domingo, 3 de julio de 2011

Juego de Tronos parte 4


BRAN

Estaba cayendo una ligera nevada. Bran sentía en las mejillas los copos, que se deshacían en la más suave de las lluvias en cuanto le llegaban a la piel. Se irguió en el caballo y observó cómo levantaban el rastrillo. Por mucho que intentara mantener la calma, el corazón le revoloteaba como una mariposa en el pecho.
—¿Preparado? —preguntó Robb. Bran asintió, tratando de que no se le notara el miedo. No había salido de Invernalia desde la caída, pero estaba decidido a cabalgar con tanto orgullo como cualquier caballero—. Entonces, adelante. —Robb clavó los talones a su gran capón gris y blanco, y el caballo trotó bajo el rastrillo.
—Vamos —susurró Bran a su montura. Rozó ligeramente el cuello de la potranca castaña, que echó a andar. Bran la había llamado Bailarina. Tenía dos años, y según Joseth era más lista que ningún otro caballo. La habían entrenado especialmente para que respondiera a las riendas, a la voz y a los toques. Hasta entonces Bran sólo la había montado por el patio. Al principio Hodor o Joseth la guiaban, con Bran asegurado con cinturones a la silla de gran tamaño que había dibujado el Gnomo, pero en los quince últimos días la había montado solo. Había ido al paso, al trote, en círculos, y cada vez se volvía más audaz.
Pasaron junto a la caseta del guardabarrera, cruzaron el puente levadizo y salieron al exterior. Verano y Viento Gris trotaban junto a ellos sin dejar de olfatear el aire. Los seguía Theon Greyjoy, con un arco largo y un carcaj lleno de flechas; les había contado que tenía intención de abatir un ciervo. Tras él iban cuatro guardias con cotas de mallas y cascos, y Joseth, un mozo de cuadras flaco al que Robb había nombrado caballerizo mayor durante la ausencia de Hullen. El maestre Luwin, montado en un asno, cerraba la marcha. A Bran le habría gustado más ir a solas con Robb, pero Hal Mollen no lo permitió, y el maestre Luwin respaldaba su opinión. Quería estar cerca si Bran se caía del caballo, o se hacía daño.
Más allá del castillo estaba la plaza del mercado, con los tenderetes de madera desiertos en aquel momento. Cabalgaron por las calles embarradas del pueblo, pasando junto a hileras de pulcras casitas de troncos y piedra vista. Sólo una de cada cinco tenía habitantes, y en ésas las chimeneas dejaban escapar finos tentáculos de humo. El resto se irían ocupando a medida que hiciera más frío. Según la Vieja Tata, cuando cayera la nieve y los vientos gélidos soplaran del norte, los granjeros abandonarían los campos helados, cargarían sus carromatos y la ciudad invernal cobraría vida. Bran nunca lo había visto, pero según el maestre Luwin el momento estaba cada vez más cerca. El fin del largo verano se avecinaba. «Se acerca el Invierno.»
Unos cuantos aldeanos miraron con temor a los lobos huargos que acompañaban a los jinetes, un hombre se sobresaltó tanto que incluso dejó caer la brazada de leña que llevaba, pero la mayor parte del pueblo se había acostumbrado ya a ellos. Al ver a los muchachos, hincaron una rodilla en tierra, y Robb los saludó de uno en uno con gesto de gran señor.
No podía asegurarse con las piernas, de manera que el vaivén del caballo hacía sentir inseguro a Bran al principio, pero la gran silla de montar, con cabeza gruesa y respaldo alto, resultaba muy cómoda, y los cinturones que llevaba en torno al pecho y a los muslos impedirían que se cayera. Al cabo de un rato, el ritmo empezó a parecerle casi natural. Poco a poco fue desapareciendo la ansiedad y hasta se atrevió a esbozar una sonrisa.
Bajo el cartel del Leño Humeante, la cervecería de la aldea, había dos mozas. Theon Greyjoy las llamó, y la más joven se sonrojó y se cubrió el rostro con las manos. Theon espoleó su caballo para situarlo junto al de Robb.
—La dulce Kyra —dijo con una carcajada—. En la cama se retuerce como una comadreja, pero si le dices una sola palabra en la calle se pone roja como una doncella. ¿Te he contado alguna vez la noche en que Bessa y ella...?
—Delante de mi hermano, no, Theon —le advirtió Robb, mirando a Bran de soslayo.
Bran hizo como si no hubiera oído nada, pero sintió los ojos de Greyjoy clavados en él. Seguro que estaba sonriendo. Sonreía mucho, como si el mundo entero fuera un chiste y sólo él lo entendiera. Por lo visto Robb admiraba a Theon y le gustaba estar con él, pero a Bran nunca le había caído bien el pupilo de su padre.
—Lo estás haciendo muy bien, Bran —le dijo Robb acercándose a él.
—Quiero ir más deprisa —respondió el niño.
—Como quieras. —Robb sonrió.
Puso su capón al trote. Los lobos corrieron tras él. Bran hizo restallar las riendas con un golpe seco, y Bailarina aceleró el paso. Oyó el grito de Theon Greyjoy, y los cascos de los otros caballos a su espalda.
La capa de Bran ondeaba al viento, y la nieve le azotaba el rostro. Robb estaba mucho más adelante, de cuando en cuando echaba un vistazo por encima del hombro para asegurarse de que Bran y los demás lo seguían. Sacudió las riendas de nuevo. Bailarina, suave como la seda, se puso al galope. La distancia se redujo. Cuando alcanzó a Robb, en las lindes del Bosque de los Lobos, a tres kilómetros de la ciudad invernal, los demás habían quedado muy atrás.
—¡Puedo cabalgar! —gritó Bran con una sonrisa. Era casi tan delicioso como volar.
—Te echaría una carrera, pero me da miedo que me ganes. —Robb hablaba en tono ligero y jocoso, pero Bran sabía que, bajo la sonrisa de su hermano, había cierta preocupación.
—No quiero echar carreras. —Buscó a los lobos huargos con la mirada; los dos habían desaparecido en el bosque—. ¿Oíste cómo aullaba Verano anoche?
Viento Gris también estaba inquieto —asintió Robb. Tenía el cabello castaño demasiado largo y revuelto, y la pelusa gris que le cubría la mandíbula le hacía aparentar más de quince años—. A veces tengo la sensación de que saben cosas... sienten cosas... —Suspiró—. Nunca sé qué debo contarte y qué no, Bran. Ojalá fueras mayor.
—¡Ya tengo ocho años! —replicó Bran—. Ocho años es menos que quince, pero no mucho, y después de ti soy el heredero de Invernalia.
—Es verdad. —Robb parecía triste, y hasta un poco asustado—. Tengo que decirte una cosa, Bran. Anoche llegó un pájaro. Venía de Desembarco del Rey. El maestre Luwin me despertó.
Bran sintió un ramalazo de temor. «Alas negras, palabras negras», decía siempre la Vieja Tata, y en los últimos tiempos los cuervos mensajeros le daban la razón. Cuando Robb escribió al Lord Comandante de la Guardia de la Noche, el pájaro volvió con la noticia de que el tío Benjen seguía desaparecido. Luego llegó un mensaje del Nido de Águilas, de su madre, y tampoco eran buenas noticias. No decía cuándo iba a regresar, sólo que había cogido prisionero al Gnomo. A Bran le caía bien el hombre pequeño, pero el nombre de los Lannister le daba escalofríos. Había algo relativo a ellos, algo que debía recordar, pero cada vez que lo intentaba le entraban mareos y se le encogía el estómago. Robb se pasó el día entero encerrado tras sus puertas, reunido con el maestre Luwin, Theon Greyjoy y Hallis Mollen. Después partieron caballos con las órdenes de Robb para todo el norte. Bran oyó hablar de Foso Cailin, la antigua fortaleza que los primeros hombres habían construido en la cima del Cuello. Nadie le contaba qué pasaba, pero sabía que no podía ser nada bueno.
Y ahora otro cuervo, otro mensaje. Bran se aferró a la esperanza.
—¿Lo enviaba madre? ¿Dice cuándo va a volver?
—Era un mensaje de Alyn, en Desembarco del Rey. Jory Cassel ha muerto. Wyl y Heward también. Los asesinó el Matarreyes. —Robb alzó el rostro hacia la nieve, los copos se le derritieron en las mejillas—. Los dioses los acojan en su seno.
Bran no sabía qué decir. Se sentía como si le hubieran quitado el aliento de un puñetazo. Jory había sido capitán de la guardia de Invernalia desde antes de que él naciera.
—¿Han matado a Jory? —Se acordó de todas las veces en que Jory lo había perseguido por los tejados. Lo veía claramente, cruzando el patio a zancadas, vestido con su cota de mallas, sentado en su lugar habitual del Salón Principal, bromeando mientras comía—. ¿Por qué querría nadie matar a Jory?
—No lo sé. —Robb sacudió la cabeza, se le veía el dolor en los ojos—. Y... y eso no es lo peor, Bran. Durante la pelea, el caballo de padre cayó y lo pilló debajo. Alyn dice que tiene la pierna destrozada, y... maestre Pycelle le ha dado la leche de la amapola, pero no saben bien cuándo... cuándo... —Oyó cascos de caballos que le hicieron mirar camino abajo, hacia el punto por donde se acercaban Theon y los demás—. No saben cuándo despertará —terminó. Se llevó una mano al pomo de la espada, y prosiguió con la voz solemne de Robb el Señor—. Te prometo, Bran, que pase lo que pase, no olvidaré esto.
Tenía algo en la voz que hizo que Bran sintiera aún más miedo.
—¿Qué harás? —preguntó en el momento en que Theon Greyjoy tiraba de las riendas junto a ellos.
—Theon cree que debería llamar a los vasallos —dijo Robb.
—Sangre por sangre. —Theon Greyjoy no sonreía, para variar. Se le veía una mirada hambrienta en el rostro fino y moreno, y el pelo oscuro le caía sobre los ojos.
—Sólo el señor puede llamar a los vasallos —dijo Bran. La nieve empezaba a arremolinarse en torno a ellos.
—Si tu padre muere, Robb será el señor de Invernalia —señaló Theon.
—¡Pero no se va a morir! —le gritó Bran.
Robb le cogió la mano.
—No se morirá, Bran —dijo Robb con voz tranquila cogiéndole de la mano—, hablamos de padre. De todos modos... ahora el honor del norte está en mis manos. Cuando nuestro señor padre se marchó, me dijo que fuera fuerte por ti y por Rickon. Ya casi soy un hombre, Bran.
—Quiero que vuelva madre —dijo el niño, acongojado mientras se estremecía. Miró hacia el camino. El maestre Luwin se divisaba a lo lejos, en su asno—. ¿El maestre Luwin piensa también que hay que llamar a los vasallos?
—El maestre es tímido como una anciana —dijo Theon.
—Padre siempre le pedía consejo —recordó Bran a su hermano—. Y madre también.
—Igual que yo —insistió Robb—. Pido consejo a todo el mundo.
La alegría de Bran se había derretido como los copos de nieve sobre el rostro. Unos meses antes, la idea de que Robb llamara a los vasallos y partiera a la guerra le habría emocionado, pero en aquel momento lo único que sentía era temor.
—¿Volvemos a casa? —preguntó—. Tengo frío.
—Tenemos que buscar a los lobos —dijo Robb mirando alrededor—. ¿Puedes aguantar un poco más?
—Aguanto lo que tú aguantes.
El maestre Luwin le había advertido que no cabalgara demasiado por si la silla le hacía daño, pero Bran no iba a reconocer ninguna debilidad ante su hermano. Estaba harto de que todos lo rodearan constantemente para preguntarle cómo se encontraba.
—Pues vamos a dar caza a los cazadores —dijo Robb.
Iniciaron el trote para salir del camino real y adentrarse en el Bosque de los Lobos. Theon los siguió rezagado, iba charlando y bromeando con los guardias.
Bajo los árboles todo era más agradable. Con un ligero tirón de riendas, Bran hizo que Bailarina fuera al paso y se dedicó a mirar a su alrededor. Conocía bien aquel bosque, pero llevaba tanto tiempo confinado en Invernalia que se sentía como si lo viera por primera vez. Los aromas le inundaban las fosas nasales: el frescor de las agujas de pino, el olor a tierra de las hojas podridas, los rastros de los animales, las hogueras lejanas. Divisó el movimiento de una ardilla negra entre las ramas nevadas de un roble y se detuvo para observar la telaraña plateada de una araña emperatriz.
Theon y los demás se fueron quedando cada vez más rezagados, hasta que Bran ya no alcanzó a oír sus voces. Más adelante se escuchaba el rumor de las aguas. Se fue haciendo más y más audible a medida que se acercaban al riachuelo. Las lágrimas le escocieron en los ojos.
—¿Qué te pasa, Bran? —preguntó Robb.
—Me estaba acordando de una cosa —respondió—. Jory nos trajo una vez aquí a pescar truchas, ¿te acuerdas? A ti, a Jon y a mí.
—Sí, me acuerdo —asintió Robb en voz baja, triste.
—Yo no cogí ninguna —siguió Bran—, pero en el camino de vuelta Jon me dio la suya. ¿Crees que volveremos a ver a Jon?
—Ya vimos al tío Benjen cuando vino el rey de visita, ¿no? —señaló Robb—. Jon también vendrá a vernos algún día.
El riachuelo bajaba muy crecido y rápido. Robb desmontó y guió su capón hacia la orilla. En la zona más profunda del paso el agua le llegaba hasta medio muslo. Ató el caballo a un árbol al otro lado y volvió a vadearlo para recoger a Bran y a Bailarina. La corriente se arremolinaba en torno a las rocas y las raíces de los árboles, y Bran sintió las salpicaduras en el rostro al cruzar. Aquello le provocó una sonrisa, y por un momento volvió a sentirse fuerte, entero. Alzó la vista hacia las copas de los árboles y soñó que se encaramaba a ellas, hasta las ramas más altas, y todo el bosque se extendía a sus pies.
Estaban ya al otro lado cuando oyeron el aullido, un aullido creciente que corría entre los árboles como una ráfaga de viento frío. Bran alzó la cabeza para escuchar.
—Es Verano —dijo. En aquel momento, otro aullido se unió al primero.
—Han conseguido una presa —dijo Robb al tiempo que volvía a montar—. Más vale que vaya a buscarlos. Espera aquí, Theon y los demás no tardarán en llegar.
—Quiero ir contigo —protestó Bran.
—Si voy yo solo los encontraré antes. —Robb espoleó a su capón y se perdió entre los árboles.
Cuando se encontró a solas, Bran tuvo la sensación de que los árboles se cerraban en torno a él. La nieve empezaba a caer más densa. Se derretía tan pronto tocaba el suelo, pero a su alrededor tanto las rocas como las raíces y las ramas empezaban a lucir ya una fina sábana blanca. Poco a poco se fue sintiendo incómodo. No sentía las piernas, que le colgaban inútiles en los estribos, pero la correa que llevaba en torno al pecho estaba muy apretada, y la nieve derretida le había empapado los guantes, con lo que tenía las manos congeladas. No sabía por qué Theon, y el maestre Luwin, y Joseth y los demás tardaban tanto.
Al oír el crujido de las hojas a su espalda, Bran movió las riendas para que Bailarina se diera media vuelta, con la esperanza de encontrarse con sus amigos, pero los hombres harapientos que aparecieron en la orilla del río eran completos desconocidos.
—Buenos días —saludó, nervioso. Una simple mirada le había bastado para saber que no eran guardabosques, ni tampoco campesinos. De pronto se dio cuenta de lo lujosas que eran las ropas que llevaba. Lucía un chaleco nuevo, de lana gris oscura con botones de plata, y se aseguraba la capa ribeteada de pieles con un gran broche de plata. También las botas y los guantes tenían forro de piel.
—Estás solo, ¿eh? —dijo el más corpulento, un hombre calvo de rostro curtido por el viento—. Pobre chico, se ha perdido en el Bosque de los Lobos.
—No me he perdido. —A Bran no le gustaban las miradas de los desconocidos. Los contó, eran cuatro, pero al volver la cabeza vio a dos más a su espalda—. Mi hermano se ha alejado un momento, y mis guardias no tardarán en llegar.
—Tus guardias, ¿eh? —dijo un segundo hombre, con barba gris de varios días en las mejillas demacradas—. ¿Y qué es lo que guardan, señorito? ¿Ese broche de plata que llevas en la capa?
—Es bonito —dijo una voz de mujer. Aunque no parecía una mujer; era alta y flaca, tenía el rostro endurecido como el de los demás, y se ocultaba el pelo bajo un casco en forma de cuenco. Llevaba una lanza de dos metros, con asta de roble negro y punta de acero oxidado.
—Vamos a verlo mejor —sugirió el calvo.
Bran lo miró, nervioso. Las ropas del hombre estaban sucias, casi destrozadas, con parches marrones, azules, verdes, casi todos desteñidos hasta parecer grises, aunque quizá en el pasado su capa fue negra. El hombre de la barba incipiente también llevaba harapos negros, y Bran se sobresaltó. De pronto, recordó al hombre al que su padre había decapitado el día que encontraron a los cachorros de huargo. También aquél había vestido el negro, y su padre le explicó que era un desertor de la Guardia de la Noche. «No hay ser más peligroso —fueron las palabras de Lord Eddard—. El desertor sabe que, si lo atrapan, se puede dar por muerto, así que no se detendrá ante ningún crimen por espantoso que sea.»
—El broche, mocoso —dijo el hombre corpulento y extendió la mano.
—Nos llevaremos también el caballo —dijo una mujer más baja que Robb, con cara de plato y pelo rubio muy lacio—. Bájate, venga. —Se sacó de la manga un cuchillo de hoja serrada.
—No... —tartamudeó Bran—. No puedo... —Antes de que Bran tuviera tiempo de hacer que Bailarina se diera la vuelta para alejarse al galope, el hombre corpulento agarró las riendas.
—Claro que puedes, señorito. Y haz lo que te han dicho, si sabes lo que te conviene.
—Mira cómo va sujeto a la silla, Stiv. —La mujer alta apuntó con la lanza—. Puede que diga la verdad.
—Son correas, ¿verdad? —asintió Stiv. Se sacó una daga de la funda que le colgaba del cinturón—. De eso me encargo yo.
—¿Eres una especie de tulllido? —preguntó la mujer baja.
—Soy Brandon Stark de Invernalia —dijo Bran, mirándolo rabioso—, y si no sueltas mi caballo os haré ajusticiar a todos.
—No cabe duda, es un Stark. —El hombre flaco de la barbita gris se echó a reír—. Sólo los Stark son tan idiotas como para amenazar cuando debería estar suplicando.
—Córtale la picha y métesela en la boca —sugirió la mujer baja—. A ver si así se calla.
—Eres tan idiota como fea, Hali —dijo la mujer alta—. Muerto, el chico no vale nada. En cambio, vivo... Por todos los dioses, ¿te imaginas qué nos daría Mance si le lleváramos como rehén a un pariente de Benjen Stark?
—A la mierda con Mance —bufó el hombre corpulento—. ¿Acaso quieres volver allí, Osha? Estúpida. ¿Crees que a los caminantes blancos les importará que tengas un rehén? —Se volvió hacia Bran y cortó la correa del muslo del chico. El cuero se abrió con un susurro.
Había sido un tajo rápido y descuidado, profundo. Bran bajó la vista y vio la carne blanca por debajo de las polainas de lana. La sangre empezó a manar, vio cómo se extendía la mancha roja. Tenía una sensación curiosa, como si estuviera presenciando todo aquello desde otro lugar. No había sentido dolor, ni la más mínima molestia. El hombre dejó escapar un gruñido de sorpresa.
—Suelta la espada ahora mismo y te prometo una muerte rápida e indolora —exclamó Robb.
Bran volvió la cabeza, esperanzado, y allí estaba su hermano. Las palabras eran fuertes y seguras, pero su voz estaba llena de tensión. Iba montado, y tras él, en el caballo, se veía el cuerpo sangrante de un alce. Tenía la espada en la mano enguantada.
—El hermano —dijo el hombre de la barba gris.
—Qué valiente, ¿no? —se burló la mujer baja, la que habían llamado Hali—. ¿Vas a luchar con nosotros, chico?
—No seas idiota, muchacho, somos seis contra uno. —Osha, la mujer alta, sopesó la lanza—. Bájate del caballo y suelta la espada. Te agradeceremos de todo corazón las monturas y el venado, y tu hermano y tú podréis marcharos.
Robb silbó. Se oyó el sonido tenue de unas pisadas ligeras sobre las hojas húmedas. La maleza se apartó, la nieve cayó de las ramas más bajas, y Viento Gris y Verano salieron de la espesura. Verano olfateó el aire y gruñó.
—Lobos —se atragantó Hali.
—Lobos huargos —dijo Bran.
Aunque aún no eran adultos, tenían mayor tamaño que ningún lobo, pero las diferencias eran evidentes para el ojo experto. El maestre Luwin y Farlen, el encargado de las perreras, se las habían enseñado. Los lobos huargos tenían la cabeza más grande y las patas más largas en proporción al cuerpo, con las mandíbulas mucho más alargadas y pronunciadas. Su aspecto resultaba aterrador en aquel momento, bajo la ligera nevada. Viento Gris tenía el hocico manchado de sangre fresca.
—Son perros —dijo el hombre calvo, despectivo—. Me han dicho que no hay nada como una capa de piel de lobo para calentarse por las noches. —Hizo un gesto brusco—. A por ellos.
—¡Invernalia! —gritó Robb al tiempo que picaba espuelas. El capón descendió al galope hacia el arroyo.
Un hombre armado con un hacha se lanzó contra él, gritando, con la guardia baja. La espada de Robb le acertó de lleno en el rostro, se oyó un crujido repugnante, y la sangre manó a borbotones. El hombre de la barba gris descuidada tendió la mano hacia las riendas, durante un instante las tuvo en las manos... y Viento Gris cayó sobre él y lo derribó. Cayó de espaldas al arroyo, lanzando cuchilladas a ciegas con la daga mientras se sumergía. El lobo huargo se lanzó encima de él y las aguas se tornaron rojas sobre ellos.
Robb y Osha se enfrentaron en medio del arroyo. La lanza de la mujer era una serpiente con cabeza de acero que se acercó al pecho del muchacho una, dos, tres veces, pero Robb desvió todos los golpes con su espada. Al cuarto o quinto intento, la mujer puso demasiado impulso en el ataque y perdió el equilibrio un instante. Robb cargó y la arrolló.
A unos cuantos metros, Verano se lanzó como una flecha contra Hali. El cuchillo de la mujer lo hirió en un costado. Verano retrocedió enseñando los dientes, atacó de nuevo y cerró las mandíbulas en torno a su pantorrilla. La mujer menuda agarró el cuchillo con ambas manos e intentó apuñalarlo, pero el lobo huargo pareció presentir el ataque, soltó la presa durante un instante, con la boca llena de cuero, lana y carne ensangrentada. Hali se tambaleó y cayó, y el lobo atacó de nuevo, la derribó de espaldas y le desgarró el vientre a dentelladas.
El sexto hombre intentó escapar de aquella carnicería, pero no llegó lejos. Estaba trepando por la orilla más lejana del arroyo cuando Viento Gris surgió de las aguas, empapado. Se sacudió el pelaje, se lanzó hacia el hombre que huía, le seccionó el tendón de la corva de una sola dentellada y, mientras su víctima se deslizaba gritando hacia las aguas, le desgarró la garganta.
Ya sólo quedaba el hombre corpulento, Stiv. Cortó de un solo tajo la correa del pecho de Bran, lo agarró por el brazo y le dio un tirón. Bran cayó al suelo, con un pie en el arroyo. No sentía el frío del agua, pero sí el acero de la daga de Stiv en la garganta.
—Atrás —amenazó el hombre—, o le corto el pescuezo al mocoso. Lo juro.
Robb, jadeante, tiró de las riendas. La ira se le esfumó de los ojos y bajó el brazo de la espada.
En ese momento, Bran vio toda la situación. Verano destrozaba a Hali, arrancándole brillantes serpientes azules del vientre. La mujer tenía los ojos abiertos, pero Bran no sabía si estaba viva o muerta. El hombre de la barba gris y el del hacha yacían inmóviles, pero Osha se arrastraba hacia la lanza caída. Viento Gris, chorreante, se acercaba a ella.
—¡Llámalo! —exigió—. ¡Llama a los lobos o mato al tullido, venga!
Viento Gris, Verano, conmigo —dijo Robb.
Los lobos huargos volvieron las cabezas. Viento Gris trotó hacia Robb. Verano se quedó donde estaba, con los ojos fijos en Bran y en el hombre que lo amenazaba. Dejó escapar un gruñido. Tenía el hocico húmedo y rojo, pero había fuego en sus ojos.
Osha se apoyó en el asta de la lanza para ponerse en pie. Le sangraba el antebrazo derecho, allí donde Robb la había herido. Bran vio que por la frente del hombre corpulento corría el sudor a chorros. Comprendió que Stiv tenía tanto miedo como él.
—Stark —murmuró—, malditos Stark. —Alzó la voz—. Osha, mata a los lobos y quítale la espada.
—Mátalos tú —replicó ella—. Yo no me pienso acercar a esos monstruos.
Stiv se quedó desconcertado por un momento. Le temblaba la mano. Bran sintió que le corría por el cuello un hilillo de sangre, allí donde lo presionaba con el cuchillo. El hedor del hombre le llenó las fosas nasales; apestaba a miedo.
—Tú —dijo a Robb—, ¿cómo te llamas?
—Soy Robb Stark, heredero de Invernalia.
—¿Éste es tu hermano?
—Sí.
—Si quieres que siga con vida, haz lo que te digo. Baja del caballo. —Robb titubeó un instante. Luego, muy despacio, desmontó, todavía con la espada en la mano—. Ahora mata a los lobos. —Robb no se movió—. Hazlo. Los lobos o el chico.
—¡No! —gritó Bran.
Si Robb obedecía, Stiv los mataría de todos modos en cuanto los lobos no fueran ya una amenaza.
El hombre calvo le agarró el pelo con la mano libre y se lo retorció hasta que Bran sollozó de dolor.
—Cierra el pico, tullido, ¿me oyes? —Se lo retorció aún más—. ¿Me oyes?
En los bosques, tras ellos, se oyó un restallido repentino. Stiv dejó escapar un grito ahogado, y quince centímetros de flecha con punta de acero parecieron brotar de su pecho. La flecha era de color rojo brillante, como si la hubieran pintado con sangre.
La daga que amenazaba a Bran cayó al suelo. El hombretón se desplomó de bruces en el arroyo. La flecha se quebró bajo su peso. El niño vio cómo su vida se derramaba en las aguas.
Osha miró a los guardias de su padre, que salían de entre los árboles con las armas desenvainadas. Dejó caer la lanza.
—Piedad, mi señor —dijo a Robb.
Al acercarse al escenario de la carnicería, los guardias se fueron poniendo pálidos. Miraban a los lobos, inseguros; cuando Verano volvió para alimentarse del cadáver de Hali, Joseth soltó el cuchillo y corrió hacia los arbustos para vomitar. Hasta el maestre Luwin parecía conmocionado al salir de entre los árboles, pero enseguida se repuso. Sacudió la cabeza y vadeó el arroyo para acudir al lado de Bran.
—¿Estás herido?
—Me ha hecho un corte en la pierna —dijo Bran—, pero no noto nada.
El maestre se arrodilló para examinar la herida y Bran miró hacia atrás. Theon Greyjoy estaba junto a un árbol centinela, con el arco en la mano. Sonreía. Siempre sonreía. Había clavado media docena de flechas en la tierra blanda, ante él, pero únicamente le había hecho falta una.
—Un enemigo muerto es el espectáculo más hermoso que existe —anunció.
—Jon decía siempre que eres un cretino, Greyjoy —le espetó Robb—. Debería encadenarte en el patio para que Bran practicara su puntería contigo.
—Tendrías que darme las gracias por salvarle la vida a tu hermano.
—¿Y si llegas a fallar? —replicó Robb—. ¿Y si sólo lo hubieras herido? ¿Y si en el último estertor le cortaba la garganta, y si le dabas a Bran? ¿Y si ese hombre hubiera llevado coraza? No lo sabías, sólo le veías la capa, y por la espalda. ¿Qué le habría pasado a mi hermano? ¿Te paraste a pensarlo, Greyjoy?
La sonrisa de Theon se había esfumado. Se encogió de hombros, malhumorado, y empezó a desclavar las flechas del suelo, una a una. Robb miró a los guardias.
—¿Dónde estabais? —exigió saber—. Creía que nos seguíais de cerca.
Los hombres se miraron entre ellos, alicaídos.
—Y así era, mi señor —dijo Quent, el más joven, cuya barba era apenas una pelusilla castaña—. Pero antes nos detuvimos para esperar al asno del maestre Luwin, con perdón por la expresión, y luego él... la verdad... —Lanzó una mirada a Theon, y apartó la vista al momento, abochornado.
—Vi un pavo —replicó Theon, molesto—. ¿Cómo iba a saber que dejarías solo al chico?
Robb volvió la mirada hacia Theon una vez más. No dijo nada, pero Bran nunca lo había visto tan enfadado. Por fin, se arrodilló junto al maestre Luwin.
—¿Es grave la herida de mi hermano?
—Un simple arañazo —respondió el maestre. Mojó un paño en el arroyo para limpiar el corte—. Dos de ellos vestían el negro —dijo mientras lo hacía.
Robb echó un vistazo al lugar donde Stiv yacía en el arroyo; las aguas agitaban los pliegues de la andrajosa capa negra.
—Desertores de la Guardia de la Noche —dijo, sombrío—. Tenían que estar locos para acercarse tanto a Invernalia.
—A veces no resulta fácil diferenciar la locura de la desesperación —señaló el maestre Luwin.
—¿Los enterramos, mi señor? —preguntó Quent.
—Ellos no nos habrían enterrado a nosotros —replicó Robb—. Cortadles las cabezas, las enviaremos al Muro. El resto se quedará para los buitres.
—¿Y qué hacemos con ésta? —preguntó Quent apuntando a Osha con el pulgar.
Robb se acercó a ella. La mujer le sacaba una cabeza de estatura, pero se dejó caer de rodillas ante él.
—Perdonadme la vida, mi señor Stark, y seré vuestra.
—¿Mía? ¿Para qué quiero yo a una desertora que rompe su juramento?
—Yo no he roto ningún juramento. Stiv y Wallen escaparon del Muro, yo no. Los cuervos negros no admiten mujeres.
—Échala a los lobos —recomendó a Robb Theon Greyjoy mientras caminaba hacia ellos con paso indolente.
Los ojos de la mujer se clavaron en lo que quedaba de Hali y enseguida se apartaron. Se estremeció. Hasta los guardias parecían al borde de la náusea.
—Es una mujer —replicó Robb.
—Una salvaje —le informó Bran—. Dijo que me mantuvieran con vida para llevarme ante Mance Rayder.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Robb.
—Osha, para servir a mi señor —murmuró ella con amargura.
—Lo mejor será que la interroguemos —dijo el maestre Luwin levantándose.
Bran vio que el rostro de su hermano reflejaba un inmenso alivio.
—Buena idea, maestre. Wayn, átale las manos. Vendrá a Invernalia con nosotros... y vivirá o morirá, según qué nos cuente.

TYRION

—¿Quieres comer? —le preguntó Mord con el ceño fruncido. Llevaba en las manos gruesas, de dedos cortos, un plato de alubias cocidas.
Tyrion Lannister se moría de hambre, pero no quería que aquel animal notara su debilidad.
—Una pierna de cordero, muchas gracias —replicó desde el montón de paja sucia que había en un rincón de su celda—. Y un plato de guisantes y cebollitas, si puede ser; pan recién hecho, con mantequilla, y una jarra de vino tibio para bajarlo todo. Si no hay, cerveza, me da igual. No quiero ser demasiado exigente.
—Son alubias —dijo Mord—. Toma.
Le tendió el plato. Tyrion suspiró. El carcelero era una mole de ciento cuarenta kilos de estupidez pura, con dientes amarillentos podridos y ojos oscuros diminutos. En el lado izquierdo de la cara tenía una cicatriz espantosa de un hacha, que le había cortado la oreja y parte de la mejilla. Era tan predecible como feo, pero lo cierto era que Tyrion tenía mucha hambre. Tendió la mano para coger el plato.
Mord lo apartó, sonriente.
—Aquí lo tienes —dijo, manteniéndolo fuera del alcance de Tyrion.
—¿Tenemos que jugar a la misma tontería en cada comida? —El enano se puso en pie trabajosamente, le dolían todas las articulaciones. Hizo otro intento por alcanzar las alubias. Mord retrocedió y le mostró los dientes podridos en una sonrisa.
—Aquí las tienes, enano. —Mantuvo el plato en alto, con el brazo extendido, más allá del borde donde la celda terminaba y empezaba el cielo abierto—. ¿No tienes hambre? Toma, ven a cogerlas.
Los brazos de Tyrion eran demasiado cortos para alcanzar el plato, y tampoco tenía intención de acercarse tanto al borde. Bastaría un empujón de la pesada barriga blanca de Mord para que se convirtiera en una mancha roja en las piedras de Cielo, al igual que les había sucedido a tantos prisioneros del Nido de Águilas a lo largo de los siglos.
—Bien pensado, no tengo tanta hambre —declaró mientras se retiraba al rincón de la celda.
Mord gruñó, abrió los dedos, y el viento se llevó el plato. Unas cuantas alubias se colaron en la celda mientras la comida caía al vacío. El carcelero se echó a reír, con lo que su barriga se agitó como si fuera de gelatina.
—Jodido cabrón, hijo de una mula con viruelas —escupió Tyrion, que no pudo contener la rabia—. Ojalá te mueras comido por la sífilis. —Al salir, Mord le asestó una buena patada en las costillas con la bota de puntera de acero—. Lo pagarás —gimió, doblado sobre sí mismo en el lecho de paja—. ¡Te mataré con mis manos, lo juro!
La pesada puerta blindada se cerró de golpe. Tyrion oyó el tintineo de las llaves.
Para ser tan pequeño tenía una boca muy grande. Ésa era su maldición, reflexionó mientras se arrastraba hacia el rincón de lo que los Arryn llamaban, no sin cierto humor, su mazmorra. Se acurrucó bajo la fina manta que era todo su lecho, y se dedicó a contemplar el cielo azul y las montañas lejanas que parecían extenderse hasta el infinito. Añoraba con todas sus fuerzas la capa de gatosombra que le había ganado jugando a los dados a Marillion, quien a su vez la había robado del cadáver del jefe muerto de los bandoleros. Recordaba que las pieles hedían a sangre y a moho, pero eran gruesas y cálidas. Mord se la había quitado nada más verla.
El viento le tironeaba de la manta con ráfagas afiladas como zarpazos. La celda era diminuta hasta para un enano. A metro y medio de donde se encontraba, donde debía haber un muro, donde en una mazmorra real habría un muro, terminaba el suelo y empezaba el cielo. Tenía aire fresco abundante, la luz del sol, y por las noches veía la luna y las estrellas, pero lo habría cambiado todo por el agujero más sombrío y húmedo de las entrañas de Roca Casterly.
—Volarás —le había asegurado Mord al empujarlo hacia el interior de la celda—. Dentro de veinte días, o de treinta, o a lo mejor de cincuenta. Pero volarás.
Los Arryn contaban con la única mazmorra de todo el reino en la que se permitía a los prisioneros escapar cuando lo desearan. Aquel primer día, tras pasarse horas reuniendo el valor que le quedaba, Tyrion se tendió de bruces en el suelo y se arrastró hasta el borde para asomar la cabeza y mirar abajo. Divisó Cielo a unos doscientos metros en picado. Asomó la cabeza y la giró cuanto pudo, y vio otras celdas a la derecha y a la izquierda, y también sobre la suya. Estaba en una colmena de piedra y le habían arrancado las alas.
En la celda hacía frío, el viento aullaba día y noche, y lo peor de todo era que el suelo estaba en pendiente. Una pendiente muy ligera, sí, pero más que suficiente. Tenía miedo de cerrar los ojos, de deslizarse rodando en sueños, y a menudo se despertaba aterrado ante la posibilidad de estar cayendo hacia el borde. No era de extrañar que las celdas del cielo volvieran locos a los hombres.
«Los dioses me salven, el azul me llama», había escrito algún ocupante previo en la pared, con algo que se parecía demasiado a la sangre. Al principio Tyrion había sentido curiosidad por la identidad y el destino del prisionero. Más adelante decidió que prefería no saber nada.
Si hubiera cerrado la boca a tiempo...
Todo lo había empezado el maldito crío, que lo miraba desde arriba en su trono de arciano labrado, bajo los pendones con la luna y el halcón que identificaban a la Casa Arryn. Tyrion Lannister estaba acostumbrado a que lo mirasen desde arriba, pero no a que lo hicieran críos de seis años con ojos legañosos que tenían que sentarse sobre cojines para ganar un poco de altura.
—¿Es el hombre malo? —había preguntado, aferrado a su muñeco.
—Sí —respondió Lady Lysa, sentada a su lado en un trono menor. Iba vestida de azul, perfumada y empolvada en honor a los pretendientes que invadían la corte.
—¡Qué pequeño es! —dijo con una risita el señor del Nido de Águilas.
—Es Tyrion el Gnomo, de la Casa Lannister, el que mató a tu padre. —La mujer alzó la voz para que la oyeran en todos los rincones de la Sala Alta del Nido de Águilas, para que las palabras resonaran contra las paredes blancas y las esbeltas columnas, para que todos los presentes la escucharan—. ¡Él mató a la Mano del Rey!
—Vaya, ¿a él también lo maté yo? —bromeó Tyrion como un idiota.
Luego se dio cuenta de que había perdido una inmejorable ocasión para quedarse callado, con la cabeza inclinada. Vaya si se dio cuenta. La Sala Alta de los Arryn era larga y austera, las paredes de mármol blanco con vetas azules tenían una frialdad abrumadora, pero más fríos aún eran los rostros que lo rodeaban. El poder de Roca Casterly quedaba muy lejano, y los Lannister no contaban con amigos en el Valle de Arryn. Su mejor defensa habría sido el silencio y la sumisión.
Pero Tyrion estaba de un humor de perros, demasiado cabreado para ejercer el sentido común. Se sentía avergonzado por haber flaqueado en el último tramo del ascenso hasta el Nido de Águilas, cuando las piernas atrofiadas se negaron a seguir sosteniéndolo. Bronn lo llevó a cuestas el resto del camino y aquella humillación no hizo más que añadir leña a las llamas de su ira.
—Pues qué ocupado he estado últimamente —dijo con amargo sarcasmo—. ¿De dónde habré sacado tiempo para matar a tanta gente?
Debería haber recordado a quién se enfrentaba. Mientras estaban en la corte, Lysa Arryn y su hijo enfermizo y medio loco nunca disfrutaron con las muestras de ingenio, y menos si iban dirigidas contra ellos.
—Gnomo —dijo Lysa con tono gélido—, vigilad qué decís con esa lengua burlona, y cuando os dirijáis a mi hijo hacedlo con cortesía, u os aseguro que os daré motivos para lamentarlo. Recordad dónde estáis. Esto es el Nido de Águilas, los que os rodean son caballeros del Valle, hombres de verdad que querían a Jon Arryn. Todos y cada uno de ellos morirían por mí.
—Lady Arryn, si me sucede algo malo mi hermano Jaime estará encantado de encargarse de ese tema. —No había terminado de pronunciar aquellas palabras cuando se dio cuenta de que estaba cometiendo una locura.
—¿Sabéis volar, mi señor de Lannister? —preguntó Lysa—. ¿Acaso los enanos tienen alas? Si no es así, lo más sensato será que os traguéis la próxima amenaza que se os ocurra.
—No era una amenaza —replicó Tyrion—, sino una promesa.
Al oír aquello, el pequeño Lord Robert se puso en pie de un salto, tan sobresaltado que se le cayó el muñeco.
—¡No puedes hacernos daño! —gritó—. Aquí nadie puede hacernos daño. Díselo tú, madre, dile que aquí nadie puede hacernos daño.
—El Nido de Águilas es inexpugnable —declaró con tranquilidad Lysa Arryn. Atrajo a su hijo hacia ella, y lo estrechó entre los brazos blancos y gordezuelos—. El Gnomo quiere meternos miedo, cariñito. Los Lannister son todos unos mentirosos. Nadie le va a hacer daño a mi pequeñín.
Lo peor del caso era que la condenada mujer tenía razón. Tras ver lo que había costado llegar allí, a Tyrion no le resultaba difícil imaginar cómo sería el ascenso para un caballero, vestido con armadura, mientras le llovían piedras y flechas, y tenía que luchar contra enemigos para avanzar cada paso. La palabra «pesadilla» no bastaba para describir la situación. No era de extrañar que nadie hubiera tomado jamás el Nido de Águilas.
Y ni aun así había conseguido callarse.
—Inexpugnable, no —replicó—. Molesto, como mucho.
—Eres un mentiroso. —El pequeño Robert lo señaló con la manita temblorosa—. Madre, quiero ver cómo vuela.
Dos guardias con capas azul celeste agarraron a Tyrion por los brazos y lo levantaron en vilo. Sólo los dioses sabían qué hubiera pasado a continuación de no intervenir Catelyn Stark.
—Hermana —dijo desde el lugar donde se encontraba, junto a los tronos—, te ruego que recuerdes que este hombre es mi prisionero. No quiero que sufra daño alguno.
Lysa Arryn lanzó una mirada fría en dirección a su hermana. Se levantó y se dirigió hacia Tyrion, arrastrando las largas faldas. El enano temió por un instante que fuera a abofetearlo, pero en lugar de eso ordenó a los guardias que lo soltaran. Cuando lo dejaron caer, las piernas le flaquearon de nuevo y cayó al suelo.
Debió de ser todo un espectáculo la manera en que intentó ponerse en pie, sucumbió a un calambre en la pierna derecha, y cayó de bruces una vez más. Las carcajadas resonaron en la Sala Alta de los Arryn.
—El invitado de mi hermana está muy cansado, no se sostiene en pie —anunció Lady Lysa—. Ser Vardis, llevadlo a las mazmorras. Le sentará muy bien una noche de descanso en una de las celdas del cielo.
Los guardias lo levantaron. Tyrion Lannister, en el aire, pataleó débilmente con el rostro rojo de vergüenza.
—No olvidaré esto —les dijo mientras se lo llevaban.
Y no se le había olvidado. Aunque tampoco le servía de gran cosa.
Al principio se había consolado pensando que su encierro sería breve. Lysa Arryn sólo quería humillarlo, nada más. Pronto enviaría a alguien a buscarlo. Y si no, lo haría Catelyn Stark, para interrogarlo. Y él había aprendido la lección, cerraría bien la boca. No se atreverían a matarlo de inmediato, pese a todo era un Lannister de Roca Casterly, y si derramaban su sangre tendrían que ir a la guerra. O eso se había dicho a sí mismo.
Con el correr del tiempo ya no estaba tan seguro.
Quizá sus captoras sólo pretendían dejarlo pudrir allí una temporada, pero tenía miedo de que las fuerzas le fallaran; no podría pudrirse mucho tiempo. Cada día estaba más débil, y sólo era cuestión de tiempo que las patadas y golpes de Mord le causaran daños graves, eso si el carcelero no lo mataba antes de hambre. Unas cuantas noches más de frío y hambre, y el azul empezaría a llamarlo a él también.
Se preguntaba qué estaría sucediendo más allá de los muros (los que había) de su celda. Sin duda Lord Tywin habría enviado jinetes en su búsqueda en cuanto le llegó la noticia. Quizá Jaime estaba en aquellos momentos al frente de un pequeño ejército, en las Montañas de la Luna... a menos que estuviera cabalgando hacia el norte, en dirección a Invernalia. ¿Sabría alguien fuera del Valle a dónde lo había llevado Catelyn Stark? También se preguntaba qué habría sentido Cersei al enterarse. El rey podía ordenar que lo liberasen, pero, ¿a quién haría caso Robert, a la reina o a la Mano? Tyrion no se hacía ilusiones, el amor que el rey profesaba a su hermana era más bien escaso.
Si Cersei tenía un mínimo de cerebro, exigiría que el propio rey ejerciera como juez de Tyrion. Ni siquiera Ned Stark podría poner objeciones sin cuestionar la honorabilidad del rey. Y Tyrion estaría más que encantado de arriesgarse a un juicio. Que él supiera, los Stark podrían acusarlo de todos los asesinatos que les vinieran en gana, pero no tenían pruebas. Que presentaran su caso ante el Trono de Hierro, ante los señores. Sería su fin. Ojalá Cersei fuera tan inteligente como para verlo...
Tyrion Lannister suspiró. Su hermana tenía cierta astucia, pero el orgullo la cegaba. En toda aquella situación, ella sólo vería el insulto, no las posibilidades. Y Jaime era todavía peor, tan precipitado, tan testarudo, tan pronto a la ira. Su hermano jamás se molestaría en desatar un nudo si podía cortarlo en dos con la espada.
¿Cuál de los dos habría enviado al asaltante para silenciar al chico de los Stark? ¿De veras habían tenido algo que ver en la muerte de Lord Arryn? Si la muerte de la anterior Mano había sido un asesinato, se trataba de un crimen hábil y sutil. Los hombres de su edad morían a menudo por causas naturales. En cambio, enviar a cualquier imbécil a matar a Brandon Stark con una daga robada parecía una estratagema de lo más torpe. Y, pensando en ello, resultaba muy peculiar...
Tyrion se estremeció. Aquello sí que era una sospecha desagradable. Quizá en los bosques hubiera otras bestias, aparte del lobo huargo y el león. Y si era así, alguien lo estaba utilizando a él como marioneta. Tyrion Lannister detestaba que lo utilizaran.
Tenía que salir de allí, y pronto. Sus posibilidades de enfrentarse a Mord y escapar eran entre escasas y nulas, y nadie le iba a pasar a hurtadillas una cuerda de doscientos metros, así que tendría que emplear todas sus dotes de convicción para salir libre. Era la lengua lo que le había metido en aquella celda, así que la misma lengua tendría que sacarlo.
Tyrion se puso en pie como pudo, haciendo caso omiso del suelo en pendiente que parecía tentarlo hacia el borde. Golpeó la puerta con el puño.
—¡Mord! —gritó—. ¡Carcelero! ¡Mord! ¡Quiero hablar contigo! —Tuvo que seguir llamando diez minutos antes de oír el sonido de las pisadas. Retrocedió un segundo antes de que la puerta se abriera de golpe.
—Haces ruido —gruñó Mord, con los ojos inyectados en sangre. Llevaba una ancha tira de cuero enrollada en torno a la mano carnosa. «Nunca les demuestres que tienes miedo», se recordó Tyrion.
—¿Cuántas ganas tienes de ser rico? —preguntó.
Mord lo golpeó. Fue un movimiento casi apático, con el revés de la mano, pero la tira de cuero restalló contra el antebrazo de Tyrion. La fuerza del golpe lo hizo tambalear y el dolor lo obligó a apretar los dientes.
—Nada de palabrería, enano —avisó Mord.
—Oro —dijo Tyrion, con una mueca a modo de sonrisa—. Roca Casterly tiene mucho oro... ¡ah! —El segundo golpe fue directo, y Mord le puso más ganas. El cuero restalló contra las costillas de Tyrion y lo hizo caer de rodillas con un gemido. Se obligó a alzar la vista hacia el carcelero—. Hay un dicho popular, Mord —añadió—. «Más rico que un Lannister...»
Mord gruñó. El cuero silbó de nuevo y acertó a Tyrion en el rostro. El dolor fue tan brutal que no se dio cuenta de que caía, pero cuando abrió los ojos de nuevo estaba en el suelo de la celda. Le zumbaba el oído y tenía la boca llena de sangre. Intentó apoyarse para incorporarse... y la mano sólo encontró el vacío. Retiró el brazo más deprisa que si lo hubiera metido en agua hirviendo, e hizo todo lo posible por no respirar. Había caído junto al borde, a escasos centímetros del azul.
—¿Dices algo más? —Mord agarró la tira de cuero con las dos manos y la hizo restallar. El sonido hizo que Tyrion diera un salto. El carcelero se echó a reír.
«No me va a empujar al aire —se dijo Tyrion, desesperado, mientras se arrastraba para alejarse del borde—. Catelyn Stark me quiere con vida, no se atreverá a matarme.» Se limpió la sangre de los labios con el dorso de la mano, y sonrió.
—Eres duro, Mord. —El carcelero lo miró, sospechando una burla—. Un hombre tan fuerte como tú me sería muy útil. —La tira de cuero voló hacia él, pero Tyrion tuvo tiempo de esquivarla. Le rozó el hombro en el retroceso, nada más—. Oro —repitió, echándose hacia atrás como un cangrejo—, más oro del que verías junto en toda la vida. Oro para comprar tierras, mujeres, caballos... serías todo un señor. Lord Mord. —Lanzó al cielo un escupitajo de sangre y flema.
—Eso no es oro —dijo Mord.
«¡Me atiende!», pensó Tyrion.
—Cuando me capturaron me quitaron la bolsa, pero el oro sigue siendo mío. Catelyn Stark es capaz de tomar prisionero a un hombre, pero nunca se rebajaría a robarle. Eso no sería honorable. Si me ayudas, te daré todo el oro. —La correa de Mord restalló de nuevo, pero fue un golpe desganado, sin objetivo, lento, desdeñoso. Tyrion cogió la tira de cuero con la mano y la retuvo—. Y tú no correrás ningún riesgo. Sólo tienes que transmitir un mensaje.
—Un mensaje —dijo el carcelero con el ceño muy fruncido, como si fuera la primera vez que oía aquellas palabras, y arrancó la correa de la mano de Tyrion.
—Eso mismo. Sólo tienes que darle un recado a tu señora. Dile que... —¿Qué? ¿Qué podía inspirar compasión a Lysa Arryn? De repente, la inspiración acudió a Tyrion Lannister—. Dile que quiero confesar mis crímenes.
Mord alzó el brazo de nuevo, y Tyrion se preparó para recibir otro golpe, pero el carcelero titubeó. Se le veía en los ojos la lucha interna entre la desconfianza y la codicia. Quería el oro, pero temía que hubiera una trampa. Era la expresión del hombre que ha caído en trampas demasiadas veces.
—Es mentira —murmuró—. El enano me quiere engañar.
—Te lo pondré por escrito —juró Tyrion. Algunos iletrados desdeñaban la escritura; otros, en cambio, sentían una especie de reverencia supersticiosa ante la palabra escrita, la consideraban una cosa mágica. Por suerte, Mord pertenecía a la última categoría.
—Escribe que me darás oro. Mucho oro.
—Sí, sí, mucho oro —le aseguró Tyrion—. Lo que hay en la bolsa no es más que el aperitivo, amigo mío. Mi hermano tiene una armadura de oro macizo. —En realidad la armadura de Jaime era de acero recubierto con pan de oro, pero aquel imbécil sería incapaz de entender la diferencia.
Mord acarició la correa, pensativo, pero al final se ablandó y fue a buscar papel y tinta. Cuando tuvo la carta en las manos, la observó con gesto de desconfianza.
—Ahora, ve a transmitir mi mensaje —lo apremió Tyrion.
Tiritaba en sueños cuando fueron a buscarlo, ya bien entrada la noche. Mord abrió la puerta, pero no dijo nada. Ser Vardis Egen despertó a Tyrion de un puntapié.
—Levántate, Gnomo. Mi señora quiere verte.
Tyrion se restregó los ojos y amagó una sonrisa que estaba lejos de sentir.
—Eso no lo dudo, pero, ¿por qué crees que yo voy a querer verla a ella?
Ser Vardis frunció el ceño. Tyrion lo recordaba bien, de los años que había pasado en Desembarco del Rey como capitán de la guardia de la Mano. Era un hombre de rostro cuadrado e inexpresivo, cabellos plateados, constitución recia y carente por completo de sentido del humor.
—Lo que quieras o dejes de querer no es asunto mío. Levántate o haré que te lleven a rastras.
—Vaya frío hace esta noche, ¿eh? —comentó Tyrion de pasada mientras se ponía en pie como podía—. Y en la Sala Alta hay muchas corrientes. No me gustaría pescar un resfriado. Mord, ten la amabilidad de ir a por mi capa. —El carcelero lo miró, lleno de desconfianza—. Mi capa —repitió Tyrion—. La de gatosombra que me guardas. Seguro que la recuerdas.
—Tráele la condenada capa —dijo Ser Vardis.
Mord no se atrevió a protestar. Echó a Tyrion una mirada que prometía venganza, pero fue a buscar la capa. Cuando la puso en torno al cuello del prisionero, Tyrion sonrió.
—Muchas gracias. Pensaré en ti cada vez que me la ponga. —Se echó un pico de la capa sobre el hombro, y por primera vez en muchos días empezó a entrar en calor—. Adelante, Ser Vardis.
Cincuenta antorchas iluminaban la Sala Alta de los Arryn desde los candelabros en las paredes. Lady Lysa vestía una túnica de seda negra con el emblema de la luna y el halcón bordado en perlas sobre el pecho. No parecía el tipo de persona que pensara unirse a la Guardia de la Noche, de modo que Tyrion dedujo que la mujer pensaba que la ropa de luto era lo más adecuado para escuchar su confesión. Llevaba la larga melena castaña recogida en una trenza complicadísima que le caía sobre el hombro izquierdo. El trono más alto, a su lado, estaba vacío. Sin duda el pequeño señor del Nido de Águilas estaría temblando en sueños. Tyrion consideró que era un pequeño detalle en su favor.
Hizo una profunda reverencia y echó un vistazo a su alrededor. Como esperaba, Lady Arryn había convocado a los caballeros y sirvientes para que escucharan su confesión. Vio el rostro arrugado de Ser Brynden Tully y la cara regordeta de Lord Nestor Royce. Junto a Nestor se encontraba un hombre más joven, de patillas y bigotes negros, que sólo podía ser su heredero, Ser Albar. Había representantes de casi todas las casas principales del Valle. Tyrion advirtió la presencia de Ser Lyn Corbray, esbelto como una espada; de Lord Hunter, con sus piernas gotosas; de la viuda Lady Waynwood, rodeada por sus hijos. Otros llevaban emblemas que no conocía: una lanza rota, una víbora verde, una torre en llamas, un cáliz con alas...
Entre los señores del Valle estaban algunos de sus compañeros durante el viaje por el camino alto. Ser Rodrik Cassel, todavía pálido y apenas recuperado de sus heridas, estaba junto a Ser Willis Wode. Marillion, el bardo, tenía una lira nueva. Tyrion sonrió: le pasara lo que le pasara allí aquella noche, no quería que fuera un secreto, y el bardo sería el candidato perfecto para lanzar la historia a los cuatro vientos.
Al fondo de la sala estaba Bronn, recostado contra una columna. El guerrero tenía los negros ojos clavados en Tyrion y la mano apoyada en el pomo de la espada. Tyrion lo miró también, pensativo...
—Se nos ha dicho que quieres confesar tus crímenes. —Catelyn Stark fue la que rompió el silencio.
—Así es, mi señora —respondió Tyrion.
—Las celdas del cielo siempre acaban por quebrantarles el ánimo. —Lysa Arryn sonrió a su hermana—. En ellas los dioses los ven, y no hay oscuridad en la que puedan ocultarse.
—No me parece que esté muy quebrantado —replicó Lady Catelyn.
—Hablad —ordenó Lady Lysa a Tyrion, haciendo caso omiso de las palabras de Catelyn.
Aquí es donde me lo juego todo, pensó él al tiempo que lanzaba otra mirada rápida en dirección a Bronn.
—¿Por dónde podría empezar? Sí, soy un hombrecillo vil, lo confieso. Damas, caballeros, mis pecados son incontables. Me he acostado con prostitutas, y no una vez, sino cientos. He deseado la muerte de mi padre, y también la de mi hermana, nuestra reina. —Alguien a su espalda dejó escapar una risita—. No siempre he sido bondadoso con mis sirvientes. He apostado. Me sonroja admitirlo, pero también he hecho trampas. He dicho muchas cosas crueles y maliciosas de las nobles damas y caballeros de la corte. —Aquello provocó otra carcajada—. En cierta ocasión...
—¡Silencio! —El rostro blanco de Lysa Arryn estaba congestionado de ira—. ¿Qué hacéis, enano?
—Es evidente, mi señora. —Tyrion inclinó la cabeza hacia un lado—. Confieso mis crímenes.
—Se os acusa de enviar a un asesino a sueldo para que asesinara en su lecho a mi hijo Bran —dijo Catelyn Stark dando un paso al frente—, y de conspirar para acabar con la vida de Lord Jon Arryn, la Mano del Rey.
—Esos crímenes no los puedo confesar —dijo Tyrion encogiéndose de hombros—. No sé nada de ningún asesinato.
—No permitiré que os burléis de mí —dijo Lady Lysa levantándose del trono de arciano—. Ya os habéis reído un rato, Gnomo. Espero que os hayáis divertido. Ser Vardis, llevadlo otra vez a las mazmorras... pero buscadle una celda más pequeña, con el suelo más inclinado.
—¿Así es como se hace justicia en el Valle? —rugió Tyrion en voz tan alta que Ser Vardis se quedó paralizado un instante—. ¿Es que todo el honor se queda en la Puerta de la Sangre? Me acusáis de crímenes, niego haberlos cometido, y me encerráis en una celda a cielo abierto para que muera de frío y hambre. —Alzó la cabeza para que todos pudieran ver las magulladuras que le había hecho Mord en la cara—. ¿Dónde está la justicia del rey? ¿Acaso el Nido de Águilas no forma parte de los Siete Reinos? Me acusáis. Muy bien. ¡Pues exijo un juicio! Permitidme hablar, y que los dioses y los hombres juzguen si lo que digo es cierto o falso.
Un murmullo recorrió la Sala Alta. Tyrion supo que había ganado. Era un noble, hijo del señor más poderoso del reino, hermano de la mismísima reina. No podían negarle un juicio. Algunos guardias con capas azul celeste habían echado a andar hacia Tyrion, pero Ser Varis les dio el alto y miró a Lady Lysa.
La pequeña boca de la mujer estaba retorcida en una sonrisa petulante.
—Si os juzgamos y os declaramos culpable de los crímenes que se os atribuyen, las mismas leyes del rey dictan que paguéis con vuestra sangre. En el Nido de Águilas no tenemos verdugos que decapiten, mi señor de Lannister. Simplemente, abrimos la Puerta de la Luna.
El grupo de espectadores se separó. Había una estrecha puerta de arciano entre dos columnas de mármol, y en la madera blanca se veía una medialuna. Los que se encontraban más cerca retrocedieron cuando una pareja de guardias avanzó hacia la puerta. Uno retiró los pesados barrotes de bronce, y el segundo abrió la puerta hacia adentro. La ráfaga de viento que entró aullando agitó sus capas azules. Tras la puerta se veía el cielo nocturno, salpicado de estrellas frías e impasibles.
—Contemplad la justicia del rey —dijo Lysa Arryn.
Las llamas de las antorchas se agitaron como pendones a lo largo de las paredes, y más de una se apagó.
—Lysa, no me parece buena idea —dijo Catelyn Stark mientras el viento negro azotaba la sala.
—Decís que queréis un juicio, mi señor de Lannister —continuó Lysa sin hacer caso del comentario de Catelyn—. Muy bien, tendréis un juicio. Mi hijo escuchará lo que digáis, y luego vos escucharéis su sentencia. Después os podréis marchar... por una puerta o por la otra.
Parecía muy satisfecha consigo misma, y Tyrion pensó que tenía motivos para ello. La perspectiva de un juicio no le parecía amenazadora, su hijo debilucho era el juez. Tyrion echó un vistazo a la Puerta de la Luna. «Haz que vuele el hombre malo», había pedido el niño. ¿A cuántos hombres habría arrojado por aquella puerta el condenado mocoso?
—Os lo agradezco, mi señora, pero no hay por qué molestar a Lord Robert —dijo Tyrion con cortesía—. Los dioses saben que soy inocente. Prefiero su veredicto al juicio de los hombres. Exijo un juicio por combate.
Las carcajadas llenaron la Sala Alta de los Arryn. Lord Nestor Royce dejó escapar un bufido, y Ser Willis rió entre dientes. Ser Lyn Corbray se estremecía entre risotadas, y otros rieron tanto que se les saltaron las lágrimas. Marillion pulsó torpemente una cuerda del arpa nueva con los dedos rotos, para arrancarle una nota alegre. Hasta el viento que entraba por la Puerta de la Luna parecía silbar burlón.
Los ojos acuosos de Lysa Arryn parecían inseguros. Tyrion supo que la había hecho titubear.
—Es cierto, os asiste ese derecho.
—Mi señora, os suplico que me concedáis el honor de ser el campeón de vuestra causa. —El caballero joven con la víbora verde bordada en el chaleco se había adelantado e hincado una rodilla en el suelo.
—Ese honor debe ser para mí —intervino el viejo Lord Hunter—. Por el afecto que profesaba a vuestro señor esposo, permitidme vengar su muerte.
—Mi padre sirvió fielmente a Lord Jon como Mayordomo Mayor del Valle —retumbó la voz de Ser Albar Royce—. Dejadme a mí que sirva a su hijo.
—Los dioses favorecen al hombre que defiende la causa justa —intervino Ser Lyn Corbray—, pero a menudo coincide con que es también el hombre que mejor maneja la espada. Y todos los presentes saben quién es el mejor —terminó con una sonrisa modesta.
Doce hombres más se levantaron para reclamar el honor, hablando todos a la vez. Tyrion suspiró, desalentando. No se había dado cuenta de que existían tantos desconocidos ansiosos por matarlo. Quizá su idea no había sido tan buena.
—Os doy las gracias a todos, señores —dijo Lady Lysa alzando la mano para pedir silencio—, igual que haría mi hijo si estuviera presente. No hay hombres en los Siete Reinos tan nobles y valerosos como los caballeros del Valle. Me gustaría poder concederos a todos el honor que me solicitáis. Pero sólo puedo elegir a uno. —Hizo un gesto—. Ser Vardis Egen, fuisteis la mano derecha de mi señor esposo. Seréis nuestro campeón.
Ser Vardis había guardado silencio hasta aquel momento.
—Mi señora —dijo en aquel momento, clavando una rodilla en el suelo—. Te ruego que encomiendes a otro esta carga, yo no la deseo. Ese hombre no es ningún guerrero. Fijaos bien en él. Se trata de un enano, de la mitad de mi tamaño, y con las piernas tullidas. Me avergonzaría asesinar a un hombre así, y llamarlo justicia.
«Excelente», pensó Tyrion.
—Estoy de acuerdo —dijo.
—Vos fuisteis el que pidió este juicio por combate —repuso Lysa mirándolo.
—Y ahora pido un campeón, igual que habéis hecho vos. Sé que mi hermano Jaime estará encantado de representarme.
—Vuestro querido Matarreyes está a cientos de leguas de aquí —le espetó Lysa Arryn.
—Enviadle un pájaro. No me importa esperar a que llegue.
—Os enfrentaréis a Ser Vardis mañana.
—Bardo —dijo Tyrion, volviéndose hacia Marillion—, cuando cantes tu balada sobre estos hechos, no te olvides de decir también cómo Lady Arryn negó al enano el derecho a tener un campeón. Que lo obligó a enfrentarse a su mejor guerrero, tullido, magullado y cojo como estaba.
—¡No os niego nada! —chilló Lysa Arryn con la voz tensa por la irritación—. Elegid a un campeón, Gnomo... si creéis que habrá alguien dispuesto a morir por vos.
—Si no os importa, prefiero encontrar a alguien dispuesto a matar por mí. —Tyrion recorrió la sala con la mirada. Nadie se movió. Durante un largo instante, se preguntó si no habría cometido un error colosal.
Y, en aquel momento, alguien avanzó desde el fondo de la sala.
—Yo me batiré por el enano —anunció Bronn.

EDDARD

Volvió a tener el mismo sueño de hacía tiempo, el de los tres caballeros con capas blancas, la torre caída y Lyanna en su lecho de sangre.
En el sueño, sus amigos cabalgaban con él, como había sucedido en la realidad: el orgulloso Martyn Cassel, padre de Jory; el fiel Theo Wull; Ethan Glover, que había sido pupilo de Brandon; Ser Mark Ryswell, de verbo amable y corazón bondadoso; el lacustre Howland Reed; Lord Dustin a lomos de su semental alazán. Ned había conocido sus rostros tan bien como el suyo propio, pero los años habían erosionado los recuerdos, incluso aquellos que había prometido no olvidar jamás. En el sueño no eran más que sombras, espectros grises cabalgando sobre caballos de niebla.
Eran siete, y se enfrentaban a tres. En el sueño, tal como había sucedido en la realidad. Pero no eran tres jinetes cualesquiera. Habían estado esperando ante la torre redonda, con las montañas rojizas de Dorne a sus espaldas, las capas blancas ondeando al viento. Y no eran sombras; sus rostros seguían siendo claros pese al tiempo. Ser Arthur Dayne, la Espada del Amanecer, con una amplia sonrisa en los labios. La empuñadura de su espadón, Albor, le asomaba por encima del hombro derecho. Ser Oswell Whent tenía una rodilla hincada en el suelo y afilaba su hoja con una piedra de amolar. En su yelmo blanco, el halcón que era el emblema de su Casa desplegaba las alas negras. Entre ellos se encontraba el torvo Ser Gerold Hightower, el Toro Blanco, Lord Comandante de la Guardia Real.
—Os busqué en el Tridente —les dijo Ned.
—No estábamos allí —replicó Ser Gerold.
—De haber estado el Usurpador lloraría lágrimas de sangre —dijo Ser Oswell.
—Cuando cayó Desembarco del Rey, Ser Jaime mató a vuestro rey con una espada dorada. ¿Dónde estabais entonces?
—Muy lejos —dijo Ser Gerold—. De lo contrario Aerys seguiría ocupando el Trono de Hierro, y nuestro falso hermano ardería en los siete infiernos.
—Bajé a Bastión de Tormentas para levantar el asedio —les dijo—. Lord Tyrell y Lord Redwyne rindieron sus pendones, y todos sus caballeros se arrodillaron para jurarnos lealtad. Estaba seguro de que os encontraría entre ellos.
—No nos arrodillamos tan fácilmente —señaló Ser Arthur Dayne.
—Ser Willem Darry ha huido a Rocadragón con vuestra reina y con el príncipe Viserys. Pensé que habríais embarcado con ellos.
—Ser Willem es un hombre bueno y honesto —dijo Ser Oswell.
—Pero no pertenece a la Guardia Real —señaló Ser Gerold—. La Guardia Real no huye.
—Ni entonces ni ahora —dijo Ser Arthur. Se puso el yelmo.
—Hicimos un juramento —explicó el anciano Ser Gerold.
Los espectros de Ned se situaron junto a él, con espadas de sombras en las manos. Eran siete contra tres.
—Y esto va a empezar ahora mismo —dijo Ser Arthur Dayne, la Espada del Amanecer. Desenvainó a Albor y la sujetó con ambas manos. La hoja era blanca como la leche, la luz hacía que pareciera tener vida.
—No —dijo Ned con voz entristecida—. Esto va a terminar ahora mismo.
En el momento en que los aceros chocaron con estruendo, alcanzó a oír la voz de Lyanna que gritaba su nombre. Una tormenta de pétalos de rosa cayó de un cielo jalonado de sangre, azul como los ojos de la muerte.
—Lord Eddard —llamó Lyanna de nuevo.
—Te lo prometo —susurró—. Te lo prometo, Lya...
—Lord Eddard —repitió un hombre en la oscuridad.
Eddard Stark abrió los ojos con un gemido. La luz de la luna entraba por las altas ventanas de la Torre de la Mano. Había una sombra junto a la cama.
—¿Lord Eddard?
—¿Cuánto... cuánto tiempo? —Las sábanas estaban enredadas, tenía la pierna entablillada y escayolada. Sentía un dolor sordo en todo el costado.
—Seis días y siete noches —La voz era la de Vayon Poole. El mayordomo le acercó una copa a los labios—. Bebed, mi señor.
—¿Qué...?
—Agua, nada más. El maestre Pycelle dijo que tendríais sed. —Ned bebió. Tenía los labios secos y agrietados. El agua le supo dulce como la miel—. El rey ha dejado órdenes —siguió Vayon Poole cuando hubo vaciado la copa—. Quiere hablar con vos, mi señor.
—Mañana —replicó Ned—. Cuando esté más fuerte. —No podía enfrentarse a Robert en aquel momento. El sueño lo había dejado débil como un gatito recién nacido.
—Mi señor —insistió Poole—, ordenó que fuerais a verlo en cuanto abrierais los ojos.
El mayordomo se fingía muy atareado encendiendo una vela en la mesilla. Ned maldijo entre dientes. La paciencia nunca había figurado entre las virtudes de Robert.
—Dile que estoy demasiado débil para ir a verlo. Si quiere hablar conmigo, será un placer recibirlo aquí. Y espero que esté durmiendo profundamente cuando lo despiertes. Llama también a... —Iba a decir «Jory», cuando lo recordó todo—. Llamad también al capitán de mi guardia.
Alyn entró en el dormitorio instantes después de que saliera el mayordomo.
—Mi señor.
—Poole me ha dicho que han pasado seis días —dijo Ned—. Necesito saber cómo está la situación.
—El Matarreyes ha huido de la ciudad —relató Alyn—. Se dice que ha ido a Roca Casterly para unirse al ejército de su padre. Todo el mundo comenta cómo Lady Catelyn tomó prisionero al Gnomo. He puesto guardias adicionales, espero que os parezca bien.
—Por supuesto —asintió Ned—. ¿Y mis hijas?
—Han estado con vos día y noche, mi señor. Sansa reza en silencio, pero Arya... —Titubeó un instante—. No ha dicho ni una palabra desde que os trajeron. Es una verdadera fiera, mi señor. Jamás había visto tanta ira en una niña.
—Pase lo que pase —dijo Ned—, quiero que mis hijas estén a salvo. Esto no ha hecho más que empezar.
—No les sucederá nada, Lord Eddard —dijo Alyn—. Las protegeré con mi vida.
—Jory y los demás...
—Entregamos sus cuerpos a las hermanas silenciosas para que los llevaran al norte, a Invernalia. A Jory le habría gustado reposar junto a su abuelo.
Tendría que ser junto a su abuelo, porque el padre de Jory estaba enterrado mucho más al sur. Martyn Cassel había perecido, junto con todos los demás. Después Ned había derribado la torre, y con sus piedras ensangrentadas había alzado ocho túmulos sobre el risco. Según se decía, Rhaegar la llamaba «torre de la alegría», pero para él sólo tendría ya siempre recuerdos amargos. Habían sido siete contra tres, pero sólo dos de su grupo sobrevivieron: el propio Eddard Stark y el menudo lacustre, Howland Reed. Volver a tener aquel viejo sueño tras tantos años no era un buen presagio.
—Bien hecho, Alyn —decía Ned cuando regresó Vayon Poole.
—Ha llegado Su Alteza, mi señor —dijo el mayordomo con una profunda reverencia—, viene con la reina.
Ned se incorporó un poco, e hizo una mueca al sentir el dolor de la pierna. No había esperado recibir también a Cersei. Tampoco aquello auguraba nada bueno.
—Hacedlos pasar y dejadnos a solas. Lo que hablemos no debe salir de aquí.
Poole se retiró en silencio.
Robert había tenido tiempo de vestirse. Llevaba un jubón de terciopelo negro, con el venado coronado de los Baratheon bordado en el pecho con hilo de oro, y una capa a cuadros dorados y negros. Sostenía un frasco de vino en la mano y ya tenía el rostro congestionado por la bebida. Tras él entró Cersei Lannister, con una diadema enjoyada en el pelo.
—Altezas —saludo Ned—. Os ruego que me perdonéis. No puedo levantarme.
—No importa —replicó el rey en tono seco—. ¿Un poco de vino? Es de Arbor. Buena cosecha.
—Una copa pequeña —dijo Ned—. Todavía tengo la cabeza espesa por la leche de la amapola.
—En vuestro lugar cualquier otro hombre se consideraría afortunado por tener todavía una cabeza sobre los hombros —declaró la reina.
—Cállate, mujer —le espetó Robert. Tendió a Ned una copa de vino—. ¿Te sigue doliendo la pierna?
—Un poco —asintió Ned. La cabeza le daba vueltas, pero no podía reconocer su debilidad delante de la reina.
—Pycelle dice que se te va a curar bien. —Robert frunció el ceño—. Doy por supuesto que ya sabes qué ha hecho Catelyn.
—Así es. —Ned bebió un sorbo de vino—. Mi señora esposa no es culpable de nada, Alteza. Todo lo que ha hecho ha sido siguiendo mis instrucciones.
—No estoy nada contento, Ned —gruñó Robert.
—¿Qué derecho creéis que tenéis a ponerle las manos encima a mi familia? —restalló Cersei—. ¿Quién os creéis que sois?
—La Mano del Rey —respondió Ned con cortesía gélida—. El hombre al que vuestro señor esposo encomendó la misión de defender la paz del rey, y llevar a cabo la justicia del rey.
—Erais la Mano —empezó Cersei—. Pero ahora...
—¡Silencio! —rugió el rey—. Le has hecho una pregunta y te ha respondido. —Cersei cerró la boca, pálida de ira, y Robert se volvió de nuevo hacia Ned—. Hablas de defender la paz del rey. ¿Así es como defiendes mi paz, Ned? Han muerto siete hombres...
—Ocho —lo corrigió la reina—. Tregar ha muerto esta mañana por las heridas que le causó Lord Stark.
—Secuestros en el camino real y peleas de borrachos en mis calles —dijo el rey—. No pienso tolerarlo, Ned.
—Catelyn tenía buenos motivos para detener al Gnomo...
—¡He dicho que no pienso tolerarlo! Al infierno con sus motivos. Ordenarás a tu mujer que libere al enano de inmediato y harás las paces con Jaime.
—Tres de mis hombres fueron asesinados ante mis ojos porque Jaime Lannister quería castigarme. ¿Pretendes que lo olvide?
—Mi hermano no inició esa disputa —dijo Cersei al rey—. Lord Stark regresaba borracho de un burdel. Sus hombres atacaron a Jaime y a sus guardias, igual que su esposa atacó a Tyrion en el camino real.
—Me conoces bien, Robert —dijo Ned—. Y si dudas de mí, pregunta a Lord Baelish. Iba con nosotros.
—Ya he hablado con Meñique —replicó Robert—. Asegura que fue a buscar a los capas doradas antes de que empezara la pelea, pero reconoce que volvíais de algún prostíbulo.
—¿De algún prostíbulo? ¡Maldita sea, Robert, fui a ver a tu hija! Su madre la ha llamado Barra. Se parece a la primera hija que tuviste, en el Valle, cuando éramos niños. —Mientras hablaba, observaba el rostro de la reina; la cara de la mujer era una máscara pálida y rígida, que no dejaba traslucir nada. Robert, en cambio, se sonrojó.
—Barra —gruñó—. Y supongo que pensará que eso me complace. Maldita chica, pensé que tenía más sentido común.
—No tiene más de quince años, es una prostituta, y ¿pensabas que tenía más sentido común? —preguntó Ned, incrédulo. La pierna empezaba a dolerle mucho. Le costaba contener la ira—. Esa niña tonta está enamorada de ti, Robert.
—Esta conversación no es apropiada para los oídos de la reina —dijo el rey echándole una mirada a Cersei.
—A Su Alteza no le gustará nada de lo que yo pueda decir —replicó Ned—. Me han contado que el Matarreyes ha huido de la ciudad. Dame permiso para obligarlo a volver, y que se haga justicia.
—No —dijo el rey después de hacer girar el vino en la copa, pensativo y beber un sorbo—. Y no quiero oír más sobre este tema. Jaime mató a tres de tus hombres, y tú a cinco de los suyos. Punto y final.
—¿Ésa es tu idea de la justicia? —estalló Ned—. En ese caso, me alegro de no ser ya la Mano.
—Si cualquier hombre hubiera osado hablar a un Targaryen como él te ha hablado a ti... —La reina miraba a su esposo.
—¿Acaso me tomas por Aerys? —la interrumpió Robert.
—Te tomaba por un rey. Por las leyes del matrimonio y los lazos que nos unen, Jaime y Tyrion son tus hermanos. Los Stark han hecho huir a uno y han secuestrado al otro. Este hombre te deshonra cada vez que respira, y tú le preguntas que si le duele la pierna y si quiere vino.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que te calles, mujer? —El rostro de Robert estaba desfigurado por la ira.
—Los dioses jugaron con nosotros dos —dijo Cersei, en su rostro se reflejaba un mundo de desprecio—. Yo debería vestir una cota de mallas, y tú llevar faldas.
El rey, rojo de ira, le asestó un violento golpe con el dorso de la mano. Cersei Lannister se tambaleó contra una mesa y cayó al suelo, pero no dejó escapar ni una lágrima. Se llevó los finos dedos a la mejilla magullada, donde la piel blanca empezaba ya a enrojecerse. Al día siguiente el moretón le cubriría la mitad del rostro.
—Luciré esto como símbolo de honor —anunció.
—Pues lúcelo en silencio, o te honraré de nuevo —juró Robert. Llamó al guardia a gritos. Ser Meryn Trant, alto y sombrío en su armadura blanca, entró en la estancia—. La reina está cansada. Acompáñala a su dormitorio.
El caballero ayudó a Cersei a ponerse en pie, y la acompañó sin decir palabra.
—Ya has visto lo que me hace esa mujer, Ned. —Robert cogió la jarra, volvió a llenarse la copa y se sentó, con la copa de vino en la mano—. Mi querida esposa. La madre de mis hijos. —La ira se había esfumado. Ned vio en sus ojos tristeza y miedo—. No debería haberla golpeado. No ha sido... no ha sido propio de un rey. —Bajó la vista y se examinó las manos como si se las viera por primera vez—. Siempre he sido fuerte... nadie podía conmigo, nadie. Pero, ¿cómo se pelea con alguien si no lo puedes golpear? —El rey sacudió la cabeza, confuso—. Rhaegar... maldita sea, Rhaegar venció. Yo lo maté, Ned, le traspasé la armadura negra hasta su negro corazón, murió a mis pies. Se compusieron canciones sobre aquello. Pero, aun así, venció. Ahora él tiene a Lyanna, y yo la tengo a ella. —Vació su copa.
—Alteza —empezó Ned Stark—, tenemos que hablar.
—Estoy harto de hablar, harto. —Robert se apretó las sienes con los dedos—. Mañana iré a cazar al Bosque Real. Sea lo que sea lo que quieres decirme, tendrá que esperar hasta mi regreso.
—Si los dioses son bondadosos no estaré aquí cuando regreses. Me ordenaste volver a Invernalia, ¿recuerdas?
—Los dioses no son bondadosos, Ned. —Robert se levantó. Tuvo que agarrarse a uno de los postes de la cama para mantener el equilibrio—. Toma, esto es tuyo. —Se sacó de un bolsillo en el forro de la capa el pesado broche de plata en forma de mano, y lo tiró sobre la cama—. Te guste o no, eres mi Mano. Te prohíbo que te vayas.
—La chica, la Targaryen... —Ned cogió el broche de plata. Por lo visto no le dejaba ninguna elección. La pierna le palpitaba, y se sentía impotente como un bebé.
El rey dejó escapar un gemido.
—Por los siete infiernos, no empieces con ella otra vez. Está decidido. No pienso discutirlo más.
—¿Por qué quieres que sea la Mano, si te niegas a escuchar mis consejos?
—¿Por qué? —Robert se echó a reír—. ¿Y por qué no? Alguien tiene que gobernar este maldito reino. Ponte el broche, Ned. Te sienta muy bien. Y si alguna vez vuelves a tirármelo a la cara, te juro que se lo pondré a Jaime Lannister.

CATELYN

El cielo del este se tiñó de rosa y oro a medida que el sol salía sobre el Valle de Arryn. Catelyn Stark, con las manos apoyadas en la piedra tallada del antepecho de la ventana, contempló cómo la luz se difundía y el mundo pasaba del negro al añil y luego al verde, a medida que el amanecer avanzaba por los prados y bosques. De las Lágrimas de Alyssa ascendían jirones de niebla blanca, allí donde las aguas fantasmales caían por la ladera de la montaña e iniciaban el largo descenso por la Lanza del Gigante. Catelyn sentía en el rostro el roce de algunas gotas.
Alyssa Arryn había visto morir asesinados a su esposo, a sus hermanos y a todos sus hijos, pero en vida jamás derramó una lágrima. Por eso los dioses habían decretado que, tras su muerte, no conociera el descanso hasta que su llanto empapase la tierra negra del Valle bajo la que yacían los hombres a los que había amado y enterrado. Alyssa llevaba muerta seiscientos años, y ni una gota del torrente había llegado jamás al suelo del valle, tan abajo. Catelyn se preguntó cómo sería la catarata de sus lágrimas cuando muriese.
—Cuéntame todo lo demás —dijo.
—El Matarreyes está reuniendo sus huestes en Roca Casterly —respondió Ser Rodrik Cassel, en la habitación, a su espalda—. Vuestro hermano nos escribe que ha enviado jinetes a la Roca para exigir a Lord Tywin que explique sus intenciones, pero no ha obtenido ninguna respuesta. Edmure ha ordenado a Lord Vance y Lord Piper que guarden el paso bajo el Colmillo Dorado. Os jura que no cederá ni un metro de tierra Tully sin antes regarlo con sangre Lannister.
Catelyn se apartó del amanecer. Tanta belleza no bastaba para aliviar su sombrío humor; era una crueldad que un día comenzara con tanta hermosura y fuera a terminar de manera tan horrible como todo indicaba.
—Edmure ha enviado jinetes y ha hecho juramentos —dijo—. Pero no es el señor de Aguasdulces. ¿Qué pasa con mi padre?
—El mensaje de Lord Hoster no lo menciona, mi señora. —Ser Rodrik se tironeó de los bigotes. Mientras se recuperaba de las heridas, le habían vuelto a crecer, blancos como la nieve e hirsutos como un espino. Casi volvía a ser el mismo de antes.
—Mi padre no dejaría la defensa de Aguasdulces en manos de Edmure a menos que estuviera muy enfermo —señaló, preocupada—. Debisteis despertarme en cuanto llegó el pájaro.
—Vuestra señora hermana pensó que sería mejor dejaros dormir. Me lo ha dicho el maestre Colemon.
—Debisteis despertarme —insistió.
—Según el maestre, vuestra hermana pensaba hablar con vos después del combate —dijo Ser Rodrik.
—¿Así que piensa seguir adelante con esta payasada? —Catelyn hizo una mueca—. El enano la ha hecho bailar a su son y ella está tan sorda que no oye la música. Suceda lo que suceda esta mañana debemos partir enseguida, Ser Rodrik. Mi lugar está en Invernalia, al lado de mis hijos. Si os sentís con fuerzas para viajar, pediré a Lysa que nos proporcione escolta hasta Puerto Gaviota. Desde allí seguiremos en barco.
—¿Otra vez en barco? —Ser Rodrik se puso algo verde, pero consiguió no estremecerse—. Como ordenéis, mi señora.
El anciano caballero aguardó tras la puerta mientras Catelyn llamaba a las criadas que Lysa le había asignado. Si hablaba con su hermana antes del duelo quizá consiguiera que cambiara de opinión, pensó mientras la vestían. Los planes de Lysa cambiaban según sus estados de ánimo, y sus estados de ánimo cambiaban a cada hora. La niña tímida que había sido en Aguasdulces se había convertido con los años en una mujer que era, a ratos orgullosa, miedosa, cruel, soñadora, despiadada, tímida, testaruda, soberbia y, sobre todo, inconstante.
Cuando el repugnante carcelero de Lysa había acudido a ellas para decirles que Tyrion Lannister quería confesar, Catelyn suplicó a su hermana que hablaran con el enano en privado; pero no, ella tenía que hacer de aquello un espectáculo ante la mitad del Valle. Y así habían ido las cosas...
—Lannister es mi prisionero —dijo a Ser Rodrik mientras bajaban por las escaleras de la torre, en dirección a los fríos salones blancos del Nido de Águilas. Catelyn vestía una sencilla túnica de algodón con cinturón plateado—. Habrá que recordárselo a mi hermana.
Junto a la entrada de las habitaciones de Lysa se encontraron con su tío, que salía hecho una furia.
—¿Vas a unirte al festival de los locos? —gritó Ser Brynden—. Te diría que le dieras una buena bofetada a ver si se le metía algo de sentido común en la cabeza, pero no serviría de nada, sólo te magullarías la mano.
—Ha llegado un pájaro de Aguasdulces —empezó Catelyn—. Con una carta de Edmure...
—Ya lo sé, pequeña. —El pez negro con que se abrochaba la capa era la única concesión que Brynden hacía en cuestión de ornamentos—. He tenido que enterarme a través del maestre Colemon. Le pedí a tu hermana que me dejara partir con un millar de jinetes para ir inmediatamente a Aguasdulces. ¿Y sabes qué me ha dicho? «El Valle no puede prescindir ahora de mil espadas, no puede prescindir ni de una espada, tío. Eres el Caballero de la Puerta. Tu lugar está aquí.» —Del otro lado de la puerta les llegó el sonido de una carcajada infantil. Su tío echó un vistazo por encima del hombro, sombrío—. Le he dicho que más vale que se vaya buscando otro Caballero de la Puerta. Pescado negro o no, sigo siendo un Tully. Me marcharé a Aguasdulces antes de que anochezca.
—¿Solo? —Catelyn no se molestó en fingir sorpresa—. Sabes tan bien como yo que no sobrevivirías en el camino alto. Ser Rodrik y yo vamos a volver a Invernalia. Ven con nosotros, tío. Yo te daré mil hombres. Aguasdulces no tendrá que luchar a solas.
—Como tú digas —asintió Brynden con gesto brusco después de meditar un instante—. Es el camino más largo para volver a casa, pero así al menos llegaré. Te espero abajo. —Se alejó a zancadas, con la capa ondeando a la espalda.
Catelyn intercambió una mirada con Ser Rodrik. Ambos se encaminaron hacia el lugar de donde procedían las nerviosas risitas infantiles.
Las habitaciones de Lysa daban a un pequeño jardín, un círculo de tierra y hierba con flores azules, rodeado de altas torres blancas. Los diseñadores habían intentado que fuera un bosque de dioses, pero el Nido de Águilas reposaba sobre la piedra dura de la montaña, y por mucha tierra fértil que acarrearan desde el Valle no consiguieron que arraigara ningún arciano. De manera que los señores del Nido de Águilas plantaron hierba y distribuyeron unas cuantas estatuas entre los arbustos bajos. Allí se reunirían los dos campeones, para poner sus vidas y la de Tyrion Lannister en las manos de los dioses.
Lysa, con el pelo recién cepillado y envuelta en una túnica de terciopelo color crema, con un collar de zafiros y adularias que le rodeaba el cuello lechoso, daba audiencia en una terraza desde la que se divisaba el lugar del combate, rodeada por sus caballeros, pretendientes, grandes señores y señores de mediana importancia. Muchos de ellos seguían teniendo la esperanza de poder casarse con ella, llevarla a la cama y gobernar a su lado el Valle de Arryn. Por lo que había visto Catelyn durante su estancia en el Nido de Águilas, era una esperanza vana.
Se había erigido una plataforma de madera para elevar el trono de Robert. Y allí estaba el señor del Nido de Águilas, entre risitas y palmoteos, mientras un titiritero jorobado vestido con abigarradas ropas azules y blancas hacía que dos marionetas de madera se lanzaran tajos y estocadas. Se habían dispuesto jarras de crema espesa y cestas de moras, y los invitados bebían vino dulce aromatizado con naranja en copas de plata labrada. El festival de los locos, como lo había llamado Brynden, con toda razón.
Al otro lado de la terraza, Lysa reía alegremente alguna broma de Lord Hunter, y mordisqueaba una mora en la punta de la daga de Ser Lyn Corbray. Eran los pretendientes favoritos de Lysa... al menos aquel día. A Catelyn le habría costado decidir cuál de los dos hombres era menos adecuado. Eon Hunter era aún más viejo que Jon Arryn, la gota lo tenía casi imposibilitado y cargaba con la maldición de tres hijos pendencieros y a cuál más codicioso. Ser Lyn era un loco de otro tipo: delgado, atractivo, heredero de una casa antigua pero venida a menos, engreído, temerario, de genio vivo... y, según se decía, su desinterés por los encantos íntimos de las mujeres era notorio.
Lysa vio a Catelyn y la recibió con un abrazo fraternal y un beso húmedo en cada mejilla.
—Qué mañana tan bonita, ¿verdad? Los dioses nos sonríen. Toma una copa de vino, mi querida hermana. Lord Hunter ha tenido la amabilidad de hacer que lo subieran de sus bodegas.
—No, gracias. Tenemos que hablar, Lysa.
—Luego —le prometió su hermana, al tiempo que empezaba a darse la vuelta.
—Ahora. —Catelyn habló más alto de lo que pretendía. Los hombres se volvieron para mirarla—. No puedes seguir adelante con esta locura, Lysa. El Gnomo sólo tiene valor vivo. Muerto no vale ni como carroña para los cuervos. Y si venciera su campeón...
—Es poco probable, mi señora —la tranquilizó Lord Hunter, palmeándole la espalda con una mano llena de manchas hepáticas—. Ser Vardis es un guerrero valeroso. Dará buena cuenta del mercenario.
—¿Estáis seguro, mi señor? —replicó Catelyn con frialdad—. Yo no tanto. —Ella había visto pelear a Bronn en el camino alto; no era ninguna casualidad que hubiera sobrevivido a un viaje que se había cobrado las vidas de tantos otros. Se movía como una pantera, y su espada oxidada parecía formar parte de su brazo.
Los pretendientes de Lysa se estaban arremolinando en torno a ellos como abejas junto a una flor.
—Las mujeres no entienden de estas cosas —dijo Ser Morton Waynwood—. Mi querida señora, Ser Vardis es un caballero. El otro en cambio es... bueno, los hombres como él son cobardes, en el fondo. Resultan muy útiles en una batalla, cuando están rodeados de miles de tipos como ellos, pero en cuanto se quedan solos pierden toda la hombría.
—Supongamos que tenéis razón —dijo Catelyn con una cortesía que le dolía en la boca—. ¿Qué ganaremos con la muerte del enano? ¿Creéis que a Jaime le importará un bledo que juzgáramos a su hermano antes de despeñarlo?
—Pues lo decapitaremos —sugirió Ser Lyn Corbray—. Cuando el Matarreyes reciba la cabeza del Gnomo lo tomará como una advertencia.
—Lord Robert quiere ver cómo vuela —dijo Lysa, impaciente, sacudiendo la melena suelta que le llegaba a la cintura como si con eso zanjara el asunto—. Y nadie tiene la culpa más que el Gnomo. Él fue quien exigió un juicio por combate.
—Lady Lysa no podía negarse de manera honorable, ni aunque lo hubiera deseado —entonó Lord Hunter, parsimonioso.
Catelyn hizo caso omiso de los aduladores y concentró todas las energías en su hermana.
—Te recuerdo que Tyrion Lannister es mi prisionero.
—¡Y yo te recuerdo que el enano asesinó a mi señor esposo! —chilló ella—. ¡Envenenó a la Mano del Rey, dejó huérfano a mi pequeñín, y quiero que lo pague muy caro! —Lysa se dio la vuelta bruscamente y se dirigió hacia el otro extremo de la terraza. Ser Lyn, Ser Morton y el resto de los pretendientes hicieron una fría reverencia a Catelyn y corrieron tras ella.
—¿Creéis que fue así? —le preguntó en voz baja Ser Rodrik cuando volvieron a estar a solas—. ¿Pensáis que mató a Lord Jon? El Gnomo lo niega, y parece sincero...
—Creo que los Lannister asesinaron a Lord Arryn —respondió Catelyn—. Pero no sé si fue Tyrion, o Ser Jaime, o la reina, o todos a la vez. —Lysa había nombrado a Cersei en la carta que enviara a Invernalia, pero en aquellos momentos parecía convencida de que el asesino había sido Tyrion... quizá porque el enano estaba allí, a su alcance, mientras que la reina se encontraba a salvo tras los muros de la Fortaleza Roja, a cientos de leguas hacia el sur. Catelyn casi deseaba haber quemado la carta de su hermana antes de leerla.
—Veneno... —Ser Rodrik se tironeó de los bigotes—. Sí, claro, podría ser cosa del enano. O de Cersei. Se dice que el veneno es arma de mujer, y perdonad que lo diga, mi señora. En cambio, el Matarreyes... no me gusta ese hombre, pero no es el tipo de persona que haría algo así. Le gusta demasiado ver su espada dorada manchada de sangre. ¿Fue veneno, mi señora?
—¿Cómo si no habrían hecho que pareciera muerte natural? —Catelyn frunció el ceño, algo intranquila. Tras ellos, Lord Robert gritó divertido cuando una de las marionetas en forma de caballero cortó a la otra por la mitad, derramando sobre la terraza una lluvia de serrín teñido de rojo. Miró a su sobrino y suspiró—. A ese niño le hace falta mucha disciplina. Si no lo apartan de su madre una buena temporada, nunca será capaz de gobernar.
—Su señor padre habría estado de acuerdo con vos —dijo una voz junto a su codo. Catelyn se volvió. El maestre Colemon estaba a su lado, con una copa de vino en la mano—. Pensaba enviar al chico como pupilo a Rocadragón, ¿sabéis? Oh, pero estoy hablando demasiado... —La nuez de la garganta le subía y le bajaba tras la papada. Estaba muy nervioso—. Me temo que he abusado del excelente vino de Lord Hunter. Sólo pensar en el derramamiento de sangre me pone los nervios de punta...
—Os equivocáis, maestre —dijo Catelyn—. Iba a enviarlo a Roca Casterly, no a Rocadragón, y todo eso se acordó tras la muerte de la Mano, sin el consentimiento de mi hermana.
El maestre sacudió la cabeza con energía. Tenía el cuello tan largo que casi parecía una marioneta él también.
—No, mi señora, tengo que llevaros la contraria, pero fue Lord Jon quien...
Abajo empezó a sonar una campana. Los grandes señores, y también las sirvientas, interrumpieron lo que hacían y se acercaron a la balaustrada. Abajo, dos guardias enfundados en capas celestes acompañaban a Tyrion Lannister. El regordete septon del Nido de Águilas lo escoltó hasta la estatua erigida en el centro del jardín, una mujer llorosa, tallada en mármol blanco jaspeado, que con toda seguridad representaba a Alyssa.
—El hombrecillo malvado —dijo Lord Robert, con una risita tonta—. Madre, ¿puedo hacerlo volar? Quiero verlo volar.
—Más tarde, mi pequeñín —le prometió Lysa.
—Primero, el juicio —pronunció, cansino, Ser Lyn Corbray—, y después, la ejecución.
Un momento más tarde, los dos campeones aparecieron por lados opuestos del jardín. El caballero contaba con la asistencia de dos escuderos jóvenes, el mercenario con la del maestro de armas del Nido de Águilas.
Ser Vardis Egen vestía de acero de la cabeza a los pies, llevaba una pesada armadura articulada sobre una cota de mallas y una sobrecota acolchada. Grandes rondelas circulares, esmaltadas en colores crema y azul, con el sello de la luna y el halcón de la Casa Arryn, protegían la articulación vulnerable donde el brazo se unía al tórax. Una faldilla de metal articulado lo cubría desde la cintura hasta medio muslo, y tenía la garganta protegida por un gorjal macizo. De las sienes del yelmo brotaban las alas del halcón, y el visor era un afilado pico de metal con una estrecha ranura para los ojos.
Bronn llevaba una armadura tan ligera que, al lado del caballero, parecía casi desnudo. Vestía solamente una camisa de anillas de hierro sobre cuero tratado, un medio yelmo redondo, de acero, con un protector para la nariz, y un casco de malla. Botas altas de cuero con espinilleras de acero le protegían las piernas hasta cierto punto, y en los dedos de los guantes llevaba cosidos discos de hierro negro. No obstante, Catelyn se dio cuenta de que el mercenario era un palmo más alto que su oponente, con más alcance... y, a primera vista, aparentaba quince años menos.
Se arrodillaron sobre la hierba, bajo la mujer llorosa, uno frente al otro, con Lannister entre ambos. El septon extrajo una esfera de vidrio facetado de la bolsa de tela que llevaba en la cintura. La levantó por encima de su cabeza y la luz se fragmentó. Sobre el rostro del Gnomo aparecieron arco iris danzantes. Con voz alta, solemne y melódica, el septon rogó a los dioses que miraran abajo y sirvieran de testigos para encontrar la verdad en el alma de aquel hombre, para garantizarle la vida y la libertad si era inocente, y la muerte si era culpable. Su voz retumbó contra las torres circundantes.
Cuando el último eco desapareció, el septon bajó el vidrio y se marchó presuroso. Tyrion se inclinó y susurró algo al oído de Bronn antes de que los guardias se lo llevaran. El mercenario se incorporó riendo y se sacudió una brizna de hierba de la rodilla.
Robert Arryn, señor de Nido de Águilas y Defensor del Valle, se movía con impaciencia en su trono elevado.
—¿Cuándo van a combatir? —preguntó, plañidero.
Uno de los asistentes ayudó a Ser Vardis a ponerse en pie. El otro le entregó un escudo triangular, de algo más de un metro de alto, de grueso roble con clavos de hierro. Se lo ataron al antebrazo izquierdo. Cuando el maestro de armas de Lysa le ofreció un escudo similar a Bronn, el mercenario escupió y lo rechazó con un gesto. Una basta barba de tres días le cubría la mandíbula y los pómulos, pero si no se había afeitado no era por falta de una cuchilla: el filo de su espada tenía el destello peligroso del acero que ha sido afilado durante horas, cada día, hasta resultar tan cortante que no se podía ni tocar.
Ser Vardis extendió la mano, enfundada en un guantelete, y su asistente le entregó una espada larga de doble filo. En la hoja habían cincelado la delicada imagen de un cielo montañoso; el puño era la cabeza de un halcón, la guarda tenía forma de alas.
—Hice que forjaran esa espada para Jon en Desembarco del Rey —dijo Lysa con orgullo a sus huéspedes, que observaban cómo Ser Vardis lanzaba un tajo de práctica—. La llevaba siempre que se sentaba en el Trono de Hierro, en el palacio del rey Robert. ¿No es encantadora? Creo que es adecuado que nuestro campeón vengue a Jon con su espada.
La magnífica hoja, con adornos de plata, era sin duda hermosísima, pero a Catelyn le pareció que Ser Vardis se habría sentido más cómodo con su espada. Pero no dijo nada, estaba harta de discusiones inútiles con su hermana.
—¡Haced que combatan! —exigió Lord Robert.
Ser Vardis miró al señor del Nido de Águilas y levantó la espada, a guisa de saludo.
—¡Por el Nido de Águilas y el Valle!
Tyrion Lannister había permanecido sentado en un balcón al otro lado del jardín, flanqueado por sus guardias. A él se volvió Bronn con un saludo apresurado.
—Esperan vuestra orden —dijo Lady Lysa a su hijo, el señor.
—¡Combatid! —gritó el chico, con los brazos temblorosos y las manos aferradas a la silla como garfios.
Ser Vardis giró, levantando el pesado escudo. Bronn se dispuso a hacerle frente. Las espadas chocaron, una, dos veces, probando las fuerzas. El mercenario retrocedió un paso. El caballero lo persiguió, con el escudo levantado ante sí. Lanzó un tajo, pero Bronn retrocedió, poniéndose fuera de su alcance, y la hoja plateada solamente cortó el aire. Bronn se movió hacia su derecha. Ser Vardis se desplazó para seguirlo, con el escudo entre ambos. El caballero avanzaba pisando con cuidado el suelo irregular. El mercenario retrocedía, con una leve sonrisa en los labios. Ser Vardis atacó, lanzando estocadas, pero Bronn retrocedió dando un pequeño salto sobre una piedra, cubierta de musgo. El mercenario giró a la izquierda, apartándose del escudo, aproximándose al flanco desprotegido del caballero. Ser Vardis intentó un ataque a las piernas, pero no llegó. Bronn siguió danzando hacia su izquierda. Ser Vardis giró en el sitio.
—Ese hombre es un cobarde —declaró Lord Hunter—. ¡Detente y pelea, miserable! —Varias voces se hicieron eco de aquel sentimiento.
Catelyn miró a Ser Rodrik. Su maestro de armas sacudió brevemente la cabeza.
—Quiere que Ser Vardis lo persiga. El peso de la armadura y el escudo agotarían hasta al más fuerte de los hombres.
Ella había visto a los hombres practicar con la espada casi todos los días de su vida, había presenciado medio centenar de torneos, pero esto era algo diferente y más letal: un baile, donde la menor equivocación en un paso significaba la muerte. Y mientras observaba, el recuerdo de otro duelo en otra época acudió a la memoria de Catelyn Stark, tan vívidamente como si hubiera ocurrido el día anterior.
Habían luchado en el patio inferior de Aguasdulces. Cuando Brandon vio que Petyr sólo llevaba el yelmo, la placa pectoral y la malla, se quitó casi toda la armadura. Petyr le había pedido a ella una prenda para llevarla, pero Catelyn lo había rechazado. Su padre, el señor, la había prometido a Brandon Stark, y fue a él a quien le dio su prenda, un pañuelo azul claro en el que había bordado la trucha saltarina de Aguasdulces. Mientras se lo ponía en la mano, miró a Brandon, suplicante.
—Sólo es un niño tonto, pero lo quiero como a un hermano. Me causaría dolor verlo morir —le dijo.
Su prometido la miró con los fríos ojos grises de los Stark, y le prometió no matar al chico que la amaba.
Aquel combate terminó casi nada más empezar. Brandon era un hombre hecho y derecho, e hizo retroceder a Meñique a todo lo largo del patio hasta la escalera que llevaba al agua, descargando el acero sobre él a cada paso, hasta que el chico quedó tambaleándose y sangrando por una docena de heridas. «¡Ríndete!», le gritó en varias ocasiones, pero Petyr se limitaba a hacer un gesto de negación y seguía combatiendo, sombrío. Cuando el río les lamía ya los tobillos, Brandon puso punto final al duelo con un mandoble de revés, que cortó el cuero recubierto de anillas de acero de Petyr y le produjo una herida en la carne blanda, bajo las costillas, tan profunda que Catelyn creyó que sería mortal. Mientras caía, el chico la miró y murmuró: «Cat». La sangre, brillante, le fluía entre los dedos, recubiertos de malla. Catelyn pensaba que ya se había olvidado de aquello.
Fue la última vez que vio su rostro... hasta el día en que la llevaron ante él, en Desembarco del Rey.
Habían transcurrido dos semanas antes de que Meñique tuviera fuerzas suficientes para abandonar Aguasdulces, pero su padre, el señor, le prohibió visitarlo en la torre, donde yacía. Lysa ayudó a su maestre a cuidarlo, era más callada y retraída en aquella época. Edmure también fue a visitarlo, pero Petyr lo echó. Su hermano había actuado como escudero de Brandon en el duelo y Meñique no se lo perdonaría. Tan pronto como tuvo fuerzas suficientes para ser transportado, Lord Hoster Tully envió fuera a Petyr Baelish, en una litera cerrada, para que concluyera su restablecimiento en los Dedos, en la roca batida por el viento que lo había visto nacer.
El sonido de acero contra acero llevó a Catelyn de regreso al presente. Ser Vardis atacaba con fiereza a Bronn, lanzándose sobre él con el escudo y la espada. El mercenario retrocedía, vigilando cada estocada, pisando con agilidad las rocas y las raíces, con los ojos siempre clavados en su adversario. Catelyn vio que era más rápido: la espada plateada del caballero nunca estuvo próxima a tocarlo, pero su hoja, de un gris desagradable, había dibujado una muesca en la placa de hombro de Ser Vardis.
Aquel choque momentáneo terminó tan rápido como había empezado cuando Bronn dio un paso lateral y se deslizó tras la estatua de la mujer llorosa. Ser Vardis lanzó una estocada al lugar donde había estado el mercenario, sacando una esquirla del muslo de mármol blanco de Alyssa.
—No están combatiendo bien, madre —se quejó el señor de Nido de Águilas—. Quiero que peleen.
—Lo harán, mi pequeñín —lo consoló la madre—. El mercenario no se puede pasar todo el día huyendo.
Algunos de los nobles que se encontraban en la terraza de Lysa hacían bromas injuriosas mientras volvían a llenar sus copas de vino, pero desde el otro lado del jardín, los ojos estrábicos de Tyrion Lannister vigilaban los pasos del caballero como si nada más importara en el mundo.
Bronn salió de detrás de la estatua con rapidez y decisión, moviéndose aún a la izquierda, y lanzó un mandoble con ambas manos al costado del caballero no protegido por la armadura. Ser Vardis lo paró con torpeza, y la espada del mercenario, con un destello, subió buscando la cabeza. Sonó el metal y un ala del halcón cayó, como triturada. Ser Vardis dio medio paso atrás para afirmar el cuerpo y levantó el escudo. Cuando la estocada de Bronn chocó contra la madera, saltaron astillas de roble. El mercenario dio un paso más a la izquierda, separándose del escudo, y golpeó a Ser Vardis en el estómago. La espada dejó un corte amplio en la placa del caballero.
Ser Vardis se apoyó sobre el pie que mantenía detrás, mientras su espada plateada descendía en un arco brutal. Bronn logró apartarla y, de un salto, se alejó. El caballero cayó sobre la mujer llorosa, haciendo que se balanceara sobre su pedestal. Perplejo, retrocedió, moviendo la cabeza hacia uno y otro lado, mientras buscaba a su oponente. La ranura del visor de su yelmo reducía su campo de visión.
—¡Detrás de vos! —le gritó Lord Hunter, demasiado tarde.
Bronn dejó caer su espada con ambas manos, golpeando el codo del brazo con el que Ser Vardis manejaba la espada. El fino metal articulado que protegía la articulación crujió. El caballero soltó un gruñido y levantó el arma. En aquella ocasión, Bronn no retrocedió. Las espadas chocaron y el canto del acero llenó el jardín y resonó contra las torres blancas del Nido de Águilas.
—Ser Vardis está herido —dijo Ser Rodrik, con voz preocupada.
Catelyn no necesitaba que se lo dijeran: tenía ojos, podía ver el fino hilo de sangre que corría por el antebrazo del caballero, la humedad en la articulación del codo. Cada quite era más lento y bajo que el anterior. Ser Vardis se volvió de costado a su adversario, intentando defenderse con el escudo, pero Bronn se movía en torno a él, raudo como un gato. El mercenario parecía ganar fuerzas con cada momento. Sus mandobles ahora dejaban marcas. Profundos cortes brillantes marcaban la armadura del caballero, sobre el muslo derecho, en el visor roto, atravesando su placa pectoral, el más largo en la parte delantera del gorjal... La rondela con la luna y el halcón, sobre el brazo derecho de Ser Vardis, estaba limpiamente cortada en dos y colgaba de la correa. Se podía escuchar su respiración trabajosa, que brotaba por los respiraderos del visor.
Pese a la ceguera de la arrogancia, los caballeros y nobles del Valle veían ya con claridad qué ocurría debajo de ellos. Pero su hermana, no.
—¡Basta ya, Ser Vardis! —gritó Lady Lysa—. Terminad con él ya, mi niño se está aburriendo.
Hay que decir, en honor a la verdad, que Ser Vardis Egen fue fiel a la orden de su dama hasta el fin. En ese instante, retrocedía, casi en cuclillas tras el escudo lleno de cortes, y un segundo después se lanzó a la carga. Embistió como un toro y estuvo a punto de hacer caer a Bronn. Ser Vardis chocó con él y golpeó el rostro del mercenario con el borde del escudo. Bronn casi, casi cayó... dio un paso atrás, trastabilló sobre una piedra y se apoyó en la mujer llorosa para mantener el equilibrio. Ser Vardis tiró su escudo a un lado y lo persiguió, usando ambas manos para levantar la espada. Tenía el brazo derecho, desde el codo hasta los dedos, cubierto de sangre, pero el último mandoble desesperado hubiera abierto a Bronn en canal, desde el cuello hasta el ombligo... si el mercenario se hubiera quedado allí para recibirlo.
Pero Bronn dio un paso atrás. La maravillosa espada plateada de Jon Arryn chocó con el codo de mármol de la mujer llorosa y se partió limpiamente, perdiendo un tercio de su longitud. Bronn clavó un hombro en la espalda de la estatua. La imagen de Alyssa Arryn, lavada por los elementos, se balanceó y cayó con un gran estruendo, y Ser Vardis Egen quedó debajo de ella.
En una fracción de segundo, Bronn estuvo encima de él, pateando lo que quedaba de su rondela partida para echarla a un lado, a fin de dejar al descubierto la zona vulnerable entre el hombro y la placa pectoral. Ser Vardis yacía de costado, atrapado bajo el torso roto de la mujer llorosa. Catelyn oyó el gemido del caballero cuando el mercenario levantó la espada con ambas manos y la clavó con todo su peso bajo el brazo, atravesando las costillas de Ser Vardis Egen, que se estremeció y quedó quieto.
El silencio se apoderó de todo el Nido de Águilas. Bronn se arrancó el medio yelmo y lo dejó caer sobre la hierba. Tenía el labio partido y sangrante, resultado del golpe con el escudo, y su cabello, negro como el carbón, estaba empapado de sudor. Escupió un diente roto.
—¿Ha terminado, madre? —preguntó el señor del Nido de Águilas.
Catelyn deseaba decirle que no, que aquello acababa de empezar.
—Sí —dijo Lysa, sombría, con voz tan fría y muerta como el capitán de su guardia.
—¿Ahora puedo hacer volar al hombrecillo?
—A este hombrecillo, no —dijo Tyrion Lannister poniéndose en pie al otro lado del jardín—. Este hombrecillo se va en la cesta de los nabos, muchas gracias.
—Dais por supuesto... —comenzó a decir Lysa.
—Doy por supuesto que la Casa Arryn no olvida sus propias palabras —repuso el Gnomo—. «Tan Alto como el Honor.»
—Prometiste que podría hacerlo volar —gritó a su madre entre estremecimientos el señor del Nido de Águilas.
—Los dioses han tenido a bien proclamarlo inocente, niño. —El rostro de Lady Lysa estaba púrpura de furia—. No tenemos otra elección que la de dejarlo libre. —Levantó la voz—. Guardias, sacad de mi vista al señor de Lannister y a su... criatura. Llevadlos a la Puerta de la Sangre y dejadlos libres. Ocupaos de que tengan caballos y alimentos suficientes para llegar al Tridente, y cercioraos de que les sean devueltos todos sus bienes y armas. Las necesitarán en el camino alto.
—El camino alto —repitió Tyrion Lannister.
Lysa se permitió una desmayada sonrisa de satisfacción. Catelyn se dio cuenta de que se trataba de otro tipo de sentencia de muerte. Tyrion Lannister debía saberlo también. De todos modos, el enano le dedicó a Lady Arryn una reverencia burlona.
—Como ordene, mi señora. Creo que conocemos el camino.

JON

—Sois los mocosos más inútiles que he entrenado jamás —les informó Ser Alliser Thorne cuando estuvieron todos reunidos en el patio—. Tenéis unas manos que sólo valen para quitar el estiércol a palazos, no para empuñar espadas, y si de mí dependiera os mandaría a todos a cuidar de los cerdos. Pero anoche me dijeron que Gueren viene por el camino real con cinco chicos nuevos. Con suerte alguno de ellos valdrá una mierda. Como tengo que hacerles sitio, he decidido pasaros a ocho al Lord Comandante, para que haga con vosotros lo que le venga en gana. —Fue anunciando los nombres uno a uno—. Sapo. Cabeza de Piedra. Uro. Amoroso. Espinilla. Mono. Ser Patán. —Por último miró a Jon—. Y el Bastardo.
Pyp gritó de alegría y lanzó su espada al aire. Ser Alliser clavó en él sus ojos de reptil.
—A partir de ahora dirán que sois hombres de la Guardia de la Noche, pero si os lo creéis es que sois más estúpidos que este mono de titiritero. No sois más que unos críos, estáis verdes, apestáis a verano y, cuando llegue el invierno, caeréis como moscas. —Sin decir más, Ser Alliser Thorne se dio media vuelta y se marchó.
El resto de los chicos se reunió en torno a los ocho elegidos entre risas, maldiciones y felicitaciones. Halder dio un buen golpe a Sapo en las nalgas con el plano de la espada.
—¡Sapo, de la Guardia de la Noche! —exclamó.
Pyp anunció a gritos que un hermano negro debía ir a caballo, y se subió a los hombros de Grenn. Ambos rodaron por el suelo entre puñetazos y gritos de júbilo. Dareon corrió a la armería y regresó con un pellejo de tinto agrio. Se pasaron el vino de mano en mano, sonriendo como idiotas, y sólo entonces advirtió Jon que Samwell Tarly estaba a solas, bajo un árbol muerto y sin hojas, en un rincón del patio. Le ofreció el pellejo.
—¿Un trago de vino?
—No —dijo Sam sacudiendo la cabeza—, gracias, Jon.
—¿Estás bien?
—Muy bien, de verdad —mintió el muchacho gordo—. Me alegro mucho por todos vosotros. —Se estremeció mientras intentaba fingir una sonrisa—. Algún día serás capitán de los exploradores, como lo fue tu tío.
—Como lo es mi tío —lo corrigió Jon. Se negaba a aceptar que Benjen Stark hubiera muerto. Antes de que pudiera añadir nada, Halder lo llamó a gritos.
—¡Eh! ¿Qué pasa, vas a beber tú sólo?
Pyp le arrebató el pellejo de las manos y se alejó, bailoteando entre risas. Grenn lo agarró por el brazo, y Pyp retorció el pellejo, con lo que un chorro de tinto dio a Jon en la cara. Halder aulló en tono de protesta por el desperdicio de aquel buen vino. Jon farfulló y se sacudió. Matthar y Jeren se subieron al muro y empezaron a lanzarles bolas de nieve.
Cuando Jon consiguió liberarse, con el pelo lleno de nieve y el chaleco manchado de vino, Samwell Tarly había desaparecido.
Aquella noche, Hobb Tresdedos preparó a los chicos una cena especial para celebrarlo. Jon entró en la sala común y el propio Lord Mayordomo lo acompañó a un banco cerca del fuego. Los hombres mayores le palmearon los brazos al pasar. Los ocho futuros hermanos devoraron un festín de costillar de cordero asado con ajo y hierbas, adornado con ramitas de menta y con guarnición de puré de nabos amarillos que nadaba en mantequilla.
—Viene de la mesa del mismísimo Lord Comandante —les dijo Bowen Marsh.
Había ensaladas de espinacas, garbanzos y nabiza, y de postre cuencos de arándanos helados y natillas.
—Espero que no nos separen —dijo Pyp mientras se atiborraban alegremente.
—Yo espero que sí —dijo Sapo con una mueca—. Estoy harto de ver esas orejas que tienes.
—No os perdáis esto —se burló Pyp—. La sartén se aparta del cazo. Puedes estar seguro de que a ti te harán explorador, para que estés lo más lejos posible del castillo. Si Mance Rayder ataca, sólo tienes que levantarte el visor y enseñarle la cara; se largará con el rabo entre las piernas.
—Espero que me hagan explorador —replicó Grenn, el único que no se había reído.
—Y quién no —dijo Matthar.
Todos los que vestían el negro patrullaban el Muro, todos tenían que esgrimir las armas para defenderlo, pero los exploradores eran los verdaderos combatientes de la Guardia de la Noche. Eran los que cabalgaban más allá del Muro y recorrían el bosque embrujado y las montañas de hielo que se alzaban al oeste de la Torre Sombría, los que luchaban contra los salvajes, los gigantes y los terribles osos de las nieves.
—Yo no quiero —dijo Halder—. Prefiero estar con los constructores. ¿De qué servirían los exploradores si el Muro se viniera abajo?
De la orden de los constructores salían los albañiles y los carpinteros, que se encargaban del mantenimiento de las torres y fortalezas; los mineros, que cavaban túneles y trituraban rocas para empedrar caminos y senderos, y los leñadores, que despejaban la maleza siempre que el bosque presionaba demasiado contra el Muro. Se decía que, en cierta ocasión, habían acarreado sobre trineos bloques inmensos de hielo desde los lagos helados, en lo más profundo del Bosque Encantado, para llevarlos hacia el sur y elevar todavía más el Muro. Pero había sido en tiempos ya muy lejanos; en aquellos momentos apenas si daban abasto a recorrer el Muro desde Guardiaoriente a la Torre Sombría, siempre alerta en busca de grietas o zonas derretidas, para realizar las reparaciones necesarias.
—El Viejo Oso no es ningún idiota —señaló Dareon—. Seguro que a ti te hacen constructor, y a Jon, explorador. Es el que mejor monta y el que mejor maneja la espada de todos nosotros, y su tío era el capitán de los exploradores antes de... —Se dio cuenta de lo que había estado a punto de decir y se interrumpió, avergonzado.
—Benjen Stark todavía es el capitán de los exploradores —le dijo Jon mientras jugueteaba con su cuenco de arándanos. Quizá los demás dieran ya por perdido a su tío, pero él no. Apartó a un lado el postre que apenas había tocado y se levantó del banco.
—¿No te lo vas a comer? —preguntó Sapo.
—Todo tuyo. —Jon casi no había probado el excelente festín de Hobb—. No me cabe ni un bocado más. —Recogió la capa que colgaba de un gancho cerca de la puerta y se dirigió hacia la salida. Pyp corrió tras él.
—¿Qué te pasa, Jon?
—Es Sam —dijo el muchacho—. Hoy no se ha sentado a la mesa.
—No es propio de él perderse una comida —asintió Pyp, pensativo—. ¿Crees que estará enfermo?
—Lo que está es asustado. Lo vamos a dejar solo. —Recordó el día en que había partido de Invernalia, rememoró las despedidas agridulces; Bran, inconsciente, y Robb con el pelo lleno de nieve, y los besos de Arya cuando le regaló a Aguja—. Una vez pronunciemos los juramentos, tendremos obligaciones. Puede que a algunos nos envíen fuera, a Guardiaoriente o a la Torre Sombría. Sam tendrá que seguir entrenándose, con tipos de la calaña de Rast o Cuger, y con los nuevos que vienen por el camino real. Los dioses saben cómo serán, pero seguro que Ser Alliser hace que se enfrenten a él en cuanto tenga ocasión.
—Has hecho todo lo que has podido —le dijo Pyp con una mueca.
—Todo lo que he podido hacer no ha bastado —replicó Jon.
Inquieto, se dirigió hacia la Torre Hardin para buscar a Fantasma. El lobo huargo lo siguió hasta los establos. Cuando entraron, los caballos más asustadizos empezaron a cocear en los compartimientos y agacharon las orejas. Jon ensilló su yegua, montó y salió del Castillo Negro en dirección sur, bajo la luna que iluminaba la noche. Fantasma corría por delante de él, casi parecía volar, y desapareció en un instante. Los lobos necesitaban cazar.
Jon cabalgaba sin rumbo fijo. Sólo quería montar. Durante un rato siguió el curso del arroyo, escuchando el discurrir del agua helada sobre las rocas, y luego cortó campo a través para llegar al camino real. Se extendía ante él, estrecho y pedregoso, lleno de hierbajos. No parecía nada prometedor, pero con sólo verlo el corazón de Jon Nieve se llenó de nostalgia. Si siguiera aquel camino llegaría a Invernalia y a Aguasdulces, a Desembarco del Rey, al Nido de Águilas y a tantos otros lugares: Roca Casterly, la Isla de los Rostros, las montañas rojas de Dorne, las cien islas de Braavos en el mar, las ruinas humeantes de la antigua Valyria... Lugares que Jon no vería jamás. El mundo estaba al otro lado de aquel camino, y él estaba allí.
Una vez hiciese los juramentos, el Muro sería su hogar hasta que fuera tan viejo como el maestre Aemon.
—Pero aún no he jurado nada —susurró.
No era ningún forajido, obligado a elegir entre pagar por sus crímenes o vestir el negro. Había ido allí por su voluntad y de la misma manera podía marcharse... siempre que no hiciera el juramento. Sólo tenía que seguir cabalgando y todo quedaría atrás. Antes de que brillara la luna llena estaría en Invernalia, con sus hermanos.
«Con tus medio hermanos —le recordó una vocecita interior—. Y con Lady Stark, que no te dará precisamente la bienvenida.» En Invernalia no había lugar para él; tampoco en Desembarco del Rey. Ni siquiera su madre lo aceptaba. Cada vez que pensaba en ella se ponía triste. ¿Quién había sido su madre? ¿Qué aspecto tuvo? ¿Por qué la abandonó su padre? «Porque era una prostituta o una adúltera, idiota. Fue algo turbio, una deshonra; si no, ¿por qué Lord Eddard se avergonzaba de hablar de ella?»
Jon Nieve dio la espalda al camino real para contemplar el Castillo Negro. Las hogueras quedaban ocultas tras una colina, pero el Muro estaba a la vista, blanco bajo la luz de la luna, vasto y frío, de horizonte a horizonte.
Espoleó al caballo y regresó a casa.
Fantasma apareció de nuevo en la cima de una loma y trotó junto al caballo. El hocico del lobo huargo estaba ensangrentado. Jon divisó el resplandor lejano de una lámpara en la Torre del Lord Comandante, y volvió a pensar en Samwell Tarly por el camino. Cuando llegó a los establos, ya sabía qué debía hacer.
Las habitaciones del maestre Aemon se encontraban en un pequeño torreón de madera, bajo las pajareras. El maestre, anciano y frágil, compartía las estancias con dos mayordomos jóvenes que atendían sus necesidades y lo ayudaban en sus obligaciones. Los hermanos comentaban en broma que le habían asignado los dos hombres más feos de la Guardia de la Noche; como estaba ciego, se ahorraba el tormento de verlos. Clydas era bajo, calvo y sin barbilla, y sus ojillos rosados parecían los de un topo. Chett tenía en el cuello una verruga del tamaño de un huevo de paloma, y el rostro enrojecido cubierto de forúnculos y espinillas. Quizá por eso tenía siempre aspecto de enfadado.
Fue Chett quien abrió la puerta tras la llamada de Jon.
—Tengo que hablar con el maestre Aemon —dijo el muchacho.
—El maestre está en la cama, igual que deberías estar tú. Vuelve mañana, quizá pueda recibirte. —Empezó a cerrar. Jon bloqueó la puerta con la bota.
—Tengo que hablar con él ahora mismo. Mañana será demasiado tarde.
—El maestre no está acostumbrado a que lo despierten a medianoche. —Chett lo miraba con el ceño fruncido—. ¿Sabes qué edad tiene?
—La suficiente como para tratar a los visitantes con más cortesía que tú —replicó Jon—. Pídele disculpas en mi nombre. No lo molestaría si no fuera importante.
—¿Y si me niego?
—Si es necesario me quedaré aquí toda la noche. —Jon mantenía la bota firme en el umbral.
—Espera en la biblioteca —dijo el hermano negro después de soltar un bufido, y abrir la puerta para que entrara—. Hay leña, enciende el fuego. No quiero que el maestre se resfríe por tu culpa.
Cuando Chett regresó con el maestre Aemon, los leños ya ardían alegremente. El anciano llevaba ropas de dormir, pero lucía en torno al cuello la cadena de eslabones, símbolo de su orden. Los maestres no se las quitaban ni para acostarse.
—La silla junto al fuego será muy confortable —dijo al sentir el calor en el rostro.
Cuando estuvo acomodado, Chett le cubrió las piernas con una piel y se situó de pie junto a la puerta.
—Siento haberos despertado, maestre —dijo Jon Nieve.
—No me has despertado —replicó el maestre Aemon—. He descubierto que, cuanto más viejo me hago, menos sueño necesito. Y soy muy, muy viejo. A menudo me paso la mitad de la noche con fantasmas, recordando cosas de hace cincuenta años como si hubieran sucedido ayer. El misterio de un visitante a medianoche es una distracción deliciosa. Así que dime, Jon Nieve, ¿a qué se debe tu presencia aquí, a estas extrañas horas?
—Quiero pediros que Samwell Tarly sea retirado del entrenamiento y aceptado como hermano en la Guardia de la Noche.
—Eso no es cosa del maestre Aemon —protestó Chett.
—Nuestro Lord Comandante ha puesto el entrenamiento de los reclutas en manos de Ser Alliser Thorne —dijo el maestre con tono amable—. Como bien sabes, sólo él puede decir si un muchacho está preparado para hacer el juramento. ¿Por qué acudes a mí?
—El Lord Comandante escucha vuestra opinión —respondió Jon—. Y los heridos y enfermos de la Guardia de la Noche están a vuestro cuidado.
—¿Tu amigo Samwell está herido o enfermo?
—Lo estará —le aseguró Jon—, a menos que lo ayudéis. —Se lo contó todo, incluso lo de que había azuzado a Fantasma contra Rast. El maestre Aemon lo escuchó en silencio, con los ojos ciegos clavados en el fuego, pero el rostro de Chett se iba ensombreciendo cada vez más—. Y si no estamos nosotros para velar por él, Sam no sobrevivirá —terminó Jon—. Es un perfecto inútil con la espada. Mi hermana Arya, que no tiene ni diez años, lo podría hacer pedazos. Si Ser Alliser lo obliga a luchar sólo es cuestión de tiempo que resulte herido, o muerto.
—He observado a ese chico gordo en la sala común —dijo Chett, que ya no podía contenerse más—. Es un cerdo, y si lo que dices es cierto, también es un cobarde de pies a cabeza.
—Tal vez —dijo el maestre Aemon—. Dime, Chett, ¿qué harías tú con un muchacho así?
—Lo dejaría donde está —replicó Chett—. En el Muro no hay sitio para los débiles. Que siga entrenando hasta que esté preparado, no importa cuántos años cueste. Ser Alliser hará de él un hombre o lo matará, como quieran los dioses.
—Qué estupidez —bufó Jon. Respiró hondo para organizar sus ideas—. Recuerdo que en cierta ocasión le pregunté al maestre Luwin por qué llevaba una cadena al cuello.
—Sigue. —El maestre Aemon se rozó la cadena con dedos huesudos y arrugados, acariciando los pesados eslabones de metal.
—Me dijo que el collar de un maestre es una cadena que simboliza su vocación de servicio —continuó Jon, rememorando—. Le pregunté por qué cada eslabón era de un metal diferente, cuando un collar de plata sería más adecuado para sus túnicas grises. Él se echó a reír y me contó que el maestre forjaba la cadena con sus estudios. Los metales diferentes simbolizaban los distintos aprendizajes: el oro era por el estudio del dinero y las cuentas, la plata por la curación, el hierro por las artes de la guerra... Y me dijo que había otros metales con otros significados. El collar debe recordar a un maestre que sirve al reino, ¿no es así? Los grandes señores son el oro y los caballeros son el acero, pero con dos eslabones no se hace una cadena. También se necesita plata, hierro, plomo, estaño, cobre, bronce, de todo, y eso son los granjeros, los herreros, los comerciantes y el resto de las personas. Para hacer una cadena se necesita todo tipo de metal, igual que la tierra necesita de todo tipo de hombres.
—¿Y qué más? —preguntó el maestre Aemon con una sonrisa.
—En la Guardia de la Noche también hacen falta personas diferentes. Si no, ¿por qué tenemos exploradores, mayordomos y constructores? Lord Randyll no pudo convertir a Sam en un guerrero, y Ser Alliser tampoco podrá. Por mucho que se golpee el estaño, nadie lo puede transformar en hierro. Pero eso no quiere decir que el estaño no sirva de nada. ¿Quién dice que Sam no puede ser un buen mayordomo?
—Yo soy mayordomo. —Chett lo miró, airado—. ¿Crees que es un trabajo sencillo, adecuado para los cobardes? La orden de los mayordomos mantiene viva la Guardia. Cazamos y cultivamos, cuidamos de los caballos, ordeñamos las vacas, recogemos leña, preparamos la comida. ¿Quién te crees que fabrica tus ropas? ¿Quién trae provisiones del sur? Los mayordomos.
—¿Tu amigo es buen cazador? —El maestre Aemon fue más amable.
—No soporta cazar —reconoció Jon.
—¿Sabe arar un campo? —preguntó el maestre—. ¿Puede guiar un carromato o tripular un barco? ¿Sería capaz de sacrificar una vaca?
—No.
—He visto muchas veces lo que les pasa a los señoritos blandos cuando los ponen a trabajar. —Chett soltó una risotada cruel—. Si baten nata para hacer mantequilla se les llenan las manos de ampollas y les sangran. Si les das un hacha para que corten leña, lo que se cortan es un pie.
—Hay algo que Sam sabe hacer mejor que nadie.
—¿El qué? —inquirió el maestre Aemon.
Jon echó una mirada cautelosa a Chett, que seguía de pie junto a la puerta, con los forúnculos enrojecidos por la rabia.
—Podría ayudaros —dijo rápidamente—. Sabe hacer cuentas, y leer y escribir. Chett no sabe leer, y Clydas está mal de los ojos. Sam se ha leído todos los libros de la biblioteca de su padre. También cuidaría de los cuervos. Los animales le cogen cariño, Fantasma se hizo amigo suyo enseguida. Puede hacer muchas cosas, excepto luchar. La Guardia de la Noche necesita de todos los hombres. ¿Por qué matar a uno? Es mejor aprovecharlo.
El maestre Aemon cerró los ojos, y durante un breve instante Jon temió que se hubiera quedado dormido.
—El maestre Luwin te enseñó bien, Jon Nieve —dijo al final—. Parece que tienes la mente tan ágil como el brazo.
—¿Eso quiere decir que...?
—Quiere decir que meditaré sobre lo que has dicho —le respondió el maestre con firmeza—. Ahora, debo retirarme a dormir. Chett, acompaña a nuestro joven hermano hasta la puerta.

TYRION

Se habían refugiado bajo un bosquecillo de álamos temblones, a pocos metros del camino alto. Tyrion se dedicó a recoger leña seca mientras los caballos bebían de un arroyuelo. Se inclinó para coger una rama tronchada y la examinó con gesto crítico.
—¿Esto sirve? No se me da bien encender hogueras. Siempre me lo hacía Morrec.
—¿Hogueras? —Bronn escupió al suelo—. ¿Tanta hambre tienes que te da igual morir, enano? Una hoguera atraería a los clanes en kilómetros a la redonda. Tengo intención de sobrevivir a este viaje, Lannister.
—¿Y cómo piensas hacerlo? —preguntó Tyrion. Se puso la rama bajo el brazo y siguió hurgando entre la escasa maleza, en busca de más. Cada vez que se agachaba le dolía la espalda. Llevaban cabalgando desde el amanecer, desde que un Ser Lyn Corbray de rostro impenetrable los acompañara hasta la Puerta de la Sangre y les ordenara no volver jamás.
—En un enfrentamiento, moriríamos —dijo Bronn—, pero dos personas pueden avanzar más deprisa que un grupo de diez, y llaman menos la atención. Cuanto menos tiempo estemos en estas montañas, más probabilidades tendremos de llegar a las tierras de los ríos. Quiero que cabalguemos hasta agotarnos. Viajaremos de noche y nos esconderemos de día, siempre que sea posible nos saldremos del camino, no haremos ruido y, desde luego, no encenderemos hogueras.
—Un plan excelente, Bronn —dijo Tyrion Lannister con un suspiro—. Llévalo a cabo... y perdóname si no me paro a enterrarte.
—¿Crees que me vas a sobrevivir, enano? —El mercenario sonrió. Tenía un hueco oscuro allí donde el borde del escudo de Ser Vardis Egen le había roto un diente.
—Cabalgar hasta agotarnos —contestó Tyrion encogiéndose de hombros—, y encima de noche, es una manera segura de caer, montaña abajo, y rompernos el cráneo. Yo prefiero ir despacio y sin agobios. Sé que te gusta la carne de caballo, Bronn, pero si matamos a los caballos tendremos que ensillar gatosombras... y, si quieres que te diga la verdad, creo que los clanes darán con nosotros, hagamos lo que hagamos. Nos tienen bien vigilados. —Hizo un movimiento con la mano enguantada en dirección a los riscos altos, azotados por el viento, que los rodeaban.
—En ese caso, Lannister, nos podemos dar por muertos. —Bronn hizo una mueca.
—Entonces prefiero morir cómodo —replicó Tyrion—. Nos hace falta una hoguera. Aquí arriba las noches son frías, una comida caliente nos consolará el estómago y nos levantará el ánimo. ¿Podrías cazar algo? Lady Lysa ha tenido la bondad de proporcionarnos un festín de carne en salazón, queso duro y pan rancio, pero no me gustaría romperme un diente mientras estemos tan lejos del maestre más cercano.
—Iré a buscar carne. —Bajo la maraña de pelo negro, los ojos oscuros de Bronn miraron a Tyrion con desconfianza—. Debería dejarte aquí, con tu hoguera de chiflado. Si me llevara tu caballo tendría el doble de posibilidades de escapar. ¿Y qué harías tú, enano?
—Morir, probablemente. —Tyrion se agachó para recoger otro palo seco.
—¿Y crees que no lo voy a hacer?
—Lo harías sin pensarlo ni un segundo si te fuera la vida en ello. Reaccionaste muy deprisa cuando se trató de silenciar a tu amigo Chiggen, cuando le alcanzó aquella flecha en la barriga.
Bronn había agarrado al otro mercenario por la cabeza y le había rebanado el cuello con la daga. Más tarde dijo a Catelyn Stark que había muerto a causa de la herida de flecha.
—Ya estaba muriéndose —replicó Bronn—. Y con sus gemidos no hacía más que atraer a los bandidos. Chiggen hubiera hecho lo mismo conmigo. Y no era mi amigo, sólo cabalgaba conmigo. No te equivoques, enano: luché por ti, pero no te tengo aprecio.
—Necesitaba tu espada, no tu amor eterno —replicó Tyrion. Soltó la brazada de leña en el suelo. Bronn sonrió.
—Tengo que reconocerlo, eres tan valiente como un mercenario. ¿Cómo sabías que me pondría de tu parte?
—No lo sabía. —Tyrion se acuclilló sobre las piernecillas deformes para encender la hoguera—. Simplemente, tiré los dados. Aquella noche, en la posada, Chiggen y tú ayudasteis a cogerme prisionero. ¿Por qué? Los demás lo consideraban un deber, por el honor de los señores a los que servían, pero no era vuestro caso. No teníais señor ni deber, y de honor también ibais escasos, así que, ¿por qué os metisteis? —Desenfundó el cuchillo y peló la corteza de algunos palos para que le sirvieran de incendaja—. ¿Por qué hace cualquier cosa un mercenario? Por oro. Pensabais que Lady Catelyn os recompensaría por vuestra ayuda, quizá incluso que os tomaría a su servicio. Bueno, creo que esto ya está. ¿Tienes pedernal?
Bronn metió dos dedos en la bolsa que le colgaba del cinturón y le lanzó un trozo de pedernal. Tyrion lo atrapó en el aire.
—Muchas gracias —dijo—. Lo malo era que no conocíais a los Stark. Lord Eddard es un hombre orgulloso, honorable y honrado, y su esposa es todavía peor. Oh, no me cabe duda de que os habría dado un par de monedas cuando esto acabara, os las habría puesto en la mano con una palabra adecuada y una mueca de repugnancia, pero nada más. Los Stark sólo quieren a su servicio hombres valientes, leales y nobles. Y vamos a ser sinceros, Chiggen y tú erais escoria. —Tyrion chocó el pedernal contra la daga, tratando de provocar una chispa. No sucedió nada.
—Tienes una lengua muy osada, hombrecito —dijo Bronn dejando escapar un bufido—. El día menos pensado alguien te la cortará y te la hará tragar.
—Eso me dice todo el mundo. —Tyrion alzó la vista hacia el mercenario—. ¿Te he ofendido? Pues perdóname... pero eres escoria, Bronn, no te llames a engaño. No te importa nada el honor, el deber ni la amistad. No, no te molestes, los dos sabemos que es así. Pero no eres ningún idiota. Una vez llegamos al Valle, Lady Stark ya no te necesitaba... y en cambio, yo sí. Y si hay algo de lo que los Lannister estamos sobrados es de oro. Cuando llegó el momento de lanzar los dados, contaba con que fueras suficientemente listo como para saber qué te interesaba más. Y, por suerte para mí, así fue. —Volvió a chocar la piedra contra el acero, sin resultados. Bronn se acuclilló a su lado.
—Espera, ya lo hago yo. —Le cogió la daga y el pedernal, los hizo chocar y las chispas saltaron al primer intento. Un rizo de corteza empezó a humear.
—Bien hecho —dijo Tyrion—. Puede que seas escoria, pero resultas de lo más útil, y con la espada en la mano eres casi tan bueno como mi hermano Jaime. ¿Qué quieres, Bronn? ¿Oro? ¿Tierra? ¿Mujeres? Mantenme con vida y lo tendrás.
—¿Y si mueres? —Bronn sopló con suavidad sobre el fuego y las llamas se elevaron.
—En fin, al menos tendré a alguien que me llore con dolor sincero —sonrió Tyrion—. El oro se acaba conmigo.
El fuego chisporroteaba alegremente. Bronn se levantó, volvió a guardarse el pedernal en la bolsa y entregó la daga a Tyrion.
—Me parece muy bien —dijo—. Mi espada está a tu servicio... pero no pienso ir por ahí hincando la rodilla en tierra y llamándote «mi señor» cada vez que te tiras un pedo. Yo no adulo a nadie.
—Tampoco eres amigo de nadie —replicó Tyrion—. No me cabe duda de que me traicionarías tan deprisa como traicionaste a Lady Stark si con ello sacaras algún beneficio. Si en algún momento te entran tentaciones de venderme, acuérdate de esto, Bronn: igualo cualquier oferta, la que sea. Me gusta la vida. En fin, ¿no ibas a buscar algo para que cenáramos?
—Cuida de los caballos —replicó Bronn al tiempo que desenfundaba el cuchillo largo que le colgaba de la cadera. Se adentró entre los árboles.
Una hora más tarde los caballos estaban alimentados y cepillados, el fuego chisporroteaba alegremente y una pierna de cabrito giraba sobre las llamas en un espetón.
—Lo único que nos falta es un buen vino para bajar el cabrito —dijo Tyrion.
—Eso, una mujer y una docena de hombres armados —replicó Bronn. Estaba sentado ante la hoguera, con las piernas cruzadas, y afilaba la espada con una piedra de amolar. El sonido que hacía al pasarla por el acero resultaba, a su extraña manera, reconfortante—. Pronto habrá anochecido del todo —señaló el mercenario—. Me encargaré de la primera guardia, aunque no va a servir de gran cosa. Casi sería mejor dejar que nos mataran mientras dormimos.
—Oh, me imagino que estarán aquí mucho antes de que nos durmamos. —El olor del cabrito hacía salivar a Tyrion. Bronn lo miró desde el otro lado de la hoguera.
—Tienes un plan —dijo sin dejar de afilar el acero.
—Más bien una esperanza —respondió Tyrion—. Otra tirada de dados.
—¿En la que te juegas nuestras vidas?
—¿Qué alternativa nos queda? —Tyrion se encogió de hombros, se inclinó sobre el fuego y cortó una fina tajada de cabrito—. Ah... —suspiró, feliz, mientras masticaba. La grasa le corrió por la barbilla—. Está un poco duro para mi gusto, y le faltan condimentos, pero no voy a quejarme demasiado. A estas horas en el Nido de Águilas estaría bailando al borde del vacío, suplicando un plato de judías hervidas.
—Y aun así le diste al carcelero una bolsa de oro —dijo Bronn.
—Un Lannister siempre paga sus deudas.
Hasta a Mord le había costado creerlo cuando Tyrion le lanzó la bolsita de cuero. Al desatar el cordón y ver el brillo del oro, los ojos del carcelero se abrieron como platos.
—Me he quedado la plata —le había dicho Tyrion con una sonrisa malévola—. Pero te prometí el oro, y ahí lo tienes. —Era más del que alguien como Mord podría ganar en toda una vida de maltratar prisioneros—. Y recuerda qué te dije, es sólo el aperitivo. Si alguna vez te cansas de servir a Lady Arryn, preséntate en Roca Casterly y te pagaré el resto de lo que te debo. —Mord, con las manos llenas a rebosar de dragones de oro, cayó de rodillas y le prometió que lo haría.
Bronn sacó el cuchillo y retiró la carne del fuego. Empezó a cortar gruesas tajadas de cabrito achicharrado mientras Tyrion vaciaba dos rodajas de pan rancio para que les sirvieran como platos.
—¿Qué harás si conseguimos llegar al río? —preguntó el mercenario mientras cortaba la carne.
—Para empezar me buscaré una puta, una buena cama y una jarra de vino. —Tyrion le acercó el trozo de pan y Bronn se lo llenó de carne—. Y de ahí a Roca Casterly o a Desembarco del Rey, ya veré. Me gustaría obtener respuestas a ciertas preguntas, relativas a una daga que yo me sé.
—¿Así que decías la verdad? —El mercenario masticó y tragó—. ¿El cuchillo no era tuyo?
—¿Tengo cara de mentiroso? —Tyrion sonrió.
Cuando terminaron de comer, las estrellas brillaban en el cielo y la luna se alzaba sobre las montañas. Tyrion extendió en el suelo su capa de gatosombra y dispuso la silla de montar para que le sirviera de almohada.
—Nuestros amigos se están tomando su tiempo.
—Si yo estuviera en su lugar me temería una trampa —dijo Bronn—. Parece como si quisiéramos atraerlos, ¿qué otro motivo habría para que tomáramos tan pocas precauciones?
—En ese caso, si nos ponemos a cantar huirán despavoridos. —Tyrion soltó una risita y empezó a silbar una melodía.
—Estás loco, enano —dijo Bronn mientras se limpiaba la grasa de debajo de las uñas con la daga.
—¿No te gusta la música, Bronn?
—Si lo que querías era música deberías haber elegido al bardo como campeón.
—Habría tenido gracia —dijo Tyrion con una sonrisa—. Ya me lo imagino, parando las estocadas de Ser Vardis con el arpa. —Volvió a silbar—. ¿Te sabes esta canción? —preguntó.
—La he oído por ahí, en las posadas y en los burdeles.
—Es de Myr. «Las estaciones de mi amor». La letra es dulce y triste a la vez. La primera chica que me llevé a la cama la cantaba constantemente, nunca me la he podido quitar de la cabeza. —Tyrion alzó la vista hacia el cielo. Era una noche clara y fresca, y sobre las montañas las estrellas brillaban, despiadadas como la verdad—. La conocí en una noche como ésta —se escuchó decir—. Jaime y yo regresábamos a caballo de Lannisport cuando oímos un grito, y la chica apareció en el camino. La seguían dos hombres que no paraban de amenazarla. Mi hermano desenvainó la espada y fue a por ellos, y yo desmonté para proteger a la chica. Apenas tenía un año más que yo, era morena, esbelta, con una carita que te rompía el corazón. A mí me lo rompió, desde luego. Era una campesina, famélica, sucia... pero preciosa. Le habían roto los harapos que vestía, así que la cubrí con mi capa mientras Jaime perseguía a los hombres por el bosque. Cuando volvió, yo ya sabía el nombre y la historia de la chica. Era la hija de un granjero pobre, se había quedado huérfana al morir su padre mientras viajaban hacia... bueno, mientras viajaban sin rumbo.
»Jaime estaba hecho una furia, decidido a perseguir a aquellos hombres. Los forajidos no acostumbraban atacar a los viajeros tan cerca de Roca Casterly y se lo tomó como un insulto. La chica tenía mucho miedo, no podía quedarse sola, así que me ofrecí a acompañarla a la posada más cercana para que comiera algo mientras mi hermano volvía a la Roca en busca de ayuda.
»Nunca había visto a nadie tan hambriento. Nos comimos dos pollos enteros y la mitad de un tercero, y también bebimos una jarra de vino mientras hablábamos. Yo tenía sólo trece años, y me temo que el vino se me subió a la cabeza. Cuando me quise dar cuenta estaba en la cama con ella. Era tímida, y yo más tímido aún. No sé de dónde saqué el valor. Cuando le rompí el himen lloró, pero luego me besó y me cantó esa canción, y por la mañana yo estaba enamorado.
—¿Tú? —se sorprendió Bronn, divertido.
—Es absurdo, ¿verdad? —Tyrion volvió a silbar la cancioncilla—. Me casé con ella —reconoció al final.
—¿Un Lannister de Roca Casterly se casó con la hija de un granjero? ¿Cómo te las arreglaste?
—Ni te imaginas lo que un chico puede hacer con unas cuantas mentiras, cincuenta piezas de plata y un septon borracho. No me atreví a llevar a mi esposa a Roca Casterly, así que la instalé en una casita y durante quince días jugamos a ser marido y mujer. Luego el septon recuperó la sobriedad y se lo confesó todo a mi señor padre. —El propio Tyrion se sorprendió de la desolación que sentía al contarlo, pese a todos los años transcurridos. Quizá fuera sólo el cansancio—. Fue el final de mi matrimonio. —Se incorporó y contempló el fuego moribundo. La luz lo hizo parpadear.
—¿Echó a la chica?
—Mejor, mucho mejor. Para empezar hizo que mi hermano me contara la verdad. Verás, la chica era una prostituta. Jaime lo había preparado todo: el camino, los forajidos, todo. Pensaba que ya era hora de que me acostara con una mujer. Como sabía que iba a ser mi primera vez, pagó mucho para que la chica fuera virgen.
»Después de la confesión de Jaime, para que aprendiera bien la lección, Lord Tywin hizo traer a mi esposa y se la entregó a los guardias. Pagaron bien. Una pieza de plata por hombre, no hay muchas putas que cobren precios tan altos. Me hizo sentar en un rincón del barracón y me obligó a mirar, y al final ella tenía tantas monedas de plata que se le escapaban de entre los dedos y se le caían al suelo, fue... —El humo le escocía en los ojos. Tyrion carraspeó para aclararse la garganta. Apartó la vista del fuego y contempló las estrellas—. Lord Tywin me hizo ir en último lugar —dijo con voz tranquila—. Y me dio una moneda de oro para que pagara, porque yo era un Lannister, y valía más.
Al cabo de un rato volvió a oír el sonido de la piedra contra el acero, mientras Bronn afilaba la espada.
—Tanto daría que tuviera trece años, treinta o tres. Si un hombre me hace eso, lo mato.
—Puede que un día tengas ocasión —dijo Tyrion que se había vuelto para mirarlo—. Recuerda lo que te dije. Un Lannister siempre paga sus deudas. —Bostezó—. Voy a intentar dormir un rato. Despiértame si ves que van a matarnos. —Se envolvió en la piel de gatosombra y cerró los ojos. El suelo era frío y duro, pero al cabo de un rato Tyrion Lannister consiguió dormirse. Soñó con la celda del cielo, pero él era el carcelero, no el preso. Y era un carcelero alto, grande, con una correa en la mano, y golpeaba a su padre, lo hacía retroceder, hacia el abismo...
—Tyrion. —La voz de Bronn era baja y apremiante.
Tyrion despertó al instante. El fuego se había reducido a unas brasas, y las sombras se deslizaban a su alrededor. Bronn se había incorporado sobre una rodilla, con la espada en una mano y el cuchillo en la otra. Tyrion alzó una mano, indicando que se quedara quieto.
—¡Venid a compartir nuestro fuego, la noche es fría! —llamó a las sombras—. No podemos ofreceros vino, pero sí un poco de carne asada.
El movimiento se detuvo. Tyrion divisó el brillo de la luna sobre el metal.
—Nuestra montaña —replicó una voz desde los árboles, profunda, dura, brusca—. Nuestra carne.
—Vuestra carne —reconoció Tyrion—. ¿Quién eres?
—Cuando te reúnas con tus dioses —replicó una voz diferente—, diles que te envía Gunthor, hijo de Gurn, de los Grajos de Piedra.
Una rama crujió cuando alguien la pisó para salir al claro; era un hombre delgado, que llevaba un yelmo adornado con cuernos y portaba un cuchillo largo.
—Y Shagga, hijo de Dolf—dijo la primera voz, profunda y mortífera.
Un peñasco se movió a la izquierda de donde se encontraban, se irguió y se convirtió en un hombre. Era enorme, lento, fuerte, vestido con pieles, con un garrote en la mano derecha y un hacha en la izquierda. Se acercó a ellos, entrechocando las dos armas.
Otras voces se alzaron, proclamando otros nombres, Conn, Torrek, Jaggot, y muchos más que Tyrion olvidó nada más oírlos. Eran al menos diez. Unos cuantos llevaban espadas y cuchillos; otros esgrimían horcas, guadañas y lanzas de madera. Aguardó a que todos salieran y gritaran sus nombres antes de responder.
—Yo soy Tyrion, hijo de Tywin, del Clan de los Lannister, los Leones de la Roca. Pagaremos de buena gana el cabrito que nos hemos comido.
—¿Qué puedes darnos, Tyrion, hijo de Tywin? —preguntó el que decía llamarse Gunthor, que parecía el jefe.
—En mi bolsa hay algo de plata —respondió Tyrion—. La cota de mallas que llevo me queda grande, pero a Conn le sentaría muy bien, y mi hacha resultaría perfecta para Shagga, es mucho mejor que la suya.
—El medio hombre quiere pagarnos con nuestro dinero —se burló Conn.
—Conn tiene razón —dijo Gunthor—. Vuestra plata es nuestra. Vuestros caballos son nuestros. Igual que la cota de mallas, el hacha y el cuchillo que te cuelga del cinturón. ¿Cómo prefieres morir, Tyrion, hijo de Tywin?
—En mi propia cama, con la barriga llena de vino, la polla en la boca de una doncella y a la edad de ochenta años —replicó.
El corpulento, Shagga, fue el primero en soltar una carcajada. Los demás no lo encontraron tan divertido.
—Coge los caballos, Conn —ordenó Gunthor—. Mata al otro y ata al medio hombre. Servirá para ordeñar las cabras y hacer reír a las madres.
—¿Quién quiere ser el primero en morir? —preguntó Bronn poniéndose en pie de un salto.
—¡No! —ordenó Tyrion con tono brusco—. Escúchame, Gunthor, hijo de Gurn. Mi casa es rica y poderosa. Si los Grajos de Piedra nos escoltan para salir de estas montañas, mi señor padre te cubrirá de oro.
—El oro de un señor de las tierras bajas vale aún menos que las promesas de un medio hombre —replicó Gunthor.
—Puede que yo sea medio hombre —dijo Tyrion—, pero tengo el valor de enfrentarme a mis enemigos. En cambio, los Grajos de Piedra se esconden tras las rocas y tiemblan de miedo cada vez que pasan a caballo los señores del Valle.
Shagga lanzó un rugido de ira y entrechocó el garrote contra el hacha. Jaggot rozó el rostro de Tyrion con la punta de su larga lanza de madera, endurecida al fuego. Tyrion intentó no parpadear.
—¿Éstas son las mejores armas que habéis conseguido robar? —preguntó—. No están mal para matar ovejas... siempre que las ovejas no se resistan. Los herreros de mi padre cagan acero de mejor calidad.
—Hombrecillo —rugió Shagga—, ¿te seguirás burlando de mi hacha cuando te corte la hombría y se la eche de comer a las cabras?
—No. —Gunthor lo detuvo alzando una mano—. Quiero escuchar qué nos dice. Las madres están hambrientas, y el acero llena más bocas que el oro. ¿Qué nos darás a cambio de vuestras vidas, Tyrion, hijo de Tywin? ¿Espadas? ¿Lanzas? ¿Cotas de mallas?
—Todo eso, Gunthor, hijo de Gurn, y mucho más —replicó Tyrion Lannister con una sonrisa—. Os daré el Valle de Arryn.

EDDARD

Por las ventanas altas y estrechas del enorme salón del trono, en la Fortaleza Roja, entraba la luz del atardecer, se derramaba por el suelo y dibujaba largas franjas rojas en las paredes de las que en el pasado habían colgado las cabezas de los dragones. Ahora la piedra estaba cubierta de tapices con escenas de cacerías, llenos de vivos tonos verdes, castaños y azules, pero a Ned Stark le seguía pareciendo que el color sangre era el único que se veía en la estancia.
Estaba sentado en la inmensa silla antigua de Aegon el Conquistador, una monstruosidad de hierro labrado con púas, bordes serrados y metales retorcidos. Tal como le había advertido Robert, era el asiento más incómodo que se podía concebir, y más en aquellos momentos, cuando la pierna destrozada no dejaba de palpitarle. A medida que pasaban las horas, el hierro sobre el que se sentaba se había vuelto cada vez más duro, y el acero dentado del respaldo le impedía apoyarse. «Un rey no debe sentarse cómodo jamás», había dicho Aegon el Conquistador al ordenar a sus armeros que forjaran un trono con las espadas de sus enemigos caídos. Ned, malhumorado, maldijo a Aegon por su arrogancia. Y a Robert por marcharse de caza.
—¿Seguro que no eran simples bandidos? —preguntó Varys con voz suave desde la mesa del Consejo, bajo el trono.
El Gran Maestre Pycelle, desasosegado, cambió de postura junto a él mientras Meñique jugueteaba con una pluma. Eran los únicos consejeros presentes. En el Bosque Real se había divisado un venado blanco, y Lord Renly y Ser Barristan se habían apuntado a la partida del rey para darle caza, junto con el príncipe Joffrey, Sandor Clegane, Balon Swann y la mitad de la corte. De manera que, en su ausencia, Ned estaba obligado a sentarse en el Trono de Hierro.
Al menos él podía sentarse. A excepción del Consejo, el resto de los presentes tenía que mantenerse respetuosamente de pie o de rodillas. Los peticionarios aglomerados junto a las altas puertas; los caballeros, damas y señores bajo los tapices; el pueblo en la galería; los caballeros con sus capas, doradas o grises... todos, todos de pie.
Los aldeanos, en cambio, estaban de rodillas: hombres, mujeres y niños, todos andrajosos y ensangrentados por igual, con el miedo reflejado en los rostros. Los tres caballeros que los habían llevado allí para que presentaran testimonio permanecían de pie tras ellos.
—¿Bandidos, Lord Varys? —La voz de Ser Raymun Darry rezumaba desprecio—. Desde luego, sin duda eran bandidos. Bandidos Lannister.
Ned advirtió el murmullo incómodo que recorría la sala, vio cómo los grandes señores prestaban atención igual que los criados. No consiguió fingir sorpresa. El oeste se había convertido en un polvorín desde que Catelyn tomara prisionero a Tyrion Lannister. Aguasdulces y Roca Casterly habían llamado a sus vasallos, y en el paso bajo el Colmillo Dorado se reunían los ejércitos. Sólo era cuestión de tiempo que empezara a correr la sangre. La única pregunta a contestar era cómo restañar la herida.
Ser Karyl Vance, el de los ojos tristes, que habría resultado atractivo de no ser por la marca amoratada de nacimiento que tenía en el rostro, hizo un gesto en dirección a los aldeanos.
—Esto es todo lo que queda de Sherrer, Lord Eddard. El resto de los habitantes han muerto, junto con los de Wendish y los del Vado del Titiritero.
—Levantaos —ordenó Ned a los aldeanos. Jamás confiaba en lo que le decía un hombre arrodillado—. Venga, levantaos todos.
Uno a uno los aldeanos de Sherrer se fueron poniendo en pie. Hubo que ayudar a un anciano, y una muchachita de vestido ensangrentado permaneció de rodillas, mirando sin ver a Ser Arys Oakheart, que estaba al pie del trono vestido con la armadura blanca de la Guardia Real, dispuesto a proteger y defender al rey... o a la Mano del Rey, quiso creer Ned.
—Joss —dijo Ser Raymun Darry a un hombre regordete y calvo que llevaba delantal de cervecero—, cuéntale a la Mano lo que sucedió en Sherrer.
Joss asintió.
—Con el permiso de Su Alteza...
—Su Alteza está cazando al otro lado del Aguasnegras —dijo Ned. Le parecía increíble que un hombre pudiera pasar la vida entera a apenas unos días a caballo de la Fortaleza Roja sin tener la menor idea de cuál era el aspecto del rey. Él vestía un jubón de lino blanco con el lobo huargo de los Stark en el pecho; el broche de plata en forma de mano que era el emblema de su cargo lo utilizaba para sujetarse la capa negra. Blanco, negro y gris, todas las tonalidades de la verdad—. Yo soy Lord Eddard Stark, la Mano del Rey. Dime quién eres y qué sabes de esos jinetes.
—Tengo... tenía... tenía una cervecería, mi señor, en Sherrer, junto al puente de piedra. La mejor cerveza al sur del Cuello, lo dice todo el mundo, con vuestro permiso, mi señor. Ahora ya no existe, mi señor, ha desaparecido, igual que el resto. Vinieron, bebieron hasta hartarse y derramaron el resto. Luego prendieron fuego al techo y también habrían derramado mi sangre si me hubieran atrapado, mi señor.
—Nos quemaron las casas —dijo un granjero junto a él—. Llegaron a caballo en la oscuridad, venían del sur, y prendieron fuego a los campos y a las casas, mataron a todo el que intentó detenerlos. Pero no eran ladrones, mi señor, no querían robarnos el ganado ni nada de eso, mataron a mi vaca lechera y la dejaron allí, para que se la comieran las moscas y los cuervos.
—Arrollaron a mi aprendiz —intervino un hombre achaparrado con músculos de herrero y la cabeza vendada. Se había puesto sus mejores ropas para acudir a la corte, pero llevaba los calzones manchados y la capa polvorienta—. Lo persiguieron a caballo por los campos, jugaron con él, lo pinchaban con las lanzas y se reían como si fuera un juego, el chico no hacía más que gritar y caerse, y al final uno lo traspasó.
La muchacha que seguía de rodillas movió la cabeza para alzar la vista hacia Ned, en el trono.
—También mataron a mi madre, Alteza. Y a mí me... a mí me... —Su voz se quebró, como si hubiera olvidado lo que estaba a punto de decir. Empezó a sollozar. Ser Raymun Darry reanudó el relato.
—En Wendish la gente intentó refugiarse en el fortín, pero las paredes eran de madera. Los jinetes amontonaron paja contra ellas y los intentaron quemar vivos. Cuando los habitantes de Wendish abrieron las puertas para escapar del fuego, los mataron con flechas a medida que salían, incluso a las mujeres con niños de pecho.
—Qué espanto —murmuró Varys—. ¿Hasta dónde puede llegar la crueldad del hombre?
—A nosotros nos habrían hecho lo mismo, pero el fortín de Sherrer es de piedra —dijo Joss—. Algunos querían hacernos salir con humo, pero el grande dijo que había fruta más madura río arriba, así que se fueron a Vado del Titiritero.
Ned sintió el acero frío contra los dedos al inclinarse hacia adelante. Entre cada dos dedos había una hoja, las puntas de espadas retorcidas sobresalían como garras de los brazos del trono. Pese a los tres siglos transcurridos desde que fuera forjado, algunas seguían afiladas y cortantes. El Trono de Hierro estaba lleno de trampas para cazar al incauto. Según decían las canciones, para hacerlo se habían empleado mil espadas, calentadas al rojo blanco en las forjas de Balerion, el Terror Negro. Los trabajos duraron cincuenta y nueve días. El resultado fue aquella bestia negra, hecha de filos, púas y hojas de metal afilado: una silla capaz de matar a un hombre, y que, según las leyendas, ya lo había hecho. Eddard Stark era incapaz de comprender qué hacía allí sentado, pero allí estaba, y aquella gente le pedía justicia.
—¿Qué pruebas tenéis de que fueran de la Casa Lannister? —preguntó, tratando de controlar la ira—. ¿Llevaban capas escarlata o un estandarte con el emblema del león?
—Ni siquiera los Lannister son tan idiotas para eso —resopló Ser Marq Piper. Era un joven gallito, un fanfarrón, demasiado inmaduro e impulsivo para el gusto de Ned. Pero al mismo tiempo era buen amigo del hermano de Catelyn, Edmure Tully.
—Todos los atacantes iban a caballo y con cotas de mallas, mi señor —respondió Ser Karyl con voz tranquila—. Llevaban lanzas de punta de acero, y también espadas y hachas. —Hizo un gesto en dirección a uno de los harapientos supervivientes—. Tú. Sí, tú. Nadie te va a hacer nada. Dile a la Mano lo que me contaste.
—Es sobre los caballos —dijo el anciano con la cabeza inclinada—. Eran caballos de guerra. Trabajé muchos años en los establos del viejo Ser Willum, así que los distingo. Pongo a los dioses por testigos de que ninguno de esos animales había tirado nunca de un arado.
—Bandoleros con buenas monturas —observó Meñique—. Puede que robaran los caballos antes de atacar.
—¿Cuántos hombres componían el grupo? —quiso saber Ned.
—Por lo menos cien —respondió Joss.
—Cincuenta —dijo a la vez el herrero de los vendajes.
—Cientos y cientos —fue la respuesta de una anciana, tras ellos—. Un ejército, mi señor, un ejército era eso.
—Tienes más razón de la que crees, buena mujer —le dijo Lord Eddard—. Decís que no llevaban estandarte. ¿Y qué armaduras utilizaban? ¿Alguno de vosotros se fijó en los adornos, en las decoraciones, cualquier detalle de los escudos o de los yelmos?
—Me duele deciros esto, mi señor —contestó Joss, el cervecero, sacudiendo la cabeza—, pero no, las armaduras que llevaban eran sencillas. Sólo... bueno, el que parecía que mandaba, la armadura suya era igual que las otras, pero llamaba la atención. Era por el tamaño, mi señor. Quien diga que los gigantes ya no existen es porque no ha visto a este hombre, os lo juro. Era grande como un buey, y su voz retumbaba como un trueno.
—¡La Montaña! —exclamó Ser Marq de manera que todos lo oyeran—. ¿A alguien le cabe la menor duda? Esto ha sido obra de Gregor Clegane.
Ned oyó murmullos bajo las ventanas y al otro extremo de la sala. Hasta en las galerías se escuchaban susurros nerviosos. Tanto los grandes señores como el pueblo llano entendían qué significaría que Ser Marq estuviera en lo cierto. Ser Gregor Clegane era vasallo de Lord Tywin Lannister.
Escudriñó los rostros aterrados de los aldeanos. No era de extrañar que estuvieran tan asustados: creían que los habían arrastrado allí para llamar asesino a Lord Tywin, ante el rey que estaba casado con su hija. Seguramente los caballeros no les habían dejado elección.
El Gran Maestre Pycelle se levantó pausadamente de su lugar en la mesa del Consejo. La cadena que simbolizaba su cargo tintineó.
—Con todos los respetos, Ser Marq, no podéis saber si ese forajido era Ser Gregor o no. En el reino hay muchos hombres corpulentos.
—¿Tan corpulentos como la Montaña que Cabalga? —replicó Ser Karyl—. Yo no he conocido a ninguno.
—Ni nadie entre los presentes —añadió Ser Raymun, ardoroso—. Hasta su hermano parece un cachorrillo en comparación. Abrid los ojos, mis señores. ¿Os hace falta ver su sello sobre los cadáveres? Fue Gregor.
—¿Por qué iba a actuar Ser Gregor como un bandido? —preguntó Pycelle—. Su señor le otorgó una fortaleza y tierras propias. Es un caballero ungido.
—¡Un falso caballero! —replicó Ser Marq—. Es el perro rabioso de Lord Tywin.
—Mi señor Mano —declaró Pycelle con tono rígido—, os ruego que recordéis a este «buen» caballero que Lord Tywin Lannister es el padre de nuestra amada reina.
—Gracias, Gran Maestre Pycelle —dijo Ned—. Si no llegáis a decirlo quizá lo hubiéramos olvidado.
Desde su lugar privilegiado en el trono, vio cómo varios hombres salían a hurtadillas por la puerta del fondo de la sala. Los conejos corrían a esconderse... o tal vez las ratas iban a mordisquear el queso de la reina. Divisó a la septa Mordane en la galería, acompañando a su hija Sansa. Ned sintió un ramalazo de ira: aquél no era lugar apropiado para una niña. Pero la septa no podía haber imaginado que la sesión iba a ir más allá de la tediosa rutina de escuchar peticiones, zanjar disputas entre aldeas rivales y marcar límites entre poblados.
Abajo, junto a la mesa del Consejo, Petyr Baelish pareció perder interés en la pluma y se inclinó hacia delante.
—Ser Marq, Ser Karyl, Ser Raymun... ¿puedo haceros una pregunta? Esas aldeas estaban bajo vuestra protección. ¿Dónde estabais mientras tenían lugar tantos asesinatos e incendios?
—Yo estaba al lado de mi señor padre, en el paso bajo el Colmillo Dorado —respondió Ser Karyl—. Igual que Ser Marq. Cuando Ser Edmure Tully recibió la noticia de estas afrentas, nos envió instrucciones de organizar un grupo de hombres para buscar a los supervivientes que hubiera y traerlos ante el rey.
—Ser Edmure me había convocado a Aguasdulces, junto con todos mis hombres —explicó por su parte Ser Raymun Darry—. Estaba acampado al otro lado del río, aguardando sus órdenes, cuando me llegó la noticia. Cuando regresé a mis tierras, Clegane y sus alimañas ya estaban al otro lado del Forca Roja, en las colinas de Lannister.
—¿Y si vuelven, señor? —Meñique se acarició la barbita puntiaguda, pensativo.
—Si vuelven su sangre regará los campos que quemaron —declaró Ser Marq Piper, en tono fervoroso.
—Ser Edmure ha enviado hombres a todo pueblo y aldea a menos de un día a caballo de la frontera —explicó Ser Karyl.
«Que es probablemente lo que quiere Lord Tywin —se dijo Ned para sus adentros—, mermar las fuerzas de Aguasdulces, engañar al chico para que disperse a sus hombres.» El hermano de su esposa era joven, y más valeroso que inteligente. Intentaría defender cada centímetro de sus tierras, a cada hombre, mujer y niño de los que lo llamaban señor, y Tywin Lannister, astuto como era, lo sabría.
—Si vuestros campos y aldeas están a salvo de todo daño —decía Lord Petyr—, ¿qué pedís al trono?
—Los señores del Tridente mantienen la paz del rey —respondió Ser Raymun Darry—. Los Lannister la han quebrado. Pedimos permiso para darles cumplida respuesta, acero por acero. Pedimos justicia para los habitantes de Sherrer, de Wendish y del Vado del Titiritero.
—Edmure está de acuerdo, debemos pagar a Gregor Clegane con su misma moneda sangrienta —declaró Marq—, pero el anciano Lord Hoster nos ordenó venir aquí a pedir el permiso del rey antes de atacar.
«Gracias a los dioses por el anciano Lord Hoster.» Tywin Lannister tenía tanto de zorro como de león. Si era verdad que había enviado a Ser Gregor para quemar y saquear, y de eso a Ned no le cabía la menor duda, se había asegurado de que lo hiciera amparado en la noche, sin estandartes, como un vulgar bandolero. Cuando Aguasdulces contraatacara, Cersei y su padre insistirían en que los que habían roto la paz del rey habían sido los Tully, no los Lannister. Y sólo los dioses sabían a quién creería Robert.
—Mi señor Mano —lo interpeló el Gran Maestre Pycelle, que se había levantado de nuevo—, si estos aldeanos creen que Ser Gregor ha dejado de lado sus votos sagrados para dedicarse a las violaciones y el pillaje, que vayan a presentar tales quejas a su señor. Estos crímenes no tienen nada que ver con el trono. Que busquen la justicia de Lord Tywin.
—Toda justicia es justicia del rey —replicó Ned—. Todo lo que hacemos en el norte, en el sur, en el este o en el oeste, es en nombre de Robert.
—Es la justicia del rey —insistió el Gran Maestre Pycelle—. Por lo tanto, deberíamos aplazar este asunto hasta que Su Alteza...
—El rey está cazando al otro lado del río, y puede que no regrese en varios días —dijo Lord Eddard—. Robert me ordenó ocupar su lugar, escuchar con sus oídos y hablar con su voz. Y es precisamente lo que voy a hacer... aunque estoy de acuerdo en que se le debe comunicar este asunto. —Divisó bajo los tapices un rostro conocido—. Ser Robar —llamó.
—Mi señor. —Ser Robar Royce dio un paso al frente e hizo una reverencia.
—Vuestro padre está cazando con el rey —dijo Ned—. ¿Queréis ir a llevarles la noticia de lo que se ha dicho y hecho hoy aquí?
—Al momento, mi señor.
—¿Tenemos pues vuestro permiso para emprender la venganza contra Ser Gregor? —preguntó Marq Piper al trono.
—¿Venganza? —inquirió Ned—. Pensaba que estábamos hablando de justicia. Con quemar los campos de Clegane y matar a sus siervos no se recuperará la paz del rey, no haréis más que poner parches en vuestro orgullo. —Apartó la vista antes de que el joven caballero pudiera protestar airadamente, y se dirigió a los aldeanos—. Habitantes de Sherrer, no puedo devolveros los hogares ni las cosechas, ni tampoco devolver la vida a vuestros muertos. Pero quizá pueda mostraros, aunque sea en pequeña medida, la justicia de nuestro rey Robert.
Todos los ojos de la sala estaban clavados en él, a la espera. Ned se puso en pie muy despacio y se levantó del trono con la fuerza de los brazos, haciendo caso omiso del dolor punzante en la pierna rota; no era el mejor momento para que nadie advirtiera su debilidad.
—Los primeros hombres creían que el juez que ordena la muerte debe ser también el que esgrima la espada, y en el norte todavía nos regimos por esa costumbre. No me gusta enviar a nadie a matar en mi nombre... pero me temo que no tengo otro remedio —dijo señalándose la pierna herida.
—¡Lord Eddard! —El grito procedía del ala oeste de la sala. Un muchachito muy joven y atractivo se adelantó con paso osado. Sin la armadura, Ser Loras Tyrell ni siquiera aparentaba sus dieciséis años. Llevaba ropas de seda color azul celeste, y su cinturón era una cadena de rosas doradas, el emblema de su Casa—. Os suplico el honor de que me permitáis actuar en vuestro lugar. Encomendadme esa tarea, mi señor, y juro que no os fallaré.
—Ser Loras, si os enviamos a vos —dijo Meñique con una risita—, Ser Gregor nos enviará a cambio vuestra cabeza con una pluma metida en esa preciosa boquita que tenéis. La Montaña no es el tipo de persona que inclina la cabeza ante la justicia de cualquier hombre.
—No temo a Gregor Clegane —replicó Ser Loras, altanero.
Ned volvió a sentarse en el duro asiento de hierro que era el trono deforme de Aegon. Escudriñó con la mirada los rostros que se alineaban junto al muro.
—Lord Beric —llamó—. Thoros de Myr. Ser Gladden. Lord Lothar. —Los nombrados se fueron adelantando, uno a uno—. Deberéis reunir un grupo de veinte hombres cada uno, y llevar mi palabra a la fortaleza de Gregor. Veinte de mis guardias os acompañarán. Lord Beric Dondarrion, tendréis el mando general, como corresponde a vuestro rango.
—A vuestras órdenes, Lord Eddard —dijo el joven señor del pelo dorado rojizo con una reverencia.
—En nombre de Robert de la Casa Baratheon —exclamó Ned alzando la voz para que llegara a todos los extremos del salón del trono—, el primero de su nombre, rey de los ándalos, los rhoynar y los primeros hombres, señor de los Siete Reinos y Protector del Reino; yo, Eddard de la Casa Stark, su Mano, os encomiendo cabalgar hacia las tierras de occidente, cruzar el Forca Roja del Tridente bajo la bandera del rey, y llevar la justicia del rey al falso caballero Gregor Clegane, y a todos aquellos que hayan sido partícipes de sus crímenes. Yo lo denuncio, lo deshonro, lo despojo de su rango y títulos, de todas sus tierras, propiedades e ingresos, y lo sentencio a muerte. Que los dioses se apiaden de su alma.
Apenas se hubo extinguido el eco de sus palabras, el Caballero de las Flores se adelantó, perplejo.
—¿Y qué pasa conmigo, Lord Eddard?
Ned lo miró. Visto desde el trono, Loras Tyrell parecía casi tan joven como Robb.
—Nadie pone en duda vuestro valor, Ser Loras, pero ahora se trata de justicia, y lo que buscáis vos es venganza. —Se volvió hacia Lord Beric—. Emprended el camino al alba. Estas cosas es mejor hacerlas deprisa. —Alzó una mano—. El trono no escuchará hoy más peticiones.
Alyn y Porther subieron los escalones de hierro que llevaban al trono para ayudarlo a descender. Ned no pudo dejar de advertir la mirada hosca de Loras Tyrell, pero el muchacho se alejó antes de que llegara a su altura.
Al pie de la base del Trono de Hierro, Varys recogía papeles de la mesa del Consejo. Meñique y el Gran Maestre Pycelle se habían marchado ya.
—Tenéis más valor que yo, mi señor —dijo con voz suave el eunuco.
—¿Por qué lo decís, Lord Varys? —preguntó Ned en tono brusco. La pierna le dolía mucho y no estaba de humor para juegos de palabras.
—De haber estado en vuestro lugar, yo habría enviado a Ser Loras. Lo deseaba con tanta vehemencia... y cualquier hombre que tenga por enemigos a los Lannister haría bien en ganarse la amistad de los Tyrell.
—Ser Loras es joven —replicó Ned—. Ya se le pasará la decepción.
—¿Y qué hay de Ser Ilyn? —El eunuco se acarició la mejilla regordeta y empolvada—. Al fin y al cabo él es la Justicia del Rey. Eso de enviar a otros hombres a cumplir con las misiones de su cargo... hay quien lo consideraría un insulto grave.
—No era mi intención. —La verdad era que Ned no confiaba en el caballero mudo, aunque tal vez fuera porque no le gustaban los ejecutores—. Os recuerdo que los Payne son vasallos de la Casa Lannister. Me pareció más adecuado elegir hombres que no debieran lealtad alguna a Lord Tywin.
—Una decisión prudente, no me cabe duda —dijo Varys—. Pero dio la casualidad de que vi a Ser Ilyn al fondo de la sala, mirándonos con sus ojos claros, y la verdad, no parecía nada contento, aunque eso es siempre difícil de asegurar cuando se trata de nuestro silencioso caballero. Supongo que a él también se le pasará. Aunque le gusta tanto su trabajo...

SANSA

—No quiso enviar a Ser Loras —contó Sansa a Jeyne Poole aquella noche, mientras compartían una cena fría a la luz de la lamparilla—. Me parece que ha sido por lo de la pierna.
Lord Eddard había hecho que le llevaran la cena a sus aposentos para tomarla con Alyn, Harwin y Vayon Poole, y así poder descansar de sus heridas; y la septa Mordane se había quejado de que tenía los pies en carne viva después de estar en la galería todo el día. Arya debería estar con ellas, pero llegaba tarde de su lección de danza.
—¿La pierna? —preguntó Jeyne, insegura. Era una chiquilla bonita, de pelo oscuro, y tenía la misma edad que Sansa—. ¿Es que Ser Loras se ha hecho daño en la pierna?
—No, él no, tonta —replicó Sansa mientras mordisqueaba con delicadeza un muslo de pollo—. La pierna de mi padre. Le duele tanto que está siempre de muy mal humor. Si no, habría enviado a Ser Loras, seguro.
La decisión de su padre le había parecido sorprendente. Cuando el Caballero de las Flores se adelantó, dio por seguro que estaba a punto de ver cómo cobraba vida una de las historias de la Vieja Tata. Ser Gregor era el monstruo, y Ser Loras el gran héroe que lo iba a matar. Hasta su aspecto era el de un gran héroe, porque era muy guapo y esbelto, con aquel cinturón de rosas doradas y aquella cabellera castaña que le caía sobre los ojos. ¡Y su padre lo rechazó! Aquello la había disgustado muchísimo. Se lo había dicho a la septa Mordane mientras bajaban de la galería, pero la mujer le respondió que no le correspondía a ella cuestionar las decisiones de su señor padre.
Y había sido entonces cuando Lord Baelish interrumpió su conversación.
—No sabría qué decir, septa. Su señor padre ha tomado algunas decisiones que él mismo habría hecho bien en cuestionar. La joven dama es tan sabia como hermosa. —Hizo una reverencia a Sansa, una inclinación tan profunda que la niña no supo si era un cumplido o una burla.
—La niña sólo hacía comentarios, mi señor —dijo la septa Mordane que se había puesto muy nerviosa al darse cuenta de que Lord Baelish se había enterado de su conversación—. Simple charla. No pretendía decir nada.
—¿Nada? —Lord Baelish se acarició la barbita puntiaguda—. Cuéntame, pequeña, ¿por qué habrías enviado tú a Ser Loras? —A Sansa no le quedó más remedio que hablarle de los héroes y los monstruos. El consejero del rey sonrió—. Bueno, no son precisamente los argumentos que habría planteado yo, pero... —Le acercó la mano al rostro y le siguió con el dedo la línea del pómulo—. La vida no es una canción, querida. Algún día lo descubrirás, y será doloroso.
A Sansa no le apetecía contarle todo aquello a Jeyne. De hecho, sólo con pensar en el tema se ponía nerviosa.
—La Justicia del Rey es Ser Ilyn, no Ser Loras —señaló Jeyne—. Lord Eddard debería haberlo enviado a él.
Sansa se estremeció. Siempre que veía a Ser Ilyn le pasaba lo mismo. Tenía la sensación de que le correteara una cosa muerta sobre la piel desnuda.
—Ser Ilyn es casi como otro monstruo. Me alegro de que mi padre no lo eligiera.
—Pues Lord Beric es tan héroe como Ser Loras. Es tan valiente, tan guapo...
—Sí, bueno... —titubeó Sansa.
Beric Dondarrion era atractivo, sin duda, pero también era muy viejo, tenía casi veintidós años. El Caballero de las Flores habría sido mucho mejor. Pero claro, Jeyne se había enamorado de Lord Beric desde la primera vez que lo vio en las justas. En opinión de Sansa, Jeyne se comportaba como una tonta. Al fin y al cabo no era más que la hija de un mayordomo, y por mucho que suspirase por él Lord Beric nunca se fijaría en alguien tan inferior, ni aunque la diferencia de edad no fuera tan abismal.
Pero habría sido una descortesía decir semejante cosa, así que Sansa bebió un sorbo de leche y cambió de tema.
—He soñado que el venado blanco era para Joffrey —dijo. En realidad no había sido un sueño, sino más bien un deseo, pero le costaba menos expresarlo de esa manera. Todo el mundo sabía que los sueños eran proféticos. Los venados blancos eran muy raros y mágicos, y Sansa sabía en su corazón que el valeroso príncipe era más digno de cazarlo que su padre borracho.
—¿Lo soñaste? ¿De verdad? ¿Qué pasaba, el príncipe Joffrey se acercaba al venado, lo acariciaba con la mano y no le hacía daño?
—No —respondió Sansa—. Lo mataba con una flecha dorada y me lo traía como prenda. —En las canciones los caballeros jamás mataban a las bestias mágicas, sólo se acercaban a ellas y las tocaban, sin hacerles daño, pero sabía que a Joffrey le gustaba la caza, sobre todo matar a las presas. Pero sólo mataba animales, claro. Sansa estaba segura de que su príncipe no había tenido nada que ver en el asesinato de Jory y el resto de los hombres; aquello había sido cosa de su malévolo tío, el Matarreyes. Sabía que su padre estaba muy enfadado, pero no era justo que le echara la culpa a Joff. Sería como hacerla responsable a ella por lo que hiciera Arya.
—Esta tarde he visto a tu hermana —dijo Jeyne, como si le estuviera leyendo la mente—. Estaba en los establos, caminando sobre las manos. ¿Por qué hace esas cosas?
—Nadie sabe por qué hace Arya las cosas que hace. —Sansa detestaba los establos, eran lugares malolientes llenos de estiércol y moscas. Incluso cuando iba a montar prefería que algún mozo le ensillara la montura y se la sacara al patio—. ¿Quieres que te cuente cosas de la corte de justicia, o no?
—Sí, sí —pidió Jeyne.
—Había también un hermano negro —siguió Sansa—, suplicaba hombres para el Muro, pero era muy viejo, y olía mal. —Aquello no le había gustado nada. Siempre había imaginado que los hombres de la Guardia de la Noche eran como su tío Benjen. En las canciones los llamaban «los caballeros negros del Muro». Pero aquel hombrecillo tenía la espalda encorvada, resultaba repugnante y parecía como si tuviera piojos. Si la Guardia de la Noche era así, se compadecía de su medio hermano bastardo, Jon.
—Mi padre preguntó si había presente algún caballero que quisiera honrar a su Casa vistiendo el negro, pero ninguno se adelantó, así que le dijo al tal Yoren que eligiera lo que quisiera de las mazmorras del rey y que se fuera. Luego llegaron dos hermanos, unos jinetes libres de las Marcas de Dorne, para poner sus espadas al servicio del rey. Mi padre les tomó juramento...
—¿No hay pastelitos de limón? —Jeyne bostezó.
—Vamos a ver —dijo Sansa. No le gustaba que la interrumpieran, pero hasta ella reconocía que un pastelito de limón sonaba más interesante que la mayor parte de lo que había acontecido aquella mañana en el salón del trono.
En la cocina no había pastelitos de limón, pero al final encontraron media tarta fría de fresas, que fue una buena alternativa. Se la comieron sentadas en los peldaños de la torre, entre risitas, chismorreos y secretos compartidos, y aquella noche Sansa se acostó con la sensación de ser casi tan traviesa como Arya.
Por la mañana se despertó antes de que amaneciera, y se dirigió medio adormilada hacia la ventana para ver cómo Lord Beric formaba a sus hombres. Emprendieron la marcha cuando las primeras luces empezaron a bañar la ciudad. Los precedían tres portaestandartes, el más alto con el emblema del venado coronado del rey, y por debajo el lobo huargo de los Stark y el rayo de Lord Beric a la misma altura. Era tan emocionante como una canción que cobrara vida: el tintineo de las espadas, el brillo de las antorchas, los pendones al viento, el piafar y relinchar de los caballos, el brillo dorado del amanecer en los barrotes del rastrillo que se alzaba... Los hombres de Invernalia eran los más guapos, con cotas de mallas plateadas y largas capas grises.
Alyn era el que llevaba el estandarte de los Stark. Al verlo cabalgar junto a Lord Beric, Sansa se sintió llena de orgullo. Alyn era aún más guapo de lo que fuera Jory; algún día sería caballero.
Tras su partida, la Torre de la Mano parecía tan desierta que Sansa incluso se alegró de ver a Arya cuando bajó a desayunar.
—¿Dónde están todos? —quiso saber su hermana, al tiempo que pelaba con las manos una naranja sanguina—. ¿Los ha enviado padre a perseguir a Jaime Lannister?
—Cabalgan junto a Lord Beric, para decapitar a Ser Gregor Clegane —repuso Sansa con un suspiro. Se volvió hacia la septa Mordane, que comía gachas con una cuchara de madera—. Septa, ¿Lord Beric clavará la cabeza de Ser Gregor en una lanza y la pondrá ante sus puertas, o se la traerá al rey? —Era una de las cosas que había comentado con Jeyne Poole la noche anterior, pero la septa puso cara de espanto.
—Una dama no habla de esas cosas durante el desayuno. ¿Has olvidado tus modales, Sansa? Últimamente te portas casi tan mal como tu hermana.
—¿Qué hizo Gregor? —preguntó Arya.
—Quemó una aldea y asesinó a un montón de gente, incluso mujeres y niños.
—Jaime Lannister asesinó a Jory —dijo Arya con el ceño fruncido—, a Heward y a Wyl, y el Perro asesinó a Mycah. A ésos sí que tendrían que cortarles las cabezas.
—No es lo mismo —replicó Sansa—. El Perro es el escudo juramentado de Joffrey; y tu amiguito atacó al príncipe.
—Mentirosa —rugió Arya. Apretó la naranja sanguina con tanta fuerza que el jugo le corrió entre los dedos.
—Eso, insúltame, ahora que puedes —dijo Sansa en tono frívolo—. Cuando esté casada con Joffrey ya no te atreverás. Tendrás que hacerme reverencias y llamarme «Alteza». —Dejó escapar un grito cuando Arya le lanzó la naranja. Le dio en la frente con un golpe húmedo y le cayó en el regazo.
—Tenéis una mancha de zumo en la cara, Alteza —dijo Arya.
El zumo le goteaba por la nariz y le picaba en los ojos. Sansa se limpió con una servilleta. Cuando vio la mancha que le había dejado la fruta en el regazo del hermoso vestido de seda color marfil, dejó escapar otro grito.
—¡Eres odiosa! —chilló a su hermana—. ¡Tendrían que haberte matado a ti, y no a Dama!
—¡Vuestro padre se va a enterar de esto! —dijo la septa Mordane poniéndose de pie—. ¡Id a vuestras habitaciones, ahora mismo! ¡Ahora mismo!
—¿Yo también? —A Sansa se le llenaron los ojos de lágrimas—. ¡No es justo!
—No pienso discutir. ¡A vuestras habitaciones!
Sansa se alejó, con la cabeza bien alta. Iba a ser reina, y las reinas no lloraban, o no lloraban delante de nadie. Al llegar a sus habitaciones, cerró la puerta y se quitó el vestido. La naranja sanguina había dejado una gran mancha roja en la seda.
—¡La odio! —gritó. Hizo una bola con el vestido y lo lanzó a la chimenea, sobre las cenizas frías del fuego de la noche anterior. Entonces vio que la mancha había calado hasta las enaguas, y muy a su pesar se le escapó un sollozo. Se arrancó el resto de la ropa, se tumbó en la cama y lloró hasta que se quedó dormida.
Era ya mediodía cuando la septa Mordane llamó a su puerta.
—Sansa. Tu señor padre quiere verte ahora mismo.
Dama —susurró Sansa mientras se sentaba en la cama. Por un momento fue como si la loba estuviera en la habitación, mirándola con sus ojazos dorados, tristes y sagaces. Comprendió que había estado soñando. En el sueño Dama la acompañaba, corrían juntas, y... y... Tratar de recordar era como intentar atrapar lluvia con los dedos. El sueño se esfumó, y Dama murió de nuevo.
—Sansa. —Volvieron a sonar golpes en la puerta—. ¿Me oyes?
—Sí, septa —respondió—. Necesito un momento para vestirme, por favor. —Tenía los ojos hinchados de llorar, pero hizo todo lo posible por ponerse guapa.
Cuando la septa Mordane la acompañó hasta las habitaciones de su padre, Lord Eddard estaba sentado ante un gran libro encuadernado en piel, con la pierna entablillada rígida bajo la mesa.
—Ven aquí, Sansa —dijo con voz no exenta de cariño, mientras la septa iba a buscar a su hermana—. Siéntate a mi lado.
Cerró el libro. La septa Mordane regresó con Arya, a la que casi tenía que arrastrar. Sansa se había puesto una hermosa túnica de damasco color verde claro y también una expresión de arrepentimiento en la cara, pero su hermana llevaba todavía las ropas desastradas de cuero que tenía durante el desayuno.
—Aquí está la otra —anunció la septa.
—Gracias, septa Mordane. Si tenéis la amabilidad, quiero hablar a solas con mis hijas.
La septa se inclinó y se marchó.
—Arya empezó —dijo Sansa a toda prisa, deseosa de ser la primera en hablar—. Me llamó mentirosa, me tiró una naranja y me estropeó el vestido, el de seda color marfil que la reina Cersei me regaló cuando me prometí al príncipe Joffrey. Me odia porque voy a casarme con el príncipe. Quiere estropearlo todo, padre, no soporta nada que sea bonito, ni lujoso, ni espléndido.
—Ya basta, Sansa. —La voz de su padre estaba cargada de impaciencia.
—Lo siento mucho, padre —dijo Arya alzando la vista—. Hice mal y ruego a mi querida hermana que me perdone.
—¿Y qué pasa con mi vestido? —consiguió decir Sansa al final. Se había sobresaltado tanto que, durante un momento, se había quedado sin habla.
—No sé... puedo lavártelo —dijo Arya, dubitativa.
—No se puede lavar —replicó Sansa—. Ni aunque lo frotaras un día entero. La seda está estropeada.
—Entonces te... te haré uno nuevo.
—¿Tú? —Sansa echó la cabeza hacia atrás en gesto desdeñoso—. Los trapos que tu coses no valen ni para limpiar pocilgas.
—No os he hecho venir para hablar de vestidos —dijo su padre después de soltar un suspiro—. Voy a enviaros de vuelta a Invernalia.
Sansa se encontró sin palabras por segunda vez. Se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas.
—No es posible —dijo Arya.
—Por favor, padre —consiguió decir Sansa al final—. Por favor, no.
—Al menos hemos encontrado un tema en el que estáis de acuerdo. —Eddard Stark dirigió a sus hijas una sonrisa cansada.
—Yo no he hecho nada malo —le suplicó Sansa—. No quiero volver. —Le encantaba estar en Desembarco del Rey, el boato de la corte, la presencia de grandes damas y señores, con ropajes de terciopelo y seda, y con joyas; la gran ciudad y sus habitantes. Los días del torneo habían sido los más mágicos de su vida, ¡y aún le faltaba tanto por ver...! Las fiestas de la cosecha, los bailes de máscaras, las representaciones de comediantes... No soportaba la idea de perderse todo aquello.
—Envía a Arya de vuelta, ella empezó, padre, te lo juro. Seré buena, ya lo verás, deja que me quede y te prometo que seré tan cortés y tan noble como la reina.
—Si os envío de vuelta no es por la pelea, Sansa —dijo su padre con una mueca extraña—, aunque bien saben los dioses que estoy harto de vuestras riñas. Quiero que volváis a Invernalia porque allí estaréis a salvo. Asesinaron a tres de mis hombres como perros a una legua de este lugar, ¿y qué hace Robert? Se va de caza.
Arya se mordisqueaba el labio, en su habitual mueca repugnante.
—¿Puede venir Syrio con nosotras?
—¿Y a quién le importa tu estúpido maestro? —estalló Sansa—. Padre, acabo de caer en la cuenta, no puedo marcharme, me voy a casar con el príncipe Joffrey. —Trató de dedicarle una sonrisa valiente—. Lo amo, padre, lo amo de todo corazón, lo amo tanto como amaba la reina Naerys al príncipe Aemon, el Caballero Dragón, tanto como amaba Jonquil a Ser Florian. Quiero ser su reina, y darle muchos hijos.
—Pequeña —suspiró su padre—, presta atención. Cuando seas mayor, concertaré tu matrimonio con un gran señor que sea digno de ti, con alguien valiente, bueno y fuerte. Tu compromiso con Joffrey ha sido un gran error. Tienes que creerme, ese chico no es como el príncipe Aemon.
—¡Sí que lo es! —insistió Sansa—. Y no quiero a nadie valiente y bueno, lo quiero a él. Seremos felices por siempre jamás, igual que en las canciones, ya lo verás. Le daré un hijo de cabellos dorados, que algún día será el rey más grande que se haya visto, valiente como el lobo y orgulloso como el león.
—Imposible, con un padre como Joffrey —dijo Arya haciendo una mueca—. Es un mentiroso y un cobarde. Además, es un venado, no un león.
—¡No! —A Sansa le escocían las lágrimas en los ojos—. No tiene nada que ver con el borracho del rey —gritó a su hermana, tan dolida que había olvidado toda su educación.
—Dioses —maldijo su padre entre dientes, mirándola de una manera muy extraña—. De la boca de los borrachos y los niños... —Llamó a gritos a la septa Mordane y se volvió hacia las niñas—. Estoy buscando una galera mercante rápida que os lleve a casa. En estos tiempos que corren es más seguro viajar por mar que por el camino real. Embarcaréis en cuanto encuentre la nave adecuada, con la septa Mordane, un grupo de guardias... y sí, también con Syrio Forel, si quiere entrar a mi servicio. Pero no digáis nada, ¡a nadie! Es mejor que nadie conozca nuestros planes. Volveremos a hablar mañana por la mañana.
Sansa no dejó de llorar en todo el camino mientras la septa Mordane las guiaba escaleras abajo. Se lo iban a quitar todo: el torneo, la corte, a su príncipe, todo, y la iban a devolver a los muros grises de Invernalia, donde se quedaría encerrada para siempre. Su vida había terminado antes incluso de empezar.
—Deja de llorar, niña —ordenó la septa Mordane—. Estoy segura de que vuestro señor padre sabe qué os conviene.
—No va a ser tan malo, Sansa —dijo Arya—. Navegaremos en una galera. Será una aventura, y volveremos a estar con Bran y con Robb, con la Vieja Tata, con Hodor y con todos los demás. —Extendió la mano para acariciarle el brazo.
—¡Hodor! —chilló Sansa—. Tendrías que casarte con Hodor, porque eres igual que él, ¡estúpida, peluda y fea!
Esquivó la mano de su hermana, entró corriendo en su habitación y cerró la puerta.

EDDARD

—El dolor es un regalo de los dioses, Lord Eddard —le dijo el Gran Maestre Pycelle—. Significa que el hueso se suelda y que la carne se cura. Podéis estar agradecido.
—Estaré agradecido cuando la pierna me deje de doler.
—La leche de la amapola, para cuando el dolor sea demasiado gravoso. —Pycelle puso un frasco con corcho sobre la mesita, junto a la cama.
—Ya duermo demasiado.
—El sueño es el mejor médico.
—Tenía la esperanza de que lo fuerais vos.
—Me alegra veros de un humor tan agresivo, mi señor. —Pycelle le dedicó una sonrisa débil. Se inclinó hacia él y bajó la voz—. Esta mañana llegó un cuervo, una carta para la reina de su señor padre. Me pareció que debíais saberlo.
—Alas negras, palabras negras —citó Ned, sombrío—. ¿Qué mencionaba?
—Lord Tywin está muy furioso porque enviasteis hombres en busca de Ser Gregor Clegane —le confió el maestre—. Justo como yo temía. Ya recordaréis que os lo dije en el Consejo.
—Que siga furioso —replicó Ned. Cada vez que le palpitaba la pierna, recordaba la sonrisa de Jaime Lannister y a Jory muerto entre sus brazos—. Que escriba todas las cartas que quiera a la reina. Lord Beric cabalga bajo el estandarte del rey. Si Lord Tywin interfiere con la justicia del rey tendrá que responder ante el propio Robert. Si hay algo que a Su Alteza le gusta más que cazar es hacer la guerra contra los señores que osan desafiarlo.
—Como queráis. —Pycelle se incorporó con un tintineo de su cadena de maestre—. Volveré a visitaros por la mañana.
El anciano recogió apresuradamente sus cosas y se despidió. A Ned no le cabía la menor duda de que iría directamente a las estancias reales para hablar con la reina. «Me pareció que debíais saberlo...» Como si la propia Cersei no le hubiera ordenado a Pycelle que le transmitiera las amenazas de su padre. Deseaba que su respuesta hiciera rechinar aquellos dientes perfectos. Ned no confiaba tanto en Robert como quería aparentar, pero tampoco hacía falta que Cersei lo supiera.
Cuando Pycelle salió, Ned pidió una copa de vino endulzado con miel. Eso también entumecía la mente, pero no tanto. Necesitaba pensar con claridad. Se había preguntado un millar de veces qué habría hecho Jon Arryn si hubiera vivido lo suficiente para dar una aplicación práctica a su descubrimiento. O tal vez había hecho algo, y eso le costó la vida.
Resultaba curioso que, a veces, los ojos inocentes de un niño vieran cosas que quedaban ocultas para los adultos. Algún día, cuando Sansa fuera mayor, tendría que explicarle cómo ella había arrojado luz sobre el misterio. «No tiene nada que ver con el borracho del rey», había gritado, colérica e ignorante, y aquella sencilla verdad se había metido dentro de Ned con un frío mortífero. Sí, aquélla había sido la espada que mató a Jon Arryn y que, sin duda, iba a matar también a Robert, con una muerte más lenta pero igual de inevitable. Las piernas rotas se curaban con el tiempo, pero algunas traiciones se pudrían y envenenaban el alma.
Meñique fue a visitarlo una hora después que el Gran Maestre, con una casaca color ciruela en la que destacaba un sinsonte bordado en negro en el pecho, y una capa a rayas blancas y negras.
—Lamento deciros que no va a ser una visita larga, mi señor —anunció—. Lady Tanda me espera para almorzar con ella. Sin duda asará para mí una ternera cebada. Si está tan cebada como su hija, lo más probable es que reviente y muera. ¿Cómo sentís la pierna?
—Inflamada, dolorida y con un picor que me está volviendo loco.
—Tened cuidado en el futuro, para que no os caigan más caballos encima —dijo Meñique arqueando una ceja—. Haced lo posible por recuperaros con rapidez. Hay inquietud en el reino. A oídos de Varys han llegado rumores ominosos, procedentes del oeste. Los mercenarios y los jinetes libres acuden como moscas a Roca Casterly, y no lo hacen para disfrutar de la compañía de Lord Tywin.
—¿Hay noticias del rey? —preguntó Ned—. ¿Cuánto tiempo va a seguir de caza?
—Si hace lo que le apetece —replicó Lord Petyr con una débil sonrisa—, seguirá en el bosque hasta que tanto la reina como vos muráis de viejos. Pero como no será posible, supongo que regresará en cuanto cace algo. Por lo visto encontraron al venado blanco, o mejor dicho, lo que quedaba de él. Los lobos lo vieron primero, a Su Alteza le quedó poco más que un casco y un cuerno. Robert estuvo hecho una furia hasta que le hablaron de un jabalí monstruoso que acechaba en lo más profundo del bosque. Ahora se ha empeñado en cazarlo. El príncipe Joffrey ha regresado esta mañana, junto con los Royce, Ser Balon Swann y otros veinte del grupo. Los demás siguen con el rey.
—¿Y el Perro? —preguntó Ned con el ceño fruncido. Ahora que Ser Jaime había huido de la ciudad para acudir junto a su padre, Sandor Clegane era el hombre de los Lannister que más lo preocupaba.
—Regresó con Joffrey, y fue directamente a ver a la reina. —Meñique sonrió—. Habría dado cien venados de plata por poder ser una cucaracha entre los arbustos cuando se enteró de que Lord Beric había partido con órdenes de decapitar a su hermano.
—Hasta un ciego se daría cuenta de que el Perro despreciaba a su hermano.
—Ah, pero Ser Gregor era suyo para odiarlo, no vuestro para matarlo. Cuando Dondarrion corte la cumbre de nuestra Montaña, las tierras de los Clegane y todos sus rendimientos pasarán a manos de Sandor, pero yo en vuestro lugar no aguantaría la respiración esperando su gratitud. Y ahora, deberéis disculparme. Me aguardan Lady Tanda y sus terneras cebadas. —Ya de camino hacia la puerta, Lord Petyr vio sobre la mesa el enorme libro del Gran Maestre Malleon, y se detuvo para echar un vistazo al título—. Linajes e historia de las Grandes Casas de los Siete Reinos, con muchas descripciones de nobles caballeros, damas y sus descendientes —leyó en voz alta—. Una lectura tediosa donde las haya, en mi opinión. ¿Es vuestra poción para dormir, mi señor?
Ned valoró durante un instante la posibilidad de decirle lo que sabía, pero las chanzas de Meñique le resultaban insufribles. Era un hombre demasiado astuto, y la sonrisa burlona no parecía borrársele nunca de los labios.
—Jon Arryn estaba leyendo ese libro cuando cayó enfermo —dijo con cautela, para ver cómo respondía.
—Entonces la muerte vino a aliviarlo de tanto sufrimiento —respondió como hacía siempre, con sarcasmo. Lord Petyr hizo una reverencia y se marchó.
Eddard Stark maldijo entre dientes. No confiaba en ninguna persona de aquella ciudad, descontando a sus hombres. Meñique había ocultado a Catelyn y había ayudado a Ned en la investigación, pero se dio mucha prisa en salvar el pellejo cuando Jaime y sus guardias aparecieron en medio de la lluvia, y aquello no lo había perdonado. Varys era todavía peor. Pese a sus promesas de lealtad, el eunuco sabía demasiado, y hacía demasiado poco. El Gran Maestre Pycelle parecía cada vez más adepto a la causa de Cersei, y Ser Barristan era demasiado viejo, demasiado rígido. Le diría a Ned que cumpliera con su deber.
El tiempo volaba. El rey no tardaría en regresar de su expedición de caza, y el honor exigía que Ned le contara todo lo que había descubierto. Vayon Poole lo había arreglado todo para que Sansa y Arya partieran en el Bruja del Viento, que zarparía de Braavos en menos de tres días. Llegarían a Invernalia antes de la cosecha. Ya no podía seguir diciéndose que la preocupación por su seguridad era la excusa de su demora en pasar a la acción.
Pero la noche anterior había soñado con los hijos de Rhaegar. Lord Tywin había depositado los cadáveres al pie del Trono de Hierro, envueltos en las capas escarlatas de los guardias de su Casa. Había sido un movimiento astuto, a través del tejido rojo la sangre no destacaba tanto. La princesita estaba descalza, todavía con su túnica de dormir, y el niño... el niño...
Ned no podía permitir que sucediera de nuevo. El reino no soportaría a un segundo rey loco, otra orgía de sangre y venganza. Tenía que salvar a los niños como fuera.
Robert podía ser misericordioso. Ser Barristan no era el único hombre al que había perdonado. Tanto el Gran Maestre Pycelle como Varys la Araña y Lord Balon Greyjoy fueron en el pasado sus enemigos, y a todos les había otorgado su amistad, a todos les había permitido conservar honores y cargos, a cambio de su lealtad. Si un hombre era valiente y honesto, Robert lo trataba con todo el honor y el respeto debidos a un enemigo valiente.
Pero aquello era otra cosa: veneno en la oscuridad, un puñal clavado en el alma. Aquello no lo podría perdonar, igual que no había perdonado a Rhaegar. Los mataría a todos. Ned estaba seguro.
E, incluso así, no podía permanecer en silencio. Tenía un deber para con Robert, para con el reino, para con la sombra de Jon Arryn... y para con Bran, que sin duda se había tropezado con alguna parte de la verdad. ¿Por qué, si no, habían intentado asesinarlo?
Aquella misma tarde hizo llamar a Tomard, el guardia corpulento de los bigotes color jengibre al que sus hijos llamaban Tom el Gordo. Ahora que Jory había muerto y Alyn estaba fuera, Tom el Gordo tenía el mando de la guardia de su Casa. Ned no se sentía del todo tranquilo. Tomard era un hombre robusto, afable, leal, incansable, capaz dentro de sus limitaciones; pero tenía casi cincuenta años, y ni siquiera en su juventud había sido muy resuelto. Ya no estaba tan seguro de haber hecho bien al enviar en la misión a la mitad de su guardia, entre ellos a sus mejores espadas.
—Voy a necesitar tu ayuda —le dijo cuando se presentó, con el gesto de aprensión que tenía siempre que su señor lo hacía llamar—. Llévame al bosque de dioses.
—¿Creéis que es buena idea, Lord Eddard? ¿Tal como tenéis la pierna?
—Puede que no. Pero es necesario.
Tomard llamó a Varly. Ned puso un brazo en torno a los hombros de cada uno y así consiguió bajar por los empinados peldaños de la torre y cruzar la muralla más allá del patio.
—Quiero que se doble la guardia —dijo a Tom el Gordo—. Nadie debe entrar ni salir de la Torre de la Mano sin mi permiso.
Tom parpadeó.
—Mi señor, Alyn y los demás están fuera, no somos bastantes para...
—Sólo serán unos días. Prolongad los turnos.
—Como ordenéis, mi señor —respondió Tom—. ¿Puedo preguntaros por qué...?
—Mejor no —replicó Ned, sucinto.
El bosque de dioses estaba desierto, como sucedía siempre en aquella ciudad de los dioses sureños. A Ned le dolía espantosamente la pierna cuando lo depositaron en la hierba, junto al árbol corazón.
—Gracias. —Se sacó un papel de la manga, estaba sellado con el emblema de su Casa—. Por favor, entrega esto de inmediato.
—Mi señor... —Tomard leyó el nombre que Ned había escrito en el papel, y se humedeció los labios, con ansiedad.
—Haz lo que te he ordenado, Tom —replicó Ned.
Nunca supo cuánto tuvo que esperar en el silencio del bosque de dioses. Allí todo era calma. Los gruesos muros dejaban fuera el clamor del castillo y sólo se oían los cantos de los pájaros, el murmullo de los grillos, el sonido del viento al acariciar las hojas. El árbol corazón era un roble, oscuro y sin rostro, pero Ned Stark sentía la presencia de sus dioses. Hasta la pierna le dolía un poco menos.
Ella llegó al anochecer, cuando las nubes se teñían de rojo sobre las murallas y las torres. Acudió sola, como Ned le había pedido. Por una vez vestía con sencillez, ropas verdes y botas de cuero. Se echó hacia atrás la capucha marrón, y él vio la marca que le había dejado el golpe del rey. El color morado rabioso había desaparecido, ahora tenía un tono amarillento, y ya no estaba tan hinchado, pero resultaba inconfundible.
—¿Por qué aquí? —preguntó Cersei Lannister, de pie ante él.
—Para que los dioses lo vean.
Se sentó junto a él en la hierba. Todos sus movimientos eran gráciles. El viento agitaba la rubia cabellera ondulada, y tenía los ojos verdes como las hojas del verano. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que Ned percibiera su belleza. Ahora la veía claramente.
—Sé la verdad que mató a Jon Arryn —dijo.
—¿En serio? —La reina lo miraba directamente a la cara, cauta como una gata—. ¿Por eso me habéis hecho venir aquí, Lord Stark? ¿Para plantearme acertijos? ¿O tenéis intención de tomarme prisionera, como hizo vuestra esposa con mi hermano?
—Si de verdad creyerais eso no habríais acudido. —Le rozó la mejilla con suavidad—. ¿Os había hecho esto con anterioridad?
—Un par de veces. —Se apartó para esquivar la mano—. Pero nunca en la cara. Jaime lo habría matado, aunque le costara la vida. —Cersei lo miró, desafiante—. Mi hermano vale cien veces más que vuestro amigo.
—¿Hermano? —inquirió Ned—. ¿O amante?
—Las dos cosas. —La verdad no la había hecho pestañear—. Desde que éramos niños. ¿Y por qué no? Los Targaryen se casaron entre hermanos durante trescientos años para mantener la pureza de sangre. Y Jaime y yo somos mucho más que hermanos. Somos una sola persona repartida entre dos cuerpos. Compartimos juntos un vientre. Él vino al mundo agarrado de mi pie, nos lo contó nuestro viejo maestre. Cuando lo tengo dentro de mí, me siento... plena. —La sombra de una sonrisa revoloteó sobre sus labios.
—Mi hijo Bran...
—Nos vio. —Cersei no apartó la mirada—. Amáis a vuestros hijos, ¿verdad?
Robert le había hecho la misma pregunta, la mañana del combate. Le dio la misma respuesta.
—Con toda mi alma.
—Yo no amo menos a los míos.
Ned se quedó pensativo un instante. «Si hubiera que llegar a eso, la vida de algún niño que no conozca contra la de Robb, Sansa o Arya, o la de Bran, o la de Rickon, ¿qué haría yo? Más aún, ¿qué haría Catelyn si se tratara de la vida de Jon contra la de alguno de los hijos de su vientre?» No sabía la respuesta. Rezó para no tener que averiguarla jamás.
—Los tres son de Jaime —dijo. No era una pregunta.
—Gracias a los dioses —asintió ella.
«La semilla es fuerte», había gritado Jon Arryn en el lecho de muerte. Y así era. Todos los bastardos tenían el pelo negro como la noche. El Gran Maestre Malleon relataba el último matrimonio entre el venado y el león, había tenido lugar hacía noventa años, cuando Tya Lannister contrajo matrimonio con Gowen Baratheon, tercer hijo del señor reinante. Su único vástago, un varón sin nombre al que Malleon describía como «un bebé grande y lozano, nacido con la cabeza cubierta de pelo negro», había muerto a las pocas semanas. Treinta años antes un Lannister se había casado con una doncella Baratheon. Ella le había dado tres hijas y un hijo, todos de pelo negro. Por mucho que se retrocediera en la historia, y Ned lo había hecho a través de las páginas amarillentas y quebradizas, el oro siempre cedía ante el carbón.
—Doce años —dijo—. ¿Cómo es que no habéis tenido hijos del rey?
—Vuestro amigo Robert me preñó una vez —dijo con voz llena de desprecio y la cabeza alzada en gesto desafiante—. Mi hermano buscó una mujer que me limpió. Él no llegó a enterarse. La verdad es que no soporto que me toque, y hace años que no dejo que me penetre. Conozco otras maneras de complacerlo siempre que se aleja un rato de sus putas y entra tambaleándose en mi dormitorio. Por lo general está tan borracho que a la mañana siguiente ya ha olvidado todo lo que hemos hecho.
¿Cómo habían estado todos tan ciegos? La verdad estaba allí, a la vista, siempre, escrita en los rostros de los niños. Ned sintió nauseas.
—Recuerdo cómo era Robert el día que subió al trono. Un verdadero rey —dijo en voz baja—. Mil mujeres lo habrían amado con todo su corazón. ¿Qué hizo para que lo odiarais tanto?
Los ojos de Cersei ardían con fuego verde en la oscuridad, como los de la leona que era su emblema.
—La noche de nuestro festín de bodas, la primera vez que compartimos el lecho, me llamó por el nombre de vuestra hermana. Estaba encima de mí, dentro de mí, apestaba a vino, y susurró: «Lyanna».
—No sé cuál de vosotros dos me inspira más compasión. —Ned Stark pensó en rosas color azul celeste y sintió deseos de llorar.
—Guardaos la compasión, Lord Stark, a mí no me hace falta. —La reina esbozó una sonrisa despectiva.
—Ya sabéis lo que debo hacer.
—¿Lo que debéis hacer? —Le puso una mano en la pierna sana, justo por encima de la rodilla—. Un hombre de verdad hace lo que quiere, no lo que debe. —Le acarició el muslo con los dedos, en la más suave de las promesas—. El reino necesita una Mano fuerte. Joff tardará años en tener la mayoría de edad. Nadie desea que haya otra guerra, y yo menos aún. —Le rozó el rostro, el pelo—. Si los amigos se pueden convertir en enemigos, los enemigos pueden transformarse en amigos. Vuestra esposa está a mil leguas, y mi hermano ha huido. Sed gentil conmigo, Ned. Juro que jamás lo lamentaréis.
—¿Le prometisteis lo mismo a Jon Arryn? —Ella lo abofeteó—. Luciré esto como símbolo de honor —añadió Ned secamente.
—Honor —escupió ella—. ¿Cómo os atrevéis a jugar al noble señor conmigo? ¿Por quién me tomáis? Vos también tenéis un bastardo, lo he visto. ¿Quién era la madre? ¿Alguna campesina de Dorne a la que violasteis mientras sus campos ardían? ¿Alguna prostituta? ¿O la hermana de luto, esa tal Lady Ashara? Me han dicho que luego se tiró al mar. ¿Por qué fue? ¿Por el hermano que le matasteis o por el hijo que le robasteis? Decidme, mi honorable Lord Eddard, ¿por qué os creéis diferente de Robert, o de mí, o de Jaime?
—Para empezar —dijo Ned—, yo no mato niños. Sería mejor que me escucharais, mi señora. Sólo os lo diré una vez. Cuando el rey vuelva de la cacería, voy a decirle toda la verdad. Para entonces ya deberéis estar lejos con vuestros hijos. Y no en Roca Casterly. Yo que vos tomaría un barco hacia las Ciudades Libres, o más lejos aún, hasta las Islas del Verano o el Puerto de Ibben. Tan lejos como os pueda llevar el viento.
—El exilio —dijo ella—. Una copa muy amarga.
—Más dulce que la que vuestro padre hizo beber a los hijos de Rhaegar —replicó Ned—, y mejor que la que merecéis. Y vuestro padre y hermanos deberían ir con vos. Con el oro de Lord Tywin podréis comprar comodidades y espadas que os defiendan. Las vais a necesitar. Os aseguro que, por lejos que os vayáis, la ira de Robert os perseguirá. Hasta donde haga falta.
—¿No contáis con mi ira, Lord Stark? —preguntó la reina con tono suave mientras se levantaba. Le escudriñó el rostro con los ojos—. Debisteis quedaros vos con el reino. Pudisteis hacerlo. Mi hermano Jaime me contó que lo encontrasteis en el Trono el día en que cayó Desembarco del Rey y lo obligasteis a bajar. Aquélla era vuestra ocasión. Sólo teníais que subir y sentaros. Qué gran error.
—He cometido más errores de los que podéis imaginar —dijo Ned—, pero ése no fue uno de ellos.
—Claro que lo fue, mi señor —insistió Cersei—. Cuando se juega al juego de tronos sólo se puede ganar o morir. No hay puntos intermedios.
Se echó la capucha sobre el rostro para cubrir la magulladura y lo dejó en la oscuridad, junto al roble, en medio del silencio del bosque de dioses y bajo un cielo cada vez más oscuro. Las estrellas empezaban a brillar.

DAENERYS

El corazón humeaba en el aire fresco del anochecer. Khal Drogo lo puso ante ella, crudo y sangriento. Tenía los brazos rojos hasta el codo. Tras él, sus jinetes de sangre estaban de rodillas en la arena ante el cadáver del semental salvaje, con los cuchillos de piedra todavía en las manos. La sangre del caballo parecía casi negra a la luz anaranjada de las antorchas que bordeaban las altas paredes calizas del pozo.
Dany se tocó la suave hinchazón del vientre. El sudor le perlaba la piel y le corría por el entrecejo. Sentía las miradas de las ancianas, las viejas de Vaes Dothrak, de unos ojos que brillaban negros como el pedernal en los rostros arrugados. No debía titubear, ni parecer asustada. «Soy de la sangre del dragón», se dijo al tiempo que cogía el corazón del semental con las dos manos, se lo llevaba a la boca y clavaba los dientes en la carne dura y fibrosa.
La sangre caliente le llenó la boca y le corrió por la barbilla. El sabor estuvo a punto de provocarle arcadas, pero se obligó a masticar y a tragar. El corazón de un semental haría que su hijo fuera fuerte, rápido y arrojado, o eso creían los dothrakis. Pero sólo si la madre se lo conseguía comer entero. Si se atragantaba con la sangre o vomitaba por la carne, los presagios no serían tan favorables. El niño podría nacer muerto, o débil, o deforme, o hembra.
Sus doncellas la habían ayudado a prepararse para la ceremonia. Pese a que durante las dos últimas lunas había tenido nauseas, Dany había comido cuencos de sangre medio cuajada para acostumbrarse al sabor, y además Irri le hizo masticar tiras de carne seca de caballo hasta que le dolieron las mandíbulas. Antes de la ceremonia se había pasado un día y una noche enteras sin comer, con la esperanza de que el hambre la ayudara a retener la carne cruda.
El corazón del semental salvaje era puro músculo, y Dany tuvo que arrancar cada bocado con los dientes y masticarlo largo rato. En los confines sagrados de Vaes Dothrak, bajo la sombra de la Madre de las Montañas, no se permitía el acero. Tenía que desgarrar el corazón con los dientes y las uñas. El estómago se le revolvía, pero ella resistió y siguió adelante, con el rostro lleno de sangre que a ratos parecía estallarle en los labios.
Khal Drogo, con el rostro impenetrable como un escudo de bronce, permaneció a su lado mientras comía. La larga trenza negra le brillaba, aceitada. Llevaba anillos de oro en el bigote, campanillas de oro en las trenzas, y un pesado cinturón también de oro en torno a la cintura, pero lucía el pecho desnudo. Lo miraba cada vez que sentía que las fuerzas le fallaban. Lo miraba, masticaba y tragaba, masticaba y tragaba, masticaba y tragaba. Casi al final a Dany le pareció ver un fuego de orgullo en los ojos oscuros y almendrados, pero era imposible saberlo a ciencia cierta. El rostro del khal rara vez traicionaba sus pensamientos.
Y, por último, lo logró. Consiguió tragar el último bocado, con las mejillas y los dedos pegajosos. Solamente entonces volvió la vista hacia las ancianas, hacia las viejas del dosh khaleen.
¡Khalakka dothrae mr'anha! —proclamó en su mejor dothraki. «¡En mis entrañas cabalga un príncipe!» También llevaba semanas ensayando la frase con su doncella, Jhiqui.
La más vieja de las ancianas, una mujer encorvada y flaca que tenía sólo un ojo, alzó los brazos hacia el cielo.
¡Khalakka dothrae! —gritó. «¡El príncipe cabalga!»
—¡Cabalga! —respondieron las otras mujeres—. ¡Rakh! ¡Rakh! ¡Rakh haj! —proclamaron. «¡Un varón, un varón, un varón fuerte!»
Sonaron las campanas, fue un repentino clamor de pájaros de bronce. Se escuchó el sonido de un cuerno, con una nota larga, grave. Las ancianas empezaron a cantar. Los pechos arrugados de las viejas se movían bajo los chalecos de cuero pintado, brillantes de aceites y sudor. Los eunucos que las servían arrojaron puñados de hierbas secas a un gran brasero de bronce, del que enseguida se elevaron nubes de humo aromático hacia la luna, hacia las estrellas. Los dothrakis creían que las estrellas eran caballos de fuego, una gran manada que galopaba por los cielos durante la noche.
El humo ascendió, y los cánticos fueron desvaneciéndose. La anciana que sólo tenía un ojo lo cerró para escudriñar el futuro. Se hizo un silencio absoluto. Dany alcanzaba a oír los cantos lejanos de las aves nocturnas, el siseo y el crepitar de las antorchas, el suave batir de las olas en el lago. Los dothrakis la miraron con ojos de noche. A la espera.
Khal Drogo puso la mano en el brazo de Dany. Ella sintió los dedos tensos. Hasta un khal tan poderoso como Drogo sabía que había mucho que temer cuando el dosh khaleen escudriñaba el futuro en el humo. Tras ella, sus doncellas se movían, ansiosas.
Por fin, la vieja abrió el ojo y alzó los brazos.
—He visto su rostro, he oído el trueno de sus cascos —proclamó con voz débil.
—¡El trueno de sus cascos! —corearon las demás.
—Veloz como el viento cabalga, y tras él su khalasar cubre la tierra, hombres incontables, los arakhs les brillan en las manos. Fiero como la tormenta será este príncipe. Sus enemigos temblarán ante él, las esposas de los que se le enfrenten llorarán lágrimas de sangre y se desgarrarán las carnes. Las campanas de su pelo anunciarán su llegada, y los hombres de leche en las tiendas de piedra temerán su nombre. —La anciana empezó a temblar, y miró a Dany casi como si le tuviera miedo—. El príncipe cabalga, y será el semental que montará el mundo.
—¡El semental que montará el mundo! —exclamaron las demás como un eco. Y el grito se repitió, hasta que la noche retumbó con el sonido de las voces.
—¿Cuál será el nombre del semental que montará el mundo? —La vieja de un solo ojo miró a Dany.
—Su nombre será Rhaego —dijo ella levantándose, con las palabras que Jhiqui le había enseñado. Se tocó con gesto protector el vientre hinchado bajo los pechos, y escuchó el rugido de los dothrakis.
—¡Rhaego! —gritaron—. ¡Rhaego, Rhaego, Rhaego!
El nombre le resonaba todavía en los oídos cuando Khal Drogo salió con ella del pozo. Sus jinetes de sangre los siguieron. Tras ellos se puso en marcha una procesión hacia el camino de dioses, el amplio sendero de hierbas que discurría por el centro de Vaes Dothrak, desde la Puerta del Caballo hasta la Madre de las Montañas. Las viejas del dosh khaleen iban las primeras, con sus eunucos y sus esclavos. Algunas caminaban con piernas temblorosas, apoyadas en largos cayados de madera tallada, mientras que otras avanzaban tan orgullosas como cualquier gran señor. Cada una de las ancianas había sido en el pasado una khaleesi. Tras la muerte de sus señores esposos, cuando un nuevo khal ocupaba su puesto, junto con la nueva khaleesi, a ellas las habían enviado allí, a reinar sobre la vasta nación dothraki. Hasta el khal más poderoso se inclinaba ante la sabiduría y autoridad del dosh khaleen, pero Dany se estremecía con sólo pensar que algún día tendría que reunirse con ellas, tanto si lo deseaba como si no.
Tras las mujeres sabias iban los demás: Khal Ogo y su hijo, el khalakka Fogo, Khal Jommo y sus esposas, los jefes del khalasar de Drogo, las doncellas de Dany, los criados y esclavos del khal, y muchos más. Las campanas sonaban, y el ritmo majestuoso de los tambores marcaba su paso por el camino de dioses. Las deidades y héroes robados a pueblos muertos acechaban en la oscuridad. A lo largo de la procesión, los esclavos corrían por la hierba con antorchas y las llamas hacían que los grandes monumentos parecieran casi vivos.
—¿Qué es significado, nombre Rhaego? —le preguntó Khal Drogo mientras caminaban, en la lengua común de los Siete Reinos.
Dany le había estado enseñando algunas palabras. Drogo aprendía deprisa y ponía mucho interés, aunque tenía un acento tan marcado y bárbaro que ni Ser Jorah ni Viserys entendían una palabra.
—Mi hermano Rhaegar era un gran guerrero, mi sol y estrellas —le explicó—. Murió antes de que yo naciera. Ser Jorah dice que fue el último de los dragones.
—Es un buen nombre, esposa Dan Ares, luna de mi vida —dijo Khal Drogo mirándola desde toda su altura. Su rostro era una máscara de cobre, pero bajo los largos bigotes negros, caídos por el peso de los anillos de oro, a ella le pareció ver la sombra de una sonrisa.
Cabalgaron hasta el lago que los dothrakis llamaban Vientre del Mundo, una superficie de aguas tranquilas, rodeada de altos juncos. Según Jhiqui, el primer hombre había salido de sus profundidades hacía mil años, a lomos del primer caballo.
La procesión aguardó en la orilla cubierta de hierbas, mientras Dany se despojaba de las ropas manchadas. Caminó desnuda hacia las aguas. Irri le había dicho que el lago no tenía fondo, pero ella sintió el lodo blando entre los dedos de los pies al avanzar entre los juncos altos. La luna que flotaba sobre las aguas se rompió y volvió a rehacerse con las ondas concéntricas. Se le puso la carne de gallina cuando el frío le subió por los muslos y le besó el sexo. Tenía sangre del semental seca en las manos y en torno a la boca. Dany cogió las aguas sagradas con las manos y se la derramó sobre la cabeza, para limpiarse ella y limpiar al niño que llevaba dentro, bajo la mirada atenta del khal y los demás. Oyó los murmullos de las ancianas del dosh khaleen, y se preguntó qué estarían diciendo.
Salió del lago, mojada y temblorosa, y su doncella Doreah corrió hacia ella con una túnica de seda pintada, pero Khal Drogo la apartó a un lado. Miraba con aprobación sus pechos hinchados, la curva de su vientre, y Dany advirtió la forma de su virilidad que le presionaba contra los pantalones de piel de caballo, bajo los pesados medallones de oro que formaban su cinturón. Fue hacia él y lo ayudó a desvestirse. Luego su gran khal la cogió por las caderas y la alzó en el aire. Las campanillas del pelo tintinearon suavemente.
Dany le rodeó los hombros con los brazos y apretó la cara contra su cuello mientras él la llenaba. Tres embestidas rápidas, y todo terminó. «El semental que monta el mundo», le susurró Drogo con voz ronca. Las manos aún le olían a sangre de caballo. En el momento del placer, le mordió el cuello con fuerza, y cuando la alzó de nuevo su semilla la desbordó y se le derramó por la cara interna de los muslos. Sólo entonces pudo Doreah envolverla en la seda aromática, e Irri ponerle las suaves zapatillas en los pies.
Khal Drogo volvió a atarse los pantalones y dio una orden; al momento les acercaron los caballos hasta la orilla del lago. Cohollo tuvo el honor de ayudar a la khaleesi a montar sobre la plata. Drogo espoleó su semental, y se puso en marcha por el camino de dioses, bajo la luna y las estrellas. Dany lo siguió a lomos de la plata.
La seda que cubría la sala de Khal Drogo estaba enrollada aquella noche, y la luna los siguió hasta el interior. Las llamas se elevaban tres metros en los grandes hogares rodeados de piedras. El aire estaba impregnado de los olores de la carne asada y la leche fermentada de yegua. Cuando entraron la sala estaba abarrotada y llena de ruido, y los cojines ocupados por todos aquellos cuyo rango y nombre no eran tan importantes para asistir a la ceremonia. Dany pasó a caballo bajo el arco de la entrada, por el pasillo central, con todos los ojos fijos en ella. Los dothrakis hacían comentarios a gritos sobre su vientre y sus pechos, saludaban la vida que llevaba en su interior. Ella no alcanzaba a entender todo lo que decían, pero una frase destacaba sobre todas las demás. «El semental que monta el mundo», oyó en un millar de bocas diferentes.
El sonido de los tambores y los cuernos se alzaba en la noche. Mujeres medio desnudas bailaban y giraban junto a las mesas bajas, entre trozos de carne asada y bandejas llenas de ciruelas, dátiles y granadas. Muchos de los hombres se habían embriagado ya con la leche fermentada y grumosa de yegua, pero Dany sabía que aquella noche no habría arakhs; estaban en la ciudad sagrada, donde no se podían llevar armas ni derramar sangre.
Khal Drogo desmontó y ocupó su lugar en el banco más alto. A Khal Jommo y a Khal Ogo, que se encontraban ya en Vaes Dothrak con sus khalasars cuando ellos llegaron, se les asignaron asientos de gran honor, a la derecha y a la izquierda de Drogo. Los jinetes de sangre de los tres khals se sentaban bajo ellos, y aún más abajo estaban las cuatro esposas de Khal Jommo.
Dany desmontó de la plata y entregó las riendas a uno de los esclavos. Mientras Irri y Doreah le preparaban los cojines, buscó con la mirada a su hermano. La sala era inmensa y estaba abarrotada, pero aun así la piel clara de Viserys, su cabello plateado y sus andrajos de mendigo lo habrían hecho destacar. No lo vio por ninguna parte.
Recorrió con la mirada las mesas atestadas más cercanas a las paredes, junto a las que se sentaban hombres que tenían las trenzas aún más cortas que las hombrías, sobre alfombras raídas y cojines finos ante mesas bajas, pero todas las caras que vio tenían ojos negros y pieles cobrizas. Divisó a Ser Jorah Mormont cerca del centro de la sala, próximo al hogar central. Era un puesto de respeto, aunque no de gran honor: los dothrakis valoraban mucho las hazañas de un hombre con la espada. Dany envió a Jhiqui para que lo invitara a su mesa. Mormont se acercó al instante, e hincó una rodilla en tierra ante ella.
Khaleesi —dijo—, estoy a vuestras órdenes.
—Sentaos y hablad conmigo —dijo ella palmeando un cojín de piel de caballo, a su lado.
—Me honráis. —El caballero se sentó en el cojín, con las piernas cruzadas. Un esclavo se arrodilló ante él y le ofreció una bandeja de madera llena de higos maduros. Ser Jorah cogió uno y lo mordió.
—¿Dónde está mi hermano? —preguntó Dany—. Debería haber llegado ya al festín.
—Vi a Su Alteza esta mañana —respondió él—. Me dijo que iba al Mercado Occidental, a buscar vino.
—¿Vino? —dijo Dany, dubitativa. Sabía que Viserys no soportaba el sabor de la leche fermentada de yegua que bebían los dothrakis, y que a menudo paseaba por los bazares para beber con los mercaderes que llegaban en las grandes caravanas procedentes de oriente y de occidente. Por lo visto, disfrutaba de su compañía más que de la de ella.
—Vino —confirmó Ser Jorah—, y tenía intención de reclutar algunos hombres para su ejército, de entre los mercenarios que escoltan las caravanas. —Una sirvienta le puso delante una empanada de morcilla, y Ser Jorah la cogió con ambas manos.
—¿Os parece buena idea? —preguntó Dany—. No tiene dinero para pagar soldados. ¿Y si lo traicionan? —Los guardias de las caravanas no tenían muchos problemas en cuestión de honor, y el Usurpador de Desembarco del Rey les pagaría muy bien por la cabeza de su hermano—. Deberíais haber ido con él para protegerlo. Sois su espada juramentada.
—Estamos en Vaes Dothrak —le recordó—. Aquí nadie puede llevar armas ni derramar sangre humana.
—Pero mueren hombres —replicó ella—. Me lo ha contado Jhogo. Algunos mercaderes tienen eunucos muy corpulentos, capaces de estrangular a los ladrones con una tira de seda. De esa manera no se derrama sangre, y los dioses no se enfurecen.
—En ese caso, esperemos que vuestro hermano tenga suficiente sentido común para no robar nada. —Ser Jorah se limpió la grasa de la boca con el dorso de la mano, y se inclinó hacia delante—. Viserys tenía intención de llevarse vuestros huevos de dragón, pero le advertí que, si se atrevía a tocarlos, le cortaría la mano.
—Los huevos... —Durante un instante Dany se quedó tan perpleja que no supo qué decir—. Pero si son míos, me los regaló el magíster Illyrio, fueron un obsequio de bodas... y para qué los quiere Viserys, si son sólo piedras...
—Lo mismo se puede decir de los rubíes, los diamantes y los ópalos de fuego, princesa. Y los huevos de dragón son mucho más raros. Los mercaderes con los que ha estado bebiendo venderían sus miembros por una de esas «piedras», así que con las tres Viserys podría comprar tantos mercenarios como quisiera.
—Entonces... —Dany no lo sabía, ni siquiera se lo había imaginado—. Entonces debería dárselos. No tiene por qué robarlos, sólo hacía falta que los pidiera. Es mi hermano... y mi rey.
—Es vuestro hermano —reconoció Ser Jorah.
—No lo entendéis, ser —dijo ella—. Mi madre murió al traerme al mundo, mi padre y mi hermano Rhaegar murieron antes. De no ser por Viserys ni siquiera sabría sus nombres. Era lo único que me quedaba. Lo único. Es lo único que tengo.
—Hablad en pasado —replicó ser Jorah—. Eso ha cambiado, khaleesi. Ahora pertenecéis a los dothrakis. En vuestro vientre cabalga el semental que monta el mundo. —Tendió la copa, y un esclavo se la llenó de leche fermentada de yegua, de olor agrio y llena de grumos.
Dany rechazó la suya. Hasta el olor le daba náuseas, y no quería correr el riesgo de vomitar el corazón de caballo que había conseguido comerse.
—¿Qué significa eso? Todos lo gritan sin parar, pero no lo entiendo.
—El semental es el khal de khals, el que anuncian las antiguas profecías, niña. Unirá a los dothrakis en un khalasar, y cabalgará hasta los confines de la tierra, según las leyendas. Todos los pueblos del mundo serán su manada.
—Oh —dijo Dany con voz tenue. Se acarició el vientre hinchado, por encima de la túnica—. Lo voy a llamar Rhaego.
—Ese nombre hará que al Usurpador se le hiele la sangre en las venas.
De pronto Doreah le tironeó del codo.
—Mi señora —susurró con voz apremiante—, vuestro hermano...
Dany miró hacia el otro extremo de la larga sala sin techo, y allí estaba, avanzando hacia ella. Por su manera de caminar, comprendió que Viserys había conseguido vino... y algo semejante al valor.
Llevaba las ropas de seda escarlata, sucias y desgastadas por el viaje. La capa y los guantes eran de terciopelo negro desteñido por el sol. Las botas estaban secas y agrietadas, y el cabello rubio plateado revuelto y sucio. En la vaina de cuero del cinturón llevaba una espada larga. Los dothrakis miraron el acero; Dany oyó las maldiciones, las amenazas y los murmullos airados que se alzaban como una marea. La música se detuvo con un sonido nervioso de tambores.
—Id con él —ordenó a Ser Jorah. El corazón se le había helado en el pecho—. Detenedlo. Traedlo aquí. Decidle que le daré los huevos de dragón si los quiere. —El caballero se levantó rápidamente.
—¿Dónde está mi hermana? —gritó Viserys con la voz turbia de los borrachos—. He venido a su festín. ¿Cómo os atrevéis a comer sin mí? Nadie come antes que el rey. ¿Dónde está? Esa puta no se puede esconder del dragón.
Se detuvo junto al más grande de los tres hogares y escudriñó los rostros de los dothrakis. En la sala había cinco mil hombres, y sólo unos pocos de ellos conocían la lengua común. Pero, aunque sus palabras resultaran incomprensibles, sólo hacía falta verle la cara para saber que estaba borracho.
Ser Jorah se acercó rápidamente a él, le susurró algo al oído. Y lo agarró por el brazo, pero Viserys se liberó de él.
—¡Quítame las manos de encima! ¡Nadie toca al dragón sin su permiso!
Dany lanzó una mirada ansiosa al banco más elevado. Khal Drogo decía algo a los otros khals. Khal Jommo sonrió, y Khal Ogo soltó una risotada. Aquel sonido hizo que Viserys alzara la vista.
—Khal Drogo —dijo con la lengua espesa, pero en tono casi educado—, he venido al festín. —Se alejó tambaleante de Ser Jorah, como si fuera a reunirse con los tres khals en el banco alto.
Khal Drogo se levantó, escupió una docena de palabras en dothraki tan deprisa que Dany no pudo entenderlas, y señaló con el dedo.
—Khal Drogo dice que tu lugar no está en el banco alto —tradujo Ser Jorah para su hermano—. Khal Drogo dice que tu lugar es aquél.
Viserys miró en la dirección en la que señalaba el khal. Era un lugar al fondo de la larga sala, junto a la pared y oculto por las sombras; allí se sentaba lo más bajo de lo bajo, para que los hombres mejores no tuvieran que soportar su presencia: los niños que aún no habían visto sangre, los hombres viejos de ojos turbios y articulaciones rígidas, los de inteligencia corta y los tullidos. Lejos de la carne, y más lejos aún del honor.
—No es lugar para un rey —replicó su hermano.
—Es lugar —replicó Khal Drogo en la lengua común que Dany le había enseñado—, para Rey de los Pies Sangrantes. —Dio unas palmadas—. ¡Un carro! ¡Traed carro para Khal Raggat!
Cinco mil dothrakis celebraron la ocurrencia con risotadas y gritos. Ser Jorah estaba de pie junto a Viserys, le gritaba algo al oído, pero el clamor era tal que Dany no alcanzó a oír qué le decía. Su hermano gritó algo a su vez, y los dos hombres se enzarzaron, hasta que Mormont derribó a Viserys al suelo.
Entonces su hermano desenvainó la espada. El acero desnudo reflejó el fuego de los hogares con un brillo rojizo.
—¡No te acerques a mí! —siseó Viserys.
Ser Jorah retrocedió un paso, y su hermano se puso de pie, inseguro. Blandió sobre la cabeza la espada que el magíster Illyrio le había prestado para darle un aspecto más regio. Desde todos los puntos de la sala los dothrakis le gritaban y le lanzaban maldiciones.
Dany dejó escapar un grito de terror. Ella sabía qué significaba sacar allí la espada, aunque su hermano no lo comprendiera.
—Ahí está —dijo con una sonrisa. Al oírla, Viserys había vuelto la cabeza, como si la viera por primera vez. Avanzó hacia ella hendiendo el aire, como si se abriera paso entre sus enemigos, aunque nadie se había interpuesto en su camino.
—La espada... no debes... —le suplicó—. Por favor, Viserys. Está prohibido. Deja la espada, comparte mis cojines. Hay comida, bebida... ¿quieres los huevos de dragón? Te los daré, pero suelta la espada.
—Haz lo que te dice, idiota —le gritó Ser Jorah—. ¡Vas a hacer que nos maten a todos!
—No pueden matarnos —dijo Viserys entre risas—. En la ciudad sagrada no pueden derramar sangre... pero yo sí. —Puso la punta de la espada entre los pechos de Daenerys, y la fue deslizando por la curva de su vientre—. Vengo a buscar lo que es mío —dijo—. Quiero la corona que me prometió. Te compró, pero no te pagó. Dile que quiero que me pague, o te llevaré lejos. A ti y a los huevos. Si quiere, se puede quedar con su potrillo. Te lo sacaré de la barriga y se lo dejaré aquí. —La punta de la espada apartó las sedas y le pinchó el ombligo. Dany vio que Viserys estaba llorando. Llorando y riendo a la vez. Y aquel hombre había sido su hermano.
Muy lejos, como si fuera en otro mundo, Dany oyó los sollozos de su doncella Jhiqui, diciendo que no se atrevía a traducir aquello, que el khal la ataría a su caballo y la arrastraría hasta la Madre de las Montañas. Rodeó a la chica con un brazo.
—No tengas miedo —dijo—. Yo se lo contaré. —No sabía si conocía suficientes palabras, pero cuando terminó Khal Drogo pronunció unas cuantas frases secas en dothraki, y Dany supo que la había comprendido. El sol de su vida bajó del banco alto.
—¿Qué ha dicho? —preguntó sobresaltado el hombre que había sido su hermano.
En la sala se había hecho un silencio tal que podía oír el tintineo de las campanillas en el pelo de Khal Drogo al caminar. Sus jinetes de sangre lo siguieron como tres sombras cobrizas. Daenerys se había quedado fría.
—Dice que tendrás una corona de oro tan espléndida que los hombres temblarán al contemplarla.
Viserys sonrió y bajó la espada. Aquello fue lo más triste, lo que más adelante desgarraría el alma, su manera de sonreír.
—Eso es todo lo que quería —dijo—. Lo que me prometió.
Cuando el sol de su vida llegó junto a ella, Dany le rodeó la cintura con un brazo. El khal dio una orden, y sus jinetes de sangre avanzaron. Qotho agarró por los brazos al hombre que había sido su hermano. Haggo le rompió la muñeca con un simple movimiento brusco de sus manos enormes. Cohollo le quitó la espada de sus flácidos dedos. Y ni siquiera entonces comprendió Viserys qué iba a suceder.
—No —gritó—. ¡No podéis tocarme, soy el dragón, el dragón, y quiero mi corona!
Khal Drogo se soltó el cinturón. Los medallones eran enormes, de oro puro, muy ornamentados, cada uno de ellos tenía el tamaño de la mano de un hombre. Gritó una orden. Los esclavos de las cocinas sacaron un pesado caldero de hierro del hogar, derramaron el guiso por el suelo, y volvieron a ponerlo sobre las llamas. Drogo tiró su cinturón al interior y observó con rostro inexpresivo cómo los medallones se ponían al rojo y empezaban a deformarse. Dany vio cómo las llamas bailaban en sus ojos de ónice. Un esclavo le tendió un par de gruesos mitones de piel de caballo, y él se los puso sin siquiera mirarlo.
Viserys empezó a chillar, el grito agudo y sin palabras del cobarde que se enfrenta a la muerte. Pataleó, se retorció, lloriqueó como un perro y sollozó como un niño. Pero los dothrakis lo sujetaron con fuerza. Ser Jorah había conseguido llegar al lado de Dany. Le puso una mano en el hombro.
—Daos la vuelta, princesa, os lo suplico.
—No —respondió ella. Se puso las manos sobre el vientre en gesto protector.
—Hermana, por favor... —Por fin Viserys había clavado la mirada en ella—. Dany, diles... haz que... hermanita...
Cuando el oro estuvo medio fundido, casi líquido, Drogo cogió el caldero.
—¡Corona! —rugió—. Aquí. ¡Una corona para Rey del Carro! —Y puso el caldero en la cabeza del hombre que había sido su hermano.
El sonido que emitió Viserys Targaryen cuando aquel espantoso yelmo de hierro le cubrió la cara no fue humano. Sus pies marcaron un ritmo frenético en el suelo de tierra, se agitaron y al final se detuvieron. Sobre el pecho le cayeron goterones de oro fundido, y la seda escarlata empezó a humear... pero no se derramó ni una gota de sangre.
Dany se sentía extrañamente tranquila.
«No era un dragón —pensó—. El fuego no mata a un dragón.»

EDDARD

Estaba recorriendo las criptas, bajo Invernalia, como había hecho miles de veces. Los Reyes del Invierno lo observaban al pasar con ojos de hielo, y los lobos huargos tendidos a sus pies giraban las grandes cabezas de piedra y gruñían. Por último llegó a la tumba en la que dormía su padre, al lado de Brandon y Lyanna. «Prométemelo, Ned», susurró la estatua de Lyanna. Llevaba una guirnalda de rosas color azul celeste, y sus ojos lloraban sangre.
Eddard Stark se incorporó bruscamente, tenía las mantas enredadas y el corazón le latía a toda velocidad. La habitación estaba completamente a oscuras y alguien golpeaba la puerta.
—Lord Eddard —llamó una voz.
—Un momento. —Desnudo, aturdido, cruzó la estancia oscura y abrió la puerta. Allí estaba Tomard, con el puño alzado para llamar de nuevo, y Cayn, con un cirio en la mano. Entre ellos se encontraba el mayordomo personal del rey.
—Mi señor Mano, Su Alteza el rey quiere veros —entonó el hombre. Tenía el rostro tan inexpresivo que parecía tallado en piedra—. Ahora mismo.
De manera que Robert había regresado de la cacería. Ya era hora.
—Dadme un momento para que me vista. —Ned dejó esperando fuera de la habitación al mayordomo. Cayn lo ayudó a vestirse con una túnica de lino blanco, capa gris, unos pantalones cortados para adaptarlos a su pierna entablillada, el símbolo de su cargo y, por último, un pesado cinturón de eslabones de plata. Se colgó de la cintura la daga valyriana.
Cayn y Tomard lo escoltaron por el patio. La Fortaleza Roja estaba oscura y silenciosa; la luna, casi llena, brillaba baja sobre los muros. En las murallas, un guardia de capa dorada hacía la ronda.
Los aposentos reales estaban en el Torreón de Maegor, una edificación cuadrada, sólida, en el corazón de la Fortaleza Roja, tras muros de tres metros de grosor y un foso seco lleno de picas de hierro. Era un castillo dentro del castillo. Ser Boros Blount, con una armadura blanca de acero que brillaba fantasmal a la luz de la luna, montaba guardia al otro lado del puente. Ya dentro, Ned pasó junto a otros dos hombres de la Guardia Real: Ser Preston Greenfield, que se encontraba al pie de las escaleras, y Ser Barristan Selmy, que aguardaba ante la puerta de la cámara del rey. «Tres hombres con capas blancas», recordó, y sintió un escalofrío. El rostro de Ser Barristan estaba tan pálido como su armadura. A Ned le bastó verlo para darse cuenta de que algo iba mal, muy mal. El mayordomo real le abrió la puerta.
—Lord Eddard Stark, la Mano del Rey —anunció.
—Traedlo aquí —respondió Robert, con la voz más pastosa de lo normal.
En los dos braseros gemelos, uno a cada lado de la habitación, ardían sendos fuegos que daban a la estancia una luz rojiza y sombría. El calor era sofocante. Robert yacía atravesado en el lecho doselado. Junto a él se encontraba el Gran Maestre Pycelle, mientras Lord Renly paseaba inquieto junto a las ventanas cerradas. Los criados pululaban por allí, echando troncos y calentando vino. Cersei Lannister estaba sentada en una esquina de la cama, junto a su marido. Tenía el pelo revuelto, como si acabara de despertarse, pero sus ojos parecían cualquier cosa menos adormilados. Siguieron a Ned cuando Tomard y Cayn lo ayudaron a cruzar la habitación. Tenía la sensación de que se movía muy despacio, como si aún estuviera soñando.
El rey seguía con las botas puestas. Ned vio el lodo seco y las briznas de hierba pegadas al cuero, porque los pies de Robert asomaban por debajo de la manta que lo cubría. En el suelo había una casaca verde, cortada y desechada, en el tejido se veían manchas de un color rojo sucio. La habitación olía a humo, a sangre y a muerte.
—Ned —susurró el rey al verlo. Tenía el rostro blanco como la leche—. Acércate... más.
Sus hombres lo ayudaron a acercarse. Ned se agarró al poste de la cama. Sólo tuvo que ver a Robert para comprender la gravedad de las heridas.
—¿Qué...? —empezó a preguntar, pero se le hizo un nudo en la garganta.
—Un jabalí. —Lord Renly seguía con las ropas verdes de caza, tenía la capa salpicada de sangre.
—Un demonio —susurró el rey—. Fue culpa mía. Demasiado vino, maldita sea. Fallé el golpe.
—¿Y dónde estabais los demás? —exigió Ned a Lord Renly—. ¿Dónde estaban Ser Barristan y la Guardia Real?
—Mi hermano nos ordenó que nos quedáramos atrás. —Renly frunció los labios—. Quería cazar él solo al jabalí.
Eddard Stark levantó la manta.
Habían hecho lo posible por coserlo, pero desde luego no era suficiente. El jabalí debía de ser una bestia aterradora. Había desgarrado al rey con los colmillos desde la ingle hasta el pezón. Los vendajes empapados en vino que le había puesto el Gran Maestre Pycelle estaban ya negros de sangre, y la herida despedía un olor nauseabundo. A Ned se le revolvió el estómago. Dejó caer la manta.
—Apesta —dijo Robert—. Es el hedor de la muerte, no creas que no lo huelo. El muy cabrón me cogió bien cogido, ¿eh? Pero... le pagué con la misma moneda, Ned. —La sonrisa del rey era tan espantosa como su herida, tenía los dientes rojos—. Le metí un cuchillo por el ojo. Que te lo digan éstos, venga, que te lo digan.
—Así fue —murmuró Lord Renly—. Trajimos el cuerpo, como ordenó mi hermano.
—Para el festín —susurró Robert—. Ahora, salid todos. Tengo que hablar con Ned.
—Robert, mi amado señor... —empezó Cersei.
—He dicho que fuera —insistió Robert, con un atisbo de su energía de antes—. ¿No hablo claro, mujer?
Cersei se recogió las faldas y la dignidad, y fue la primera en salir por la puerta. Lord Renly y los demás la siguieron. El Gran Maestre Pycelle se quedó atrás. Le temblaban las manos al ofrecer al rey una copa llena de líquido blanco y espeso.
—La leche de la amapola, Alteza —dijo—. Bebed. Para el dolor.
Robert tiró la copa de un manotazo.
—Lárgate, viejo idiota, pronto voy a dormir hasta hartarme. Fuera.
El Gran Maestre Pycelle miró a Ned con gesto dolido, y salió de la habitación arrastrando los pies.
—Maldito seas, Robert —dijo Ned cuando estuvieron a solas. La pierna le palpitaba tanto que casi no veía de dolor. O quizá fuera la pena lo que le nublaba la vista. Se sentó en la cama, junto a su amigo—. ¿Por qué eres siempre tan cabezota?
—Vete a la mierda, Ned —replicó el rey con voz ronca—. He matado al muy cabrón, ¿no? —Alzó la vista hacia Ned, y un mechón sucio de pelo negro le cayó sobre los ojos—. Y a ti te debería hacer lo mismo. No podías dejarme cazar en paz, ¿eh? Ser Robar me encontró. La cabeza de Gregor. Qué horror. No se lo dije al Perro. Dejé que Cersei le diera la sorpresa. —La risa se transformó en un gruñido cuando sintió un espasmo de dolor—. Los dioses se apiaden —murmuró, tragándose la agonía—. La chica, Daenerys. Sólo una niña, tenías razón... por eso, por la niña... los dioses enviaron el jabalí... lo mandaron para castigarme... —El rey tosió y escupió sangre—. Estaba equivocado... estaba mal... sólo una niña... Varys, Meñique, hasta mi hermano... no valen nada... Nadie me dice nada, Ned... sólo tú... —Alzó la mano con un gesto doloroso, débil—. Papel y tinta. Ahí en mi mesa. Escribe lo que te dicte.
—A vuestras órdenes, Alteza. —Ned alisó un papel sobre su rodilla y cogió la pluma.
—Éste es el testamento y última voluntad de Robert, de la Casa Baratheon, el primero de su nombre, rey de los ándalos y blablablá... pon los condenados títulos, ya sabes cuáles son. Por el presente escrito ordeno a Eddard de la Casa Stark, señor de Invernalia y Mano del Rey, que sirva como Lord Regente y Protector del Reino tras mi... tras mi muerte... y que gobierne en mi... en mi lugar, hasta que mi hijo Joffrey alcance la mayoría de edad...
—Robert... —Quería decirle que Joffrey no era su hijo, pero no le salieron las palabras. El dolor en el rostro de Robert era demasiado evidente, no podía causarle más daño. Así que se inclinó y escribió, pero en vez de «mi hijo Joffrey» puso «mi heredero». Aquello hizo que se sintiera sucio. «Las mentiras que decimos por amor. Que los dioses me perdonen», pensó—. ¿Qué más quieres que ponga?
—Pon... lo que haga falta. Proteger y defender, dioses viejos y nuevos, ya sabes, esas cosas. Escribe. Lo firmaré. Se lo entregarás al Consejo cuando muera.
—Robert... —empezó Ned con la voz llena de pena—, no me hagas esto. No te mueras. El reino te necesita.
—Mientes muy mal, Ned Stark —dijo Robert a través del dolor mientras le cogía la mano y se la apretaba con fuerza—. El reino... el reino sabe... qué mal rey he sido. Los dioses me perdonen, he sido tan malo como Aerys.
—No —dijo Ned a su amigo moribundo—. Tan malo como Aerys nunca, Alteza. Ni mucho menos.
—Al menos... dirán de mí... que esto último... lo hice bien. —Robert consiguió esbozar una sonrisa débil—. No me fallarás. Ahora reinarás tú. No te gustará nada... menos que a mí... pero lo harás bien. ¿Has terminado de escribir?
—Sí, Alteza. —Ned ofreció el papel a Robert. El rey garabateó una firma a ciegas, manchando de sangre la carta—. Necesitamos testigos para el sello.
—Servid el jabalí en mi banquete funerario —susurró Robert—. Con una manzana en la boca y la piel bien crujiente. Comeos al muy cabrón. Aunque reventéis. Prométemelo, Ned.
—Lo prometo.
«Prométemelo, Ned», repitió como un eco la voz de Lyanna.
—La chica —siguió el rey—. Daenerys. Que no la maten. Si puedes, si no es... demasiado tarde... habla con ellos... con Varys, con Meñique... no dejes que la maten. Y ayuda a mi hijo, Ned. Haz que sea... mejor que yo. —Entrecerró los ojos—. Los dioses tengan piedad de mí.
—La tendrán, amigo mío —dijo Ned—. La tendrán.
—Asesinado por un cerdo —murmuró el rey. Cerró los ojos y pareció relajarse—. Debería reírme, pero duele demasiado.
—¿Hago entrar a los demás? —Ned no se reía.
—Como quieras —asintió Robert débilmente—. Dioses, ¿por qué hace tanto frío?
Los criados volvieron a entrar y se apresuraron a echar más leña a los braseros. La reina había desaparecido. Eso al menos era un alivio. Ned pensó que, si Cersei conservaba algún resto de sentido común, huiría con sus hijos antes del amanecer. Ya se había demorado demasiado.
El rey Robert no dio señales de echarla en falta. Ordenó a su hermano Renly y al Gran Maestre Pycelle que fueran testigos de cómo ponía su sello en la cera amarilla que Ned había puesto en el documento.
—Ahora, dadme algo para el dolor y dejadme morir.
El Gran Maestre Pycelle se apresuró a mezclar otra dosis de la leche de la amapola. En aquella ocasión el rey apuró la copa hasta el final. Cuando se la retiró de los labios, tenía la espesa barba salpicada de cuentas blancas.
—¿Soñaré?
—Sí, mi señor. —Ned le dijo lo que creía.
—Bien —sonrió el rey—. Le daré recuerdos de tu parte a Lyanna, Ned. Cuida de mis hijos.
A Ned se le clavaron las palabras como un cuchillo en el vientre. Por un momento no supo qué decir, no podía mentir de aquella manera. Pero entonces recordó a los bastardos: a la pequeña Barra que todavía mamaba del pecho de su madre, a Mya en el Valle, a Gendry en la forja, y a todos los demás.
—Cuidaré de... vuestros hijos como si fueran míos —dijo muy despacio.
Robert asintió y cerró los ojos. Ned se quedó mirando cómo su viejo amigo se hundía suavemente en las almohadas, a medida que la leche de la amapola le borraba el dolor del rostro. El sueño se apoderó de él.
El Gran Maestre Pycelle se acercó a Ned, con las pesadas cadenas tintineando suavemente.
—Voy a hacer todo lo posible, mi señor, pero la herida se ha gangrenado. Tardaron dos días en regresar. Cuando lo pusieron en mis manos ya era demasiado tarde. Puedo aliviar los sufrimientos de Su Alteza, pero ahora sólo los dioses pueden curarlo.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Ned.
—Por sus heridas, ya debería estar muerto. Nunca había visto a nadie aferrarse a la vida con tanta energía.
—Mi hermano ha sido siempre muy fuerte —dijo Lord Renly—. Quizá no muy sabio, pero siempre fuerte. —El calor asfixiante de la cámara le había perlado la frente de sudor. Allí, de pie, parecía el fantasma de Robert, otra vez joven, moreno, atractivo—. Mató al jabalí. Se le salían las entrañas del vientre, pero consiguió matar al jabalí —se maravilló.
—Robert nunca fue hombre que abandonara el campo de batalla mientras quedara un enemigo en pie —le dijo Ned.
Ser Barristan Selmy seguía montando guardia ante la puerta, vigilando las escaleras de la torre.
—El maestre Pycelle ha administrado a Robert la leche de la amapola —le dijo Ned—. Encargaos de que nadie lo moleste sin mi permiso.
—Se hará como decís, mi señor. —Ser Barristan parecía mucho más viejo de lo que ya era—. He fracasado, no he cumplido mi sagrado juramento.
—Ni el mejor de los caballeros puede proteger a un rey de sí mismo —dijo Ned—. Robert adoraba cazar jabalíes. Lo he visto matar a un millar. —Se ponía en pie con los pies separados, sin parpadear, los brazos firmes, la enorme lanza en las manos, y siempre maldecía al jabalí cuando se lanzaba a la carga, mientras que él aguardaba hasta el último segundo, hasta que lo tenía casi encima, antes de matarlo de un solo golpe certero—. Nadie podía imaginar que éste sería el que lo mataría.
—Sois muy bondadoso, Lord Eddard.
—El rey mismo lo dijo. Le echó la culpa al vino.
El caballero de cabellos blancos asintió, cansado.
—Su Alteza se tambaleaba en la silla cuando el jabalí salió de su madriguera, pero nos ordenó que no nos entrometiéramos.
—Siento curiosidad, Ser Barristan —dijo Varys en voz muy baja—, ¿quién le dio el vino al rey? —Ned no había oído llegar al eunuco, pero cuando se dio la vuelta, allí estaba. Llevaba una túnica de terciopelo negro que llegaba al suelo, y se acababa de empolvar la cara.
—El rey bebió el vino de su pellejo —respondió Ser Barristan.
—¿Sólo un pellejo? Cazar da mucha sed.
—No llevé la cuenta. Desde luego fue más de uno. Su escudero le llevaba un pellejo lleno siempre que lo necesitaba.
—Un muchachito muy servicial —dijo Varys—, siempre atento a que Su Alteza no se encontrara sin bebida.
Ned tenía un sabor amargo en la boca. Recordó a los dos muchachos rubios que Robert había enviado a gritos en busca de un herrero que le ensanchara la coraza. El rey había relatado la anécdota a todo el mundo durante el festín, entre grandes carcajadas.
—¿Qué escudero?
—El mayor —respondió Ser Barristan—. Lancel.
—Conozco bien a ese jovencito —dijo Varys—. Un chico muy leal. Es hijo de Kevan Lannister, sobrino de Lord Tywin y primo de la reina. Espero que el pobrecillo no se culpe a sí mismo. Los chicos son muy vulnerables, es la inocencia de la juventud. Lo recuerdo tan bien...
Sin duda Varys había sido joven alguna vez. Ned tenía sus dudas respecto a su inocencia.
—Ahora que mencionáis a los niños... Robert ha cambiado de opinión en lo relativo a Daenerys Targaryen. Sean cuales sean las acciones que hayáis emprendido, quiero que se anulen de inmediato.
—Por desgracia —suspiró Varys—, «de inmediato» es demasiado tarde. Me temo que esos pájaros ya han volado. Pero haré lo posible, mi señor. Con vuestro permiso. —Hizo una reverencia y desapareció escaleras abajo. Las zapatillas de suela suave arrancaban susurros de la piedra al caminar.
Cayn y Tomard estaban ayudando a Ned a cruzar el puente cuando Lord Renly salió del Torreón de Maegor.
—Lord Eddard —llamó a Ned—, quiero hablar un momento con vos, si sois tan amable.
—Como queráis —dijo Ned y se detuvo.
—Despedid a vuestros hombres —pidió Renly mientras se le acercaba.
Se reunieron en el centro del puente, con el foso seco a la espalda. La luz de la luna iluminaba las crueles puntas de las picas clavadas en el fondo.
Ned hizo un gesto. Tomard y Cayn inclinaron las cabezas y se alejaron, respetuosos. Lord Renly echó una mirada cautelosa en dirección a Ser Boros, al otro lado del puente, y a Ser Preston, situado tras ellos ante la puerta.
—Ese documento. —Se acercó más a Ned—. ¿Es la regencia? ¿Mi hermano os ha nombrado Protector? —No aguardó la respuesta—. Mi señor, tengo treinta hombres en mi guardia personal, y otros amigos, caballeros y señores. Dadme una hora y pondré cien espadas en vuestras manos.
—¿Para qué quiero yo cien espadas, mi señor?
—¡Para atacar! Ahora, cuando el castillo todavía duerme. —Renly volvió a mirar a Ser Boros, y bajó la voz hasta que fue sólo un susurro apremiante—. Tenemos que apartar a Joffrey de su madre y guiarlo nosotros. Sea o no el Protector, el hombre que tenga al rey tendrá también el reino. Deberíamos coger también a Myrcella y a Tommen. Con sus hijos en nuestro poder, Cersei no se atreverá a enfrentarse a nosotros. El Consejo os confirmará como Lord Protector, y Joffrey será vuestro pupilo.
—Robert aún no ha muerto —dijo Ned mirándolo fríamente—. Puede que los dioses lo salven. En caso contrario, convenceré al Consejo para que obedezca su última voluntad y considere el asunto de la sucesión, pero no deshonraré sus últimas horas en esta tierra derramando sangre en sus salones, ni sacando a niños asustados de sus camas.
—Cada momento de retraso le da a Cersei otro momento para prepararse. —Lord Renly, tenso como la cuerda de un arco, dio un paso atrás—. Cuando Robert muera será demasiado tarde... para vos y para mí.
—Entonces, recemos para que Robert no muera.
—No parece muy probable —replicó Renly.
—A veces los dioses son misericordiosos.
—Los Lannister, no. —Lord Renly se dio media vuelta, volvió a cruzar el foso y entró en la torre donde yacía su hermano moribundo.
Ned llegó a sus habitaciones, agotado y triste, pero era imposible que pudiera conciliar el sueño en aquel momento. «Cuando se juega al juego de tronos sólo se puede ganar o morir», le había dicho Cersei Lannister en el bosque de dioses. Ya no estaba tan seguro de haber hecho lo correcto al rechazar la oferta de Lord Renly. No le gustaban aquellas intrigas, y amenazar a niños no era honorable, pero, aun así... Si Cersei optaba por luchar, Y no por huir, iba a necesitar las cien espadas de Renly, y más todavía.
—Ve a buscar a Meñique —dijo a Cayn—. Si no está en sus habitaciones, llévate a tantos hombres como hagan falta y registra cada taberna y cada burdel de Desembarco del Rey hasta que lo encuentres. Quiero verlo antes del amanecer. —Cayn hizo una reverencia y se marchó. Ned se volvió hacia Tomard—. El Bruja del Viento zarpará con la marea del anochecer, ¿has elegido ya la escolta?
—Diez hombres, con Porther al mando.
—Veinte, y tú irás al mando —replicó Ned.
Porther era un hombre valiente pero testarudo. Quería que de sus hijas se ocupara alguien más concienzudo y sensato.
—A vuestras órdenes, mi señor —respondió Tom—. No se puede decir que lamente irme de aquí. Echo de menos a mi mujer.
—Antes de poner rumbo hacia el norte, deberás pasar por Rocadragón. Quiero que entregues una carta.
—¿Rocadragón, mi señor? —Tom parecía inquieto. La isla fortaleza de la Casa Targaryen tenía una reputación siniestra.
—Dirás al capitán Qos que ice mi estandarte en cuanto se divise la isla. Quizá desconfíen de las visitas inesperadas. Si el capitán se resiste, ofrécele lo que sea necesario. Te daré una carta, que deberás entregar en mano a Lord Stannis Baratheon. Sólo a él: ni a su mayordomo, ni al capitán de su guardia, ni a su señora esposa, a Lord Stannis en persona.
—A vuestras órdenes, mi señor.
Tomard salió, y Lord Eddard se sentó y contempló la llama de la vela que ardía junto a él, en la mesa. Por un momento, el dolor lo invadió. No deseaba nada más que ir al bosque de dioses, arrodillarse ante el árbol corazón y rezar por la vida de Robert Baratheon, que para él había sido más que un hermano. En el futuro los hombres murmurarían, dirían que Eddard Stark había traicionado la amistad de su rey, que había desheredado a sus hijos; él esperaba que los dioses supieran la verdad, y que Robert también la descubriera en las tierras que había más allá de la tumba.
Ned cogió la última carta del rey. Un rollo de pergamino blanco, crujiente, con un sello de cera dorada, unas cuantas palabras y una mancha de sangre. Qué pequeña era la diferencia entre la victoria y la derrota, entre la vida y la muerte.
Cogió una hoja de papel en blanco, mojó la pluma en el tintero y escribió:
A Su Alteza, Stannis de la Casa Baratheon. Cuando recibáis esta carta, vuestro hermano, Robert, que ha sido nuestro rey durante los quince pasados años, ya habrá muerto. Lo hirió un jabalí mientras cazaba...
Las letras parecían bailar y retorcerse sobre el papel, y tuvo que detenerse. Lord Tywin y Ser Jaime no eran hombres que soportaran el ultraje. No huirían, presentarían batalla. Sin duda Lord Stannis extremaba la cautela tras el asesinato de Jon Arryn, pero era imprescindible que pusiera rumbo de inmediato hacia Desembarco del Rey, con todos sus hombres, antes de que lo hicieran los Lannister.
Ned fue eligiendo las palabras con sumo cuidado. Cuando terminó, firmó la carta: eddard stark, señor de invernalia, mano del rey y protector del reino. Dobló el papel dos veces, y calentó el lacre con la llama de la vela.
Mientras la cera se ablandaba, reflexionó que su regencia sería breve. El nuevo rey elegiría a otro hombre como Mano. Ned podría volver a casa. Sólo con pensar en Invernalia se le dibujó una sonrisa en el rostro. Quería volver a oír la risa de Bran, ir a cazar con Robb, ver jugar a Rickon. Quería dormir sin soñar, en su cama, muy abrazado a su esposa Catelyn.
Cayn regresó justo cuando estaba presionando el sello del lobo huargo contra la cera blanda. Desmond iba con él, y entre ambos estaba Meñique. Ned dio las gracias a sus guardias y los despidió.
Lord Petyr llevaba una túnica de terciopelo azul con mangas abullonadas, y un estampado de sinsontes en la capa plateada.
—Creo que debo felicitaros —dijo al tiempo que se sentaba.
—El rey yace herido en su lecho —dijo Ned con el ceño fruncido—, al borde de la muerte.
—Lo sé —dijo Meñique—. Y también sé que Robert os ha nombrado Protector del Reino.
—¿Y cómo lo sabéis, mi señor? —Ned no pudo evitar bajar la vista hacia la carta del rey, que estaba junto a él en la mesa, con el sello intacto.
—Varys me lo dio a entender —replicó Meñique—, y vos acabáis de confirmarlo.
—Maldito sea Varys y también sus pajaritos. —Ned frunció la boca en un gesto airado—. Catelyn estaba en lo cierto, ese hombre tiene artes oscuras. No confío en él.
—Excelente, ya estáis aprendiendo. —Meñique se inclinó hacia delante—. Pero apostaría a que no me habéis hecho venir en mitad de la noche para hablar del eunuco.
—No —reconoció Ned—. Conozco el secreto que le costó la vida a Jon Arryn. Robert no va a dejar ningún hijo legítimo. Joffrey y Tommen son bastardos, hijos de Jaime Lannister, fruto de su relación incestuosa con la reina.
—Qué escándalo —dijo Meñique arqueando una ceja en un tono que sugería que no estaba escandalizado en absoluto—. ¿Y la niña también? Claro, sin duda. De manera que, cuando el rey muera...
—El trono debería pasar a Lord Stannis, el mayor de los dos hermanos de Robert.
—Eso parece. A menos que... —Lord Petyr se acarició la barbita puntiaguda, mientras consideraba el tema.
—¿A menos que qué, mi señor? Y esto no parece nada, es seguro. Stannis es el heredero. Nada lo puede cambiar.
—Stannis no puede llegar al trono sin vuestra ayuda. Si sois listo, os cercioraréis de que Joffrey sea el sucesor.
—¿Es que no tenéis ni un ápice de honor? —Ned se lo quedó mirando.
—Un ápice sí, claro —replicó Meñique en tono ligero—. Pero prestad atención. Stannis no es amigo mío, y tampoco vuestro. Ni siquiera sus hermanos lo soportan. Ese hombre es de hierro, duro e implacable. Elegirá una nueva Mano y un nuevo Consejo, no os quepa la menor duda. Oh, desde luego os dará las gracias por entregarle la corona, pero no por ello os tendrá aprecio. Y su ascenso al trono nos llevará a la guerra. Stannis no podrá estar seguro de su reino mientras vivan Cersei y los bastardos. ¿Y pensáis que Lord Tywin se quedará tan tranquilo mientras le toman las medidas a la cabeza de su hija para clavarla en una pica? Roca Casterly se alzará en armas, y no serán ellos solos. Robert supo perdonar a los que le juraron lealtad de entre los que sirvieron al rey Aerys. Stannis no es tan generoso. No habrá olvidado el asedio de Bastión de Tormentas. Cada uno de los hombres que luchó bajo el estandarte del dragón, o se alzó con Balon Greyjoy, tendrá motivos para temerlo. Sentad a Stannis en el Trono de Hierro, y os aseguro que el reino sangrará.
»Y ahora, pensad en la alternativa. Joffrey no tiene más que doce años, y Robert ha puesto la regencia en vuestras manos, mi señor. Sois la Mano del Rey y el Protector del Reino. Tenéis el poder, Lord Stark. Sólo hace falta que estiréis la mano para cogerlo. Haced las paces con los Lannister. Liberad al Gnomo. Casad a Joffrey con vuestra hija Sansa. Casad a la pequeña con el príncipe Tommen, y a vuestro heredero con Myrcella. Aún faltan cuatro años para que Joffrey tenga la mayoría de edad. Para entonces os considerará un segundo padre, y si no es así... bueno, cuatro años dan para mucho, mi señor. Para libraros de Lord Stannis, por ejemplo. Y luego, si Joffrey da problemas, siempre podemos revelar este secretito y poner a Lord Renly en el trono.
—¿Podemos? —repitió Ned.
—Necesitaréis a alguien con quien compartir la carga —dijo Meñique encogiéndose de hombros—. Y mi precio no será elevado, os lo aseguro.
—Vuestro precio. —La voz de Ned era puro hielo—. Lo que estáis proponiendo es una traición, Lord Baelish.
—Sólo si perdemos.
—Olvidáis demasiadas cosas —replicó Ned—. Olvidáis a Jon Arryn. Olvidáis a Jory Cassel. Y olvidáis esto. —Sacó la daga y la puso sobre la mesa, entre ellos: era de huesodragón y acero valyriano; tan afilada como la diferencia entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira, entre la vida y la muerte—. Enviaron a un hombre para que le cortara el cuello a mi hijo, Lord Baelish.
—Pues sí, mi señor, había olvidado algunas cosas. —Meñique suspiró—. Os ruego que me perdonéis. Por un momento no me di cuenta de que estaba hablando con un Stark. —Frunció los labios—. Así que optáis por Stannis y por la guerra.
—No se trata de una opción. Stannis es el heredero.
—Lejos de mí entrar en discusiones con el Lord Protector. En fin, ¿qué queréis de mí? Mi consejo no, desde luego.
—Haré lo posible por perdonar vuestro... consejo —replicó Ned, asqueado—. Os he hecho venir para pediros la ayuda que prometisteis a Catelyn. Es un momento peligroso para todos nosotros. Cierto, Robert me ha nombrado Protector, pero a los ojos de todos Joffrey es su hijo y heredero. La reina dispone de una docena de caballeros y de un centenar de hombres armados que obedecerán sus órdenes; más que suficiente para doblegar a lo que queda de mi guardia. Y quizá su hermano Jaime cabalgue en estos momentos hacia Desembarco del Rey, con un ejército Lannister a sus órdenes.
—Y vos sin hombres. —Meñique jugueteó con la daga que estaba sobre la mesa, la hizo girar lentamente con un dedo—. Lord Renly no siente demasiado afecto hacia los Lannister. Bronze Yohn Royce, Ser Balon Swann, Ser Loras, Lady Tanda, los gemelos Redwyne... cada uno de ellos dispone de un séquito de caballeros y espadas juramentadas aquí, en la corte.
—Renly tiene treinta hombres en su guardia personal, y los otros todavía menos. No son suficientes, ni siquiera aunque estuviera seguro de que todos se iban a aliar conmigo. Necesito a los capas doradas. La Guardia de la Ciudad cuenta con dos mil hombres fuertes, que han jurado defender el castillo, la ciudad y la paz del rey.
—Ya... pero, cuando la reina proclame un rey y la Mano otro, ¿qué paz van a proteger? —Lord Petyr empujó la daga con el dedo y la hizo girar de nuevo. Dio varias vueltas y, cuando al final se detuvo, apuntaba al propio Meñique—. Vaya, aquí tenemos la respuesta —añadió con una sonrisa—. Siguen a aquel que les paga. —Se echó hacia atrás en el asiento y miró de frente a Ned, con los ojos verde grisáceo llenos de burla—. Vestís vuestro honor como si fuera una armadura, Stark. Creéis que os protege, pero en realidad no es más que una carga que os hace moveros despacio. Miraos al espejo. Sabéis por qué me habéis hecho venir. Sabéis qué queréis pedirme que haga. Sabéis que es necesario... pero no es honorable, así que no os atrevéis a decirlo en voz alta.
Ned tenía el cuello rígido por la tensión. Durante un instante se sintió incapaz de hablar, de pura rabia.
Meñique se echó a reír.
—Debería obligaros a decirlo, pero sería una crueldad... así que no temáis, mi buen señor. Por el amor que le profeso a Catelyn, iré ahora mismo a hablar con Janos Slynt, para asegurarme de que la Guardia de la Ciudad os es leal. Con seis mil piezas de oro será suficiente. Una tercera parte para el comandante, una tercera parte para los oficiales y una tercera parte para los hombres. Quizá pudiéramos comprarlos por la mitad de esa suma, pero no es cosa de correr riesgos.
Sonrió, cogió la daga por la hoja y se la tendió a Ned con la empuñadura por delante.

JON

Jon estaba tomando un desayuno a base de pastel de manzana y morcillas cuando Samwell Tarly se dejó caer pesadamente en el banco.
—Me han llamado al sept —dijo Sam con un susurro emocionado—. Me van a sacar del entrenamiento. Me harán hermano al mismo tiempo que a vosotros. ¿Te lo imaginas?
—No, ¿de verdad?
—De verdad. Mi deber será ayudar al maestre Aemon con la biblioteca y con los pájaros. Necesita a alguien que sepa leer y escribir cartas.
—Lo harás muy bien —sonrió Jon.
—¿No tendríamos que ir ya? —Sam miró a su alrededor con ansiedad—. No quiero llegar tarde, puede que cambien de opinión.
Al cruzar el patio cubierto de hierbajos iba casi saltando. Era un día cálido y soleado. Del Muro descendían reguerillos de agua, con lo que el hielo parecía centellear.
En el interior del sept, el gran cristal reflejaba la luz de la mañana que entraba por la ventana orientada hacia el sur y formaba un arco iris sobre el altar. Pyp se quedó boquiabierto al ver a Sam, Sapo dio un codazo a Grenn en las costillas, pero ninguno se atrevió a decir nada. El septon Celladar movía un incensario que impregnaba el aire de su fragancia. A Jon le recordaba el pequeño sept de Lady Stark en Invernalia. El septon estaba sobrio, para variar.
Los oficiales de alto rango llegaron todos juntos: el maestre Aemon apoyado en Clydas, Ser Alliser con sus ojos fríos y su gesto hosco, el Lord Comandante Mormont resplandeciente con su jubón de lana negra y broches de plata en forma de zarpas de oso... Tras ellos entraron los miembros mayores del resto de las órdenes: Bowen Marsh, el Lord Mayordomo del rostro enrojecido, el Primer Constructor, Othell Yarwyck, y Ser Jaremy Rykker, que estaba al mando de los exploradores durante la ausencia de Benjen Stark.
—Llegasteis aquí como malhechores —empezó Mormont, que se había situado ante el altar de forma que el arco iris le relucía sobre la calva—. Cazadores furtivos, violadores, deudores, asesinos y ladrones. Llegasteis a nosotros como niños. Llegasteis a nosotros solos, encadenados, sin amigos y sin honor. Llegasteis a nosotros ricos, y llegasteis a nosotros pobres. Algunos ostentáis los nombres de casas orgullosas. Otros tenéis nombres de bastardos, o no tenéis nombre alguno. Nada de eso importa ya. Todo queda en el pasado. En el Muro, todos pertenecemos a la misma Casa.
»Al caer la noche, cuando se ponga el sol y llegue la oscuridad, haréis el juramento. Desde ese momento seréis Hermanos Juramentados de la Guardia de la Noche. Vuestros crímenes quedarán olvidados; vuestras deudas, saldadas. Y de la misma manera deberéis olvidar las antiguas lealtades, dejar a un lado los rencores, desechar amores y enemistades del pasado por igual. Vais a empezar de nuevo.
»Un hombre de la Guardia de la Noche vive su vida por el reino. No por un rey, ni por un señor, ni por el honor de una casa u otra, tampoco por el oro ni la gloria, ni el amor de una mujer, sino por el reino y por todos los que en él viven. Un hombre de la Guardia de la Noche no tiene esposa y no engendra hijos. Nuestra esposa es el deber. Nuestra amante es el honor. Y vosotros sois los únicos hijos que tendremos jamás.
»Ya conocéis la fórmula del juramento. Meditad bien antes de pronunciarla, porque cuando vistáis el negro ya no habrá vuelta atrás. La deserción se pena con la muerte. —El Viejo Oso hizo una pausa antes de continuar—. ¿Hay alguno de entre vosotros que no quiera seguir aquí? Si es así, que se vaya ahora, sin demérito alguno.
Nadie se movió.
—Bien —asintió Mormont—. Prestaréis juramento aquí, al anochecer, ante el septon Celladar y el primero de vuestra orden. ¿Alguno de vosotros adora a los antiguos dioses?
—Yo, mi señor —dijo Jon poniéndose en pie.
—En ese caso supongo que querrás jurar ante un árbol corazón, como hizo tu tío —dijo Mormont.
—Así es, mi señor —asintió Jon. Los dioses del sept no tenían nada que ver con él; por las venas de los Stark corría la sangre de los primeros hombres.
—Pero aquí no hay bosque de dioses —oyó que susurraba Grenn a su espalda—. ¿Verdad? Yo no lo he visto.
—Tú no verías ni una manada de uros en medio de la nieve hasta que no te embistieran —susurró en respuesta Pyp.
—Sí que los vería —insistió Grenn—. Los vería venir de lejos.
—En el Castillo Negro no hace falta un bosque de dioses. —El propio Mormont confirmó las dudas de Grenn—. El Bosque Encantado está al otro lado del Muro, donde estuvo en la Era del Amanecer, mucho antes de que los ándalos trajeran a los Siete del otro lado del mar Angosto. A media legua de aquí encontrarás un bosquecillo de arcianos, y quizá también a tus dioses.
—Mi señor. —La voz hizo que Jon se volviera, sorprendido. Samwell Tarly se había puesto en pie—. ¿Puedo... puedo ir yo también? ¿Puedo prestar juramento ante ese árbol corazón?
—¿La Casa Tarly también adora a los antiguos dioses? —quiso saber Mormont.
—No, mi señor —respondió Sam con voz aguda, nerviosa. Jon sabía que los oficiales le daban un poco de miedo, y el Viejo Oso más que ninguno—. Me pusieron el nombre a la luz de los Siete, en el sept de Colina Cuerno, al igual que pasó con mi padre, con su padre y con todos los Tarly desde hace mil años.
—¿Y por qué quieres renunciar a los dioses de tu padre y de su Casa? —preguntó Ser Jaremy Rykker.
—Ahora mi Casa es la Guardia de la Noche —dijo Sam—. Los Siete jamás respondieron a mis plegarias. Puede que los antiguos dioses lo hagan.
—Como quieras, muchacho —dijo Mormont. Sam se sentó de nuevo, y Jon hizo lo mismo—. Os hemos adjudicado cada uno a una orden, dependiendo de nuestras necesidades y vuestras habilidades. —Bowen Marsh se adelantó y le tendió un papel. El Lord Comandante lo desenrolló y empezó a leer—: Halder, a los constructores. —Halder asintió en gesto de aprobación—. Grenn, a los exploradores. Albett, a los constructores. Pypar, a los exploradores. —Pyp miró a Jon y movió las orejas—. Samwell, a los mayordomos. —Sam, suspiró de alivio y se secó el sudor de la frente con un pañuelo de seda—. Matthar, a los exploradores. Daeron, a los mayordomos. Todder, a los exploradores. Jon, a los mayordomos.
¿A los mayordomos? Durante un instante Jon no dio crédito a lo que había oído. Seguro que Mormont se había equivocado al leer. Empezó a levantarse, abrió la boca para decir que era un error... y en aquel momento vio los ojos de Ser Alliser, clavados en él como dos esquirlas de obsidiana, y lo comprendió.
—Los primeros de cada orden os explicarán vuestros deberes. —El Viejo Oso enrolló el papel—. Los dioses os guarden, hermanos.
El Lord Comandante los honró con un amago de reverencia y se retiró. Ser Alliser se marchó con él, una sonrisa le aleteaba en los labios. Jon nunca había visto tan contento al maestro de armas.
—Los exploradores, conmigo —exclamó Ser Jaremy Rykker cuando hubieron salido.
Pyp se puso en pie muy despacio sin dejar de mirar a Jon. Tenía las orejas coloradas. Grenn sonreía, sin darse cuenta de que algo iba mal. Matt y Sapo siguieron también a Ser Jaremy para salir del sept.
—Constructores —llamó Othell Yarwyck. Halder y Albett fueron con él.
Jon miró a su alrededor, mareado, incrédulo. Los ojos ciegos del maestre Aemon estaban alzados hacia la luz que no podían ver. El septon estaba colocando cristales sobre el altar. En los bancos sólo quedaban Sam y Dareon; un chico gordo, un bardo... y él.
—Samwell, tú ayudarás al maestre Aemon con los pájaros y en la biblioteca. —El Lord Mayordomo Bowen Marsh se frotó las manos regordetas—. Chett pasará a las perreras. Ocuparás su celda, así estarás cerca del maestre día y noche. Confío en que lo cuidarás bien. Es muy anciano, y muy valioso para nosotros.
»Dareon, me han informado de que has cantado ante señores de gran alcurnia, y has compartido su pan y su aguamiel. A ti te enviaremos a Guardiaoriente. Puede que tu facilidad de palabra le sea de ayuda a Cotter Pyke cuando lleguen las galeras mercantes para comerciar. Pagamos demasiado por la carne en salazón y el pescado en escabeche, y el aceite de oliva que nos envían es cada vez peor. Cuando llegues, preséntate ante Borcas, te dará algo que hacer entre barco y barco. —A continuación Marsh dirigió su sonrisa hacia Jon—. El Lord Comandante Mormont ha pedido que seas su mayordomo personal, Jon. Dormirás en una celda bajo sus habitaciones, en la torre del Lord Comandante.
—¿Y cuáles serán mis obligaciones? —preguntó Jon con brusquedad—. ¿Serviré las comidas al Lord Comandante, le ayudaré a abrocharse las ropas y le calentaré el agua para el baño?
—Desde luego. —Marsh había fruncido el ceño ante el tono de voz del muchacho—. También llevarás los mensajes que te ordene, mantendrás el fuego encendido en sus habitaciones, le cambiarás a diario las sábanas y las mantas, y harás cualquier cosa que él te ordene.
—¿Acaso me tomáis por un criado?
—No —respondió el maestre Aemon desde el fondo del sept. Clydas lo ayudó a levantarse—. Te tomábamos por un hombre de la Guardia de la Noche... pero puede que fuera un error.
—¿Puedo retirarme? —preguntó Jon con frialdad. Tuvo que controlarse para no marcharse de allí en aquel momento. ¿Esperaban que batiera mantequilla y cosiera jubones como una niña el resto de su vida?
—Como desees —replicó Bowen Marsh.
Dareon y Sam salieron con él. Bajaron al patio en silencio. Ya en el exterior, Jon alzó la vista hacia el Muro, que resplandecía bajo el sol mientras el hielo derretido se deslizaba por su superficie en un centenar de dedos delgados. Jon estaba tan rabioso que parecía a punto de abandonarlo todo.
—Jon —le dijo Samwell Tarly, emocionado—, espera, ¿no te das cuenta de lo que han hecho?
—De lo único que me doy cuenta es de que Ser Alliser está detrás de todo esto —le contestó Jon hecho una furia, volviéndose hacia él—. Quería humillarme y lo ha logrado.
—Los mayordomos están bien para ti o para mí, Sam —dijo Dareon mirando a Jon fijamente—, pero no para Lord Nieve.
—¡Soy mejor espadachín y mejor jinete que ninguno de los otros! —gritó Jon—. ¡No es justo!
—¿A mí me hablas de justicia? —se burló Dareon—. La chica me estaba esperando desnuda como el día en que vino al mundo. Me ayudó a entrar por la ventana, ¿y a mí me hablas de justicia? —Se alejó de ellos, airado.
—No es ninguna deshonra ser mayordomo —dijo Sam.
—¿Crees que quiero pasarme el resto de la vida lavándole la ropa interior a un viejo?
—Ese viejo es el Lord Comandante de la Guardia Real —le recordó Sam—. Estarás con él día y noche. Sí, le servirás el vino y le cambiarás las sábanas, pero también escribirás lo que te dicte, lo ayudarás en las reuniones y serás su escudero en el combate. Estarás tan pegado a él como su sombra. Lo sabrás todo, serás parte de todo... ¡y el Lord Mayordomo dijo que Mormont en persona te había elegido!
»Cuando yo era pequeño mi padre se empeñaba en que lo acompañara en todas las audiencias, siempre que se reunía la corte. Cuando fue a Altojardín para rendir pleitesía a Lord Tyrell también quiso que lo acompañara. Luego empezó a llevarse a Dickon, a mí me dejaba en casa y ya no le importaba si yo asistía a las audiencias, sólo quería que estuviera mi hermano. Quería que estuviera presente su heredero, ¿no lo entiendes? Para que observara, escuchara y aprendiera. Me apuesto lo que sea a que por eso Mormont te pidió como ayudante, Jon. ¿Por qué iba a hacerlo si no? ¡Quiere educarte para el mando!
Jon se quedó paralizado. Era verdad, Lord Eddard hacía a menudo que Robb formara parte de los consejos en Invernalia. Quizá Sam tuviera razón. Hasta un bastardo podía llegar a lo más alto en la Guardia de la Noche.
—Pero esto no es lo que yo quería —dijo, testarudo.
—Ninguno de nosotros estamos aquí porque hayamos querido —le recordó Sam.
Y, de repente, Jon Nieve se sintió avergonzado.
Samwell Tarly, cobarde o no, había tenido valor para aceptar su destino como un hombre. «En el Muro, cada hombre tiene lo que se gana —le había dicho Benjen Stark la última noche que Jon lo vio con vida—. No eres un explorador, Jon. Eres un simple novato que todavía huele a verano.» Había oído comentar que los bastardos crecían antes que los demás niños; en el Muro sólo se podían hacer dos cosas: crecer o morir.
—Tienes razón. —Jon dejó escapar un suspiro—. Me he comportado como un crío.
—Entonces, ¿prestarás juramento conmigo?
—Los antiguos dioses nos estarán esperando. —Se obligó a sonreír.
Se pusieron en marcha a última hora de la tarde. El Muro no tenía puertas como tales, ni allí, en el Castillo Negro, ni en ningún otro punto de sus casi quinientos kilómetros de longitud. Guiaron sus monturas por las riendas hasta un túnel angosto excavado en el hielo, cuyas paredes frías y oscuras parecían aprisionarlos a medida que el pasadizo se retorcía en su curso. En tres ocasiones se encontraron el camino bloqueado por rejas de hierro, y tuvieron que detenerse mientras Bowen Marsh sacaba las llaves y soltaba las enormes cadenas que las cerraban. Mientras aguardaba detrás del Lord Mayordomo, Jon casi podía sentir el gigantesco peso del muro sobre él. Allí el aire era más frío y tranquilo que el de una tumba. Cuando salieron a la luz de la tarde, en la cara norte del muro, sintió un extraño alivio.
Sam parpadeó para protegerse los ojos de la repentina claridad y miró a su alrededor con aprensión.
—Los salvajes... no... no se atreverán a acercarse tanto al Muro. ¿Verdad?
—Nunca lo han hecho.
Jon montó a caballo. Cuando tanto Bowen Marsh como el explorador que lo escoltaba hubieron montado también, se llevó dos dedos a la boca y silbó. Fantasma salió del túnel al instante.
—¿Vas a traer a esa bestia? —le preguntó el Lord Mayordomo mientras su caballo reculaba asustado al ver al lobo huargo.
—Sí, mi señor —dijo Jon. Fantasma alzó la cabeza, pareció saborear el aire. En un abrir y cerrar de ojos echó a correr por el campo lleno de hierbajos, y desapareció entre los árboles.
Una vez en el bosque se encontraron en un mundo completamente diferente. Jon había ido a menudo de caza con su padre, con Jory y con Robb. Conocía tan bien como cualquiera el Bosque de los Lobos en torno a Invernalia. El Bosque Encantado era igual, y al mismo tiempo parecía muy diferente.
Quizá fuera un truco de su mente, sabía que habían traspasado el fin del mundo, y eso lo cambiaba todo. Las sombras parecían más oscuras, y los sonidos más ominosos. Los árboles crecían muy juntos y ocultaban la luz del sol poniente. Bajo los cascos de los caballos, la fina capa de nieve crujía con un sonido como el de los huesos al romperse. Cuando el viento agitaba las hojas Jon sentía como si le pasaran un dedo helado por la espalda. Tras ellos quedaba el Muro, y sólo los dioses sabían qué había ante ellos.
El sol desaparecía ya entre los árboles cuando llegaron a su destino, un pequeño claro en lo más profundo del bosque donde crecían en círculo nueve arcianos. Jon se quedó boquiabierto, y vio que a Sam Tarly le pasaba lo mismo. Ni siquiera en el Bosque de los Lobos se podían ver más de dos o tres de aquellos árboles blancos juntos. Jamás habría imaginado que existía un grupo de nueve. El suelo del bosque estaba cubierto de hojas caídas, rojo sangre por arriba, blanco putrefacto por abajo. Los anchos troncos lisos eran de color hueso, y las nueve caras miraban hacia adentro. La savia seca encostrada en los ojos era roja y dura como un rubí. Bowen Marsh les ordenó que dejaran los caballos fuera del círculo.
—Es un lugar sagrado, no debemos profanarlo.
Al entrar en el claro, Samwell Tarly se dio la vuelta muy despacio, para examinar una a una todas las caras. No había dos iguales.
—Nos están mirando —susurró—. Los antiguos dioses nos miran.
—Sí. —Jon se arrodilló, y Sam hizo lo mismo a su lado.
Pronunciaron juntos el juramento mientras las últimas luces desaparecían por el oeste y el día gris se transformaba en noche negra.
—Escuchad mis palabras, sed testigos de mi juramento —recitaron; sus voces llenaron el bosquecillo en el ocaso—. La noche se avecina, ahora empieza mi guardia. No terminará hasta el día de mi muerte. No tomaré esposa, no poseeré tierras, no engendraré hijos. No llevaré corona, no alcanzaré la gloria. Viviré y moriré en mi puesto. Soy la espada en la oscuridad. Soy el vigilante del muro. Soy el fuego que arde contra el frío, la luz que trae el amanecer, el cuerno que despierta a los durmientes, el escudo que defiende los reinos de los hombres. Entrego mi vida y mi honor a la Guardia de la Noche, durante esta noche y todas las que estén por venir.
Se hizo el silencio en el bosque.
—Os arrodillasteis como niños —entonó solemne Bowen Marsh—. Levantaos ahora como hombres de la Guardia de la Noche.
Jon tendió una mano a Sam para ayudarlo a ponerse en pie. Los exploradores se congregaron a su alrededor, sonrientes, para felicitarlos. Todos excepto Dywen, el viejo guardabosques.
—Será mejor que volvamos, mi señor —dijo a Bowen Marsh—. Está oscureciendo, y esta noche hay un olor que no me gusta.
De pronto, Fantasma volvió con ellos, apareció caminando con pasos silenciosos entre dos arcianos. «Pelaje blanco y ojos rojos —advirtió Jon, inquieto—. Igual que los árboles.»
El lobo llevaba algo entre los dientes. Algo negro.
—¿Qué es eso? —preguntó Bowen Marsh con el ceño fruncido.
—Ven conmigo, Fantasma. —Jon se arrodilló—. Trae eso.
El lobo huargo trotó hacia él. Jon oyó cómo a Samwell Tarly se le escapaba una exclamación.
—Por los dioses —murmuró Dywen—. Es una mano.

EDDARD

La luz gris del amanecer entraba ya por la ventana cuando el sonido de los cascos de los caballos despertó a Eddard Stark de un sueño breve e inquieto. Levantó la cabeza de la mesa para mirar abajo, al patio. Los hombres de las capas color carmesí llenaban de sonidos la mañana con el chocar de las espadas y los ejercicios con muñecos rellenos de paja. Ned observó cómo Sandor Clegane galopaba sobre la tierra prensada para clavar una lanza de punta de hierro en la cabeza de un muñeco. La lona se desgarró y la paja voló por los aires entre las bromas y maldiciones de los guardias Lannister.
«¿Todo este montaje lo hacen para que yo lo vea? —se preguntó. Si era así, Cersei era todavía más estúpida de lo que le había parecido—. Maldita mujer, ¿por qué no ha huido? Le he dado una oportunidad tras otra...»
Hacía una mañana nublada y triste. Ned desayunó con sus hijas y con la septa Mordane. Sansa, todavía desconsolada, contemplaba malhumorada los platos y se negaba a comer, pero Arya devoró a toda prisa lo que le pusieron delante.
—Syrio dice que todavía hay tiempo para una última lección antes de que embarquemos esta tarde —dijo—. ¿Me das permiso, padre? Ya tengo todas las cosas en los baúles.
—Que sea una lección corta, y que te dé tiempo a bañarte y a cambiarte. Quiero que a mediodía estés lista para partir, ¿comprendido?
—A mediodía —asintió Arya.
—Si ella puede dar una última lección de danza —dijo Sansa alzando la vista de la mesa—, ¿por qué no me dejas despedirme del príncipe Joffrey?
—Yo la acompañaría, Lord Eddard —se ofreció la septa Mordane—. Y no perderá el barco, desde luego.
—No es buena idea que veas a Joffrey ahora mismo, Sansa. Lo siento.
—Pero, ¿por qué? —A Sansa se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Tu señor padre sabe qué es lo mejor para ti —dijo la septa Mordane—. No debes cuestionar sus decisiones.
—¡No es justo! —Sansa se apartó de la mesa, derribó la silla y salió llorando de la habitación.
La septa se levantó, pero Ned le indicó con un gesto que se sentase.
—Deja que se vaya, septa. Intentaré que lo entienda todo cuando volvamos a estar a salvo en Invernalia.
La septa inclinó la cabeza y se sentó para terminar de desayunar.
Una hora más tarde el Gran Maestre Pycelle fue a ver a Eddard Stark en sus aposentos. Iba con los hombros caídos, como si el peso de la cadena que llevaba al cuello le resultara ya insoportable.
—Mi señor —dijo—, el rey Robert nos ha dejado. Los dioses le den descanso.
—No —replicó Ned—. Robert detestaba descansar. Los dioses le den amor y risas y la gloria de la batalla. —Era extraño, pero se sentía vacío. Había esperado la visita, pero con aquellas palabras algo murió en su interior. Habría renunciado a todos sus títulos por ser libre para llorar... pero era la Mano de Robert, y había llegado el momento que tanto temía—. Tened la bondad de convocar a los miembros del Consejo aquí, en mis habitaciones —pidió a Pycelle. La Torre de la Mano le ofrecía toda la seguridad que había podido proporcionarse con la ayuda de Tomard. En cambio no podía afirmar lo mismo de la cámara del Consejo.
—¿Cómo decís, mi señor? —preguntó Pycelle parpadeando—. Sin duda los asuntos del reino pueden esperar hasta mañana, para que no tengamos tan reciente la pena.
—Me temo que debemos reunirnos de inmediato. —Ned se mostró tranquilo, pero firme.
—Como ordene la Mano. —Pycelle hizo una reverencia. Llamó a sus sirvientes y les dio instrucciones, y luego aceptó la oferta de Ned de un asiento y una copa de cerveza dulce.
Ser Barristan Selmy fue el primero en responder a la llamada. Llegó con su inmaculada capa blanca y la coraza esmaltada.
—Mis señores —dijo—, ahora mismo mi lugar está junto al joven rey. Os ruego que me disculpéis.
—Vuestro lugar está aquí, Ser Barristan —le dijo Ned.
Meñique fue el siguiente, vestía aún las ropas de terciopelo azul y la capa plateada con sinsontes de la noche anterior, aunque tenía las botas sucias de polvo.
—Mis señores —dijo, sonriendo aunque sin dirigirse a nadie en concreto. Se volvió hacia Ned—. Ya se ha llevado a cabo el asuntillo que me encargasteis, Lord Eddard.
Varys entró con una vaharada a lavanda, recién bañado, con el rostro regordete rosado y empolvado. Sus zapatillas apenas hacían ruido al caminar.
—Los pajarillos cantan hoy una canción triste —dijo al tiempo que se sentaba—. El reino llora. ¿Comenzamos?
—En cuanto llegue Lord Renly —respondió Ned.
—Mucho me temo que Lord Renly ha salido de la ciudad —dijo Varys dirigiéndole una mirada apenada.
—¿Que ha salido de la ciudad? —Ned había contado con el apoyo de Renly.
—Se marchó por una poterna una hora antes del amanecer, acompañado por ser Loras Tyrell y unos cincuenta hombres —dijo Varys—. La última vez que los vieron cabalgaban hacia el sur con cierta prisa. Su destino es sin duda Bastión de Tormentas, o bien Altojardín.
«Adiós a Renly y a sus cien espadas.» A Ned no le gustaba el cariz que estaba tomando aquello, pero no podía hacer nada. Sacó la última carta de Robert.
—El rey me llamó anoche y me ordenó que tomara nota de sus últimas palabras. Lord Renly y el Gran Maestre Pycelle sirvieron de testigos, y el propio Robert selló la carta, para que se abriera ante el Consejo después de su muerte. Ser Barristan, si sois tan amable...
El Lord Comandante de la Guardia Real examinó el documento.
—Es el sello del rey Robert, y está intacto. —Abrió la carta y la leyó—. Aquí dice que se nombra a Lord Eddard Stark Protector del Reino, y que actuará como regente hasta que el heredero alcance la mayoría de edad.
«Lo que pasa es que ya es mayor de edad», reflexionó Ned para sus adentros. Pero no dijo nada en voz alta. No confiaba en Pycelle ni en Varys, y el honor de Ser Barristan lo obligaba a proteger y defender al muchacho al que consideraba su nuevo rey. El anciano caballero no abandonaría fácilmente a Joffrey. El sabor del engaño le dejaba un regusto amargo en la boca, pero Ned sabía que debía proceder con suma cautela, mantener unido el Consejo y seguir el juego hasta que estuviera firmemente establecido como regente. Ya habría tiempo de sobra para enfrentarse al tema de la sucesión cuando Arya y Sansa estuvieran a salvo en Invernalia, y Lord Stannis llegara a Desembarco del Rey con todos sus hombres.
—Quiero pedir a este Consejo que me confirme como Lord Protector, cumpliendo los deseos de Robert —dijo Ned. Observó sus rostros, sin dejar de preguntarse qué pensamientos ocultaban los ojos entrecerrados de Pycelle, la sonrisita perezosa de Meñique y el nervioso aleteo de los dedos de Varys.
La puerta se abrió de repente. Tom el Gordo entró en la estancia.
—Perdonad, mis señores, el mayordomo del rey insiste en...
El mayordomo real entró e hizo una reverencia.
—Señores, el rey exige que su Consejo Privado se presente de inmediato en el salón del trono.
—El rey ha muerto —dijo Ned. Había dado por supuesto que Cersei actuaría con rapidez. La llamada no lo sorprendió—, pero iremos con vos, de todos modos. Tom, prepara una escolta, por favor.
Meñique ofreció el brazo a Ned para ayudarlo a bajar por las escaleras. Varys, Pycelle y Ser Barristan los siguieron de cerca. Junto a la entrada de la torre los esperaba una doble columna de hombres armados, ocho en total, con cotas de mallas y yelmos de acero. El viento agitó las capas grises de los guardias cuando cruzaron el patio. Por ningún lado se divisaba el escarlata de los Lannister, pero Ned se tranquilizó al ver el gran número de capas doradas que había junto a las murallas y en las puertas.
Janos Slynt los recibió en la puerta del salón del trono, con armadura ornamentada en oro y negro, y el yelmo con cresta bajo un brazo. El comandante hizo una reverencia rígida. Sus hombres abrieron las grandes puertas de roble, de seis metros de altura y con refuerzos de bronce.
El mayordomo real los precedió hacia el interior.
—Salve Su Alteza —entonó—, Joffrey de las Casas Baratheon y Lannister, el primero de su nombre, rey de los ándalos y los rhoynar y los primeros hombres, señor de los Siete Reinos y Protector del Reino.
Había un largo tramo hasta el otro extremo del salón, donde Joffrey aguardaba sentado en el Trono de Hierro. Ned, apoyado en Meñique, cojeó hacia el muchacho que decía ser el rey. Los demás lo siguieron. La primera vez que había recorrido aquel trayecto lo hizo a caballo, con la espada en la mano, y los dragones de los Targaryen vieron desde las paredes cómo obligaba a Jaime Lannister a bajarse del trono. Se preguntó si le costaría igual de poco hacer descender a Joffrey.
Cinco caballeros de la Guardia Real, todos excepto Ser Jaime y Ser Barristan, se encontraban al pie del trono, dispuestos en forma de media luna. Llevaban la armadura completa, acero esmaltado del yelmo a los talones, largas capas blancas sobre los hombros y escudos blancos brillantes en los brazos izquierdos. Cersei Lannister y sus dos hijos pequeños estaban de pie entre Ser Boros y Ser Meryn. La reina llevaba una túnica de seda verde mar, con un ribete de encaje de Myr, tenue como la espuma. Llevaba en el dedo un anillo de oro con una esmeralda del tamaño de un huevo de paloma, a juego con la diadema que lucía en la cabeza.
Por encima de ellos estaba el príncipe Joffrey, sentado entre las púas y salientes, con un jubón de hilo de oro y una capa de satén rojo. Sandor Clegane se encontraba al pie de los estrechos peldaños que llevaban al trono. Llevaba cota de mallas, coraza color gris ceniza y su yelmo en forma de cabeza de perro.
Detrás del trono se encontraban veinte guardias Lannister, cada uno con una espada colgada del cinturón. Llevaban capas color carmesí, y leones de acero en los yelmos. Pero Meñique había cumplido su promesa: a lo largo de las paredes, junto a los tapices de Robert con sus escenas de caza y batalla, los capas doradas que eran la Guardia de la Ciudad estaban firmes, cada uno con una lanza de dos metros y medio en la mano, todas con punta de hierro negro. Superaban a los Lannister en proporción de cinco a uno.
Cuando llegó al final, la pierna de Ned era una llamarada de dolor. Mantuvo una mano sobre el hombro de Meñique para ayudarse a soportar su peso.
Joffrey se levantó. La capa de satén rojo tenía un bordado en hilo de oro, cincuenta leones rugientes a un lado, cincuenta venados corveteando al otro.
—Ordeno al Consejo que haga todos los preparativos para mi coronación —proclamó el niño—. Deseo ser coronado antes de quince días. Hoy aceptaré los juramentos y la lealtad de mis fieles consejeros.
—Lord Varys, tened la bondad de mostrar esto a mi señora de Lannister —dijo Ned sacando la carta de Robert.
El eunuco llevó la carta a Cersei. La reina le echó un vistazo.
—Protector del Reino —leyó—. ¿Y esto es vuestro escudo, mi señor? ¿Un trozo de papel? —Rompió la carta en dos, luego en cuatro y dejó caer los pedazos al suelo.
—Eran las palabras del rey —dijo Ser Barristan, conmocionado.
—Ahora tenemos un nuevo rey —replicó Cersei Lannister—. Lord Eddard, la última vez que hablamos me disteis un consejo. Quiero devolveros el favor. Doblad la rodilla, mi señor. Doblad la rodilla y jurad lealtad a mi hijo, y permitiremos que abandonéis el cargo de Mano y viváis el resto de vuestros días en ese desierto gris al que consideráis vuestro hogar.
—Ojalá pudiera —replicó Ned, sombrío. Si Cersei estaba decidida a forzar la situación en aquel mismo momento, a él no le quedaba elección—. Vuestro hijo no tiene derecho al trono que ocupa. Lord Stannis es el auténtico heredero de Robert.
—¡Mientes! —gritó Joffrey, con el rostro congestionado.
—Madre, ¿qué quiere decir? —preguntó la princesa Myrcella a la reina—. ¿Joff no es el rey ahora?
—Vuestras palabras os condenan, Lord Stark —dijo Cersei Lannister—. Ser Barristan, apresad a ese traidor.
El Lord Comandante de la Guardia Real titubeó. En un abrir y cerrar de ojos se vio rodeado por guardias Stark, todos con el acero desnudo en sus puños enguantados.
—Y ahora la traición pasa de las palabras a los hechos —siguió Cersei—. ¿Acaso pensáis que Ser Barristan está solo, mi señor?
Con un ominoso sonido de metal contra metal, el Perro desenvainó su espada. Los caballeros de la Guardia Real y veinte guardias Lannister con capas carmesí se pusieron a su lado.
—¡Matadlo! —ordenó el niño rey desde el Trono de Hierro—. ¡Matadlos a todos, os lo ordeno!
—No me dejáis elección —dijo Ned a Cersei Lannister. Se volvió hacia Ser Janos Slynt—. Comandante, poned bajo custodia a la reina y a sus hijos. No les causéis el menor daño, pero escoltadlos a las habitaciones reales y mantenedlos allí, vigilados.
—¡Hombres de la Guardia! —gritó Janos Slynt al tiempo que se ponía el yelmo. Cien capas doradas esgrimieron las lanzas y se acercaron.
—No quiero que haya derramamiento de sangre —dijo Ned a la reina—. Ordenad a vuestros hombres que depongan las espadas, y no hará falta...
Con un movimiento rápido, brusco, el capa dorada más cercano le clavó la lanza a Tomard por la espalda. El acero de Tom el Gordo cayó de entre los dedos inertes, al tiempo que una punta roja y húmeda le afloraba entre las costillas y le perforaba la cota de mallas. Estaba muerto antes de que su espada llegara al suelo.
El grito de Ned llegó demasiado tarde. El propio Janos Slynt le cortó la garganta a Varly. Cayn giró con el acero en la mano, hizo retroceder al guardia más cercano con una serie de estocadas, y por un instante pareció que lograría abrirse camino. En aquel momento, el Perro cayó sobre él. El primer golpe de Sandor Clegane le cortó la mano de la espada por la muñeca. El segundo lo hizo caer de rodillas y lo abrió del hombro al esternón.
Mientras sus hombres morían en torno a él, Meñique sacó la daga de Ned de su funda y se la puso bajo la barbilla. Esbozó una sonrisa de disculpa.
—Os lo advertí. Os advertí que no confiarais en mí.

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