domingo, 3 de julio de 2011

Choque De Reyes parte 3


JON

La lluvia azotaba el rostro de Jon mientras espoleaba a su caballo para cruzar el arroyo crecido. El Lord Comandante Mormont, a su lado, se tironeó de la capucha de la capa al tiempo que murmuraba pestes sobre aquel clima. Tenía su cuervo encima del hombro, con las plumas desgreñadas, tan empapado y refunfuñón como el Viejo Oso. Una ráfaga de viento hizo que las hojas mojadas revolotearan en torno a ellos como una bandada de pájaros muertos.
«El Bosque Encantado —pensó Jon de mal humor—. El bosque ahogado, más bien.»
Deseaba que Sam aguantara al final de la columna. No era buen jinete ni siquiera con un clima razonable, y los seis días de lluvia habían hecho que el terreno fuera traicionero, todo barro y rocas ocultas. Cuando el viento soplaba el agua les entraba en los ojos. El Muro se estaría derritiendo en la zona sur, el hielo fundido se mezclaría con la lluvia cálida en ríos y cascadas. Pyp y Sapo estarían junto al fuego en la sala común, bebiendo copas de vino especiado antes de la cena. Jon los envidiaba. Las ropas de lana húmedas se le pegaban a la piel y le picaban, el peso de la cota de malla y la espada hacían que le dolieran a rabiar la espalda y el cuello, y estaba harto de bacalao en salazón, carne en salazón y queso duro.
Por delante de la columna resonó la nota trémula de un cuerno de caza, casi ahogada por el repiqueteo constante de la lluvia.
—El cuerno de Buckwell —anunció el Viejo Oso—. Los dioses son bondadosos; Craster sigue allí.
Maíz —graznó su cuervo, batió una vez las grandes alas negras y volvió a erizar las plumas.
Jon había oído muchas veces a los hermanos negros contar historias sobre Craster y su torreón. En aquel momento iba a verlo con sus ojos. Tras pasar por siete aldeas desiertas, todos temían encontrarse la morada de Craster tan muerta y desolada como el resto, pero al parecer la suerte volvía a sonreírles.
«Puede que el Viejo Oso consiga por fin unas cuantas respuestas —pensó—. Y como mínimo nos podremos refugiar de la lluvia.»
Thoren Smallwood aseguraba que, pese a su desabrida reputación, Craster era amigo de la Guardia.
—Está medio loco, eso no lo niego —había dicho al Viejo Oso—, pero cualquiera lo estaría si se pasara la vida en este bosque maldito. Pese a todo, nunca le ha negado a un explorador un lugar junto a su hoguera, y no siente ningún afecto hacia Mance Rayder. Nos dará buenos consejos.
«Yo me conformo con que nos dé una comida caliente y la ocasión de secarnos la ropa.» Dywen decía que Craster era un asesino, un mentiroso, un violador y un cobarde, y dio a entender que traficaba con esclavos y tenía tratos con los demonios.
—Y más todavía —añadía el viejo guardabosques, entrechocando los dientes de madera—. Ese tipo huele a frío, sí señor.
—Jon —ordenó Lord Mormont—, recorre la columna para transmitir la noticia. Y recuerda a los oficiales que no quiero problemas con las esposas de Craster. Que tengan las manos quietas y no hablen con ellas a menos que sea necesario.
—Sí, mi señor.
Jon dio media vuelta al caballo para volver sobre sus pasos, contento de no tener la lluvia de cara, aunque fuera sólo por un rato. Todos los rostros que vio al pasar parecía como si estuvieran llorando. La columna se alargaba casi un kilómetro en medio de los bosques. Al pasar junto a la caravana, Jon vio a Samwell Tarly, encogido en su silla de montar bajo un sombrero de ala ancha. Iba a lomos de un caballo de tiro, guiando a los otros y los carromatos. El tamborileo de la lluvia contra las lonas que cubrían las jaulas hacía que los cuervos graznaran y revolotearan.
—¿Qué pasa, los has encerrado con un zorro? —lo llamó Jon.
—Ah, hola, Jon. —El agua corrió por el ala del sombrero de Sam cuando el muchacho alzó la cabeza—. No, es que no les gusta la lluvia, igual que a nosotros.
—¿Cómo estás, Sam?
—Mojado. —El chico gordo consiguió esbozar una sonrisa—. Pero hasta ahora sigo vivo.
—Bien. El Torreón de Craster está cerca. Si los dioses son bondadosos, nos dejará dormir junto a su hoguera.
Sam no parecía tan seguro.
—Edd el Penas dice que Craster es un salvaje terrible. Se casa con sus hijas y no obedece más leyes que las suyas. Y Dywen le dijo a Grenn que por sus venas corre sangre negra. Su madre era una salvaje que se acostó con un explorador, así que es un bas... —Se detuvo bruscamente al comprender lo que había estado a punto de decir.
—Un bastardo —rió Jon—. Puedes decirlo, Sam, no es la primera vez que oigo esa palabra. —Picó espuelas a su caballo, un animal pequeño de paso seguro—. Tengo que ir a ver a Ser Ottyn. Ten cuidado con las mujeres de Craster. —Como si a Samwell Tarly le hiciera falta alguna advertencia en ese sentido—. Ya hablaremos más tarde, cuando acampemos.
Jon llevó el mensaje a Ser Ottyn Wythers, que iba a la cabeza de la retaguardia. Era un hombre menudo, de rostro arrugado, de la edad de Mormont. Siempre parecía cansado, hasta en el Castillo Negro, y la lluvia lo había maltratado sin piedad.
—Son buenas noticias —dijo—. La lluvia me ha empapado hasta los huesos, y hasta las ampollas de mis nalgas tienen ampollas de tanto montar.
En el camino de vuelta Jon se apartó de la columna para tomar un atajo por la espesura del bosque. Los sonidos de hombres y caballos fueron enmudeciendo, ahogados por la humedad del follaje verde, y pronto pudo oír el repiqueteo rítmico de la lluvia contra las hojas, los árboles y las rocas. Era media tarde, pero el bosque parecía tan oscuro como si ya hubiera anochecido. Jon siguió un rumbo zigzagueante entre rocas y charcos, pasó junto a grandes robles, centinelas color gris verdoso y palo santos de corteza negruzca. En algunos tramos las ramas tejían un dosel sobre su cabeza, y podía descansar de la lluvia incesante. Al pasar junto a un castaño hendido por un rayo sobre el que crecían rosas blancas silvestres, oyó un crujido en la maleza.
Fantasma —llamó—. Fantasma, conmigo.
Pero el que salió de entre el follaje fue Dywen, tirando de un caballo de hirsutas crines grises sobre el que iba montado Grenn. El Viejo Oso había enviado escoltas a ambos lados de la columna principal, para vigilar la marcha y alertarlos si se acercaba algún enemigo. Como no quería correr riesgos, enviaba a los hombres por parejas.
—Ah, si eres tú, Lord Nieve. —Dywen le dedicó su sonrisa de roble; sus dientes eran de madera y le encajaban mal—. Pensaba que el chico y yo íbamos a tener que encargarnos de uno de esos Otros. ¿Qué pasa, has perdido a tu lobo?
—No, está cazando. —A Fantasma no le gustaba viajar con la columna, pero no estaría lejos. Cuando acamparan para pasar la noche encontraría la tienda que Jon compartía con el Lord Comandante.
—Será pescando, con este tiempo... —dijo Dywen.
—Mi madre siempre dice que la lluvia es buena para la cosecha —aportó Grenn, esperanzado.
—Sí, buena para las cosechas de moho —dijo Dywen—. Lo único bueno que tiene esta lluvia es que así uno se ahorra bañarse.
Castañeteó los dientes de madera.
—Buckwell ha encontrado a Craster —les dijo Jon.
—¿Es que lo había perdido? —rió Dywen—. Eh, vosotros, los jovencitos, nada de rondar a las esposas de Craster, ¿entendido?
—¿Qué pasa, Dywen, las quieres todas para ti? —Jon sonrió.
—Puede, puede. —Dywen volvió a castañetear los dientes—. Craster tiene diez dedos y una polla, así que no sabe contar más que hasta once. Si le desaparecen un par de ellas no las echará en falta.
—En serio, ¿cuántas esposas tiene? —quiso saber Grenn.
—Más de las que tendrás tú en toda tu vida, hermano. Tampoco es tan difícil, las cría él mismo. Ahí viene tu fiera, Nieve.
Fantasma estaba trotando al lado del caballo de Jon, con la cola alta y el pelaje erizado contra la lluvia. Era tan silencioso que Jon no habría sabido decir cuándo había aparecido. Su presencia encabritó al caballo de Grenn; había pasado más de un año, pero los caballos seguían inquietos cada vez que veían al lobo huargo.
Fantasma, conmigo. —Jon picó espuelas en dirección al Torreón de Craster.
Jamás había pensado que encontraría un castillo de piedra al otro lado del Muro, pero al menos sí se había imaginado una edificación sobre un terreno elevado, algo con una muralla defensiva, aunque fuera de madera, y un torreón también de madera. Lo que encontraron fue un montón de basura, una pocilga, un aprisco vacío y una casucha de cáñamo sin ventanas que prácticamente ni merecía aquel nombre. Era una estructura alargada y baja, con grietas tapadas con tablones y techo de hierba. Se encontraba en una elevación del terreno demasiado modesta para considerarla una colina, y estaba rodeada por un dique de tierra. Por la ladera bajaban regueros de lodo, allí donde la lluvia había abierto boquetes en las defensas, que iban a unirse a un arroyo crecido y turbulento de aguas sucias que describía una curva hacia el norte.
Al sudoeste dio con una puerta abierta, flanqueada por un par de palos coronados por cabezas de animales: un oso a un lado y un carnero al otro. Al pasar a caballo Jon se fijó en que del cráneo del oso aún colgaban jirones de carne. Dentro, los exploradores de Jarman Buckwell y los hombres del grupo de Thoren Smallwood estaban alineando a los caballos y plantando las tiendas con muchas dificultades. En la pocilga, un montón de lechones hozaban en torno a tres grandes cerdas. Cerca de allí, una niñita arrancaba zanahorias en un huerto, desnuda bajo la lluvia, mientras dos mujeres ataban un cerdo para sacrificarlo. Los chillidos del animal eran agudos y espantosos, de una angustia casi humana. Los perros de Chett ladraban como locos a modo de respuesta, gruñían y lanzaban dentelladas pese a las maldiciones de su cuidador; un par de los perros de Craster empezaron a ladrar también. Al ver a Fantasma, algunos de los perros huyeron, mientras que otros lanzaron aullidos y gruñidos bajos. El lobo huargo no les hizo caso, al igual que Jon.
«Bueno, al menos treinta de nosotros dormirán en un lugar caliente y seco —pensó Jon tras echar un vistazo a la edificación—. Cincuenta como mucho.» Era un lugar demasiado pequeño para albergar a doscientos hombres, así que la mayoría tendría que dormir fuera. ¿Y dónde? La lluvia había llenado todo el terreno de charcos en los que uno se hundía hasta el tobillo, y el resto era un cenagal. Les esperaba otra noche lúgubre.
El Lord Comandante había confiado su caballo a Edd el Penas. Estaba limpiándole el barro de los cascos cuando Jon desmontó.
—Lord Mormont está dentro —anunció—. Ha dicho que entres. Más vale que dejes al lobo fuera, parece tan hambriento como para comerse a una de las hijas de Craster. La verdad sea dicha, hasta yo tengo tanta hambre como para comerme a una de las hijas de Craster, siempre que me la sirvan caliente. Venga, entra, yo me encargo de tu caballo. Si el interior está caliente y seco, no me lo cuentes. A mí no me han invitado. —Sacó un poco de barro húmedo de debajo de una herradura—. ¿A ti este barro no te parece mierda? A lo mejor la colina entera está hecha de cagadas de Craster.
—Tengo entendido que lleva mucho tiempo aquí. —Jon sonrió.
—No me estás animando nada. Ve a ver al Viejo Oso.
—Quédate aquí, Fantasma —ordenó.
La puerta del Torreón de Craster no era más que dos cortinas de piel de ciervo. Jon se tuvo que inclinar para pasar entre ellas. Dos docenas de capitanes de exploradores lo habían precedido, y estaban de pie en torno a la hoguera para cocinar, en el centro del suelo de tierra, mientras en torno a sus botas se formaban charcos de agua. Allí olía a hollín, a estiércol y a perro mojado. El aire estaba muy cargado de humo, pero seguía siendo húmedo. La lluvia se colaba por el agujero del techo destinado a que saliera el humo de la hoguera. No había divisiones en la estancia, sólo un altillo para dormir al que se llegaba por una astillada escalera de mano.
Jon recordó cómo se había sentido el día que salieron del Muro: nervioso como una doncella, pero al mismo tiempo impaciente por ver los misterios y maravillas que aguardaban más allá de cada nuevo horizonte.
«Pues aquí tienes una de las maravillas —se dijo mientras contemplaba aquel lugar mugriento y maloliente. El humo acre hacía que le llorasen los ojos—. Lástima que Pyp y Sapo no puedan ver lo que se están perdiendo.»
Craster estaba sentado ante el fuego, era el único que disfrutaba de una silla propia. Hasta el Lord Comandante Mormont se había visto relegado al banco comunitario, con su cuervo protestón en el hombro. Jarman Buckwell estaba de pie tras él, el agua le goteaba de la remendada armadura flexible y las pieles empapadas; a su lado se encontraba Thoren Smallwood, que llevaba la pesada coraza y la capa ribeteada con piel de marta del difunto Ser Jaremy.
El jubón de piel de oveja de Craster, así como su capa de pieles cosidas, lo hacían parecer zarrapastroso en comparación, pero en torno a una de las gruesas muñecas llevaba un brazalete de aspecto pesado que tenía el brillo del oro. Su aspecto era el de un hombre poderoso, aunque ya bien adentrado en el invierno de sus días, con una melena de pelo gris tornándose blanco. La nariz plana y la boca curva lo hacían parecer cruel, y le faltaba una de las orejas.
«Así que éste es un salvaje.» Jon recordó las historias de la Vieja Tata acerca de aquellos seres brutales que bebían sangre en cráneos humanos. Craster estaba bebiendo una cerveza ligera y amarillenta en una jarra de piedra descascarillada. Seguramente no se había enterado de las historias.
—Hace tres años que no veo a Benjen Stark —estaba diciendo a Mormont—. Y si queréis que os diga la verdad, no lo he echado de menos.
Media docena de cachorrillos negros y algún lechón que otro se metían entre los bancos, mientras las mujeres, vestidas con desastradas pieles de ciervo, pasaban cuernos de cerveza, avivaban el fuego o cortaban zanahorias y cebollas para echarlas en un caldero.
—Tuvo que pasar por aquí hace un año —dijo Thoren Smallwood. Un perro se acercó para olfatearle la pierna. Le dio una patada y el animal se alejó gimoteante.
—Ben salió en busca de Ser Waymar Royce —siguió Lord Mormont—, que había desaparecido junto con Gared y el joven Will.
—A esos tres sí los recuerdo, sí. El señor no tendría más edad que estos cachorros. Demasiado orgulloso para dormir bajo mi techo, el señor, con su capa de marta y su acero negro. Pero mis esposas no paraban de hacerle ojitos. —Entrecerró los ojos para mirar a la que tenía más cerca—. Gared me dijo que perseguían a unos saqueadores. Yo le dije que, con un comandante tan verde, más valía que no los encontraran. Gared no estaba mal para ser un cuervo. Je, tenía menos orejas que yo. El frío se las comió, igual que a mí. —Craster se echó a reír—. Me he enterado de que ahora tampoco tiene cabeza. ¿Qué, también se la comió el frío?
Jon recordó las salpicaduras de sangre roja sobre la nieve blanca, y cómo Theon Greyjoy había pateado la cabeza del cadáver. «Era un desertor.» En Invernalia, Jon y Robb habían echado una carrera, y encontraron seis cachorros de lobo huargo en la nieve. Hacía mil años.
—¿Hacia dónde se dirigió Ser Waymar cuando salió de aquí?
—Da la casualidad —contestó Craster, encogiéndose de hombros— de que tengo mejores cosas que hacer que ocuparme de las idas y venidas de los cuervos. —Bebió un trago de cerveza y dejó la jarra a un lado—. Hace mucho que no hay por aquí un buen vino sureño. Me gustaría tener vino y también un hacha nueva. La mía ya no tiene filo, eso es malo. Tengo que proteger a mis mujeres. —Echó un vistazo a sus afanadas esposas.
—Aquí sois pocos, y estáis aislados —dijo Mormont—. Si queréis, os asignaré a unos cuantos hombres para daros escolta hasta el Muro.
Muro —graznó el cuervo, al que pareció gustarle la idea, y extendió las alas negras como un cuello alto detrás de la cabeza de Mormont.
—¿Y qué haríamos allí, serviros las comidas? —Su anfitrión les dedicó una sonrisa desagradable, con lo que mostró los dientes rotos y podridos—. Aquí somos libres. Craster no sirve a nadie.
—Son malos tiempos para estar solo en estos bosques. Soplan vientos fríos.
—Que soplen. Mis raíces son profundas. —Craster agarró por la cintura a una mujer que pasó junto a él—. Díselo, esposa. Dile a Lord Cuervo lo bien que estamos aquí.
—Éste es nuestro hogar. —La mujer se lamió los labios finos—. Craster nos protege. Más vale morir libres que vivir como esclavos.
Esclavos —repitió el cuervo.
—Todos los pueblos que hemos visto estaban abandonados. —Mormont se inclinó hacia delante—. Sois los primeros que encontramos con vida desde que salimos del Muro. No quedaba nadie. No sé si están muertos, si han huido o si se los han llevado. Y los animales igual. No queda nada. También encontramos los cuerpos de dos exploradores de Ben Stark a pocas leguas del Muro. Estaban blancos y fríos, tenían las manos y los pies negros, y las heridas no habían sangrado. Pero cuando los llevamos al Castillo Negro se levantaron durante la noche y empezaron a matar. Uno asesinó a Ser Jaremy Rykker y el otro fue a por mí, lo que indica que recuerdan algo de lo que sabían cuando estaban vivos, pero no les quedaba ni un ápice de misericordia humana.
La mujer abrió la boca como una cueva húmeda y rosada, pero Craster se limitó a soltar un bufido.
—Aquí no hemos tenido esos problemas. Y os agradecería que no contarais esos cuentos bajo mi techo. Yo respeto a los dioses, y los dioses me protegen. Si se me acerca algún espectro, ya sé qué tengo que hacer para enviarlo de nuevo a su tumba. Aunque me iría bien un hacha nueva, afilada. —Dio una palmada en la pierna a su esposa, que se levantó a toda prisa—. Trae más cerveza, y no te entretengas.
—Los muertos no dan problemas —dijo Jarman Buckwell—. Pero ¿qué pasa con los vivos, mi señor? ¿Qué hay de vuestro rey?
¡Rey! —graznó el cuervo de Mormont—. Rey, rey, rey.
—¿Ese Mance Rayder? —Craster escupió al fuego—. El Rey-más-allá-del-Muro. La gente libre no necesita reyes. —Clavó la vista en Mormont—. Si quisiera os podría contar muchas cosas sobre Rayder y sus hazañas. Eso de que os hayáis encontrado pueblos desiertos es cosa suya. Tampoco aquí habría nadie si yo fuera de los que se acobardan. Me envía un jinete para decirme que tengo que dejar mi morada para ir a arrastrarme a sus pies. Al hombre lo envié de vuelta, pero me quedé su lengua. La tengo clavada en aquella pared. —Señaló—. Podría deciros dónde buscar a Mance Rayder. Si quisiera. —Otra vez la sonrisa podrida—. Pero ya habrá tiempo para eso. Seguro que tenéis ganas de dormir bajo mi techo, y de comeros todos mis cerdos.
—Nos gustaría mucho dormir a cubierto, mi señor —dijo Mormont—. Hemos cabalgado mucho y bajo demasiada lluvia.
—Pues seréis mis invitados durante una noche. No más, no les tengo tanto afecto a los cuervos. El altillo es para mí y para mi familia, vosotros dormiréis en el suelo. Tengo carne y cerveza para veinte, no más. El resto de vuestros cuervos negros que se dediquen a picotear maíz, como siempre.
—Traemos provisiones, mi señor —dijo el Viejo Oso—. Será un placer compartir nuestra comida y nuestro vino.
Craster se limpió la boca babeante con una mano peluda.
—Probaré vuestro vino, Lord Cuervo, ya lo creo que sí. Una cosa más. El que ponga la mano encima a una de mis esposas, la perderá.
—Vuestra casa, vuestras reglas —dijo Thoren Smallwood.
Lord Mormont asintió con gesto rígido, aunque no parecía nada satisfecho.
—Bien, todo arreglado —gruñó Craster—. ¿Alguno de vuestros hombres sabe dibujar mapas?
—Sam Tarly —sugirió Jon—. Le encantan los mapas.
Mormont le hizo un gesto para que se acercara a él.
—Dile que entre después de comer. Que traiga pluma y pergamino. Y busca también a Tollett. Dile que traiga mi hacha. Un regalo para nuestro anfitrión.
—Eh, ¿quién es éste? —dijo Craster antes de que Jon pudiera salir para cumplir las órdenes—. Tiene cara de Stark.
—Es Jon Nieve, mi mayordomo y escudero.
—Un bastardo, ¿eh? —Craster miró a Jon de arriba abajo—. Si un hombre quiere llevarse a una mujer a la cama, debería casarse con ella. Es lo que hago yo. —Hizo un gesto con la mano a Jon para que saliera—. Venga, bastardo, corre a hacer lo que te han dicho y encárgate de que el hacha sea buena y esté bien afilada, no quiero acero romo.
Jon Nieve hizo una reverencia rígida y salió justo en el momento en que entraba Ser Ottyn Wythers, con lo que estuvieron a punto de tropezar en la puerta de pieles de ciervo. En el exterior, la lluvia había aminorado un poco. Había tiendas plantadas por todo el terreno, y también vio otras entre los árboles. Edd el Penas estaba echando de comer a los caballos.
—Claro, por qué no, le regalaremos un hacha al salvaje. —Señaló el arma de Mormont, un hacha de combate de mango corto con volutas de oro incrustadas en la hoja de acero negro—. Ya nos la devolverá. Probablemente clavada en el cráneo del Viejo Oso. ¿Por qué no le damos todas las hachas? Eso, y las espadas también. No me gusta el ruido que hacen cuando vamos a caballo. Sin armas viajaríamos más deprisa, directos hacia las puertas del infierno. ¿Tú crees que en el infierno llueve? Puede que Craster prefiera un buen sombrero.
—Quiere un hacha —dijo Jon sonriendo—. Y también vino.
—Vaya, el Viejo Oso es listo. Si emborracha a fondo al salvaje puede que sólo nos corte una oreja cuando intente matarnos a hachazos. Tengo dos orejas, pero sólo una cabeza.
—Smallwood dice que Craster es amigo de la Guardia.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre un salvaje amigo de la Guardia y otro que no lo es? —le preguntó el amargado escudero—. Los enemigos dejan nuestros cadáveres a merced de los cuervos y los lobos. Los amigos nos entierran en tumbas secretas. ¿Cuánto tiempo llevará ese oso clavado en la entrada, y qué tendría Craster ahí antes de oírnos llegar? —Edd miró el hacha con gesto dubitativo, mientras la lluvia le corría por la cara—. ¿Ahí dentro está seco?
—Más que aquí.
—Si me meto luego, y no me acerco demasiado al fuego, seguro que nadie lo nota hasta el amanecer. Los que estén dentro serán los primeros en morir, pero al menos morirán secos.
Jon no pudo contener la carcajada.
—Craster no es más que uno, nosotros somos doscientos. Dudo mucho que mate a nadie.
—No sabes cuánto me animas —dijo Edd, sombrío—. Además, un hacha bien afilada tiene sus ventajas. No me gustaría que me mataran con una maza. Una vez vi a un hombre al que le habían dado con una maza en la frente. La piel apenas si se dañó, pero la cabeza se le hizo pasta y se le hinchó como una calabaza, sólo que color púrpura. Era un tipo guapo, pero cuando murió era bien feo. Menos mal que no le estamos regalando mazas.
Edd se alejó, sacudiendo la cabeza y con la capa negra chorreando agua. Jon se encargó de que los caballos terminaran de comer antes de ponerse a pensar en su cena. Se preguntaba dónde estaría Sam, cuando oyó un grito de pánico.
—¡Lobo!
Corrió hacia el lugar de donde procedía el grito, salpicando barro con las botas. Una de las esposas de Craster estaba contra una de las paredes del torreón.
—¡No te acerques! —le estaba gritando a Fantasma—. ¡Vete! —El lobo huargo tenía un conejo en las fauces y otro muerto y sangrante en el suelo, ante él—. Haced que se vaya, mi señor —suplicó al ver a Jon.
—No te hará daño. —Enseguida se dio cuenta de lo que había pasado; había una conejera de madera destrozada sobre la hierba húmeda—. Seguro que tenía hambre. Hemos visto poca caza.
Jon silbó. El lobo huargo engulló el conejo después de triturar los huesecillos con los dientes, y trotó hacia él. La mujer los miró con ojos nerviosos. Era más joven de lo que le había parecido a primera vista. Calculó que tendría quince o dieciséis años, con el pelo oscuro pegado por la lluvia a un rostro demacrado, descalza y hundida en el barro hasta los tobillos. El cuerpo que se adivinaba bajo las pieles cosidas mostraba las primeras señales del embarazo.
—¿Eres una de las hijas de Craster? —preguntó.
—Ahora soy su esposa —dijo la muchacha poniéndose una mano sobre el vientre. Se arrodilló junto a la conejera rota con tristeza—. Iba a aparear a los conejos. Ya no quedan ovejas.
—La Guardia los pagará. —Jon no tenía dinero, de lo contrario se lo habría dado... aunque tampoco sabía de qué le iban a servir unas monedas de cobre, o incluso de plata, al otro lado del Muro—. Mañana por la mañana hablaré con Lord Mormont.
—Mi señor. —La muchacha se limpió las manos con las faldas.
—No soy ningún señor.
Llegaron otros hermanos negros, atraídos por los gritos de la mujer y por el destrozo de la conejera.
—No le hagas caso, chica —gritó Lark de las Hermanas, uno de los exploradores más desagradables—. Estás hablando con Lord Nieve en persona.
—Bastardo de Invernalia y hermano de reyes —se burló Chett, que había dejado a los perros para enterarse de lo que pasaba.
—Parece que ese lobo te mira con cara de hambre —dijo Lark—. A lo mejor quiere probar un bocado de esa barriguita tierna que tienes.
—La estáis asustando. —A Jon aquello no le hacía ninguna gracia.
—Todo lo contrario, la estamos avisando. —La sonrisa de Chett era tan fea como los forúnculos que le cubrían casi toda la cara.
—No podemos hablar con vosotros —recordó la muchacha de repente.
—Espera —dijo Jon, demasiado tarde.
La chica se dio media vuelta y echó a correr. Lark fue a coger el segundo conejo, pero Fantasma fue más rápido. Cuando le enseñó los dientes, el de las Hermanas resbaló en el lodo y cayó sentado sobre su huesudo trasero. Los demás se echaron a reír. El lobo huargo cogió el conejo con la boca y lo depositó ante su amo.
—No hacía falta asustar a la chica —les dijo Jon.
—No acepto reprimendas de ti, bastardo. —Chett culpaba a Jon de la pérdida de su cómodo puesto al lado del maestre Aemon, y no sin motivo. Si no hubiera ido a hablar a Aemon de Sam Tarly, Chett seguiría cuidando del anciano ciego, en vez de una manada de iracundos perros de caza—. Puede que seas el cachorrito del Lord Comandante, pero no eres el Lord Comandante, y si no tuvieras a esa fiera siempre cerca no serías tan osado.
—No pelearé contra un hermano mientras estemos al otro lado del Muro —respondió Jon, con un tono más seco del que pretendía.
—Te tiene miedo, Chett. —Lark se incorporó sobre una rodilla—. En las Hermanas tenemos un nombre para la gente como él.
—Ya me sé todos los nombres, ahorra saliva.
Se alejó seguido de Fantasma. La lluvia ya no era más que una ligera llovizna cuando alcanzó la puerta de entrada. Pronto llegaría el ocaso y después otra noche oscura, húmeda, deprimente. Las nubes ocultarían la luna, las estrellas y la Antorcha de Mormont, y la negrura de los bosques sería impenetrable. Hasta mear se convertiría en una aventura, aunque no de las que Jon Nieve había imaginado.
Entre los árboles, algunos exploradores habían encontrado suficiente mantillo y leña seca para encender una hoguera debajo de un saliente de piedra. Otros habían plantado tiendas o se habían preparado refugios rudimentarios extendiendo las capas sobre las ramas más bajas. Gigante se había metido en el tronco hueco de un roble muerto.
—¿Qué opinas de mi castillo, Lord Nieve?
—Parece cómodo. ¿Sabes dónde está Sam?
—Sigue en esta misma dirección. Si llegas hasta el pabellón de Ser Ottyn es que te has pasado. —Gigante sonrió—. A no ser que Sam también haya encontrado un árbol. Menudo árbol tendría que ser.
Al final fue Fantasma el que encontró a Sam. El lobo huargo salió disparado como un dardo de la ballesta. Sam estaba alimentando a los cuervos bajo un saliente de roca que lo protegía en cierto modo de la lluvia. Se oía un chapoteo cada vez que se movía.
—Tengo los pies calados —dijo con tristeza—. Cuando me bajé del caballo, me metí en un agujero hasta las rodillas.
—Quítate las botas y sécate los calcetines. Iré a buscar leña seca. Si la tierra no está mojada bajo la roca, a lo mejor podemos encender una hoguera. —Jon le enseñó el conejo—. Y nos daremos un banquete.
—¿No tienes que atender a Lord Mormont en el Torreón?
—Yo no, pero tú sí. El Viejo Oso quiere que dibujes un mapa. Craster dice que nos va a señalar dónde está Mance Rayder.
—Ah. —Sam no parecía muy deseoso de conocer a Craster, aunque eso implicara refugiarse de la lluvia junto a una hoguera.
—Pero dijo que antes podías cenar. Sécate los pies. —Jon fue a buscar leña, escarbando entre las ramas caídas para aprovechar las que estaban abajo, más secas. También quitó capas de musgo mojado hasta encontrar otras que sirvieran de incendaja. Pese a todo, tardó siglos en conseguir que la chispa prendiera. Colgó la capa de la roca para que la lluvia no afectara a su hoguerita humeante, con lo que quedaron en el interior de un agradable refugio.
Se arrodilló para despellejar el conejo mientras Sam se quitaba las botas.
—Me parece que me está creciendo musgo entre los dedos —declaró con tristeza mientras los movía—. Seguro que el conejo está bueno. Ni siquiera me importa lo de la sangre y eso. —Apartó la vista—. Bueno, sólo un poco.
Jon ensartó el conejo en un palo a modo de espetón, puso un par de piedras a ambos lados de la hoguera y colocó el palo sobre ellas. El conejo era un animal escuálido, pero mientras se asaba olía como el banquete de un rey. Los otros exploradores les lanzaban miradas de envidia. Hasta Fantasma lo contemplaba con ojos hambrientos y olisqueaba el aire mientras las llamas se reflejaban en sus ojos rojos.
—Ya te has comido el tuyo —le recordó Jon.
—¿Ese Craster es tan salvaje como dicen los exploradores? —preguntó Sam. El conejo estaba poco hecho, pero sabía de maravilla—. ¿Cómo es su castillo?
—Un vertedero con techo y una hoguera para cocinar.
Jon contó a Sam lo que había visto y oído en el Torreón de Craster. Cuando concluyó su narración, afuera la oscuridad era ya absoluta, y Sam se estaba lamiendo los dedos.
—Estaba rico, pero ahora me gustaría comer una pierna de cordero. Una pierna entera, sólo para mí, con salsa de menta, miel y clavos. ¿Tenían corderos ahí?
—He visto un redil, pero no había ovejas.
—¿Y cómo alimenta a todos sus hombres?
—Tampoco he visto a ningún hombre. Sólo a Craster, sus esposas y unas cuantas niñas. No sé cómo se las arregla para defender el Torreón, lo único que tiene es un dique de barro. Bueno, más vale que vayas a dibujar ese mapa. ¿Sabes por dónde es?
—Si no me caigo en el barro... —Sam se volvió a poner las botas, cogió pergamino y plumas, y salió a la noche, mientras la lluvia empezaba a repiquetear contra su capa y las alas de su sombrero.
Fantasma apoyó la cabeza sobre las patas y se quedó dormido junto a la hoguera. Jon se tendió junto a él, agradeciendo su calor. Tenía frío y se sentía mojado, pero no tanto como antes. «Puede que esta noche el Viejo Oso se entere de algo que nos lleve hasta el tío Benjen.»
Cuando despertó, lo primero que vio fue su aliento que se elevaba como una nube en el aire frío de la mañana. Le dolían los huesos al moverse. Fantasma se había marchado, y el fuego se había extinguido. Jon tendió la mano para coger la capa que había colgado sobre la roca, y se encontró con que estaba rígida, congelada. Salió y se incorporó en un bosque que se había tornado en cristal.
La clara luz rosada del amanecer arrancaba destellos de las ramas, las hojas y las piedras. Todas las briznas de hierba parecían talladas en esmeraldas, cada gota de agua se había transformado en un diamante. Las flores y las setas parecían recubiertas de cristal. Hasta los charcos de barro tenían un brillo castaño. Entre el follaje deslumbrante, las tiendas negras de sus hermanos también parecían envueltas en una fina película de hielo.
«Así que también hay magia más allá del Muro.» Se descubrió pensando en sus hermanas, quizá porque había soñado con ellas la noche anterior. Sansa diría que aquello era un encantamiento y se le llenarían los ojos de lágrimas ante el maravilloso espectáculo, mientras que Arya saldría corriendo entre gritos y risas, y querría tocarlo todo.
—¿Lord Nieve? —oyó.
Era una voz suave y tímida. Se volvió.
Encima de la roca que le había dado refugio durante la noche estaba la cuidadora de los conejos, acuclillada, envuelta en una capa negra tan grande que se perdía en su interior. «La capa de Sam —comprendió Jon al instante—. ¿Por qué lleva la capa de Sam?»
—El gordo me dijo que os encontraría aquí, mi señor —siguió la chica.
—Si has venido a por el conejo, nos lo comimos. —Aquella confesión lo hizo sentir ridículamente culpable.
—El viejo Lord Cuervo, el del pájaro que habla, ha regalado a Craster una ballesta que vale cien conejos. —Cruzó los brazos sobre la hinchazón de su vientre—. ¿Es verdad, mi señor? ¿Sois hermano de un rey?
—Hermanastro —reconoció—. Soy el bastardo de Ned Stark. Mi hermano Robb es el Rey en el Norte. ¿Qué haces aquí?
—El gordo, Sam, me dijo que viniera a veros. Me dio su capa para que nadie se fijara en mí.
—¿Craster no se enfadará contigo?
—Mi padre bebió ayer mucho vino de Lord Cuervo. Dormirá prácticamente todo el día. —Su aliento se condensaba en el aire en nubecillas nerviosas—. Dicen que el rey hace justicia y protege a los débiles. —Empezó a bajar de la roca con torpeza, porque el hielo la había vuelto resbaladiza, y patinó. Jon la agarró antes de que cayera y la bajó al suelo. La mujer se arrodilló en el suelo helado—. Os lo suplico, mi señor...
—No me supliques nada. Vuelve a tu casa, no deberías estar aquí. Nos han ordenado que no habláramos con las esposas de Craster.
—No tenéis que hablar conmigo, mi señor. Pero llevadme con vos cuando os vayáis, es lo único que os pido.
«Lo único que me pide —pensó—. Como si no fuera nada.»
—Si queréis, seré vuestra esposa. Mi padre tiene diecinueve, no le pasará nada por perder una.
—Los hermanos negros juran no tomar esposa, ¿no lo sabías? Además, somos invitados en la casa de tu padre.
—Vos no —dijo ella—. Os he observado. No habéis comido de su mesa, ni dormido junto a su hoguera. No os ha tratado como a un invitado, así que no le debéis nada. Tengo que irme, es por el bebé.
—Ni siquiera sé cómo te llamas.
—Él me llama Elí. Por la flor, el alhelí.
—Es muy bonito. —Se acordó de que Sansa le había dicho en cierta ocasión que debía decir eso cuando una dama le dijera su nombre. No podía ayudarla, pero quizá le agradase la cortesía—. ¿Quién te da miedo, Elí? ¿Craster?
—Es por el bebé, no por mí. Si fuera una niña no sería tan grave, la dejaría crecer unos años antes de casarse con ella. Pero Nella dice que va a ser niño, y ella ha tenido seis, entiende de estas cosas. Los niños los entrega a los dioses cuando viene el frío blanco, y últimamente viene mucho. Por eso empezó a entregarles las ovejas, aunque le gusta el cordero. Pero ya no quedan ovejas, y luego serán los perros, y luego... —Bajó los ojos y se acarició el vientre.
Jon recordó que en el Torreón de Craster no había visto niños, ni tampoco hombres aparte del propio Craster.
—¿Qué dioses?
—Los dioses fríos —dijo—. Los de la noche. Las sombras blancas.
Y de repente Jon volvió a encontrarse en la Torre del Lord Comandante. Una mano cortada le trepaba por la pantorrilla, y cuando la pinchó con la punta de su espada larga, cayó agitándose, abriendo y cerrando los dedos. El hombre muerto se puso en pie, con los ojos azules brillando en el rostro abotargado e hinchado. De la gran herida del vientre le colgaban jirones de carne desgarrada, pero no sangraba.
—¿De qué color tienen los ojos? —preguntó.
—Azules. Brillantes como estrellas azules, e igual de fríos.
«Los ha visto —pensó—. Craster mintió.»
—¿Me llevaréis con vos? Sólo hasta el Muro...
—No vamos hacia el Muro. Vamos hacia el norte, en busca de Mance Rayder y esos Otros, esos espectros blancos. Los estamos buscando, Elí. Tu bebé no estaría a salvo con nosotros.
—Pero volveréis. —El miedo se reflejó en el rostro de la chica—. Cuando acabéis de hacer la guerra, volveréis a pasar por aquí.
—Es posible. —«Si es que queda alguno con vida»—. Eso lo tiene que decidir el Viejo Oso, el que tú llamas Lord Cuervo. Yo no soy más que su escudero, no elijo qué ruta vamos a tomar.
—Entiendo. —Jon percibió el sentimiento de derrota en su voz—. Siento haberos molestado, mi señor. Yo sólo quería... dicen que los reyes cuidan de las personas, y pensé... —Salió corriendo, desesperada, con la capa de Sam ondulando a su espalda como unas enormes alas negras.
Jon la miró alejarse, perdida ya toda su admiración ante el amanecer cristalino. «Maldita sea —pensó con resentimiento—, y maldito sea Sam por enviármela. ¿Qué pensaba que podía hacer por ella? Estamos aquí para luchar contra los salvajes, no para salvarlos.»
Los hombres de la Guardia empezaban a salir de sus refugios, se desperezaban y bostezaban. La magia se había esfumado, el brillo del hielo volvía a ser rocío vulgar a la luz del sol naciente. Alguien había encendido una hoguera, y hasta él llegaba el olor de la leña ardiendo entre los árboles, junto con el aroma ahumado de la panceta. Jon cogió su capa y la estampó contra la roca para romper la fina capa de hielo que se había formado durante la noche. Luego se ciñó a Garra. Unos metros más adelante meó contra un arbusto helado, su orina levantó una nube de vapor en el aire frío y derritió el hielo del suelo. Luego se anudó los calzones de lana negra y se guió por el olfato.
Grenn y Dywen estaban entre los hermanos que se habían reunido en torno a la hoguera. Hake tendió a Jon un trozo de pan desmigado y relleno con panceta quemada y pescado salado calentado en la grasa de la panceta. Lo devoró mientras oía a Dywen alardear de que se había acostado con tres de las mujeres de Craster aquella noche.
—Es mentira —dijo Grenn con el ceño fruncido—. Yo lo habría visto.
—¿Tú? —Dywen le dio una colleja de revés—. ¿Ver algo tú? Si estás más ciego que el maestre Aemon. Ni siquiera viste al oso.
—¿Qué oso? ¿Hubo algún oso?
—Siempre hay un oso —declaró Edd el Penas en su habitual tono de resignación pesimista—. Cuando yo era pequeño un oso mató a mi hermano. Más adelante yo llevé sus dientes al cuello en una bolsita. Y eran buenos dientes, mejores que los míos. A mí los dientes no me han dado más que problemas.
—¿Sam durmió en el Torreón anoche?
—Dormir, lo que se dice dormir... El suelo es duro, la paja huele mal, y mis hermanos roncan como animales. Ya que hablamos de osos, ninguno tiene un gruñido tan fiero como el de Bernarr el Moreno. Por la noche se me subieron encima varios perros. Ya tenía la capa casi seca cuando uno me meó encima. O quizá fue Bernarr el Moreno. ¿Te has fijado en que la lluvia cesó en el momento en que tuve un techo sobre la cabeza? Ahora que vuelvo a estar fuera, empezará de nuevo. A los dioses y a los perros les encanta mearme encima.
—Más vale que vaya a ver a Lord Mormont —dijo Jon.
La lluvia había cesado, sí, pero el lugar seguía siendo un cenagal de charcos poco profundos y barro resbaladizo. Los hermanos negros estaban recogiendo las tiendas, alimentando a los caballos y mascando tiras de carne seca. Los exploradores de Jarman Buckwell apretaban las cinchas de sus sillas de montar antes de ponerse en marcha.
—Jon —lo saludó Buckwell, ya a caballo—. Mantén bien afilada tu espada. Pronto nos hará falta.
El interior de la morada de Craster seguía en la penumbra. Las antorchas ya casi no ardían, y nadie hubiera dicho que había salido el sol. El cuervo de Mormont fue el primero en verlo entrar. Con tres batidas perezosas de las grandes alas negras fue a posarse en la empuñadura de Garra. Picoteó un mechón de cabellos de Jon.
¿Maíz?
—No hagas caso a ese mendigo, Jon, se acaba de comer la mitad de mi panceta. —El Viejo Oso estaba sentado a la mesa de Craster, desayunando pan frito, panceta y salchichas de tripa de cordero junto con el resto de los oficiales. Su dueño estaba inconsciente en el altillo para dormir, pero las mujeres se habían levantado para dedicarse a sus quehaceres y servir la mesa—. ¿Qué día tenemos?
—Frío, pero la lluvia ha cesado.
—Muy bien. Encárgate de que preparen mi caballo. Quiero que nos pongamos en marcha antes de una hora. ¿Has desayunado ya? La comida de Craster es sencilla, pero llena el estómago.
«No voy a probar la comida de Craster», decidió de repente.
—Ya he comido con los hombres, mi señor. —Jon espantó al cuervo del puño de Garra. El pájaro saltó al hombro de Mormont y empezó a cagar.
—Eso se lo podrías haber hecho a Nieve, en vez de reservarlo para mí —gruñó el Viejo Oso.
El cuervo graznó.
Sam estaba en la parte trasera de la casucha, junto a la conejera rota, al lado de Elí. La muchacha lo estaba ayudando a ponerse la capa, pero al ver a Jon salió corriendo. Sam le lanzó una mirada de reproche.
—Pensé que la ayudarías.
—¿Y cómo? —le espetó Jon en tono brusco—. ¿Crees que nos la podemos llevar envuelta en tu capa? Nos ordenaron que no...
—Lo sé —reconoció Sam, avergonzado—. Pero la chica tiene miedo. Yo sé qué es tener miedo. Le dije que... —Tragó saliva.
—¿Qué? ¿Que la íbamos a llevar con nosotros?
—Cuando volviéramos a casa. —Sam se había puesto muy rojo y no se atrevía a mirar a Jon a los ojos—. Va a tener un bebé.
—¿Te has vuelto loco del todo, Sam? Puede que ni siquiera regresemos por esta ruta. Y aunque así fuera, ¿crees que el Viejo Oso va a dejar que te lleves a una de las esposas de Craster?
—Pensé que para entonces igual se me había ocurrido una manera...
—No tengo tiempo para esto. Tengo que cepillar y ensillar los caballos.
Jon se alejó, tan confuso como furioso. Sam tenía un corazón tan grande como el resto de su cuerpo, pero pese a lo mucho que había leído a veces se mostraba tan estúpido como Grenn. Lo que proponía era imposible, y además deshonesto.
«Entonces, ¿por qué estoy tan avergonzado?»
Jon ocupó su puesto habitual al lado de Mormont cuando la Guardia de la Noche desfiló entre los cráneos de la puerta de Craster. Cabalgaron rumbo noroeste por un sendero de animales. El hielo que se fundía goteaba en torno a ellos, era como una lluvia más lenta que tuviera música propia. Al norte del Torreón de Craster el arroyo bajaba muy crecido y arrastraba hojas y ramas, pero los exploradores habían encontrado un vado, y la columna lo pudo cruzar. El agua llegaba hasta las barrigas de los caballos. Fantasma cruzó a nado y llegó a la orilla opuesta con el blanco pelaje cubierto de lodo marronáceo. Cuando se sacudió y lanzó gotas de agua y barro en todas direcciones Mormont no dijo nada, pero el cuervo graznó desde su hombro.
—Mi señor —dijo Jon en voz baja mientras el bosque volvía a cerrarse en torno a ellos—, Craster no tiene ovejas. Ni hijos varones. —Mormont no respondió—. En Invernalia, una de las sirvientas nos contaba historias —siguió Jon—. Decía que había mujeres salvajes que yacían con los Otros y daban a luz a niños medio humanos.
—Cuentos de viejas. ¿Acaso Craster no te parece humano?
«No, ni lo más mínimo.»
—Entrega a sus hijos varones al bosque.
—Sí —dijo al final de un largo silencio.
—graznó el cuervo—. Sí, sí, sí.
—¿Lo sabíais?
—Smallwood me lo dijo. Hace mucho tiempo. Todos los exploradores lo saben, aunque pocos quieren hablar de ello.
—¿Lo sabía mi tío?
—Todos los exploradores —repitió Mormont—. Y tú crees que debería impedírselo. Matarlo, si fuera necesario. —El Viejo Oso suspiró—. Si lo hiciera para librarse de unas cuantas bocas, de buena gana enviaría a Yoren o a Conwys para recoger a los niños. Los educaríamos para que vistieran el negro, y la Guardia sería más fuerte. Pero los salvajes sirven a dioses más crueles que los tuyos y los míos. Esos niños son las ofrendas de Craster. Sus plegarias.
«Seguro que sus mujeres rezan plegarias muy distintas a ésas», pensó Jon.
—¿Cómo te has enterado? —le preguntó el Viejo Oso—. ¿Por alguna de las esposas de Craster?
—Sí, mi señor —confesó Jon—. Preferiría no deciros cuál. Estaba asustada y quería ayuda.
—El mundo está lleno de gente que quiere ayuda, Jon. Ojalá algunas de esas personas juntaran el valor necesario para ayudarse a sí mismas. Craster está ahora mismo inconsciente en su lecho, apestando a vino. En su mesa hay un hacha nueva bien afilada. Si se tratara de mí, la llamaría Plegaria Escuchada y pondría fin a todo.
«Sí.» Jon pensó en Elí. En ella y en sus hermanas. Eran diecinueve, y Craster sólo uno, pero...
—Pero si Craster muriera sería un día triste para la Guardia. Tu tío podría contarte cuántas veces su Torreón ha supuesto la diferencia entre la vida y la muerte para nuestros exploradores.
—Mi padre... —Se detuvo, titubeante.
—Sigue, Jon. ¿Qué ibas a decir?
—Mi padre me explicó una vez que no vale la pena tener a ciertos hombres —continuó el muchacho—. Un vasallo brutal o injusto deshonra a su señor tanto como a sí mismo.
—Pero Craster no nos ha hecho ningún juramento, ni se somete a nuestras leyes. Tienes un corazón noble, Jon, pero debes aprender una lección de esto. No podemos hacer justicia en todo el mundo. No es nuestro objetivo. Las guerras de la Guardia de la Noche son otras.
«Otras guerras. Sí. No debo olvidarlo.»
—Jarman Buckwell dijo que quizá necesitara mi espada pronto.
—¿De veras? —Mormont no parecía satisfecho—. Lo mismo dijo Craster anoche, y confirmó mis temores hasta el punto de condenarme a una noche de insomnio en su suelo. Mance Rayder está reuniendo a los suyos en los Colmillos Helados. Por eso nos hemos encontrado desiertas las aldeas. Es lo mismo que le dijo a Ser Denys Mallister el salvaje que sus hombres capturaron en la Garganta, pero Craster también nos ha aportado el «dónde», y eso marca toda la diferencia del mundo.
—¿Está reuniendo gente para una ciudad o para un ejército?
—Ésa es la cuestión. ¿Cuántos salvajes hay? ¿Cuántos hombres en edad de luchar? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Los Colmillos Helados son un lugar salvaje, cruel, inhóspito, todo piedra y escarcha. No hay nada allí que ofrezca sustento a un gran número de personas. Esa reunión sólo puede tener un propósito. Mance Rayder va a lanzar un ataque hacia el sur, se va a adentrar en los Siete Reinos.
—No sería la primera vez que los salvajes invaden el reino. —Jon recordó las historias que la Vieja Tata y el maestre Luwin contaban en Invernalia—. Raymun Barbarroja encabezó una invasión en tiempos del abuelo de mi abuelo, y antes hubo otro rey al que llamaban Bael el Bardo.
—Sí, y en tiempos aún más antiguos estuvo el Señor Astado y los reyes hermanos Gendel y Gorne, y aún antes Joramun, que hizo sonar el Cuerno del Invierno y despertó a los gigantes de la tierra. Todos ellos se estrellaron contra el Muro, o fueron derrotados por el poder de Invernalia... Pero la Guardia de la Noche no es más que una sombra de lo que fue, ¿y quién queda para enfrentarse a los salvajes, aparte de nosotros? El señor de Invernalia ha muerto, y su heredero ha llevado su ejército hacia el sur para combatir a los Lannister. Puede que los salvajes no vuelvan a tener una ocasión como ésta. Yo conocí a Mance Rayder, Jon. Es un perjuro, sí... pero tiene dos ojos en la cara, y nadie se atrevería a decir de él que sea un cobarde.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Jon.
—Buscarlo —dijo Mormont—. Combatirlo. Detenerlo.
«Trescientos —pensó Jon—, contra la furia de lo indómito.» Abrió y cerró los dedos.

THEON

Era de una belleza innegable. «Pero la primera siempre es una belleza», pensó Theon Greyjoy.
—Hermoso espectáculo, ¿eh? —dijo una voz femenina detrás de él—. Al joven señor le gusta, ¿verdad?
Theon se volvió y le dirigió una mirada valorativa. Le agradó lo que vio. Hija del hierro, eso se notaba a primera vista; esbelta, de piernas largas, el pelo negro y corto, la piel curtida por el viento, manos fuertes y seguras, y una daga al cinto. Tenía la nariz demasiado grande y afilada para su rostro delgado, pero lo compensaba con una sonrisa preciosa. Calculó que tendría unos pocos años más que él, pero no pasaría de los veinticinco. Se movía como si estuviera acostumbrada a tener la cubierta de un barco bajo los pies.
—Sí, es una belleza —dijo—. Pero no tanto como tú.
—Vaya, vaya. —La joven sonrió—. Más me vale tener cuidado. El joven señor tiene la lengua de miel.
—Pruébala y lo sabrás.
—¿Así nos ponemos? —replicó, mirándolo directamente a los ojos. En las Islas del Hierro había mujeres (no muchas, pero sí algunas) que tripulaban los barcoluengos junto con los hombres, y se decía que la sal y el mar las cambiaban, les daban los apetitos de un varón—. ¿Ha estado mucho tiempo en el mar el joven señor? ¿O es que en el lugar de donde vienes no había mujeres?
—Mujeres sí que había, pero ninguna como tú.
—¿Y qué sabrás tú cómo soy yo?
—Tengo ojos para verte la cara. Tengo orejas para oír tu risa. Y la polla se me ha puesto dura como un mástil.
La mujer se le acercó y le plantó la mano en la delantera de los calzones.
—Pues es verdad, no mentías —dijo, apretando a través de la tela—. ¿Duele mucho?
—Un horror.
—Pobre señor. —Lo soltó y dio un paso atrás—. Da la casualidad de que soy una mujer casada y estoy preñada.
—Los dioses son bondadosos —dijo Theon—. Así no hay riesgo de que te haga un bastardo.
—Pese a todo, mi hombre no te estaría agradecido.
—No, pero a lo mejor tú sí.
—¿Y por qué? Ya me he acostado con señores. Y son iguales que el resto de los hombres.
—¿Te has acostado alguna vez con un príncipe? —preguntó él—. Cuando estés gris y arrugada, y las tetas te cuelguen sobre la barriga, podrás contar a los hijos de tus hijos que una vez amaste a un rey.
—Ah, ¿entonces estamos hablando de amor? Y yo que pensaba que se trataba de pollas y de coños.
—¿Es amor lo que quieres? —Acababa de decidir que le gustaba aquella mujer, fuera quien fuera. Su ingenio rápido era todo un alivio para la húmeda y triste Pyke—. ¿Quieres que ponga tu nombre a mi barcoluengo, que toque el arpa para ti, que te encierre en una torre de mi castillo vestida únicamente con joyas, como la princesa de una canción?
—Deberías poner mi nombre a tu barco —señaló ella, haciendo caso omiso del resto—. Yo fui quien lo construyó.
—Lo construyó Sigrin, el jefe de astilleros de mi padre.
—Soy Esgred. Hija de Ambrode y esposa de Sigrin.
Theon no sabía que Ambrode tuviera una hija, ni Sigrin una esposa... pero sólo había visto al joven carpintero una vez, y del viejo apenas se acordaba.
—Es un desperdicio que te entregaran a Sigrin.
—Vaya, vaya. Lo mismo dice Sigrin, que es un desperdicio que te entregaran a ti su querida nave.
—¿Sabes quién soy? —Theon se enojó.
—El príncipe Theon de la Casa Greyjoy. ¿Quién si no? Dime la verdad, mi señor, ¿te gusta tu nueva novia? Sigrin querrá saberlo.
El barcoluengo era tan nuevo que todavía olía a resina y a brea. Su tío Aeron lo bendeciría al día siguiente, pero Theon había bajado a caballo desde Pyke para echarle un vistazo antes de que lo botaran. No era tan grande como el Gran kraken de Lord Balon ni el Victoria de hierro de su tío Victarion, pero era muy bello y parecía rápido, incluso allí, varado. Tenía un casco esbelto y negro de cien metros, sólo un mástil, cincuenta remos largos, una cubierta en la que cabían cien hombres... y en la proa, un espolón de hierro en forma de punta de flecha.
—Sigrin me ha prestado un servicio excelente —reconoció—. ¿Es una nave tan rápida como parece?
—Más... si el capitán sabe cómo gobernarla.
—Hace muchos años que no navego. —«Y jamás he sido capitán de una nave, la verdad sea dicha»—. Pero sigo siendo un Greyjoy, hijo del hierro. Llevo el mar en la sangre.
—Y tu sangre irá a parar al mar si navegas igual que te expresas —replicó ella.
—Jamás trataría mal a una doncella tan hermosa.
—¿Una doncella tan hermosa? —Se echó a reír—. No, esta nave es una zorra marina.
—Mira qué bien, ya le has puesto nombre. Zorra marina. —Aquello pareció divertirla; vio cómo le chispeaban los ojos.
—Y eso que decías que le ibas a poner mi nombre —dijo con tono ofendido.
—Es lo que he hecho. —Le tomó la mano—. Ayúdame, mi señora. En las tierras verdes creen que una mujer preñada da suerte al hombre que se acuesta con ella.
—¿Y qué saben de naves en las tierras verdes? ¿O de mujeres, ya que estamos? Además, me parece que te lo acabas de inventar.
—Si confieso, ¿me seguirás amando?
—¿Seguiré? ¿Cuándo te he amado yo?
—Jamás —reconoció—, pero es un error que intento reparar, mi dulce Esgred. El viento es frío. Sube a bordo de mi barco y deja que te dé calor. Mañana mi tío Aeron verterá agua marina por la proa y musitará una plegaria al Dios Ahogado, pero yo prefiero bendecirla con la leche de mi entrepierna. Y de la tuya.
—Puede que el Dios Ahogado no se lo tome muy bien.
—A la mierda con el Dios Ahogado. Si se mete con nosotros lo ahogaré de nuevo. Partiremos a la guerra antes de quince días. ¿Me enviarías a la batalla sin poder dormir de deseo?
—De buena gana.
—Ah, mujer cruel. Mi nave tiene el nombre que realmente merece. Si la estrello contra las rocas por estar distraído, únicamente tú tendrás la culpa.
—¿Piensas gobernarla con este timón? —Esgred le frotó una vez más la delantera de los calzones y sonrió al tiempo que con el dedo trazaba el perfil férreo de su miembro.
—Ven a Pyke conmigo —dijo de repente. «¿Qué dirá Lord Balon? ¿Y a mí qué me importa? Ya soy un hombre, si quiero llevarme a una mujer a la cama no es asunto de nadie.»
—¿Y qué haría yo en Pyke? —preguntó sin apartar la mano.
—Mi padre dará un banquete esta noche para sus capitanes. —En realidad lo daba todas las noches mientras esperaba la llegada de los más rezagados, pero no había por qué decírselo a la joven.
—¿Mi señor príncipe me nombrará su capitana por una noche?
Tenía la sonrisa más pícara que jamás había visto en una mujer.
—Es posible. Siempre que supiera que me llevarás a buen puerto.
—Bueno, sé qué parte del remo va al mar, y no hay nadie que maneje como yo los cabos y los nudos. —Le estaba desatando los calzones con una mano, pero retrocedió con paso ligero—. Lástima que sea una mujer casada y preñada.
—Tengo que volver al castillo —dijo Theon nervioso mientras se ataba las ropas de nuevo—. Si no vienes conmigo puede que el dolor haga que me extravíe, y será una gran pérdida para las islas.
—Eso no se puede consentir... pero el caso es que no tengo caballo.
—Puedes ir en el de mi escudero.
—¿Y dejar que vuestro pobre escudero vuelva andando a Pyke?
—Entonces comparte el mío.
—Eso te gustaría. —Otra vez la sonrisa—. A ver... ¿dónde me pondría yo, delante o detrás?
—Puedes ponerte donde quieras.
—Me gusta ponerme arriba.
«¿Dónde ha estado esta mujer toda mi vida?»
—Los salones de mi padre son sombríos y húmedos. Necesitan de una Esgred que avive los fuegos.
—El joven señor tiene la lengua de miel.
—¿No fue así como empezó todo?
—Y así es como termina. —La joven alzó los brazos—. Esgred es tuya, dulce príncipe. Llévame a tu castillo. Quiero ver cómo surgen del mar tus orgullosas torres.
—He dejado mi caballo en la posada. Ven.
Caminaron juntos por la costa, y cuando Theon la cogió por el brazo ella no se apartó. Le gustaba su manera de andar; era osada, parecía como si se meciera y sugería que entre las mantas sería igual de osada.
Puerto Noble estaba más concurrido que nunca, por doquier se veía a las tripulaciones de los barcoluengos que se alineaban ante la orilla de guijarros o estaban anclados más allá de la escollera. Los hijos del hierro no doblaban la rodilla con facilidad, pero Theon advirtió que los remeros y los ciudadanos por igual bajaban la voz al verlos pasar, y los saludaban con respetuosas inclinaciones de la cabeza.
«Por fin se han enterado de quién soy —pensó—. Ya era hora.»
Lord Goodbrother de Gran Wyk había llegado la noche anterior con el grueso de sus fuerzas, casi cuarenta barcoluengos. Sus hombres estaban por todas partes, llamaban la atención por sus fajines de pelo de cabra a franjas. Se rumoreaba que muchachos imberbes con aquellos fajines estaban follándose a las putas de Otter Gimpknee en la posada hasta que no podían ni cerrar las piernas. Por lo que a Theon respectaba, se las podían quedar a todas. Eran una manada de guarras picadas de viruelas que no quería ni ver. Su actual acompañante era mucho más de su gusto. Y estaba casada con el jefe de astilleros de su padre, y encima preñada, lo que la hacía más misteriosa y deseable.
—¿Mi señor príncipe ha empezado ya a elegir su tripulación? —preguntó Esgred mientras se dirigían hacia los establos—. ¡Hola, Dienteazul! —gritó al pasar junto a un marinero, un hombre alto con chaleco de piel de oso y yelmo adornado con alas—. ¿Cómo está tu mujer?
—Preñada y bien gorda, dice que van a ser gemelos.
—¿Tan pronto? —Esgred le dirigió su sonrisa traviesa—. Sí que has tardado poco en meter el remo en el agua.
—Sí, y en remar, remar y remar —rugió el hombretón.
—Es muy fuerte —observó Theon—. ¿Dices que se llama Dienteazul? ¿Lo debería elegir para mi Zorra marina?
—Sólo si quieres insultarlo. Dienteazul tiene barco propio.
—He estado fuera durante mucho tiempo y no reconozco a los hombres —admitió Theon. Había buscado a los pocos amigos con los que jugara de niño, pero habían desaparecido; o estaban muertos o se habían transformado en desconocidos—. Mi tío Victarion me ha cedido a su timonel.
—¿Rymolf Bebetormentas? Es buen hombre, siempre que está sobrio. —Vio más rostros conocidos y saludó a un trío que pasó junto a ellos—. Uller, Qarl, Skyte. ¿Dónde está vuestro hermano?
—Me temo que el Dios Ahogado necesitaba un remero fuerte —respondió el hombre achaparrado con un mechón blanco en la barba.
—Quiere decir que Eldiss bebió demasiado vino y le reventó la barriga —dijo el joven de mejillas rosadas que estaba junto a él.
—Lo que está muerto nunca morirá —dijo Esgred.
—Lo que está muerto nunca morirá. —Theon también murmuró las palabras—. Eres muy conocida —dijo a la mujer cuando el trío pasó de largo.
—Todo el mundo aprecia a la mujer del jefe de astilleros. Más les vale, si no quieren que se les hundan los barcos. Si necesitas remeros, esos tres son de los buenos.
—En Puerto Noble no faltan brazos fuertes. —Theon había meditado mucho sobre aquel asunto. Lo que necesitaba eran luchadores, y hombres que fueran leales a él, no a su señor padre ni a sus tíos. Por el momento se comportaba como un príncipe obediente, mientras esperaba a que Lord Balon descubriera sus planes por completo. Pero si resultaba que no le gustaban esos planes, o el papel que le correspondía en ellos...
—Con la fuerza no basta. Los remos de un barcoluengo se tienen que mover al unísono para que alcance la máxima velocidad. Si eres listo, elegirás hombres que ya hayan remado juntos.
—Sabio consejo. Quizá tú puedas ayudarme a elegirlos. —«Que crea que necesito de su inteligencia, a las mujeres les gusta eso.»
—Quizá. Si me tratas bien.
—¿Cómo si no?
Theon aceleró el paso cuando se acercaron a la Myraham, que se mecía en el amarradero, ya sin carga. Su capitán había querido hacerse a la mar hacía ya dos semanas, pero Lord Balon no lo consintió. No dejaba partir a ningún comerciante que hubiera atracado en Puerto Noble, para que las noticias no llegaran a tierra firme antes de que estuviera preparado para atacar.
—Mi señor —lo llamó una voz lastimera desde el castillo de proa. La hija del capitán lo miraba aferrada a la baranda. Su padre le había prohibido desembarcar, pero siempre que Theon iba a Puerto Noble la veía vagar desamparada por la cubierta—. Mi señor, un momento —lo siguió llamando—. Mi señor, si os place...
—¿Sí? —preguntó Esgred mientras Theon se apresuraba a pasar de largo—. ¿Le placía a mi señor?
—Durante un tiempo, sí. —No tenía sentido mostrarse recatado con ella—. Pero ahora quiere ser mi esposa de sal.
—Ah. Pues la verdad es que le iría bien un poco de sal. Demasiado tierna y blanda, ¿no? ¿O me equivoco?
—No te equivocas. —«Tierna y blanda. Exacto. ¿Cómo lo ha sabido?»
Había dicho a Wex que lo esperase en la posada. La sala común estaba tan abarrotada que Theon tuvo que abrirse camino a empujones. No quedaba ningún asiento libre, ni en los bancos ni junto a las mesas. Tampoco vio a su escudero.
—¡Wex! —gritó para hacerse oír por encima del estrépito y del bullicio.
«Como esté arriba con una de esas putas picadas de viruelas, le arranco la piel a tiras», estaba pensando cuando por fin divisó al muchacho, que se dedicaba a jugar a los dados cerca de la chimenea... y, a juzgar por el montón de monedas que tenía al lado, iba ganando.
—Es hora de marcharnos —anunció Theon.
Como el chico no le hizo caso, lo agarró por la oreja y lo sacó de la partida. Wex agarró un puñado de monedas de cobre y lo siguió sin decir palabra. Era una de las cosas que más le gustaban de él. Muchos escuderos tenían la lengua afilada, pero Wex era mudo de nacimiento... lo que no le impedía ser muy avispado para sus doce años. Era hijo bastardo de un hermanastro de Lord Botley, y al tomarlo como escudero, Theon estaba pagando parte del precio de su caballo.
Cuando Wex vio a Esgred abrió los ojos como platos. «Cualquiera diría que no ha visto una mujer en su vida», pensó Theon.
—Esgred montará conmigo a la grupa, viene a Pyke. Ensilla los caballos y date prisa.
La montura del chico era un caballito flaco de los establos de Lord Balon, nada que ver con el de Theon.
—¿De dónde has sacado ese caballo infernal? —preguntó Esgred cuando lo vio. Pero por su risa supo que la había impresionado.
—Lord Botley lo compró el año pasado en Lannisport, pero resultó que era mucho caballo para él, así que estuvo encantado de venderlo.
Las Islas del Hierro eran demasiado dispersas y rocosas para criar buenos caballos. Pocos isleños eran jinetes hábiles, se sentían más a gusto en la cubierta de un barco que sobre una silla de montar. Hasta los señores montaban caballos de pequeño tamaño o ponis peludos de Harlaw. Hasta los carros de bueyes eran más comunes que los tiros de caballos. Y los que eran demasiado pobres labraban ellos mismos el suelo escaso y pedregoso.
Pero Theon había pasado diez años en Invernalia y no tenía la menor intención de ir a la guerra sin una buena montura. Se estaba beneficiando del error de criterio de Lord Botley, y tenía un semental de temperamento tan negro como su pelaje, no tan grande como la mayoría de los corceles de batalla, pero aun así enorme. Como Theon no era tan corpulento como la mayoría de los caballeros, le iba de maravilla. Y aquel animal tenía fuego en los ojos. Nada más conocer a su nuevo dueño, le mostró los dientes y le lanzó un bocado a la cara.
—¿Cómo se llama? —preguntó Esgred a Theon mientras montaba.
Sonrisas. —Le tendió la mano y la ayudó a subir delante de él, para poder rodearla con los brazos mientras cabalgaban—. Conocí a un hombre que me dijo que yo sonreía ante lo que no debía.
—¿Y es así?
—Sólo lo dicen los que no sonríen ante nada. —Estaba pensando en su padre y en su tío Aeron.
—¿Y mi señor príncipe está sonriendo ahora?
—Desde luego. —Theon la rodeó con el brazo para coger las riendas. Era casi tan alta como él. Tenía el pelo sucio, y una cicatriz vieja y rosada en el hermoso cuello, pero le gustaba su olor a sal, a sudor y a mujer.
El viaje de vuelta a Pyke prometía ser mucho más interesante que el de ida. Cuando estuvieron a buena distancia de Puerto Noble, Theon le puso una mano sobre un pecho. Esgred se la apartó.
—Más vale que agarres las riendas con las dos manos, o esta fiera nos lanzará por los aires y nos matará a coces.
—Le he quitado esa costumbre a golpes. —Theon, divertido, se comportó bien un rato y se dedicó a charlar sobre el clima (gris y encapotado, como todos los días desde su llegada, con lluvias frecuentes) y a contarle a cuántos hombres había matado en el Bosque Susurrante. Cuando llegó al momento en que se encontró a poca distancia del Matarreyes en persona, volvió a subir la mano. La mujer tenía los pechos pequeños, pero le gustaba su firmeza.
—No quieres hacer eso, mi señor príncipe.
—Sí quiero, vaya si quiero. —Theon le dio un pellizco.
—Tu escudero te está mirando.
—Que mire. Total, no va a decir nada... —Esgred le abrió los dedos, y en esta ocasión lo sujetó con firmeza. Tenía las manos fuertes—. Así me gustan a mí las mujeres, con buenas manos.
—Cualquiera lo diría —replicó ella con un resoplido—, después de ver a esa moza en el muelle.
—No me juzgues por ella. Era la única mujer del barco.
—Háblame de tu padre. ¿Me recibirá con alegría en su castillo?
—¿Por qué? Si no me recibe con alegría ni a mí, que soy sangre de su sangre, heredero de Pyke y de las Islas del Hierro.
—¿De verdad? —preguntó con voz melosa—. Se dice que tienes tíos, hermanos, una hermana...
—Mis hermanos murieron hace mucho, y mi hermana... se dice que el vestido preferido de Asha es una loriga, y que lleva la ropa interior acorazada. Pero aunque se vista de hombre, no es un hombre. Una vez gane la guerra la casaré para firmar alguna buena alianza. Si encuentro quien la quiera, claro. Recuerdo que tenía la nariz como un pico de buitre, espinillas por todos lados, y menos pecho que un muchacho.
—A tu hermana aún la puedes casar —señaló Esgred—. Pero a tus tíos no.
—Mis tíos... —Los derechos de Theon estaban por encima de los de los tres hermanos de su padre, pero aun así era un tema delicado. En las islas no era extraño que un tío fuerte y ambicioso despojara de sus derechos a un sobrino débil, y por lo general de paso lo mataba.
«Pero yo no soy débil —se dijo Theon—, y para cuando muera mi padre pienso ser mucho más fuerte.»
—Mis tíos no son una amenaza para mí —declaró—. Aeron está ebrio de agua de mar y de santidad. Sólo vive para su dios...
—¿Su dios? ¿No es tu dios?
—Sí, mío también. Lo que está muerto nunca morirá. —Sonrió con los dientes apretados—. Si digo estas cosas cuando convenga, Pelomojado no me dará problemas. En cuanto a mi tío Victarion...
—Lord Capitán de la flota del Hierro y un guerrero temible. En todas las tabernas se cantan sus hazañas.
—Durante la rebelión de mi señor padre, navegó hasta Lannisport con mi tío Euron y prendió fuego a la flota, que estaba allí anclada —recordó Theon—. Pero el autor del plan fue Euron. Victarion es como un enorme buey, fuerte, incansable, obediente, pero que no ganará ninguna carrera. Sin duda me servirá con la misma lealtad con la que ha servido a mi señor padre. No tiene el cerebro ni la ambición que hacen falta para la traición.
—En cambio a Euron Ojo de Grajo no le falta astucia. De él se cuentan cosas espantosas.
—Nadie ha visto a mi tío Euron en las islas desde hace dos años. —Theon se acomodó en la silla de montar—. Puede que esté muerto. —Y si era así, tanto mejor. El hermano mayor de Lord Balon jamás había renunciado a las antiguas costumbres. Se decía que su Silencio, con las velas negras y el casco rojo oscuro, tenía una reputación temible en todos los puertos desde Ibben hasta Asshai.
—Puede que esté muerto —asintió Esgred—. Y aunque esté vivo, qué más da, se ha pasado tanto tiempo en el mar que aquí sería un forastero. Los hijos del Hierro no dejarían jamás que un forastero se sentara en la Silla de Piedramar.
—No, me imagino que no —respondió Theon antes de caer en la cuenta de que, probablemente, muchos lo considerarían a él un forastero. Frunció el ceño. «Diez años son mucho tiempo, pero ya he vuelto, y a mi padre le queda mucha vida por delante. Tendré tiempo de demostrar mi valía.» Valoró la posibilidad de volver a acariciar el pecho de Esgred, pero seguro que le apartaba la mano de nuevo, y además tanta charla sobre sus tíos había apagado en cierto modo su ardor. Ya habría tiempo para aquellos juegos en el castillo, en la intimidad de sus habitaciones—. Cuando lleguemos a Pyke hablaré con Helya para que te coloque en un lugar de honor durante el banquete —dijo—. Yo tengo que sentarme en la tarima, a la derecha de mi padre, pero en cuanto se marche bajaré para estar contigo. No suele quedarse mucho tiempo. Últimamente no aguanta bien la bebida.
—Es triste ver envejecer a un gran hombre.
—Lord Balon no es más que el padre de un gran hombre.
—Modesto, el joven señor.
—Sólo un tonto se humilla a sí mismo, habiendo tantos hombres en el mundo dispuestos a encargarse de esa tarea. —Le depositó un beso en la nuca. Ella se apartó.
—¿Qué me pondré para el banquete?
—Le diré a Helya que te vista. Seguro que te vale alguna ropa de mi madre. Está fuera, en Harlaw, y no creo que vuelva.
—Se dice que los vientos fríos la han consumido. ¿No piensas ir a verla? Harlaw está apenas a un día de navegación, y seguro que Lady Greyjoy anhela ver a su hijo por última vez.
—Ojalá pudiera. Aquí tengo mucho que hacer. Ahora que he regresado, mi padre depende de mí. Tal vez, cuando reine la paz...
—Tu visita le daría paz a ella.
—Empiezas a hablar como una mujer —se quejó Theon.
—Confieso, soy una mujer... y recién preñada.
—Eso dices tú. —Aquello, sin saber por qué, lo excitaba—. Pero tu cuerpo todavía no muestra signos. ¿Cómo lo vas a demostrar? Para creerte, quiero ver cómo maduran tus pechos y probar tu leche de madre.
—¿Y qué dirá a eso mi esposo? ¿Ese sirviente leal de tu padre?
—Le encargaremos construir tantos barcos que ni se dará cuenta de que lo has dejado.
—Es cruel el joven señor que me ha secuestrado —dijo la mujer riéndole la broma—. Si te prometo que algún día verás mamar a mi bebé, ¿me contarás algo más sobre tu guerra, Theon de la Casa Greyjoy? Nos quedan muchos kilómetros de montañas por delante, y me gustaría saber más sobre ese rey lobo al que serviste y los leones dorados contra los que lucha.
Deseoso de complacerla, Theon empezó a hablar. El resto del largo viaje pasó muy deprisa mientras le llenaba la hermosa cabecita con historias sobre Invernalia y sobre la guerra. Algunas de las cosas que dijo le sorprendieron a él mismo.
«Los dioses la bendigan, qué fácil es hablar con ella —reflexionó—. Me siento como si la conociera desde hace años. Si su juego entre las sábanas es tan bueno como su ingenio, tendré que quedármela como sea. —Pensó en Sigrin, el jefe de astilleros, un hombre grueso de corto ingenio, pelo rubio que comenzaba a ralear y la frente llena de granos, y sacudió la cabeza—. Qué desperdicio. Qué espantoso desperdicio.»
Le pareció que no había pasado nada de tiempo cuando la gran muralla de Pyke se alzó ante ellos.
Las puertas estaban abiertas. Theon picó espuelas a Sonrisas, y entró al trote ligero. Mientras ayudaba a Esgred a desmontar, los perros ladraban como locos. Muchos se acercaron meneando las colas. Pasaron de largo junto a él y casi derribaron a la mujer, saltando en torno a ella y lamiéndola.
—¡Fuera! —gritó Theon, lanzando sin puntería una patada contra una perra grande de color castaño.
Pero Esgred se reía y jugaba a pelear con los animales. Tras los perros llegó corriendo un mozo de cuadras.
—Encárgate del caballo —le ordenó Theon—. Y llévate a estos malditos perros...
El patán no le prestó atención. Sonreía ampliamente, mostrando los huecos de la dentadura.
—Lady Asha, habéis vuelto.
—Sí, anoche —dijo ella—. Llegué en barco de Gran Wyk con Lord Goodbrother, y pasé la noche en la posada. Mi hermanito ha tenido la amabilidad de traerme de Puerto Noble.
Besó a uno de los perros en la nariz y sonrió a Theon.
Theon se había quedado mirándola, boquiabierto. «Asha. No. No puede ser Asha.» De pronto se dio cuenta de que en su mente había dos Ashas. Una era la niñita que había conocido. La otra, más bien un fruto vago de su imaginación, tenía cierta semejanza con su madre. Y ninguna de las dos se parecía en absoluto a aquella... aquella... aquella...
—Las espinillas se fueron cuando llegaron los pechos. Pero el pico de buitre aún lo tengo.
Theon recuperó la capacidad de hablar.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Antes quería saber cómo eras. —Asha soltó al perro y se irguió—. Y lo he conseguido. —Le hizo una media reverencia burlona—. Tendrás que disculparme ahora, hermanito. Tengo que bañarme y vestirme para el banquete. A ver si encuentro la loriga y la ropa interior acorazada.
Volvió a dedicarle su sonrisa malévola y cruzó el puente con aquella manera de andar que tanto le gustaba a Theon, como meciéndose.
Cuando se volvió, vio que Wex se estaba partiendo de risa. Le dio un golpe encima de una oreja.
—Esto por pasártelo tan bien con esto. —Y otro, todavía más fuerte—. Y esto por no avisarme. La próxima vez, más vale que te crezca la lengua.
Sus habitaciones en el Torreón Sangriento nunca le habían parecido tan gélidas, aunque los esclavos habían dejado encendido el brasero. Theon se quitó las botas de una patada, dejó caer la capa al suelo y se sirvió una copa de vino, sin dejar de recordar a la niña desgarbada de rodillas huesudas y cara llena de granos.
«Me desató los calzones —pensó, ultrajado— y dijo... oh, dioses, y yo le dije...» Gimió. Era increíble hasta qué punto se había puesto en ridículo.
«No —pensó—. No me he puesto en ridículo, me ha puesto en ridículo ella, la muy zorra, qué bien se lo debe de haber pasado. Y no dejaba de tocarme la polla...»
Cogió la copa y se dirigió hacia el asiento junto a la ventana, donde se sentó para contemplar el mar mientras el sol se ponía sobre Pyke. «Aquí no hay lugar para mí —pensó—, y el motivo es Asha, ¡los Otros se la lleven!» Abajo, el agua pasó de verde a gris, y luego a negra. Ya le llegaba el sonido de la música distante, y sabía que era hora de cambiarse para el banquete.
Eligió unas botas sencillas y ropas más sencillas aún, en varios tonos de gris y negro que hacían juego con su estado de ánimo. Ningún adorno; no tenía nada comprado con hierro.
«Podría haberle quitado algo a aquel salvaje que maté para salvar a Bran Stark, pero no tenía nada. Maldita sea mi suerte, que sólo mato a pobres.»
Cuando llegó Theon, la sala alargada estaba llena de humo y abarrotada; allí se encontraban todos los señores y capitanes de su padre, eran casi cuatrocientos. Dagmer Barbarrota todavía no había regresado de Viejo Wyk con los Stonehouse y los Drumm, pero allí estaban todos los demás: los Harlaw de Harlaw, los Blacktyde de Marea Negra, los Sparr, los Merlyn y los Goodbrother de Gran Wyck, los Saltcliffe y los Sunderly de Acantilado de Sal, y los Botley y los Wynch del otro lado de Pyke. Los esclavos servían cerveza, y había música de violines, de pellejos y de tambores. Tres hombres corpulentos estaban ejecutando la danza del dedo, lanzándose unos a otros hachas de mango corto. Lo difícil era coger el hacha o saltar sobre ella sin perder el compás. Se llamaba la danza del dedo porque solía terminar cuando uno de los bailarines perdía uno... o dos, o cinco.
Ni los bailarines ni los bebedores se fijaron en Theon Greyjoy cuando se encaminó hacia la tarima. Lord Balon ocupaba la Silla de Piedramar, tallada con la forma de un gran kraken a partir de un gigantesco bloque de piedra negra. Según contaba la leyenda, los primeros hombres lo habían encontrado en las playas de Viejo Wyk cuando llegaron a las Islas del Hierro. A la izquierda del trono se sentaban los tíos de Theon. Asha había ocupado el lugar de honor, a su derecha.
—Llegas tarde, Theon —observó Lord Balon.
—Te pido disculpas. —Theon ocupó el sitio vacío junto a su hermana. Se inclinó hacia ella—. Estás ocupando mi lugar —le siseó al oído.
—Pero, hermano, me parece que te confundes. —Asha clavó en él unos ojos llenos de inocencia—. Tu lugar está en Invernalia. —Su sonrisa cortaba como un cuchillo—. ¿Y dónde están esas ropas tan bonitas que tienes? Me han dicho que te gusta el tacto de la seda y el terciopelo sobre la piel.
Ella llevaba un vestido de suave lana verde, de corte sencillo y ajustado, que destacaba las líneas esbeltas de su cuerpo.
—Se te ha debido de oxidar la loriga —replicó—. Qué lástima. Me habría gustado verte vestida de hierro.
Asha se echó a reír.
—Puede que aún me veas, hermanito... Siempre que tu Zorra marina pueda ir tan deprisa como mi Viento negro. —Uno de los esclavos de su padre se acercó con una jarra de vino—. ¿Qué beberás esta noche, Theon, cerveza o vino? —Se acercó más a él—. ¿O sigues teniendo sed de mi leche de madre?
Theon enrojeció.
—Vino —dijo al esclavo.
Asha se apartó de él, golpeó la mesa y pidió cerveza a gritos.
Theon cortó en dos una hogaza de pan, la vació de miga y llamó a un cocinero para que se la llenara de guiso de pescado. El olor de la espesa mezcla le daba náuseas, pero se forzó a comer unos bocados. Había bebido vino suficiente para dos comidas. «Si vomito, será encima de ella.»
—¿Sabe nuestro padre que te has casado con su jefe de astilleros? —preguntó a su hermana.
—No más que Sigrin. —Se encogió de hombros—. Esgred es el nombre del primer barco que construyó. Lo llamó como a su madre. No se sabe bien a cuál de las dos quiere más.
—Todo lo que me dijiste era mentira.
—Todo no. ¿Recuerdas cuando te conté que me gustaba ponerme arriba? —Asha sonrió. Aquello únicamente sirvió para ponerlo más furioso.
—Todo eso de que estabas casada y preñada...
—Esa parte era verdad. —Asha se puso en pie de un salto—. ¡Eh, Rolfe, aquí! —gritó a uno de los que estaban inmersos en la danza del dedo, al tiempo que alzaba una mano. El hombre la vio, se giró, y de pronto el hacha salió volando de su mano, con la hoja centelleante en sus giros, en medio de la luz de las antorchas. Theon apenas si tuvo tiempo de lanzar un grito ahogado antes de que Asha atrapara el arma en el aire y la clavara en la mesa, partiendo en dos su hogaza rellena y llenando el mantel de salpicaduras—. Éste es mi señor esposo. —Su hermana se metió una mano por el escote del vestido y sacó una daga de entre sus senos—. Y éste es mi bebé de pecho.
No podía ni imaginarse qué cara había puesto, pero de pronto se dio cuenta de que la sala entera retumbaba con las carcajadas, que todos se reían de él. Hasta su padre sonreía, malditos fueran los dioses, y su tío Victarion no disimulaba la risa. Lo mejor que pudo hacer fue forzar una sonrisa. «Ya veremos quién ríe cuando termine todo esto, zorra.»
Asha arrancó el hacha de la mesa y la lanzó de nuevo a los que bailaban, en medio de aplausos y aclamaciones.
—Harías bien en recordar qué te dije acerca de elegir a tu tripulación. —Un esclavo les ofreció una fuente, y su hermana pinchó un pescado salado y se lo comió directamente de la punta de la daga—. Si te hubieras molestado en aprender algo sobre Sigrin, jamás habría podido engañarte. Te pasas diez años de lobo y llegas aquí como príncipe de todas las islas, pero no sabes nada, no conoces a nadie. ¿Por qué van a luchar por ti los hombres? ¿Por qué van a morir por ti?
—Porque soy su legítimo príncipe —replicó Theon, rígido.
—Según las leyes de las tierras verdes, es posible. Pero aquí tenemos nuestras leyes, ¿o ya te has olvidado?
Theon frunció el ceño y se dedicó a contemplar la rezumante hogaza que tenía delante. No tardaría mucho en tener guiso en el regazo. Llamó a gritos a un esclavo para que lo limpiara todo. «Me he pasado la mitad de la vida esperando volver a casa, ¿y para qué? ¿Para que se burlen de mí y me desprecien?» Aquélla no era la Pyke que recordaba. O que creía recordar. Era tan pequeño cuando se lo llevaron como rehén...
El banquete era exiguo, una simple sucesión de guisos de pescado, pan negro y cabra poco especiada. Lo más sabroso en opinión de Theon fue una empanada de cebolla. La cerveza y el vino siguieron corriendo mucho después de que se retirase el último de los platos.
Lord Balon Greyjoy se levantó de la Silla de Piedramar.
—Terminaos las bebidas y venid a mi habitación —ordenó a sus acompañantes en la tarima—. Tenemos que hacer planes.
Los dejó allí sin añadir palabra y salió flanqueado por dos de sus guardias. Sus hermanos no tardaron en seguirlo. Theon se levantó para ir en pos de ellos.
—Parece que mi hermano pequeño tiene prisa. —Asha alzó su cuerno de bebida y pidió más cerveza.
—Nuestro señor padre aguarda.
—Lleva muchos años aguardando. No le pasará nada por esperar un poco más... pero si lo que pasa es que temes su ira, no lo dudes, escabúllete en pos de él. No creo que te cueste mucho alcanzar a nuestros tíos. —Sonrió—. Uno está ebrio de agua de mar, y el otro no es más que un gran buey gris que seguramente se perderá antes de llegar a su destino.
—Yo no corro detrás de ningún hombre. —Theon volvió a sentarse, molesto.
—¿De ningún hombre, pero de todas las mujeres?
—No fui yo quien te agarró la polla.
—Porque no tengo. Pero bien que agarraste el resto de mí.
—Soy un hombre, con apetitos de hombre. —Theon sentía cómo le palpitaba la sangre en las mejillas—. Pero ¿qué clase de criatura antinatural eres tú?
—Sólo una tímida doncella. —Movió la mano como una flecha y le dio un apretón en la polla. Theon estuvo a punto de saltar de la silla—. ¿Qué pasa, hermano, no quieres que te lleve a buen puerto?
—No estás hecha para el matrimonio —decidió Theon—. Cuando gobierne, creo que te enviaré con las hermanas silenciosas.
Se puso en pie y con paso inseguro fue a reunirse con su padre.
Cuando llegó al cimbreante puente que llevaba a la Torre del Mar, llovía con fuerza. Tenía el estómago revuelto como las olas que veía abajo, y el vino hacía que su paso fuera inseguro. Theon apretó los dientes y agarró la cuerda con fuerza para cruzar, imaginando que era el cuello de Asha.
La estancia era tan húmeda y llena de corrientes como siempre. Su padre, enterrado bajo las pieles de foca, estaba sentado ante el brasero, entre sus dos hermanos. En el momento en que Theon entró, Victarion hablaba de mareas y vientos, pero Lord Balon lo hizo callar con un gesto.
—Ya tengo mis planes. Es hora de que los sepáis.
—Tengo algunas sugerencias...
—Cuando necesite tu consejo te lo pediré —lo interrumpió su padre—. Nos ha llegado un pájaro de Viejo Wyk. Dagmer va a venir con los Drumm y los Stonehouse. Si los dioses nos dan buenos vientos, zarparemos en cuanto lleguen. Mejor dicho, tú zarparás. Quiero que asestes el primer golpe, Theon. Irás con ocho barcoluengos hacia el norte...
—¿Ocho? —Enrojeció—. ¿Qué puedo hacer con tan sólo ocho naves?
—Tu misión será asediar la Costa Pedregosa, atacar las aldeas de pescadores y hundir todo barco que te encuentres. Puede que así saques de sus refugios de piedra a unos cuantos señores norteños. Aeron irá contigo, y también Dagmer Barbarrota.
—Que el Dios Ahogado bendiga nuestras espadas —dijo el sacerdote.
Theon se sintió como si le hubieran cruzado el rostro de una bofetada. Lo estaban enviando a una misión de saqueo, a quemar pueblos de pescadores y violar a sus feas hijas, y aun así parecía que Lord Balon no confiaba en él lo suficiente ni para eso. Ya era bastante malo tener que aguantar los sermones y ceños fruncidos de Pelomojado; con Dagmer Barbarrota a su lado, su mando sería sólo nominal.
—Asha, hija mía —siguió Lord Balon. Theon se volvió y vio que su hermana había entrado en silencio—. Tomarás treinta barcoluengos con tripulación selecta para ir a Punta Dragón Marino. Desembarcarás en los estuarios al norte de Bosquespeso. Si avanzas deprisa, puede que el castillo caiga incluso antes de que llegues.
—Siempre he querido un castillo —dijo Asha con voz dulce, y sonrió como una gata ante un plato de leche.
—Pues tómalo.
Theon tuvo que morderse la lengua. Bosquespeso era la fortaleza de los Glover. Tanto Robett como Galbart estaban en el sur, en la guerra, de modo que las defensas serían débiles, y cuando el castillo cayera los hijos del hierro tendrían una base segura en el corazón del norte.
«Deberían enviarme a mí a tomar el castillo.» Él conocía Bosquespeso. Había visitado a los Glover muchas veces con Eddard Stark.
—Victarion —dijo Lord Balon a su hermano—, el principal cometido recae sobre ti. Una vez mis hijos ataquen, Invernalia va a responder. Te encontrarás con poca oposición cuando subas por el Lanza de Sal y por el río de la Fiebre. Cuando llegues a las cabeceras de los ríos, estarás a menos de treinta kilómetros de Foso Cailin. El Cuello es la clave del reino. Ya controlamos los mares de occidente. Cuando ocupemos Foso Cailin, el cachorro de lobo no podrá volver hacia el norte... y si es tan idiota como para intentarlo, sus enemigos lo aislarán del sur de su columna. Robb el Mocoso será una rata encajonada.
Theon no pudo seguir en silencio.
—Es un plan osado, padre, pero los señores en sus castillos...
—Los señores se han ido al sur con el cachorro —lo interrumpió Lord Balon—. Los únicos que quedan atrás son los cobardes, los viejos y los niños. Se rendirán o caerán, uno a uno. Puede que Invernalia se nos resista un año entero, ¿y qué? Tendremos el resto, bosques, campos, castillos, y sus habitantes serán nuestros esclavos y nuestras esposas de sal.
—¡Y las aguas de la ira se alzarán —exclamó Aeron Pelomojado levantando los brazos—, y el Dios Ahogado extenderá sus dominios por las tierras verdes!
—Lo que está muerto nunca morirá —entonó Victarion.
Lord Balon y Asha repitieron sus palabras, y Theon no tuvo más remedio que murmurarlas él también. Y de esa forma terminó la reunión.
En el exterior llovía más que nunca. El puente de cuerdas se retorcía y oscilaba bajo sus pies. Theon Greyjoy se detuvo en medio y contempló las rocas de abajo. El sonido de las olas era un rugido ensordecedor, y el agua salada le salpicaba los labios. Una ráfaga de viento lo hizo caer de rodillas.
Asha lo ayudó a levantarse.
—Tampoco aguantas bien el vino, hermano.
Theon se apoyó en su hombro y dejó que lo ayudara a atravesar el puente de tablones resbaladizos.
—Me gustabas más cuando eras Esgred —dijo, acusador.
—Me parece justo —dijo ella riéndose—. A mí tú me gustabas más cuando tenías nueve años.

TYRION

A través de la puerta cerrada le llegó el sonido del arpa, mezclado con el trino de las flautas. La voz del que cantaba apenas se oía, amortiguada por los gruesos muros, pero Tyrion se sabía la letra.
«Amé a una doncella hermosa como el verano —recordó—, con la luz del sol en el cabello...»
Aquella noche el encargado de montar guardia ante la puerta de la reina era Ser Meryn Trant. Su manera de decir «Mi señor» sonó un poco desganada a oídos de Tyrion, pero de todos modos le abrió la puerta. La canción se interrumpió en cuanto entró en el dormitorio de su hermana.
Cersei estaba reclinada sobre unos cuantos cojines. Estaba descalza, el cabello dorado en cuidadoso desorden, su túnica de brocado verde y oro reflejaba la luz de las velas cuando alzó la vista.
—Mi querida hermana —saludó Tyrion—, estás muy hermosa está noche. —Se volvió hacia el que cantaba—. En cuanto a ti, mi estimado primo, no sabía que tuvieras una voz tan bella.
Ser Lancel recibió el cumplido con gesto hosco; quizá pensaba que se trataba de una burla. A Tyrion le dio la sensación de que el muchacho había crecido diez centímetros desde que lo nombraran caballero. Tenía el pelo espeso color arena, los ojos verdes de los Lannister y una línea de pelusilla rubia sobre el labio superior. Tenía dieciséis años y padecía un grave caso de autosuficiencia juvenil, sin una pizca de humor ni duda que lo aliviara, y agravado por la arrogancia propia de los que nacen rubios, fuertes y atractivos. Su reciente ascenso no había hecho más que empeorarlo.
—¿Acaso Su Alteza ha enviado a buscarte? —preguntó con tono imperioso.
—Que yo recuerde, no —reconoció Tyrion—. Me duele molestaros en esta celebración, Lancel, pero tengo que tratar asuntos importantes con mi hermana.
—Si vienes por lo de esos hermanos mendicantes —intervino Cersei, mirándolo con desconfianza—, no quiero oír tus reproches, Tyrion. No toleraré que vayan esparciendo sus sucias palabras de traición por las calles. Que se prediquen unos a otros en las mazmorras.
—Y que se consideren afortunados por tener una reina tan bondadosa —añadió Lancel—. Yo les habría arrancado la lengua.
—Uno incluso se atrevió a decir que los dioses nos estaban castigando porque Jaime había matado al rey legítimo —declaró Cersei—. No lo voy a tolerar, Tyrion. Te di muchas oportunidades de encargarte de esos piojosos, pero Ser Jacelyn y tú no hicisteis nada, así que ordené a Vylarr que se encargara del asunto.
—Y sin duda te obedeció. —Tyrion se había molestado mucho cuando los capas rojas arrastraron a media docena de profetas harapientos a las mazmorras sin su consentimiento, pero no eran tan importantes como para luchar por ellos—. Sin duda las calles estarán mejor con un poco de silencio. Pero no he venido por eso. He recibido noticias que estoy seguro de que querrás oír cuanto antes, mi querida hermana, pero es mejor que las discutamos en privado.
—Muy bien. —El arpista y el flautista hicieron una reverencia y se apresuraron a salir, mientras Cersei depositaba un casto beso en la mejilla de su primo—. Déjanos a solas, Lancel. Mi hermano es inofensivo cuando está solo. Si hubiera venido con alguno de sus perros ya los habríamos olido.
El joven caballero lanzó una mirada venenosa a su tío y salió cerrando de un portazo.
—Para tu información, obligo a Shagga a bañarse una vez cada quince días —dijo Tyrion cuando estuvieron a solas.
—Pareces muy satisfecho contigo mismo. ¿Por qué?
—¿Por qué no? —replicó Tyrion. Día y noche los martillos resonaban en la calle del Acero, y la cadena era cada vez más larga. Se subió al gran lecho doselado—. ¿No fue en esta cama donde murió Robert? Me extraña que la conserves.
—Me proporciona dulces sueños —replicó—. Escupe de una vez lo que quieras decir y lárgate, Gnomo.
—Lord Stannis ha zarpado de Rocadragón —dijo Tyrion con una sonrisa. Cersei se puso en pie de un salto.
—¿Y me lo dices ahí sentado, sonriendo como una calabaza en la fiesta de la cosecha? ¿Bywater ha convocado ya a la Guardia de la Ciudad? Tenemos que enviar un pájaro a Harrenhal de inmediato. —Para entonces Tyrion ya no podía contener las carcajadas. Cersei lo agarró por los hombros y lo sacudió—. Basta ya. ¿Estás loco, o borracho? ¡Basta ya!
—No puedo —jadeó él, que apenas si podía hilvanar las palabras—. Es tan... dioses, tan... tan divertido... Stannis...
—¿Qué?
—No viene a atacarnos a nosotros —consiguió decir Tyrion—. Ha sitiado Bastión de Tormentas. Renly va a enfrentarse a él.
Su hermana le clavó las uñas en el brazo hasta hacerle daño. Por un momento lo miró con incredulidad, como si hubiera empezado a farfullar en un idioma desconocido.
—¿Stannis y Renly están luchando el uno contra el otro? —Tyrion asintió, y Cersei empezó a reír—. Por los dioses —suspiró—. Empiezo a pensar que Robert era el listo de la familia.
Tyrion soltó una carcajada. Rieron juntos. Cersei lo alzó de la cama, le hizo dar vueltas y hasta lo abrazó, frívola como una chiquilla durante un instante. Cuando lo soltó Tyrion estaba sin aliento y mareado. Se tambaleó hasta el aparador y tuvo que apoyarse con una mano para recuperar el equilibrio.
—¿De verdad crees que se van a enfrentar? Si llegan a algún tipo de acuerdo...
—Imposible —dijo Tyrion—. Son demasiado diferentes, y a la vez demasiado parecidos, y no se soportan el uno al otro.
—Y Stannis siempre pensó que le habían robado Bastión de Tormentas —dijo Cersei, pensativa—. El hogar ancestral de la Casa Baratheon, que le correspondía por derecho... Ni te imaginas la cantidad de veces que se presentó ante Robert, siempre con la misma aburrida cantinela, en ese tono lóbrego y agraviado que ponía. Cuando Robert asignó ese lugar a Renly, Stannis apretó las mandíbulas tanto que pensé que se le iban a saltar los dientes.
—Lo tomó como una afrenta.
—Fue una afrenta —dijo Cersei.
—¿Brindamos por el amor fraternal?
—Sí —respondió ella, sin aliento—. Oh, dioses, sí.
Tyrion le dio la espalda mientras llenaba dos copas con dulce tinto del Rejo. Fue muy sencillo agregar a la de Cersei un pellizco de polvo finísimo.
—¡Por Stannis! —dijo al tiempo que le tendía su copa. «Soy inofensivo cuando estoy solo, ¿eh?»
—¡Por Renly! —replicó ella entre risas—. ¡Que la batalla sea larga y dura, y los Otros se los lleven a ambos!
«¿Es ésta la Cersei que Jaime ve siempre? —Cuando sonreía su belleza era impresionante—. "Amé a una doncella hermosa como el verano —recordó—, con la luz del sol en el cabello..."» Casi lamentó haberla envenenado.
El mensajero de su hermana fue a verlo a la mañana siguiente mientras desayunaba. La reina estaba indispuesta y no podía salir de sus habitaciones. «Querrás decir de su retrete.» Tyrion recitó las expresiones compasivas de rigor, y envió recado a Cersei para que descansara, él trataría con Ser Cleos tal como habían planeado.
El Trono de Hierro de Aegon el Conquistador era un amasijo de púas y dientes serrados de metal, a la espera de cualquier idiota que tratara de ponerse demasiado cómodo en él, y los escalones le dieron calambres en las piernas atrofiadas mientras subía, demasiado consciente del espectáculo tan absurdo que ofrecía. Pero tenía algo de bueno. Era alto.
Los guardias Lannister esperaban en silencio, con sus capas escarlata y sus yelmos coronados por cabezas de leones. Los capas doradas de Ser Jacelyn, al otro lado de la sala, parecían enfrentados a ellos. A ambos lados de los peldaños que llevaban al trono estaban Bronn y Ser Preston de la Guardia Real. Los cortesanos observaban desde la galería, mientas que los suplicantes se agolpaban junto a las gigantescas puertas de roble y bronce. Sansa Stark estaba especialmente bonita aquella mañana, aunque tenía el rostro pálido como la leche. Lord Gyles no dejaba de toser, mientras que el pobre primo Tyrek lucía su manto de novio, de armiño y terciopelo. Desde su matrimonio hacía tres semanas con la pequeña Lady Ermesande, los otros escuderos lo llamaban Niñera, y le preguntaban qué tipo de pañales había lucido la novia en la noche de bodas.
Tyrion los miró a todos desde arriba y disfrutó el momento.
—Llamad a Ser Cleos Frey.
Su voz retumbó en los muros de piedra y recorrió toda la longitud de la sala. Eso también le gustó. «Lástima que Shae no esté aquí para verlo», pensó. La muchacha había querido asistir, pero era imposible.
Ser Cleos recorrió el largo trecho entre los capas doradas y los capas rojas, sin mirar a derecha ni a izquierda. Cuando se arrodilló, Tyrion observó que su primo empezaba a perder el pelo.
—Ser Cleos, os damos las gracias por traernos esta oferta de paz de Lord Stark —dijo Meñique desde la mesa del Consejo.
El Gran Maestre Pycelle carraspeó para aclararse la garganta.
—La reina regente, la Mano del Rey y el Consejo Privado han valorado los términos que ofrece el que se hace llamar Rey en el Norte. Lamento decir que son inaceptables, y así deberéis decírselo a los norteños, ser.
—Éstos son nuestros términos —dijo Tyrion—. Robb Stark deberá deponer las armas, jurar lealtad y volver a Invernalia. Deberá liberar a mi hermano sin causarle daño alguno y poner su ejército a las órdenes de Jaime, para que marche contra los rebeldes Renly y Stannis Baratheon. Cada uno de los vasallos de Stark nos enviará a un hijo varón como rehén. En caso de que no lo tuvieran, bastará con que envíen a una hija. Serán tratados con toda cortesía y ocuparán puestos de honor en la corte, mientras sus padres no vuelvan a cometer traición.
—Mi señor Mano —dijo Cleos Frey con el rostro ceniciento—, Lord Stark jamás aceptará esas condiciones.
«En ningún momento habíamos pensado que las aceptara, Cleos.»
—Le diréis que hemos alzado otro gran ejército en Roca Casterly, y que pronto avanzará contra él desde el oeste, mientras mi señor padre lo ataca desde el este. Hacedle entender que está solo, sin esperanza alguna de aliados. Stannis y Renly Baratheon luchan el uno contra el otro, y el príncipe de Dorne ha accedido a casar a su hijo Trystane con la princesa Myrcella. —En la galería y al fondo de la sala se oyeron murmullos de alegría, mezclados con otros de consternación—. En cuanto a mis primos —siguió Tyrion—, ofrecemos intercambiar a Harrion Karstark y a Ser Wylis Manderly por Willem Lannister, y a Lord Cerwyn y Ser Donnel Locke por vuestro hermano Tion. Decidle a Stark que dos Lannister valen por cuatro norteños en invierno y en verano. —Aguardó a que cesaran las risas—. Le entregaremos los huesos de su padre, como muestra de buena voluntad de Joffrey...
—Lord Stark ha pedido también la espada de su padre y a sus hermanas —le recordó Ser Cleos.
Ser Ilyn Payne lo miró en silencio. El puño del espadón de Eddard Stark sobresalía por encima de su hombro.
Hielo —dijo Tyrion—. La tendrá cuando firme la paz con nosotros, no antes.
—Como digáis. ¿Y sus hermanas?
—Seguirán aquí como rehenes hasta que libere a mi hermano Jaime, sano y salvo. —Tyrion miró en dirección a Sansa y sintió un aguijonazo de compasión—. El trato que reciban dependerá de su comportamiento en esta guerra.
«Y si los dioses nos sonríen, Bywater encontrará a Arya con vida antes de que Robb se entere de que ha desaparecido.»
—Le llevaré vuestro mensaje, mi señor.
Tyrion tironeó de una de las hojas retorcidas que salían de brazo del trono. «Y ahora, el empujón definitivo.»
—Vylarr —llamó.
—Mi señor.
—Los hombres que envió Stark son suficientes para proteger los huesos de Lord Eddard —declaró—, pero un Lannister debe tener una escolta Lannister. Ser Cleos es primo de la reina y mío. Dormiremos más tranquilos si lo lleváis sano y salvo de vuelta a Aguasdulces.
—A vuestras órdenes. ¿Cuántos hombres debo llevarme?
—A todos, claro.
Vylarr se quedó inmóvil como una estatua de piedra. Fue el Gran Maestre Pycelle el que se levantó como si lo hubieran golpeado.
—Mi señor Mano, no es posible... Vuestro padre, el propio Lord Tywin, envió a estos buenos hombres a la ciudad para proteger a la reina Cersei y a sus hijos...
—La Guardia Real y la Guardia de la Ciudad se bastan para protegerlos. Los dioses os acompañen en este viaje, Vylarr.
En la mesa del Consejo, Varys sonreía con astucia, Meñique fingía aburrimiento y Pycelle abría y cerraba la boca como un pescado, pálido y confuso. Un heraldo dio un paso al frente.
—Si alguien más tiene algún asunto que exponer ante la Mano del Rey, que hable ahora o que se marche y guarde silencio.
—Quiero que se me escuche —exclamó un hombre delgado vestido de negro abriéndose camino entre los gemelos Redwyne.
—¡Ser Alliser! —exclamó Tyrion—. Vaya, si no tenía ni idea de que estabais en la corte. Debisteis enviarme un mensaje.
—Lo hice, como bien sabéis. —Thorne era un hombre de unos cincuenta años, enjuto, de rasgos afilados, ojos duros y manos más duras aún, cuyo pelo negro mostraba ya hebras grises—. Me habéis rehuido, no me habéis hecho ningún caso, me habéis hecho esperar como a un criado cualquiera.
—¿De verdad? Bronn, eso no se hace. Ser Alliser y yo somos viejos amigos. Caminamos juntos por el Muro.
—Querido Ser Alliser —murmuró Varys—, no nos juzguéis con dureza. Son muchos los que buscan la gracia de nuestro rey Joffrey en estos tiempos tumultuosos y problemáticos.
—Más problemáticos de lo que imaginas, eunuco.
—Cuando lo tenemos delante acostumbramos a llamarlo Lord Eunuco —bromeó Meñique.
—¿En qué podemos ayudaros, buen hermano? —preguntó el Gran Maestre Pycelle en tono tranquilizador.
—El Lord Comandante me envió para entrevistarme con Su Alteza el rey —replicó Thorne—. Es un asunto demasiado grave para discutirlo con criados.
—El rey está jugando con su ballesta nueva —dijo Tyrion. Para librarse de Joffrey sólo había necesitado una fea ballesta de Myr que disparaba tres dardos a la vez, y por supuesto quiso probarla de inmediato—. Puedes hablar con criados o guardar silencio.
—Como queráis —dijo Ser Alliser, con el desprecio trasluciéndose en cada palabra—. Me envían a deciros que encontramos a dos exploradores que habían desaparecido hacía tiempo. Los dos estaban muertos, pero cuando llevamos los cadáveres al Muro, se levantaron en medio de la noche. Uno mató a Ser Jaremy Rykker, y el otro trató de asesinar al Lord Comandante.
Tyrion oyó risitas al fondo de la sala. «¿Qué pasa, se está burlando de mí con esa sarta de tonterías?» Se movió intranquilo y miró a Varys, a Meñique y a Pycelle, preguntándose si alguno de ellos habría tramado la broma. La dignidad de la que disfrutaba un enano era ya escasa; si la corte y el reino empezaban a burlarse de él, estaría perdido. Pero, pese a todo...
Tyrion recordó una fría noche bajo las estrellas, al lado de Jon Nieve y un gran lobo blanco en la cima del Muro, en el límite del mundo, contemplando la inmensidad oscura y sin senderos que se extendía al otro lado. Había sentido... ¿qué? Algo, sí, un temor que se clavaba más hondo que el gélido viento del norte. El lobo había aullado a la noche, y aquel sonido hizo que un escalofrío le recorriera la columna.
«No seas idiota —se dijo—. Un lobo, una ráfaga de viento, un bosque oscuro... no significan nada. Y, pese a todo...» Durante el tiempo que pasó en el Castillo Negro había llegado a apreciar al viejo Jeor Mormont.
—Espero que el Viejo Oso sobreviviera a ese ataque.
—Así fue.
—Y que vuestros hermanos mataran a esos... eh... a esos muertos.
—Lo hicimos.
—¿Seguro que esta vez están muertos? —preguntó Tyrion con voz amable. Al oír la carcajada de Bronn supo que había elegido el camino adecuado—. ¿Muertos del todo?
—Estaban muertos desde el principio —le espetó Ser Alliser—. Pálidos y helados, con las manos y los pies negros. He traído la mano de Jared, el lobo del bastardo se la arrancó al cadáver.
—¿Y dónde está ese encantador recuerdo? —preguntó Meñique.
—Se... —Ser Alliser frunció el ceño, incómodo—. Se pudrió mientras esperaba que me recibierais. No quedan más que los huesos.
Las risitas contenidas llenaron la sala.
—Lord Baelish —llamó Tyrion a Meñique—, comprad a nuestro valiente Ser Alliser un centenar de palas para que se las lleve al Muro.
—¿Palas? —Ser Alliser tenía entrecerrados los ojos con gesto de desconfianza.
—Si enterráis a vuestros muertos, seguro que no se vuelven a levantar —le dijo Tyrion, y la corte rió abiertamente—. Las palas solucionarán vuestros problemas, sobre todo si las usan unos brazos fuertes. Ser Jacelyn, encargaos de que el buen hermano elija a los que quiera de las mazmorras de la ciudad.
—Como queráis, mi señor —dijo Ser Jacelyn—. Pero las celdas están casi vacías. Yoren se llevó a todos los hombres útiles.
—Pues arrestad a unos cuantos —sugirió Tyrion—. O haced correr la voz por las calles de que en el Muro hay pan y nabos, y vendrán muchos voluntarios.
En la ciudad había muchas bocas que alimentar, y la Guardia de la Noche siempre necesitaba hombres. A una señal de Tyrion, el heraldo anunció el fin de la audiencia, y la sala empezó a vaciarse.
Pero Alliser Thorne no se daba por vencido tan fácilmente. Cuando Tyrion bajó del Trono de Hierro lo estaba esperando al pie de las escaleras.
—¿Creéis que he navegado desde Guardiaoriente del Mar —le espetó al tiempo que le cortaba el paso— para que alguien como vos se burle de mí? Esto no es ninguna broma. Yo mismo lo vi. Os digo que los muertos caminan.
—Deberíais matarlos mejor. —Tyrion se alejó. Ser Alliser fue a agarrarlo por la manga, pero Preston Greenfield lo empujó hacia atrás.
—Ni un paso más, ser.
—¡Eres un estúpido, Gnomo! —gritó Thorne a la espalda de Tyrion; no era tan idiota como para enfrentarse a un caballero de la Guardia Real.
—¿Yo? —El enano se volvió—. ¿De verdad? Entonces, ¿por qué todos se reían de vos? —Le dirigió una sonrisa desganada—. Habéis venido a buscar hombres, ¿no?
—Empiezan a soplar vientos fríos. Hay que defender el Muro.
—Y para defender el Muro necesitáis hombres, y os los acabo de proporcionar... como habríais notado si prestarais oído a otra cosa que no fueran los insultos. Tomad a los hombres, dadme las gracias y marchaos antes de que me vea obligado a amenazaros de nuevo con un tenedor para marisco. Dad recuerdos de mi parte a Lord Mormont... y también a Jon Nieve.
Bronn agarró a Ser Alliser por el codo y lo obligó a salir de la sala.
El Gran Maestre Pycelle ya se había escabullido, pero Varys y Meñique presenciaron el enfrentamiento de principio a fin.
—La admiración que siento por vos no deja de crecer, mi señor —confesó el eunuco—. Apaciguáis al joven Stark con los huesos de su padre, y al mismo tiempo despojáis a vuestra hermana de sus protectores. Dais al hermano negro los hombres que busca, libráis a la ciudad de unas cuantas bocas hambrientas, pero lo hacéis de manera que parezca una burla, para que nadie pueda decir que el enano tiene miedo de snarks y grumkins. Muy hábil, sin duda, muy hábil.
—¿De veras vais a prescindir de todos vuestros guardias, Lannister? —preguntó Meñique mientras se acariciaba la barba.
—No, voy a prescindir de todos los guardias de mi hermana.
—La reina no lo tolerará.
—Ya veréis como sí. Soy su hermano. Cuando me conozcáis mejor, veréis que siempre lo digo todo de veras.
—¿Hasta las mentiras?
—Sobre todo las mentiras. Presiento que no estáis muy contento conmigo, Lord Petyr.
—Os estimo tanto como siempre, mi señor. Aunque no me gusta que me tomen el pelo. Si Myrcella contrae matrimonio con Trystane Martell, mal podrá hacerlo con Robert Arryn, ¿no creéis?
—Sería un gran escándalo —reconoció—. Lamento esa pequeña treta, Lord Petyr, pero cuando hablé con vos no sabía que en Dorne iban a aceptar mi oferta.
—No me gusta que me mientan, mi señor. —Aquello no había apaciguado a Meñique—. La próxima vez mantenedme al margen de vuestros engaños.
«Sólo si vos hacéis lo mismo conmigo», pensó Tyrion al tiempo que miraba la daga que Meñique llevaba a la cintura.
—No sabéis cuánto lamentaría haberos ofendido. Todo el mundo sabe lo mucho que os apreciamos, mi señor. Y cuánta necesidad tenemos de vos.
—Pues tratad de recordarlo. —Meñique dio media vuelta y se marchó.
—Varys, acompañadme —pidió Tyrion.
Salieron juntos por la puerta del rey, situada tras el trono. El eunuco arrastraba ligeramente las zapatillas sobre la piedra.
—Sabéis que Lord Baelish está en lo cierto. La reina no permitirá que alejéis a su guardia.
—Sí que lo permitirá. Vos os encargaréis de eso.
—¿De verdad? —Una sonrisa afloró a los labios regordetes de Varys.
—No os quepa duda. Le diréis que es parte de mi plan para liberar a Jaime.
Varys se acarició una mejilla empolvada.
—Del que sin duda forman parte los cuatro hombres que vuestro Bronn ha buscado con tanta diligencia en los bajos fondos de Desembarco del Rey. Un ladrón, un envenenador, un actor y un asesino.
—Si les ponemos capas rojas y yelmos adornados con leones serán idénticos al resto de los guardias. Me pasé mucho tiempo tratando de idear un plan para introducirlos en Aguasdulces, antes de que se me ocurriera meterlos a la vista de todos. Entrarán a caballo por la puerta principal, con el estandarte de los Lannister y escoltando los huesos de Lord Eddard. —Esbozó una sonrisa retorcida—. Si fueran sólo cuatro hombres los vigilarían de cerca. Cuatro entre cuatrocientos podrán pasar desapercibidos. Así que tengo que enviar a los verdaderos guardias junto con los falsos... tal como le vais a explicar a mi hermana.
—Y ella por el bien de su amado hermano, pese a sus recelos, accederá. —Bajaron hacia una columnata desierta—. De todos modos, no poder contar con sus capas rojas hará que se sienta insegura.
—Me gusta que se sienta insegura —dijo Tyrion.
Ser Cleos Frey partió aquella misma tarde, escoltado por Vylarr y un centenar de guardias Lannister de capas rojas. Los hombres enviados por Robb Stark se unieron a ellos ante la Puerta de los Dioses, para el largo viaje de vuelta hacia el oeste.
Tyrion encontró a Timett jugando a los dados en los barracones con sus Hombres Quemados.
—Ven a mis estancias a medianoche.
Timett clavó en él su único ojo y asintió con gesto brusco. No era persona dada a los discursos.
Aquella noche cenó con los Grajos de Piedra y los Hermanos de la Luna en la sala menor, aunque por una vez prescindió del vino. Necesitaba tener la cabeza bien despejada.
—Shagga, ¿qué luna hay esta noche?
—Luna nueva, creo. —El ceño de Shagga resultaba aterrador.
—En el oeste la llamamos luna del traidor. Trata de no emborracharte esta noche y asegúrate de que tienes el hacha bien afilada.
—El hacha de un Grajo de Piedra siempre está afilada, y las hachas de Shagga son las más afiladas de todas. Una vez le corté la cabeza a un hombre, y no se dio cuenta hasta que no intentó cepillarse el pelo. Entonces se le cayó.
—¿Por eso tú no te peinas nunca?
Las carcajadas de los Grajos de Piedra retumbaron en toda la sala, y las de Shagga eran las más sonoras.
A medianoche el castillo estaba oscuro y silencioso. Sin duda unos cuantos capas doradas lo espiaban desde las murallas y lo vieron salir de la Torre de la Mano, pero nadie dijo nada. Era la Mano del Rey y podía ir adonde gustara.
La endeble puerta de madera cedió con un crujido retumbante ante la patada de Shagga. Los trozos de madera volaron hacia el interior de la estancia, y Tyrion oyó un gritito femenino de terror. Shagga terminó de abatir la puerta con tres fuertes hachazos, y entró entre las ruinas. Lo siguió Timett, y luego Tyrion, saltando sobre las astillas. El fuego se había consumido y apenas si quedaban unas brasas, y las sombras que proyectaban en el dormitorio eran grandes y alargadas. Cuando Timett arrancó los pesados cortinajes del lecho, la criada desnuda los miró con los ojos muy abiertos.
—Por favor, mis señores —suplicó—, no me hagáis daño. —Se apartó de Shagga, sonrojada y temerosa, tratando de cubrir sus encantos con las manos, aunque obviamente le faltaba una.
—Vete —le dijo Tyrion—. No es a ti a quien buscamos.
—Shagga quiere a esta mujer.
—Shagga quiere a todas las putas en esta ciudad de putas —se quejó Timett, hijo de Timett.
—Sí —asintió Shagga, imperturbable—. Shagga le hará un hijo fuerte.
—Cuando la chica quiera un hijo fuerte ya te buscará ella —dijo Tyrion—. Timett, llévala afuera... con cortesía, por favor.
El Hombre Quemado sacó a la chica de la cama y casi la arrastró afuera de la estancia. Shagga los vio alejarse, apesadumbrado como un perrito castigado. La chica saltó sobre los restos de la puerta y salió al pasillo, ayudada por un firme empujón de Timett. Sobre sus cabezas, los cuervos graznaban sin cesar.
Tyrion apartó la suave manta de la cama y descubrió debajo al Gran Maestre Pycelle.
—Decidme, ¿en la Ciudadela aprueban que os llevéis a las criadas a la cama, maestre?
—¿Q-qué significa esto? Soy un anciano, y vuestro leal servidor... —El viejo maestre estaba tan desnudo como la chica, aunque ofrecía un espectáculo mucho menos agradable. Tenía los ojos bien abiertos para variar.
—Tan leal que sólo enviasteis una de mis cartas a Doran Martell. —Tyrion se subió a la cama—. La otra se la disteis a mi hermana.
—N-no —gimoteó Pycelle—. Eso es falso, lo juro, no fui yo. Varys, fue Varys, la Araña, os lo advertí...
—¿Todos los maestres mienten tan mal? A Varys le dije que iba a entregar a mi sobrino Tommen al príncipe Doran como pupilo. A Meñique le dije que pensaba casar a Myrcella con Lord Robert del Nido de Águilas. No le dije a nadie que iba a ofrecer a Myrcella a los hombres de Dorne... la verdad sólo estaba en las cartas que os confié. A vos.
—Los pájaros se pierden, alguien pudo robar los mensajes, o venderlos... —Pycelle se aferró a una esquina de la manta—. Fue Varys, os podrían contar cosas de ese eunuco que os helarían la sangre...
—Mi dama prefiere que tenga la sangre caliente.
—No cometáis un error, por cada secreto que el eunuco os susurra al oído, os oculta siete. Y Meñique, ése sí que...
—Lo sé todo acerca de Lord Petyr. Confío en él casi tan poco como en vos. Shagga, córtale la virilidad y échasela de comer a las cabras.
—No hay cabras, Mediohombre —dijo Shagga blandiendo el hacha de doble filo.
—Qué se le va a hacer.
Shagga saltó hacia delante con un rugido. Pycelle chilló y mojó la cama, regando la orina en todas direcciones mientras trataba de ponerse fuera de su alcance. El salvaje lo agarró por la punta de la ondulada barba blanca, y le cortó tres cuartas partes de la misma de un golpe de hacha.
—Timett, ¿no crees que nuestro amigo se mostrará más sincero cuando no pueda esconderse detrás de esos bigotes? —Tyrion cogió un trozo de sábana para limpiarse los meados de las botas.
—No tardará en decir la verdad. —La oscuridad llenaba el hueco del ojo quemado de Timett—. Huelo el hedor de su miedo.
Shagga tiró un puñado de pelo sobre las mantas y agarró la barba que quedaba.
—Estaos quieto, maestre —le suplicó Tyrion—. Cuando Shagga se enfada le tiemblan las manos.
—A Shagga nunca le tiemblan las manos —replicó indignado el hombretón al tiempo que ponía la gran hoja en forma de medialuna bajo la barbilla de Pycelle y le afeitaba otro mechón de barba.
—¿Cuánto hace que espiáis para mi hermana? —le preguntó Tyrion.
—Todo lo que he hecho ha sido por la Casa Lannister. —La respiración de Pycelle era rápida y trabajosa. Una película de sudor cubría la ancha cúpula que era la frente del anciano, tenía mechones de pelo blanco pegados a la piel arrugada—. Siempre... desde hace años... preguntádselo a vuestro señor padre, siempre he sido su leal servidor... Yo fui quien dijo a Aerys que le abriera las puertas...
Aquello cogió a Tyrion por sorpresa. No había sido más que un niño feo en Roca Casterly cuando la ciudad cayó.
—Así que el saqueo de Desembarco del Rey también fue obra vuestra.
—¡Por el reino! Una vez muriera Rhaegar, la guerra terminaría. Aerys estaba loco, Viserys era demasiado pequeño, el príncipe Aegon no era más que un bebé de pecho, pero el reino necesitaba un rey... Recé por que fuera vuestro padre, pero Robert era demasiado fuerte, y Lord Stark se movió demasiado deprisa...
—Me pregunto a cuántos habéis traicionado. A Aerys, a Eddard Stark, a mí... ¿al rey Robert también? A Lord Arryn, al príncipe Rhaegar... ¿Cuándo empezó todo, Pycelle? —Porque sabía bien cuándo iba a terminar. El hacha arañó la nuez de la garganta de Pycelle y rozó la temblorosa piel sensible debajo de la barbilla, afeitando los últimos pelos.
—Vos... vos no estabais aquí —gimió al sentir que la hoja subía hacia sus mejillas—. Robert... sus heridas... si las hubierais visto, si supierais cómo olían, no os cabría duda...
—No, ya sé que el jabalí os hizo el trabajo sucio... pero si lo hubiera dejado a medias, no me cabe duda de que lo habríais terminado.
—Era un mal rey... engreído, borracho, lujurioso... hubiera acabado por repudiar a su reina, a vuestra hermana... por favor... Renly conspiraba para traer a la doncella de Altojardín a la corte, para que sedujera a vuestro hermano... es la verdad de los dioses...
—¿Y para qué conspiraba Lord Arryn?
—Lo sabía —dijo Pycelle—. Lo de... lo de...
—Ya sé qué sabía —le espetó Tyrion, que no tenía ningunas ganas de que Shagga y Timett se enterasen también.
—Iba a enviar a su esposa al Nido de Águilas y a su hijo a Rocadragón como pupilo... pensaba actuar...
—De manera que lo envenenasteis para que no hiciera nada.
—No —se resistió débilmente Pycelle.
Shagga gruñó y lo agarró por la cabeza. Tenía la mano tan grande que podría aplastar el cráneo del maestre como si fuera un huevo.
—Tch tch —dijo Tyrion—. Vi las lágrimas de Lys entre vuestras pócimas. Y echasteis al maestre de Lord Arryn para atenderlo vos mismo y así aseguraros de que moría.
—¡Eso es falso!
—Necesita un afeitado más apurado —sugirió Tyrion—. Otra vez por la garganta.
El hacha se movió de nuevo, raspando la piel. Los labios de Pycelle temblaban, la saliva espumeaba entre ellos.
—Intenté salvar a Lord Arryn. Os lo juro...
—Ve con cuidado, Shagga, que lo has cortado.
—Los hijos de Dolf son guerreros —gruñó Shagga—, no barberos.
Cuando vio que un reguerito de sangre le manaba del cuello y le caía sobre el pecho, el anciano se estremeció y lo abandonaron las últimas fuerzas. Parecía hundido, más menudo y frágil que cuando habían entrado.
—Sí —sollozó—, sí, Colemon lo estaba purgando, así que lo eché. La reina necesitaba que Lord Arryn muriera, no lo dijo con esas palabras, no podía, Varys estaba escuchando, siempre escucha, pero la miré y lo supe. Aunque no fui yo quien le administró el veneno, os lo juro. —El anciano se echó a llorar—. Varys os lo puede decir, fue el chico, Hugh, su escudero, seguro que lo hizo él, preguntad a vuestra hermana, preguntádselo.
—Atadlo y lleváoslo —ordenó Tyrion. Estaba asqueado—. Arrojadlo a una de las celdas negras.
Lo arrastraron entre los restos de la puerta.
—Lannister —gimió—, todo lo he hecho siempre por los Lannister...
Cuando se lo hubieron llevado, Tyrion revisó a conciencia sus habitaciones y cogió unos cuantos frasquitos más de los estantes. Los cuervos no dejaban de graznar sobre su cabeza, era un sonido extrañamente tranquilo. Habría que buscar a alguien para que se encargara de los pájaros antes de que les enviaran un sustituto para Pycelle desde la Ciudadela.
«Era en el que más esperaba confiar.» Sospechaba que Varys y Meñique no eran más leales que Pycelle... sólo más sutiles, y por tanto más peligrosos. Tal vez el sistema de su padre habría sido el mejor: llamar a Ilyn Payne, montar tres cabezas sobre las puertas, y se acabó.
«Y sería un hermoso espectáculo», pensó.

ARYA

«El miedo hiere más que las espadas», se repetía Arya, pero no conseguía espantar el miedo. Formaba parte de sus días, igual que el pan duro y las ampollas en los dedos de los pies tras un largo día de marcha por el camino duro, irregular.
Hasta entonces había creído que sabía qué era el miedo, pero lo descubrió de verdad en aquel almacén al lado del Ojo de Dioses. Había pasado allí ocho días hasta que la Montaña dio orden de ponerse en marcha, y cada uno de aquellos días vio morir a alguien.
La Montaña entraba en el almacén después de desayunar y elegía a uno de los prisioneros para interrogarlo. Los aldeanos nunca lo miraban. Tal vez creían que, si no se fijaban en él, él no se fijaría en ellos... pero sí, sí los veía, y elegía al que le parecía mejor. No había lugar donde esconderse, ningún truco posible, ninguna manera de estar a salvo.
Una chica compartió el lecho de un soldado durante tres noches consecutivas; al cuarto día la Montaña la eligió, y el soldado no dijo nada.
Un viejo sonriente les remendaba las ropas sin parar de parlotear sobre su hijo, decía que servía con los capas doradas en Desembarco del Rey.
—Es leal al rey —decía—, un buen hombre, leal al rey, igual que yo, siempre con Joffrey.
Lo repetía tan a menudo que el resto de los prisioneros empezaron a llamarlo Siempre-con-Joffrey, pero cuando no escuchaban los guardias, claro. A Siempre-con-Joffrey lo eligió el quinto día.
Una joven madre con la cara picada de viruelas se ofreció a decirles todo lo que sabía si le prometían que no harían daño a su hija. La Montaña la escuchó. A la mañana siguiente eligió a la hija, sólo para asegurarse de que no se había olvidado de nada.
A los elegidos los interrogaba a plena vista de los cautivos, para que vieran el destino reservado a rebeldes y traidores. Había un hombre al que los demás llamaban Cosquillas, que era el que hacía las preguntas. Tenía el rostro tan vulgar y vestía ropas tan sencillas que Arya lo tomó por uno de los aldeanos hasta que lo vio trabajar.
—Cosquillas los hace gritar tanto que se mean —les dijo el viejo Chiswyck, con sus hombros cargados.
Chiswyck era al que había intentado morder, el mismo que dijo que era una salvaje y la dejó sin sentido con un puñetazo del guantelete. A veces él mismo ayudaba a Cosquillas. A veces lo hacían otros. Ser Gregor Clegane se limitaba a observar, inmóvil, escuchando, hasta que la víctima moría.
Las preguntas eran siempre las mismas. ¿Dónde estaba escondido el oro de la aldea? ¿Plata, piedras preciosas? ¿Había más comida? ¿Dónde estaba Lord Beric Dondarrion? ¿Qué aldeanos lo habían ayudado? ¿Cuándo se fue? ¿Qué dirección tomó? ¿Cuántos hombres llevaba? ¿Cuántos caballeros, cuántos arqueros, cuántos soldados de a pie? ¿Cómo iban armados? ¿De cuántos caballos disponían? ¿Cuántos estaban heridos? ¿Qué otros enemigos habían visto? ¿Cuántos? ¿Cuándo? ¿Qué estandartes llevaban? ¿A dónde habían ido? ¿Dónde estaba escondido el oro de la aldea? ¿Plata, piedras preciosas? ¿Dónde estaba Lord Beric Dondarrion? ¿Cuántos hombres llevaba? Al tercer día, Arya se había sentido capaz de formular ella misma las preguntas.
Encontraron un poco de oro, un poco de plata, una gran saca de moneditas de cobre y una copa mellada con granates engastados por la que dos soldados casi llegaron a las manos. Supieron que Lord Beric iba con diez hombres muertos de hambre, o tal vez con un centenar de caballeros y sus monturas; que se habían dirigido hacia el oeste, o hacia el norte, o hacia el sur; que había cruzado el lago en bote; que era fuerte como un uro, o bien estaba debilitado por la colerina sangrienta. Nadie, hombre, mujer o niño, sobrevivió al interrogatorio de Cosquillas. Los más fuertes aguantaban hasta pasado el ocaso. Luego colgaban sus cadáveres más allá de las hogueras para que los devorasen los lobos.
Cuando emprendieron la marcha, Arya sabía que no era ninguna danzarina del agua. Syrio Forel jamás habría permitido que lo noquearan y le quitaran la espada, ni se habría quedado mirando mientras mataban a Lommy Manosverdes. Syrio jamás se habría sentado en silencio en aquel almacén, ni caminaría arrastrando los pies con los otros cautivos. El blasón de los Stark era el lobo huargo, pero Arya se sentía más bien como una oveja en medio del rebaño. Y detestaba a los aldeanos por su cobardía casi tanto como se detestaba a sí misma.
Los Lannister se lo habían quitado todo: padre, amigos, hogar, esperanza y valor. Uno le había arrebatado a Aguja, mientras que otro había roto contra la rodilla su espada de madera. Hasta le habían robado su estúpido secreto. El almacén era grande, con lo que siempre pudo escabullirse para orinar en cualquier rincón, pero en el camino la cosa cambió. Se aguantó tanto como pudo, pero al final tuvo que acuclillarse junto a un arbusto y desatarse los calzones delante de todos. Era eso u orinarse encima. Pastel Caliente la miró con los ojos abiertos como platos, pero a nadie más le importó. Niña oveja, niño oveja, a Ser Gregor y a sus hombres tanto les daba.
Sus captores tampoco permitían que hablaran. Un labio roto enseñó a Arya a refrenar la lengua. Otros no aprendieron la lección. Un niño de tres años no dejaba de llamar a su padre, así que le destrozaron la cabeza con una maza. Cuando la madre del niño empezó a gritar, Raff el Dulce la mató a ella también.
Arya los vio morir y no hizo nada. ¿De qué servía ser valiente? Una de las mujeres elegidas para el interrogatorio había tratado de ser valiente, pero murió entre gritos igual que todos los demás. En la columna de prisioneros no había personas valientes, sólo personas asustadas y hambrientas. La mayoría eran mujeres y niños. Los pocos hombres que quedaban eran muy viejos, o muy jóvenes; el resto habían quedado encadenados al patíbulo, como alimento para los lobos y los cuervos. El único al que habían perdonado era a Gendry, y eso porque reconoció que había forjado él mismo el yelmo con cuernos. Los herreros, aunque fueran aprendices, valían demasiado para matarlos.
Los llevaban prisioneros para servir a Lord Tywin Lannister en Harrenhal, según les había dicho la Montaña.
—Sois traidores y rebeldes, así que dad gracias a los dioses por que Lord Tywin os dé esta oportunidad. Los forajidos no os tratarían tan bien. Obedeced, servid, y viviréis.
—No es justo, no es justo —oyó quejarse a una anciana aquella noche, cuando ya se habían acostado—. No hemos cometido ninguna traición, aquellos otros vinieron y se llevaron lo que quisieron, igual que éstos.
—Pero Lord Beric no nos hizo daño —susurró su amiga—. Y aquel sacerdote rojo que iba con él pagó lo que se llevaron.
—¿Qué pagó? Cogió dos de mis pollos y me dio un trozo de papel con un dibujo. ¿Qué hago con un trozo de papel, me lo como? ¿Va a poner huevos? —Miró a su alrededor, y al ver que no había guardias cerca, escupió tres veces—. Eso por los Tully, eso por los Lannister y eso por los Stark.
—Es una vergüenza —siseó un anciano—. El viejo rey no habría tolerado esto.
—¿El rey Robert? —preguntó Arya, olvidando la cautela.
—El rey Aerys, los dioses lo bendigan —replicó el anciano, demasiado alto.
Un guardia se acercó a ellos para hacerlos callar. El anciano perdió los dos dientes que le quedaban, y aquella noche no hubo más charla.
Además de los prisioneros, la columna de Ser Gregor llevaba una docena de cerdos, una jaula de gallinas, una vaca lechera un tanto flaca y nueve carromatos de pescado en salazón. La Montaña y sus hombres tenían caballos, pero todos los cautivos iban a pie, y a los que estaban demasiado débiles para seguir el ritmo de la marcha los mataban de inmediato, igual que a los pocos estúpidos que intentaron escapar. Por las noches los guardias arrastraban a mujeres entre los arbustos, y muchas parecían esperarlo y los acompañaban sin oponer resistencia. Una chica más bonita que el resto tenía que irse con cuatro o cinco hombres diferentes cada noche, hasta que al final golpeó a uno con una roca. Ser Gregor los obligó a todos a mirar mientras le cortaba la cabeza con su gran espada.
—Dejad el cuerpo ahí para los lobos —ordenó al terminar, al tiempo que entregaba la espada a su escudero para que la limpiara.
Arya miró de reojo a Aguja, envainada a la cintura de un soldado calvo de barba negra llamado Polliver. «Menos mal que me la han quitado», pensó. De lo contrario habría intentado ensartar allí mismo a Ser Gregor, él la habría cortado en dos y los lobos se la comerían también a ella.
Polliver no era tan malo como algunos de los otros, aunque le había robado a Aguja. La noche en que la atraparon, los hombres de los Lannister habían sido desconocidos sin nombre, tan semejantes como los yelmos que les cubrían el rostro hasta la nariz, pero había acabado por conocerlos a todos. Sabía cuáles eran perezosos, cuáles crueles, cuáles astutos y cuáles idiotas. Había que aprender que, aunque al que llamaban Bocamierda tenía la lengua más sucia que había oído en su vida, te daba un trozo extra de pan si se lo pedías, mientras que el alegre vejete Chiswyck y el amable Raff no te daban más que una bofetada.
Arya miraba, escuchaba y pulía sus odios igual que Gendry había pulido en el pasado su casco con cuernos. Ahora lo llevaba un tal Dunsen, y por eso lo odiaba. Odiaba a Polliver por lo de Aguja, y odiaba al viejo Chiswyck, que se creía gracioso. Y a Raff el Dulce, que había atravesado la garganta de Lommy con su lanza, lo odiaba todavía más. Odiaba a Ser Amory Lorch por Yoren, y odiaba a Ser Meryn Trant por Syrio, al Perro por matar a Mycah, el hijo del carnicero, y a Ser Ilyn, al príncipe Joffrey y a la reina por su padre, por Tom el Gordo, por Desmond y por todos los demás, hasta por Dama, la loba de Sansa. Cosquillas casi le daba demasiado miedo para odiarlo. A ratos casi se olvidaba de que estaba allí; cuando no interrogaba a nadie, no era más que otro soldado, más silencioso que la mayoría, con un rostro igual al de miles de hombres.
Arya repetía sus nombres cada noche.
—Ser Gregor —susurraba a su almohada de piedra—. Dunsen, Polliver, Chiswyck, Raff el Dulce. Cosquillas y el Perro. Ser Amory, Ser Ilyn, Ser Meryn, el rey Joffrey, la reina Cersei.
En Invernalia, Arya rezaba con su madre en el sept y con su padre en el bosque, pero en el camino que llevaba a Harrenhal no había dioses, y aquella lista de nombres era la única plegaria que quería recordar.
Caminaban todos los días, todas las noches repetía los nombres, hasta que por fin los árboles empezaron a estar más dispersos y dejaron paso a un paisaje de colinas onduladas, campos sembrados, arroyos serpenteantes y prados iluminados por el sol, donde los restos de torreones quemados sobresalían negros como dientes podridos. Tuvo que transcurrir otro largo día de marcha antes de que divisaran a lo lejos las torres de Harrenhal, junto a las aguas azules del lago.
Los cautivos no dejaban de repetirse que una vez llegaran a Harrenhal las cosas mejorarían, pero Arya no estaba tan segura. Recordaba las historias de la Vieja Tata sobre el castillo fruto del terror. Harren el Negro había mezclado sangre humana con el cemento, solía decirles la Tata en voz muy baja para que los niños tuvieran que acercarse para oírla, pero los dragones de Aegon habían asado a Harren con todos sus hijos dentro de sus muros de piedra. Arya se mordió el labio y siguió caminando con pies encallecidos. Se decía que no podía faltar mucho; aquellas torres no podían estar a más de unos pocos kilómetros.
Pero caminaron todo aquel día y buena parte del siguiente antes de llegar por fin a la retaguardia del ejército de Lord Tywin, acampado al oeste del castillo, entre los restos quemados de una ciudad. Desde lejos, Harrenhal resultaba engañoso, porque tenía un tamaño gigantesco. Sus colosales murallas se alzaban a la orilla del lago como acantilados, mientras que las hileras de escorpiones de hierro y madera en las almenas parecían diminutas como insectos.
El hedor de la hueste de los Lannister llegó a Arya mucho antes de que alcanzara a distinguir los estandartes que ondeaban a lo largo de la orilla del lago, sobre los pabellones de los occidentales. Por el olor supo que Lord Tywin llevaba allí cierto tiempo. El anillo de letrinas que rodeaba el campamento estaba rebosante y lleno de moscas, y muchas de las estacas afiladas que protegían el perímetro tenían una ligera pelusilla verde.
La caseta de entrada de Harrenhal era del tamaño del Torreón Principal de Invernalia, tan maltratada como gigantesca, con las piedras llenas de grietas y descoloridas. Desde el exterior sólo se veían las cimas de cuatro torres inmensas más allá del muro. La más baja era casi el doble de alta que la más grande de Invernalia, pero no se alzaban como debían alzarse unas torres. A Arya le dio la impresión de que eran como los dedos nudosos de un anciano que intentaran agarrar las nubes. Recordó que la Vieja Tata les había contado cómo la piedra se había fundido y fluido igual que cera, por las escaleras y por las ventanas, con un brillo rojo opaco, en busca del lugar donde Harren se había tratado de ocultar. En aquel momento se lo creía todo; cada una de las torres era más grotesca y deforme que la anterior, todas bulbosas, llenas de hendiduras y grietas.
—¡No quiero entrar ahí! —chilló Pastel Caliente cuando las puertas se abrieron para recibirlos—. Ahí dentro hay fantasmas.
—Pues tienes que elegir, panadero —contestó Chiswyck que lo había oído, pero por una vez se limitó a sonreír—. Entra con los fantasmas, o conviértete en fantasma.
Pastel Caliente entró con los demás.
En el edificio de piedra y madera, lleno de ecos, que albergaba los baños, obligaron a los prisioneros a desnudarse y a frotarse entre ellos dentro de bañeras de agua demasiado caliente hasta que todos tuvieron la piel enrojecida. Dos ancianas de aspecto cruel supervisaron el proceso, sin dejar de hablar de ellos con tanta brutalidad como si fueran asnos recién comprados. Cuando le llegó el turno a Arya, el ama Amabel gruñó desalentada al ver el deplorable estado de sus pies, mientras que el ama Harra le palpaba los callos de los dedos, fruto de largas horas de entrenamiento con Aguja.
—Esto es de hacer mantequilla —dijo—, seguro. ¿A que eres hija de algún granjero? Pues tranquila, niña, aquí tendrás ocasión de ganarte un puesto mejor si trabajas duro. Si no trabajas, lo que te ganarás será una paliza. ¿Cómo te llamas?
Arya no se atrevió a decir su verdadero nombre, pero Arry tampoco le servía, era nombre de chico y ya habían visto bien claro que no era ningún chico.
—Comadreja —dijo, porque fue el nombre de la primera niña que le vino a la cabeza—. Lommy me llamaba Comadreja.
—Se comprende —bufó el ama Amabel—. Este pelo es un horror y un nido de piojos. Te raparemos y a las cocinas.
—Prefiero cuidar de los caballos. —A Arya le gustaban los caballos, y tal vez si la asignaban a los establos podría robar uno y escapar. El ama Harra le dio una bofetada tan fuerte que se le abrió de nuevo el labio roto.
—Y más vale que cierres el pico, nadie te ha pedido tu opinión.
La sangre le sabía a metal salado. Arya bajó la vista y no dijo nada. «Si aún tuviera a Aguja no se atrevería a pegarme», pensó, hosca.
—Lord Tywin y sus caballeros tienen mozos de cuadras y escuderos que les cuidan los caballos —dijo el ama Amabel—, no les hace falta una cría como tú. Las cocinas están limpias y calentitas, puedes dormir al lado del fuego y hay mucha comida. No te ha ido mal ahí afuera, pero se nota que no eres una niña muy lista. Harra, me parece que ésta se la debemos dejar a Weese.
—Como digas, Amabel.
Le dieron una túnica de lana basta color gris y unas zapatillas que le quedaban mal, y la enviaron afuera.
Weese era un ayudante de mayordomo asignado a la Torre Aullante, un hombre rechoncho con la nariz gruesa y roja como un carbunclo y unos forúnculos asquerosos enrojecidos en una comisura de los labios carnosos. Arya fue uno de los seis prisioneros que le enviaron. Los miró a todos con ojos penetrantes.
—Los Lannister son generosos con quienes les sirven bien, un honor que ninguno de vosotros merecéis, pero en tiempos de guerra hay que conformarse con lo que se encuentra. Trabajad duro, no os metáis donde no os importa y puede que algún día ocupéis un cargo tan elevado como el mío. Pero si intentáis abusar de la bondad del señor, os estaré esperando cuando se vaya, y entonces os enteraréis.
Recorrió la fila de prisioneros y les fue explicando que nunca debían mirar a los nobles a los ojos, ni hablar si no les hablaban, ni cruzarse en el camino del señor.
—La nariz no me engaña nunca —alardeó—. Puedo oler la rebeldía, el orgullo, la desobediencia... Como huela cualquiera de esas cosas, lo pagaréis. Cuando os olfatee, no quiero otro olor que el del miedo.

DAENERYS

En los muros de Qarth algunos hombres golpeaban gongos para anunciar su llegada, mientras otros hacían sonar extraños cuernos que rodeaban sus cuerpos como grandes serpientes de bronce. Una columna de camellos salió de la ciudad para darles escolta como guardia de honor. Los jinetes vestían armaduras de escamas de cobre y yelmos con hocicos de jabalí y colmillos también de cobre, rematados por largos penachos de seda negra, y las sillas de sus monturas estaban adornadas con rubíes y granates. Los camellos iban cubiertos por mantas de cien colores diferentes.
—Qarth es la ciudad más grande que ha existido o existirá —le había dicho Pyat Pree ya entre los huesos de Vaes Tolorro—. Es el centro del mundo, la puerta entre el norte y el sur, el puente entre el este y el oeste, más antigua que el recuerdo del hombre y tan magnífica que Saathos el Sabio se sacó los ojos después de contemplarla, porque sabía que todo lo que viera a partir de entonces le resultaría triste y feo en comparación.
Dany no se tomó las palabras del brujo al pie de la letra, ni mucho menos, pero la magnificencia de la gran ciudad era innegable. Los tres gruesos muros que rodeaban Qarth mostraban tallas elaboradas. El exterior era de arenisca rojiza, de diez metros de altura y estaba decorado con animales: serpientes sinuosas, milanos en pleno vuelo, peces nadando, todos mezclados con lobos del desierto rojo, cebras rayadas y elefantes monstruosos. El muro central, de doce metros, era de granito gris adornado con escenas de guerra: espadas y lanzas contra escudos, flechas en el aire, héroes luchando, bebés asesinados, piras de cadáveres... La muralla interior eran catorce metros de mármol negro, con tallas que hicieron sonrojar a Dany hasta que se dijo que se estaba comportando como una idiota. No era ninguna doncella. Si podía contemplar las escenas de carnicerías de la muralla gris, ¿por qué tenía que apartar los ojos ante la visión de hombres y mujeres dándose placer unos a otros?
Las puertas exteriores tenían refuerzos de cobre, las intermedias de hierro, y las interiores tachonaduras en forma de ojos dorados. Todas se abrieron al paso de Dany. Cuando entró en la ciudad a lomos de su plata, los niños la precedían echando flores a su paso. Llevaban sandalias doradas y pinturas de colores vivos, y nada más.
Todos los colores que habían faltado en Vaes Tolorro estaban allí, en Qarth. Los edificios que se agolpaban en torno a ella eran fantásticos como un sueño febril, en tonos rosados, violáceos y ocres. Pasó bajo un arco de bronce que imitaba a dos serpientes copulando, cuyas escamas eran delicadas láminas de jade, obsidiana y lapislázuli. Las esbeltas torres eran las más altas que Dany había visto nunca, y en todas las plazas había ornamentadas fuentes en forma de dragones, grifos o manticoras.
Los qarthianos abarrotaban las calles y observaban desde delicados balcones que parecían demasiado frágiles para soportar su peso. Eran altos y de piel blanca, todos ataviados con linos, brocados y pieles de tigre, cada uno de ellos una dama o un señor a ojos de Dany. Las mujeres vestían túnicas que dejaban al descubierto un pecho, mientras que a los hombres les gustaba llevar faldas de seda con cuentas. Al pasar entre ellos envuelta en su túnica de piel de león, con la forma negra de Drogon sobre un hombro, Dany se sintió desastrada y bárbara. Los dothrakis llamaban a los qarthianos «hombres de leche» por su palidez, y Khal Drogo había soñado con el día en que podría saquear las grandes ciudades del este. Miró a sus jinetes de sangre, cuyos ojos oscuros y almendrados no dejaban traslucir sus pensamientos.
«¿Será posible que sólo vean la posibilidad de saquear Qarth? —se preguntó—. Qué salvajes debemos de parecerles.»
Pyat Pree guió a su pequeño khalasar por el centro de una gran galería donde los antiguos héroes de la ciudad se alzaban con el triple de su tamaño natural sobre columnas de mármol blanco y verde. Pasaron por un bazar en un edificio gigantesco en cuyo techo de enrejado habitaban un millar de pájaros de colores alegres. En las terrazas situadas sobre los tenderetes crecían árboles y flores, mientras que abajo parecía que se vendía todo lo que los dioses habían puesto sobre la tierra.
Su plata se encabritó cuando el príncipe mercader Xaro Xhoan Daxos se acercó hacia ella; Dany había descubierto que los caballos no toleraban la cercanía de los camellos.
—Si hay aquí algo que deseéis, oh mujer bella entre las bellas —le dijo Xaro desde su ornamentada silla de montar—, sólo tenéis que decirlo y será vuestro.
—Todo Qarth es suyo —entonó Pyat Pree con sus labios azules al otro lado de Dany—, no necesita fruslerías. Todo será como os prometí, khaleesi. Venid conmigo a la Casa de los Eternos, y beberéis de la verdad y la sabiduría.
—¿Para qué quiere ir a tu Palacio de Polvo, cuando yo puedo ofrecerle la luz del sol, el agua fresca y sedas para dormir? —replicó Xaro al brujo—. Los Trece pondrán una corona de jade negro y ópalos llameantes sobre su hermosa cabeza.
—El único palacio que deseo es el castillo rojo de Desembarco del Rey, mi señor Pyat. —Dany desconfiaba del brujo. La maegi Mirri Maz Duur la había dejado escarmentada de confiar en los que jugaban con hechicerías—. Y si la grandeza de Qarth quiere hacerme regalos, Xaro, que sean naves y espadas para recuperar lo que me corresponde por derecho.
—Como ordenéis, khaleesi. —Los labios azules de Pyat esbozaron una sonrisa gentil. Se alejó, meciéndose al compás del movimiento de su camello, con su larga túnica de cuentas agitándose detrás.
—La joven reina es más sabia de lo que corresponde a sus años —le susurró Xaro Xhoan Daxos desde la altura de su silla—. En Qarth tenemos un refrán: la casa de un brujo está hecha de huesos y mentiras.
—Entonces ¿por qué los hombres bajan la voz para hablar de los brujos de Qarth? En todo oriente se reverencia su poder y su sabiduría.
—En un tiempo fueron poderosos —accedió Xaro—, pero ahora resultan tan ridículos como esos soldados viejos y débiles que alardean de sus proezas cuando hace ya mucho que carecen de fuerza y destreza. Leen sus viejos pergaminos, beben color-del-ocaso hasta que se les ponen los labios azules e insinúan que poseen poderes temibles, pero comparados con los que los precedieron son cáscaras vacías. Os lo advierto, los regalos de Pyat Pree se convertirán en polvo entre vuestras manos. —Rozó con la fusta al camello y se alejó.
—El cuervo llama negro al grajo —comentó Ser Jorah en la lengua común de Poniente. El caballero exiliado cabalgaba a su derecha, como siempre. Para entrar en Qarth se había quitado el atuendo dothraki y volvía a lucir la armadura y las ropas de los Siete Reinos, a medio mundo de distancia—. Alteza, haríais bien en evitar a esos hombres.
—Esos hombres son los que me darán mi corona —replicó ella—. Xaro tiene riquezas sin límites, y Pyat Pree...
—Finge tener poder —terminó bruscamente el caballero. En su jubón verde oscuro, el oso de la Casa Mormont se alzaba sobre las patas traseras, negro y fiero. El gesto de Jorah al contemplar la multitud que abarrotaba el bazar no era menos fiero—. Yo no me quedaría aquí mucho tiempo, mi reina. No me gusta el olor de este lugar.
—Me parece que lo que oléis son los camellos —dijo Dany con una sonrisa—. Los qarthianos tienen un olor dulce, me parece a mí.
—Los olores dulces se suelen utilizar para cubrir un hedor.
«Mi gran oso —pensó Dany—. Soy su reina, pero también seré siempre su cachorro, y siempre me protegerá.» Aquello la hacía sentir segura, pero a la vez triste. Habría querido amarlo de una manera diferente.
Xaro Xhoan Daxos había ofrecido a Dany su hospitalidad mientras estuviera en la ciudad. Ella esperaba algo grandioso. Lo que no esperaba era un palacio más grande que muchas plazas de mercados. «A su lado la mansión del magíster Illyrio en Pentos parece una pocilga», pensó. Xaro le juró que su hogar podía alojar a todo el grupo de Dany con caballos incluidos; pero más que eso, los engulló. A ella le fue asignada un ala completa. Tenía jardines propios, una piscina de mármol, una torre de adivinación y un laberinto de brujo. Había esclavos que atendían la menor de sus necesidades. Los suelos de sus habitaciones privadas eran de mármol verde, y de las paredes colgaban tapices de seda que se estremecían con la menor brisa de aire.
—Sois demasiado generoso —dijo a Xaro Xhoan Daxos.
—No hay regalo demasiado generoso para la Madre de Dragones. —Xaro era un hombre lánguido, elegante, calvo, con la nariz ganchuda adornada con rubíes, ópalos y escamas de jade—. Mañana habrá un festín de pavo real y lengua de alondra, y oiréis música digna de la más hermosa de las mujeres. Los Trece vendrán a rendiros homenaje, así como todos los grandes de Qarth.
«Todos los grandes de Qarth vendrán a ver mis dragones», pensó Dany, pero agradeció a Xaro su amabilidad antes de darle permiso para retirarse. Pyat Pree también se marchó, no sin antes jurarle que pediría a los Eternos que le concedieran una audiencia, «un honor tan poco frecuente como las nieves de verano». Antes de salir le besó el pie desnudo con aquellos labios color azul claro, y le entregó un obsequio, una vasija de ungüento que, según le dijo, permitiría que viera los espíritus del aire. La última de los tres en retirarse fue Quaithe de la Sombra. Sólo dio a Dany un consejo.
—Tened cuidado —dijo la mujer de la máscara de laca roja.
—¿De quién?
—De todos. Vendrán día y noche a contemplar las maravillas que han nacido de nuevo en el mundo, y cuando las vean las desearán. Porque los dragones son fuego hecho carne, y el fuego es poder.
—Dice la verdad, mi reina —comentó Ser Jorah cuando también Quaithe se hubo marchado—. Aunque no confío en ella más que en los otros.
—No la comprendo. —Pyat y Xaro habían colmado a Dany de promesas en cuanto vieron a los dragones, se habían declarado sus más leales sirvientes, pero Quaithe apenas si le había dirigido la palabra, y siempre en tono críptico. Y la desasosegaba no haber visto nunca el rostro de la mujer. «Acuérdate de Mirri Maz Duur —se dijo—. Acuérdate de la traición.» Se volvió hacia sus jinetes de sangre—. Mientras estemos aquí seguiremos montando guardia. Que nadie entre sin mi permiso en esta ala del palacio, y encargaos de que los dragones cuenten siempre con vigilancia.
—Así se hará, khaleesi —dijo Aggo.
—Sólo hemos visto de Qarth lo que Pyat Pree ha querido enseñarnos —prosiguió—. Rakharo, ve a indagar sobre el resto y cuéntame lo que averigües. Llévate a buenos hombres... y también a mujeres, para entrar en los lugares donde no puedan entrar los hombres.
—Lo que tú ordenas yo lo hago, sangre de mi sangre —dijo Rakharo.
—Ser Jorah, id a los muelles y averiguad qué tipo de barcos hay anclados. Ha pasado medio año desde que recibí las últimas noticias de los Siete Reinos. Tal vez los dioses nos hayan enviado con sus vientos a algún buen capitán de Poniente con un barco que nos lleve a casa.
—Los dioses no os harían ningún favor —replicó el caballero con el ceño fruncido—. El Usurpador os matará, tan cierto como que el sol sale por las mañanas. —Mormont se colgó los pulgares del cinto de la espada—. Mi lugar está aquí, a vuestro lado.
—Jhogo también puede cuidarme. Vos conocéis más idiomas que mis jinetes de sangre, y los dothrakis desconfían del mar y de los que lo navegan. Sólo vos podéis hacer esto por mí. Recorred los barcos, hablad con las tripulaciones y averiguad de dónde vienen, adónde van y cómo son sus capitanes.
—Como ordenéis, mi reina —aceptó el exiliado de mala gana.
Una vez se marcharon todos los hombres, las doncellas le quitaron las sedas sucias del viaje, y Dany se dirigió hacia la piscina de mármol a la sombra de un pórtico. El agua era de un frescor delicioso, y en la piscina nadaban pececillos dorados que le mordisqueaban la piel con curiosidad y la hacían reír. Fue muy agradable cerrar los ojos y flotar, sabiendo que podría descansar tanto como quisiera. Se preguntó si en el Torreón Rojo de Aegon habría una piscina como aquélla y jardines fragantes llenos de lavanda y menta.
«Claro, sin duda. Viserys siempre decía que los Siete Reinos eran más hermosos que ningún otro lugar en el mundo.»
Pensar en su hogar le resultaba inquietante. Si su sol y estrellas hubiera vivido, habría guiado a su khalasar a través del agua envenenada para barrer a sus enemigos, pero su fuerza había abandonado aquel mundo. Le quedaban sus jinetes de sangre, defensores jurados y diestros en la batalla, pero sólo al estilo de los señores de los caballos. Los dothrakis saqueaban ciudades y asolaban reinos, no los gobernaban. Dany no quería ver Desembarco del Rey reducido a ruinas ennegrecidas habitadas por fantasmas agitados. Ya había sorbido demasiadas lágrimas. «Quiero que mi reino sea hermoso, para llenarlo de hombres gordos, doncellas hermosas y niños que rían. Quiero que mi pueblo sonría al verme pasar a caballo, igual que decía Viserys que sonreían al ver a mi padre.»
Pero antes tendría que conquistarlo.
«El Usurpador os matará, tan cierto como que el sol sale por las mañanas», había dicho Mormont. Robert había acabado con su valiente hermano Rhaegar, y uno de sus enviados cruzó el mar dothraki para envenenarla junto con su hijo nonato. Se decía que Robert Baratheon era fuerte como un toro e intrépido en la batalla, que amaba la guerra más que nada en el mundo. Y junto a él se alzaban los grandes señores a los que su hermano llamaba «los perros del Usurpador»: Eddard Stark, con sus ojos fríos y su corazón de hielo, y los dorados Lannister, padre e hijo, tan ricos, tan poderosos, tan traicioneros...
¿Cómo iba ella a derrotar a hombres así? Cuando Khal Drogo estaba vivo, los hombres temblaban y le hacían regalos para aplacar su ira. De lo contrario, tomaba sus ciudades, sus riquezas y sus esposas. Pero su khalasar había sido vasto, y el de Dany era exiguo. Su pueblo la había seguido en el cruce del desierto rojo, en pos del cometa, y también la seguirían a través del agua envenenada, pero no eran suficientes. Tal vez ni siquiera sus dragones fueran suficientes. Viserys había creído que el reino se alzaría para apoyar a su rey legítimo... pero Viserys era un idiota, y los idiotas creen idioteces.
Las dudas la hicieron temblar. De repente el agua le pareció fría, y molestos los pececillos que le mordisqueaban la piel. Dany se levantó y salió de la piscina.
—Irri —llamó—. Jhiqui.
Mientras las doncellas la secaban con toallas y la envolvían en una túnica de seda, los pensamientos de Dany se centraron en los tres que habían ido a buscarla a la Ciudad de Huesos.
«La Estrella Sangrante me guió a Qarth con un objetivo. Aquí encontraré lo que necesito, si tengo la fuerza para aceptar lo que me ofrezcan y la sabiduría para evitar trampas y engaños. Si los dioses quieren que conquiste, me darán los medios, me enviarán una señal, y si no... si no...»
Ya casi había anochecido cuando Irri llegó junto a Dany, que estaba alimentando a los dragones al otro lado de las cortinas de seda, para decirle que Ser Jorah había regresado de los muelles... y que no venía solo.
—Hazlo entrar, con quienquiera que haya traído —dijo, curiosa.
Cuando pasaron la encontraron sentada entre cojines, rodeada por los dragones. El hombre que acompañaba a Ser Jorah llevaba una capa de plumas verdes y amarillas, y tenía la piel tan negra como el azabache pulido.
—Alteza —dijo el caballero—, os presento a Quhuru Mo, capitán del Viento de canela, que viene de Árboles Altos.
—Es un gran honor para mí, mi reina —dijo el hombre negro arrodillándose. No hablaba la lengua de las Islas del Verano, que Dany desconocía, sino el fluido valyrio de las Nueve Ciudades Libres.
—El honor es mío, Quhuru Mo —dijo Dany en el mismo idioma—. ¿Venís de las Islas del Verano?
—Así es, Alteza, pero no hace ni medio año que tocamos puerto en Antigua. De allí os traigo un regalo maravilloso.
—¿Un regalo?
—Un regalo en forma de noticias. Madre de Dragones, Hija de la Tormenta, os digo la verdad, Robert Baratheon ha muerto.
Tras los muros, el ocaso cubría Qarth de oscuridad, pero en el corazón de Dany había salido el sol.
—¿Muerto?
—Así se dice en Antigua, en Dorne, en Lys y en todos los puertos que hemos tocado.
«Me envió vino envenenado, pero yo vivo y él ha muerto.» Sobre su hombro, Viserion batió en el aire las alas color crema.
—¿En qué circunstancias?
—Mientras cazaba en su Bosque Real lo destrozó un jabalí monstruoso, o eso me dijeron en Antigua. Otros cuentan que lo traicionó su reina, o su hermano, o Lord Stark, que era su Mano. Pero todos los relatos coinciden en que el rey Robert está muerto y enterrado.
Dany jamás había visto al Usurpador, pero rara vez pasaba un día sin que pensara en él. Su larga sombra la había cubierto desde el día en que nació, cuando la parieron en medio de sangre y truenos a un mundo en el que ya no tenía lugar. Y aquel desconocido de ébano acababa de disipar esa sombra.
—Ahora el que ocupa el Trono de Hierro es el chico —dijo Ser Jorah.
—El rey Joffrey reina —asintió Quhuru Mo—, pero los Lannister gobiernan. Los hermanos de Robert han huido de Desembarco del Rey. Se dice que ambos quieren reclamar la corona. Y la Mano ha caído, era Lord Stark, amigo del rey Robert. Ha sido detenido por traición.
—¿Ned Stark... traidor? —bufó Ser Jorah—. Imposible. El Largo Verano volverá antes de que ése mancille su estimado honor.
—¿Qué honor puede tener? —dijo Dany—. Traicionó a su rey legítimo, igual que esos Lannister. —Estaba complacida de que los perros del Usurpador pelearan entre ellos, aunque no sorprendida. Lo mismo había sucedido cuando murió Drogo, y su gran khalasar se hizo pedazos—. Mi hermano Viserys, que era el rey legítimo, también ha muerto —dijo al isleño—. Khal Drogo, mi señor esposo, lo mató con una corona de oro fundido.
¿Se habría comportado su hermano con más sensatez de haber sabido que la venganza por la que tanto había rezado estaba ya tan cerca?
—Entonces mi corazón llora por ti, Madre de Dragones, y por Poniente, que se desangra privado de su rey legítimo.
Bajo los dedos suaves de Dany, el dragón verde, Rhaegal, contemplaba al desconocido con ojos de oro líquido. Abrió la boca, y sus dientes brillaron como agujas negras.
—¿Cuándo regresará vuestro barco a Poniente, capitán?
—Dentro de un año o más, por desgracia. Desde aquí el Viento de canela pondrá rumbo al este, para seguir la ruta del comercio por el mar de Jade.
—Ya —dijo Dany, decepcionada—. En ese caso, os deseo buenos vientos y suerte en el comercio. Me habéis traído un regalo de gran valor.
—Me siento mil veces recompensado, gran reina.
—¿Por qué? —Lo miraba asombrada.
—He visto dragones. —Al hombre le brillaban los ojos.
—Y espero que algún día volváis a verlos —dijo Dany riéndose—. Venid a visitarme en Desembarco del Rey cuando ocupe el trono de mi padre y recibiréis una gran recompensa.
El isleño prometió que lo haría, le besó los dedos y se despidió. Jhiqui lo acompañó a la salida.
Khaleesi —dijo el caballero cuando estuvieron a solas—, si estuviera en vuestro lugar no hablaría de esos planes con tanta libertad. Este hombre lo contará todo adondequiera que vaya.
—Que lo cuente —dijo—. Que el mundo entero conozca mi propósito. El Usurpador ha muerto, ¿qué importa?
—No todo lo que cuentan los marineros es cierto —la previno Ser Jorah—. Y aunque Robert esté muerto de verdad, reina su hijo. Nada ha cambiado.
—Todo ha cambiado. —Dany se levantó bruscamente. Los dragones chillaron, se desenroscaron y extendieron las alas. Drogon revoloteó hasta posarse en el dintel sobre los arcos. Los otros saltaron por el suelo, arrastrando por el mármol las puntas de las alas—. Antes los Siete Reinos eran como el khalasar de mi Drogo, mil aunados por su fuerza. Ahora se hacen pedazos, como pasó con el khalasar cuando mi khal yacía muerto.
—Los grandes señores siempre han luchado entre ellos. Decidme quién ha ganado y os diré qué significa. Los Siete Reinos no caerán en vuestras manos como otros tantos melocotones maduros, khaleesi. Necesitaréis una flota, oro, ejércitos, alianzas...
—Ya sé todo eso. —Le cogió las manos y alzó la vista para mirarlo a los ojos, oscuros, desconfiados. «A veces me ve como a una niña a la que tiene que proteger, y a veces como a una mujer con la que querría acostarse, pero... ¿alguna vez me ve como a su reina?»—. No soy la niña asustada que conocisteis en Pentos. Sí, sólo he vivido quince días de mi nombre... pero soy tan anciana como las viejas del dosh khaleen, y a la vez tan joven como mis dragones, Jorah. He parido un hijo, quemado a un khal y cruzado el desierto rojo y el mar dothraki. Mi sangre es la sangre del dragón.
—Igual que la de vuestro hermano —dijo, testarudo.
—Yo no soy Viserys.
—No —reconoció él—. En vos hay más de Rhaegar, pero hasta Rhaegar podía morir. Robert lo demostró en el Tridente y no le hizo falta más que una maza. Hasta los dragones mueren.
—Hasta los dragones mueren. —Se puso de puntillas para depositar un ligero beso en la mejilla sin afeitar del caballero—. Pero también los asesinos de dragones.

BRAN

Meera se movía en círculo con cautela, con la red en la mano izquierda y la fisga, el arpón ligero, lista en la derecha. Verano la seguía con los ojos dorados, girando la cabeza, con la cola rígida y erguida. Sin perderla de vista ni un momento...
¡Yaaaiiii! —gritó la chica al tiempo que atacaba con la fisga.
El lobo se movió hacia la izquierda y saltó antes de que pudiera atacarlo de nuevo con el arma. Meera lanzó la red, que se desplegó en el aire ante ella. El salto de Verano lo llevó directo hacia la malla. Se la llevó por delante cuando topó con el pecho de la chica y la hizo caer hacia atrás. El arpón salió despedido dando vueltas, inofensivo. La hierba húmeda acolchó la caída, pero el impacto la dejó sin aire en los pulmones. El lobo se tumbó encima de ella.
—¡Has perdido! —aulló Bran.
—No, ha ganado —dijo el hermano de Meera, Jojen—. Verano está atrapado en la red.
Bran vio que tenía razón. Verano lanzaba zarpazos a la red y gruñía tratando de romperla para liberarse, pero sólo conseguía enredarse más. Tampoco se podía abrir paso a mordiscos.
—Anda, suéltalo.
Meera Reed echó los brazos al cuello del lobo entre risas, y los dos rodaron por el suelo. Verano lanzó un gemido patético, pateando la malla que lo privaba de movimiento. La chica se arrodilló, deshizo un nudo, tiró de una esquina, manipuló aquí y allá con dedos hábiles, y de pronto el lobo huargo quedó libre.
—Conmigo, Verano. —Bran abrió los brazos—. Cuidado —dijo, un instante antes de que el lobo lo derribara.
Se agarró con todas sus fuerzas mientras Verano lo arrastraba por la hierba. Se debatieron y rodaron aferrados el uno al otro, entre gruñidos juguetones y carcajadas. Al final fue Bran el que quedó encima, tirado sobre el lobo huargo lleno de barro.
—Lobo bueno —jadeó.
Verano le dio un lametón en la oreja. Meera sacudió la cabeza.
—¿Es que no se enfada nunca?
—Conmigo no. —Bran agarró al lobo por las orejas y Verano lanzó fieras dentelladas, pero todo era un juego—. A veces me rompe la ropa, pero nunca me ha hecho sangre.
—Nunca te habrá hecho sangre a ti, pero si hubiera roto mi red...
—Tampoco te habría hecho daño. Sabe que eres amiga mía.
El resto de los señores y caballeros se habían marchado uno o dos días después del banquete de la cosecha, pero los Reed se quedaron como compañeros constantes de Bran. Jojen era tan solemne que la Vieja Tata lo llamaba «pequeño abuelo», pero Meera se parecía mucho a su hermana Arya, en opinión de Bran. No le importaba ensuciarse, y corría, peleaba y lanzaba tan bien como cualquier chico. Aunque era mayor que Arya, tenía casi dieciséis años, era una mujer adulta. De hecho los dos eran mayores que Bran, aunque ya había pasado por fin su noveno día del nombre, pero nunca lo trataban como a un niño.
—Ojalá fuerais vosotros nuestros pupilos, y no los Walders. —Empezó a arrastrarse hacia el árbol más cercano. Era un movimiento trabajoso y poco estético, pero cuando Meera fue a levantarlo la detuvo—. No, no me ayudes. —Rodó con torpeza, se arrastró y se retorció, dándose impulso con los brazos, hasta quedar sentado con la espalda apoyada en el tronco de un fresno alto—. ¿Lo ves? Puedo yo solo. —Verano se tumbó con la cabeza en el regazo de Bran—. Nunca había conocido a nadie que peleara con red —dijo a Meera mientras rascaba al lobo huargo entre las orejas—. ¿Te enseñó tu maestro de armas?
—Me enseñó mi padre. En Aguasgrises no tenemos caballeros. Ni maestro de armas, ni maestre.
—¿Quién os cuida los cuervos?
—Los cuervos no encuentran el camino a la Atalaya de Aguasgrises —sonrió—. Igual que nuestros enemigos.
—¿Por qué no?
—Porque se mueve.
—Cuánto me gustaría verlo. —Bran jamás había oído hablar de un castillo que se moviera. La miró inseguro, pero no supo si le estaba tomando el pelo o no—. ¿Crees que tu señor padre me permitiría visitaros cuando la guerra termine?
—Serás bienvenido cuando quieras, príncipe. Cuando acabe la guerra o ahora mismo.
—¿Ahora mismo? —Bran no había salido nunca de Invernalia, anhelaba ver lugares lejanos—. Puedo preguntarle a Ser Rodrik cuando vuelva. —El anciano caballero había partido hacia el este para tratar de solucionar problemas en la zona. El bastardo de Roose Bolton los había provocado cuando se apoderó de Lady Hornwood a su regreso del banquete de la cosecha para casarse con ella esa misma noche, aunque tenía edad para ser su madre. Luego Lord Manderly tomó el castillo de la dama, según él para proteger las posesiones de Hornwood de los Bolton. Pero Ser Rodrik se había enfadado con él casi tanto como con el bastardo—. Puede que Ser Rodrik me dejara ir. El maestre Luwin no, seguro.
—Sería bueno que salieras de Invernalia, Bran —dijo Jojen Reed, que sentado bajo el arciano con las piernas cruzadas, lo miraba con solemnidad.
—Sí, ¿verdad?
—Sí. Y cuanto antes mejor.
—Mi hermano tiene el don de la vista verde —dijo Meera—. Sueña cosas que aún no han sucedido, y a veces suceden.
—No sólo a veces, Meera.
Intercambiaron una mirada, triste la del chico, desafiante la de la muchacha.
—Cuéntame qué va a pasar —pidió Bran.
—Lo haré —dijo Jojen—. Si tú me hablas de tus sueños.
El bosque de dioses quedó en silencio. Bran podía oír el crujido de las hojas y el chapoteo lejano de Hodor en los estanques de agua caliente. Pensó en el hombre dorado y en el cuervo de tres ojos, recordó el crujido de los huesos entre sus mandíbulas y el sabor a cobre de la sangre.
—No tengo sueños. El maestre Luwin me da pociones para dormir.
—¿Y te sirven?
—A veces.
—Todo Invernalia sabe que te despiertas por la noche sudoroso y gritando, Bran —dijo Meera—. Las mujeres hablan de eso junto al pozo, y los guardias en su sala.
—Cuéntanos qué te da tanto miedo —dijo Jojen.
—No quiero. Además, no son más que sueños. El maestre Luwin dice que los sueños pueden significarlo todo, y pueden no significar nada.
—Mi hermano sueña igual que los otros niños, y esos sueños pueden significar cualquier cosa —señaló Meera—. Pero los sueños verdes son diferentes.
Jojen tenía los ojos del color del musgo, y a veces cuando miraba parecía que veía algo más. Como en aquel momento.
—Soñé con un lobo alado atado al suelo con cadenas de piedra gris —dijo—. Era un sueño verde, así que supe que era verdad. Un cuervo intentaba romperle las cadenas a picotazos, pero la piedra era muy dura y apenas si la desportillaba.
—¿El cuervo tenía tres ojos?
Jojen asintió. Verano levantó la cabeza del regazo de Bran y miró al embarrado con sus ojos color oro oscuro.
—Cuando era pequeño estuve a punto de morir de la fiebre de Aguasgrises. Entonces fue cuando me visitó el cuervo.
—A mí vino a verme cuando me caí —barbotó Bran—. Estuve dormido mucho tiempo. Me dijo que tenía que volar o me moriría, y me desperté, pero estaba tullido y no podía volar.
—Puedes si quieres. —Meera cogió la red, deshizo los últimos nudos y empezó a doblarla.
—El lobo alado eres tú, Bran —dijo Jojen—. Cuando llegué no estaba seguro, pero ahora sí. El cuervo nos ha enviado para romper tus cadenas.
—¿El cuervo está en Aguasgrises?
—No. El cuervo está en el norte.
—¿En el Muro? —Bran siempre había deseado ver el Muro. Su hermano bastardo, Jon, estaba allí; era miembro de la Guardia de la Noche.
—Más allá del Muro. —Meera Reed se colgó la red del cinturón—. Cuando Jojen contó a nuestro señor padre qué había soñado, nos envió a Invernalia.
—¿Cómo puedo romper las cadenas, Jojen? —preguntó Bran.
—Abre el ojo.
—Ya los tengo abiertos, ¿es que no lo ves?
—Tienes dos ojos abiertos. —Jojen se los señaló—. Uno, dos.
—Es que sólo tengo dos.
—Tienes tres. El cuervo te dio un tercer ojo, pero no lo abres. —Tenía una manera de hablar pausada, suave—. Con dos ojos puedes verme la cara. Con tres podrías verme el corazón. Con dos puedes ver aquel roble. Con tres podrías ver la bellota de la que nació y el tocón seco en que se convertirá algún día. Con dos no ves más allá de tus paredes. Con tres podrías ver el mar del Verano al sur y el norte más allá del Muro.
Verano se levantó.
—No me hace falta ver tan lejos. —Bran esbozó una sonrisa nerviosa—. Estoy cansado de hablar de cuervos. Vamos a hablar de lobos. O de lagartos león. ¿Has cazado uno alguna vez, Meera? Por aquí no hay bichos de ésos.
Meera sacó la fisga de los arbustos.
—Viven en el agua. En pantanos profundos y arroyos que no sean rápidos...
—¿Has soñado con un lagarto león? —la interrumpió su hermano.
—No —dijo Bran—. Y ya te lo he dicho, no quiero...
—¿Has soñado con un lobo?
—No tengo por qué contarte mis sueños. —Bran empezaba a enfadarse—. Soy el príncipe. Soy el Stark en Invernalia.
—¿Era Verano?
—Cállate.
—La noche del banquete de la cosecha soñaste que eras Verano y estabas en el bosque de dioses, ¿a que sí?
—¡Basta ya! —gritó Bran.
Verano dio un paso hacia el arciano, mostrando los blancos dientes. A Jojen Reed no le importó.
—Cuando toqué a Verano te sentí en él. Ahora también estás en él.
—Es imposible. Yo estaba en la cama. Estaba durmiendo.
—Estabas en el bosque de dioses y eras gris.
—Sólo fue un mal sueño...
—Te sentí. —Jojen se levantó—. Te sentí caer. ¿Es eso lo que te da miedo, la caída?
«La caída —pensó Bran— y el hombre dorado, el hermano de la reina, él también me da miedo, pero la caída más que nada.» Pero no lo dijo en voz alta. ¿Cómo podía hacerlo? No había sido capaz de contárselo a Ser Rodrik ni al maestre Luwin, y tampoco se lo podía contar a los Reed. Si no hablaba de ello a lo mejor acababa por olvidarlo. Nunca había querido recordarlo. Quizá ni siquiera fuera un recuerdo de verdad.
—¿Caes todas las noches, Bran? —le preguntó Jojen con voz queda.
Verano empezó a gruñir desde lo más profundo de la garganta, y no estaba jugando. Dio un paso adelante, todo dientes y ojos encendidos. Meera se interpuso entre el lobo y su hermano, con el arma en ristre.
—Dile que no siga, Bran.
—Jojen lo está poniendo furioso.
Meera desplegó la red.
—Es tu furia, Bran —dijo su hermano—. Es tu miedo.
—Mentira. Yo no soy un lobo. —Pero había aullado con ellos en la noche y había probado la sangre en sus sueños de lobo.
—Parte de ti es Verano, y parte de Verano eres tú. Lo sabes, Bran.
Verano saltó hacia delante, pero Meera lo bloqueó, amenazándolo con el arpón de tres puntas. El lobo la esquivó y siguió moviéndose en círculo, al acecho. Meera se volvió hacia él.
—¡Llámalo, Bran!
¡Verano! —gritó Bran—. ¡Conmigo, Verano! —Se dio una palmada contra el muslo. La mano le hormigueó, pero en la pierna muerta no sintió nada.
El lobo huargo saltó de nuevo, y Meera volvió a detenerlo, amenazándolo con el arpón. Verano la esquivó y siguió moviéndose. Los arbustos crujieron y una esbelta forma negra salió de detrás del arciano mostrando los dientes. El olor era fuerte; su hermano había olido su rabia. Bran sintió que se le erizaba el vello de la nuca. Meera estaba junto a su hermano, con un lobo a cada lado.
—¡Bran, diles que se vayan!
—¡No puedo!
—Súbete al árbol, Jojen.
—No es necesario. Hoy no es el día en que voy a morir.
—¡Súbete! —gritó.
Su hermano empezó a trepar por el tronco del arciano, utilizando los rasgos de la cara como puntos de apoyo para pies y manos. Los lobos huargos se acercaron. Meera soltó la fisga y la red, saltó y se agarró a una rama baja. Las mandíbulas de Peludo se cerraron justo debajo de su pie en el momento en que se daba impulso para subirse a la rama. Verano se sentó sobre las patas traseras y aulló, mientras Peludo intentaba destrozar la red con los dientes.
Sólo entonces recordó Bran que no estaban solos. Se puso las manos junto a la boca para hacer bocina.
—¡Hodor! —llamó a gritos—. ¡Hodor! ¡Hodor! —Tenía muchísimo miedo y también estaba un poco avergonzado—. A Hodor no le harán daño —aseguró a sus amigos en el árbol. Pasaron unos instantes, y oyeron la musiquilla sin melodía. Hodor llegó semidesnudo y salpicado de barro tras chapotear en los estanques calientes, pero Bran nunca se había alegrado tanto de verlo—. Ayúdame, Hodor. Echa a los lobos. Échalos.
Hodor obedeció con júbilo y se dedicó a agitar los brazos y dar patadas contra el suelo con sus enormes pies, gritando «Hodor, Hodor» al tiempo que corría de un lobo al otro. Peludo fue el primero en huir, se escabulló entre el follaje con un último gruñido. Cuando Verano se cansó, volvió junto a Bran y se tumbó a su lado.
Lo primero que hizo Meera al bajar del árbol fue recoger la fisga y la red. Jojen no apartó los ojos de Verano ni por un momento.
—Volveremos a hablar —prometió a Bran.
«Han sido los lobos, no he sido yo. —No comprendía por qué se habían puesto tan furiosos—. Puede que el maestre Luwin tuviera razón al encerrarlos en el bosque de dioses.»
—Hodor —dijo—, llévame con el maestre Luwin.
El torreón del maestre, situado bajo la pajarera, era uno de los lugares favoritos de Bran. Luwin era desordenado hasta límites inconcebibles, pero los montones de libros, pergaminos y frascos resultaban tan reconfortantes para Bran como su coronilla calva y las mangas amplias de sus túnicas grises. También le gustaban los cuervos.
Cuando llegó, Luwin estaba sentado en un taburete alto, concentrado en escribir. Mientras no volviera Ser Rodrik, sobre sus hombros recaía todo el peso del gobierno del castillo.
—Vaya, mi príncipe —dijo al ver entrar a Hodor—. Llegas pronto para las lecciones de hoy.
El maestre dedicaba varias horas cada tarde a enseñar a Bran, a Rickon y a los Walder Frey.
—Hodor, quédate quieto. —Bran se agarró con ambas manos a un candelabro de pared, y se aupó para salir de la cesta. Quedó colgado de los brazos un instante, hasta que Hodor lo sentó en una silla—. Meera dice que su hermano tiene el don de la vista verde.
—¿Lo sabe ella? —El maestre Luwin se rascó una aleta de la nariz con la pluma de escribir.
Bran asintió.
—Me dijisteis que los niños del bosque tenían el don de la vista verde. Me acuerdo muy bien.
—Hay quien dice tener ese poder. A sus sabios los llamaban «verdevidentes».
—¿Era magia?
—Podemos llamarlo así, a falta de una palabra mejor. En realidad sólo era una forma diferente de conocimiento.
—¿En qué consistía?
—Nadie lo sabe a ciencia cierta, Bran. —Luwin dejó la pluma sobre la mesa—. Los niños desaparecieron del mundo, y con ellos su sabiduría. Creemos que tenía algo que ver con las caras de los árboles. Los primeros hombres creían que los verdevidentes podían ver a través de los ojos de los arcianos. Por eso los talaban allí donde iban cuando luchaban contra los niños. Se dice que los verdevidentes también tenían poder sobre las bestias del bosque y los pájaros de las ramas. Hasta sobre los peces. ¿El pequeño Reed tiene también esos poderes?
—No, creo que no. Pero dice Meera que a veces sus sueños se hacen realidad.
—Todos hemos tenido algún sueño que se ha hecho realidad. Tú soñaste con tu señor padre en las criptas antes de que muriera, ¿no te acuerdas?
—Sí, y Rickon también. Tuvimos el mismo sueño.
—Pues ahí tienes, si quieres lo puedes llamar vista verde... pero recuerda también los miles y miles de sueños que habéis tenido Rickon y tú, que no se han hecho realidad. ¿Recuerdas qué te conté sobre la cadena de eslabones que llevamos todos los maestres?
Bran pensó un instante, tratando de hacer memoria.
—Un maestre forja su cadena en la Ciudadela de Antigua. Es una cadena porque juráis servir al reino, y en el reino hay personas de muchos tipos. Cada vez que aprendéis algo nuevo añadís un eslabón. El de hierro negro es por el cuidado de los cuervos, el de plata por la curación, el de oro por las sumas y los números... Pero no me acuerdo de todos.
Luwin deslizó un dedo por debajo de la cadena y empezó a darle vueltas, centímetro a centímetro. Tenía el cuello grueso para ser un hombre tan menudo, y la cadena era apretada, pero con unos cuantos tirones le dio le vuelta entera.
—Éste es de acero valyrio —dijo cuando tuvo sobre la nuez de la garganta el eslabón de metal gris oscuro—. Sólo lo tiene un maestre de cada cien. Significa que he estudiado lo que en la Ciudadela llaman «misterios mayores»... o magia, a falta de una palabra mejor. Es un tema fascinante, pero poco práctico, y por eso pocos maestres se molestan en dominarlo.
»Tarde o temprano todos los que estudian los misterios mayores quieren probar algún hechizo. Confieso que yo también caí en la tentación. En fin, era un muchacho, ¿y qué muchacho no desea en secreto tener poderes ocultos? Por supuesto no me dio más resultado que al millar de muchachos que me precedieron, y al millar que me seguirían. Es triste decirlo, pero la magia no funciona.
—A veces sí —protestó Bran—. Yo tuve ese sueño, y Rickon también. Y en el este hay magos y brujos...
—Hay hombres que dicen ser magos y brujos —lo corrigió el maestre Luwin—. En la Ciudadela tenía un amigo que te sacaba una rosa de la oreja, pero no tenía más magia que yo. Oh, sí, hay muchas cosas que no comprendemos. Pasan los años, cientos, miles, ¿y qué ve un hombre en su vida? Unos pocos veranos, unos pocos inviernos. Miramos las montañas y decimos que son eternas, así nos lo parecen... pero, en el curso del tiempo, las montañas se alzan y caen, cambia el curso de los ríos, mueren estrellas en el cielo y grandes ciudades se hunden debajo del mar. Incluso los dioses mueren. Todo cambia.
»Puede que la magia fuera alguna vez una fuerza poderosa en el mundo, pero ya no es así. Lo poco que queda de ella es apenas el jirón de humo que permanece en el aire después de que se consume una gran hoguera, y hasta eso se está desvaneciendo. Valyria era la última brasa y ha desaparecido. Ya no hay dragones, los gigantes están muertos y hemos olvidado a los niños del bosque y toda su sabiduría.
»No, príncipe mío. Puede que Jojen Reed haya tenido un par de sueños que él cree que se han hecho realidad, pero no posee el don de la vista verde. No hay hombre vivo que lo posea.
Eso mismo dijo Bran a Meera Reed cuando fue a verlo al anochecer, mientras estaba sentado junto a la ventana y veía cómo se iban encendiendo las luces.
—Siento mucho lo que pasó con los lobos. Verano no debió intentar atacar a Jojen, pero es que Jojen tampoco debió decir esas cosas de mis sueños. El cuervo me mintió cuando me dijo que podía volar, y tu hermano también miente.
—O puede que tu maestre esté equivocado.
—Imposible. Hasta mi padre le pedía consejo.
—Y no me cabe duda de que tu padre lo escuchaba. Pero, al final, decidía por sí mismo. Bran, ¿quieres que te cuente qué soñó Jojen sobre ti y sobre tus hermanos pupilos?
—Los Walders no son mis hermanos.
La muchacha no le hizo caso.
—Estabas sentado a la mesa para cenar, pero el que te servía la comida no era un criado, sino el maestre Luwin. Te ponía delante la tajada del rey, la mejor parte del asado, con la carne muy poco hecha y sangrante, y con un olor tan sabroso que a todos se les hacía la boca agua. La carne que servía a los Frey era seca, vieja, gris y muerta. Pero a ellos les gustaba su cena más que a ti la tuya.
—No lo entiendo.
—Mi hermano dice que lo entenderás. Y entonces hablaremos de nuevo.
Aquella noche a Bran casi le dio miedo ir a cenar, pero al final lo que le pusieron delante fue una empanada de pichón. A todos los demás les sirvieron lo mismo, y por lo que vio la cena de los Walders no tenía nada de malo. «El maestre Luwin tenía razón», pensó. Dijera lo que dijera Jojen, en Invernalia no iba a pasar nada malo. Bran sintió alivio... y también decepción. Mientras hubiera magia, podía pasar cualquier cosa. Los fantasmas podían caminar, los árboles podían hablar y los niños tullidos crecían y se hacían caballeros.
—Pero no hay magia —dijo en voz alta, en la oscuridad de su lecho—. No hay magia, y las historias no son más que historias.
Y él nunca podría andar, ni volar, ni hacerse caballero.

TYRION

Las alfombras le arañaban las plantas de los pies desnudos.
—Mi primo ha elegido una hora original para venir de visita —dijo Tyrion a Podrick Payne, que todavía estaba aturdido por el sueño y sin duda esperaba una buena reprimenda por haber ido a despertarlo—. Acompáñalo a mi sala privada y dile que no tardaré en bajar.
A juzgar por la oscuridad que se veía al otro lado de la ventana era bien pasada la medianoche.
«¿Pensará Lancel que a estas horas me va a encontrar amodorrado y entorpecido por el sueño? —se preguntó—. No, Lancel no tiene el vicio de pensar, esto es cosa de Cersei.» Su hermana iba a llevarse una decepción. Incluso en la cama solía trabajar hasta altas horas de la madrugada: leía a la temblorosa luz de la vela, examinaba los informes de los susurros de Varys y repasaba los libros de cuentas de Meñique hasta que se le entremezclaban las columnas y le dolían los ojos.
Fue hasta la jofaina que tenía al lado de la cama y se salpicó la cara con agua tibia. Luego se tomó el tiempo que quiso acuclillado en la letrina mientras sentía el aire fresco de la noche sobre la piel desnuda. Ser Lancel tenía dieciséis años y no era famoso precisamente por su paciencia. Que esperase y que se pusiera nervioso mientras esperaba. Tras vaciarse los intestinos, Tyrion se puso una bata y se alborotó con los dedos el fino pelo rubio para que pareciera que acababan de despertarlo.
Lancel paseaba de un lado a otro ante las cenizas de la chimenea, estaba vestido de terciopelo rojo con bajomangas de seda negra y llevaba una daga enjoyada y una vaina dorada colgadas del cinturón.
—Primo —lo saludó Tyrion—. Qué pocas veces me visitas... ¿a qué debo este placer inmerecido?
—Su Alteza la reina regente me envía para ordenarte que liberes al Gran Maestre Pycelle. —Ser Lancel mostró a Tyrion una cinta escarlata con el sello en forma de león de Cersei impreso en cera dorada—. Aquí está la orden.
—Ya veo. —Tyrion la apartó con un gesto—. Espero que mi hermana no esté abusando de sus fuerzas tan pronto después de su enfermedad. Sería una verdadera lástima que sufriera una recaída.
—Su Alteza está casi recuperada —replicó Ser Lancel en tono seco.
—Eso es música para mis oídos. —«Aunque la melodía no me gusta. Ojalá le hubiera dado una dosis mayor.» Tyrion había esperado contar con unos pocos días más sin interferencias de Cersei, pero no se sorprendió demasiado al saber que recuperaba la salud. Al fin y al cabo era la hermana gemela de Jaime. Se obligó a sonreír con toda amabilidad—. Pod, enciéndenos el fuego, hace demasiado frío para mi gusto. ¿Quieres tomar una copa conmigo, Lancel? A mí el vino especiado me ayuda a dormir.
—No necesito ayuda para dormir —replicó Lancel—. He venido por petición de Su Alteza, no para beber contigo, Gnomo.
El nombramiento de caballero había dado aún más osadía al muchacho, reflexionó Tyrion. Eso y su lamentable papel en el asesinato del rey Robert.
—El vino tiene sus peligros, claro. —Sonrió mientras se servía—. En cuanto al Gran Maestre Pycelle... si mi querida hermana estuviera tan preocupada por él habría venido en persona. En vez de eso, te envía a ti. ¿Qué conclusión debo sacar?
—Saca las conclusiones que quieras, siempre que liberes a tu prisionero. El Gran Maestre es amigo incondicional de la reina y está bajo su protección personal. —Los labios del muchacho parecían a punto de esbozar una sonrisa burlona. Disfrutaba con aquella situación. «Se nota que aprende de la propia Cersei»—. Su Alteza no consentirá este ultraje. Quiere que te recuerde que la regente de Joffrey es ella.
—Igual que yo soy la Mano de Joffrey.
—La Mano sirve —lo informó el joven caballero con tono frívolo—. La regente rige hasta la mayoría de edad del rey.
—Será mejor que me lo escribas para que no se me vuelva a olvidar. —El fuego chisporroteaba ya alegremente—. Puedes marcharte, Pod —dijo Tyrion a su escudero. Esperó a que saliera el chico antes de volverse hacia Lancel—. ¿Alguna cosa más?
—Sí. Su Alteza me ordena que te informe de que Ser Jacelyn Bywater desobedeció una orden que se le dio en nombre del propio rey.
«Lo que significa que Cersei ya ha ordenado a Bywater que liberase a Pycelle, y que no lo ha conseguido.»
—Comprendo.
—Su Alteza insiste en que sea despojado de su cargo y arrestado por traición. Te lo advierto...
—Tú no me adviertes nada, niño. —Tyrion dejó la copa.
—Ser —lo corrigió Lancel, rígido. Se tocó la espada, quizá para recordarle a Tyrion que la llevaba a la cintura—. Y no te atrevas a hablarme así, Gnomo.
Sin duda quería sonar amenazador, pero aquella ridícula pelusa a modo de bigote estropeaba mucho el efecto.
—Venga, desenvaina la espada. Si grito, Shagga entrará y te matará. Con un hacha, no con un pellejo de vino.
Lancel se puso rojo. ¿Acaso era tan idiota como para pensar que su participación en la muerte de Robert había pasado desapercibida?
—Soy un caballero...
—Ya me he dado cuenta. Dime una cosa, ¿Cersei te hizo caballero antes o después de meterte en su cama?
La vacilación en los ojos verdes de Lancel era toda la admisión que Tyrion necesitaba. Así que Varys tenía razón. «Bueno, que no se diga que mi hermana no ama a su familia.»
—¿Qué ocurre, no dices nada? ¿No tienes nada más que advertirme, ser?
—Retira ahora mismo esas sucias acusaciones o...
—Venga, por favor. ¿Te has parado a pensar lo que hará Joffrey cuando le cuente que mataste a su padre para acostarte con su madre?
—¡No fue así! —protestó Lancel, horrorizado.
—¿No? Cuéntame, ¿cómo fue?
—¡La reina me dio el vino preparado! Cuando me nombraron escudero del rey, tu señor padre, Lord Tywin en persona, me dijo que debía obedecerla en todo.
—¿También te dijo que te la follaras? —«Míralo bien... no es tan alto, no tiene los rasgos tan finos, y su pelo es más arena que oro; aun así... me imagino que hasta una mala copia de Jaime es mejor que un lecho vacío»—. No, ya me imaginaba que no.
—Yo no quería... sólo hice lo que me ordenaba, yo...
—Lo pasaste fatal obedeciendo, ¿eso es lo que quieres hacerme creer? Un puesto de honor en la corte, el rango de caballero, mi hermana con las piernas abiertas para ti... Sí, me imagino que ha sido una experiencia terrible. —Tyrion se puso en pie—. Espera aquí. Seguro que a Su Alteza le interesa oír esto.
—Piedad, mi señor, te lo suplico.
—Resérvate para Joffrey, le gusta que le supliquen.
—Mi señor, fue por orden de tu hermana, la reina, como has dicho, pero el rey... no lo comprendería...
—¿Quieres que oculte la verdad al rey?
—¡Te lo ruego por mi padre! ¡Me iré de la ciudad, será como si nada hubiera pasado! Te juro que todo esto va a terminar...
—No, mejor no. —Le costaba trabajo contener la risa.
—¿Mi señor? —El muchacho estaba confuso, aturdido.
—Ya me has oído. ¿No te dijo mi padre que obedecieras a mi hermana? Muy bien, obedécela. Sigue a su lado, conserva su confianza y dale placer tan a menudo como te lo requiera. Nadie tiene por qué enterarse... siempre que me seas fiel. Quiero saber qué hace Cersei. Adónde va, con quién se entrevista, de qué hablan, qué planes tiene... Todo. Y tú serás quien me lo cuente. ¿Verdad?
—Sí, mi señor —respondió Lancel sin un instante de titubeo, cosa que complació a Tyrion—. Así será. Como ordenáis.
—Levántate. —Tyrion llenó la segunda copa y se la puso en la mano—. Bebe para sellar nuestro acuerdo. Tranquilo, que yo sepa no hay jabalíes en el castillo. —Lancel levantó la copa y bebió, aunque con gesto rígido—. Sonríe, primo. Mi hermana es una mujer hermosa, y todo sea por el bien del reino. Puedes salir con bien de ésta. El rango de caballero no es nada. Si eres listo, antes de que termines te habré nombrado lord. —Tyrion hizo girar el vino en la copa—. Queremos que Cersei confíe plenamente en ti. Vuelve con ella y dile que suplico su perdón. Dile que me has asustado, que no quiero que haya ningún conflicto entre nosotros, que a partir de ahora no haré nada sin su consentimiento.
—Pero... sus exigencias...
—Oh, le devolveré a Pycelle.
—¿Sí? —Lancel se quedó atónito.
—Lo liberaré mañana por la mañana —dijo Tyrion con una sonrisa—. Podría jurar que no le he tocado un pelo de la cabeza, pero en el sentido más estricto no sería verdad. En cualquier caso, se encuentra bien, aunque no pondría la mano en el fuego por su vigor. Las celdas negras no son un lugar adecuado para un hombre de esa edad. Cersei se lo puede quedar como mascota o enviarlo al Muro, no me importa, pero no quiero volver a verlo en el Consejo.
—¿Y Ser Jacelyn?
—Di a mi hermana que crees que, con tiempo, me puedes arrebatar su lealtad. Con eso la dejaremos tranquila de momento.
—Como tú digas. —Lancel apuró la copa de vino.
—Una cosa más. El rey Robert ha muerto, así que sería muy poco oportuno que su apenada viuda se quedara preñada de repente.
—Mi señor, yo... nosotros... la reina me ha ordenado que no... —Se le habían puesto las orejas color escarlata Lannister—. Derramo mi semilla sobre su vientre, mi señor.
—Y es un vientre muy hermoso, no me cabe duda. Mójalo tan a menudo como quieras... pero asegúrate de que tu rocío no caiga en otra parte. No quiero más sobrinos, ¿queda claro?
Ser Lancel hizo una reverencia rígida y salió de la estancia. Tyrion dedicó un momento a sentir compasión por el muchacho. «Es un idiota, y un idiota débil por añadidura, pero no se merece lo que le hacemos Cersei y yo.» Por suerte su tío Kevan tenía otros dos hijos varones, porque era poco probable que Lancel llegara vivo a fin de año. Si Cersei se enteraba de que la estaba traicionando, lo haría matar de inmediato, y si por alguna gracia de los dioses no era así, tampoco sobreviviría al momento en que Jaime Lannister regresara a Desembarco del Rey. La única duda era si lo mataría Jaime en un ataque de rabia y celos, o Cersei para impedir que Jaime se enterase. Tyrion apostaba más bien por Cersei.
La inquietud se había apoderado de él, y sabía perfectamente que aquella noche no conseguiría conciliar el sueño. «Al menos no aquí.» Encontró a Podrick Payne dormido en una silla, junto a la puerta de la estancia privada, y lo sacudió por el hombro.
—Llama a Bronn, ve a los establos y haz que ensillen dos caballos.
—Caballos. —Los ojos del escudero estaban nublados de sueño.
—Esos animales grandes, castaños, a los que les encantan las manzanas. Sí, hombre, seguro que los has visto. Cuatro patas, cola... Pero primero Bronn.
El mercenario no tardó en aparecer.
—¿Quién se te ha meado en la sopa? —preguntó con brusquedad.
—Cersei, como siempre. A estas alturas ya me tendría que haber acostumbrado al sabor, pero en fin. Al parecer mi querida hermana me ha confundido con Ned Stark.
—Tengo entendido que era más alto.
—Eso fue antes de que Joff le cortara la cabeza. Tendrías que haberte abrigado más, la noche es fría.
—¿Vamos a alguna parte?
—¿Todos los mercenarios son tan listos como tú?
Las calles de la ciudad eran peligrosas, pero con Bronn a su lado Tyrion se sentía seguro. Los guardias les abrieron una poterna en la muralla norte; bajaron por Sombranegra hasta el pie de la colina Alta de Aegon y recorrieron el callejón del Cerdo, pasando junto a hileras de ventanas cerradas y edificios altos de madera y piedra cuyos pisos superiores se adentraban tanto en la calle que casi besaban a los de la acera opuesta. La luna parecía seguirlos, jugando al escondite entre las chimeneas. No se cruzaron más que con una vieja solitaria que arrastraba un gato muerto por la cola. Los miró con miedo, como si temiera que le fueran a arrebatar la cena, y se perdió entre las sombras sin decir palabra.
Tyrion iba pensando en los hombres que habían ocupado el cargo de Mano antes que él, y que no habían sido rivales para los ardides de su hermana.
«¿Cómo eran esos hombres? Demasiado honrados para vivir, demasiado nobles para cagar; a idiotas como ésos, Cersei se los desayuna por las mañanas. La única manera de derrotar a mi hermana era vencerla en su juego, cosa que Lord Stark y Lord Arryn no habrían hecho jamás.» No era de extrañar que ambos estuvieran muertos, mientras que Tyrion Lannister se sentía más vivo que nunca. Sus piernas atrofiadas habrían hecho de él un espectáculo cómico y grotesco en un baile de la cosecha, pero aquella danza, en cambio, la conocía muy bien.
Pese a lo tarde que era, el burdel estaba abarrotado. Chataya los recibió con amabilidad y los acompañó a la sala común. Bronn subió al piso superior con una muchacha de Dorne de ojos oscuros, pero Alayaya estaba ocupada.
—Se alegrará mucho de veros —dijo Chataya—. Me encargaré de que os preparen la habitación de la torre. ¿Quiere mi señor una copa de vino mientras espera?
—Sí, gracias.
Era un vino bastante malo en comparación con las cosechas del Rejo que por lo general se servían en la casa.
—Tendréis que perdonarnos, mi señor —dijo Chataya—. Últimamente no consigo buen vino a ningún precio.
—Me temo que estamos todos igual.
Chataya siguió quejándose un momento, se disculpó y se alejó como si se deslizara por el suelo.
«Qué mujer tan bella —reflexionó mientras la veía alejarse. Rara vez había visto tanta elegancia y dignidad en una prostituta. Aunque, claro está, ella se consideraba más bien una especie de sacerdotisa—. Puede que ahí resida el secreto. No se trata de qué hacemos, sino de por qué lo hacemos.» En cierto modo, aquel pensamiento lo reconfortó.
Algunos clientes le lanzaban miradas de reojo. En su última salida, un hombre le escupió... mejor dicho, lo intentó, pero en su lugar escupió a Bronn. En el futuro escupiría sin dientes.
—¿Qué pasa, nadie quiere a mi señor? —Dancy se sentó en su regazo y empezó a mordisquearle la oreja—. Yo tengo un remedio para eso.
—Eres tan hermosa que las palabras no bastan, pequeña. —Tyrion sonrió y sacudió la cabeza—. Pero me he encariñado con la cura de Alayaya.
—Porque no habéis probado la mía. Mi señor siempre elige a Yaya. Es buena, pero yo soy mejor, ¿no queréis comprobarlo?
—Puede que la próxima vez. —Tyrion no tenía duda alguna de que Dancy sería estupenda. Era vivaracha, tenía naricilla de botón, pecas y una espesa melena de pelo rojo que le llegaba más allá de la cintura. Pero Shae lo aguardaba.
La chica dejó escapar una risita, le puso la mano entre los muslos y apretó.
—Me parece que éste no quiere esperar a la próxima vez —anunció—. Me parece que quiere salir y contarme las pecas...
—Dancy. —Alayaya, oscura y fría, estaba en la puerta. Iba vestida con fina seda verde—. El señor ha venido a verme a mí.
Tyrion se desembarazó cariñosamente de la otra chica y se levantó. A Dancy no pareció importarle.
—La próxima vez —le recordó. Se puso un dedo entre los labios y se lo chupó.
La muchacha de piel negra lo guió escaleras arriba.
—Pobre Dancy —dijo—. Tiene quince días para conseguir que mi señor la elija. De lo contrario, Marei le ganará sus perlas negras.
Marei era una chica fría, pálida, delicada, en la que Tyrion se había fijado un par de veces. Tenía ojos verdes, piel como la porcelana y el pelo color plata muy largo y lacio. Era preciosa, pero demasiado solemne.
—No me gustaría que la pobre chica perdiera las perlas por mi culpa.
—Entonces, la próxima vez lleváosla al piso de arriba.
—Puede que lo haga.
—No creo, mi señor. —La joven sonrió.
«Es verdad —pensó Tyrion—. No lo haré. Puede que Shae no sea más que una puta, pero a mi manera le soy fiel.»
Ya en la torre, mientras abría la puerta del armario, se detuvo un instante y miró a Alayaya con curiosidad.
—¿Qué haces mientras estoy fuera?
—Dormir —dijo ella mientras alzaba los brazos y se estiraba como una esbelta gata negra—. Desde que empezasteis a visitarnos estoy mucho más descansada, mi señor. Y Marei nos está enseñando a leer, quizá pronto pueda matar el tiempo con un libro.
—Dormir está muy bien —dijo—. Y los libros, aún mejor. —Le dio un rápido beso en la mejilla, bajó por el pozo y cruzó el túnel.
Al salir del establo a lomos de su capón picazo, Tyrion oyó la música que se filtraba hasta la calle. Era agradable ver que la gente seguía cantando, incluso en medio de la guerra y el hambre. Las notas del recuerdo lo invadieron, y por un momento casi le pareció oír la voz de Tysha cantándole, como había hecho hacía ya toda una vida. Tiró de las riendas para detenerse a escuchar. La melodía no era así, la letra apenas se oía. Era otra canción, ¿y por qué no? Su dulce e inocente Tysha había sido una mentira de principio a fin, una simple puta contratada por su hermano Jaime para hacer de él un hombre.
«Ahora me he liberado de Tysha —pensó—. Me ha perseguido media vida, pero ya no la necesito, igual que no necesito a Alayaya, a Dancy, a Marei ni a los cientos de mujeres como ellas con las que me he acostado en todos estos años. Ahora tengo a Shae. A Shae.»
Las puertas de la casa estaban cerradas y atrancadas. Tyrion llamó hasta que la ornamentada mirilla de bronce se abrió con un chasquido.
—Soy yo.
El hombre que le abrió era uno de los mejores hallazgos de Varys, un braavosi bizco con el labio leporino. Tyrion no había querido ver a Shae rodeada día tras día de guardias jóvenes y guapos. «Conseguidme hombres viejos, feos, con cicatrices, a ser posible impotentes —había dicho al eunuco—. Hombres a los que les gusten los muchachitos, o las ovejas, tanto me da.» Varys no había conseguido ningún partidario de ovejas, pero sí a un estrangulador eunuco y a un par de ibbeneses tan amantes de las hachas como el uno del otro. El resto era un selecto grupo de mercenarios dignos de cualquier mazmorra, y cada uno más feo que el anterior. Cuando Varys los hizo desfilar ante él, Tyrion temió haber ido demasiado lejos, pero Shae no tuvo la menor queja. «¿Y por qué la iba a tener? Tampoco se ha quejado nunca de mí, y soy más repulsivo que todos sus guardias juntos. Quizá Shae ni siquiera vea la fealdad.»
Pese a todo, Tyrion habría preferido dejar la guardia de la casa en manos de algunos de sus montañeses, tal vez los Orejas Negras de Chella, o los Hermanos de la Luna. Confiaba más en su lealtad férrea y en su sentido del honor que en la codicia de los mercenarios. Pero era demasiado arriesgado. Todo el mundo sabía que los salvajes trabajaban para él. Si enviaba allí a los Orejas Negras sólo sería cuestión de tiempo antes de que la ciudad entera supiera que la Mano del Rey tenía una concubina.
Uno de los ibbeneses se hizo cargo de su caballo.
—¿La habéis despertado? —preguntó Tyrion.
—No, mi señor.
—Perfecto.
El fuego del dormitorio se había reducido a brasas, pero la habitación aún estaba caldeada. Shae, en sueños, se había quitado de encima las mantas y las sábanas. Yacía desnuda sobre el colchón de plumas, y el brillo tenue de la chimenea perfilaba las curvas suaves de su cuerpo juvenil. Tyrion se quedó en la puerta, bebiéndosela con los ojos. «Es más joven que Marei, más dulce que Dancy, más hermosa que Alayaya, es todo lo que necesito y mucho más.» ¿Cómo era posible que una puta pareciera tan limpia, tan tierna, tan inocente?
No había tenido intención de molestarla, pero sólo con verla se excitaba. Dejó caer sus ropas al suelo, se subió a la cama, le abrió las piernas y la besó entre los muslos. Shae murmuró en sueños. Volvió a besarla, y lamió su dulzura secreta una y otra vez, hasta que tuvo la barba tan empapada como su coño. Cuando ella dejó escapar un suave gemido y se estremeció, se subió sobre ella, la penetró y estalló casi al instante.
Shae tenía los ojos abiertos. Sonrió y le acarició la cabeza.
—Acabo de tener un hermoso sueño, mi señor —susurró.
Tyrion le mordisqueó un pezón duro y descansó la cabeza sobre su hombro. No salió de dentro de ella. Ojalá nunca tuviera que salir de dentro de ella.
—No era un sueño —le prometió.
«Es real, todo es real —pensó—, las guerras, las intrigas, este maldito juego... Y yo estoy en el centro de todo. Yo, el enano, el monstruo, aquel del que todos se reían, el blanco de las burlas... pero ahora lo tengo todo, el poder, la ciudad y la chica. Para esto nací, y que los dioses me perdonen, pero lo amo.
»Y a ella. Y a ella.»

ARYA

Fueran cuales fueran los nombres que Harren el Negro había puesto a sus torres, habían caído en el olvido hacía ya mucho tiempo. Todos las llamaban Torre del Miedo, Torre de la Viuda, Torre Aullante, Torre de los Fantasmas y Torre de la Pira Real. Arya dormía en un nicho en las cavernosas criptas situadas bajo la Torre Aullante, en un lecho de paja. Tenía agua para lavarse siempre que quisiera y un trozo de jabón. El trabajo era duro, pero no más que caminar kilómetros y kilómetros cada día. Comadreja no tenía que buscar gusanos e insectos para comer, como le había pasado a Arry. Tenía pan y guiso de cebada con trocitos de zanahoria y nabo todos los días, y cada dos semanas un trocito de carne y todo.
Pastel Caliente comía aún mejor; aquél era su lugar, las cocinas, un edificio redondo de piedra con techo en forma de bóveda que era todo un mundo. Arya comía en una mesa de caballetes, en un sótano que utilizaba el servicio, con Weese y los otros criados, pero a veces la elegían para ayudar a llevar la comida para ellos, y en esas ocasiones Pastel Caliente y ella conseguían hablar unos momentos. El muchacho era incapaz de recordar que ahora se llamaba Comadreja y seguía llamándola Arry, aunque sabía que era una niña. En cierta ocasión trató de darle a escondidas una tarta de manzana caliente, pero fue tan torpe que lo vieron dos cocineros. Le quitaron la tarta y lo golpearon con un cucharón de madera.
A Gendry lo habían asignado a la forja, y Arya rara vez lo veía. En cuanto a los demás criados de la torre, ni siquiera quería saber sus nombres. Eso sólo servía para que sufriera todavía más cuando morían. La mayoría eran mucho mayores que ella, y estaban encantados de que no se metiera en los asuntos de nadie.
Harrenhal era gigantesco, y buena parte estaba casi en ruinas. Lady Whent había ocupado el castillo como vasalla de la Casa Tully, pero sólo utilizaba el tercio inferior de dos de las cinco torres, y dejó el resto abandonado. Pero había huido, y el poco servicio que quedó no bastaba ni para empezar a atender las necesidades de todos los caballeros, señores y prisioneros nobles que iban con Lord Tywin, de modo que los hombres de los Lannister tenían que conseguir criados, además de alimentos. Se rumoreaba que Lord Tywin planeaba devolver a Harrenhal su antigua gloria, y convertirlo en su nuevo asentamiento una vez terminara la guerra.
Weese utilizaba a Arya para transmitir recados, sacar agua y llevarles la comida, y a veces para servir la mesa en la sala del cuartel, encima de la armería, donde comían los soldados. Pero la mayor parte de su trabajo consistía en limpiar. La planta baja de la Torre Aullante se había destinado a granero y almacén, y en las dos siguientes se alojaba parte de la guarnición, pero los pisos superiores no se utilizaban desde hacía ochenta años. Lord Tywin había ordenado que los dejaran en condiciones habitables. Había que barrer los suelos, limpiar la mugre de las ventanas y retirar camas podridas y sillas rotas. El piso superior estaba infestado de enormes murciélagos negros, nidos enteros, que habían sido el blasón de la Casa Whent, y en los sótanos había ratas... y fantasmas; según algunos, los espíritus de Harren el Negro y sus hijos.
A Arya aquello le parecía una tontería. Harren y sus hijos habían muerto en la Torre de la Pira Real, de ahí el nombre, así que, ¿por qué iban a cruzar el patio para perseguirla a ella? La Torre Aullante sólo aullaba cuando el viento soplaba del norte, y no era nada más que el ruido del aire al soplar por las grietas de las piedras, las fisuras causadas por el calor. Si en Harrenhal había fantasmas, a ella no la habían molestado nunca. A los que temía era a los vivos, a Weese, a Ser Gregor Clegane y a Lord Tywin Lannister, que se había instalado en la Torre de la Pira Real, la más alta y poderosa de las torres, pese a que estaba tan inclinada por el peso de la piedra fundida que parecía una gigantesca vela a medio derretir.
Se preguntaba qué sucedería si se acercaba a Lord Tywin y le confesaba que era Arya Stark, pero sabía que jamás podría acercarse tanto a él; además, nadie la creería, y Weese la mataría a palos.
Dentro de su estilo fanfarrón y miserable, Weese resultaba casi tan aterrador como Ser Gregor. La Montaña aplastaba a los hombres como si fueran moscas, pero por lo general no advertía la presencia de las moscas. Weese, en cambio, siempre sabía dónde estaban, qué hacían y a veces hasta qué pensaban. Repartía golpes a la menor provocación, y tenía una perra casi tan mala como él, un animal feo y con manchas con un olor más repugnante que ningún otro perro que Arya hubiera visto en su vida. Una vez lo vio azuzarla contra un chico encargado de limpiar letrinas que lo había hecho enfadar. La perra le arrancó un buen trozo de pantorrilla, mientras Weese se reía.
Sólo tardó tres días en ganarse el lugar de honor en sus plegarias nocturnas.
—Weese —susurraba para empezar—. Dunsen, Chiswyck, Polliver, Raff el Dulce. Cosquillas y el Perro. Ser Gregor, Ser Amory, Ser Ilyn, Ser Meryn, el rey Joffrey, la reina Cersei.
Si se olvidaba de ellos, si se olvidaba aunque sólo fuera de uno de ellos, ¿cómo podría encontrarlo y matarlo?
En el camino, Arya se había sentido como una oveja, pero Harrenhal la transformó en un ratón. Con su atuendo gris de lana basta era tan gris como un ratón, y como un ratón se movía por las grietas, las rendijas y los agujeros oscuros del castillo, siempre escabulléndose del camino de los poderosos.
A veces pensaba que entre aquellos muros gruesos todos eran ratones, hasta los grandes señores y los caballeros. El gigantesco tamaño del castillo hacía que hasta Gregor Clegane pareciera pequeño. Harrenhal ocupaba un terreno tres veces más amplio que Invernalia, y los edificios eran tan enormes que apenas si se podían comparar. En los establos cabían miles de caballos, el bosque de dioses ocupaba veinte acres, las cocinas eran tan grandes como la sala principal de Invernalia, y la sala principal en sí, ostentosamente denominada Sala de las Cien Chimeneas aunque sólo había treinta y tantas (Arya había tratado de contarlas dos veces, pero en la primera ocasión le salieron treinta y tres y en la segunda treinta y cinco), era de una amplitud tal que Lord Tywin podría haber dado un banquete para todo su ejército (aunque nunca lo hizo). Los muros, las puertas, las estancias, las escaleras... todo estaba construido a una escala tan inhumana que hacía a Arya recordar las historias de la Vieja Tata acerca de los gigantes que vivían más allá del Muro.
Los señores y las damas jamás se fijaban en los ratoncillos grises que correteaban bajo sus pies, de manera que Arya se enteró de todo tipo de secretos; para ello bastaba con tener las orejas bien abiertas mientras cumplía con sus obligaciones. La hermosa Pia, que trabajaba en la despensa, era una mujerzuela que se trabajaba a todos los caballeros del castillo. La esposa del carcelero estaba preñada, pero el padre de la criatura era Ser Alyn Stackspear, o tal vez un bardo llamado Wat Blancasonrisa. Lord Lefford se burlaba de los fantasmas cuando estaba a la mesa, pero por las noches siempre tenía una vela encendida junto a la cama. Jodge, el escudero de Ser Dunaver, se orinaba en la cama. Los cocineros despreciaban a Ser Harys Swyft y siempre escupían en su comida. Una vez hasta oyó a la criada del maestre Tothmure contarle a su hermano algo acerca de un mensaje en el que se decía que Joffrey era un bastardo, y no el rey legítimo.
—Lord Tywin le ordenó quemar la carta y no volver a hablar de esas porquerías —susurró la muchacha.
También se enteró de que los hermanos del rey Robert, Stannis y Renly, habían entrado en la guerra.
—Y los dos se dicen reyes —comentó Weese—. Ahora hay más reyes en el reino que ratas en un castillo.
Hasta los hombres de los Lannister se preguntaban cuánto tiempo podría defender Joffrey el Trono de Hierro.
—El chico no tiene ejército, sólo a los capas doradas, y los que gobiernan son un eunuco, un enano y una mujer —oyó decir a un señor menor que estaba algo borracho—. ¿De qué le van a servir en una batalla?
Y siempre se hablaba de Beric Dondarrion. Un arquero muy gordo dijo en cierta ocasión que los Titiriteros Sangrientos lo habían matado, pero los demás se rieron.
—Lorch lo mató en Cascadas Bravas, y la Montaña también lo mató dos veces. Va un venado de plata a que esta vez tampoco se queda muerto.
Arya no supo quiénes eran los Titiriteros Sangrientos hasta dos semanas más tarde, cuando el grupo de hombres más raro que había visto jamás llegó a Harrenhal. Bajo el estandarte de una cabra negra con los cuernos ensangrentados cabalgaban hombres cobrizos con el pelo trenzado lleno de campanillas, lanceros a lomos de caballos a rayas blancas y negras, arqueros de mejillas empolvadas, hombres peludos y achaparrados con escudos tan velludos como ellos, otros de piel oscura con capas de plumas, un bufón flaco ataviado con vistosas ropas verdes y rosadas, espadachines con fantásticas barbas de dos puntas teñidas de verde, púrpura y plata, soldados armados con picas y cicatrices de colores en las mejillas, un hombre alto con túnica de septon, otro de aspecto patriarcal con vestiduras grises de maestre, y otro que parecía enfermizo cuya capa de cuero estaba ribeteada de cabellos rubios y largos.
A la cabeza iba un hombre flaco como un palo y muy alto, con el rostro enjuto y demacrado que parecía aún más largo a causa de la barba negra y fibrosa que le brotaba de la barbilla puntiaguda y le llegaba casi hasta la cintura. El yelmo que llevaba colgado de la silla de montar era de acero negro y tenía forma de cabeza de cabra. Llevaba una cadena al cuello hecha de monedas de muchos tamaños, formas y metales diferentes, y su montura era uno de aquellos extraños animales con rayas blancas y negras.
—No quieras saber demasiado, Comadreja —le dijo Weese cuando la vio mirar al hombre del yelmo en forma de cabeza de cabra. Weese estaba con dos de sus amigos con los que solía emborracharse, ambos soldados al servicio de Lord Lefford.
—¿Quiénes son? —preguntó.
Uno de los soldados se echó a reír.
—Los Lacayos, niña. Las Pezuñas de la Cabra. Los Titiriteros Sangrientos de Lord Tywin.
—No le digas esas cosas —dijo Weese—, ¿no ves que es idiota? Si la despellejan por tu culpa te pongo a ti a fregar las escaleras esas de mierda. Son mercenarios, niña Comadreja. Se hacen llamar la Compañía Audaz. No los llames de otra manera cuando te estén escuchando, o lo lamentarás. El del yelmo de cabra es su capitán, Lord Vargo Hoat.
—¿Lord? Y una mierda —bufó el segundo soldado—. Se lo oí decir a Ser Amory. No es más que un mercenario baboso que tiene una opinión demasiado elevada de sí mismo.
—Sí —dijo Weese—, pero si quiere seguir entera más vale que lo llame «señor».
Arya volvió a mirar a Vargo Hoat. «¿Cuántos monstruos tiene Lord Tywin?» La Compañía Audaz se alojó en la Torre de la Viuda, de manera que no le correspondía a ella atenderla, cosa de la que se alegraba: la misma noche de su llegada hubo una pelea entre los mercenarios y unos cuantos soldados Lannister. El escudero de Ser Harys Swyft murió apuñalado, y dos de los Titiriteros Sangrientos resultaron heridos. A la mañana siguiente, Lord Tywin los colgó de los muros de la casa de la guardia, junto con uno de los arqueros de Lord Lydden. Weese dijo que el arquero era el que había empezado, porque se burló de los mercenarios por el tema de Beric Dondarrion. Después de que los ahorcados dejaran de patalear, Vargo Hoat y Ser Harys se abrazaron, se besaron y se juraron amistad eterna, bajo la mirada atenta de Lord Tywin. A Arya le parecieron muy divertidos los ceceos de Vargo Hoat y su manera de babear, pero no era tan tonta como para reírse.
Los Titiriteros Sangrientos no permanecieron mucho tiempo en Harrenhal, pero antes de que partieran de nuevo a caballo, Arya oyó a uno contar que un ejército norteño comandado por Roose Bolton había ocupado el Vado Rubí del Tridente.
—Si cruza, Lord Tywin lo aplastará otra vez igual que hizo en el Forca Verde —comentó un arquero Lannister. Pero sus compañeros se burlaron de él.
—Bolton no cruzará nunca, a menos que el Joven Lobo salga de Aguasdulces con sus norteños salvajes y sus lobos.
Arya no sabía que su hermano estuviera tan cerca. Aguasdulces estaba mucho más próximo que Invernalia, aunque no estaba segura de en qué dirección se encontraba en relación con Harrenhal. «Podría averiguarlo, estoy segura, si pudiera salir de aquí... —Al pensar en ver de nuevo el rostro de Robb, Arya tuvo que morderse el labio—. Y también quiero ver a Jon, a Bran, a Rickon y a mi madre. Hasta a Sansa... le daré un beso y le pediré excusas como una dama, eso le encantará.»
Por las charlas en el patio se había enterado de que en las habitaciones de la parte superior de la Torre del Miedo se alojaban tres docenas de prisioneros, capturados en el Forca Verde del Tridente. La mayoría tenían libertad para recorrer el castillo, porque habían jurado no intentar escapar.
«Juraron no escapar —se dijo Arya—, pero no dijeron nada sobre ayudarme a escapar a mí.»
Los prisioneros comían en una mesa que tenían asignada en la Sala de las Cien Chimeneas, y los veía a menudo por el castillo. Había cuatro hermanos que se entrenaban juntos todos los días, luchando con palos y escudos de madera en el Patio de la Piedra Líquida. Tres de ellos eran Frey del Cruce, y el cuarto, su hermano bastardo. Pero no estuvieron allí mucho tiempo: una mañana llegaron dos hermanos más bajo un estandarte de paz con un cofre de oro, y pagaron el rescate a los caballeros que los habían capturado. Los seis Frey se fueron juntos.
Pero por los norteños nadie pagaba rescate. Pastel Caliente le dijo que había un señor menor muy gordo que rondaba siempre por las cocinas en busca de algún bocado. Tenía un bigote tan poblado que le cubría la boca, y el broche con que se sujetaba la capa tenía forma de tridente de plata y zafiros. Pertenecía a Lord Tywin. En cambio, el joven barbudo de aspecto fiero que paseaba a solas por las almenas, con una capa negra con dibujos en forma de soles blancos, era prisionero de un caballero errante que pensaba hacerse rico gracias a él. Sansa habría sabido quién era ése y también el gordo, pero Arya nunca había mostrado demasiado interés por los títulos y los blasones. Siempre que la septa Mordane hablaba sobre la historia de una Casa u otra, ella se dedicaba a soñar despierta y a preguntarse si faltaría mucho para que terminara la lección.
En cambio, sí recordaba a Lord Cerwyn. Sus tierras estaban muy cerca de Invernalia, de manera que él y su hijo Cley los visitaban a menudo. Pero, como por obra del destino, era el único prisionero al que no veía nunca: estaba en cama, en la celda de su torre, recuperándose de una herida. Arya se pasó días y días buscando la manera de pasar entre los guardias de la puerta sin ser vista para ir a visitarlo. Si la reconocía, el honor lo obligaría a ayudarla. Seguro que tendría oro, como todos los señores. Tal vez pudiera pagar a algunos mercenarios de Lord Tywin para que la llevaran a Aguasdulces. Su padre decía siempre que la mayoría de los mercenarios traicionarían a quien fuera por oro.
Pero una mañana vio a tres mujeres con las túnicas grises y las capuchas de las hermanas silenciosas, que estaban cargando un cadáver en su carromato. El cuerpo estaba envuelto en una capa de la más fina seda, decorada con el emblema del hacha de batalla. Cuando Arya preguntó de quién se trataba, uno de los guardias le dijo que Lord Cerwyn había muerto aquella noche. La noticia le cayó como una patada en el vientre. «Da igual, no habría podido ayudarte —pensó mientras las hermanas salían por la puerta con el carromato—. Ni siquiera pudo ayudarse a sí mismo, ratón estúpido.»
De manera que vuelta a fregar, vuelta a escabullirse del paso de los señores, vuelta a escuchar detrás de las puertas. Oyó que Lord Tywin atacaría pronto Aguasdulces. O tal vez marcharía hacia el sur en dirección a Altojardín, eso nadie se lo esperaría. No, debía defender Desembarco del Rey, Stannis era el que presentaba la mayor amenaza. Enviaría a Gregor Clegane y a Vargo Hoat a acabar con Roose Bolton y así quitarse la daga de la espalda. Iba a mandar cuervos al Nido de Águilas, tenía intención de casarse con Lady Lysa Arryn y dominar el Valle. Había comprado una tonelada de plata para forjar espadas mágicas que pudieran matar a los wargs de los Stark. Había escrito a Lady Stark para firmar la paz y el Matarreyes no tardaría en estar libre.
Aunque los cuervos iban y venían a diario, Lord Tywin se pasaba la mayor parte del día encerrado con su consejo de guerra. Arya lo veía a veces, pero siempre de lejos: una vez recorriendo las murallas en compañía de tres maestres y el prisionero gordo del bigote poblado, otra cabalgando hacia el sur con sus señores vasallos para visitar los campamentos, y sobre todo de pie en los arcos de la galería cubierta, desde donde observaba cómo los hombres entrenaban en el patio de abajo. Solía adoptar siempre la misma postura, erguido y con las dos manos sobre el pomo de oro de su espada. Se decía que Lord Tywin amaba el oro más que nada en el mundo; que hasta cagaba oro, como bromeó en cierta ocasión un escudero. El señor de Lannister parecía fuerte para su edad, tenía los bigotes dorados muy rígidos, y nada de pelo en la cabeza. En su rostro había algo que a Arya le recordaba a su padre, aunque no se parecían en nada. «Tiene cara de señor, eso es», se dijo. Se acordaba de cuando su madre decía a su padre que pusiera cara de señor y fuera a zanjar un asunto u otro. Su padre se reía. No se imaginaba a Lord Tywin riéndose de nada.
Una tarde, mientras esperaba que le tocara el turno de sacar un cubo de agua del pozo, oyó el gemido de las bisagras de la puerta este. Una partida de hombres a caballo entró al trote bajo el rastrillo. Al ver la manticora del escudo de su jefe le recorrió una puñalada de odio.
A la luz del día Ser Amory Lorch no tenía un aspecto tan aterrador como cuando lo iluminaban las antorchas, pero los ojillos porcinos eran los mismos que ella recordaba. Una de las mujeres comentó que aquellos hombres habían rodeado el lago en persecución de Beric Dondarrion y habían matado rebeldes.
«Nosotros no éramos rebeldes —pensó Arya—. Éramos la Guardia de la Noche, y la Guardia de la Noche no toma partido.» Ser Amory iba con menos hombres de los que recordaba, y muchos estaban heridos. «Ojalá se les infecten las heridas. Ojalá se mueran todos.»
Entonces se fijó en tres que iban casi al final de la columna.
Rorge se había puesto un medio yelmo con una pieza ancha de hierro en el centro, de manera que casi no se notaba que no tenía nariz. Mordedor cabalgaba a su lado a lomos de un corcel que parecía a punto de derrumbarse bajo su peso. Tenía el cuerpo cubierto de quemaduras a medio curar que le daban un aspecto más repulsivo que nunca.
Pero Jaqen H'ghar seguía sonriendo. Sus ropas estaban sucias y harapientas, pero le había dado tiempo a lavarse y cepillarse el cabello, que le caía sobre los hombros rojo y blanco, brillante. Arya oyó las risitas admiradas de las chicas.
«Debí dejar que se quemaran. Gendry me lo dijo, debí hacerle caso. —Si no les hubiera lanzado aquella hacha estarían todos muertos. Durante un instante tuvo miedo, pero pasaron a caballo junto a ella sin mostrar el menor interés. El único que miró en su dirección fue Jaqen H'ghar, pero ni siquiera se fijó en ella—. No me conoce —pensó—. Arry era un muchachito fiero con una espada, y yo soy una niña gris ratón con un cubo.»
Se pasó el resto del día fregando las escaleras en la Torre Aullante. Al anochecer tenía las manos en carne viva y le sangraban, y los brazos tan magullados que le temblaban al llevar el cubo de vuelta a la cripta. Estaba demasiado cansada para cenar, así que pidió a Weese que la disculpara y se arrastró hasta su lecho de paja.
—Weese —bostezó—. Dunsen, Chiswyck, Polliver, Raff el Dulce. Cosquillas y el Perro. Ser Gregor, Ser Amory, Ser Ilyn, Ser Meryn, el rey Joffrey, la reina Cersei.
Pensó que podría añadir tres nombres más a su plegaria, pero estaba tan agotada que no podría decidirlo esa noche.
Arya estaba soñando con lobos que corrían libres y salvajes por el bosque cuando una mano fuerte le tapó la boca como una piedra cálida y suave, sólida, inamovible. Despertó al instante y se debatió.
—Chica no dice nada —susurró una voz junto a su oído—. Chica mantiene la boca cerrada, nadie oye, y amigos pueden hablar en secreto. ¿Sí?
El corazón le latía a toda velocidad, pero Arya consiguió asentir.
Jaqen H'ghar apartó la mano. La cripta estaba en la oscuridad más absoluta, y no podía ver el rostro del hombre aunque lo tenía a pocos centímetros. Pero alcanzaba a olerlo; su piel olía a limpio, a jabón, y se había aromatizado el pelo.
—Chico se convierte en chica —murmuró.
—Siempre fui una chica. Pensé que no me habías visto.
—Uno ve. Uno sabe.
—Me has asustado. —Arya recordó que lo odiaba—. Ahora eres uno de ellos. Debí dejar que te quemaras. ¿Qué haces aquí? Lárgate o llamo a Weese.
—Uno paga sus deudas. Uno debe tres.
—¿Tres?
—El Dios Rojo tiene sus reglas, hermosa niña, y sólo la muerte puede pagar la vida. La niña cogió tres que estaban en manos del Dios. La niña debe entregar tres en su lugar. Sólo tienes que decir los nombres, uno se encargará del resto.
«Quiere ayudarme», comprendió Arya con un ramalazo de esperanza que casi la hizo marearse.
—Llévame a Aguasdulces, no está lejos, si robamos unos caballos podríamos...
El hombre le puso un dedo sobre los labios.
—Tres vidas obtendrás de mí. Ni más ni menos. Tres y todo termina. Así que niña debe pensar. —Le dio un beso suave en el pelo—. Pero no mucho tiempo.
Cuando Arya pudo encender el cabo de vela que tenía junto al lecho, del hombre sólo quedaba un tenue olor, un aroma a jengibre y a clavo prendido en el aire. La mujer que dormía en el nicho de al lado se dio la vuelta en la paja y protestó por la luz, así que Arya la apagó. Cuando cerró los ojos vio rostros que se movían ante ella: Joffrey y su madre, Ilyn Payne y Meryn Trant, Sandor Clegane... pero estaban en Desembarco del Rey, a cientos de kilómetros, y Ser Gregor sólo había permanecido allí unos pocos días antes de partir en una nueva expedición. Además se había llevado a Raff, a Chiswyck y a Cosquillas. En cambio, Ser Amory Lorch estaba allí, y lo odiaba casi tanto como a los otros, ¿no? No estaba segura. Y siempre quedaba Weese.
Volvió a pensar en él a la mañana siguiente, cuando la falta de sueño la hizo bostezar.
—Comadreja —ronroneó Weese—, la próxima vez que te vea abrir la boca te arranco la lengua y se la echo de comer a mi perra.
Le retorció la oreja para asegurarse de que lo había oído, y le dijo que siguiera limpiando escaleras, que quería que estuvieran brillantes hasta el tercer rellano antes de que anocheciera.
Mientras trabajaba, Arya pensaba en las personas a las que le gustaría ver muertas. Hacía como si viera sus rostros en los peldaños, y frotaba con más fuerza para borrarlos. Los Stark estaban en guerra con los Lannister, y ella era una Stark, así que debía matar a tantos como pudiera, porque las guerras eran así. Pero no confiaba en Jaqen. «Debería matarlos yo misma.» Cuando su padre condenaba a muerte a un hombre, él mismo ejecutaba la sentencia con Hielo, su espadón.
—Si le vas a quitar la vida a un hombre, tienes un deber para con él, y es mirarlo a los ojos y escuchar sus últimas palabras —le había oído decir en cierta ocasión a Robb y a Jon.
Al día siguiente y al otro evitó a Jaqen H'ghar. No le costó mucho. Era menuda, y Harrenhal muy grande, lleno de sitios donde se podía esconder un ratón.
Y entonces regresó Ser Gregor, antes de lo esperado. En aquella ocasión llevaba un rebaño de cabras en vez de un rebaño de prisioneros. Arya se enteró de que había perdido cuatro hombres en una de las incursiones nocturnas de Lord Beric, pero los que ella detestaba habían vuelto ilesos y ocuparon el segundo piso de la Torre Aullante. Weese se encargó de que tuvieran bebida abundante.
—Esos siempre tienen sed —gruñó—. Comadreja, sube a preguntarles si quieren que les remienden alguna ropa. Y que se encarguen las mujeres.
Arya subió corriendo por sus escaleras bien fregadas. Nadie le prestó atención cuando entró. Chiswyck estaba sentado junto a la chimenea, con un cuerno de cerveza en una mano, contando una de sus historias divertidas. No se atrevió a interrumpir, no quería que le partieran la boca.
—Fue después del torneo de la Mano, antes de que empezara la guerra —decía Chiswyck—. Íbamos de vuelta hacia el oeste los siete con Ser Gregor. Raff iba conmigo, y también el joven Joss Stilwood, que había sido el escudero de Ser Gregor en las lizas. Pues va y nos encontramos con ese río de meados, que bajaba bien crecido por las lluvias. Imposible vadearlo, pero resulta que hay una cervecería al lado, así que ahí nos metemos. El ser va y le dice al cervecero que nos siga llenando los cuernos hasta que bajen las aguas, y deberíais haber visto cómo le brillaban los ojos de cerdo a aquel tipo en cuanto vio la plata. Así que él y su hija van y nos sirven cerveza, y resulta que era floja, un meado, no me gusta nada y al ser, menos. Y el cervecero todo el rato diciendo lo contento que está de que estemos ahí, que tiene pocos clientes últimamente por las lluvias. El muy idiota no cerraba la boca, imaginad, aunque el ser no decía ni palabra, no dejaba de pensar en el Caballero de las Lilas y el truco sucio que le hizo. Ya sabéis la manera esa que tiene de apretar la boca, así que yo y los otros que lo conocemos no decimos nada, pero el cervecero venga a hablar, y entonces va y pregunta que cómo le ha ido a mi señor en las justas. Y el ser nada, sólo lo miraba. —Chiswyck se rió a carcajadas, apuró la cerveza y se limpió la espuma con el dorso de la mano—. Y mientras su hija venga a servirnos cerveza, una gordita, unos dieciocho años tendría...
—Qué dices, trece como mucho —farfulló Raff el Dulce.
—Qué más da, los que tuviera, el caso es que no era gran cosa, pero Eggon había bebido y va y la toca, y yo también la sobo un poco, y Raff venga a decirle al joven Stilwood que tendría que llevarse a la chica al piso de arriba y hacerse un hombre, como dándole ánimos al chico. Por fin va Joss y le mete mano por debajo de la falda, la chica chilla, suelta la jarra de cerveza y se va corriendo a la cocina. Pues ahí que habría terminado todo, pero va el viejo idiota y va y le dice al ser que nos diga que dejemos en paz a la chica, porque es un caballero ungido y esas cosas.
»Ser Gregor, que no estaba haciendo caso de la juerga, va y lo mira, ya sabes cómo mira él, y ordena que lleven allí a la chica, el viejo va y la tiene que traer, y la culpa era toda suya. El ser la mira y va y dice, así que ésta es la puta por la que tan preocupado estás, y el muy idiota va y dice, mi Layna no es ninguna puta, ser, y va y se lo dice a la cara. El ser ni pestañea, sólo va y dice, pues ahora lo es, y le tira al viejo otra moneda de plata, le arranca la ropa a la tía y la toma allí mismo encima de la mesa, delante de su papaíto, la tía no hacía más que retorcerse como un conejo y venga a hacer ruidos. Si hubierais visto la cara del viejo, me reí tanto que se me salió la cerveza por la nariz. Luego llega el chico al oír el ruido, me figuro que sería el hijo, pues va y sube corriendo de las bodegas, y Raff tuvo que clavarle la daga en la barriga. Cuando el ser termina se pone a beber otra vez y los demás nos turnamos. Tobbot, que ya sabéis cómo es él, va y le da la vuelta a la chica y se la folla por detrás. La chica ya no se retorcía, a lo mejor le estaba gustando ya, aunque la verdad a mí no me habría importado que se moviera un poco. Y ahora viene lo mejor... cuando terminamos, el ser le dice al viejo que quiere el cambio. Que la chica no valía una moneda de plata... ¡y no va el viejo y le da un puñado de monedas de cobre, le pide perdón y le agradece su visita!
Todos estallaron en carcajadas, las más fuertes las de Chiswyck, que se rió tanto de su anécdota que le salieron mocos de la nariz y se le quedaron pegados en la áspera barba gris. Arya, de pie en las sombras de la escalera, lo miró fijamente. Volvió a bajar a las criptas sin decir palabra. Cuando Weese se enteró de que no les había preguntado lo de la ropa, le bajó los calzones y le dio tal paliza con la vara que la sangre le corrió por los muslos, pero Arya cerró los ojos y pensó en los dichos que Syrio le había enseñado, de manera que apenas si la sintió.
Dos noches más tarde, la envió a la Sala de los Cuarteles para servir la mesa. Llevaba un jarro de vino y estaba sirviéndolo cuando vio a Jaqen H'ghar, con su pedazo de pan lleno de guiso, al otro lado del pasillo. Arya se mordió el labio, y miró a su alrededor para asegurarse de que Weese no estaba en las proximidades. «El miedo hiere más que las espadas», se dijo.
Dio un paso, luego otro, y con cada uno se sentía menos ratón. Fue recorriendo el banco, llenando copas de vino. Rorge estaba sentado a la derecha de Jaqen, borracho como una cuba, y no se fijó en ella. Arya se inclinó hacia delante.
—Chiswyck —susurró al oído de Jaqen.
El lorathi no dio muestras de haberla oído.
Cuando tuvo el jarro vacío, Arya bajó corriendo a la bodega para volver a llenarlo de la cuba y volvió a servir. Nadie murió de sed en el intervalo, ni advirtió su breve ausencia.
Al día siguiente no sucedió nada, y tampoco al otro, pero al tercero Arya fue a las cocinas con Weese para recoger su cena.
—Anoche se cayó del adarve uno de los hombres de la Montaña, y el muy imbécil se rompió el cuello —oyó que decía Weese a una de las cocineras.
—Estaría borracho —replicó la mujer.
—No más que de costumbre. Hay quien dice que el fantasma de Harren lo tiró. —Dejó escapar un bufido para demostrar lo que opinaba él de aquellas ideas.
«No fue Harren —habría querido decir Arya—. Fui yo. —Había matado a Chiswyck con un susurro, y antes de que todo terminara mataría a dos más—. Yo soy el fantasma que hay en Harrenhal», pensó. Y aquella noche, tuvo un nombre menos que odiar.

CATELYN

El lugar de reunión era una extensión de hierba salpicada de setas color gris claro, y de cuando en cuando de los tocones frescos de los árboles talados.
—Somos los primeros, mi señora —dijo Hallis Mollen cuando detuvieron los caballos entre los tocones, a solas entre los dos ejércitos.
En la lanza que llevaba ondeaba el estandarte de la Casa Stark. Desde allí Catelyn no alcanzaba a ver el mar, pero sentía que estaba muy próximo. El olor de la sal impregnaba el viento que soplaba desde el este.
Los forrajeadores de Stannis Baratheon habían talado los árboles para construir torres de asalto y catapultas. Catelyn se preguntó cuántos años había tenido aquel bosque, y si Ned habría descansado allí cuando guió su ejército hacia el sur para levantar el último asedio de Bastión de Tormentas. Aquel día había logrado una gran victoria, más grande aún porque no había necesitado derramamiento de sangre.
«Quieran los dioses que yo pueda lograr lo mismo», rezó. Sus vasallos pensaban que ir allí había sido una locura.
—No es nuestra guerra, mi señora —había dicho Ser Wendel Manderly—. Sé que el rey no querría que su madre se pusiera en peligro.
—Todos estamos en peligro —replicó ella, tal vez en tono demasiado brusco—. ¿Creéis que yo deseo estar aquí, ser? —«Mi lugar está en Aguasdulces con mi padre moribundo, en Invernalia con mis hijos»—. Robb me envió al sur para hablar en su nombre, y en su nombre voy a hablar.
Catelyn sabía que no sería fácil pactar la paz entre aquellos dos hermanos, pero por el bien del reino tenía que intentarlo. Al otro lado de los campos encharcados por la lluvia y de los riscos alcanzaba a ver el gran castillo de Bastión de Tormentas, que se alzaba hacia el cielo de espaldas al mar, que ella no podía ver desde donde se encontraba. Bajo aquella masa de piedra color gris claro, el ejército circundante de Lord Stannis Baratheon parecía tan pequeño e insignificante como ratones con estandartes.
Según las canciones, Bastión de Tormentas se erigió en los antiguos tiempos por obra de Durran, el primer Rey de la Tormenta, que se había ganado el amor de la hermosa Elenei, hija del dios marino y la diosa del viento. En su noche de bodas, Elenei entregó su virginidad al amor de un mortal, y por tanto se condenó a perecer como mortal también ella. Sus padres, dolidos, desencadenaron su ira y enviaron vientos y aguas para derribar la fortaleza de Durran. Sus hermanos, sus amigos y los invitados a la boda murieron aplastados por los muros o los arrastró el mar, pero Elenei escudó a Durran entre sus brazos para que no sufriera daño alguno, y cuando llegó el amanecer él declaró la guerra a los dioses y juró que reconstruiría su castillo.
Cinco castillos erigió, cada uno mayor que el anterior, y los cinco vio caer cuando aullaban los vientos procedentes de la Bahía de los Naufragios, que empujaban ante ellos inmensos muros de agua. Sus señores le suplicaron que construyera tierra adentro; sus sacerdotes le dijeron que tenía que aplacar a los dioses, que debía devolver a Elenei al mar; hasta el pueblo le rogaba que cejara en su empeño. Durran no escuchó a nadie. Un séptimo castillo erigió, el más gigantesco de todos. Hubo quien dijo que los niños del bosque lo ayudaron a crearlo, que dieron forma a las piedras con su magia; otros dijeron que un chiquillo le explicó qué debía hacer, un chiquillo al que más tarde el mundo conocería como Bran el Constructor. Se contara como se contara la historia, el final era siempre el mismo: el séptimo castillo resistió, desafiante, y Durran Pesardedioses y la hermosa Elenei vivieron allí juntos hasta el fin de sus días.
Los dioses no olvidan, y los vendavales procedentes del mar Angosto seguían soplando rabiosos. Pero Bastión de Tormentas, un castillo sin igual, resistió durante siglos y durante decenas de siglos. Su gran muralla exterior medía treinta metros de altura, sólida, sin aspilleras ni poternas, toda redondeada, curva, lisa, con las piedras encajadas con tanta habilidad que no quedaba ni una hendidura, ni un ángulo, ni una grieta por la que pudiera colarse el viento. Se decía que la muralla tenía doce metros de espesor en su punto más delgado, y casi veinticinco en la cara que daba al mar, una estructura doble de piedra rellena de arena y guijarros. En aquella poderosa mole se cobijaban las cocinas, establos y patios, a salvo del viento y de las olas. Sólo tenía una torre, un edificio colosal sin ventanas en la cara que daba al mar, tan grande que allí estaban tanto los graneros y los barracones como la sala para banquetes y las habitaciones del señor. En la cima, las gigantescas almenas le daban el aspecto de un puño con púas en lo alto de un brazo alzado.
—Mi señora —la llamó Hal Mollen. Dos jinetes acababan de salir del pequeño campamento situado bajo el castillo y se acercaban a ellos a paso lento—. Debe de ser el rey Stannis.
—Sin duda.
Catelyn los observó acercarse. «Será Stannis, pero no lleva el estandarte de la Casa Baratheon.» Era de color amarillo brillante, no dorado como las enseñas de Renly, y el dibujo era rojo, aunque desde allí no se distinguía la forma.
Renly iba a ser el último en llegar. Se lo había dicho en persona cuando ella se puso en marcha. No tenía intención de montar a caballo hasta que no viera a su hermano en camino. El primero en llegar tendría que esperar al otro, y Renly no esperaría.
«A esto juegan los reyes», se dijo. Pues ella no era ninguna reina, de manera que no tenía por qué jugar. Y en cuestión de esperar, Catelyn tenía mucha práctica.
Cuando estuvo más cerca vio que Stannis llevaba una corona de oro rojo con las puntas en forma de llamas. Su cinturón estaba adornado con granates y un topacio amarillo, y en el pomo de su espada se veía un gran rubí cuadrangular. El resto de su atuendo era sencillo: chaleco de cuero claveteado sobre un jubón guateado, botas usadas y calzones de hilo basto. El estandarte amarillo como el sol mostraba la imagen de un corazón rojo rodeado de llamas de fuego anaranjado. También se veía el venado coronado, sí... encogido, diminuto, dentro del corazón. Y más curioso aún era quién llevaba el estandarte: una mujer ataviada de rojo, con el rostro casi oculto por la capucha de su capa escarlata. «Una sacerdotisa roja», pensó Catelyn, intrigada. Era una secta numerosa y con gran poder en las Ciudades Libres y en el lejano este, pero en los Siete Reinos había muy pocos miembros.
—Lady Stark —saludó Stannis Baratheon con cortesía gélida al tiempo que tiraba de las riendas. Inclinó la cabeza. Estaba más calvo de lo que Catelyn recordaba.
—Lord Stannis —saludó ella a su vez. Bajo la barba recortada, la fuerte mandíbula se apretó, pero no le exigió ningún título. Catelyn se sintió agradecida.
—No pensaba encontraros en Bastión de Tormentas.
—No pensaba estar aquí.
—Lamento la muerte de vuestro señor —dijo. Los ojos hundidos la observaron con incomodidad. Las expresiones corteses de rigor no le salían con facilidad—, aunque Eddard Stark no era mi amigo.
—Tampoco fue vuestro enemigo, mi señor. Cuando Lord Tyrell y Lord Redwyne os tenían prisionero en ese castillo y os mataban de hambre, fue Eddard Stark quien rompió el asedio.
—Por orden de mi hermano, no por afecto hacia mí —replicó Stannis—. Lord Eddard cumplió con su deber, no lo niego. ¿Acaso hice yo menos? Yo debí ser la Mano de Robert.
—Fue la voluntad de vuestro hermano. Ned jamás deseó ese cargo.
—Pero lo aceptó. Aceptó lo que debió ser para mí. De todos modos, os doy mi palabra de que haré justicia a sus asesinos.
«Cómo les gusta a estos reyes prometer cabezas.»
—Vuestro hermano me ha prometido lo mismo. Pero os seré sincera, preferiría recuperar a mis hijas, y dejar la justicia en manos de los dioses.
—Si vuestras hijas se encuentran en la ciudad cuando la tome, os las enviaré.
«Vivas o muertas», parecía implicar su tono de voz.
—¿Y cuándo será eso, Lord Stannis? Desembarco del Rey está cerca de vuestro Rocadragón, pero os encuentro aquí.
—Veo que sois franca, Lady Stark. Muy bien, entonces os hablaré yo también con franqueza. Para tomar la ciudad necesito el poder de esos señores sureños que veo al otro lado del campo. Están con mi hermano. Debo arrebatárselos.
—Los hombres entregan su lealtad a quien quieren, mi señor. Esos hombres juraron lealtad a Robert y a la Casa Baratheon. Si vuestro hermano y vos pudierais zanjar esta disputa...
—No tengo ninguna disputa pendiente con Renly, siempre que cumpla con su deber. Soy su hermano mayor y su rey, quiero lo que me corresponde por derecho. Renly me debe lealtad y obediencia. Son dos cosas que pienso obtener, de él y de esos otros señores. —La miró fijamente—. ¿Qué os trae a este campo, mi señora? ¿Acaso la Casa Stark se ha aliado con mi hermano?
«Éste no cederá jamás», pensó, pero tenía que intentarlo de todos modos. Había demasiado en juego.
—Mi hijo es el Rey en el Norte, por voluntad de nuestros señores y nuestro pueblo. No dobla la rodilla ante nadie, pero tiende una mano amiga a todos.
—Los reyes no tienen amigos —replicó Stannis con aspereza—. Sólo súbditos y enemigos.
—Y hermanos —dijo una voz alegre detrás de Catelyn.
Miró por encima de su hombro para ver cómo el palafrén de Lord Renly se acercaba a ella entre los tocones. El más joven de los Baratheon tenía un aspecto espléndido con su jubón de terciopelo verde y la capa de seda ribeteada en piel de marta. La corona de rosas doradas le ceñía las sienes, y la cabeza de venado en jade le sobresalía por encima de la frente, sobre el largo pelo negro. Se adornaba el cinturón del que colgaba la espada con diamantes negros, y el cuello con una cadena de oro y esmeraldas.
Renly también había elegido a una mujer para llevar su estandarte, aunque Brienne se ocultaba el rostro y el cuerpo tras una armadura que no dejaba distinguir su sexo. En su lanza de cuatro metros el viento hacía ondear al venado coronado rampante, negro sobre oro.
—Lord Renly. —El saludo de su hermano fue brusco y lacónico.
—Rey Renly. ¿De verdad eres tú, Stannis?
—¿Quién si no? —preguntó Stannis con el ceño fruncido.
—Con ese estandarte cómo voy a estar seguro. —Renly se encogió de hombros—. ¿De quién es ese blasón que llevas?
—Es mío.
—El rey ha tomado como blasón el corazón llameante del Señor de la Luz —intervino la sacerdotisa vestida de rojo.
—Estupendo. —Aquello pareció hacerle mucha gracia—. Si los dos lleváramos el mismo estandarte la batalla sería muy confusa.
—Esperemos que no haya batalla —dijo Catelyn—. Los tres compartimos un enemigo común que nos destruirá a todos.
—El Trono de Hierro me corresponde por derecho. —Stannis la miró sin sonreír—. Todo el que lo niegue es mi enemigo.
—El reino entero lo niega, hermano —dijo Renly—. Los viejos lo niegan con su último aliento, los bebés lo niegan en los vientres de sus madres antes de nacer. Lo niegan en Dorne y lo niegan en el Muro. Nadie te quiere como rey. Lo siento.
—Juré que no trataría contigo mientras llevaras puesta esa corona de traidor —dijo Stannis después de apretar las mandíbulas, con el rostro tenso—. Ojalá hubiera cumplido mi juramento.
—Esto es una locura —intervino Catelyn con brusquedad—. Lord Tywin está en Harrenhal con veinte mil espadas. Los que quedan del ejército del Matarreyes se han reagrupado en el Colmillo Dorado, otro ejército Lannister se reúne a la sombra de Roca Casterly, y Cersei y su hijo tienen Desembarco del Rey y vuestro querido Trono de Hierro. Los dos os decís reyes, pero el reino se desangra y sólo mi hijo ha alzado una espada para defenderlo.
—Vuestro hijo ha ganado unas pocas batallas, yo ganaré la guerra. Los Lannister pueden esperar al momento que me convenga.
—Si tienes alguna propuesta, hazla —cortó Stannis—, o me iré.
—Muy bien —dijo Renly—, propongo que desmontes, hinques la rodilla en tierra y me jures lealtad.
—Eso jamás. —Stannis se tragó la rabia.
—Serviste a Robert, ¿por qué a mí no?
—Robert era mi hermano mayor. Tú eres el menor.
—El menor, el más valiente, y desde luego el más guapo...
—Y un ladrón, un usurpador.
—Los Targaryen llamaban usurpador a Robert. Por lo visto pudo soportar esa vergüenza. Lo mismo haré yo.
«Esto es inútil.»
—¿Estáis oyendo lo que decís? ¡Si fuerais mis hijos os haría chocar las cabezas y os encerraría en un dormitorio hasta que recordarais que sois hermanos!
—Sois demasiado arrogante, Lady Stark. —Stannis la miraba con el ceño fruncido—. Yo soy el rey legítimo, y vuestro hijo es tan traidor como mi hermano. También le llegará su hora.
La amenaza directa atizó la ira de Catelyn.
—Sois muy rápido a la hora de decir que los demás son traidores y usurpadores, mi señor, pero ¿en qué os diferenciáis de ellos? Decís que sólo vos sois el legítimo rey, pero creo recordar que Robert tenía dos hijos. Según todas las leyes de los Siete Reinos, el príncipe Joffrey es su heredero, y luego Tommen... y todos los demás somos traidores, aunque tengamos excelentes motivos.
—Tendrás que perdonar a Lady Catelyn, Stannis —dijo Renly entre risas—. Viene de Aguasdulces, ha sido un viaje muy largo. Supongo que no ha leído tu cartita.
—Joffrey no es hijo de mi hermano —dijo Stannis, tajante—. Y Tommen tampoco. Son bastardos, igual que la niña. Los tres son abominaciones nacidas del incesto.
Catelyn se quedó sin palabras. «No es posible, ni siquiera Cersei puede estar tan loca.»
—¿No es una bonita historia, mi señora? —preguntó Renly—. Estaba acampado en Colina Cuerno cuando Lord Tarly recibió esa carta, y la verdad sea dicha, me dejó sin aliento. —Sonrió a su hermano—. Nunca te creí tan astuto, Stannis. Si fuera cierto, serías de verdad el heredero de Robert.
—¿Si fuera cierto? ¿Me estás llamando mentiroso?
—¿Puedes demostrar una palabra de esa fábula?
Stannis rechinó los dientes.
«Seguro que Robert no lo sabía —pensó Catelyn—, o habría mandado cortarle la cabeza a Cersei de inmediato.»
—Lord Stannis —dijo—, si sabíais que la reina era culpable de un crimen tan monstruoso, ¿por qué guardasteis silencio?
—No guardé silencio —declaró Stannis—. Expuse mis sospechas a Jon Arryn.
—¿En vez de decírselo a vuestro hermano?
—Mi hermano nunca me tuvo en consideración —dijo Stannis—. De mi boca, esas acusaciones habrían parecido fruto del rencor y de la ambición, como manera de situarme en la línea sucesoria. Pensé que Robert estaría mejor dispuesto a escuchar si los cargos los presentaba Jon Arryn, a quien quería.
—Ah —dijo Renly—. Así que tenemos la palabra de un muerto.
—¿Acaso crees que su muerte fue una coincidencia, ciego estúpido? Cersei lo hizo envenenar por miedo a que la descubriera. Lord Arryn había estado recogiendo ciertas pruebas...
—Que sin duda murieron con él. Todo un inconveniente.
—En una carta que me envió a Invernalia, mi hermana Lysa acusaba a la reina de matar a su esposo —reconoció Catelyn, que estaba recordando cosas, juntando piezas—. Después, en el Nido de Águilas, echó la culpa a Tyrion, el hermano de la reina.
—Si pisáis un nido de víboras —dijo Stannis con un bufido—, ¿acaso importa cuál os muerde primero?
—Esta charla sobre incestos y serpientes es muy amena, pero no cambia nada. Puede que tú tengas más derecho, Stannis, pero yo tengo un ejército mayor. —Renly metió la mano entre los pliegues de su capa. Stannis lo vio, y echó mano al pomo de su espada, pero antes de que pudiera desenfundar el acero su hermano sacó... un melocotón—. ¿Quieres uno, hermano? —preguntó Renly con una sonrisa—. Son de Altojardín. En tu vida has probado nada tan dulce, te lo garantizo.
Le dio un mordisco, y los jugos le corrieron por la comisura de la boca. Stannis estaba echando chispas.
—No he venido aquí a comer fruta.
—¡Mis señores! —gritó Catelyn—. Deberíamos estar discutiendo las condiciones de una alianza, no intercambiando puyas.
—Nadie debería rechazar un melocotón —dijo Renly al tiempo que tiraba el hueso—. Puede que no vuelvas a tener ocasión de probarlos, Stannis. La vida es breve. Recuerda lo que dicen los Stark. Se acerca el invierno. —Se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Tampoco he venido aquí para que me amenacen.
—Nadie te ha amenazado —replicó Renly—. Cuando te amenace, te enterarás, no te preocupes. Si quieres que te diga la verdad, nunca me has caído bien, Stannis, pero por nuestras venas corre la misma sangre; no querría tener que matarte. Si lo que quieres es Bastión de Tormentas, quédatela, como regalo de tu hermano. Igual que Robert me la entregó a mí, yo te la entrego.
—No puedes entregar lo que no es tuyo. Es mía por derecho.
Renly suspiró y se dio media vuelta en la silla.
—¿Qué voy a hacer con este hermano mío, Brienne? Rechaza mi melocotón, rechaza mi castillo, ni siquiera asistió a mi boda...
—Los dos sabemos que tu boda fue una farsa. Hace un año planeabas convertir a la chica en una de las rameras de Robert.
—Hace un año planeaba convertir a la chica en la reina de Robert —replicó Renly—. Pero, ¿qué más da eso? El jabalí se llevó a Robert y yo me llevé a Margaery. Por cierto, te alegrará saber que llegó a mí doncella.
—Y en tu cama seguro que muere igual.
—Oh, espero hacerle un hijo varón este mismo año. Disculpa, ¿cuántos hijos tienes tú, Stannis? Ah, sí, ya me acuerdo... ninguno. —Renly le dedicó una sonrisa inocente—. En cuanto a lo de tu hija, lo comprendo. Si mi mujer tuviera una cara como la de la tuya, yo también enviaría a mi bufón a atenderla.
—¡Basta! —rugió Stannis—. No toleraré que te burles de mí, ¿entendido? ¡No lo toleraré! —Sacó la espada de su vaina, y el acero brilló a la escasa luz del sol con reflejos rojos, amarillos, blancos. A su alrededor el aire parecía vibrar, como si emitiera calor:
El caballo de Catelyn relinchó y retrocedió un paso, pero Brienne en cambio se interpuso entre los hermanos, también ella con la espada en la mano.
—¡Guardad ese acero! —gritó a Stannis.
«Cersei Lannister debe de estar muerta de risa», pensó Catelyn con cansancio.
—No soy despiadado —dijo con voz retumbante Stannis, cuya falta de piedad era legendaria, mientras señalaba a su hermano con la punta de la refulgente espada—. Y tampoco quiero ensuciar a Portadora de Luz con la sangre de un hermano. Por la madre que nos engendró a los dos, te daré esta noche para reconsiderar esta locura, Renly. Guarda tus estandartes, ven a mí antes del amanecer y te entregaré Bastión de Tormentas y tu antiguo sitio en el Consejo, incluso te nombraré heredero hasta que tenga un hijo varón. De lo contrario te destruiré.
Renly se echó a reír.
—Tienes una espada muy bonita, Stannis, en serio, pero creo que brilla tanto que te ha estropeado la vista. Mira al otro lado de estos campos, hermano. ¿Ves todos esos estandartes?
—¿Acaso crees que unos trozos de trapo te harán rey?
—Las espadas Tyrell me harán rey. Rowan, Tarly y Caron me harán rey con el hacha, la lanza y la maza. Las flechas Tarth y las picas Penrose, Fossoway, Cuy, Mullendore, Estermont, Selmy, Hightower, Oakheart, Crane, Caswell, Blackbar, Morrigen, Beesbury, Shermer, Dunn, Footly... Hasta la Casa Florent, los hermanos y los tíos de tu esposa. Ellos me harán rey. Toda la caballería del sur cabalga conmigo, y son la menor parte de mi fuerza. Mi infantería se acerca, son cien mil espadas, lanzas y picas. ¿Y tú me vas a destruir? ¿Con qué? ¿Con esa chusma despreciable que veo junto a las murallas del castillo? Calculo unos cinco mil, siendo generoso. Señores del bacalao, caballeros de la cebolla y mercenarios. Seguro que la mitad vienen a unirse a mí antes de que empiece la batalla. Me dicen mis exploradores que tienes menos de cuatrocientos hombres a caballo, son jinetes libres con corazas que no resistirán ni un momento contra mis lanceros con armaduras. Por muy buen guerrero que te creas, Stannis, sabes que tu ejército no sobrevivirá ni a la primera carga de mi vanguardia.
—Ya lo veremos, hermano. —El mundo pareció oscurecerse un poco cuando Stannis volvió a envainar la espada—. Cuando llegue el amanecer, lo veremos.
—Espero que tu nuevo dios sea misericordioso, hermano.
Stannis dejó escapar un bufido, dio media vuelta y se alejó, desdeñoso. La sacerdotisa roja tardó un instante en seguirlo.
—Meditad sobre vuestros pecados, Lord Renly —dijo al tiempo que hacía girar a su caballo.
Catelyn y Lord Renly cabalgaron juntos hacia el campamento, donde los miles de hombres de él y los pocos de ella aguardaban su regreso.
—Ha sido divertido, aunque de poco provecho —comentó Renly—. ¿Cómo podría hacerme con una espada como ésa? Bueno, no importa, seguro que Loras me la regala después de la batalla. Es una pena que tengamos que llegar a esto.
—Tenéis una manera muy alegre de demostrar esa pena —dijo Catelyn, cuya angustia no tenía nada de fingido.
—¿Sí? —Renly se encogió de hombros—. Es posible. Confieso que Stannis nunca ha sido mi hermano querido. ¿Creéis que eso que dice es verdad? Si Joffrey es hijo del Matarreyes...
—Vuestro hermano sería el heredero legítimo.
—Mientras viva —reconoció Renly—. Aunque esa ley es una idiotez, ¿no os parece? ¿Por qué el hermano mayor, y no el más apto? La corona me sentará como nunca le sentó a Robert, y desde luego como no le sentaría a Stannis. Tengo madera para ser un gran rey, fuerte y generoso a la vez, inteligente, justo, diligente, leal a mis amigos y terrible para mis enemigos, pero capaz de perdonar, paciente...
—¿Modesto? —sugirió Catelyn.
—Tenéis que permitir que un rey tenga algunos defectos, mi señora —dijo Renly riéndose.
Catelyn estaba agotada. Todo había sido en vano. Los hermanos Baratheon iban a ahogarse en sangre el uno al otro, mientras su hijo se enfrentaba en solitario a los Lannister, y nada de lo que ella dijera podría cambiarlo ni impedirlo.
«Es hora de que vuelva a Aguasdulces para cerrar los ojos de mi padre —pensó—. Eso al menos sí puedo hacerlo. Quizá sea mala como enviada, pero que los dioses me ayuden, como plañidera soy excelente.»
El campamento estaba situado en la cima de un pequeño cerro pedregoso que discurría de norte a sur. Era mucho más ordenado que el del Mander, aunque tenía la cuarta parte de tamaño. Cuando se enteró de que su hermano había atacado Bastión de Tormentas, Renly dividió sus fuerzas, igual que hiciera Robb en Los Gemelos. Había dejado al grueso de la infantería atrás, en Puenteamargo, con su joven reina, sus carros, carromatos, animales de tiro y toda la engorrosa maquinaria de asedio, mientras Renly en persona guiaba a sus caballeros y jinetes libres en un rápido ataque hacia el este.
Cuánto se parecía a Robert, hasta en eso... Pero Robert siempre había tenido a Eddard Stark para atemperar con cautela su osadía. Sin duda Ned habría convencido a Robert de que acudiera con todo su ejército, de que rodeara a Stannis y asediara a los asediantes. Renly se había negado esa posibilidad en su precipitación por enfrentarse a su hermano. Se había alejado de sus líneas de suministro, había dejado a días de marcha los alimentos y pertrechos, con todos los carromatos, mulas y bueyes. Tenía que entrar en combate pronto o moriría de hambre.
Catelyn envió a Hal Mollen a ocuparse de los caballos mientras ella acompañaba a Renly de vuelta al pabellón real, en el centro del campamento. En el interior de sus paredes de seda verde, sus capitanes y señores aguardaban noticias sobre la negociación.
—Mi hermano no ha cambiado —les dijo el joven rey mientras Brienne le soltaba la capa y le quitaba de la cabeza la corona de oro y jade—. No se conforma con castillos y honores, quiere sangre. Pues me encargaré de que obtenga lo que desea.
—Alteza, no creo que sea necesario presentar batalla —dijo Lord Mathis Rowan—. La guarnición del castillo es fuerte y está bien aprovisionada. Ser Cortnay Penrose es un comandante con experiencia, y todavía no se ha construido ninguna catapulta que pueda abrir una brecha en las murallas de Bastión de Tormentas. Dejad a Lord Stannis con su asedio. No le servirá de nada, y mientras permanece aquí, pasando frío y hambre, sin conseguir nada, nosotros tomaremos Desembarco del Rey.
—¿Y dejar que los hombres digan que tuve miedo de enfrentarme a Stannis?
—Sólo los idiotas dirían eso —argumentó Lord Mathis.
—¿Qué opináis vosotros? —preguntó Renly mirando a los demás.
—Yo opino que Stannis representa un peligro para vos —declaró Lord Randyll Tarly—. Si no lo hacéis sangrar ahora, seguirá haciéndose fuerte, mientras la batalla mina vuestro poderío. Los Lannister no caerán en un día. Cuando acabemos con ellos puede que Lord Stannis sea tan fuerte como vos... o más.
Se alzaron voces de apoyo. El rey pareció satisfecho.
—En ese caso, habrá batalla.
«Le he fallado a Robb, igual que fallé a Ned», pensó Catelyn.
—Mi señor —anunció—, si estáis decidido a luchar, mi presencia en este lugar ya no tiene sentido. Os pido permiso para regresar a Aguasdulces.
—No os lo concedo. —Renly se acomodó mejor en la silla de campamento. Ella se puso rígida.
—Tenía la esperanza de ayudaros a hacer la paz, mi señor. No os ayudaré a hacer la guerra.
—Me atrevería a decir que podemos vencer sin la ayuda de vuestros veinticinco hombres, mi señora. —Renly se encogió de hombros—. No pretendo que toméis parte en la batalla, únicamente que observéis.
—Estuve en el Bosque Susurrante, mi señor. Ya he visto bastantes muertes. Vine aquí como enviada...
—Y como enviada partiréis —dijo Renly—. Pero sabiendo más que al llegar. Veréis con vuestros propios ojos qué les sucede a los rebeldes, y así se lo podréis contar a vuestro hijo. No temáis, velaremos por vuestra seguridad. —Se dio la vuelta para seguir con las disposiciones—. Lord Mathis, vos estaréis al mando de la columna principal, en el centro. Bryce, vos os encargaréis del flanco izquierdo. Lord Estermont, comandaréis la reserva.
—No os fallaré, Alteza —respondió Lord Estermont.
—¿Quién se hará cargo de la vanguardia? —quiso saber Lord Mathis Rowan.
—Alteza, os suplico que me concedáis ese honor —dijo Ser Jon Fossoway.
—Suplicad cuanto queráis —dijo Ser Guyard el Verde—, por derecho, el que aseste el primer golpe debe ser uno de los siete.
—Para cargar contra una muralla de escudos hace falta algo más que una capa bonita —anunció Randyll Tarly—. Yo comandaba la vanguardia de Mace Tyrell cuando vos todavía mamabais de vuestra madre, Guyard.
El clamor llenó el pabellón cuando los demás hicieron patente a gritos su derecho a aquel honor. «Los caballeros del verano», pensó Catelyn. Renly alzó una mano.
—Basta, mis señores. Si tuviera una docena de vanguardias os encomendaría una a cada uno de vosotros, pero la mayor gloria corresponde por derecho al mejor de los caballeros. Ser Loras asestará el primer golpe.
—Os lo agradezco de corazón, Alteza. —El Caballero de las Flores se arrodilló ante el rey—. Dadme vuestra bendición y un caballero que cabalgue a mi lado con vuestro estandarte. Que el venado y la rosa entren juntos en combate.
—Brienne —dijo Renly después de mirar a su alrededor.
—¿Alteza? —Seguía llevando la armadura de acero azul, aunque se había quitado el yelmo. La tienda estaba abarrotada y hacía calor, el sudor le pegaba el pelo amarillo al rostro amplio y poco agraciado—. Mi lugar está a vuestro lado. Soy vuestro escudo juramentado...
—Uno de los siete —le recordó el rey—. No temáis, cuatro de vuestros compañeros estarán conmigo en la batalla.
—Si tengo que apartarme de Vuestra Alteza —dijo Brienne arrodillándose—, al menos concededme el honor de armaros para la batalla.
Catelyn oyó una risita a su espalda.
«Pobrecilla, está enamorada de él —pensó—. Lo servirá de escudero sólo para poder tocarlo, y no le importa lo mucho que se burlen de ella.»
—Concedido —dijo Renly—. Ahora, salid todos. Hasta los reyes deben descansar antes de una batalla.
—Mi señor —pidió Catelyn—, en el último pueblo que cruzamos hay un pequeño sept. Si no me permitís volver a Aguasdulces, al menos dadme permiso para ir allí a rezar.
—Como deseéis. Ser Robar, proporcionad una buena escolta a Lady Stark hasta ese sept... pero aseguraos de que esté de vuelta antes del amanecer.
—A vos también os convendría rezar —añadió Catelyn.
—¿Para pedir la victoria?
—Para pedir sabiduría.
—Loras, quédate y ayúdame a rezar —dijo Renly después de reírse—. Hace tanto que no lo hago que se me ha olvidado. En cuanto a los demás, quiero a todos los hombres en sus puestos en cuanto despunte el día, todos con armas, armaduras y a caballo. Le vamos a dar a Stannis un amanecer que tardará mucho en olvidar.
Ya oscurecía cuando Catelyn salió del pabellón. Ser Robar Royce iba a su lado. Lo conocía de manera superficial, era uno de los hijos de Bronze Yohn, atractivo a su manera ruda, con cierto renombre ganado en los torneos. Renly le había otorgado una capa arco iris y una armadura roja, y lo había nombrado uno de los siete.
—Estáis muy lejos del Valle, ser —le dijo.
—Y vos de Invernalia, mi señora.
—Yo sé qué me ha traído aquí, pero ¿por qué habéis venido vos? No es vuestra batalla, igual que no es la mía.
—Es mi batalla desde que Renly es mi rey.
—Los Royce son vasallos de la Casa Arryn.
—Mi padre debe lealtad a Lady Lysa, y también su heredero. Los segundos hijos tienen que buscar la gloria allí donde puedan. —Se encogió de hombros—. Y uno acaba por hartarse de los torneos.
Catelyn calculó que no tendría más de veintiún años, la misma edad que su rey... pero el rey de ella, su Robb, era más sabio a los quince que aquel joven. O eso quería creer.
En el pequeño rincón del campamento que correspondía a Catelyn, Shadd estaba troceando zanahorias y poniéndolas en una cazuela, Hal Mollen jugaba a los dados con tres de sus hombres de Invernalia, y Lucas Blackwood, sentado, afilaba la daga.
—Lady Stark —dijo Lucas al verla—, Mollen dice que habrá batalla al amanecer.
—Hal tiene razón —respondió. «Y una lengua muy larga.»
—¿Qué hacemos, mi señora? ¿Luchar o huir?
—Rezar, Lucas —fue su respuesta—. Vamos a rezar.

SANSA

—Cuanto más lo hagas esperar, peor será para ti —le advirtió Sandor Clegane.
Sansa trató de apresurarse, pero tenía los dedos torpes a la hora de hacer nudos y abrochar botones. El Perro siempre le hablaba con dureza, pero aquel día había en su mirada algo que la llenaba de terror. ¿Había averiguado Joffrey algo acerca de sus encuentros con Ser Dontos?
«No, por favor —pensó mientras se cepillaba el cabello. Ser Dontos era su única esperanza—. Tengo que estar bonita, a Joff le gusta que esté bonita, siempre le ha gustado que me ponga esta túnica, este color.» Se alisó la ropa. Sentía la tela tensa en torno al pecho.
Al salir, Sansa procuró situarse a la izquierda del Perro, para no verle el lado quemado de la cara.
—Decidme qué he hecho.
—Tú nada. Tu regio hermano.
—Robb es un traidor. —Sansa se sabía la fórmula de memoria—. No tengo nada que ver con lo que haya hecho. —«Dioses, que no sea el Matarreyes.» Si Robb había herido a Jaime Lannister, a ella le costaría la vida. Pensó en Ser Ilyn y en aquellos espantosos ojos claros que miraban sin compasión desde un rostro descarnado y picado de viruelas.
El Perro soltó un bufido.
—Te han entrenado bien, pajarito.
La llevó al patio inferior, donde se había reunido una multitud en torno a los blancos de prácticas para los arqueros. Los hombres se apartaron para dejarles paso. Oyó las toses de Lord Gyles. Los mozos de cuadras ociosos la miraron con insolencia, pero Ser Horas Redwyne apartó la mirada a su paso, y su hermano Hobber fingió que no la veía. Un gato amarillo agonizaba en el suelo, entre maullidos patéticos, con un dardo de ballesta clavado entre las costillas. Sansa dio un rodeo para esquivarlo. Sentía náuseas.
Ser Dontos se aproximó montado sobre un palo de escoba. El rey había decretado que, ya que el día del torneo estaba demasiado borracho para subirse a su corcel, debía ir siempre a caballo.
—Sed valiente —susurró al tiempo que le apretaba el brazo.
Joffrey estaba en el centro de la multitud, tensando una ballesta muy ornamentada. Ser Boros y Ser Meryn lo acompañaban. Sólo con verlos sintió que se le encogían las entrañas. Cayó de rodillas ante Joffrey.
—Alteza.
—Con ponerte de rodillas no te vas a salvar —dijo el rey—. Levántate. Estás aquí para responder por la última traición de tu hermano.
—Alteza, no sé qué ha hecho mi traidor hermano, pero bien sabéis que no he tomado parte en ello. Os lo suplico, por favor...
—¡Levantadla! —El Perro la puso en pie con manos no carentes de dulzura—. Ser Lancel —añadió Joff—, contadle el ultraje.
Sansa siempre había considerado que Lancel Lannister era atractivo y de palabras hermosas, pero en la mirada que clavó en ella no había el menor atisbo de compasión ni bondad.
—Vuestro hermano, gracias a alguna vil hechicería, cayó sobre Ser Stafford Lannister con un ejército de wargs demoníacos, a menos de tres días a caballo de Lannisport. Miles de hombres murieron mientras dormían, sin tener ocasión siquiera de desenfundar las espadas. Y después de la matanza, los norteños celebraron un banquete con la carne de las víctimas.
—¿No tienes nada que decir? —preguntó Joffrey.
—Alteza, está tan conmocionada que no puede ni pensar —murmuró Ser Dontos.
—Cállate, bufón. —Joffrey alzó la ballesta y le apuntó a la cara—. Los Stark sois tan monstruosos como vuestros lobos. No se me ha olvidado que tu fiera intentó matarme.
—Fue la loba de Arya —dijo—. Dama jamás os hizo daño; aun así la matasteis.
—No, la mató tu padre —replicó Joff—. Pero yo maté a tu padre. Me habría gustado hacerlo en persona. Anoche maté a un hombre que era más alto que tu padre. Vinieron hasta mis puertas, a gritar mi nombre y a pedir pan, como si fuera yo un panadero, pero les di una lección. Al que más gritaba le atravesé la garganta con un dardo.
—¿Murió? —Costaba pensar otra cosa que decir cuando uno tenía la punta horrible de un dardo ante la cara.
—Claro que murió, estúpida. También había una mujer que tiraba piedras, a ella la acerté, pero sólo en el brazo. —Frunció el ceño y bajó la ballesta—. A ti también te debería disparar, pero dice mi madre que entonces matarían a mi tío Jaime. Así que lo que voy a hacer es castigarte, y luego enviaremos a tu hermano un mensaje diciéndole qué te pasará si no se rinde. Perro, golpéala.
—¡Dejad que la golpee yo! —Ser Dontos se adelantó, en medio del tintineo de su armadura de latón. Iba armado con una maza cuya cabeza era un melón.
«Mi Florian.» Lo habría besado, pese a la piel manchada y las venillas rotas.
—¡Traidora, traidora! —gritaba mientras trotaba a su alrededor montado en el palo de escoba y la golpeaba en la cabeza con el melón. Sansa se cubrió con las manos, se tambaleaba cada vez que la fruta la golpeaba, tenía el pelo pegajoso desde el segundo impacto. La gente se reía. El melón voló en pedazos.
«Ríete, Joffrey —rezó mientras los jugos le bajaban por la cara y le empapaban la pechera del vestido de seda azul—. Ríete y quédate contento.»
Joffrey ni siquiera sonrió.
—Boros. Meryn.
Ser Meryn Trant agarró a Dontos por el brazo y lo tiró a un lado con brusquedad. El bufón de rostro colorado cayó despatarrado, con escoba y melón incluidos. Ser Boros agarró a Sansa.
—En la cara no —dijo Joffrey—. Me gusta que esté bonita.
Boros dio un puñetazo a Sansa en el vientre, tan fuerte que se le fue todo el aire de los pulmones. Cuando se dobló por la cintura, el caballero la agarró por el pelo y desenvainó la espada. Durante un instante horrible creyó que iba a cortarle la garganta, pero lo que hizo fue golpearle los muslos de plano, con tanta fuerza que Sansa estuvo segura de que le había roto las piernas. Gritó. Se le llenaron los ojos de lágrimas. «Esto terminará pronto.» Enseguida perdió la cuenta de los golpes.
—Basta —oyó decir al Perro con voz áspera.
—No, no basta —replicó el rey—. Boros, desnúdala.
Boros metió la mano regordeta por el corpiño del vestido de Sansa y dio un tirón. La seda se desgarró, y la niña quedó desnuda de cintura para arriba. Sansa se cubrió los pechos con las manos. Oyó risitas, lejanas, crueles.
—Dadle una paliza que la deje sangrando —ordenó Joffrey—. A ver qué le parece a su hermano...
—¿Qué está pasando aquí?
De pronto Sansa quedó libre. Cayó de rodillas, con los brazos cruzados sobre el pecho y la respiración entrecortada.
—¿Eso es la caballería para vos, Ser Boros? —inquirió Tyrion Lannister, furioso. Su amigo mercenario estaba con él, y también uno de sus salvajes, el que tenía el ojo quemado—. ¿Qué clase de caballero golpea a doncellas indefensas?
—El caballero que sirve a su rey, Gnomo.
Ser Boros alzó la espada, y Ser Meryn se situó a su lado al tiempo que desenvainaba la suya.
—Cuidado con eso —advirtió el mercenario del enano—. Os vais a manchar de sangre esas capas blancas tan bonitas.
—Que alguien le dé a la chica algo para taparse —ordenó el Gnomo.
Sandor Clegane se desabrochó la capa y se la tiró. Sansa la estrechó contra su pecho, apretando con todas sus fuerzas la lana blanca. El tejido era basto y le arañaba la piel, pero ningún terciopelo le había parecido jamás tan grato.
—Esa muchacha va a ser tu reina —dijo el Gnomo a Joffrey—. ¿Acaso no te importa su honor?
—La estoy castigando.
—¿Qué crimen ha cometido? Ella no luchó en la batalla de su hermano.
—Tiene la sangre de un lobo.
—Y tú tienes los sesos de un ganso.
—No puedes hablarme así. El rey hace lo que quiere.
—Aerys Targaryen hizo lo que quiso. ¿Te ha contado alguna vez tu madre qué le pasó?
—¡Nadie amenaza a Su Alteza ante la Guardia Real! —rugió Ser Boros.
—No estoy amenazando al rey, ser —dijo Tyrion Lannister arqueando una ceja—. Estoy educando a mi sobrino. Bronn, Timett, la próxima vez que Ser Boros abra la boca lo matáis. —El enano sonrió—. Eso sí que era una amenaza. ¿Captáis la diferencia?
—¡La reina tendrá noticia de esto! —exclamó Ser Boros, que se puso aún más rojo.
—No me cabe duda. ¿Y para qué esperar? Joffrey, ¿llamamos a tu madre? —El rey se sonrojó—. ¿No decís nada, Alteza? —siguió su tío—. Bien. Aprende a usar más las orejas y menos la boca, o tu reinado será más corto que mi estatura. La brutalidad caprichosa no te ganará el amor de tu pueblo... ni el de tu reina.
—Mi madre dice que el miedo es mejor que el amor. —Joffrey señaló a Sansa—. Ella me tiene miedo.
—Ya, claro. —El Gnomo suspiró—. Lástima que Stannis y Renly no sean también niñas de doce años. Bronn, Timett, traedla.
Sansa se movió como en sueños. Creía que los hombres del Gnomo la llevarían de vuelta a su dormitorio en el Torreón de Maegor, pero en vez de eso la llevaron a la Torre de la Mano. No había puesto un pie en aquel lugar desde el día en que su padre cayó en desgracia, y sólo con subir las escaleras volvió a sentirse mareada.
Unas criadas se hicieron cargo de ella, susurrando palabras reconfortantes sin sentido para que dejara de temblar. Una le quitó los restos del vestido y la ropa interior, y otra le limpió el zumo pegajoso de la cara y el pelo. Mientras la frotaban con jabón y le echaban agua caliente por la cabeza, Sansa no veía nada más que los rostros del patio. «Los caballeros juran defender a los débiles, proteger a las mujeres y luchar por la justicia, pero ninguno hizo nada. —El único que había intentado ayudarla fue Ser Dontos, que ya no era un caballero, igual que el Gnomo, o el Perro... el Perro detestaba a los caballeros...—. Yo también los detesto —pensó Sansa—. Los caballeros de verdad no existen, no hay ni uno.»
Una vez estuvo limpia fue a verla el regordete maestre Frenken, con su pelo color jengibre. Hizo que se tumbara boca abajo sobre el colchón, y le untó una pomada en los verdugones rojos que le cubrían la parte trasera de los muslos. Luego le preparó un trago de vino del sueño con un poco de miel para que lo pasara mejor.
—Dormid un poco, niña. Cuando despertéis ni siquiera recordaréis qué ha pasado.
«No, idiota, jamás lo podré olvidar», pensó Sansa. Pero de todos modos bebió el vino del sueño y se durmió.
Cuando volvió a despertar todo estaba oscuro, y no sabía bien dónde se encontraba, la habitación le resultaba desconocida y al mismo tiempo extrañamente familiar. Cuando fue a levantarse un latigazo de dolor le recorrió las piernas, y lo recordó todo. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Alguien le había dejado una túnica junto a la cama. Sansa se la puso y abrió la puerta. Afuera había una mujer de rostro duro, con la piel oscura y correosa, que llevaba tres collares en torno al cuello huesudo. Uno era de oro, otro de plata, y otro de orejas humanas.
—¿A dónde vas tú? —le preguntó, apoyada en su larga lanza.
—Al bosque de dioses. —Tenía que reunirse con Ser Dontos, tenía que suplicarle que la llevara a casa ya, antes de que fuera tarde.
—El Mediohombre dijo que no salieras —replicó la mujer—. Reza aquí, los dioses te oirán.
Sansa bajó la vista con mansedumbre y volvió al interior. De pronto se dio cuenta de por qué le resultaba tan familiar aquella habitación. «Me han puesto en el antiguo dormitorio de Arya, donde dormía cuando nuestro padre era la Mano del Rey. Ya no están sus cosas y han cambiado de sitio los muebles, pero es el mismo...»
Poco después entró una criada con una bandeja de queso, pan, aceitunas y una jarra de agua fresca.
—Llévatelo todo —ordenó Sansa.
Pero la chica dejó la comida sobre la mesa. De pronto se dio cuenta de que tenía mucha sed. Cada paso que daba sentía como si le clavaran cuchillos en los muslos, pero se obligó a cruzar la habitación. Bebió dos copas de agua, y estaba mordisqueando una aceituna cuando llamaron a la puerta.
Se dio la vuelta con ansiedad y se arregló los pliegues del vestido.
—¿Sí?
La puerta se abrió, y entró Tyrion Lannister.
—Espero no molestaros, mi señora.
—¿Soy vuestra prisionera?
—Mi invitada. —Llevaba puesta la cadena símbolo de su cargo, un collar de manos de oro entrelazadas—. Pensé que tal vez podríamos hablar.
—Como ordene mi señor. —A Sansa le costaba trabajo no mirarlo fijamente. Tenía un rostro tan repulsivo que ejercía sobre ella una extraña fascinación.
—¿La comida y la ropa son de vuestro gusto? —preguntó—. Si necesitáis cualquier otra cosa, sólo tenéis que pedirla...
—Sois muy amable. Y esta mañana... quiero daros las gracias por vuestra ayuda.
—Tenéis derecho a saber por qué estaba tan enojado Joffrey. Hace seis noches vuestro hermano cayó sobre el ejército de mi tío Stafford, que estaba acampado en un pueblo llamado Cruce de Bueyes, a menos de tres días a caballo de Roca Casterly. Vuestros norteños obtuvieron una victoria aplastante. La noticia no nos llegó hasta esta mañana.
«Robb os va a matar a todos», pensó exultante.
—Es... terrible, mi señor. Mi hermano es un vil traidor.
—Desde luego no nos tiene cariño —dijo el enano con una sonrisa—, eso lo ha dejado muy claro.
—Ser Lancel dijo que Robb iba al mando de un ejército de wargs...
—Ser Lancel no es más que un escudero con ínfulas que no distinguiría un warg de una verruga. —El Gnomo soltó una risita desdeñosa—. Vuestro hermano iba con su lobo huargo, pero sospecho que ahí termina todo. Los norteños se colaron en el campamento de mi tío y lo separaron de su caballería, y Lord Stark envió a su lobo contra los caballos. Hasta los corceles mejor entrenados enloquecieron. Los caballeros murieron pisoteados en sus pabellones, y la chusma despertó aterrada y salió huyendo, incluso tiraron las armas para correr más deprisa. Ser Stafford murió mientras corría tras un caballo. Lord Rickard Karstark le clavó una lanza en el pecho. Ser Rubert Brax murió también, igual que Ser Lymond Vikary, Lord Crakehall y Lord Jast. Han tomado más de ciento cincuenta prisioneros, entre ellos los hijos de Jast y mi sobrino Martyn Lannister. Los que sobrevivieron van por ahí contando historias absurdas y jurando que los antiguos dioses del norte marchan con vuestro hermano.
—Entonces... ¿no fue cosa de brujería?
Lannister soltó un bufido.
—La brujería es la salsa que los idiotas vierten sobre el fracaso para ocultar el sabor de su incompetencia. Al parecer, el estúpido de mi tío ni siquiera se había molestado en apostar centinelas. Su ejército era una pura improvisación: aprendices, mineros, agricultores, pescadores, los desperdicios de Lannisport. El único misterio que hay es cómo llegó allí vuestro hermano. Nuestras fuerzas siguen defendiendo el Colmillo Dorado y aseguran que por allí no pasaron. —El enano se encogió de hombros, irritado—. Bueno, Robb Stark es el problema de mi padre. El mío es Joffrey. Decidme, ¿qué sentís por mi regio sobrino?
—Lo amo con todo mi corazón —respondió Sansa al momento.
—¿De verdad? —No parecía muy convencido—. ¿Incluso ahora?
—El amor que siento por Su Alteza es más grande que nunca.
El Gnomo se echó a reír a carcajadas.
—Vaya, os han enseñado a mentir muy bien. Puede que algún día lo agradezcáis, niña. Porque seguís siendo una niña, ¿verdad? ¿O habéis florecido ya?
Sansa se sonrojó. Era una pregunta grosera, pero tras la vergüenza de verse desnuda delante de medio castillo no parecía nada.
—No, mi señor.
—Mejor que mejor. Por si eso os tranquiliza, no pretendo casaros con Joffrey. Por desgracia, después de todo lo ocurrido ningún matrimonio podría reconciliar a los Stark con los Lannister. Una lástima. Esta unión era uno de los mejores planes del rey Robert. Si Joffrey no la hubiera cagado...
Sansa sabía que debía decir alguna cosa, pero las palabras no le salían de la garganta.
—Estáis muy callada —observó Tyrion Lannister—. ¿Es eso lo que queréis? ¿Que cancele vuestro compromiso?
—Yo... —Sansa no sabía qué decir. «¿Es un truco? ¿Me castigará si digo la verdad?» Contempló el gigantesco entrecejo saliente del enano, el duro ojo negro, el astuto ojo verde, los dientes desiguales y la barba hirsuta—. Yo sólo quiero ser leal.
—Leal —sonrió el enano—. Y estar bien lejos de cualquier Lannister. No os lo critico. Cuando tenía vuestra edad yo quería lo mismo. —Sonrió de nuevo—. Me han dicho que vais todos los días al bosque de dioses. ¿Qué pedís en vuestras oraciones, Sansa?
«Pido la victoria de Robb y la muerte de Joffrey... y volver a casa. A Invernalia.»
—Pido el fin de la guerra.
—Eso llegará pronto. Habrá otra batalla entre vuestro hermano Robb y mi señor padre, y ahí se zanjará el asunto.
«Robb acabará con él —pensó Sansa—. Derrotó a vuestro tío y a vuestro hermano Jaime, y también derrotará a vuestro padre.»
Por lo fácil que le resultó al enano percibir sus esperanzas se hubiera dicho que su rostro era un libro abierto.
—No confiéis demasiado en lo sucedido en Cruce de Bueyes, mi señora —dijo con voz no exenta de amabilidad—. Una batalla no es la guerra, y desde luego mi señor padre no es mi tío Stafford. La próxima vez que vayáis al bosque de dioses rezad para que vuestro hermano tenga la sabiduría de rendirse. Una vez el norte vuelva a estar bajo la paz del rey, os enviaré a casa. —Se bajó del asiento junto a la ventana—. Podéis dormir aquí esta noche. Os pondré una guardia formada por hombres míos, tal vez algunos Grajos de Piedra...
—No —se horrorizó Sansa. Si estaba encerrada en la Torre de la Mano, vigilada por los hombres del enano, ¿cómo podría Ser Dontos liberarla?
—¿Preferiríais que fueran Orejas Negras? Si os sentís más tranquila con una mujer, encargaré a Chella...
—No, mi señor, por favor. Los salvajes me dan miedo.
—A mí también. —Tyrion sonrió—. Pero lo importante es que asustan a Joffrey y a ese nido de víboras arteras y perros lameculos que son su Guardia Real. Mientras Chella o Timett estén a vuestro lado, nadie se atreverá a haceros daño.
—Preferiría volver a mi cama. —La mentira se le ocurrió de repente, pero le pareció tan apropiada que la soltó sin pensar—. En esta torre fueron asesinados los hombres de mi padre. Sus fantasmas me darían pesadillas espantosas, y mirase donde mirase vería su sangre.
—Conozco bien las pesadillas, Sansa. —Tyrion Lannister estudió su rostro—. Puede que seáis más sabia de lo que imaginaba. Permitid al menos que os proporcione una escolta hasta vuestras habitaciones.

CATELYN

Cuando llegaron al pueblo la oscuridad era ya absoluta. Catelyn se preguntó si aquel lugar tendría nombre. Si era así, sus habitantes se habían llevado el dato con ellos al huir, junto con todas sus propiedades, hasta las mismísimas velas del sept. Ser Wendel encendió una antorcha y la acompañó para cruzar la puerta baja.
En el interior, las siete paredes estaban inclinadas y llenas de grietas. «Dios es uno —le había enseñado el septon Osmynd cuando era niña—, aunque tiene siete aspectos, igual que el sept es un edificio con siete paredes.» Los septos ricos de las ciudades tenían estatuas de los Siete y un altar dedicado a cada uno de ellos. En Invernalia el septon Chayle colgaba de cada pared máscaras talladas. Allí Catelyn no encontró más que bastos dibujos al carbón. Ser Wendel colgó la antorcha de una argolla cercana a la puerta y aguardó afuera con Robar Royce.
Catelyn estudió los rostros. El Padre con su barba, como siempre. La Madre sonriente, amorosa y protectora. El dibujo del Guerrero lo representaba con la espada debajo del rostro, igual que al del Herrero le habían puesto el martillo. La Doncella era hermosa; la Vieja, arrugada y sabia.
Y el séptimo rostro... el Desconocido no era hombre ni mujer, y era ambas cosas a un tiempo, siempre proscrito y sin patria, vagando, menos que humano, más que humano, desconocido e imposible de conocer. Allí el rostro era un óvalo negro, una sombra con estrellas en lugar de ojos. A Catelyn la inquietaba. Allí no iba a recibir consuelo.
Se arrodilló ante la Madre.
—Mi señora, contemplad esta batalla con ojos de madre. Todos son hijos. Protégelos si puedes, y protege también a mis hijos. Guarda a Robb, a Bran y a Rickon. Ojalá estuviera con ellos.
El ojo izquierdo de la madre estaba cruzado por una grieta. Parecía como si llorara. Desde allí Catelyn oía la voz retumbante de Ser Wendel, y de cuando en cuando las respuestas sosegadas de Ser Robar. Estaban hablando de la batalla que se avecinaba. Aparte de eso, la noche era tranquila. No se oía ni un grillo, y los dioses guardaban silencio. «¿Te respondieron alguna vez tus antiguos dioses, Ned? —se preguntó—. Cuando te arrodillabas ante tu árbol corazón, ¿crees que te oían?»
La luz titilante de la antorcha parecía danzar sobre las paredes, hacía que los rostros casi parecieran vivos, los retorcía y los cambiaba. En los grandes septos de las ciudades las estatuas tenían los rostros que les habían dado los tallistas, pero aquellos dibujos al carbón eran tan rudimentarios que podían representar a cualquiera. El rostro del Padre le recordaba a su padre, moribundo en un lecho de Aguasdulces. El Guerrero era Renly, y Stannis, y Robb, y Robert, y Jaime Lannister, y Jon Nieve. Incluso vio a Arya en aquellas líneas, aunque fuera sólo por un momento. Entonces una ráfaga de viento entró por la puerta, la antorcha chisporroteó y el parecido se esfumó en un resplandor anaranjado.
El humo hacía que le escocieran los ojos. Se los frotó con las manos llenas de cicatrices. Al mirar de nuevo a la Madre vio el rostro de la suya. Lady Minisa Tully había muerto durante el parto al tratar de dar a Lord Hoster un segundo hijo. El bebé pereció con ella, y también su padre pareció perder una parte de su vida.
«Era tan tranquila... —pensó Catelyn al recordar las manos suaves de su madre y su sonrisa cálida—. Qué diferentes habrían sido nuestras vidas si ella no hubiera muerto. —Se preguntó qué pensaría Lady Minisa de su hija mayor si la viera allí arrodillada ante ella—. He recorrido muchos miles de leguas, ¿y para qué? ¿A quién he ayudado? He perdido a mis hijas, Robb no me quiere a su lado, y Bran y Rickon deben de pensar que soy una madre fría y despegada. Ni siquiera estuve con Ned cuando murió...»
La cabeza le zumbaba, y el sept parecía dar vueltas en torno a ella. Las sombras se movían y cambiaban como animales furtivos que corrieran por las paredes blancas agrietadas. Catelyn no había comido aquel día. Tal vez no había sido buena idea. Se dijo que no había tenido tiempo, pero lo cierto es que la comida había perdido todo sabor en un mundo donde ya no estaba Ned. «Cuando le cortaron la cabeza también me mataron a mí.»
A su espalda la antorcha chisporroteó, y de pronto le pareció ver en la pared el rostro de su hermana, aunque los ojos eran más duros de como los recordaba. No, no eran los ojos de Lysa, sino los de Cersei. «Cersei también es madre. No importa quién sea el padre de esos niños, los sintió dar patadas en su vientre, los parió con sangre y dolor, los alimentó de su pecho... Si de verdad son de Jaime...»
—¿También Cersei os reza, mi señora? —preguntó Catelyn a la Madre.
Veía en la pared los rasgos altivos, fríos y hermosos de la reina Lannister. La grieta seguía en su sitio; hasta Cersei lloraría por sus hijos.
—Cada uno de los Siete encarna a todos los Siete —le había dicho en cierta ocasión el septon Osmynd.
Había tanta belleza en la Vieja como en la Doncella, y la Madre podía ser más fiera que el Guerrero si veía a sus hijos en peligro. «Sí...»
En Invernalia se había fijado lo suficiente en Robert Baratheon para darse cuenta de que el rey no sentía ningún cariño por Joffrey. Si era cierto que el niño era de la semilla de Jaime, Robert lo habría matado junto con su madre, y pocos lo habrían condenado. Los bastardos eran cosa bastante común, pero el incesto era un pecado monstruoso para los dioses, antiguos y nuevos, y los hijos fruto de tal iniquidad se consideraban abominaciones tanto en los septos como en los bosques de dioses. Los caballeros dragón se habían casado entre hermanos, pero por sus venas corría la sangre de la antigua Valyria, donde esas prácticas eran habituales, y al igual que los dragones, los Targaryen no respondían ni ante los dioses ni ante los hombres.
Ned debió de averiguarlo, igual que Lord Arryn antes que él. No era de extrañar que la reina los hubiera matado a ambos. «¿Acaso haría yo menos por mis hijos?» Catelyn apretó las manos, sintió la rigidez de sus dedos heridos, allí donde el acero del asesino había cortado hasta el hueso cuando ella luchó por salvar a su hijo.
—Bran también lo sabe —susurró, bajando la cabeza. «Dioses misericordiosos, seguro que vio algo, que oyó algo, por eso intentaron matarlo en su lecho.»
Perdida, cansada, Catelyn se puso en manos de sus dioses. Se arrodilló ante el Herrero, que arreglaba lo que estaba roto, y le pidió que protegiera a su dulce Bran. Luego acudió a la Doncella y le suplicó que prestara su coraje a Arya y a Sansa, que las guardara en su inocencia. Al Padre le rogó justicia, la fuerza para buscarla y la sabiduría para reconocerla; y al Guerrero que diera energía a Robb y lo escudara en la batalla. Por último se volvió hacia la Vieja, cuyas estatuas solían mostrarla con una lámpara en una mano.
—Guiadme, mujer sabia —rezó—. Mostradme el camino que debo recorrer y no dejéis que tropiece en los lugares oscuros que habré de atravesar.
Oyó un sonido de pisadas tras ella, y un ruido en la puerta.
—Mi señora —dijo Ser Robar con gentileza—, perdonadme, pero se nos acaba el tiempo. Tenemos que estar de vuelta antes del amanecer.
Catelyn se levantó, entumecida. Le dolían las rodillas, y en ese momento habría dado cualquier cosa por un lecho de plumas y una almohada.
—Gracias, ser. Estoy preparada.
Cabalgaron en silencio por el bosque ralo, donde los árboles se inclinaban como ebrios para protegerse del mar. El relincho nervioso de los caballos y el sonido del acero los guiaron de vuelta al campamento de Renly. Las largas hileras de hombres y caballos llevaban armaduras negras, de oscuridad tan cerrada como si el Herrero en persona hubiera martillado la noche hasta convertirla en acero. Había estandartes a su derecha, estandartes a su izquierda, y frente a ella estandartes y más estandartes, pero en la penumbra que precedía al amanecer no era posible distinguir colores ni blasones.
«Un ejército gris —pensó Catelyn—. Hombres grises a lomos de caballos grises con estandartes grises.» Mientras esperaban a caballo, las sombras de los caballeros de Renly elevaron sus lanzas, de manera que cabalgó a través de un bosque de árboles erguidos y desnudos, carentes de hojas y de vida. El lugar donde se alzaba Bastión de Tormentas era simplemente una oscuridad aún más cerrada, un muro de negrura que ninguna estrella conseguía iluminar, pero alcanzó a ver las antorchas que se movían por los prados donde se había montado el campamento de Lord Stannis.
Las velas que había dentro del pabellón de Renly hacían que las paredes de seda parecieran brillar, y transformaban la gran tienda en un castillo mágico lleno de luz esmeralda. Dos miembros de la Guardia Arcoiris estaban de centinelas ante la puerta del pabellón real. La luz verdosa arrancaba un brillo extraño de las ciruelas púrpura del chaleco de Ser Parmen, y daba un color enfermizo a los girasoles que cubrían cada centímetro de la armadura amarilla de Ser Emmon. De sus yelmos brotaban largos penachos de seda, y las capas arco iris les cubrían los hombros.
En el interior Catelyn se encontró a Brienne, armando al rey para la batalla, mientras Lord Tarly y Lord Rowan hablaban de tácticas y disposiciones. Allí hacía un calor agradable, gracias a una docena de pequeños braseros de hierro.
—Tengo que hablar con vos, Alteza —dijo, concediéndole por una vez el tratamiento real, cualquier cosa con tal de que la atendiera.
—Enseguida, Lady Catelyn —replicó Renly.
Brienne le encajó el espaldar al peto por encima de la camisa guateada. La armadura del rey era de color verde oscuro, el color de las hojas en un bosque estival, tan intenso que se bebía la luz de las velas. En aquel bosque, las fijaciones y las incrustaciones refulgían con brillo dorado, centelleando cada vez que se movía.
—Seguid, Lord Mathis.
—Alteza —dijo Mathis Rowan, no sin antes mirar de reojo a Lady Catelyn—, como iba diciendo, nuestro ejército está ya preparado. ¿Por qué hemos de esperar a la aurora? Dad orden de atacar.
—Y yo os dije que no atacaría a traición, no sería caballeresco. Se dijo que la batalla sería al amanecer.
—Lo dijo Stannis —señaló Randyll Tarly—. Quiere que ataquemos contra el sol naciente. Estaremos medio cegados.
—Únicamente hasta el primer impacto —dijo Renly con confianza—. Ser Loras abrirá una brecha, y después será el caos. —Brienne le tensó las correas de cuero verde y abrochó las hebillas doradas—. Cuando caiga mi hermano, no quiero que su cadáver sufra ninguna afrenta. Es de mi misma sangre, no toleraré que se pasee su cabeza en la punta de una pica.
—¿Y si se rinde? —preguntó Lord Tarly.
—¿Rendirse? —Lord Rowan se echó a reír—. Cuando Mace Tyrell puso asedio a Bastión de Tormentas, Stannis prefirió comer ratas antes de abrir las puertas.
—Lo recuerdo perfectamente. —Renly alzó la barbilla para que Brienne le pusiera la gorguera—. Casi al final del asedio, Ser Gawen Wylde y tres de sus caballeros trataron de salir a hurtadillas por una poterna para rendirse. Stannis los atrapó y ordenó que los lanzaran desde las murallas con catapultas. Aún veo la cara que puso Gawen mientras lo ataban. Había sido nuestro maestro de armas.
—No se lanzó a nadie desde las murallas —dijo Lord Rowan con cara de desconcierto—. Lo recordaría.
—El maestre Cressen dijo a Stannis que quizá tendríamos que comernos a nuestros muertos, y que no se ganaba nada tirando afuera una carne tan aprovechable. —Renly se echó el cabello hacia atrás. Brienne se lo ató con una tira de terciopelo, y le puso un casquete guateado para acolchar el peso del yelmo—. Gracias al Caballero de la Cebolla no nos vimos obligados a comer cadáveres, pero faltó poco. Demasiado poco para Ser Gawen, que murió en su celda.
—Alteza. —Catelyn había aguardado con paciencia, pero se acababa el tiempo—. Me prometisteis un momento.
Renly asintió.
—Id a haceros cargo de vuestros hombres, mis señores. Ah, una cosa: si Barristan Selmy está con mi hermano, no quiero que le pase nada.
—No se ha sabido nada de Ser Barristan desde que Joffrey lo expulsó —objetó Lord Rowan.
—Conozco bien al viejo, si no tiene un rey al que proteger no es nadie. Pero no acudió a mí, y Lady Stark dice que no está con Robb Stark en Aguasdulces. Tiene que estar con Stannis, ¿con quién si no?
—Como gustéis, Alteza. No le sucederá nada.
Los señores hicieron una reverencia y se retiraron.
—Decidme lo que queráis, Lady Stark —dijo Renly.
Brienne le puso la capa sobre los anchos hombros. Era de hilo de oro, muy pesado, con el venado coronado de los Baratheon resaltado en copos de azabache.
—Los Lannister trataron de matar a mi hijo Bran. Me he preguntado un millar de veces por qué. Vuestro hermano me ha dado la respuesta. El día en que se cayó había una cacería. Robert, Ned y casi todos los demás hombres fueron en busca de jabalíes, pero Jaime Lannister se quedó en Invernalia, igual que la reina.
—De modo que creéis que el pequeño los sorprendió en medio del incesto... —A Renly no le había costado nada comprender las implicaciones.
—Os lo suplico, mi señor, dadme permiso para ir a ver a vuestro hermano Stannis y contarle mis sospechas.
—¿Con qué objetivo?
—Robb renunciará a la corona si vuestro hermano y vos hacéis lo mismo —dijo, con la esperanza de que fuera cierto. Ella haría que fuera cierto, si resultaba necesario; Robb la escucharía, aunque sus señores no lo hicieran—. Los tres juntos convocaréis un Gran Consejo, el más grande que el reino ha visto en siglos. Enviaremos mensajeros a Invernalia para que Bran lo cuente todo y el mundo entero sepa que los Lannister son los únicos usurpadores. Y luego los señores de los Siete Reinos elegirán quién quieren que sea su rey.
Renly se echó a reír.
—Decidme, mi señora, ¿acaso los lobos huargos votan sobre quién va a dirigir su manada? —Brienne llegó con los guanteletes del rey y el yelmo, coronado por unas astas doradas que se elevaban medio metro sobre su cabeza—. Ya ha pasado el momento de hablar. Ahora se trata de ver quién es más fuerte. —Renly se puso un guantelete de escamas en la mano izquierda, mientras Brienne se arrodillaba ante él para abrocharle la hebilla del cinturón, cargado con el peso de la espada larga y la daga.
—Os lo suplico en nombre de la Madre... —empezó Catelyn, cuando una repentina ráfaga de viento abrió la puerta de la tienda. Le pareció atisbar un movimiento, pero cuando giró la cabeza sólo vio la sombra del rey contra las paredes de seda. Oyó cómo Renly empezaba a decir algo gracioso, mientras su sombra se movía, alzaba la espada, negro contra verde, las velas parpadeaban y se apagaban, la luz temblaba, y entonces vio que la espada de Renly seguía en su funda, envainada, pero la espada de sombra...
—Frío —dijo Renly con voz desconcertada, apenas un instante antes de que el acero de su gorguera se abriera como una gasa bajo el filo de la hoja que no estaba allí. Tuvo tiempo de lanzar un grito breve, ahogado, antes de que la sangre le manara de la garganta como una fuente.
—Alte... ¡no! —gritó Brienne la Azul al ver el espantoso flujo, con una voz tan aterrada como la de una niñita.
El rey se desplomó en sus brazos, una espesa sábana de sangre se arrastraba por la pechera de su armadura, una marea roja que ahogaba el verde y el oro. Se apagaron más velas. Renly trató de hablar, pero se ahogaba en su sangre. Le fallaron las piernas, sólo lo sostenía la fuerza de Brienne. La joven echó la cabeza hacia atrás y lanzó un grito de angustia.
«La sombra. —Allí había sucedido algo oscuro y malvado, lo sabía, algo que no podía comprender—. Ésa no era la sombra de Renly. La muerte entró por la puerta y apagó su vida tan deprisa como el viento apagó esas velas.»
Pareció que pasaron horas, pero apenas habían transcurrido unos instantes cuando Robar Royce y Emmon Cuy entraron a toda prisa. Un par de soldados entraron también con antorchas. Al ver a Renly en los brazos de Brienne y al verla a ella cubierta con la sangre del rey, Ser Robar lanzó un grito de espanto.
—¡Mujer malvada! —rugió ser Emmon, el del acero con girasoles—. ¡Apártate de él, criatura vil!
—Dioses misericordiosos, Brienne, ¿por qué? —preguntó Ser Robar.
Brienne alzó la vista del cuerpo de su rey. La capa arco iris que le cubría los hombros estaba empapada de su sangre.
—Yo... no...
—¡Pagarás caro lo que has hecho! —Ser Emmon cogió un hacha de batalla de mango largo de la pila de armas que había junto a la puerta—. ¡Pagarás la vida del rey con la tuya!
—¡No! —gritó Catelyn Stark, que por fin había recuperado la voz.
Pero era tarde, los hombres estaban poseídos por la sed de sangre, se abalanzaron hacia Brienne entre gritos que ahogaban sus palabras.
Brienne se movió más deprisa de lo que Catelyn habría creído posible. No tenía su espada, de manera que sacó la de la vaina de Renly y la alzó para detener el movimiento descendente del hacha de Emmon. Saltó una chispa blanquiazul cuando el acero chocó contra el acero con un clamor estremecedor, y Brienne se puso en pie de un salto al tiempo que echaba a un lado sin contemplaciones el cuerpo muerto del rey. Ser Emmon tropezó con él cuando trató de acercarse, y la espada que blandía Brienne trazó un arco en el aire, partió en dos el mango de madera y envió la cabeza del hacha girando por los aires. Otro hombre le pegó una antorcha encendida a la espalda, pero la capa arco iris estaba tan empapada en sangre que no ardió. Brienne se giró y lanzó un tajo, y antorcha y mano salieron volando. Las llamas prendieron en las alfombras. El hombre mutilado empezó a gritar. Ser Emmon soltó el mango del hacha y corrió a buscar su espada. El segundo soldado lanzó una estocada, Brienne la paró, y sus aceros chocaron en una danza vertiginosa. Cuando Emmon Cuy volvió a entrar, Brienne se vio obligada a retroceder, pero consiguió mantenerlos a ambos a distancia. En el suelo, la cabeza de Renly rodó hacia un lado, con una segunda boca muy abierta, y la sangre todavía manando en lentas pulsaciones.
Ser Robar se había quedado atrás, titubeante, pero en aquel momento echó mano de su espada. Catelyn le agarró el brazo.
—¡Robar, no, escuchad! Os equivocáis con ella, no ha sido ella. ¡Ayudadla! Escuchadme, ha sido Stannis. —El nombre salió de sus labios antes de que supiera cómo había llegado allí, pero mientras lo decía sabía que era cierto—. Os lo juro, vos me conocéis, ha sido Stannis quien lo ha matado.
—¿Stannis? —El joven caballero arco iris miró a aquella demente con ojos claros y asustados—. ¿Cómo?
—No lo sé. Hechicería, magia negra, había una sombra, una sombra. —Su voz le sonaba enloquecida, pero las palabras brotaban como un chorro incontenible mientras las espadas seguían chocando tras ella—. Una sombra con una espada, os lo juro, ¿estáis ciego? ¡La chica estaba enamorada de él! ¡Ayudadla! —Miró a su espalda, vio caer al segundo guardia, la espada se desprendió de sus dedos inertes. Afuera se oían gritos. No tardarían en entrar más hombres furiosos, estaba segura—. Es inocente, Robar. Os doy mi palabra, ¡lo juro por la tumba de mi esposo y por mi honor de Stark!
Aquello lo hizo decidirse.
—Yo los contendré —dijo—. Lleváosla. —Se dio la vuelta y salió.
El fuego había prendido en las paredes y reptaba por los costados de la tienda. Ser Emmon presionaba a Brienne con su armadura amarilla esmaltada mientras ella vestía sólo prendas de lana. Se había olvidado de Catelyn, hasta que ella le estrelló un brasero de hierro contra la nuca. Llevaba el yelmo puesto, de manera que el golpe no le causó daños graves, pero lo hizo caer de rodillas.
—Brienne, conmigo —ordenó Catelyn.
La joven no era tan torpe como para no ver la oportunidad que le ofrecía. De un tajo partió la seda verde de la tienda. Salieron a la oscuridad y al frío gélido del amanecer. Al otro lado del pabellón se oían gritos.
—Por aquí —la apremió Catelyn—. Y no corras. Debemos caminar sin prisa o llamaremos la atención. Vayamos tranquilas, como si no pasara nada.
Brienne se colgó la espada del cinturón y caminó al paso de Catelyn. El aire nocturno olía a lluvia. Tras ellas el pabellón del rey ardía ya por todos lados, las llamas se elevaban a gran altura en la oscuridad. Nadie hizo ademán de detenerlas. Junto a ellas pasaron hombres corriendo, entre gritos de fuego, asesinato y brujería. Otros, reunidos en grupos pequeños, hablaban en voz baja. Algunos rezaban, y un joven escudero estaba de rodillas y lloraba sin disimulo.
Los ejércitos de Renly ya se estaban desmembrando, los rumores se extendían de boca en boca. Las hogueras nocturnas se estaban apagando, y hacia el este empezaba a divisarse la mole inmensa de Bastión de Tormentas, que emergía como un sueño de piedra entre los jirones de niebla blanca que cubrían los campos. «Fantasmas matutinos», como los llamaba la Vieja Tata, espíritus que regresaban a sus tumbas. Ahora Renly era uno de ellos, estaba muerto, como su hermano Robert y como su querido Ned.
—Jamás pude abrazarlo, sólo cuando moría —dijo Brienne en voz baja mientras caminaban en medio del caos creciente. Su voz sonaba como si fuera a derrumbarse de un momento a otro—. En un momento se estaba riendo, y al siguiente había sangre por todas partes... mi señora, no lo entiendo. ¿Visteis...?
—Vi una sombra. Al principio pensé que era la de Renly, pero era la de su hermano.
—¿Lord Stannis?
—Lo sentí. Ya sé que no tiene lógica...
—Lo mataré —declaró la chica fea y desgarbada, para ella tenía toda la lógica necesaria—. Lo mataré con la espada de mi señor. Lo juro. Lo juro. Lo juro.
Hal Mollen y el resto de su escolta la esperaban con los caballos. Ser Wendel Manderly se moría por saber qué pasaba.
—El campamento entero se ha vuelto loco, mi señora —barbotó nada más verla—. ¿Es verdad que Lord Renly ha...? —Se detuvo de repente, con los ojos clavados en Brienne y en la sangre que la cubría.
—Muerto, sí, pero no a nuestras manos.
—La batalla... —empezó Hal Mollen.
—No habrá batalla. —Catelyn montó a caballo, y su escolta formó en torno a ella, con Ser Wendel a la izquierda y Ser Perwyn Frey a la derecha—. Brienne, hemos traído el doble de caballos de los que necesitamos. Elige uno y acompáñanos.
—Tengo caballo propio, mi señora. Y armadura.
—Deja eso aquí. Tenemos que estar a buena distancia antes de que empiecen a buscarnos. Las dos estábamos con el rey cuando lo mataron. Eso no se olvida. —Brienne, sin palabras, hizo lo que le decían—. En marcha —ordenó Catelyn a su escolta cuando todos estuvieron montados—. Si alguien intenta detenernos, matadlo.
A medida que los largos dedos del amanecer reptaban por los campos, el color regresaba al mundo. Allí donde había habido hombres grises a lomos de caballos grises con picas de sombra brillaban ahora con destellos plateados las puntas de diez mil lanzas, y entre la miríada de estandartes al viento Catelyn vio el calor del rojo, el rosa y el naranja, la riqueza de los azules y castaños, el resplandor del oro y del amarillo. Todo el poderío de Bastión de Tormentas y Altojardín, el poderío que hasta hacía una hora había pertenecido a Renly.
«Ahora son de Stannis —comprendió—, aunque aún no lo sepan. ¿Hacia quién se van a volver, si no hacia el último Baratheon? Stannis lo ha ganado todo de un golpe malévolo.»
—Yo soy el rey legítimo —había dicho, con la mandíbula tensa como el hierro—, y vuestro hijo es tan traidor como mi hermano. También le llegará su hora.
Sintió un escalofrío.

JON

La colina sobresalía entre la densa espesura del bosque, se alzaba solitaria y repentina, su cumbre azotada por los vientos se veía desde muchos kilómetros de distancia. Según los exploradores, los salvajes la llamaban Puño de los Primeros Hombres. Jon Nieve pensó que era cierto, que parecía un puño que se hubiera abierto camino entre la tierra y la madera, con laderas desnudas como nudillos de piedra.
Subió a caballo hasta la cima con Lord Mormont y los oficiales, mientras Fantasma se quedaba bajo los árboles. El lobo huargo había huido en tres ocasiones durante el ascenso; en dos de ellas regresó de mala gana cuando Jon silbó para llamarlo. En la tercera ocasión el Lord Comandante perdió la paciencia.
—Deja que se vaya, chico —dijo con brusquedad—. Quiero llegar a la cima antes de que anochezca. Ya buscarás a tu lobo luego.
El camino ascendente era empinado y pedregoso, y la cima estaba coronada por un muro de rocas que les llegaba a la altura del pecho. Tuvieron que dar un rodeo hacia el oeste para dar con una brecha por la que pudieran pasar los caballos.
—Es un buen terreno, Thoren —dijo el Viejo Oso cuando llegaron por fin a la cima—. No se puede pedir nada mejor. Acamparemos aquí y esperaremos a Mediamano.
El Lord Comandante desmontó y se sacudió el cuervo del hombro. El pájaro alzó el vuelo, quejándose a graznidos.
Desde la cima de la colina la vista era extraordinaria, pero lo que más llamó la atención a Jon fue el muro circular, las erosionadas piedras grises con sus parches blancos de líquenes y sus barbas de musgo verde. Según se contaba, el Puño había sido un fuerte de los primeros hombres, en la Era del Amanecer.
—Es un lugar antiguo —dijo Thoren Smallwood—. Y tiene poder.
Antiguo —graznó el cuervo de Mormont mientras revoloteaba sobre sus cabezas en círculos escandalosos—. Antiguo, antiguo, antiguo.
—Cállate —gruñó Mormont al pájaro. El Viejo Oso era demasiado orgulloso para reconocer su debilidad, pero no engañaba a Jon. El esfuerzo de mantener el ritmo de hombres más jóvenes le estaba pasando factura.
—En caso de necesidad sería muy fácil defender estas alturas —señaló Thoren al tiempo que guiaba a su caballo por el círculo de piedras, con la capa ribeteada en marta ondeando al viento.
—Sí, aquí estaremos bien. —El Viejo Oso alzó una mano al viento, y el cuervo se le posó en el antebrazo, con las garras arañando la cota de malla negra.
—¿Qué pasa con el agua, mi señor? —preguntó Jon.
—Al pie de la colina había un arroyo.
—Mucha distancia sólo para beber —señaló Jon—. Y hay que salir del círculo de piedras.
—¿Te da pereza escalar una colina, chico? —se burló Thoren.
—No vamos a encontrar otro lugar tan bien protegido —dijo Lord Mormont—. Acarrearemos agua para tener un buen suministro.
Jon comprendió que no había discusión posible. De modo que se dieron las órdenes oportunas, y los hermanos de la Guardia de la Noche montaron el campamento dentro del círculo de piedra que habían erigido los primeros hombres. Las tiendas negras brotaron como setas después de la lluvia, y las mantas y jergones cubrieron la tierra yerma. Los mayordomos ataron con ronzales los caballos en largas hileras y les dieron de comer y beber. Los forestales fueron con sus hachas hasta el bosque a la escasa luz del atardecer a reunir madera suficiente para toda la noche. Un grupo de constructores se dedicó a retirar maleza, excavar letrinas y desatar los fardos de estacas endurecidas al fuego.
—Quiero zanjas y estacas en todas las aberturas del muro antes del anochecer —había ordenado el Viejo Oso.
Después de plantar la tienda del Lord Comandante y encargarse de sus caballos, Jon descendió colina abajo en busca de Fantasma. El lobo huargo se le acercó enseguida, en silencio absoluto: Jon caminaba solo a zancadas bajo los árboles, sobre la alfombra de hierba, piñas y hojas caídas, lo llamaba a silbidos y a gritos, y de repente, sin que Jon se diera cuenta, el gran lobo blanco caminaba junto a él, tan pálido como la niebla de la mañana.
Pero cuando llegaron al fuerte redondo, Fantasma se negó de nuevo a entrar. Se adelantó con cautela, olisqueó una brecha entre las piedras y se retiró como si no le gustase lo que había olido. Jon trató de agarrarlo por la piel del cogote y meterlo a rastras dentro del anillo, pero no era tarea fácil; el lobo pesaba tanto como él, y era mucho más fuerte.
—¿Qué te pasa, Fantasma? —No era propio del animal mostrarse tan inquieto. Al final Jon tuvo que darse por vencido—. Como quieras —dijo al lobo—. Vete a cazar.
Los ojos rojos lo observaron mientras volvía al refugio de las piedras musgosas.
Allí estarían a salvo, seguro. La colina ofrecía un punto privilegiado para dominar con la vista los alrededores, y las laderas eran auténticos precipicios hacia el norte y el oeste, y apenas un poco más suaves hacia el este. Pero a medida que se cerraba la noche y la oscuridad se filtraba por las rendijas entre los árboles, Jon fue sintiendo una opresión creciente.
«Esto es el Bosque Encantado —pensó—. Puede que haya fantasmas, los espíritus de los primeros hombres. Aquí fue donde vivieron.»
—No seas crío —se dijo.
Trepó a un montículo de rocas y miró en dirección al sol poniente. Vio cómo la luz centelleaba como oro batido sobre la superficie del Agualechosa en su rumbo curvo hacia el sur. Río arriba el terreno era más escabroso, el bosque espeso dejaba paso a una serie de colinas pedregosas y sin vegetación que se alzaban imponentes hacia el norte y el oeste. En el horizonte, las montañas eran como una sombra amenazadora, las cordilleras se perdían en la distancia azul grisácea, con los picos escarpados cubiertos por su eterna mortaja de nieve. Hasta vistos desde lejos parecían gélidos e inhóspitos.
Más cerca, los árboles dominaban el panorama. El bosque se extendía hacia el sur y hacia el este hasta donde alcanzaba la vista de Jon, era una vasta maraña de ramas y raíces de mil tonos de verde, con un parche rojizo aquí y allá donde un arciano se abría paso entre los pinos y los centinelas, o un atisbo dorado si las hojas anchas de las braquiarias empezaban a amarillear. Cuando soplaba el viento le llegaba el crujido y el gemido de ramas más viejas que él. Un millar de hojas temblaban, y durante un momento el bosque parecía un mar verde oscuro, azotado por la tormenta, eterno e inescrutable.
Pensó que seguro que Fantasma no estaba solo allí. Bajo el mar se podía mover cualquier cosa y arrastrarse en la oscuridad hacia el anillo de piedras, oculta entre los árboles. Cualquier cosa. ¿Y cómo iban a verla llegar? Se quedó allí largo rato, hasta que el sol desapareció tras las montañas escarpadas y la oscuridad se cernió sobre el bosque.
—¿Jon? —lo llamó Samwell Tarly—. Me pareció que eras tú. ¿Estás bien?
—Dentro de lo que cabe. —Jon bajó de un salto—. ¿Cómo te ha ido hoy?
—Bien. Me ha ido bien. De verdad.
Jon no tenía la menor intención de compartir su inquietud con su amigo, y menos ahora que Samwell Tarly empezaba a mostrarse valiente.
—El Viejo Oso quiere que esperemos aquí hasta que lleguen Qhorin Mediamano y los hombres de la Torre Sombría.
—Es un lugar muy extraño —dijo Sam—. Un fuerte anular de los primeros hombres. ¿Crees que se libraría aquí alguna batalla?
—No me cabe duda. Más vale que vayas preparando un pájaro, seguro que Mormont quiere enviar noticias al Muro.
—Ojalá pudiera enviarlos a todos. No les gusta nada estar enjaulados.
—A ti tampoco te gustaría, si pudieras volar.
—Si pudiera volar ya estaría de vuelta en el Castillo Negro, comiendo empanada de cerdo —suspiró Sam.
Jon le dio una palmadita en el hombro con la mano quemada. Regresaron juntos, cruzando el campamento. Por doquier se habían encendido hogueras para cocinar la cena. Sobre ellos, las estrellas empezaban a brillar. La larga cola roja de la Antorcha de Mormont ardía con una luz que competía con la de la luna. Jon oyó a los cuervos incluso antes de verlos. Algunos graznaban su nombre. Aquellos pájaros eran especialistas en hacer ruido.
«Ellos también lo notan.»
—Tengo que ir a ver al Viejo Oso —dijo—. Si no come a su hora también él empieza a armar jaleo.
Cuando encontró a Mormont estaba hablando con Thoren Smallwood y con media docena de oficiales más.
—Ah, ya estás aquí —dijo con tono áspero—. Si no te importa, tráenos un poco de vino caliente. Hace mucho frío esta noche.
—Sí, mi señor.
Jon encendió una hoguera, pidió a los encargados de suministros un barrilito del vino tinto que más gustaba a Mormont, y lo vertió en un puchero. Lo colgó sobre las llamas mientras recogía el resto de los ingredientes. El Viejo Oso era muy maniático en lo relativo al vino especiado: tanta canela, tanta nuez moscada y tanta miel, ni una gota más. Pasas, bayas y frutos secos, pero nada de limón, que era la herejía más repugnante del sur... cosa extraña, puesto que el limón sí le gustaba con la cerveza matutina. El Lord Comandante insistía también en que la bebida estuviera a buena temperatura para entrar en calor, pero no debía llegar a hervir en ningún momento. De modo que Jon vigilaba el puchero con atención.
Mientras trabajaba, oía las voces en el interior de la tienda.
—La manera más fácil de adentrarse en los Colmillos Helados es seguir el curso del Agualechosa. Pero si vamos por ese camino, Rayder se enterará de que nos acercamos, tan cierto como que hay sol.
—Podríamos ir por la Escalera del Gigante —sugirió Ser Mallador Locke—. O por el Paso Aullante, si está despejado.
El vino empezó a humear. Jon apartó el recipiente del fuego, llenó ocho tazas y las llevó al interior de la tienda. El Viejo Oso estaba examinando el rudimentario mapa que había dibujado Sam la noche que pasaron en el Torreón de Craster. Cogió una taza de la bandeja de Jon, probó un sorbo de vino, y dio su aprobación con un brusco asentimiento. El cuervo se posó en su brazo.
Maíz —graznó—. Maíz. Maíz.
Ser Ottyn Wythers rechazó el vino con un gesto de la mano.
—Yo no me adentraría en las montañas —dijo con voz débil y cansada—. Los Colmillos Helados son muy fríos incluso en verano, así que ahora... si nos sorprendiera una tormenta...
—No tengo intención de arriesgarme en los Colmillos Helados a menos que sea imprescindible —dijo Mormont—. Los salvajes, igual que nosotros, no pueden vivir de nieve y piedras. No tardarán en salir de las cumbres, y para un ejército del tamaño que sea la única ruta factible es seguir el Agualechosa. Si lo hacen, aquí podemos defendernos bien. No podrán pasar sin que los detectemos.
—Puede que no sea ése su plan. Son miles, y nosotros seremos trescientos cuando llegue Mediamano.
—Si al final hay una batalla, no encontraremos terreno más favorable que éste —declaró Mormont—. Consolidaremos las defensas. Fosos, estacas, abrojos en las laderas... Hay que reparar hasta la última grieta del muro. Jarman, quiero que pongas como vigías a los hombres que mejor vista tengan. En todo el perímetro del muro y también a lo largo del río, para que nos alerten si se acerca alguien. Que se oculten en las copas de los árboles. Y más vale que empecemos a acarrear agua, más de la que necesitemos. Excavaremos cisternas. Eso mantendrá ocupados a los hombres, y puede que lleguemos a necesitarla.
—Mis exploradores...
—Tus exploradores se limitarán a explorar esta orilla del río hasta que llegue Mediamano. Después, ya veremos. No quiero perder ni un hombre más.
—Aunque Mance Rayder estuviera reuniendo a su ejército a una jornada de aquí no nos enteraríamos —se quejó Smallwood.
—Sabemos muy bien dónde se están reuniendo los salvajes —replicó Mormont—. Nos lo dijo Craster. Ese hombre no me gusta, pero no creo que nos haya mentido.
—Como quieras.
Smallwood salió con una expresión hosca en la cara. Los demás se terminaron el vino y también se marcharon, aunque con más cortesía.
—¿Os traigo ya la cena, mi señor? —preguntó Jon.
—Maíz —graznó el cuervo.
Mormont tardó en responder.
—¿Ha cazado algo tu lobo hoy? —preguntó al final.
—Todavía no ha vuelto.
—Nos iría bien algo de carne fresca. —Mormont metió la mano en un saco y ofreció a su cuervo un puñado de maíz—. ¿Crees que cometo un error al no permitir que los exploradores se alejen?
—No me corresponde a mí opinar sobre esos asuntos, mi señor.
—Te corresponde si te lo pregunto.
—Si los exploradores no pueden perder de vista el Puño, no veo cómo van a encontrar a mi tío —reconoció Jon.
—Es que no pueden encontrarlo. —El cuervo picoteó los granos de maíz que el Viejo Oso tenía en la palma de la mano—. Somos doscientos, pero aunque fuéramos diez mil, es una zona demasiado vasta.
—¿No iréis a renunciar a la búsqueda?
—El maestre Aemon dice que eres muy listo. —Mormont trasladó el cuervo a su hombro. El pájaro inclinó la cabeza hacia un lado, con los ojillos brillantes.
Así que la respuesta estaba allí.
—Es... Me parece más fácil que un hombre encuentre a doscientos que doscientos encuentren a uno.
El cuervo lanzó un graznido, pero el Viejo Oso sonrió desde detrás de su barba gris.
—Somos muchos, con muchos caballos, dejamos un rastro que hasta Aemon podría seguir. En esta colina nuestras hogueras resultan visibles hasta en las laderas de los Colmillos Helados. Si Ben Stark está vivo y libre, él vendrá a buscarnos, no me cabe duda.
—Sí —dijo Jon—, pero... ¿y si...?
—¿Y si está muerto? —preguntó Mormont con voz no exenta de amabilidad.
Jon asintió de mala gana.
Muerto —graznó el cuervo—. Muerto. Muerto.
—Puede que venga a buscarnos de todos modos —dijo el Viejo Oso—. Como Othor y Jafer Flores. Es una idea que me aterra tanto como a ti, Jon, pero debemos reconocer que es una posibilidad.
Muerto —graznó el cuervo al tiempo que se ahuecaba las plumas. Su voz era cada vez más alta y chillona—. Muerto.
Mormont acarició las plumas negras del pájaro, y disimuló un bostezo repentino con el dorso de la mano.
—Voy a prescindir de la cena, el descanso me sentará mejor. Despiértame en cuanto haya luz.
—Que durmáis bien, mi señor.
Jon recogió las tazas vacías y salió de la tienda. Oyó risas a lo lejos y también el sonido quejumbroso de las flautas. En el centro del campamento ardía una gran hoguera, y le llegó el olor del guiso que se estaba cocinando. Tal vez el Viejo Oso no tuviera hambre, pero Jon sí. Se dirigió hacia el fuego.
Dywen estaba de pie, con el cucharón en la mano.
—Conozco estos bosques mejor que nadie, y os lo digo en serio, yo solo no salgo a cabalgar por ahí de noche. ¿No lo oléis?
Grenn lo miraba con los ojos muy abiertos.
—Yo sólo huelo la mierda de doscientos caballos —dijo Edd el Penas—. Y ese guiso. Que, por cierto, tiene un aroma muy semejante.
—Ya te daré yo a ti aroma semejante —replicó Hake palmeando su daga. Llenó el cuenco de Jon sin dejar de refunfuñar.
El guiso era espeso, tenía cebada, zanahoria, cebolla y algún que otro trozo de buey en salazón que la cocción había ablandado.
—¿Qué es lo que hueles, Dywen? —peguntó Grenn.
El forestal tomó una cucharada de guiso. Se había quitado la dentadura. Tenía la piel del rostro correosa y arrugada, y las manos tan nudosas como las raíces de un árbol viejo.
—A mí me parece que huele... a frío.
—Tienes la cabeza de madera, igual que los dientes —bufó Hake—. El frío no huele a nada.
«Sí que huele —pensó Jon al recordar aquella noche en las habitaciones del Lord Comandante—. Huele como la muerte.» De repente se le había quitado el apetito. Le dio su guiso a Grenn, que tenía aspecto de necesitar una segunda cena para conservar el calor durante la noche.
Cuando se alejó, soplaba un viento gélido. Por la mañana el suelo estaría cubierto de escarcha, y las sujeciones de las tiendas se habrían congelado. En el puchero quedaban un par de dedos de vino especiado. Jon echó más leña al fuego y lo puso sobre las llamas para recalentarlo. Mientras aguardaba flexionó los dedos, los apretó y los extendió hasta que le hormigueó la mano. Los hombres del primer turno de guardia ya habían ocupado sus puestos en torno al campamento. Sobre el muro en forma de anillo parpadeaban las antorchas. Aquella noche no había luna, pero en el cielo brillaban un millar de estrellas. En la oscuridad se oyó un sonido, bajo y lejano, pero inconfundible: el aullido de los lobos. Alzaban y bajaban las voces en una canción escalofriante, solitaria. Hizo que se le pusiera el vello de punta. Al otro lado de la hoguera, un par de ojos rojos lo miraron desde las sombras. La luz de la llama los hacía centellear.
Fantasma —se atragantó Jon, sorprendido—. Así que al final has entrado, ¿eh? —El lobo blanco solía cazar por las noches. No esperaba verlo hasta el amanecer—. ¿Tan mal te ha ido la caza? —preguntó—. Aquí. Conmigo, Fantasma.
El lobo huargo rodeó el fuego, olfateó a Jon y olfateó la brisa, sin parar de moverse. No parecía estar buscando comida. «Cuando los muertos se levantaron, Fantasma lo supo. Me despertó, me avisó.» Se puso en pie, alarmado.
—¿Hay algo ahí afuera? ¿Hueles algo, Fantasma.
«Dywen dijo que olía a frío.»
El lobo huargo se alejó corriendo, se detuvo y volvió la vista atrás. «Quiere que lo siga.» Se subió la capucha de la capa, y se alejó de las tiendas y del calor de la hoguera, pasando junto a las hileras de pequeñas monturas. Uno de los animales relinchó nervioso al sentir pasar a Fantasma. Jon lo calmó con unas palabras sosegadoras y le acarició el morro. A medida que se acercaba al anillo de piedra se oía el silbido del viento a través de las grietas entre las rocas. Una voz le dio el alto. Jon se adelantó hacia la luz de la antorcha.
—Tengo que ir a buscar agua para el Lord Comandante.
—Bueno, ve —dijo el guardia—. Pero date prisa. —El hombre, acurrucado bajo su capa y con la capucha echada para protegerse del viento, ni siquiera se molestó en mirar a ver si llevaba un cubo.
Jon salió de lado entre dos estacas afiladas, mientras Fantasma se deslizaba bajo ellas. Había una antorcha encajada en una grieta, su llama ondeaba como un estandarte anaranjado con cada ráfaga de viento. Al pasar entre las piedras la cogió. Fantasma corría colina abajo, y Jon lo seguía más despacio, siempre con la antorcha por delante para ver dónde pisaba. Los sonidos del campamento se fueron perdiendo en la distancia tras él. La noche era oscura, y la ladera empinada, pedregosa y desigual. Si se descuidaba acabaría por romperse un tobillo... o el cuello. «¿Qué estoy haciendo?», se preguntó mientras bajaba con cautela.
Los árboles se alzaban más abajo como guerreros con armaduras de corteza y hojas, desplegados en silenciosas hileras, a la espera de la orden de tomar la colina por asalto. Parecían de un negro intenso, sólo cuando les acercaba la antorcha veía Jon algún tono verde. Oyó el sonido del agua que discurría entre las rocas. Fantasma desapareció entre la maleza. Jon lo siguió, siempre en dirección al sonido del arroyo y de las hojas que suspiraban con el viento. La capa se le enganchaba en las ramas bajas, y las más altas se entrelazaban y le impedían ver las estrellas.
Volvió a ver al lobo huargo justo cuando saltaba el arroyo.
Fantasma —llamó—. Conmigo. Ven aquí.
Cuando el lobo huargo alzó la cabeza, le brillaban los ojos rojos, malignos, y el agua le corría por la boca a chorros. En aquel momento parecía una fiera espantosa. Y, en menos de un instante, desapareció entre los árboles.
—¡Fantasma, no! —gritó Jon—. ¡Vuelve!
Pero el lobo no obedeció. La oscuridad engulló su esbelta forma blanca, y a Jon sólo le quedaron dos alternativas: volver a subir por la colina a solas, o seguirlo.
Furioso, siguió los pasos del lobo, con la antorcha tan baja como podía para ver las rocas que amenazaban con hacerle tropezar a cada paso, las gruesas raíces que se le enredaban en los pies, los agujeros en los que podría torcerse un tobillo... Cada pocos metros volvía a llamar a Fantasma, pero el viento nocturno silbaba entre los árboles y ahogaba las palabras. «Esto es una locura», pensó mientras se adentraba entre los árboles. Estaba a punto de dar media vuelta cuando divisó un atisbo de blanco más adelante, a la derecha, en dirección otra vez a la colina. Corrió en pos del animal, maldiciendo entre dientes.
Había rodeado una cuarta parte de la base del Puño cuando divisó al lobo un momento antes de perderlo de nuevo. Por fin, entre los espinos, arbustos y rocas de la base de la colina, se detuvo a tomar aliento. Fuera del alcance de la antorcha, la oscuridad era absoluta.
Oyó un leve ruido como de algo escarbando, y se dio la vuelta. Se dirigió cuidadosamente hacia el sonido, entre las rocas y los matorrales. Detrás de un árbol caído estaba Fantasma. El lobo huargo excavaba con furia, lanzaba la tierra por el aire con las patas.
—¿Qué has encontrado?
Jon bajó la antorcha y vio un montículo redondeado de tierra blanda. «Una tumba —pensó—. Pero ¿de quién?»
Se arrodilló y clavó la antorcha en el suelo junto a él. La tierra arenosa estaba suelta. Jon la apartó a puñados. Allí no había piedras ni raíces. Fuera lo que fuera lo que estaba allí enterrado, no llevaba mucho tiempo. A menos de medio metro de profundidad rozó un tejido con los dedos. Había esperado y había temido encontrar un cadáver, pero era otra cosa. Oprimió la tela y palpó las formas pequeñas y duras que había debajo. No cedían. No había hedor a podredumbre, ni gusanos. Fantasma retrocedió y se sentó sobre los cuartos traseros sin dejar de observarlo.
Jon apartó la tierra suelta para dejar al descubierto un fardo redondeado, como de medio metro de diámetro. Metió los dedos por los bordes para soltarlo. Lo que había dentro se movía y tintineaba. «Un tesoro», pensó, pero lo que palpaba no tenía forma de moneda, ni sonaba como el metal.
El fardo estaba atado con cuerdas. Jon desenfundó la daga y las cortó, buscó las esquinas de la tela y abrió el paquete. El contenido se desparramó por el suelo, tenía un brillo negruzco. Vio una docena de cuchillos, cabezas de lanza en forma de hoja y muchas puntas de flecha. Jon cogió una hoja de daga, ligera como una pluma, negra brillante, sin puño. La luz de la antorcha iluminó su filo con una fina línea anaranjada que delataba lo hondo que podía cortar. «Vidriagón. Eso que los maestres llaman obsidiana.» ¿Habría descubierto Fantasma algún antiquísimo depósito de los niños del bosque, que llevaba allí enterrado miles de años? El Puño de los Primeros Hombres era un lugar antiquísimo, pero...
Bajo el vidriagón había un viejo cuerno de guerra, hecho del cuerno de un uro, con anillas de bronce a modo de refuerzos. Jon lo sacudió para vaciarlo de tierra, y cayó una lluvia de puntas de flecha. Cogió una esquina de la tela en la que habían estado envueltas las armas, y la frotó con los dedos.
«Buena lana, gruesa y bien tejida. Está húmeda, pero no podrida. —No podía llevar allí mucho tiempo. Y era oscura. Acercó más la antorcha—. No, oscura no. Negra.»
Incluso antes de levantarse y sacudir la tela, ya sabía lo que era: la capa negra de un Hermano Juramentado de la Guardia de la Noche.

BRAN

Barrigón dio con él en la forja, donde estaba ayudando a Mikken con los fuelles.
—El maestre os quiere ver en su torreón, mi señor príncipe. El rey ha enviado un pájaro.
—¿Robb?
Bran estaba tan nervioso que no quiso esperar a Hodor, sino que dejó que Barrigón lo subiera en brazos por las escaleras. Era un hombre corpulento, aunque no tanto como Hodor, y desde luego mucho menos fuerte. Cuando llegaron a las estancias del maestre tenía el rostro congestionado y jadeaba. Dentro ya se encontraban Rickon y los dos Walders.
El maestre Luwin indicó a Barrigón que se marchara, y cerró la puerta.
—Mis señores —dijo con tono grave—, hemos recibido un mensaje de Su Alteza, con noticias buenas y noticias malas. Ha obtenido una gran victoria en el oeste, en un lugar llamado Cruce de Bueyes, y también ha tomado varios castillos. Nos escribe desde Marcaceniza, que antes era la fortaleza de la Casa Marbrand.
—¿Robb vuelve ya a casa? —preguntó Rickon, tirando de la túnica al maestre.
—Por desgracia aún no. Todavía le quedan batallas por delante.
—¿A quién derrotó, a Lord Tywin? —preguntó Bran.
—No —respondió el maestre—. Ser Stafford Lannister estaba al mando del ejército enemigo. Murió en el combate.
Bran no había oído hablar de aquel tal Ser Stafford, así que estuvo de acuerdo con Walder el Mayor cuando dijo que el único que importaba de verdad era Lord Tywin.
—Dile a Robb que quiero que vuelva a casa —dijo Rickon—. Y que se traiga a su lobo, y a mi madre, y a mi padre.
Aunque sabía que Lord Eddard había muerto, a veces Rickon se olvidaba... voluntariamente, en opinión de Bran. Su hermanito era tan obstinado como sólo podía serlo un niño de cuatro años.
Bran se alegraba por la victoria de Robb, pero también estaba inquieto. Recordaba qué le había dicho Osha el día en que su hermano salió de Invernalia con su ejército. «Va a marchar en la dirección que no debe», había insistido la salvaje.
—Por desgracia, toda victoria tiene un precio. —El maestre Luwin se volvió hacia los Walders—. Mis señores, vuestro tío Ser Stevron Frey es uno de los que perdieron la vida en Cruce de Bueyes. Según cuenta Robb, recibió una herida en la batalla. No se le dio importancia, pero tres días después murió en su tienda mientras dormía.
—Era muy viejo —dijo Walder el Mayor, encogiéndose de hombros—, tenía cincuenta y seis años, creo. Estaba viejo para las batallas. No paraba de decir que estaba cansado.
Walder el Pequeño soltó una carcajada.
—Sí, cansado de esperar a que muriera nuestro abuelo, querrás decir. Entonces ahora el heredero es Ser Emmon, ¿no?
—No digas tonterías —bufó su primo—. Los hijos del primogénito van antes que el segundo hijo. El siguiente en la línea sucesoria es Ser Ryman, luego Ser Edwin, Walder el Negro y Petyr Espinilla. Y después va Aegon y todos sus hijos.
—Ryman también es viejo —dijo Walder el Pequeño—. Seguro que tiene más de cuarenta años. Y además, está mal de la barriga. ¿Crees que llegará a ser el señor?
—A mí qué me importa, el señor seré yo.
—Mis señores, deberíais avergonzaros de lo que decís —interrumpió el maestre Luwin con tono brusco—. No veo que sintáis la muerte de vuestro tío.
—Sí que la sentimos —replicó Walder el Pequeño—. Estamos muy tristes.
Pero era obvio que no lo estaban. Bran tenía el estómago revuelto. «El sabor de su plato les gusta más que a mí el del mío.» Pidió permiso al maestre Luwin para retirarse.
—Muy bien.
El maestre hizo sonar la campana para pedir ayuda. Hodor debía de estar ocupado en los establos, porque la que acudió fue Osha. Era más fuerte que Barrigón, y no tuvo que esforzarse para tomar a Bran en sus brazos y llevarlo escaleras abajo.
—Osha, ¿tú conoces el camino hacia el norte? —le preguntó Bran—. ¿Hacia el Muro... y lo que haya más allá?
—El camino es fácil. Busca el Dragón de Hielo, y sigue la estrella azul que hay en el ojo del jinete que lo monta. —Cruzó una puerta y empezó a subir por la escalera de caracol.
—¿Y allí todavía quedan gigantes y... y todos los demás... los Otros y los niños del bosque?
—Gigantes sí que he visto, de los niños he oído hablar y de los caminantes blancos... ¿por qué quieres saberlo?
—¿Viste alguna vez un cuervo de tres ojos?
—No. —La mujer se echó a reír—. Y tampoco es que me apetezca mucho. —Osha abrió de una patada la puerta que daba al dormitorio de Bran y lo sentó en la silla junto a la ventana, desde donde podía observar el patio de abajo.
Parecía que sólo habían pasado unos instantes después de que saliera cuando la puerta se abrió de nuevo, y Jojen Reed entró sin pedir permiso, seguido por su hermana Meera.
—¿Os habéis enterado de lo del pájaro? —preguntó Bran. El otro muchacho asintió—. No era una cena, como decías tú. Era una carta de Robb, y no nos la comimos, pero...
—A veces los sueños verdes adoptan formas extrañas —admitió Jojen—. No siempre es fácil comprender la verdad que encierran.
—Háblame de la pesadilla que tuviste —pidió Bran—. De eso tan malo que se acerca a Invernalia.
—¿Mi príncipe me cree ahora? ¿Darás crédito a mis palabras, por extrañas que suenen a tus oídos? —Bran asintió—. Lo que viene es el mar.
—¿El mar?
—Soñé que el mar rodeaba Invernalia y lamía sus muros. Vi olas negras que se estrellaban contra las puertas y las torres, y luego el agua salada entraba y lo inundaba todo. En el patio flotaban hombres ahogados. Cuando tuve el sueño por primera vez, en Aguasgrises, no conocía sus rostros, pero ahora sí. Ese Barrigón, el guardia que nos presentó cuando llegamos al banquete, es uno de ellos. Tu septon es otro. Y tu herrero.
—¿Mikken? —Bran estaba tan confuso como desalentado—. Pero el mar está a cientos y cientos de leguas de aquí, y aunque llegara los muros de Invernalia son tan altos que no podría entrar.
—En lo más oscuro de la noche —dijo Jojen—, el mar salado correrá entre estas paredes. Contemplé los cadáveres hinchados de los ahogados.
—Tenemos que avisarlos —dijo Bran—. A Barrigón, a Mikken y al septon Chayle. Hay que decirles que no se ahoguen.
—No hay manera de salvarlos —replicó el niño de verde.
—No lo creerán, Bran. —Meera se dirigió hacia la ventana y le puso una mano en el hombro—. Igual que tú no me creías.
—Háblame de tu sueño —dijo Jojen mientras se sentaba en la cama de Bran.
Le daba miedo hacerlo pese a todo, pero había jurado que confiaría en ellos, y un Stark de Invernalia siempre cumplía su palabra.
—Son sueños diferentes —dijo muy despacio—. Primero están los sueños de lobo, ésos no son tan malos como los otros. Voy por ahí corriendo y cazando, y mato ardillas. Y hay sueños en los que viene el cuervo y me dice que vuele. A veces en esos sueños también está el árbol, me llama por mi nombre. Ésos me dan miedo. Pero los peores sueños son en los que caigo. —Contempló el lejano patio con tristeza—. Antes nunca me caía cuando trepaba. Iba a todas partes, por encima de los muros y por los tejados, y daba de comer a los cuervos en la Torre Quemada. Mi madre tenía miedo de que me cayera, pero yo sabía que no me caería nunca. Pero me caí, y ahora cuando me duermo me vuelvo a caer.
Meera le dio un apretón en un hombro.
—¿Nada más?
—Me parece que no.
—Warg —dijo Jojen Reed.
—¿Qué? —Bran lo miraba con los ojos muy abiertos.
—Warg. Demonio. Multiforme. Hombre bestia. Eso es lo que te llamarán si se enteran de tus sueños de lobo.
—¿Quién me llamará esas cosas? —Aquellos nombres le hacían sentir miedo.
—Tu pueblo. Por temor. Si se enteran de que eres muchos te odiarán. Algunos incluso querrán matarte.
A veces, la Vieja Tata les contaba cuentos de miedo acerca de multiformes y hombres bestia. En sus historias siempre eran malvados.
—Yo no soy eso —dijo Bran—. De verdad. No son nada más que sueños.
—Los sueños de lobo no son sueños de verdad. Cuando estás despierto tienes el ojo muy cerrado, pero cuando te duermes se abre, y tu alma sale en busca de su otra mitad. El poder que hay en ti es muy fuerte.
—No lo quiero. Yo quiero ser un caballero.
—Un caballero es lo que quieres ser. Un warg es lo que eres. Eso no lo puedes cambiar, Bran, no lo puedes negar ni rechazar. Eres el lobo alado, pero nunca volarás. —Jojen se levantó y se acercó a la ventana—. A menos que abras el ojo.
Juntó dos dedos y dio un golpe fuerte a Bran en la frente. Bran se llevó una mano al punto donde lo había tocado, pero sólo palpó piel intacta. No tenía ningún ojo, ni abierto ni cerrado.
—¿Cómo puedo abrirlo, si no está ahí?
—El ojo no lo encontrarás con los dedos. Tienes que buscarlo con el corazón. —Jojen estudió el rostro de Bran con aquellos extraños ojos verdes—. ¿O te da miedo?
—El maestre Luwin dice que en los sueños no hay nada que temer.
—Sí lo hay —replicó Jojen.
—¿El qué?
—El pasado. El futuro. La verdad.
Salieron de la habitación, dejando a Bran más confuso que nunca. Una vez estuvo a solas, Bran trató de abrir el tercer ojo, pero no sabía cómo. Por mucho que frunciera el entrecejo y se lo hurgara, seguía viendo las cosas igual que siempre. En los días siguientes trató de alertar a los demás sobre lo que le había dicho Jojen, pero las cosas no salían como él deseaba.
A Mikken le pareció muy gracioso.
—El mar, ¿eh? Pues mira qué casualidad, siempre he querido ver el mar y nunca he tenido ocasión. Así que ahora viene el mar a verme, ¿eh? Los dioses son bondadosos, mira que tomarse tantas molestias por un pobre herrero.
—Los dioses me llevarán cuando sea mi hora —le dijo el septon Chayle con voz tranquila—, aunque dudo mucho que me ahogue, Bran. Ya sabes que crecí en las orillas del Cuchillo Blanco, soy un buen nadador.
Barrigón fue el único que prestó atención al aviso. Fue a hablar con Jojen en persona, y después de la conversación dejó de bañarse y se negó a acercarse al pozo. Llegó un momento en que olía tan mal que seis de sus compañeros guardias le echaron por encima un cubo de agua muy caliente y lo cepillaron hasta dejarle la piel enrojecida, mientras él no paraba de gritar que lo iban a ahogar, como había dicho el chico rana.
Pocos días después del baño de Barrigón, Ser Rodrik regresó a Invernalia con un prisionero, un joven regordete de labios gruesos que olía como un retrete, peor aún que Barrigón cuando se negaba a acercarse al agua.
—Lo llaman Hediondo —dijo Pelopaja cuando Bran le preguntó quién era—. No sé cómo se llamará de verdad. Trabajaba para el bastardo de Bolton, y dicen que le ayudó a asesinar a Lady Hornwood.
Aquella noche, durante la cena, Bran se enteró de que el bastardo también había muerto. Los hombres de Ser Rodrik lo habían atrapado en tierras de los Hornwood haciendo una cosa espantosa (no supo bien qué, pero al parecer era algo que se hacía sin ropa), y lo acribillaron a flechazos cuando intentó huir a caballo. Pero habían llegado demasiado tarde para la pobre Lady Hornwood. Tras su matrimonio, el bastardo la había encerrado en una torre y luego se había olvidado de darle de comer. Bran oyó decir a los hombres que, cuando Ser Rodrik derribó la puerta, se la encontró muerta, con la boca ensangrentada. Se había comido los dedos.
—Ese monstruo nos ha puesto en una situación espinosa —comentó el anciano caballero al maestre Luwin—. Nos guste o no, Lady Hornwood era su esposa. La obligó a pronunciar los votos ante el septon y ante el árbol corazón, y se acostó con ella esa misma noche ante testigos. Ella firmó un testamento en el que lo nombraba heredero, y le puso su sello.
—Los votos pronunciados bajo la amenaza de una espada no tienen ningún valor —argumentó el maestre.
—Puede que Roose Bolton no esté de acuerdo, con esas tierras en juego. —Ser Rodrik parecía muy triste—. Ojalá le pudiera cortar la cabeza también a este criado, es tan malo como su amo. Pero me temo que habrá que mantenerlo con vida hasta que Robb regrese de la guerra. Es el único testigo de los peores crímenes del bastardo. Puede que Lord Bolton se deje convencer si oye su declaración, pero entretanto los caballeros de Manderly y los hombres de Fuerte Terror se están matando entre ellos en los bosques de los Hornwood, y no dispongo de las fuerzas necesarias para detenerlos. —El anciano caballero se giró en su asiento y miró a Bran con reproche—. ¿Y qué ha estado haciendo mi señor príncipe durante mi ausencia? ¿Ordenar a nuestros guardias que no se bañen? ¿Quieres que acaben oliendo todos como ese Hediondo, o qué?
—El mar va a venir hasta aquí —dijo Bran—. Jojen lo vio en un sueño verde. Barrigón se va a ahogar.
—El pequeño Reed cree que ve el futuro en sus sueños, Ser Rodrik. —El maestre Luwin se tironeó del collar de eslabones—. He hablado con Bran de lo inciertas que son esas profecías, pero lo cierto es que hay problemas a lo largo de la Costa Pedregosa. Hay barcoluengos que atacan y saquean los pueblos pesqueros, violan a las mujeres y prenden fuego a los edificios. Leobald Tallhart ha enviado a su sobrino Benfred para que se ocupe del asunto, pero me imagino que en cuanto vean acercarse a hombres armados se meterán en sus barcos y huirán.
—Sí, y atacarán otro lugar. Los Otros se lleven a esos cobardes. No serían tan osados si el grueso de nuestras fuerzas no estuviera a miles de leguas hacia el sur; tampoco lo habría sido el bastardo de Bolton. —Ser Rodrik miró a Bran—. ¿Qué más te dijo el chico?
—Que el agua inundaría Invernalia. Vio a Barrigón, a Mikken y al septon Chayle ahogados.
—Bien —dijo Ser Rodrik con el ceño fruncido—, en ese caso, si tengo que ir a enfrentarme a esos saqueadores no llevaré a Barrigón conmigo. A mí no me vio ahogado, ¿verdad?
Bran se animó un poco.
«Entonces puede que no se ahoguen —pensó—. Si no se acercan al mar...»
Meera opinó lo mismo aquella noche, cuando Jojen y ella subieron a la habitación de Bran para jugar una partida de dados, pero su hermano sacudió la cabeza.
—Las cosas que veo en los sueños verdes no se pueden cambiar.
Aquello hizo enfadar a Meera.
—¿Para qué te van a enviar los dioses un aviso si no podemos prestarles atención y cambiar lo que vaya a suceder?
—No lo sé —respondió Jojen con tristeza.
—¡Si fueras Barrigón seguro que te tirabas al pozo para que todo acabara de una vez! Tiene que luchar, y Bran también.
—¿Yo? —De repente Bran tuvo mucho miedo—. ¿Contra qué tengo que luchar? ¿Yo también voy a ahogarme?
—No debería haber dicho... —Meera lo miraba con gesto de culpa.
—¿Me has visto a mí en un sueño verde? —preguntó Bran a Jojen, nervioso. Sabía que le ocultaban algo—. ¿Me había ahogado?
—No te ahogabas —respondió Jojen, como si le doliera cada palabra—. Soñé con el hombre que han traído hoy, ese al que llaman Hediondo. Tu hermano y tú yacíais muertos a sus pies, y os estaba despellejando los rostros con una espada larga y roja.
Meera se puso en pie.
—Si voy a las mazmorras, le puedo clavar una lanza en el corazón. Y si está muerto no podrá asesinar a Bran.
—Los carceleros te lo impedirían —dijo Jojen—. Hay guardias. Y si les dices por qué quieres matarlo no te creerán.
—Yo también tengo guardias —les recordó Bran—. Barrigón, Tym Carapicada, Pelopaja y los demás.
—No podrán detenerlo, Bran. —Los ojos verde musgo de Jojen estaban llenos de compasión—. No vi por qué, pero vi cómo terminaba todo. Os vi a Rickon y a ti en vuestras criptas, abajo, en la oscuridad, con los reyes muertos y sus lobos de piedra.
«No —pensó Bran—. No.»
—Si me voy... a Aguasgrises, o con el cuervo, muy lejos, adonde no puedan encontrarme...
—No importaría. El sueño era verde, Bran, y los sueños verdes no mienten.

TYRION

Varys estaba de pie junto al brasero, calentándose las blandas manos.
—Al parecer Renly fue asesinado de manera misteriosa cuando estaba en medio de su ejército. Le abrieron la garganta de oreja a oreja, con una espada que penetró a través del hueso y el acero como si fueran queso tierno.
—¿Quién empuñaba la espada? —preguntó imperiosamente Cersei.
—¿Os habéis fijado alguna vez en que tener muchas respuestas es lo mismo que no tener ninguna? Mis informadores no están tan bien situados como sería conveniente para nosotros. Cuando muere un rey, las fantasías proliferan como champiñones en la oscuridad. Un mozo de cuadras dice que a Renly lo mató uno de los caballeros de su Guardia Arcoiris. Una lavandera asegura que Stannis se introdujo a hurtadillas en medio del ejército de su hermano con una espada mágica. Varios soldados creen que fue una mujer, pero no se ponen de acuerdo sobre cuál. Según uno, una doncella a la que Renly había desairado. Según otro, una seguidora del ejército a la que llevaron para que le diera placer la víspera de la batalla. El tercero dice que pudo ser Lady Catelyn Stark en persona.
La reina no parecía nada satisfecha.
—¿Es necesario que nos hagáis perder el tiempo con todos los rumores que se le ocurran a cualquier imbécil?
—Mi amada reina, me pagáis muy bien por esos rumores.
—Os pagamos por la verdad, Lord Varys. Recordadlo bien, o el Consejo Privado será más privado todavía.
—Si seguís así —dijo Varys disimulando una risita nerviosa—, entre vuestro noble hermano y vos vais a dejar a Su Alteza sin Consejo.
—El reino sobrevivirá perfectamente con unos cuantos consejeros menos —comentó Meñique con una sonrisa.
—Mi querido Petyr —dijo Varys—, ¿no tenéis miedo de ser el próximo en la lista de la Mano?
—¿Antes que vos, Varys? Ni se me ocurriría.
—Puede que vos y yo acabemos juntos en el Muro, como hermanos. —Varys rió de nuevo.
—Y antes de lo que pensáis si las próximas palabras que salen de esa boca no son algo útil, eunuco. —Por la expresión de su rostro, Cersei estaba dispuesta a castrar a Varys de nuevo.
—¿Puede tratarse de una estratagema? —preguntó Meñique.
—Si lo es, es una estratagema de una astucia inconcebible —dijo Varys—. A mí desde luego me ha embaucado.
—Joff se va a llevar un buen disgusto —dijo Tyrion, que ya había oído más que suficiente—. Tenía reservada una pica tan bonita para la cabeza de Renly... En fin, fuera quien fuera el asesino, tenemos que suponer que Stannis está detrás de todo. Es el que más gana con esto. —Las noticias no le habían gustado nada; había contado con que los hermanos Baratheon se diezmaran el uno al otro en una batalla sangrienta. Sentía un dolor punzante en el codo, allí donde había recibido el impacto de la maza. Le pasaba siempre que había humedad. Se lo apretó con la mano—. ¿Qué ha pasado con el ejército de Renly? —preguntó.
—La mayor parte de su infantería sigue en Puenteamargo. —Varys se alejó del brasero para ocupar su asiento junto a la mesa—. Muchos de los señores que cabalgaron con Lord Renly hasta Bastión de Tormentas han jurado fidelidad a Stannis, junto con toda su caballería.
—Los Florent a la cabeza, me juego lo que sea —señaló Meñique.
—Ganaríais, mi señor. —Varys le dirigió una sonrisita afectada—. Sí, Lord Alester fue el primero en doblar la rodilla. Muchos otros siguieron su ejemplo.
—Muchos —repitió Tyrion—. ¿No todos?
—No todos —asintió el eunuco—. Ni Loras Tyrell, ni Randyll Tarly, ni Mathis Rowan. Y Bastión de Tormentas tampoco se ha rendido. Ser Cortnay Penrose sigue defendiendo el castillo en nombre de Renly, se niega a creer que su señor haya muerto. Exige ver sus restos antes de abrir las puertas, pero al parecer el cadáver de Renly ha desaparecido de manera inexplicable. Lo más probable es que alguien se lo haya llevado. Una quinta parte de los caballeros de Renly prefirieron marcharse con Ser Loras antes de doblar la rodilla ante Stannis. Se dice que el Caballero de las Flores enloqueció al ver el cuerpo de su rey, y en un ataque de ira mató a tres de los guardias de Renly, entre ellos Emmon Cuy y Robar Royce.
«Lástima que no matara a más», pensó Tyrion.
—Lo más probable es que Ser Loras esté regresando a Puenteamargo —siguió Varys—. Allí está su hermana, la reina de Renly, así como un buen número de soldados que de repente se encuentran sin rey. ¿De parte de quién se pondrán ahora? Es una cuestión muy delicada. Muchos sirven a señores que se quedaron en Bastión de Tormentas, y esos señores han jurado lealtad a Stannis.
—En mi opinión —dijo Tyrion inclinándose hacia delante—, tenemos una buena oportunidad. Podemos ganarnos a Ser Loras para nuestra causa, y Lord Tyrell y sus vasallos también se nos unirían. Sí, han jurado lealtad a Stannis de momento, pero no lo aprecian demasiado, o habrían estado con él desde el principio.
—¿Y acaso a nosotros nos aprecian más? —preguntó Cersei.
—Lo dudo mucho —respondió Tyrion—. A quien querían era a Renly, es evidente, pero Renly ha sido asesinado. Tal vez podamos darles suficientes razones para que elijan a Joffrey en lugar de a Stannis... si actuamos con rapidez.
—¿Y qué tipo de razones piensas darles?
—Razones de oro —sugirió Meñique al instante.
Varys chasqueó la lengua.
—Mi querido amigo Petyr, no me puedo creer que estéis proponiendo que compremos a estos poderosos señores y a estos nobles caballeros como si fueran pollos exhibidos en el mercado.
—Se nota que no habéis visitado nuestros mercados últimamente, Lord Varys —dijo Meñique—. Estoy seguro de que os sería más fácil comprar un señor que un pollo. Por supuesto, el cacareo de los señores es más orgulloso que el de los pollos, y no recomendaría que fuéramos a ofrecerles monedas como a un mercader, pero seguro que aceptarán de buena gana algunos regalos... honores, tierras, castillos...
—Con sobornos nos ganaríamos a algunos de los señores menores —intervino Tyrion—, pero no a Altojardín.
—Cierto —reconoció Meñique—. El Caballero de las Flores es la clave. Mace Tyrell tiene dos hijos mayores, pero Loras ha sido siempre su favorito. Si os ganáis a Ser Loras, tendréis Altojardín en vuestras manos.
«Sí», pensó Tyrion.
—Creo que deberíamos aprender una lección del difunto Lord Renly. Podemos conseguir una alianza con los Tyrell igual que hizo él. Con un matrimonio.
Varys fue el primero en comprender la sugerencia.
—Estáis pensando en casar al rey Joffrey con Margaery Tyrell.
—Así es. —Si mal no recordaba, la reina de Renly tenía quince años, dieciséis como mucho. Era mayor que Joffrey, pero unos años no suponían nada. El plan era tan claro y dulce que casi podía saborearlo.
—Joffrey está prometido a Sansa Stark —objetó Cersei.
—Los contratos matrimoniales se pueden romper. ¿En qué nos beneficia casar al rey con la hija de un traidor muerto?
—Podéis decirle a Su Alteza que los Tyrell son mucho más ricos que los Stark —intervino Meñique—. Y tengo entendido que Margaery es bellísima... y está en edad de compartir su lecho.
—Sí —dijo Tyrion—. Eso a Joff le gustará.
—Mi hijo es demasiado joven para preocuparse de esas cosas.
—¿Eso crees? —preguntó Tyrion—. Tiene trece años, Cersei. Los mismos que tenía yo cuando me casé.
—Nos avergonzaste a todos con aquel episodio lamentable. Joffrey tiene más clase.
—Sí, tanta clase que ordenó a Ser Boros que le arrancara la ropa a Sansa.
—Estaba enfadado con ella.
—También estaba enfadado con el pinche de cocina que derramó la sopa anoche, y a él no hizo que lo desnudaran.
—Esto no era por un poco de sopa.
«No, era por unas tetas bonitas.» Después de la escena del patio, Tyrion había hablado con Varys acerca de cómo podían arreglar una visita de Joffrey a la casa de Chataya. Esperaba que el chico se endulzaría un poco si probaba la miel. Hasta, dioses mediante, podía sentir cierta gratitud, y a Tyrion le iría de maravilla que su soberano le estuviera un poco agradecido. Pero, por supuesto, habría que hacerlo en secreto. Lo más difícil sería separarlo del Perro.
—Ese sabueso no se aleja nunca de los talones de su amo —había dicho a Varys—. Pero no hay hombre que no duerma. Y algunos también juegan, van de putas o visitan las tabernas.
—El Perro hace todas esas cosas, si es eso lo que me preguntáis.
—No —dijo Tyrion—. Lo que os pregunto es cuándo las hace.
Varys se puso un dedo en la mejilla y le dirigió una sonrisita enigmática.
—Pero, mi señor, si fuera desconfiado podría pensar que buscáis un momento en el que Sandor Clegane no esté protegiendo al rey Joffrey, para poder causar algún daño al muchacho.
—Bien sabéis que ése no es mi plan, Lord Varys —dijo Tyrion—. Lo único que quiero es que Joffrey me tenga afecto.
El eunuco le había prometido hacer averiguaciones. Pero la guerra también lo mantenía muy ocupado, de manera que la iniciación de Joffrey en los placeres del sexo tendría que esperar.
—No me cabe duda de que conoces a tu hijo mejor que yo —se forzó a responder a Cersei—. Pero una alianza matrimonial con una Tyrell supondría grandes ventajas. Puede ser la única manera de garantizar que Joffrey llegue vivo a su noche de bodas.
—La pequeña Stark no le aporta a Joffrey nada más que su cuerpo — dijo Meñique mostrando su acuerdo—, por hermoso que sea. Con el de Margaery Tyrell van incluidas cincuenta mil espadas y todo el poder de Altojardín.
—Cierto. —Varys posó una mano blanda sobre la manga de la reina—. Tenéis corazón de madre, y sé que Su Alteza ama a la dulce Sansa. Pero los reyes deben aprender a anteponer las necesidades del reino a sus deseos. Debemos presentar esa oferta.
—No hablaríais así si fuerais mujeres —replicó la reina sacudiéndose los dedos del eunuco—. Pero decid lo que queráis, mis señores; Joffrey es demasiado orgulloso para conformarse con las sobras de Renly. Jamás dará su consentimiento.
Tyrion se encogió de hombros.
—Cuando el rey sea mayor de edad dentro de tres años podrá dar o retirar su consentimiento según le plazca. Hasta entonces, tú eres su regente y yo soy su Mano, y se casará con quien le digamos que se case. Tanto si son sobras como si no.
—Bien, pues presenta la oferta. —Cersei se había quedado sin argumentos—. Pero que los dioses os guarden a todos si a Joff no le gusta esa chica.
—Cuánto me alegra que estemos de acuerdo —dijo Tyrion—. Bien, ¿quién de nosotros irá a Puenteamargo? Tenemos que presentar la oferta a Ser Loras antes de que se le enfríen los ánimos.
—¿Quieres enviar a un miembro del Consejo?
—No me atrevería a esperar que el Caballero de las Flores tratara con Bronn o con Shagga, ¿verdad? Los Tyrell son orgullosos.
—Ser Jacelyn Bywater es de noble cuna. —Su hermana no perdió la ocasión de tratar de sacar provecho de las circunstancias en su beneficio—. Envíalo a él.
Tyrion hizo un gesto de negación.
—Hace falta alguien que pueda hacer algo más que repetir nuestras palabras y traernos una respuesta. Nuestro enviado deberá hablar en nombre del rey y del Consejo, y dejar zanjado el asunto lo antes posible.
—La Mano habla con la voz del rey. —La luz de las velas arrancaba destellos verdes de los ojos de Cersei, tan brillantes como el fuego valyrio—. Si vas tú, Tyrion, sería como si fuera el propio Joffrey. ¿Y quién mejor para esta misión? Manejas las palabras con tanta habilidad como Jaime la espada.
«¿Tantas ganas tienes de verme fuera de la ciudad, Cersei?»
—Eres muy amable, mi querida hermana, pero en mi opinión la madre de un muchacho está mucho mejor capacitada para acordar un matrimonio que su tío. Y jamás podría superar tu don para ganarte amigos.
—Joff me necesita a su lado. —Cersei entrecerró los ojos.
—Alteza, mi señor Mano —intervino Meñique—, el rey os necesita a los dos aquí. Dejad que vaya yo en vuestro lugar.
«¿Tú? ¿Qué ganas tú con esto?», se preguntó Tyrion.
—Estoy en el Consejo del rey, pero no soy de sangre real, así que no valgo gran cosa como rehén. Trabé cierta amistad con Ser Loras cuando estaba aquí, en la corte, y no le di ningún motivo para estar mal dispuesto contra mí. Mace Tyrell no tiene nada que reprocharme, que yo sepa, y me atrevería a decir que mis dotes de negociador no son desdeñables.
«Nos tiene atrapados.» Tyrion no confiaba en Petyr Baelish, ni quería perderlo de vista, pero ¿qué otra opción le quedaba? Tenía que ser Meñique o el propio Tyrion, y demasiado bien sabía que en cuanto saliera de Desembarco del Rey, aunque fuera por breve tiempo, se desmoronaría todo lo que había logrado hasta el momento.
—Hay escaramuzas entre este lugar y Puenteamargo —dijo con cautela—. Y podéis estar seguro de que Lord Stannis enviará a sus pastores para reagrupar a las ovejas descarriadas de su hermano.
—Los pastores nunca me han dado miedo. A las que temo es a las ovejas. Pero imagino que una escolta no estará de más.
—Puedo prescindir de cien capas doradas —dijo Tyrion.
—Quinientos.
—Trescientos.
—Y cuarenta más, veinte caballeros con otros tantos escuderos. Si llego sin una escolta regia, los Tyrell no me prestarán mucha atención.
Aquello era verdad.
—De acuerdo.
—Me llevaré conmigo a Horror y a Baboso, y se los devolveré a su señor padre, como gesto de buena voluntad. Necesitamos el apoyo de Paxter Redwyne, es un viejo amigo de Mace Tyrell, y su poderío no es desdeñable.
—También es un traidor —se opuso la reina—. El Rejo habría jurado fidelidad a Renly como todos los demás, si no fuera porque Redwyne sabía bien que sus cachorros lo pagarían caro.
—Renly ha muerto, Alteza —señaló Meñique—, y ni Stannis ni Lord Paxter habrán olvidado cómo las galeras de los Redwyne les cerraron la salida por mar durante el asedio a Bastión de Tormentas. Devolvedle a sus gemelos y posiblemente nos ganemos el afecto de Redwyne.
—Que los Otros se lleven su afecto, yo lo que quiero son sus espadas y sus velas. —Cersei no estaba convencida—. Y la mejor manera de estar seguros de que las conseguiremos es aferrarnos a esos gemelos.
Tyrion dio con la respuesta.
—En ese caso enviemos a Ser Hobber de vuelta al Rejo, y quedémonos con Ser Horas aquí. Seguro que Lord Paxter es perfectamente capaz de entender la indirecta.
La sugerencia se aceptó sin más discusiones, pero Meñique no había terminado todavía.
—Necesitaremos caballos. Rápidos y fuertes. Con las batallas puede que cueste encontrar monturas de refresco. También hará falta un buen suministro de oro para esos regalos que hemos comentado antes.
—Coged tanto como necesitéis. Si la ciudad cae, Stannis se lo quedará de todos modos.
—Quiero mi designación por escrito, un documento que no deje a Mace Tyrell la menor duda en cuanto a mi autoridad, en el que se me dé poder para tratar con él todo lo relativo a este compromiso y a los acuerdos a que haya que llegar, y para hacer promesas vinculantes en nombre del rey. Tendrá que firmarlo Joffrey, así como todos los miembros de este Consejo, y llevar todos nuestros sellos.
—De acuerdo. —Tyrion se acomodó en la silla, inquieto—. ¿Alguna cosa más? Os recuerdo que hay un largo camino hasta Puenteamargo.
—Me pondré en marcha antes de que amanezca. —Meñique se levantó—. Confío en que, cuando regrese, el rey se ocupe de que reciba la recompensa que merecen mis desvelos por su causa.
—Joffrey es un soberano muy agradecido. —Varys soltó una risita—. Estoy seguro de que no tendréis motivos de queja, mi valeroso señor.
—¿Qué queréis, Petyr? —preguntó la reina directamente.
—Tengo que meditarlo —contestó Meñique mirando a Tyrion con una sonrisa artera—, pero algo se me ocurrirá, seguro. —Hizo una airosa reverencia y salió de la estancia con un paso tan desenfadado como si se dirigiera hacia uno de sus burdeles.
Tyrion miró por la ventana. La niebla era tan espesa que ni siquiera se veía la muralla al otro lado del patio. Unas cuantas luces tenues brillaban difusas en medio del manto gris. «Mal día para viajar», pensó. No envidiaba a Petyr Baelish.
—Más vale que empecemos a redactar esos documentos. Lord Varys, pedid que nos traigan pergamino y pluma. Y alguien tendrá que ir a despertar a Joffrey.
Cuando la reunión terminó por fin la noche era todavía gris y oscura. Varys salió a solas, arrastrando por el suelo sus zapatillas blandas. Los Lannister se detuvieron un instante en la puerta.
—¿Cómo va lo de tu cadena, hermano? —le preguntó la reina mientras Ser Preston le ponía sobre los hombros la capa ribeteada en pieles de marta.
—Creciendo, eslabón a eslabón. Tenemos que dar gracias a los dioses por la testarudez de Ser Cortnay Penrose. Stannis jamás seguirá avanzando hacia el norte, no dejará Bastión de Tormentas en manos del enemigo y a sus espaldas.
—Tyrion, sé que no siempre estamos de acuerdo en temas de política, pero creo que me he equivocado contigo. No eres tan idiota como imaginaba. La verdad es que ahora comprendo cuánto nos estás ayudando. Y te lo agradezco. Si te he hablado con brusquedad en el pasado, perdóname.
—¿De veras? —Se encogió de hombros—. Mi querida hermana, no has hecho nada por lo que tengas que pedir perdón.
—¿Quieres decir hoy?
Los dos se echaron a reír... y Cersei se inclinó y le dio un rápido beso en la frente. Tyrion se quedó sin palabras de puro asombro, y no pudo hacer otra cosa que ver cómo se alejaba por el corredor, acompañada por Ser Preston.
—¿Me he vuelto loco, o mi hermana acaba de darme un beso? —preguntó a Bronn cuando Cersei se perdió en la distancia.
—¿Ha sido grato?
—Ha sido... inesperado. —Cersei se estaba comportando de manera muy extraña en los últimos días. Aquello intranquilizaba a Tyrion—. Estoy tratando de recordar la última vez que me besó. Tendría yo seis o siete años. Jaime la había retado a que lo hiciera.
—Será que la señora por fin se ha fijado en tus encantos.
—No —replicó Tyrion—. No, la señora está incubando algo. Más vale que averigüemos qué es, Bronn. Ya sabes lo poco que me gustan las sorpresas.

THEON

Theon se limpió el salivazo de la mejilla con el dorso de la mano.
—Robb te va a arrancar las tripas, Greyjoy —le gritó Benfred Tallhart—. Eres una mierda de oveja, echará de comer tu corazón al lobo.
—Ahora tienes que matarlo. —La voz de Aeron Pelomojado cortó los insultos como una espada un trozo de queso.
—Antes quiero hacerle unas preguntas —dijo Theon.
—Métete por el culo las preguntas. —Benfred estaba entre Stygg y Werlag, sangrando e indefenso—. Se te atragantarán antes de que yo te responda nada, cobarde. Renegado.
—Si te escupe a ti, nos escupe a todos. —El tío Aeron era implacable—. Escupe al Dios Ahogado. Debe morir.
—Mi padre me puso a mí al mando, tío.
—Y me envió a mí para aconsejarte.
«Y para vigilarme. —Theon no se atrevía a forzar demasiado las cosas con su tío. Él estaba al mando, sí, pero sus hombres tenían una fe en el Dios Ahogado que no depositaban en él, y Aeron Pelomojado los aterraba—. Y con razón.»
—Esto te va a costar la cabeza, Greyjoy. Los cuervos se comerán tus ojos. —Benfred trató de escupir de nuevo, pero sólo le salió un poco de sangre de los labios—. Los Otros darán por culo a tu dios mojado.
«Tallhart, acabas de escupir lo que te quedaba de vida», pensó Theon.
—Stygg, hazlo callar —dijo.
Obligaron a Benfred a ponerse de rodillas. Werlag le arrancó la piel de conejo del cinturón y se la metió a la fuerza en la boca para acallar sus gritos. Stygg esgrimió el hacha.
—No —declaró Aeron Pelomojado—. Hay que entregarlo al dios. Según las antiguas costumbres.
«¿Qué más dará? Matarlo es matarlo y punto.»
—De acuerdo, llévatelo.
—Ven tú también. Eres el que está al mando. La ofrenda debe partir de ti.
Pero Theon no tenía estómago para aquello.
—Tú eres el sacerdote, tío, encárgate de las cosas del dios. Págame en la misma moneda y deja que yo me encargue de las batallas.
Hizo un gesto con la mano, y Werlag y Stygg arrastraron al prisionero hacia la orilla. Aeron Pelomojado lanzó una mirada de reproche a su sobrino y los siguió. Bajaron a la playa de guijarros para ahogar a Benfred Tallhart en agua salada. Según las antiguas costumbres.
«Puede que sea más misericordioso —se dijo Theon tratando de mirar en otra dirección. Stygg no era precisamente un verdugo experto, y Benfred tenía el cuello grueso como un jabalí, todo músculo y grasa—. Y yo que siempre me burlaba de él por eso —recordó—, sólo para ver cuánto se enfadaba.» ¿Cuándo había sido aquello, hacía tres años? Cuando Ned Stark cabalgó hasta la Ciudadela de Torrhen para ver a Ser Helman, Theon lo había acompañado, de manera que pasó dos semanas en compañía de Benfred.
Hasta allí llegaban los ruidos ásperos de la victoria en el recodo del camino donde se había librado la batalla... si es que aquella escaramuza merecía tal nombre. «En realidad ha sido más bien una matanza de ovejas. Ovejas con lana de acero, pero ovejas al fin y al cabo.»
Theon subió a un montón de piedras y desde allí contempló el espectáculo de hombres muertos y caballos moribundos. Los caballos merecían un destino mejor. Tymor y sus hermanos habían reunido las monturas que habían salido ilesas, mientras Urzen y Lorren el Negro silenciaban a los animales con heridas demasiado graves para salvarlos. El resto de sus hombres se dedicaba a saquear los cadáveres. Gevin Harlaw se arrodilló junto al pecho de uno de los caídos para cortarle un dedo y quitarle un anillo. «El precio del hierro. Mi señor padre le daría su aprobación.» Theon pensó en buscar los cuerpos de los dos hombres que había matado para ver si llevaban alguna joya decente, pero la sola idea le dejó un sabor amargo en la boca. Se imaginaba qué habría dicho Eddard Stark al respecto. Aquello lo puso más furioso todavía.
«Stark está muerto y pudriéndose, no tengo nada que ver con él», pensó.
El anciano Botley, al que llamaban Bigotes de Pez, estaba sentado sobre su botín con el ceño fruncido mientras sus tres hijos iban incrementando el montón. Uno de ellos estaba enzarzado en una pelea a empujones con un hombre grueso, un tal Todric, que se tambaleaba entre los cadáveres con un cuerno de cerveza en una mano y un hacha en la otra, envuelto en una capa de piel de zorro blanco apenas manchada por la sangre de su anterior propietario. «Borracho», decidió Theon al ver cómo bramaba. Se decía que los hombres del hierro de antaño iban a la batalla ebrios de sangre, tan enloquecidos que no sentían dolor ni temían a enemigo alguno, pero aquélla era una vulgar borrachera de cerveza.
—Wex, tráeme el arco y el carcaj. —El chico salió corriendo y le entregó las armas. Theon tensó el arco justo en el momento en que Todric derribaba al joven Botley y le tiraba la cerveza a los ojos. Bigotes de Pez se levantó entre maldiciones, pero Theon fue más rápido. Apuntó a la mano que sostenía el cuerno para realizar un disparo que daría mucho que hablar, pero Todric lo estropeó todo moviéndose hacia un lado justo en el momento en que soltaba la flecha, que fue a clavársele en el vientre.
Los saqueadores se detuvieron, atónitos. Theon bajó el arco.
—Dije que nada de borracheras, ni peleas por el botín. —Todric, de rodillas, agonizaba ruidosamente—. Botley, hazlo callar.
Bigotes de Pez y sus hijos se apresuraron a obedecer. Le cortaron el cuello a Todric mientras pateaba débilmente, y antes de que muriera ya le estaban quitando la ropa, los anillos y las armas.
«Ahora ya saben que cuando hablo, hablo en serio.» Lord Balon le había dado el mando, pero Theon sabía que, cuando lo miraban, buena parte de sus hombres sólo veían a un muchacho blando de las tierras verdes.
—¿Alguien más tiene sed? —Nadie respondió—. Bien.
Dio una patada al estandarte caído de Benfred, todavía en la mano muerta del escudero que lo llevaba. Bajo la bandera habían atado una piel de conejo. «¿Pieles de conejo? ¿Por qué?» Había tenido intención de preguntarlo, pero cuando recibió el salivazo en la cara se le olvidaron todas las cuestiones. Tiró el arco a Wex y se alejó a zancadas. Recordaba bien lo exultante que se había sentido tras la batalla del Bosque Susurrante, y no entendía por qué aquella victoria no tenía un sabor tan dulce.
«Tallhart, idiota prepotente de mierda, ni siquiera habías enviado un explorador de avanzadilla.»
Cuando se habían acercado por el camino iban bromeando, hasta cantando, bajo el estandarte ondeante de los tres árboles de Tallhart, y con estúpidas pieles de conejo atadas a las puntas de las lanzas. Los arqueros ocultos tras las aulagas pusieron fin a la canción con una lluvia de flechas, y el propio Theon saltó al frente de sus soldados para rematar la carnicería a golpe de daga, hacha y maza. Antes había ordenado que se respetara la vida del líder para poder interrogarlo.
Pero lo que no había esperado era que fuera Benfred Tallhart.
Cuando volvió a su Zorra marina, la marea arrastraba el cuerpo inerte de Benfred. Los mástiles de los barcoluengos se alzaban hacia el cielo a lo largo de la playa de guijarros. De la aldea de pescadores sólo quedaban unas cenizas frías que despedían un olor fétido bajo la lluvia. Habían pasado por la espada a todos los hombres excepto a unos pocos, a los que Theon permitió huir para que llevaran la noticia a la Ciudadela de Torrhen. Sus mujeres e hijas pasaron a ser esposas de sal, al menos las que eran jóvenes y hermosas. A las viejas y las feas se limitaron a violarlas y a matarlas, o bien a tomarlas como esclavas si tenían alguna habilidad útil y no parecían problemáticas.
Theon había planeado también aquel ataque, había llevado las naves a la orilla en la gélida oscuridad que precedía al amanecer, y saltó de la proa con un hacha de mango largo en la mano, para guiar a sus hombres hacia la aldea dormida. No le gustaba nada de aquello, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Su hermana, tres veces maldita fuera, navegaba en aquellos momentos hacia el norte a bordo de su Viento negro, sin duda para conseguirse un castillo. Lord Balon no había dejado que saliera de las Islas del Hierro ninguna noticia acerca de la flota que estaba reuniendo, y el sanguinario trabajo de Theon a todo lo largo de la Costa Pedregosa se atribuiría a barcos de saqueadores. Los norteños no se darían cuenta de la magnitud del peligro hasta que los martillos cayeran sobre Bosquespeso y Foso Cailin.
«Y cuando todo termine, cuando ganemos, se compondrán canciones en honor de esa zorra de Asha, y se olvidarán hasta de que estuve aquí.» Si él lo permitía, claro.
Dagmer Barbarrota estaba junto a las tallas de la proa de su barcoluengo, el Bebespuma. Theon le había asignado la misión de custodiar los barcos; de lo contrario los hombres habrían atribuido la victoria a Dagmer, y no a él. Cualquiera más susceptible lo habría considerado una afrenta, pero Barbarrota se limitó a echarse a reír.
—Hemos vencido —le gritó desde arriba—. Y aun así no sonríes, muchacho. Los vivos deberían sonreír, porque los muertos no pueden.
Sonrió él para mostrarle cómo se hacía. Era un espectáculo repugnante. Bajo la melena blanca como la nieve, Dagmer Barbarrota tenía la cicatriz más horrorosa que Theon había visto jamás, legado del hacha que estuvo a punto de matarlo cuando era niño. El golpe le había destrozado la mandíbula y los dientes delanteros, y lo había dejado con cuatro labios en vez de los dos habituales. Se ocultaba las mejillas y el cuello con una barba desaliñada, pero sobre la cicatriz no crecía el pelo, de manera que su rostro aparecía partido por una brillante costura de carne fruncida y retorcida, como una fisura en un campo nevado.
—Desde aquí se los oía cantar —comentó el viejo guerrero—. Era una canción bonita, y la cantaban con mucho valor.
—Cantaban mejor de lo que luchaban. Tanto habría dado que llevaran arpas en vez de lanzas, para lo que les ha servido...
—¿Cuántos hombres han muerto?
—¿Nuestros? —Theon se encogió de hombros—. Todric. Lo maté por emborracharse y pelearse por el botín.
—Hay hombres que nacen para que los maten.
Alguien con menos carácter que Dagmer habría tenido miedo de mostrar una sonrisa tan espantosa como aquélla, pero él sonreía más y con una sonrisa más amplia que la que había esbozado Lord Balon en toda su vida. Theon se la había visto a menudo cuando era niño, siempre que se subía a caballo trepando primero a un muro cubierto de musgo, o lanzaba el hacha y se iba a clavar en un blanco cuadrado. Se la había visto siempre que paraba un golpe de la espada de Dagmer, cuando atravesaba el ala de una gaviota con una flecha, cuando sujetaba la caña del timón y guiaba su barcoluengo con mano segura entre las rocas azotadas por la espuma. «Me ha sonreído más veces que mi padre y Eddard Stark juntos.» Y más veces incluso que Robb... sin duda se había merecido una sonrisa el día que salvó a Bran de los salvajes, pero en vez de eso se llevó una reprimenda, como si fuera un cocinero al que se le hubiera quemado el guiso.
—Tú y yo tenemos que hablar, tío —dijo Theon. Dagmer no era tío suyo de verdad, sólo un hombre leal a la familia por cuyas venas tal vez corriera una gota de sangre Greyjoy de hacía cuatro o cinco generaciones, y no precisamente sangre legítima. Pero, de todos modos, él siempre lo había llamado tío.
—Pues ven a mi cubierta.
Dagmer no iba a llamarlo «mi señor», y desde luego no desde la cubierta de su nave. En las Islas del Hierro, cada capitán era un rey a bordo de su barco. De cuatro largas zancadas subió a la plancha de la cubierta del Bebespuma, y Dagmer lo llevó al atiborrado camarote de popa. Una vez allí el anciano se sirvió un cuerno de cerveza amarga, y ofreció lo mismo a Theon. Éste lo rechazó.
—No hemos capturado suficientes caballos. Unos pocos sí, pero... en fin, me las tendré que arreglar con lo que hay. Cuantos menos hombres, mayor será la gloria.
—¿Y para qué necesitamos caballos? —Como la mayoría de los hombres del hierro, Dagmer prefería luchar a pie o desde la cubierta de un barco—. Esos animales no hacen más que cagar en las cubiertas y cruzarse en nuestro camino.
—Si navegamos, sí —reconoció Theon—. Pero tengo otro plan. —Observó al hombre con detenimiento para ver cómo se lo tomaba. Sin la ayuda de Barbarrota no tenía la menor posibilidad de triunfar. Aunque él estuviera al mando, los hombres no lo seguirían si tanto Dagmer como Aeron se oponían a sus planes, y el sacerdote de rostro amargado no lo apoyaría jamás.
—Tu señor padre nos encomendó la misión de asediar la costa, nada más.
Unos ojos claros como la espuma del mar escudriñaron a Theon desde debajo de las peludas cejas blancas. ¿Qué brillaba en ellos? ¿Desaprobación o interés? Pensó... esperó que fuera lo último.
—Tú eres leal a mi padre.
—El más leal. Como siempre.
«Orgullo —pensó Theon—. Es orgulloso, eso es lo que tengo que utilizar, su orgullo será la clave.»
—En las Islas del Hierro no hay otro hombre tan hábil como tú en el manejo de la lanza y la espada.
—Has estado fuera mucho tiempo, muchacho. Era así cuando te fuiste, pero he envejecido al servicio de Lord Greyjoy. Ahora los bardos cantan las hazañas de Andrik, dicen que es el mejor. Lo llaman Andrik el Taciturno. Es un gigante. Sirve a Lord Drumm, en el Viejo Wyck. Y Lorren el Negro y Qarl la Doncella son casi igual de temibles.
—Ese tal Andrik será un gran guerrero, pero los hombres no lo temen como te temen a ti.
—Sí, así es —asintió Dagmer. Los dedos con que sostenía el cuerno de bebida estaban cargados de anillos de oro, plata y bronce, adornados con trozos de zafiro, granate y vidriagón. Theon sabía que había pagado el precio del hierro por cada uno de ellos.
—Si yo tuviera a mi servicio a un hombre como tú, no desperdiciaría sus esfuerzos en esta chiquillada de asaltos e incendios. Esto no es trabajo para el hombre más fiel a Lord Balon...
La sonrisa de Dagmer le retorció los labios y dejó al descubierto las astillas marrones de los dientes.
—¿Ni para su hijo legítimo? —Rió—. Te conozco demasiado bien, Theon. Te vi dar los primeros pasos, te ayudé a tensar tu primer arco... No soy yo quien se siente desperdiciado.
—Por derecho me correspondía a mí el mando que tiene mi hermana —reconoció, aunque era consciente de lo infantil que sonaba su queja.
—Te lo estás tomando demasiado a pecho, muchacho. Lo único que pasa es que tu señor padre no te conoce. Tus hermanos murieron, a ti se te llevaron los lobos, de manera que tu hermana era su único solaz. Aprendió a confiar en ella, y Asha nunca le ha fallado.
—Tampoco yo. Los Stark reconocían mi valía. Brynden el Pez Negro me eligió personalmente como explorador, y estuve en la primera línea de ataque en el Bosque Susurrante. Me faltó esto para cruzar espadas con el propio Matarreyes. —Theon separó las manos medio metro para mostrar la distancia—. Daryn Hornwood se interpuso entre nosotros, y por eso murió.
—¿Por qué me cuentas esas cosas? —preguntó Dagmer—. Yo fui quien te puso en las manos la primera espada. Sé que no eres ningún cobarde.
—¿Lo sabe mi padre?
El anciano guerrero hizo un gesto, como si acabara de morder algo y no le gustara su sabor.
—Es que... Theon, el Chico Lobo es tu amigo, y esos Stark te retuvieron durante diez años.
—No soy un Stark. —«De eso se encargó Lord Eddard»—. Soy un Greyjoy, y pienso convertirme en el heredero de mi padre. ¿Cómo podré hacerlo si no se me da ocasión de demostrar mi valía con una gran hazaña?
—Eres joven. Habrá otras guerras, podrás acometer tus hazañas. Por ahora se nos ha ordenado que saqueemos la Costa Pedregosa.
—Que se encargue de eso mi tío Aeron. Le daré seis barcos, todos menos el Bebespuma y el Zorra marina; que ataque cuanto quiera y ahogue a quien le dé la gana para honrar a su dios.
—Te pusieron al mando a ti, no a Aeron Pelomojado.
—¿Qué importa, mientras los ataques se lleven a cabo? Ningún sacerdote puede hacer lo que yo tengo en mente, ni lo que pido de ti. Lo que quiero es algo que únicamente Dagmer Barbarrota puede hacer.
Dagmer bebió un largo trago del cuerno.
—Cuéntame.
«Lo he tentado —pensó Theon—. Esta misión de rapiña le gusta tan poco como a mí.»
—Si mi hermana puede tomar un castillo, yo también.
—Asha tiene cuatro o cinco veces más hombres que nosotros.
Theon se permitió esbozar una sonrisa astuta.
—Pero nosotros tenemos cuatro o cinco veces más cerebro, y cuatro o cinco veces más valor.
—Tu padre...
—Me dará las gracias cuando ponga el reino en sus manos. Pienso realizar una hazaña que los bardos cantarán durante mil años.
Sabía que aquello haría pensar a Dagmer. Un bardo había compuesto una canción acerca del hacha que le partió la mandíbula en dos, y al anciano le encantaba escucharla. Siempre que tomaba una copa de más pedía a gritos canciones de saqueo, sonoras y tormentosas, que hablaban de héroes muertos y hazañas de valor ciego. «Tiene el pelo blanco y los dientes podridos, pero aún quiere saborear la gloria.»
—¿Y qué papel desempeño yo en tu plan, muchacho? —preguntó Dagmer Barbarrota tras un largo silencio.
Y Theon supo que había vencido.
—Infundirás terror en el corazón del enemigo como sólo puede hacerlo alguien con tu nombre. Guiarás al grueso de nuestras fuerzas contra la Ciudadela de Torrhen. Helman Tallhart se ha llevado a sus mejores hombres al sur, y Benfred ha muerto aquí junto con sus hijos. El único que quedará es su tío Leobald, con una pequeña guarnición. —«Si hubiera tenido tiempo de interrogar a Benfred sabría cuánto de pequeña»—. Que tu aproximación no sea ningún secreto. Canta todas esas canciones que te gustan. Quiero que cierren sus puertas.
—¿La Ciudadela de Torrhen es una fortaleza resistente?
—Bastante. Los muros son de piedra, de diez metros de altura, hay torres cuadradas en todas las esquinas y un torreón en el centro.
—A los muros de piedra no se les puede prender fuego. ¿Cómo vamos a tomar ese lugar? No tenemos hombres ni para tomar un castillo pequeño.
—Acamparás junto a sus murallas y construirás catapultas y máquinas de asedio.
—Ésas no son las antiguas costumbres. ¿Acaso lo has olvidado? Los hombres del hierro luchan con espadas y hachas, no tiran rocas. No se gana gloria matando de hambre al enemigo.
—Eso Leobald no lo sabe. Cuando os vea construir torres de asedio se le helará la sangre en las venas y pedirá ayuda a gritos. Detén a tus arqueros, tío, deja que vuele el cuervo. El castellano de Invernalia es un hombre de gran valor, pero la edad le ha entumecido el cerebro, no sólo los miembros. Cuando sepa que uno de los vasallos de su rey sufre asedio por parte del temible Dagmer Barbarrota, convocará a todos sus hombres y cabalgará en ayuda de Tallhart. Es su deber. Y Ser Rodrik siempre cumple con su deber.
—Reúna a los hombres que reúna, serán más que los que yo tendré —dijo Dagmer—. Y esos ancianos caballeros son más astutos de lo que crees, si no, no habrían vivido hasta tener el pelo gris. Quieres iniciar una batalla que no podemos ganar, Theon. Esa Ciudadela de Torrhen no caerá jamás.
Theon sonrió.
—No es la Ciudadela de Torrhen lo que quiero tomar.

ARYA

La confusión y el estruendo dominaban el castillo. Los hombres se subían a los carromatos para cargar barriles de vino, sacos de harina y haces de flechas recién emplumadas. Los herreros enderezaban las espadas, arreglaban las melladuras de las corazas y herraban tanto caballos de batalla como mulas de tiro. Metían las cotas de malla en barriles de arena y los hacían rodar por la superficie desigual del Patio de la Piedra Líquida para limpiarlas. Las mujeres de Weese tenían que remendar veinte capas y lavar otras cien más. Hombres de noble cuna y de baja estirpe rezaban apretados en el sept. Al otro lado de los muros se desmontaban las tiendas y pabellones. Los escuderos arrojaban cubos de agua en las hogueras para cocinar, mientras los soldados sacaban las piedras de amolar para dar un poco más de filo a sus armas. El sonido era una marea que lo engullía todo: los caballos piafaban y relinchaban, los señores gritaban órdenes, los soldados se maldecían unos a otros, los seguidores del campamento reñían entre ellos...
Lord Tywin se ponía en marcha por fin.
Ser Addam Marbrand fue el primero de los capitanes en partir, un día antes que los demás. Ofrecía un aspecto muy gallardo a lomos de un brioso corcel alazán con crines del mismo tono cobrizo que la cabellera del propio Ser Addam, que le caía sobre los hombros. La armadura del caballo tenía jaeces y gualdrapas color bronce, a juego con la capa del jinete, y lucían también el blasón del árbol en llamas. Algunas mujeres del castillo sollozaron al verlo partir. Weese dijo que era un gran jinete, un gran espadachín también, y el comandante más valeroso al servicio de Lord Tywin.
«Ojalá se muera —pensó Arya al verlo salir por la puerta, seguido por sus hombres en una formación de doble columna—. Ojalá se mueran todos.» Sabía que iban a luchar contra Robb. Por los comentarios que escuchaba mientras hacía su trabajo, Arya había averiguado que Robb había conseguido una gran victoria en el oeste. Unos decían que había quemado Lannisport hasta los cimientos, o tal vez tenía intención de hacerlo. Que había capturado Roca Casterly y pasado a todos por la espada, o que estaba sitiando el Colmillo Dorado... Lo único seguro es que había pasado algo importante.
Weese la tuvo llevando recados desde el amanecer hasta la noche. Para algunos hasta tuvo que salir más allá de las murallas del castillo, al barrizal y la demencia del campamento.
«Ahora podría escapar —pensó cuando un carromato pasó junto a ella—. Podría subirme a un carromato y esconderme, o juntarme con los seguidores del campamento, nadie me lo impediría.» Lo habría hecho de no ser por Weese. Les había dicho más de una vez qué haría con cualquiera que intentara escapar de él.
—Nada de palizas, no, nada de eso. No os pondré un dedo encima. Eso se lo dejaré a Qohorik, para que os enteréis. Sí, se lo dejaré al Lisiador. Se llama Vargo Hoat, y cuando vuelva os cortará los pies.
«Pero si Weese estuviera muerto...», pensó Arya. Aunque no lo pensaba cuando estaba cerca de él, porque cuando Weese miraba, adivinaba los pensamientos, siempre lo decía.
Weese no podía ni imaginar que supiera leer, así que no se molestaba en sellar los mensajes que le entregaba. Arya los miraba todos, aunque nunca contenían nada de importancia, únicamente tonterías sobre enviar tal carro al granero y tal otro a la armería. Uno era la exigencia del pago de una deuda de juego, pero el caballero al que se lo dio sí que no sabía leer. Cuando le explicó qué decía, trató de golpearla, pero Arya esquivó el golpe, agarró un cuerno de beber con refuerzos de plata que colgaba de su silla de montar y escapó corriendo. El caballero la persiguió dando rugidos, pero ella se escurrió entre dos carromatos, se abrió paso entre un numeroso grupo de arqueros, y saltó una zanja de las letrinas. El hombre, con su armadura, no pudo seguirla. Cuando entregó el cuerno a Weese éste le dijo que Comadreja era una muchachita muy lista y que se merecía una recompensa.
—Le he echado el ojo a un capón bien gordo para cenar esta noche. Lo compartiremos, ¿eh? ¿A que te apetece?
Fuera adonde fuera, Arya buscaba siempre a Jaqen H'ghar, con intención de susurrarle otro nombre antes de que los que odiaba estuvieran lejos de su alcance, pero entre el caos y la confusión no había manera de dar con el mercenario lorathi. Aún le debía dos muertes, y le preocupaba que no se las pagara si partía a la batalla junto con los demás. Por fin reunió valor para preguntar a uno de los guardias de la puerta si ya había partido.
—Es uno de los hombres de Lorch, ¿no? —dijo—. Entonces no se irá de aquí. Su señoría ha nombrado a Ser Amory castellano de Harrenhal. Ese grupo se quedará para defender el castillo. Los Titiriteros Sangrientos se quedan también, se encargarán de forrajear. Esa cabra de Vargo Hoat está echando chispas, Lorch y él siempre se han odiado a muerte.
Pero la Montaña sí que iba a marcharse con Lord Tywin. Estaría al mando de la vanguardia durante la batalla, lo que significaba que Dunsen, Polliver y Raff se le escaparían de las manos a menos que encontrara a Jaqen y le hiciera matar a uno antes de que se marcharan.
—Comadreja —le dijo Weese aquella tarde—, ve a la armería y dile a Lucan que Ser Lyonel se ha hecho una melladura en la espada durante el entrenamiento y necesita un arma nueva. Éste es su sello. —Le dio un trozo de papel—. Que se dé prisa, tiene que partir con Ser Kevan Lannister.
Arya cogió el papel y salió corriendo. La armería estaba junto a la herrería del castillo, una edificación larga y alta en forma de túnel, con veinte forjas adosadas a las paredes y grandes pilones de piedra llenos de agua para templar el acero. Cuando llegó estaban funcionando la mitad de las forjas. Las paredes resonaban con el ruido de los martillos, y los hombres corpulentos con delantales de cuero sudaban en el intenso calor, inclinados sobre yunques y fuelles. Divisó a Gendry, con el pecho desnudo brillante de sudor, pero con la misma mirada terca de siempre en los ojos azules bajo el espeso pelo negro. Arya no sabía si quería hablar con él. Los habían atrapado por su culpa.
—¿Quién es Lucan? —le preguntó—. Tengo que pedirle una espada nueva para Ser Lyonel.
—Olvídate de Ser Lyonel. —La cogió por un brazo y se la llevó aparte—. Anoche Pastel Caliente me preguntó si yo te había oído gritar «Invernalia» en la fortaleza, cuando peleamos en la cima de la muralla.
—No grité nada.
—Sí que gritaste. Yo también te oí.
—Todo el mundo gritaba tonterías —protestó Arya, a la defensiva—. Pastel Caliente chillaba «Pastel Caliente». Lo gritó cien veces por lo menos.
—Lo que importa es lo que gritaste tú. Le dije a Pastel Caliente que se limpiara la cera de las orejas, que lo que gritabas era «¡Represalia!». Así que si te pregunta más vale que digas lo mismo.
—Vale —respondió, aunque le parecía que lo de gritar «represalia» era una tontería.
No se atrevía a contarle a Pastel Caliente quién era en realidad. «A lo mejor debería susurrarle su nombre a Jaqen.»
—Iré a buscar a Lucan —dijo Gendry.
Lucan examinó el mensaje con un gruñido (aunque a Arya le pareció que no sabía leer), y sacó una espada larga muy pesada.
—Es demasiado buena para semejante mentecato, díselo de mi parte —bufó al tiempo que se la entregaba.
—Así lo haré —mintió. Si se le ocurría decir semejante cosa, Weese la mataría a palos. Si Lucan quería insultar a alguien, que lo hiciera en persona.
La espada larga era mucho más pesada que Aguja, pero a Arya le gustó su tacto. El peso del acero entre las manos la hacía sentir más fuerte. «Puede que no sea aún una danzarina del agua, pero tampoco soy un ratón. Los ratones no saben manejar la espada, y yo sí.» Las puertas estaban abiertas y los soldados entraban y salían, las carretas iban vacías en una dirección y luego crujían bajo el peso de su carga al desandar el camino. Se le ocurrió que podría ir a los establos y decirles que Ser Lyonel quería un caballo nuevo. Tenía el papel, y los mozos de cuadras no sabrían leer, igual que Lucan. «Podría coger el caballo y la espada y marcharme. Si los guardias intentaran detenerme les enseñaría el papel y diría que se lo llevaba todo a Ser Lyonel.» Pero no tenía ni idea de cómo era Ser Lyonel ni dónde estaba. Si la interrogaban se darían cuenta, y entonces Weese... Weese...
Se mordió el labio y trató de no pensar en qué sentiría uno cuando le cortaban los pies. Pasó junto a un grupo de arqueros con jubones de cuero y yelmos de hierro, que llevaban los arcos colgados del hombro. Arya alcanzó a oír fragmentos de su conversación.
—... gigantes, de verdad os lo digo, tiene unos gigantes de siete metros que vienen del otro lado del Muro y lo siguen como perros...
—... antinatural aquella manera de caer sobre ellos, y en medio de la noche. Es más lobo que hombre, igual que todos los Stark...
—Me cago en los lobos y en los gigantes, ese mocoso se mearía encima si supiera que vamos a por él. No fue hombre para marchar contra Harrenhal, ¿no? Se fue en dirección contraria, ¿no? Pues ahora huiría si supiera lo que le conviene.
—Eso dices tú, pero igual el chico sabe algo que nosotros no, igual los que deberíamos huir somos nosotros...
«Sí —pensó Arya—, sí, sois vosotros los que deberíais huir, vosotros, y Lord Tywin, y la Montaña, y Ser Addam, y Ser Amory, y ese estúpido de Ser Lyonel, sea quien sea, más os valdría huir o mi hermano os matará a todos; es un Stark, es más lobo que hombre, igual que yo.»
—Comadreja. —La voz de Weese restalló como un látigo. No lo había visto acercarse, pero de repente se encontró delante de él—. Dame eso. Has tardado mucho. —Le quitó la espada de las manos y le asestó una bofetada de revés—. La próxima vez date más prisa.
Había vuelto a ser un lobo durante un instante, pero la bofetada de Weese se lo arrebató todo, y sólo le dejó el regusto de su sangre en la boca. La bofetada había hecho que se mordiera la lengua. Cuánto odiaba a aquel hombre.
—¿Quieres que te dé otra? —preguntó airadamente—. Mira que no me cuesta nada. No te pienso aguantar esas miradas insolentes. Baja a la destilería y dile a Tuffleberry que tengo dos docenas de barriles para él, pero más vale que envíe a alguien a buscarlos o se los daré a otro que los necesite más. —Arya echó a andar, pero no lo suficientemente deprisa para el gusto de Weese—. ¡Más vale que corras si quieres cenar esta noche! —le gritó, al parecer olvidadas ya sus promesas de un capón gordo—. ¡Y no te vuelvas a perder o te juro que te doy una paliza!
«No —pensó Arya—. No volverás a darme ninguna paliza.» Pero corrió. Los antiguos dioses del norte debían de guiar sus pasos. A medio camino de la destilería, cuando pasaba bajo un puente de piedra que enlazaba la Torre de la Viuda con la Pira Real, oyó unas risas ásperas. Rorge dobló la esquina con otros tres hombres, todos con el blasón de la manticora de Ser Amory bordado sobre el pecho. Al verla, se detuvo y sonrió mostrando los dientes marrones y torcidos bajo la solapa de cuero con la que se cubría el rostro.
—Vaya, pero si es la putita de Yoren —dijo—. Ya sabemos para qué te quería ese cabrón de negro en el Muro, ¿eh? —Rió de nuevo, y los demás corearon sus carcajadas—. ¿Dónde tienes ahora el palo aquél? —preguntó Rorge de repente. Su sonrisa había desaparecido tan deprisa como apareció—. Ya te dije que te lo iba a meter por el culo. —Dijo un paso hacia ella. Arya retrocedió—. Vaya, ahora que no estoy encadenado ya no eres tan valiente, ¿eh?
—Yo os salvé. —Mantuvo una buena distancia entre ellos, preparada para huir, rápida como una serpiente, si intentaba agarrarla.
—Y en prueba de gratitud te lo meteré dos veces. ¿A Yoren qué le gustaba, follarte por el coño o por ese culito prieto?
—Estoy buscando a Jaqen —dijo—. Tengo un mensaje para él.
Rorge se detuvo. Algo brilló en sus ojos... ¿sería posible que tuviera miedo de Jaqen H'ghar?
—En los baños. Fuera de mi camino.
Arya se dio media vuelta y salió corriendo veloz como un ciervo, volando sobre los guijarros hasta que estuvo al lado de los baños. Jaqen estaba sumergido en una bañera, rodeado de vapor, mientras una criada le echaba agua caliente por encima de la cabeza. La larga cabellera, roja por un lado y blanca por el otro, le caía sobre los hombros húmeda y pesada.
Se acercó silenciosa como una sombra, pero él abrió los ojos.
—La chica camina con pasitos de ratón —dijo—, pero uno oye.
«¿Cómo me ha podido oír?», se preguntó, y pareció como si también eso lo oyera.
—El sonido del cuero contra la piedra canta más alto que un cuerno de guerra para uno con los oídos atentos. La niña lista va descalza.
—Traigo un mensaje. —Arya miró con inseguridad a la sirvienta. Al ver que no se iba a marchar, se inclinó hasta que casi rozó con los labios la oreja del hombre—. Weese —susurró.
Jaqen H'ghar volvió a cerrar los ojos y flotó lánguido, medio dormido.
—Di a su señoría que uno irá a presentarle sus respetos en cuanto sea posible. —Movió la mano tan de repente que la salpicó de agua caliente, y Arya tuvo que dar un salto atrás para no quedar empapada.
Cuando le dijo a Tuffleberry lo que Weese le había encargado, el cervecero lo maldijo a gritos.
—Ya puedes ir a decirle a Weese que mis muchachos tienen mucho que hacer aquí, y dile a ese cabrón picado de viruelas que los siete infiernos se helarán antes de que le dé otro cuerno de mi cerveza. Que quiero los barriles aquí antes de una hora o esto llegará a oídos de Lord Tywin, vaya si llegará.
Weese también prorrumpió en maldiciones cuando Arya le llevó la respuesta, aunque omitió la parte del cabrón picado de viruelas. Gritó y amenazó, pero al final reunió a seis hombres y de mala gana los envió a llevar los barriles a la cervecería.
Aquella noche la cena consistió en un guiso aguado de centeno, cebolla y zanahorias, con un trozo de pan moreno que estaba duro. Una de las mujeres se estaba acostando en la cama de Weese, así que a ella le dieron también un trozo de queso azul y un ala del capón del que Weese había hablado aquella mañana. El resto se lo comió él solo. La grasa le corría en un hilillo brillante por las espinillas que tenía en la comisura de la boca. Ya casi se había terminado el ave cuando alzó la vista y vio que Arya lo estaba mirando.
—Ven aquí, Comadreja.
Aún quedaban unos bocados de carne roja en uno de los muslos. «Se le había olvidado, pero ahora se ha acordado.» Casi se sintió mal por haberle dicho a Jaqen que lo matara. Se levantó del banco y acudió junto a la mesa.
—He visto que me estabas mirando. —Weese se limpió los dedos en su vestido. Luego la agarró por el cuello con una mano y la abofeteó con la otra—. ¿Qué te he dicho? —Le dio otra bofetada, ésta de revés—. Como me vuelvas a mirar con esos ojos te saco uno y se lo echo de comer a mi perra. —La tiró al suelo de un empujón. El dobladillo se le enganchó con un clavo suelto del banco y se le desgarró—. Eso lo tendrás que remendar antes de acostarte —anunció Weese al tiempo que se comía el último trozo de capón. Cuando terminó, se chupó los dedos con un ruidoso sorbetón, y echó los huesos a la perra de piel con manchas.
—Weese —susurró Arya aquella noche, mientras cosía el desgarrón del vestido—. Dunsen, Polliver, Raff el Dulce —siguió, un nombre con cada puntada de la aguja de hueso en la lana sin teñir—. Cosquillas y el Perro. Ser Gregor, Ser Amory, Ser Ilyn, Ser Meryn, el rey Joffrey, la reina Cersei. —Se preguntó cuánto tiempo más tendría que incluir a Weese en su plegaria, y se dejó llevar por el cansancio. Cuando se quedó dormida soñó que por la mañana, al despertarse, Weese ya había muerto.
Pero lo que la despertó fue un puntapié de la bota de Weese, como de costumbre. Mientras desayunaban un poco de avena les dijo que el grueso de las fuerzas de Lord Tywin saldría aquel día del castillo.
—Ni penséis que las cosas os van a resultar más sencillas mientras no esté mi señor de Lannister —les advirtió—. El castillo no es más pequeño, y habrá menos manos para ocuparse de todo. Sois una panda de holgazanes, pero ahora vais a enteraros de lo que es trabajar duro, vaya que sí.
«No serás tú quien nos lo enseñe.» Arya mordió una galleta de avena. Weese la miró con el ceño fruncido, como si oliera su secreto. Ella bajó la vista rápidamente hacia la comida y no se atrevió a volver a levantar los ojos.
Una luz blanquecina iluminaba ya el patio cuando Lord Tywin Lannister partió de Harrenhal. Arya lo vio salir desde una ventana arqueada, en medio de la Torre Aullante. El corcel de batalla del señor llevaba una manta de escamas esmaltadas en color escarlata, y testera y capizana doradas; Lord Tywin lucía una gruesa capa de armiño. Su hermano, Ser Kevan, tenía un aspecto también espléndido. Los precedían nada menos que cuatro portaestandartes, con los inmensos blasones escarlata en los que se veía el león dorado. Detrás de los Lannister iban grandes señores y capitanes. Sus estandartes ondeaban al viento en colorida procesión: buey rojo y montaña dorada, unicornio púrpura y gallo, oso pinto y tejón, hurón plateado y malabarista de traje multicolor, estrellas y rayos de sol, pavo real y pantera, cheurón y daga, capucha negra, escarabajo azul, flecha verde...
El último de todos era Ser Gregor Clegane, con su armadura gris plateada, a lomos de un caballo de batalla tan malhumorado como su jinete. Junto a él cabalgaba Polliver, con el estandarte del perro negro en la mano y el casco astado de Gendry en la cabeza. Era alto, pero cuando cabalgaba a la sombra de su señor no parecía más que un muchachito.
Al verlos pasar bajo el gran rastrillo de hierro de Harrenhal, Arya sintió un escalofrío que le recorría la espalda. De pronto se dio cuenta de que había cometido un espantoso error. «Soy una idiota», pensó. Weese no tenía importancia, al igual que Chiswyck. Aquéllos eran los hombres que importaban, a ésos habría debido matar. La noche anterior podría haber susurrado un nombre cualquiera para condenarlo a muerte, pero estaba tan enfadada con Weese por golpearla y mentirle acerca del capón... «Lord Tywin, ¿por qué no dije Lord Tywin?»
Tal vez no fuera demasiado tarde para cambiar de opinión. Weese aún no estaba muerto. Si encontraba a Jaqen y le decía...
Arya bajó corriendo por las escaleras de caracol, olvidando las tareas que tenía que hacer. Oyó el tintineo de las cadenas a medida que el rastrillo bajaba muy despacio y sus púas se hundían profundas en el suelo... y luego otro sonido, un grito de miedo y dolor.
Una docena de personas llegaron antes que ella, aunque ninguna se acercó demasiado. Arya se escurrió entre ellas para ver mejor. Weese estaba tirado en el suelo de piedra, con la garganta destrozada, los ojos muy abiertos que miraban sin ver las nubes grises del cielo. Su espantosa perra moteada le había puesto las patas sobre el pecho y lamía la sangre que brotaba palpitante del cuello, y de cuando en cuando arrancaba un trozo de carne del rostro del cadáver.
Por fin alguien fue a buscar una ballesta y mató a la perra en el momento en que arrancaba una de las orejas de Weese.
—Qué cosa más rara —oyó decir a un hombre—. Si tenía a esa perra desde que era una cachorrita.
—Este lugar está maldito —dijo el hombre de la ballesta.
—Es el fantasma de Harren, os lo digo yo —intervino el ama Amabel—. No pienso dormir aquí ni una noche más.
Arya levantó la vista de los cadáveres del hombre y del perro. Jaqen H'ghar estaba recostado contra una pared de la Torre Aullante. Al encontrarse con su mirada, alzó una mano con gesto indolente y se puso dos dedos en la mejilla.

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