JON
Según los viejos mapas de Sam, la aldea se llamaba Arbolblanco. A Jon no le parecía ni que fuera una aldea. Cuatro casas ruinosas de una estancia cada una, edificadas con piedras sin cementar, y al lado un redil vacío y un pozo. El tejado de las casas era de hierba, y en vez de postigos en las ventanas había pieles andrajosas. Y sobre ellas, se cernían las ramas blancas y las hojas color rojo oscuro de un arciano de proporciones monstruosas.
Era el árbol más grande que Jon Nieve había visto jamás, el tronco tenía casi dos metros y medio de ancho, y las ramas eran tan largas y abundantes que la aldea entera quedaba a su sombra. Pero el tamaño no era tan inquietante como la cara... sobre todo la boca, que no era un simple tajo, sino un hueco mellado en el que habría cabido una oveja.
«Pero esos huesos no son de oveja. Y lo que hay entre las cenizas no es un cráneo de oveja.»
—Un árbol muy viejo —comentó Mormont desde su caballo, con el ceño fruncido.
—Viejo —asintió el cuervo posado en su hombro—. Viejo, viejo, viejo.
—Y poderoso. —Jon percibía claramente su poder.
Thoren Smallwood, con su negra coraza y su cota oscura de malla, descabalgó junto al árbol.
—Mirad qué cara. No me extraña que los hombres le tuvieran miedo cuando llegaron a Poniente. Me encantaría clavarle una buena hacha.
—Mi señor padre decía que delante de un árbol corazón no es posible mentir —dijo Jon—. Los antiguos dioses saben cuándo mienten los hombres.
—Lo mismo creía mi padre —dijo el Viejo Oso—. Quiero ver de cerca ese cráneo.
Jon desmontó. Llevaba cruzada a la espalda la funda de cuero negro de Garra, la espada de doble filo que el Viejo Oso le había entregado cuando le salvó la vida. Se podía blandir con una mano o con las dos, y en algunos sitios llamaban a aquellas armas «espadas bastardas». «Una espada bastarda para un bastardo», bromeaban sus compañeros. El puño se lo habían hecho nuevo para él, con un pomo en forma de cabeza de lobo de piedra blanca, pero la hoja era de acero valyrio, antigua, ligera y con un filo letal.
Se arrodilló e introdujo la mano enguantada en las fauces. El interior del hueco estaba rojo de savia seca y ennegrecido por el fuego. Debajo del cráneo vio otro más pequeño sin mandíbula. Estaba medio enterrado en cenizas y fragmentos de hueso.
Llevó el cráneo a Mormont, y el Viejo Oso lo cogió entre ambas manos y examinó las cuencas vacías.
—Los salvajes queman a sus muertos. Eso siempre lo hemos sabido. Ojalá les hubiéramos preguntado por qué cuando aún había a quién preguntárselo.
Jon Nieve recordó al espectro que se había levantado, con los ojos de un azul brillante en el rostro blanco y muerto. Él sabía por qué, no le cabía duda.
—Ojalá los huesos hablaran —gruñó el Viejo Oso—. Cuántas cosas podría contarnos este tipo. Cómo murió. Quién lo quemó y por qué. Adónde se han ido los salvajes. —Suspiró—. Se dice que los niños del bosque podían hablar con los muertos. Pero yo no. —Tiró el cráneo a la boca del árbol, donde cayó levantando una nube de cenizas finas—. Registrad todas esas casas. Gigante, tú súbete a este árbol, a ver qué ves. Haré que traigan a los perros. Con un poco de suerte, esta vez el rastro será más fresco. —Por su tono de voz no tenía muchas esperanzas al respecto.
Cada casa la revisaron dos hombres para asegurarse de que no se pasaba nada por alto. A Jon le tocó ir con el adusto Eddison Tollett, un escudero de pelo gris, flaco como una lanza, al que los demás hermanos llamaban Edd el Penas.
—Por si fuera poco que los muertos se levantaran y caminaran —comentó a Jon mientras atravesaban la aldea—, ahora el Viejo Oso quiere también que hablen. De eso no puede salir nada bueno, te lo digo yo. Además, ¿quién te dice que los huesos no mentirían? ¿Acaso la muerte hace que un hombre sea más sincero, o siquiera más listo? Seguro que los muertos son muy aburridos, siempre quejándose de tonterías... que si el suelo está muy duro, que si me merecía una lápida más grande, que por qué ése tiene más gusanos que yo...
Jon tuvo que agacharse para cruzar una puerta baja. Dentro el suelo era de tierra. No había muebles, ni ningún otro rastro de que allí hubiera vivido alguien, aparte de unas cenizas situadas bajo el agujero para el humo del techo.
—Como vivienda es deprimente —dijo.
—La casa donde nací se parecía mucho a ésta —declaró Edd el Penas—. Y aquéllos fueron mis mejores años; luego llegaron tiempos difíciles. —En un rincón de la casa había un montón de paja sucia que parecía un lecho. Edd lo miró con nostalgia—. Daría todo el oro de Roca Casterly por volver a dormir en una cama.
—¿Eso te parece una cama?
—Si es más blanda que el suelo y tiene un techo encima, me parece una cama. —Edd el Penas olisqueó el aire—. Huele a excrementos.
—A excrementos viejos —dijo Jon. El olor era muy tenue. Parecía que la casa llevaba abandonada bastante tiempo. Se arrodilló y rebuscó entre la paja con las manos por si había algo escondido entre ella, luego revisó a conciencia las paredes. No tardó demasiado—. Aquí no hay nada.
Nada era tal como él había esperado; Arbolblanco era la cuarta aldea por la que pasaban, y en todas se repetía la misma situación. Los habitantes se habían marchado, habían desaparecido con sus escasas pertenencias y los pocos animales que tuvieran. En ninguno de los pueblos encontraron señales de que hubiera habido un ataque. Estaban, sencillamente... desiertos.
—¿Tú qué crees que les pasó? —preguntó Jon.
—Algo peor de lo que podamos imaginar —sugirió Edd el Penas—. Bueno, quizá yo sí podría imaginarlo, pero no me apetece. Ya es bastante malo saber que uno se encamina hacia un final espantoso, no hace falta pasarse el tiempo pensando en ello.
Cuando salieron había dos perros olisqueando en torno a la puerta. Otros corrían por el pueblo. Chett los maldecía a gritos, con la voz llena de una rabia que nunca parecía abandonarlo. La luz que se filtraba entre el follaje rojizo del arciano hacía que los forúnculos de su rostro parecieran más inflamados que de costumbre. Al ver a Jon entrecerró los ojos; no había afecto entre ellos.
La revisión del resto de las casas tampoco había dado ningún fruto.
—Nadie —graznó el cuervo de Mormont, que revoloteó entre las ramas del arciano para ir a posarse sobre ellos—. Nadie, nadie, nadie.
—Hace apenas un año había salvajes en Arbolblanco. —Thoren Smallwood, ataviado con la brillante cota de malla negra y la coraza repujada de Ser Jaremy Rykker, tenía más aspecto de señor que Mormont. Llevaba una gruesa capa con ribetes de marta cibelina, cerrada con un broche de plata en forma de los martillos cruzados de los Rykker. La capa también había sido de Ser Jaremy... pero el espectro había acabado con él, y la Guardia de la Noche no desperdiciaba nada.
—Hace apenas un año Robert era el rey, y el reino estaba en paz —señaló Jarman Buckwell, el recio e impasible jefe de los exploradores—. En un año pueden cambiar muchas cosas.
—Una cosa sí que no cambia —declaró Ser Mallador Locke—. Si hay menos salvajes, hay menos problemas. No sé qué les habrá pasado, pero no pienso llorar por ellos. Son una panda de ladrones y asesinos, del primero al último.
Jon oyó un crujido entre las hojas del arciano. Dos ramas se separaron, y divisó a un hombrecillo que se movía entre ellas con la agilidad de una ardilla. Bedwyck apenas si medía un metro cincuenta, pero los mechones grises de su cabello delataban su verdadera edad. Los demás exploradores lo llamaban Gigante. Se sentó en una rama sobre ellos.
—Hay agua al norte —les dijo—. Puede que sea un lago. Al oeste se ven unas colinas de sílex, no son muy altas. No se ve nada más, mis señores.
—Podríamos acampar aquí esta noche —sugirió Smallwood.
El Viejo Oso alzó la vista, buscando un atisbo de cielo entre las ramas blancas y las hojas rojas del arciano.
—No —replicó—. ¿Cuánto tiempo de luz nos queda, Gigante?
—Tres horas, mi señor.
—Seguiremos hacia el norte —decidió Mormont—. Si llegamos a ese lago podremos acampar junto a la orilla, y tal vez pesquemos unos cuantos peces para cenar. Jon, tráeme papel, ya va siendo hora de que escriba al maestre Aemon.
Jon sacó de su alforja pergamino, pluma y tinta, y se lo llevó todo al Lord Comandante. «En Arbolblanco —garabateó Mormont—. La cuarta aldea. Todas desiertas. Los salvajes han desaparecido.»
—Busca a Tarly, que se encargue de que esto salga cuanto antes —dijo al tiempo que tendía el mensaje a Jon.
Silbó, y su cuervo descendió revoloteando para posarse en la cabeza de su caballo.
—Maíz —sugirió el ave, meciendo la cabeza.
El caballo relinchó.
Jon montó a lomos de su caballo, un animal pequeño y resistente, le hizo dar la vuelta y se alejó al trote. Más allá de la sombra del gran arciano estaban los hombres de la Guardia de la Noche, bajo las ramas de árboles más pequeños, cuidando de sus caballos, mascando tiras de carne en salazón, meando, rascándose y charlando. Cuando se dio la orden de emprender la marcha de nuevo las conversaciones cesaron, y todos montaron de nuevo. Los exploradores de Jarman Buckwell iban adelantados, y la vanguardia comandada por Thoren Smallwood encabezaba la columna. Luego iba el Viejo Oso con el grueso de las fuerzas, Ser Mallador Locke con el convoy de equipaje y suministros, y por fin Ser Ottyn Wythers al mando de la retaguardia. En total doscientos hombres y trescientas monturas.
Durante el día seguían los senderos de los animales y los lechos de los arroyos, los «caminos de exploradores» que los adentraban cada vez más en la espesura de hojas y raíces. Por la noche acampaban bajo el cielo estrellado y contemplaban el cometa. Los hermanos negros habían partido del Castillo Negro con un excelente estado de ánimo, intercambiando chistes y anécdotas, pero en los últimos días el silencio amenazador del bosque los había ensombrecido a todos. Las bromas escaseaban cada vez más, y los nervios estaban a flor de piel. Ninguno habría admitido que tenía miedo, al fin y al cabo eran hombres de la Guardia de la Noche, pero a Jon le resultaba evidente que estaban inquietos. Cuatro aldeas desiertas, ni rastro de los salvajes, hasta los animales habían escapado. Incluso los exploradores más veteranos estaban de acuerdo en que el Bosque Encantado nunca había parecido más encantado.
Mientras cabalgaba, Jon se quitó el guante para que le diera el aire en los dedos quemados. «Están horribles.» De repente lo asaltó el recuerdo de cómo solía revolverle el pelo a Arya. Su flaca hermanita. Se preguntaba cómo estaría la niña y lo invadió la tristeza al pensar que tal vez no volviera a revolverle el pelo. Flexionó la mano, abriendo y cerrando los dedos. Sabía muy bien que si dejaba que la mano de la espada se le pusiera rígida y torpe, podía suponer su final. Al otro lado del Muro hacía falta una espada.
Encontró a Samwell Tarly con los otros mayordomos, abrevando a los caballos. Tenía tres a su cargo: su montura y dos caballos de carga, cada uno de los cuales llevaba una gran jaula de mimbre y alambre llena de cuervos. Al sentir que Jon se aproximaba los pájaros batieron las alas y empezaron a chillar. Algunos de los graznidos tenían un sospechoso parecido con palabras.
—¿Les has estado enseñando a hablar? —preguntó a Sam.
—Un poco. Hay tres que ya saben decir «nieve».
—Ya me parecía demasiado que hubiera uno que graznara mi nombre —replicó Jon—. Y la nieve no es lo mejor que se puede encontrar un hermano negro.
En el norte, la nieve y la muerte a menudo llegaban juntas.
—¿Había algo en Arbolblanco?
—Huesos, cenizas y casas vacías. —Jon tendió a Sam el rollo de pergamino—. El Viejo Oso quiere enviar un mensaje a Aemon.
Sam sacó un pájaro de una de las jaulas, le acarició las plumas y le ató el mensaje.
—Vuela a casa, valiente —le dijo—. A casa. —El cuervo le graznó algo ininteligible y Sam lo lanzó al aire. El pájaro batió las alas y se perdió entre los árboles—. Ojalá pudiera llevarme a mí.
—¿Todavía...?
—Bueno —suspiró Sam—, sí, pero no tengo tanto miedo como al principio, de verdad. La primera noche, cada vez que alguien se levantaba a orinar pensaba que eran los salvajes que venían a cortarme la garganta. Me daba pánico cerrar los ojos por si no volvía a abrirlos. Pero bueno... al final llegó el amanecer. —Consiguió esbozar una sonrisa desvaída—. Soy cobarde, pero no idiota. Estoy magullado, me duele la espalda de tanto cabalgar y de dormir en el suelo, pero ya casi no tengo miedo. Mira. —Extendió una mano para que Jon viera que no le temblaba—. He estado trabajando en mis mapas.
«Qué extraño es el mundo», pensó Jon. Del Muro habían partido doscientos valientes, y el único que no tenía cada vez más miedo era Sam, el cobarde confeso.
—A este paso aún vamos a hacer de ti un explorador —bromeó—. No, si al final querrás ser oteador como Grenn. ¿Quieres que se lo diga al Viejo Oso?
—¡Ni se te ocurra! —Sam se subió la capucha de la enorme capa negra y montó torpemente a lomos de su caballo. Era un caballo de labranza, grandote, lento y torpe, pero que podía cargar con su peso mejor que las monturas más pequeñas de los exploradores—. Tenía la esperanza de que nos quedáramos a pasar la noche en la aldea. Habría estado bien volver a dormir bajo techo.
—Pocos techos para tantos hombres. —Jon montó de nuevo, sonrió a Sam en gesto de despedida y se alejó a caballo. La columna ya se había puesto en marcha, de modo que rodeó la aldea para evitar el atasco. Ya estaba harto de Arbolblanco.
Fantasma apareció entre los arbustos de manera tan repentina que su caballo se asustó y se encabritó. El lobo blanco se alejaba mucho de la columna para cazar, pero no parecía tener más suerte que los cazadores que Smallwood enviaba en busca de piezas. Los bosques estaban tan desiertos como las aldeas, según le había comentado Dywen una noche junto a la hoguera.
—Somos un grupo muy grande —había señalado Jon—. Seguro que hemos asustado a los animales con todo el ruido que hacemos.
—De que se han asustado de algo, no me cabe duda —había contestado Dywen.
Una vez el caballo se calmó, Fantasma trotó a su lado sin problemas. Jon alcanzó a Mormont mientras rodeaba un arbusto espinoso.
—¿Ha enviado el pájaro? —preguntó el Viejo Oso.
—Sí, mi señor. Sam les está enseñando a hablar.
—Ya se arrepentirá. —El Viejo Oso soltó una carcajada burlona—. Los condenados bichos hacen mucho ruido y no dicen nada que valga la pena.
Cabalgaron en silencio. Al final Jon lo rompió.
—Si mi tío descubrió que todas estas aldeas estaban desiertas...
— Habría querido averiguar por qué —terminó Lord Mormont en su lugar—. Y puede que algo o alguien no quisiera que lo averiguase. Bueno, cuando Qhorin se reúna con nosotros seremos trescientos. Si algún enemigo nos espera, no le resultará fácil enfrentarse a nosotros. Los encontraremos, Jon, te lo prometo.
«O ellos nos encontrarán a nosotros», pensó Jon.
ARYA
El río era una cinta verde azulada que brillaba bajo el sol de la mañana. En las aguas bajas de las orillas crecían juncos abundantes, y Arya vio una culebra de agua que zigzagueaba bajo la superficie, dejando a su paso una estela de ondas. Sobre ellos, un halcón volaba dibujando lentos círculos.
Parecía un lugar muy tranquilo... hasta que Koss divisó el cadáver.
—Ahí, entre los juncos.
Señaló con el dedo, y Arya lo vio. Era el cuerpo de un soldado, informe e hinchado. La embarrada capa verde se le había quedado enganchada a un tronco podrido, y un banco de pececillos plateados le estaba mordisqueando el rostro.
—Ya os dije que había muertos —proclamó Lommy—. Se notaba el sabor en el agua.
Al ver el cadáver, Yoren escupió.
—Dobber, ve a ver si lleva algo que valga la pena. La cota de malla, el cuchillo, alguna moneda, lo que sea. —Picó espuelas a su capón para adentrarse en el río, pero el caballo se debatía contra el lodazal, y más allá de los juncos las aguas eran más profundas. Furioso, con el caballo cubierto de limo hasta las rodillas, Yoren tuvo que retroceder—. Por aquí no se puede cruzar. Koss, vendrás conmigo río arriba, vamos a buscar un vado. Gerren, tú ve río abajo. Los demás esperadnos aquí. Poned un guardia.
Dobber encontró una bolsita de cuero colgada del cinturón del cadáver. Dentro había cuatro monedas de cobre y un mechón de cabello rubio atado con una cinta roja. Lommy y Tarber se desnudaron y chapotearon en el agua. Lommy cogió puñados de lodo y se los tiró a Pastel Caliente al grito de «¡Pastel de Barro! ¡Pastel de Barro!». En la parte trasera de su carromato, Rorge les lanzaba maldiciones y amenazas, y les ordenaba que lo desencadenaran ahora que no estaba Yoren, pero nadie le prestó atención. Kurz atrapó un pez con las manos. Arya se fijó en cómo lo hacía, situándose en aguas bajas, tranquilo como las aguas en calma, moviendo la mano rápida como una serpiente cuando se le acercaba un pez. No parecía tan difícil como atrapar gatos. Los peces no tenían zarpas.
Ya era mediodía cuando regresaron los demás. Woth informó sobre un puente de madera a un kilómetro río abajo, pero lo habían quemado. Yoren sacó una hojamarga del fardo.
—Con suerte podríamos hacer nadar a los caballos, tal vez hasta a los burros, pero no hay manera de cruzar con los carromatos. Y al norte y al oeste hay humo, más incendios, quizá nos interese seguir a este lado del río. —Cogió un palo y dibujó en el barro un círculo del que salía una línea—. Esto es el Ojo de Dioses, con el río que corre hacia el sur. Nosotros estamos aquí. —Hizo un agujero junto a la línea del río, bajo el círculo—. No podemos dar un rodeo por la orilla oeste del lago, como había pensado. Por el este volveríamos al camino real. —Movió el palo hasta el punto donde la línea cortaba el círculo—. Por lo que recuerdo, aquí hay una ciudad. La fortaleza es de piedra, el asentamiento de un señor menor. Apenas un torreón, pero tendrán un guardia, y quizá uno o dos caballeros. Si seguimos el río hacia el norte llegaremos antes de que anochezca. Tendrán barcos, así que venderé todo lo que tengamos para contratar uno. —Recorrió con el palo el círculo que representaba el lago, de arriba abajo—. Con la ayuda de los dioses tendremos vientos favorables y cruzaremos el Ojo de Dioses hasta Harrentown. —Clavó la punta en la parte superior del círculo—. Aquí podremos comprar nuevas monturas, o refugiarnos en Harrenhal. Son los dominios de Lady Whent, que siempre ha sido amiga de la Guardia.
—Pero en Harrenhal hay fantasmas... —dijo Pastel Caliente con los ojos abiertos de par en par.
Yoren escupió.
—Eso para tus fantasmas. —Tiró el palo al barro—. Todos a caballo.
Arya recordaba las historias que la Vieja Tata solía contarles sobre Harrenhal. El malvado rey Harren se había hecho fuerte entre sus muros, de manera que Aegon atacó con sus dragones y transformó el castillo entero en una pira. Según la Tata, los espíritus en llamas seguían hechizando los torreones ennegrecidos. Algunas veces los hombres se acostaban en sus lechos, y por la mañana los encontraban muertos, quemados. En realidad Arya no se creía nada de aquello, y además eran cosas que habían pasado hacía mucho tiempo. Pastel Caliente era tonto: en Harrenhal no habría fantasmas, habría caballeros. Arya podría decirles quién era de verdad, y los caballeros la llevarían a su casa y cuidarían de ella. Para eso estaban los caballeros, para cuidar de la gente, sobre todo de las mujeres. A lo mejor Lady Whent ayudaba también a la niña llorona.
El sendero del río no era el camino real, pero no estaba tan mal, y para variar los carromatos podían rodar sin problemas. Divisaron la primera casa una hora antes del ocaso. Era una edificación pequeña, acogedora, con techo de paja y rodeada de trigales. Yoren se adelantó y saludó a gritos, pero no obtuvo respuesta.
—Puede que estén muertos. O que se escondan. Dobber, Rey, venid conmigo. —Los tres hombres entraron en la casa—. Se han llevado todos los cacharros, no hay ni una moneda —murmuró Yoren cuando volvieron—. Tampoco hay animales, seguro que se han escapado. Quizá nos los encontráramos en el camino real.
Al menos la casa y los campos no estaban quemados, y no había cadáveres. Tarber encontró en la parte de atrás un huerto; recogieron rábanos y cebollas, y llenaron un saco con coles antes de partir.
Un poco más adelante vieron la cabaña de un guardabosques, rodeada de árboles viejos y troncos en montones ordenados preparados para hacerlos leña, y poco más allá una choza desvencijada en el río, elevada sobre soportes de madera. Ambas estaban desiertas. Pasaron junto a más campos sembrados, en los que el trigo, el maíz y la cebada maduraban al sol, pero no había hombres apostados en los árboles, ni vigilando los linderos armados con guadañas. Por último avistaron la ciudad: consistía en un puñado de casas blancas que se alzaban en torno a las paredes de la fortaleza, un gran sept con tejado de madera, el torreón del señor sobre un pequeño altozano al oeste... y ni rastro de seres humanos.
Yoren, a caballo, miraba aquello con el ceño fruncido.
—Esto no me gusta —dijo—. Pero aquí estamos. Iremos a echar un vistazo. Con mucho cuidado. Puede que los habitantes estén escondidos. O quizá se dejaran atrás algún barco, o armas que nos podrían ser útiles.
El hermano negro eligió a diez para que se quedaran guardando los carromatos y a la niña llorona, y dividió a los demás en cuatro grupos de cinco miembros cada uno, para registrar la ciudad.
—Estad bien atentos —les advirtió antes de dirigirse hacia la torre para ver si había algún rastro del señor o de sus guardias.
Arya formaba equipo con Gendry, Pastel Caliente y Lommy. Woth, achaparrado y barrigón, había trabajado una vez de remero en una galera, así que era lo más parecido a un marinero que tenían. Por tanto, Yoren les encargó bajar con él hasta el lago para ver si encontraban algún barco. Mientras cabalgaban entre las silenciosas casas blancas, a Arya se le puso la piel de gallina en los brazos. Aquella ciudad desierta la asustaba casi más que la fortaleza quemada donde habían encontrado a la niña llorosa y a la mujer manca. ¿Por qué había huido la gente, dejando atrás sus hogares y sus campos? ¿Qué los había asustado tanto?
El sol se estaba poniendo por el oeste, y las casas proyectaban largas sombras oscuras. Un ruido repentino hizo que Arya hiciera ademán de desenvainar a Aguja, pero sólo era un postigo que el viento sacudía. Tras viajar por los espacios abiertos del río, la estrechez de la ciudad le ponía los nervios de punta.
Cuando divisó el lago, más allá de las casas y los árboles, Arya azuzó al caballo con las rodillas y pasó al galope junto a Woth y a Gendry. Salió a la extensión de hierba que había junto a la orilla pedregosa. El sol poniente hacía que la superficie tranquila de las aguas brillara como una lámina de cobre batido. Era el lago más grande que había visto en su vida, no se divisaba la otra orilla. A la izquierda había una posada de forma irregular, edificada en el mismo lago sobre grandes pilares de madera. A su derecha, un largo atracadero se adentraba en el lago, y más hacia el este se veían otros muelles, como si la ciudad extendiera sus dedos de madera. Pero el único barco a la vista era un bote de remos volcado en las rocas, bajo la posada, con el fondo completamente podrido.
—Se los han llevado —dijo Arya, desmoralizada. ¿Qué iban a hacer?
—Hay una posada —dijo Lommy a los demás cuando los alcanzaron—. ¿Creéis que habrán dejado algo de comida? ¿O cerveza?
—Vamos a ver —sugirió Pastel Caliente.
—Dejaos de posadas —gruñó Woth—. Yoren nos ha dicho que buscáramos un barco.
—Se han llevado los barcos.
Arya estaba segura, sin saber bien por qué; aunque registraran la ciudad de arriba abajo no encontrarían más que el bote volcado. Abatida, descabalgó y se arrodilló junto al lago. El agua le lamió las piernas. Había unas cuantas luciérnagas de lucecillas parpadeantes. Las aguas verdes eran cálidas como lágrimas, pero no sabían a sal. Sabían a verano, a barro y a cosas creciendo. Arya metió la cabeza para lavarse el polvo, la suciedad y el sudor del viaje. Cuando la levantó de nuevo le corrieron regueros por el cuello y por la espalda. Fue agradable. Le habría gustado poder quitarse la ropa y nadar en las aguas cálidas como una nutria. Quizá podría llegar nadando a Invernalia.
Woth la estaba llamando a gritos para que colaborase en la búsqueda, de manera que obedeció y registró los cobertizos para guardar los botes mientras su caballo pastaba en la orilla. Encontraron unas cuantas velas, algunos clavos, cubos de brea endurecida y una gata con una camada de gatitos recién nacidos. Pero ni rastro de embarcaciones.
Cuando Yoren y los demás reaparecieron, la ciudad estaba ya tan oscura como un bosque cualquiera.
—La torre está desierta —dijo—. El señor se ha marchado, puede que a luchar, o tal vez a poner a salvo a los suyos, quién sabe. No hay ni un caballo ni un cerdo en toda la ciudad, pero algo comeremos. He visto un ganso suelto, también unos cuantos pollos, y en el Ojo de Dioses hay pescado abundante.
—También se llevaron las embarcaciones —informó Arya.
—Podríamos arreglar el fondo de aquel bote de remos —dijo Koss.
—Sólo cabríamos cuatro —dijo Yoren.
—Hay clavos —señaló Lommy—. Y árboles por todas partes. Podríamos construir barcos.
—¿Y tú sabes construir barcos, hijo de tintorero? —Yoren escupió.
Lommy lo miró sin expresión.
—Pues una balsa —sugirió Gendry—. Una balsa la construye cualquiera, y buscaríamos pértigas para guiarla.
—El lago es demasiado profundo para atravesarlo con pértigas —dijo Yoren después de quedarse un rato pensativo—, pero si nos quedáramos en las aguas bajas de la orilla... Aunque tendríamos que abandonar los carromatos. Puede que fuera lo mejor. Lo pensaré esta noche.
—¿Podemos dormir en la posada? —preguntó Lommy.
—No —replicó el anciano—, dormiremos en la fortaleza, con las puertas atrancadas—. Cuando duermo me gusta tener alrededor paredes bien sólidas.
—No deberíamos quedarnos aquí —barbotó Arya sin poder contenerse—. Los habitantes se marcharon. Huyeron todos, incluido su señor.
—Arry tiene miedo —anunció Lommy entre rebuznos de risa.
—No tengo miedo —replicó ella—. Pero es verdad, se marcharon.
—Chico listo —dijo Yoren—. Lo que importa es que los que vivían aquí estaban en guerra, les gustara o no. Nosotros no. La Guardia de la Noche no toma partido, así que nadie es nuestro enemigo.
«Ni nuestro amigo», pensó Arya, aunque en aquella ocasión consiguió controlarse y no decirlo en voz alta. Lommy y los demás la estaban mirando, y no quería parecerles cobarde.
Las puertas de la fortaleza estaban tachonadas con clavos de hierro. Dentro encontraron un par de barras de hierro del tamaño de árboles pequeños. Había agujeros en el suelo y abrazaderas metálicas en la puerta. Cuando pasaron las barras por las abrazaderas, quedaron formando una gran X. Una vez exploraron la fortaleza de arriba abajo, Yoren anunció que no era precisamente la Fortaleza Roja, pero sí mejor que la mayoría, y les serviría perfectamente para una noche. Los muros eran de piedra basta sin mortero, de tres metros de altura. Con una pasarela de madera entre las almenas. Había una poterna al norte, y Gerren descubrió una trampilla bajo la paja de un viejo cobertizo de madera, que cubría un túnel largo y serpenteante. Lo siguió un buen trecho bajo tierra y fue a salir al lago. Yoren los hizo empujar un carromato para situarlo sobre la trampilla, de manera que nadie pudiera entrar por allí y sorprenderlos. Los dividió en tres grupos para montar las guardias, y envió a Tarber, a Kurz y a Cutjack a la torre abandonada para vigilar desde lo alto. Kurz tenía un cuerno de caza, y lo haría sonar en caso de que los amenazara algún peligro.
Metieron en la fortaleza los carromatos y los caballos, y atrancaron las puertas. El granero era una edificación destartalada en la que habrían cabido la mitad de los animales de la ciudad. El refugio, donde los habitantes se metían en momentos de peligro, era un edificio aún más grande, de piedra, bajo y alargado con tejado de paja. Koss salió por la poterna y regresó con el ganso y dos pollos, y Yoren dio permiso para que se encendiera una hoguera. Dentro de la fortaleza había una gran cocina, aunque se habían llevado todas las cazuelas y calderos. Les tocó cocinar a Gendry, Dobber y Arya. Dobber ordenó a Arya que desplumara las aves mientras Gendry cortaba leña.
—¿Por qué no puedo cortar leña yo? —preguntó. Pero nadie le hizo caso. Con gesto hosco, se sentó a desplumar un pollo, mientras Yoren afilaba la daga con una piedra de amolar.
Cuando la cena estuvo lista, Arya comió un muslo de pollo y un trozo de cebolla. Nadie tenía ganas de hablar, ni siquiera Lommy. Después, Gendry se apartó del resto para sacarle brillo a su yelmo. Por la expresión de su rostro era como si ni siquiera estuviera allí. La niña llorona gemía y sollozaba, pero cuando Pastel Caliente le dio un trocito de ganso lo devoró y se quedó esperando más.
A Arya le había correspondido la segunda guardia, de manera que se buscó un colchón de paja en el refugio. Le costaba dormirse, así que pidió prestada la piedra de amolar a Yoren para afilar a Aguja. Syrio Forel le había dicho que una espada roma era como un caballo cojo. Pastel Caliente se acuclilló junto a su colchón y la observó trabajar.
—¿De dónde has sacado una espada tan buena como ésa? —preguntó. Al ver la mirada que le lanzó Arya, alzó las manos en gesto defensivo—. No he dicho que la robaras, sólo quería saber de dónde la has sacado, nada más.
—Me la regaló mi hermano —murmuró.
—No sabía que tenías un hermano.
Arya dejó de afilar la espada un instante para rascarse por debajo de la camisa. En la paja había pulgas, aunque no había motivo para que se preocupase por unas pocas más.
—Tengo muchos hermanos.
—¿De verdad? ¿Son mayores que tú o más pequeños?
«No debería hablar de esto. Yoren me dijo que tuviera la boca cerrada.»
—Mayores —mintió—. Y ellos también tienen espadas, espadas enormes, y me enseñaron a matar a los que me molestaban.
—Te estaba hablando, no molestando.
Pastel Caliente se alejó, y Arya se acurrucó en la paja. Desde el otro lado del refugio le llegaban los gimoteos de la niña llorona. «¿Por qué no se calla? ¿Por qué se pasa el día llorando?»
Debió de quedarse dormida, aunque no recordaba haber cerrado los ojos. Soñó con un lobo que aullaba, y el sonido era tan espantoso que se despertó de repente. Se sentó en la paja, con el corazón latiéndole a toda velocidad.
—Pastel, despierta. —Se puso en pie y empezó a calzarse—. Woth, Gendry, ¿no lo habéis oído?
A su alrededor, los hombres y los muchachos se movieron y se incorporaron en sus lechos de paja.
—¿Qué pasa? —preguntó Pastel Caliente.
—¿Que si hemos oído qué? —quiso saber Gendry.
—Arry ha tenido una pesadilla —dijo alguno.
—No, de verdad, lo he oído —insistió—. Era un lobo.
—Arry tiene lobos en la cabeza —se burló Lommy.
—Que aúllen lo que quieran —le dijo Gerren—. Están afuera, y nosotros dentro.
—Nunca se ha sabido de un lobo que pudiera asaltar una fortaleza —acordó Woth.
—Pues yo no he oído nada —insistió Pastel Caliente.
—¡Era un lobo! —les gritó al tiempo que se ponía la segunda bota—. ¡Pasa algo, viene alguien, levantaos!
Antes de que tuvieran ocasión de abuchearla de nuevo, el sonido les llegó a todos, vibrando en la noche. Pero no era el aullido de un lobo, sino el cuerno de caza de Kurz que daba la señal de peligro. En un instante todos estuvieron de pie, vistiéndose y echando mano de las armas que poseían. Arya corrió hacia la puerta en el momento en que el cuerno sonaba de nuevo. Al pasar junto al granero, Mordedor tironeó de sus cadenas con rabia, y Jaqen H'ghar la llamó desde la parte trasera de su carromato.
—¡Chico! ¡Chico guapo! ¿Es guerra, guerra roja? Suéltanos, chico. Uno puede luchar. ¡Chico!
Arya no le hizo caso y siguió corriendo. Para entonces ya oía el piafar de los caballos y los gritos al otro lado del muro.
Subió a trompicones a la pasarela. Las almenas eran demasiado altas o Arya demasiado baja; tuvo que meter los dedos de los pies entre las piedras para poder ver por encima. Por un momento le pareció que la ciudad se había llenado de luciérnagas. Luego se dio cuenta de que eran hombres con antorchas, que galopaban entre las casas. Vio cómo prendían fuego a un tejado de paja, y las llamas lamían el vientre de la noche con lenguas anaranjadas. Luego hubo otro incendio, y otro más, y pronto hubo fuegos por todas partes.
—¿Cuántos? —preguntó Gendry al llegar junto a ella con el yelmo puesto.
Arya trató de contarlos, pero cabalgaban demasiado deprisa, y las antorchas giraban en el aire cuando las lanzaban a las casas.
—Cien —dijo—. O doscientos, no sé. —Alcanzó a oír los gritos por encima del rugido de las llamas—. No tardarán en venir a por nosotros.
—Mira —señaló Gendry. Una columna de jinetes avanzaba entre los edificios en llamas hacia la fortaleza. El fuego arrancaba destellos de los yelmos de metal, y salpicaba las corazas y cotas de malla con reflejos amarillos y anaranjados. Uno llevaba un estandarte en lo alto de una lanza larga. A Arya le pareció rojo, pero no habría podido asegurarlo en la oscuridad, entre tantos fuegos. Todo parecía rojo, negro o naranja.
El fuego pasaba de una casa a otra. Arya vio cómo consumía un árbol, cómo las llamas se propagaban por las ramas hasta que pareció cubierto por una túnica viva de color naranja. Todos estaban ya despiertos y en las almenas, o tratando de controlar a los caballos aterrados. Oyó a Yoren gritar órdenes. Algo le dio en una pierna, y al bajar la vista vio que la niña llorona se le había abrazado al tobillo.
—¡Lárgate! —Sacudió la pierna para liberarse—. ¿Qué haces aquí arriba? ¡Ve a esconderte, idiota! —Empujó a la niña para que se fuera.
Los jinetes se detuvieron ante las puertas de la fortaleza.
—¡Eh, los de dentro! —gritó un caballero que llevaba un yelmo alto acabado en una púa—. ¡Abrid en nombre del rey!
—¿De qué rey? —le gritó el viejo Reysen antes de que Woth pudiera taparle la boca.
Yoren subió a las almenas junto a la puerta, con la descolorida capa negra atada a un bastón de madera.
—¡Eh, los de abajo! —gritó—. ¡Los de la ciudad se han marchado!
—¿Y tú quién eres, viejo? ¿Uno de los cobardes de Lord Beric? —replicó el caballero del yelmo rematado en una púa—. ¡Si ese gordo idiota de Thoros está contigo, pregúntale si le gustan estos fuegos!
—Aquí no hay nadie que se llame así —respondió Yoren, siempre a gritos—. Sólo unos cuantos chicos para la Guardia. No tenemos nada que ver con vuestra guerra. —Alzó el cayado para que todos vieran el color de la capa—. Mirad esto. Es negro, el negro de la Guardia de la Noche.
—O el negro de la Casa Dondarrion —dijo el hombre que llevaba el estandarte enemigo; los colores se veían mejor en ese momento, a la luz de la ciudad en llamas: un león dorado sobre campo rojo—. El blasón de Lord Beric es un rayo púrpura sobre campo negro.
De pronto, Arya recordó la mañana en que había tirado una naranja a Sansa a la cara, y le había manchado de zumo el estúpido vestido de seda color marfil. En el torneo había un señor menor procedente del sur; la estúpida de Jeyne, la amiga de su hermana, se había enamorado de él. Llevaba un rayo pintado en el escudo, y su señor padre le había encomendado la misión de decapitar al hermano del Perro. Parecía que había sucedido hacía mil años, y a otra persona diferente, con una vida diferente... A Arya Stark, la hija de la Mano, no a Arry, el huérfano. ¿Cómo iba Arry a conocer a aquellos señores?
—¿Acaso estás ciego? —Yoren agitó su cayado de manera que la capa ondeara—. ¿Ves algún rayo de mierda?
—De noche todos los blasones parecen negros —señaló el caballero del yelmo de la púa—. Abrid si no queréis que os consideremos forajidos aliados con los enemigos del rey.
Yoren escupió.
—¿Quién es tu comandante?
—Yo. —Los reflejos de las casas en llamas iluminaron la armadura de su caballo de guerra cuando los demás se apartaron para dejarle paso. Era un hombre fornido, con una manticora pintada en el escudo y un adorno de volutas en la coraza. Lo miró a través del visor abierto del yelmo. Tenía el rostro blanco y porcino—. Ser Amory Lorch, vasallo de Lord Tywin Lannister de Roca Casterly, la Mano del Rey. De Joffrey, el verdadero rey. —Tenía una voz aguda y chillona—. Te ordeno en su nombre que abras estas puertas.
La ciudad ardía en torno a ellos. El aire nocturno estaba lleno de humo, y las brasas rojas arrastradas por el viento eran más numerosas que las estrellas. Yoren frunció el ceño.
—No veo la razón. Haz lo que quieras con la ciudad, eso a mí no me importa, pero déjanos en paz. No somos tus enemigos.
«Mira con los ojos», hubiera querido gritar Arya al hombre de abajo.
—¿No ven que no somos señores ni caballeros? —susurró.
—No creo que eso les importe, Arry —susurró Gendry a sus espaldas.
Entonces observó el rostro de Ser Amory tal como Syrio le había enseñado a observar, y comprendió que tenía razón.
—Si no sois traidores, abrid las puertas —gritó Ser Amory—. Comprobaremos que decís la verdad y seguiremos nuestro camino.
Yoren no dejaba de masticar hojamarga.
—Ya os lo he dicho, aquí no hay nadie más que nosotros. Os doy mi palabra.
—El cuervo nos da su palabra. —El caballero del yelmo con la púa soltó una carcajada.
—¿Te has perdido, viejo? —se burló uno de los lanceros—. El Muro está mucho más al norte.
—En nombre del rey Joffrey, te ordeno una vez más que abras las puertas para demostrar que le profesas lealtad —ordenó Ser Amory.
Yoren meditó durante un largo momento, sin dejar de masticar. Luego escupió.
—No.
—Como queráis. Desafiáis una orden del rey, de manera que os proclamáis rebeldes, con o sin capas negras.
—Aquí sólo tengo a unos muchachos —le gritó Yoren.
—Los muchachos y los ancianos mueren de la misma manera. —Ser Amory alzó un puño con gesto lánguido, y una lanza salió volando desde las sombras iluminadas por los incendios, a su espalda. El objetivo debía de ser Yoren, pero fue a clavarse en Woth, que estaba detrás de él. La punta de la lanza le penetró por la garganta y le salió por la parte de atrás del cuello, oscura y húmeda. Woth agarró el asta con ambas manos y cayó inerte de la pasarela.
—Asaltad los muros y matadlos a todos —dijo Ser Amory con hastío.
Volaron más lanzas. Arya tironeó de la túnica de Pastel Caliente hasta que consiguió que se agachara.
Desde el exterior le llegó el sonido metálico de las armaduras, el roce de las espadas al salir de las vainas, los golpes de las lanzas contra los escudos mezclados con maldiciones y con el retumbar de los cascos de los caballos al galope. Una antorcha describió una parábola sobre sus cabezas y cayó al suelo de tierra del patio dejando un rastro de dedos de fuego.
—¡Espadas! —gritó Yoren—. Dispersaos, defended el muro, que no entren. Koss, Urreg, id a defender la poterna. Lommy, sácale esa lanza a Woth y ponte donde estaba él.
A Pastel Caliente se le cayó la espada corta cuando la desenvainaba, Arya la recogió y se la puso en la mano.
—No sé pelear con esto —dijo el muchacho con los ojos desmesuradamente abiertos.
—Es muy fácil —dijo Arya, pero la mentira murió en su garganta cuando una mano apareció por encima del parapeto.
La vio a la luz de la ciudad en llamas, tan clara que fue como si el tiempo se detuviera. Los dedos eran cortos, encallecidos, con pelos negros como alambres debajo de los nudillos, la uña del pulgar estaba muy sucia. «El miedo hiere más que las espadas», recordó al ver aparecer tras la mano la parte superior de un yelmo.
Descargó un golpe con todas sus fuerzas, y Aguja, acero forjado en castillo, mordió los dedos a la altura de los nudillos.
—¡Invernalia! —gritó. La sangre brotó, los dedos volaron, y el rostro cubierto por el yelmo desapareció tan deprisa como había aparecido.
—¡Detrás de ti! —chilló Pastel Caliente.
Arya se volvió. El segundo hombre era un barbudo sin casco; llevaba la daga entre los dientes para poder usar las dos manos para trepar. En el momento en que levantaba la pierna para saltar el parapeto, la niña le lanzó una estocada a los ojos. Aguja no llegó a tocarlo: se tambaleó hacia atrás y cayó.
«Ojalá aterrice de bruces y se corte la lengua.»
—¡Míralos a ellos, no a mí! —gritó a Pastel Caliente.
La siguiente vez que un hombre intentó entrar por su parte del muro, el chico le lanzó tajos a las manos con su espada corta hasta que cayó.
Ser Amory no disponía de escaleras, pero las murallas eran de piedra basta sin mortero, fáciles de escalar, y los enemigos parecían no tener fin. Por cada uno que recibía los tajos, estocadas o empujones de Arya, otro aparecía por encima del muro. El caballero del yelmo acabado en punta llegó al baluarte, pero Yoren le echó el estandarte negro sobre la cabeza y, mientras trataba de liberarse del trapo, le clavó la daga a través de la armadura. Cada vez que Arya alzaba la vista veía más antorchas surcar el cielo, dejando a su paso largas estelas de llamas que persistían en el fondo de sus ojos por mucho que parpadeara. Vio un estandarte rojo con un león dorado y se acordó de Joffrey. Habría dado cualquier cosa por tenerlo delante para clavarle a Aguja en el rostro burlón.
Cuatro hombres atacaron la puerta con sus hachas, y Koss los abatió uno por uno con sus flechas. Dobber luchó con otro en la pasarela hasta que lo derribó, y Lommy le aplastó la cabeza con una piedra antes de que pudiera levantarse. Celebró la victoria con aullidos de alegría, hasta que vio el cuchillo clavado en el vientre de Dobber, y comprendió que él tampoco se volvería a levantar. Arya saltó sobre el cadáver de un muchacho que no sería mayor que Jon, al que habían cortado un brazo. Creía que no había sido ella, pero no estaba segura. Oyó cómo Qyle suplicaba clemencia justo antes de que un caballero con una avispa en el escudo le destrozara el rostro con una maza de púas. El olor a sangre y a humo lo impregnaba todo, mezclado con el del hierro y la orina, pero al cabo de un rato se fundían en un hedor único. No vio al hombre flaco que consiguió salvar el muro, pero cuando fue consciente de su presencia cayó sobre él junto con Gendry y Pastel Caliente. La espada de Gendry le destrozó el yelmo y se lo arrancó. Era calvo y con cara de miedo, le faltaban algunos dientes y tenía hebras grises en la barba, pero al mismo tiempo que sentía pena por él lo estaba matando al grito de «¡Invernalia! ¡Invernalia!», mientras Pastel Caliente gritaba «¡Pastel Caliente!» junto a ella y lanzaba tajos al cuello huesudo del caído.
Cuando el hombre flaco estuvo muerto, Gendry le quitó la espada y saltó al patio en busca de más rivales. Arya lo siguió con la mirada, y vio por doquier sombras de acero, mientras las llamas arrancaban destellos de las espadas y las cotas de malla. Saltó junto a Gendry y cayó tal como Syrio le había enseñado. La noche resonaba con el choque del acero contra el acero y los gritos de los heridos y los moribundos. Arya titubeó un momento, sin saber hacia dónde dirigirse. La muerte la rodeaba por todas partes.
Y en aquel momento Yoren apareció junto a ella y la sacudió por los hombros.
—¡Chico! —le gritó a la cara, igual que gritaba siempre—. ¡Lárgate de aquí, se acabó, hemos perdido! Recoged todo lo que podáis, vosotros dos, y sacad a los otros chicos de aquí. ¡Venga!
—¿Cómo? —preguntó Arya.
—La trampilla —gritó Yoren—. Debajo del granero.
Y sin más se alejó, espada en mano, para seguir luchando. Arya agarró a Gendry por el brazo.
—Ha dicho que nos marchemos —le gritó—. Por el granero.
Los ojos del Toro reflejaban las llamas a través de las rendijas del yelmo. Asintió. Llamaron a gritos a Pastel Caliente para que bajara de la muralla, y encontraron a Lommy Manosverdes, tendido en el suelo y sangrando por una herida de lanza en la pantorrilla. También encontraron a Gerren, pero estaba muy malherido y no se podía mover. Corrieron hacia el granero, y en aquel momento Arya vio a la niña llorona, en medio del caos, rodeada de humo y muerte. La agarró de la mano y la obligó a ponerse en pie mientras los demás se adelantaban. La niña no quería andar, ni siquiera cuando la abofeteó, de manera que Arya la tuvo que arrastrar con la mano derecha mientras esgrimía a Aguja con la izquierda. Ante ella la noche se había teñido de un rojo sombrío. «El granero está ardiendo», pensó. Una antorcha había caído sobre la paja, las llamas lamían las paredes, y se oían los gritos de los animales atrapados en el interior. Pastel Caliente se asomó por la puerta.
—¡Corre, Arry! ¡Lommy ya ha salido, si la cría no quiere venir, déjala!
Arya, testaruda, la arrastró con más fuerza. Pastel Caliente desapareció de nuevo hacia el interior, dejándolas abandonadas... pero Gendry corrió hacia ellas. El fuego arrancaba destellos del yelmo, tan pulido que los cuernos parecían tener un aura color naranja brillante. Se echó a la niña sollozante al hombro.
—¡Corre!
Entrar en el granero era como adentrarse en un horno. El aire estaba lleno de humo, y la pared posterior era una cortina de fuego del suelo al techo. Los caballos y los burros coceaban, relinchaban y se encabritaban. «Pobres animales», pensó Arya. En aquel momento vio el carromato y a los tres hombres encadenados en el interior. Mordedor se debatía contra las cadenas, los grilletes se le habían clavado en las muñecas y la sangre le corría por los brazos. Rorge maldecía a gritos y pateaba la madera.
—¡Chico! —la llamó Jaqen H'ghar—. ¡Chico guapo!
La trampilla abierta estaba a poco más de un metro, pero el fuego se extendía con rapidez, consumía la madera vieja y la paja seca a una velocidad que parecía increíble. Arya recordó el espantoso rostro quemado del Perro.
—El túnel es estrecho —gritó Gendry—. ¿Cómo la vamos a sacar?
—A tirones —respondió Arya—. A empujones.
—Chicos buenos, chicos guapos —los llamó Jaqen H'ghar entre toses.
—¡Quitadme estas putas cadenas! —gritó Rorge.
—Pasa tú primero —dijo Gendry sin hacerles caso—, luego la niña y después yo. Date prisa, hay un trecho largo.
Arya recordó algo.
—Después de cortar la leña, ¿dónde dejaste el hacha?
—Afuera, junto al refugio. —Echó un vistazo a los hombres encadenados—. Antes salvaría a los burros. No tenemos tiempo.
—¡Llévatela! —le gritó—. ¡Sácala de aquí! ¡Corre! —El fuego le golpeó la espalda con alas al rojo vivo cuando salió corriendo del granero. En el exterior la temperatura fresca era una bendición, pero a su alrededor morían hombres y más hombres. Vio cómo Koss bajaba la espada en gesto de rendición, y vio cómo lo mataban allí mismo. Había humo por todas partes. De Yoren no se veía ni rastro, pero el hacha estaba donde Gendry la había dejando, junto al montón de leña que había al lado del refugio. Mientras la arrancaba del tronco al que estaba clavada, una mano enfundada en un guante de malla la agarró por el brazo. Arya se giró y asestó un hachazo contra las piernas de su atacante. No llegó a verle la cara, sólo la sangre oscura que manaba entre los eslabones de su loriga.
Volver a entrar en el granero fue lo más difícil que había hecho en su vida. El humo salía por la puerta abierta como una serpiente negra, y se oían los gritos de los pobres animales atrapados en el interior, burros, caballos y hombres. Se mordió el labio y cruzó la puerta a toda velocidad, encorvada para respirar mejor donde el humo no era tan denso.
Había un burro atrapado en un círculo de fuego, el animal lanzaba rebuznos angustiados de pánico y de dolor. Le llegó el hedor del pelo al quemarse. El techo había desaparecido, y todavía caían trozos de madera en llamas, junto con briznas de paja y heno. Arya se cubrió la nariz y la boca con una mano. El humo le impedía ver el carromato, pero aún oía los gritos de Mordedor. Avanzó agachada hacia el sonido.
Y de pronto se encontró delante de la enorme rueda. El carromato saltó literalmente, se movió un palmo cuando Mordedor volvió a tirar de las cadenas con fuerza brutal. Jaqen la vio, pero costaba mucho respirar, y aún más hablar. Lanzó el hacha al interior del carromato. Rorge la cogió y la alzó sobre su cabeza, mientras por el rostro sin nariz le corrían regueros de sudor negro. Arya echó a correr entre toses. Oyó el ruido del acero contra la madera vieja del carromato, una vez, y otra, y otra, hasta que la base se soltó con una explosión de astillas.
Arya se lanzó al túnel de cabeza y cayó un metro y medio. Se le llenó la boca de tierra, pero no le importó, hasta le supo bien. Era un sabor a barro, a gusanos, a vida. Bajo la tierra el aire era fresco y reinaba la oscuridad. Arriba no había más que sangre, llamas rojas, humo asfixiante, y relinchos de caballos moribundos. Se movió el cinturón para que Aguja no la entorpeciera y empezó a reptar. Apenas había recorrido cuatro metros de túnel cuando oyó un sonido a sus espaldas, como el rugido de una bestia monstruosa, y una nube de humo caliente y polvo negro le llegó con olor a infierno. Arya contuvo el aliento, se tiró de bruces al suelo del túnel y lloró. No habría sabido decir por quién.
TYRION
La reina no tenía la menor intención de esperar a Varys.
—La traición ya es un crimen —declaró, furiosa—, pero esto es una verdadera villanía, y no necesito que ese eunuco remilgado me diga qué hay que hacer con los villanos.
Tyrion cogió las cartas que su hermana tenía en la mano, las puso juntas y las comparó. Eran dos copias, la redacción era idéntica, aunque las caligrafías fueran diferentes.
—El maestre Frenken recibió la primera carta en el castillo Stokeworth —explicó el Gran Maestre Pycelle—. La segunda copia llegó a través de Lord Gyles.
—Si Stannis se ha molestado en enviarlas a esos dos —dijo Meñique pasándose un dedo por la barba—, es más que seguro que el resto de los señores de los Siete Reinos también habrán recibido una copia.
—Quiero que se quemen esas cartas —exigió Cersei—, de la primera a la última. Ni mi hijo ni mi padre deben oír el menor rumor al respecto.
—Sospecho que a estas alturas a nuestro padre le habrá llegado bastante más que un rumor —replicó Tyrion con tono seco—. Seguro que Stannis envió un pájaro a Roca Casterly y otro a Harrenhal. En cuanto a lo de quemar las cartas, no serviría de nada. La canción se ha cantado, el vino se ha derramado, la puta se ha quedado preñada. Y en realidad no es tan espantoso como parece.
—¿Has perdido la cabeza? —Cersei clavó en él unos ojos verdes llenos de ira—. ¿No has leído lo que dice ahí? ¡«El niño Joffrey», dice! ¡Y tiene la osadía de acusarme de incesto, adulterio y traición!
«Sólo porque es verdad. —Era increíble lo airada que se podía mostrar Cersei por unas acusaciones que sabía que eran ciertas—. Si perdemos la guerra, puede dedicarse al teatro. Tiene talento.»
—Stannis necesita algún pretexto para justificar su rebelión —dijo cuando su hermana hubo terminado—. ¿Qué querías que dijera? ¿«Joffrey es el hijo y heredero legítimo de mi hermano, pero a mí qué, pienso arrebatarle el trono»?
—¡No toleraré que diga que soy una prostituta!
«Vamos, hermana, en ningún momento ha insinuado que Jaime te pagara.» Tyrion repasó el texto de nuevo. Había una minucia que le llamaba la atención...
—«Escrito a la luz del Señor» —leyó en voz alta—. Extraña formulación, ¿verdad?
Pycelle carraspeó antes de hablar.
—Es una frase que aparece a menudo en cartas y documentos procedentes de las Ciudades Libres. No significa nada más que «escrito ante los ojos de dios», por ejemplo. El dios de los sacerdotes rojos. Tengo entendido que es una convención.
—Varys nos dijo hace unos años que Lady Selyse tenía en gran estima a un sacerdote rojo —les recordó Meñique.
—Pues por lo visto se lo ha contagiado a su señor esposo. —Tyrion dio unos golpecitos al papel con el dedo—. Es una circunstancia que podemos utilizar contra él. Que el Septon Supremo proclame cómo Stannis se ha vuelto contra los dioses, igual que contra su legítimo rey...
—Sí, sí —se impacientó Cersei—. Pero antes tenemos que impedir que esta basura se siga extendiendo. El Consejo debe promulgar un edicto. A cualquiera que hable de incesto o diga que Joff es un bastardo se le cortará la lengua.
—Una medida muy prudente —dijo el Gran Maestre Pycelle; los eslabones de la cadena tintinearon cuando asintió.
—Una estupidez —suspiró Tyrion—. Si le cortas la lengua a un hombre no demuestras que estuviera mintiendo, demuestras que no quieres que el mundo oiga lo que pueda decir.
—¿Y qué sugieres que hagamos? —exigió saber su hermana.
—Bien poca cosa. Deja que hablen lo que quieran, no tardarán en aburrirse. Cualquiera que tenga una pizca de sentido común se dará cuenta de que no es más que un torpe intento de justificar su intención de usurpar la corona. ¿Acaso presenta Stannis alguna prueba? —Tyrion dedicó a su hermana la más dulce de las sonrisas—. ¿Cómo podría, si todo es mentira?
—Cierto —tuvo que decir ella—. Pero, aun así...
—Alteza, vuestro hermano tiene razón. —Petyr Baelish juntó las yemas de los dedos—. Si tratamos de acallar esos rumores no haremos más que darles verosimilitud. Es mejor tratarlos con desprecio, como la mentira patética que son. Y, entretanto, combatir el fuego con fuego.
—¿Qué tipo de fuego? —Cersei lo miró con atención.
—Tal vez una historia de la misma naturaleza. Pero más fácil de creer. Lord Stannis ha pasado la mayor parte de su matrimonio alejado de su esposa. No se lo critico, si yo estuviera casado con Lady Selyse haría lo mismo. No obstante, si hacemos correr el rumor de que su hija es bastarda y Stannis no es más que un cornudo... Bueno, el pueblo siempre está dispuesto a pensar lo peor de sus señores, sobre todo si son tan estrictos, amargados y antipáticos como Stannis Baratheon.
—Eso es verdad, no lo aprecian mucho. —Cersei meditó un instante—. Así que le pagamos con su misma moneda. Sí, me parece muy bien. ¿A quién podríamos señalar como amante de Lady Selyse? Creo recordar que tiene dos hermanos. Y uno de sus tíos la ha acompañado en todo momento en Rocadragón...
—Su castellano es Ser Axell Florent. —Tyrion detestaba tener que reconocerlo, pero el plan de Meñique era prometedor. Stannis nunca había estado enamorado de su esposa, pero en lo que a su honor respectaba parecía un erizo, y era por naturaleza ansioso y desconfiado. Si conseguían sembrar la discordia entre sus seguidores y él, saldrían beneficiados—. Me han dicho que la niña tiene las orejas de los Florent.
Meñique asintió con gesto lánguido.
—Un mercader de Lys me dijo en cierta ocasión que Lord Stannis debía de querer mucho a su hija, ya que había ordenado que se erigieran cientos de estatuas de ella a lo largo de los muros de Rocadragón. Tuve que explicarle que eran gárgolas. —Soltó una risita—. Ser Axell no estaría mal como padre de Shireen, pero cuanto más estrafalaria y extravagante sea una historia, más probable es que la gente la repita una y otra vez, lo digo por experiencia. Stannis tiene un bufón muy grotesco, un retrasado mental con tatuajes en la cara.
—¡No pretenderéis sugerir que Lady Selyse se ha acostado con un idiota! —El Gran Maestre Pycelle lo miraba pasmado.
—Para acostarse con Selyse Florent hay que ser un idiota —señaló Meñique—. Y las mejores mentiras son las que contienen una chispa de verdad, la justa para que los que las oigan se paren a pensar un momento. Da la casualidad de que ese bufón adora a la niña y la sigue a todas partes. Hasta tienen cierto parecido físico. Shireen también tiene el rostro marcado y medio paralizado.
—Pero eso es por la psoriagris que casi acabó con la pobrecilla cuando no era más que un bebé. —Pycelle seguía sin comprender.
—Yo prefiero mi versión —dijo Meñique—. Y lo mismo le pasará al pueblo. Muchos creen que si una mujer embarazada come conejo, el niño nacerá con orejas largas y caídas.
—Lord Petyr, sois un verdadero infame. —Cersei sonrió con una sonrisa que solía reservar para Jaime.
—Gracias, Alteza.
—Y un excelente mentiroso —añadió Tyrion en tono mucho menos cálido. «Éste es más peligroso de lo que imaginaba», pensó.
Los ojos verdes de Meñique sostuvieron la mirada del enano sin el menor atisbo de incomodidad. Ni siquiera parecía afectarle que fueran cada uno de un color.
—Cada uno tiene su talento, mi señor.
La reina estaba demasiado concentrada en su venganza para percibir el enfrentamiento.
—¡Cornudo por obra y gracia de un bufón subnormal! Stannis será motivo de burla en todas las tabernas a este lado del mar Angosto.
—La historia no debe partir de nosotros —señaló Tyrion—, o la gente la considerará una mentira inventada para beneficiarnos.
«O sea, exactamente lo que es.»
Una vez más fue Meñique quien aportó la solución.
—Las prostitutas son muy dadas a los chismorreos, y da la casualidad de que poseo dos o tres burdeles. Y no me cabe duda de Varys puede esparcirlos por las tabernas y tenderetes de calderos.
—Varys. —Cersei frunció el ceño—. ¿Dónde estará?
—Eso mismo me preguntaba yo, Alteza.
—La Araña teje sus redes secretas día y noche —dijo el Gran Maestre Pycelle con tono ominoso—. Mis señores, yo no confío en él.
—Con lo bien que habla él siempre de vos. —Tyrion se bajó con dificultades de la silla. Sabía qué estaba haciendo el eunuco, pero no consideró necesario compartir esa información con el resto de los consejeros—. Disculpadme, mis señores. Tengo otros asuntos pendientes.
—¿Asuntos del rey? —Cersei lo miró con desconfianza.
—Nada que deba preocuparte.
—Eso lo decidiré yo.
—¿Qué quieres, estropearme la sorpresa? —dijo Tyrion—. Estoy encargando un regalo para Joffrey. Una cadenita.
—¿Para qué quiere otra cadena? Ya tiene cadenas de oro y plata, tantas que no se las puede poner todas. Si crees que puedes comprar con regalos el amor de Joffrey...
—¿Qué dices? Si ya tengo el amor de Joffrey, igual que él tiene el mío. En cuanto a esta cadena, confía en mí, algún día la valorará más que todas las otras juntas. —El hombrecillo hizo una reverencia y anadeó hacia la salida.
Bronn lo esperaba en el exterior de la sala del Consejo para escoltarlo de vuelta a la Torre de la Mano.
—Los herreros están en tu sala de audiencias, esperan tu venia —le dijo mientras cruzaban la gran sala.
—Esperan mi venia. Me gusta cómo suena eso, Bronn. Casi te expresas como un cortesano. Antes de que te des cuenta estarás hincando una rodilla en tierra para hablarme.
—Anda y que te jodan, enano.
—Eso es cosa de Shae. —Tyrion oyó que Lady Tanda lo llamaba con voz alegre desde la cima de la gran escalinata. Fingió que no la oía y aceleró el paso—. Encárgate de que me tengan preparada la litera, en cuanto acabe me iré del castillo.
Dos de los Hermanos de la Luna montaban guardia ante la puerta. Tyrion los saludó con cortesía e hizo una mueca al empezar a subir las escaleras. El tramo que había hasta su alcoba hacía que le dolieran las piernas.
En la estancia se encontró con un chico de doce años que le estaba haciendo la cama. Era su escudero, Podrick Payne, un muchacho tan tímido que parecía furtivo. Tyrion seguía con la sensación de que su padre lo había puesto a sus órdenes para reírse de él.
—Vuestras ropas, mi señor —musitó el chico mientras se miraba las botas. Pod nunca juntaba valor suficiente para mirar a los ojos, ni siquiera cuando se animaba a hablar en voz alta—. Para la audiencia. Y vuestra cadena. La cadena de la Mano.
—Muy bien. Ayúdame a vestirme.
El jubón era de terciopelo negro cubierto de botones dorados en forma de cabezas de león. Los eslabones de la cadena eran manos de oro macizo cuyos dedos agarraban la muñeca de la mano siguiente. Pod le entregó una capa de seda escarlata y ribetes de oro, cortada para adecuarla a su estatura. En un hombre normal no sería más que media capa.
La sala privada de audiencias de la Mano no era tan grande como la del rey, y resultaba mucho más pequeña que la inmensa sala del trono, pero a Tyrion le gustaban aquellas alfombras de Myr, los tapices y la sensación de intimidad.
—¡Tyrion Lannister, Mano del Rey! —gritó su mayordomo cuando entró.
Aquello también le gustaba. Los herreros, armeros y mercaderes del hierro que Bronn había reunido hincaron la rodilla en el suelo.
Se encaramó a la silla alta que había bajo una ventana redonda dorada, y dio permiso para que se levantaran.
—Señores, sé que todos estáis muy ocupados, así que seré breve. Pod, por favor. —El muchacho le tendió una saca de lona. Tyrion desató el cordel y la volcó. El contenido cayó sobre la alfombra con un sonido sordo de metal contra lana—. Encargué que hicieran éstos en la fragua del castillo. Necesito mil más iguales.
Uno de los herreros se arrodilló para examinar el objeto: eran tres inmensos eslabones de acero entrelazados.
—Una cadena muy fuerte.
—Fuerte, pero pequeña —replicó el enano—. Más o menos como yo. La quiero mucho, mucho más larga. ¿Cuál es tu nombre?
—Me llaman Panza de Hierro, mi señor.
El herrero era achaparrado, ancho de espaldas, con sencillas ropas de lana y cuero, pero tenía los brazos gruesos como el cuello de un toro.
—Quiero que todas las fraguas de Desembarco del Rey se dediquen a hacer estos eslabones y a entrelazarlos. Que dejen de lado los otros encargos. Que se dedique a esta tarea hasta el último de los hombres que sepa trabajar el metal, ya sea maestro, jornalero o aprendiz. Cuando pase a caballo por la calle del Acero quiero oír martillos, día y noche. Y necesito un hombre, un hombre fuerte, que se encargue de todo eso. ¿Eres tú ese hombre, maestro Panza de Hierro?
—Es posible, mi señor. Pero ¿qué pasa con las espadas y las armaduras que está esperando la reina?
—Su Alteza nos hizo un encargo —intervino otro herrero—. Nos ordenó hacer cotas de malla, armaduras, espadas, dagas y hachas, en grandes cantidades. Son para armar a sus nuevos capas doradas, mi señor.
—Eso tendrá que esperar —dijo Tyrion—. La cadena es lo primero.
—Perdonad, mi señor, pero es que Su Alteza dijo que a los que no cumpliéramos su encargo nos haría aplastar las manos —insistió el herrero ansioso—. Que nos las aplastarían en nuestros yunques, mi señor. Eso mismo dijo.
«La adorable Cersei, siempre afanosa por conseguir que el pueblo nos quiera.»
—Nadie aplastará ninguna mano. Os doy mi palabra.
—El hierro se ha puesto muy caro —declaró Panza de Hierro—. Y para esta cadena vamos a necesitar mucho, así como carbón para los fuegos.
—Lord Baelish se encargará de que dispongáis del dinero que haga falta —prometió Tyrion. Esperaba poder contar con Meñique al menos para eso—. Ordenaré que la Guardia de la Ciudad os ayude a conseguir hierro. Si es necesario fundid hasta la última herradura que haya en la ciudad.
Un hombre de cierta edad dio un paso adelante. Iba ricamente ataviado con una túnica adamascada, botonadura de plata y una capa ribeteada con pieles de zorro. Se arrodilló para examinar los gigantescos eslabones de acero que Tyrion había tirado al suelo.
—Mi señor —anunció con tono grave—, esto es un trabajo tosco. No hay atisbo de arte. Sin duda es un encargo apropiado para los herreros vulgares, para hombres que se dedican a doblar herraduras y a martillar cazuelas, pero yo soy un maestro armero, con el permiso de mi señor. Éste no es un trabajo apropiado para mí, ni para el resto de los maestros. Nosotros hacemos espadas afiladas como canciones, armaduras que hasta un dios se podría poner. No esto.
—¿Cuál es tu nombre, maestro armero? —preguntó Tyrion, inclinando la cabeza hacia un lado y clavando en el hombre sus ojos dispares.
—Salloreon, con el permiso de mi señor. Si la Mano del Rey me lo permite, sería para mí un honor forjarle una armadura apropiada para su Casa y su alto cargo. —Dos de los otros disimularon risitas, pero Salloreon fingió no oír nada y siguió hablando—. De lamas y escamas. Escamas doradas, brillantes como el sol, y lamas esmaltadas con el escarlata de los Lannister. Como yelmo os sugeriría una cabeza de demonio, coronada con unos largos cuernos de oro. Cuando entréis en combate, los hombres huirán atemorizados.
«Una cabeza de demonio —pensó Tyrion con tristeza—. ¿Qué viene a decir eso de mí?»
—Maestro Salloreon, mi intención es combatir las batallas que me quedan desde esta silla. Lo que necesito son eslabones, no cuernos de demonio. Así que intentaré explicártelo de manera que te quede bien claro: puedes hacer cadenas o llevarlas puestas. Tú eliges. —Se levantó y salió de la sala sin siquiera volver la vista atrás.
Bronn lo esperaba junto al portón con su litera y una escolta de Orejas Negras a caballo.
—Ya sabes adónde vamos —le dijo Tyrion.
Aceptó la mano que lo ayudó a subir a la litera. Había hecho todo lo posible para alimentar a la ciudad hambrienta: encargó a cientos de carpinteros que construyeran botes de pesca en lugar de catapultas, abrió el bosque del rey a la caza para cualquiera que se atreviera a cruzar el río, incluso envió capas doradas hacia el sur y hacia el este para conseguir provisiones. Pero, pese a todo, siempre que cabalgaba veía a su alrededor miradas acusadoras. Las cortinas de la litera lo escudaban de ellas, además le daban tiempo para pensar.
Mientras bajaban a paso lento por el tortuoso callejón Sombranegra hacia el pie de la colina Alta de Aegon, Tyrion reflexionó sobre lo que había sucedido aquella mañana. La ira de su hermana le había hecho pasar por alto el verdadero significado de la carta de Stannis Baratheon. Sin pruebas, sus acusaciones no servían de nada, lo importante era que se había nombrado rey. «¿Qué va a pensar Renly al respecto?» Los dos no podían sentarse en el Trono de Hierro.
Apartó unos centímetros las cortinas para observar las calles sin mucho interés. A ambos lados de su litera cabalgaban Orejas Negras, con sus macabros collares, mientras que Bronn iba por delante para despejar el camino. Se fijó en los transeúntes que lo miraban, y se embarcó en el pequeño juego mental de tratar de distinguir a los informadores de los demás.
«Seguro que los más sospechosos son inocentes —decidió—. Tengo que cuidarme de los que parecen inocentes.»
Su destino se encontraba detrás de la colina de Rhaenys, y las calles estaban abarrotadas. Tuvo que transcurrir casi una hora hasta que la litera se detuvo. Tyrion estaba adormilado, pero despertó de repente cuando cesó el movimiento, se frotó los ojos y aceptó la mano que le tendía Bronn para ayudarlo a descender.
La casa era de dos pisos, el inferior de piedra y el superior de madera. En una esquina se alzaba una torrecilla redonda. Muchas de las ventanas estaban emplomadas. Sobre la puerta pendía un farolillo muy ornamentado, un globo de metal dorado con cristales color escarlata.
—Un burdel —dijo Bronn—. ¿Qué vienes a hacer aquí?
—¿Qué se suele hacer en un burdel?
—¿No te basta con Shae? —dijo el mercenario echándose a reír.
—No estaba mal para puta de campamento, pero ya no estoy en un campamento. Los hombres pequeños tenemos grandes apetitos, y me han dicho que las chicas de aquí son dignas de un rey.
—¿El chico ya tiene edad?
—Joffrey no. Robert. Esta casa era de sus favoritas. —«Aunque puede que Joffrey ya tenga edad suficiente. Interesante idea»—. Si los Orejas Negras y tú queréis divertiros, adelante, pero las chicas de Chataya son caras. A lo largo de la calle hay casas más baratas. Deja aquí a un hombre que sepa dónde están los demás para cuando acabe y quiera volver.
—Como digas —asintió Bronn, mientras los Orejas Negras que los rodeaban sonreían abiertamente.
Al otro lado de la puerta lo aguardaba una mujer alta envuelta en sedas vaporosas. Tenía la piel color ébano y ojos como el sándalo.
—Soy Chataya —dijo con una profunda reverencia—. Y vos sois...
—No caigamos en el vicio de los nombres. Los nombres son peligrosos. —El aire estaba impregnado del aroma a alguna especia exótica, y en el suelo que pisaba había un mosaico que representaba a dos mujeres entrelazadas en el acto amoroso—. Tienes un local muy agradable.
—He trabajado mucho para que así sea. Si la Mano está satisfecho, yo también. —Su voz era ámbar líquido, con el acento de las Islas del Verano.
—Los títulos pueden ser tan peligrosos como los nombres —advirtió Tyrion—. Muéstrame a algunas de tus chicas.
—Será para mí un inmenso placer. No tardaréis en descubrir que son tan dulces como hermosas y diestras en todas las artes del amor.
Se dio media vuelta y echó a andar con gracia infinita, mientras que Tyrion anadeaba tras ella lo mejor que podía con unas piernas que no eran ni la mitad de largas que las de la mujer.
Desde detrás de un adornado biombo de Myr con tallas de flores, ornamentos y doncellas soñadoras, espiaron una sala en la que un anciano tocaba al caramillo una alegre melodía. En un nicho lleno de cojines, un tyroshi borracho de barba purpúrea mecía sobre la rodilla a una joven de carnes prietas. Le había desatado el corpiño, y en aquel momento le echaba sobre los pechos un hilillo de vino para después lamerlo. Otras dos chicas jugaban sentadas en las baldosas ante un ventanal de cristal emplomado. La pecosa llevaba una guirnalda de flores azules en el pelo color miel. La otra tenía una piel tan suave y negra como el azabache pulido, enormes ojos oscuros y pechos pequeños y puntiagudos. Todas vestían ropas vaporosas de seda, ceñidas a la cintura con cinturones de cuentas. La luz que penetraba por los cristales coloreados perfilaba sus hermosos cuerpos juveniles a través de la fina tela de los vestidos, y Tyrion sintió una agitación en el bajo vientre.
—Con todo mi respeto me atrevería a recomendaros a la muchacha de piel oscura —dijo Chataya.
—Es joven.
—Tiene dieciséis años, mi señor.
«Buena edad para Joffrey», pensó al recordar lo que Bronn había comentado. Su primera vez había sido cuando era todavía más joven. Tyrion rememoró lo tímida que le había parecido cuando le quitó el vestido por la cabeza. Tenía el pelo largo y oscuro, y unos ojos en los que habría podido ahogarse. Hacía tanto, tanto tiempo... «Enano, eres un idiota sin remedio.»
—¿Esa chica viene de tu tierra natal?
—Su sangre es la sangre del verano, mi señor, pero mi hija nació aquí, en Desembarco del Rey. —La sorpresa debió de dibujarse en su rostro, porque Chataya siguió hablando—. Mi pueblo no cree que haya ninguna deshonra en estar en la casa de las almohadas. En las Islas del Verano se tiene en muy alta consideración a los que son diestros en el arte de dar placer. Muchos jóvenes y doncellas de noble cuna, cuando florecen, sirven unos años en casas como ésta para honrar a los dioses.
—¿Qué tienen que ver los dioses con esto?
—Los dioses hicieron nuestros cuerpos, así como nuestras almas, ¿no es verdad? Nos dieron voces para que los pudiéramos adorar con cánticos. Nos dieron manos para que pudiéramos construirles templos. Y nos dieron el deseo, para que copuláramos y los adorásemos de esa manera.
—Tengo que acordarme de comentárselo al Septon Supremo —dijo Tyrion—. Si me dejaran rezar con la polla sería mucho más religioso. —Hizo un gesto con la mano—. Acepto encantado tu sugerencia.
—Llamaré a mi hija. Venid.
La chica se reunió con él al pie de las escaleras. Era más alta que Shae, aunque no tanto como su madre, y tuvo que arrodillarse para que Tyrion la besara.
—Me llamo Alayaya —dijo con apenas un atisbo del acento de su madre—. Venid, mi señor.
Lo tomó de la mano y lo guió a lo largo de dos tramos de escaleras y un largo pasillo. Detrás de una de las puertas cerradas se oían gemidos y gritos de placer, y detrás de otro risitas y susurros. El miembro de Tyrion le presionaba las ataduras de los calzones.
«Esto puede resultar de lo más humillante», pensó al tiempo que seguía a Alayaya por otro tramo de peldaños, hasta la habitación de la torrecilla. Sólo había una puerta. La chica esperó a que la cruzara y la cerró tras ellos. En la habitación había una gran cama con dosel, un armario alto decorado con tallas eróticas y una ventana estrecha con una vidriera en forma de diamantes rojos y amarillos.
—Eres muy hermosa, Alayaya —le dijo Tyrion cuando estuvieron a solas—. Cada parte de ti es bella, de la cabeza a los pies. Pero en este momento lo que más me interesa de tu cuerpo es la lengua.
—Mi señor verá pronto que tengo una lengua muy educada. Desde que era niña aprendí cuándo usarla y cuándo no.
—Eso está muy bien —sonrió Tyrion—. ¿Qué hacemos ahora? ¿Alguna sugerencia?
—Sí —respondió la muchacha—. Si mi señor abre el armario, encontrará lo que busca.
Tyrion le besó la mano y se metió en el armario vacío. Alayaya lo cerró desde la habitación. Tanteó el panel de la parte trasera, sintió que se deslizaba bajo sus dedos y lo corrió hacia un lado. En el espacio que había detrás reinaba la oscuridad más absoluta, pero siguió palpando hasta que dio con algo metálico. Su mano se cerró en torno al peldaño de una escalerilla. Localizó otro peldaño con el pie y empezó a descender. Muy por debajo del nivel de la calle, el pozo se abría para formar un túnel de tierra en pendiente. Allí lo esperaba Varys, con una vela en la mano.
Varys estaba desconocido. Bajo el casco de acero rematado en punta se veía un rostro lleno de cicatrices y con barba oscura de varios días. Llevaba una cota de malla sobre la coraza, y del cinturón le colgaban una daga y una espada corta.
—¿Ha sido Chataya de vuestro gusto, mi señor?
—Casi demasiado —reconoció Tyrion—. ¿Estáis seguro de que se puede confiar en esa mujer?
—En este mundo tornadizo y traicionero yo no estoy seguro de nada, mi señor. Pero Chataya no siente cariño por la reina, y por buenos motivos. Además, sabe que si se ha librado de Allar Deem os lo debe a vos. ¿Vamos?
Echó a andar túnel abajo. «Hasta su manera de caminar es diferente», observó Tyrion. Varys olía a vino agrio y a ajo, en vez de a lavanda.
—Me gusta vuestro nuevo atuendo —dijo mientras andaban.
—Mi trabajo no me permite recorrer las calles escoltado por una columna de caballeros. Así que, cuando salgo del castillo, adopto atuendos más adecuados, que me permiten seguir vivo para serviros durante más tiempo.
—El cuero os sienta bien. ¿Por qué no vais así a la próxima reunión del Consejo?
—Vuestra hermana no lo aprobaría, mi señor.
—Mi hermana se mearía encima. —Sonrió en la oscuridad—. No he visto que me siguiera ninguno de sus espías.
—Me alegra saberlo, señor. Algunos secuaces de vuestra hermana también lo son míos, aunque ella lo ignora. No me gustaría que fueran tan torpes como para que los hubierais visto.
—Pues a mí no me gustaría haber estado entrando en armarios y soportando el aguijón de la lujuria frustrada, a cambio de nada.
—No será a cambio de nada —lo tranquilizó Varys—. Saben que estáis aquí. Desconozco si alguno tendrá valor para entrar en la casa de Chataya disfrazado de cliente, pero prefiero errar por exceso de precaución.
—¿Cómo es que un burdel tiene una entrada secreta?
—El túnel se excavó para cierta Mano del Rey cuyo honor no le permitía entrar abiertamente en una casa así. Desde entonces Chataya ha guardado celosamente el secreto de su existencia.
—Pero vos lo conocíais.
—Los pajaritos vuelan por muchos túneles oscuros. Cuidado, las escaleras son empinadas.
Salieron por una trampilla situada en la parte trasera de un establo. Habían recorrido una distancia equivalente a tres manzanas bajo la colina de Rhaenys. Un caballo relinchó sobresaltado cuando Tyrion cerró la puerta de golpe. Varys apagó la vela de un soplido y la puso sobre una viga. Tyrion miró a su alrededor. Había una mula y tres caballos. Anadeó hacia un capón picazo y le examinó la dentadura.
—Es viejo —dijo—. Y no parece que tenga mucho fuelle.
—Cierto, no se trata de un caballo para ir a la batalla —replicó Varys—. Pero será suficiente y no llamará la atención. Igual que los otros. Y los mozos de cuadras sólo tienen ojos y oídos para los animales. —El eunuco cogió una capa que estaba colgada de un gancho. Era de tela basta, descolorida y deshilachada, pero de corte muy amplio—. Con vuestro permiso. —La echó sobre los hombros de Tyrion, y la capa lo cubrió de la cabeza a los pies. Tenía una capucha que se podía echar hacia delante para ocultar su rostro entre las sombras—. Los hombres ven lo que esperan ver —dijo Varys mientras se la arreglaba—. Los enanos no son tan habituales como los niños, de manera que verán a un niño. Un niño con una capa vieja, en el caballo de su padre, haciéndole los recados. Aunque lo mejor sería si pudierais venir sólo por la noche.
—Eso es lo que pienso hacer... a partir de hoy. Shae me está esperando.
La había dejado establecida en una casa de la zona noreste de Desembarco del Rey, no lejos del mar, pero no se había atrevido a visitarla por miedo a que lo siguieran.
—¿Qué caballo os vais a llevar?
—Este mismo. —Tyrion se encogió de hombros.
—Os lo ensillaré. —Varys descolgó los arreos y la silla de montar, mientras Tyrion se ajustaba la pesada capa y paseaba inquieto.
—Os habéis perdido una sesión del Consejo muy animada. Al parecer, Stannis se ha coronado rey.
—Lo sé.
—Acusa a mis hermanos de incesto. ¿Cómo se le habrá ocurrido semejante idea?
—Puede que leyera un libro y mirase el color de pelo de un bastardo, como hizo Ned Stark y como hizo también Jon Arryn. O puede que alguien se lo susurrase al oído. —La carcajada del eunuco no era su risita habitual, sino una risa más ronca, más grave.
—¿Alguien como vos, por ejemplo?
—¿Sospecháis de mí? No, no fui yo.
—Si hubierais sido vos, ¿lo reconoceríais?
—No. Pero ¿para qué iba yo a revelar un secreto que he guardado durante tanto tiempo? Engañar a un rey es una cosa, pero ocultarse de los grillos que hay entre los arbustos y del pajarito que entra por la chimenea es otra muy diferente. Además, los bastardos estaban a la vista de cualquiera.
—¿Los bastardos de Robert? ¿Qué tienen que ver con esto?
—Que yo sepa, tuvo ocho —dijo Varys mientras se debatía con la silla—. Sus madres eran de todos los colores, cobre y miel, avellana y mantequilla, pero los bebés nacieron con pelo negro como alas de cuervo... como un mal presagio. De manera que cuando Joffrey, Myrcella y Tommen salieron de entre las piernas de vuestra hermana, todos ellos dorados como el sol, no fue difícil imaginar la verdad.
Tyrion sacudió la cabeza. «Si hubiera dado a luz aunque fuera un hijo de su esposo, habría bastado para acallar las sospechas... pero claro, eso no habría sido propio de Cersei.»
—Si vos no dijisteis nada, ¿quién lo hizo?
—Algún traidor, sin duda. —Varys apretó la cincha.
—¿Meñique?
—Yo no he mencionado nombres.
Tyrion permitió que el eunuco lo ayudara a montar.
—Lord Varys —le dijo ya desde la silla—, a veces me da la sensación de que sois el mejor amigo que tengo en Desembarco del Rey, y a veces de que sois mi peor enemigo.
—Qué curioso. A mí me pasa lo mismo con vos.
BRAN
Bran tenía los ojos bien abiertos mucho antes de que los dedos pálidos del amanecer empezaran a filtrarse por las hendiduras de los postigos.
Había visitas en Invernalia, los invitados habían llegado para el festín de la cosecha. Aquella mañana justarían contra el estafermo del patio. En el pasado, la perspectiva lo habría llenado de emoción. En el pasado.
Ya no. Serían los Walders quienes cruzarían lanzas con los escuderos de la escolta de Lord Manderly, y Bran no podría tomar parte. Tenía que hacer de príncipe en las estancias de su padre.
—Escucha con atención y puede que aprendas lo que de verdad significa ser un señor —le había dicho el maestre Luwin.
Bran no había pedido que lo nombraran príncipe. Su sueño había sido siempre convertirse en un caballero: armadura brillante, estandartes al viento, una lanza, una espada, un caballo de combate entre las piernas... ¿Por qué tenía que perder el tiempo escuchando a unos viejos hablar de cosas que sólo entendía a medias?
«Porque estás roto», le recordó una voz en su interior. Un señor sólo tenía que permanecer sentado entre cojines, podía estar tullido. Los Walders le habían contado que su abuelo estaba tan débil que había que llevarlo a todas partes en una litera. Pero a un caballero no, un caballero debía ir a lomos de un gran caballo. Además, era su deber.
—Eres el heredero de tu hermano y el Stark de Invernalia —le dijo Ser Rodrik, para después recordarle cómo Robb se sentaba junto a su señor padre cuando iban a verlo sus vasallos.
Lord Wyman Manderly había llegado de Puerto Blanco hacía dos días. Se desplazaba en barcaza y litera, ya que estaba demasiado gordo para montar a caballo. Lo acompañaba un numeroso grupo de seguidores: caballeros, escuderos, damas y señores de menor importancia, heraldos, músicos y hasta un malabarista, todos deslumbrantes con estandartes y jubones que parecían de mil colores. Bran les había dado la bienvenida a Invernalia desde el alto trono de piedra de su padre, que tenía lobos huargos tallados en los brazos; luego Ser Rodrik le había dicho que se había comportado muy bien. Si la cosa hubiera terminado allí no le habría importado. Pero aquello no era más que el comienzo.
—El banquete no es más que un pretexto agradable —le explicó Ser Rodrik—, pero nadie viaja cien leguas por una tajada de pato y un sorbo de vino. Los únicos que se desplazan son los que tienen asuntos de importancia que tratar con nosotros.
Bran clavó la vista en el tosco techo de piedra. Sabía que Robb le diría que no se comportara como un crío. Casi le parecía oír su voz, y también la de su señor padre.
«Se acerca el invierno, y ya eres casi un hombre, Bran. Cumple con tu deber.»
Cuando Hodor entró en la habitación, sonriente y tatareando una cancioncilla sin melodía, se encontró con el niño resignado a su destino. Lo ayudó a lavarse y a cepillarse el pelo.
—Hoy el jubón de lana blanca —ordenó Bran—. Y el broche de plata. Ser Rodrik querrá que parezca todo un señor. —Dentro de lo posible Bran prefería vestirse sólo, pero había cosas, como ponerse los calzones o atarse las botas, que resultaban muy molestas. Con la ayuda de Hodor todo era más rápido. Una vez le enseñaban a hacer algo se mostraba muy eficiente, y pese a su asombrosa fuerza tenía unas manos muy gentiles—. Seguro que tú también podrías haber sido caballero —le dijo Bran—. Si los dioses no te hubieran quitado el seso, habrías sido un gran caballero.
—¿Hodor? —Hodor parpadeó y lo miró con unos inocentes ojos castaños, desprovistos de todo entendimiento.
—Sí —dijo Bran—. Hodor.
Señaló la pared. Junto a la puerta había colgada una cesta muy resistente, de cuero y mimbre, con agujeros para las piernas de Bran. Hodor metió los brazos por debajo de las correas y se ciñó el cinturón al pecho antes de arrodillarse junto a la cama. Bran se ayudó de los barrotes clavados en la pared para dar impulso al peso muerto de sus piernas e introducirlas en la cesta a través de los agujeros.
—Hodor —dijo de nuevo Hodor al tiempo que se levantaba.
El mozo de cuadras medía más de dos metros, y Bran, encaramado a su espalda, casi tocaba el techo con la cabeza. Se agachó para cruzar la puerta. En cierta ocasión a Hodor le llegó el aroma del pan recién hecho y corrió a las cocinas; Bran se hizo una brecha tan grande que el maestre Luwin tuvo que coserle el cuero cabelludo. Mikken le había dado un yelmo viejo y oxidado, sin visor, que estaba tirado en la armería, pero Bran rara vez se molestaba en ponérselo. Los Walders se reían de él.
Mientras bajaban por la escalera de caracol puso las manos sobre los hombros de Hodor. En el exterior, los ruidos de los caballos y los de las espadas contra los escudos eran la más dulce de las músicas.
«Sólo quiero echar un vistazo —pensó Bran—. Un vistazo rápido, nada más.»
Los señores menores de Puerto Blanco saldrían más avanzada la mañana, junto con sus caballeros y hombres de armas. Hasta entonces, el patio pertenecía a sus escuderos, cuyas edades oscilaban entre los diez y los cuarenta años. Bran deseó tanto ser uno de ellos que el estómago le empezó a doler.
En el patio habían montado dos estafermos, sendos postes recios con un palo transversal pivotante con un escudo en un extremo y una maza acolchada en el otro. Los escudos estaban pintados de rojo y dorado, aunque los leones de los Lannister resultaban bastante deformes, y los primeros chicos que los habían golpeado ya les habían dejado marcas.
El espectáculo que ofrecía Bran en su cesta atrajo unas cuantas miradas de los que no lo habían visto antes, pero él había aprendido a hacer caso omiso de ellas. Al menos tenía un punto de vista privilegiado: sobre la espalda de Hodor, era más alto que ninguno. Vio que los Walders estaban montando sus caballos. Habían traído con ellos de Los Gemelos unas hermosas armaduras, plateadas, brillantes, con dibujos en esmalte azul. La cimera de Walder el Mayor tenía forma de castillo, mientras que Walder el Pequeño prefería los gallardetes de seda azul y gris. También se diferenciaban por sus escudos y sus jubones. En el de Walder el Pequeño aparecían las torres gemelas de los Frey junto con el oso pinto de la Casa de su abuela y el labrador de la de su madre, Crakehall y Darry respectivamente. En el de Walder el Mayor se veían el árbol y los cuervos de la Casa Blackwood y las serpientes enroscadas de los Paege.
«Deben de estar muy necesitados de honor —pensó Bran mientras los observaba coger sus lanzas—. A un Stark sólo le hace falta un lobo huargo.»
Sus corceles pintos eran rápidos, fuertes y estaban bien entrenados. Cargaron juntos contra los estafermos. Ambos asestaron golpes limpios a los escudos y pasaron de largo mucho antes de que las mazas acolchadas giraran para golpearlos. Walder el Pequeño fue el que asestó el golpe más fuerte, pero a Bran le pareció que Walder el Mayor era el que mejor montaba. Habría dado sus dos inútiles piernas por la posibilidad de enfrentarse a cualquiera de los dos.
Walder el Pequeño tiró la lanza rota, divisó a Bran y se acercó a él.
—¡Pero qué caballo tan feo! —dijo señalando a Hodor.
—Hodor no es ningún caballo —replicó Bran.
—Hodor —dijo Hodor.
—Desde luego, no es tan listo como un caballo —dijo Walder el Mayor, que se había acercado al trote para unirse a su primo.
Unos cuantos muchachos de Puerto Blanco se dieron codazos y se echaron a reír.
—Hodor. —Ajeno a los insultos, Hodor miró a los Frey con una amplia sonrisa—. ¿Hodor, Hodor? —El caballo de Walder el Pequeño relinchó.
—Mira, si están hablando entre ellos. A lo mejor «hodor» significa «te quiero» en caballuno.
—Cállate, Frey. —Bran sintió que se le encendían las mejillas.
Walder el Pequeño picó espuelas para acercarse y dio a Hodor un empujón que lo desplazó hacia atrás.
—¿Y si no me callo?
—Azuzará a su lobo para que te muerda, primo —le advirtió Walder el Mayor.
—Pues que lo azuce. Así me podré hacer una capa de piel de lobo.
—Verano te arrancaría esa cabeza gorda de un mordisco —dijo Bran.
Walder el Pequeño se dio unos golpes con el guantelete contra la coraza.
—¿Acaso tu lobo tiene dientes de acero y puede atravesar las armaduras y las cotas de malla?
—¡Ya basta! —La voz del maestre Luwin retumbó como un trueno en medio del fragor del patio. Bran no sabía cuánto había oído del enfrentamiento... pero había sido suficiente para ponerlo furioso—. Esas amenazas son improcedentes, no quiero que se repitan. ¿Así te comportas en Los Gemelos, Walder Frey?
—Si me da la gana, sí. —Walder el Pequeño lanzó una mirada llameante a Luwin desde la cima de su corcel, como diciéndole: «No eres más que un maestre, ¿cómo te atreves a reprocharle nada a un Frey del Cruce?».
—Pues no es un comportamiento tolerable para un pupilo de Lady Stark en Invernalia. ¿Cómo ha empezado esto? —El maestre los miró de uno en uno—. Como no me lo diga alguien os juro que...
—Estábamos bromeando con Hodor —confesó Walder el Mayor—. Si hemos ofendido al príncipe Bran lo siento mucho. Sólo queríamos reírnos un rato.
Al menos tuvo la decencia de fingirse avergonzado. En cambio, Walder el Pequeño seguía con gesto terco.
—Yo también. Sólo quería reírme un rato.
Bran vio que al maestre se le estaba poniendo roja la coronilla calva. Luwin estaba aún más furioso que antes.
—Un buen señor consuela y protege al débil y al indefenso —dijo a los Frey—. No toleraré que Hodor sea el blanco de vuestras crueles bromas, ¿comprendido? Es un muchacho de buen corazón, trabajador y obediente, o sea, más de lo que se puede decir de vosotros dos. —El maestre señaló a Walder el Pequeño con el dedo—. En cuanto a ti, ni se te ocurra acercarte al bosque de dioses ni a los lobos, o lo pagarás caro. —Se dio media vuelta bruscamente y echó a andar, pero se detuvo y volvió la vista—. Ven conmigo, Bran. Lord Wyman te está esperando.
—Ve con el maestre, Hodor —ordenó Bran.
—Hodor —dijo Hodor.
Con sus largas zancadas no tardó en alcanzar al airado maestre en las escaleras del Gran Torreón. El maestre les abrió la puerta, y Bran se abrazó al cuello de Hodor y se agachó para entrar.
—Los Walders... —empezó.
—No quiero oír ni una palabra más de eso, tema zanjado. —El maestre parecía agotado e irritable—. Hiciste bien en defender a Hodor, pero no tenías por qué estar en el patio; Ser Rodrik y Lord Wyman ya han desayunado mientras te esperaban. ¿Voy a tener que ir yo mismo a buscarte, como si fueras un niño pequeño?
—No —dijo Bran, avergonzado—. Lo siento mucho. Solamente quería...
—Ya sé qué querías —lo interrumpió el maestre Luwin con voz más amable—. Y ojalá fuera posible, Bran. ¿Quieres hacerme alguna pregunta antes de que empiece la audiencia?
—¿Vamos a hablar de guerra?
—Tú no vas a hablar de nada. —El tono de Luwin volvía a ser seco—. No eres más que un niño de ocho años.
—¡Casi nueve!
—Ocho —repitió el maestre con firmeza—. No quiero que digas nada más que las frases corteses de rigor, a no ser que Ser Rodrik o Lord Wyman te planteen una pregunta.
—De acuerdo —asintió Bran.
—No le voy a contar a Ser Rodrik qué ha pasado entre los Frey y tú.
—Gracias.
Pusieron a Bran en la silla de roble de su padre, con sus cojines de terciopelo gris, ante una larga mesa que era una simple tabla sobre caballetes. Ser Rodrik se sentó a su derecha y el maestre Luwin a su izquierda, con un juego de plumas y tinteros, y una hoja de pergamino en blanco para tomar nota de todo lo que se dijera. Bran pasó una mano por la tosca superficie de la mesa y pidió disculpas a Lord Wyman por llegar tarde.
—Los príncipes nunca llegan tarde —dijo el señor de Puerto Blanco con tono cordial—. Los que están antes que ellos es porque han llegado demasiado pronto. —Wyman Manderly tenía una risa sonora. No era de extrañar que no pudiera montar a caballo, parecía que pesaba mucho más que la mayor parte de los corceles. Y era tan hablador como inmenso era su corpachón. Empezó por pedir a Invernalia que confirmara el nombramiento de los nuevos oficiales de aduanas que había elegido para Puerto Blanco. Los antiguos habían guardado el dinero para Desembarco del Rey, en vez de pagarlo al nuevo Rey en el Norte—. El rey Robb tiene que acuñar una moneda propia —declaró—. Y Puerto Blanco es el lugar idóneo.
Se ofreció para encargarse del asunto, si era la voluntad del rey, y pasó a detallar cómo había fortificado las defensas del puerto, con abundantes datos sobre los costes de cada mejora.
Además de la acuñación de moneda, Lord Manderly proponía a Robb que construyera una flota de guerra.
—No hemos tenido una verdadera armada desde hace cientos de años, cuando Brandon el Incendiario prendió fuego a las naves de su padre. Dadme el oro necesario, y os aseguro que antes de un año dispondréis de galeras suficientes para tomar tanto Rocadragón como Desembarco del Rey.
Al oír hablar de barcos de guerra Bran se sintió más interesado. Nadie le preguntó su opinión, pero la idea de Lord Wyman le parecía excelente. Ya se los podía imaginar. Se preguntó si un tullido habría estado alguna vez al mando de un barco de guerra. Pero Ser Rodrik sólo se comprometió a enviar la propuesta a Robb para que la estudiara, mientras que el maestre Luwin escribía en el pergamino.
El mediodía llegó y pasó. El maestre Luwin envió a Tym Carapicada a las cocinas, y comieron allí mismo a base de queso, capón y pan de avena. Mientras arrancaba la carne del ave con sus gruesos dedos, Lord Wyman hizo unas cuantas indagaciones corteses referentes a Lady Hornwood, que era su prima.
—Nació en la Casa Manderly, ¿lo sabíais? Quizá, una vez supere el pesar, quiera volver a ser una Manderly, ¿eh? —Mordió un trozo de ala y sonrió—. Resulta que soy viudo desde hace ocho años. Ya va siendo hora de que me case de nuevo, ¿no os parece, mi señor? La soledad acaba por pesar mucho. —Tiró los huesos a un lado y cogió un muslo—. Y si la dama prefiere a un hombre más joven, da la casualidad de que mi hijo Wendel también está soltero. Ahora mismo se encuentra en el sur, escoltando a Lady Catelyn, pero no me cabe duda de que, cuando regrese, querrá tomar esposa. Es un muchacho valiente y siempre luce una sonrisa. Justo el hombre que necesita la señora para volver a reír, ¿eh? —Se limpió la grasa de la barbilla con la manga de la túnica.
A través de las ventanas, Bran oía el entrechocar de las armas. El tema de los matrimonios no le interesaba lo más mínimo. «Ojalá pudiera estar en el patio.»
El señor aguardó a que retirasen los platos de la mesa antes de sacar a colación el tema de la carta que había recibido de Tywin Lannister, que tenía prisionero en el Forca Verde a su hijo mayor, Ser Wylis.
—Me ofrece devolvérmelo sin pagar rescate, a condición de que retire a mis hombres del ejército de Su Alteza y jure no seguir combatiendo.
—Por supuesto, le habréis dicho que no —dijo Ser Rodrik.
—Por ese lado no tenéis nada que temer —los tranquilizó el señor—. El rey Robb no tiene vasallo más leal que Wyman Manderly. Pero no querría que mi hijo languideciera en Harrenhal ni un instante más de lo necesario. Es un lugar espantoso. Dicen que está maldito. Yo no me trago esas historias, claro, pero ahí están. No hay más que ver qué le pasó a ese tal Janos Slynt. La reina lo nombró señor de Harrenhal, y su hermano lo hundió. Dicen que lo mandó en barco al Muro. Rezo por que pronto se pueda llevar a cabo un intercambio ecuánime de prisioneros. Sé que Wylis no querría quedar al margen durante el resto de la guerra. Mi hijo es un valiente y tan fiero como un mastín.
Cuando la audiencia terminó, Bran tenía los hombros rígidos de tanto estar sentado en la misma postura. Y aquella noche, justo cuando se disponía a cenar, sonó el cuerno que anunciaba la llegada de otro invitado. Lady Donella Hornwood no acudía con una escolta de caballeros y criados, sino con tan sólo seis hombres de armas muy cansados, con cabezas de alces en sus polvorientos jubones color naranja.
—Lamentamos profundamente todo lo que habéis sufrido, mi señora —le dijo Bran cuando entró a presentar sus respetos. Lord Hornwood había muerto en la batalla del Forca Verde, y su único hijo en el Bosque Susurrante—. Invernalia no lo olvidará.
—Me alegra oírlo. —Era una mujer pálida y demacrada, con el dolor dibujado en cada una de las arrugas de su rostro—. Estoy agotada, mi señor. Os agradecería que me permitierais retirarme a descansar.
—Desde luego —dijo Ser Rodrik—. Mañana habrá tiempo de sobra para hablar.
Al día siguiente dedicaron buena parte de la mañana a hablar de cereales, hortalizas y carne en salazón. Una vez los maestres de la Ciudadela anunciaban el comienzo del otoño, los hombres prudentes empezaban a guardar una parte de cada cosecha... aunque la proporción que reservaban era, por lo visto, un asunto que requería de largas discusiones. Lady Hornwood estaba guardando un quinto de las cosechas. A propuesta del maestre Luwin, prometió empezar a guardar un cuarto.
—El bastardo de Bolton está concentrando hombres en Fuerte Terror —les advirtió la dama—. Espero que tenga intención de enviarlos hacia el sur para apoyar a su padre en Los Gemelos, pero cuando le pregunté sobre sus planes me dijo que ninguna mujer podía cuestionar las acciones de un Bolton. Como si fuera un hijo legítimo y tuviera derecho a ese nombre.
—Que yo sepa, Lord Bolton nunca ha reconocido al muchacho —dijo Ser Rodrik—. He de decir que no me lo han presentado.
—No hay mucha gente que lo conozca —dijo ella—. Vivió con su madre hasta hace dos años, cuando murió el joven Domeric y Bolton quedó sin heredero. Entonces fue cuando llevó a su bastardo a Fuerte Terror. Es un muchacho muy, muy taimado, y tiene un criado casi tan cruel como él mismo. Lo llaman Hediondo, dicen que no se baña jamás. El bastardo y el tal Hediondo cazan juntos, y no precisamente ciervos. He oído rumores, historias que casi no puedo creer ni siquiera de un Bolton. Y ahora que mi señor esposo y mi querido hijo han ido a reunirse con los dioses, el bastardo mira mis tierras con ojos hambrientos.
Bran hubiera querido dar a la dama un centenar de hombres que defendieran sus derechos, pero Ser Rodrik se apresuró a intervenir.
—Puede mirarlas, pero si se atreviera a hacer algo más os prometo que recibiría su castigo de inmediato. Estaréis a salvo, mi señora. Aunque quizá, con el tiempo, cuando el dolor sea menos intenso, sería prudente que contrajerais matrimonio de nuevo.
—Mis años de fecundidad ya pasaron —replicó ella con una sonrisa cansada—, y el tiempo se ha llevado la belleza que pude tener, pero ahora los hombres vienen a olisquearme como nunca hicieron cuando era doncella.
—¿Ninguno de esos pretendientes encuentra favor a vuestros ojos? —preguntó Luwin.
—Si Su Alteza lo ordena, me casaré de nuevo —dijo Lady Hornwood—, pero Mors Carroña es un bestia borracho y más viejo que mi padre. En cuanto a mi noble primo de Manderly, el lecho de mi señor no es tan grande para un hombre tan majestuoso, y desde luego yo soy demasiado menuda y frágil para yacer debajo de él.
Bran sabía que, cuando un hombre y una mujer compartían el lecho, él se tendía sobre ella. Dormir debajo de Lord Manderly debía de ser como hacerlo debajo de un caballo caído. Ser Rodrik hizo un gesto de asentimiento comprensivo en dirección a la viuda.
—Tendréis otros pretendientes, mi señora. Os buscaremos alguno que sea más de vuestro agrado.
—Quizá no tengáis que buscar muy lejos, ser.
Una vez se hubo marchado, el maestre Luwin se permitió sonreír.
—Ser Rodrik, creo que la señora se ha fijado en vos.
Ser Rodrik carraspeó, incómodo.
—Estaba muy triste —comentó Bran.
—Triste y dulce —asintió Ser Rodrik—, y no carece de atractivos teniendo en cuenta su edad, pese a lo modesta que es. Pero representa un peligro para la paz en el reino de tu hermano.
—¿Ella? —se sorprendió Bran.
—No tiene heredero directo —le dijo el maestre Luwin—. No faltará quien quiera hacerse con las tierras de los Hornwood. Los Tallhart, los Flint y los Karstark tienen lazos de parentesco con la Casa Hornwood por línea femenina, y los Glover tienen como pupilo al bastardo de Lord Harys en Bosquespeso. Que yo sepa, Fuerte Terror no ha presentado ninguna reclamación, pero sus tierras son limítrofes, y Roose Bolton no es hombre que deje pasar una oportunidad así.
—En circunstancias así —dijo Ser Rodrik retorciéndose los bigotes—, corresponde a su señor encontrar un marido aceptable para ella.
—¿Por qué no os casáis vos con la dama? —preguntó Bran—. Decís que es atractiva, y así Beth tendría una madre.
—Es una idea muy generosa, mi príncipe. —El anciano caballero puso una mano en el brazo de Bran—. Pero yo no soy más que un caballero, y demasiado viejo. Podría defender las tierras de la dama unos cuantos años, pero en cuanto muriese, Lady Hornwood volvería a encontrarse en las mismas circunstancias. Y la propia Beth correría peligro.
—Entonces, que lo herede todo el bastardo de Lord Hornwood —dijo Bran, pensando en su hermanastro Jon.
—Sería una solución satisfactoria para los Glover, y quizá también para el espíritu de Lord Hornwood, pero no creo que le gustara a Lady Hornwood. No es de su sangre.
—Aun así, habrá que considerar esa posibilidad. Como ella misma ha dicho, Lady Donella ya ha dejado atrás sus años de fecundidad. Si no la hereda el bastardo, ¿quién lo hará?
—¿Me disculpáis? —preguntó Bran. Estaba oyendo el sonido del acero contra el acero; los escuderos practicaban con las espadas en el patio.
—Por supuesto, mi príncipe —dijo Ser Rodrik—. Lo habéis hecho muy bien.
Bran se sonrojó de satisfacción. Lo de ser el señor de Invernalia no le había resultado tan aburrido como temía, y la entrevista con Lady Hornwood había sido mucho más breve que la de Lord Manderly, así que aún le quedaban unas cuantas horas de luz para ir a ver a Verano. Siempre que Ser Rodrik y el maestre se lo permitían le gustaba pasar un rato con su lobo a diario.
En cuanto Hodor penetró en el bosque de dioses, Verano salió de debajo de un roble, casi como si supiera que iban a llegar. Bran divisó también una esbelta forma negra que los espiaba entre la maleza.
—Peludo —llamó—. Eh, Peludo, ven.
Pero el lobo de Rickon desapareció tan deprisa como había llegado.
Hodor sabía cuál era el lugar favorito de Bran, así que lo llevó al borde del estanque, a la sombra del árbol corazón donde Lord Eddard solía arrodillarse para rezar. Cuando llegaron la superficie del agua estaba agitada por ondas concéntricas, con lo que el reflejo del arciano temblaba y bailaba. Pero no había viento. Durante un instante Bran se quedó desconcertado.
Y, en aquel momento, Osha salió a la superficie lanzando salpicaduras a su alrededor. Emergió de manera tan repentina que hasta Verano retrocedió mientras gruñía, y Hodor dio un salto hacia atrás.
—¡Hodor, Hodor! —gimoteó aterrado, hasta que Bran le dio unas palmaditas en el hombro para calmar sus temores.
—¿Cómo puedes nadar ahí? —preguntó a Osha—. ¿No está muy fría?
—De niña mamaba carámbanos de hielo, chico. Me gusta el frío. —Osha nadó hasta las rocas y salió con gotas de agua deslizándose por su cuerpo. Estaba desnuda, y tenía la carne de gallina. Verano se le acercó con cautela y la olisqueó—. Quería tocar el fondo.
—No sabía que hubiera fondo.
—Puede que no lo haya. —Sonrió—. ¿Qué miras, chico? ¿Es que nunca habías visto a una mujer?
—Claro que sí. —Bran se había bañado cientos de veces con sus hermanas, y también había visto a las criadas en los estanques de agua caliente. Pero Osha era diferente, dura y angulosa en vez de blanda y redondeada. Tenía las piernas nervudas y los pechos planos como dos bolsas vacías—. Tienes muchas cicatrices.
—Me las he ganado todas, de la primera a la última. —Cogió su vestido marrón, de corte recto, y se lo puso por la cabeza.
—¿Luchando contra gigantes? —Osha decía que al otro lado del Muro todavía había gigantes. «Tal vez algún día pueda ver a uno...»
—Luchando contra hombres. —Se ató un trozo de cuerda a modo de cinturón—. Cuervos negros, y muchos. Hasta maté a uno —dijo al tiempo que sacudía el cabello. Le había crecido desde que llegara a Invernalia, ya le cubría las orejas. Parecía menos dura que la mujer que había intentado robarle y asesinarlo en el Bosque de los Lobos—. He oído chismorreos en la cocina acerca de lo que ha pasado hoy entre los Frey y tú.
—¿Quién? ¿Qué chismorreos?
—El niño que se burla de un gigante es un estúpido —replicó la mujer dirigiéndole una sonrisa amarga—, y el mundo en el que al gigante lo defiende un tullido es un mundo loco.
—Hodor no se dio cuenta de que se estaban burlando de él —dijo Bran—. Además, nunca se pelea con nadie. —Recordaba cierta ocasión, cuando era pequeño, en que fue a la plaza del mercado con su madre y con la septa Mordane. Hodor las acompañaba para llevarles los bultos, pero se alejó de ellas, y cuando lo encontraron, unos chicos lo habían arrinconado en un callejón sin salida y lo aguijoneaban con palos. El gigante no paraba de gritar «¡Hodor!», se encogía y se protegía, pero en ningún momento alzó la mano contra los que lo atormentaban—. El septon Chayle dice que tiene un corazón bondadoso.
—Sí —dijo ella—. Y unas manos con las que podría arrancarle la cabeza a cualquiera, si le diera la gana. De todos modos, más vale que se cuide las espaldas cuando ese Walder esté cerca. Y tú también. El grande, ese al que llaman pequeño. El nombre es adecuado. Grande por fuera, pequeño por dentro, y mezquino hasta los huesos.
—No se atrevería a hacerme daño. Diga lo que diga, le tiene miedo a Verano.
—Puede que no sea tan idiota como aparenta. —Osha siempre mostraba precaución cuando los lobos huargos rondaban por los alrededores. El día que la cogieron prisionera, Verano y Viento Gris despedazaron a otros tres salvajes—. O puede que sí. Y eso también podría resultar problemático. —Se recogió el pelo—. ¿Has vuelto a tener los sueños de lobo?
—No. —No le gustaba hablar de los sueños.
—Un príncipe debería aprender a mentir mejor. —Osha se echó a reír—. Bueno, tus sueños son asunto tuyo. Lo mío es la cocina, más vale que vuelva allí antes de que Gage empiece a gritar y a blandir su cucharón de madera. Permiso para retirarme, mi príncipe.
«No debería haberme recordado lo de los sueños de lobo», pensó Bran mientras Hodor lo subía por las escaleras que llevaban a su dormitorio. Luchó contra el sueño tanto como pudo, pero al final se apoderó de él, como siempre. Aquella noche soñó con el arciano. El árbol lo miraba con sus ojos color rojo oscuro, lo llamaba con su boca de madera, y de entre sus ramas blancas salió revoloteando el cuervo de tres ojos, para picotearle la cara y chillar su nombre con graznidos agudos como espadas.
Lo despertó el sonido del toque de los cuernos. Bran se dio media vuelta, agradecido por el alivio que suponía el fin del sueño. Oyó gritos vociferantes y cascos de caballos.
«Llegan más invitados, y encima parecen medio borrachos.» Se agarró a las barras para ayudarse, salió de la cama y se dejó caer en el asiento situado bajo la ventana. El estandarte de los recién llegados representaba un gigante con unas cadenas rotas, de manera que eran hombres de la Casa Umber, de las tierras norteñas más allá del río Último.
Al día siguiente recibió en audiencia a dos de ellos: los tíos del Gran Jon, hombres tempestuosos ya en el invierno de sus vidas, con barbas tan blancas como las capas de piel de oso que vestían. En cierta ocasión un cuervo había dado por muerto a Mors y le sacó un ojo, así que llevaba en su lugar un trozo de vidriagón. Según los cuentos de la Vieja Tata, había agarrado al cuervo y le había arrancado la cabeza de un mordisco, de manera que lo apodaban Carroña. En cambio, la Tata nunca le había dicho a Bran por qué el apodo de Hother, su huesudo hermano, era Mataputas.
No habían hecho más que sentarse cuando Mors pidió permiso para casarse con Lady Hornwood.
—El Gran Jon es la mano derecha del Joven Lobo, eso lo saben todos. ¿Quién mejor para proteger las tierras de la viuda que un Umber, y qué Umber mejor que yo?
—Lady Donella todavía está llorando su pérdida —dijo el maestre Luwin.
—Yo llevo debajo de estas pieles la cura para sus lágrimas —rió Mors.
Ser Rodrik le dio las gracias con toda cortesía y le prometió que presentaría su solicitud a la consideración de la dama y del rey.
Hother quería barcos.
—Los salvajes bajan del norte a robar, son más de los que había visto nunca. Cruzan en sus botes la Bahía de las Focas y llegan a nuestras orillas. Los cuervos de Guardiaoriente son pocos, no pueden detenerlos, y ellos son rápidos como comadrejas. Sí, lo que nos hacen falta son barcoluengos, y hombres fuertes para tripularlos. El Gran Jon se llevó a demasiados de los nuestros. La mitad de las cosechas se utilizarán como simiente por falta de brazos que manejen las guadañas.
—Disponéis de buenos bosques de pino y roble antiguo. —Ser Rodrik se tironeó de los bigotes—. Lord Manderly tiene calafateadores y marineros en abundancia. Juntos podríais echar a la mar los barcos necesarios para proteger las costas de ambos.
—¿Manderly? —bufó Mors Umber—. ¿Ese saco de sebo? Hasta su pueblo se burla de él, Lord Lamprea lo llaman. ¡Pero si no puede casi ni andar! Si le clavara una espada en la barriga saldrían reptando diez mil lampreas.
—Está gordo —reconoció Ser Rodrik—. Pero no es ningún idiota. Trabajaréis con él, o tendréis que explicar los motivos al rey.
Y, para asombro de Bran, los belicosos Umber accedieron a hacer lo que se les ordenaba, aunque no sin refunfuños.
Mientras estaban en la audiencia llegaron los Glover de Bosquespeso, y también el numeroso grupo de los Tallhart de la Ciudadela de Torrhen. Galbart y Robett Glover habían dejado Bosquespeso en manos de la esposa de Robett, pero el que acudió a Invernalia fue su mayordomo.
—Mi señora os ruega que disculpéis su ausencia. Sus hijos aún son demasiado pequeños para un viaje tan largo, y no ha querido separarse de ellos.
Bran no tardó en darse cuenta de que quien gobernaba de verdad en Bosquespeso era el mayordomo, no Lady Glover. Reconoció ante ellos que en esos momentos sólo estaba guardando una décima parte de las cosechas. Les aseguró que un mago errante le había dicho que habría un verano de las almas con cosechas abundantes antes de que llegara el invierno. El maestre Luwin hubiera podido explicarle una serie de cosas acerca de los magos errantes. Ser Rodrik le ordenó que empezara a reservar un quinto de las cosechas, y luego lo interrogó a fondo acerca del bastardo de Lord Hornwood, Larence Nieve. En el norte, todos los bastardos de noble cuna llevaban el apellido Nieve. Aquel muchacho tenía cerca de doce años, y el mayordomo alabó su inteligencia y su valor.
—Tu idea acerca del bastardo es interesante, Bran —le dijo más tarde el maestre Luwin—. Creo que algún día serás un buen señor de Invernalia.
—No, no quiero. —Bran sabía que no sería un señor jamás, igual que tampoco sería un caballero—. Me habéis dicho que Robb se va a casar con una chica de la Casa Frey, y los Walders también me lo han dicho. Tendrá hijos, y ellos serán los señores de Invernalia después de Robb, no yo.
—Puede que así sea, Bran —intervino Ser Rodrik—. Pero yo me casé tres veces, y mis esposas sólo me dieron hijas. Ahora la única que me queda es Beth. Mi hermano Martyn engendró cuatro hijos fuertes, pero sólo Jory llegó a la edad adulta. Cuando lo mataron, con él murió la estirpe de Martyn. Si hablamos del mañana, nunca hay nada seguro.
A Leobald Tallhart le tocó el turno al día siguiente. Les habló de portentos del clima y de las supersticiones del pueblo llano, y les contó que su sobrino se moría por ir a la guerra.
—Benfred ha reunido una compañía de lanceros. Son críos, ninguno pasa de los diecinueve años, pero todos se creen jóvenes lobos. Cuando les dije que no eran más que jóvenes conejos se rieron de mí. Ahora se hacen llamar Liebres Salvajes, se dedican a galopar con pieles de conejo atadas a las puntas de las lanzas, cantando canciones de caballería.
A Bran aquello le sonó grandioso. Recordaba a Benfred Tallhart, un muchacho corpulento, fanfarrón y vocinglero que a menudo visitaba Invernalia con su padre, Ser Helman, y se había hecho amigo de Robb y de Theon Greyjoy. Pero la noticia no gustó nada a Ser Rodrik.
—Si el rey tiene necesidad de más hombres, enviará a buscarlos —dijo—. Di a tu sobrino que debe permanecer en la Ciudadela de Torrhen, tal como ordenó su señor padre.
—Así lo haré, ser —dijo Leobald. Sólo entonces sacó el tema de Lady Hornwood. Pobrecilla, sin marido que defendiese sus tierras ni hijo que las heredase. Él estaba casado, como sin duda ya sabían, con una Hornwood, concretamente con la hermana del difunto Lord Halys—. Los salones desiertos son muy tristes. Se me ha ocurrido que podía enviar a mi hijo menor con Lady Donella, para que fuera su pupilo y lo criara. Beren tiene casi diez años, es un muchacho muy agradable, y además sobrino de la dama. Estoy seguro de que la animaría, y hasta podría adoptar el nombre de Hornwood...
—¿Si fuera nombrado heredero? —sugirió el maestre Luwin.
—Para que no se perdiera el linaje de la casa —terminó Leobald.
Bran sabía qué tenía que decir.
—Gracias por la sugerencia, mi señor —intervino antes de que Ser Rodrik pudiera decir nada—. Presentaremos vuestra propuesta a mi hermano Robb. Y a Lady Hornwood, claro está.
—Os lo agradezco, mi príncipe —dijo Leobald, que pareció sorprendido de oírlo hablar.
Pero Bran vio compasión en sus claros ojos azules, tal vez mezclada con un poco de alegría por que el tullido no fuera hijo suyo. Durante un instante odió a muerte a aquel hombre. En cambio parecía que al maestre Luwin le gustaba.
—Puede que Beren Tallhart sea nuestra mejor opción —les comentó una vez Leobald hubo salido—. Su sangre es mitad Hornwood. Si adopta el nombre de su tío...
—Sigue siendo un chiquillo —dijo Ser Rodrik—. No podrá defender sus tierras de gente como Mors Umber o ese bastardo de Roose Bolton. Tenemos que meditarlo con cautela. Robb necesitará nuestro mejor consejo antes de tomar una decisión.
—Puede que la decisión la marquen cuestiones puramente prácticas —dijo el maestre Luwin—. Como a qué señor tiene que agasajar en un momento determinado. Las tierras del río pertenecen a su reino, tal vez quiera cimentar la alianza casando a Lady Hornwood con uno de los señores del Tridente. Un Blackwood, tal vez, o un Frey...
—Lady Hornwood puede quedarse con uno de nuestros Frey —dijo Bran—. Con los dos, si le apetece.
—No eres bondadoso, mi príncipe —lo amonestó Ser Rodrik con cariño.
«Los Walders tampoco.» Bran frunció el ceño, clavó la vista en la mesa y no dijo nada.
En los días siguientes fueron llegando cuervos de otras casas, con mensajes en los que se disculpaban por no asistir. El bastardo de Fuerte Terror no iría a Invernalia, todos los Mormont y los Karstark habían ido hacia el sur con Robb, Lord Locke era demasiado anciano para realizar el viaje, Lady Flint se encontraba en avanzado estado de gestación y en la Atalaya de la Viuda estaban enfermos. Por fin consideraron que ya habían tenido noticias de todas las principales casas vasallas de los Stark, a excepción de Howland Reed el lacustre, que no salía de sus pantanos desde hacía muchos años, y los Cerwyn, cuyo castillo se encontraba a menos de medio día a caballo de Invernalia. Lord Cerwyn estaba prisionero de los Lannister, pero su hijo, un muchacho de catorce años, llegó una borrascosa mañana a la cabeza de dos docenas de lanceros. Bran estaba montando a Bailarina por el patio cuando cruzó la puerta de entrada. Trotó para ir a darles la bienvenida. Cley Cerwyn siempre había sido amigo de Bran y de sus hermanos.
—Buenos días, Bran —lo saludó Cley con tono alegre—. ¿O ahora te tengo que llamar príncipe Bran?
—Sólo si te apetece.
—¿Por qué no? —Cley se echó a reír—. Últimamente cualquiera es rey o príncipe. ¿Stannis también ha enviado una carta a Invernalia?
—¿Stannis? No lo sé.
—Pues ahora también él es rey —le confió Cley—. Dice que la reina Cersei se acostaba con su hermano, así que Joffrey es un bastardo.
—Joffrey el Malnacido —gruñó uno de los caballeros de los Cerwyn—. No me extraña que sea desleal, si su padre es el Matarreyes.
—Eso —asintió otro—. Los dioses aborrecen el incesto. Mira cómo hicieron caer a los Targaryen.
Durante un momento Bran se quedó sin respiración. Una mano gigante le oprimía el pecho. Sintió como si estuviera cayendo y se aferró a las riendas de Bailarina con desesperación. El terror debió de reflejarse en su rostro.
—¿Bran? —se preocupó Cley Cerwyn—. ¿Te encuentras mal? No es más que otro rey.
—Robb lo derrotará a él también. —Hizo dar la vuelta a Bailarina y la llevó hacia los establos sin prestar atención a las miradas asombradas de los hombres de la Casa Cerwyn. La sangre le retumbaba en los oídos, y si no hubiera estado atado a la silla con cinturones habría caído, sin duda.
Aquella noche Bran rezó a los dioses de su padre, les rogó que le concedieran una noche sin pesadillas. Si los dioses lo oyeron, se burlaron de sus esperanzas, porque fueron peores que cualquiera de los sueños de lobo.
—¡Vuela o muere! —graznó el cuervo de tres ojos mientras lo picoteaba.
Él lloraba y suplicaba, pero el cuervo no tenía compasión. Le sacó el ojo izquierdo, luego el derecho, y cuando estuvo ciego y en la oscuridad le picoteó la frente y le clavó aquel espantoso pico agudo en el cráneo. Bran gritó y gritó hasta que sintió que sus pulmones estaban a punto de reventar. El dolor era un hacha que le estaba abriendo la cabeza, pero cuando el cuervo retiró el pico, lleno de trocitos de hueso y cerebro, de nuevo pudo ver. Y lo que vio lo hizo boquear de miedo. Estaba aferrado a una torre de kilómetros de altura, los dedos le resbalaban, rascaba la piedra con las uñas, sus piernas tiraban de él hacia abajo, aquellas piernas inútiles.
—¡Socorro! —gritó.
Un hombre dorado apareció en el cielo sobre él y lo agarró.
—Qué cosas hago por amor —murmuró con voz suave antes de lanzarlo al vacío.
TYRION
—Ya no duermo como cuando era joven —le dijo el Gran Maestre Pycelle a modo de disculpa por aquella reunión al amanecer—. Prefiero levantarme, aunque el mundo esté a oscuras, que quedarme inquieto en la cama pensando en todo lo que queda por hacer —añadió, pese a que los párpados hinchados delataban que estaba medio dormido.
En las ventiladas cámaras que había debajo de las pajareras, su criada les ofreció huevos duros, ciruelas cocidas y gachas; los sermones corrían por cuenta de Pycelle.
—En estos tiempos tan tristes en que hay tantos hambrientos, considero mi deber que mi mesa también sea austera.
—Encomiable —admitió Tyrion al tiempo que cascaba un huevo moreno, que le recordaba muchísimo a la cabeza calva del Gran Maestre—. Mi punto de vista es diferente. Si hay comida, come; quizá mañana no haya. —Sonrió—. Decidme una cosa, ¿vuestros cuervos también madrugan?
—Desde luego. —Pycelle se acarició la barba blanca como la nieve que le caía sobre el pecho—. ¿Queréis que, cuando hayamos comido, pida que me traigan pluma y tintero?
—No será necesario. —Tyrion puso las cartas sobre la mesa, junto a su plato de gachas. Eran dos pergaminos idénticos, bien enrollados y sellados con cera en ambos extremos—. Dad permiso a la chica para que se retire, así podremos hablar.
—Déjanos a solas, niña —ordenó Pycelle. La criada se apresuró a salir de la habitación—. ¿Qué me decíais de estas cartas?
—Sólo para los ojos de Doran Martell, príncipe de Dorne. —Tyrion quitó trocitos de cáscara al huevo y le dio un mordisco. Le hacía falta sal—. Una carta con dos copias. Enviad a vuestros pájaros más veloces, se trata de un asunto de la mayor importancia.
—Las enviaré en cuanto terminemos de desayunar.
—Enviadlas ahora. Las ciruelas no corren peligro, y el reino sí. Lord Renly viene con su ejército por el camino de las rosas, y nadie sabe cuándo zarparán de Rocadragón los barcos de Lord Stannis.
Pycelle parpadeó.
—Si así lo desea mi señor...
—Así lo desea.
—Mi misión es serviros. —El maestre se puso en pie trabajosamente. La cadena símbolo de su cargo tintineó. Era una joya pesada, consistente en una docena de collares de maestre entrelazados y adornados con gemas. A Tyrion le pareció que había muchos más eslabones de oro, plata y platino que de otros metales inferiores.
Pycelle se movía con tal lentitud que a Tyrion le dio tiempo de terminarse el huevo y probar las ciruelas (demasiado hechas y aguadas para su gusto) antes de que el sonido de unas alas lo hiciera levantarse. Divisó al cuervo negro contra el cielo del amanecer, y se dirigió rápidamente hacia el laberinto de estantes que había al otro lado de la habitación.
El maestre tenía una colección de medicamentos impresionante: docenas de vasijas selladas con cera, cientos de frascos con tapones, también cientos de botellitas de vidrio blanco, innumerables tarros de hierbas secas... y cada recipiente estaba bien etiquetado, con la caligrafía precisa de Pycelle. «Un cerebro muy organizado», reflexionó Tyrion. Y era cierto, una vez se descifraba el sistema de clasificación era evidente que cada poción tenía un lugar adjudicado. «Y qué cosas tan interesantes tiene.» Vio dulcesueño y sombra nocturna, leche de la amapola, lágrimas de Lys, gorragrís en polvo, matalobos y danza demoníaca, veneno de basilisco, ojociego, sangre de viuda...
Tuvo que ponerse de puntillas y estirarse, pero se las arregló para coger un frasquito polvoriento del estante superior. Leyó la etiqueta, sonrió y se lo guardó dentro de la manga.
Ya se había vuelto a sentar a la mesa y estaba pelando otro huevo cuando el Gran Maestre Pycelle bajó por las escaleras con paso pesado.
—Ya está, mi señor. —El anciano se sentó—. Estas cosas... es mejor hacerlas cuanto antes, por supuesto... ¿Decís que se trata de un asunto de la mayor importancia?
—Oh, sí.
Las gachas estaban demasiado espesas para el gusto de Tyrion, y les hubiera querido añadir mantequilla y miel. Cierto que en Desembarco del Rey la mantequilla y la miel no eran productos fáciles de conseguir en los últimos tiempos, pero Lord Gyles mantenía el castillo bien abastecido. La mitad de los alimentos que consumían procedían de sus tierras o de las de Lady Tanda. Rosby y Stokeworth estaban cerca de la ciudad, al norte, y la guerra no había llegado allí.
—El príncipe de Dorne, nada menos. ¿Puedo preguntaros...?
—Mejor no.
—Como queráis. —La curiosidad de Pycelle estaba tan madura que Tyrion casi percibía su sabor—. Puede que... el Consejo del rey...
—La misión del Consejo es aconsejar al rey, maestre. —Tyrion dio unos golpecitos con la cuchara de madera en el borde del cuenco.
—Exacto —dijo Pycelle—. Y el rey...
—Es un niño de trece años. Yo hablo por él.
—Desde luego, desde luego. Sois la Mano del Rey. De todos modos... vuestra gentil hermana, nuestra reina regente...
—Ya lleva un gran peso sobre sus preciosos hombros blancos. No quiero añadirle otra carga. ¿Y vos? —Tyrion inclinó la cabeza hacia un lado y miró inquisitivo al Gran Maestre.
Pycelle bajó la vista hacia su plato de comida. Los ojos dispares de Tyrion, uno verde y otro negro, tenían algo que le daba escalofríos. El enano lo sabía, y los utilizaba.
—Eh... —dijo el anciano dirigiéndose a sus ciruelas—. Sin duda tenéis razón, mi señor. Es muy considerado por vuestra parte... aliviarla de esa... carga.
—Así soy yo. —Tyrion volvió a concentrarse en las gachas que no le gustaban—. Considerado. Al fin y al cabo, Cersei es mi querida hermana.
—Y mujer, además —asintió Pycelle—. Una mujer fuera de lo común, pero aun así... No es poca cosa ocuparse de todos los asuntos del reino, pese a la fragilidad característica de su sexo.
«Oh, sí, es una frágil paloma; que te lo diga Eddard Stark.»
—Me alegra ver que compartís mi preocupación. Os agradezco la hospitalidad de vuestra mesa, pero me espera un día muy largo. —Se bajó de la silla—. Tened la bondad de informarme en cuanto recibamos una respuesta de Dorne.
—Como vos digáis, mi señor.
—Y sólo a mí.
—Eh... desde luego.
Las manos llenas de manchas de Pycelle se aferraban a su barba como un hombre que se ahoga se aferraría a una cuerda. El corazón de Tyrion se llenó de alegría.
«Uno», pensó.
Anadeó hacia el patio bajo, con las piernas atrofiadas quejándose en cada uno de los peldaños. El sol ya brillaba alto en el cielo, y el castillo había cobrado vida. Los guardias patrullaban sobre los muros, y los caballeros y guerreros se entrenaban con armas embotadas. Cerca de allí estaba Bronn, sentado en el borde de un pozo. Un par de sirvientas muy atractivas pasaron cerca de él, llevando entre las dos una cesta de mimbre, pero el mercenario ni siquiera las miró.
—Me doy por vencido, Bronn, no hay manera de educarte. —Tyrion señaló a las mujeres—. Tienes delante ese hermoso espectáculo, y tú sólo te fijas en un montón de brutos armando jaleo con sus armas.
—En la ciudad hay cien prostíbulos donde podría comprar todos los coños que quisiera por una moneda de cobre cortada —replicó Bronn—, pero tal vez un día mi vida dependa de cuánto me haya fijado en esos brutos. —Se levantó—. ¿Quién es el chico del jubón a cuadros azules con tres ojos pintados en el escudo?
—Un caballero errante. Se hace llamar Tallad. ¿Por qué?
—Es el mejor de todos. —Bronn se apartó un mechón de pelo de los ojos—. Pero fíjate en él: entra en una rutina, siempre que ataca asesta los mismos golpes y en el mismo orden. —Sonrió—. El día que se enfrente a mí, eso será su muerte.
—Ha jurado lealtad a Joffrey. No creo que se enfrente a ti.
Echaron a andar por el patio. Bronn acompasó sus largas zancadas a las cortas de Tyrion. Últimamente el mercenario tenía un aspecto casi respetable. Se había lavado y cepillado el pelo negro, estaba recién afeitado y vestía la coraza negra de los oficiales de la Guardia de la Ciudad. Llevaba sobre los hombros una capa color escarlata Lannister, con dibujos de manos doradas. Tyrion se la había regalado tras nombrarlo capitán de su guardia personal.
—¿Cuántos peticionarios tenemos hoy? —preguntó.
—Treinta y tantos —respondió Bronn—. La mayoría para presentar quejas o suplicar algo. Tu amiga ataca de nuevo.
—¿Lady Tanda? —Dejó escapar un gemido.
—Su paje. Te invita a cenar con ella otra vez. Dice que servirá una pierna de venado, y también gansos rellenos de moras y...
—Y a su hija —terminó Tyrion con amargura. Desde el momento en que había puesto los pies en la Fortaleza Roja, Lady Tanda se había dedicado a perseguirlo, armada con un inagotable arsenal de empanadas de lamprea, jabalíes y sabrosos guisos. Por lo visto, estaba segura de que un señor menor, enano para más señas, sería el consorte ideal para su hija Lollys, una mujer corpulenta, blanda, algo retrasada, de la que se decía que seguía siendo doncella a los treinta y tres años—. Discúlpame con ella.
—¿No te gusta el ganso relleno? —Bronn sonrió, malévolo.
—Deberías ir tú a comerte el ganso y a casarte con la chica. O mejor aún, envía a Shagga.
—Shagga preferiría comerse a la chica y casarse con el ganso —señaló Bronn—. De todos modos, Lollys pesa más que él.
—Eso sí que es verdad —reconoció Tyrion mientras pasaban bajo la sombra de una galería en forma de arco que unía dos torres—. ¿Quién más me quiere ver?
—Hay un prestamista de Braavos que trae unos papeles muy complicados —contestó el mercenario poniéndose serio—. Pide ver al rey para tratar con él el pago de no sé qué préstamo.
—Como si Joff supiera contar más allá de veinte. Ponlo en contacto con Meñique, que se las arregle con él. ¿Más?
—Un señor menor del Tridente, dice que los hombres de tu padre quemaron su castillo, violaron a su esposa y mataron a todos sus campesinos.
—Tengo entendido que a eso lo llaman guerra. —Tyrion sospechaba que había sido cosa de Gregor Clegane, o de Amory Lorch, o tal vez de los perros de su padre, los Qohorik—. ¿Qué quiere de Joffrey?
—Campesinos para sus tierras —dijo Bronn—. Ha hecho todo ese viaje para demostrar su lealtad y suplicar una recompensa.
—Lo recibiré mañana. —Tanto si su lealtad era sincera como si simplemente era un hombre desesperado, un señor del río les podría ser útil—. Encárgate de que lo instalen en una habitación cómoda y le sirvan una comida caliente. Hazle llegar un par de botas nuevas, que sean buenas, cortesía del rey Joffrey.
Una muestra de generosidad nunca estaba de más. Bronn asintió.
—También hay una horda de panaderos, carniceros y verduleros que quieren hablar contigo.
—Ya se lo dije la última vez, no tengo nada que darles. —Los alimentos que llegaban a Desembarco del Rey eran escasos, y la mayoría se reservaban para el castillo y la guarnición. Los precios de las verduras, las frutas y los tubérculos habían subido de manera increíble, y Tyrion no quería ni imaginar qué clase de carne iba a parar a las ollas de los tenderetes del Lecho de Pulgas. Ojalá fuera pescado. Aún les quedaba el río y el mar... al menos hasta que llegaran las naves de Lord Stannis.
—Quieren protección. Anoche la muchedumbre asó a un panadero en su horno. Dicen que cobraba el pan demasiado caro.
—¿Y es verdad?
—Ya no está en condiciones de negarlo.
—No se lo comerían luego, supongo.
—Que yo sepa, no.
—Al próximo se lo comerán —dijo Tyrion, sombrío—. Les proporcionaré la protección que pueda. Los capas doradas...
—Dicen que entre los atacantes había capas doradas —lo interrumpió Bronn—. Quieren hablar con el rey en persona.
—Idiotas. —Tyrion los había despedido con su condolencia; su sobrino los despediría con látigos y lanzas. Casi se sintió tentado de permitirlo... pero no, no debía. Tarde o temprano, algún enemigo entraría en Desembarco del Rey, y lo que menos falta le haría en ese momento sería tener traidores bien dispuestos dentro de la ciudad—. Diles que el rey Joffrey comparte sus temores y hará todo lo que pueda por ellos.
—Quieren pan, no promesas.
—Si les doy pan hoy, mañana tendré el doble de personas a mis puertas. ¿Quién más?
—Un hermano negro que viene del Muro. El mayordomo dice que ha traído una especie de mano podrida en un frasco.
—Me extraña que nadie se la haya comido. —Tyrion sonrió, cansado—. En fin, lo tengo que recibir, claro. ¿No se tratará de Yoren, por casualidad?
—No, es un caballero. Thorne.
—¿Ser Alliser Thorne? —De todos los hermanos negros que había conocido en el Muro, Ser Alliser Thorne era el que menos le había gustado. Era un hombre amargado, malévolo, con un concepto demasiado elevado de su valía—. Bien pensado, no me apetece ver a Ser Alliser ahora mismo. Búscale una celda cómoda en la que no hayan cambiado la paja del colchón desde hace un año, y dejemos que su mano se pudra un poco más.
Bronn lanzó una carcajada y se alejó para cumplir las órdenes, mientras Tyrion subía trabajosamente por las escaleras. Cuando cruzaba cojeando el patio exterior, oyó que se alzaba el rastrillo. Su hermana, acompañada por un numeroso grupo, aguardaba ante la entrada principal.
A lomos de su palafrén blanco, Cersei se alzaba ante él majestuosa, como una diosa vestida de verde.
—Hermano —saludó sin la menor calidez. La reina no estaba nada satisfecha con su manera de zanjar el asunto de Janos Slynt.
—Alteza. —Tyrion hizo una reverencia cortés—. Esta mañana estás muy hermosa. —Llevaba una corona de oro y una capa de armiño. Su séquito la seguía a caballo: Ser Boros Blount de la Guardia Real, con armadura blanca y su habitual semblante ceñudo; Ser Balon Swann, con el arco colgado de la silla con incrustaciones de plata; Lord Gyles Rosby, respirando con más dificultades que nunca; Hallyne el Piromante, del Gremio de Alquimistas; y el nuevo favorito de la reina, su primo Ser Lancel Lannister, escudero de su difunto esposo y nombrado caballero por orden de la viuda. También la acompañaban Vylarr y veinte guardias—. ¿Adónde te diriges, hermana? —quiso saber Tyrion.
—Voy a hacer una ronda por las puertas, para inspeccionar los nuevos escorpiones y bombardas. No quiero que la gente piense que todos consideramos la defensa de la ciudad un asunto trivial, como tú. —Cersei clavó en él sus hermosos ojos color verde claro, bellos hasta cuando mostraban tanto desprecio—. Me han informado de que Renly Baratheon se ha puesto en marcha y ha salido de Altojardín. Avanza por el camino de las rosas, junto con todo su ejército.
—Varys me transmitió el mismo informe.
—Puede llegar aquí con la luna llena.
—A ese ritmo tan pausado, no —la tranquilizó Tyrion—. Cada noche celebra un festín en un castillo diferente, y reúne a la corte en cada encrucijada por la que pasa.
—Y cada día se unen a él más hombres. Se dice que ya tiene más de cien mil.
—Parecen muchos.
—Cuenta con las fuerzas de Bastión de Tormentas y Altojardín, pequeño idiota —le espetó Cersei—. Y con todos los vasallos de Tyrell excepto los Redwyne, cosa que me debes a mí. Mientras tenga en mis manos a sus gemelos marcados de viruelas, Lord Paxter se quedará quietecito en el Rejo, y encima se considerará afortunado.
—Lástima que el Caballero de las Flores se escurriera entre tus preciosos dedos. De todos modos, no somos el único problema que tiene Renly. Nuestro padre en Harrenhal, Robb Stark en Aguasdulces... si yo estuviera en su lugar no haría lo que él hace. Avanzaría, mostraría mi poder ante todo el reino, aguardaría, vigilaría. Me tomaría tiempo y dejaría que mis rivales se enfrentaran entre ellos. Si Stark nos derrota, el sur caerá en manos de Renly como un regalo de los dioses, sin que tenga que perder ni a un hombre. Y si es al contrario, podrá caer sobre nosotros mientras nos estemos recuperando.
No consiguió calmar a Cersei.
—Quiero que ordenes a nuestro padre que traiga su ejército a Desembarco del Rey.
«Eso sólo serviría para hacerte sentir a salvo.»
—¿Desde cuándo puedo dar órdenes a nuestro padre?
—¿Y cuándo piensas liberar a Jaime? —Su hermana hizo caso omiso de la pregunta anterior—. Vale por cien como tú.
—Te ruego que no se lo digas a Lady Stark. —Tyrion le dirigió una sonrisa retorcida—. No tenemos a cien como yo para cambiarlos por Jaime.
—Nuestro padre debía de estar loco cuando te envió aquí. Eres peor que inútil. —La reina sacudió las riendas e hizo dar media vuelta a su palafrén. Salió por la puerta al trote, con la capa de armiño ondeando a sus espaldas. Su séquito se apresuró a seguirla.
Lo cierto era que Renly Baratheon no preocupaba a Tyrion ni la mitad que su hermano Stannis. El pueblo quería a Renly, pero jamás había guiado un ejército a la guerra. Stannis era diferente: duro, frío, inexorable. Si pudiera saber qué estaba sucediendo en Rocadragón... pero ninguno de los pescadores a los que había pagado por espiar en la isla había regresado, y hasta los informadores que el eunuco aseguraba tener en la mismísima corte de Stannis habían guardado un silencio ominoso.
Pero se habían visto cerca de sus orillas los cascos listados de galeras lysenas de guerra, y Varys tenía informes de capitanes mercenarios de Myr que se habían puesto al servicio de Rocadragón.
«Si Stannis ataca por mar mientras su hermano Renly intenta derribar nuestras puertas, no tardarán en exhibir la cabeza de Joffrey en una pica. Y lo peor es que la mía estará al lado.» Era una idea deprimente. Tenía que hacer planes para poner a Shae a salvo fuera de la ciudad, por si acaso sucedía lo peor.
Podrick Payne estaba ante la puerta de sus estancias, con la vista clavada en el suelo.
—Está dentro —anunció al cinturón de Tyrion—. Ahí dentro. Mi señor. Perdón.
—Mírame, Pod. —Tyrion suspiró—. Me pone enfermo que le hables a mi bragueta. Aunque me eches un vistazo a la cara no te volverás enano, no es contagioso. A ver, ¿quién me espera dentro de mis estancias?
—Lord Meñique. —Podrick había conseguido mirarlo a la cara un instante, pero enseguida volvió a bajar la vista—. Quiero decir, Lord Petyr. Lord Baelish. El consejero de la moneda.
—Tal como lo dices, parece que ahí dentro hubiera una multitud.
El chico se encogió como si le hubiera dado un palo. Tyrion se sintió culpable de una manera absurda.
Lord Petyr estaba sentado junto a su ventana, lánguido y elegante con su jubón afelpado color ciruela y su capa de seda amarilla, y con una mano enguantada apoyada en la rodilla.
—El rey está luchando contra las liebres con una ballesta —dijo—. Las liebres van ganando. Venid a ver.
Tyrion tuvo que ponerse de puntillas para asomarse. Abajo, una liebre yacía muerta; otra agonizaba, sacudiendo las largas orejas, con una saeta clavada en el costado. Por todas partes se veían más saetas, clavadas en la tierra como briznas de paja que una tormenta hubiera dispersado.
—¡Ahora! —gritó Joff.
El hombre soltó la liebre que sujetaba entre las manos, y el animal empezó a saltar. Joffrey tiró de la llave de la ballesta. La saeta falló por medio metro. La liebre quedó quieta sobre las patas traseras, moviendo la naricilla como si olisqueara al rey. Joff soltó una maldición y la empezó a tensar de nuevo, pero mucho antes de que lo lograra el animal ya había desaparecido.
—¡Otra! —El encargado de las liebres metió las manos en la conejera. El siguiente animal fue como una estela marrón sobre las piedras del patio, mientras que el disparo apresurado de Joffrey casi acertó a Ser Preston en la entrepierna.
—¿Te gusta la liebre a la cazuela, chico? —preguntó Meñique a Podrick Payne mientras se daba la vuelta.
—¿Para comer, mi señor? —Pod clavó la vista en las botas del visitante, un hermoso calzado de cuero teñido de rojo adornado con volutas negras.
—Invierte en cazuelas —le aconsejó Meñique—. Dentro de nada vamos a tener una invasión de liebres en el castillo. Vamos a comer liebre tres veces al día.
—Mejor eso que ratas al espetón —dijo Tyrion—. Puedes marcharte, Pod. A menos que Lord Petyr quiera tomar alguna cosa...
—No, gracias. —Meñique sonrió burlón—. Se dice que quien bebe con el enano, despierta en el Muro. El negro me hace muy pálido.
«No temáis, mi señor —pensó Tyrion—. No es precisamente el Muro lo que os reservo.» Se sentó en una silla alta con cojines.
—Estáis hoy muy elegante, mi señor.
—Me ofendéis. Procuro estar elegante siempre.
—¿Es nuevo ese jubón?
—Sí. Sois muy observador.
—Ciruela y amarillo. ¿Son los colores de vuestra Casa?
—No. Pero uno se cansa de llevar siempre los mismos colores. Al menos yo me canso.
—El cuchillo también es muy hermoso.
—¿Sí? —La mirada de Meñique era traviesa. Desenvainó el cuchillo y le echó una ojeada sin mucho interés, como si fuera la primera vez que lo veía—. Acero valyrio y mango de huesodragón. Aunque un poco vulgar. Si os gusta, ya es vuestro.
—¿Mío? —Tyrion le dirigió una larga mirada—. No. No es mío. Y nunca lo ha sido.
«Lo sabe, el muy insolente lo sabe. Y sabe que lo sé, y cree que no le puedo hacer nada.»
Si alguna vez un hombre se había hecho una armadura de oro había sido Petyr Baelish, no Jaime Lannister. La famosa armadura de Jaime no era más que acero dorado, en cambio Meñique... Tyrion había descubierto unas cuantas cosas sobre el encantador Petyr. Cosas inquietantes.
Hacía diez años, Jon Arryn le había otorgado una sinecura menor en las aduanas, donde Lord Petyr pronto se distinguió al conseguir recaudar tres veces más que cualquier otro recaudador del rey. Robert gastaba a manos llenas. Un hombre como Petyr Baelish, capaz de frotar dos dragones de oro para que parieran un tercero, resultaba de un valor inmenso para su Mano. A los tres años de llegar a la corte ya era consejero de la moneda y miembro del Consejo Privado. En la actualidad, los ingresos de la corona eran diez veces más elevados que en tiempos de su agobiado predecesor... aunque las deudas de la corona también se habían incrementado. Petyr Baelish era un malabarista de primera.
Y también muy inteligente. No se limitaba a recaudar el oro y dejarlo en la cámara del tesoro, oh no. Pagaba las deudas del rey con promesas, y ponía el oro del rey a que rindiera. Compraba carromatos, tiendas, naves, casas... Compraba cereales cuando había cosechas abundantes, y vendía pan cuando empezaba a escasear. Compraba lana en el norte, lino en el sur y encajes en Lys. Almacenaba las telas, las movía, las teñía y las vendía. Los dragones de oro se apareaban y se multiplicaban. Meñique los prestaba y los recuperaba junto con sus crías.
Y, mientras tanto, también fue situando a hombres que le eran leales. Los cuatro Guardianes de las Llaves eran suyos. Él mismo había nombrado al Contador Real y al Balanza Real, y también a los oficiales al mando de las tres cecas. Nueve de cada diez capitanes de puerto, recaudadores de impuestos, agentes de aduanas, agentes textiles, cobradores, fabricantes de vinos... eran leales a Meñique. Se trataba de hombres en su mayoría de extracción popular: hijos de comerciantes, de señores menores, a veces incluso extranjeros... pero, a juzgar por los resultados que obtenían, mucho más capacitados que sus predecesores de noble cuna.
A nadie se le había ocurrido cuestionar los nombramientos, ¿para qué? Meñique no representaba una amenaza para nadie. Era un hombre avispado, sonriente, cordial, amigo de todos, siempre capaz de encontrar el oro que le pidieran el rey o su Mano, y al mismo tiempo de linaje poco elevado, poco más que un caballero errante. No, no había nada que temer de él. No podía llamar a sus vasallos, no tenía un ejército ni una gran fortaleza, sus posesiones eran irrelevantes, no tenía un matrimonio importante en perspectiva.
«Y pese a todo, ¿me atrevo a tocarlo? —se preguntó Tyrion—. ¿Aunque resulte que es un traidor?» No estaba seguro de poder hacerlo, y menos en aquel momento, en medio de la guerra. Con tiempo podría sustituir a los hombres de Meñique en posiciones clave por otros que fueran leales a él, pero...
Resonaron gritos en el patio.
—Vaya. Su Alteza ha matado una liebre —observó Lord Baelish.
—Una liebre muy lenta, sin duda —asintió Tyrion—. Mi señor, tengo entendido que, mientras estuvisteis como pupilo en Aguasdulces, teníais una relación muy cercana con los Tully.
—Se podría decir que sí. Sobre todo con las niñas.
—¿Como cuánto de cercana?
—Yo las desfloré. ¿Os parece suficientemente cercana?
Soltó la mentira (Tyrion estaba casi seguro de que era una mentira) con tal desparpajo que cualquiera se la habría creído. Tal vez la que mintió había sido Catelyn Stark, sobre cómo perdió la virginidad y sobre el tema de la daga. Cuanto más envejecía, más consciente era Tyrion de que nada era sencillo, y pocas cosas eran verdad.
—Las hijas de Lord Hoster no sienten mucho afecto por mí —le confesó—. Dudo que prestaran oídos a ninguna propuesta que yo les presentara. En cambio, si las mismas palabras vinieran de vos les sonarían más dulces.
—Eso dependería de las palabras. Si pensáis ofrecer a Sansa a cambio de vuestro hermano, no me hagáis perder el tiempo. Joffrey no va a prescindir de su juguete, y Lady Catelyn no es tan estúpida como para cambiar al Matarreyes por una chiquilla.
—También pienso contar con Arya. Mis hombres la están buscando.
—Buscar no es lo mismo que encontrar.
—Lo tendré presente, mi señor. De todos modos, a quien esperaba que hicierais cambiar de opinión es a Lady Lysa. Para ella tengo una oferta más jugosa.
—Lysa es más tratable que Catelyn, cierto... pero también más miedosa, y tengo entendido que os detesta.
—Ella cree que tiene buenos motivos. Mientras fui su huésped en el Nido de Águilas, insistió en que yo había matado a su esposo, y no se mostró propensa a escuchar mis negativas. —Se inclinó hacia delante—. Pero si le entrego al verdadero asesino de Jon Arryn, tal vez cambie su opinión sobre mí.
—¿Al verdadero asesino? —Aquello hizo que Meñique se incorporase en su asiento—. Confieso que despertáis mi curiosidad. ¿A quién proponéis?
—Soy generoso con mis amigos, por voluntad propia. —Le tocó el turno de sonreír a Tyrion—. Lysa Arryn lo tiene que comprender.
—¿Qué queréis de ella, su amistad o sus espadas?
—Ambas cosas.
—Lysa no tiene pocas preocupaciones —dijo Meñique mientras se acariciaba la pulcra barbita—. Los clanes están lanzando ataques en las Montañas de la Luna, son más que nunca y están mejor armados.
—Sí, es preocupante —dijo Tyrion Lannister, que les había proporcionado las armas—. Yo podría ayudarla en ese sentido. Con una palabra mía...
—¿Y qué le costaría a ella?
—Quiero que Lady Lysa y su hijo aclamen a Joffrey como rey, le juren lealtad y...
—¿Declaren la guerra a los Stark y a los Tully? —Meñique sacudió la cabeza—. Tenéis una cucaracha en el flan, Lannister. Lysa jamás enviará a sus caballeros contra Aguasdulces.
—Ni yo se lo voy a pedir. No andamos escasos de enemigos. Utilizaría sus fuerzas contra Lord Renly o contra Lord Stannis, si es que sale de Rocadragón. A cambio tendrá justicia para Jon Arryn y paz en el valle. Hasta nombraré a su horroroso hijo Guardián del Oriente, como su padre. —«Quiero verlo volar», susurró una vocecita de niño en su memoria—. Y, para sellar el trato, le entregaré a mi sobrina. —Tuvo el placer de ver una expresión de sincera sorpresa en los ojos verde grisáceo de Petyr Baelish.
—¿A Myrcella?
—En cuanto llegue a la mayoría de edad podrá casarse con el pequeño Lord Robert. Hasta ese momento será la pupila de Lady Lysa en el Nido de Águilas.
—¿Qué opina de este plan Su Alteza la reina? —Tyrion se encogió de hombros, y Meñique prorrumpió en carcajadas—. Ya me parecía a mí. Sois un hombrecillo muy peligroso, Lannister. Sí, le podría cantar esa canción a Lysa. —Otra vez la sonrisa taimada, la mirada astuta—. Si quisiera. —Tyrion asintió y aguardó. Sabía que Meñique no podía soportar un silencio prolongado—. Decidme —siguió Lord Petyr, inmutable, tras una pausa—, ¿qué tenéis para mí?
—Harrenhal. —Resultó muy interesante observar la expresión de su rostro. El padre de Lord Petyr había sido el menor de los señores menores, y su abuelo un caballero errante sin tierras; por nacimiento no le correspondían más que unos pocos acres pedregosos barridos por el viento en la orilla de los Dedos. Harrenhal era una de las ciruelas más ricas de los Siete Reinos, con tierras amplias, ricas y fértiles, y un gran castillo tan formidable como cualquiera del reino... mayor incluso que el de Aguasdulces, donde Petyr Baelish había sido acogido como pupilo, sólo para verse expulsado cuando se atrevió a poner los ojos sobre la hija de Lord Hoster.
Meñique se tomó un instante para colocarse los pliegues de la capa, pero Tyrion ya había visto el relámpago de codicia en aquellos astutos ojos de gato. «Ya es mío», pensó.
—Harrenhal está maldito —dijo Lord Petyr al cabo de un instante, tratando de poner voz de aburrimiento.
—Pues derribadlo hasta los cimientos y construid otro castillo que os complazca más. No os faltará dinero. Pienso nombraros señor feudal del Tridente. Los señores del río han demostrado que no se puede confiar en ellos. Os tendrán que rendir pleitesía.
—¿Los Tully también?
—Si queda alguno vivo cuando esto termine... —Meñique era como un niño que acabara de morder un panal a escondidas. Trataba de ver dónde estaban las abejas, pero la miel era muy dulce.
—Harrenhal con todas sus tierras e ingresos —murmuró—. De un golpe me convertiríais en uno de los más grandes señores del reino. No es que sea ingrato, mi señor, pero... ¿por qué?
—Servisteis bien a mi hermana en el problema de la sucesión.
—Igual que Janos Slynt. Al que se otorgó hace poco ese mismo castillo, Harrenhal... y se le arrebató de inmediato cuando dejó de ser útil.
—Me habéis pillado, mi señor. —Tyrion se echó a reír—. ¿Qué queréis que os diga? Os necesito para convencer a Lady Lysa. A Janos Slynt no lo necesitaba. —Se encogió de hombros—. Prefiero veros a vos en Harrenhal que a Renly sentado en el Trono de Hierro. ¿No es sencillo?
—Muy sencillo. ¿Os dais cuenta de que tal vez tenga que acostarme de nuevo con Lady Lysa para que acepte ese matrimonio?
—No me cabe duda de que desempeñaréis la tarea con gran eficacia.
—En cierta ocasión le dije a Ned Stark que, cuando uno se encuentra desnudo con una mujer fea, lo único que puede hacer es cerrar los ojos y seguir adelante. —Meñique juntó las yemas de los dedos y clavó la vista en los ojos dispares de Tyrion—. Dadme quince días para zanjar algunos asuntos y preparar un barco que me lleve a Puerto Gaviota.
—Me parece muy bien.
—Ha sido una mañana muy agradable, Lannister —dijo su invitado mientras se levantaba—. Y provechosa... para los dos, espero. —Hizo una reverencia, se dio la vuelta en un torbellino de seda amarilla y salió de la estancia.
«Dos», pensó Tyrion.
Subió a su dormitorio para esperar a Varys, que no tardaría en acudir. Seguramente al atardecer, o como muy tarde a primera hora de la noche, aunque esperaba que no. Tenía ganas de visitar a Shae.
Se llevó una agradable sorpresa cuando Galt, de los Grajos de Piedra, le dijo una hora más tarde que el hombre empolvado solicitaba verlo.
—Sois muy cruel —le reprochó el eunuco—, el Gran Maestre se está muriendo de curiosidad. No soporta los secretos.
—¿El cuervo llama negro al grajo? ¿O acaso vos preferís no saber qué le he propuesto a Doran Martell?
—Puede que mis pajaritos ya me lo hayan contado —Varys rió entre dientes.
—¿De veras? —Aquello sí que quería oírlo—. Contadme.
—Hasta ahora los hombres de Dorne se han mantenido al margen de esta guerra. Doran Martell ha llamado a sus vasallos, pero nada más. Es de todos bien sabido que detesta a la Casa Lannister, y la opinión general es que se unirá a Lord Renly. Vos querríais disuadirlo...
—Todo eso es evidente —dijo Tyrion.
—Lo único que me intriga es qué podéis haberle ofrecido a cambio de su alianza. El príncipe es un hombre muy sentimental, y todavía llora la pérdida de su hermana Elia y sus queridos hijitos.
—Mi padre me dijo en cierta ocasión que un señor jamás deja que los sentimientos se interpongan en el camino de su ambición... Y ahora que Lord Janos ha vestido el negro, tenemos un asiento libre en el Consejo Privado.
—Un asiento en el Consejo no es cosa que se desprecie —reconoció Varys—, pero ¿bastará para que un hombre orgulloso olvide el asesinato de su hermana?
—¿Por qué habría de olvidarlo? —sonrió Tyrion—. Le he prometido entregarle a los asesinos de su hermana, vivos o muertos, como él prefiera. Cuando acabe la guerra, claro.
—Mis pajaritos me cuentan —dijo Varys, lanzándole una mirada astuta— que la princesa Elia gritó... cierto nombre... cuando fueron a por ella.
—Si lo sabe todo el mundo, ¿sigue siendo un secreto? —Todo el mundo sabía que Gregor Clegane había matado a Elia y a su bebé. Se decía que había violado a la princesa con las manos todavía sucias de la sangre y los sesos de su hijo.
—Este secreto es el más fiel sirviente de vuestro padre.
—Mi padre sería el primero en deciros que cincuenta mil hombres de Dorne valen más que un perro rabioso.
—¿Y si el príncipe exige la sangre del señor que dio la orden —preguntó Varys mientras se acariciaba una mejilla empolvada—, además de la del que la llevó a cabo?
—La rebelión la lideraba Robert Baratheon. En último extremo, todas las órdenes procedían de él.
—Robert no estaba en Desembarco del Rey.
—Doran Martell tampoco.
—Ya veo. Sangre para su orgullo y un asiento para su ambición. Oro y tierras, por descontado. Una oferta muy dulce... pero los dulces pueden estar envenenados. Si yo fuera el príncipe, pediría algo más antes de coger este panal de miel. Alguna muestra de buena voluntad, una salvaguardia contra la traición. —Varys le dedicó su sonrisa más babosa—. ¿A cuál le enviaréis?
—Ya lo sabéis, ¿verdad? —Tyrion suspiró.
—Ya que así lo planteáis... sí. A Tommen. No podéis ofrecer a Myrcella a Doran Martell y también a Lysa Arryn.
—Recordadme que no juegue a las adivinanzas con vos. Hacéis trampas.
—El príncipe Tommen es un buen muchacho.
—Y si lo aparto de Cersei y de Joffrey ahora que todavía es pequeño, puede que llegue a ser un buen hombre.
—¿Y un buen rey?
—Joffrey es el rey.
—Y Tommen su heredero, si a Su Alteza le sucediera alguna desgracia. Tommen, de naturaleza tan dulce, y tan... manejable.
—Sois muy desconfiado, Varys.
—Lo tomo como un cumplido, mi señor. En cualquier caso, el príncipe Doran no será insensible al gran honor que le hacéis. Un movimiento muy hábil... pero tiene un pequeño fallo.
—¿Ese fallo se llama Cersei? —El enano se echó a reír.
—¿De qué sirve el arte de la política si se enfrenta al amor que siente una madre por el dulce fruto de su vientre? Quizá por la gloria de su Casa y la seguridad del reino, sería posible convencer a la reina para que se dejara arrebatar a Tommen o a Myrcella. Pero, ¿a los dos? Imposible.
—Lo que Cersei no sepa, nunca me hará daño.
—¿Y si Su Alteza descubriera vuestras intenciones antes de que el plan esté maduro?
—En ese caso —dijo—, sabría que el hombre que se lo hubiera contado es mi enemigo.
Y cuando Varys soltó una risita, Tyrion pensó: «Tres».
SANSA
Si queréis volver a casa, id esta noche al bosque de dioses.
El mensaje seguía siendo idéntico en la centésima lectura que en la primera, cuando Sansa había encontrado el pergamino doblado bajo su almohada. No sabía cómo había llegado allí, ni quién lo había enviado. La nota no tenía firma ni sello, y la caligrafía le resultaba desconocida. Lo arrugó y lo estrechó contra su pecho.
—Si queréis volver a casa, id esta noche al bosque de dioses —susurró en un hilo de voz.
¿Qué podía significar aquello? ¿No debería llevárselo a la reina, para demostrar que era buena? Se frotó el estómago, nerviosa. El cardenal amoratado que le había proporcionado Ser Meryn era ya de un amarillo sucio, pero le seguía doliendo. Llevaba el guantelete de malla cuando la golpeó. Había sido culpa de ella, de Sansa. Tenía que aprender a ocultar mejor sus sentimientos para no hacer enfadar a Joffrey. Cuando se enteró de que el Gnomo había enviado a Lord Slynt al Muro, se olvidó de controlarse y exclamó: «¡Ojalá se lo lleven los Otros!». El rey no había estado nada satisfecho.
Si queréis volver a casa, id esta noche al bosque de dioses.
Sansa había rezado mucho. ¿Sería aquello la respuesta, un caballero de verdad acudía a salvarla? Tal vez fuera uno de los gemelos Redwyne, o el valeroso Ser Balon Swann... o incluso Beric Dondarrion, el joven señor del que se había enamorado su amiga Jeyne Poole, con su pelo dorado rojizo y la capa negra cubierta de estrellas.
Si queréis volver a casa, id esta noche al bosque de dioses.
¿Y si era una broma cruel de Joffrey, como el día en que la había llevado a las almenas para mostrarle la cabeza de su padre? ¿O una trampa sutil para demostrar que no era leal? Si acudía al bosque de dioses, tal vez se encontrara a Ser Ilyn Payne esperándola sentado bajo el árbol corazón, con Hielo en la mano, atento a su llegada.
Si queréis volver a casa, id esta noche al bosque de dioses.
Cuando la puerta se abrió, se apresuró a esconder la nota bajo las sábanas y se sentó sobre ella. Era su doncella, la de aspecto ratonil con lacio pelo castaño.
—¿Qué quieres? —preguntó Sansa.
—¿Querrá la señora un baño esta noche?
—Mejor enciende el fuego. Tengo frío. —Y era verdad, estaba tiritando, aunque aquel día había hecho calor.
—Como ordenéis.
Sansa observó a la chica con desconfianza. ¿Habría visto la nota? ¿La habría puesto ella bajo la almohada? No era probable, parecía un poco estúpida, no era la clase de persona en la que alguien confiaría para entregar notas secretas. Aun así, Sansa no la conocía. La reina hacía que le cambiaran los criados cada dos semanas, para asegurarse de que no trabara amistad con ninguno.
Cuando el fuego empezó a chisporrotear en la chimenea, Sansa dio las gracias a la doncella con tono seco y ordenó que se retirase. La chica obedeció a toda prisa, como siempre, pero Sansa decidió que sus ojos tenían un brillo taimado. Sin duda en aquel momento corría a informar a la reina, o tal vez a Varys. Estaba segura de que todas sus doncellas la espiaban.
En cuanto estuvo a solas, tiró la nota al fuego y se quedó mirando mientras el pergamino se curvaba y se ennegrecía.
Si queréis volver a casa, id esta noche al bosque de dioses.
Se dirigió hacia la ventana. Divisó abajo a un caballero de corta estatura con armadura blanca como la luna y una pesada capa blanca, que patrullaba el puente levadizo. Por su estatura solamente podía tratarse de Ser Preston Greenfield. La reina le había dado libertad para moverse por el castillo, pero aun así el caballero querría saber adónde iba si salía del Torreón de Maegor a aquellas horas de la noche. ¿Y qué le iba a decir? De repente se sintió muy aliviada de haber quemado la nota.
Se desató los lazos del camisón y se metió en la cama, pero no pudo dormir.
«¿Seguirá allí todavía? —se preguntó—. ¿Cuánto tiempo esperará?» Había sido una crueldad enviarle una nota en la que no le decía nada. Los pensamientos no hacían más que darle vueltas en la cabeza.
Ojalá tuviera a alguien que le dijera qué debía hacer. Echaba de menos a la septa Mordane, y todavía más a Jeyne Poole, su mejor amiga. A la septa le habían cortado la cabeza igual que a todos los demás, por el crimen de servir a la Casa Stark. Sansa no sabía qué le había pasado a Jeyne, que desapareció poco después de sus habitaciones, y nadie la volvió a nombrar. Trataba de no pensar en ellas muy a menudo, pero en ocasiones los recuerdos la invadían, incontrolables, y entonces le costaba contener las lágrimas. De cuando en cuando hasta echaba de menos a su hermana. Pero en aquellos momentos Arya estaría sana y salva en Invernalia, bailando y cosiendo, jugando con Bran y con el pequeño Rickon, hasta podría ir a caballo a la ciudad si quería. A Sansa le permitían montar a caballo, pero sólo por el patio, e ir todo el día en círculos llegaba a ser aburrido.
Cuando empezaron los gritos estaba completamente despierta. Al principio eran lejanos, luego se fueron haciendo más altos. Muchas voces gritaban a la vez, pero no alcanzaba a distinguir las palabras. También se oían caballos, pisadas y órdenes vociferadas. Corrió a la ventana y vio a hombres que corrían por los muros con lanzas y antorchas.
«Vuelve a la cama —se dijo Sansa—, esto no es asunto tuyo, debe de haber más problemas en la ciudad. —Últimamente había oído constantemente rumores sobre el malestar en la ciudad. La gente se hacinaba, huyendo de la guerra, y muchos no tenían otro modo de vida que robar y matarse entre ellos—. Vuelve a la cama.»
Pero, cuando se fijó, el caballero blanco había desaparecido y el puente que cruzaba el foso seco estaba sin vigilancia.
Sansa se dio media vuelta sin pensar y corrió hacia el armario. «¿Qué estoy haciendo? —se preguntó mientras se vestía—. Esto es una locura.» Divisó las luces de muchas antorchas en la muralla exterior. ¿Habrían llegado Stannis y Renly a matar a Joffrey por fin, y a reclamar el trono de su hermano? Si así fuera los guardias levantarían el puente levadizo y dejarían aislado el Torreón de Maegor. Sansa se echó sobre los hombros una sencilla capa gris, y cogió el cuchillo con el que cortaba la carne.
«Si se trata de una trampa, prefiero morir a dejar que me vuelvan a hacer daño», se dijo. Ocultó el arma bajo la capa.
Una columna de espadachines con capas rojas pasó corriendo junto a ella cuando salió a la noche. Aguardó a que estuvieran bien lejos antes de cruzar el puente desierto a toda velocidad. En el patio, los hombres se ceñían las espadas y ensillaban los caballos. Vio a Ser Preston cerca de los establos; estaba con otros tres miembros de la Guardia Real, todos con sus capas blancas y brillantes como la luna, ayudando a Joffrey a ponerse la armadura. Al ver al rey, se le cortó la respiración. Por suerte él no la vio, estaba pidiendo a gritos su espada y su ballesta.
El ruido fue atenuándose a medida que se adentraba en el castillo, sin atreverse a mirar hacia atrás por temor a encontrarse con que Joffrey la miraba... o peor aún, que la seguía. Las escaleras de caracol se enroscaban ante ella, marcadas por franjas de luz procedente de las ventanas estrechas que había sobre ellas. Cuando llegó a la cima, Sansa estaba jadeante. Corrió hacia una columnata oculta entre las sombras y se pegó contra la pared para recuperar el aliento. Algo le rozó la pierna y estuvo a punto de gritar del susto, pero no era más que un gato, un macho sarnoso con una oreja cortada. El animal bufó y se alejó de un salto.
En el bosque de dioses apenas se oían los ruidos, tan sólo un sonido lejano de acero y gritos amortiguados. Sansa se arrebujó en su capa. El aire estaba impregnado con los aromas de la tierra y las hojas.
«Cuánto le habría gustado este sitio a Dama», pensó. Los bosques de dioses tenían una cualidad extraña. Incluso allí, en el corazón del castillo, en el corazón de la ciudad, uno sentía cómo los antiguos dioses lo miraban con un millar de ojos invisibles.
Sansa había preferido a los dioses de su madre, le gustaban más que los de su padre. Amaba las estatuas, las imágenes en las vidrieras, la fragancia del incienso al quemarse, los septones con sus túnicas y sus cristales, los mágicos dibujos del arco iris sobre altares con incrustaciones de madreperla, ónice y lapislázuli. Pero no podía negar que el bosque de dioses también tenía cierto poder. Sobre todo de noche.
«Ayudadme —rezó—. Enviadme a un amigo, un verdadero caballero que sea mi campeón...»
Fue recorriendo los árboles de uno en uno, tocando la corteza rugosa con las yemas de los dedos. Las hojas le acariciaban las mejillas. ¿Se había decidido demasiado tarde? Su salvador no se habría marchado tan pronto, ¿verdad? O tal vez ni siquiera había acudido. ¿Podía correr el riesgo de llamarlo? Todo estaba tan silencioso...
—Ya pensaba que no ibais a venir, niña.
Sansa se volvió. Un hombre salió de entre las sombras. Era corpulento, de cuello grueso, y se tambaleaba. Llevaba una túnica gris oscuro con la capucha echada sobre el rostro, pero cuando un tenue rayo de luna le rozó la mejilla reconoció al instante la piel manchada y la telaraña de venillas rotas.
—Ser Dontos —dijo, hundida—. ¿Erais vos?
—Sí, mi señora. —Se acercó a ella, y el aliento le apestaba a vino—. Yo.
Extendió una mano. Sansa dio un salto hacia atrás.
—¡No! —Se metió la mano bajo la capa, en busca del cuchillo escondido—. ¿Qué... qué queréis de mí?
—Ayudaros, nada más —dijo Dontos—. Igual que vos me ayudasteis a mí.
—Estáis ebrio, ¿verdad?
—Sólo he tomado una copa de vino para darme valor. Si me atrapan ahora, me arrancarán la piel a tiras.
«Y a mí ¿qué me harán?» Sansa volvió a pensar en Dama. La loba podía oler la falsedad, sí, pero estaba muerta, su padre la había matado por culpa de Arya. Sacó el cuchillo y lo esgrimió con las dos manos.
—¿Me vais a apuñalar? —preguntó Dontos.
—Sí —dijo ella—. Decidme quién os envía.
—Nadie, hermosa dama. Os lo juro por mi honor de caballero.
—¿De caballero? —Joffrey había decretado que dejara de ser caballero, que pasara a ser un bufón, aún más humilde que el Chico Luna—. Pedí a los dioses que enviaran un caballero para salvarme —siguió—. Recé, recé y recé. ¿Por qué me envían a un bufón borracho?
—Sé que merezco vuestras palabras... y es extraño, pero... durante todos los años que fui caballero, en realidad no era más que un bufón, pero ahora que soy un bufón creo... creo que en mi interior vuelvo a ser un caballero, hermosa dama. Y todo gracias a vos... a vuestra donosura, a vuestro coraje. No sólo me salvasteis de Joffrey, sino también de mí mismo. —Bajó la voz—. Los bardos dicen que hubo un bufón que fue el más grande de todos los caballeros...
—Florian —susurró Sansa, con un escalofrío.
—Yo seré vuestro Florian, hermosa dama —dijo Dontos con humildad al tiempo que se arrodillaba ante ella.
Sansa bajó el cuchillo muy despacio. Sentía la cabeza muy ligera, como si estuviera flotando.
«Esto es una locura, no puedo confiar en este borracho, pero si lo rechazo quizá no vuelva a tener otra oportunidad.»
—¿Cómo... cómo pensáis hacerlo? ¿Cómo me vais a sacar de aquí?
—Salir del castillo será lo más difícil —dijo Ser Dontos alzando el rostro hacia ella—. Una vez fuera, hay barcos que podrían llevaros a casa. Sólo tendría que conseguir dinero y hacer los arreglos necesarios.
—¿Podríamos irnos ahora? —preguntó, sin atreverse a albergar esperanzas.
—¿Esta misma noche? No, mi señora, lo siento. Antes debo encontrar una manera segura de sacaros del castillo cuando llegue el momento adecuado. No será fácil, ni pronto. A mí también me vigilan. —Se humedeció los labios, nervioso—. ¿Podéis guardar vuestro cuchillo?
—Levantaos, ser. —Sansa se deslizó el arma bajo la capa.
—Gracias, hermosa dama. —Ser Dontos se puso en pie con torpeza y se sacudió la tierra y las hojas de las rodillas—. Vuestro señor padre fue el hombre más leal que el reino ha conocido, pero no hice nada, dejé que lo mataran. No dije nada, no moví un dedo... y aun así, cuando Joffrey quiso matarme, vos hablasteis en mi favor. Nunca he sido un héroe, señora, como Ryam Redwyne o Barristan el Bravo. No he ganado torneos, ni honores en la guerra... pero fui un caballero, y vos me habéis ayudado a recordar lo que eso significaba. Mi vida no vale gran cosa, pero os pertenece. —Ser Dontos puso una mano en el tronco nudoso del árbol corazón. Sansa vio que estaba temblando—. Pongo a vuestro padre por testigo de este juramento, os llevaré a vuestro hogar.
«Lo ha jurado. Un juramento solemne, ante los dioses.»
—En ese caso... me pongo en vuestras manos, ser. Pero, ¿cómo sabré que ha llegado el momento de partir? ¿Me haréis llegar otra nota?
—Es demasiado arriesgado. —Ser Dontos miró a su alrededor, nervioso—. Debéis venir aquí, al bosque de dioses. Tan a menudo como os sea posible. Es el lugar más seguro. El único lugar seguro. No hay otro. Ni vuestras habitaciones, ni las mías, ni las escaleras, ni el patio, aunque parezca que estamos a solas. En la Fortaleza Roja las piedras tienen oídos, sólo aquí podemos hablar con libertad.
—Sólo aquí —dijo Sansa—. Lo tendré en cuenta.
—Y si os parezco cruel, burlón o indiferente cuando nos miran, perdonadme, niña. Tengo que representar un papel, y vos debéis hacer lo mismo. Un paso en falso y nuestras cabezas decorarán los muros, junto a la de vuestro padre.
—Lo comprendo —asintió Sansa.
—Tenéis que ser fuerte, y valerosa... y paciente, sobre todo muy paciente.
—Lo seré —prometió—. Pero... por favor... preparadlo todo lo antes posible. Tengo miedo.
—Yo también —dijo Ser Dontos con una sonrisa desganada—. Ahora marchaos, antes de que os echen de menos.
—¿No venís conmigo?
—Es mejor que no nos vean juntos.
Sansa asintió, se alejó un paso... y, nerviosa, se volvió con los ojos cerrados y depositó un beso en la mejilla del hombre.
—Mi Florian —susurró—. Los dioses han escuchado mis plegarias.
Corrió por el camino del río, pasó junto a la pequeña cocina y las pocilgas, donde los chillidos de los cerdos en sus pocilgas ahogaron el ruido de sus pisadas apresuradas.
«A casa —pensó—, a casa, me va a llevar a casa, me protegerá, mi Florian. —Las canciones sobre Florian y Jonquil eran sus favoritas—. Florian también era poco agraciado, aunque no tan viejo.»
Estaba bajando a toda prisa por la escalinata cuando un hombre salió por una puerta oculta. Sansa tropezó con él y perdió el equilibrio. Unos dedos de hierro la agarraron por la muñeca antes de que cayera.
—Es una caída muy larga, pajarito —le dijo una voz ronca—. ¿Qué quieres, que nos matemos los dos? —La risa era áspera como una sierra contra la piedra—. Puede que sí.
«El Perro.»
—No, mi señor, os pido perdón. Jamás haría semejante cosa. —Sansa apartó los ojos, pero era demasiado tarde, le había visto la cara. Trató de liberarse—. Por favor, me estáis haciendo daño.
—¿Se puede saber qué hace el pajarito de Joff corriendo por la escalinata a estas horas de la noche? —Al ver que no respondía, la sacudió y le gritó—: ¿Dónde estabas?
—En el b-b-bosque de dioses, mi señor —respondió, sin atreverse a mentir—. Rezando... rezando por mi padre... y... y por el rey, para que no resulte herido...
—¿Te crees que estoy tan borracho como para creerme eso? —Le soltó el brazo. Se tambaleaba un poco, y las franjas de luz y oscuridad hacían aún más espantoso su rostro quemado—. Pareces casi una mujer... esa cara, esas tetas... y estás más alta, casi... Ah, pero aún eres un pajarito estúpido, ¿verdad? Cantas todas las canciones que te enseñaron... ¿por qué no me cantas a mí una canción? Venga. Canta para mí. Una canción sobre caballeros y hermosas damas. Te gustan los caballeros, ¿no?
—Los v-verdaderos caballeros, mi señor. —La estaba asustando.
—Los verdaderos caballeros —se burló—. No soy un señor, igual que no soy un caballero. ¿Te lo tengo que enseñar a golpes? —Clegane se tambaleó y estuvo a punto de caer—. Dioses —maldijo—. Demasiado vino. ¿Te gusta el vino, pajarito? ¿El verdadero vino? Una jarra de tinto amargo, rojo como la sangre, es lo único que le hace falta a un hombre. O a una mujer. —Se rió y sacudió la cabeza—. Maldita sea, estoy borracho como un perro. Vamos. Tienes que volver a tu jaula, pajarito. Yo te llevaré. Te cuidaré en nombre del rey.
El Perro le dio un empujón extrañamente delicado y la siguió escaleras abajo. Cuando llegaron a la base de la escalinata, volvía a estar inmerso en un silencio hosco, como si se hubiera olvidado de ella.
Al llegar al Torreón de Maegor, se alarmó al ver que el puente lo vigilaba Ser Boros Blount. Su blanco yelmo se giró con un movimiento rígido al oír sus pisadas. Sansa apartó la vista, asustada. Ser Boros era el peor miembro de la Guardia Real, feo, malhumorado, todo ceño y papada.
—No temas, niña. —El Perro le puso una pesada mano en el hombro—. Aunque le pinten rayas a un sapo no se convierte en tigre.
—Ser, ¿dónde...? —preguntó Ser Boros levantándose el visor.
—Métete por el culo eso de «ser», Boros. El caballero eres tú, no yo. Yo soy el perro del rey, ¿recuerdas?
—El rey estaba buscando a su perro.
—El perro estaba bebiendo. Te correspondía a ti cuidar de él, ser. A ti y al resto de mis hermanos.
Ser Boros se volvió hacia Sansa.
—¿Cómo es que no estabais en vuestras habitaciones a estas horas de la noche, señora?
—Fui al bosque de dioses, a rezar por el rey. —La mentira le sonó mejor en esta ocasión, como si fuera verdad.
—¿Crees que podía dormir con todo este ruido? —bufó Clegane—. ¿Qué ha pasado?
—Unos idiotas, en la puerta —explicó Ser Boros—. Alguien se fue de la lengua y han corrido rumores sobre los preparativos para el banquete nupcial de Tyrek, y a esos miserables se les metió en la cabeza que querían tomar parte. Su Alteza se puso al frente de una partida y los ha hecho huir.
—Valiente muchacho —dijo Clegane frunciendo los labios.
«Ya veremos cómo es de valiente cuando se enfrente a mi hermano», pensó Sansa. El Perro cruzó el puente levadizo con ella y la acompañó escaleras arriba.
—¿Por qué permitís que os llamen perro? —le preguntó—. No dejáis que nadie diga que sois un caballero.
—Los perros me gustan más que los caballeros. El padre de mi padre era el encargado de las perreras en la Roca. Una tarde de otoño, Lord Tytos se interpuso entre una leona y su presa. A la leona le importaba una mierda que ella misma estuviera en el blasón de los Lannister. La muy puta destrozó al caballo de mi señor, y hubiera acabado también con mi señor si mi abuelo no hubiera aparecido de repente con los perros. Tres sabuesos murieron, pero la pusieron en fuga. Mi abuelo perdió una pierna, de manera que Lannister se la pagó con tierras y un torreón, y tomó a su hijo como escudero. Los tres perros de nuestro blasón son los tres que murieron sobre la hierba amarilla del otoño. Un perro morirá por ti, pero jamás te mentirá. Y te mirará directamente a la cara. —Le puso una mano bajo la mandíbula y la obligó a alzar el rostro. Sus dedos le hacían daño en la cara—. Es más de lo que se puede decir de los pajaritos, ¿no? No me has cantado nada.
—Sé... sé una canción, sobre Florian y Jonquil.
—¿Florian y Jonquil? Un bufón y una zorra. No, gracias. Pero algún día me cantarás, quieras o no.
—De buena gana cantaré para vos.
—Tan bonita, y tan mala mentirosa. —Sandor Clegane soltó un bufido—. Los perros olfatean las mentiras, ¿sabes? Mira a tu alrededor y olisquea bien. Esto está lleno de mentirosos... y todos son mejores que tú.
ARYA
Después de encaramarse a la rama más alta, Arya alcanzó a ver las chimeneas que sobresalían entre los árboles. Los tejados de paja se amontonaban a lo largo de la orilla del lago y del arroyuelo que desembocaba en él, y un muelle de madera se adentraba en el agua junto a un edificio bajo y alargado con tejado de pizarra.
Se asomó un poco más, hasta que la rama empezó a combarse bajo su peso. En el muelle no había botes amarrados, pero alcanzó a ver tenues zarcillos de humo que salían por algunas de las chimeneas, así como parte de un carromato oculto tras un establo.
«Ahí hay alguien.» Arya se mordió el labio. El resto de los lugares que habían visto estaban desiertos y arrasados, ya fueran granjas, aldeas, castillos, septos o graneros. Si podía arder, los Lannister lo habían quemado; si podía morir, lo habían matado. Hasta habían prendido fuego a los bosques siempre que tuvieron ocasión, aunque las hojas eran todavía verdes y estaban húmedas tras las recientes lluvias, y los incendios no llegaron a extenderse.
—Si hubieran podido, habrían quemado el lago —llegó a decir Gendry.
Arya sabía que tenía razón. La noche que escaparon, las llamas de la ciudad incendiada se reflejaron en el agua con tal brillo que parecía como si el lago estuviera ardiendo.
Cuando por fin reunieron valor para regresar a las ruinas la noche siguiente, sólo quedaban piedras ennegrecidas, los muros de algunas casas y cadáveres. En algunos puntos, de las cenizas salían aún jirones de humo. Pastel Caliente les suplicó que no volvieran, y Lommy los llamó idiotas y les aseguró que Ser Amory los cogería y los mataría también a ellos, pero cuando llegaron al fuerte hacía tiempo que Lorch y sus hombres se habían marchado. Se encontraron las puertas derribadas, los muros parcialmente demolidos y el interior plagado de cadáveres. A Gendry le bastó un vistazo.
—Los han matado a todos —dijo—. Y luego llegaron los perros.
—O los lobos.
—Lobos, perros, qué más da. Aquí no hay nada que hacer.
Pero Arya se negó a marcharse hasta que no encontraran a Yoren. Se dijo que a él no podían haberlo matado, era demasiado duro, y además se trataba de un hermano de la Guardia de la Noche. Se lo dijo a Gendry mientras buscaban entre los cadáveres.
El hachazo que lo había matado le había hendido el cráneo en dos, pero la barba enmarañada era inconfundible, igual que las ropas, remendadas, sucias y tan desteñidas que eran más grises que negras. Ser Amory Lorch había dedicado tan poco esfuerzo a enterrar los cadáveres de sus muertos como los de sus enemigos, y había cuatro soldados Lannister caídos cerca de Yoren. Arya se preguntó cuántos hombres habían hecho falta para acabar con él.
«Me iba a llevar a casa —pensó mientras cavaba una tumba para el anciano. Había demasiados muertos para enterrarlos a todos, pero insistió en que al menos Yoren debía reposar con dignidad—. Me iba a llevar sana y salva a Invernalia, me lo prometió.» Una parte de ella quería llorar. La otra quería patear el cadáver.
Fue Gendry quien se acordó del torreón señorial y de los tres que Yoren había enviado a defenderlo. También había sido atacado, pero la torre redonda no tenía más que una entrada, a la altura del segundo piso, a la que se llegaba por una escalera de mano. Cuando la recogieron desde dentro, los hombres de Ser Amory no pudieron acceder. Los Lannister amontonaron leña en torno a la base de la torre para prenderle fuego, pero la piedra no ardía, y Lorch no tenía paciencia para rendirlos por hambre. Cutjack abrió la puerta ante los gritos de Gendry, y cuando Kurz dijo que sería más seguro seguir hacia el norte en vez de volver atrás, Arya se aferró a aquella esperanza. Aún podría volver a Invernalia.
Aquella aldea no era Invernalia, pero los techos de paja eran una promesa de calor y refugio, tal vez incluso de comida, si tenían valor para acercarse.
«A menos que Lorch esté ahí. Tenía caballos, puede moverse más deprisa que nosotros.» Vigiló desde el árbol largo rato con la esperanza de ver algo más, un hombre, un caballo, un estandarte, cualquier cosa que le diera una pista. En varias ocasiones detectó movimientos, pero los edificios estaban tan distantes que no había manera de asegurarse. Una vez oyó claramente el relincho de un caballo.
Había muchos pájaros revoloteando, sobre todo cuervos. La distancia los hacía parecer pequeños como moscas mientras dibujaban círculos y volaban sobre los tejados de paja. Al este, el Ojo de Dioses era una hoja de azul martillado por el sol que llenaba la mitad del mundo. Algunos días, mientras avanzaban despacio por la orilla cenagosa (Gendry no quería ni oír hablar de caminos, y hasta Pastel Caliente y Lommy lo veían lógico), Arya sentía como si el lago la estuviera llamando. Habría querido sumergirse en aquellas plácidas aguas azules, volver a sentirse limpia, nadar, chapotear, tenderse al sol... Pero no se atrevía a quitarse la ropa cerca de los demás, ni siquiera para lavarla. Al atardecer solía sentarse en una roca y meter los pies en el agua fresca. Había terminado por tirar sus zapatos, rotos y medio podridos. Al principio le resultó difícil caminar descalza, pero las ampollas se reventaron, los cortes se curaron, y la planta de sus pies se hizo dura como el cuero. Era agradable sentir el barro entre los dedos, así como la tierra bajo los pies cuando caminaba.
Desde allí arriba alcanzaba a ver un islote boscoso al noreste. Estaba a unos treinta metros de la orilla, tres cisnes negros se deslizaban sobre las aguas, tan serenos... Nadie les había explicado que estaban en guerra, y a ellos no les importaba que las ciudades ardieran y los hombres murieran. Los contempló con anhelo. Parte de ella quería ser un cisne. La otra parte quería comerse a los cisnes. Había desayunado unas bellotas machacadas y un puñado de insectos. Los insectos no estaban tan mal, una vez uno se acostumbraba. Los gusanos eran peores, pero no tan malos como el dolor en el vientre tras varios días sin comer. Encontrar insectos era sencillo, no había más que dar la vuelta a una piedra. Arya se había comido un bicho una vez, cuando era pequeña, para hacer chillar a Sansa, de manera que no le dio miedo comerse otro. A Comadreja tampoco le dio miedo, pero Pastel Caliente vomitó el escarabajo que intentó tragarse, y Lommy y Gendry ni siquiera lo intentaron. El día anterior Gendry había cogido una rana y la compartió con Lommy, y pocos días antes Pastel Caliente encontró zarzamoras y limpió el arbusto, pero sobre todo habían subsistido a base de agua y de bellotas. Kurz les había enseñado a machacar las bellotas con una piedra para hacer una especie de pasta. Tenía un sabor repugnante.
Ojalá no hubiera muerto el cazador furtivo. Sabía más que todo el resto juntos acerca de los bosques, pero recibió un flechazo en un hombro mientras metían la escalera de mano en el torreón. Tarber le tapó la herida con barro y musgo del lago, y durante un par de días Kurz aseguraba que la herida no era nada, aunque se le estaba poniendo negra la carne de la garganta y le habían salido verdugones de color rojo rabioso en la mandíbula y en el pecho. Una mañana no tuvo fuerzas para levantarse, y a la siguiente ya estaba muerto.
Lo enterraron bajo un montón de piedras, y Cutjack se quedó con su espada y con el cuerno de caza, mientras que Tarber se apoderó del arco, las botas y el cuchillo.
Se lo llevaron todo cuando se marcharon. Al principio, los demás pensaron que habían ido a cazar, que no tardarían en volver con comida para todos. Pero aguardaron y aguardaron, hasta que Gendry ordenó que se pusieran en marcha. Seguramente Tarber y Cutjack pensaron que tendrían más posibilidades de sobrevivir si no cargaban con una manada de huérfanos. Quizá fuera cierto, pero eso no hacía que Arya los detestara menos por abandonarlos de aquella manera.
Al pie del árbol, Pastel Caliente ladró como un perro. Kurz les había dicho que utilizaran sonidos de animales para comunicarse entre ellos. Les dijo que era un viejo truco de los cazadores furtivos, pero murió antes de enseñarles a hacerlos bien. Las imitaciones de pájaros de Pastel Caliente eran horrorosas. Su perro era mejor, pero no mucho.
Arya saltó de la rama alta a otra más baja, extendiendo las manos para mantener el equilibrio. «Una danzarina del agua nunca se cae.» Ligera, aferrándose a la rama con los dedos de los pies, caminó un metro y saltó hacia una rama más grande que había abajo. Luego se fue dando impulso con las manos hasta llegar al tronco. Descendió muy deprisa, saltó cuando estaba a metro y medio del suelo, y cayó rodando.
—Has estado ahí arriba un buen rato. —Gendry le tendió una mano para ayudarla a levantarse—. ¿Qué has visto?
—Una aldea de pescadores. Muy pequeña, en la orilla, más al norte. Conté veintiséis tejados de paja y uno de pizarra. Vi parte de un carromato. Allí hay gente.
Al oír su voz, Comadreja salió arrastrándose de entre los arbustos. Lommy le había puesto aquel nombre, porque decía que parecía una comadreja. No era cierto, pero no podían seguir llamándola niña llorona, ya que por fin había dejado de llorar. Tenía la boca sucia. Arya se temió que hubiera vuelto a comer barro.
—¿Has visto a alguien? —preguntó Gendry.
—Lo que he visto sobre todo son tejados —reconoció Arya—, pero de algunas chimeneas salía humo y he oído un relincho de caballo.
Comadreja se aferró a una de sus piernas con fuerza. Ahora le daba por hacer eso.
—Si hay gente, hay comida —dijo Pastel Caliente en voz demasiado alta. Gendry no paraba de decirle que tenía que hablar más bajo, pero no servía de nada—. Puede que nos den un poco.
—Y puede que nos maten —dijo Gendry.
—No si nos rendimos —sugirió Pastel Caliente.
—Hablas como Lommy.
Lommy Manosverdes estaba sentado entre dos raíces gruesas, al pie de un roble. Una lanza le había atravesado la pantorrilla izquierda la noche de la batalla. Al principio pudo caminar a la pata coja, apoyándose en Gendry, pero ya no podía hacer ni eso. Habían cortado ramas de árboles para hacerle una camilla, pero de aquella manera su avance era mucho más lento, y cada vez que sacudían la camilla lanzaba gemidos.
—Tenemos que rendirnos —dijo—. Eso es lo que debió hacer Yoren. Debió abrir la puerta, como le ordenaron.
Arya estaba harta de oír decir a Lommy que Yoren debería haberse rendido. Era de lo único que hablaba mientras lo llevaban en la camilla. De eso, de su pierna y de su estómago vacío.
Pastel Caliente asintió.
—Le dijeron a Yoren que abriera las puertas, le dijeron que era en nombre del rey. Si te dicen una cosa en nombre del rey, tienes que obedecer. Todo fue por culpa de ese viejo asqueroso. Si se hubiera rendido, nos habrían dejado en paz.
—Los caballeros y los señores se toman prisioneros unos a otros y pagan rescates —dijo Gendry con el ceño fruncido—, pero no les importa si la gente como nosotros nos rendimos o no. —Se volvió hacia Arya—. ¿Qué más has visto?
—Es una aldea de pescadores —dijo Pastel Caliente—, seguro que nos venden pescado.
El lago estaba lleno de peces, pero no tenían con qué atraparlos. Arya había intentado cogerlos con las manos, como había visto hacer a Koss, pero los peces eran más rápidos que las palomas, y el agua le engañaba a la vista.
—No sé si nos venderán pescado. —Arya revolvió el pelo enredado de Comadreja y pensó que lo mejor sería cortárselo—. Hay muchos cuervos junto al agua. Debe de haber algo muerto.
—Pescado, el agua lo habrá echado a la orilla —dijo Pastel Caliente—. Si los cuervos se lo pueden comer, nosotros también.
—Podríamos cazar unos cuantos cuervos y comérnoslos —dijo Lommy—. Podríamos hacer una hoguera y asarlos como pollos.
Cuando Gendry fruncía el ceño tenía un aspecto fiero. Le había crecido la barba, espesa y negra como el brezo.
—He dicho que nada de fuegos.
—Lommy tiene hambre —lloriqueó Pastel Caliente—. Y yo también.
—Todos tenemos hambre —dijo Arya.
—No, tú no. —Lommy escupió hacia un lado—. Comegusanos.
—Te dije que te buscaría gusanos para ti, si querías. —Arya sintió ganas de darle una patada en la herida.
—Si no fuera por lo de la pierna —replicó Lommy con cara de asco—, iría a cazar unos cuantos jabalíes.
—Unos cuantos jabalíes —se burló ella—. Para cazar jabalíes hacen falta lanzas especiales, caballos, perros y hombres que los hagan salir de sus guaridas.
Su padre había cazado jabalíes en el Bosque de los Lobos con Robb y Jon. Una vez se llevó también a Bran, pero no a Arya, aunque ella era mayor. La septa Mordane le dijo que cazar jabalíes no era propio de una dama, y a su madre sólo consiguió arrancarle la promesa de que, cuando cumpliera más años, podría tener un halcón. Ya había cumplido más años, pero si tuviera un halcón se lo comería.
—¡Qué sabrás tú de cazar jabalíes! —dijo Pastel Caliente.
—Más que tú.
—Callaos los dos. —Gendry no estaba de humor para aquello—. Tengo que pensar. —Cuando pensaba, siempre ponía cara de sufrimiento, como si le doliera mucho.
—Tenemos que rendirnos —dijo Lommy.
—Te he dicho que te calles y que dejes eso de rendirnos. Ni siquiera sabemos quién hay ahí. Puede que podamos robar algo de comida.
—Si no fuera por lo de la pierna, Lommy podría robarla —dijo Pastel Caliente—. En la ciudad era ladrón.
—Un ladrón muy malo —señaló Arya—. O no lo habrían cogido.
—El ocaso será el mejor momento para entrar a escondidas. —Gendry entrecerró los ojos y miró en dirección al sol—. En cuanto oscurezca iré a explorar.
—No, iré yo —dijo Arya—. Tú eres muy escandaloso.
—Iremos los dos —dijo Gendry con firmeza.
—Debería ir Arry —dijo Lommy—. Es más sigiloso que tú.
—He dicho que iremos los dos.
—¿Y si no vuelves? Pastel Caliente no puede llevarme él solo, lo sabes de sobra...
—Y hay lobos —dijo Pastel Caliente—. Los oí anoche, cuando montaba guardia. Me pareció que estaban muy cerca.
Arya también los había oído. Estaba dormida entre las ramas de un olmo, pero los aullidos la despertaron. Se había quedado sentada durante una hora entera, escuchando, aunque de cuando en cuando un escalofrío le recorría la columna.
—Y tú ni siquiera nos dejas encender un fuego para espantarlos —se quejó Pastel Caliente—. No está bien, nos abandonas a los lobos.
—Nadie os abandona —replicó Gendry, asqueado—. Si vienen lobos, Lommy tiene su lanza, y tú estarás con él. Sólo vamos a echar un vistazo, nada más. Volveremos.
—Sean quienes sean, deberíais rendiros —gimoteó Lommy—. Necesito alguna poción para la pierna, me duele mucho.
—Si vemos alguna poción para piernas te la traeremos —dijo Gendry—. Vamos, Arry. Quiero acercarme antes de que el sol se ponga. Pastel Caliente, quédate con Comadreja. No quiero que nos siga.
—La última vez me dio una patada.
—Yo sí que te daré una patada si no la vigilas bien. —Sin aguardar respuesta, Gendry se puso el yelmo de acero y echó a andar.
Arya tuvo que correr para mantener el paso. Gendry le llevaba cinco años, medía treinta centímetros más y caminaba a zancadas largas. Durante un rato no dijo nada, se limitó a caminar entre los árboles con un gesto de enfado en el rostro. Hacía demasiado ruido, pero al final se detuvo.
—Creo que Lommy va a morir —dijo.
Arya no se sorprendió. Kurz había muerto a causa de la herida, y era mucho más fuerte que Lommy. Cuando le tocaba a ella ayudar a llevar la camilla notaba que tenía la piel muy caliente, y que de su pierna salía un hedor repugnante.
—A lo mejor, si encontráramos a un maestre...
—Los maestres sólo están en los castillos. —Gendry se agachó para esquivar una rama baja—. Y aunque encontráramos uno, no se mancharía las manos con alguien como Lommy.
—Eso no es cierto. —El maestre Luwin ayudaría a cualquiera que lo necesitase, estaba segura.
—Va a morir, y cuanto antes muera, mejor para los demás. Deberíamos dejarlo, como dice él. Si los heridos fuéramos tú o yo, él nos abandonaría, bien lo sabes. —Bajaron por una vertiente abrupta de una hondonada y subieron por la otra, ayudándose de las raíces para trepar—. Estoy harto de llevarlo y estoy harto de oírle hablar de rendición. Si pudiera ponerse en pie le saltaría los dientes a puñetazos. Lommy no sirve de nada a nadie. Y la niña llorona tampoco.
—Deja en paz a Comadreja. Lo que le pasa es que tiene miedo y hambre, nada más. —Miró hacia atrás pero para variar la niña no la seguía. Pastel Caliente la debía de haber agarrado, tal como le dijo Gendry.
—No sirve de nada —repitió Gendry, testarudo—. Ella, Pastel Caliente y Lommy lo único que hacen es retrasarnos, y al final conseguirán que nos maten. De todo el grupo, sólo tú vales para algo. Y eso que eres una chica.
Arya se quedó clavada en el sitio.
—¡No soy una chica!
—Claro que lo eres. ¿Qué pasa, crees que soy tan idiota como los demás?
—No, eres más idiota. En la Guardia de la Noche no hay chicas, lo sabe todo el mundo.
—Es verdad. No sé por qué Yoren te llevaba, pero alguna razón tendría. Eres una chica.
—¡Mentira!
—Entonces sácate la picha y ponte a mear. Venga.
—No tengo ganas de hacer pis. Pero podría si quisiera.
—Mentirosa. No te puedes sacar la picha porque no tienes. No me había fijado al principio, cuando éramos treinta, pero siempre te metes en el bosque para mear. Pastel Caliente no hace eso, ni yo. Si no eres una chica, debes de ser un eunuco.
—Eunuco lo serás tú.
—Bien sabes que no. —Gendry sonrió—. ¿Quieres que me saque la picha para demostrarlo? No tengo nada que ocultar.
—Sí que ocultas algo —barbotó Arya, buscando a la desesperada evitar el tema de la picha que no tenía—. Esos capas doradas que nos detuvieron en la posada te buscaban a ti, y no quieres decirnos por qué motivo.
—Ojalá lo supiera. Yoren sí que lo sabía, creo, pero no me lo dijo. Por cierto, ¿por qué creíste que te buscaban a ti?
Arya se mordió el labio. Recordó lo que le había dicho Yoren el día que le cortó el pelo: «De este grupo, la mitad te entregarían a la reina en menos de lo que se tarda en escupir, a cambio del indulto y tal vez unas monedas de plata. La otra mitad haría lo mismo, sólo que antes te violarían». El único diferente era Gendry, la reina también lo buscaba a él.
—Te lo cuento si tú me cuentas lo tuyo —dijo con cautela.
—Ojalá lo supiera, Arry... ¿te llamas Arry de verdad o tienes nombre de chica?
Arya contempló las raíces nudosas que había a sus pies. Sabía que se había acabado la hora de fingir. Gendry lo sabía todo, y ella no llevaba en los pantalones lo que necesitaba para convencerlo. Podía desenfundar a Aguja y matarlo allí mismo, o confiar en él. No estaba segura de poder matarlo, aunque quisiera: él también tenía espada, y era mucho más fuerte. Lo único que le quedaba era la verdad.
—Lommy y Pastel Caliente no deben enterarse —dijo.
—No lo sabrán por mí —juró Gendry.
—Arya. —Alzó la vista y clavó los ojos en los suyos—. Me llamo Arya. De la Casa Stark.
—De la casa... —Tardó un momento en comprender—. La Mano del Rey se llamaba Stark. Lo mataron por traidor.
—Nunca fue un traidor. Era mi padre.
—Así que por esa razón tú creíste... —Gendry tenía los ojos muy abiertos.
—Yoren iba a llevarme a casa —explicó Arya después de asentir—, a Invernalia.
—Si... si eres de noble cuna, entonces... serás una dama...
Arya se contempló las ropas andrajosas y los pies descalzos, llenos de callos y heridas. Se fijó en la suciedad que tenía bajo las uñas, en las costras de los codos y los arañazos de las manos.
«La septa Mordane no me conocería, seguro. A lo mejor Sansa sí, pero fingiría no verme.»
—Mi madre es una dama, y mi hermana también, pero yo nunca lo he sido.
—Sí lo has sido. Eras hija de un señor y vivías en un castillo, ¿no? Y tú... ay, por los dioses, nunca me... —De repente Gendry parecía inseguro, casi asustado—. No debí decir todo eso de las pichas... y he estado meando delante de ti... digo de vos... os ruego vuestro perdón, mi señora...
—¡Para ya! —bufó Arya. ¿Se estaba burlando de ella?
—Sé comportarme, mi señora —siguió Gendry, testarudo como siempre—. Cuando entraba una chica noble en el taller con sus padres, mi maestro me enseñó a hincar una rodilla en tierra, a hablar sólo si me hablaban y a llamarla «mi señora».
—Si empiezas a llamarme «mi señora», hasta Pastel Caliente se va a dar cuenta. Y más vale que sigas meando como hasta ahora.
—Como mi señora ordene.
Arya le dio un empujón en el pecho con las dos manos. Gendry tropezó con una piedra y cayó sentado.
—Pero ¿qué clase de hija de noble eres tú? —rió.
—De esta clase. —Le dio una patada en el costado, pero con eso sólo consiguió que se riera más—. Ríete cuanto quieras, yo voy a ver quién hay en el pueblo.
El sol ya se había puesto tras los árboles, no tardaría mucho en anochecer. Por una vez fue Gendry quien tuvo que apresurarse para alcanzarla.
—¿Hueles eso? —le preguntó Arya.
—¿Pescado podrido? —preguntó el muchacho después de olisquear el aire.
—Sabes muy bien que no es pescado.
—Más vale que tengamos cuidado. Yo iré por el oeste, a ver si hay algún camino. Si viste un carromato, es que debe de haberlo. Tú ve por la playa. Si necesitas ayuda, ladra como un perro.
—Qué tontería. Si necesito ayuda, gritaré «¡Ayuda!».
Echó a correr, sin hacer ruido con los pies descalzos sobre la hierba. Cuando se volvió para mirar por encima del hombro, vio que Gendry la seguía con la mirada y tenía cara de sufrimiento. Eso significaba que estaba pensando. «Seguro que se está diciendo que no debería permitir que una "mi señora" fuera a robar comida.» Arya sabía que se iba a comportar como un idiota en adelante.
El olor se fue haciendo más fuerte a medida que se acercaba al pueblo. No era olor a pescado podrido. Era un hedor más rancio, más nauseabundo. Arrugó la nariz.
Cuando los árboles empezaron a escasear, fue deslizándose de arbusto en arbusto, silenciosa como una sombra. Cada pocos metros se detenía a escuchar. La tercera vez oyó ruido de caballos y también la voz de un hombre. El olor era cada vez peor.
«Huele a hombres muertos, eso es.» Conocía ese olor, era el que desprendían Yoren y los demás.
Al sur de la aldea crecía un denso zarzal. Cuando llegó junto a él, las largas sombras del ocaso empezaban a desaparecer, y salían las primeras luciérnagas. Por encima del zarzal se veían los tejados de paja. Reptó por el suelo hasta encontrar un hueco y se deslizó por él arrastrándose sobre el vientre, bien oculta hasta que vio de dónde procedía el olor.
Junto a las tranquilas aguas del Ojo de Dioses se había alzado un largo patíbulo de madera verde, en el que estaban ahorcadas unas cosas que habían sido humanas, con los pies encadenados, mientras los cuervos picoteaban la carne y revoloteaban de cadáver en cadáver. Por cada cuervo había un centenar de moscas. Cuando el viento sopló procedente del lago, el cadáver más cercano pareció volverse hacia ella. Los cuervos le habían devorado la mayor parte del rostro, y otra alimaña también se había ocupado de él, otra mucho más grande. Tenía desgarrado el pecho y la garganta, y del vientre abierto brotaban entrañas de un verde brillante y jirones de carne. Le habían arrancado un brazo; Arya divisó los huesos mordidos y picoteados a pocos metros de distancia. No les quedaba nada de carne.
Se obligó a fijarse en el siguiente hombre, y luego en el siguiente, y en el siguiente, sin dejar de repetirse que era dura como una piedra. Eran cadáveres, tan destrozados y podridos que tardó unos instantes en darse cuenta de que los habían desnudado antes de colgarlos. No parecían personas desnudas; en realidad, casi no parecían personas. Los cuervos les habían devorados los ojos, a veces el rostro entero. Del sexto de la hilera sólo quedaba una pierna, todavía sujeta por las cadenas, que se mecía con el viento.
«El miedo hiere más que las espadas.» Los muertos no podían hacerle daño, pero quien los había matado, sí. Más allá del patíbulo, dos hombres con cota de malla se apoyaban en sus lanzas ante el edificio alargado que había junto al agua, el del tejado de pizarra. Habían clavado en el suelo lodoso un par de pértigas largas, y de cada una colgaba un estandarte. Uno parecía rojo y el otro más claro, tal vez blanco o amarillo, pero colgaban inertes por la falta de viento, y con la oscuridad del crepúsculo no podía estar segura de que el rojo fuera escarlata Lannister. «No me hace falta ver el león, ya veo a los muertos. ¿Quiénes pueden ser, sino Lannister?»
Entonces se oyó un grito.
Los dos lanceros se volvieron, y apareció un tercero empujando a un cautivo. Ya estaba demasiado oscuro para distinguir los rostros, pero el prisionero llevaba un brillante yelmo de acero, y al ver los cuernos Arya supo que se trataba de Gendry. «Idiota, idiota, idiota, ¡idiota!», pensó. Si lo hubiera tenido al lado le habría pegado otra patada.
Los guardias hablaban en voz alta, pero estaba demasiado lejos para oír qué decían, y más aún con los graznidos y revoloteos de los cuervos. Uno de los lanceros le quitó el yelmo a Gendry y le hizo una pregunta, pero no debió de gustarle la respuesta, porque lo golpeó en el rostro con el asta de la lanza y lo derribó. El que lo había capturado le dio una patada, mientras que el segundo lancero se probaba el yelmo en forma de cabeza de toro. Por último lo pusieron de pie y lo empujaron hacia el almacén. Cuando abrieron las pesadas puertas de madera, un niñito salió a toda velocidad, pero uno de los guardias lo agarró por el brazo y lo obligó a entrar de nuevo. A Arya le llegaron sonidos de sollozos procedentes del interior, y luego un grito tan largo y lleno de dolor que tuvo que morderse los labios.
Los guardias empujaron a Gendry al interior junto con el niño y atrancaron las puertas. En aquel momento sopló una brisa procedente del lago, y los estandartes se agitaron y ondearon. El del asta más alta era, como había temido, el león dorado. En el otro, tres esbeltas formas negras corrían por un campo color amarillo mantequilla. Le pareció que eran perros. Arya había visto antes aquellos perros, pero ¿dónde?
Aquello no importaba. Lo único importante era que habían cogido a Gendry. Tenía que sacarlo de allí, aunque fuera un cabezota y un imbécil. Se preguntó si los soldados sabrían que la reina lo estaba buscando.
Uno de los guardias se quitó el yelmo y se puso el de Gendry. Arya se enfureció, pero sabía que no podía hacer nada para impedirlo. Le pareció oír más gritos procedentes del almacén sin ventanas, amortiguados por los muros de piedra, pero no estaba segura.
Permaneció allí el tiempo suficiente para ver el cambio de guardia y luego mucho más. Los hombres iban y venían. Llevaron a los caballos al arroyo para abrevarlos. Una partida de caza regresó del bosque, llevaban un ciervo colgado de una pértiga. Los observó mientras lo limpiaban, le quitaban las entrañas y preparaban una hoguera al otro lado del arroyo, y el olor de la carne asada se unió al de la podredumbre de los cadáveres. El estómago vacío le rugía y estuvo a punto de vomitar. La perspectiva de la cena hizo que otros hombres salieran de las casas; casi todos llevaban cotas de malla o petos de cuero. Cuando el ciervo estuvo bien asado, cortaron las mejores porciones y las llevaron a una de las casas.
Arya pensó que durante la noche podría acercarse a hurtadillas y liberar a Gendry, pero los guardias encendieron antorchas con las llamas de la hoguera. Un escudero llevó carne y pan a los dos guardias que había ante el almacén, y más tarde se les unieron otros dos hombres. Empezaron a pasarse un pellejo de vino de mano en mano. Cuando se lo terminaron los otros se fueron, pero los dos guardias del principio siguieron allí, apoyados en sus lanzas.
Cuando por fin se decidió a salir de debajo del brezo para internarse en la oscuridad del bosque, Arya tenía las piernas y los brazos entumecidos, y la noche era cerrada excepto en los momentos en que los tímidos rayos de luna se filtraban entre las nubes.
«Silenciosa como una sombra», se dijo mientras avanzaba entre los árboles. No se atrevía a correr en aquella oscuridad, por miedo a tropezar con alguna raíz, o a perderse. A su izquierda, el Ojo de Dioses lamía las orillas con olas sosegadas. A su derecha la brisa susurraba entre las ramas, y las hojas crujían y se mecían. Y, a lo lejos, se oía el aullido de los lobos.
Lommy y Pastel Caliente estuvieron a punto de cagarse de miedo cuando salió de entre los árboles justo detrás de ellos.
—Silencio —les dijo al tiempo que rodeaba a Comadreja con un brazo, cuando la niñita corrió hacia ella.
—Pensábamos que nos habíais abandonado —dijo Pastel Caliente mirándola con los ojos muy abiertos. Tenía en la mano la espada corta, la que Yoren le había quitado a un capa dorada—. Tenía miedo de que fueras un lobo.
—¿Dónde está el Toro? —preguntó Lommy.
—Lo han cogido —susurró Arya—. Tenemos que sacarlo de allí. Vas a tener que ayudarme, Pastel Caliente. Nos acercaremos a escondidas, mataremos a los guardias y luego yo abriré la puerta.
Pastel Caliente y Lommy se miraron.
—¿Cuántos son?
—No he podido contarlos —reconoció Arya—. Por lo menos veinte, pero ante la puerta sólo hay dos.
—No podemos luchar contra veinte. —Pastel Caliente puso cara de estar a punto de llorar.
—Sólo tienes que luchar contra uno. Yo me encargo del otro, sacamos a Gendry y nos largamos.
—Deberíamos rendirnos —dijo Lommy—. Vamos allí y nos rendimos.
Arya sacudió la cabeza, testaruda.
—Entonces olvídate de Gendry, Arry —suplicó Lommy—. No saben que estamos aquí, si nos escondemos se irán, sabes que se irán. No es culpa nuestra que cogieran a Gendry.
—Eres idiota, Lommy —dijo Arya, furiosa—. Si no sacamos a Gendry, el que va a morir eres tú. ¿Quién te va a llevar si no?
—Pastel Caliente y tú.
—¿Todo el rato, sin ayuda de nadie? No lo lograremos. Gendry es el más fuerte. Además, me importa un rábano lo que digas, voy a volver a por él. —Miró a Pastel Caliente—. ¿Vienes conmigo?
Pastel Caliente miró a Lommy, a Arya y a Lommy otra vez.
—De acuerdo —dijo de mala gana—. Lommy, vigila bien a Comadreja.
—¿Y si vienen los lobos? —El muchacho agarró a la niñita de la mano y la atrajo hacia él.
—Ríndete —sugirió Arya.
Les pareció que tardaron horas en encontrar el camino de vuelta a la aldea. Pastel Caliente no paraba de tropezar y de extraviarse, y Arya tenía que esperarlo a menudo, incluso se veía obligada a retroceder. Acabó por agarrarlo de la mano y guiarlo entre los árboles.
—Cállate y sígueme —le ordenó. No tardaron en divisar a lo lejos el brillo de las hogueras de la aldea contra el cielo—. Hay cadáveres colgados al otro lado del seto, pero no te asustes, recuerda que el miedo hiere más que las espadas. Tenemos que ser muy sigilosos, iremos muy despacio.
Pastel Caliente asintió. Arya fue la primera en entrar por debajo del brezo y lo esperó al otro lado, acuclillada. Pastel Caliente salió muy pálido y jadeante, con la cara y los brazos llenos de arañazos sangrantes. Fue a decir algo, pero Arya le puso un dedo en los labios. Se arrastraron sobre las manos y las rodillas a lo largo del patíbulo, bajo los cadáveres que se mecían. El muchacho no alzó la vista en ningún momento ni hizo el menor ruido.
Hasta que un cuervo se posó sobre su espalda, y dejó escapar un grito ahogado.
—¿Quién anda ahí? —retumbó una voz desde la oscuridad.
—¡Me rindo! —Pastel Caliente se puso en pie de un salto y, cuando tiró su espada, una docena de cuervos se alzaron de los cadáveres entre graznidos de protesta. Arya le agarró la pierna y trató de hacer que se agachara, pero el muchacho se liberó y echó a correr, agitando los brazos—. ¡Me rindo, me rindo!
Arya se puso en pie de un salto y echó mano de Aguja, pero estaba rodeada de hombres. Lanzó un tajo al más cercano, que lo paró con el avambrazo de acero, mientras que otro la derribaba por tierra y un tercero la obligaba a soltar la espada. Cuando intentó morderlo, sus dientes tropezaron con una cota de malla fría y sucia.
—Vaya, qué salvaje —dijo el hombre entre risas. El golpe de su puño acorazado estuvo a punto de arrancarle la cabeza.
Se quedó tendida, en el suelo, mientras hablaban de ella, pero no alcanzaba a entender lo que decían. Le zumbaban los oídos. Cuando trató de arrastrarse, la tierra se movió bajo ella.
«Me han quitado a Aguja.» La vergüenza era peor que el dolor, y eso que el dolor era mucho. Jon le había regalado aquella espada. Syrio le había enseñado a utilizarla.
Por último, alguien la agarró por el justillo y la obligó a incorporarse hasta quedar de rodillas. Pastel Caliente también estaba de rodillas, ante el hombre más alto que Arya había visto jamás, un monstruo salido de las historias de la Vieja Tata. No vio de dónde había salido aquel gigante. En su jubón amarillento descolorido se veían tres perros negros a la carrera, y el rostro del hombre era tan duro como si lo hubieran tallado en piedra. De pronto, Arya recordó dónde había visto antes aquellos perros. La noche del torneo en Desembarco del Rey, todos los caballeros colgaron sus escudos en el exterior de sus pabellones.
—Ése es el del hermano del Perro —le había dicho Sansa cuando pasaron junto a los perros negros sobre campo amarillo—. Es aún más alto que Hodor, ya lo verás. Lo llaman la Montaña que Cabalga.
Arya agachó la cabeza, apenas consciente de qué sucedía a su alrededor. Pastel Caliente se estaba rindiendo un poco más.
—Nos guiarás hasta esos otros —dijo la Montaña, antes de alejarse.
A continuación la obligaron a caminar más allá de los muertos del patíbulo, mientras Pastel Caliente decía a sus captores que, si no le hacían daño, les prepararía pasteles y empanadas. Los acompañaban cuatro hombres, uno con una antorcha, otro con una espada larga, y los dos restantes con lanzas.
Lommy estaba donde lo habían dejado, al pie del roble.
—¡Me rindo! —gritó en cuanto los vio. Tiró a un lado la lanza y levantó las manos, manchadas de verde por los viejos tintes—. Me rindo, por favor.
El hombre de la antorcha buscó entre los árboles.
—¿Tú eres el último? El panadero dijo que había también una niña.
—Salió corriendo cuando os oyó llegar —dijo Lommy—. Hacíais mucho ruido.
«Corre, Comadreja —pensó Arya—. Corre mucho, vete lejos, no vuelvas jamás.»
—Dinos dónde está ese hijo de puta de Dondarrion y te ganarás una comida caliente.
—¿Quién? —preguntó Lommy, desconcertado.
—Ya te lo decía yo, éstos no saben más que las zorras de la aldea. Joder, qué pérdida de tiempo.
—¿Te pasa algo en la pierna, muchacho? —preguntó uno de los lanceros acercándose a Lommy.
—Estoy herido.
—¿Puedes caminar? —El hombre parecía preocupado.
—No —dijo Lommy—. Tenéis que llevarme.
—¿De verdad? —Levantó la lanza como quien no quiere la cosa y atravesó el cuello del muchacho. Lommy ni siquiera tuvo tiempo de rendirse de nuevo. Se estremeció una vez y murió. Cuando el hombre sacó la lanza, la sangre brotó en un surtidor oscuro.
—Que lo llevemos, dice —murmuró con una risita.
TYRION
Le habían advertido que se vistiera con prendas de abrigo. Tyrion Lannister obedeció. Llevaba unos calzones guateados y un jubón de lana, y se cubría con la capa de piel de gatosombra que había conseguido en las Montañas de la Luna. La capa tenía un largo absurdo, era para un hombre que lo doblara en estatura. Cuando no iba a caballo, la única manera de llevarla era envolverse en ella varias veces, con lo que parecía una bola de pelo a rayas.
Pese a todo se alegraba de haber seguido el consejo. El frío húmedo de la larga cripta se metía hasta los huesos. Timett prefirió volver a subir al sótano en cuanto probó la temperatura que había abajo. Se encontraban en algún punto bajo la colina de Visenya, detrás del edificio del Gremio de Alquimistas. Los muros de piedra húmeda tenían manchones de salitre, y la única luz que les llegaba procedía de la lámpara de aceite, de hierro y cristal, que con tanta cautela llevaba Hallyne el Piromante.
«Con cautela, desde luego... y con más cautela aún hay que manejar estos frascos.» Tyrion cogió uno para examinarlo. Era redondeado y rojizo, como un pomelo de barro. Para su mano resultaba un poco grande, pero sabía que en la de un hombre normal encajaría a la perfección. Las paredes eran muy finas, tan frágiles que le habían avisado para que no lo apretara demasiado, ya que lo podía aplastar con el puño. Además eran rugosas. Hallyne le explicó que era intencionado.
—Un frasco liso resbala de los dedos con mayor facilidad.
Tyrion inclinó el frasco para ver su contenido, y el fuego valyrio fluyó hacia el borde. Sabía que debía de ser de un color verde lóbrego, pero con tan poca luz era imposible confirmarlo.
—Está muy espeso —señaló.
—Es por el frío, mi señor —dijo Hallyne, un hombre demacrado, de manos blandas y húmedas, y modales obsequiosos. Vestía una túnica a rayas negras y escarlatas con ribetes de marta, aunque la piel parecía bastante remendada y apolillada—. Cuando se calienta la sustancia es más fluida, como el aceite de las lámparas.
«Sustancia» era como los piromantes llamaban al fuego valyrio. También se llamaban unos a otros «sapiencia», cosa que a Tyrion le resultaba casi tan molesta como su costumbre de insinuar cuán vastos eran los conocimientos secretos que querían hacerle creer que tenían. En otros tiempos habían sido un gremio muy poderoso, pero en los últimos siglos los maestres de la Ciudadela habían reemplazado a los alquimistas casi en todas partes. De la antigua orden sólo quedaban unos pocos, y ya ni siquiera fingían ser capaces de transmutar metales...
Pero podían hacer fuego valyrio.
—Tengo entendido que el agua no lo apaga.
—Es verdad. Una vez se le prende fuego, la sustancia arde hasta que se agota. Más aún, se filtra en la ropa, la madera, el cuero y hasta el acero, y hace que también esos materiales ardan.
Tyrion recordó al sacerdote rojo Thoros de Myr, con su espada llameante. Hasta una fina película de fuego valyrio podía arder durante una hora. Después de cada combate cuerpo a cuerpo, a Thoros había que darle una espada nueva, pero Robert le tenía afecto y siempre se la proporcionaba de buena gana.
—¿Por qué no se filtra también a través de la arcilla?
—Sí se filtra, mi señor —dijo Hallyne—. Bajo esta cripta hay otra donde almacenamos los frascos más antiguos. Los de tiempos del rey Aerys. Le gustaba que los hicieran con forma de frutas. Eran frutas muy peligrosas, mi señor Mano, y... hummm... están más maduras que nunca, no sé si me comprendéis. Las hemos sellado con cera y hemos inundado de agua la cripta inferior, pero aun así... Lo normal habría sido que las hubiéramos destruido, pero durante el saqueo de Desembarco del Rey murieron muchos de nuestros maestros, y los pocos acólitos que quedaron no tenían nivel suficiente para acometer esa tarea. Además, buena parte de las existencias que se prepararon para Aerys se perdieron. Sólo hace un año que encontramos doscientos frascos en un almacén situado bajo el Gran Sept de Baelor. Nadie recuerda cómo llegaron allí, pero no hace falta que os diga que el Septon Supremo estaba fuera de sí de pánico. Yo mismo me encargué de que se transportaran con todas las precauciones. Trabajamos sólo de noche, hicimos...
—Un trabajo excelente, no me cabe duda. —Tyrion volvió a dejar el frasco con los demás, que ocupaban toda la mesa en filas ordenadas, cuatro en fondo, desfilando hasta perderse en la penumbra subterránea. Y más allá había otras mesas, muchas—. Esas... eh... frutas del difunto rey Aerys, ¿aún se pueden utilizar?
—Oh, sí, desde luego. Pero con mucho cuidado, mi señor, con muchísimo cuidado. Con los años, la sustancia se va volviendo más... cómo diría yo, caprichosa. Arde con la menor chispa. Un exceso de calor, y los frascos se inflamarán. No deben exponerse a la luz del sol ni siquiera por un breve espacio de tiempo. Una vez se inicia el fuego en el interior, el calor hace que la sustancia se expanda de manera muy violenta, y el frasco no tarda en saltar en mil pedazos. Si hubiera más frascos cerca, también estallarían.
—¿Cuántos frascos tenéis ahora mismo?
—Esta mañana el sapiencia Munciter me dijo que disponíamos de siete mil ochocientos cuarenta. En esa cifra se incluyen los cuatro mil frascos de tiempos del rey Aerys, desde luego.
—¿Nuestras frutas demasiado maduras?
Hallyne asintió.
—El sapiencia Malliard cree que podremos proporcionaros los diez mil frascos que prometimos a la reina. Yo opino lo mismo.
El piromante parecía tan satisfecho con la perspectiva que a Tyrion le pareció obsceno. «Si es que nuestros enemigos os dan tiempo.» Los piromantes mantenían en secreto absoluto su receta del fuego valyrio, pero sabía que se trataba de un proceso largo y peligroso. Había dado por supuesto que la promesa de diez mil frascos era una baladronada, como la del vasallo que jura reunir diez mil espadas para su señor y el día de la batalla se presenta con ciento dos.
«Si de verdad pudieran proporcionarnos diez mil...» No sabía si debía sentirse encantado o aterrado. «Puede que las dos cosas.»
—Espero que vuestros hermanos de gremio no se estén dando una prisa improcedente, sapiencia. No queremos diez mil frascos de fuego valyrio defectuoso. Ni siquiera uno. Y, desde luego, menos aún queremos que suceda una calamidad.
—No sucederá ninguna calamidad, mi señor Mano. La sustancia la preparan acólitos en ciertas celdas de piedra sin ningún mobiliario. Luego un aprendiz recoge los frascos uno por uno en cuanto están listos, y los baja aquí. Encima de cada celda de trabajo hay una habitación llena de arena. Se ha lanzado un hechizo protector sobre los suelos, es muy, hummm, poderoso. Al menor indicio de incendio en la celda de abajo, el suelo se desmorona y la arena lo apaga de inmediato.
—Así como al descuidado acólito. —Tyrion sabía que, donde había dicho «hechizo», debía entender «truco». Le habría gustado inspeccionar una de aquellas celdas de techo falso para ver en qué consistía, pero no era el momento oportuno. Tal vez más tarde, cuando ganaran la guerra.
—Mis hermanos nunca se descuidan —insistió Hallyne—. Si puedo ser... hummm... sincero...
—Por favor.
—La sustancia corre por mis venas, habita en el corazón de todo piromante. Respetamos su poder. Pero los soldados comunes... hummm... pongamos por ejemplo, los que manejan una de las bombardas de la reina, en el fragor inconsciente de la batalla... el más pequeño de los errores puede provocar una catástrofe. Hay que tenerlo muy en cuenta. Mi padre le dijo lo mismo al rey Aerys, igual que su padre se lo dijo al anciano rey Jaehaerys.
—Pues parece que les hicieron caso —dijo Tyrion—. Si hubieran quemado la ciudad, a estas alturas yo me habría enterado. De modo que me recomendáis que tengamos cuidado.
—Mucho cuidado —matizó Hallyne—. Muchísimo.
—En cuanto a esos frascos de arcilla... ¿tenéis existencias abundantes?
—Pues sí, mi señor, gracias por vuestro interés.
—¿Os importaría si me llevo algunos? Unos miles.
—¿Unos miles?
—O tantos como podáis darme sin que eso afecte a la producción. Entended que os estoy pidiendo frascos vacíos. Hacédselos llegar a los capitanes de cada una de las puertas de la ciudad.
—Así lo haré, mi señor, pero ¿para qué...?
—Si me decís que me vista con prendas de abrigo, lo hago. —Tyrion alzó la vista y le sonrió—. Si me decís que tenga cuidado, pues... —Se encogió de hombros—. Ya he visto todo lo que necesitaba. ¿Tenéis la bondad de acompañarme a mi litera?
—Será un gran... hummm... placer para mí, mi señor. —Hallyne alzó la lámpara y encabezó la marcha de regreso hacia las escaleras—. Habéis sido muy amable al visitarnos. Nos hacéis un gran honor, hummm. Hacía mucho tiempo que la Mano del Rey no nos honraba con su presencia. El último fue Lord Rossart, y porque pertenecía a nuestra orden. Eso fue en tiempos del rey Aerys. El rey Aerys estaba muy interesado en nuestro trabajo.
«El rey Aerys os utilizaba para asar vivos a sus enemigos.» Su hermano Jaime le había contado unas cuantas historias sobre el Rey Loco y sus amiguitos piromantes.
—Joffrey también estará muy interesado, no me cabe duda.
«Y precisamente por eso pienso mantenerlo bien alejado de vosotros.»
—Tenemos la esperanza de que algún día el rey visite en persona nuestro gremio. He hablado con vuestra regia hermana. Organizaríamos un gran banquete...
A medida que ascendían volvía a hacer calor.
—Su Alteza ha prohibido todos los banquetes hasta que no ganemos la guerra. —«Ante mi insistencia»—. El rey no considera apropiado que se organicen festines con platos exquisitos mientras su pueblo carece de pan.
—Un gesto muy, hummm, tierno, mi señor. En ese caso tal vez deberíamos ir algunos de nosotros a visitar al rey en la Fortaleza Roja. Podemos hacer una pequeña demostración de nuestros poderes, para distraer a Su Alteza de sus muchas preocupaciones, aunque sea sólo por una noche. El fuego valyrio no es más que uno de los temibles secretos que guarda nuestra antigua orden. Muchas y maravillosas son las cosas que podríamos mostraros.
—Se lo diré a mi hermana.
Tyrion no tenía nada en contra de unos cuantos trucos de magia, pero ya era demasiado problemática la afición de Joff a hacer que los hombres lucharan a muerte; no iba a permitir que probase las posibilidades de quemarlos vivos.
Cuando llegaron a la cima de las escaleras, Tyrion se quitó la capa de piel y se la colgó de un brazo. El Gremio de Alquimistas se reunía en un imponente edificio de piedra negra, de dimensiones increíbles, pero Hallyne lo guió por los pasillos laberínticos hasta que llegaron a la Galería de las Antorchas de Hierro, una cámara larga y retumbante en la que columnas de fuego verde danzaban en torno a columnas de metal negro de siete metros de altura. Las llamas espectrales se reflejaban contra el pulido mármol negro del suelo y las paredes, y bañaban la estancia con un resplandor esmeralda. Tyrion se habría sentido mucho más impresionado si no supiera que habían encendido las grandes antorchas de hierro aquella mañana en honor a su visita, y que las apagarían en cuanto las puertas se cerraran tras él. El fuego valyrio era demasiado costoso para despilfarrarlo.
Llegaron a la cima de las amplias escaleras curvas que salían a la calle de las Hermanas, casi al pie de la colina de Visenya. Se despidió de Hallyne y anadeó hasta donde lo esperaba Timett, hijo de Timett, con una escolta de Hombres Quemados. Teniendo en cuenta su objetivo de aquel día, le había parecido que semejante escolta era lo más apropiado. Además, sus cicatrices infundían terror en los corazones de la chusma. En los tiempos que corrían era algo muy necesario. Tan sólo hacía tres noches que una turba se había congregado a las puertas de la Fortaleza Roja para pedir alimentos. Joff los recibió con una lluvia de flechas y hubo cuatro muertos. Luego les gritó que tenían su permiso para comerse los cadáveres.
«Así nos ganamos más amigos.»
—¿Qué haces aquí? —Tyrion se sorprendió al ver también a Bronn junto a su litera.
—Llevar tus mensajes —respondió Bronn—. Mano de Hierro te requiere con urgencia en la Puerta de los Dioses. No me ha dicho para qué. Y también te han convocado para que vayas a Maegor.
—¿Convocado? —Tyrion sabía que sólo una persona se atrevería a utilizar semejante palabra—. ¿Qué quiere de mí Cersei?
Bronn se encogió de hombros.
—La reina ordena que vuelvas al castillo al momento y te reúnas con ella en sus habitaciones. El mensaje me lo dio ese mozalbete, vuestro primo. Tiene cuatro pelos encima del labio y ya se cree un hombre.
—Cuatro pelos y un título de caballero. No olvidemos que ahora es Ser Lancel. —Tyrion sabía que Ser Jacelyn no lo haría llamar si no se tratara de un asunto importante—. Más vale que vaya a ver qué quiere Bywater. Dile a mi hermana que me reuniré con ella cuando vuelva.
—No le va a hacer gracia —le advirtió Bronn.
—Mejor. Cuanto más haga esperar a Cersei, más furiosa se pondrá, y la furia la vuelve idiota. La prefiero furiosa e idiota a serena y astuta.
Tyrion tiró la capa doblada al interior de la litera y permitió que Timett lo ayudara a subir.
La plaza del mercado situada tras la Puerta de los Dioses, que en otros tiempos habría estado abarrotada de granjeros vendiendo sus cosechas, estaba casi desierta cuando Tyrion la cruzó. Ser Jacelyn lo recibió junto a la puerta y alzó la mano de hierro a modo de brusco saludo.
—Mi señor. Ha llegado vuestro primo Cleos Frey, viene de Aguasdulces con un estandarte de paz. Trae una carta de Robb Stark.
—¿Términos de paz?
—Eso dice.
—Mi querido primo. Llevadme con él.
Los capas doradas habían confinado a Ser Cleos en una habitación sin ventanas de la caseta de guardia. Al verlo entrar se levantó.
—Tyrion, cuánto me alegro de verte.
—Eso no me lo dice mucha gente.
—¿Ha venido Cersei contigo?
—Mi hermana está ocupada con otros asuntos. ¿Ésa es la carta de Stark? —La cogió de la mesa—. Podéis marcharos, Ser Jacelyn.
Bywater hizo una reverencia y salió.
—Me dijeron que entregara la oferta a la reina regente —dijo Ser Cleos cuando se cerró la puerta.
—Yo mismo lo haré. —Tyrion echó un vistazo al mapa que Robb Stark había enviado junto con la carta—. Todo a su debido tiempo, primo. Siéntate. Descansa. Estás muy delgado y ojeroso. —En realidad su aspecto era aún mucho peor que eso.
—Sí. —Ser Cleos se dejó caer en un banco—. Las cosas van mal en las tierras de los ríos, Tyrion. Sobre todo en torno al Ojo de Dioses y al camino real. Los señores de los ríos están quemando sus cosechas para rendirnos por hambre, y los forrajeadores de tu padre prenden fuego a todas las aldeas que toman, después de pasar por la espada a sus habitantes.
Así era la guerra. A los plebeyos los masacraban mientras que a los de noble cuna los retenían para pedir rescate. «Tengo que acordarme de dar gracias a los dioses por haber nacido Lannister.»
—Pese al estandarte de paz, nos atacaron dos veces. —Ser Cleos se pasó una mano por el escaso cabello castaño—. Eran lobos vestidos con armaduras, ansiosos de atacar a cualquiera que pareciera más débil que ellos. Únicamente los dioses saben en qué bando estaban al empezar todo esto, ahora sólo se defienden a ellos mismos. Perdí a tres hombres y tengo el doble de heridos.
—¿Qué noticias hay de nuestro enemigo? —Tyrion volvió a concentrarse en los términos de la oferta de Stark. «El chico no pide gran cosa. Sólo la mitad del reino, la liberación de nuestros cautivos, rehenes, la espada de su padre... ah, sí, y a sus hermanas.»
—Está en Aguasdulces, sin hacer nada —dijo Ser Cleos—. Creo que teme enfrentarse a tu padre en el campo de batalla. Pierde hombres con cada día que pasa. Los señores de los ríos se han marchado, cada uno a defender sus tierras.
«¿Será eso lo que pretendía mi padre?» Tyrion volvió a enrollar el mapa de Stark.
—Estos términos son inaceptables.
—¿Consentirás al menos en intercambiar a las niñas Stark por Tion y por Willem? —preguntó Ser Cleos, desesperado.
—No —dijo con tono amable Tyrion, que recordó que Tion Frey era el hermano menor de Ser Cleos—. Pero propondremos otro intercambio. Deja que lo consulte con Cersei y con el Consejo. Te enviaremos de vuelta a Aguasdulces con nuestra oferta.
Era obvio que la perspectiva no le parecía nada satisfactoria.
—Mi señor, no creo que Robb Stark vaya a ceder. La que quiere la paz es Lady Catelyn, no el muchacho.
—Lo que quiere Lady Catelyn es recuperar a sus hijas. —Tyrion se bajó del banco, con la carta y el mapa en la mano—. Ser Jacelyn se encargará de que tengas comida y fuego. Necesitas un buen descanso, primo. Enviaré a buscarte en cuanto sepamos algo más.
Ser Jacelyn estaba en la muralla, vigilando el entrenamiento de varios cientos de nuevos reclutas. Eran muchos los que buscaban refugio en Desembarco del Rey, así que no faltaban hombres que quisieran unirse a la Guardia de la Ciudad a cambio de una barriga llena y un lecho de paja en los barracones, pero Tyrion no se hacía ilusiones acerca de cómo lucharían aquellos andrajosos si llegaba el momento de la batalla.
—Hicisteis bien en enviar a buscarme —dijo Tyrion—. Dejo a Ser Cleos en vuestras manos. Quiero que sea tratado con toda hospitalidad.
—¿Y su escolta? —quiso saber el comandante.
—Dadles comida y ropas limpias, y enviad a un maestre para que cure sus heridas. Bajo ningún concepto deben entrar en la ciudad, ¿comprendido?
No le sería de ninguna utilidad que las noticias de las condiciones en que se encontraba Desembarco del Rey llegaran a oídos de Robb Stark en Aguasdulces.
—Comprendido, mi señor.
—Ah, una cosa más. Los alquimistas van a enviar un buen número de frascos de barro a cada una de las puertas. Quiero que los utilicéis para entrenar a los hombres que vayan a manejar las bombardas. Llenad los frascos con pintura verde y que practiquen cargándolos y disparándolos. Si alguno se mancha de pintura, sustituidlo de inmediato. Cuando dominen los frascos de pintura, llenadlos con aceite para lámparas, y que se entrenen para prenderles fuego y dispararlos mientras aún están encendidos. Cuando aprendan a hacerlo sin quemarse, estarán listos para el fuego valyrio.
—Son medidas muy prudentes. —Ser Jacelyn se rascó la mejilla con la mano de hierro—. Aunque no me gusta ese meado de alquimista.
—A mí tampoco, pero hago lo que puedo con lo que tengo.
Una vez subido en su litera, Tyrion Lannister echó las cortinas y ahuecó el almohadón que tenía bajo el codo. Cersei iba a disgustarse cuando se enterase de que había interceptado la carta de Stark, pero su padre lo había enviado allí a gobernar, no a complacer a su hermana.
En su opinión, Robb Stark les había dado una oportunidad de oro. Dejaría que el chico esperase en Aguasdulces, soñando con una paz fácil. Tyrion le enviaría la respuesta con sus términos, en la que concedería al Rey en el Norte lo justo para mantenerlo esperanzado. Ser Cleos se iba a dejar el huesudo culo Frey cabalgando ida y vuelta con ofertas y contraofertas. Y mientras, su primo Ser Stafford entrenaría al nuevo ejército que había reunido en Roca Casterly. Una vez estuviera listo, entre Lord Tywin y él podrían aplastar a los Tully y a los Stark.
«Ojalá los hermanos de Robert fueran igual de amables.» Pese a lo lento de su avance, Renly Baratheon seguía arrastrándose hacia el noroeste con su ejército sureño, y no pasaba una noche sin que Tyrion se acostara con el temor de despertar y enterarse de que Lord Stannis estaba subiendo por el Aguasnegras con toda su flota.
«Al parecer tengo una buena cantidad de fuego valyrio, pero aun así...»
El vocerío en la calle interrumpió sus reflexiones. Tyrion echó un vistazo cauteloso entre las cortinas. Estaban cruzando la plaza de los Zapateros, donde se había reunido una multitud bajo los toldos de cuero para escuchar el discurso rimbombante de un profeta. La túnica de lana sin teñir atada a la cintura con una cuerda de cáñamo lo identificaba como miembro de los hermanos mendicantes.
—¡Corrupción! —chillaba el hombre con tono agudo—. ¡Ahí tenéis la advertencia! ¡Contemplad el flagelo del Padre! —Señaló la herida roja que rasgaba el cielo. Se había situado de manera que la colina Alta de Aegon quedara justo detrás de él, y el cometa parecía suspendido sobre sus torres como un mal presagio. «Ha elegido un buen escenario», reflexionó Tyrion—. Estamos hinchados, abotargados, podridos... La hermana yace con el hermano en el lecho de los reyes, y el fruto de su incesto hace cabriolas por el palacio al son de la música que toca un monito tarado y diabólico. ¡Las damas nobles fornican con bufones y engendran monstruos! ¡Hasta el Septon Supremo se ha olvidado de los dioses! Se baña en aguas perfumadas y engorda a base de alondras y lampreas mientras su pueblo se muere de hambre. El orgullo se antepone a la plegaria, los gusanos gobiernan nuestros castillos, el oro lo es todo... ¡pero eso se acabó! ¡El verano pútrido se acaba, y el Rey Putero ha caído! Cuando el jabalí lo destripó, un hedor espantoso ascendió hacia los cielos, y de su barriga salieron mil serpientes siseantes. —Señaló el cometa y el castillo con un dedo huesudo—. ¡Ahí tenéis el presagio! ¡Los dioses lo exigen a gritos, purificaos o seréis purificados! ¡Bañaos en el vino de la probidad, o seréis bañados en fuego! ¡Fuego!
—¡Fuego! —repitieron otras voces.
Pero los gritos burlones casi las ahogaron por completo. Aquello alegró a Tyrion. Dio orden de seguir adelante, y la litera se meció como un barco en el mar agitado mientras los Hombres Quemados abrían camino. «Conque monito tarado y diabólico.» Pero aquel miserable tenía razón en lo del Septon Supremo. ¿Cómo le había dicho el Chico Luna hacía unos días? «Un hombre tan piadoso que adora a los Siete con fervor extremo, imaginad que siempre que se sienta a la mesa toma una comida en honor a cada uno de ellos.» El recuerdo de la burla del bufón hizo sonreír a Tyrion.
Se dio por satisfecho cuando consiguió llegar a la Fortaleza Roja sin más incidentes. Mientras subía por las escaleras hacia sus habitaciones, se sentía mucho más esperanzado que al amanecer.
«Tiempo, lo único que necesito es tiempo para encajar todas las piezas. Una vez tenga hecha la cadena...»
Abrió la puerta de la estancia.
Cersei se apartó de la ventana, con un airoso revoloteo de las faldas en torno a sus esbeltas caderas.
—¿Cómo te atreves a desobedecer mis órdenes?
—¿Quién te ha dado permiso para entrar en mi torre?
—¿Tu torre? ¡Es el castillo de mi hijo, el rey!
—Algo así me habían comentado. —Tyrion no estaba contento. Crawn lo iba a estar aún menos. Sus Hermanos de la Luna estaban de guardia aquel día—. Da la casualidad de que iba a ir a verte.
—¿De veras?
—¿Dudas de mí? —Tyrion cerró la puerta de golpe.
—Siempre, y con motivo.
—Qué lástima. —Anadeó hacia la alacena y se sirvió una copa de vino. Hablar con Cersei le provocaba sed—. Me gustaría saber en qué te he ofendido.
—Eres un gusano repugnante. Myrcella es mi única hija. ¿De verdad creías que te iba a permitir venderla como un saco de avena?
«Myrcella —pensó—. Vaya, vaya, el huevo se está incubando. A ver de qué color es el polluelo.»
—¿Cómo un saco de avena? Nada de eso. Myrcella es una princesa. Muchos te dirían que nació para esto. ¿O acaso tenías intención de casarla con Tommen?
La mano de Cersei fue como un látigo; le hizo soltar la copa de vino, que se derramó por el suelo.
—Seas o no mi hermano, haré que te arranquen la lengua. Yo soy la regente de Joffrey, no tú, y digo que Myrcella no será entregada a ese príncipe de Dorne, como fui entregada yo a Robert Baratheon.
—¿Por qué no? —Tyrion se sacudió el vino de los dedos y suspiró—. En Dorne estaría mucho más segura que aquí.
—¿Eres así de ignorante, o sólo perverso? Demasiado bien sabes que los Martell no tienen motivos para querernos bien.
—Tienen todos los motivos del mundo para detestarnos. Pese a todo, creo que accederán. El rencor del príncipe Doran contra la Casa Lannister sólo se remonta una generación, mientras que su pueblo ha estado en guerra contra Bastión de Tormenta y Altojardín desde hace mil años, y Renly ha dado por supuesta la fidelidad de Dorne. Myrcella tiene nueve años, y Trystane Martell, once. He propuesto que se casen cuando mi sobrina tenga catorce años. Hasta entonces, será invitada de honor en Lanza del Sol, bajo la protección del príncipe Doran.
—Será su rehén —dijo Cersei con los labios apretados.
—Será su invitada de honor —insistió Tyrion—, y sospecho que Martell tratará a Myrcella mucho mejor de lo que Joffrey ha tratado a Sansa Stark. Tengo intención de enviar con ella a Ser Arys Oakheart. Tendrá como escudo juramentado a un miembro de la Guardia Real, así nadie olvidará quién ni qué es Myrcella.
—De gran cosa le servirá Ser Arys si Doran Martell decide que la muerte de mi hija es la venganza por la de su hermana.
—El honor de Martell no le permitiría matar a una niña de nueve años, y menos a una chiquilla tan dulce e inocente como Myrcella. Mientras esté en su poder, tendrá la seguridad de que mantendremos nuestro compromiso, y los términos son demasiado deseables para que los rechace. Myrcella no es más que una pequeña parte del trato. También le he ofrecido al asesino de su hermana, un asiento en el Consejo, unos castillos de las marcas...
—Es demasiado. —Cersei paseó por la habitación como una leona inquieta, sus faldas ondulando con cada movimiento—. Has ofrecido demasiado, y sin mi autorización ni mi consentimiento.
—Estamos hablando del príncipe de Dorne. Si le hubiera ofrecido menos me habría escupido a la cara.
—¡Es demasiado! —insistió Cersei, volviéndose de nuevo hacia él.
—¿Qué le habrías ofrecido tú, el agujero que tienes entre las piernas? —preguntó Tyrion, también furioso. En aquella ocasión vio venir la bofetada. Fue tan violenta que le crujió el cuello—. Mi querida, queridísima hermana —dijo—, te prometo que ha sido la última vez que me golpeas.
—No me amenaces, hombrecillo —replicó su hermana riéndose—. ¿Crees que estás a salvo porque tienes una carta de nuestro padre? No es más que un trozo de papel. Eddard Stark también tenía un trozo de papel, y mira de qué le sirvió.
«Eddard Stark no tenía a la Guardia de la Ciudad —pensó Tyrion—. Ni mis clanes, ni los mercenarios que ha contratado Bronn. Yo sí.» O eso esperaba. Había confiado en Varys, en Ser Jacelyn Bywater, en Bronn. Seguro que Lord Stark también se había hecho ciertas ilusiones.
Pero no dijo nada. Un hombre inteligente no echaba fuego valyrio a un brasero. En lugar de eso se sirvió otra copa de vino.
—¿Crees que Myrcella estará muy segura aquí si cae Desembarco del Rey? Renly y Stannis clavarán su cabeza en una pica, al lado de la tuya.
Y entonces Cersei se echó a llorar.
Tyrion Lannister no se hubiera quedado más atónito si Aegon el Conquistador en persona hubiera irrumpido en la estancia en aquel momento, a lomos de un dragón y haciendo juegos malabares con tartas. No había visto llorar a su hermana desde los tiempos en que eran niños, en Roca Casterly. Dio un paso hacia ella, con torpeza. Si tu hermana llora, se supone que tienes que consolarla... ¡Pero era Cersei! Fue a ponerle la mano en el hombro, dubitativo.
—No me toques —siseó ella, apartándose. Aquello no debería haberle dolido, pero le dolió, y más que ninguna bofetada. Con el rostro congestionado, tan furiosa como triste, Cersei trató de recuperar el aliento—. No me mires... no se te ocurra mirarme... tú no.
—No pretendía asustarte. —Tyrion le dio la espalda con cortesía—. Te prometo que a Myrcella no le va a pasar nada malo.
—Mentiroso —dijo ella—. No soy una niña a la que se pueda tranquilizar con promesas vanas. También me dijiste que liberarías a Jaime. ¿Dónde está?
—Supongo que en Aguasdulces. A salvo y bien vigilado hasta que se me ocurra la manera de liberarlo.
—Yo tendría que haber nacido hombre. —Cersei sorbió por la nariz—. Así no necesitaría de ninguno de vosotros. No habría permitido que sucediera nada de todo esto. ¿Cómo es posible que Jaime se dejara capturar por ese chico? ¿Y nuestro padre? Confié en él, estúpida de mí, y ¿dónde está ahora que lo requiero? ¿Qué hace?
—La guerra.
—¿Desde detrás de los muros de Harrenhal? —bufó, despectiva—. Curiosa manera de luchar. Se parece mucho a esconderse.
—Las apariencias engañan.
—¿Cómo lo llamarías tú? Nuestro padre está sentado en un castillo, Robb Stark está sentado en otro, y ninguno de los dos hace nada.
—Hay maneras y maneras de estar sentado —señaló Tyrion—. Los dos esperan que el otro haga un movimiento, pero el león permanece inmóvil, en equilibrio, con la cola tensa, mientras que el cervatillo está paralizado por el miedo, con las entrañas hechas gelatina. Se mueva hacia donde se mueva, el león caerá sobre él, y lo sabe.
—¿Y estás seguro de que nuestro padre es el león?
—Lo pone en todos nuestros blasones —contestó Tyrion con una sonrisa.
—Si el prisionero fuera nuestro padre —dijo ella haciendo caso omiso de la broma—, Jaime no se habría quedado sentado sin hacer nada, eso te lo aseguro.
«En ese caso, Jaime estaría perdiendo su ejército contra los muros de Aguasdulces. Nunca ha tenido paciencia, igual que tú, mi querida hermana.»
—No todos somos tan osados como Jaime, pero hay otras maneras de ganar una guerra. Harrenhal es fuerte, y su situación es perfecta.
—Mientras que Desembarco del Rey no lo es, eso lo sabemos muy bien los dos. Mientras nuestro padre juega al león y al cervatillo con Stark, Renly marcha por el camino de las rosas. ¡Puede llegar a nuestras puertas en cualquier momento!
—La ciudad no caerá en un día. Harrenhal no está lejos, y por el camino real la marcha sería rápida. Antes de que Renly terminara de preparar las máquinas de asedio, nuestro padre lo sorprendería por la retaguardia. Su ejército sería el martillo, y los muros de la ciudad el yunque. Me parece una imagen encantadora.
Los ojos verdes de Cersei se clavaron en él, desconfiados, pero al mismo tiempo hambrientos de la seguridad con que la estaba alimentando.
—¿Y si Robb Stark se pusiera en marcha?
—Harrenhal está cerca de los vados del Tridente, de manera que Roose Bolton no podría llevar su ejército norteño a reunirse con el del Joven Lobo. Stark no puede marchar contra Desembarco del Rey sin antes tomar Harrenhal, y no tendría fuerzas para ello ni con la ayuda de Roose Bolton. —Tyrion ensayó su sonrisa más conquistadora—. Y mientras, nuestro padre se alimenta de las tierras del río, y nuestro tío consigue nuevas tropas en la Roca.
—¿Cómo sabes todo eso? —Cersei lo miró con desconfianza—. ¿Te contó nuestro padre sus intenciones antes de enviarte aquí?
—No. He mirado un mapa.
—Así que todo lo que me has contado no es más que producto de tu grotesca cabeza, Gnomo. —Se volvió, desdeñosa.
—Mi querida hermana —replicó Tyrion—, si no estuviéramos en posición de vencer, ¿para qué nos iban a pedir la paz los Stark? —Le mostró la carta que había llevado Ser Cleos Frey—. El Joven Lobo nos ha enviado sus términos. Son inaceptables, claro, pero por algo se empieza. ¿Quieres echarles un vistazo?
—Sí. —En un instante volvía a ser toda regia—. ¿Cómo es que tienes tú la carta? Deberían habérmela entregado a mí.
—¿Para qué sirve una Mano, si no es para tenderte las cosas? —Tyrion le entregó la carta. Las uñas de Cersei le habían arañado el rostro y le escocía la mejilla, pero no se podía decir que aquello desmejorase mucho su aspecto.
«Que me arranque media cara a zarpazos si quiere, será un precio bajo a cambio de que acceda al matrimonio con el de Dorne.» Lo tenía al alcance de la mano, lo presentía.
Y también cierto conocimiento sobre un informador... pero bueno, aquello era la guinda del pastel.
BRAN
Bailarina lucía guarniciones de lana color blanco níveo, adornadas con el lobo huargo gris de la Casa Stark, mientras que Bran llevaba unos calzones grises y un jubón blanco con ribetes de vero en el cuello y las mangas. Sobre el corazón se había puesto su broche en forma de cabeza de lobo, de plata y jade pulido. Habría preferido mil veces tener a Verano en vez de un lobo de plata en el pecho, pero Ser Rodrik se mostró inflexible.
Los bajos peldaños de piedra sólo detuvieron a Bailarina durante un instante. Cuando Bran la apremió, los subió con facilidad. Al otro lado de las grandes puertas de roble y hierro, el salón principal de Invernalia estaba ocupado por ocho largas hileras de tablones montados sobre caballetes, cuatro a cada lado del pasillo central. Los hombres se sentaban apretujados en los bancos. Se pusieron en pie cuando Bran pasó al trote.
—¡Stark! —gritaron—. ¡Invernalia, Invernalia!
Tenía edad suficiente para saber que no lo aclamaban a él. Se alegraban por la cosecha, por Robb y por sus victorias, honraban a su señor padre, a su abuelo y a todos los Stark desde hacía ochocientos años. Pese a todo se sintió henchido de orgullo. Durante el tiempo que tardó en recorrer la longitud de la sala, se olvidó de que era un tullido. Pero cuando llegó al estrado, con todos los ojos clavados en él, Osha y Hodor le desabrocharon las cinchas, lo levantaron de lomos de Bailarina y lo transportaron al trono de sus antepasados.
Ser Rodrik estaba sentado a la izquierda de Bran, al lado de su hija Beth. Rickon estaba a su derecha, con el greñudo pelo castaño tan largo que le llegaba al manto de armiño. Desde la partida de su madre no había dejado que nadie se lo cortara. La última sirvienta que lo intentó se llevó un buen mordisco.
—Yo también quiero montar —dijo al ver que Hodor se llevaba a Bailarina—. Monto mejor que tú.
—Es mentira, así que cállate —dijo a su hermano.
Ser Rodrik pidió silencio a los presentes. Bran alzó la voz. Les dio la bienvenida en nombre de su hermano, el Rey en el Norte, y les pidió que dieran gracias a los dioses antiguos y nuevos por las victorias de Robb y por la generosa cosecha.
—Que lleguen cien más —terminó al tiempo que alzaba la copa de plata de su padre.
—¡Cien más!
Los picheles de peltre entrechocaron con las copas de barro y los cuernos con argollas de hierro. El vino de Bran estaba endulzado con miel, y aromatizado con clavo y canela, pero aun así era más fuerte que el que solía beber. Sentía cómo le llenaba el pecho por dentro de dedos cálidos y serpenteantes. Cuando volvió a dejar la copa sobre la mesa, la cabeza le flotaba.
—Lo has hecho muy bien, Bran —le dijo Ser Rodrik—. Lord Eddard habría estado muy orgulloso.
Al final de la mesa, el maestre Luwin hizo un gesto de asentimiento, mientras los criados empezaban a servir la comida.
Bran nunca había visto un banquete semejante. Se sirvieron platos, platos y más platos, tantos que apenas si pudo probar uno o dos bocados de cada uno. Había grandes trozos de uro asado con puerros, empanadas de venado con zanahorias, panceta y setas, chuletas de cordero en salsa de clavo y miel, pato especiado, jabalí a la pimienta, ganso, espetones de pichones y capones, guiso de buey con avena y una sopa fría de fruta. Lord Wyman había llevado desde Puerto Blanco veinte toneles de pescado conservado en sal y algas: truchas, bígaros, centollos, mejillones, almejas, arenques, bacalao, salmón, langostas y lampreas. Había pan negro, pastelillos de miel y galletas de avena; había nabos, guisantes y remolachas, alubias y calabazas, y grandes cebollas moradas; había manzanas asadas, tartas de arándanos y peras al vino. En todas las mesas, fuera cual fuera el rango de los comensales, se sirvieron grandes piezas de queso blanco, jarras de vino caliente y especiado, y cerveza otoñal bien fría.
Los músicos de Lord Wyman tocaron bien y con brío, pero pronto los sonidos del arpa, el violín y el cuerno se vieron ahogados por las conversaciones a gritos y las risotadas, el ruido de las copas y los platos, y los gruñidos de los perros que se peleaban por las sobras. El bardo cantó canciones muy buenas: «Lanzas de hierro», «Los barcos quemados» y «El oso y la doncella», pero el único que parecía escucharlas era Hodor, que se había puesto junto al flautista y saltaba sobre un pie y luego sobre el otro.
El ruido fue subiendo de volumen hasta convertirse en un retumbar constante, un guiso de sonidos embriagador. Ser Rodrik hablaba con el maestre Luwin por encima de los rizos de Beth, mientras Rickon charlaba a gritos alegres con los Walders. Bran no había querido que los Frey se sentaran en la mesa principal, pero el maestre le recordó que pronto serían parientes. Robb iba a casarse con una de sus tías, y Arya con uno de sus tíos.
—Ya veréis como no —dijo Bran—. ¿Arya? Imposible.
Pero el maestre Luwin se mostró inflexible, de manera que allí estaban, al lado de Rickon.
Los sirvientes llevaban todos los platos primero a Bran para que cogiera la tajada del señor si lo deseaba. Cuando llegó el pato, ya no le cabía un bocado más. El resto de la cena se limitó a asentir en señal de aprobación ante cada fuente, y los despachaba con un ademán. Si el olor del plato le parecía especialmente apetecible, hacía que se lo llevaran a alguno de los señores del estrado, un gesto de amistad y deferencia que el maestre Luwin le había enseñado. Envió un poco de salmón a la pobre Lady Hornwood, el jabalí a los vociferantes Umber, un plato de ganso con bayas a Cley Cerwyn, y una gran langosta a Joseth, el caballerizo mayor, que no era un gran señor ni uno de los invitados, pero se había encargado del entrenamiento de Bailarina y había hecho posible que Bran pudiera montar. También envió dulces a Hodor y a la Vieja Tata, sin motivo alguno, sólo porque los quería. Ser Rodrik le recordó que debía mandar algo a los pupilos de su madre, de modo que hizo llegar unas remolachas cocidas a Walder el Pequeño, y unos nabos con mantequilla a Walder el Mayor.
En los bancos de abajo los hombres de Invernalia se mezclaban con los habitantes de la ciudad invernal, con amigos de pueblos cercanos y con los acompañantes de los invitados señoriales. Había rostros que Bran no había visto nunca, y otros que conocía tan bien como el suyo propio, pero en aquel momento todos le parecían igual de extraños. Los veía como si estuvieran muy lejos, como si siguiera sentado junto a la ventana de su dormitorio mirando hacia el patio, viéndolo todo sin formar parte de nada.
Osha se movía entre las mesas sirviendo cerveza. Uno de los hombres de Leobald Tallhart le metió una mano bajo las faldas, y ella le rompió la jarra en la cabeza, lo que provocó un estallido de carcajadas. Pero Mikken tenía una mano bajo el corpiño de otra mujer, y por lo visto a ella no le importaba. Bran observó cómo Farlen hacía que su perra le mendigara huesos, y sonrió a la Vieja Tata, que estaba partiendo una empanada caliente con los dedos arrugados. En el estrado, Lord Wyman atacaba un humeante plato de lampreas como si fueran el ejército enemigo. Estaba tan gordo que Ser Rodrik había ordenado que le construyeran una silla de tamaño especial para que se sentara, pero se reía mucho y muy alto, y Bran sentía cierto afecto por él. La pobre Lady Hornwood, tan demacrada, se sentaba a su lado; su rostro parecía una máscara de piedra mientras picoteaba la comida sin interés. Al otro extremo de la mesa principal, Hothen y Mors competían en beber y entrechocaban sus cuernos tan fuerte como dos caballeros en una liza.
«Aquí hace demasiado calor y hay demasiado ruido, y todos se están emborrachando. —Las prendas grises y blancas de lana le causaban picazón, y de pronto deseó estar en cualquier lugar menos allí—. En el bosque de dioses hace fresco. De los estanques calientes sale humo, y las hojas rojas del arciano crujen. Los olores son más penetrantes que aquí; pronto saldrá la luna, y mi hermano y yo le cantaremos.»
—¿Bran? —dijo Ser Rodrik—. No estás comiendo nada.
El sueño había sido tan vívido que, durante un instante, Bran olvidó dónde se encontraba.
—Ya comeré más tarde —dijo—. Ahora estoy lleno a reventar.
—Lo has hecho muy bien, Bran. —El bigote blanco del anciano caballero estaba teñido de rosa por el vino—. Aquí y durante las audiencias. Creo que algún día serás un buen señor.
«Yo quiero ser caballero.» Bran bebió otro sorbo de vino dulce especiado de la copa de su padre, satisfecho por tener algo a lo que aferrarse. La copa tenía un grabado que representaba la cabeza de un lobo huargo mostrando los dientes. Notó el relieve del morro de plata contra la palma de la mano y recordó la última vez que había visto a su señor padre beber de aquella copa.
Había sido la noche del banquete de bienvenida, cuando el rey Robert llegó con su corte a Invernalia. Entonces todavía era verano. Sus padres habían compartido el estrado con Robert y su reina, y sus hermanos se habían sentado junto a ella. También estuvo allí el tío Benjen, todo vestido de negro. Bran y sus hermanos se habían sentado con los hijos del rey, Joffrey, Tommen y la princesa Myrcella, que se había pasado toda la comida contemplando a Robb con ojos de adoración. Arya hacía muecas cada vez que creía que nadie la miraba, Sansa escuchaba arrobada al arpista del rey, que cantaba canciones de caballería, y Rickon no paraba de preguntar por qué Jon no estaba con ellos. «Porque es un bastardo», tuvo que susurrarle Bran al final. «Y ahora todos se han ido.» Era como si algún dios cruel los hubiera barrido de un manotazo gigantesco. Las chicas estaban prisioneras, Jon en el Muro, Robb y su madre en la guerra, el rey Robert y su padre muertos, quizá el tío Benjen también...
Asimismo abajo, en los bancos, había rostros nuevos. Jory había muerto, igual que Tom el Gordo, Porther, Alyn, Desmond, Hullen, que había sido caballerizo mayor, su hijo Harwin... todos los que habían viajado hacia el sur con su padre, hasta la septa Mordane y Vayon Poole. El resto se habían ido a la guerra con Robb, y quizá también morirían. Le gustaban Pelopaja, Tym Carapicada, Skittrick y los demás nuevos, pero echaba de menos a sus antiguos amigos.
Recorrió los bancos con la mirada, examinó los rostros alegres y los tristes, y se preguntó cuáles faltarían al año siguiente, y al otro, y al otro. De buena gana se habría echado a llorar, pero no podía. Era el Stark en Invernalia, hijo de su padre y heredero de su hermano, y ya casi un hombre.
Al fondo de la sala se abrieron las puertas, y la ráfaga de aire frío hizo que las antorchas brillaran más durante un instante. Barrigón dio paso a dos nuevos invitados al banquete.
—Lady Meera, de la Casa Reed —rugió el rotundo guardia para hacerse oír por encima del clamor—. Con su hermano, Jojen, de la Atalaya de Aguasgrises.
Todos alzaron la vista de sus copas y platos para mirar a los recién llegados. Bran pudo oír cómo Walder el Pequeño murmuraba «Comerranas» a Walder el Mayor, sentado a su lado.
Ser Rodrik se puso en pie.
—Sed bienvenidos, amigos, y compartid con nosotros este festín.
Los sirvientes corrieron a prolongar la mesa del estrado con más tablones, caballetes y sillas.
—¿Quiénes son ésos? —preguntó Rickon.
—Embarrados —comentó Walder el Pequeño con desdén—. Son ladrones y carroñeros, tienen los dientes verdes de tanto comer ranas.
El maestre Luwin se acuclilló al lado de Bran para susurrarle unos consejos al oído.
—Debes dispensarles un recibimiento cálido. No pensé que fueran a venir, pero... ¿sabes quiénes son?
—Lacustres —dijo Bran con un gesto de asentimiento—. Del Cuello.
—Howland Reed fue un buen amigo de tu padre —le dijo Ser Rodrik—. Al parecer, éstos son sus hijos.
Bran examinó a los recién llegados mientras éstos recorrían la sala. La primera era una chica, aunque con aquellas ropas nadie lo habría asegurado. Vestía calzones de piel de cordero, reblandecidos por el uso, y un jubón sin mangas, de escamas de bronce. Debía de tener la edad de Robb, aunque era delgada como un muchacho, con el largo pelo castaño atado en una coleta y apenas un atisbo de pechos. Llevaba una red colgada a una de las flacas caderas, y un largo cuchillo de bronce a la otra; tenía debajo del brazo un viejo yelmo con manchas de óxido; de la espalda le colgaba una fisga y un escudo redondo de cuero.
Su hermano era varios años más joven y no llevaba armas. Vestía de verde de los pies a la cabeza, hasta las botas de piel eran verdes, y cuando estuvo más cerca Bran vio que tenía los ojos del color del musgo, aunque sus dientes parecían tan blancos como los de cualquiera. Los dos Reed eran de constitución esbelta, delgados como espadas, y poco más altos que el propio Bran. Una vez delante del estrado hincaron una rodilla en tierra.
—Mis señores de Stark —dijo la muchacha—. Han pasado los años a cientos y a miles desde que mi pueblo jurase lealtad por primera vez al Rey en el Norte. Mi señor padre nos ha enviado a recitar de nuevo el juramento, en nombre de todo nuestro pueblo.
«Me está mirando a mí», comprendió Bran. Tenía que responder algo.
—Mi hermano Robb está luchando en el sur —dijo—. Pero si queréis, podéis recitar el juramento ante mí.
—A Invernalia juramos la lealtad de Aguasgrises —dijeron al unísono—. Tierra, corazón y cosecha os entregamos, mi señor. A vuestras órdenes están nuestras espadas, lanzas y flechas. Apiadaos de nuestros enfermos, auxiliad a nuestros indefensos, impartid justicia para todos, y jamás os fallaremos.
—Lo juro por la tierra y por el agua —dijo el chico de verde.
—Lo juro por el bronce y por el hierro —dijo su hermana.
—Lo juramos por el hielo y por el fuego —terminaron a la vez.
Bran no supo qué decir. ¿Tenía que recitar algún juramento equivalente? No le habían enseñado cómo salir de aquella situación.
—Que vuestros inviernos sean cortos y vuestros veranos generosos —dijo; aquello solía dar resultado—. Levantaos. Soy Brandon Stark.
La chica llamada Meera se puso en pie y ayudó a su hermanito a levantarse. El chico no apartaba la vista de Bran.
—Te hemos traído obsequios: pescado, ranas y aves.
—Os lo agradezco. —Bran se preguntó si tendría que ser tan educado como para comerse una rana—. Os ofrezco la carne y el aguamiel de Invernalia.
Trató de recordar qué le habían enseñado acerca de los lacustres, que vivían entre los pantanos del Cuello y rara vez salían de los humedales. Eran un pueblo pobre de pescadores y cazadores de ranas, que vivían en casas de paja y juncos, en islas flotantes ocultas en las profundidades de los pantanos. Se decía de ellos que eran cobardes, que luchaban con armas envenenadas y preferían ocultarse de los enemigos en vez de enfrentarse abiertamente a ellos en la batalla. Y, pese a todo, Howland Reed había sido uno de los más leales compañeros de su padre durante la guerra en la que el rey Robert consiguió su corona, antes de que Bran naciera.
El chico, Jojen, miró toda la estancia con curiosidad al tiempo que se sentaba.
—¿Dónde están los lobos huargos?
—En el bosque de dioses —respondió Rickon—. Peludo se portó mal.
—A mi hermano le gustaría verlos —dijo la chica.
—Más vale que los lobos no lo vean a él —dijo Walder el Pequeño a gritos—, o se lo comerán de un bocado.
—Si voy con ellos, no lo morderán. —Bran estaba satisfecho de que quisieran ver a los lobos—. Bueno, Verano seguro que no, y él mantendrá a raya a Peludo.
Aquellos embarrados despertaban su curiosidad. No recordaba haber visto a uno nunca. Su padre siempre enviaba cartas al señor de Aguasgrises todos los años, pero ningún lacustre llegó a visitar Invernalia. Le habría gustado seguir hablando con ellos, pero la sala principal era demasiado ruidosa, tanto que sólo se oía lo que decía quien estaba justo al lado.
Quien estaba justo al lado de Bran era Ser Rodrik.
—¿Es verdad que comen ranas? —preguntó al anciano caballero.
—Sí —asintió Ser Rodrik—. Ranas, pescado, lagartos león y todo tipo de aves.
«A lo mejor es porque no tienen ovejas ni vacas», pensó Bran. Ordenó a los sirvientes que les llevaran chuletas de cordero y tajadas de uro, y que les llenaran los platos con guiso de buey con avena. Pareció que les gustaba mucho. La chica sorprendió su mirada y le sonrió. Bran se sonrojó y apartó la vista.
Mucho más tarde, después de que se sirvieran los dulces y se engulleran regados con galones de vino veraniego, retiraron los restos de comida de las mesas y las empujaron contra las paredes para que comenzara el baile.
La música se hizo más agresiva, entraron los tambores, y Hother Umber sacó un gran cuerno curvo de guerra con remaches de plata. Cuando el bardo, que estaba cantando «La noche que terminó», llegó a la parte donde la Guardia de la Noche cabalgaba para enfrentarse a los Otros en la Batalla por el Amanecer, lo hizo sonar con un rugido que provocó los ladridos de todos los perros.
Dos hombres de Glover comenzaron a tocar una música estridente con una gaita y una lira. Mors Umber fue el primero en levantarse. Agarró por el brazo a una sirvienta que pasaba por allí, con lo que la chica soltó el jarro de vino, que fue a estrellarse contra el suelo. Entre las alfombras, los huesos y los trocitos de pan que había sobre la piedra, la obligó a dar vueltas, la hizo girar y la lanzó por los aires. La chica se reía a gritos y se puso tan colorada como las faldas que le giraban y se le levantaban con el baile.
No tardaron en unirse otros. Hodor empezó a bailar solo, mientras que Lord Wyman pedía a la pequeña Beth Cassel que fuera su pareja. Pese a su inmenso tamaño se movía con elegancia. Cuando se cansó, Cley Cerwyn bailó con la chica. Ser Rodrik se acercó a Lady Hornwood, pero ella se excusó y pidió permiso para retirarse. Bran se quedó el tiempo justo para no parecer maleducado, e hizo que llamaran a Hodor. Estaba acalorado y cansado, el vino le había arrebolado las mejillas, y ver bailar lo ponía triste. Era algo que él jamás podría hacer.
—Quiero irme.
—Hodor —gritó Hodor, al tiempo que se arrodillaba.
El maestre Luwin y Pelopaja lo alzaron para meterlo en la cesta. Los de Invernalia habían visto aquello cientos de veces, pero sin duda para los invitados era un espectáculo extraño, y algunos se mostraron más curiosos que educados. Bran sintió las miradas clavadas en él.
Salieron por atrás para no recorrer toda la longitud de la sala, y Bran tuvo que agachar la cabeza para cruzar la puerta. En la galería oscura que había tras la sala principal, se tropezaron con Joseth, el caballerizo mayor, montando de una manera diferente a la acostumbrada. Había empujado a una mujer que Bran no conocía contra la pared, y le había levantado las faldas hasta la cintura. La mujer se reía entre dientes hasta que Hodor se detuvo para mirar. Entonces, soltó un grito.
—Déjalos en paz, Hodor —tuvo que ordenarle Bran—. Llévame a mi dormitorio.
Hodor lo subió por las escaleras de caracol hasta su torre y se arrodilló junto a una de las barras de hierro que Mikken había incrustado en la pared. Bran se apoyó en las barras para desplazarse hasta la cama, y Hodor le quitó las botas y los calzones.
—Ya puedes volver al banquete —dijo Bran—, pero no molestes a Joseth y a esa mujer.
—Hodor —respondió Hodor con un gesto de asentimiento.
Sopló para apagar la vela de su mesilla, y la oscuridad lo envolvió como una manta suave, familiar. El sonido distante de la música se colaba a través de los postigos de su ventana.
De pronto le vino a la mente algo que su padre le había contado cuando era pequeño. Le había preguntado a Lord Eddard si en la Guardia Real estaban de verdad los mejores caballeros de los Siete Reinos.
—Ya no —fue la respuesta—. Pero en el pasado fueron una maravilla, una brillante lección para todo el mundo.
—¿Y cuál era el mejor de todos?
—El mejor caballero que yo he visto jamás fue Ser Arthur Dayne, que luchaba con una espada llamada Albor, forjada en el corazón de una estrella caída. Lo llamaban Espada del Amanecer, y de no ser por Howland Reed me habría matado.
Entonces su padre se había puesto triste y no quiso seguir hablando. Bran deseó con todas sus fuerzas haberle preguntado qué quería decir.
Cerró los ojos con la cabeza llena de caballeros con brillantes armaduras, luchando con espadas que brillaban como fuego de estrellas, pero cuando se durmió volvió a encontrarse en el bosque de dioses. Los olores de la cocina y del salón principal eran tan intensos como si no hubiera abandonado el banquete. Merodeó por debajo de los árboles, seguido de cerca por su hermano. Aquella noche se sentía muy vivo, lleno de los aullidos de la manada humana dedicada a sus juegos. Los sonidos lo inquietaban. Quería correr, cazar; quería...
El tintineo del hierro hizo que alzara las orejas. Su hermano también lo había oído. Corrieron entre la maleza en dirección al sonido. Cruzaron las aguas tranquilas al pie del viejo blanco, y entonces le llegó el olor de un desconocido, el olor a hombre mezclado con cuero, tierra, hierro.
Los intrusos se habían adentrado unos metros en el bosque cuando llegó junto a ellos: una hembra y un macho joven, sin pizca de miedo, aunque les mostró los dientes. Su hermano gruñía desde lo más profundo de la garganta, pero los humanos no huyeron.
—Ahí vienen —dijo la hembra. «Meera», susurró una parte de él, un atisbo del niño dormido perdido en el sueño de lobo—. ¿Sabías que eran así de grandes?
—Y más grandes serán cuando crezcan del todo —dijo el macho joven, que los miraba con unos ojos grandes, verdes, desprovistos de todo temor—. El negro está lleno de miedo y rabia, pero el gris es fuerte... más fuerte de lo que él mismo sabe... ¿No lo sientes, hermana?
—No —dijo al tiempo que ponía una mano en el puño de su largo cuchillo marrón—. Ve con cuidado, Jojen.
—No me va a hacer daño. Hoy no es el día en que voy a morir.
El macho avanzó hacia ellos, sin miedo, y extendió la mano para tocarle el hocico con una caricia ligera como una brisa de verano. Pero, con el toque de aquellos dedos, el bosque se disolvió y la tierra misma se tornó humo bajo sus pies, un humo que subía, girando, entre risas, y entonces empezó a caer, a caer, a caer...
CATELYN
Mientras dormía en las praderas onduladas, Catelyn soñó que Bran estaba sano otra vez, que Arya y Sansa se daban la mano, que Rickon era todavía un bebé que se alimentaba de su pecho. Robb, sin corona, jugaba con una espada de madera, y cuando todos se dormían encontraba a Ned en su lecho, sonriente.
Un sueño dulce, un sueño breve. Llegó el amanecer cruel con su daga de luz. Se despertó dolorida, sola, cansada; cansada de cabalgar, cansada de sufrir, cansada del deber.
«Quiero llorar —pensó—. Quiero que me consuelen. Estoy cansada de ser fuerte. Por una vez quiero ser infantil y asustadiza. Sólo durante un tiempo, nada más... un día... una hora.»
En el exterior de su tienda los hombres se movían ya. Oyó relinchos de caballos, a Shadd quejarse de que tenía la espalda agarrotada, a Ser Wendel pidiendo su arco a gritos. Catelyn deseó con todas sus fuerzas que desaparecieran. Eran hombres buenos, leales, pero estaba cansada de todos. Sólo anhelaba ver a sus hijos. Se prometió que un día se quedaría en la cama, un día se permitiría el lujo de no ser fuerte.
Pero no podía ser aquel día.
Sintió los dedos más torpes que de costumbre, le costaba ponerse las ropas. Y aún tenía que dar gracias por poder utilizar las manos. La daga era de acero valyrio, y el mordisco del acero valyrio era temible. Sólo tenía que mirarse las cicatrices para recordarlo.
En el exterior, Shadd movía unas gachas en la cazuela, mientras Ser Wendel Manderly tensaba su arco.
—Mi señora —dijo al ver salir a Catelyn—. En estas praderas hay aves. ¿Queréis desayunar una codorniz asada esta mañana?
—Tomaré pan y gachas como todos, gracias. Hoy hemos de cabalgar muchas leguas, Ser Wendel.
—Como queráis, mi señora. —La decepción se dibujó en el rostro redondo del caballero, las puntas de sus bigotes de morsa parecieron caer un poco más—. Pan y gachas, no hay mejor desayuno.
Era uno de los hombres más gordos que Catelyn había visto jamás, pero por mucho que amara la comida amaba su honor todavía más.
—He preparado un poco de té de ortigas —anunció Shadd—. ¿Querrá mi señora una taza?
—Sí, os lo agradezco.
Acunó la taza entre sus manos marcadas y sopló para enfriar el líquido. Shadd era uno de los hombres de Invernalia. Robb había nombrado a veinte de los mejores para que la escoltaran sana y salva hasta Renly. También envió con ella a cinco señores menores, cuyos nombres y nobleza darían peso y honor a su mensaje. Durante su camino hacia el sur, siempre lejos de las ciudades y aldeas, habían visto más de una vez bandas de hombres armados, y humo hacia el este, pero nadie se atrevió a molestarlos. Eran pocos para constituir una amenaza y demasiados para ser presa fácil. Una vez cruzaron el Aguasnegras, dejaron lo peor atrás. En los cuatro últimos días no habían visto ni rastro de la guerra.
Catelyn nunca había querido llegar a esa situación. Se lo había dicho a Robb en Aguasdulces.
—La última vez que vi a Renly era un niño, tenía la edad de Bran. No lo conozco. Envía a otro. Mi lugar está aquí, con mi padre, durante lo que le quede de vida.
—No tengo a nadie más, y no puedo ir yo. —Su hijo la miraba con tristeza—. Tu padre está demasiado enfermo. El Pez Negro es mis ojos y mis oídos, no puedo prescindir de él. A tu hermano lo necesito para defender Aguasdulces cuando avancemos.
—¿Cuando avancemos? —Nadie le había hablado de un posible avance.
—No puedo quedarme en Aguasdulces a la espera de la paz. Da la impresión de que tengo miedo de presentar batalla de nuevo. Los hombres, cuando no pelean, empiezan a pensar en sus hogares y cosechas, me lo dijo mi padre. Hasta mis norteños empiezan a estar inquietos.
«Mis norteños —pensó—. Incluso empieza a hablar como un rey.»
—Nadie ha muerto nunca de inquietud. En cambio, de precipitación sí. Hemos plantado semillas, deja que broten.
Robb sacudió la cabeza con obstinación.
—No hemos hecho más que tirar unas semillas al viento. Si tu hermana Lysa fuera a acudir en nuestra ayuda, ya habríamos recibido la noticia. ¿Cuántos pájaros hemos enviado al Nido de Águilas, cuatro? Yo también quiero la paz, pero ¿por qué me van a dar nada los Lannister si lo único que hago es quedarme aquí quieto, mientras mi ejército se derrite a mi alrededor tan deprisa como la nieve de verano?
—Así que, en vez de parecer cobarde, quieres bailar al son que toque Lord Tywin —le espetó ella—. Quiere que avances contra Harrenhal, pregunta a tu tío Brynden si no me...
—Yo no he dicho nada de Harrenhal —replicó Robb—. En fin, ¿irás en mi nombre a entrevistarte con Renly, o tengo que enviar al Gran Jon?
El recuerdo la hizo sonreír. Era un truco muy evidente, pero inteligente para un chico de quince años. Robb sabía que Gran Jon Umber era incapaz de negociar con un hombre como Renly Baratheon, y también sabía que ella lo sabía. No podía hacer otra cosa que acceder y rezar para que su padre siguiera con vida a su regreso. Si Lord Hoster se hubiera encontrado bien habría ido él en persona, estaba segura. Pese a todo, la partida fue dura, muy dura. El anciano ni siquiera se enteró cuando entró a despedirse.
—Minisa —la llamó—, ¿dónde están las niñas? Mi pequeña Cat, mi dulce Lysa...
Catelyn le dio un beso en la frente, y le dijo que sus pequeñas estaban bien.
—Espérame, mi señor —le suplicó cuando volvió a cerrar los ojos—. Yo te esperé tantas, tantas veces... Ahora tú tienes que esperarme a mí.
«El destino me lleva cada vez más al sur —pensó Catelyn mientras bebía un sorbo del agrio té—, cuando lo que debería hacer es ir al norte, a casa. —Había escrito a Bran y a Rickon la noche anterior, desde Aguasdulces—. No os olvido, mis pequeños, creedme. Pero vuestro hermano me necesita más que vosotros.»
—Hoy deberíamos llegar al alto Mander, mi señora —anunció Ser Wendel mientras Shadd servía las gachas con un cucharón—. Si lo que se cuenta es verdad, Lord Renly no estará lejos.
«Y cuando lo encuentre, ¿qué le digo? ¿Que mi hijo no considera que sea el rey legítimo?» No deseaba aquella reunión. Lo que les hacía falta eran amigos, no más enemigos, pero Robb jamás doblaría la rodilla ante el hombre cuyas aspiraciones al trono no consideraba válidas.
Tenía el cuenco vacío, aunque no recordaba haber probado las gachas. Lo dejó a un lado.
—Ya tendríamos que habernos puesto en marcha.
Cuanto antes hablara con Renly, antes podría volver a casa. Fue la primera en montar y marcó el paso de la columna. Hal Mollen cabalgaba junto a ella, portando el estandarte de la Casa Stark, el lobo huargo gris sobre campo blanco hielo.
Aún estaban a medio día a caballo del campamento de Renly cuando los alcanzaron. Robin Flint se había adelantado como explorador, y volvió al galope con la noticia de que había un vigía en el tejado de un molino distante. Cuando el grupo de Catelyn llegó allí, hacía tiempo que el hombre había desaparecido. Apuraron la marcha, pero no llegaron a avanzar ni un kilómetro antes de que los jinetes adelantados de Renly cayeran sobre ellos. Eran veinte hombres a caballo, con cotas de malla, y a la cabeza iba un gigantesco caballero de barba gris con un jubón en el que se veían dibujos de grajos azules. Al ver su estandarte trotó solo hacia ella.
—Mi señora, soy Ser Colen de Lagosverdes —dijo—, para serviros. Cruzáis tierras muy peligrosas.
—Tenemos asuntos muy urgentes que tratar —le respondió—. Vengo como enviada de mi hijo, Robb Stark, el Rey en el Norte, para pactar con Renly Baratheon, el Rey en el Sur.
—El rey Renly es el monarca coronado y ungido de todos los Siete Reinos, mi señora —respondió Ser Colen, aunque con cortesía—. Su Alteza ha acampado junto con su ejército cerca de Puenteamargo, donde el camino de las rosas cruza el Mander. Me corresponde a mí el gran honor de escoltaros hasta él.
El caballero alzó una mano enfundada en un guantelete, y sus hombres formaron una doble columna para flanquear a Catelyn y a su guardia. Catelyn no sabía bien si estaba escoltada o cautiva. No podía hacer otra cosa que confiar en el honor de Ser Colen, y en el de Lord Renly.
Aún les faltaba una hora para llegar al río cuando divisaron el humo de las hogueras del campamento. Luego les llegó el sonido a través de los campos sembrados y las praderas, era como el murmullo del mar a lo lejos, que fue haciéndose más alto a medida que se acercaban. Cuando vieron las aguas turbias del Mander brillar bajo el sol, ya distinguían las voces de los hombres, el clamor del acero y los relinchos de los caballos. Pero ni el ruido ni el humo los habían preparado para la visión del ejército en sí.
Miles de hogueras llenaban el aire con una neblina de humo claro. Las filas de caballos tenían varias leguas de longitud. Había hecho falta talar todo un bosque sólo para hacer las largas astas de las que colgaban los estandartes. Enormes máquinas de asedio se distribuían ordenadas sobre la hierba al borde del camino de rosas, maganeles, trabuquetes, arietes montados sobre ruedas más altas que un hombre a caballo... Las puntas de acero de las picas tenían un brillo rojo a la luz del sol, como si ya estuvieran cubiertas de sangre, y los pabellones de los caballeros y los grandes señores poblaban la hierba como setas de seda. Vio hombres con lanzas y hombres con espadas, hombres con cascos de acero y cotas de malla, prostitutas que mostraban sus encantos, arqueros emplumando flechas, cocheros que guiaban carromatos, porqueros que guiaban sus piaras, pajes corriendo para llevar mensajes, escuderos dedicados a afilar espadas, caballeros a lomos de palafrenes, y mozos de cuadras tirando de las riendas de corceles indómitos.
—Una cantidad de hombres temible —observó Ser Wendel Manderly mientras cruzaban el antiguo tramo de piedra del que Puenteamargo tomaba su nombre.
—Cierto —asintió Catelyn.
Al parecer toda la caballería del sur había acudido a la llamada de Renly. La rosa dorada de Altojardín se veía por todas partes: bordada en el lado derecho del pecho de soldados y sirvientes, ondeando al viento en los estandartes de seda verde, adornando lanzas y picas, pintada en los escudos que colgaban ante los pabellones de los hijos, hermanos y primos de la Casa Tyrell. Catelyn vio también el zorro y las flores de la Casa Florent, las manzanas roja y verde de Fossoway, el cazador que andaba a zancadas de Lord Tarly, las hojas de roble de Oakheart, las grullas de Crane y la nube de mariposas negras y naranja de los Mullendor.
Los señores de la tormenta habían alzado sus estandartes al otro lado del Mander. Eran los vasallos de Renly, que habían jurado lealtad a la Casa Baratheon y a Bastión de Tormentas. Catelyn reconoció los ruiseñores de Bryce Caron, las plumas de Penrose y la tortuga marina de Lord Estermont, verde sobre verde. Pero, por cada escudo que conocía, había una docena que jamás había visto; pertenecían a los señores menores leales a los vasallos, o a caballeros errantes y jinetes libres que habían acudido a cientos para hacer de Renly Baratheon un rey tanto de nombre como de hecho.
El estandarte de Renly colgaba por encima de los demás. En la cima de su torre de asedio más alta, una inmensidad de roble con ruedas cubierta de pieles, pendía el estandarte de guerra más grande que Catelyn había visto jamás, un paño de tal tamaño que podía alfombrar muchas salas, todo dorado, con la silueta negra del venado coronado de los Baratheon en medio, sobre las patas traseras, erguido, orgulloso.
—¿Oís ese ruido, mi señora? —preguntó Hallis Mollen, que se había acercado a ella al trote—. ¿De qué se trata?
Prestó atención. Gritos, relinchos de caballos, el clamor del acero, y...
—Aplausos —dijo.
Habían estado cabalgando por una suave pendiente en dirección a unos pabellones de brillantes colores alzados en la cima. Al pasar entre ellos se encontraron con que había muchos más hombres, y con que los sonidos eran más fuertes. Y, entonces, lo vio todo.
Abajo, entre los muros de piedra y madera de un pequeño castillo, estaba teniendo lugar un torneo cuerpo a cuerpo.
Habían despejado un campo para justas, y había vallas, estrados y vallas basculantes. Los espectadores eran cientos, tal vez miles. Por el aspecto del lugar, arrasado, embarrado, lleno de restos de armaduras y trozos de lanzas, llevaban allí un día o más, pero al parecer se aproximaba el final. Sólo quedaban una veintena de caballeros montados, que cargaban unos contra otros y se atacaban entre los aplausos y gritos de ánimo de los espectadores y los combatientes descabalgados. Catelyn vio cómo dos corceles con armaduras completas chocaban entre el estruendo del acero y la carne.
—Un torneo —señaló Hal Mollen. Tenía un don natural para anunciar lo evidente.
—Espléndido —dijo Ser Wendel Manderly al ver a un caballero con capa arco iris volviéndose para asestar un golpe de revés, que destrozó el escudo de su perseguidor y lo hizo caer de los estribos.
La multitud que tenían delante hacía imposible que siguieran avanzando.
—Lady Stark —dijo Ser Colen—, si vuestros hombres tienen la bondad de aguardar aquí, iré a presentaros al rey.
—Como vos digáis.
Dio la orden de detenerse, aunque tuvo que alzar la voz para hacerse oír por encima del estrépito del torneo. Ser Colen hizo avanzar muy despacio a su caballo entre la multitud, abriendo un camino para Catelyn. El gentío rugió cuando un hombre de barba roja sin casco, con un grifo pintado en el escudo, cayó ante un corpulento caballero de armadura azul. Su acero era de color cobalto oscuro, hasta la maza sin puntas que manejaba de manera tan mortífera, y su montura lucía los jaeces con el blasón cuarteado del sol y la luna, símbolo de la Casa Tarth.
—Malditos sean los dioses, Ronnet el Rojo ha caído —maldijo un hombre.
—Loras se encargará del de azul... —le respondió otro antes de que el rugido de la multitud ahogara el resto de sus palabras.
Había caído otro hombre, que quedó atrapado bajo su caballo herido, y ambos lanzaban alaridos de dolor. Los escuderos corrieron a prestarles auxilio.
«Esto es una locura —pensó Catelyn—. Renly tiene enemigos de verdad por todas partes, la mitad del reino está en llamas, y él aquí, jugando a la guerra como un niño con su primera espada de madera.»
Las damas y señores de las galerías estaban tan absortos en el combate cuerpo a cuerpo como los hombres a nivel de suelo. Catelyn los conocía bien. Su padre había visitado a menudo a los señores sureños, y no pocos de ellos acudieron también como invitados a Aguasdulces. Reconoció a Lord Mathis Rowan, más corpulento y sonrosado que nunca, con el árbol dorado de su Casa bien visible en su jubón blanco. Más abajo se sentaba Lady Oakheart, menuda y delicada, y a su izquierda Lord Randyll Tarly de Colina Cuerno, con su famoso espadón, Veneno de Corazón, apoyado contra el respaldo de su asiento. A otros los conocía sólo por sus blasones, y unos pocos le resultaban del todo desconocidos.
Y en medio de todos ellos, contemplando el espectáculo y riendo al lado de su joven reina, se sentaba un fantasma con una corona de oro.
«No me extraña que los señores lo sigan con tal fervor —pensó—, es la viva imagen de Robert.» Renly era tan atractivo como lo había sido Robert, de miembros largos y hombros anchos, el mismo pelo negro como el carbón, fino y lacio, los mismos ojos de un azul intenso, la misma sonrisa alegre. El delicado aro que le ceñía la frente le sentaba bien. Era de oro pulido, un círculo de rosas exquisitamente forjadas; en la parte de delante se veía una cabeza de venado en jade verde oscuro, con los ojos dorados y las astas a juego.
El venado coronado decoraba también la túnica de terciopelo gris del rey, bordado en hilo de oro sobre su pecho: el blasón de los Baratheon con los colores de Altojardín. La muchacha que compartía con él la tarima también era de Altojardín: se trataba de su joven reina, Margaery, hija de Lord Mace Tyrell. Catelyn sabía que su matrimonio era el cemento que mantenía unida la gran alianza sureña. Renly sólo tenía veintiún años, y la chica no sería mayor que Robb, muy bonita, con tiernos ojos de gacela y una melena rizada de pelo castaño que le caía ondulante sobre los hombros. Su sonrisa era tímida y dulce.
En el campo de justas, el caballero de la capa con todos los colores del arco iris derribó a otro hombre, y el rey lo aclamó junto con los demás.
—¡Loras! —lo oyó gritar—. ¡Altojardín!
La reina, muy contenta, también palmoteaba.
Catelyn se volvió para contemplar el final. Ya sólo quedaban cuatro hombres en la contienda, y no cabía duda de quién era el favorito del rey y del gentío. No había llegado a conocer en persona a Ser Loras Tyrell, pero hasta el lejano norte habían llegado las historias sobre las proezas del joven Caballero de las Flores. Ser Loras montaba a lomos de un gran semental con armadura plateada, y peleaba con un hacha de mango largo. Del centro de su yelmo brotaba un penacho de rosas doradas.
Dos de los hombres que aún quedaban en contienda habían hecho causa común. Espolearon a sus monturas en dirección al caballero de la armadura cobalto. En el momento en que se le acercaron, uno por cada lado, el caballero azul tiró de las riendas, golpeó de pleno a uno en la cara con su escudo astillado mientras su corcel negro se alzaba sobre los cuartos traseros y golpeaba al otro con la herradura de uno de sus cascos. En un abrir y cerrar de ojos, uno de los combatientes quedó descabalgado, y el otro se tambaleaba. El caballero azul dejó caer el escudo roto para tener libre el brazo izquierdo, y en aquel momento el Caballero de las Flores cayó sobre él. El peso del acero no parecía afectar a la elegancia y rapidez con que Ser Loras se movía, con la capa arco iris ondeando a su espalda.
El caballo negro y el blanco se movieron el uno en torno al otro como enamorados en el baile de la cosecha, pero los jinetes se lanzaban golpes de acero en lugar de besos. El hacha relampagueaba y la maza giraba. Ambas armas carecían de filo, pero el ruido que hacían era temible. El caballero azul, que no tenía escudo, se estaba llevando la peor parte. Ser Loras descargaba golpe tras golpe contra su cabeza y hombros, mientras la multitud rugía: «¡Altojardín!». El otro respondía con su maza, pero Ser Loras siempre conseguía detener la bola con su maltrecho escudo verde, en el que aún se veían tres rosas doradas. Cuando el hacha acertó al caballero azul en la mano con un movimiento de revés, y le hizo soltar la maza, el grito de la multitud fue como el bramido de una bestia. El Caballero de las Flores alzó el hacha para asestar el golpe definitivo.
El caballero azul cargó contra él. Los corceles chocaron, el hacha roma acertó contra la maltrecha coraza azul... pero el caballero se las arregló para agarrar el mango largo con la mano enfundada en el guantelete de acero. La arrancó de manos de Ser Loras, y de pronto los dos estuvieron enzarzados desde sus monturas... un instante antes de caer. Los caballos se alejaron, y los dos caballeros se estrellaron contra el suelo. Loras Tyrell, que había quedado abajo, se llevó lo peor del impacto. El caballero azul se sacó una larga daga y abrió el visor de Tyrell. El rugido de la multitud era tan ensordecedor que Catelyn no alcanzó a oír las palabras de ser Loras, pero leyó lo que decía en sus labios ensangrentados: «Me rindo».
El caballero azul se puso en pie, tambaleante, y alzó la daga en dirección a Renly Baratheon, el saludo de un campeón a su rey. Los escuderos corrieron a la liza para ayudar a ponerse en pie al caballero derrotado. Cuando le quitaron el casco, Catelyn se sobresaltó al ver lo joven que era. No podía llevarle más de dos años a Robb. El muchacho debía de ser tan atractivo como su hermana, pero con el labio roto, los ojos desenfocados y la sangre que le empapaba el pelo no había manera de asegurarlo.
—Acércate —indicó el rey Renly al campeón.
El caballero cojeó hacia la galería. Vista desde cerca, la brillante armadura azul no resultaba tan espléndida, estaba llena de abolladuras y mellada por los golpes de espadas, mazas y martillos; la coraza esmaltada y el yelmo no estaban mucho mejor, y tenía la capa hecha jirones. Por su manera de caminar, el hombre que había dentro de la armadura también estaba muy magullado. Unas cuantas voces lo aclamaron al grito de «¡Tarth!», y otro extraño saludo, «¡Bella! ¡Bella!», pero la mayor parte guardaba silencio. El caballero azul se arrodilló ante el rey.
—Alteza —dijo con la voz, desfigurada por el yelmo abollado.
—Sois tal como vuestro señor padre me dijo. —La voz de Renly recorrió todo el recinto—. He visto a Ser Loras descabalgado un par de veces... pero nunca de esa manera.
—No ha estado bien —se quejó un arquero borracho que llevaba la rosa de los Tyrell bordada en el justillo—. Ha sido un truco sucio, ha descabalgado al chico con malas mañas.
La multitud empezaba a despejarse.
—Ser Colen —preguntó Catelyn a su acompañante—, ¿quién es ese hombre, y por qué no gusta a la gente?
—Porque no es un hombre, mi señora. —Ser Colen frunció el ceño—. Es Brienne de Tarth, hija de Lord Selwyn el Lucero de la Tarde.
—¿Hija? —Catelyn se había quedado horrorizada.
—La llaman Brienne la Bella... pero no a la cara, o tendrían que defender esas palabras con las armas.
Oyó cómo el rey Renly declaraba a Lady Brienne de Tarth vencedora del gran combate cuerpo a cuerpo de Puenteamargo, la única que había quedado a caballo entre ciento dieciséis caballeros.
—Como campeona, podéis pedirme el favor que deseéis. Si está en mi mano, es vuestro.
—Alteza —respondió Brienne—, os pido el honor de ocupar un lugar en vuestra Guardia Arcoiris. Seré uno de vuestros siete, daré mi vida por vos, iré adonde vayáis, cabalgaré a vuestro lado y os mantendré a salvo de todo peligro y riesgo.
—Concedido —dijo él—. Levantaos y quitaos el yelmo.
Hizo lo que le ordenaban. Cuando le vio la cara, Catelyn comprendió las palabras de Ser Colen.
La llamaban la Bella... en tono burlón. El cabello que había ocultado el yelmo era un nido de paja sucia, y su rostro... Brienne tenía unos ojos grandes y muy azules, los ojos de una niña, confiados e inocentes, pero el resto de sus rasgos eran bastos y desproporcionados: tenía los dientes prominentes y desiguales, la boca demasiado ancha y los labios tan gruesos que parecían hinchados. Un millar de pecas le cubrían las mejillas y la frente, y le habían roto la nariz más de una vez. El corazón de Catelyn se llenó de compasión. «¿Hay en la tierra criatura tan desafortunada como una mujer fea?»
Y aun así, cuando Renly le quitó la capa desgarrada y le puso sobre los hombros otra con todos los colores del arco iris, Brienne de Tarth no parecía sentirse desafortunada. Una sonrisa le iluminaba todo el rostro.
—Mi vida os pertenece, Alteza —dijo con voz fuerte y orgullosa—. De ahora en adelante seré vuestro escudo, lo juro por los dioses, los antiguos y los nuevos.
Su expresión al mirar al rey (al mirarlo desde arriba, ya que era un palmo más alta, aunque Renly tenía casi la misma estatura que su difunto hermano) hizo que a Catelyn se le rompiera el corazón.
—¡Alteza! —Ser Colen de Lagosverdes desmontó y se aproximó a la galería—. Con vuestro permiso. —Hincó una rodilla en tierra—. Tengo el honor de traer ante vos a Lady Catelyn Stark, enviada por su hijo Robb, señor de Invernalia.
—Señor de Invernalia y Rey en el Norte, ser —lo corrigió Catelyn al tiempo que desmontaba y se acercaba a Ser Colen.
—¿Lady Catelyn? —El rey Renly pareció muy sorprendido—. Es un verdadero placer. —Se volvió hacia su joven reina—. Margaery, querida mía, te presento a Lady Catelyn Stark de Invernalia.
—Recibid nuestra más cálida bienvenida, Lady Stark —dijo la muchacha con suave cortesía—. Siento mucho vuestra pérdida.
—Sois muy amable —dijo Catelyn.
—Mi señora, os juro que me encargaré de que los Lannister respondan por el asesinato de vuestro esposo —declaró Renly—. Cuando tome Desembarco del Rey, os haré llegar la cabeza de Cersei.
«¿Y con eso recuperaré a Ned?», pensó.
—Me bastará con saber que se ha hecho justicia, mi señor.
—Alteza —la corrigió Brienne la Azul con tono brusco—. Y delante del rey deberíais arrodillaros.
—La distancia que hay entre «señor» y «alteza» es muy corta, mi señora —dijo Catelyn—. Lord Renly lleva una corona, igual que mi hijo. Si lo deseáis, podemos quedarnos aquí y discutir durante horas qué títulos y honores corresponden a cada uno, pero creo que deberíamos tratar asuntos mucho más apremiantes.
Algunos señores de Renly fruncieron el ceño, pero el rey se echó a reír.
—Bien dicho, mi señora. Ya habrá tiempo suficiente para títulos cuando terminen estas guerras. Decidme, ¿cuándo piensa vuestro hijo marchar contra Harrenhal?
—No ocupo ningún asiento en los consejos de guerra de mi hijo, mi señor. —Catelyn no pensaba revelar ni una palabra de los planes de Robb hasta que no supiera si aquel rey era amigo o enemigo.
—Mientras me deje a unos pocos Lannister para mí, no me voy a quejar. ¿Qué ha hecho con el Matarreyes?
—Jaime Lannister se encuentra prisionero en Aguasdulces.
—¿Todavía con vida? —Lord Mathis Rowan se mostró decepcionado.
—Parece que el lobo huargo es más gentil que el león —comentó Renly, divertido.
—Decir que alguien es más gentil que los Lannister es como decir que algo es más seco que el mar —murmuró Lady Oakheart con una sonrisa amarga.
—Para mí que es débil. —Lord Randyll Tarly tenía una barbita gris hirsuta y una amplia reputación por su brusquedad—. Sin ánimo de faltaros al respeto, Lady Stark, habría sido más apropiado que Lord Robb hubiera venido en persona para rendir pleitesía al rey, en vez de esconderse tras las faldas de su madre.
—El rey Robb está luchando en una guerra, mi señor —replicó Catelyn con cortesía gélida—. No disputando torneos lúdicos.
—Cuidado, Lord Randyll —advirtió Renly con una sonrisa—, creo que la señora es mucho rival para vos. —Llamó a un mayordomo que vestía la librea de Bastión de Tormentas—. Alojad a los acompañantes de la señora, encargaos de que cuenten con todas las comodidades. Lady Catelyn se instalará en mi pabellón. Lord Caswell ha tenido la amabilidad de cederme su castillo, de modo que yo no lo necesito. Mi señora, cuando hayáis descansado sería para mí un honor que compartierais con nosotros la carne y el aguamiel en el banquete que Lord Caswell nos ofrecerá esta noche. Un banquete de despedida. Mucho me temo que está deseando ver partir a mis hambrientas hordas.
—Eso no es verdad, Alteza —protestó un hombre flaco que debía de ser Caswell—. Todo lo mío os pertenece.
—Siempre que alguien le decía eso a mi hermano Robert, se lo tomaba al pie de la letra —comentó Renly—. ¿Tenéis hijas?
—Sí, Alteza. Dos.
—Entonces dad gracias a los dioses por que yo no sea Robert. Mi dulce reina es la única mujer que deseo. —Renly extendió la mano para ayudar a Margaery a ponerse en pie—. Hablaremos cuando hayáis tenido ocasión de descansar, Lady Catelyn.
Renly y su esposa se dirigieron hacia el castillo, mientras su mayordomo guiaba a Catelyn hacia el pabellón de seda verde del rey.
—Si necesitáis cualquier cosa sólo tenéis que pedirla, mi señora.
A Catelyn no se le ocurría qué habría podido necesitar que no estuviera ya allí. El pabellón era más grande que los comedores de más de una posada, y contaba con todos los detalles para que resultara acogedor: cojines de plumas y mantas de piel, una bañera de madera y cobre tan grande que cabían dos personas, braseros para espantar el frío de la noche, sillas plegables de cuero, una mesa para escribir con plumas y un tintero, cuencos con melocotones, peras y ciruelas, una jarra de vino con un juego de copas de plata, arcones de roble que contenían las ropas de Renly, libros, mapas, juegos de mesa, un arpa alta, un arco largo y un carcaj de flechas, un par de halcones de cetrería con colas rojas, y una auténtica armería con las armas más hermosas.
«Este Renly no se priva de nada —pensó al mirar a su alrededor—. No es de extrañar que su ejército avance tan despacio.»
Junto a la entrada montaba guardia la armadura del rey, color verde bosque, con los accesorios repujados en oro, y el yelmo coronado por unas enormes astas doradas. El acero estaba tan pulido que veía su reflejo en la coraza, una imagen que le devolvía la mirada como si se estuviera contemplando en un profundo estanque de aguas verdes. «El rostro de una mujer ahogada —pensó Catelyn—. ¿Puede alguien ahogarse en el dolor?» Se dio la vuelta bruscamente, enfadada por su fragilidad. No tenía tiempo para permitirse el lujo de la autocompasión. Debía limpiarse el polvo del cabello y cambiarse las ropas por un atuendo más adecuado para un banquete real.
Ser Wendel Manderly, Lucas Blackwood, Ser Perwyn Frey y el resto de sus acompañantes nobles fueron con ella al castillo. La gran sala de la fortaleza de Lord Caswell sólo era grande por pura cortesía, pero en los atestados bancos se hizo sitio, entre los caballeros del propio Renly, para los hombres de Catelyn. A Catelyn se le asignó un lugar en el estrado entre Lord Mathis Rowan, con su rostro congestionado, y el campechano Ser Jon Fossoway, de los Fossoway de la manzana verde. Ser Jon gastaba bromas todo el tiempo, mientras que Lord Mathis le preguntó con cortesía por la salud de su padre, su hermano y sus hijos.
Brienne de Tarth había ocupado un asiento en uno de los extremos de la mesa. No se ataviaba como una dama, sino que había elegido prendas de caballero: un jubón de terciopelo rosa y azur, calzones, botas y un hermoso cinturón para la espada, y su nueva capa arco iris cubriéndole la espalda. Pero ningún atuendo podía disimular su físico vulgar: las grandes manos pecosas, el rostro ancho y plano, los dientes salientes... Sin la armadura, hasta su cuerpo era feo, de caderas anchas y miembros gruesos, con hombros musculosos pero sin pechos. Y en cada uno de sus gestos era obvio que Brienne lo sabía y sufría por ello. Sólo hablaba si le hacían una pregunta, y rara vez levantaba la vista de la comida.
Porque comida había en abundancia. La guerra no había afectado a la legendaria generosidad de Altojardín. Mientras los bardos cantaban y los saltimbanquis hacían cabriolas, el banquete se abrió con unas peras al vino y prosiguió con rollitos crujientes de pescado a la sal, y capones rellenos de cebollas y setas. Había grandes hogazas de pan moreno, montañas de nabos, maíz y guisantes, jamones inmensos, gansos asados, y platos rebosantes de venado guisado con cerveza y centeno. A la hora del postre, los criados de Lord Caswell sirvieron bandejas de dulces hechos en las cocinas del castillo, cisnes de crema y unicornios de azúcar, pastelillos de limón en forma de rosa, galletas de miel especiadas, tartas de moras, tartaletas de manzana y ruedas de queso cremoso.
Las comidas tan pesadas daban náuseas a Catelyn, pero no iba a mostrar su fragilidad cuando había tantas cosas que dependían de su fortaleza. Comió con frugalidad, mientras observaba a aquel hombre que pretendía ser rey. Renly estaba entre su novia, a la izquierda, y el hermano de ésta, a la derecha. Aparte del vendaje blanco de la frente, Ser Loras no parecía tener lesiones tras el enfrentamiento de aquel día. Y desde luego era tan atractivo como Catelyn había imaginado. Cuando no estaba semiinconsciente, sus ojos eran vivaces e inteligentes, y su cabellera era una mata natural de bucles castaños que más de una doncella envidiaría. En vez de la capa desarrapada del torneo llevaba una nueva, la de seda brillante a franjas de colores propia de la Guardia Arcoiris de Renly, abrochada con la rosa dorada de Altojardín.
De cuando en cuando el rey Renly ofrecía a Margaery algún bocado exquisito con la punta de su daga, o se inclinaba para depositarle sobre la mejilla un ligerísimo beso, pero era con Ser Loras con quien compartía la mayor parte de las bromas y las confidencias. Era evidente que el rey disfrutaba con la comida y con la bebida, pero no parecía glotón ni borracho. Reía a menudo y de buena gana, y hablaba con tanta simpatía a los nobles como a las doncellas.
Algunos de sus invitados no eran tan moderados. Para el gusto de Catelyn bebían demasiado y se pavoneaban a gritos. Los hijos de Lord Willum, Josua y Elyas, discutían acaloradamente sobre cuál de los dos sería el primero en traspasar las murallas de Desembarco del Rey. Lord Varner mecía sobre sus rodillas a una criada, tenía la nariz metida en su cuello mientras exploraba por debajo de su corpiño con una mano. Guyard el Verde, que se creía buen cantante, tañía un arpa y los obsequió con unos versos acerca de leones y cómo hacer nudos con sus mechones, algunos de los cuales hasta rimaban. Ser Mark Mullendore tenía un mono blanco y negro y le daba de comer de su plato, mientras que Ser Tanton, de los Fossoway de la manzana roja, se subió a la mesa y juró que mataría a Sandor Clegane en combate singular. El juramento habría sido considerado más solemne si Ser Tanton no hubiera tenido el pie dentro de una fuente de salsa mientras lo formulaba.
El momento cumbre de tanta estupidez llegó cuando apareció un bufón regordete haciendo cabriolas, vestido con hojalata dorada y una cabeza de león hecha de tela, y empezó a perseguir a un enano por las mesas al tiempo que le golpeaba la cabeza con una vejiga. Por fin el rey Renly le preguntó por qué golpeaba a su hermano.
—¿No se nota, Alteza? ¡Soy el Matapeques!
—¡Es el Matarreyes, bufón idiota! —exclamó Renly, y la sala entera prorrumpió en carcajadas.
—Qué jóvenes son todos —dijo Lord Rowan. Sentado al lado de Catelyn, no participaba del regocijo general.
Y así era. El Caballero de las Flores no había llegado ni a su segundo día del nombre cuando Robert mató al príncipe Rhaegar en el Tridente. Pocos de los presentes le llevaban muchos años. No habían sido más que bebés durante el saqueo de Desembarco del Rey, y apenas niños cuando Balon Greyjoy inició la rebelión en las Islas del Hierro.
«Aún no han visto sangre —pensó Catelyn, viendo cómo Lord Bryce incitaba a Ser Robar a que hiciera malabarismos con unas cuantas dagas—. Para ellos esto no es más que un juego, un inmenso torneo, no ven más que la oportunidad de conseguir gloria, honores y botín. Son niños borrachos de canciones y leyendas, y como todos los niños, se creen inmortales.»
—La guerra los hará crecer —dijo Catelyn—. Como nos pasó a nosotros. —Ella también era una niña cuando Robert, Ned y Jon Arryn alzaron a sus vasallos contra Aerys Targaryen, y una mujer cuando la guerra terminó—. Los compadezco.
—¿Por qué? —le preguntó Lord Rowan—. Miradlos bien. Son jóvenes y fuertes, están llenos de vida y risas. Y también de lujuria, claro; tanta que no saben qué hacer con ella. Esta noche se concebirá más de un bastardo, podéis estar segura. ¿Por qué los compadecéis?
—Porque esto no va a durar mucho —respondió Catelyn con tristeza—. Porque son caballeros del verano, y se acerca el invierno.
—Os equivocáis, Lady Catelyn. —Brienne clavó en ella unos ojos tan azules como su armadura—. Para la gente como nosotros, el invierno no llega jamás. Si caemos en combate se cantarán canciones sobre nosotros, y en las canciones siempre es verano. En las canciones todos los caballeros son galantes, todas las doncellas son hermosas, y siempre brilla el sol.
«El invierno nos llega a todos —pensó Catelyn—. Para mí llegó el día en que murió Ned. También llegará para ti, pequeña, y antes de lo que querrías.» Pero no tuvo valor para decírselo en voz alta.
—Lady Catelyn —la llamó Renly salvándola—, me gustaría tomar un poco de aire. ¿Queréis pasear conmigo?
—Será un honor. —Catelyn se levantó al instante. Brienne se puso en pie también.
—Dadme un momento para ponerme la armadura, Alteza. No debéis andar por ahí sin protección.
—Si no estoy a salvo en el corazón del castillo de Lord Caswell —dijo el rey Renly con una sonrisa—, rodeado por mi ejército, una espada no me salvará... ni aunque sea la vuestra, Brienne. Sentaos y comed. Si os necesito, os haré llamar.
Aquellas palabras parecieron golpear a la muchacha con más fuerza que los mazazos que había recibido por la tarde.
—Como deseéis, Alteza.
Brienne se sentó, con los ojos gachos. Renly tomó a Catelyn por el brazo y salió de la sala con ella, pasando junto a un guardia recostado contra la pared que se incorporó tan deprisa que casi se le cayó la lanza. Renly le dio una palmadita en el hombro y le gastó una broma al respecto.
—Por aquí, mi señora. —El rey la llevó por una puerta baja, hacia las escaleras de una torre. Empezaron a subir—. Decidme, ¿por casualidad está Ser Barristan Selmy con vuestro hijo en Aguasdulces?
—No —respondió ella, asombrada—. ¿Ya no está con Joffrey? Era el Lord Comandante de la Guardia Real.
Renly sacudió la cabeza.
—Los Lannister le dijeron que era demasiado viejo y entregaron su capa al Perro. Según me cuentan, al marcharse de Desembarco del Rey juró que iría a servir al monarca legítimo. La capa que hoy ha pedido Brienne era la que guardaba para Selmy, con la esperanza de que quisiera poner su espada a mi servicio. Al ver que no se presentaba en Altojardín, pensé que tal vez había ido a Aguasdulces.
—No hemos tenido noticias de él.
—Era viejo, sí, pero también un gran hombre. Espero que no le haya pasado nada malo. Los Lannister son unos imbéciles. —Subieron unos cuantos peldaños más—. La noche en que murió Robert, ofrecí a vuestro esposo cien espadas, y le rogué que se apoderase de Joffrey. Si me hubiera escuchado, hoy sería el regente, y yo no habría tenido que reclamar el trono.
—Ned os rechazó. —No le hacía falta que le dijeran lo que habría hecho su marido.
—Había jurado proteger a los hijos de Robert —dijo Renly—. Yo no tenía las fuerzas necesarias para actuar solo, de modo que cuando Lord Eddard rechazó mi proposición no me quedó más remedio que huir. Si hubiera permanecido allí, la reina se habría encargado de que no sobreviviera mucho tiempo a mi hermano.
«Si os hubierais quedado para apoyar a Ned, tal vez seguiría vivo», pensó Catelyn con amargura.
—Me gustaba vuestro esposo, mi señora. Era un amigo leal de Robert, lo sé... pero se negaba a escuchar y a negociar. Venid, quiero mostraros una cosa.
Habían llegado a la cima de las escaleras. Renly abrió una puerta de madera y salieron al tejado.
El torreón central del castillo de Lord Caswell era tan bajo que casi ni merecía semejante nombre, pero los alrededores eran llanos, y Catelyn vio el paisaje en leguas a la redonda. Mirase hacia donde mirase había hogueras. Cubrían la tierra como estrellas caídas, y como las estrellas, no tenían fin.
—Contadlas si queréis, mi señora —dijo Renly con voz tranquila—. Cuando el sol salga por el este aún estaréis contando. Me pregunto cuántas hogueras arderán esta noche en torno a Aguasdulces.
Catelyn oía la música lejana que llegaba de la gran sala y se filtraba a la noche. No se atrevió a contar las estrellas.
—Me han dicho que vuestro hijo cruzó el Cuello con veinte mil espadas —siguió Renly—. Ahora que cuenta con los señores del Tridente, puede que tenga cuarenta mil.
«No —pensó ella—, ni mucho menos; hemos perdido hombres en la batalla, y otros se fueron para la cosecha.»
—Yo tengo el doble de ese número aquí —dijo Renly—, y sólo es parte de mi ejército. Mace Tyrell está en Altojardín con otros diez mil, y he dejado una fuerte guarnición para proteger Bastión de Tormentas. Los hombres de Dorne no tardarán en unírsenos con todo su poder. Y no olvidemos a mi hermano Stannis, que defiende Rocadragón y lidera a todos los señores del mar Angosto.
—Al parecer sois vos quien se ha olvidado de Stannis —dijo Catelyn con voz más brusca de lo que hubiera querido.
—¿Os referís a sus aspiraciones al trono? —Renly se echó a reír—. Os hablaré con franqueza, mi señora. Stannis sería un rey espantoso. Aunque no tendrá la corona, claro. La gente respeta a Stannis, incluso lo temen, pero muy pocos lo han amado jamás.
—Aun así es vuestro hermano mayor. Si alguno de los dos tiene derecho al Trono de Hierro, sería Lord Stannis.
Renly se encogió de hombros.
—Decidme, ¿qué derecho tenía mi hermano Robert al Trono de Hierro? —No esperó la respuesta—. Sí, ya, se habló de lazos de sangre entre las casas de Baratheon y Targaryen, de bodas que hubo hace siglos, de hijos segundos e hijas mayores. Eso no le importa a nadie, sólo a los maestres. Robert consiguió el trono con su maza. —Hizo un amplio gesto con la mano en dirección a las hogueras que ardían de horizonte a horizonte—. Pues ahí está mi derecho, tan legal como el de Robert. Si vuestro hijo me apoya como su padre apoyó a Robert, descubrirá que soy generoso. Será un placer reafirmar sus derechos sobre sus tierras, títulos y honores. Podrá gobernar en Invernalia como le plazca, hasta puede hacerse llamar Rey en el Norte si le apetece, mientras hinque la rodilla ante mí y me jure lealtad. «Rey» no es más que una palabra... pero quiero su lealtad y fidelidad.
—¿Y si no os las entregara, mi señor?
—Voy a ser rey, mi señora, y no quiero un reino menguado. No lo puedo decir más claro. Hace trescientos años un Stark se arrodilló ante Aegon el Dragón, cuando vio que no podía vencer. Fue sabio. Vuestro hijo también debería serlo. Una vez se una a mí, habremos ganado esta guerra. Será... —Renly se interrumpió de pronto al oír algo—. ¿Qué es eso?
El traqueteo de las cadenas indicaba que estaban alzando el rastrillo. Abajo, en el patio, un jinete de yelmo alado cruzó bajo las púas. Su caballo echaba espuma por la boca.
—¡Llamad al rey! —gritó.
Renly se inclinó por encima de una almena.
—Alteza. —El jinete espoleó a su montura para acercarse más—. He venido tan deprisa como he podido. De Bastión de Tormentas. Estamos bajo asedio, Alteza. Ser Cortnay defiende el lugar, pero aun así...
—Pero... no es posible. Si Lord Tywin hubiera salido de Harrenhal yo me habría enterado.
—No son los Lannister, mi señor. El que está ante vuestras puertas es Lord Stannis. Aunque ahora se hace llamar rey Stannis.
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