran sintió que se helaba por dentro.
—Perdió a su loba —dijo en tono débil, recordando el día en que cuatro guardias de su padre volvieron del sur con los huesos de Dama.
Verano, Viento Gris y Peludo habían empezado a aullar aun antes de que cruzaran el puente levadizo, y su aullido era triste, desolador. A la sombra del Primer Torreón había un pequeño cementerio donde los antiguos Reyes del Invierno habían enterrado a sus sirvientes más fieles. Allí enterraron ellos a Dama, mientras sus hermanos de camada caminaban entre las tumbas como sombras inquietas. Se había ido al sur, y sólo habían regresado sus huesos.
Su abuelo, el viejo Lord Rickard, también había ido al sur con su hijo Brandon, que era el hermano de su padre, y doscientos de sus mejores hombres. Ninguno de ellos regresó. Y su padre se había ido al sur, con Arya y Sansa, y también con Jory, Hullen, Tom el Gordo y los demás; y luego se habían ido su madre y Ser Rodrik, y ellos tampoco habían regresado. Y Robb quería irse. No a Desembarco del Rey, ni a jurar lealtad, sino a Aguasdulces, con una espada en la mano. Y si su padre estaba prisionero, aquello significaría sin duda la muerte para él. Bran tenía mucho, mucho miedo.
—Si Robb tiene que irse, velad por el —suplicó Bran a los antiguos dioses que lo vigilaban con los ojos rojos del árbol corazón—, y velad también por sus hombres, por Hal, y Quent, y los demás, y por Lord Umber y Lady Mormont y los otros señores. Y bueno, por Theon también. Velad por ellos y protegedlos, si es vuestra voluntad, dioses. Ayudadlos a detener a los Lannister y a salvad a padre, y que vuelvan todos sanos y salvos a casa.
Una tenue brisa susurró a través del bosque de dioses, y las hojas rojas se agitaron y murmuraron. Verano enseñó los dientes.
—¿Los has oído, chico? —preguntó una voz.
Bran alzó la cabeza. Osha estaba al otro lado del estanque, bajo un roble viejo, con el rostro casi oculto entre las hojas. Pese a los grilletes, la salvaje se movía silenciosa como un gato. Verano rodeó el estanque y la olfateó. La mujer alta retrocedió, atemorizada.
—Ven aquí, Verano —llamó Bran. El lobo huargo la olfateó por última vez, se dio media vuelta y regresó con él. Bran le echó los brazos al cuello—. ¿Qué haces aquí? —No había vuelto a ver a Osha desde que la cogieron prisionera en el Bosque de los Lobos, aunque sabía que la habían puesto a trabajar en las cocinas.
—También son mis dioses —dijo Osha—. Más allá del Muro no hay otros. —Le estaba creciendo el pelo, castaño y desgreñado. Ya parecía algo más femenina, gracias a eso y al sencillo vestido de tejido basto que le habían dado para sustituir la cota de mallas y las prendas de cuero—. Gage me permite venir a rezar de cuando en cuando, siempre que lo necesito, y yo le dejo hacer lo que quiera debajo de mi falda, siempre que lo necesita. A mí no me importa. Me gustan sus manos, huelen a harina, y es más amable que Stiv. —Hizo una torpe reverencia—. Te dejo solo. Me faltan muchas ollas por fregar.
—No, quédate —ordenó Bran—. Dime qué querías decir con eso de oír a los dioses.
—Tú les hablaste, y ellos respondieron —dijo Osha mirándolo detenidamente—. Abre las orejas, escucha, y los oirás.
Bran prestó atención.
—No es más que el viento —dijo, inseguro—. El viento entre las hojas.
—¿Y quién crees que envía el viento? Los dioses. —Se sentó frente a él, al otro lado del estanque, con un suave tintineo. Mikken le había puesto grilletes de hierro en los tobillos, unidos por una pesada cadena. Podía caminar, siempre que diera pasos cortos, pero no tenía manera de correr, trepar o montar a caballo—. Los dioses te ven, chico. Te han oído. Ese susurro entre las hojas es su respuesta.
—¿Y qué decían?
—Están tristes. No pueden ayudar a tu señor hermano allí donde va. Los antiguos dioses no tienen poder en el sur, talaron los arcianos hace miles de años. ¿Cómo van a velar por tu hermano, si no tienen ojos?
Bran no había calculado aquello. Le daba miedo. Si ni siquiera los dioses podían ayudar a su hermano, todo estaba perdido. Aunque quizá Osha no hubiera entendido bien. Inclinó la cabeza a un lado y escuchó de nuevo. Le pareció percibir la tristeza, sí, pero nada más.
El susurro entre las hojas se hizo más audible. Bran escuchó unas pisadas amortiguadas y un canturreo, y Hodor salió de entre los árboles, desnudo y sonriente.
—¡Hodor!
—Nos ha debido de oír hablar —dijo Bran—. Hodor, se te ha olvidado la ropa.
—Hodor —asintió Hodor. Estaba chorreando del cuello para abajo, la piel le desprendía vapor en el aire gélido. Tenía el cuerpo cubierto de un espeso vello castaño, y la virilidad entre las piernas le colgaba larga, pesada.
—Esto sí que es un hombre —dijo Osha mirándolo con una sonrisa amarga—. Si no tiene sangre de gigante, yo soy la reina.
—El maestre Luwin dice que los gigantes ya no existen. Dice que están todos muertos, igual que los niños del bosque. Ya sólo quedan los huesos en la tierra; a veces los campesinos los encuentran al arar.
—Pues dile al maestre Luwin que cabalgue más allá del Muro —dijo Osha—. Encontrará a los gigantes, o los gigantes lo encontrarán a él. Mi hermano mató a una. Medía más de tres metros, y era de las pequeñas. Los hay de casi cuatro metros. Dicen que son seres temibles, todo pelo y dientes, y que las mujeres tienen barba igual que los varones, así que no hay manera de diferenciarlos. Las hembras se acuestan con humanos, y así nacen los mestizos. A las humanas que capturan no les va tan bien. Los hombres son tan grandes que las destrozan antes de poder dejarlas preñadas. —Le sonrió—. Seguro que no sabes de lo que te hablo, ¿verdad, chico?
—Sí que lo sé —insistió Bran. Sabía todo lo de la cópula, había visto a los perros en el patio, y una vez vio a un semental montando a una yegua. Pero hablar de aquello lo incomodaba. Miró a Hodor y le dijo—: Ve a buscar tus ropas, Hodor. Vístete.
—Hodor. —El hombretón se alejó por donde había llegado, pero tuvo que agacharse para esquivar una rama baja. Bran se lo quedó mirando. Era increíblemente grande, pensó.
—¿De verdad hay gigantes más allá del Muro? —preguntó a Osha, inseguro.
—Gigantes y cosas peores, joven señor. Intenté decírselo a tu hermano cuando me interrogó, y también al maestre, y a ese chico, Greyjoy, que no hace más que sonreír. Se están levantando vientos fríos, los hombres que se alejan de sus fuegos ya no vuelven... o si vuelven ya no son hombres, sino espectros, con ojos azules y manos frías y negras. ¿Por qué crees que vine al sur con Stiv, Hali y el resto de aquellos idiotas? Mance cree que puede luchar, es un encanto, pero tan testarudo... como si los caminantes blancos no fueran más que exploradores. ¿Qué sabrá él? Se llena la boca diciendo que es el Rey-más-allá-del-Muro, pero no es más que otro cuervo viejo que huyó de la Torre Sombría. Nunca ha probado el invierno. Yo nací allí arriba, chico, igual que mi madre, y la madre de mi madre, y también su madre. Nací del Pueblo Libre. Nosotros recordamos. —Osha se levantó, sus cadenas tintinearon—. Intenté decírselo a tu señor hermano. Ayer mismo, cuando lo vi en el patio. Lo llamé «Mi señor Stark», toda respetuosa. Pero él me miró como si no me viera, y ese gordo sudoroso, Gran Jon Umber, me apartó a un lado de un manotazo. Pues como quiera. Llevaré grilletes y cerraré la boca. El hombre que no quiere escuchar no puede oír.
—Cuéntamelo a mí. Robb me escuchará, estoy seguro.
—¿De verdad? Ya veremos. Pues dile esto, mi señor: dile que va a marchar en la dirección que no debe. Tendría que llevar sus espadas hacia el norte, no hacia el sur. ¿Me entiendes?
Bran asintió.
—Se lo diré.
Pero aquella noche, durante el banquete del Salón Principal, Robb no estuvo presente. Hizo que le llevaran la cena a sus habitaciones para tomarla con Lord Rickard, el Gran Jon y otros señores vasallos, con intención de ultimar los planes para la larga marcha que los esperaba. A Bran le correspondía ocupar su puesto en la cabecera de la mesa, y actuar como anfitrión para los hijos de Lord Karstark y sus honorables amigos. Ya estaban todos en sus sitios cuando Hodor entró con Bran en la espalda y se arrodilló ante el asiento más elevado. Dos criados lo sacaron de la cesta. Bran sentía los ojos de todos los desconocidos clavados en él. Se había hecho un gran silencio.
—Mis señores —anunció Hallis Mollen—, Brandon Stark, de Invernalia.
—Os doy la bienvenida junto a nuestros hogares encendidos —dijo Bran, con rigidez—, y os ofrezco pan y aguamiel en nombre de nuestra amistad.
Harrion Karstark, el mayor de los hijos de Lord Rickard, hizo una reverencia, y sus hermanos lo imitaron. Pero, a medida que se iban sentando, oyó por encima del estrépito de las copas que los dos más jóvenes hacían comentarios. «... antes la muerte que vivir así», dijo uno, el que se llamaba igual que su padre, Eddard. Y su hermano Torrhen le respondió que probablemente el chico estaba tan roto por dentro como por fuera, y tenía miedo de quitarse la vida.
«Roto», pensó Bran con amargura. Agarró el cuchillo por fuerza. ¿Eso era? ¿Bran el Roto?
—No quiero estar roto —susurró furioso al maestre Luwin, sentado a su derecha—. Quiero ser caballero.
—A veces a los de nuestra orden nos llaman caballeros del pensamiento —replicó Luwin—. Eres un muchacho muy inteligente cuando quieres, Bran. ¿Has pensado alguna vez que podrías lucir una cadena de maestre? Aprenderías infinidad de cosas.
—Quiero aprender magia —dijo Bran—. El cuervo me prometió que volaría.
—Puedo enseñarte historia —dijo el maestre Luwin con un suspiro—, curación, las propiedades de las hierbas... Puedo enseñarte el lenguaje de los pájaros, y a construir un castillo, y a guiarte por las estrellas como hacen los marineros con sus barcos. Puedo enseñarte a medir los días y a marcar las estaciones, y en la Ciudadela de Antigua aprenderías mil cosas más. Pero no, Bran. Nadie te puede enseñar magia.
—Los niños sí podrían —replicó Bran—. Los niños del bosque. —Entonces recordó la promesa que había hecho a Osha en el bosque de dioses, y se lo contó todo a Luwin.
—Me parece que esa salvaje cuenta cuentos mejor que la Vieja Tata —dijo el maestre cuando Bran hubo terminado, después de escucharlo con educación—. Si quieres volveré a hablar con ella, pero será mejor que no molestes a tu hermano con esas tonterías. Tiene muchas preocupaciones, no le hace ninguna falta pensar en gigantes y hombres muertos que rondan por ahí. Los que tienen a tu padre son los Lannister, Bran, no los niños del bosque. —Le puso una mano en el brazo con gesto amable—. Piensa en lo que te he dicho, muchacho.
Y dos días más tarde, bajo la luz rojiza del amanecer, Bran estaba en el patio, en la puerta de la muralla, sujeto con correas a Bailarina, para despedir a su hermano.
—Ahora eres el señor de Invernalia —le dijo Robb. Iba a lomos de un semental gris de crines hirsutas. De la silla del caballo colgaba su escudo, de madera con refuerzos de hierro, blanco y gris, con el blasón del lobo huargo. Vestía una cota de mallas color gris sobre las prendas de cuero, de la cintura le colgaban una espada y una daga, y se cubría los hombros con una capa ribeteada en piel—. Tendrás que ocupar mi lugar, igual que yo ocupé el de mi padre, hasta que volvamos a casa.
—Lo sé —dijo Bran con tristeza. Jamás se había sentido tan solo y tan asustado. No sabía qué hacer para ser un señor.
—Atiende los consejos del maestre Luwin, y cuida bien de Rickon. Dile que volveré en cuanto acabe la batalla.
Rickon se había negado a bajar. Estaba en su habitación, con los ojos enrojecidos, desafiante.
«¡No! —había gritado cuando Bran le preguntó si no quería ir a decir adiós a Robb—. ¡No adiós!»
—Ya se lo he dicho —suspiró Bran—. Dice que nadie vuelve.
—No puede comportarse como un crío eternamente. Es un Stark, y tiene casi cuatro años. —Robb suspiró—. En fin, madre no tardará en volver. Y yo traeré a padre, te lo prometo.
Espoleó el caballo y se alejó al trote seguido por Viento Gris, delgado y veloz. Hallis Mollen los precedió a través de la puerta, con el estandarte blanco de la Casa Stark ondeando al viento. Theon Greyjoy y el Gran Jon iban cada uno a un lado de Robb, y sus caballeros formaron una doble columna tras ellos, mientras el sol arrancaba reflejos de las puntas de acero de las lanzas.
Recordó, inquieto, las palabras de Osha: «Va a marchar en la dirección que no debe». Por un momento sintió deseos de galopar en pos de él y avisarle, pero entonces Robb desapareció bajo el rastrillo, y la ocasión se esfumó.
Al otro lado de los muros del castillo resonó un clamor. Los soldados de a pie y los habitantes de la ciudad aclamaban a Robb cuando pasaba junto a ellos. Aclamaban a Lord Stark, al señor de Invernalia, a lomos de su gran corcel, con la capa ondeando al viento y Viento Gris corriendo a su lado. Bran, dolido, comprendió que a él nunca lo aclamarían así. La ausencia de su padre y de su hermano lo convertía en el señor de Invernalia, pero seguía siendo Bran el Roto. Ni siquiera podía bajarse solo del caballo.
Cuando los gritos y aclamaciones se fueron acallando, y el patio quedó al fin desierto, Invernalia le pareció un lugar abandonado y muerto. Bran examinó los rostros de los que quedaban allí, mujeres, niños y ancianos... y Hodor. El enorme mozo de cuadras tenía una expresión asustada en el rostro.
—¿Hodor? —dijo con tristeza.
—Hodor —asintió Bran, preguntándose qué significaría aquello.
DAENERYS
Cuando hubo obtenido placer, Khal Drogo se levantó de las mantas de dormir, imponente como un torreón. La luz rojiza de los braseros le arrancaba destellos de la piel oscura como el bronce, y destacaba las líneas tenues de antiguas cicatrices en el pecho amplio. El pelo suelto, negro como la tinta, le caía sobre los hombros y por la espalda, más allá de la cintura. Su miembro tenía un brillo húmedo. El khal tenía los labios fruncidos bajo los largos bigotes.
—El semental que monta el mundo no necesita sillas de hierro.
Dany se incorporó sobre un codo para mirarlo, tan alto, tan magnífico. Lo que más le gustaba era su cabello. Nunca se lo había cortado, porque no conocía la derrota.
—La profecía dice que el semental cabalgará hasta los confines de la tierra —dijo.
—La tierra termina en el mar de sal negra —replicó Drogo al instante. Mojó un paño en un barreño de agua tibia para limpiarse el sudor y el aceite de la piel—. Caballo no puede cruzar agua envenenada.
—En las Ciudades Libres hay miles de barcos —le dijo Dany, como tantas veces antes—. Caballos de madera con cien patas, que vuelan sobre el mar con alas llenas de viento.
—No hablaremos más de caballos de madera y sillas de hierro. —Khal Drogo no quería oír hablar de aquello. Soltó el paño y empezó a vestirse—. Hoy iré a la hierba a cazar, mujer esposa —anunció mientras se ponía un chaleco pintado y se abrochaba un cinturón ancho, hecho de medallones de plata, oro y bronce.
—Sí, mi sol y estrellas —dijo Dany.
Drogo y sus jinetes de sangre iban a cabalgar en busca del hrakkar, el gran león blanco de las llanuras. Si regresaban triunfantes, su señor esposo estaría de excelente humor, y quizá entonces la escuchara.
Él no temía a las bestias salvajes, ni a ningún hombre que respirase, pero el mar era otra cosa. Para los dothrakis, el agua que los caballos no podían beber era agua contaminada; las llanuras ondulantes y verdosas del océano les inspiraban una repulsión supersticiosa. Drogo era más audaz que cualquier otro señor de los caballos en casi todos los sentidos... pero no en aquél. Si ella consiguiera subirlo a un barco...
Cuando el khal y sus jinetes de sangre se marcharon con sus arcos, Dany llamó a las doncellas. Se sentía tan gruesa y torpe que agradecía la ayuda de sus manos fuertes y hábiles, cuando en el pasado la había incomodado su manera de revolotear en torno a ella. La limpiaron bien, y la vistieron con sedas sueltas y vaporosas. Mientras Doreah le cepillaba el cabello, envió a Jhiqui a buscar a Ser Jorah Mormont.
El caballero acudió al instante. Llevaba polainas de piel de caballo y chaleco pintado, como cualquier otro jinete. Tenía el pecho amplio y los brazos musculosos cubiertos de vello negro.
—Princesa mía —dijo—. ¿En qué puedo serviros?
—Quiero que habléis con mi señor esposo —dijo Dany—. Drogo dice que el semental que monta el mundo gobernará sobre todas las tierras, y no tendrá por qué cruzar las aguas envenenadas. Habla de llevar el khalasar al este cuando nazca Rhaego, para saquear las tierras que rodean el mar de Jade.
—El khal no ha visto jamás los Siete Reinos —dijo al final el caballero, que se había quedado pensativo—. Para él no significan nada. Si alguna vez piensa en ellos, sin duda los imagina como islas, como unas cuantas ciudades pequeñas erigidas sobre rocas, como Lorath o Lys, y rodeadas de mares tormentosos. Las riquezas del este le parecen una perspectiva más tentadora.
—Pero debe ir hacia el oeste —insistió Dany, desesperada—. Por favor, ayudadme, tengo que hacer que lo entienda.
Ella nunca había visto los Siete Reinos, igual que Drogo, pero sentía que los conocía tras escuchar todas las historias que le contara su hermano. Viserys le había prometido mil veces que algún día la llevaría allí. Pero estaba muerto, y sus promesas habían muerto con él.
—Los dothrakis hacen las cosas cuando creen conveniente, y por los motivos que consideran convenientes —respondió el caballero—. Tened paciencia, princesa. No cometáis el mismo error que vuestro hermano. Volveremos a nuestro hogar, os lo prometo.
¿Hogar? Aquella palabra la entristecía. Ser Jorah tenía su Isla del Oso, pero, ¿cuál era el hogar para ella? Unas cuantas historias, nombres recitados con la solemnidad de una plegaria, el recuerdo cada vez más lejano de una puerta roja... ¿sería Vaes Dothrak su hogar para siempre? Cuando miraba a las viejas del dosh khaleen, ¿estaba contemplando su futuro?
Ser Jorah debió de advertir la tristeza en su rostro.
—Durante la noche ha llegado una gran caravana, khaleesi. Cuatrocientos caballos que vienen de Pentos, pasando por Norvos y por Qohor, bajo el mando del capitán mercante Byan Votyris. Puede que Illyrio haya enviado alguna carta. ¿Queréis ir al Mercado Occidental?
—Sí —dijo Dany animada—. Me encantaría. —Los mercados cobraban vida siempre que llegaba una caravana. Nunca se sabía qué tesoros llevaban los mercaderes, y le gustaría volver a oír hablar en valyriano, como en las Ciudades Libres—. Irri, que me preparen una litera.
—Avisaré a vuestro khas —dijo ser Jorah, al tiempo que se retiraba.
Si Khal Drogo hubiera estado con ella, Dany habría ido montada en la plata. Las madres dothrakis iban a caballo casi hasta el momento del parto, y ella no quería parecer débil a los ojos de su esposo. Pero el khal estaba de caza, y era agradable tumbarse sobre cojines suaves y dejarse llevar por Vaes Dothrak bajo cortinas rojas que la protegían del sol. Ser Jorah montó y cabalgó junto a ella, con los cuatro jóvenes de su khas y las doncellas.
Era un día cálido y sin nubes, el cielo tenía un profundo color azul. Cuando soplaba el viento, le traía los olores deliciosos de la tierra y la hierba. La litera pasó bajo los monumentos robados, que proyectaban sombras en el camino. Dany examinó los rostros de los héroes muertos y los reyes olvidados. Se preguntó si los dioses de las ciudades quemadas aún escuchaban plegarias.
«Si no fuera de la sangre del dragón —meditó con melancolía—, esto podría ser mi hogar.» Era la khaleesi, tenía un hombre fuerte y un caballo rápido, doncellas que la servían, guerreros que la protegían y un lugar de honor reservado en el dosh khaleen para cuando se hiciera vieja... y en su vientre crecía un hijo que algún día dominaría el mundo. Cualquier mujer se conformaría con eso. Pero el dragón, no. Tras la muerte de Viserys, Daenerys era la última, no quedaba nadie más. Ella era la semilla de reyes y conquistadores, igual que el niño que llevaba dentro. No debía olvidarlo jamás.
El Mercado Occidental era una gran plaza de tierra batida, rodeada de edificaciones de ladrillo de barro cocido, establos para animales y tabernas encaladas. En el suelo sobresalían prominencias, como los dorsos de grandes bestias subterráneas, fauces negras abiertas que llevaban a cavernas inmensas, muy frescas, que servían como almacenes. El centro de la plaza era un laberinto de tenderetes y pasadizos retorcidos, con un entoldado de hierba trenzada.
Cuando llegaron había un centenar de mercaderes y comerciantes descargando mercancías e instalando tenderetes, pero aun así el inmenso mercado parecía silencioso y desierto en comparación con los populosos bazares que Dany recordaba de Pentos y de otras Ciudades Libres. Ser Jorah le había explicado que las caravanas llegaban a Vaes Dothrak procedentes del este y del oeste, pero no tanto para vender cosas a los dothrakis como para comerciar entre ellos. Los jinetes los dejaban ir y venir sin molestarlos, siempre que respetaran la paz de la ciudad sagrada, no profanaran la Madre de las Montañas ni el Vientre del Mundo, y honraran a las viejas del dosh khaleen con los tradicionales regalos de sal, plata y semillas. Los dothrakis no acababan de comprender aquello de la compra y la venta.
A Dany le gustaba el exotismo del Mercado Oriental, con sus extrañas formas, sonidos y olores. Solía pasar allí muchas mañanas, mordisqueando huevos de árbol, empanadas de saltamontes y fideos verdes, escuchando las voces agudas y ululantes de los vendedores de pócimas, contemplando las manticoras en sus jaulas de plata, los inmensos elefantes grises y los caballos con rayas blancas y negras de Jogos Nhai. También le gustaba observar a los que pasaban: los asshai'i morenos y solemnes, los qartheen altos y pálidos, los hombres de Yi Ti, con ojos brillantes y sombreros con colas de mono, las doncellas guerreras de Bayasabhad, Shamyriana y Kayakayanaya, con anillos de hierro en los pezones y rubíes en las mejillas, y hasta los severos y aterradores Hombres Sombríos, que se llenaban de tatuajes el pecho, los brazos y las piernas, y ocultaban los rostros detrás de máscaras. El Mercado Oriental era, para Dany, un lugar lleno de magia y maravillas.
En cambio, el Mercado Occidental olía a hogar.
Cuando Irri y Jhiqui la ayudaron a bajarse de la litera, olfateó el aire y reconoció los olores penetrantes del ajo y la pimienta, aromas que recordaron a Dany los días lejanos en los callejones de Tyrosh y Myr, y la hicieron sonreír. Por debajo de aquellos olores le llegó también el de los perfumes dulces y embriagadores de Lys. Vio esclavos que transportaban rollos de intrincado encaje de Myr y de lanas finas en una docena de colores vivos. Los guardias de la caravana vagaban por los pasillos entre los tenderetes con cascos de cobre y túnicas hasta la rodilla de algodón amarillo acolchado, con las vainas de las espadas vacías colgadas de los cinturones de cuero. Tras uno de los tenderetes, un armero exhibía corazas de acero con ornamentos de oro y plata, y yelmos trabajados para darles forma de cabezas de animales. Junto a él había una joven hermosa que vendía joyería de oro de Lannisport, anillos, broches, torques, y medallones exquisitamente labrados perfectos para hacer cinturones. Vigilaba el tenderete un corpulento eunuco, calvo y mudo, vestido con ropas de terciopelo empapadas de sudor, que miraba con el ceño fruncido a todo el que se acercaba. Al otro lado del pasillo había un grueso comerciante de tejidos de Yi Ti, que regateaba con un pentoshi por el precio de un tinte verde. La cola de mono de su sombrero se movía de un lado al otro cada vez que sacudía la cabeza.
—De pequeña me encantaba jugar en el bazar —contó Dany a Ser Jorah mientras deambulaban por el pasillo sombreado entre los tenderetes—. Aquello estaba tan vivo... tantas personas gritando y riendo, tantas cosas maravillosas a la vista... aunque rara vez teníamos dinero para comprar nada. Bueno, excepto una salchicha de cuando en cuando, o dedos de miel... ¿en los Siete Reinos hay dedos de miel como los que preparan en Tyrosh?
—Son unos pastelillos, ¿verdad? No sabría deciros, princesa. —Hizo una reverencia—. Si me disculpáis un instante, voy a ver al capitán, por si trae cartas para nosotros.
—Muy bien. Os ayudaré a buscarlo.
—No hace falta que os molestéis. —Ser Jorah apartó la vista, nervioso—. Disfrutad del mercado. Me reuniré con vos en cuanto termine con este asunto.
«Qué curioso», pensó Dany mientras veía cómo se alejaba a zancadas entre la muchedumbre. No entendía por qué no quería que lo acompañara. Quizá Ser Jorah quisiera buscar una mujer después de hablar con el capitán mercante. A menudo, con las caravanas viajaban algunas prostitutas, eso sí lo sabía, y a algunos hombres les daba vergüenza que se vieran sus relaciones. Se encogió de hombros.
—Vamos —dijo Dany a los demás y reanudó el paseo por el mercado, seguida por sus doncellas—. ¡Oh, mirad! —exclamó dirigiéndose a Doreah—. A esas salchichas me refería. —Señaló en dirección a un tenderete, tras el que una mujercita arrugada asaba carne y cebollas sobre una piedra caliente—. Las preparan con mucho ajo y chiles picantes. —Encantada con su descubrimiento, Dany insistió en que todos probaran las salchichas. Las doncellas devoraron las suyas entre sonrisas y risitas, aunque los hombres de su khas olisquearon la carne con desconfianza—. El sabor es diferente al que recordaba —dijo Dany tras los primeros mordiscos.
—En Pentos las preparo con cerdo —dijo la anciana—, pero todos mis puercos murieron en el mar dothraki. Éstas son de carne de caballo, khaleesi, pero las condimento igual.
—Vaya —suspiró Dany, decepcionada.
En cambio a Quaro le gustó tanto la salchicha que se comió otra, y Rakharo, para superarlo, se comió tres más, tras lo cual eructó de manera sonora. Dany se echó a reír.
—No os oíamos reír desde que Drogo coronó a vuestro hermano, el Khal Raggat —dijo Irri—. Me alegra veros así, khaleesi.
Dany sonrió con timidez. A ella también le gustaba reír. Volvía a sentirse casi una niña.
Dedicaron media mañana a recorrer el mercado. Vio una hermosa capa con plumas que venía de las Islas del Verano y se la regalaron. Ella a cambio dio al mercader un medallón de plata de su cinturón. Era la costumbre entre los dothrakis. Un vendedor de pájaros enseñó a un loro verde y rojo a decir su nombre, y Dany volvió a reírse, pero no se lo llevó. ¿Qué podía hacer con un loro verde y rojo en un khalasar? En cambio sí cogió una docena de botellitas de aceites perfumados, los aromas de su infancia; sólo tenía que cerrar los ojos y olerlos, y volvía a ver la casa grande de la puerta roja. Doreah miró con ojos ansiosos un amuleto de fertilidad en el tenderete de un mago, y Dany lo cogió para ella, pensando que luego tendría que buscar algo también para Irri y Jhiqui.
Al doblar una esquina se encontraron con un mercader que ofrecía diminutos vasitos de su mercancía a los transeúntes.
—Tintos dulces —proclamaba en excelente dothraki—. Tengo tintos dulces, de Lys, de Volantis y del Rejo. Blancos de Lys, coñac de peras de Tyrosh, vino de fuego, vino de pimienta, néctares verdes de Myr. Cosechas de bayas ahumadas y agrios de Andal, tengo de todo, tengo de todo. —Era un hombrecillo menudo, esbelto y atractivo, con el cabello rubio rizado y perfumado a la moda de Lys. Cuando Dany se detuvo ante su puesto, hizo una profunda reverencia—. ¿Quiere probar algo la khaleesi? Tengo un tinto dulce de Dorne, mi señora, su sabor canta a ciruelas, a cerezas y a roble oscuro. ¿Un barril, una copa, un traguito? Después de probarlo le pondréis mi nombre a vuestro hijo.
—Mi hijo ya tiene nombre, pero probaré vuestro vino veraniego —dijo Dany, sonriente, en valyriano, en el valyriano que se hablaba en las Ciudades Libres. Las palabras le salieron con dificultad, hacía mucho tiempo que no hablaba el idioma—. Sólo un traguito, si sois tan amable.
Seguramente el mercader la había tomado por dothraki, en vista de las ropas que llevaba, el pelo aceitado y la piel bronceada por el sol. La miró, atónito.
—Mi señora, ¿sois... de Tyrosh? ¿Es posible?
—Puede que hable como los tyroshis, y que mi atuendo sea dothraki, pero soy occidental, de los Reinos del Poniente —le respondió Dany.
—Tenéis el honor de hablar con Daenerys de la Casa Targaryen —dijo Doreah adelantándose hasta situarse junto a ella—, Daenerys de la Tormenta, khaleesi de los jinetes y princesa de los Siete Reinos.
—Princesa —dijo el comerciante de vinos poniéndose de rodillas e inclinando la cabeza.
—Levantaos —le ordenó Dany—. Sigo queriendo probar ese vino veraniego del que hablabais.
—¿Ése? —El hombre se levantó—. Una porquería de Dorne. No es digno de una princesa. Tengo un tinto seco del Rejo, tostado y delicioso. Permitid que os lo regale.
—Me honráis, ser —murmuró con voz dulce. En las visitas de Khal Drogo a las Ciudades Libres, su esposo se había aficionado a los buenos vinos, y sabía que aquella cosecha tan noble lo complacería.
—El honor es mío. —El comerciante rebuscó en la parte trasera del tenderete, y volvió con un barrilito de roble. Llevaba grabado en fuego un racimo de uvas—. El blasón de los Redwyne —dijo—, del Rejo. No hay bebida mejor.
—Khal Drogo y yo lo tomaremos juntos. Aggo, pon esto en mi litera, por favor. —El comerciante de vinos sonrió de oreja a oreja cuando el dothraki cogió el barrilito.
Dany no se dio cuenta de que Ser Jorah había regresado hasta que oyó su voz.
—No. —Tenía un tono extraño, brusco—. Aggo, deja ese barril aquí. —Aggo miró a Dany. Ella asintió, titubeante.
—¿Sucede algo, Ser Jorah?
—Tengo sed. Ábrelo, mercader.
—El vino es para la khaleesi, ser —replicó el comerciante con el ceño fruncido—, no para personas como vos.
—Si no lo abres ahora mismo —dijo Ser Jorah acercándose más al puesto—, lo abriré yo. Con tu cabeza. —No llevaba armas, estaban en la ciudad sagrada, sólo tenía sus manos... pero con las manos le bastaba: eran grandes, duras, peligrosas, con los nudillos cubiertos de vello negro. El mercader titubeó un momento, cogió el martillo y rompió el tapón del barrilito—. Sirve —ordenó Ser Jorah.
Los cuatro jóvenes guerreros del khas de Dany se situaron tras él, con el ceño fruncido, y lo miraron fijamente con los ojos oscuros y almendrados.
—Sería un crimen beber un vino como éste sin dejar que se airease —dijo el comerciante de vinos que no había soltado aún el martillo.
—Haz lo que dice Ser Jorah —ordenó Dany. Jhogo se había llevado la mano al látigo, pero ella lo detuvo con un leve toque en el brazo. La gente empezaba a pararse para mirar.
—Como ordene la princesa —dijo el hombrecillo dirigiéndole una mirada rápida y hosca. Tuvo que soltar el martillo para coger el barrilito. Sirvió dos vasitos de cata diminutos, con tanta habilidad que no se derramó ni una gota.
Ser Jorah cogió uno y olfateó el vino con el ceño fruncido.
—Dulce, ¿eh? —comentó el mercader con una sonrisa—. ¿Captáis el olor afrutado, ser? Es el perfume del Rejo. Probadlo, mi señor, y decidme si no es el mejor vino, el más delicioso que haya llegado a vuestra boca.
—Pruébalo tú primero —dijo Ser Jorah ofreciéndole el vaso.
—¿Yo? —El hombrecillo se echó a reír—. Yo no soy digno de una cosecha como ésta, mi señor. Y mal comerciante de vinos es aquel que bebe sus mejores caldos. —Su sonrisa era amistosa, pero Dany vio que tenía la frente perlada de sudor.
—Vas a beber —dijo Dany, fría como el hielo—. Apura el vaso, o diré que te sujeten mientras Ser Jorah te vacía el barril entero en el gaznate.
El vendedor de vinos se encogió de hombros, extendió la mano para coger el vaso... y en su lugar agarró el barrilito, y lo lanzó contra ella con todas sus fuerzas. Ser Jorah se tiró contra ella para apartarla de la trayectoria. El barrilito le dio en el hombro, y fue a estrellarse contra el suelo. Dany se tambaleó y perdió el equilibrio.
—¡No! —gritó, echando los brazos hacia adelante para amortiguar la caída...
... y Doreah la agarró por el brazo y tiró de ella hacia atrás, de manera que cayó sobre las rodillas, no sobre el vientre.
El mercader saltó por encima del tenderete y trató de huir entre Aggo y Rakharo. Quaro echó mano del arakh que no llevaba cuando el hombrecillo rubio lo empujó para pasar. Corrió por el pasillo entre las tiendas. Dany oyó el restallar del látigo de Jhogo y vio cómo la serpiente de cuero se enroscaba en torno a la pierna del comerciante, que cayó de bruces.
Una docena de guardias de la caravana corrieron hacia ellos. Al frente iba su jefe, el capitán mercante Byan Votyris, un menudo norvoshi con piel como el cuero viejo y bigotes azulados que le llegaban hasta las orejas. Pareció entender qué pasaba sin que nadie dijera ni palabra.
—Llevaos a éste para que el khal disponga de él —ordenó, señalando al hombre caído. Dos de los guardias pusieron al hombre en pie—. Sus bienes son vuestros, princesa —siguió el capitán mercante—. Es poca compensación, ya que ha sido uno de mis hombres quien ha intentado semejante cosa.
Doreah y Jhiqui ayudaron a Dany a ponerse en pie. El vino envenenado se seguía derramando en la tierra.
—¿Cómo lo supisteis? —preguntó temblorosa a Ser Jorah—. ¿Cómo?
—No lo supe hasta que ese hombre se negó a beber, khaleesi. Pero, tras leer la carta del magíster Illyrio, me temía algo. —Los ojos oscuros escudriñaron los rostros de los desconocidos que los rodeaban en el mercado—. Vámonos. Es mejor no hablar aquí.
Dany estaba al borde de las lágrimas. Volvía a tener en la boca un sabor conocido, el del miedo. El miedo a Viserys que la había dominado durante años, el miedo a despertar al dragón. Aquello era todavía peor. No sólo temía por ella misma, sino también por el bebé. Éste debió de percibir su inquietud, porque se movía intranquilo en su interior. Dany se acarició el vientre, deseando poder tocarlo, calmarlo.
—Eres de la sangre del dragón, pequeño —susurró mientras la litera se mecía, con las cortinas echadas—. Eres de la sangre del dragón, y el dragón no tiene miedo.
Una vez en la caverna subterránea que era su hogar en Vaes Dothrak, Dany ordenó que la dejaran a solas con Ser Jorah.
—Decidme —ordenó al tiempo que se acomodaba sobre los cojines—, ¿ha sido el Usurpador?
—Sí. —El caballero le mostró un pergamino doblado—. Una carta para Viserys, del magíster Illyrio. Robert Baratheon ofrece tierras y un título de lord por vuestra muerte o la de vuestro hermano.
—¿La de mi hermano? —Su sollozo fue casi una carcajada—. No lo sabe aún, ¿eh? El Usurpador tendrá que nombrar lord a Drogo. —Ahora la carcajada fue casi un sollozo. Se estrechó el vientre con gesto protector—. Y a mí. ¿Sólo a mí?
—A vos y a vuestro hijo —dijo Ser Jorah, sombrío.
—No. No hará daño a mi hijo. —Se prometió que no lloraría. Que no temblaría de miedo.
«El Usurpador ha despertado al dragón», se dijo... y desvió la mirada hacia los huevos de dragón, que reposaban en sus nidos de terciopelo. La luz titubeante de la lámpara arrancaba destellos de las escamas pétreas, como chispas de jade, de rubí, de oro.
¿Fue una locura nacida del miedo lo que la dominó en aquel momento? ¿O tal vez una extraña sabiduría, enterrada en su sangre? Dany no habría sabido decirlo.
—Ser Jorah, encended el brasero —se oyó decir.
—¿Khaleesi? —El caballero la miró, extrañado—. Hace mucho calor. ¿Estáis segura?
—Sí. —Dany jamás había estado tan segura de nada—. Siento... siento escalofríos. Encended el brasero.
—A vuestras órdenes —dijo el caballero con una reverencia. Cuando el fuego estuvo encendido, Dany despachó a Ser Jorah. Para lo que iba a hacer necesitaba estar sola.
«Esto es una locura —se dijo al tiempo que cogía el huevo negro y escarlata—. Se romperá y arderá, y es tan hermoso... Ser Jorah pensará que soy tonta por estropearlo, pero... pero...»
Acunó el huevo entre las manos, lo llevó ante el brasero y lo puso sobre los carbones al rojo. Las escamas negras parecieron brillar al absorber el calor. Las llamas lamieron la piedra con diminutas lenguas rojas. Dany colocó los otros dos huevos junto al negro, sobre el fuego. Se alejó del brasero y contuvo la respiración.
Se quedó mirando hasta que las ascuas se convirtieron en cenizas. Algunas chispas flotaron en torno a los huevos, y el calor dibujaba ondulaciones sobre ellos. Nada más.
«Vuestro hermano Rhaegar fue el último dragón», le había dicho Ser Jorah. Dany contempló los huevos con tristeza. ¿Qué había esperado? Los huevos habían estado vivos hacía mil años, pero ya no eran más que piedras hermosas. De ellos no saldría jamás un dragón. Un dragón era aire y fuego. Carne viva, no piedra muerta.
Cuando Khal Drogo regresó, el brasero volvía a estar frío. Cohollo llevaba por las riendas un caballo cargado con el cuerpo de un gran león blanco. Las estrellas empezaban a brillar en el cielo. El khal se bajó de su semental entre carcajadas y mostró a Dany los arañazos en la pierna, allí donde las garras del hrakkar habían traspasado el tejido de las polainas.
—Te haré una capa con su piel, luna de mi vida —juró.
Las risas cesaron cuando Dany le contó lo que había sucedido en el mercado. Khal Drogo se quedó en silencio.
—Este envenenador ha sido el primero —le advirtió Ser Jorah Mormont—, pero no será el último. Muchos hombres arriesgarían lo que fuera por un título de lord.
—Ese vendedor de venenos huyó de la luna de mi vida —dijo al final Drogo, después de estar un rato en silencio—. Ahora correrá tras ella. Eso hará. Jhogo, Jorah el Ándalo, a cada uno de vosotros os digo esto, elegid cualquiera de mis caballos, y será vuestro. Cualquiera excepto el mío y la plata que fue mi regalo a la luna de mi vida. Eso os obsequio por lo que habéis hecho.
»Y a Rhaego hijo de Drogo, el semental que montará el mundo, a él también le prometo un regalo. A él le entregaré esa silla de hierro en la que se sentaba el padre de su madre. A él le entregaré los Siete Reinos. Eso haré yo, Drogo, khal. —Alzó la voz y levantó el puño hacia el cielo—. Llevaré mi khalasar hacia el oeste, adonde termina el mundo, montaré en los caballos de madera que cruzan el agua de sal negra, como ningún otro khal ha hecho antes. Mataré a los hombres de los vestidos de hierro y derribaré sus casas de piedra. Violaré a sus mujeres, tomaré a sus hijos como esclavos, y traeré sus dioses a Vaes Dothrak para que se inclinen bajo la Madre de las Montañas. Lo juro yo, Drogo, hijo de Bharbo. Lo juro ante la Madre de las Montañas, las estrellas son testigo.
El khalasar partió de Vaes Dothrak dos días después, hacia el sudoeste, por las llanuras. Khal Drogo iba a la cabeza, a lomos de su garañón rojizo. Daenerys iba a su lado, montada en la plata. El vendedor de vinos corría tras ellos, desnudo, a pie, encadenado por la garganta y las muñecas. Las cadenas iban atadas al cabestro de la plata de Dany. Mientras montara, tendría que correr tras ella, descalzo y tambaleante. No le sucedería nada... mientras mantuviera su ritmo.
CATELYN
Estaban demasiado lejos para distinguir los blasones con claridad, pero pese a la niebla alcanzó a ver que eran blancos y con una mancha oscura en el centro, que sólo podía ser el lobo huargo de los Stark, gris sobre campo de hielo. Catelyn tiró de las riendas e inclinó la cabeza para decir una plegaria de agradecimiento. Los dioses eran bondadosos. No llegaba demasiado tarde.
—Aguardan nuestra llegada, mi señora —dijo Ser Wylis Manderly—, como mi señor padre juró que haría.
—Pues no los hagamos esperar más, ser.
Ser Brynden Tully picó espuelas y emprendió el trote hacia los estandartes. Catelyn cabalgó a su lado.
Ser Wylis y su hermano, Ser Wendel, los siguieron junto con su ejército, unos quinientos hombres: veintitantos caballeros con sus correspondientes escuderos, doscientos lanceros, espadachines y jinetes libres a caballo, y el resto a pie, armados con lanzas, picas y tridentes. Lord Wyman se había quedado atrás para encargarse de la defensa de Puerto Blanco. Tenía casi sesenta años, y había engordado demasiado para montar a caballo.
—Si hubiera pensado que volvería a ver una guerra, no habría comido tantas anguilas —había dicho a Catelyn cuando llegó a su barco, al tiempo que se palmeaba el enorme vientre con ambas manos. Tenía los dedos rollizos como salchichas—. Pero mis chicos os llevarán a salvo junto a vuestro hijo, no temáis.
Sus «chicos» eran ambos mayores que Catelyn, y ella habría preferido que no fueran tan parecidos a su padre. A Ser Wylis sólo le faltaban unas cuantas anguilas para no poder montar a caballo; el pobre animal inspiraba compasión. Ser Wendel, el chico más joven, habría sido el hombre más grueso del mundo si no existieran su padre y su hermano. Wylis era silencioso y formal, Wendel escandaloso y bullicioso; ambos lucían llamativos bigotes de morsa y cabezas tan peladas como el trasero de un bebé; y por lo visto ninguno de los dos tenía una prenda de vestir que no estuviera llena de manchas de comida. Pero le caían bien. La habían llevado junto a Robb, como su padre juró que harían, y eso era lo único que importaba.
Se alegró de ver que su hijo había enviado exploradores incluso en dirección este. Los Lannister, cuando llegaran, lo harían procedentes del sur, pero estaba bien que Robb fuera cauteloso.
«Mi hijo lleva un ejército a la guerra», pensó sin terminar de creérselo. Tenía miedo por él y por Invernalia, pero no podía negar que también sentía cierto orgullo. Hacía un año Robb era un niño. ¿Qué sería en aquel momento?
Los jinetes de la avanzadilla vieron el blasón de los Manderly, el tritón con tridente en la mano surgiendo de un mar azul verdoso, y los saludaron con alegría. Los guiaron hasta terreno elevado y seco donde podrían montar el campamento. Ser Wylis dio orden de detener la columna, y se quedó atrás con sus hombres para encargarse de que se encendieran las hogueras y se atendiera a los caballos, mientras que su hermano Wendel siguió con Catelyn y su tío para presentar al señor los respetos de su padre.
El terreno que pisaban los cascos de los caballos era blando y húmedo. Pasaron entre hogueras encendidas con turba, hileras de caballos, y carromatos cargados con carne salada y galletas de rancho. En un saliente rocoso algo elevado vieron el pabellón de lona de un señor. Catelyn reconoció el estandarte, el alce macho de los Hornwood, marrón sobre campo naranja oscuro.
Más allá, entre las nieblas, divisó las torres y los muros de Foso Cailin... o lo que quedaba de ellos. Había bloques inmensos de basalto, todos tan grandes como una casa, dispersos como los juguetes de un niño, medio hundidos en el suelo blando y pantanoso. De la muralla, que había sido tan alta como la de Invernalia, no quedaba nada. Las edificaciones de madera habían desaparecido, se habían podrido mil años atrás, sin dejar ni un rastro que hablara de su existencia. De lo que había sido la fortaleza de los primeros hombres sólo quedaban tres torres... y, si las leyendas eran ciertas, habían sido veinte.
La Torre de la Entrada parecía bastante sólida, incluso quedaban restos de muralla a ambos lados. La Torre del Borracho, en el pantano, en el punto donde en el pasado se unieran los muros sur y oeste, estaba inclinada como un hombre a punto de vomitar el vino bebido en exceso. Y la Torre de los Niños, alta y esbelta, donde según la leyenda los niños del bosque pidieron a sus dioses sin nombre que enviaran el martillo de las aguas, tenía la parte superior destruida. Era como si una bestia enorme hubiera arrancado de un mordisco las almenas, para luego escupirlas trituradas por el pantano. Las tres torres estaban cubiertas de musgo. Entre las piedras al norte de la Torre de la Entrada crecía un árbol. De sus ramas retorcidas colgaban jirones de piel de fantasma.
—Los dioses se apiaden de nosotros —exclamó Ser Brynden al ver aquel espectáculo—. ¿Esto es Foso Cailin? Pero si no es más que una...
—... trampa mortal —terminó Catelyn—. Ya sé que lo parece, tío, a mí me dio la misma sensación la primera vez que lo vi, pero según Ned estas ruinas son todavía formidables. Desde las tres torres que quedan en pie se domina toda la zona, ningún enemigo puede aproximarse sin ser visto. Aquí los pantanos son impenetrables, hay arenas movedizas y abundan las serpientes. Si un ejército intentara tomar por asalto cualquiera de las torres, tendría que vadear un lodo negro que llega a la cintura, cruzar un foso lleno de lagartos león y trepar por muros resbaladizos de musgo; todo eso mientras los arqueros disparan desde las otras torres. —Dirigió a su tío una sonrisa sombría—. Y se dice que, cuando cae la noche, salen los fantasmas, los espíritus fríos y vengativos del norte que se alimentan de sangre sureña.
—Pues recuérdame que me ponga a cubierto —dijo Ser Brynden dejando escapar una risita—. Si mal no recuerdo, yo también soy sureño.
Los estandartes ondeaban en la cima de las tres torres. El sol de los Karstark en la Torre del Borracho, bajo el lobo huargo; en la Torre de los Niños se divisaba el gigante del Gran Jon, con sus cadenas rotas. Pero en la Torre de la Entrada el blasón de los Stark se alzaba en solitario. Allí era donde Robb había instalado su cuartel. Catelyn se dirigió hacia allí seguida por Ser Brynden y Ser Wendel, y los caballos recorrieron lentamente un camino de troncos y tablones tendido sobre los campos de lodo verde y negro.
Su hijo estaba rodeado por los señores vasallos de su esposo, en una sala barrida por el viento en la que un fuego de turba ardía en un hogar renegrido. Estaba sentado ante una enorme mesa, tenía delante montones de mapas y papeles, y parecía muy concentrado en la conversación con Roose Bolton y el Gran Jon. Al principio no la vio... pero su lobo sí. La enorme bestia gris estaba tumbada cerca del fuego, y cuando Catelyn entró alzó la cabeza y clavó los ojos dorados en los suyos. Uno a uno los señores quedaron en silencio, y Robb alzó la mirada.
—¿Madre? —dijo, con la voz entrecortada por la emoción.
Catelyn deseaba con todas sus fuerzas correr hacia él, besarle la frente, rodearlo con sus brazos y estrecharlo muy fuerte para que no le pasara nada malo... pero no se atrevió a hacerlo delante de sus hombres. Su hijo estaba actuando como un hombre, y no se lo podía arrebatar. Así que se quedó al otro lado de la losa de basalto que les servía de mesa. El lobo huargo se puso en pie y recorrió la sala hasta llegar junto a ella. Estaba más grande que ningún lobo jamás visto.
—Te has dejado barba —dijo a Robb mientras Viento Gris le olisqueaba la mano.
—Sí. —Él se frotó el vello de la barbilla, más rojizo que el cabello, repentinamente incómodo.
—Me gusta cómo te queda. —Catelyn acarició la cabeza del lobo—. Así te pareces a mi hermano Edmure. —Viento Gris le lamió los dedos, juguetón, y volvió a su lugar junto al fuego.
Ser Helman Tallhart fue el primero en seguir los pasos del lobo huargo para ir a presentar sus respetos. Hincó una rodilla en el suelo ante ella, y presionó la frente contra la mano de la mujer.
—Lady Catelyn —dijo—. Estáis tan bella como siempre, sois una hermosa visión en estos tiempos difíciles.
Lo siguieron los Glover, Galbart y Robett, y Gran Jon Umber, y luego uno a uno todos los demás. Theon Greyjoy fue el último.
—No pensaba que os vería aquí, mi señora —dijo al tiempo que se arrodillaba.
—No pensaba venir —respondió Catelyn—, hasta que desembarcamos en Puerto Blanco, y Lord Wyman me contó que Robb había convocado a los vasallos. Ya conocéis a su hijo, Ser Wendel. —Wendel Manderly dio un paso al frente e hizo una reverencia tan marcada como le permitía la circunferencia de su barriga—. Y mi tío, Ser Brynden Tully, que ya no está al servicio de mi hermana, sino al mío.
—El Pez Negro —dijo Robb—. Os agradezco que os unáis a nosotros, ser. Necesitamos hombres valerosos como vos. En cuanto a vos, Ser Wendel, me alegra teneros aquí. ¿Viene contigo Ser Rodrik, madre? Lo he echado de menos.
—Ser Rodrik partió directamente de Puerto Blanco hacia el norte. Lo he nombrado castellano, y le he ordenado que defienda Invernalia hasta nuestro regreso. El maestre Luwin es un consejero sabio, pero desconoce las artes de la guerra.
—Por eso no temáis, Lady Stark —resonó la voz grave del Gran Jon—. Invernalia está a salvo. Pronto le meteremos la espada por el culo a Tywin Lannister, disculpad la expresión, e iremos a la Fortaleza Roja para liberar a Ned.
—Mi señora, con vuestro permiso, quisiera haceros una pregunta. —Roose Bolton, señor de Fuerte Terror, tenía la voz aguda y débil, pero siempre que hablaba hombres más corpulentos que él guardaban silencio para escuchar. Tenía unos ojos curiosamente claros, casi descoloridos, y su mirada resultaba incómoda—. Se dice que tenéis prisionero al hijo enano de Lord Tywin. ¿Lo habéis traído con vos? Sería un rehén excepcional.
—Tyrion Lannister estuvo en mi poder, pero ya no lo está —tuvo que admitir Catelyn. La noticia fue recibida con exclamaciones de consternación—. A mí tampoco me satisface esto, mis señores. Los dioses consideraron oportuno liberarlo, con cierta ayuda de mi estúpida hermana.
Sabía que no debía mostrar su desprecio con tanta franqueza, pero la salida del Nido de Águilas no había sido grata en modo alguno. Se había ofrecido a llevarse a Lord Robert como pupilo a Invernalia unos cuantos años. Incluso se atrevió a sugerir que le sentaría bien estar en compañía de otros niños. El estallido de ira de Lysa fue horrible.
—Aunque seas mi hermana —rugió—, si intentas arrebatarme a mi hijo, saldrás por la Puerta de la Luna. —Después de aquello no volvieron a intercambiar palabra.
Los señores ansiaban hacerle más preguntas, pero Catelyn alzó una mano.
—Habrá tiempo para todo esto más adelante, pero el viaje me ha dejado muy fatigada. Deseo hablar a solas con mi hijo. Espero que me disculpéis, señores. —No les había dejado elección. Los vasallos, siempre con el servicial Lord Hornwood a la cabeza, hicieron una reverencia y salieron de la estancia—. Tú también, Theon —agregó al ver que Greyjoy se demoraba. El joven sonrió y se marchó.
Sobre la mesa había cerveza y queso. Catelyn llenó un cuerno, se sentó, bebió un sorbo y examinó a su hijo. Parecía más alto que la última vez que lo viera, y la sombra de barba le hacía aparentar más edad.
—Edmure tenía dieciséis años cuando se dejó crecer el bigote.
—Yo los voy a cumplir pronto —dijo Robb.
—Tienes quince años. Quince años, y ya llevas un ejército a la batalla. ¿Comprendes que tenga miedo, Robb?
—No había nadie más que pudiera hacerlo. —Él la miró, tozudo.
—¿Nadie? Dime, ¿quiénes eran esos hombres que acaban de salir? Roose Bolton, Rickard Karstark, Galbart y Robett Glover, el Gran Jon, Helman Tallhart... podrías haber delegado el mando en cualquiera de ellos. Por los dioses, hasta podrías haber enviado a Theon, por poco que me guste.
—Ninguno de ellos es un Stark —replicó él.
—Pero son hombres, Robb, curtidos en la batalla. Hace menos de un año tú jugabas aún con espadas de madera. —Catelyn vio la rabia en sus ojos, pero sólo duró un instante, y después se convirtió de nuevo en un niño.
—Lo sé —dijo, abochornado—. ¿Me vas... me vas a enviar de vuelta a Invernalia?
—Es lo que debería hacer. —Catelyn suspiró—. No tendrías que haber salido de allí. Pero ya no me atrevo. Has llegado demasiado lejos. Algún día estos hombres serán tus vasallos. Si te envío de vuelta a casa, como a un niño castigado sin cenar, lo recordarán, y se reirán de ti cuando estén bebiendo. Llegará un día en que necesites que te respeten, incluso que te teman un poco. La risa es el veneno del temor. Por mucho que desee ponerte a salvo, no te haré una cosa así.
—Te lo agradezco, madre —dijo Robb, con una voz formal que no podía ocultar del todo el alivio.
—Eres mi primogénito, Robb. —Catelyn extendió una mano y le tocó el pelo—. Con sólo mirarte recuerdo el día en que viniste al mundo, con la cara congestionada y berreando.
—¿Sabes... lo de padre? —Él se levantó, incómodo ante la caricia, y se acercó al fuego. Viento Gris restregó la cabeza contra su pierna.
—Sí. —Los informes sobre la repentina muerte de Robert y la caída en desgracia de Ned la asustaban hasta límites indecibles, pero no podía consentir que su hijo detectara el miedo que sentía—. Lord Manderly me lo comunicó cuando desembarqué en Puerto Blanco. ¿Has recibido noticias de tus hermanas?
—Llegó una carta —dijo Robb, rascando al lobo huargo bajo la mandíbula—. Había otra para ti, pero llegó a Invernalia, con la mía. —Se dirigió hacia la mesa, rebuscó entre los mapas y papeles, y sacó un pergamino arrugado—. Ésta es la que me envió a mí, no se me ocurrió traer la tuya.
El tono de voz de Robb tenía algo de preocupante. Catelyn estiró el papel y leyó. La preocupación dejó paso a la incredulidad, luego a la ira, y por fin al miedo.
—Esta carta es de Cersei, no de tu hermana —dijo cuando terminó de leerla—. El verdadero mensaje está en lo que Sansa no dice. Toda esta palabrería sobre lo bien que la tratan los Lannister... suena a amenaza envuelta en azúcar. Tienen a Sansa como rehén, y la van a conservar así.
—No menciona a Arya —señaló Robb con tristeza.
—No. —Catelyn no quería pensar en aquel momento ni en aquel lugar, qué implicaba eso.
—Tenía la esperanza... si el Gnomo fuera aún tu prisionero, podríamos intercambiar rehenes. —Cogió la carta de Sansa y la arrugó con el puño; por su forma de hacerlo Catelyn advirtió que no era la primera vez—. ¿Qué noticias traes del Nido de Águilas? Escribí a la tía Lysa para pedirle ayuda. Ha convocado a los vasallos de Lord Arryn, ¿lo sabías? ¿Se unirán a nosotros los caballeros del Valle?
—Sólo uno —dijo—. El mejor, mi tío... pero Brynden Pez Negro es un Tully. Mi hermana no asomará la nariz más allá de su Puerta de la Sangre.
—Madre, ¿qué vamos a hacer? —Robb no había encajado bien la noticia—. He reunido un gran ejército, dieciocho mil hombres, pero no... no estoy seguro... —La miró con los ojos húmedos. El joven señor orgulloso se había desvanecido en un instante, volvía a ser un niño, un muchachito de quince años que buscaba las respuestas en su madre.
No podía ser.
—¿De qué tienes miedo, Robb? —preguntó con cariño.
—Yo... —Giró la cabeza para ocultar la primera lágrima—. Si seguimos adelante... incluso si vencemos... los Lannister tienen a Sansa y a padre. Los matarán, ¿verdad?
—Eso quieren que pensemos.
—¿Crees que mienten?
—No lo sé, Robb. Lo único que sé es que no tienes elección. Si vas a Desembarco del Rey a jurar lealtad, jamás te dejarán salir de allí. Si das media vuelta y te retiras a Invernalia, tus señores te perderán el respeto. Algunos incluso se unirían a los Lannister. Y la reina ya no tendría nada que temer y podría hacer lo que quisiera con sus prisioneros. Nuestra mejor opción, nuestra única opción válida, es que los derrotes en el campo de batalla. Si cogieras prisionero a Lord Tywin o al Matarreyes, se podría hacer un intercambio, pero eso no es lo básico. Mientras tengas poder y ellos te teman, Ned y tu hermana estarán a salvo. Cersei es lista, sabe que puede necesitarlos para firmar la paz si las cosas se vuelven contra ella.
—¿Y si se vuelven contra nosotros, madre? —preguntó Robb.
—No te voy a dulcificar la verdad, Robb —dijo Catelyn tomándole la mano—. Si pierdes, no habrá esperanza para ninguno de nosotros. Se dice que en el corazón de Roca Casterly sólo hay piedras. Recuerda el destino de los hijos de Rhaegar. —Vio miedo en los ojos jóvenes de su hijo, pero también vio fuerza.
—Entonces, no perderé —juró.
—Cuéntame lo que sepas de la batalla en las tierras del río —dijo. Tenía que averiguar si estaba preparado de verdad.
—Hace menos de quince días hubo una batalla en las colinas, bajo el Colmillo Dorado —dijo Robb—. El tío Edmure había enviado a Lord Vance y a Lord Piper a defender el paso, pero el Matarreyes cayó sobre ellos y los puso en fuga. Lord Vance perdió la vida. Las últimas noticias son que Lord Piper regresaba para reunirse con tu hermano y el resto de los vasallos en Aguasdulces, y que Jaime Lannister le pisaba los talones. Pero eso no es lo peor. Mientras luchaban en el paso, Lord Tywin guiaba un segundo ejército Lannister desde el sur. Se dice que es aún más numeroso que las huestes de Jaime.
»Sin duda padre lo sabía, porque envió hombres a enfrentarse con ellos, bajo el estandarte del rey. Entregó el mando a no sé qué señor sureño, Lord Erik, o Derik, o algo así, pero Ser Raymun Darry cabalgaba con él, y en su carta decía que iban otros caballeros y un grupo de los guardias de nuestra casa. Pero era una trampa. Lord Derik no había hecho más que cruzar el Forca Roja cuando los Lannister cayeron sobre él, sin que les importara un bledo el estandarte del rey. Gregor Clegane los atacó por la retaguardia cuando intentaron cruzar por el Vado del Titiritero. Quizá Lord Derik y unos cuantos más consiguieran escapar, nadie lo sabe a ciencia cierta, pero Ser Raymun cayó, igual que casi todos los hombres de Invernalia. Se dice que Lord Tywin ha bloqueado el camino real, y ahora avanza hacia el norte, hacia Harrenhal, quemándolo todo a su paso.
«Cada vez peor», pensó Catelyn. No se había imaginado que las cosas estuvieran tan mal.
—¿Piensas esperarlo aquí? —preguntó.
—Nadie cree que vayan a acercarse tanto —dijo Robb—. He enviado un mensaje a Howland Reed, el viejo amigo de padre en Atalaya de Aguasgrises. Si los Lannister llegan hasta el Cuello, los lacustres los harán sangrar a cada paso, pero Galbart Glover dice que Lord Tywin es demasiado listo para eso, y Roose Bolton está de acuerdo. Creen que permanecerán cerca del Tridente, y se apoderarán de los castillos de los señores del río uno a uno, hasta que Aguasdulces se encuentre solo. Tenemos que avanzar hacia el sur para enfrentarnos a ellos.
Catelyn sintió un escalofrío que le llegó hasta los huesos. ¿Qué posibilidades tenía un niño de quince años contra comandantes curtidos como Jaime y Tywin Lannister?
—¿Te parece buena idea? Aquí estás bien situado. Se dice que los antiguos Reyes en el Norte podían resistir en Foso Cailin, y defenderse de ejércitos diez veces más grandes que los suyos.
—Sí, pero nos estamos quedando sin provisiones, y de esta tierra no se puede vivir. Hasta ahora esperaba a Lord Manderly, pero sus hijos ya están con nosotros; tenemos que avanzar.
Catelyn comprendió que estaba oyendo las palabras de los señores vasallos en la voz de su hijo. A lo largo de los años había recibido a muchos de ellos en Invernalia, y junto con Ned había visitado sus salones, se había sentado a sus mesas. Conocía a cada uno de aquellos hombres, sabía cómo eran. ¿Lo sabría también Robb?
Pero lo que decía tenía sentido. El ejército que había reunido su hijo no se parecía en nada a los que las Ciudades Libres mantenían, y tampoco era una hueste de mercenarios. La mayoría eran pueblo llano: granjeros, campesinos, agricultores, pescadores, pastores, hijos de taberneros, curtidores y comerciantes... junto con mercenarios y jinetes libres ansiosos por el saqueo que seguía a la batalla. Cuando sus señores los llamaban, acudían... pero no para siempre.
—Eso de avanzar está muy bien —dijo a Robb—, pero, ¿hacia dónde? ¿Y con qué objetivo? ¿Qué pretendes hacer?
—El Gran Jon cree que deberíamos sorprender a Lord Tywin —dijo Robb después de dudar un momento—, llevar la batalla hasta él, en vez de esperarlo. Pero los Glover y los Karstark creen que lo mejor sería rodear el lugar donde se encuentra su ejército y unirnos al tío Edmure contra el Matarreyes. —Se pasó los dedos por el cabello castaño despeinado; no parecía satisfecho—. Aunque, cuando lleguemos a Aguasdulces... No estoy seguro...
—Tienes que estar seguro —dijo Catelyn a su hijo—. Si no, vuelve a casa, a jugar con tu espada de madera. Delante de hombres como Roose Bolton y Rickard Karstark no puedes permitirte el lujo de parecer indeciso. No te equivoques, Robb: son tus vasallos, no tus amigos. Te has erigido en su comandante; actúa como tal.
—Como tú digas, madre. —Robb la miraba sobresaltado, como si no diera crédito a lo que oía.
—Te lo preguntaré de nuevo. ¿Qué pretendes hacer?
Robb extendió un mapa sobre la mesa. Era un trozo de cuero deshilachado, con dibujos desvaídos. Uno de los extremos se enrollaba hacia adentro. Robb le puso la daga encima para evitarlo.
—Los dos planes tienen aspectos positivos, pero... Mira, si intentamos rodear el ejército de Lord Tywin, corremos el riesgo de quedar atrapados entre él y el Matarreyes. Y si lo atacamos... según todos los informes, cuenta con más hombres que nosotros, y tiene muchos más jinetes entre ellos. El Gran Jon dice que si lo encontramos con los calzones bajados eso no importará, pero creo que no será fácil sorprender a un hombre que ha peleado en tantas batallas como Tywin Lannister.
—Bien —dijo ella. En la voz de su hijo, allí, ante el mapa, había ecos de la de Ned—. Sigue.
—Pienso dejar una pequeña hueste aquí para defender Foso Cailin —dijo—, sobre todo arqueros, y bajar por el camino con el resto. Pero, una vez pasemos el Cuello, quiero repartir las fuerzas en dos grupos. Los que vayan a pie podrán seguir por el camino real, mientras nuestros jinetes cruzan el Forca Verde en los Gemelos. —Lo señaló en el mapa—. Cuando Lord Tywin reciba la noticia de que vamos hacia el sur, avanzará hacia el norte para enfrentarse al ejército principal, con lo que los jinetes podrán bajar por la orilla occidental hasta Aguasdulces. —Robb se sentó. No se atrevía a sonreír, pero parecía satisfecho consigo mismo, y deseaba con todas sus fuerzas recibir una alabanza de su madre.
—Habría un río entre los dos grupos de tu ejército —dijo Catelyn mientras examinaba el mapa con el ceño fruncido.
—Y también entre Jaime y Lord Tywin —se apresuró a señalar. La sonrisa afloró por fin—. No hay ningún cruce en el Forca Verde por encima del Vado Rubí, donde Robert consiguió la corona. No lo hay antes de los Gemelos, en la parte de arriba, y Lord Frey controla ese puente. Es vasallo de tu padre, ¿no?
«El difunto Lord Frey», pensó Catelyn.
—Así es —admitió—. Pero mi padre jamás ha confiado en él. Tú tampoco deberías.
—No confiaré en él —prometió Robb—. ¿Qué opinas?
—¿Qué parte del ejército dirigirías tú? —Muy a su pesar, estaba impresionada. «Su aspecto es el de un Tully —pensó—, pero es hijo de su padre, y Ned le ha enseñado bien.»
—A los jinetes —respondió al instante.
—¿Y la otra? —Otra vez como su padre. Ned siempre se encargaba en persona de la tarea más arriesgada.
—El Gran Jon no para de decir que le gustaría machacar a Lord Tywin. He pensado concederle a él ese honor.
Era su primer error, pero, ¿cómo decírselo sin minar su confianza?
—En cierta ocasión tu padre me dijo que el Gran Jon era uno de los hombres más intrépidos que había visto jamás.
—Viento Gris le arrancó dos dedos de un mordisco, y él se rió —dijo Robb con una sonrisa—. Entonces, ¿estás de acuerdo?
—Tu padre no es intrépido —señaló Catelyn—. Es valiente, que no es lo mismo.
—El ejército de la orilla este será todo lo que se interponga entre Lord Tywin e Invernalia —dijo su hijo, pensativo, después de meditar un instante—. Bueno, ese ejército y los pocos arqueros que deje aquí, en Foso Cailin. Así que no me conviene que lo dirija nadie intrépido, ¿verdad?
—No. Debe ser alguien con astucia fría, no con valor ciego.
—Roose Bolton —dijo Robb al instante—. Ese hombre me da miedo.
—En ese caso recemos para que también dé miedo a Tywin Lannister.
Robb asintió y enrolló el mapa.
—Daré las órdenes y prepararé una escolta que te acompañe a Invernalia.
Catelyn había hecho todo lo posible por mostrarse fuerte, lo hacía por Ned, y por aquel hijo suyo, tan testarudo. Había dejado a un lado la desesperación y el miedo, como si fueran ropas que no se ponía... pero en aquel momento se dio cuenta de que siempre las había llevado.
—No voy a volver a Invernalia —se oyó decir. Las lágrimas que le nublaron la visión la sorprendieron incluso a ella misma—. Mi padre puede estar agonizando tras los muros de Aguasdulces. Mi hermano está rodeado por sus enemigos. Debo ir con ellos.
TYRION
Chella, hija de Cheyk de los Orejas Negras, se había adelantado como exploradora, y fue ella quien les llevó la noticia del ejército en la encrucijada.
—Por el número de hogueras diría que son unos veinte mil —dijo—. Los estandartes son rojos, con un león dorado.
—¿Tu padre? —preguntó Bronn.
—O mi hermano Jaime —dijo Tyrion—. Pronto lo averiguaremos.
Contempló su desastrada banda de salteadores: casi trescientos Grajos de Piedra, Hermanos de la Luna, Orejas Negras y Hombres Quemados. Y no eran más que la simiente del ejército que esperaba reunir. Gunthor hijo de Gurn estaba convocando al resto de los clanes. Se preguntó qué opinaría su señor padre de ellos, vestidos con pieles y con armas robadas. En realidad él mismo no estaba muy seguro de qué opinaba. ¿Era su comandante o su prisionero? La mayor parte de las veces tenía la sensación de que era ambas cosas.
—Lo mejor sería que bajara yo solo —propuso.
—Lo mejor para Tyrion, hijo de Tywin —dijo Ulf, el portavoz de los Hermanos de la Luna.
Shagga lo miró con los ojos centelleantes. Era un espectáculo aterrador.
—Esto no gusta a Shagga, hijo de Dolf. Shagga irá con hombreniño, y si hombreniño miente, Shagga le cortará la virilidad...
—... y se la echará de comer a las cabras, sí —terminó Tyrion, cansado—. Shagga, te doy mi palabra de Lannister: volveré.
—¿Por qué vamos a confiar en tu palabra? —Chella era una mujer menuda, endurecida, lisa como un muchacho, y no tenía un pelo de tonta—. No sería la primera vez que los señores de las tierras bajas mienten a los clanes.
—Me ofendes, Chella —dijo Tyrion—. Y yo que pensaba que nos habíamos hecho amigos... Pero, en fin, como queráis. Vendrás conmigo, y que vengan también Shagga y Conn por los Grajos de Piedra, Ulf por los Hermanos de la Luna, y Timett hijo de Timett por los Hombres Quemados. —Los hombres de los clanes intercambiaron miradas cautas a medida que los nombraba—. El resto esperaréis aquí hasta que envíe a alguien a buscaros. Por favor, no os matéis ni os mutiléis unos a otros en mi ausencia.
Picó espuelas y se alejó al trote, con lo que no les dejaba más remedio que ir tras él o quedarse atrás. Cualquiera de las dos cosas le convenía, todo con tal de que no se sentaran a hablar un día y una noche. Aquello era lo malo de los clanes, tenían la absurda creencia de que en un consejo se debían escuchar las voces de todos los hombres, con lo que discutían de manera interminable sobre cualquier asunto. Hasta las mujeres podían hablar. No era de extrañar que no representaran una amenaza para el Valle desde hacía cientos de años, aparte de alguna que otra incursión ocasional. Tyrion tenía toda la intención de que aquello cambiara.
Bronn cabalgaba con él. Tras ellos, después de unos segundos de protestas, los siguieron los cinco elegidos, a lomos de sus pequeños podencos, unos animales flacos que parecían ponis y trepaban por las rocas como cabras.
Los Grajos de Piedra cabalgaban juntos, y Chella y Ulf iban también muy cerca la una del otro, ya que entre los Hermanos de la Luna y los Orejas Negras había fuertes lazos. Timett, hijo de Timett, iba solo. Todos los clanes de las Montañas de la Luna temían a los Hombres Quemados, que se mortificaban las carnes con fuego para demostrar su valor y, según se decía, servían en los festines bebés asados. Y hasta los demás Hombres Quemados tenían miedo de Timett, que se había sacado el ojo izquierdo con un cuchillo al rojo blanco al llegar a la juventud. A Tyrion le pareció comprender que lo habitual era quemarse un pezón, un dedo o, si el hombre era verdaderamente valiente, o estaba verdaderamente loco, una oreja. Los demás Hombres Quemados se maravillaron tanto ante su decisión que al instante lo nombraron mano roja, una especie de título de jefe de guerra.
—Me gustaría saber qué se quemó su rey —comentó Tyrion a Bronn tras escuchar la historia.
El mercenario sonrió y se palpó la entrepierna... pero hasta Bronn hablaba con respeto delante de Timett. Si un hombre estaba tan loco para sacarse un ojo, seguramente no sería más delicado con sus enemigos.
Los vigías divisaron desde sus torres de piedra sin argamasa al grupo que descendía por la colina, y Tyrion vio un cuervo que levantaba el vuelo. Llegaron al primer punto defendido en el camino alto, justo donde el sendero torcía entre dos salientes rocosos. Había una pared de barro de apenas un metro de altura que bloqueaba el paso, y tras ella se encontraba una docena de hombres armados con ballestas. Tyrion había indicado a sus seguidores que se detuvieran fuera de su alcance, y cabalgó solo hasta la pared.
—¿Quién está al mando? —gritó.
El capitán apareció rápidamente, y más rápidamente todavía le puso una escolta en cuanto reconoció al hijo de su señor. Pasaron al trote por campos ennegrecidos y aldeas quemadas, hasta las tierras de los ríos y el Forca Verde del Tridente. Tyrion no vio cadáveres, pero los cuervos y los buitres sobrevolaban el terreno; allí había habido una batalla hacía poco.
A media legua de la encrucijada habían alzado una barricada de estacas puntiagudas, vigilada por lanceros y arqueros. Tras aquella línea se extendía el campamento. Cientos de hogueras donde se cocinaban cenas lanzaban al cielo dedos de humo, los hombres vestidos con cotas de mallas, sentados bajo los árboles, afilaban las espadas, y por todas partes ondeaban estandartes conocidos, con las astas clavadas en el terreno embarrado.
Un grupo de jinetes se adelantó para desafiarlos cuando se aproximaron a las estacas. El caballero que los guiaba llevaba una armadura de plata con amatistas incrustadas, y una capa a rayas púrpuras y plateadas. En su escudo se veía el blasón del unicornio, y un cuerno en espiral, de más de medio metro de largo, sobresalía del yelmo en forma de cabeza de caballo. Tyrion tiró de las riendas.
—Ser Flement —saludó.
—Tyrion —dijo atónito Ser Flement Brax cuando se levantó el visor—. Mi señor, temíamos que estuvierais muerto, o... —Miró inseguro a los hombres del clan—. Vuestros... compañeros...
—Amigos del alma y sirvientes leales —dijo Tyrion—. ¿Dónde está mi señor padre?
—Ha instalado su cuartel en la posada de la encrucijada.
Tyrion se echó a reír. ¡La posada de la encrucijada! Al fin y al cabo, los dioses eran justos.
—Iré a verlo ahora mismo.
—Como queráis, mi señor. —Ser Flement hizo dar media vuelta al caballo y empezó a gritar órdenes. Al momento retiraron tres hileras de estacas para abrirle paso. Tyrion entró, seguido por su grupo.
El campamento de Lord Tywin se extendía leguas y leguas. El cálculo de Chella de unos veinte mil hombres no andaba desencaminado. Los guerreros sin rango acampaban al descubierto, pero los caballeros estaban en tiendas, y para algunos de los señores más importantes se habían erigido pabellones grandes como casas. Tyrion divisó el buey rojo de los Prester, el jabalí pinto de Lord Crakehall, el árbol en llamas de Marbrand, el tejón de Lydden. Los caballeros lo saludaron al verlo pasar, y los soldados miraron atónitos a los hombres de los clanes.
Shagga también parecía atónito; sin duda jamás había visto tantos hombres, caballos y armas. El resto de los bandidos disimuló mejor el asombro, pero Tyrion estaba seguro de que también estaban impresionados. Mejor. Cuanto más los maravillara el poder de los Lannister, más fácil sería darles órdenes.
La posada y los establos estaban más o menos como los recordaba, aunque del resto del pueblo apenas si quedaban algunas piedras y cimientos ennegrecidos. En medio del patio había una horca, y el cadáver que colgaba de ella estaba cubierto de cuervos. Cuando Tyrion se acercó, levantaron el vuelo batiendo las alas negras, y graznaron. Desmontó y echó un vistazo a lo que quedaba del cadáver. Era una mujer; las aves le habían devorado los labios y las mejillas, dejando al descubierto una sonrisa roja y espantosa.
—Una habitación, una comida y una jarra de vino —le recordó con un suspiro de reproche—. Era lo único que pedía.
De los establos salieron unos muchachitos asustados, para encargarse de sus caballos. Shagga no quería entregar el suyo.
—El muchacho no te va a robar la yegua —lo tranquilizó Tyrion—. Sólo le dará avena y agua, y la cepillará. —Al propio Shagga tampoco le habría sentado mal un cepillado, pero no habría sido de buen gusto señalarlo—. Confía en mí, la tratarán bien.
—Éste es el caballo de Shagga, hijo de Dolf—rugió Shagga al mozo de cuadras mientras le entregaba las riendas de mala gana.
—Si no te la devuelve, le podrás cortar la virilidad y echársela de comer a las cabras —le prometió Tyrion—. Habrá que buscar las cabras, claro. —Bajo el cartel de la posada había un par de guardias con capas carmesí y yelmos adornados con leones. Tyrion reconoció a su capitán—. ¿Mi padre? —preguntó.
—En la sala común, mi señor.
—Mis hombres querrán carne y aguamiel —le dijo Tyrion—. Ocúpate de que se lo sirvan.
Entró en la posada, y allí estaba su padre.
Tywin Lannister, señor de Roca Casterly y Guardián del Occidente, tenía cincuenta y tantos años, pero también la fortaleza de un hombre de veinte. Hasta sentado resultaba alto, con piernas largas, hombros anchos y vientre plano. Tenía los brazos delgados y musculosos. El cabello, otrora dorado y espeso, empezaba a ralear, por lo que había ordenado a su barbero que le afeitara la cabeza. Lord Tywin no dejaba nada a medias. También se rasuró el bigote y la barba, pero conservó las espesas patillas que le cubrían las mejillas, desde la oreja a la mandíbula. Tenía los ojos de color verde claro con vetas doradas. Un bufón particularmente estúpido bromeó en cierta ocasión diciendo que hasta en la mierda que Lord Tywin cagaba había oro. Se decía que el pobre hombre seguía vivo, en lo más profundo de las entrañas de Roca Casterly.
Ser Kevan Lannister, el único hermano vivo de su padre, compartía con Lord Tywin un frasco de cerveza cuando Tyrion entró en la sala común. Su tío era corpulento, de cabello escaso y con una barbita rubia rala que marcaba la línea de una mandíbula enorme. Ser Kevan fue el primero en verlo.
—Tyrion —dijo, sorprendido.
—Tío —saludó Tyrion con una reverencia—. Y mi señor padre. Qué gran placer encontraros aquí.
Lord Tywin, sin moverse de la silla, dirigió a su hijo enano una mirada larga, escrutadora.
—Ya veo que las noticias de tu muerte eran infundadas.
—Lamento decepcionarte, padre —dijo Tyrion—. No hace falta que saltes para abrazarme, no quiero que te canses. —Cruzó la habitación en dirección a su mesa, plenamente consciente del vaivén al que lo sometían en cada paso sus piernas, tan cortas—. Qué amable por tu parte, ir a la guerra por mí. —Se aupó a una silla y se sirvió un vaso de la cerveza de su padre.
—En mi opinión tú fuiste el que comenzó todo esto —replicó Lord Tywin—. Tu hermano Jaime jamás se habría dejado capturar tranquilamente por una mujer.
—Es una de las diferencias que hay entre Jaime y yo. Y otra es que Jaime es más alto, no sé si te habrás dado cuenta.
—El honor de nuestra Casa estaba en juego —dijo su padre haciendo caso omiso de la chanza—. No me quedó más remedio. Nadie derrama sangre Lannister con impunidad.
—Oye mi Rugido —recitó Tyrion con una sonrisa. Era el lema de los Lannister—. La verdad sea dicha, no se derramó ni una gota de mi sangre, aunque en un par de ocasiones faltó poco. Morrec y Jyck han muerto.
—Y me imagino que ahora querrás otros hombres.
—No te molestes, padre, ya me he buscado unos cuantos. —Probó un trago de la cerveza. Era excelente, oscura y fermentada, tan espesa que casi se podía masticar. Lástima que su padre hubiera ahorcado a la tabernera—. ¿Qué tal va la guerra?
—Por ahora bien —respondió su tío—. Ser Edmure dispersó sus tropas por todas las fronteras para detener nuestros ataques, y tu señor padre y yo conseguimos hacer picadillo a la mayoría antes de que se reagruparan.
—Tu hermano se ha cubierto de gloria —intervino su padre—. Acabó con Lord Vance y Lord Piper en el Colmillo Dorado, y se enfrentó a todo el poderío de los Tully bajo los muros de Aguasdulces. Los señores del Tridente están derrotados. Ser Edmure Tully ha sido capturado, junto con muchos de sus caballeros y vasallos. Lord Blackwood guió a unos cuantos supervivientes de vuelta a Aguasdulces, y tu hermano los tiene bajo asedio. El resto huyó a sus correspondientes fortalezas.
—Tu padre y yo las hemos atacado una a una —dijo Ser Kevan—. Sin Lord Blackwood, el Árbol de los Cuervos no tardó en caer, y Lady Whent tuvo que rendir Harrenhal por falta de hombres para defenderla. Ser Gregor acabó con los Piper y los Bracken...
—Con lo que ya no os queda ninguna oposición —dijo Tyrion.
—Algo sí queda —dijo Ser Kevan—. Los Mallister todavía resisten en Varamar, y Walder Frey está tomando posiciones en los Gemelos.
—No importa —dijo Lord Tywin—. Frey sólo salta a la batalla cuando el aire huele a victoria, y ahora sólo le llega el hedor de la ruina. Y respecto a Jason Mallister, no tiene las fuerzas necesarias para luchar a solas. En cuanto Jaime se apodere de Aguasdulces, los dos doblarán la rodilla enseguida. A menos que los Stark y los Arryn avancen para enfrentarse a nosotros, ya hemos ganado esta guerra.
—Yo que tú no me preocuparía demasiado por los Arryn —dijo Tyrion—. Los Stark ya son otra cosa. Lord Eddard...
—... es nuestro rehén —dijo su padre—. No puede avanzar con ningún ejército, se está pudriendo en una mazmorra bajo la Fortaleza Roja.
—En efecto —asintió ser Kevan—, pero su hijo ha convocado a los vasallos y está en Foso Cailin, con un fuerte ejército.
—No hay ejército fuerte hasta que no lo ha demostrado —replicó Lord Tywin—. El hijo de Stark es un niño. Sin duda le gusta cómo suenan los cuernos de guerra y cómo ondean los estandartes al viento, pero al final todo es una carnicería. No creo que tenga valor.
—¿Y qué hace nuestro valeroso monarca mientras tiene lugar esta carnicería? —preguntó Tyrion mientras pensaba que las cosas se habían puesto muy interesantes en su ausencia—. ¿Cómo ha conseguido mi hermosa y persuasiva hermana que Robert encierre a su querido amigo Ned?
—Robert Baratheon ha muerto —le dijo su padre—. Tu sobrino reina ahora en Desembarco del Rey. —Aquello sí que dejó boquiabierto a Tyrion.
—Querrás decir mi hermana. —Bebió otro trago de cerveza. Ahora que Cersei reinaba en lugar de su marido, el reino iba a cambiar mucho.
—Si quieres hacer algo útil, te daré el mando de una tropa —dijo su padre—. Marq Piper y Karyl Vance siguen sueltos en nuestra retaguardia, y se dedican a atacar nuestras tierras en el Forca Roja.
—Vaya —dijo Tyrion—. Qué gente más descarada, mira que atreverse a contraatacar. Lo malo es que me reclaman asuntos importantes.
—¿De veras? —Lord Tywin no parecía sorprendido en absoluto—. También hay un par de seguidores de Ned Stark, muy molestos, que se dedican a saquear mis caravanas de aprovisionamiento. Beric Dondarrion, un joven señor que se cree muy valiente. Lo acompaña ese sacerdote gordo, el que prende fuego a su espada. ¿Crees que podrías encargarte de ellos antes de huir sin hacer demasiado el ridículo?
Tyrion se secó la boca con el dorso de la mano y sonrió.
—Padre, mi corazón salta de alegría al ver que estás deseoso de confiarme... ¿cuántos hombres? ¿Veinte? ¿Cincuenta? ¿Seguro que puedes prescindir de tantos? Bueno, no importa. Si me tropiezo con Thoros y con Lord Beric les daré una buena azotaina. —Se bajó de la silla y caminó torpemente hasta el aparador, sobre el que había un gran queso rodeado de frutas—. Pero antes debo cumplir algunas promesas que hice —siguió mientras se cortaba una generosa ración—. Necesitaré trescientos yelmos, otras tantas cotas de mallas, y además espadas, lanzas con punta de hierro, mazas, hachas, guanteletes, gorjales, canilleras, corazas, carromatos para transportarlo todo...
La puerta que había a su espalda se abrió tan bruscamente que a Tyrion casi se le cayó el queso. Ser Kevan se levantó maldiciendo al ver que un capitán de la guardia cruzaba la estancia por los aires e iba a estrellarse contra la chimenea. El hombre cayó sobre las cenizas frías, con el yelmo del león torcido. Shagga partió su espada en dos contra la rodilla, gruesa como un tronco de árbol, tiró al suelo los pedazos y recorrió la sala común a zancadas. Lo precedía su hedor, más maduro que el del queso, que en aquel lugar cerrado resultaba irresistible.
—Pequeño caparroja —ladró—, la próxima vez que amenaces con acero a Shagga, hijo de Dolf, te cortaré la virilidad y la asaré en el fuego.
—¿Cómo, nada de cabras? —dijo Tyrion al tiempo que mordisqueaba el queso.
El resto de los hombres de los clanes siguió a Shagga, acompañados por Bronn. El mercenario dirigió a Tyrion una mirada pesarosa.
—¿Quiénes sois? —preguntó Lord Tywin, frío como la nieve.
—Me han seguido hasta casa, padre —explicó Tyrion—. ¿Me los puedo quedar? No comen demasiado.
Nadie se rió.
—¿Con qué derecho irrumpís en nuestro consejo, salvajes? —exigió saber Ser Kevan.
—¿Salvajes, hombre de las tierras bajas? —Conn habría resultado atractivo, una vez bien lavado—. Somos hombres libres, y los hombres libres se sientan en todos los consejos de guerra.
—¿Cuál es el señor del león? —preguntó Chella.
—Los dos son viejos —señaló Timett, hijo de Timett, que todavía no había cumplido los veinte años.
Ser Kevan se llevó la mano a la empuñadura de la espada, pero su hermano le sujetó la muñeca con dos dedos. Lord Tywin parecía impertérrito.
—¿Qué ha sido de tus modales, Tyrion? Ten la bondad de presentarnos a nuestros... honorables invitados.
—Será un placer —dijo Tyrion después de lamerse los dedos—. La hermosa doncella es Chella, hija de Cheyk, de los Orejas Negras.
—No soy ninguna doncella —protestó Chella—. Mis hijos han cortado ya cincuenta orejas.
—Y ojalá corten cincuenta más. —Tyrion siguió adelante—. Éste es Conn, hijo de Coratt. El que parece Roca Casterly con pelo es Shagga, hijo de Dolf. Los dos son Grajos de Piedra. Éste es Ulf, hijo de Umar, de los Hermanos de la Luna, y aquí os presento a Timett, hijo de Timett, un mano roja de los Hombres Quemados. Y por último, éste es Bronn, un mercenario sin lealtades particulares. En el breve tiempo que hace que lo conozco ha cambiado de bando dos veces. Te llevarás de maravilla con él, padre. —Se volvió hacia Bronn y los hombres de los clanes—. Quiero presentaros a mi señor padre, Tywin, hijo de Tytos, de la Casa Lannister, señor de Roca Casterly, Guardián de Occidente, Escudo de Lannisport, que una vez fue Mano del Rey, y probablemente volverá a serlo.
—Hasta en el occidente conocemos las proezas de los clanes guerreros de las Montañas de la Luna —dijo Lord Tywin levantándose, digno y correcto—. ¿Qué os trae desde vuestras fortalezas, mis señores?
—Caballos —dijo Shagga.
—Una promesa de seda y acero —dijo Timett, hijo de Timett.
Tyrion estaba a punto de informar a su padre de cómo se proponía reducir el Valle de Arryn a un erial humeante, pero no le dieron ocasión. La puerta se abrió de golpe otra vez. El mensajero dirigió una mirada de extrañeza a los hombres de los clanes antes de hincar una rodilla en tierra ante Lord Tywin.
—Mi señor —dijo—, Ser Addam me envía a deciros que el ejército Stark avanza.
Lord Tywin Lannister no sonrió. Lord Tywin nunca sonreía, pero Tyrion había aprendido a leer la satisfacción en el rostro de su padre.
—Así que el lobezno sale de su guarida y quiere jugar con los leones —dijo con voz tranquila—. Espléndido. Vuelve con Ser Addam y dile que no debe atacar a los norteños hasta que lleguemos nosotros. En cambio, quiero que los hostigue por los flancos y los obligue a avanzar más hacia el sur.
—Se hará como ordenáis —dijo el jinete, tras lo cual se retiró.
—Aquí estamos bien situados —señaló Ser Kevan—. Cerca del vado, y rodeados de fosos y empalizadas. Si vienen hacia el sur, deja que se acerquen, ya se estrellarán contra nosotros.
—Puede que el chico, al ver nuestro número, se retire, o pierda el valor —replicó Lord Tywin—. Cuanto antes quebremos a los Stark, antes estaré libre para encargarme de Stannis Baratheon. Ordena que los tambores toquen para convocar una asamblea, y haz llegar a Jaime la noticia de que voy a avanzar contra Robb Stark.
—Como desees —dijo Ser Kevan.
Tyrion observó con fascinación sombría cómo su padre se volvía hacia los semisalvajes hombres de los clanes.
—Dicen que los hombres de los clanes de las montañas son guerreros sin miedo.
—Dicen la verdad —respondió Conn, de los Grajos de Piedra.
—Y las mujeres —añadió Chella.
—Cabalgad conmigo contra mis enemigos, y tendréis todo lo que os prometió mi hijo, y mucho más.
—¿Vas a pagarnos con nuestras propias monedas? —dijo Ulf, hijo de Umar—. ¿Para qué necesitamos la promesa del padre, si ya tenemos la del hijo?
—No he dicho que necesitéis nada —replicó Lord Tywin—. Mis palabras eran simple cortesía, nada más. No es necesario que os unáis a nosotros. Los hombres de las llanuras invernales están hechos de hierro y hielo, hasta los más valientes de mis caballeros temen enfrentarse a ellos.
Tyrion no pudo disimular una sonrisa retorcida ante tal alarde de habilidad.
—Los Hombres Quemados no temen a nada. Timett, hijo de Timett, cabalgará con los leones.
—Vayan a donde vayan los Hombres Quemados, los Grajos de Piedra los preceden —declaró Conn, ardoroso—. También iremos.
—Shagga, hijo de Dolf, les cortará sus virilidades y las echará de comer a los cuervos.
—Cabalgaremos contigo, señor del león —dijo Chella, hija de Cheyk—. Pero tu hijo mediohombre debe venir con nosotros. Ha comprado con promesas el aire que respira. Hasta que tengamos el acero que nos ha prometido, su vida nos pertenece.
Lord Tywin clavó en su hijo aquellos ojos con destellos dorados.
—Qué bien —dijo Tyrion con una sonrisa resignada.
SANSA
Las paredes de la sala del trono estaban desnudas, los tapices con escenas de caza que tanto gustaban al rey Robert se encontraban amontonados de cualquier manera en un rincón.
Ser Mandon Moore fue a ocupar su lugar bajo el trono, junto a dos de sus camaradas de la Guardia Real. Sansa se quedó junto a la puerta, sin que nadie la vigilara, por primera vez. Como recompensa por su buen comportamiento, la reina le había dado libertad para recorrer el castillo, pero siempre con escolta. Decía que era «una guardia de honor para mi futura hija», pero para Sansa no era ningún honor.
«Libertad para recorrer el castillo» quería decir que podía ir adonde quisiera dentro de la Fortaleza Roja, siempre que prometiera no salir fuera de sus muros; fue una promesa que Sansa hizo de buena gana. Además, tampoco habría podido aventurarse más allá. Las puertas estaban vigiladas día y noche por los capas doradas de Janos Slynt, y siempre había cerca un guardia de la Casa Lannister. Y aunque pudiera abandonar el castillo, ¿adónde iría? Tenía suficiente con pasear por el patio, recoger flores en el jardín de Myrcella y visitar el sept para rezar por su padre. A veces rezaba también en el bosque de dioses, ya que los Stark veneraban a las antiguas deidades.
Era la primera sesión de corte del reinado de Joffrey, de manera que Sansa miró a su alrededor muy nerviosa. Bajo las ventanas que daban al oeste había una hilera de guardias de la Casa Lannister, y bajo las del este otros tantos Guardias de la Ciudad, con sus capas doradas. No vio ningún plebeyo, pero sí un grupo de señores, unos importantes y otros no tanto, que parecían muy inquietos. No había más de veinte personas, cuando en las sesiones del rey Robert esperaban unas cien.
Sansa se deslizó entre ellos, y murmuró saludos corteses mientras trataba de llegar a la primera fila. Reconoció a Jalabhar Xho, con su piel morena, al sombrío Ser Aron Santagar, a los gemelos Redwyne, Horror y Baboso... pero a ella nadie parecía reconocerla. Y si la conocían, desviaban la vista como si tuviera la peste gris. El enfermizo Lord Gyles se cubrió el rostro al verla llegar y fingió un ataque de tos, y cuando Ser Dontos, siempre borracho y divertido, inició un saludo, Ser Balon Swann le susurró algo al oído, y se calló de inmediato.
Y faltaban muchos. ¿Adónde se habían ido? Sansa no lo sabía. Buscó rostros amigos, pero fue en vano. Nadie la miraba a los ojos. Era como si se hubiera convertido en un fantasma, como si estuviera muerta.
El Gran Maestre Pycelle estaba sentado ante la mesa del Consejo, él solo, al parecer adormilado, con las manos entrelazadas por encima de la barba. Sansa vio que Lord Varys entraba apresuradamente en la sala, sin hacer ruido al caminar. Un momento más tarde entró también Lord Baelish, con una sonrisa en el rostro. Conversó unos instantes con Ser Balon y Ser Dontos antes de ir a su sitio. Sansa sentía el aleteo de los nervios en el estómago.
«No hay por qué tener miedo —se dijo—. No hay por qué tener miedo, todo saldrá bien, Joff me quiere, y la reina también; ella misma me lo dijo.»
—Su Alteza, Joffrey de las Casas Baratheon y Lannister —proclamó el heraldo—, el primero de su nombre, rey de los ándalos, los rhoynar y los primeros hombres, y señor de los Siete Reinos. Su señora madre, Cersei de la Casa Lannister, reina regente, Luz del Occidente y Protectora del Reino.
Ser Barristan Selmy, resplandeciente en su armadura blanca, les abrió paso. Ser Arys Oakheart escoltaba a la reina, y Ser Boros Blount caminaba junto a Joffrey, de manera que en la sala había ya seis Guardias Reales, todos los Espadas Blancas a excepción de Jaime Lannister. Su príncipe... ¡No, ya era su rey!... subió de dos en dos los peldaños que llevaban al Trono de Hierro, mientras que su madre se sentaba a la mesa del Consejo. Joffrey llevaba ropas de terciopelo negro con ribetes carmesí, una deslumbrante capa de hilo de oro con amplio cuello, y lucía una corona de oro con incrustaciones de rubíes y diamantes negros.
Joffrey paseó la vista por la sala y su mirada se encontró con la de Sansa. Sonrió, y se sentó.
—El deber de un rey es castigar a los desleales y recompensar a los que le son fieles. Gran Maestro Pycelle, os ordeno que leáis mis decretos.
Pycelle se puso en pie. Llevaba una túnica magnífica de terciopelo escarlata, con cuello de armiño y brillantes cierres de oro. De una de las amplias mangas, extrajo un tubo dorado, del que sacó un pergamino. Lo desenrolló y empezó a leer una larga lista de nombres, ordenando a cada uno en nombre del rey y del Consejo que se presentaran allí para jurar lealtad a Joffrey. De no hacerlo se los consideraría traidores, y sus tierras y títulos pasarían al trono.
La lista de los nombres hizo que Sansa contuviera el aliento. Lord Stannis Baratheon, su señora esposa, su hija. Lord Renly Baratheon. Los dos hombres que ostentaban el título de Lord Royce y sus respectivos hijos. Ser Loras Tyrell. Lord Mace Tyrell, sus hermanos, tíos e hijos. El sacerdote rojo, Thoros de Myr. Lord Beric Dondarrion. Lady Lysa Arryn y su hijito, el pequeño Lord Robert. Lord Hoster Tully, su hermano Ser Brynden y su hijo Ser Edmure. Lord Jason Mallister. Lord Bryce Caron de las Marcas. Lord Tytos Blackwood. Lord Walder Frey y su heredero, Ser Stevron. Lord Karyl Vance. Lord Jonos Bracken. Lady Shella Whent. Doran Martell, príncipe de Dorne, y todos sus hijos.
«Son tantos —pensó mientras Pycelle seguía y seguía leyendo—. Hará falta toda una bandada de cuervos para llevar todas esas órdenes.»
Y al final, casi los últimos, llegaron los nombres que Sansa temía escuchar. Lady Catelyn Stark. Robb Stark. Brandon Stark. Rickon Stark. Arya Stark. Sansa contuvo una exclamación. Arya. Querían que Arya se presentara para jurar fidelidad... eso significaba que su hermana había escapado en la galera, que a aquellas alturas ya estaría a salvo en Invernalia...
El Gran Maestre Pycelle enrolló la lista, se la guardó en la manga izquierda y se sacó otro pergamino de la derecha. Carraspeó para aclararse la garganta y siguió leyendo.
—Es deseo de Su Alteza que, en lugar del traidor Eddard Stark, sea Tywin Lannister, señor de Roca Casterly y Guardián de Occidente, quien ocupe el puesto de Mano del Rey, para hablar con su voz, dirigir sus ejércitos contra sus enemigos y cumplir su regia voluntad. Así lo ha decretado el rey. El Consejo Privado accede.
»Es deseo de Su Alteza que, en lugar del traidor Stannis Baratheon, sea su señora madre, la reina regente Cersei Lannister, que ha sido siempre su más firme apoyo, quien ocupe un lugar en el Consejo Privado, para ayudarlo a reinar con sabiduría y justicia. Así lo ha decretado el rey. El Consejo Privado accede. —Sansa oyó un murmullo de voces entre los señores que la rodeaban, pero cesó de inmediato. Pycelle siguió leyendo—. Es también deseo de Su Alteza que a su leal sirviente, Janos Slynt, comandante de la Guardia de la Ciudad de Desembarco del Rey, le sea concedido de inmediato el título de Lord, y se le asigne el antiguo asentamiento de Harrenhal, con todas sus tierras e ingresos, y que sus hijos y nietos ostenten los mismos honores tras su muerte y hasta el fin de los tiempos. También es su deseo que Lord Slynt ocupe un puesto de inmediato en el Consejo Privado, para ayudarlo en las labores del reino. Así lo ha decretado el rey. El Consejo Privado accede.
Sansa vio un movimiento por el rabillo del ojo cuando Janos Slynt entró en la sala. Los murmullos fueron entonces más sonoros y airados. Los orgullosos señores, cuyas casas se remontaban hasta hacía miles de años, abrieron paso de mala gana al plebeyo calvo y con cara de sapo. Le habían cosido al jubón de terciopelo negro escamas de oro, que tintineaban con cada uno de sus pasos. Su capa era de seda, a cuadros negros y dorados. Dos muchachos poco agraciados, que debían de ser sus hijos, caminaban ante él, luchando contra el peso de escudos metálicos tan altos como ellos. Había adoptado como blasón una lanza ensangrentada, oro sobre campo negro. Sólo con verlo se le puso a Sansa la carne de gallina.
—Y por último —siguió leyendo el Gran Maestre Pycelle en cuanto Lord Slynt hubo ocupado su lugar—, en estos días de caos y traición, tras la muerte de nuestro amado Robert, es opinión del Consejo que la vida y seguridad del rey Joffrey son de la máxima importancia... —Se interrumpió y miró a la reina. Cersei se levantó.
—Ser Barristan Selmy, adelantaos.
Ser Barristan, que hasta aquel momento había permanecido inmóvil como una estatua al pie del Trono de Hierro, avanzó, hincó una rodilla en tierra e inclinó la cabeza.
—Estoy a vuestras órdenes, Alteza.
—Levantaos, Ser Barristan —dijo Cersei Lannister—. Podéis quitaros el yelmo.
—¿Mi señora? —El anciano caballero se levantó y se quitó el yelmo, aunque al parecer no entendía la razón.
—Habéis servido al reino mucho tiempo y fielmente, buen caballero; cada hombre y cada mujer de los Siete Reinos tiene una deuda de gratitud con vos. Pero ya ha llegado la hora de que concluyáis vuestro servicio. Es deseo del rey y del Consejo que descanséis de tan pesada carga.
—¿Carga? Lo siento... no entiendo...
—Su Alteza intenta deciros que quedáis relevado como Lord Comandante de la Guardia Real —intervino con voz tosca y pesada el recién nombrado lord, Janos Slynt.
—Alteza —dijo al final el caballero alto y canoso que pareció encogerse, casi no respiraba—, la Guardia Real es una Hermandad Juramentada. Hacemos votos de por vida. Sólo la muerte libera al Lord Comandante de su sagrada misión.
—¿La muerte de quién, Ser Barristan? —La voz de la reina era suave como la seda, pero sus palabras llegaron a todos los rincones de la sala—. ¿La vuestra, o la del rey?
—Dejaste morir a mi padre —le dijo Joffrey en tono acusador desde el Trono de Hierro—. Estás demasiado viejo para proteger a nadie.
Sansa vio cómo el caballero alzaba la vista hacia su nuevo rey. Hasta entonces nunca había aparentado los años que tenía, pero en aquel momento era anciano de verdad.
—Alteza —dijo—, se me eligió como Espada Blanca cuando tenía veintitrés años. Era lo máximo que había soñado, desde la primera vez que tuve una espada en la mano. Renuncié a todo derecho sobre mi herencia ancestral. La muchacha con la que iba a casarme contrajo matrimonio con mi primo. Yo no tenía necesidad de tierras, ni de hijos, viviría sólo por el reino. Fue el propio Ser Gerold Hightower quien escuchó mi juramento... proteger al rey con todas mis fuerzas... derramar mi sangre por él... Peleé junto al Toro Blanco, junto al príncipe Lewyn de Dorne... junto a Ser Arthur Dayne, la Espada del Amanecer... Antes de servir a vuestro padre, serví como escudo al rey Aerys, y antes de él a su padre Jaehaerys... tres reyes...
—Todos ellos muertos —señaló Meñique.
—Vuestro tiempo ya ha pasado —anunció Cersei Lannister—. Joffrey necesita a su lado hombres jóvenes y fuertes. El Consejo ha decidido que Ser Jaime Lannister ocupará vuestro lugar como Lord Comandante de los Hermanos Juramentados de las Espadas Blancas.
—El Matarreyes —dijo Ser Barristan con desprecio—. El mal caballero que profanó su espada con la sangre del rey al que había jurado defender.
—Cuidado con lo que decís, ser —le advirtió la reina—. Habláis de nuestro querido hermano, que lleva la sangre del rey.
—No olvidamos vuestros servicios, buen caballero —intervino Lord Varys, más amable que los otros—. Lord Tywin Lannister ha accedido generosamente a concederos una generosa porción de tierra al norte de Lannisport, junto al mar, con oro y hombres suficientes para construir una fortaleza, y criados que atiendan todas vuestras necesidades.
—Una sala en la que morir y hombres para que me entierren —replicó Ser Barristan—. Os lo agradezco, mis señores... pero escupo sobre vuestra compasión. —Alzó la mano y soltó los broches con que se sujetaba la capa, y la pesada prenda blanca cayó de sus hombros al suelo. El yelmo fue a parar al suelo también—. Soy un caballero —añadió. Se abrió los cierres de plata de la coraza, y la dejó caer con lo demás—. Y moriré como un caballero.
—Un caballero desnudo, a este paso —bromeó Meñique.
Todos se echaron a reír: Joffrey en su trono, los señores que aguardaban de pie, Janos Slynt, la reina Cersei y Sandor Clegane, y hasta el resto de los hombres de la Guardia Real, los cinco que hasta hacía un instante habían sido sus hermanos.
«Seguro que esto es lo que más le ha dolido», pensó Sansa. Su corazón estaba con el valiente anciano que se encontraba allí, de pie, abochornado y sonrojado, demasiado furioso para decir nada. Por último, desenvainó la espada.
Sansa oyó una exclamación contenida. Ser Boros y Ser Meryn se adelantaron para enfrentarse a él, pero Ser Barristan los detuvo en el sitio con una mirada rebosante de desprecio.
—No temáis, señores, vuestro rey está a salvo... pero no gracias a vosotros. Incluso ahora podría acabar con los cinco tan fácilmente como si cortara queso con una daga. Si vais a servir a las órdenes del Matarreyes, ninguno de vosotros es digno de vestir el blanco. —Tiró la espada al pie del Trono de Hierro—. Toma, niño. Fúndela y ponla con las demás si quieres. Te será más útil que las espadas que esgriman estos cinco. Puede que Lord Stannis se siente sobre ella cuando te quite el trono.
Salió de la sala por el camino más largo, con pasos que resonaban sonoros contra el suelo y levantaban ecos en las paredes de piedra desnuda. Las damas y los caballeros le abrieron paso. Hasta que no hubo traspasado las grandes puertas de roble y bronce, Sansa no oyó de nuevo los sonidos habituales de los susurros, las personas que se movían inquietas y los crujidos de los papeles sobre la mesa del Consejo.
—Me ha llamado niño —se quejó Joffrey, que en aquel momento no aparentaba su edad—. Y ha hablado de mi tío Stannis.
—Pura palabrería —dijo Varys, el eunuco—. Sin la menor importancia...
—Puede que esté intrigando con mis tíos. Quiero que lo apresen y lo interroguen. —Nadie se movió. Joffrey alzó la voz—. ¡He dicho que quiero que lo apresen!
—Mis capas doradas se encargarán de todo, Alteza —dijo Janos Slynt levantándose de la mesa del Consejo.
—Bien —dijo el rey Joffrey. Lord Janos salió de la sala a zancadas; sus feos retoños casi tenían que correr tras él, con el gran escudo de metal en el que se veían las armas de la Casa Slynt.
—Alteza —le recordó Meñique al rey—, prosigamos. Los siete son ahora seis. Nos falta una espada para vuestra Guardia Real.
—Díselo tú, madre. —Joffrey sonrió.
—El rey y el Consejo han decidido que no hay hombre en los Siete Reinos más adecuado para guardar y proteger a Su Alteza que su escudo juramentado, Sandor Clegane.
—¿Qué te parece, Perro? —preguntó el rey Joffrey.
El rostro cicatrizado del Perro no dejaba traslucir información. Se detuvo a pensar un largo instante.
—¿Por qué no? No tengo tierras, ni esposa. Y aunque tuviera, ¿a quién le importaría? —Torció el lado quemado de la boca—. Pero os lo advierto, no pienso prestar juramento como caballero.
—Los Hermanos de la Guardia Real han sido siempre caballeros —dijo Ser Boros con firmeza.
—Hasta ahora —replicó el Perro con voz áspera.
Ser Boros se quedó en silencio.
Cuando el heraldo del rey dio un paso al frente, Sansa comprendió que se acercaba el momento. Nerviosa, se alisó el tejido de la falda. Vestía de luto como muestra de respeto al difunto rey, pero había puesto especial cuidado en estar bonita. Llevaba el vestido de seda marfil que la reina le había regalado, el que Arya estropeara con la naranja, pero lo había teñido de negro y la mancha no se veía. Estuvo horas rebuscando entre sus joyas antes de optar por la elegante sencillez de una cadena de plata.
—Si alguien quiere presentar otros asuntos a Su Alteza —retumbó la voz del heraldo en la sala—, que hable ahora o que se mantenga en silencio.
«Ahora —se dijo Sansa, temblando de miedo—. Tiene que ser ahora, que los dioses me den valor. —Dio un paso, y otro. Los señores y caballeros se apartaron para dejarla pasar—. Tengo que ser tan fuerte como mi señora madre.»
—Alteza —dijo con voz temblorosa.
La altura del Trono de Hierro hacía que Joffrey dominara la sala mejor que nadie. Fue el primero en verla.
—Adelantaos, mi señora —le dijo sonriente.
Su sonrisa le dio valor, la hizo sentir hermosa y fuerte. «Me ama, me ama.» Sansa alzó la cabeza y se dirigió hacia él, ni muy despacio ni demasiado deprisa. No debía permitir que vieran lo nerviosa que estaba.
—Lady Sansa, de la Casa Stark —anunció el heraldo.
Se detuvo bajo el trono, al lado de la capa blanca, el yelmo y la coraza de Ser Barristan.
—¿Quieres presentar algún tema ante el rey y el Consejo, Sansa? —le preguntó la reina desde la mesa del Consejo.
—Así es. —Se arrodilló sobre la capa para no manchar su vestido, y alzó la vista hacia su príncipe, sentado en el temible trono negro—. Alteza, quiero pedir misericordia para mi padre, Lord Eddard Stark, que fue Mano del Rey. —Había ensayado aquellas palabras un centenar de veces.
—Me decepcionas, Sansa. —La reina dejó escapar un suspiro—. ¿Qué te dije sobre la sangre del traidor?
—Vuestro padre ha cometido crímenes graves y espantosos, mi señora —entonó el Gran Maestre Pycelle.
—Pobrecilla, pobrecilla —suspiró Varys—. No es más que una niña, mis señores, no sabe lo que está pidiendo.
Sansa sólo tenía ojos para Joffrey.
«Tiene que escucharme, tiene que escucharme», pensó. El rey se movió inquieto en el trono.
—Dejad que hable —ordenó—. Quiero escucharla.
—Gracias, Alteza. —Sansa le dirigió una sonrisa tímida, secreta, sólo para él. La estaba escuchando. Lo sabía, lo sabía.
—La traición es una semilla ponzoñosa —declaró Pycelle con solemnidad—. Hay que arrancarla de raíz, o nacerán nuevos traidores junto al camino.
—¿Negáis los crímenes de vuestro padre? —preguntó Lord Baelish.
—No, mis señores. —Sansa sabía qué debía decir—. Sé que merece un castigo. Lo único que pido es piedad. Mi padre debe de lamentar lo que hizo. Era amigo del rey Robert, lo quería con todo su corazón, bien lo sabéis. Él no quería ser la Mano hasta que el rey se lo pidió. A mi padre lo debieron de engañar. Lord Renly, o Lord Stannis, o... o alguien, seguro que lo engañaron, si no...
El rey Joffrey se inclinó hacia delante, con las manos sobre los brazos del trono. Entre sus dedos sobresalían las puntas de las espadas.
—Dijo que yo no era el rey. ¿Por qué?
—Tenía la pierna rota —replicó Sansa al instante—. Le dolía tanto que el maestre Pycelle le daba la leche de la amapola, y se dice que la leche de la amapola nubla la mente. De lo contrario, jamás habría dicho nada así.
—La fe de una niña... —dijo Varys—. Qué dulce inocencia... pero se dice que de las bocas de los inocentes se escucha la verdad.
—La traición es la traición —señaló Pycelle al instante.
—¿Madre? —Joffrey se mecía en el trono, inquieto.
—Si Lord Eddard confesara su crimen —dijo por fin Cersei Lannister después de mirar a Sansa, pensativa—, sabríamos que se ha arrepentido de su locura.
«Por favor —pensó Sansa—. Por favor, por favor, sé el rey que sé que eres, bueno, generoso y noble, por favor.»
—¿Queréis añadir algo más? —preguntó Joffrey poniéndose en pie.
—Sólo que... si me amáis, me concederéis esta merced, príncipe mío —dijo.
—Vuestras dulces palabras me han conmovido —dijo galante el rey Joffrey mirándola de arriba abajo, al tiempo que asentía, dando a entender que todo se iba a arreglar—. Haré lo que me pidáis... pero antes, vuestro padre debe confesar. Debe confesar y reconocer que soy el rey, o no habrá piedad para él.
—Lo hará —dijo Sansa, con un alivio inmenso—. Lo hará, sé que lo hará.
EDDARD
La paja del suelo apestaba a orina. No había ventanas, ni lecho, ni siquiera un cubo para hacer sus necesidades. Recordó unos muros de piedra color rojo claro festoneados con manchas de salitre, una puerta gris de madera astillada, de diez centímetros de grosor, con remaches de hierro. Lo había visto un instante justo antes de que lo empujaran al interior de la celda. Una vez cerrada la puerta, ya no vio nada más. La oscuridad era absoluta. Tanto daría que estuviera ciego.
O muerto. Enterrado con su rey.
—Ay, Robert —murmuró al tiempo que tocaba la piedra fría.
La pierna le palpitaba cada vez que se movía. Recordaba las bromas del rey en las criptas de Invernalia, bajo la mirada fría de los Reyes del Invierno.
«El rey come, y la Mano limpia la mierda.» Cuánto se habían reído. Pero Robert estaba equivocado. «El rey muere —pensó Ned Stark—, y entierran a la Mano.»
La mazmorra se encontraba bajo la Fortaleza Roja, más profunda de lo que se atrevía a imaginar. Recordó las viejas leyendas sobre Maegor el Cruel, que hizo matar a los albañiles que trabajaron en el castillo, para que no pudieran revelar sus secretos.
Malditos fueran todos: Meñique, Janos Slynt y sus capas doradas, la reina, el Matarreyes, Pycelle y Varys y Ser Barristan; hasta Lord Renly, que era de la sangre de Robert, y había huido cuando más lo necesitaba. Pero sobre todo se culpaba a sí mismo.
—Idiota —gritó a la oscuridad—. Tres veces idiota, y encima ciego.
El rostro de Cersei Lannister parecía flotar ante él, en la oscuridad. Tenía el cabello lleno de sol, pero su sonrisa era burlona.
«Cuando se juega al juego de tronos, sólo se puede ganar o morir», le susurró. Ned había jugado, y había perdido, y sus hombres pagaron con la vida el precio de su estupidez.
Cada vez que pensaba en sus hijas habría llorado de buena gana, pero no le salían las lágrimas. Incluso en aquellos momentos, era un Stark de Invernalia, y la rabia y el dolor se congelaban en su interior.
Si permanecía inmóvil, la pierna no le dolía tanto, así que hacía lo posible por yacer quieto. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. No había sol, ni luna. No había luz para marcar las paredes. Ned cerraba los ojos, y los abría sin que ello representara ninguna diferencia. Dormía, despertaba y volvía a dormir. No sabía qué le resultaba más doloroso, el sueño o el despertar. Cuando dormía tenía pesadillas inquietantes, soñaba con sangre, con promesas rotas. Cuando despertaba no podía hacer otra cosa que pensar, y sus pensamientos eran peores que las pesadillas. Sólo pensar en Cat le resultaba tan doloroso como un lecho de agujas. ¿Dónde estaría en aquel momento, qué haría? ¿Volvería a verla alguna vez?
Las horas se transformaron en días, o eso le pareció. Sentía un dolor sordo en la pierna destrozada, y picor bajo la escayola. Cada vez que se tocaba el muslo sentía arder la carne. No se escuchaba más sonido que el de su respiración. Tras un tiempo empezó a hablar en voz alta, sólo por oír una voz. Hizo planes para mantenerse cuerdo, construyó castillos de esperanza en la oscuridad. Los hermanos de Robert estaban fuera, reuniendo ejércitos en Rocadragón y Bastión de Tormentas. Alyn y Harwin volverían a Desembarco del Rey con el resto de sus guardias en cuanto se encargaran de Ser Gregor. Catelyn levantaría el norte en armas en cuanto recibiera la noticia, y los señores del río, la montaña y el Valle se unirían a ella.
Descubrió que cada vez pensaba más en Robert. Veía al rey tal como fue en la flor de su juventud, alto y apuesto, con el gran yelmo adornado con cornamenta en la cabeza, la maza de guerra en la mano, a lomos de su caballo como un dios astado. Oía su risa en la oscuridad, veía sus ojos, azules y claros como lagos en la montaña.
—Mira a qué nos hemos visto reducidos, Ned —le dijo Robert—. Dioses, ¿cómo hemos acabado así? Tú ahí, y yo asesinado por un cerdo. Juntos conseguimos un trono...
«Te fallé, Robert —pensó Ned. No podía decirlo en voz alta—. Te mentí, te oculté la verdad. Dejé que te mataran.»
El rey lo oyó.
—Idiota estirado —le dijo—, demasiado orgulloso para escuchar. ¿No te pudiste tragar el orgullo, Stark? ¿Acaso el honor protegerá a tus hijos? —El rostro se agrietó, la carne se llenó de fisuras. Extendió la mano y arrancó la máscara. No era Robert, sino Meñique, sonriente, que se burlaba de él. Cuando abrió la boca para hablar, sus mentiras se convirtieron en polillas grises que echaron a volar.
Ned estaba adormilado cuando las pisadas se detuvieron afuera, en el pasillo. Al principio pensó que las había soñado; hacía mucho que no oía nada que no fuera el sonido de su voz. Estaba febril, tenía los labios secos y agrietados, y el dolor sordo de la pierna era un suplicio. Cuando la pesada puerta de madera se abrió con un crujido, la luz repentina le hizo daño en los ojos.
El carcelero empujó una jarra hacia él. La arcilla estaba fresca, húmeda por fuera. Ned la cogió con ambas manos y bebió, ansioso. El agua se le derramó por las comisuras de la boca y le mojó la barba. Bebió hasta que estuvo a punto de vomitar.
—¿Cuánto tiempo...? —preguntó con voz débil.
—Nada de hablar —dijo el carcelero al tiempo que le arrebataba la jarra de las manos. Era un hombrecillo flaco como un espantapájaros, con cara de rata y barba poco poblada, que vestía cota de mallas y capa corta de cuero.
—Por favor —dijo Ned—. Mis hijas...
La puerta se cerró de golpe. Parpadeó mientras la luz volvía a esfumarse, inclinó la cabeza sobre el pecho y se acurrucó en la paja. Ya no apestaba a orina ni a excrementos. Ya no apestaba a nada.
Después no pudo establecer la diferencia entre estar dormido y despierto. El recuerdo se acercaba a él a hurtadillas en la oscuridad, vívido como un sueño. Fue el año de la falsa primavera, él volvía a tener dieciocho años, había bajado del Nido de Águilas para asistir al torneo de Harrenhal. Veía el verde intenso de la hierba y olía el polen en el viento. Días cálidos, noches frescas y el sabor dulce del vino. Recordó la risa de Brandon, y el valor loco de Robert en el combate cuerpo a cuerpo, su manera de reír mientras descabalgaba a sus adversarios a diestro y siniestro. Recordó a Jaime Lannister, un joven con armadura blanca, de rodillas en la hierba ante el pabellón de su rey, jurando proteger y defender al rey Aerys. Después, Ser Oswell Whent lo ayudó a ponerse en pie, y el Toro Blanco en persona, el Lord Comandante Ser Gerold Hightower, le abrochó la capa nívea de la Guardia Real. Luego los seis Espadas Blancas dieron la bienvenida a su nuevo hermano.
Pero, cuando empezó la justa, Rhaegar Targaryen fue el protagonista. El príncipe coronado llevaba la misma armadura que luciría el día de su muerte: negra, deslumbrante, con el dragón tricéfalo de su Casa dibujado con rubíes sobre la coraza. La capa de seda escarlata le ondeaba a la espalda al cabalgar, y parecía que no había lanza capaz de tocarlo. Brandon cayó ante él, y también Bronze Yohn Royce... y hasta el espléndido Ser Arthur Dayne, la Espada del Amanecer.
Robert había estado bromeando con Jon y con el anciano Lord Hunter mientras el príncipe daba la vuelta al campo de justas tras desmontar a Ser Barristan en el último combate por la corona del campeón. Ned recordó claramente el momento en que todas las sonrisas murieron, cuando el príncipe Rhaegar Targaryen espoleó su caballo, pasó de largo por donde estaba su esposa, la princesa de Dorne, Elia Martell, para poner el laurel de reina de la belleza en el regazo de Lyanna. Aún era capaz de visualizarlo: una corona de rosas invernales, azules como la escarcha.
Ned Stark extendió la mano para coger la corona de flores, pero bajo los pétalos azules había espinas escondidas. Sintió cómo se le clavaban en la piel, agudas, cruentas. Vio el reguero de sangre que le brotaba de los dedos, y despertó tembloroso en la oscuridad.
—Prométemelo, Ned —le había susurrado su hermana en su lecho de sangre. A ella le encantaba el aroma de las rosas invernales.
—Los dioses me guarden —sollozó Ned—. Me estoy volviendo loco.
Los dioses no se dignaron responder.
Cada vez que el carcelero le llevaba agua, se decía que había pasado un día más. Al principio le suplicaba que le diera alguna noticia de sus hijas, que le dijera algo sobre lo que pasaba fuera de la celda. Sólo obtuvo gruñidos y patadas a modo de respuesta. Más adelante, cuando empezaron los calambres del estómago, suplicó comida. No sirvió de nada. Quizá los Lannister querían matarlo de hambre.
«No», se dijo. Si Cersei lo quisiera muerto lo habrían asesinado en el salón del trono, junto a sus hombres. Lo necesitaba con vida. Débil, desesperado, pero con vida. Catelyn tenía prisionero a su hermano. La reina no osaría matarlo, sería también el fin del Gnomo.
Oyó un tintineo de cadenas de hierro en el exterior de la celda. La puerta crujió y se abrió. Ned puso una mano en la pared húmeda y trató de incorporarse hacia la luz. El brillo de una antorcha le hizo entrecerrar los ojos.
—Comida —gimió.
—Vino —le respondió una voz. No era el hombre con cara de rata; aquel carcelero era más bajo, más grueso, aunque llevaba la misma capa corta de cuero y el casco con punta de acero—. Bebed, Lord Eddard. —añadió, y puso un pellejo de vino en las manos de Ned.
La voz le resultaba extrañamente familiar, pero Ned Stark tardó unos momentos en situarla.
—¿Varys? —dijo al final, inseguro. Tocó el rostro del hombre—. Esto no... no lo estoy soñando. Estáis aquí. —Las mejillas regordetas del eunuco estaban cubiertas por una barba oscura y descuidada. Ned palpó el pelo tosco con los dedos. Varys se había transformado en un carcelero canoso, que apestaba a sudor y a vino agrio—. ¿Cómo habéis... qué clase de mago sois?
—Un mago sediento —dijo Varys—. Bebed, mi señor.
—¿Es el mismo veneno que mató a Robert? —preguntó Ned palpando el pellejo.
—Me ofendéis —respondió Varys con tristeza—. Qué cierto es que nadie quiere a un eunuco. Dadme ese pellejo. —Bebió un buen trago, un hilillo de vino tinto le corrió por la comisura de la boca regordeta—. No es tan bueno como el que me ofrecisteis la noche del torneo, pero tampoco resulta más venenoso que la mayoría —concluyó al tiempo que se secaba los labios—. Tomad.
—Posos —dijo Ned después de pegar un trago. Sentía como si estuviera a punto de vomitar.
—Todo hombre debe probar lo dulce con lo amargo. Los grandes señores y los eunucos, todos por igual. Ha llegado vuestra hora, mi señor.
—Mis hijas...
—La pequeña escapó de Ser Meryn y consiguió huir —le dijo Varys—. No he podido encontrarla. Los Lannister tampoco. Es una buena noticia, nuestro nuevo rey no le tiene demasiado afecto. Vuestra hija mayor sigue siendo la prometida de Joffrey. Cersei la vigila de cerca. Acudió a la corte hace unos días para suplicar que fueseis perdonado. Lástima que no la oyerais, resultó conmovedora. —Se inclinó hacia él y lo miró con atención—. Supongo que sabéis que sois hombre muerto, Lord Eddard.
—La reina no me matará —replicó Ned. La cabeza le daba vueltas. El vino era fuerte, y llevaba demasiado tiempo sin comer—. Cat... Cat tiene a su hermano...
—No tiene al hermano adecuado —suspiró Varys—. Y, de cualquier manera, ya no está en su poder. Dejó que el Gnomo se le escapara de entre los dedos. Supongo que ya estará muerto, en cualquier lugar de las Montañas de la Luna.
—Si eso es cierto, cortadme la garganta y acabemos ya de una vez. —Estaba mareado por el vino, agotado, y triste.
—Vuestra sangre es lo último que deseo.
—Cuando mataron a mis guardias estabais junto a la reina —dijo Ned con el ceño fruncido—, y os limitasteis a mirar sin decir nada.
—Volvería a hacerlo. Creo recordar que también estaba desarmado, sin armadura y rodeado de espadas Lannister. —El eunuco lo miró con curiosidad, inclinando la cabeza a un lado—. Cuando era joven, antes de que me mutilaran, viajé por las Ciudades Libres con una compañía de comediantes. Me enseñaron que cada hombre tiene su papel en la vida, igual que en las comedias. Así es la corte. La Justicia del Rey debe ser temible, el jefe de la moneda debe ser frugal, el Lord Comandante de la Guardia Real debe ser valiente... y el jefe de los rumores debe ser taimado, obsequioso y carecer de escrúpulos. Un informador valeroso sería tan inútil como un guerrero cobarde. —Volvió a coger el pellejo de vino, y bebió otro trago.
—¿Me podéis sacar de este agujero? —Ned escrutó el rostro del eunuco, en busca de la verdad oculta bajo las cicatrices falsas y la barba postiza. Probó un poco más de vino. Le entró con mayor facilidad.
—Puedo, pero... ¿lo haré? No. Habría muchas preguntas, y las respuestas apuntarían en mi dirección.
—Sois franco. —Había sido la respuesta que Ned esperaba.
—Un eunuco no tiene honor, y una araña no puede permitirse el lujo de los escrúpulos, mi señor.
—Al menos, ¿querréis llevar un mensaje de mi parte?
—Eso dependerá del mensaje. Si lo deseáis os proporcionaré papel y pluma. Escribiréis lo que queráis, luego yo cogeré la carta, la leeré, y la entregaré o no, según convenga a mis fines.
—Vuestros fines. ¿Cuáles son, Lord Varys?
—La paz —replicó Varys sin titubear—. Si había alguien en Desembarco del Rey que intentara por todos los medios mantener con vida a Robert Baratheon, ése era yo. —Suspiró—. Durante quince años conseguí protegerlo de sus enemigos, pero no pude protegerlo de sus amigos. ¿Qué ataque de locura os hizo decirle a la reina que sabíais la verdad sobre el origen de Joffrey?
—La locura de la piedad —admitió Ned.
—Ah —dijo Varys—. Claro. Sois un hombre honesto y honorable, Lord Eddard. A veces se me olvida. He conocido a tan pocos en mi vida... —Echó un vistazo a la celda—. Al ver a dónde os han traído la honestidad y el honor, lo comprendo.
—El vino del rey... —Ned Stark apoyó la cabeza contra la piedra húmeda, y cerró los ojos. La pierna le palpitaba—. ¿Habéis interrogado a Lancel?
—Oh, por supuesto. Cersei le dio los pellejos, y le dijo que era la cosecha favorita de Robert. —El eunuco se encogió de hombros—. La vida de un cazador está llena de peligros. Si el jabalí no hubiera matado a Robert, habría sido una caída del caballo, la mordedura de una víbora, una flecha perdida... el bosque es el matadero de los dioses. Lo que acabó con el rey no fue el vino. Fue vuestra piedad.
—Los dioses me perdonen. —Era lo que Ned había temido.
—Si los dioses existen, creo que lo harán —replicó Varys—. De cualquier manera, la reina no habría esperado mucho más. Robert se estaba volviendo difícil de manejar, tenía que acabar con él para tener las manos libres y enfrentarse también a sus hermanos. Qué pareja, Stannis y Renly... el guantelete de hierro y el guante de seda. —Se secó la boca con el dorso de la mano—. Os habéis comportado como un estúpido, mi señor. Debisteis hacer caso a Meñique cuando os dijo que apoyarais a Joffrey para la sucesión.
—¿Cómo... cómo sabéis eso?
—Lo sé —dijo Varys con una sonrisa—, es lo único que importa. Y también sé que mañana la reina vendrá a veros.
—¿Por qué? —Ned alzó los ojos, despacio.
—Cersei os tiene miedo, mi señor... pero hay otros enemigos a los que todavía teme más. Su amado hermano Jaime está en estos momentos combatiendo contra los señores del río. Lysa Arryn ocupa el Nido de Águilas, rodeada de piedra y acero, y no siente ningún cariño hacia la reina. Se dice que en Dorne los Martell lloran aún el asesinato de la princesa Elia y sus bebés. Y ahora vuestro hijo avanza por el Cuello, con una hueste de norteños.
—Robb no es más que un niño —dijo Ned, conmocionado.
—Un niño con un ejército —replicó Varys—. Pero, como bien decís, sólo un niño. Los hermanos del rey son los que quitan el sueño a Cersei, sobre todo Lord Stannis. Es él quien tiene derecho al trono, sus proezas como comandante en el campo de batalla son de todos conocidas, y no conoce la piedad. No hay criatura en la tierra tan aterradora como un hombre justo. Nadie sabe qué ha estado haciendo Stannis en Rocadragón, pero sospecho que si se ha dedicado a coleccionar algo han sido espadas, no conchas marinas. Así que ahí tenéis la pesadilla de Cersei: mientras su padre y su hermano gastan las fuerzas luchando contra los Tully y los Stark, Lord Stannis desembarca, se proclama rey, y adiós a la cabecita rubia y rizada de su hijo... y a la suya, de paso, aunque sospecho que a Stannis le preocupa más el chico.
—Stannis Baratheon es el legítimo heredero de Robert —dijo Ned—. El trono le corresponde por derecho. Su proclamación sería lo justo.
—Os garantizo que no es eso lo que Cersei quiere escuchar —dijo Varys después de chasquear la lengua—. Stannis puede conseguir el trono, pero si no medís vuestras palabras lo único que quedará de vos para recibirlo será vuestra cabeza pudriéndose en una pica. Las súplicas de Sansa fueron tan dulces... sería una lástima que lo echarais todo a perder. Podéis recuperar la vida. Cersei no es estúpida. Sabe que un lobo domesticado es más útil que un lobo muerto.
—¿Queréis que sirva a la mujer que mató a mi rey, asesinó a mis hombres y dejó tullido a mi hijo? —La voz de Ned denotaba toda la incredulidad del mundo.
—Quiero que sirváis al reino —replicó Varys—. Decidle a la reina que confesaréis vuestra vil traición. Ordenad a vuestro hijo que deponga la espada, y proclamad que Joffrey es el heredero legítimo. Ofreceos a denunciar a Stannis y a Renly como usurpadores. Nuestra leona de ojos verdes sabe que sois hombre de honor. Si le dais la paz que necesita, y el tiempo para enfrentarse a Stannis, y juráis que os llevaréis su secreto a la tumba, creo que os dará permiso para vestir el negro y pasar el resto de vuestros días en el Muro, con vuestro hermano y ese hijo bastardo que tenéis allí.
Al pensar en Jon, Ned sintió una vergüenza profunda, y un dolor más allá de las palabras. Ojalá pudiera ver al muchacho otra vez, sentarse, hablar con él... El dolor le recorrió la pierna como un latigazo bajo la escayola sucia. Hizo una mueca, y abrió y cerró los dedos, impotente.
—¿Este plan es cosa vuestra? —preguntó a Varys—. ¿O es también cosa de Meñique?
—Antes de aliarme con Meñique me casaría con la Cabra Negra de Qohor —Aquello había hecho sonreír al eunuco—. Meñique es el segundo hombre más retorcido de los Siete Reinos. Oh, por supuesto que le transmito rumores, los que a mí me interesan, y los necesarios para que crea que le soy leal... igual que permito que Cersei piense que soy leal a ella.
—E igual que me lo hicisteis creer a mí. Decidme, Lord Varys, ¿a quién servís en realidad?
—Al reino, mi buen señor —contestó Varys con una sonrisa—, no lo dudéis. Os lo juro por mi virilidad perdida. Sirvo al reino, y el reino necesita paz. —Apuró el último trago de vino y tiró el pellejo vacío a un rincón—. Decidme, Lord Eddard, ¿cuál es vuestra respuesta? Dadme vuestra palabra de que, cuando la reina venga a veros, le diréis lo que quiere oír.
—Si lo hiciera, mi palabra sería tan hueca como una armadura vacía. No valoro mi vida tanto como para eso.
—Lástima —suspiró el eunuco—. ¿Qué hay de la vida de vuestra hija, mi señor? ¿Cuánto la valoráis?
—Mi hija... —El corazón se le heló a Ned en el pecho.
—No pensaréis que he olvidado su dulce inocencia, ¿verdad, mi señor? Desde luego la reina no la ha olvidado.
—No —suplicó Ned, con la voz rota—. Varys, por los dioses, haced lo que queráis conmigo, pero dejad a mi hija fuera de vuestros planes. Sansa no es más que una niña.
—También Rhaenys era una niña. La hija del príncipe Rhaegar. Una chiquilla adorable, más joven que vuestras hijas. Tenía un gatito negro al que llamaba Balerion, ¿lo sabíais? A veces me pregunto qué sería de él. A Rhaenys le gustaba jugar a que era el verdadero Balerion, el Terror Negro de antaño, pero supongo que los Lannister le enseñaron enseguida la diferencia entre un gatito y un dragón, el día que derribaron su puerta. —Varys dejó escapar un suspiro de cansancio, el suspiro del hombre que carga sobre los hombros con todas las penas del mundo—. Una vez el Septon Supremo me dijo que el sufrimiento es el precio que pagamos por nuestros pecados. Si eso es cierto, decidme, Lord Eddard... ¿por qué son siempre los inocentes los que más sufren cuando vosotros, los grandes señores, jugáis al juego de tronos? Meditadlo mientras esperáis a la reina. Y meditad también sobre esto: el próximo visitante puede traeros pan, queso, y leche de la amapola que os alivie el dolor... o puede traeros la cabeza de Sansa.
»Mi querido Lord Mano, la decisión es sólo vuestra.
CATELYN
A medida que el ejército bajaba por el camino, entre las ciénagas negras del Cuello, y se abría al llegar a las tierras del río, los temores de Catelyn aumentaban. Ocultaba sus miedos tras un rostro sereno e inexpresivo, pero allí estaban, y crecían con cada legua de trayecto. Se pasaba los días ansiosa, las noches inquieta, y cada vez que veía volar un cuervo apretaba los dientes.
Temía por su señor padre, y su silencio ominoso la llenaba de dudas. Temía por su hermano Edmure, y rezaba a los dioses para que velaran por él si tenía que enfrentarse en combate al Matarreyes. Temía por Ned y por las niñas, y por el dulce muchachito que había dejado en Invernalia. Pero no podía hacer nada por ninguno de ellos, de manera que intentaba apartarlos de sus pensamientos.
«Debes conservar las fuerzas para Robb —se dijo—. Es el único al que puedes ayudar. Debes ser tan fiera y dura como el norte, Catelyn Tully. Ahora debes ser una verdadera Stark, como tu hijo.»
Robb cabalgaba a la cabeza de la columna, bajo el estandarte blanco de Invernalia. Cada día invitaba a uno de los señores a unirse a él, de manera que pudieran conferenciar por el camino. Honraba por turnos a todos los hombres, sin favoritismos, y los escuchaba igual que había hecho su padre, siempre sopesando las palabras de cada uno contra las de los demás.
«Ha aprendido mucho de Ned —pensaba Catelyn al mirarlo—. Pero, ¿será suficiente?»
El Pez Negro había elegido cien hombres y cien caballos veloces, y se había adelantado para ocultar sus movimientos y examinar el camino. Los informes que trajeron de vuelta los jinetes de Ser Brynden no la tranquilizaron en absoluto. Las huestes de Lord Tywin estaban a varios días de camino hacia el sur... pero Walder Frey, señor del Cruce, había reunido a casi cuatro mil hombres en sus castillos del Forca Verde.
—Otra vez tarde —murmuró Catelyn al enterarse. Maldito hombre, era otra vez como en el Tridente. Su hermano Edmure había convocado a los vasallos; Lord Frey debería haberse unido al ejército de los Tully en Aguasdulces, pero seguía en el Forca Verde.
—Cuatro mil hombres —repitió Robb, más perplejo que airado—. Lord Frey no pensará enfrentarse solo a los Lannister. Sin duda pretende unirse a nuestro ejército.
—¿Tú crees? —replicó Catelyn. Se había adelantado para cabalgar con Robb y con Robett Glover, su acompañante de aquel día. La vanguardia se extendía a sus espaldas como un lento bosque de lanzas, picas y estandartes—. Yo no estaría tan segura. Nunca esperes nada de Walder Frey, así te ahorrarás sorpresas.
—Es vasallo de tu padre.
—Hay hombres que se toman sus juramentos más en serio que otros, Robb. Y las relaciones de Lord Walder con Roca Casterly siempre fueron más amistosas de lo que a mi padre le habría gustado. Uno de sus hijos está casado con la hermana de Tywin Lannister. Cierto que eso no significa gran cosa. Lord Walder ha tenido gran número de hijos, y con alguien había que casarlos, pero...
—¿Teméis que piense traicionarnos y ayudar a los Lannister, mi señora? —preguntó Robett Glover, muy serio.
—Para ser sincera —contestó Catelyn con un suspiro—, dudo que el propio Lord Frey sepa cuáles son las intenciones de Lord Frey. Tiene la cautela de un anciano y la ambición de un joven, y astucia nunca le ha faltado.
—Necesitamos los Gemelos, madre —dijo Robb con vehemencia—. No hay otra manera de cruzar el río. Lo sabes igual que yo.
—Sí. Y también lo sabe Walder Frey, puedes estar seguro.
Aquella noche acamparon en el límite sur de los pantanos, a mitad de trayecto entre el camino real y el río. Allí los encontró Theon Greyjoy cuando fue a llevarles nuevas noticias de su tío.
—Ser Brynden me envía a deciros que ya ha cruzado espadas con los Lannister. Hay una docena de exploradores que no volverán para informar a Lord Tywin a corto plazo... ni nunca. —Sonrió—. Ser Addam Marbrand está al mando de su avanzadilla, y se retira hacia el sur, quemándolo todo a su paso. Sabe aproximadamente dónde nos encontramos, pero dice el Pez Negro que, cuando nos dividamos, no se enterará.
—A menos que Lord Frey se lo diga —señaló Catelyn—. Theon, cuando vuelvas con mi tío, dile que sitúe a sus mejores arqueros en torno a los Gemelos, día y noche, con orden de abatir cualquier cuervo que salga de sus almenas. No quiero que ninguno lleve noticias a Lord Tywin sobre los movimientos de mi hijo.
—Ser Brynden ya se ha encargado de eso, mi señora —respondió Theon, con una sonrisa arrogante—. Unos cuantos pájaros más y podremos preparar una empanada. Os guardaré las plumas para que os hagáis un sombrero.
Debía haber imaginado que Brynden el Pez Negro lo habría calculado ya.
—¿Qué han hecho los Frey mientras los Lannister quemaban sus campos y saqueaban sus aldeas?
—Ha habido enfrentamientos entre los hombres de Ser Addam y los de Lord Walder —respondió Theon—. A menos de un día de camino de aquí nos encontramos con dos exploradores Lannister que servían de alimento a los buitres: los Frey los habían ahorcado. Pero la mayor parte de los hombres de Lord Walder permanece en los Gemelos.
Catelyn pensó con amargura que aquello llevaba, sin lugar a dudas, el sello de Walder Frey: esperar, demorarse, vigilar y no correr riesgos a menos que lo obligaran.
—Si ha estado combatiendo a los Lannister, quizá piense mantener su juramento —dijo Robb.
—Defender sus tierras es una cosa —dijo Catelyn, que no estaba tan segura—, y enfrentarse a Lord Tywin en batalla otra muy diferente.
—¿Ha descubierto el Pez Negro alguna otra manera de cruzar el Forca Verde? —preguntó Robb volviéndose hacia Theon Greyjoy.
—El río baja muy crecido y muy rápido —contestó Theon con un gesto de negación—. Ser Brynden dice que, tan al norte, no se puede vadear.
—¡Necesito ese paso! —declaró Robb, airado—. Sí, supongo que los caballos podrían cruzar a nado, pero no si llevan a lomos jinetes con armaduras. Tendríamos que construir balsas para cruzar las armas, los yelmos, las cotas de mallas... y no tenemos tantos árboles. Ni tanto tiempo. Lord Tywin avanza hacia el norte... —Apretó un puño.
—Lord Frey no será tan estúpido como para intentar cortarnos el paso —dijo Theon Greyjoy, con su confianza habitual—. Tenemos cinco veces más hombres que él. Si lo necesitas puedes tomar los Gemelos, Robb.
—No sería sencillo —les advirtió Catelyn—. Y no lo conseguirías a tiempo. Mientras preparas el asedio, Tywin Lannister llegaría con sus huestes y te atacaría por la retaguardia.
Robb miró a Greyjoy, buscando respuestas, sin encontrarlas. Por un momento, pese a la cota de mallas, la espada y la sombra de barba, aparentaba ser aún más joven.
—¿Qué haría mi padre? —preguntó a Catelyn.
—Buscar una manera de pasar —respondió ella—. Costara lo que costara.
A la mañana siguiente fue Ser Brynden quien acudió a hablar con ellos. Se había despojado de la pesada coraza y el yelmo que llevaba como Caballero de la Puerta, y lucía en cambio las prendas de cuero ligeras propias de un jinete, pero mantenía el pez de obsidiana como broche para la capa.
—Ha habido una batalla bajo las murallas de Aguasdulces —dijo su tío con expresión grave mientras desmontaba—. Lo hemos averiguado de un escolta Lannister al que cogimos prisionero. El Matarreyes ha destrozado las huestes de Edmure y ha hecho retroceder a los señores del Tridente.
—¿Y mi hermano? —preguntó Catelyn con el corazón en un puño.
—Herido y prisionero —dijo Ser Brynden—. Lord Blackwood y el resto de los supervivientes resisten el asedio dentro de Aguasdulces, rodeados por las huestes de Jaime.
—Si queremos llegar a tiempo para ayudarlos, tenemos que cruzar este condenado río. —Robb parecía preocupado.
—No será fácil —le advirtió su tío—. Lord Frey ha reunido todo su ejército dentro del castillo, y ha atrancado las puertas.
—Maldito sea —gruñó Robb—. Si ese viejo idiota no cede y me deja pasar, no tendré más remedio que derribar sus muros. Derribaré los Gemelos encima de él, si es necesario, ¡a ver qué le parece!
—Hablas como un niño enfadado, Robb —le recriminó Catelyn—. Cuando un niño ve un obstáculo, lo primero que hace es rodearlo o derribarlo. Un señor debe aprender que, a veces, las palabras consiguen lo que está fuera del alcance de las espadas.
—Explícame qué quieres decir, madre —pidió Robb, sumiso. Se le habían enrojecido las orejas ante la reprimenda.
—Los Frey llevan seiscientos años defendiendo el cruce, y durante seiscientos años han fijado siempre el precio del peaje.
—¿El precio? ¿Qué puede querer?
—Eso es lo que tenemos que averiguar —contestó Catelyn con una sonrisa.
—¿Y si me niego a pagar ese peaje?
—Entonces tendrás que retirarte de vuelta a Foso Cailin, desplegarte para enfrentarte a Lord Tywin... o esperar a que te salgan alas. No se me ocurren más opciones.
Catelyn picó espuelas y se alejó para que su hijo tuviera tiempo de meditar sobre sus palabras. No serviría de nada que se sintiera como si su madre estuviera usurpando su puesto.
«¿Le enseñaste sabiduría, además de valor, Ned? —se preguntó—. ¿Le enseñaste a doblar la rodilla?» Los cementerios de los Siete Reinos estaban llenos de valientes que jamás habían aprendido aquella lección.
Era ya mediodía cuando la vanguardia divisó los Gemelos, el asentamiento de los señores del Cruce.
Allí el Forca Verde era un río rápido y profundo, pero los Frey lo dominaban desde hacía siglos, y se habían enriquecido gracias a lo que otros les pagaban por cruzarlo. Su puente era un arco gigantesco de roca gris pulida, tan ancho que cabían dos carros juntos; en la mitad se alzaba la Torre del Agua, desde la que se dominaba tanto el camino como el río, con troneras para los arqueros y rastrillos. Los Frey habían tardado tres generaciones en completar el puente. Cuando terminaron, situaron fortificaciones de madera en ambas orillas, para que nadie pudiera cruzar sin su permiso.
La madera había dejado lugar a la piedra hacía ya mucho tiempo. Los Gemelos, dos castillos achaparrados, feos, idénticos en todos los sentidos, unidos por el puente, llevaban siglos vigilando el cruce. Estaban protegidos por murallas, fosos profundos y pesados portalones de hierro y roble, y los extremos del puente surgían de sus entrañas. En cada orilla había un rastrillo y una barbacana, y la Torre del Agua defendía el puente en sí.
A Catelyn le bastó una mirada para comprender que no se podía tomar el castillo. En las almenas se divisaban lanzas, espadas y escorpiones. En cada tronera había un arquero, el puente levadizo estaba levantado, el rastrillo bajado, y las puertas cerradas y atrancadas.
En cuanto vio qué les aguardaba, el Gran Jon empezó a jurar y a maldecir. Lord Rickard Karstark se limitó a mirar en silencio.
—Mis señores, eso es inexpugnable —anunció Roose Bolton.
—Y tampoco podemos vencerlos por asedio, necesitaríamos un ejército en la otra orilla para el segundo castillo —señaló Helman Tallhart, sombrío. Al otro lado de las aguas turbulentas, la torre occidental parecía un reflejo de su hermana oriental—. Ni aunque tuviéramos tiempo... que, desde luego, no tenemos.
Mientras los señores norteños examinaban el castillo, se abrió una puerta lateral, alguien tendió un puente de tablones para salvar el foso, y una docena de jinetes salieron hacia ellos, guiados por cuatro de los muchos hijos de Lord Walder. Su blasón eran dos torres gemelas, azul oscuro sobre campo de plata grisácea. Ser Stevron Frey, el heredero de Lord Walder, era el portavoz. Todos los Frey tenían aspecto de morsa: Ser Stevron, con más de sesenta años y nietos propios ya, se asemejaba especialmente a una morsa vieja y cansada. Pero se mostró muy educado.
—Mi señor padre me envía a saludaros, y a preguntar quién dirige tan poderoso ejército.
—Yo. —Robb hizo avanzar a su caballo. Llevaba puesta la armadura, de la silla de su caballo colgaba el escudo de Invernalia con el lobo huargo, y Viento Gris trotaba junto a él.
El anciano caballero lo miró con una tenue chispa de diversión en los ojos grises acuosos, pero su capón se removió inquieto ante la presencia del huargo.
—Para mi señor padre sería un honor que compartierais con él la carne y el aguamiel en el castillo, y le explicaseis vuestro propósito en estas tierras.
Sus palabras cayeron entre los señores vasallos como la piedra lanzada por una catapulta. A ninguno le parecía bien. Maldijeron, discutieron, se gritaron unos a otros.
—No lo hagáis, mi señor —suplicó Galbart Glover a Robb—. Lord Walder no es digno de confianza.
Roose Bolton estaba de acuerdo.
—Si entráis ahí solo, estaréis en su poder. Podrá venderos a los Lannister, arrojaros a una mazmorra o cortaros la garganta, lo que le plazca.
—Si quiere hablar con nosotros, que abra las puertas, así compartiremos todos su pan y su aguamiel —declaró Ser Wendel Manderly.
—O que salga y agasaje a Robb aquí, a la vista de sus hombres y de los vuestros —sugirió su hermano, Ser Wylis.
Catelyn Stark compartía las dudas, pero sólo con ver a Ser Stevron supo que no le gustaba lo que estaba oyendo. Unas pocas palabras más, y perderían la ocasión. Tenía que actuar enseguida.
—Iré yo —dijo en voz alta.
—¿Vos, mi señora? —El Gran Jon frunció el ceño.
—Madre, ¿estás segura? —Obviamente Robb no lo estaba.
—Por supuesto —mintió Catelyn con tono alegre—. Lord Walder es vasallo de mi padre. Lo conozco desde que era niña. Jamás me haría daño alguno.
«A no ser que con ello consiguiera algún beneficio», añadió para sus adentros. Pero algunas veces era imprescindible mentir.
—Estoy seguro de que mi señor padre estará encantado de hablar con Lady Catelyn —dijo Ser Stevron—. Como salvaguardia de nuestras buenas intenciones, mi hermano Ser Perwyn permanecerá aquí hasta que ella vuelva con vosotros sana y salva.
—Será nuestro huésped de honor —dijo Robb. Ser Perwyn, el más joven de los cuatro Frey del grupo, desmontó y tendió a uno de sus hermanos las riendas de su caballo—. Quiero que mi señora madre esté de vuelta al caer la noche, Ser Stevron —siguió Robb—. No tengo intención de demorarme más aquí.
—Como queráis, mi señor —asintió Ser Stevron Frey con cortesía.
Catelyn picó espuelas, sin volver la vista atrás. Los hijos y los soldados de Lord Walder siguieron sus pasos.
En cierta ocasión su padre le había dicho que Walder Frey era el único señor de los Siete Reinos capaz de sacarse un ejército de los calzones. Cuando el señor del Cruce recibió a Catelyn en la sala principal del castillo oriental, rodeado por sus veinte hijos que todavía vivían (descontando a Ser Perwyn, que habría sido el veintiuno), treinta y seis nietos, diecinueve bisnietos, y numerosas hijas, nietas, bastardos e hijos de bastardos, entendió perfectamente lo que le había querido decir.
Lord Walder tenía noventa años, aspecto de morsa rosada, con cabeza calva, y demasiado gotoso para mantenerse en pie sin ayuda. Su última esposa, una chiquilla de dieciséis años pálida y frágil, caminaba junto a la litera en la que lo transportaban. Era la octava Lady Frey.
—Es un placer volver a veros tras tantos años, mi señor —dijo Catelyn.
—¿De verdad? —El anciano la miró con desconfianza—. Lo dudo mucho. No me vengáis con palabras bonitas, Lady Catelyn, estoy viejo para eso. ¿Qué hacéis aquí? ¿Acaso vuestro hijo es demasiado orgulloso para venir en persona? ¿Qué voy a hacer con vos?
Catelyn era una niña la última vez que estuvo de visita en los Gemelos, y ya entonces Lord Walder era un hombre irascible, de lengua mordaz y modales bruscos. Por lo visto había empeorado con los años. Tendría que elegir las palabras con cuidado y hacer todo lo posible para no ofenderlo.
—Padre —le reprochó Ser Stevron—, ¿dónde están tus modales? Lady Stark es nuestra invitada.
—¿Acaso te lo he preguntado a ti? Aún no eres Lord Frey, y no lo serás hasta que yo muera. ¿Tengo pinta de muerto? No. Así que no me des instrucciones.
—Ésa no es manera de hablar delante de nuestra noble invitada, padre —intervino uno de sus hijos más jóvenes.
—Ahora hasta mis bastardos me quieren dar lecciones de cortesía —se quejó Ser Walder—. Maldita sea, diré lo que me venga en gana. He recibido a tres reyes diferentes en mis salas, y también a reinas, ¿crees que me puedes dar lecciones de modales, Ryger? La primera vez que le puse mi semilla, tu madre se dedicaba a ordeñar cabras. —Despidió con un movimiento de la mano al joven sonrojado, y llamó a dos de sus otros hijos—. Danwell, Whalen, ayudadme a sentarme en mi trono.
Alzaron a Lord Walder de la litera y lo llevaron hasta el trono de los Frey, una silla alta de roble negro, cuyo respaldo estaba tallado en forma de dos torres unidas por un puente. Su joven esposa se acercó con timidez y le cubrió las piernas con una manta. Una vez instalado, el anciano indicó a Catelyn que se acercara, y le besó la mano con labios resecos y agrietados.
—Ya está —anunció—. Ahora que ya he cumplido con las cortesías correspondientes, mi señora, quizá mis hijos tengan la bondad de cerrar la boca. ¿Para qué habéis venido?
—Para pediros que abráis las puertas, mi señor —respondió Catelyn con educación—. Mi hijo y sus señores vasallos desean cruzar el río y seguir su camino.
—¿Hacia Aguasdulces? —Dejó escapar una risita burlona—. No, no hace falta que me lo digáis, todavía no estoy ciego. Este viejo aún sabe leer un mapa.
—Hacia Aguasdulces —asintió Catelyn. No había razón alguna para negarlo—. Donde pensaba encontraros a vos, mi señor. Seguís siendo vasallo de mi padre, ¿no es así?
—Je —fue la respuesta de Lord Walder, un sonido a medio camino entre una carcajada y un gruñido—. He convocado a mis hombres; desde luego, aquí están, ya los habéis visto en las murallas. Mi intención era ponerme en marcha cuando hubiera reunido todas las fuerzas. Bueno, que mis hijos se pusieran en marcha. Yo ya no estoy para esas cosas, Lady Catelyn. —Miró a su alrededor en busca de una confirmación, y señaló a un hombre alto, encorvado, de unos cincuenta años—. Díselo tú, Jared. Dile que eso era lo que iba a hacer.
—Así es, mi señora —asintió Ser Jared Frey, uno de sus hijos, fruto de su segundo matrimonio—. Lo juro por mi honor.
—¿Acaso es culpa mía que el estúpido de vuestro hermano perdiera la batalla antes de que nos pusiéramos en camino? —Se inclinó hacia adelante y la miró con el ceño fruncido, como si la desafiara a poner en duda su versión de los hechos—. Me han dicho que el Matarreyes atravesó sus ejércitos como un hacha que cortara un queso curado. ¿Y queréis que mis hijos vayan corriendo al sur para morir? Todos los que fueron hacia el sur vuelven ahora corriendo al norte.
Catelyn habría escupido de buena gana a la cara del anciano quejumbroso y lo habría empujado al fuego, pero sólo tenía de plazo hasta el anochecer para conseguir que se abriera el puente.
—Razón de más para que lleguemos pronto a Aguasdulces —dijo con calma—. ¿Podemos hablar en algún sitio, mi señor?
—Ya estamos hablando —se quejó Lord Frey. Movió la cabeza calva y rosada de un lado a otro—. ¿Qué estáis mirando todos? —gritó a sus parientes—. Fuera de aquí. Lady Stark desea hablar conmigo en privado. Puede que tenga dudas sobre mi lealtad, je. Fuera todos, a ver si hacéis algo útil. Sí, mujer, tú también. Fuera, fuera, ¡fuera! —Mientras sus hijos, nietos, sobrinos y bastardos salían de la estancia, se inclinó más hacia Catelyn—. Todos están esperando a que muera —le confesó—. Stevron lleva cuarenta años aguardando ese momento, pero cada día hago lo posible por decepcionarlo. Je. ¿Por qué voy a morir, para que él pueda heredarlo todo? Ni hablar.
—Tengo la esperanza de que viváis hasta los cien años.
—Eso sí que los haría enfadar, je. Desde luego. A ver, ¿qué queríais decirme?
—Deseamos cruzar —respondió Catelyn.
—Ah, ¿sí? Qué directa. ¿Y por qué debería permitíroslo?
—Si tuvierais fuerzas suficientes para subir a las almenas —dijo Catelyn sin poder contener la ira—, veríais que mi hijo tiene un ejército de veinte mil hombres ante vuestras murallas.
—Que serán veinte mil cadáveres cuando llegue Lord Tywin —replicó el anciano—. No intentéis asustarme, señora. Vuestro esposo está encerrado por traidor en alguna celda de la Fortaleza Roja, vuestro padre yace enfermo, tal vez moribundo, y Jaime Lannister ha tomado prisionero a vuestro hermano. ¿Por qué voy a teneros miedo? ¿Por vuestro hijo? Puedo enfrentarme a vos hijo contra hijo, y todavía me quedarían dieciocho después de matar a todos los vuestros.
—Hicisteis un juramento ante mi padre —le recordó Catelyn.
—Oh, sí. —Inclinó la cabeza a un costado, sonriente—. Pronuncié unas cuantas palabras, pero si mal no recuerdo también hice juramentos a la corona. Ahora Joffrey es el rey, y eso os convierte en rebeldes a vos, a vuestro hijo y a todos esos idiotas de ahí afuera. Si tuviera el sentido común de un pescado, ayudaría a los Lannister a acabar con vosotros.
—¿Y por qué no lo hacéis? —lo desafió.
—Lord Tywin —dijo Lord Walder con un bufido desdeñoso—, el orgulloso y espléndido Lord Tywin, Guardián del Occidente, Mano del Rey, qué gran hombre, él, con su oro para acá y su oro para allá, leones para acá y leones para allá. Pues seguro que, si come demasiadas judías, se tira pedos igual que yo. Pero él jamás lo admitirá, claro que no. ¿Por qué está tan hinchado? Sólo tiene dos hijos varones, y uno de ellos es un monstruo deforme. ¡Puedo enfrentarme a él hijo contra hijo, y todavía me quedarían diecinueve y medio después de matar a los suyos! —Soltó una risita—. Si Lord Tywin quiere mi ayuda, más le valdría pedirla.
—Yo os estoy pidiendo ayuda, mi señor —dijo con humildad Catelyn, el anciano había contestado justo lo que ella quería oír—. Y por mi voz hablan mi padre, mi hermano, mi señor esposo y mis hijos.
—Dejaos de palabrería, señora. —Lord Walder le rozó el rostro con un dedo huesudo—. Para oír palabrería ya tengo a mi esposa. ¿La habéis visto? Tiene dieciséis años, es una flor, y su miel es sólo para mí. Seguro que el año que viene para estas fechas ya me ha dado un hijo. A lo mejor lo nombro a él heredero, ¡cómo se pondrían los demás!
—Estoy segura de que os dará muchos hijos —dijo Catelyn y él asintió.
—Vuestro señor padre no vino a mi boda. Un insulto, fue un insulto. Aunque se esté muriendo. Tampoco acudió a mi boda anterior. Me llama «el difunto Lord Frey», ¿lo sabíais? ¿Acaso piensa que estoy muerto? Pues no estoy muerto, os lo aseguro, y lo sobreviviré a él, igual que sobreviví a su padre. Vuestra familia siempre me ha despreciado, no lo neguéis, no me mintáis, sabéis que es verdad. Hace años acudí a vuestro padre y le propuse que su hijo y mi hija se unieran en matrimonio. ¿Por qué no? Ya había elegido a la chica, una muchachita dulce, apenas unos años mayor que Edmure, pero si a vuestro hermano no le gustaba le podía haber elegido cualquier otra, más joven, más vieja, virgen, viuda, lo que gustara. Pero no, Lord Hoster no quiso ni discutirlo. Me respondió con palabras amables y con excusas, pero yo lo que quería era quitarme una hija de encima.
»Y en cuanto a vuestra hermana, es igual o peor. Fue... hace un año, no más, Jon Arryn era todavía la Mano del Rey, y fui a la ciudad para ver a mis hijos en el torneo. Stevron y Jared ya son viejos para las justas, pero Danwell y Hosteen cabalgaron, y Perwyn también, y un par de bastardos míos participaron en el combate cuerpo a cuerpo. Si hubiera sabido cómo iban a avergonzarme, ni me hubiera molestado en ir. Hice todo el viaje para ver cómo ese mocoso Tyrell descabalgaba a Hosteen, y eso que tenía la mitad de años que él, y lo llaman Ser Margarita, o algo así. ¡Y a Danwell lo desmontó un caballero sin rango! A veces me pregunto si de verdad son hijos míos. Mi tercera esposa era una Crakehall, y todas las mujeres de esa familia son unas putas. Bueno, qué más da, murió antes de que vos nacierais, ¿a vos qué os importa?
»Estaba hablando de vuestra hermana. Propuse a Lord y Lady Arryn que tomaran a dos de mis nietos como pupilos, y a cambio yo acogería a su hijo en los Gemelos. ¿Acaso mis nietos son indignos de pisar la corte del rey? Son buenos chicos, tranquilos y educados. Walder es hijo de Merrett, le puso mi nombre, y el otro... je, pues no me acuerdo... pudo haber sido otro Walder, siempre les ponen mi nombre, a ver si los favorezco, pero su padre... ¿quién era su padre? —Su rostro se llenó de arrugas—. Bueno, qué más da, el caso es que Lord Arryn no quiso acoger a ninguno de los dos, y seguro que la culpa la tuvo vuestra hermana. Puso la misma cara que si le hubiera propuesto vender su hijo a una compañía de comediantes o convertirlo en eunuco, y cuando Lord Arryn dijo que iba a enviar al chico a Rocadragón como pupilo de Stannis Baratheon se puso hecha una fiera. Lo único que pudo darme la Mano fueron disculpas. ¿Y para qué quiero yo disculpas, eh, eh?
—Tenía entendido que el hijo de Lysa iba a ser pupilo de Lord Tywin, en Roca Casterly —dijo Catelyn con el ceño fruncido, inquieta.
—No, se lo iba a llevar Lord Stannis —replicó Walder Frey, irritado—. ¿Acaso pensáis que no distingo a Lord Stannis de Lord Tywin? Los dos son un montón de mierda, se creen demasiado nobles para pagar, pero eso no importa, el caso es que los distingo. ¿O pensáis que estoy tan viejo que no recuerdo nada? Tengo noventa años y lo recuerdo todo muy bien. También recuerdo qué se hace con una mujer. El año que viene para estas fechas mi esposa me habrá dado un hijo, seguro. O una hija, es inevitable. Chico o chica, qué más da, será una cosa enrojecida, arrugada y llorona, y seguro que lo quiere llamar Walder o Walda.
—¿Estáis seguro de que Jon Arryn iba a enviar a su hijo como pupilo con Lord Stannis? —El nombre que pusiera Lady Frey a su bebé no era cuestión que interesara a Catelyn.
—Sí, sí, sí —replicó el anciano—. Pero murió, así que ya no importa. Bueno, entonces queréis cruzar el río, ¿verdad?
—Sí.
—¡Pues no! —exclamó Lord Walder, crispado—. ¡No cruzaréis el río sin mi permiso! ¿Por qué os lo voy a permitir? Los Tully y los Stark no han sido nunca amigos míos. —Se recostó en el trono, cruzó los brazos y sonrió, a la espera de su respuesta.
El resto fue cuestión de regateo.
El sol rojizo empezaba a ponerse tras las colinas del oeste cuando las puertas del castillo se abrieron de nuevo. El puente levadizo descendió, el rastrillo fue izado, y Lady Catelyn Stark salió a caballo para reunirse con su hijo y sus señores vasallos. Tras ella iban Ser Jared Frey, Ser Mosteen Frey, Ser Danwell Frey, y el hijo bastardo de Lord Walder, Ronel Ríos, al mando de una columna de hombres armados con picas, todos con cotas de mallas de acero azul y capas color gris plateado.
Robb se adelantó al galope para recibirla. Viento Gris corría al lado de su semental.
—Ya está —dijo a su hijo—. Lord Walder te da permiso para cruzar. Sus espadas están a tus órdenes, a excepción de cuatrocientos hombres que se quedarán aquí para defender los Gemelos. Te sugiero que dejes tú también a cuatrocientos hombres, entre arqueros y espadachines. No creo que ponga objeciones... pero asegúrate de que das el mando a alguien en quien confíes. Puede que haga falta que ayude a Lord Walder a conservar la fe.
—Como tú digas, madre —respondió Robb al tiempo que miraba a los hombres armados con picas—. ¿Qué te parece... Ser Helman Tallhart?
—Buena elección.
—¿Qué... qué quiere él de nosotros?
—Si puedes prescindir de unas cuantas espadas, necesito que algunos hombres escolten a dos de los nietos de Lord Frey hasta Invernalia —respondió—. He accedido a acogerlos como pupilos. Son niños pequeños, uno de ocho años y otro de siete. Por lo visto los dos se llaman Walder. Así tu hermano Bran tendrá muchachos de su edad que le hagan compañía.
—¿Nada más? ¿Dos pupilos? Es un precio bajo para...
—El hijo de Lord Frey, Olyvar, vendrá con nosotros —siguió—. Será tu escudero personal. Su padre desea que, cuando llegue el momento, sea nombrado caballero.
—Un escudero. —Se encogió de hombros—. Bien, muy bien, si es...
—Además, si tu hermana Arya vuelve sana y salva tendrá que casarse con el hijo más joven de Lord Walder, Elmar, en cuanto los dos alcancen la mayoría de edad.
—A Arya no le va a hacer la menor gracia. —Robb se había quedado perplejo.
—Y cuando acabe la batalla, tú tendrás que casarte con una de sus hijas —terminó Catelyn—. Ha accedido generosamente a que elijas tú mismo a la que más te guste. Tiene muchas.
—Ya veo. —Robb ni siquiera parpadeó.
—¿Accedes?
—¿Puedo negarme?
—Si quieres cruzar, no.
—Entonces, accedo —respondió Robb con solemnidad.
Nunca le había parecido tan mayor como en aquel momento. Un niño podía jugar con espadas, pero hacía falta ser un auténtico señor para acceder a un matrimonio de conveniencia, con todo lo que ello significaba.
Cruzaron el puente al anochecer, bajo una luna creciente que parecía flotar sobre el río. La doble columna atravesó la puerta de la torre este como una gran serpiente de acero, desapareció en el interior, atravesó el puente, y salió de nuevo a la noche tras pasar por la torre oeste.
Catelyn iba a la cabeza de la serpiente, con su hijo, su tío Ser Brynden, y Ser Stevron Frey. Los seguían nueve décimas partes de los hombres a caballo, entre caballeros, lanceros, arqueros y jinetes libres. Tardaron horas en cruzar. Catelyn no olvidaría nunca el retumbar de los cascos de los animales contra el puente levadizo, la imagen de Lord Walder Frey que los observaba desde su litera ni el brillo de los ojos que los miraban desde las troneras.
La mayor parte del ejército norteño, hombres armados con picas, arqueros y guerreros a pie, permaneció en la orilla este bajo el mando de Roose Bolton. Robb le había ordenado que siguiera avanzando hacia el sur, para enfrentarse al poderoso ejército Lannister que avanzaba hacia el norte bajo el mando de Lord Tywin.
Para bien o para mal, su hijo había tirado los dados.
JON
—¿Te encuentras bien, Nieve? —preguntó Lord Mormont con el ceño fruncido.
—Bien —graznó el cuervo—. Bien.
—Sí, mi señor —mintió Jon en voz muy alta, como si así lo hiciera más cierto—. ¿Y vos?
—Ha intentado asesinarme un hombre muerto —replicó Mormont con mala cara—. ¿Cómo voy a estar bien? —Se rascó la barbilla. El fuego le había chamuscado la barba gris, y se la había afeitado. La sombra del nuevo bigote lo hacía parecer viejo, indigno, gruñón—. No tienes buen aspecto. ¿Qué tal va esa mano?
—Se me está curando. —Jon flexionó los dedos vendados para demostrárselo. Al coger las cortinas en llamas se había hecho quemaduras más graves de lo que creía, y tenía la mano derecha envuelta en sedas hasta el codo. En un primer momento no notó nada, el dolor comenzó más tarde. La piel roja empezó a supurar, y le aparecieron entre los dedos ampollas del tamaño de cucarachas—. El maestre dice que me quedarán cicatrices, pero que podré usar la mano como antes.
—Una mano con cicatrices no importa. En el Muro vas a llevar guantes casi siempre.
—Así es, mi señor. —No eran las cicatrices lo que le preocupaba, sino todo lo demás. El maestre Aemon le había dado la leche de la amapola, pero aun así el dolor había llegado a ser espantoso. Al principio le parecía que todavía le ardía la mano, día y noche. Apenas conseguía cierto alivio si la metía en un barreño de nieve y hielo picado. Gracias a los dioses, sólo Fantasma lo había visto tendido en la cama, sollozando de dolor. Y cuando conseguía dormirse, soñaba, lo que era todavía peor. En el sueño el cadáver con el que había peleado tenía los ojos azules, las manos negras y el rostro de su padre. Eso no se atrevió a contárselo a Mormont.
—Dywen y Hake volvieron anoche —dijo el Viejo Oso—. No encontraron ni rastro de tu tío. Igual que los demás.
—Lo sé. —Jon había conseguido llegar a la sala común para comer con sus amigos, y la búsqueda fallida de los exploradores era el tema de conversación.
—Lo sabes —gruñó Mormont—. ¿Cómo es que aquí todo el mundo lo sabe todo? —No parecía esperar una respuesta—. Por lo visto sólo había dos de esas... de esas criaturas, fueran lo que fueran, no pienso decir que eran hombres. Gracias a los dioses. Unas pocas más y... bueno, más vale no pensar en ello. Pero seguro que hay más. Me lo dicen mis viejos huesos, y el maestre Aemon está de acuerdo. Los vientos soplan cada vez más fríos. El verano toca a su fin, y se acerca un invierno como el mundo jamás ha visto.
«Se acerca el Invierno.» El lema de los Stark jamás le había parecido a Jon tan sombrío y ominoso.
—Mi señor —preguntó, titubeante—, se comenta que anoche llegó un pájaro...
—Sí. ¿Y qué?
—Pensaba que tal vez trajera noticias de mi padre.
—Padre —se burló el viejo cuervo, que paseaba de un hombro de Mormont al otro—. Padre.
El Lord Comandante alzó la mano para cerrarle el pico, pero el cuervo saltó sobre su cabeza, sacudió las alas y voló por la sala para ir a posarse sobre la ventana.
—Ruido y dolor —gruñó Mormont—. Es lo único que traen los cuervos. No sé por qué aguanto a ese pajarraco. Si fueran noticias de Lord Eddard, ¿no crees que te habría hecho llamar? Bastardo o no, eres sangre de su sangre. El mensaje era sobre Ser Barristan Selmy. Por lo visto lo han echado de la Guardia Real. Ahora ocupa su lugar ese perro negro de Clegane, y se busca a Selmy por traición. Al parecer, los muy imbéciles enviaron a dos hombres a detenerlo, pero mató a ambos y escapó. —Mormont soltó un bufido que dejaba bien clara su opinión sobre alguien tan estúpido como para enviar a unos capas doradas contra un caballero renombrado como Barristan el Bravo—. En los bosques hay sombras blancas, los muertos recorren nuestras habitaciones, y ahora hay un niño en el Trono de Hierro —añadió, asqueado.
—Niño, niño, niño, niño —graznó el cuervo.
Jon recordó que el Viejo Oso había puesto sus esperanzas en Ser Barristan. Si el anciano había caído en desgracia, ¿qué esperanza había de que se prestara atención a su carta? Apretó el puño. El dolor le azotó los dedos quemados como un latigazo.
—¿Se sabe algo de mis hermanas?
—En el mensaje no se mencionaba a Lord Eddard ni a las niñas. —Se encogió de hombros, irritado—. Puede que no recibieran mi carta. Aemon envió dos copias, con sus mejores pájaros, pero, ¿quién sabe? Lo más probable es que Pycelle no se haya molestado en contestar. No sería la primera vez, ni la última. Me temo que en Desembarco del Rey no nos conceden mucha importancia. Sólo nos dicen lo que quieren que sepamos, o sea, bien poca cosa.
«Y vos me decís sólo lo que queréis que sepa, o sea, todavía menos», pensó Jon con resentimiento. Su hermano Robb había convocado a los vasallos e iba rumbo al sur, en pie de guerra, pero nadie le había dicho ni palabra... sólo Samwell Tarly, que le leyó la carta al maestre Aemon y aquella misma noche se lo contó todo a Jon, sin dejar de protestar porque no debía hacerlo. Sin duda pensaban que lo que hiciera su hermano no era asunto suyo. Aquello lo preocupaba hasta límites indecibles. Robb marchaba hacia el sur, y él no. Por mucho que se repitiera que ahora su lugar estaba en el Muro, con sus nuevos hermanos, seguía sintiéndose un cobarde.
—Maíz —graznaba el cuervo—. Maíz, maíz.
—Cállate de una vez —le dijo el Viejo Oso—. Nieve, ¿cuándo te ha dicho el maestre Aemon que podrás volver a usar la mano?
—Pronto —respondió Jon.
—Bien. —Lord Mormont puso sobre la mesa, entre ellos, una gran espada, metida en una vaina de metal negro con incrustaciones de plata—. Entonces, estarás preparado para esto. —El cuervo se posó sobre la mesa, curioso. Jon titubeó. No sabía qué significaba aquello.
—¿Mi señor?
—El fuego fundió la plata del pomo, y quemó la cruz y la empuñadura. Cuero seco y madera vieja, qué otra cosa podía pasar. En cambio, la hoja... haría falta un fuego cien veces más caliente para dañar la hoja. —Mormont empujó la vaina en dirección a Jon—. Ordené que te hicieran nuevo el resto. Cógela.
—Cógela —repitió el cuervo—. Cógela, cógela.
Jon cogió la espada con la mano izquierda, la derecha la tenía envuelta en vendas, y la sentía demasiado torpe. Con cuidado, sacó el arma de la vaina, y se la puso al nivel de los ojos.
El pomo era un trozo de piedra blanca, rellena de plomo para darle equilibrio con respecto a la larga hoja. Estaba tallado en forma de cabeza de lobo con las fauces abiertas, y los ojos eran esquirlas de granate. La empuñadura era de cuero virgen, suave y negro, aún no tenía manchas de sudor ni de sangre. La hoja era un palmo más larga que la de las espadas a las que Jon estaba acostumbrado, apta tanto para las estocadas como para los tajos, con tres canales profundos para aligerarla. Hielo era un espadón auténtico, para manejarlo con las dos manos, mientras que aquélla se esgrimía con una o con dos, y algunos la llamaban «espada de bastardos». Pese a su tamaño, resultaba más ligera que las que había esgrimido en el pasado. Jon giró la hoja, vio las ondulaciones en el acero oscuro, allí donde el metal había sido plegado sobre sí mismo una y otra vez.
—Es acero valyriano, mi señor —dijo, intrigado. Su padre le había dejado manejar a Hielo a menudo, así que reconocía el aspecto y el tacto.
—Así es —asintió el Viejo Oso—. Era la espada de mi padre, y también fue la de mi abuelo. Lleva cinco siglos en poder de los Mormont. Yo también la esgrimí en mis tiempos, y se la entregué a mi hijo cuando vestí el negro.
«Me regala la espada de su hijo», Jon apenas si se lo podía creer. El equilibrio de la hoja era exquisito. El filo tenía un brillo tenue al recibir el beso de la luz.
—Vuestro hijo...
—Mi hijo deshonró a la Casa Mormont, pero al menos tuvo la amabilidad de dejar la espada cuando se dio a la fuga. Mi hermana me la hizo llegar, pero sólo con verla recordaba el nombre de Jorah, así que la guardé, y no volví a pensar en ella hasta que la encontré entre las cenizas de mi dormitorio. El pomo original era una cabeza de oso forjada en plata, pero estaba tan usada que apenas si se distinguía ya la forma. Pensé que un lobo blanco sería más apropiado para ti. Uno de los constructores trabaja muy bien la piedra.
Cuando Jon tenía la edad de Bran, había soñado a menudo con llevar a cabo grandes hazañas, el sueño típico de todos los niños. Los detalles de las hazañas iban cambiando, pero a menudo se imaginaba que salvaba la vida de su padre. Después Lord Eddard declaraba que Jon había demostrado que era un auténtico Stark, y le ponía a Hielo en la mano. Incluso en aquellos tiempos sabía ya que era una tontería infantil, ningún bastardo podía esperar esgrimir la espada de un padre. Hasta el simple recuerdo le daba vergüenza. ¿Qué clase de hombre arrebataba a su hermano su derecho de nacimiento?
«No tengo derecho a esta espada —pensó—, igual que no tenía derecho a Hielo.» Movió los dedos quemados, y sintió un latido de dolor bajo la piel.
—Me honráis, mi señor, pero...
—Déjate de peros, chico —lo interrumpió Lord Mormont—. De no ser por ti y por esa bestia que te acompaña, no estaría aquí sentado. Luchaste como un valiente... y, lo que es más importante, pensaste con rapidez. ¡Fuego! Claro, maldita sea. Teníamos que haberlo imaginado. Teníamos que haberlo recordado. No es la primera vez que llega la Larga Noche. Sí, ocho mil años es mucho tiempo, claro... pero, si la Guardia de la Noche no recuerda, ¿quién lo hará?
—¿Quién? —repitió el cuervo—. ¿Quién? ¿Quién?
Sin duda los dioses habían escuchado las plegarias de Jon aquella noche; el fuego había prendido las ropas del hombre muerto, y lo habían consumido como si tuviera cera en vez de carne, como si sus huesos fueran de madera vieja y seca. A Jon le bastaba con cerrar los ojos para volver a ver a aquella cosa tambaleándose por la habitación, chocando contra los muebles y tratando de sacudirse las llamas. Lo que más lo obsesionaba era el rostro, rodeado por un halo de fuego, con el pelo en llamas como si fuera de paja, mientras la carne muerta se derretía y dejaba el cráneo al descubierto.
Fuera cual fuera la fuerza demoníaca que movía a Othor, las llamas habían acabado con ella; la cosa retorcida que encontraron entre las cenizas no era más que carne asada y huesos chamuscados. Pero, en sus pesadillas, volvía a enfrentarse a aquello... y el cadáver ardiente tenía el rostro de Lord Eddard. Era la piel de su padre la que ardía y se chamuscaba, los ojos de su padre los que corrían líquidos por las mejillas como lágrimas de gelatina. Jon no entendía qué era aquello, ni qué significaba, pero el sueño lo aterrorizaba.
—Una espada es un pago escaso a cambio de una vida —concluyó Mormont—. Cógela, no quiero oír nada más al respecto, ¿entendido?
—Sí, mi señor. —El cuero blando cedió bajo los dedos de Jon, como si la espada empezara ya a amoldarse a su mano. Sabía que era un honor, se sentía honrado, pero...
«No es mi padre. —El pensamiento brotó de súbito en la mente de Jon—. Lord Eddard Stark es mi padre. No lo olvidaré. No importa cuántas espadas me den, no lo olvidaré.» Pero no podía decirle a Lord Mormont que soñaba con la espada de otro hombre...
—Y nada de frases corteses —siguió Mormont—. Así que ahórrate los cumplidos. Honra este acero con hechos, no con palabras.
Jon asintió.
—¿Tiene nombre, mi señor?
—Lo tuvo. La llamábamos Garra.
—Garra —repitió el cuervo—. Garra.
—Garra es un buen nombre. —Jon tiró una estocada tentativa. Se sentía muy torpe e incómodo con la mano izquierda, pero el acero parecía fluir por el aire como si tuviera voluntad propia—. Los lobos también tienen garras, igual que los osos.
—Me imagino que sí. —El Viejo Oso pareció complacido—. Supongo que querrás ponerte la vaina al hombro; es demasiado larga para llevarla a la cintura, al menos hasta que no crezcas unos centímetros más. Y tendrás que practicar los golpes a dos manos. Ser Endrew te podrá enseñar unos cuantos cuando se te curen las manos.
—¿Ser Endrew? —Jon no conocía de nada aquel nombre.
—Ser Endrew Tarth, es un buen hombre. Está de camino, viene de la Torre Sombría para ocupar su lugar como maestro de armas. Ser Alliser Thorne partió ayer hacia Guardiaoriente del Mar.
—¿Por qué? —preguntó Jon como un idiota mientras bajaba la espada.
—Porque lo he enviado yo —contestó Mormont con un bufido—, ¿qué te pensabas? Lleva con él la mano que tu Fantasma le arrancó al cadáver de Jafer Flores. Le he ordenado que la lleve a Desembarco del Rey y la ponga delante de ese niño rey. Si con eso no conseguimos captar la atención del joven Joffrey... Y Ser Alliser es un caballero ungido, de noble cuna, tiene viejos amigos en la corte. No pasarán por alto lo que diga, como si fuera un vulgar cuervo.
—¡Cuervo! —graznó la mascota. A Jon le pareció que había una nota de indignación en la voz del pájaro.
—Además —siguió el Lord Comandante, haciendo caso omiso de la protesta de su mascota—, así consigo poner mil leguas entre vosotros dos, sin que parezca un castigo para él. —Señaló a Jon con un dedo—. No pienses ni por un momento que esto significa que apruebo aquella tontería de la sala común. El valor compensa la estupidez hasta cierto punto, pero ya no eres ningún niño, tengas los años que tengas. Ahora tienes una espada de hombre, y para esgrimirla tendrás que ser un hombre. De ahora en adelante espero que te comportes como tal.
—Sí, mi señor. —Jon volvió a guardar la espada en la vaina con adornos de plata. No era la hoja que hubiera preferido, pero era un regalo noble, y librarlo de la malevolencia de Alliser Thorne era más noble todavía.
—Ya se me había olvidado lo que pica la barba al salir —dijo el Viejo Oso rascándose debajo de la barbilla—. En fin, es inevitable. ¿Tienes la mano suficientemente bien para retomar tus obligaciones?
—Sí, mi señor.
—Bien. La noche va a ser fría, querré vino especiado. Búscame una jarra de tinto, que no sea demasiado agrio, y no escatimes con las especias. Y dile a Hobb que si me vuelve a mandar carne hervida de carnero, lo herviré yo a él. La última vez era de color gris, no la quiso ni el cuervo. —Acarició la cabeza del pájaro con el pulgar, y éste arrulló, satisfecho—. Venga, lárgate. Tengo trabajo.
Los guardias le sonrieron desde sus nichos cuando descendió por las escaleras de la torre, con la espada en la mano sana.
—Hermoso acero —le dijo uno de los hombres.
—Te lo has ganado, Nieve —comentó otro.
Jon se forzó a devolverles las sonrisas, pero no le puso sentimiento. Le dolía la mano, y tenía en la boca un extraño sabor a rabia, aunque no habría sabido decir con quién estaba enfadado, ni por qué.
Al salir de la Torre del Rey, que era la nueva residencia del Lord Comandante Mormont, se encontró con una docena de sus amigos al acecho. Habían colgado un blanco en las puertas del granero para fingir que estaban practicando el tiro con arco, pero sabía que era la curiosidad lo que los había llevado allí. Nada más salir, oyó la voz de Pyp.
—Venga, trae acá, vamos a echarle un vistazo.
—¿A qué? —preguntó Jon.
—A tu culo rosado —contestó Sapo mientras se acercaba—, ¿a ti qué te parece?
—A la espada —dijo Grenn—. Queremos ver la espada.
—Lo sabíais. —Jon los miró con gesto acusador.
—No todos somos tan estúpidos como Grenn —dijo Pyp sonriendo.
—Tú sí —replicó Grenn—. Tú eres aún más estúpido.
—Ayudé a Pate a tallar la piedra para el pomo —dijo Halder el constructor, encogiéndose de hombros en gesto de disculpa—, y tu amigo Sam compró los granates en Villa Topo.
—Y nosotros lo supimos antes aún —dijo Grenn—. Rudge estaba ayudando a Donal Noye en la forja cuando el Viejo Oso le llevó la espada quemada.
—¡La espada! —insistió Matt. Los otros corearon la petición—. ¡La espada, la espada, la espada!
Jon desenvainó a Garra y se la mostró, girando la hoja para que la admirasen en todo su esplendor. La espada bastarda brillaba a la escasa luz del sol, oscura y mortífera.
—Acero valyriano —declaró con solemnidad, tratando de que su voz sonara tan satisfecha y orgullosa como debería haberse sentido él.
—Una vez me contaron la historia de un hombre que tenía una navaja de acero valyriano —declaró Sapo—. Se cortó la cabeza al afeitarse.
—La Guardia de la Noche existe desde hace miles de años —dijo Pyp con una sonrisa—, pero me juego lo que sea a que Lord Nieve es el primer hermano al que colman de honores por quemar la Torre del Lord Comandante.
Los demás se echaron a reír, y hasta Jon tuvo que esbozar una sonrisa. En realidad, el incendio que había provocado no había acabado con la formidable torre de piedra, pero sí con el interior de los dos pisos más altos, donde estaban las habitaciones del Viejo Oso. Pero nadie parecía preocupado, porque el mismo fuego destruyó también el cadáver asesino de Othor.
El otro espectro, la cosa de una mano que antes fuera el explorador llamado Jafer Flores, también había sido destruido, despedazado por una docena de espadas... pero al precio de la vida de Ser Jaremy Rykker y otros cuatro hombres. Ser Jaremy había cortado la cabeza al ser, pero el cadáver decapitado consiguió arrebatarle su daga y se la clavó en las entrañas. La fuerza y el valor servían de bien poco contra un enemigo que no podía morir, porque ya estaba muerto. Las armas y las armaduras tampoco eran protección suficiente.
—Tengo que hablar con Hobb sobre la comida del Viejo Oso —anunció Jon bruscamente al tiempo que envainaba a Garra. Tan sombríos pensamientos habían amargado el humor frágil de Jon.
Sus amigos tenían buenas intenciones, pero no podían comprenderlo. No era culpa suya, ellos no habían tenido que enfrentarse a Othor, no habían visto el brillo claro de aquellos ojos azules muertos, ni habían sentido el roce frío de los dedos negros muertos. Tampoco sabían nada de la batalla junto a los ríos. ¿Cómo iban a comprenderlo? Se dio media vuelta con gesto hosco y se alejó. Pyp gritó su nombre, pero Jon no le hizo caso.
Tras el incendio, habían vuelto a trasladarlo a su antigua celda, en la semiderruida Torre de Hardin. Fantasma estaba dormido junto a la puerta, pero alzó la cabeza al oír las pisadas de Jon. Los ojos rojos del huargo eran más oscuros que los granates, y más inteligentes que los de un hombre. Jon se arrodilló, le rascó la oreja, y le mostró el pomo de la espada.
—Mira. Eres tú. —Fantasma olisqueó su imagen tallada en piedra, y trató de lamerlo. Jon sonrió—. Tú eres el que se merece todos los honores —dijo al lobo...
... y, de pronto, recordó el momento en que lo había encontrado, sobre las nieves de las postrimerías del verano. Se alejaban ya con los otros cachorros, pero Jon oyó un ruido y dio media vuelta, y allí estaba el animalito, su pelaje blanco lo hacía casi invisible en los ventisqueros.
«Estaba solo —pensó—, lejos del resto de la camada. Era diferente, así que lo echaron.»
—¿Jon?
Alzó la vista. Samwell Tarly se mecía sobre los talones, nervioso. Tenía las mejillas enrojecidas, e iba envuelto en una gruesa capa. Parecía a punto de entrar en hibernación.
—¿Qué pasa, Sam? —Jon se levantó—. ¿Quieres ver la espada? —Si los demás se habían enterado, Sam también, sin duda. Pero el chico gordo hizo un gesto de negación.
—Fui el heredero de la de mi padre —dijo con tristeza—. Veneno de Corazón. Lord Randyll me la dejó coger unas cuantas veces, pero a mí me daba miedo. Era de acero valyriano, muy bonito, pero tan afilado que me daba miedo cortar a alguna de mis hermanas. Supongo que ya la tendrá Dickon. —Se secó en la capa las manos sudorosas—. Yo... eh... el maestre Aemon quiere verte.
—¿Por qué? —preguntó bruscamente. Todavía no era hora de que le cambiaran los vendajes. Jon frunció el ceño con desconfianza. Sam bajó la vista, avergonzado. Aquello era respuesta más que suficiente—. Tú se lo dijiste, ¿verdad? —se enfadó Jon—. Le dijiste que me lo habías contado.
—Es que... Jon... no quería, pero... me preguntó... o sea... creo que lo sabía, a veces ve cosas que nadie más ve...
—¡Por los dioses, pero si es ciego! —replicó Jon, airado—. No hace falta que me acompañes, ya me sé el camino. —Se alejó, dejando a Sam allí de pie, boquiabierto y tembloroso.
El maestre Aemon estaba en las pajareras, dando de comer a los cuervos. Clydas iba tras él, de jaula en jaula, cargando con un cubo de carne picada.
—Sam me ha dicho que queríais verme.
—Así es —asintió el maestre—. ¿Tienes la bondad de ayudarme? Clydas, dale el cubo a Jon. —El hermano jorobado de los ojos rojizos entregó el cubo a Jon, y se dirigió hacia las escaleras—. Ve echando la carne a las jaulas —le indicó Aemon—. Los pájaros se encargarán del resto.
Jon se pasó el cubo a la mano derecha y metió la izquierda entre los pedazos sanguinolentos. Los cuervos empezaron a graznar y a volar hacia los barrotes, golpeando el metal con alas negras como la noche. La carne estaba cortada en trozos no más grandes que la yema de un dedo. Metió el puño y echó a la jaula los bocados crudos, y los graznidos y picotazos se incrementaron. Dos de los pájaros más grandes empezaron a pelearse por un trozo, y las plumas volaron por los aires. Jon se apresuró a coger un segundo puñado y echarlo en la jaula.
—Al cuervo de Lord Mormont le gusta la fruta y el maíz.
—Es un pájaro extraño —dijo el maestre—. Los cuervos comen grano, pero prefieren la carne. Los hace más fuertes, y mucho me temo que les gusta el sabor de la sangre. En eso se parecen a los hombres... y, al igual que sucede con los hombres, no todos los cuervos son iguales.
Jon no encontró nada que decir. Siguió echando carne a las jaulas, preguntándose para qué lo había llamado. Sin duda el anciano se lo diría a su debido tiempo. El maestre Aemon no era de los que se apresuraban.
—También se puede entrenar a las palomas para que lleven mensajes —siguió el maestre—. Pero el cuervo es más fuerte, más grande, más atrevido, mucho más listo, está más capacitado para defenderse de los halcones... Por desgracia, los cuervos son negros, y comen carroña, así que hay hombres temerosos de los dioses que los aborrecen. Baelor el Santo intentó sustituir todos los cuervos por palomas, ¿a que no lo sabías? —El maestre sonrió y clavó en Jon sus ojos blancos—. La Guardia de la Noche prefiere a los cuervos.
—Dywen dice que los salvajes nos llaman cuervos —dijo Jon, inseguro. Tenía la mano metida en el cubo, la sangre le llegaba a la muñeca.
—El cuervo es el pariente pobre del grajo. Ambos son mendigos negros, odiados e incomprendidos.
Jon no entendía de qué estaban hablando, ni por qué. ¿Qué le importaban a él los cuervos y las palomas? Si el anciano quería decirle algo, ¿por qué no lo hacía de una vez?
—Jon, ¿te has preguntado alguna vez por qué los hombres de la Guardia de la Noche no toman esposa, ni engendran hijos? —inquirió el maestre Aemon.
—No —contestó el muchacho encogiéndose de hombros. Echó más carne a los pájaros. Tenía los dedos de la mano izquierda pegajosos de sangre, y la derecha le dolía por el peso del cubo.
—Para que no amen —respondió el anciano—. Porque el amor es veneno para el honor, es la muerte para el deber.
A Jon no le parecía bien, pero no dijo nada. El maestre tenía cien años Y era un oficial superior de la Guardia de la Noche; no le correspondía a él llevarle la contraria. Pero el anciano pareció percibir sus dudas.
—Dime una cosa, Jon: si llegara un día en que tu padre tuviera que elegir entre su honor por un lado, y sus seres amados por otro, ¿qué haría?
Jon titubeó. Le habría gustado decir que Lord Eddard jamás se deshonraría, ni siquiera por amor, pero una vocecita dentro de él le susurraba: «Engendró un bastardo, ¿eso es honorable? Y tu madre, ¿qué pasa con su deber para con ella? Ni siquiera menciona su nombre».
—Haría lo correcto —dijo... muy alto, como para compensar la vacilación—. Pasara lo que pasara.
—Entonces Lord Eddard es un hombre entre diez mil. La mayoría no somos tan fuertes. ¿Qué es el honor, comparado con el amor de una mujer? ¿Qué es el deber, comparado con el calor de un hijo recién nacido entre los brazos, o el recuerdo de la sonrisa de un hermano? Aire y palabras. Aire y palabras. Sólo somos humanos, y los dioses nos hicieron para el amor. Es nuestra mayor gloria, y nuestra peor tragedia.
»Los hombres que crearon la Guardia de la Noche sabían que su valor era lo único que se interponía entre el reino y la oscuridad del norte. Sabían que no debían tener lealtades repartidas que minaran su resolución. De manera que juraron no tener esposas ni hijos.
»Pero sí tenían hermanos y hermanas. Madres que los dieron a luz, padres que les pusieron sus nombres. Procedían de un centenar de reinos enfrentados, y sabían que los tiempos cambian, pero los hombres no. Así que juraron también que la Guardia de la Noche no tomaría parte en las disputas entre los reinos que defendía.
»Mantuvieron su promesa. Cuando Aegon asesinó a Harren el Negro, el hermano de Harren era Lord Comandante en el Muro, tenía a su disposición diez mil espadas. Pero no se puso en marcha. En los tiempos en que los Siete Reinos eran siete reinos, no pasaba ni una generación sin que tres o cuatro de ellos se declarasen la guerra. La Guardia nunca tomó parte. Cuando los ándalos cruzaron el mar Angosto y barrieron los reinos de los primeros hombres, los hijos de los reyes caídos se mantuvieron fieles a sus votos y permanecieron en sus puestos. Así ha sido siempre, desde mucho antes de lo que puedas imaginar. Es el precio del honor.
»Si no tiene nada que temer, un cobarde no se distingue en nada de un valiente. Y todos cumplimos con nuestro deber cuando no nos cuesta nada. En esos momentos, seguir el sendero del honor nos parece muy sencillo. Pero en la vida de todo hombre, tarde o temprano, llega un día en que no es sencillo, en que hay que elegir.
Algunos de los cuervos seguían comiendo y de los picos les colgaban trocitos de carne ensangrentada. El resto parecían observarlo. Jon casi sentía el peso de tantos ojillos negros.
—Y mi día ha llegado... ¿es eso lo que me queréis decir?
El maestre Aemon giró la cabeza, y lo miró con sus ojos blancos, muertos. Fue como si le viera directamente el corazón. Jon se sintió desnudo, vulnerable. Cogió el cubo con ambas manos y tiró el resto de la carne entre los barrotes. Los trozos de carne y la sangre espantaron a los cuervos. Alzaron el vuelo entre graznidos. Los más rápidos atraparon en el aire algunos pedazos y los engulleron a toda prisa. Jon soltó el cubo vacío en el suelo.
—Duele, hijo —dijo el anciano con voz amable poniéndole en el hombro una mano arrugada y llena de manchas—. Oh, sí. Elegir... siempre ha dolido. Y siempre dolerá. Yo lo entiendo.
—No, no lo entendéis —replicó Jon con amargura—. Aunque yo sea un bastardo, se trata de mi padre...
—¿No has oído nada de lo que te he dicho, Jon? ¿Crees que eres el primero? —El maestre Aemon dejó escapar un suspiro y sacudió la cabeza con un gesto de cansancio infinito—. Los dioses creyeron oportuno poner a prueba mis votos tres veces. La primera cuando era un muchacho, la segunda en la flor de la vida y la tercera cuando ya era un anciano. Para entonces ya no tenía fuerzas, y mi vista era escasa, pero la última elección fue tan cruel como la primera. Mis cuervos me traían noticias del sur, palabras más negras que sus alas, la ruina de mi Casa, la muerte de los de mi sangre, la deshonra, la desolación... ¿Qué podría haber hecho yo, viejo, ciego y frágil? Estaba impotente como un bebé de pecho, pero sufrí al seguir aquí mientras ellos asesinaban al pobre nieto de mi hermano, y a su hijo, incluso a los bebés...
—¿Quién sois? —preguntó en voz baja, casi con miedo. Jon se quedó boquiabierto al ver el brillo de las lágrimas en los ojos del anciano.
—Un simple maestre de la Ciudadela, al servicio del Castillo Negro y de la Guardia de la Noche. —Una sonrisa desdentada tembló en los viejos labios—. Los de mi orden dejamos a un lado los nombres de nuestras casas al hacer los juramentos y ponernos el collar. —El anciano se acarició la cadena de maestre que llevaba en torno al flaco cuello—. Mi padre fue Maekar, el Primero de su Nombre, y tras él reinó mi hermano Aegon. Mi abuelo me puso el nombre en honor al príncipe Aemon, el Caballero Dragón, que fue su tío, o su padre, depende de a qué leyenda prefieras dar crédito. Aemon, me llamó...
—¿Aemon... Targaryen? —Jon apenas si daba crédito a lo que oía.
—Así me llamaba —dijo el anciano—. En el pasado. Así que ya lo ves, Jon, sí lo entiendo. Pero, aunque lo entiendo, no te voy a decir que te quedes, ni que te vayas. Deberás decidirlo tú mismo, y vivir el resto de tus días con esa decisión. Como he hecho yo. —Su voz se convirtió en un susurro—. Como he hecho yo.
DAENERYS
Tras la batalla, Dany cabalgó a lomos de la plata por los campos cubiertos de cadáveres. Tras ella iban sus doncellas y los hombres de su khas, sonriendo y bromeando entre ellos.
Los cascos de los caballos dothrakis habían desgarrado la tierra y pisoteado el centeno y las lentejas, mientras que los arakhs y las flechas habían sembrado una cosecha nueva y terrible, y la habían regado con sangre. Los caballos moribundos alzaron las cabezas y relincharon a su paso. Los hombres heridos gemían y rezaban. Los jaqqa rhan se movían entre ellos: eran los hombres misericordiosos, con pesadas hachas, que cortaban las cabezas a muertos y moribundos por igual. Tras ellos iba una bandada de niñitas, que arrancaban las flechas de los cadáveres y las ponían en sus cestas. Y, por último, iba la manada de perros salvajes, flacos y hambrientos, que seguía siempre de cerca al khalasar.
Las ovejas eran las que llevaban más tiempo muertas. Eran miles, estaban acribilladas a flechazos y se veían negras por las moscas que las cubrían. Dany sabía que aquello era obra de los jinetes de Khal Ogo. Ningún hombre del khalasar de Drogo era tan estúpido para malgastar las flechas con ovejas, pudiendo emplearlas contra los pastores.
La ciudad estaba en llamas, las columnas de humo negro se alzaban hacia un cielo azul inmaculado. Bajo los muros destrozados de barro seco, los jinetes galopaban de un lado a otro, haciendo restallar látigos largos mientras sacaban a los supervivientes de entre las ruinas humeantes. Pese a la derrota y a las ligaduras, las mujeres y niños del khalasar de Ogo caminaban con orgullo hosco; se habían convertido en esclavos, pero no parecían tener miedo. En cambio los habitantes de la ciudad eran diferentes. Dany los compadecía, recordaba bien cómo era sentir terror. Las mujeres caminaban a trompicones, con rostros vacíos e inexpresivos, llevando de la mano a sus hijos sollozantes. Sólo había unos pocos hombres: tullidos, cobardes y ancianos.
Ser Jorah le dijo que los habitantes de aquel país decían que eran Ihazareen, pero los dothrakis los llamaban haesh rakhi, los hombres cordero. En el pasado Dany los habría tomado por dothrakis, tenían la misma piel cobriza e idénticos ojos almendrados. Pero a aquellas alturas le parecían muy diferentes, eran bajos, de rostros planos, con el pelo negro muy corto. Pastoreaban ovejas y comían verduras, y Khal Drogo decía que su lugar estaba al sur del meandro del río. La hierba del mar dothraki no era para las ovejas.
Dany vio que un niño trataba de huir en dirección al río. Un jinete le cortó el paso, y otros lo rodearon, haciendo restallar los látigos ante su rostro, obligándolo a correr de un lado a otro. Uno galopó tras él y le azotó las nalgas hasta que tuvo los muslos cubiertos de sangre. Por fin, cuando el niño ya no era capaz más que de arrastrarse, se aburrieron del juego y lo mataron de un flechazo.
Ser Jorah se reunió con ella al otro lado de los restos de la entrada. Llevaba un chaleco verde oscuro sobre la cota de mallas. Los guanteletes, las canilleras y el yelmo eran de acero gris oscuro. Los dothrakis se burlaron de él y lo llamaron cobarde al ver su armadura, pero el caballero los insultó a su vez, los temperamentos se ofuscaron, la espada larga chocó contra el arakh, y el jinete cuyas burlas habían sido las más sonoras quedó atrás, desangrándose hasta la muerte.
—Vuestro señor esposo os aguarda en la ciudad —dijo Ser Jorah, que mientras cabalgaba hacia Dany, se había levantado el visor del yelmo.
—¿Ha sufrido Drogo algún daño?
—Unos cuantos cortes —replicó Ser Jorah—. Nada grave. Hoy ha matado a dos khals. Primero a Khal Ogo, y luego a su hijo Fogo, que pasó a ser khal tras la muerte de Ogo. Sus jinetes de sangre les cortaron las campanas del pelo, y ahora los pasos de Khal Drogo suenan con más fuerza que antes.
Ogo y su hijo habían compartido el banco principal con su señor esposo durante del festín del nombre, en la coronación de Viserys. Pero aquello había sido en Vaes Dothrak, bajo la Madre de las Montañas, donde todo jinete era un hermano y las disputas quedaban aplazadas. Afuera, en la hierba, las cosas cambiaban. El khalasar de Ogo estaba atacando la ciudad cuando Khal Drogo cayó sobre él. Dany se preguntaba qué habrían pensado los hombres cordero cuando vieron acercarse desde sus muros de barro la polvareda que levantaban los caballos. Quizá algunos, los más jóvenes y estúpidos, los que todavía creían que los dioses responden a las plegarias de los hombres desesperados, pensaran que eran sus salvadores.
Al otro lado del camino, una chica de la edad de Dany sollozó con voz aguda cuando uno de los jinetes la tiró de bruces sobre un montón de cadáveres y la penetró. Otros desmontaron para ocupar su lugar cuando terminara. Aquélla era la salvación que llevaban los dothrakis a los hombres cordero.
«Soy de la sangre del dragón», se recordó Daenerys Targaryen, volviendo la vista. Apretó los labios, endureció el corazón, y cabalgó hacia la puerta.
—Casi todos los jinetes de Ogo consiguieron huir —dijo Ser Jorah—. Aun así, nos quedarán al menos diez mil cautivos.
«Esclavos —pensó Dany. Khal Drogo los llevaría río abajo, a alguna de las ciudades que se alzaban en la Bahía de los Esclavistas. Tenía ganas de llorar, pero se obligó a ser fuerte—. Esto es una guerra, así son las guerras, éste es el precio del Trono de Hierro.»
—Le he dicho al khal que debería ir a Meereen —dijo Ser Jorah—. Allí le pagarían mejor que en una caravana de esclavos. Illyrio dice en su carta que el año pasado hubo una epidemia, así que en los burdeles pagan el doble por chicas jóvenes que estén sanas, y el triple por niños de menos de diez años. Si suficientes niños sobrevivieran al viaje, tendríamos oro para comprar todos los barcos necesarios y contratar hombres que los tripulen.
Detrás de ellos, la chica a la que estaban violando lanzó un aullido largo, agudo, desgarrador, que no parecía tener fin. Dany agarró las riendas con fuerza, e hizo que la plata volviera la cabeza.
—Haced que se detengan —ordenó a Ser Jorah.
—¿Khaleesi? —El caballero se había quedado perplejo.
—Ya me habéis oído —dijo—. Detenedlos. —Se volvió hacia su khas y les habló en dothraki—. Jhogo, Quaro, ayudad a Ser Jorah. No quiero violaciones.
Los guerreros se miraron, asombrados. Jorah Mormont acercó su caballo a la yegua de Dany.
—Princesa —dijo—, tenéis un corazón bondadoso, pero no lo comprendéis. Las cosas han sido siempre así. Esos hombres han derramado sangre por el khal. Y quieren cobrar su recompensa.
Al otro lado del camino, la chica seguía gritando en una lengua que Dany no comprendía. El primer hombre había terminado, y otro ocupaba su lugar.
—Es una chica cordero —dijo Quaro en dothraki—. No es nada, khaleesi. Para ella es un honor que la monten los jinetes. Los hombres cordero yacen con ovejas, lo sabe todo el mundo.
—Lo sabe todo el mundo —repitió su doncella, Irri, como un eco.
—Lo sabe todo el mundo —asintió Jhogo, a lomos del alto semental gris que le había regalado Drogo—. Si sus gritos te ofenden, Jhogo te traerá su lengua, khaleesi. —Desenvainó el arakh.
—No quiero que le hagáis daño —replicó Dany—. La exijo para mí. Haced lo que os he ordenado, o tendréis que dar explicaciones a Khal Drogo.
—Ai, khaleesi —respondió Jhogo al tiempo que espoleaba su caballo. Quaro y los demás lo siguieron, en medio del tintineo de las campanillas de sus cabelleras.
—Id con ellos —ordenó a Ser Jorah.
—A vuestras órdenes. —El caballero le dirigió una mirada extraña—. No cabe duda, sois de la misma sangre que vuestro hermano.
—¿Que Viserys? —Dany no comprendió.
—No —replicó él—. Que Rhaegar. —Se alejó al galope.
Dany oyó gritar a Jhogo. Los violadores se rieron de él, y uno le respondió algo también a gritos. El arakh de Jhogo centelleó, y la cabeza del otro hombre cayó rodando por el suelo. Las risas se trocaron en maldiciones, y los jinetes fueron a sacar sus armas, pero en aquel momento llegaron Quaro, Aggo y Rakharo. Vio que Aggo señalaba el punto del camino donde ella se encontraba, a lomos de la plata. Los jinetes la miraron con ojos fríos y negros. Uno escupió. Los demás, refunfuñando, se dirigieron hacia sus monturas.
Mientras tanto, el hombre que estaba poseyendo a la chica cordero no se había detenido, estaba tan concentrado en su placer que no parecía consciente de qué sucedía a su alrededor. Ser Jorah desmontó y lo apartó a un lado bruscamente. El dothraki cayó al suelo embarrado, se levantó al instante con un cuchillo en la mano y murió con una flecha de Aggo en la garganta. Mormont levantó a la chica del montón de cadáveres y la envolvió con su capa manchada de sangre. La llevó hasta donde estaba Dany.
—¿Qué queréis que se haga con ella?
La chica temblaba, con los ojos muy abiertos y la mirada perdida. Tenía el pelo sucio de sangre.
—Doreah, cúrale las heridas. No tienes aspecto de jinete, quizá a ti no te tenga miedo. Los demás, seguidme. —Cruzó la destrozada puerta de madera montada en la plata.
Dentro de la ciudad la situación era aún peor. Muchas de las casas estaban ardiendo, y los jaqqa rhan habían cumplido su macabra misión. En las callejuelas estrechas y llenas de recovecos había cadáveres decapitados. Pasaron junto a otras mujeres a las que estaban violando, y ante cada una de ellas Dany tiró de las riendas, ordenó a su khas que pusieran fin a aquello, y exigió que la víctima le fuera entregada como esclava. Una de ellas, una mujer gruesa y de nariz plana, de unos cuarenta años, bendijo a Dany en la lengua común, pero las demás tenían los ojos perdidos. Comprendió con tristeza que le tenían miedo; temían que las hubiera salvado para depararles un destino aún peor.
—No podéis exigirlas a todas como esclavas —dijo Ser Jorah la cuarta vez que detuvieron, mientras los guerreros de su khas guiaban tras ella a las nuevas esclavas.
—Soy la khaleesi, heredera de los Siete Reinos, de la sangre del dragón —le recordó Dany—. No os corresponde a vos decir qué puedo y qué no puedo hacer.
Al otro lado de la ciudad, un edificio se derrumbó en medio de una explosión de fuego y humo. A sus oídos llegaron gritos y aullidos de niños asustados.
Khal Drogo estaba sentado ante un templo cuadrado, sin ventanas, con gruesas paredes de barro y una cúpula bulbosa que parecía una enorme cebolla marrón. A su lado había un montón de cabezas más alto que él. Tenía clavada en el antebrazo una de las flechas cortas de los hombres cordero y la sangre le cubría el lado izquierdo del pecho desnudo como si fuera una mancha de pintura. Sus tres jinetes de sangre estaban a su lado.
Jhiqui ayudó a Dany a desmontar; a medida que su vientre se hacía más voluminoso y pesado, ella se sentía más torpe. Se arrodilló ante el khal.
—Mi sol y estrellas está herido.
El corte del arakh era ancho, pero poco profundo. El pezón izquierdo había desaparecido, y del pecho le colgaba una tira de carne y piel, como si fuera un trapo húmedo.
—Es arañazo, luna de mi vida, hizo arakh de un jinete de sangre de Khal Ogo —dijo Khal Drogo en la lengua común—. Lo maté por eso, y maté a Ogo. —Giró la cabeza, y las campanillas de su cabellera tintinearon—. Eso que oyes es Ogo, y su khalakka Fogo, que pasó a ser khal cuando lo maté.
—Ningún hombre puede enfrentarse al sol de mi vida —dijo Dany—, el padre del semental que monta el mundo.
Un guerrero a caballo se acercó hasta ellos y se bajó de la silla. Habló con Haggo en un dothraki demasiado rápido y furioso para que Dany lo comprendiera. El corpulento jinete de sangre echó un vistazo en dirección a ella antes de volverse hacia su khal.
—Éste es Mago, que cabalga en el khas de Ko Jhaqo. Dice que la khaleesi le ha arrebatado su botín, una hija de corderos a la que iba a montar. —El rostro de Khal Drogo era duro e inexpresivo, pero los ojos que clavó en Dany denotaban curiosidad—. Dime la verdad acerca de esto, luna de mi vida —ordenó en dothraki.
Dany le explicó lo que había hecho en su lengua, con palabras simples y directas, para que el khal la comprendiera mejor. Cuando terminó de hablar, Drogo tenía el ceño fruncido.
—Así es la guerra. Estas mujeres son nuestras esclavas, podemos hacer con ellas lo que nos plazca.
—A mí me place protegerlas —respondió Dany, que empezaba a temer que se había excedido—. Si tus guerreros quieren montar a estas mujeres, que lo hagan con gentileza y las tomen como esposas. Que les den un lugar en el khalasar, y que permitan que engendren a sus hijos.
—¿Acaso el caballo se aparea con la oveja? —preguntó Qotho riéndose. Siempre había sido el más cruel de los jinetes de sangre.
—El dragón se alimenta del caballo y la oveja por igual. —Dany se había vuelto hacia él, furiosa; algo en su tono de voz le había recordado a Viserys.
—¡Cada día es más fiera! —exclamó Khal Drogo sonriente—. Eso es mi hijo, que crece dentro de ella, el semental que monta el mundo la llena con su fuego. Cabalga con cautela, Qotho... si la madre no te abrasa con su aliento, el hijo te arrastrará por el barro. En cuanto a ti, Mago, cuidado con lo que dices. Búscate otra oveja que montar. Éstas son de mi khaleesi. —Hizo ademán de extender un brazo hacia Daenerys, pero una ráfaga de dolor repentino le hizo girar la cabeza.
—¿Dónde están los sanadores? —preguntó Dany, que casi sentía su sufrimiento. Las heridas eran peores de lo que le había dicho Ser Jorah. En el khalasar había dos clases de sanadores: mujeres estériles y esclavos eunucos. Las mujeres de las hierbas se encargaban de las pócimas y los hechizos, y los eunucos del cuchillo, la aguja y el fuego—. ¿Por qué no están atendiendo al khal?
—El khal echó a los hombres sin pelo, khaleesi —le dijo el anciano Cohollo.
Dany vio que el jinete de sangre también estaba herido, tenía un corte profundo en el hombro izquierdo.
—Hay muchos jinetes heridos —dijo Khal Drogo, testarudo—. Que los curen a ellos primero. Esta flecha no es más que la picadura de una mosca, este cortecito apenas una nueva cicatriz de la que alardear ante mi hijo.
Dany veía los músculos del pecho, allí donde la piel los había dejado al descubierto. Por el brazo de la flecha le corría un reguero de sangre.
—Khal Drogo no debe esperar —proclamó—. Jhogo, ve a buscar a esos eunucos, que vengan al momento.
—Dama de Plata —dijo una voz de mujer a su espalda—. Yo puedo curar las heridas del Gran Jinete.
Dany se volvió. La que había hablado era una de las esclavas rescatadas, la mujer gruesa de la nariz plana que la había bendecido.
—El khal no necesita ayuda de mujeres que yacen con corderos —ladró Qotho—. Aggo, córtale la lengua.
Aggo la agarró por el pelo y le puso un cuchillo contra la garganta. Dany alzó una mano.
—No. Es mía. Dejad que hable.
Aggo la miró, luego miró a Qotho. Al final bajó el cuchillo.
—No pretendía ofender a los bravos guerreros. —La mujer hablaba bien el dothraki. La túnica que llevaba había sido de la más ligera y fina de las lanas, llena de bordados, pero en aquel momento estaba manchada de barro y sangre, y desgarrada. Se cerraba con las manos el tejido roto para cubrirse los grandes pechos—. Tengo ciertas habilidades en el arte de curar.
—¿Quién eres? —preguntó Dany.
—Me llaman Mirri Maz Duur. Soy esposa de dios de este templo.
—Una maegi —gruñó Haggo al tiempo que rozaba con el dedo el filo de su arakh.
Dany conocía la palabra, la había oído en un cuento aterrador que le contó Jhiqui una noche, junto a la hoguera. Las maegis eran mujeres que yacían con demonios y practicaban la hechicería más negra, un arte malvado, vil y sin alma, que llegaba a los hombres en la oscuridad de la noche, y les sorbía la vida y la fuerza de los cuerpos.
—Soy sanadora —dijo Mirri Maz Duur.
—Sanadora de ovejas —se burló Qotho—. Sangre de mi sangre, haz matar a esta maegi y espera a los hombres sin pelo.
—¿Dónde aprendiste a curar, Mirri Maz Duur? —Dany hizo caso omiso del exabrupto del jinete de sangre. Aquella mujer anciana, fea, gruesa, no tenía aspecto de maegi.
—Mi madre fue esposa de dios, y me enseñó las canciones y los hechizos que más complacen al Gran Pastor, y a preparar los humos y ungüentos sagrados con hojas, raíces y bayas. Cuando era más joven y hermosa, viajé en una caravana a Asshai de la Sombra, para aprender de sus magos. A Asshai llegaban barcos procedentes de muchas tierras, de manera que allí aprendí las artes de curación de pueblos muy lejanos. Un bardo lunar de Jogos Nhai me regaló sus cantos para el parto, una mujer de vuestro pueblo de jinetes me enseñó la magia de la hierba, el maíz y el caballo, y un maestre de las Tierras de Poniente abrió un cuerpo delante de mí, y me mostró todos los secretos que se ocultan bajo la piel.
—¿Un maestre? —intervino Ser Jorah Mormont.
—Decía llamarse Marwyn —replicó la mujer en la lengua común—. Vino del mar. De más allá del mar. De los Siete Reinos, de las Tierras de Poniente. Donde los hombres son de hierro y reinan los dragones. Me enseñó su idioma.
—Un maestre en Asshai —caviló Ser Jorah—. Dime, esposa de dios, ¿qué llevaba ese tal Marwyn en torno al cuello?
—Una cadena muy apretada, siempre parecía a punto de ahogarlo, Señor de Hierro. Los eslabones eran de muchos metales.
—Sólo los hombres que han aprendido en la Ciudadela de Antigua llevan cadenas así —dijo el caballero volviéndose hacia Dany—, y esos hombres son buenos sanadores.
—¿Y por qué quieres ayudar a mi khal?
—Nos han enseñado que todos los hombres pertenecen al mismo rebaño —respondió Mirri Maz Duur—. El Gran Pastor me envió a la tierra para curar a sus corderos, estén donde estén.
—No somos corderos, maegi. —Qotho abofeteó a la mujer.
—Basta ya —dijo Dany, furiosa—. Es mía. No toleraré que se le haga daño.
—Hay que sacar la flecha, Qotho —gruñó Khal Drogo.
—Sí, Gran Jinete —respondió Mirri Maz Duur al tiempo que se llevaba una mano al rostro magullado—. Y también hay que lavar y coser la herida del pecho, o se pudrirá.
—Pues hazlo —ordenó Khal Drogo.
—Gran Jinete —dijo la mujer—, mis instrumentos y pócimas se encuentran en la casa de dios, donde los poderes de curación son más fuertes.
—Yo te llevaré, sangre de mi sangre —se ofreció Haggo.
—No necesito ayuda de ningún hombre —dijo Khal Drogo con voz alta y orgullosa, apartándolo con un gesto. Se levantó sin ayuda, su altura era tal que los dominaba a todos. La sangre fresca manó de su pecho, allí donde el arakh de Ogo le había cortado el pezón.
—Yo no soy un hombre —susurró Dany que corrió a su lado—. Así que puedes apoyarte en mí.
Drogo le puso una mano enorme en el hombro, y Dany soportó una parte de su peso al caminar hacia el gran templo de barro. Los tres jinetes de sangre los siguieron. Dany ordenó a Ser Jorah y a los guerreros de su khas que vigilaran la entrada para que nadie prendiera fuego al edificio mientras estaban dentro.
Cruzaron una serie de antesalas hasta llegar a la alta cámara central, bajo la cebolla. Una luz tenue entraba por las ventanas ocultas en la parte superior. En los escasos candelabros de las paredes brillaban antorchas humeantes, y el suelo estaba cubierto de pellejos de oveja.
—Es ahí —dijo Mirri Maz Duur, al tiempo que señalaba hacia el altar, una enorme piedra con vetas azules y con grabados en los que se veían pastores y sus rebaños. Khal Drogo se tendió sobre ella. La mujer echó un puñado de hojas secas a un brasero, y la sala se llenó de un humo aromático—. Es mejor que esperéis fuera —dijo a los demás.
—Somos sangre de su sangre —dijo Cohollo—. Esperaremos aquí.
—Has de saber algo, esposa del Dios Cordero. —Qotho dio un paso hacia Mirri Maz Duur—. Haz algún daño al khal, y tú sufrirás el mismo daño. —Desenvainó su cuchillo de despellejar, y le mostró la hoja.
—No le hará ningún mal. —Dany presentía que podía confiar en aquella mujer vieja, fea, de nariz plana. Al fin y al cabo, ella la había salvado de las manos bruscas de sus violadores.
—Pues si vais a quedaros, ayudadme —dijo Mirri a los jinetes de sangre—. El Gran Jinete es demasiado fuerte para mí. Mantenedlo quieto mientras le saco la flecha de las carnes. —Dejó que los harapos de su túnica le cayeran hasta la cintura mientras abría un cofre tallado y rebuscaba entre frascos y cajas, cuchillos y agujas. Cuando por fin estuvo lista, rompió la punta dentada de la flecha, y extrajo el asta sin dejar de entonar cánticos en la lengua monótona de los Ihazareen. Calentó una jarra de vino sobre el brasero hasta que hirvió, y lo derramó sobre las heridas. Khal Drogo la maldijo, pero no se movió. La mujer envolvió la herida de la flecha con un emplasto de hojas húmedas, y se concentró en la herida del pecho, que untó con una pasta color verde claro antes de volver a colocar la piel en su lugar. El khal apretó los dientes y ahogó un grito. La esposa de dios sacó una aguja de plata y una bobina de hilo de seda, y empezó a coser la carne. Cuando terminó, pintó la piel con ungüento rojo, la cubrió con más hojas y envolvió el pecho con un trozo de piel de cordero.
—Deberás recitar las plegarias que te daré, y conservar puesta esta piel de cordero diez días con sus noches —dijo—. Sentirás fiebre, y picores, y cuando estés curado te quedará una gran cicatriz.
—Mis cicatrices son gloria, mujer oveja. —Khal Drogo se sentó y sus campanillas tintinearon. Flexionó el brazo, y frunció el ceño.
—No bebas vino, ni la leche de la amapola —le advirtió—. Sufrirás dolor, pero tu cuerpo debe estar fuerte para combatir a los espíritus venenosos.
—Soy el khal —dijo Drogo—. Escupo sobre el dolor, y bebo lo que quiero. Cohollo, dame mi chaleco.
El jinete de mayor edad salió a cumplir el encargo.
—Antes hablaste de unos cantos para el parto... —dijo Dany a la fea mujer.
—Conozco todos los secretos del lecho ensangrentado, Dama de Plata, y jamás he perdido un bebé —replicó Mirri Maz Duur.
—Se acerca la hora del nacimiento —siguió Dany—. Si estás de acuerdo, quiero que me atiendas tú.
—Luna de mi vida, a un esclavo no se le hacen preguntas —dijo Drogo riéndose—, se le dan órdenes. Hará lo que quieras. —Bajó de un salto del altar—. Vamos, sangre mía. Los sementales llaman, este lugar está en ruinas. Es hora de cabalgar.
Haggo siguió al khal hacia la salida del templo, pero Qotho se demoró lo justo para mirar a Mirri Maz Duur.
—Recuerda, maegi, lo que le pase al khal será lo mismo que te pase a ti.
—Como tú digas, jinete —replicó la mujer al tiempo que recogía las jarras y frascos—. El Gran Pastor vela por su rebaño.
TYRION
En la cima de una colina desde la que se divisaba el camino real, bajo un olmo, se había colocado una larga tabla de pino sobre caballetes, cubierta con un paño dorado. Allí, bajo su pabellón, Lord Tywin cenó con sus principales caballeros y señores vasallos. Su estandarte escarlata y dorado ondeaba al viento.
Tyrion llegó tarde, dolorido tras tantas horas en la silla de montar, y amargado, demasiado consciente de lo cómico que debía de resultar su aspecto al subir por la ladera hacia su padre. La marcha de aquel día había sido larga y agotadora. La perspectiva de emborracharse aquella noche le parecía de lo más tentadora. Las luciérnagas parecían dar vida al aire del ocaso.
Los cocineros estaban sirviendo la carne: cinco cochinillos de piel tostada y crujiente, cada uno con una fruta diferente en la boca. El olor le hizo la boca agua.
—Disculpad el retraso —dijo.
—Debería encargarte la misión de enterrar a nuestros muertos, Tyrion —bufó Lord Tywin—. Si llegas tan tarde a la batalla como a la mesa, cuando te dignes a aparecer la lucha habrá terminado.
—Vamos, padre, al menos me reservarás un par de labriegos, ¿no? —replicó Tyrion—. Tampoco muchos, no quiero ser codicioso. —Se llenó la copa de vino y observó cómo uno de los criados trinchaba el lechón. La piel crujiente se quebraba bajo el cuchillo y corrían los jugos calientes de la carne. Era el espectáculo más hermoso que Tyrion había visto en mucho tiempo.
—La avanzadilla de Ser Addam dice que la hueste de los Stark se mueve hacia el sur de los Gemelos —le informó su padre al tiempo que le llenaban el plato de tajadas de lechón—. Los hombres de Lord Frey se han unido a él. No creo que esté a más de un día de viaje hacia el norte.
—Por favor, padre —dijo Tyrion—. Que estoy a punto de comer.
—¿Y la perspectiva de enfrentarte al joven Stark te acobarda, Tyrion? A tu hermano Jaime le encantaría tenerlo delante.
—Yo lo que deseo es tener delante ese lechón. Robb Stark no es tan tierno, y jamás ha olido tan bien.
—Espero que vuestros salvajes no compartan esa desgana —dijo Lord Lefford, el ave de mal agüero que se encargaba de las provisiones, inclinándose hacia adelante—, o habremos desperdiciado mucho acero en ellos.
—Mis salvajes utilizarán muy bien ese acero, mi señor —replicó Tyrion. Cuando le dijo a Lefford que necesitaba armas y armaduras para los trescientos hombres que había llevado Ulf de las montañas, fue como si le pidiera que les entregara a sus hijas vírgenes para que se divirtieran.
—Esta mañana he visto al grande —dijo Lefford con el ceño fruncido—, el peludo, el que se empeñó en que necesitaba dos hachas de combate, de esas grandes de acero negro con dos hojas en forma de luna.
—Es que a Shagga le gusta matar a dos manos —dijo Tyrion, sin apartar los ojos del plato de cochinillo humeante que acababan de poner ante él.
—Y todavía llevaba el hacha de madera a la espalda.
—Shagga es de la opinión de que tres hachas son mejor que dos. —Tyrion cogió un generoso pellizco de sal entre el índice y el pulgar, y espolvoreó la carne.
—Hemos pensado que vos y vuestros salvajes deberíais estar en la vanguardia cuando comience la batalla —intervino Ser Kevan inclinándose hacia adelante. Ser Kevan rara vez pensaba nada que Lord Tywin no hubiera pensado antes. Tyrion había pinchado un trozo de carne con la daga y se lo estaba llevando a la boca. Lo volvió a bajar al oír aquello.
—¿La vanguardia? —repitió, dubitativo. O su señor padre sentía de pronto un respeto desconocido ante la habilidad de Tyrion, o había decidido librarse de una vez por todas de la vergüenza que le suponía un hijo tullido. Tyrion tenía el sombrío presentimiento de que era lo segundo.
—Tienen un aspecto muy feroz —señaló Ser Kevan.
—¿Feroz? —Tyrion se dio cuenta de que estaba repitiendo las palabras de su tío como un pájaro bien entrenado. Su señor padre lo miraba, sopesando cada palabra—. Os contaré hasta qué punto son feroces. Anoche un Hermano de la Luna apuñaló a un Grajo de Piedra por una salchicha. Hoy, al montar el campamento, tres Grajos de Piedra le abrieron la garganta. No sé, quizá quisieran recuperar la salchicha. Por suerte Bronn consiguió impedir que Shagga le cortara la verga al cadáver, pero aun así Ulf exige compensación económica por la sangre, y desde luego Conn y Shagga se niegan a pagar.
—Si a los soldados les falta disciplina, la culpa es de su lord comandante —señaló su padre.
Su hermano Jaime siempre había logrado que los hombres lo siguieran de buena gana, que dieran la vida por él si era necesario. Tyrion no tenía aquel don. Compraba la lealtad con oro, e imponía obediencia con su nombre.
—Un hombre más alto podría meterlos en cintura. ¿No es eso lo que intentas decir, mi señor?
—Si los hombres de mi hijo no obedecen sus órdenes —dijo Lord Tywin Lannister a su hermano—, la vanguardia no es el lugar que le corresponde. Sin duda se sentirá más a su gusto en la retaguardia, con los carromatos del equipaje.
—No me hagas favores, padre —dijo, airado—. Si no tienes otro mando que ofrecerme, iré a la cabeza de tu vanguardia.
—No he hablado de darte ningún mando. —Lord Tywin miró a su hijo enano—. Servirás a las órdenes de Ser Gregor.
Tyrion mordió un trozo de cochinillo, lo masticó un instante y lo escupió, furioso.
—No tengo tanta hambre como pensaba —dijo mientras se bajaba torpemente del banco—. Ruego a mis señores que me disculpen.
Lord Tywin inclinó la cabeza en gesto de despedida. Tyrion se dio media vuelta y se alejó. Al cojear colina abajo, sentía los ojos de todos clavados en la espalda. Oyó una carcajada compartida, pero no se volvió. Deseó fervorosamente que se les atragantara el lechón asado.
El crepúsculo hacía que todos los estandartes parecieran negros. El campamento Lannister se extendía kilómetros y kilómetros entre el río y el camino real. Era fácil perderse entre tantos hombres, caballos y árboles, y eso fue lo que hizo Tyrion. Pasó junto a una docena de grandes pabellones y un centenar de hogueras donde se preparaban las cenas. Las luciérnagas revoloteaban entre las tiendas como estrellas errantes. Le llegó el olor de salchichas con ajo, especiadas y sabrosas, tan tentador que el estómago le empezó a rugir. A lo lejos se oían voces que entonaban una canción grosera. Una mujer pasó corriendo junto a él, riendo, desnuda bajo una capa oscura, mientras su perseguidor, borracho, tropezaba con las raíces de los árboles. Más adelante dos hombres con lanzas se enfrentaban separados por un estrecho arroyo, practicando lanzamientos y esquivando a la escasa luz, con los torsos desnudos y empapados de sudor.
Nadie se fijó en él. Nadie le dirigió una mirada. Nadie le prestó atención. Estaba rodeado de hombres que habían jurado lealtad a la Casa Lannister, un vasto ejército de veinte mil hombres, pero se encontraba solo.
Cuando oyó el rugido de la risa de Shagga en la oscuridad, lo siguió hasta el rincón donde se encontraban los Grajos de Piedra. Conn, hijo de Coratt, le mostró una jarra de cerveza.
—¡Tyrion Mediohombre! Ven, siéntate junto a nuestro fuego, comparte carne con los Grajos de Piedra. Tenemos un buey.
—Ya lo veo, Conn, hijo de Coratt. —El enorme trozo de carne roja estaba suspendido sobre el fuego, atravesado por un espetón del tamaño de un árbol pequeño. Probablemente se trataba de un árbol pequeño. Dos Grajos de Piedra daban vueltas a la carne, y la sangre y la grasa goteaban sobre las llamas—. Te lo agradezco. Llamadme cuando esté hecho. —Por el aspecto de la carne, quizá fuera antes de la batalla. Se alejó de allí.
Cada uno de los clanes tenía su hoguera. Los Orejas Negras no comían con los Grajos de Piedra, los Grajos de Piedra no comían con los Hermanos de la Luna, y con los Hombres Quemados no comía nadie. La modesta tienda que había conseguido sacarle a Lord Lefford se alzaba en el centro de las cuatro hogueras. Tyrion vio a Bronn, que compartía un pellejo de vino con uno de los nuevos criados. Lord Tywin le había enviado un caballerizo y un asistente personal, incluso se empeñó en que tuviera escudero propio. Todos estaban sentados en torno a una hoguera pequeña. Los acompañaba una muchacha delgada, de pelo oscuro, que no aparentaba más de dieciocho años. Tyrion examinó su rostro un momento, antes de ver las espinas entre las cenizas.
—¿Qué habéis comido?
—Truchas, mi señor —dijo el caballerizo—. Las pescó Bronn.
«Truchas —pensó—, cochinillo asado... Maldito sea mi padre.» Contempló los restos con tristeza. Le rugía el estómago.
Su escudero, un muchacho llamado para su desgracia Podrick Payne, se tragó algo que estaba a punto de decir. El muchacho era primo lejano de Ilyn Payne, el verdugo del rey... y parecía tan silencioso como su pariente, aunque no por falta de lengua. En cierta ocasión Tyrion lo había obligado a enseñársela para estar seguro.
—Pues sí, es una lengua —dijo en aquella ocasión—. Quizá algún día aprendas a utilizarla.
Pero esa noche carecía de la paciencia necesaria para intentar hacer hablar al chico. Tenía la sensación de que se lo habían asignado como broma cruel. Concentró su atención en la chica.
—¿Es ella? —preguntó a Bronn.
La muchacha se levantó con un gesto grácil, y lo miró desde la cima de su altura, un metro y medio, quizá más.
—Sí, mi señor, y si te parece bien puede hablar por sí misma.
—Soy Tyrion, de la Casa Lannister —dijo Tyrion inclinando la cabeza hacia un lado—. Los hombres me llaman el Gnomo.
—Mi madre me llama Shae. Los hombres me llaman... a menudo.
Bronn se echó a reír, y el propio Tyrion no pudo contener una sonrisa.
—Vamos a la tienda, Shae, si tienes la amabilidad. —Levantó el ala de la tienda para que pasara. Una vez dentro, se arrodilló para encender una vela.
En la vida del soldado había ciertas compensaciones. Todo campamento tenía un grupo de personas que lo seguía. Al final del día, Tyrion había enviado a Bronn a que le buscara entre ellas una prostituta bonita.
—Me gustan razonablemente jóvenes, y mejor si son lindas —le indicó—. Si se ha lavado este año, mucho mejor, si no báñala antes. No te olvides de decirle quién soy, y sobre todo cómo soy.
En ocasiones Jyck se había olvidado de hacerlo. Y las chicas ponían una cara extraña al ver al señor a quien debían complacer... una cara que Tyrion Lannister no quería volver a ver.
Alzó la vela y la examinó. Bronn se había esmerado; tenía ojos de gacela y era esbelta, con pechos pequeños y firmes, y una sonrisa a ratos tímida, a ratos insolente, en ocasiones traviesa. Eso le gustaba.
—¿Me quito el vestido, mi señor? —preguntó.
—Todo a su tiempo. ¿Eres doncella, Shae?
—Si vos lo deseáis, mi señor... —contestó con recato.
—Lo que deseo es la verdad, muchacha.
—Sí, pero eso os costará el doble.
—Soy un Lannister —dijo Tyrion, que comprendió que se iban a llevar muy bien—. Si algo me sobra es oro, y no tardarás en ver que soy generoso. Pero querré de ti algo más que lo que tienes entre las piernas, aunque eso también, claro. Compartirás mi tienda, me servirás el vino, reirás mis chistes, me darás masajes en las piernas para quitarme el dolor tras la jornada de marcha... y, tanto si te conservo a mi lado un día como si es un año, mientras estés conmigo no habrá otros hombres en tu cama.
—Me parece justo. —Se inclinó, se cogió el borde del vestido y se lo sacó por la cabeza en un solo movimiento fluido, antes de tirarlo a un lado. Bajo él sólo llevaba la piel—. Si mi señor no deja esa vela se va a quemar los dedos.
Tyrion dejó la vela, la cogió de la mano y la atrajo con gentileza hacia él. La muchacha se inclinó para besarlo. La boca le sabía a miel y a especias, y los dedos con que desató los lazos de sus ropas eran diestros y hábiles.
Cuando la penetró, ella lo recibió con susurros cariñosos y estremecimientos de placer. Tyrion sospechaba que era fingido, pero lo hacía tan bien que no importaba. No necesitaba tanta verdad.
En cambio, como comprendió más tarde, mientras la muchacha yacía tranquila entre sus brazos, sí la había necesitado a ella. O quizá a alguien como ella. Hacía casi un año que no estaba con una mujer, desde que partiera hacia Invernalia en compañía de su hermano y el rey Robert. Quizá muriera al día siguiente, y si era lo que le deparaban los dioses, prefería irse a la tumba pensando en Shae, y no en su señor padre, en Lysa Arryn, ni en Lady Catelyn Stark.
Sentía la suavidad de los pechos de la chica contra el brazo. Era agradable. Una canción le llenó la mente. Empezó a silbar, muy bajito.
—¿Qué sucede, mi señor? —preguntó Shae, acurrucada junto a él.
—Nada —respondió—. Una canción que aprendí de niño, nada más. Duerme, pequeña.
Cuando ella cerró los ojos, y su respiración se hizo lenta y pausada, Tyrion salió de su abrazo con delicadeza, para no turbarle el sueño. Salió al exterior desnudo, tropezó con su escudero, y fue tras la tienda para orinar.
Bronn estaba sentado bajo un castaño, con las piernas cruzadas, cerca del lugar donde habían atado los caballos. Estaba afilando la espada, bien despierto. Por lo visto el mercenario no dormía como el resto de los hombres.
—¿Dónde la encontraste? —le preguntó Tyrion mientras meaba.
—Se la arrebaté a un caballero. No quería dejarla marchar, pero tu nombre hizo que cambiara de opinión... bueno, eso y mi daga en su garganta.
—Espléndido —replicó Tyrion secamente, al tiempo que se sacudía las últimas gotas—. Si mal no recuerdo, te pedí que me buscaras una puta, no que me crearas un enemigo.
—Todas las bonitas estaban ya cogidas —dijo Bronn—. Si prefieres una vieja desdentada, yo me quedaré con ésta.
—Mi señor padre diría que eso ha sido una insolencia —dijo Tyrion mientras se acercaba cojeando a él—, y te mandaría a las minas por impertinente.
—Por suerte para mí tú no eres tu padre —replicó Bronn—. Había otra con la nariz llena de verrugas. ¿Te la traigo?
—Sé que te rompería el corazón —dijo Tyrion para devolverle el golpe—. Me quedo con Shae. ¿Recuerdas por casualidad el nombre de ese caballero? No quisiera tenerlo a mi lado durante la batalla.
—En la batalla seré yo quien estará a tu lado, enano. —Bronn se había levantado, ágil y rápido como un gato, haciendo girar la espada en la mano.
Tyrion asintió. El aire de la noche era una caricia cálida sobre la piel desnuda.
—Encárgate de que sobreviva a esta batalla y podrás pedirme lo que quieras.
—¿Quién querría matar a alguien como tú? —Bronn se pasó la espada de la mano derecha a la izquierda, y practicó un golpe de tajo.
—Mi señor padre, por ejemplo. Me ha puesto en la vanguardia.
—Yo habría hecho lo mismo. Un hombre pequeño con un escudo grande. A los arqueros les dará un ataque.
—Me parece que estás muy contento —bufó Tyrion—. Seguramente soy yo el que está loco.
—No te quepa duda. —Bronn envainó la espada.
Cuando Tyrion volvió a la tienda, Shae se incorporó sobre un codo.
—Me desperté y mi señor se había ido —murmuró, somnolienta.
—Tu señor ha vuelto ya —dijo Tyrion y se deslizó entre las mantas junto a ella. La chica metió la mano entre las piernas atrofiadas y descubrió que estaba dispuesto.
—Ya lo veo —dijo mientras lo acariciaba. Él le preguntó por el hombre con el que estaba cuando Bronn la había escogido para él. Le dio el nombre de un vasallo menor de un señor insignificante—. No tenéis nada que temer de él, mi señor —añadió la muchacha, con las manos ocupadas en su sexo—. Es un hombre pequeño.
—¿Y qué soy yo? —preguntó Tyrion—. ¿Un gigante?
—Oh, sí —ronroneó—. Mi gigante de Lannister. —Se montó sobre él y, durante un rato, casi consiguió que la creyera. Tyrion se durmió con una sonrisa en los labios...
... y despertó en la oscuridad, entre el sonido de las trompetas. La chica lo sacudía por el hombro.
—Mi señor —susurraba—. Despertad, mi señor. Tengo miedo.
Se sentó adormilado, y apartó la manta. Los cuernos resonaban en la noche, salvajes y apremiantes, con un aullido que proclamaba: «deprisa, deprisa, deprisa». Oyó gritos, ruido de lanzas, relinchos de caballos, pero nada que delatara que empezaba la batalla.
—Las trompetas de mi señor padre —dijo—. Llaman a la batalla. Creía que Stark estaba todavía a una jornada de distancia.
Shae sacudió la cabeza. Tenía los ojos muy abiertos, estaba conmocionada.
Tyrion consiguió ponerse en pie torpemente, salió de la tienda y llamó a gritos a su escudero. Los jirones de niebla blanquecina parecían dedos largos que surgieran del río hacia el aire de la noche. Tanto hombres como caballos se movían casi a ciegas en medio del frío previo al amanecer; se ensillaban los animales, se cargaban los carromatos, se apagaban las hogueras... Las trompetas sonaron de nuevo: «deprisa, deprisa, deprisa». Los caballeros maldecían a gritos, los guerreros se colgaban a toda prisa las espadas de los cintos. Cuando por fin encontró a Pod, el muchacho roncaba suavemente. Tyrion le dio una patada en las costillas.
—Mi armadura —dijo—. Venga, venga.
Bronn surgió de pronto de entre la niebla, ya con la armadura puesta y a caballo, con su eterno yelmo abollado.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó Tyrion.
—Stark se nos ha adelantado un día —dijo Bronn—. Ha bajado por el camino real en medio de la noche, y ahora sus huestes están formadas para la batalla a menos de un kilómetro hacia el norte.
«Deprisa —llamaban las trompetas—, deprisa, deprisa, deprisa.»
—Asegúrate de que los hombres de los clanes estén preparados. —Tyrion volvió a entrar en su tienda—. ¿Dónde está mi ropa? —gritó a Shae—. Muy bien. No, maldita sea, la de cuero. Sí. Tráeme las botas.
Cuando consiguió vestirse, su escudero le presentó la armadura. Tyrion tenía una armadura excelente, diseñada para adaptarse a su cuerpo deforme. Por desgracia, la armadura estaba a buen recaudo en Roca Casterly, y él no. Tuvo que arreglárselas con restos elegidos en los carromatos de Lord Lefford: una cota de mallas, el gorjal de un caballero caído en batalla, canilleras y guanteletes articulados, y botas de acero con puntera. Parte de la armadura era sencilla, parte muy ornamentada, y ni una sola pieza le quedaba bien. La coraza estaba diseñada para un hombre más corpulento, y lo único que pudo encontrar adecuado al tamaño excesivo de su cabeza fue un yelmo grande, con una púa triangular de un palmo de largo.
Shae ayudó a Pod con las hebillas y los cierres.
—Si muero, llora por mí —pidió Tyrion a la prostituta.
—¿Cómo sabrás si lloro o no? Estarás muerto.
—Lo sabré.
—Te creo.
Shae le puso el yelmo, y Pod se lo ajustó al gorjal. Tyrion se abrochó el cinturón, del que colgaban una espada corta y una daga. Para entonces el mozo de cuadra le había llevado ya la montura, un corcel con una armadura tan formidable como la del propio Tyrion. Tuvieron que ayudarlo para montar, se sentía como si pesara una tonelada. Pod le tendió su escudo, una enorme pieza de madera de palo santo con refuerzos de acero. Por último le dieron el hacha de combate. Shae retrocedió un paso y lo miró.
—Mi señor tiene un aspecto temible.
—Mi señor tiene aspecto de enano con armadura de retales —replicó Tyrion con amargura—, pero te lo agradezco. Podrick, si la batalla se vuelve contra nosotros, acompaña a la señora a su casa, quiero que llegue sana y salva.
La saludó con el hacha, hizo dar media vuelta al caballo y se alejó al trote. Tenía el estómago encogido en un nudo duro, tan prieto que le hacía daño. Tras él, sus criados empezaron a recoger la tienda a toda prisa. Los primeros rayos rosados del amanecer se divisaban ya hacia el este, a medida que el sol surgía por el horizonte. El cielo del oeste era de un color púrpura oscuro, salpicado de estrellas. Tyrion se preguntó si sería aquél el último amanecer que presenciaba... y si el hecho de preguntárselo denotaba cobardía. ¿Pensaría su hermano Jaime en la muerte antes de una batalla?
Un cuerno de guerra resonó a lo lejos, con una nota profunda, triste, que encogía el alma. Los hombres de los clanes montaron en sus esqueléticos caballos, entre gritos, maldiciones y bromas groseras. Varios de ellos parecían borrachos. El sol naciente disipaba ya los tentáculos de niebla cuando Tyrion se puso al frente de su grupo para iniciar la marcha. La poca hierba que los caballos habían dejado estaba llena de rocío, como si un dios hubiera salpicado la tierra con diamantes. Los montañeses cabalgaron tras él, separados por clanes y cada uno con su jefe al frente.
A la luz del amanecer, el ejército de Lord Tywin Lannister se desplegó como una rosa de hierro, llena de espinas deslumbrantes.
Su tío estaba al mando del grupo central. Ser Kevan había izado sus estandartes por encima del camino real. Los arqueros de a pie, con las aljabas colgadas de los cinturones, se situaron en tres largas hileras, cruzando el camino de este a oeste, y aguardaron en calma con los arcos ya tensos. Entre ellos los hombres armados con picas formaron en cuadro. Detrás iban los guerreros armados con lanzas, espadas y hachas. Trescientos jinetes rodeaban a Ser Kevan y a los señores vasallos Lefford, Lydden y Serrett, junto a sus guardias juramentados.
El ala derecha correspondía por completo a la caballería, unos cuatro mil hombres con pesadas armaduras. Allí se concentraban más de tres cuartas partes de los jinetes, apiñados como un gigantesco puño de acero. Ser Addam Marbrand estaba al mando. Tyrion vio que en aquel momento su portaestandarte desplegaba la enseña, un árbol en llamas, anaranjado y humeante. Detrás ondeaban el unicornio púrpura de Ser Flement, el jabalí pinto de Crakehall, el gallo de Swyft, y muchos más.
Incluso desde lejos, su señor padre tenía un aspecto esplendoroso. La armadura de combate de Tywin Lannister era aún más rica que la dorada de su hijo Jaime. Llevaba una amplia capa de hilo de oro, tan pesada que apenas le ondeaba a la espalda al cabalgar, y tan larga que cuando montaba cubría casi por completo los cuartos traseros de su semental. No había broche que soportara tal peso, de manera que se la sujetaba en los hombros con dos pequeñas leonas que parecían a punto de saltar. El macho, un león de magnífica melena, descansaba sobre el gran yelmo de Lord Tywin, con las fauces abiertas en un rugido, y una zarpa amenazadora en el aire. Los tres leones eran de oro, con ojos de rubíes. La armadura era de grueso acero esmaltado en escarlata, con canilleras y guanteletes llenos de incrustaciones de oro en forma de volutas. Las rondelas tenían forma de soles, todos los broches estaban chapados en oro, y el acero rojo estaba tan bruñido que brillaba como el fuego a la luz del sol naciente.
A los oídos de Tyrion llegaba ya el retumbar de los tambores del enemigo. Recordó a Robb Stark tal como lo había visto la última vez, en el trono de su padre, en la Sala Principal de Invernalia, con la espada desenvainada en las manos. Recordó también cómo habían salido de entre las sombras los dos huargos, y volvió a verlos ante él, mostrando los colmillos, gruñendo y lanzando dentelladas. ¿Acompañarían al chico durante la batalla? La sola idea lo ponía nervioso.
Los norteños estarían agotados tras la larga noche de marcha, sin dormir. Tyrion estaba intrigado, ¿qué habría planeado el muchacho? ¿Acaso había pretendido cogerlos desprevenidos mientras dormían? Era poco probable. De Tywin Lannister se podían decir muchas cosas, pero no que fuera idiota.
La vanguardia se estaba agrupando a la izquierda. Lo primero que vio fue el estandarte, tres perros negros sobre campo de oro. Bajo él cabalgaba Ser Gregor, a lomos del caballo más grande que Tyrion había visto en su vida. Bronn le echó un vistazo y sonrió.
—En la batalla, sigue siempre al hombre más grande.
—¿Y eso por qué? —Tyrion lo miró con el ceño fruncido.
—Son un blanco magnífico. Y ese hombre va a atraer las miradas de todos los arqueros.
—La verdad es que nunca lo había considerado desde esa perspectiva. —Tyrion se echó a reír, y vio a la Montaña con otros ojos.
En Clegane no había nada de espléndido. Su armadura era de acero gris opaco, deslucida y arañada por el uso, sin ningún blasón ni adorno. Iba señalando a los hombres sus posiciones con movimientos del enorme espadón; Ser Gregor lo movía con una sola mano, con la misma facilidad con que otro habría manejado una daga.
—¡Yo mismo mataré al que vea huir! —rugía. En aquel momento vio a Tyrion—. ¡Gnomo! Ve a la izquierda. Defiende el río. Si puedes.
La izquierda de la izquierda. Para situarse en aquel flanco, los Stark necesitarían caballos capaces de correr sobre las aguas. Tyrion guió a sus hombres hacia la orilla.
—¡Mirad! —gritó al tiempo que apuntaba con el hacha—. El río. —Un manto de neblina cubría aún la superficie del agua, la corriente verdosa discurría bajo ella. Los bajíos eran lodosos y llenos de plantas acuáticas—. Ese río es nuestro. Pase lo que pase, no os alejéis del agua. No lo perdáis de vista. Ningún enemigo debe interponerse entre nuestro río y nosotros. Si ensucian nuestras aguas, cortadles las pollas y echadlas de comer a los peces.
Shagga llevaba un hacha en cada mano. Las entrechocó con un sonido estremecedor.
—¡Mediohombre! —gritó. Otros Grajos de Piedra repitieron el grito, y también lo hicieron los Orejas Negras y los Hermanos de la Luna. Los Hombres Quemados no gritaron, pero entrechocaron las espadas y las lanzas—. ¡Mediohombre! ¡Mediohombre! ¡Mediohombre!
Tyrion hizo dar media vuelta a su caballo para examinar el campo de batalla. En aquella zona el terreno era ondulado y desigual. Al lado del río era blanco y lodoso, luego se alzaba en una pendiente suave hacia el camino real, y al otro lado de la vía, hacia el este, resultaba pedregoso. En las laderas de la colina había algunos árboles, pero la mayor parte de la tierra se utilizaba para cultivos. El corazón le latía al ritmo de los tambores, y bajo las capas de cuero y acero sentía la piel fría de sudor. Vio cómo Ser Gregor, la Montaña, recorría las líneas a caballo, siempre gritando y gesticulando. También aquella ala era de caballería, pero, mientras la derecha era una piña de caballeros con armaduras y lanceros bien protegidos, en la vanguardia estaban los desperdicios del oeste: arqueros a caballo con chalecos de cuero, un hervidero de jinetes libres y mercenarios sin disciplina, labriegos montados sobre caballos que hasta hacía poco araban la tierra, armados con guadañas y las espadas oxidadas de sus padres, muchachos sin entrenamiento, procedentes de los antros de Lannisport... y Tyrion, con sus hombres de los clanes montañeses.
—Alimento para los cuervos —murmuró Bronn a su lado, poniendo voz a las palabras que Tyrion no había querido pronunciar.
Tuvo que asentir. ¿Acaso su señor padre había perdido el juicio? Ninguna pica, pocos arqueros, apenas un puñado de caballeros, los hombres con peores armas y armaduras, todos a las órdenes de un salvaje que se guiaba por la rabia... ¿cómo esperaba su padre que quedara protegido el flanco izquierdo durante la batalla?
No tuvo tiempo para pensarlo. Los tambores estaban tan cerca que el ritmo se le metía bajo la piel y le producía cosquilleos en las manos. Bronn desenvainó la espada larga, y de pronto el enemigo apareció ante ellos, por encima de las colinas, avanzando a paso mesurado tras una muralla de escudos y picas.
«Malditos sean los dioses, son muchos», pensó Tyrion, aunque sabía que su padre contaba con más hombres. Sus capitanes cabalgaban a lomos de caballos de guerra bien pertrechados, al lado de sus portaestandartes. Divisó el alce de los Hornwood, el sol de los Karstark, el hacha de combate de Lord Cerwyn, el puño con guantelete de los Glover... y las torres de los Frey, azul sobre gris. Con lo seguro que había estado su padre de que Lord Walder no intervendría... El blanco de la Casa Stark ondeaba por doquier, los huargos grises parecían a punto de saltar de los estandartes, desde lo más elevado de las astas. Tyrion no vio a Robb, cosa que le resultó intrigante.
Resonó la llamada de un cuerno de guerra. Aruuuuuuuuuuuuuuuu, rugió en la noche, un sonido largo y grave, frío como el viento del norte. Las trompetas de los Lannister respondieron, da-DA-da-DA da-DAAAAAAA, metálicas y desafiantes, pero a Tyrion le dio la sensación de que era un sonido inferior, lleno de ansiedad. Sintió que se le revolvían las entrañas, y trató de dominarse. No quería morir vomitando.
El sonido de los cuernos se fue apagando, y un siseo constante llenó el aire. Una lluvia de flechas surcó el cielo dibujando un arco ascendente desde su derecha, donde se habían situado los arqueros, flanqueando el camino. Los norteños emprendieron la carga entre gritos, pero las flechas Lannister cayeron sobre ellos como granizo, cientos de ellas, miles; los gritos se tornaron en gemidos, los hombres cayeron. Para entonces ya una segunda andanada dibujaba su arco mortífero, y los arqueros tensaban las cuerdas sobre una tercera flecha.
Las trompetas resonaron de nuevo, da-DAAA da-DAAA da-DA da-DA da-DAAAAA. Ser Gregor hizo un gesto con la enorme espada, rugió una orden, y mil voces respondieron a su grito. Tyrion picó espuelas y agregó una voz más a la cacofonía; la vanguardia se adelantó.
—¡El río! —gritó a los hombres de los clanes—. ¡Acordaos, el río es nuestro!
Siguió al frente hasta que emprendieron el galope, entonces Chella lanzó un grito escalofriante y lo adelantó; Shagga siguió sus pasos con un aullido similar. El resto de los montañeses cargó tras ellos, y Tyrion quedó respirando el polvo de su estela.
Ante ellos había una formación de lanceros enemigos dispuestos en semicírculo, un puerco espín erizado de acero a la espera tras altos escudos de roble con el blasón del sol de los Karstark. Gregor Clegane fue el primero en llegar hasta ellos a la cabeza de una cuña de veteranos con armadura. La mitad de los caballos se espantaron en el último instante y dejaron de cargar justo delante de las lanzas. Los demás murieron con los pechos atravesados por las agudas puntas de acero. Tyrion vio caer a una docena de hombres. El semental de la Montaña se encabritó y levantó las patas delanteras, con sus herraduras de hierro, cuando una lanza dentada le hirió el cuello. El animal, enloquecido, cargó contra el enemigo. Todas las lanzas se volvieron contra él, pero la muralla de escudos se derrumbó bajo su peso. Los norteños trataron de ponerse a salvo de sus últimos estertores. Cuando su caballo cayó, todavía lanzando dentelladas con la boca llena de sangre, la Montaña se levantó ileso, blandiendo a diestro y siniestro el gigantesco espadón.
Shagga entró por la brecha antes de que la muralla de escudos se cerrara de nuevo, y otros Grajos de Piedra lo imitaron.
—¡Hombres Quemados! ¡Hermanos de la Luna! ¡Seguidme! —gritó Tyrion. Pero la mayoría iba por delante de él. Vio cómo Timett, hijo de Timett, salía de debajo de su montura muerta. Vio a un Hermano de la Luna empalado por una lanza Karstark. Vio cómo el caballo de Conn destrozaba de una coz las costillas de un hombre. Una lluvia de flechas cayó sobre ellos; no habría sabido decir de dónde procedían, porque mataban a los Stark y a los Lannister por igual, chocaban contra las armaduras o abrían las carnes. Tyrion Lannister alzó el escudo y se cobijó bajo él.
El puerco espín se desmoronaba, los norteños retrocedían ante el ataque de la caballería. Tyrion vio cómo un golpe de Shagga destrozaba el pecho de un lancero, cómo el hacha hendía la armadura, el cuero, el músculo y los pulmones. Murió todavía de pie, con la cabeza del hacha incrustada en el pecho, pero Shagga siguió adelante, partió en dos un escudo con el hacha de la mano izquierda, mientras el cadáver se balanceaba colgado inerte de la derecha. Por fin Shagga se liberó de su peso, entrechocó las dos hachas y lanzó un rugido.
El enemigo estaba ya sobre Tyrion, su espacio de combate se redujo a apenas un metro en torno al caballo. Un guerrero trató de ensartarle el pecho. Tyrion blandió el hacha y desvió la lanza a un lado. El hombre retrocedió para probar suerte de nuevo, pero él picó espuelas y lo arrolló con su caballo. Tres enemigos rodeaban a Bronn, que consiguió cortar con la espada la punta de la primera lanza, y destrozar la cara del segundo hombre con el golpe de revés.
Una lanza llegó silbando por la izquierda hasta Tyrion, y se le clavó en el escudo. Se dio media vuelta y persiguió al lancero, pero él también se protegió levantando el escudo por encima de la cabeza. Tyrion lo rodeó, lanzando hachazos contra la madera. Saltaron astillas de roble, hasta que el norteño perdió pie, resbaló y cayó de espaldas, todavía con el escudo encima. Estaba fuera del alcance del hacha de Tyrion, y descabalgar para matarlo habría sido una molestia excesiva, así que lo dejó allí y cabalgó hacia otro hombre. Le asestó un golpe desde arriba con tal energía que el brazo se le quedó entumecido. Así consiguió un instante de respiro. Tiró de las riendas, y buscó el río con la mirada. Allí estaba, a la derecha. En el fragor de la batalla, se había dado la vuelta.
Un Hombre Quemado pasó a su lado, derrumbado sobre el caballo. La lanza que le había penetrado por el vientre le sobresalía por la espalda. Nada se podía hacer por él, pero, cuando Tyrion vio que uno de los norteños echaba mano de sus riendas, se lanzó a la carga.
Su enemigo lo esperó con la espada en la mano. Era un hombre alto y flaco, con jubón largo de mallas y guanteletes de acero articulados, pero había perdido el yelmo, y la sangre que le manaba de un corte de la frente le corría entre los ojos. Tyrion lanzó un golpe de tajo hacia la cara, y el hombre alto lo desvió.
—¡Enano! —gritó—. ¡Muere!
Tyrion cabalgó en torno a él, lanzándole golpes a la cabeza y a los hombros, mientras el norteño giraba en círculo. El acero chocó contra el acero, y Tyrion no tardó en darse cuenta de que el hombre alto era más fuerte y más rápido que él. ¿Dónde infiernos estaría Bronn?
—¡Muere! —insistió su enemigo, con un golpe salvaje.
Tyrion apenas consiguió levantar el escudo a tiempo, y sintió como si la fuerza del ataque hiciera reventar el arma defensiva. Los trozos de madera volaron de su brazo.
—¡Muere! —aulló de nuevo el hombre de la espada. Se acercó más, y asestó a Tyrion un golpe tan fuerte en la sien que se le nubló la mente. El sonido de la hoja al resbalar contra el metal fue espantoso. El hombre alto sonrió... hasta que el caballo de Tyrion, rápido como una serpiente, le lanzó un bocado y le arrancó la carne de la cara hasta el hueso. Entonces, gritó. Y Tyrion le clavó el hacha en la cabeza.
—No, muere tú —le dijo. Y el norteño obedeció. Mientras recuperaba el hacha, oyó un grito.
—¡Eddard! —retumbó una voz—. ¡Por Eddard y por Invernalia! El caballero cayó sobre él al tiempo que hacía girar por encima de la cabeza una maza con púas en el extremo de una cadena. Los caballos de batalla chocaron antes de que Tyrion tuviera tiempo de abrir la boca para llamar a Bronn. Sintió un dolor terrible en el codo derecho cuando las púas le atravesaron el fino metal de la articulación. Perdió el hacha al instante. Intentó echar mano de la espada, pero la maza volvía a hendir el aire en dirección a su rostro. El crujido fue espantoso, y empezó a caer. Más adelante no recordaría haber chocado contra el suelo, pero cuando alzó la vista el cielo estaba sobre él. Rodó hacia un lado e intentó ponerse en pie, pero una ráfaga de dolor lo recorrió, y el mundo palpitó en torno a él. El caballero que lo había derribado lo miró desde arriba.
—Tyrion el Gnomo —rugió—. Estás en mi poder. ¿Te rindes, Lannister?
«Sí», pensó Tyrion. Pero la palabra se le atragantaba. El sonido que emitió mientras se incorporaba de rodillas fue más semejante a un graznido. Tanteó a su alrededor en busca de un arma. La espada, la daga, lo que fuera...
—¿Te rindes? —El caballero se alzaba sobre él, a lomos de su caballo pertrechado. Tanto el hombre como el animal parecían inmensos. La maza describió un círculo perezoso. Tyrion tenía las manos entumecidas, la visión borrosa, la vaina de la espada vacía—. Ríndete o muere —declaró el caballero a la vez que blandía la maza, más deprisa.
Tyrion se puso de pie tan deprisa como pudo, y embistió de cabeza contra el vientre del caballo. El animal lanzó un relincho espantoso, y corcoveó. La sangre y las vísceras cayeron como una lluvia sobre la cara de Tyrion, y el animal se derrumbó como una avalancha. Cuando se quiso dar cuenta, tenía el visor sucio de barro y algo le aplastaba el pie. Consiguió liberarse. Tenía un nudo tan tenso en la garganta que apenas si consiguió hablar.
—... rindes... —graznó de manera patética.
—Sí —gimió una voz llena de dolor. Tyrion se quitó el barro del yelmo para poder ver. El caballo había caído hacia el otro lado, sobre su jinete. El caballero tenía una pierna atrapada debajo, y el brazo con el que había intentado parar la caída estaba doblado en un ángulo grotesco—. Me rindo. —Se tanteó el cinturón con la mano del brazo sano, sacó una espada y la tiró a los pies de Tyrion—. Me rindo, mi señor.
El enano, asombrado, se arrodilló y cogió el arma. Un latigazo de dolor le recorrió el codo al mover el brazo. El combate se había desplazado, ya no tenía lugar a su alrededor. En aquel punto del campo de batalla no quedaba nadie, aparte de los cadáveres. Los cuervos ya los sobrevolaban en círculos y se posaban para comer. Advirtió que Ser Kevan había maniobrado con sus hombres para dar apoyo a la vanguardia, la multitud de hombres armados con picas hacía retroceder a los norteños hacia las colinas. En aquellos momentos forcejeaban en las laderas, las picas chocaban contra otra muralla de escudos, éstos ovalados y reforzados con remaches de hierro. El aire volvió a llenarse de flechas, y los hombres que se parapetaban tras la pared de roble cayeron bajo aquella lluvia mortífera.
—Me temo que los vuestros están perdiendo, ser —dijo al caballero atrapado bajo el caballo.
El hombre no respondió nada. Tyrion oyó el sonido de unos cascos de caballo a su espalda, y se volvió, aunque el dolor del codo apenas si le permitía sostener la espada. Bronn tiró de las riendas y lo miró desde arriba.
—No se puede decir que me hayas ayudado mucho —bufó Tyrion.
—Por lo que veo te las has arreglado muy bien solo —replicó Bronn—. Pero has perdido la púa del yelmo.
Tyrion se palpó la parte superior del casco. La púa ya no estaba en su lugar.
—No la he perdido. Sé perfectamente dónde está. ¿Has visto mi caballo?
Cuando lo encontraron, las trompetas ya habían sonado de nuevo y la retaguardia de Lord Tywin se acercaba por el río. Tyrion vio pasar a su padre, con el estandarte rojo y oro de los Lannister ondeando a su paso. Lo rodeaban quinientos jinetes, el sol arrancaba destellos de las puntas de sus lanzas. Los restos de las líneas de los Stark se quebraron ante la carga como un cristal con el golpe de un martillo.
Tyrion sentía el codo dolorido y entumecido, y no hizo el menor ademán de unirse a la carnicería. Bronn y él fueron a buscar a sus hombres. A muchos los encontró entre los muertos. Ulf, hijo de Umar, yacía sobre un charco de sangre coagulada, le faltaba un antebrazo, y a su alrededor yacían también una docena de sus Hermanos de la Luna. Shagga estaba bajo un árbol, acribillado a flechazos, con la cabeza de Conn en el regazo. Tyrion creyó que ambos estaban muertos, pero cuando desmontó Shagga abrió los ojos.
—Han matado a Conn, hijo de Coratt —dijo.
El atractivo Conn no tenía más heridas que la mancha roja del pecho, allí donde la lanzada le había arrancado la vida. Bronn ayudó a Shagga a ponerse en pie, y el montañés pareció advertir por primera vez las flechas que tenía clavadas. Se las fue arrancando una a una, maldiciendo los agujeros que habían hecho las prendas de cuero y mallas, y aullando como una criatura al sacarse las que se le habían enterrado en la carne. Chella, hija de Cheyk, llegó junto a ellos mientras ayudaban a Shagga a quitarse las flechas, y les mostró las cuatro orejas que había capturado. A Timett lo encontraron saqueando los cadáveres, en compañía de sus Hombres Quemados. De los trescientos montañeses que habían entrado en combate con Tyrion Lannister apenas si había sobrevivido la mitad.
Dejó que los vivos se ocuparan de los muertos, envió a Bronn a hacerse cargo del caballero cautivo, y fue en busca de su padre. Lord Tywin estaba sentado junto al río, bebiendo vino de una copa adornada con piedras preciosas, mientras su escudero le quitaba la coraza.
—Hermosa victoria —comentó Ser Kevan al ver a Tyrion—. Tus salvajes han luchado muy bien.
Los ojos de su padre estaban clavados en él. Eran de un color verde claro con puntos dorados, y tan gélidos que sintió un escalofrío.
—¿Te ha sorprendido, padre? —preguntó—. ¿Te ha descabalado los planes? Porque se suponía que iban a matarnos a todos, ¿no?
—Es cierto, situé a la izquierda a los hombres menos disciplinados. —Lord Tywin apuró la copa, con rostro inexpresivo—. Había previsto que no resistirían. Robb Stark no es más que un crío inexperto, con más valor que inteligencia. Tenía la esperanza de que, si veía derrumbarse el flanco izquierdo, intentaría atacar por ahí para derrotarnos. Las picas de Ser Kevan lo rodearían, lo atacarían y lo acorralarían contra el río mientras llegaba yo con la retaguardia.
—Y te pareció que lo mejor era colocarme en medio de esa carnicería, sin hacerme partícipe de tus planes.
—Una flaqueza fingida resulta menos convincente —replicó su padre—. Y no acostumbro a comunicar mis planes a hombres que se relacionan con salvajes y mercenarios.
—Lástima que mis salvajes te estropearan el baile. —Tyrion se quitó el guantelete de acero y lo dejó caer al suelo. El dolor que le recorrió el brazo le retorció el rostro.
—El chico Stark ha resultado muy cauteloso para su edad —admitió Lord Tywin—. Pero una victoria es una victoria. Parece que estás herido.
—Eres muy perspicaz, padre —dijo Tyrion con los dientes apretados. Tenía el brazo derecho empapado de sangre—. ¿Te importaría que me atendiera uno de tus maestres? A menos que quieras tener un hijo enano y manco...
—Lord Tywin —gritó alguien de forma apremiante, e hizo que su padre se volviera antes de responder. Tywin Lannister se puso en pie inmediatamente, mientras Ser Addam Marbrand desmontaba de un salto. De la boca del animal brotaba una espuma sanguinolenta. Ser Addam hincó una rodilla en tierra. Era un hombre alto y delgado, de cabello cobrizo oscuro que le caía sobre los hombros, llevaba una armadura de bronce bruñido con el árbol en llamas que era el emblema de su casa grabado en negro sobre la coraza—. Nos hemos apoderado de algunos de sus comandantes, mi señor: Lord Cerwyn, Ser Wylis Manderly, Harrion Karstark, y cuatro de los Frey. Lord Hornwood ha muerto, y me temo que Roose Bolton se nos ha escapado.
—¿Y el chico? —preguntó Lord Tywin.
Ser Addam titubeó.
—El joven Stark no iba con ellos, mi señor. Dicen que cruzó por los Gemelos con la mayor parte de los jinetes, y que en estos momentos cabalga hacia Aguasdulces.
«Un crío inexperto —recordó Tyrion—. Con más valor que inteligencia.» Si no le hubiera dolido tanto, se habría echado a reír.
CATELYN
Los bosques estaban llenos de susurros.
Abajo, la luz de la luna parpadeaba en las aguas agitadas del arroyo, que discurría por un lecho rocoso. Los caballos relinchaban suavemente y piafaban entre los árboles, sobre un terreno húmedo y cubierto de hojas, mientras los hombres intercambiaban bromas nerviosas en voz baja. De cuando en cuando oía ruido de lanzas, y el tintineo metálico de las cotas de mallas, pero hasta aquellos sonidos le llegaban ahogados.
—Ya no puede tardar mucho, mi señora —dijo Hallis Mollen. Le había solicitado el honor de protegerla en la batalla que se avecinaba. Era un derecho que le correspondía como capitán de la guardia de Invernalia, y Robb no se lo había querido negar. Estaba rodeada por treinta hombres que tenían la misión de mantenerla a salvo y, en caso de que el combate se volviera contra ellos, llevarla de vuelta a Invernalia. Robb había pretendido que fueran cincuenta; Catelyn insistió en que diez serían más que suficientes, y que él iba a necesitar de todas sus espadas. Se pusieron de acuerdo en treinta, aunque ninguno de los dos se quedó satisfecho.
—Todo llegará en su momento —le dijo Catelyn.
Y entonces habría muertes. Quizá muriera Hal... o ella, o Robb. Nadie estaba a salvo. Ninguna vida estaba garantizada. Catelyn no quería que la espera terminase, deseaba seguir escuchando los susurros en los bosques, la música tenue del arroyo, sentir el viento cálido en el cabello.
Al fin y al cabo, la espera no le era ajena. Sus hombres siempre la habían hecho esperar.
—Espera mi regreso, gatita —le decía su padre siempre que partía hacia la corte, la feria o la batalla.
Y ella aguardaba paciente en las almenas de Aguasdulces, viendo pasar las aguas del Forca Roja y el Piedra Caída. No siempre volvía cuando había anunciado que lo haría, y entonces Catelyn velaba durante días, siempre mirando por las aspilleras y las troneras, hasta que divisaba a Lord Hoster a lomos de su viejo capón castaño, al trote por la ribera.
—¿Me has esperado, gatita? —le preguntaba mientras se inclinaba para abrazarla—. ¿Me esperabas?
Brandon Stark también la había hecho esperar.
—No será mucho tiempo, mi señora —le juró—. En cuanto regrese, contraeremos matrimonio.
Pero, cuando llegó el día, fue su hermano Eddard quien estuvo a su lado en el sept.
Ned no había pasado ni quince días con su joven esposa antes de partir él también a la guerra, con promesas en los labios. Al menos él le había dejado algo más que palabras, le había dado un hijo. Pasaron nueve meses, y Robb nació en Aguasdulces mientras su padre seguía haciendo la guerra en el sur. El parto había sido largo y difícil, sin saber si Ned vería alguna vez al pequeño. A su hijo. Tan frágil...
Y había llegado la hora de esperar a Robb. A Robb y a Jaime Lannister, el caballero dorado que, según decían los hombres, jamás había aprendido a esperar.
—El Matarreyes es inquieto, tiene el genio vivo —había dicho a Robb su tío Brynden.
Y Robb había apostado sus vidas, y la única esperanza de victoria estribaba en que su tío tuviera razón.
Si Robb tenía miedo, no lo demostraba. Catelyn vio a su hijo moverse entre los hombres, palmear a uno en el hombro, bromear con otro, ayudar a un tercero a tranquilizar a un caballo nervioso... La armadura le tintineaba suavemente al andar. Sólo le faltaba el yelmo. Catelyn se fijó en que la brisa le agitaba el cabello castaño rojizo, tan semejante al de ella, y se preguntó cuándo había crecido tanto su hijo. Tenía quince años, y ya estaba casi tan alto como ella.
«Permitid que crezca más —suplicó a los dioses—. Permitid que llegue a los dieciséis, y a los veinte, y a los cincuenta. Que llegue a ser tan alto como su padre, que sostenga en brazos a su propio hijo. Por favor, por favor, por favor...» Lo miró, contempló a aquel joven de la barba reciente, con el lobo huargo que le pisaba los talones, y lo único que vio fue al bebé que había amamantado en Aguasdulces, hacía ya tanto tiempo.
La noche era cálida, pero sólo con pensar en Aguasdulces sintió un escalofrío.
«¿Dónde están?», se preguntó. ¿Acaso se había equivocado su tío? Todo dependía de lo que les había dicho. Robb había puesto trescientos hombres bien elegidos a las órdenes del Pez Negro, y los envió por delante.
—Jaime no lo sabe —le había dicho Ser Brynden a su regreso—. Me apostaría la vida. Mis arqueros se han encargado de que no le llegara ningún pájaro. Hemos visto a algunos de sus oteadores, pero los que llegaron a vernos a nosotros no viven para contarlo. Jaime debería haber dedicado más hombres a esa misión. No lo sabe.
—¿Cómo es su ejército? —había preguntado su hijo.
—Doce mil hombres a pie, dispersos en torno al castillo en tres campamentos diferentes, separados por los ríos —fue la respuesta de su tío. Tenía en el semblante arrugado la sonrisa que ella recordaba tan bien—. No hay otra manera de asediar Aguasdulces, pero puede resultar fatal para ellos. Dos o tres mil a caballo.
—El ejército del Matarreyes triplica al nuestro —señaló Galbart Glover.
—Es cierto —asintió Ser Brynden—. Pero Ser Jaime carece de una cosa.
—¿De qué? —inquirió Robb.
—De paciencia.
Su ejército era más numeroso que al pasar por los Gemelos. Lord Jason Mallister había acudido desde Varamar con sus hombres, y se reunió con ellos cuando rodearon las aguas del Forca Azul. También se les habían unido otros: caballeros sin señor, señores menores, guerreros libres que huyeron hacia el norte cuando el ejército de su hermano Edmure cayó ante los muros de Aguasdulces... Todos habían galopado sin descanso para llegar a aquel lugar antes de que Jaime Lannister recibiera noticias de su avance, y el momento estaba próximo.
Catelyn vio montar a su hijo. Olyvar Frey le sujetó el caballo. Era el hijo de Lord Walder, dos años mayor que Robb, pero diez años más inmaduro, y mucho más nervioso. Aseguró el escudo de Robb, y le tendió el yelmo. Cuando el muchacho se cubrió con él el rostro que Catelyn tanto amaba, un caballero alto y joven, a lomos de un semental gris, ocupó el lugar donde había estado su hijo. Entre los árboles reinaba la oscuridad, la luz de la luna no llegaba allí. Cuando Robb se volvió para mirarla, detrás de su visor sólo había negrura.
—Debo ir a la cabeza, madre —le dijo—. Padre siempre dice que hay que dejar que los hombres te vean antes de la batalla.
—Pues ve —dijo—. Que te vean.
—Eso les dará valor —dijo Robb.
«¿Y quién me dará valor a mí?», estuvo a punto de preguntar. Pero guardó silencio y consiguió dedicarle una sonrisa. Robb hizo dar la vuelta al gran semental gris, y se alejó despacio de ella, con Viento Gris siguiendo sus pasos como una sombra. Tras él, su guardia de batalla se puso en formación. Cuando obligó a Catelyn a aceptar protectores, ella insistió a su vez en que él estuviera guardado, y los señores vasallos estuvieron de acuerdo. Muchos de sus hijos exigieron a gritos el honor de cabalgar con el Joven Lobo, como habían empezado a llamarlo. Entre los treinta guardias de Robb estaban Torrhen Karstark y su hermano Eddard, además de Patrek Mallister, Pequeño Jon Umber, Daryn Hornwood, Theon Greyjoy, nada menos que cinco de los hijos de Walder Frey, y hombres mayores como Ser Wendel Manderly y Robin Flint. Uno de los guardias era una mujer, Dacey Mormont, la hija mayor de Lady Maege, heredera de la Isla del Oso, desgarbada con su más de un metro ochenta de estatura, que había recibido como regalo una maza de combate a la edad en que a otras niñas se les dan muñecas. Algunos de los señores refunfuñaron al verla, pero Catelyn no prestó atención a sus protestas.
—Aquí no se trata del honor de vuestras casas —les dijo—. Se trata de mantener a mi hijo sano y salvo.
«Y para eso, ¿bastará con treinta hombres? —se preguntó—. ¿Bastará con seis mil?»
Un pájaro empezó a piar a lo lejos, era un trino agudo que a Catelyn le produjo la misma sensación que una mano helada en la nuca. Otro respondió, y un tercero, y un cuarto. Conocía bien aquellos trinos, había pasado mucho tiempo en Invernalia. Alcaudones de las nieves. A veces aparecían en lo peor del invierno, cuando el bosque de dioses estaba blanco y silencioso. Eran pájaros del norte.
«Se acercan», pensó Catelyn.
—Ya se acercan, mi señora —susurró Hal Mollen. Siempre había sido muy dado a señalar lo evidente—. Los dioses nos acompañen.
Ella asintió. El bosque en torno a ellos fue quedando en silencio, y entonces los oyó, lejanos, pero aproximándose: los cascos de muchos caballos, el sonido de espadas, lanzas y armaduras, el murmullo de voces humanas, de cuando en cuando una risa, una maldición...
Tuvo la sensación de que transcurrían eones. Los sonidos eran cada vez más fuertes. Oyó más risas, órdenes a gritos, chapoteos cuando cruzaron y volvieron a cruzar el pequeño arroyo. Un caballo relinchó. Un hombre lanzó una maldición. Y, por último, lo vio. Sólo durante un instante, entre las ramas de los árboles, desde el lugar donde se dominaba el valle, pero supo que era él. Pese a la distancia, Jaime Lannister era inconfundible. La luz de la luna le teñía de plata el oro de la armadura y del cabello, y de negro el escarlata de la capa. No llevaba yelmo.
Apareció y desapareció en un instante, los árboles volvieron a ocultar la armadura plateada. Otros pasaron tras él, largas columnas de hombres, caballeros, espadas juramentadas, jinetes libres, tres cuartas partes de los hombres a caballo de los Lannister.
—No es hombre que se siente en una tienda a esperar mientras sus carpinteros construyen torres de asedio —les había garantizado Ser Brynden—. Ya ha hecho tres expediciones con sus caballeros, para dar caza a asaltantes, o para asolar alguna aldea rebelde.
Robb había asentido y estudiado el mapa que su tío le había dibujado. Ned le había enseñado a interpretar los mapas.
—Atacadlo aquí —dijo al tiempo que señalaba un punto—. Que sean unos cientos de hombres, no más. Vasallos de los Tully. Cuando os persiga, estaremos esperando... —Movió el dedo un par de centímetros hacia la izquierda—. Aquí.
«Aquí» era un silencio en la noche, sombras y luz de luna, una gruesa alfombra de hojas muertas, riscos frondosos en pendiente suave hasta el lecho del arroyo.
«Aquí» era su hijo a lomos de un semental, volviendo la vista atrás por última vez para mirarla, levantado la espada en gesto de saludo.
«Aquí» era la llamada del cuerno de guerra de Maege Mormont, un sonido grave y prolongado que retumbó en el valle, para informarlos de que el último de los jinetes de Jaime había entrado en la trampa.
Y Viento Gris echó la cabeza hacia atrás y aulló.
El aullido pareció recorrer la espalda de Catelyn Stark y le provocó escalofríos. Era un sonido espantoso, aterrador, pero al mismo tiempo tenía música. Por un instante, compadeció a los Lannister del valle.
«Así que ése es el sonido de la muerte», pensó.
Aruuuuuuuuuuuuu, fue la respuesta que les llegó desde el risco más lejano, cuando el Gran Jon hizo sonar también su cuerno. Al este y al oeste, las trompetas de los Mallister y los Frey sonaron clamando venganza. Al norte, donde el valle se estrechaba como un codo elevado, los cuernos de guerra de Lord Karstark se sumaron al coro con sus voces profundas y tristes. Abajo, en el arroyo, los hombres gritaban y los caballos corcoveaban.
El bosque susurrante dejó escapar en una sola bocanada todo el aliento contenido cuando los arqueros que Robb había ocultado entre las ramas de los árboles dispararon sus flechas, y la noche estalló con los gritos de hombres y caballos. Alrededor de Catelyn los jinetes alzaron las lanzas, y la tierra y las hojas que hasta entonces habían ocultado el brillo cruel de sus puntas cayeron para dejar al descubierto todo el esplendor del acero afilado.
—¡Invernalia! —oyó gritar a Robb mientras las flechas silbaban de nuevo. Se alejó de ella al trote, a la cabeza de sus hombres, colina abajo.
Catelyn se quedó a lomos de su caballo, inmóvil, rodeada por Hal Mollen y por su guardia. Esperó, como había esperado antes, a Brandon, a Ned y a su padre. Estaba en lo más alto del risco, y los árboles le ocultaban casi todo lo que sucedía abajo. Transcurrió un instante, dos, cuatro, y de pronto fue como si sus protectores y ella estuvieran a solas en el bosque. Los demás habían desaparecido entre la espesura.
Pero, cuando miró hacia el risco más lejano, al otro lado del valle, vio cómo los jinetes del Gran Jon salían de la oscuridad bajo los árboles. Formaban una hilera larga, una hilera infinita, y hubo un momento, apenas una fracción de segundo, en el que Catelyn no vio más que la luz de la luna reflejada en las puntas de sus lanzas, como si del risco descendieran un millar de fuegos fatuos envueltos en llamas plateadas.
Parpadeó, y volvieron a ser hombres, que bajaban a toda prisa para matar o morir.
Más adelante no podría decir que había presenciado la batalla. En cambio sí la oyó, y el valle se llenó con sus ecos. El crujir de una lanza rota, el fragor de las espadas, los gritos de «¡Lannister!», «¡Invernalia!» y «¡Tully! ¡Aguasdulces y Tully!». Cuando comprendió que ya no vería nada más, cerró los ojos y escuchó. Fue como si el combate tuviera lugar a su alrededor. Oyó cascos de caballos, botas de hierro chapoteando en las aguas bajas, el crujido de los escudos de roble bajo las espadas, el choque del acero contra el acero, el silbido de las flechas, el sonido de los tambores, los relinchos aterrados de un millar de caballos... Los hombres gritaban maldiciones y suplicaban piedad, y la obtenían (o no), y vivían (o morían). Los riscos ejercían un extraño efecto sobre los sonidos. En cierta ocasión oyó la voz de Robb tan claramente como si lo tuviera al lado. «¡A mí! ¡A mí!», gritaba. Y oyó también el gruñido de su lobo huargo, el chasquido de aquellos dientes largos al cerrarse, el sonido de la carne que se rasgaba, los chillidos de miedo y dolor que lanzaban hombres y caballos por igual. ¿Seguro que sólo había un lobo? No había manera de saberlo.
Poco a poco los sonidos se fueron apagando y murieron, hasta que al final sólo quedó el del lobo. Y, cuando el amanecer rojo bañó el cielo del oriente, Viento Gris empezó a aullar de nuevo.
Robb regresó junto a ella a lomos de un caballo diferente, un capón picazo, en vez del semental gris con el que había bajado al valle. La cabeza de lobo que figuraba en su escudo estaba hecha pedazos, a través de los tajos profundos se veía la madera de roble, pero Robb parecía ileso. En cambio, cuando se acercó a ella, Catelyn vio que el guantelete y la manga de su jubón estaban ennegrecidos de sangre.
—Estás herido —dijo.
—No —dijo Robb. Alzó la mano, y abrió y cerró los dedos—. Es sangre de... de Torrhen, creo, o... —Sacudió la cabeza—. No lo sé.
Por la ladera subía un gran grupo de hombres, sucios, con las armaduras melladas, sonrientes. Theon y el Gran Jon iban a la cabeza. Arrastraban entre los dos a Jaime Lannister. Lo tiraron ante el caballo de Catelyn.
—El Matarreyes —anunció Hal, como si hiciera falta.
—Lady Stark —dijo Lannister de rodillas alzando la cabeza. La sangre que manaba de un corte en el cuero cabelludo le corría por la mejilla, pero la escasa luz del amanecer volvía a dar un matiz dorado a su pelo—. Os ofrecería mi espada, pero la he extraviado.
—No es vuestra espada lo que quiero, ser —replicó ella—. Devolvedme a mi padre, a mi hermano Edmure. Devolvedme a mis hijas. Devolvedme a mi señor esposo.
—A ellos también los he extraviado.
—Una lástima —replicó Catelyn con tono gélido.
—Mátalo, Robb —propuso Theon Greyjoy—. Córtale la cabeza.
—No —replicó su hijo al tiempo que se quitaba el guante ensangrentado—. Nos resultará más útil vivo que muerto. Y mi señor padre nunca aprobó que se matara a los prisioneros después de la batalla.
—Un hombre sabio —dijo Jaime Lannister—. Y honorable.
—Lleváoslo y cargadlo de cadenas —dijo Catelyn.
—Haced lo que ha dicho mi madre —ordenó Robb—, y que esté bien vigilado en todo momento. Lord Karstark querrá ver su cabeza clavada en una pica.
—No te quepa duda —asintió el Gran Jon.
Se llevaron a Lannister, para vendarle las heridas antes de encadenarlo.
—¿Por qué iba a querer matarlo Lord Karstark? —preguntó Catelyn.
—Porque... —Robb apartó la vista y miró hacia el bosque; tenía el mismo aspecto absorto que Ned en tantas ocasiones—. Los mató...
—A los hijos de Lord Karstark —explicó Galbart Glover.
—A los dos —dijo Robb—. A Torrhen y a Eddard. Y también a Daryn Hornwood.
—Nadie podrá decir que a Lannister le falta valor —dijo Glover—. Cuando vio que la derrota era inminente, se adelantó a todos sus hombres y trató de llegar hasta Robb para matarlo. Estuvo a punto de conseguirlo.
—«Extravió» su espada en el cuello de Eddard Karstark —dijo Robb—, después de cortarle la mano a Torrhen y abrirle el cráneo a Daryn Hornwood. Todo eso sin dejar de llamarme a gritos. Si no hubieran intentado detenerlo...
—... ahora estaría yo de luto, en lugar de Lord Karstark —dijo Catelyn—. Tus hombres hicieron aquello que habían jurado hacer, Robb. Murieron protegiendo a su señor. Llóralos. Hónralos por su valor. Pero no en este momento. No hay tiempo para llorar. Has cortado la cadena de la serpiente, pero todavía quedan tres cuartas partes del cuerpo enroscadas en torno al castillo de mi padre. Hemos ganado una batalla, no la guerra.
—¡Pero qué batalla! —intervino Theon Greyjoy con entusiasmo—. El reino no había contemplado una victoria semejante desde el Campo de Fuego, mi señora. Os lo juro, los Lannister perdieron diez hombres por cada uno de los nuestros que cayó. Hemos capturado a un centenar de caballeros, y también a una docena de señores vasallos. Lord Westerling, Lord Banefort, Ser Garth Pradoverde, Lord Estren, Ser Tytos Brax, Mallor de Dorne... y a tres Lannister aparte de Jaime, sobrinos de Lord Tywin, dos de los hijos de su hermana y uno de su difunto hermano...
—¿Qué hay de Lord Tywin? —lo interrumpió Catelyn—. ¿Habéis hecho prisionero por casualidad a Lord Tywin, Theon?
—No —replicó Theon, algo molesto.
—Pues, hasta que no lo tengamos, esta guerra no habrá terminado. Ni mucho menos.
—Mi madre tiene razón. —Robb alzó la cabeza y se apartó el pelo de los ojos—. Aún nos falta Aguasdulces.
DAENERYS
Las moscas volaban en lentos círculos en torno a Khal Drogo, zumbaban con un sonido grave, casi inaudible, que a Dany le provocaba un temor insensato.
El sol brillaba despiadado en lo más alto del cielo. El calor dibujaba ondulaciones en los salientes rocosos de las bajas colinas. Entre los pechos hinchados de Dany corría un hilillo de sudor. Los únicos ruidos que se oían eran los cascos de los caballos, el tintineo rítmico de las campanas en el pelo de Drogo, y las voces lejanas tras ellos.
Dany contempló las moscas.
Eran grandes como abejorros, repugnantes, rojizas, brillantes. Los dothrakis las llamaban «moscas de sangre». Vivían en las zonas pantanosas y en las aguas estancadas, chupaban la sangre a hombres y caballos por igual, y ponían sus huevos en los muertos y en los moribundos. Drogo las detestaba. Cada vez que se le acercaba una, movía la mano con la velocidad de una serpiente, y la atrapaba en el puño. Jamás lo había visto fallar. Luego apretaba los dedos, y cuando volvía a abrir la mano la mosca no era más que una mancha rojiza en la palma.
Una mosca subió en aquel momento por la grupa de su semental, y el caballo agitó la cola furioso para quitársela de encima. Otras zumbaron en torno a Drogo, cada vez más cerca. El khal no reaccionó. Tenía los ojos clavados en las colinas lejanas, llevaba las riendas sueltas en las manos. Por debajo del chaleco pintado, un emplasto de hojas de higuera y barro azul reseco le cubría la herida del pecho. Las mujeres de las hierbas se lo habían preparado. La cataplasma de Mirri Maz Duur le picaba y escocía, y Drogo se la había arrancado hacía ya seis días, maldiciendo a la mujer y llamándola maegi. La cataplasma de barro era más calmante, y las mujeres de las hierbas le habían preparado también vino de amapolas. Durante los tres últimos días lo había bebido en grandes cantidades. Y cuando no era vino de amapola, era leche fermentada de yegua, o cerveza de pimienta.
En cambio, apenas comía, y durante la noche no paraba de moverse y gemir. Dany notaba que su rostro estaba cada día más macilento. Rhaego se movía inquieto en su vientre, daba patadas como un semental, pero ni siquiera aquello despertaba ya el interés de Drogo como antes. Cada mañana, tras despertar de un sueño agitado, le descubría nuevas arrugas de dolor en el rostro. Y además, el silencio. Aquel silencio la llenaba de miedo. No le había dicho ni una palabra desde que emprendieran la marcha, al amanecer. Si ella le hablaba, no obtenía más respuesta que un gruñido. Y después del mediodía, ni siquiera eso.
Una de las moscas de sangre se posó sobre la piel desnuda del hombro del khal. Otra descendió volando en círculos, se le posó en el cuello, y avanzó hacia su boca. Khal Drogo se meció en la silla, las campanillas tintinearon, su semental siguió al paso.
—Mi señor —dijo en voz baja Dany, que había clavado los talones en la plata para acercarse a él—. Drogo. Mi sol y estrellas. —No dio señales de oírla. La mosca de sangre le subió por el bigote y se detuvo en la mejilla, en la arruga de al lado de la nariz. Dany contuvo un gemido—. Drogo. —Extendió la mano con torpeza, y le rozó el brazo.
Khal Drogo se tambaleó en la silla, se inclinó hacia un lado y cayó pesadamente del caballo. Las moscas se dispersaron un instante, y a continuación volvieron a posarse sobre el hombre tendido en el suelo.
—¡No! —exclamó Dany. Tiró de las riendas y, sin pensar por una vez en su barriga, se bajó de un salto de la plata y corrió hacia él.
La hierba sobre la que yacía era amarillenta y seca. Drogo gritó de dolor cuando Dany se estaba arrodillando a su lado. El aliento le silbaba ronco en la garganta, y la miró sin reconocerla.
—Mi caballo —jadeó.
Dany le apartó las moscas del pecho y aplastó una tal como hubiera hecho él. La piel de Drogo le quemaba bajo los dedos.
Los jinetes del khal los habían seguido de cerca. Oyó el grito de Haggo cuando se acercaron al galope. Cohollo se bajó del caballo de un salto.
—Sangre de mi sangre —dijo al tiempo que se arrodillaba a su lado.
Los otros dos siguieron montados.
—No —gimió Khal Drogo. Se debatió entre los brazos de Dany—. Debo montar. Montar. No.
—Se ha caído del caballo —dijo Haggo desde arriba. Su rostro no denotaba emoción alguna, pero la voz era tensa.
—No debes decir eso —le advirtió Dany—. Por hoy ya hemos cabalgado suficiente. Acamparemos aquí.
—¿Aquí? —Haggo miró a su alrededor. El terreno era seco y marchito, inhóspito—. No es lugar para acampar.
—Ninguna mujer dice dónde paramos —replicó Qotho—. Ni siquiera una khaleesi.
—Acamparemos aquí —repitió Dany—. Haggo, di a todo el mundo que Khal Drogo ha ordenado parar. Si alguien pregunta por qué, diles que estoy a punto de dar a luz, y no he podido seguir. Cohollo, manda venir a los esclavos, que monten enseguida la tienda del khal. Qotho...
—A mí no me das órdenes, khaleesi.
—Ve a buscar a Mirri Maz Duur —le dijo. La esposa de dios caminaba con las otras mujeres cordero, en la larga columna de esclavos—. Haz que venga, y que traiga su cofre.
—La maegi. —Qotho la miraba con ojos duros como el pedernal. Escupió al suelo—. No lo haré.
—Lo harás —replicó Dany—. O, cuando Drogo despierte, le tendrás que explicar que me has desafiado.
Qotho, furioso, hizo dar media vuelta a su semental, y se alejó al galope rojo de rabia... pero Dany sabía que, por poco que le gustara, regresaría con Mirri Maz Duur. Los esclavos alzaron la tienda de Khal Drogo bajo un saliente escarpado de roca negra, cuya sombra proporcionaba cierto alivio para el calor del sol de la tarde. Pese a todo, cuando Irri y Doreah ayudaron a Dany a entrar a Drogo, la temperatura bajo la tela era calcinante. El suelo estaba cubierto de alfombras gruesas con dibujos, y en los rincones había cojines. Eroeh, la muchachita tímida que Dany había rescatado antes de entrar en la ciudad de los hombres cordero, encendió un brasero. Tendieron a Drogo sobre una esterilla.
—No —murmuró en la lengua común—. No, no. —Fue todo lo que dijo, todo lo que parecía capaz de decir.
Doreah le quitó el cinturón de medallones, así como el chaleco y las polainas, mientras que Jhiqui se arrodillaba a sus pies para desatarle los cordones de las sandalias de montar. Irri quería subir los faldones de la tienda para que entrara la brisa, pero Dany lo prohibió. No quería que nadie viera a Drogo de aquella manera, débil y delirante. Cuando por fin llegó su khas, hizo que montaran guardia en el exterior.
—No quiero que entre nadie sin mi permiso —dijo a Jhogo—. Nadie.
—Se muere —susurró Eroeh mientras miraba a Drogo con el temor dibujado en el rostro. Dany la abofeteó.
—El khal no puede morir. Es el padre del semental que monta el mundo. Jamás le han cortado el pelo. Todavía lleva las campanillas que le puso su padre.
—Khaleesi —intervino Jhiqui—, se ha caído del caballo.
Dany, temblorosa, con los ojos llenos de lágrimas, se dio media vuelta. «¡Se ha caído del caballo!» Así que lo había visto, igual que los jinetes de sangre, y las doncellas, y los hombres de su khas. ¿Y cuántos más? No podrían mantenerlo en secreto, y Dany sabía qué significaba aquello. Un khal que no podía montar, no podía mandar, y Drogo se había caído del caballo.
—Tenemos que bañarlo —insistió, testaruda. No podía permitirse el lujo de caer en la desesperación—. Irri, que traigan la bañera enseguida. Doreah, Eroeh, buscad agua, agua fría, está ardiendo.
Khal Drogo era una hoguera con piel.
Los esclavos colocaron la pesada bañera de cobre en un rincón de la tienda. Cuando llegó Doreah con la primera jarra de agua, Dany mojó un trozo de seda y lo puso sobre la piel ardiente de la frente de Drogo. Él la miró sin ver. Abrió los labios, pero no salieron palabras, sólo un gemido.
—¿Dónde está Mirri Maz Duur? —exigió Dany. El miedo había agotado cualquier rastro de paciencia.
Sus doncellas llenaron la bañera con agua tibia que apestaba a azufre, y la aromatizaron con frascos enteros de aceite amargo y puñados de hojas de menta desmenuzadas. Mientras preparaban el baño, Dany se arrodilló torpemente junto a su señor esposo, el pesado vientre apenas le permitía moverse. Le deshizo la trenza con dedos ansiosos, igual que la noche en que la había tomado por primera vez, bajo las estrellas. Fue poniendo las campanillas a un lado, una por una. En cuanto se encontrara bien querría ponérselas de nuevo, seguro.
En la tienda entró una corriente de aire cuando Aggo asomó la cabeza entre los pliegues de seda.
—Khaleesi —dijo—. El ándalo está aquí, suplica que le permitas entrar. —Los dothrakis llamaban a Ser Jorah «ándalo».
—Sí —respondió al tiempo que se levantaba con dificultad—. Que pase. —Confiaba en el caballero. Si alguien sabía qué tenía que hacer, era él.
Ser Jorah Mormont se agachó para pasar bajo el faldón de la tienda, y aguardó un instante hasta que se le acostumbraron los ojos a la penumbra. Bajo el calor fiero del sur, vestía pantalones sueltos de seda cruda jaspeada, y sandalias de montar atadas hasta las rodillas que dejaban al descubierto los dedos de los pies. La vaina de la espada le colgaba de un cinturón de crin trenzada. Bajo el chaleco blanco, el pecho desnudo aparecía quemado por el sol.
—La noticia ha recorrido todo el khalasar —dijo—. Se dice que Khal Drogo se ha caído del caballo.
—Ayudadlo —suplicó Dany—. Por el amor que decís profesarme, ayudadlo.
El caballero se arrodilló junto a ella. Miró fijamente a Drogo durante largo rato, y luego a Dany.
—Decid a las doncellas que salgan.
Dany, que se había quedado muda de miedo, hizo un gesto. Irri guió al resto de las muchachas fuera de la tienda.
Una vez solos, Ser Jorah sacó la daga. A continuación, hábilmente, con una delicadeza sorprendente en un hombre tan corpulento, empezó a rascar las hojas negras y el barro seco azul del pecho de Drogo. El emplasto se había endurecido tanto como las murallas de barro de los hombres cordero, y al igual que las murallas se quebraba con facilidad. Ser Jorah rompió el barro seco con el cuchillo, apartó los restos de la carne y fue quitando las hojas una por una. El olor que despedía la herida era espantoso, dulzón y tan penetrante que Dany se sintió a punto de ahogarse. Las hojas estaban llenas de sangre y pus, el pecho aparecía ennegrecido, con el brillo de la podredumbre.
—No —susurró Dany, con las mejillas llenas de lágrimas—. No, por favor, dioses, ayudadme, no.
Khal Drogo agitó los brazos como si luchara contra algún enemigo invisible. La sangre negra empezó a manar, lenta y espesa, de la herida abierta.
—Vuestro khal se puede dar por muerto, princesa.
—No, no puede morir, no debe morir, si no era más que un corte. —Dany cogió la mano grande y encallecida entre las suyas, tan pequeñas, y la apretó con fuerza—. No permitiré que muera...
—Esa orden está fuera de vuestro alcance, ya seáis khaleesi o reina —dijo Ser Jorah dejando escapar una carcajada amarga—. Guardaos las lágrimas, niña. Ya lo lloraréis mañana, o dentro de un año. Ahora no hay tiempo para la pena. Tenemos que partir, y enseguida, antes de que muera.
—¿Partir? ¿Hacia dónde? —Dany no comprendía nada.
—En mi opinión el mejor lugar sería Asshai. Está muy al sur, al final del mundo conocido, pero según se dice es un gran puerto. Allí encontraremos algún barco que nos lleve de vuelta a Pentos. No quiero engañaros, será un viaje duro. ¿Confiáis en vuestro khas? ¿Vendrán con nosotros?
—Khal Drogo les ordenó que velaran por mí —respondió Dany, insegura—. Pero, si muere... —Se tocó el vientre abultado—. No lo entiendo. ¿Por qué tenemos que huir? Soy la khaleesi. Llevo en mi vientre al heredero de Drogo. Será khal después de él...
—Escuchadme bien, princesa —dijo Ser Jorah con el ceño fruncido—. Los dothrakis no seguirán a un bebé de pecho. Sólo se inclinaban ante la fuerza de Drogo, nada más. Cuando él ya no esté, Jhaqo, Pono y los otros kos se enfrentarán para ocupar su puesto, y este khalasar se devorará a sí mismo. El vencedor no querrá tener más rivales. Os arrancarán al niño del pecho nada más nacer y se lo echarán a los perros.
—Pero, ¿por qué? —sollozó quejumbrosa, abrazándose el vientre—. ¿Por qué querrían matar a un bebé?
—Es el hijo de Drogo. Las viejas dicen que será el semental que monte el mundo. Fue una profecía. Más vale matar al crío que arriesgarse a sufrir su ira cuando crezca y sea un hombre.
El niño le dio una patadita, como si lo hubiera oído todo. Dany recordó lo que Viserys le había contado, lo que habían hecho los perros del Usurpador con los hijos de Rhaegar. El pequeño también era un bebé, pero lo habían arrancado del pecho de su madre para estrellarle la cabeza contra una pared. Así actuaban los hombres.
—¡No pueden hacer daño a mi hijo! —exclamó—. Ordenaré a mi khas que lo cuide, y los jinetes de sangre de Drogo...
—Un jinete de sangre muere con su khal. —Ser Jorah la sujetó por los hombros—. Lo sabéis perfectamente, niña. Os llevarán a Vaes Dothrak, con las viejas, será su última misión. Y después se reunirán con Drogo en las tierras de la noche.
Dany no quería regresar a Vaes Dothrak y pasar el resto de su vida entre aquellas viejas espantosas, pero sabía que el caballero estaba en lo cierto. Drogo no había sido simplemente su sol y estrellas; era también el escudo que la mantenía sana y salva.
—No lo abandonaré —dijo con triste testarudez—. Nunca.
El faldón de la tienda se levantó de nuevo, y Dany volvió la cabeza. Mirri Maz Duur entró e hizo una profunda reverencia. Los días de marcha a pie tras el khalasar la habían dejado demacrada y coja, con los pies llenos de heridas y ampollas, y bolsas oscuras bajo los ojos. Tras ella llegaron Qotho y Haggo, que transportaban entre los dos el cofre de la esposa de dios. Los jinetes de sangre vieron la herida de Drogo. A Haggo se le resbaló el cofre de entre las manos y se estrelló contra el suelo de la tienda, y Qotho soltó una maldición tan brutal que pareció hendir el aire.
—La herida se ha infectado —dijo Mirri Maz Duur mientras examinaba a Drogo con rostro inexpresivo.
—Esto es cosa tuya, maegi —dijo Qotho.
Haggo asestó un puñetazo a Mirri en la mejilla, y la mujer rodó por tierra. Luego empezó a darle patadas.
—¡Basta! —gritó Dany.
—Las patadas son demasiado buenas para una maegi —dijo Qotho, mientras contenía a Haggo—. Vamos a sacarla afuera. La ataremos a una estaca para que la monte todo el que pase. Y cuando acabe, que la monten los perros también. Las comadrejas le sacarán las entrañas y las aves carroñeras le devorarán los ojos. Las moscas del río le pondrán huevos en el vientre y beberán el pus de lo que quede de sus pechos.
Clavó unos dedos duros como el hierro en la carne blanda y temblorosa del brazo de la esposa de dios, y la obligó a ponerse en pie.
—No —replicó Dany—. No quiero que le suceda nada malo.
—¿No? —Qotho le mostró los dientes amarillentos y podridos, en una espantosa parodia de sonrisa—. ¿A mí te atreves a decirme que no? Más te valdría rezar para que no te atemos al lado de tu maegi. Esto es culpa tuya, tanto como de ella.
Ser Jorah se interpuso entre ambos mientras desenvainaba la espada.
—Frena esa lengua, jinete de sangre. La princesa es tu khaleesi.
—Sólo mientras la sangre de mi sangre siga con vida —replicó Qotho al caballero—. Si muere, la mujer no es nada.
—Antes de ser la khaleesi, ya era de la sangre del dragón. —Dany sintió la tensión de su interior—. Ser Jorah, llamad a mi khas.
—No —dijo Qotho—. Nos iremos. Por ahora... Khaleesi.
Haggo, con el ceño fruncido, salió de la tienda tras él.
—Ése no tiene buenas intenciones, princesa —dijo Mormont—. Los dothrakis dicen que un hombre y sus jinetes de sangre comparten la misma vida, y Qotho está viendo que toca a su fin. Un hombre muerto no teme a nada.
—Nadie ha muerto —replicó Dany—. Puede que necesite vuestra espada, Ser Jorah. Será mejor que os pongáis la armadura. —Estaba más asustada de lo que quería reconocer, incluso de lo que quería reconocerse a ella misma.
—A vuestras órdenes —dijo el caballero con una reverencia, y salió de la tienda.
Dany se volvió hacia Mirri Maz Duur. Los ojos de la mujer estaban alerta, llenos de cautela.
—Así que me habéis vuelto a salvar.
—Y ahora tú tienes que salvarlo a él —dijo Dany—. Por favor...
—A una esclava no se le pide nada —replicó Mirri secamente—. Se le dan órdenes. —Se volvió a Drogo, que seguía ardiendo sobre la esterilla, y observó la herida largo rato—. Pero da igual que lo pidáis o lo ordenéis. Ningún sanador puede hacer ya nada por él. —El khal tenía los ojos cerrados. Le abrió uno con los dedos—. Ha estado adormeciendo el dolor con la leche de la amapola.
—Sí —reconoció Dany.
—Le preparé una cataplasma de semilla de fuego y nomepiques, y se la vendé con piel de cordero.
—Decía que le quemaba y se la arrancó. Las mujeres de las hierbas le prepararon otra, húmeda y calmante.
—Quemaba, sí. El fuego tiene una gran magia sanadora, eso lo saben hasta vuestros hombres sin pelo.
—Prepárale otra cataplasma —suplicó Dany—. Esta vez haré que la aguante.
—Ya no es el momento para eso, mi señora —dijo Mirri—. Ahora ya no puedo hacer más que facilitar el oscuro camino que tiene por delante, para que cabalgue sin dolor hacia las tierras de la noche. No vivirá hasta el amanecer.
Sus palabras atravesaron el pecho de Dany como un cuchillo. ¿Qué mal había hecho a los dioses, para que fueran tan crueles con ella? Por fin había encontrado un lugar seguro, por fin conocía el sabor del amor y la esperanza. Por fin iba a volver a su hogar. Y ahora, perderlo todo...
—No —suplicó—. Sálvalo y te liberaré, lo juro. Seguro que sabes alguna manera... magia, o algo...
Mirri Maz Duur se sentó sobre los talones, y miró a Daenerys con ojos negros como la noche.
—Hay un hechizo. —Su voz era baja, poco más que un susurro—. Pero es duro, mi señora, y oscuro. Muchos dirían que la muerte es más limpia. Lo aprendí en Asshai, y pagué muy cara la lección. Mi maestro fue un mago de sangre, de las Tierras Sombrías.
—Entonces, es cierto, eres una maegi... —El cuerpo de Dany se cubrió de un sudor frío.
—¿Sí? —Mirri Maz Duur sonrió—. Sólo una maegi puede salvar a vuestro jinete en este momento, Dama de Plata.
—¿No hay otra manera?
—No.
Khal Drogo dejó escapar un gemido y se estremeció.
—Hazlo —le espetó Dany. No debía tener miedo, era de la sangre del dragón—. Sálvalo.
—El precio es alto —le advirtió la esposa de dioses.
—Te daré oro, caballos, lo que quieras.
—No se trata de oro ni caballos. Esto es magia de sangre, mi señora. La vida sólo se puede pagar con la muerte.
—¿Con la muerte? —Dany se apretó los brazos como si quisiera protegerse, se movió adelante y atrás sobre los talones—. ¿Mi muerte?
Se dijo que moriría por él si era necesario. Era de la sangre del dragón, no debía tener miedo. Su hermano Rhaegar había muerto por la mujer a la que amaba.
—No —le prometió Mirri Maz Duur—. No será tu muerte, khaleesi.
—Hazlo —ordenó Dany mientras temblaba de alivio.
—Como dices se hará —asintió la maegi con solemnidad—. Llama a tus sirvientes.
Khal Drogo se debatió débilmente mientras Rakharo y Quaro lo metían en el baño.
—No —murmuró—. No. He de montar. —Una vez en el agua, las fuerzas parecieron abandonarlo.
—Traed su caballo —ordenó Mirri Maz Duur.
Así lo hicieron. Jhogo hizo entrar el gran semental castaño en la tienda. Cuando el animal olfateó el olor a muerte, relinchó y corcoveó, con ojos espantados. Hicieron falta tres hombres para contenerlo.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Dany.
—Necesitamos la sangre —respondió Mirri—. Así ha de ser.
Jhogo dio un paso atrás y echó mano del arakh. Era un joven de dieciséis años, flaco, temerario, de risa pronta, con apenas la sombra de su primer bigote asomando en el labio superior. Cayó de rodillas ante ella.
—Khaleesi —suplicó—, no permitas esto. Deja que mate a esa maegi.
—Si la matas, matarás a tu khal —dijo Dany.
—Eso es magia de sangre —insistió el muchacho—. Está prohibida.
—Soy la khaleesi, y digo que no está prohibida. En Vaes Dothrak, Khal Drogo mató un semental y yo me comí su corazón para dar a nuestro hijo su fuerza y su valor. Esto es lo mismo. Lo mismo.
El semental coceó y corcoveó cuando Rakharo, Quaro y Aggo lo acercaron a la bañera en la que flotaba el khal, que parecía ya un cadáver, entre las aguas sucias del pus y la sangre que le manaban de la herida. Mirri Maz Duur entonó un cántico en una lengua que Dany no conocía, y de pronto tenía un cuchillo en la mano. Dany nunca supo de dónde lo había sacado. Parecía muy viejo, de bronce rojizo, en forma de hoja, con extraños símbolos grabados en toda la superficie. La maegi lo pasó por la garganta del semental, bajo la cabeza del noble bruto. El caballo relinchó y se estremeció, y la sangre empezó a manar como un surtidor rojo. Se habría derrumbado de no ser porque lo sujetaban los hombres de su khas.
—Fuerza de la montura, entra en el jinete —canturreó Mirri mientras la sangre del caballo llenaba la bañera de Drogo—. Fuerza de la bestia, entra en el hombre.
Jhogo parecía aterrado, tenía miedo de soportar el peso del semental, de tocar la carne muerta, pero también tenía miedo de soltarlo.
«Sólo un caballo», pensó Dany. Si podía comprar la vida de Drogo con la muerte de un caballo, pagaría aquel precio mil veces.
Cuando por fin dejaron caer el cuerpo del semental, el baño estaba lleno de un líquido rojo oscuro, y a Drogo sólo se le veía la cara. Mirri Maz Duur no necesitaba el cadáver del caballo para nada.
—Quemadlo —les ordenó Dany. Sabía que aquélla era la costumbre. Cuando moría un hombre, mataban a su caballo y ponían el cadáver en la pira funeraria, para que lo llevara a las tierras de la noche. Los hombres de su khas arrastraron el cuerpo fuera de la tienda. Había sangre por todas partes, hasta la tela de las paredes estaba salpicada de rojo, y las alfombras estaban húmedas y negras.
Encendieron los braseros. Mirri Maz Duur arrojó un polvo rojo sobre los carbones, y aquello dio al humo un aroma especiado bastante agradable, pero Eroeh salió corriendo entre sollozos, y Dany sintió un miedo paralizante. Pero había llegado demasiado lejos para retroceder. Hizo salir a sus doncellas.
—Id con ellas, Dama de Plata —le dijo Mirri Maz Duur.
—Me quedaré —replicó Dany—. Este hombre me poseyó bajo las estrellas y dio vida al niño que llevo dentro. No lo dejaré.
—Es necesario. Una vez empiece mi cántico, ninguna persona debe entrar en esta tienda. Mi canción va a despertar poderes antiguos y oscuros. Los muertos danzarán aquí esta noche. Ningún hombre vivo debe verlos.
—Nadie entrará —dijo Dany agachando la cabeza, impotente. Se inclinó sobre la bañera, sobre Drogo casi sumergido en la sangre, y le dio un beso en la frente—. Devuélvemelo —susurró a Mirri Maz Duur antes de salir.
En el exterior el sol estaba ya bajo en el horizonte y el cielo estaba teñido de rojo. El khalasar había acampado. Las tiendas y las esterillas para dormir se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El viento soplaba ardiente. Jhogo y Aggo estaban excavando un agujero para encender una hoguera en la que quemar el cadáver del semental. Se había reunido toda una multitud para observar a Dany con ojos negros y duros, con rostros de cobre batido. Ella vio a Ser Jorah Mormont, vestido ya con ropas de cuero y cota de mallas, y la frente perlada de sudor allí donde el pelo empezaba a ralear. El caballero se abrió camino entre los dothrakis hasta llegar junto a Dany. Cuando vio las huellas escarlata que las botas de la muchacha dejaban en la tierra, el color huyó de su rostro.
—Pequeña idiota, ¿qué habéis hecho? —susurró con voz ronca.
—Tenía que salvarlo.
—Podríamos haber escapado —dijo él—. Podría haberos llevado a salvo hasta Asshai, princesa. No había necesidad de...
—¿Soy de verdad vuestra princesa?
—Que los dioses nos ayuden a los dos, bien sabéis que sí.
—Entonces, ayudadme.
—Ojalá supiera cómo. —Ser Jorah hizo una mueca.
La voz de Mirri Maz Duur se elevó hasta convertirse en un aullido agudo, ululante, que hizo estremecer a Dany. Algunos de los dothrakis retrocedieron entre murmullos. Los braseros del interior de la tienda hacían que resplandeciera en el ocaso. A través del tejido de las paredes, salpicado de sangre, divisó sombras que se movían.
Mirri Maz Duur había empezado a bailar. Y no estaba sola.
Dany vio el miedo en los rostros de los dothrakis.
—Esto no puede ser —retumbó la voz de Qotho.
No había visto volver al jinete de sangre. Haggo y Cohollo estaban con él. Los acompañaban los hombres sin pelo, los eunucos que curaban con el cuchillo, la aguja y el fuego.
—Esto va a ser —replicó Dany.
—Maegi —rugió Haggo.
Y Cohollo, el viejo Cohollo, que había atado su vida a la de Drogo desde el día que nació, Cohollo, que siempre había sido bueno con ella... Cohollo le escupió a la cara.
—Morirás, maegi —prometió Qotho—. Pero antes ha de morir la otra. —Desenvainó el arakh y avanzó hacia la tienda.
—¡No! —gritó Dany—. ¡No entres! —Lo agarró por el hombro, pero Qotho la empujó a un lado. Dany cayó sobre las rodillas, cruzando los brazos sobre el vientre para proteger a su hijo—. Detenedlo —ordenó a su khas—. ¡Matadlo!
Rakharo y Quaro seguían ante el faldón de la tienda. Quaro dio un paso al frente, buscó con la mano el mango de su látigo, pero Qotho giró con la elegancia de un bailarín al tiempo que alzaba el arakh. El tajo dio de lleno a Quaro bajo el brazo, el acero afilado atravesó el cuero y la piel, cortó el músculo y las costillas. El joven jinete retrocedió, boqueando, mientras la sangre manaba a chorros. Qotho le arrancó el arma del cuerpo.
—¡Señor de los caballos! —gritó Ser Jorah Mormont—. Prueba conmigo.
Desenvainó la espada larga. Qotho lanzó una maldición y se volvió. El arakh se movió tan deprisa que la sangre de Quaro se dispersó al viento ardiente como si fuera una llovizna. La espada paró el golpe a un palmo del rostro de Ser Jorah, y durante un instante los dos aceros quedaron brillando en el aire, mientras Qotho aullaba de rabia. El caballero iba vestido con cota de mallas, llevaba guanteletes y canilleras de acero articulado, y un pesado gorjal en torno a la garganta, pero no se le había ocurrido ponerse el yelmo.
Qotho retrocedió, y cuando Ser Jorah cargó contra él hizo girar el arakh centelleante sobre la cabeza. El caballero esquivó el golpe como pudo, pero los tajos eran tan rápidos que Dany pensó que Qotho tenía cuatro arakhs y otros tantos brazos. Oyó el crujido de la cota de mallas cuando la golpeó el arakh, y vio cómo saltaban chispas cuando la larga hoja curva rebotó contra un guantelete. De pronto era Mormont quien retrocedía, mientras Qotho se lanzaba al ataque. El lado izquierdo del rostro del caballero estaba lleno de sangre, y un golpe que había recibido en la cadera le había atravesado la cota de mallas y lo hacía cojear. Qotho se mofaba de él a gritos, lo llamaba cobarde, hombre de leche, eunuco con traje de hierro.
—¡Vas a morir! —le prometió mientras el arakh brillaba trémulo en el ocaso rojo.
El hijo de Dany le dio una patada brutal dentro del vientre. La hoja curva resbaló sobre la recta, y fue a hundirse en la cadera del caballero, en el boquete de la cota de mallas.
Mormont gruñó y se tambaleó. Dany sintió un dolor agudo en el vientre, y humedad en los muslos. Qotho lanzó un grito de triunfo, pero el arakh había llegado al hueso, y tardó un instante en poder sacarlo.
Fue suficiente. Ser Jorah asestó un golpe de arriba abajo con todas las fuerzas que le quedaban, atravesó la carne, el músculo y el hueso, y de pronto el antebrazo de Qotho colgaba de su brazo sujeto sólo por un fino jirón de piel y tendón. El siguiente golpe del caballero fue hacia la oreja del dothraki, y resultó tan salvaje que el rostro de Qotho pareció estallar.
Los dothrakis gritaban, Mirri Maz Duur lanzaba aullidos inhumanos en la tienda, el moribundo Quaro suplicaba agua. Dany pidió ayuda, pero nadie la oyó. Rakharo luchaba contra Haggo, arakh enfrentado a arakh, hasta que el látigo de Jhogo restalló como un trueno, y la punta se enroscó al cuello de Haggo. Dio un tirón, y el jinete de sangre cayó hacia atrás, perdiendo a la vez el equilibrio y la espada. Rakharo se precipitó hacia él con un aullido, blandiendo el arakh con ambas manos en un golpe descendente que acertó a Haggo entre los ojos. Alguien lanzó una piedra, y cuando Dany se volvió vio que tenía el hombro herido y lleno de sangre.
—No —sollozó—. No, por favor, para, es demasiado alto, el precio es demasiado alto.
Le llovieron más pedradas. Trató de arrastrarse hacia la tienda, pero Cohollo la agarró por el pelo y le echó la cabeza hacia atrás. Dany sintió el roce de su cuchillo en la garganta.
—¡Mi bebé! —gritó.
Tal vez los dioses la oyeron, porque en aquel momento Cohollo cayó muerto. La flecha de Aggo le entró por debajo del brazo, y le atravesó los pulmones y el corazón.
Cuando Daenerys reunió por fin fuerzas suficientes para levantar la cabeza, vio que la multitud se dispersaba. Los dothrakis regresaban en silencio a sus tiendas y a sus esterillas. Algunos ensillaron caballos y se alejaron. El sol se había puesto. En todo el khalasar ardían hogueras, brillantes fuegos anaranjados que chisporroteaban con furia y escupían al aire brasas encendidas. Trató de incorporarse, pero el dolor se apoderó de ella y la estrujó como el puño de un gigante. Se quedó sin respiración. Apenas si pudo boquear. La voz de Mirri Maz Duur era como un canto fúnebre. En el interior de la tienda, las sombras giraban.
Le pasaron un brazo bajo la cintura. Ser Jorah la ayudó a ponerse en pie. El caballero tenía el rostro lleno de sangre, y Dany vio que había perdido media oreja. Una nueva oleada de dolor hizo que se estremeciera en sus brazos, y oyó cómo el hombre llamaba a gritos a sus doncellas para que acudieran a ayudarla.
«¿Tanto miedo tienen?» Sabía demasiado bien la respuesta. La dominó otro espasmo de dolor, y tuvo que contener un grito. Sentía como si su hijo tuviera un cuchillo en cada mano, y se estuviera abriendo camino a tajos hacia el exterior.
—¡Maldita seas, Doreah! —rugió Ser Jorah—. Ven aquí. Trae a las parteras.
—No quieren venir. Dicen que está maldita.
—¡Si no vienen les cortaré la cabeza!
—Se han marchado todas, mi señor. —Doreah se echó a llorar.
—La maegi —dijo otra voz. ¿La de Aggo?—. Llevadla con la maegi.
«No —quiso gritar Dany—. No, eso no, no lo hagáis.» Pero cuando abrió la boca se le escapó un largo aullido de dolor, y la piel se le cubrió de sudor. «¿Qué les pasa a todos, acaso no lo ven?» En el interior de la tienda las formas danzaban en círculos en torno al brasero y la bañera llena de sangre, eran sombras oscuras en las paredes de tela, y algunas no parecían humanas. Divisó la forma de un lobo grande, y otra que parecía un hombre envuelto en llamas.
—La mujer cordero conoce los secretos del parto —señaló Irri—. Yo se lo oí decir.
—Sí —corroboró Doreah—. Yo también.
«No», gritó Dany, o tal vez sólo lo pensó, porque de sus labios no salió sonido alguno. La llevaban en brazos. Abrió los ojos para contemplar un cielo negro, muerto, sin estrellas. «No, por favor.» El sonido de la voz de Mirri Maz Duur se hizo cada vez más alto, hasta llenar el mundo. «Las formas —gritó en su interior—. ¡Los bailarines!»
Ser Jorah la llevó al interior de la tienda.
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