miércoles, 30 de marzo de 2011

Canción de Hielo y Fuego / Juego de Tronos/ PARTE 2/ , por Martin George R R


CATELYN

Ya habían transcurrido ocho días desde que Ned y las niñas se fueron de Invernalia cuando el maestre Luwin fue a verla de noche al cuarto de Bran, llevando con él una lamparilla y los libros de contabilidad.
—Ya es hora de que repaséis las cuentas, mi señora —dijo—. Tenéis que saber cuánto nos ha costado esta visita regia.
Catelyn contempló a Bran en el lecho y le apartó el cabello de la frente. Se dio cuenta de que le había crecido mucho. Pronto tendría que cortárselo.
—No me hace falta ver las cifras, maestre Luwin —replicó sin apartar los ojos del niño—. Ya sé lo que nos ha costado la visita. Llévate esos libros fuera de mi vista.
—Mi señora, el séquito real gozaba de un apetito muy saludable. Tenemos que reabastecer las despensas antes de...
—He dicho que os llevéis esos libros —lo interrumpió—. El mayordomo se encargará de eso.
—No tenemos mayordomo —le recordó el maestre Luwin. Catelyn pensó que era como una rata gris; no la iba a dejar escapar—. Poole se ha ido al sur para ocuparse de la casa de Lord Eddard en Desembarco del Rey.
—Ah, sí, ya lo recuerdo —asintió Catelyn, distraída.
Bran estaba muy pálido. Pensó que debería acercar más la cama a la ventana, para que le diera el sol de la mañana.
El maestre Luwin puso la lamparilla en un nicho junto a la puerta y jugueteó con el pábilo, inquieto.
—Tenéis que prestar atención de inmediato al tema de los nombramientos, mi señora. Además del mayordomo, necesitamos un capitán de los guardias para ocupar el puesto de Jory, un caballerizo...
Catelyn volvió la mirada con brusquedad y la fijó en él.
—¿Un caballerizo? —su voz restalló como un latigazo.
—Sí, mi señora. —El maestre estaba aturdido—. Hullen se marchó al sur con Lord Eddard, así que...
—Mi hijo yace en una cama, Luwin, está destrozado, se muere, ¿y quieres que me dedique a pensar en un nuevo caballerizo? ¿Crees que me importa lo que pasa en los establos? ¿Crees que me preocupa lo más mínimo? De buena gana mataría hasta el último caballo de Invernalia con mis manos si eso sirviera para que Bran abriera los ojos, ¿lo entiendes? ¿Lo entiendes?
—Sí, mi señora. —El hombre inclinó la cabeza—. Pero los nombramientos...
—Yo me encargaré de los nombramientos —dijo Robb.
Catelyn no lo había oído llegar, pero estaba en la puerta, mirándola. Con un repentino ramalazo de vergüenza se dio cuenta de que había estado gritando. ¿Qué le pasaba? Estaba agotada, y le dolía la cabeza constantemente.
El maestre Luwin miró a Catelyn, luego a su hijo.
—He preparado una lista con todas las personas que deberíamos tener en cuenta para ocupar las vacantes —dijo al tiempo que tendía a Robb el papel que se había sacado de la manga.
El muchacho repasó los nombres. Catelyn advirtió que venía del exterior; tenía las mejillas enrojecidas por el frío y el viento le había revuelto el pelo.
—Excelentes hombres —dijo—. Mañana hablaremos de ellos. —Le devolvió la lista. El maestre Luwin la hizo desaparecer rápidamente en la manga.
—Como digáis, mi señor.
—Ahora, déjanos solos —indicó Robb.
El hombre hizo una reverencia y salió de la estancia. Robb cerró la puerta y se volvió hacia su madre. Catelyn vio que llevaba una espada.
—¿Qué haces, madre?
Catelyn había pensado siempre que Robb se parecía a ella. Tenía la complexión de los Tully, el mismo pelo castaño, los mismos ojos azules, igual que Bran, Rickon y Sansa. Pero también en más de una ocasión había visto algo de Eddard Stark en su rostro, algo tan severo y duro como el norte.
—¿Que qué hago? —repitió asombrada—. ¿Cómo puedes preguntarme eso? ¿Tú qué crees? Estoy cuidando de tu hermano. De Bran.
—¿De verdad? No has salido de esta habitación desde que resultó herido. Ni siquiera fuiste a la entrada del castillo cuando mi padre y las chicas se fueron al sur.
—Los despedí aquí, y los vi partir por la ventana.
Había suplicado a Ned que no se fuera, no en aquel momento, y menos con lo que había pasado; la situación era completamente diferente, ¿no se daba cuenta? Fue inútil. Él le dijo que no tenía elección y decidió marcharse.
—No puedo dejarlo solo ni un momento, porque ese momento podría ser el último. Tengo que estar con él por si... por si...
Tomó la mano inerte de su hijo y entrelazó los dedos con los suyos. Era una mano tan frágil y enflaquecida, tan débil... pero, pese a todo, aún se notaba el calor de la vida a través de la piel.
—No se va a morir, madre. —El tono de Robb se había suavizado—. El maestre Luwin dice que el peligro de muerte ha pasado.
—¿Y si el maestre Luwin está equivocado? ¿Y si Bran me necesita y yo no estoy aquí?
—Rickon te necesita —replicó Robb bruscamente—. Sólo tiene tres años, no entiende qué está pasando. Cree que todos lo han abandonado y me sigue todo el día, se me agarra a la pierna y no para de llorar. No sé qué hacer con él. —Hizo una pausa y se mordisqueó el labio inferior, un gesto que le había visto cuando era pequeño—. Y yo también te necesito, madre. Lo intento, pero no puedo... no puedo hacerlo todo yo solo.
El repentino arrebato de emoción le quebró la voz, y Catelyn recordó que sólo tenía catorce años. Quiso levantarse, correr a él y abrazarlo, pero Bran la tenía agarrada por la mano y no pudo moverse.
En el exterior de la torre un lobo empezó a aullar. Catelyn se estremeció.
—Es el de Bran. —Robb abrió la ventana para que el aire de la noche entrara en la habitación de la torre, tan mal ventilada. El aullido se oyó con más fuerza. Era un sonido frío y solitario, lleno de melancolía y desesperación.
—No, no —dijo ella—. Bran necesita calor.
—Lo que necesita es oírlos cantar —dijo Robb. En algún lugar de Invernalia un segundo lobo empezó a aullar a coro con el primero, y luego un tercero, más cerca—. Peludo y Viento Gris —añadió Robb mientras sus voces subían y bajaban al unísono—. Si prestas atención se nota la diferencia.
Catelyn estaba temblando. Era la pena, era el dolor, era el aullido de los lobos huargo. Noche tras noche, los aullidos, el viento gélido y el castillo tan gris y tan vacío, siempre igual, siempre igual, y su niño tendido allí destrozado, el más dulce y cariñoso de sus hijos, el más encantador, Bran, que adoraba reír y trepar y soñaba con ser caballero, ahora todo eso se había acabado, nunca volvería a oír su risa. Sollozó, soltó la mano del niño y se tapó los oídos para protegerse de aquellos aullidos espantosos.
—¡Haz que se callen! —gritó—. No lo soporto, que se callen, que se callen, que se callen... ¡Mátalos, lo que sea, pero haz que se callen!
No recordó cómo cayó al suelo, pero Robb la tuvo que levantar y sostenerla con brazos fuertes.
—No tengas miedo, madre. Jamás le harían daño. —La ayudó a llegar hasta el catre que estaba en un rincón de la habitación—. Cierra los ojos —le dijo con cariño—. Descansa. El maestre Luwin dice que apenas has dormido desde la caída de Bran.
—No puedo —sollozó ella—. Que los dioses me perdonen, Robb, no puedo, ¿y si se muere mientras duermo, y si se muere, y si se muere...? —Los lobos seguían aullando. Catelyn gritó y volvió a taparse los oídos—. ¡Por los dioses, cierra la ventana!
—Sólo si me prometes que vas a dormir. —Robb se dirigió hacia la ventana, pero cuando iba a cerrar los postigos se oyó otro sonido por encima del aullido lastimero de los lobos huargo—. Son los perros —dijo, prestando atención—. Todos los perros están ladrando a la vez. Eso sí que es raro... —Catelyn oyó claramente cómo su hijo tragaba saliva. Alzó la vista, y lo vio muy pálido a la luz de la lamparilla—. Fuego —susurró el muchacho.
«Fuego —pensó ella—, ¡Bran!»
—Ayúdame —dijo apremiante mientras se incorporaba en el catre—. Ayúdame con Bran.
—La torre de la biblioteca se ha incendiado —dijo Robb; no dio señal de haberla oído.
Catelyn alcanzaba a ver la luz rojiza y parpadeante por la ventana abierta. Se relajó, aliviada. Bran estaba a salvo. La biblioteca se encontraba al otro lado del patio, el fuego no llegaría hasta allí.
—Gracias a los dioses —susurró.
—No te muevas de aquí, madre —dijo Robb mirándola como si se hubiera vuelto loca—. Volveré en cuanto apaguemos el fuego.
Salió corriendo, y lo oyó gritar a los guardias y descender a toda prisa, saltando los escalones de dos en dos.
En el exterior, en el patio, se oían gritos de «¡Fuego!», pasos apresurados, relinchos de caballos asustados y ladridos frenéticos de los perros del castillo. Mientras escuchaba aquel caos, se dio cuenta de que los aullidos habían cesado. Los lobos huargo estaban en silencio.
Catelyn se acercó a la ventana, murmurando una oración silenciosa de agradecimiento a los siete rostros de Dios. Al otro lado del patio, en la biblioteca, las llamaradas brotaban de las ventanas. Se quedó observando cómo la columna de humo se alzaba hacia el cielo y recordó con tristeza los libros que los Stark habían acumulado a lo largo de los siglos. Luego cerró los postigos.
Al darse la vuelta vio al hombre.
—No teníais que estar aquí —murmuró con voz ronca—. Aquí no tenía que haber nadie.
Era un hombrecillo menudo, sucio, con ropas marrones mugrientas y hedor a caballerizas. Catelyn conocía a todos los hombres que trabajaban en los establos y no era uno de ellos. Estaba flaco, tenía el pelo rubio y lacio, y los ojos claros muy hundidos en el rostro huesudo. Y llevaba una daga en la mano.
—No —dijo Catelyn mirando el cuchillo y a Bran. La palabra se le quedó trabada en la garganta, fue apenas un susurro. El hombre alcanzó a oírla.
—Es un acto de misericordia —dijo—. Ya está muerto.
—No —repitió Catelyn más alto, había recuperado la voz—. No, no.
Corrió hacia la ventana para pedir ayuda a gritos, pero aquel hombre era más veloz de lo que había supuesto. Le tapó la boca con una mano, le echó la cabeza hacia atrás y le puso la daga en la garganta. El hedor que despedía era insoportable.
Catelyn agarró la hoja con las dos manos y tiró con todas sus fuerzas para apartársela de la garganta. Lo oyó maldecir junto a la oreja. Tenía los dedos resbaladizos por la sangre, pero no soltó la daga. La mano que le cubría la boca presionó con más fuerza, impidiéndole la respiración. Ella giró la cabeza hacia un lado y sus dientes encontraron carne. Se los clavó con fuerza en la palma de la mano. El hombre rugió de dolor. Catelyn le hincó aún más los dientes y dio un tirón desgarrador, y de pronto él la soltó. El sabor de la sangre le llenó la boca. Respiró una bocanada de aire y gritó, él la agarró del pelo y la empujó, Catelyn tropezó y cayó al suelo. Lo vio sobre ella, jadeante, tembloroso. Él todavía aferraba la daga con la mano derecha, llena de sangre.
—Aquí no tenía que haber nadie —repitió como un idiota.
Catelyn vio la sombra que se deslizaba por la puerta abierta tras él. Se oyó un ruido sordo que no llegaba a ser un gruñido, apenas un susurro amenazante, pero él también lo debió de oír porque empezó a darse la vuelta justo cuando el lobo saltaba. Hombre y bestia cayeron juntos, en parte sobre Catelyn. El lobo mordió. El grito del hombre duró menos de un segundo, lo que tardó el animal en arrancarle media garganta.
La sangre cayó como una lluvia cálida sobre el rostro de Catelyn.
El lobo la miraba. Tenía las fauces enrojecidas y empapadas, y los ojos le brillaban con destellos dorados en la oscuridad de la habitación. Se dio cuenta de que era el lobo de Bran.
—Gracias —susurró Catelyn con un hilo de voz.
Alzó la mano, temblorosa. El lobo se acercó con suavidad, le olfateó los dedos y lamió la sangre con una lengua húmeda y áspera. Cuando se la hubo limpiado se dio media vuelta sin hacer el menor ruido, se subió de un salto a la cama de Bran y se tendió junto a él. Catelyn se echó a reír, histérica.
Así fue cómo la encontraron Robb, el maestre Luwin y Ser Rodrik cuando irrumpieron con la mitad de los guardias de Invernalia. Tuvieron que esperar a que se calmara antes de abrigarla con mantas y llevarla al Gran Torreón, a sus habitaciones. La Vieja Tata la desnudó, la ayudó a entrar en la bañera llena de agua humeante y le limpió la sangre con un paño suave.
Después llegó el maestre Luwin a vendarle las heridas. Los cortes en los dedos eran profundos, llegaban casi hasta el hueso, y tenía el cuero cabelludo en carne viva en los puntos donde el hombre le había arrancado mechones enteros. El maestre le dijo que el dolor no había hecho más que empezar y le dio la leche de la amapola para ayudarla a dormir.
Por fin, Catelyn cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos le dijeron que había dormido durante cuatro días. Catelyn asintió y se incorporó en la cama. Todo lo sucedido tras la caída de Bran le parecía una pesadilla, un sueño espantoso de sangre y pena, pero el dolor en las manos le recordaba que era muy real. Se sentía débil y aturdida, pero también decidida, como si le hubieran quitado un gran peso de encima.
—Traedme un trozo de pan con miel —dijo a sus sirvientas—, y avisad al maestre Luwin, tiene que cambiarme los vendajes.
La miraron sorprendidas y se apresuraron a cumplir sus órdenes.
Catelyn recordó cómo se había comportado y se sintió avergonzada. Les había fallado a todos: a sus hijos, a su esposo, a su Casa... No se repetiría jamás. Demostraría a aquellos norteños cuán fuerte podía ser una Tully de Aguasdulces.
Robb llegó antes que la comida que había pedido. Luego entraron Rodrik Cassel y el pupilo de Ned, Theon Greyjoy, y por último Hallis Mollen, un guardia fornido de barba castaña cuadrada. Robb le dijo que era el nuevo capitán. Su hijo vestía ropas de cuero tratado y cota de mallas, y llevaba una espada a la cintura.
—¿Quién era? —les preguntó Catelyn.
—Nadie lo sabe —respondió Hallis Mollen—. No era de Invernalia, mi señora. Algunos dicen que lo han visto aquí y por los alrededores del castillo en las últimas semanas.
—Entonces vino con el grupo del rey —dijo—, o con alguno de los Lannister. Debió de quedarse atrás cuando se fueron todos.
—Es posible —asintió Hal—. Últimamente ha habido tanto forastero en Invernalia que no había manera de decir con quién estaba cada uno.
—Se había escondido en los establos —dijo Greyjoy—. Se le notaba en el olor.
—¿Cómo pudo pasar desapercibido? —preguntó con brusquedad.
—Entre los caballos que Lord Eddard se ha llevado al sur y los que enviamos al norte para la Guardia de la Noche —dijo Hallis Mollen con la vista baja, avergonzado—, los establos están casi vacíos. Cualquiera podría esconderse de los mozos de cuadras. Quizá Hodor lo viera, se dice que últimamente se porta de manera muy rara, pero con lo bobalicón que es...
—Hemos descubierto dónde ha dormido estos días —intervino Robb—. Tenía noventa venados de plata en una bolsa de piel, escondida entre la paja.
—Menos mal que la vida de mi hijo no se vendió barata —dijo Catelyn con amargura.
—Perdonadme, mi señora. —Hallis Mollen la miró, confuso—. Pero, ¿cómo sabéis que quería matar al chico?
—Es una locura —dijo Greyjoy que también parecía dudarlo.
—Su objetivo era Bran —insistió Catelyn—. No dejaba de murmurar que yo no tenía que estar allí. Prendió fuego a la biblioteca, pensando que iría a apagarlo y que los guardias me acompañarían. Si no hubiera estado loca de pena quizá se habría salido con la suya.
—¿Por qué querría alguien matar a Bran? —dijo Robb—. Dioses, si no es más que un niñito indefenso, está dormido...
—Vas a tener que aprender a encontrar esas respuestas si quieres gobernar el norte, Robb. —Catelyn dirigió una mirada desafiante a su primogénito—. Dímelo tú. ¿Por qué querría nadie matar a un niño dormido?
Antes de que pudiera responder, las sirvientas volvieron de la cocina con una bandeja de comida. Había mucho más de lo que había pedido: pan recién hecho, mantequilla, miel, mermelada de zarzamoras, panceta, un huevo pasado por agua, un trozo de queso y una jarra de té de menta. Y junto con la comida llegó el maestre Luwin. Catelyn descubrió de repente que ya no tenía apetito.
—¿Cómo se encuentra mi hijo, maestre? —preguntó.
—Sin cambios, mi señora —contestó el hombre con la vista baja.
Era la respuesta que esperaba, ni más ni menos. Sentía un dolor punzante en las manos, como si la hoja de la daga estuviera todavía cortando la carne. Hizo salir a las sirvientas y clavó la mirada en Robb.
—¿No sabes aún la respuesta?
—Alguien tiene miedo de que Bran despierte —dijo el muchacho—. Tiene miedo de lo que pueda contar, de algo que sabe.
—Muy bien. —Catelyn se sintió orgullosa de él. Se volvió hacia el nuevo capitán de la guardia—. Hay que mantener a salvo a Bran. Hemos acabado con un asesino, pero puede que haya más.
—¿Cuántos guardias queréis que ponga, mi señora? —preguntó Hal.
—En ausencia de Lord Eddard, mi hijo es el señor de Invernalia —respondió ella.
—Quiero un hombre dentro de la habitación, día y noche, otro en la puerta, y dos al pie de las escaleras. —Robb se irguió un poco más—. Nadie puede entrar a ver a Bran si mi madre o yo no damos antes permiso.
—A vuestras órdenes, mi señor.
—De inmediato —sugirió Catelyn.
—Y que el lobo esté con él en la habitación —añadió Robb.
—Sí... Sí —asintió Catelyn.
—Lady Stark —dijo Ser Rodrik mientras el guardia salía de la habitación—, ¿os fijasteis por casualidad en la daga que llevaba el asesino?
—Dadas las circunstancias no pude examinarla con detalle, pero te aseguro que estaba bien afilada —replicó Catelyn con una sonrisa seca—. ¿Por qué lo preguntas?
—Encontramos el cuchillo, ese rufián lo tenía todavía en la mano. Me pareció un arma de demasiado valor para un hombre así, de modo que la estudié a fondo. La hoja es de acero valyriano, y la empuñadura de huesodragón. Es imposible que le perteneciera. Se la tuvo que dar alguien.
—Cierra la puerta, Robb —dijo Catelyn después de asentir, pensativa. El muchacho la miró extrañado, pero obedeció—. Lo que voy a deciros no debe salir de esta habitación —siguió Catelyn—. Quiero que me lo juréis. Si mis sospechas son ciertas, aunque sea sólo en una mínima parte, Ned y mis hijas corren un peligro terrible, y la menor indiscreción que cometamos les podría costar la vida.
—Lord Eddard es como un segundo padre para mí —dijo Theon Greyjoy—. Lo juro.
—Tenéis mi palabra —dijo el maestre Luwin.
—Y la mía, señora —dijo Ser Rodrik.
—¿Y tú, Robb? —preguntó mirando a su hijo. El muchacho asintió—. Mi hermana Lysa cree que los Lannister asesinaron a su esposo, Lord Arryn, la Mano del Rey —continuó Catelyn—. He caído en la cuenta de que Jaime Lannister no participó en la cacería el día de la caída de Bran. Estuvo todo el tiempo aquí, en el castillo. —Se hizo un silencio de muerte en la habitación—. No creo que Bran se cayera de aquella torre —dijo rompiendo el silencio—. Creo que lo tiraron.
La conmoción se reflejó en los rostros.
—La sola idea es monstruosa, mi señora —dijo Rodrik Cassel—. Hasta el Matarreyes tendría escrúpulos a la hora de asesinar a un niño inocente.
—¿Tú crees? —dijo Theon Greyjoy—. Tengo mis dudas.
—La ambición de los Lannister es tan infinita como su orgullo —dijo Catelyn.
—El niño no había resbalado jamás —señaló el maestre Luwin, pensativo—. Conocía hasta la última piedra de Invernalia.
—Dioses —maldijo Robb; tenía el joven rostro ensombrecido por la ira—. Si es cierto, lo pagará muy caro. —Desenvainó la espada y la blandió en el aire—. ¡Lo voy a matar!
—¡Guarda eso! —le gritó Ser Rodrik hecho una furia—. Los Lannister están a cientos de leguas. Nunca desenvaines la espada si no tienes intención de utilizarla. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir, chiquillo idiota?
Robb guardó la espada, avergonzado. De repente volvía a sentirse muy niño.
—Veo que el arma de mi hijo es ya de acero —dijo Catelyn a Ser Rodrik.
—Me pareció que era el momento adecuado —replicó el viejo maestro de armas.
—Desde luego —dijo mientras Robb la miraba con ansiedad—. Puede que Invernalia necesite pronto de todas sus espadas, y más vale que no sean de madera.
—Si llega la ocasión, señora —dijo Theon Greyjoy con la mano en la empuñadura de su arma—, recordad que mi Casa está en deuda con la vuestra.
—Lo único que tenemos son conjeturas. —El maestre Luwin jugueteó con los eslabones de su collar—. Estamos hablando de acusar al amado hermano de la reina. A ella no le va a hacer gracia. Si no conseguimos pruebas, más nos valdrá guardar silencio.
—¿Qué más pruebas quieres que la daga? —dijo Ser Rodrik—. La desaparición de un arma así no puede haber pasado desapercibida.
—Alguien tiene que ir a Desembarco del Rey —dijo Catelyn; había comprendido que sólo existía un lugar para dar con la verdad.
—Yo mismo —se ofreció Robb.
—No. Tú debes permanecer aquí. Siempre tiene que haber un Stark en Invernalia. —Miró a ser Rodrik, con sus bigotes blancos, al maestre Luwin vestido con la túnica gris, al joven Greyjoy, tan esbelto, tan moreno, tan impetuoso. ¿A quién enviar? ¿Cuál de ellos inspiraría mayor confianza? De pronto, supo la respuesta. Apartó a un lado las mantas. Tenía los dedos vendados tan rígidos e inútiles como si fueran de piedra. Bajó de la cama—. Tengo que ir yo —añadió.
—¿Os parece que es una idea sensata, mi señora? —dijo el maestre Luwin—. No cabe duda de que vuestra llegada despertará las sospechas de los Lannister.
—¿Y qué pasa con Bran? —preguntó Robb; el pobre muchacho parecía muy confuso—. No irás a decirme que piensas dejarlo solo.
—Ya he hecho por Bran todo lo que he podido —dijo Catelyn poniéndole una mano vendada en el hombro—. Ahora su vida está en manos de los dioses, y en las del maestre Luwin. Tú mismo me lo has dicho, Robb, tengo que pensar en el resto de mis hijos.
—Necesitaréis una buena escolta, mi señora —dijo Theon.
—Enviaré a Hal con un pelotón de guardias —señaló Robb.
—No —replicó Catelyn—. Un grupo numeroso llamaría la atención, y es lo que menos nos interesa. No quiero que los Lannister sepan que me dirijo hacia allí.
—Mi señora, al menos permitid que os acompañe yo —suplicó Ser Rodrik—. Una mujer no debe viajar sola por el camino real, es peligroso.
—No pienso ir por el camino real. —Meditó un instante y asintió—. Dos jinetes pueden ir tan deprisa como uno, y sin duda más que una columna larga que además tenga que mantenerse al ritmo de los carromatos. Agradeceré vuestra compañía, Ser Rodrik. Seguiremos el Cuchillo Blanco hasta el mar, y allí alquilaremos un barco en Puerto Blanco. Con un poco de suerte, caballos descansados y vientos favorables, llegaremos a Desembarco del Rey mucho antes que Ned y los Lannister.
«Y entonces —pensó—, que sea lo que los dioses quieran».

SANSA

Mientras desayunaban, la septa Mordane dijo a Sansa que Eddard Stark había salido al amanecer.
—El rey lo mandó llamar. Creo que se han ido otra vez de caza. Tengo entendido que por estas tierras todavía quedan uros salvajes.
—Nunca he visto un uro —dijo Sansa al tiempo que daba un trocito de panceta a Dama, por debajo de la mesa. La loba huargo lo tomó de su mano con la delicadeza de una reina.
—Una dama noble no echa de comer a los perros en la mesa —dijo la septa Mordane con un bufido de desaprobación al tiempo que partía otro trozo de panal para que la miel goteara sobre una rebanada de pan.
—No es una perra, es una loba huargo —señaló Sansa; Dama le lamía los dedos con su lengua áspera—. Además, mi padre dijo que podíamos traerlas con nosotras si queríamos.
—Eres una niña muy buena, Sansa. —Aquello no había servido para aplacar a la septa—. Pero en lo que respecta a esas criaturas pareces tan testaruda como tu hermana Arya. —Frunció el ceño—. Por cierto, ¿dónde está Arya?
—No tenía hambre —dijo Sansa. Sabía que, con toda probabilidad, su hermana habría bajado a hurtadillas a la cocina muchas horas antes, y engatusado a algún pinche para que le diera el desayuno.
—Recuérdale que hoy se tiene que poner un vestido bonito. Como el de terciopelo gris. Nos han invitado a viajar con la reina y con la princesa Myrcella en el carromato real; debemos estar impecables.
Sansa ya estaba impecable. Se había cepillado la larga cabellera castaña rojiza hasta que estuvo deslumbrante, y lucía su mejor vestido de seda azul. Llevaba más de una semana esperando aquel día. Viajar con la reina era un gran honor, y además vería al príncipe Joffrey. Su prometido. Sólo con pensar en ello sentía mariposas en el estómago, a pesar de que faltaban muchos años para que se casaran. Sansa todavía no conocía de verdad a Joffrey, pero estaba enamorada de él. Era como siempre había imaginado a su príncipe, alto, guapo, fuerte, con cabellos como el oro. Atesoraba las pocas oportunidades que tenía de estar con él. Si algo le daba miedo aquel día era Arya. Su hermana tenía la habilidad de estropearlo todo. Nunca se sabía por dónde iba a salir.
—Se lo recordaré —dijo, insegura—, pero se vestirá como siempre. —Esperaba no pasar demasiada vergüenza—. ¿Puedo retirarme?
—Sí.
La septa Mordane se sirvió otra rebanada de pan con miel, y Sansa se levantó del banco. Dama la siguió cuando salió de la sala común de la posada.
Una vez en el exterior, hizo una pausa entre los gritos, las maldiciones y el crujir de las ruedas de madera mientras los hombres desmontaban tiendas y pabellones, y cargaban los carros para emprender la marcha un día más. La posada era un gran edificio de piedra clara, tenía tres plantas, Sansa no había visto jamás otra tan grande; pero aun así sólo podía albergar a una tercera parte de la partida real, que contando a los hombres de su padre y a los jinetes libres que se les habían unido en el camino tenía ya más de cuatrocientos miembros.
Arya estaba a la orilla del Tridente, intentando que Nymeria se quedara quieta mientras le cepillaba el lodo seco del pelaje. A la loba no parecía gustarle nada. Arya vestía la misma ropa de montar que había llevado el día anterior, y también dos días antes.
—Tienes que ir a ponerte algo bonito —le dijo Sansa—. Te lo manda la septa Mordane. Hoy vamos a viajar en el carromato de la reina con la princesa Myrcella.
—Yo no —replicó Arya al tiempo que intentaba deshacer un nudo en el pelaje gris de Nymeria—. Mycah y yo vamos a cabalgar río arriba para buscar rubíes en el vado.
—Rubíes —repitió Sansa, desconcertada—. ¿Qué rubíes?
—Los rubíes de Rhaegar, por supuesto —contestó Arya mirándola como si la considerara estúpida—. Aquí es donde el rey Robert lo mató y consiguió la corona.
Sansa se quedó boquiabierta, mirando incrédula a su flacucha hermana pequeña.
—No puedes ir a buscar rubíes, la princesa nos está esperando. La reina nos invitó a las dos.
—Y a mí qué —replicó Arya—. La casa con ruedas no tiene ventanas, no se ve nada.
—Pero, ¿qué quieres ver? —preguntó Sansa, molesta. Ella se había vuelto loca de alegría con la invitación, y la idiota de su hermana lo iba a estropear todo, justo como se había temido—. No hay más que prados, granjas y refugios.
—Mentira —se empecinó Arya—. Si vinieras con nosotros alguna vez lo verías.
—No me gusta montar a caballo —replicó Sansa con convicción—. Te manchas toda, y luego te duele todo el cuerpo.
—No te muevas —ordenó Arya a Nymeria después de encogerse de hombros—. No te estoy haciendo daño. —Miró a Sansa—. Cuando estábamos cruzando el Cuello conté treinta y seis tipos de flores que no había visto en mi vida, y Mycah me enseñó un lagarto león.
Sansa se estremeció. Habían tardado doce días en cruzar el Cuello por un cenagal negro, interminable. Jamás lo había pasado peor. El aire era húmedo y pegajoso, el paso era tan estrecho que ni siquiera podían levantar bien el campamento por las noches y se veían obligados a pernoctar en medio del camino real. Los árboles semiahogados los asfixiaban al pasar, con ramas que goteaban de las que pendían cortinas de fungosidades macilentas. Había flores enormes que brotaban en el lodo y flotaban en charcas de agua estancada, pero cualquier imbécil que se saliera de la ruta para arrancar una se encontraba con arenas movedizas, serpientes acechando desde los árboles y lagartos león flotando en el agua como troncos negros con ojos y dientes.
Nada de eso detenía a Arya, claro. Un día se presentó con su sonrisa de caballo, el pelo enredado, la ropa llena de barro y un manojo de flores verdes y púrpuras para su padre. Sansa deseó con toda su alma que le dijera a Arya que debía aprender a comportarse como la dama de alta cuna que teóricamente era, pero en vez de eso la abrazó y le agradeció las flores. Aquello la hizo sentir aún peor.
Luego resultó que las flores color púrpura se llamaban «besos venenosos» y a Arya le salió un sarpullido por los brazos. Sansa pensó que así aprendería la lección, pero en vez de eso Arya se rió, y al día siguiente se frotó barro por los brazos, como cualquier campesina ignorante, sólo porque su amigo Mycah le dijo que así dejarían de picarle. También tenía ronchas y magulladuras en los brazos y en los hombros, verdugones violáceos y manchas verdosas y amarillentas. Sansa se las había visto cuando su hermana se desnudaba antes de acostarse. Sólo los siete dioses sabían cómo se había hecho aquello.
Arya seguía cepillando los nudos del pelaje de Nymeria, al tiempo que hablaba de las cosas que había visto en el viaje hacia el sur.
—La semana pasada divisamos una atalaya encantada, y el día anterior perseguimos una manada de caballos salvajes. Tendrías que haber visto cómo huyeron en cuanto olieron a Nymeria. —La loba se retorció ante un tirón, y Arya la regañó—. Para quieta, tengo que cepillarte el otro lado, estás llena de barro.
—No debes salirte de la columna —le recordó Sansa—. Lo dijo padre.
—Tampoco me alejé tanto. —Arya se encogió de hombros—. Además, Nymeria me acompañó. Y no lo hago todos los días. También es divertido cabalgar junto a los carromatos y charlar con la gente.
Sansa sabía bien con qué tipo de gente le gustaba charlar a Arya: escuderos, mozos de cuadra, sirvientas, ancianos, niños desnudos, jinetes libres de lenguaje grosero y linaje incierto... Arya trababa amistad con cualquiera. El tal Mycah era el peor: hijo de un carnicero, de trece años, sin la menor educación, dormía en el carromato de la carne y olía como el tajo del matadero. Sansa sentía náuseas sólo con verlo, pero por lo visto Arya prefería su compañía a la de su hermana.
—Tienes que venir conmigo —dijo Sansa, que empezaba a perder la paciencia—. No puedes desobedecer a la reina. La septa Mordane te está esperando.
Arya hizo caso omiso. Tironeó con fuerza del cepillo. Nymeria gruñó y se zafó de ella, agraviada.
—¡Vuelve ahora mismo!
—Nos darán té y pastas de limón —prosiguió Sansa, adulta y razonable. Dama se restregó contra su pierna. Ella la rascó detrás de las orejas, tal como sabía que le gustaba, y la loba se sentó a su lado para observar cómo Arya perseguía a Nymeria—. ¡No me digas que prefieres montar un caballo viejo y maloliente, y acabar toda sudorosa y magullada, en vez de tumbarte sobre almohadones de plumas y tomar pastas con la reina!
—La reina no me cae bien —dijo Arya sin darle importancia. Sansa se quedó boquiabierta. ¡Ni siquiera su hermana podía decir semejante cosa! Pero la niña siguió hablando, sin darse cuenta—. Además, no me deja que vaya con Nymeria.
Se puso el cepillo debajo del cinturón y se dirigió a su loba. Nymeria, cautelosa, la observó acercarse.
—La casa con ruedas de la reina no es lugar para una loba —dijo Sansa—. Y además, a la princesa Myrcella le dan miedo, ya lo sabes.
—Myrcella es una criaja. —Arya rodeó el cuello de Nymeria con el brazo, pero en cuanto sacó el cepillo la loba huargo se liberó de su presa y escapó. La niña lo tiró al suelo, frustrada—. ¡Ya verás cuando te atrape! —gritó.
Sansa no pudo disimular una leve sonrisa. En cierta ocasión el encargado de las perreras le había dicho que cada animal sale a su amo. Dio un rápido abrazo a Dama. La loba le lamió la mejilla, y Sansa dejó escapar una risita. Arya la oyó, y se dio media vuelta.
—Me importa un cuerno lo que digas, yo me voy a caballo. —Su rostro alargado, equino, tenía el gesto testarudo que significaba que iba a imponer su voluntad.
—Dioses, Arya, hay veces que pareces una chiquilla —suspiró Sansa—. De acuerdo, iré yo sola. Así será todo más agradable. Dama y yo nos comeremos todas las pastas de limón, y lo pasaremos mejor sin ti.
Se dio media vuelta para marcharse, pero el grito de Arya la alcanzó.
—¡A ti tampoco te dejarán entrar con Dama!
Desapareció persiguiendo a Nymeria por la orilla del río antes de que a Sansa se le ocurriera una respuesta.
Sola y humillada, Sansa emprendió el camino de vuelta hacia la posada; sabía que la septa Mordane la estaría esperando. Dama caminaba a su lado con pisadas suaves. La niña estaba al borde de las lágrimas. Ella sólo quería que las cosas fueran bonitas, agradables, igual que en las canciones. ¿Por qué no era Arya dulce, delicada y amable como la princesa Myrcella? Le habría encantado tener una hermana así.
No comprendía cómo dos hermanas podían ser tan diferentes, habiendo nacido con tan sólo dos años de diferencia. Ojalá Arya fuera bastarda, como su medio hermano Jon, así todo sería más sencillo. Si hasta se parecía a Jon, tenía el rostro alargado y el pelo oscuro de los Stark, sin rastro de los rasgos ni de la complexión de su madre. Y, según se rumoreaba, la madre de Jon había sido una vulgar campesina. En cierta ocasión, cuando era pequeña, Sansa había llegado a preguntar a su madre si no se habría cometido algún error. Quizá los grumkins habían secuestrado a su verdadera hermana. Pero su madre se echó a reír y le dijo que no, que Arya era su hija, hermana legítima de Sansa, sangre de su sangre. Sansa no creía que su madre tuviera motivo alguno para mentir, así que debía de ser verdad.
Cuando se acercó al centro del campamento su congoja se desvaneció en el aire. Ante la casa con ruedas de la reina se había reunido toda una multitud. A los oídos de Sansa llegó un murmullo de voces entusiasmadas. Alcanzó a ver que las puertas estaban abiertas; la reina se encontraba en la cima de los peldaños de madera y sonreía a alguien situado más abajo.
—Es un gran honor el que nos hace el Consejo, señores —la oyó decir.
—¿Qué pasa? —preguntó a un escudero que conocía.
—El Consejo ha enviado jinetes de Desembarco del Rey para que nos proporcionen escolta el resto del camino —respondió él—. Una guardia de honor para la familia real.
Sansa se moría por ver mejor, así que permitió que Dama le abriera un camino entre la multitud. La gente se apresuró a apartarse de la loba huargo. Cuando estuvo más cerca vio a dos caballeros que habían hincado la rodilla en tierra ante la reina; lucían unas armaduras tan refinadas y hermosas que la hicieron parpadear.
La armadura de uno de los caballeros mostraba un complicado diseño de escamas esmaltadas en blanco, tan brillantes como la nieve recién caída, con engastes y cierres de plata que brillaban al sol. Cuando se quitó el casco Sansa vio que se trataba de un anciano de pelo tan blanco como su armadura, pero pese a ello parecía fuerte y gallardo. Llevaba sobre los hombros la capa nívea de la Guardia Real.
Su acompañante tenía unos veinte años, y su armadura era de acero color verde oscuro como el de un bosque. Sansa no había visto jamás a un hombre tan atractivo; era alto, de constitución fuerte, con cabellos color negro azabache que le caían sobre los hombros y enmarcaban un rostro perfectamente afeitado en el que brillaban unos alegres ojos verdes a juego con la armadura. Llevaba bajo el brazo un yelmo astado con una magnífica rejilla de oro.
Al principio Sansa no se fijó en el tercer desconocido. No se había arrodillado como los otros. Estaba de pie a un lado, junto a los caballos, y lo observaba todo con una expresión sombría en el rostro huesudo. Tenía la tez afeitada, llena de cicatrices de viruelas, con las mejillas y los ojos hundidos. No parecía un anciano, pero apenas le quedaban unos mechones de cabello sobre las orejas, y los llevaba tan largos como la melena de una mujer. Su armadura era una cota de mallas color gris acero sobre cuero endurecido, simple y sin ningún adorno, que parecía antigua y muy usada. Sobre el hombro derecho se le veía la sucia empuñadura de cuero de un espadón de dos manos, que llevaba a la espalda porque era demasiado largo como para colgárselo de la cintura.
—El rey ha salido de caza, pero sé que cuando regrese se sentirá muy complacido de veros —decía la reina a los dos caballeros que se habían arrodillado ante ella.
Sansa no podía apartar la vista del tercer hombre. Éste pareció notar la presión de su mirada y volvió la cabeza muy despacio hacia ella. Dama gruñó. De pronto Sansa Stark se vio invadida por el terror más aplastante que había sentido en la vida. Dio un paso atrás y tropezó con alguien.
Unas manos fuertes la agarraron por los hombros, y durante un momento Sansa pensó que se trataba de su padre; pero al darse la vuelta vio el rostro quemado de Sandor Clegane, que la miraba desde arriba con la boca retorcida en una mueca que intentaba ser una sonrisa.
—¿Tiemblas, niña? —preguntó con voz áspera—. ¿Tanto miedo te doy?
Le daba miedo, sí, como había sucedido desde la primera vez que puso los ojos sobre el destrozo que había causado el fuego en aquel rostro, aunque en aquel momento no le pareció ni la mitad de aterrador que el otro. De todos modos Sansa se debatió para librarse de sus manos; el Perro se echó a reír, y Dama se interpuso entre ellos con un gruñido de advertencia. Sansa se dejó caer de rodillas y echó los brazos al cuello de la loba. A su alrededor se congregó un grupo boquiabierto, notaba todas las miradas clavadas en ella, y oyó comentarios en voz baja y risas ahogadas.
—Un lobo —dijo un hombre.
—Por los siete infiernos, es un huargo —dijo otro.
—¿Qué hace en el campamento? —insistió el primero.
—Los Stark los contratan como amas de cría —le llegó la voz áspera del Perro.
Sansa se dio cuenta de que los dos caballeros recién llegados la miraban, y miraban también a Dama con las espadas desenvainadas. Volvió a sentir miedo y vergüenza. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Ve con ella, Joffrey —oyó decir a la reina.
Y de pronto, allí estuvo su príncipe.
—Dejadla en paz —dijo Joffrey.
Se alzaba junto a ella hermoso como un sueño, vestido de cuero negro y lana azul, con rizos dorados que brillaban al sol como una corona. Le tendió la mano para ayudarla a levantarse.
—¿Qué sucede, mi dulce dama? ¿Qué temes? Nadie osará hacerte daño. Envainad todos las espadas. La loba es su mascota; eso es todo. —Miró a Sandor Clegane—. Y tú, Perro, fuera de aquí, asustas a mi prometida.
El Perro, siempre fiel, hizo una reverencia y se alejó silencioso entre el gentío. Sansa trató de controlarse. Se sentía estúpida. Era una Stark de Invernalia, una dama de noble cuna, y algún día sería reina.
—No ha sido culpa suya, mi dulce príncipe —intentó explicarle—. Fue por el otro.
Los dos caballeros recién llegados intercambiaron una mirada.
—¿Payne? —rió el joven de la armadura verde.
—Ser Ilyn también me da miedo a veces, hermosa dama —dijo a Sansa con amabilidad el más anciano, el de blanco—. Su aspecto inspira temor.
—Como debe ser. —La reina había bajado de la casa con ruedas. Los espectadores se apartaron para abrirle paso—. Si los malvados no temen a la Justicia del Rey, es que nos hemos equivocado al elegirlo para ese puesto.
—Entonces, Alteza, no cabe duda de que la elección fue acertada —dijo Sansa que había recuperado por fin la compostura.
Una carcajada general estalló a su alrededor.
—Bien dicho, niña —dijo el anciano de blanco—. Como corresponde a la hija de Eddard Stark. Es un honor conocerte, aunque haya sido de manera tan irregular. Soy Ser Barristan Selmy, de la Guardia Real.
Hizo una reverencia. Sansa conocía sobradamente el nombre, y las frases corteses que la septa Mordane le había enseñado a lo largo de los años acudieron a su memoria.
—Lord comandante de la Guardia Real —dijo—, consejero de nuestro rey Robert, como antes lo fuisteis de Aerys Targaryen. El honor es mío, buen caballero. Hasta en el lejano norte cantan los bardos las hazañas de Barristan el Bravo.
—Querrás decir Barristan el Viejo —dijo el caballero verde riendo de nuevo—. No lo adules con palabras tan dulces, niña, ya se lo tiene demasiado creído. —Sonrió a Sansa—. Bueno, niña de los lobos, si también eres capaz de llamarme por mi nombre tendré que reconocer que eres sin duda la hija de nuestra Mano.
—Más cuidado cuando te dirijas a mi prometida —replicó Joffrey, tenso.
—Quiero responder —intervino Sansa rápidamente para aplacar la ira de su príncipe. Sonrió al caballero verde—. Vuestro casco luce astas doradas, mi señor. El venado es el emblema de la Casa real. El rey Robert tiene dos hermanos. Por vuestra juventud sólo podéis ser Renly Baratheon, señor de Bastión de Tormentas y consejero del rey, y así os llamo.
—Por su juventud sólo puede ser un mequetrefe engreído —dijo Ser Barristan riéndose entre dientes—, y así lo llamo yo.
La carcajada fue general, y la inició el propio Lord Renly. La tensión se había esfumado, y Sansa empezaba a sentirse a gusto... hasta que Ser Ilyn Payne empujó a dos hombres a los lados para situarse ante ella. No sonreía. No dijo ni una palabra. Dama le mostró los dientes y empezó a gruñir, emitiendo un sonido sordo de amenaza, pero en esta ocasión Sansa la hizo callar poniéndole una mano sobre la cabeza con suavidad.
—Si os he ofendido lo lamento mucho, Ser Ilyn.
Esperó una respuesta que no llegó. El verdugo se la quedó mirando, los ojos incoloros parecieron arrancarle la ropa, y luego la piel, hasta dejar su alma desnuda ante él. Siempre silencioso, se dio media vuelta y se alejó.
—¿He dicho algo malo, Alteza? —preguntó Sansa al príncipe mirándolo. No comprendía nada—. ¿Por qué no me ha hablado?
—Hace catorce años que Ser Ilyn se muestra poco comunicativo —comentó lord Renly con una sonrisa maliciosa.
Joffrey miró a su tío con desprecio reconcentrado. Luego tomó las manos de Sansa entre las suyas.
—Aerys Targaryen hizo que le arrancaran la lengua con unas tenazas al rojo vivo.
—Pero se expresa de manera muy elocuente con la espada —dijo la reina—, y la devoción que siente por nuestro reino no tiene rival. —Sonrió con gentileza—. Sansa, tengo que hablar con los señores consejeros hasta que regrese el rey con tu padre. Lo siento mucho, pero el día que ibas a pasar con Myrcella tendrá que posponerse. Por favor, discúlpame ante tu querida hermana. Joffrey, ¿tendrías la amabilidad de ser hoy el anfitrión de nuestra invitada?
—Será un placer, madre —respondió Joffrey con toda formalidad.
La tomó del brazo y juntos se alejaron de la casa con ruedas. Sansa volvía a ser feliz. ¡Iba a pasar un día entero con su príncipe! Miró a Joffrey con adoración. Qué apuesto era, cómo la había rescatado de Ser Ilyn y del Perro, pero si era casi como en las canciones, como en los tiempos en que Serwyn del Escudo Espejo salvó a la princesa Daeryssa de los gigantes, o como cuando el príncipe Aemon el Caballero Dragón defendió el honor de la reina Naerys contra las calumnias del malvado Ser Morgil.
El roce de la mano de Joffrey en la manga hizo que el corazón le latiera más deprisa.
—¿Qué te gustaría hacer?
—Lo que tú desees, mi príncipe —respondió Sansa mientras pensaba: «Estar contigo».
—Podemos ir a montar a caballo —dijo Joffrey después de meditar un instante.
—Oh, adoro montar a caballo —dijo Sansa.
—Tu loba puede asustar a los caballos. —Joffrey lanzó una mirada a Dama que iba pisándoles los talones—. Y por lo visto mi perro te asusta a ti. Mejor los dejamos a ambos aquí y nos vamos solos, ¿qué te parece?
—Si es lo que tú deseas... —respondió Sansa, insegura, tras titubear un instante—. Tendré que atar a Dama. —Pero no entendía bien a qué se refería Joffrey—. No sabía que tenías un perro...
—En realidad es el perro de mi madre —dijo el príncipe riéndose—. Le ha ordenado que me cuide, y lo hace.
—Ah, ese Perro —asintió ella. Se habría dado de bofetadas por torpe. Su príncipe no la amaría si le parecía torpe—. ¿No correrás peligro sin él?
—No temas, señora. —La mera pregunta parecía haber molestado al príncipe Joffrey—. Ya soy casi un adulto, no lucho con espadas de madera como tus hermanos. Esto es lo único que necesito.
Desenfundó la espada y se la mostró. Era una espada larga perfectamente adaptada para un niño de doce años, de brillante acero azulado, forjada en castillo y de doble filo, con empuñadura de cuero y una cabeza de león que parecía de oro en el pomo. Sansa dejó escapar un gritito de admiración, cosa que complació a Joffrey.
—Le he puesto nombre, la llamo Colmillo de León.
De manera que dejaron en el campamento al guardaespaldas de Joffrey y a la loba huargo de Sansa, y se dirigieron hacia el este por la orilla norte del Tridente sin más compañía que Colmillo de León.
Fue un día mágico, glorioso. El aire era cálido y les llevaba el aroma de las flores, y los bosques tenían una belleza apacible que Sansa no había visto jamás en el norte. El caballo del príncipe Joffrey era un pura sangre bayo veloz como el viento, y lo montaba con desenvoltura tan temeraria que Sansa tenía que esforzarse para que su yegua le siguiera el paso. Fue un día de aventuras. Exploraron las cuevas que había junto a la ribera, siguieron el rastro de un lince hasta su guarida, y cuando sintieron hambre Joffrey localizó un refugio por el humo, y ordenó que sirvieran comida y vino a su príncipe y a la dama que lo acompañaba. Comieron truchas recién pescadas, y Sansa bebió más vino que en toda su vida.
—Mi padre sólo nos deja tomar una copa, y eso en los festines —confesó a su príncipe.
—Mi prometida puede beber tanto vino como desee —replicó Joffrey al tiempo que volvía a llenarle la copa.
Después de comer reanudaron la marcha con más calma. Joffrey cantó para ella mientras cabalgaban, tenía una voz aguda y dulce, muy pura. A Sansa se le había subido un poco el vino a la cabeza.
—¿No deberíamos volver ya? —preguntó.
—Enseguida —dijo Joffrey—. Estamos muy cerca del campo de batalla, es allí, donde el río traza una curva. Ahí fue donde mi padre mató a Rhaegar Targaryen, ¿sabías? Le aplastó el pecho, chas, a través de la armadura y todo. —Joffrey blandió una maza imaginaria para mostrarle cómo había sucedido—. Luego mi tío Jaime mató al viejo ése, Aerys, y mi padre llegó a rey. ¿Qué es ese ruido?
Sansa también lo había oído, era el sonido de madera contra madera que llegaba de los bosques. Sin saber por qué, la ponía nerviosa.
—No lo sé —dijo—. Volvamos al campamento, Joffrey.
—Quiero ver qué pasa.
Joffrey dirigió su caballo hacia la fuente del ruido, y a Sansa no le quedó más remedio que seguirlo. Los sonidos eran ahora más audibles y claros, y al acercarse más oyeron también respiraciones jadeantes y algún que otro gruñido.
—Ahí hay alguien —dijo Sansa con ansiedad. De pronto deseaba con todas sus fuerzas que Dama los hubiera acompañado.
—Conmigo estás a salvo. —Joffrey desenvainó a Colmillo de León. El susurro del acero contra el cuero la hizo estremecer—. Por aquí —añadió mientras cabalgaba hacia un grupo de árboles.
Tras ellos, en un claro desde el que se divisaba el río, vieron a un niño y a una niña que jugaban a los caballeros. Sus espadas eran palos de madera, de hecho parecían mangos de escobas, y los dos corrían por la hierba lanzándose vigorosas estocadas y mandobles. El chico era bastante mayor, mucho más alto y fuerte, y era el que atacaba. La niña, una cría flacucha que vestía ropas de cuero embarradas, esquivaba y conseguía bloquear con su palo la mayoría de los golpes del chico, pero no todos. En un momento dado le lanzó una estocada, que él detuvo con su palo; el chico hizo un movimiento de barrido, su palo descendió y asestó a la chica un duro golpe en los dedos. Ella gritó y perdió el arma.
El príncipe Joffrey se echó a reír. El chico miró a su alrededor con los ojos muy abiertos, sobresaltado, y dejó caer su palo en la hierba. La niña los miró mientras se lamía los nudillos para calmar el dolor, y Sansa se quedó horrorizada.
—¡Arya! —exclamó incrédula.
—¡Marchaos! —les gritó Arya, que tenía los ojos llenos de lágrimas de rabia—. ¿Qué hacéis aquí? ¡Dejadnos en paz!
Joffrey miró a Arya, luego a Sansa y por fin a Arya de nuevo.
—¿Es tu hermana? —La niña asintió, sonrojada. Joffrey miró al chico, un muchacho desgarbado de rostro tosco y pecoso y espesa pelambrera rojiza—. ¿Y tú quién eres, chico? —preguntó en un tono imperioso que no delataba que el otro le llevaba un año.
—Mycah —murmuró el muchacho. Reconoció al príncipe y bajó la vista—. Mi señor.
—Es el hijo del carnicero —dijo Sansa.
—Es mi amigo —intervino Arya con tono brusco—. Déjalo en paz.
—El hijo de un carnicero y quiere ser caballero, ¿eh? —Joffrey desmontó, espada en mano—. Recoge tu espada, carnicero —dijo; le brillaban los ojos de diversión—. A ver qué tal lo haces. —Mycah se quedó paralizado de miedo. Joffrey avanzó hacia él—. Venga, que la cojas te he dicho. ¿O es que sólo peleas con niñas?
—Me lo pidió ella, mi señor —dijo Mycah—. ¡Me lo pidió ella!
A Sansa le bastó mirar el rostro congestionado de Arya para saber que el chico decía la verdad, pero Joffrey no estaba en disposición de escuchar nada. El vino lo hacía aún más audaz.
—¿Coges tu espada o no?
—No es más que un palo, mi señor —dijo Mycah con un gesto de negación—. No es una espada. Sólo es un palo.
—Y tú no eres más que el hijo de un carnicero, no un caballero. —Joffrey alzó a Colmillo de León y puso la punta en la mejilla de Mycah, justo debajo del ojo. El muchacho temblaba de manera incontrolable—. ¿Sabes que estabas atacando a la hermana de mi señora?
Un brillante punto de sangre brotó de la mejilla de Mycah y descendió en lentos hilillos rojos por la cara del muchacho.
—¡Que pares ya! —gritó Arya.
Cogió el palo que había soltado. De repente, Sansa tuvo miedo.
—No te metas en esto, Arya.
—No le voy a hacer daño. No mucho —dijo el príncipe Joffrey a Arya, sin apartar los ojos del hijo del carnicero.
Arya se lanzó hacia él.
Sansa se bajó de la yegua, pero no fue suficientemente rápida. Arya blandió el palo con ambas manos. Se oyó un sonoro crujido cuando la madera se quebró contra la nuca del príncipe, y los acontecimientos parecieron precipitarse ante los ojos horrorizados de Sansa. Joffrey se tambaleó y se dio media vuelta entre maldiciones. Mycah echó a correr hacia los árboles a tanta velocidad como le permitían las piernas. Arya blandió de nuevo su arma contra el príncipe, pero en esta ocasión Joffrey paró el golpe con Colmillo de León y le arrancó el palo roto de entre las manos. Tenía la nuca ensangrentada y echaba chispas por los ojos.
—No, no, basta, basta, parad ya los dos, lo estáis estropeando todo —sollozaba Sansa sin cesar, pero nadie la escuchaba.
Arya cogió una piedra y se la tiró a Joffrey, apuntando a la cabeza. Pero le dio al caballo, y el animal partió al galope hacia los mismos árboles donde se había refugiado Mycah.
—¡Basta ya! ¡Basta ya! —gritó Sansa.
Joffrey lanzó un mandoble contra Arya al tiempo que gritaba obscenidades, cosas terribles, cosas sucias. Arya retrocedió, asustada de repente, pero Joffrey la persiguió hasta el bosque, hasta que la tuvo arrinconada contra un árbol. Sansa no sabía qué hacer. Contempló la escena, impotente, con los ojos arrasados de lágrimas.
En aquel momento un relámpago gris pasó a toda velocidad junto a ella, y de pronto allí estaba Nymeria, en medio de un salto, luego cerrando las mandíbulas sobre el brazo con que Joffrey sostenía la espada. El acero se le cayó de las manos cuando la loba lo derribó. Rodaron sobre la hierba, la loba gruñendo, el príncipe gritando de dolor.
—¡Quitádmela de encima! —chilló—. ¡Quitádmela de encima!
¡Nymeria! —restalló como un látigo la voz de Arya.
La loba huargo soltó a Joffrey y fue a situarse junto a Arya. El príncipe se quedó tendido en la hierba, sollozando y apretándose el brazo herido. Tenía la manga empapada en sangre.
—No te ha hecho daño. No mucho —dijo Arya.
Recogió del suelo a Colmillo de León y se situó junto al príncipe, con la espada sujeta entre las dos manos.
—No —gimoteó Joffrey alzando la vista con un gemido de terror—. No me hagas daño. Se lo voy a contar a mi madre.
—¡Déjalo en paz! —gritó Sansa a su hermana.
Arya se dio media vuelta y lanzó la espada a lo lejos, utilizando todo el cuerpo para impulsarla. El acero azulado centelleó al sol cuando la espada pasó girando sobre el río. Chocó contra el agua y desapareció con un chapoteo. Joffrey dejó escapar un gemido. Arya corrió hacia su caballo, con Nymeria pisándole los talones.
Cuando se hubieron marchado, Sansa corrió junto al príncipe Joffrey. El muchacho tenía los ojos cerrados por el dolor, y su respiración era entrecortada. Sansa se arrodilló junto a él.
—Joffrey —sollozó—. Qué te han hecho, mi pobre príncipe. No tengas miedo, iré a caballo al refugio y volveré con ayuda.
Le apartó de la frente el suave pelo rubio, con gesto de ternura infinita.
Él abrió los ojos de repente y la miró, y en sus pupilas sólo había odio y el más profundo desprecio.
—Pues ve de una vez —escupió—. Y no me toques.

EDDARD

—La han encontrado, mi señor.
—¿Nuestros hombres o los de Lannister? —preguntó Ned mientras se levantaba a toda prisa.
—Ha sido Jory —respondió su mayordomo, Vayon Poole—. No ha sufrido daño alguno.
—Alabados sean los dioses —dijo Ned. Sus hombres llevaban cuatro días buscando a Arya, pero los de la reina también habían salido de caza—. ¿Dónde está? Dile a Jory que la traiga aquí ahora mismo.
—Lo siento, mi señor —dijo Poole—. Los guardias de la entrada eran hombres de los Lannister, e informaron a la reina en cuanto Jory la trajo. La han llevado directamente ante el rey...
—¡Maldita mujer! —rugió Ned mientras se encaminaba a zancadas hacia la puerta—. Busca a Sansa y llévala a la cámara de audiencias. Quizá tenga que declarar.
Rojo de ira, bajó por las escaleras de la torre. Él mismo había dirigido la búsqueda los tres primeros días, y apenas si había dormido una hora desde la desaparición de Arya. Aquella mañana se había sentido tan cansado, tan invadido por el dolor, que apenas si se tenía en pie, pero en aquel momento la rabia lo invadía otra vez y le daba nuevas fuerzas.
Varios hombres lo llamaron cuando cruzó el patio del castillo, pero Ned tenía demasiada prisa para hacerles caso. Habría echado a correr, pero era la Mano del Rey, y la Mano debe conservar la dignidad siempre. Era perfectamente consciente de los ojos que lo seguían, de las voces que, en susurros, se preguntaban qué iba a hacer.
El castillo era una modesta edificación, a medio día a caballo al sur del Tridente. Los miembros de la expedición real se habían convertido en invitados forzosos de su señor Ser Raymun Darry, durante el tiempo que durase la búsqueda de Arya y del hijo del carnicero a ambos lados del río. Como visitantes, no eran bienvenidos. Ser Raymun vivía bajo la paz del rey, pero su familia había combatido bajo el estandarte del dragón de Rhaegar en el Tridente, y sus tres hermanos mayores habían muerto allí, hecho que ni Robert ni Ser Raymun habían olvidado. Los hombres del rey, los de Darry, los de Lannister y los de Stark se hacinaban en un castillo demasiado pequeño, y la tensión se palpaba en el ambiente.
El rey se había adueñado de la sala de audiencias de Ser Raymun, y allí lo encontró Ned. La sala estaba atestada cuando entró. Demasiada gente, pensó. Si Robert y él pudieran discutir el asunto a solas, lo arreglarían de forma amistosa.
Robert estaba desplomado en el trono de Darry, al fondo de la sala; tenía una expresión huraña en el rostro. Cersei Lannister y su hijo estaban de pie junto a él. La reina apoyaba la mano sobre el hombro de Joffrey. El brazo del muchacho aún estaba envuelto en gruesos vendajes de seda.
Arya estaba en el centro de la sala, con la única compañía de Jory. Todos los ojos estaban clavados en ella.
—¡Arya! —gritó Ned. Se dirigió hacia ella, sus botas resonaban en el suelo de piedra. Cuando la niña lo vio, dejó escapar un grito y se echó a llorar. Ned hincó una rodilla en el suelo y la abrazó. Arya temblaba.
—Lo siento —sollozaba—. Lo siento, lo siento.
—Ya lo sé —dijo él. Qué pequeña la sentía entre los brazos, no era más que una niñita flaca. Era incomprensible que fuera causa de tantos problemas—. ¿Estás bien?
—Sí. —Tenía la carita sucia, y las lágrimas dejaban un rastro rosado al correrle por las mejillas—. Pero tengo hambre. Comí bayas silvestres, pero no había nada más.
—Enseguida te daremos algo de comer —prometió Ned. Se levantó para enfrentarse al rey—. ¿Qué pasa aquí?
Recorrió la sala con los ojos en busca de rostros amigos. Pero, aparte de los de sus hombres, encontró pocos. Ser Raymun Darry mantenía una expresión neutra. En los labios de Lord Renly casi afloraba una sonrisa que podía significar cualquier cosa, y el anciano Ser Barristan estaba serio; el resto eran hombres de los Lannister, todos hostiles. El único rastro de suerte era que tanto Jaime Lannister como Sandor Clegane estaban ausentes, ambos dirigiendo partidas de búsqueda en la zona norte del Tridente.
—¿Por qué no se me informó de que mi hija había aparecido? —exigió saber Ned con tono airado—. ¿Por qué no la llevaron conmigo de inmediato?
Se dirigía a Robert, pero fue Cersei Lannister la que respondió.
—¿Cómo osas dirigirte a tu rey en ese tono?
—Cállate, mujer —le espetó el rey; aquel comentario lo hizo reaccionar. Se irguió en el trono—. Lo siento, Ned. No quería asustar a la niña. Me pareció que lo mejor era traerla aquí y zanjar el asunto lo antes posible.
—¿Qué asunto? —El tono de voz de Ned era gélido.
—Demasiado bien lo sabes, Stark —dijo la reina avanzando un paso—. Tu hija agredió a mi hijo, con la ayuda del chico del carnicero. Y su loba trató de arrancarle el brazo.
—¡Es mentira! —gritó Arya—. Sólo lo mordió un poco. Le estaba haciendo daño a Mycah.
—Joff nos ha contado qué pasó —dijo la reina—. El hijo del carnicero y tú lo golpeasteis con palos, y le dijiste a tu loba que lo mordiera.
—No es verdad —replicó Arya, otra vez al borde de las lágrimas. Ned le puso una mano en el hombro.
—¡Sí es verdad! —insistió el príncipe Joffrey—. ¡Me atacaron todos, y ella tiró a Colmillo de León al río!
Ned advirtió que el muchacho no miraba a Arya al hablar.
—¡Mentiroso! —gritó Arya.
—¡Cállate! —chilló a su vez el príncipe.
—¡Basta ya! —rugió el rey al tiempo que se levantaba, con la voz ronca de irritación. Se hizo el silencio. Robert miró a Arya desde las profundidades de su espesa barba—. A ver, niña, me lo vas a contar todo. No te dejes nada, y no te apartes de la verdad. Mentirle a un rey es un crimen muy grave. —Se giró hacia su hijo—. Cuando termine ella te tocará a ti. Hasta entonces, no quiero que abras la boca.
Arya comenzó a narrar su historia, y en aquel momento Ned oyó cómo se abría la puerta tras él. Volvió la vista y vio entrar a Vayon Poole con Sansa. Ambos se quedaron al fondo de la sala, en silencio, mientras Arya hablaba. Cuando contó cómo había lanzado la espada de Joffrey al Tridente, Renly Baratheon se atragantó de risa. El rey se enojó.
—Ser Barristan, acompaña a mi hermano afuera antes de que se ahogue.
—Mi hermano es demasiado bondadoso —dijo Lord Renly conteniendo la risa—. Puedo encontrar la salida yo solo. —Hizo una reverencia ante Joffrey—. Ya me contarás luego cómo consiguió desarmarte con un palo de escoba una niña de nueve años que no abulta más que una rata mojada, y encima pudo tirar tu espada al río.
Mientras la puerta se cerraba a su espalda, Ned le oyó decir «Colmillo de León», y estallar en carcajadas una vez más.
El príncipe Joffrey, muy pálido, empezó a narrar una versión de los hechos muy diferente. Cuando su hijo terminó de hablar, el rey se levantó pesadamente. Por su aspecto era obvio que le habría gustado estar en cualquier lugar menos allí.
—Por los siete infiernos, ¿qué se saca en claro de esto? Él dice una cosa, ella otra...
—No eran los únicos presentes —intervino Ned—. Ven aquí, Sansa.
—Ned había escuchado de sus labios la versión de la historia la misma noche en que Arya desapareció. Sabía la verdad—. Cuéntanos lo que pasó.
Su hija mayor se adelantó, titubeante. Iba envuelta en terciopelo azul con ribetes blancos, y llevaba una cadena de plata en torno al cuello. Se había cepillado la espesa cabellera color castaño rojizo hasta arrancarle destellos. Miró a su hermana, y luego al joven príncipe.
—No lo sé —dijo llorosa, con ganas de esconderse donde fuera—. No me acuerdo. Todo sucedió tan deprisa que no vi...
—¡Asquerosa! —gritó Arya. Se lanzó como una flecha contra su hermana, la derribó y cayó sobre ella—. ¡Mentirosa, mentirosa, mentirosa, mentirosa!
—¡Basta ya, Arya! —gritó Ned. Jory la apartó de su hermana sin que dejara de dar patadas. Sansa estaba pálida y temblorosa. Ned la ayudó a ponerse de pie—. ¿Te encuentras bien? —preguntó. Pero la niña miraba a Arya y no dio muestras de haberle oído.
—Esa criatura es tan salvaje como el animal piojoso que la obedece —dijo Cersei Lannister—. Quiero que reciba su castigo, Robert.
—Por los siete infiernos —maldijo Robert—. Mírala bien, Cersei. No es más que una niña. ¿Qué quieres que haga, que la mande azotar por las calles? Maldita sea, los niños se han peleado siempre. Ya ha pasado todo. Nadie ha sufrido daños permanentes.
—Joff tendrá que llevar esas cicatrices el resto de su vida. —La reina estaba furiosa.
—Cierto —dijo Robert Baratheon mirando a su hijo mayor—. Y quizá le enseñen una buena lección. Ned, encárgate de que tu hija reciba un buen castigo. Yo haré lo propio con el mío.
—Desde luego, Alteza —asintió Ned, aliviado.
Robert hizo ademán de marcharse, pero la reina no había terminado.
—¿Y qué hay de la loba huargo? —le gritó—. ¿Qué pasa con la fiera que ha herido a nuestro hijo?
—Me había olvidado de la condenada loba —dijo el rey con el ceño fruncido después de detenerse y darse media vuelta.
Ned advirtió que Arya se tensaba en brazos de Jory. Jory se apresuró a intervenir.
—No hemos encontrado ni rastro de la loba, Alteza.
—¿No? —Robert no parecía contrariado—. Vaya, hombre.
—¡Cien dragones de oro para el hombre que me traiga su piel! —dijo la reina alzando la voz.
—Un pellejo muy caro, ¿no crees? —gruñó Robert—. A mí no me metas en esto, mujer. Si quieres pieles, págatelas con oro Lannister.
—No te imaginaba tan tacaño —respondió la reina mirándolo con frialdad—. El rey con el que creía haberme casado habría tendido una piel de lobo sobre mi lecho antes del ocaso.
—No se pueden hacer milagros, sin animal no hay piel que valga. —Robert tenía el rostro congestionado de rabia.
—Pero hay una loba —dijo Cersei Lannister.
Hablaba con voz tranquila, pero sus ojos verdes brillaban triunfales. Los presentes tardaron un instante en comprender a qué se refería; cuando cayó en la cuenta el rey se encogió de hombros, irritado.
—Como quieras. Que se encargue Ser Ilyn.
—¡No lo dirás en serio, Robert! —protestó Ned.
—Basta ya, Ned, tema zanjado. —El rey no estaba de humor para más discusiones—. Los lobos huargo son fieras salvajes. Tarde o temprano habría atacado a tu hija, como la otra loba hizo con el mío. Regálale un perro, será mejor para ella.
Sólo entonces se dio cuenta Sansa de lo que estaban diciendo. Miró a su padre con los ojos llenos de miedo.
—No querrá matar a Dama, ¿verdad? —Vio la verdad en su rostro—. No, a Dama no, Dama es buena, Dama no ha mordido a nadie...
Dama no estaba allí —gritó Arya, furiosa—. ¡Dejadla en paz!
—Páralos. No permitas que la maten —suplicó Sansa—. Por favor, por favor, no fue Dama, fue Nymeria, fue Arya, diles que no, no fue Dama, no dejes que le hagan daño, haré que se porte bien, de verdad, de verdad...
Se echó a llorar. Ned no pudo hacer más que abrazarla mientras sollozaba. Miro a Robert, al otro extremo de la sala. Su mejor amigo, más que un hermano.
—Robert, por favor. Por el cariño que me tienes. Por el amor que sentías por mi hermana. Por favor.
El rey los miró un largo momento, luego clavó los ojos en su esposa.
—Maldita seas, Cersei —dijo con desprecio.
Ned se irguió y se liberó con suavidad del abrazo de Sansa. Todo el cansancio de los últimos cuatro días volvía a pesarle en los miembros.
—Entonces hazlo tú mismo, Robert —dijo con una voz fría y afilada como el acero—. Al menos ten el valor de hacerlo tú mismo.
Robert miró a Ned con ojos inexpresivos, muertos, y salió sin decir palabra, con pasos pesados como el plomo. El silencio invadió la sala.
—¿Dónde está la loba huargo? —preguntó Cersei Lannister en cuanto su esposo hubo salido. Junto a ella, el príncipe Joffrey sonreía.
—La fiera está encadenada junto a la caseta del guarda —respondió de mala gana Ser Barristan Selmy.
—Avisad a Ilyn Payne.
—No —intervino Ned—. Jory, llévate a las niñas a sus aposentos y tráeme mi espada Hielo. —Las palabras le sabían a bilis en la garganta, pero se obligó a pronunciarlas—. Si hay que hacerlo, lo haré yo.
—¿Tú, Stark? —preguntó Cersei Lannister mirándolo con desconfianza—. ¿Qué es, un truco? ¿Por qué vas a hacer semejante cosa?
Todos lo miraban, pero los ojos de Sansa eran los que lo herían.
—La loba es del norte. No merece que acabe con ella un carnicero.
Salió de la sala con un extraño ardor en los ojos, mientras los alaridos de su hija le resonaban en los oídos, y encontró a la cachorrilla de loba donde la habían encadenado. Ned se sentó un rato junto a ella.
Dama —dijo, saboreando el nombre.
No había prestado mucha atención a los nombres elegidos por sus hijos para los huargos, pero en aquel momento se dio cuenta de que Sansa había estado acertada. Dama era la más pequeña de la camada, la más bonita, la más dulce y confiada. Lo miraba con brillantes ojos dorados mientras él le acariciaba el pelaje espeso y gris.
Jory no tardó en llevarle a Hielo. Todo terminó enseguida.
—Elige a cuatro hombres y que lleven el cadáver al norte —dijo después—. Quiero que la entierren en Invernalia.
—¿Tan lejos? —preguntó Jory, atónito.
—Tan lejos —confirmó Ned—. Si la Lannister quiere una piel de lobo, tendrá que buscarse otra.
Se encaminaba hacia la torre para dormir por fin cuando Sandor Clegane y sus jinetes llegaron de la cacería.
Un bulto colgaba cruzado del caballo de guerra de Clegane, una forma pesada envuelta en una capa ensangrentada.
—Ni rastro de tu hija, Mano —gruñó el Perro desde su montura—. Pero no hemos perdido el día. Aquí traemos a su mascota.
Dio un empujón al fardo, que cayó al suelo con un golpe sordo a los pies de Ned.
Ned se inclinó y retiró la capa, buscando ya las palabras que tendría que decir a Arya, pero no se trataba de Nymeria. Era Mycah, el hijo del carnicero. El cuerpo estaba cubierto de sangre reseca. Un tajo espantoso, asestado desde arriba, casi lo había cortado por la mitad desde el hombro a la cintura.
—Lo mataste desde el caballo —dijo Ned.
Los ojos del Perro parecieron brillar a través de su espantoso yelmo canino.
—Corrió mucho. —Observó el rostro de Ned y se echó a reír—. Pero no lo suficiente.

BRAN

Le parecía que llevaba siglos cayendo.
Vuela —susurró una voz en la oscuridad, pero Bran no sabía volar y lo único que podía hacer era caer.
El maestre Luwin hizo un muñeco de arcilla, lo coció hasta que quedó duro y quebradizo, lo vistió con ropas de Bran y lo tiro desde el tejado. Bran recordaba cómo se había destrozado al estrellarse.
—Pero yo no me caigo nunca —dijo mientras caía.
El suelo, abajo, estaba tan lejos que apenas lo distinguía a través de los jirones de niebla gris que lo rodeaban, pero sentía que estaba cayendo y sabía qué le aguardaba al llegar abajo. No se puede caer eternamente, ni siquiera en sueños. Sabía que despertaría un momento antes de chocar contra el suelo. Siempre te despiertas un momento antes de chocar contra el suelo.
¿Y si no te despiertas? —le preguntó la voz.
El suelo estaba ya más cerca, pero todavía muy lejos, a mil kilómetros, pero más cerca que antes. Hacía mucho frío allí, en la oscuridad. No había sol, ni estrellas, nada más que el suelo que se alzaba para aplastarlo, los jirones de niebla gris y la voz susurrante. Sintió ganas de llorar.
No llores. Vuela.
—No sé volar —dijo Bran—. No sé...
¿Estás seguro? ¿Lo has intentado alguna vez?
La voz era aguda y tenue. Bran miró a su alrededor para ver de dónde procedía. Un cuervo trazaba círculos, descendiendo junto a él pero sin ponerse a su alcance.
—Ayúdame —suplicó.
Es lo que intento —replicó el cuervo—. ¿No llevarás maíz encima, por casualidad?
Bran se metió la mano en el bolsillo y la oscuridad giró vertiginosa a su alrededor. Al sacar la mano, unos cuantos granos dorados se le escaparon entre los dedos. Cayeron, como caía él.
—¿Eres un cuervo de verdad? —preguntó Bran cuando el cuervo se le posó en la mano y empezó a comer.
¿Estás cayendo de verdad? —replicó el cuervo.
—No es más que un sueño —dijo el chico.
¿Tú crees?
—Cuando choque contra el suelo me despertaré —aseguró Bran al pájaro.
Cuando choques contra el suelo morirás —replicó el cuervo y siguió comiendo maíz.
Bran miró abajo. Ya alcanzaba a ver montañas, con las cumbres cubiertas de nieve y ríos como hebras de plata entre los bosques oscuros. Cerró los ojos y se echó a llorar.
Así no ganas nada —dijo el cuervo—. Ya te lo he dicho, tienes que volar en vez de llorar. Venga, no es tan difícil. Yo estoy volando.
—Tú tienes alas —señaló Bran.
A lo mejor tú también. —El chico se tocó los hombros en busca de algún rastro de plumas—. Hay alas de muchos tipos —añadió el cuervo.
Bran se miró los brazos y las piernas. Estaba muy delgado, no era más que piel tensa sobre los huesos. ¿Siempre había sido tan flaco? Trató de hacer memoria. Un rostro surgió de la niebla gris, brillante, dorado, y se cernió sobre él.
—Qué cosas hago por amor —dijo.
Bran gritó.
Olvídate de eso —chilló mientras echaba a volar y graznaba—. No pienses en eso, es lo que menos falta te hace, olvídalo, olvídalo...
Volvió a posarse sobre Bran, esta vez en el hombro, y lo picoteó hasta que el rostro brillante y dorado se esfumó.
Bran caía más deprisa aún. Los jirones de niebla gris aullaban a su paso, se desplomaba hacia el suelo.
—¿Qué me haces? —preguntó lloroso al cuervo.
Enseñarte a volar.
—¡No sé volar!
Pues estás volando.
—¡No estoy volando, estoy cayendo!
Todo vuelo comienza con una caída —dijo el cuervo—. Mira abajo.
—Me da miedo...
¡Mira abajo!
Bran miró abajo y sintió como si las entrañas se le licuaran. El suelo ascendía hacia él a toda velocidad. El mundo entero se extendía allí, era un tapiz blanco, castaño y verde. Lo veía todo con tanta claridad que durante un instante se olvidó de tener miedo. Veía el reino entero y a cada uno de los que allí se encontraban.
Vio Invernalia tal como lo veían las águilas, los esbeltos torreones parecían chatos y rechonchos desde arriba, los muros del castillo no eran más que líneas en la tierra. Vio al maestre Luwin en su balconada, estudiaba el cielo a través de un tubo brillante de bronce y tomaba notas en un libro, con el ceño fruncido. Vio a su hermano Robb, más alto y fuerte de como lo recordaba, practicaba esgrima en el patio y la espada que tenía en la mano era de acero. Vio a Hodor, el gigante bobalicón de los establos, que llevaba a la fragua de Mikken un yunque cargado al hombro igual que otro cualquiera podría cargar una bala de heno. En el corazón del bosque de dioses, el gran arciano blanco se inclinó sobre su reflejo en el estanque negro, las hojas crujían con el viento gélido. Cuando percibió la mirada de Bran, alzó los ojos de las aguas tranquilas y se la devolvió con deliberación.
Miró hacia el este, y vio una galera que surcaba las aguas del Mordisco. Vio a su madre, sentada a solas en un camarote, que contemplaba el cuchillo ensangrentado que reposaba en la mesa ante ella mientras los remeros hacían avanzar la nave y Ser Rodrik, tembloroso y jadeante, se inclinaba sobre la borda. Ante ellos se fraguaba una tormenta, los truenos retumbaban y los rayos rasgaban el cielo, pero por alguna extraña razón no se daban cuenta.
Miró hacia el sur, y vio la gran extensión verdeazulada del Tridente. Vio a su padre suplicar algo al rey con el rostro desencajado por la pena. Vio a Sansa llorar hasta quedarse dormida y vio a Arya vigilar en silencio, mientras ocultaba secretos en lo más profundo de su corazón. Los tres estaban rodeados de sombras. Una sombra era oscura como la ceniza, con el rostro espantoso de un perro. Otra tenía una armadura muy hermosa, dorada y brillante como el sol. Sobre ambas se cernía un gigante con una armadura de piedra, pero cuando se levantó el visor del yelmo dentro no había más que oscuridad y sangre espesa, negra.
Alzó la vista y miró hacia la otra orilla del mar Angosto, hacia las Ciudades Libres y el verde mar dothraki y aún más allá, hacia Vaes Dothrak bajo su montaña, hacia las tierras fabulosas del mar de Jade, hacia Asshai de la Sombra, donde los dragones se movían bajo la luz del sol al amanecer.
Por último miró hacia el norte. Vio el Muro que brillaba como cristal azul, y a su hermano bastardo Jon que dormía solo en una cama fría, con la piel cada vez más pálida y encallecida a medida que el recuerdo del calor era más y más lejano. Y miró más allá del Muro, más allá de los bosques interminables cubiertos de nieve, más allá de las orillas heladas y los grandes ríos de hielo azules de puro blancos, más allá de las llanuras en las que nada podía crecer ni vivir. Miró hacia el norte, y más al norte, y más al norte, hacia el telón de luz que había al final del mundo, y más allá del telón. Miró hacia lo más profundo del corazón del invierno, y en aquel momento dejó escapar un grito de terror, y el calor de las lágrimas le abrasó las mejillas.
Bien, ya lo sabes —le susurró el cuervo posado en su hombro—. Ya sabes por qué tienes que vivir.
—¿Por qué? —preguntó Bran sin comprender, mientras caía sin cesar.
Porque se acerca el invierno.
Bran miró al cuervo, y el cuervo lo miró. Tenía tres ojos. El tercer ojo estaba lleno de una sabiduría espantosa. Bran miró abajo. Ya no había nada más que nieve, y frío, y muerte, un páramo helado en el que se alzaban blancas agujas dentadas, como brazos a la espera de acogerlo. Ascendieron hacia él como lanzas. Vio los huesos de otros mil soñadores empalados en ellas. El miedo que sentía era desesperado.
—¿Un hombre puede ser valiente cuando tiene miedo? —oyó que preguntaba su voz, tenue y lejana.
—Es el único momento en que puede ser valiente, Bran —le respondió la voz de su padre.
Ahora, Bran —lo apremió el cuervo—. Elige: vuela o muere.
La muerte trató de asirlo mientras gritaba.
Bran abrió los brazos y voló.
Unas alas invisibles atraparon el viento, se hincharon y lo elevaron. Las espantosas agujas de hielo se alejaron a sus pies y el cielo se abría ante él. Bran remontó el vuelo. Aquello era mejor que trepar. Era mejor que nada. El mundo se empequeñeció abajo.
—¡Vuelo! —gritó, emocionado.
Ya me he dado cuenta —dijo el cuervo de tres ojos que echó a volar y aleteó ante su rostro, demorándolo, cegándolo. Cuando las plumas le golpearon las mejillas, Bran se tambaleó. El cuervo le asestó un picotazo terrible en la frente, entre los ojos, que lo cegó de dolor.
—¿Qué haces? —gritó.
El cuervo abrió el pico y graznó, fue un chillido agudo de miedo, y los jirones de niebla gris que se arremolinaban a su alrededor se desgarraron como un velo, y vio que el cuervo no era tal, sino una mujer, una criada de larga cabellera negra a la que había visto antes. ¿Dónde? En Invernalia, claro, la recordaba bien; y entonces se dio cuenta de que estaba en Invernalia, en una cama, en una habitación helada en la cima de una torre, y la mujer de pelo negro dejó caer la palangana de agua que se estrelló contra el suelo y corrió escaleras abajo gritando: «Está despierto, está despierto, está despierto».
Bran se tocó la frente, entre los ojos. La zona que el cuervo le había picoteado aún le quemaba, pero no tenía nada, ni sangre ni herida alguna. Se sentía débil y mareado. Trató de salir de la cama, pero no pudo.
En aquel momento percibió que algo se movía junto al lecho justo antes de caer con agilidad sobre sus piernas. No sintió nada. Un par de ojos amarillos, brillantes como el sol, se clavaron en los suyos. La ventana estaba abierta y en la habitación hacía frío, pero la calidez que emanaba el lobo lo envolvió como un baño caliente. Bran se dio cuenta de que era su cachorro... ¿o no? ¡Le parecía tan grande...! Extendió un brazo para acariciarlo, la mano le temblaba como una hoja.
Cuando su hermano Robb irrumpió en la habitación, jadeante tras subir a toda velocidad los peldaños de la torre, el lobo huargo lamía el rostro de Bran. El niño alzó la vista, con calma.
—Se llama Verano —dijo.

CATELYN

—Llegaremos a Desembarco del Rey en menos de una hora.
—Tus remeros nos han prestado un gran servicio, capitán —dijo Catelyn mientras se apartaba de la borda forzando una sonrisa—. Cada uno de ellos recibirá un venado de plata como muestra de mi gratitud.
—Sois demasiado generosa, Lady Stark. —El capitán Moreo Tumitis hizo una breve reverencia—. La única recompensa para ellos es el honor de transportar a una dama de vuestra alcurnia.
—Pero seguro que aceptarán la plata.
—Como deseéis —dijo Moreo con una sonrisa.
Hablaba a la perfección la lengua común, con apenas un deje tyroshi. Le contó que llevaba treinta años surcando el mar Angosto, al principio como remero, luego como oficial, y al final como capitán de galeras mercantes propias. El Danzarín de las Tormentas, una galera de dos mástiles y sesenta remos, era su cuarta nave y la más rápida de todas.
Era sin duda la nave más rápida disponible en Puerto Blanco cuando Catelyn y Ser Rodrik Cassel llegaron tras su agotadora cabalgada río abajo. Los tyroshis tenían fama de avaros, y Ser Rodrik habría preferido alquilar una chalupa pesquera en Tres Hermanas, pero Catelyn insistió en hacerse con la galera. Fue una suerte. Habían tenido el viento en contra la mayor parte del viaje, y sin los remos de la galera en aquellos momentos todavía estarían pasando por los Dedos, en vez de volar hacia Desembarco del Rey y el final del viaje.
«Falta muy poco», pensó Catelyn. Los dedos heridos por la daga aún le palpitaban bajo las vendas de lino. Sentía como si el dolor la espolease, le impidiera olvidar. No podía doblar el dedo anular ni el meñique de la mano izquierda, y jamás recuperaría plenamente el movimiento de los otros tres. Pero era un bajo precio por la vida de Bran.
Ser Rodrik apareció en cubierta en aquel momento.
—Mi buen amigo —saludó Moreo a través de su barba verde. A los tyroshis les gustaban los colores vivos hasta en el vello facial—. Me alegra constatar que tienes mejor aspecto.
—Sí —asintió Ser Rodrik—. Hace casi dos días que no deseo morir. —Hizo una reverencia ante Catelyn—. Mi señora...
Era verdad que tenía mejor aspecto. Estaba un poco más delgado que cuando zarparon de Puerto Blanco, pero casi volvía a ser él mismo. Los fuertes vientos del Mordisco y las inclemencias del mar Angosto no le habían sentado bien, y a punto estuvo de caer por la borda cuando una tormenta estalló sobre ellos de manera inesperada en Rocadragón, pero consiguió aferrarse a un cabo hasta que tres hombres de Moreo lograron rescatarlo y ponerlo a salvo bajo cubierta.
—El capitán me decía que falta poco para que lleguemos —dijo Catelyn.
—¿Tan pronto acaba el viaje? —Ser Rodrik esbozó una sonrisa irónica.
Tenía un aspecto extraño sin sus poblados bigotes blancos. Parecía más menudo, menos imponente y diez años más viejo. Pero en el Mordisco se había impuesto la lógica y se sometió a la navaja de afeitar de un marinero, después de que se le ensuciaran por tercera vez cuando vomitó por encima de la borda.
—Os dejaré solos para que habléis de vuestros asuntos —dijo el capitán Moreo. Hizo una reverencia y se alejó.
La galera surcaba las aguas como una libélula, los remos subían y bajaban a un ritmo impecable. Ser Rodrik se agarró a la borda y contempló la orilla.
—No he sido un protector muy valiente.
—Estamos aquí, Ser Rodrik, y a salvo —dijo Catelyn tomándole el brazo—. Es lo único que importa. —Metió la mano entre los pliegues de la túnica, con los dedos rígidos, buscando algo. Aún tenía la daga. Necesitaba tocarla de cuando en cuando para recuperar la seguridad—. Ahora tenemos que encontrar al maestro armero del rey, y rezar para que sea de confianza.
—Ser Aron Santagar es un hombre engreído, pero honrado. —Ser Rodrik hizo gesto de acariciarse los bigotes, para descubrir una vez más que ya no los tenía. Aquello siempre lo desconcertaba—. Puede que reconozca la daga, sí... Pero en el momento que pisemos tierra estaremos en peligro, mi señora. En la corte hay muchos que conocen vuestro rostro.
—Meñique —murmuró Catelyn entre dientes.
El rostro acudió rápidamente a su memoria, la cara de un niño, aunque ya no era ningún niño. Su padre había muerto hacía varios años, de manera que era Lord Baelish, pero lo seguían llamando Meñique. Edmure, el hermano de Catelyn, le había puesto aquel apodo hacía mucho tiempo, en Aguasdulces. Las modestas posesiones de su familia se encontraban en el más pequeño de los Dedos, y además Petyr era flaco y menudo para su edad.
—Lord Baelish estaba... eh... —Ser Rodrik carraspeó y se perdió en la búsqueda del término más educado. Pero Catelyn estaba por encima de la cortesía.
—Era el pupilo de mi padre, pasamos la infancia juntos en Aguasdulces. Para mí era como un hermano, pero sus sentimientos eran menos... fraternales. Cuando se anunció mi compromiso con Brandon Stark, Petyr lo desafió por el derecho a mi mano. Fue una locura. Brandon tenía veinte años, Petyr apenas quince. Tuve que suplicarle a Brandon que le perdonara la vida; lo dejó escapar con tan sólo una cicatriz. Después mi padre lo expulsó. No he vuelvo a verlo desde entonces. —Alzó el rostro hacia la brisa, como si el aire fresco pudiera borrar los recuerdos—. Me escribió a Aguasdulces cuando asesinaron a Brandon, pero quemé la carta sin leerla; entonces ya sabía que Ned se casaría conmigo en lugar de su hermano.
—Ahora Meñique es miembro del Consejo Privado del rey —dijo Ser Rodrik mientras volvía a intentar acariciarse los bigotes inexistentes.
—Sabía que llegaría lejos —asintió Catelyn—. Siempre fue muy listo, incluso de niño, pero una cosa es ser listo y otra ser inteligente. ¿Cómo lo habrán tratado los años?
Muy por encima de ellos, el vigía gritó algo desde su puesto. El capitán Moreo se acercó por la cubierta, repartiendo órdenes a diestro y siniestro, y a su alrededor el Danzarín de las Tormentas se vio inmerso en una vorágine de actividad mientras Desembarco del Rey se empezaba a divisar sobre las tres altas colinas.
Catelyn sabía que hacía trescientos años las colinas estaban pobladas de bosques, y tan sólo un puñado de pescadores vivía en la orilla norte del Aguasnegras, donde aquel río profundo y rápido desembocaba en el mar. Fue entonces cuando Aegon el Conquistador llegó en barco desde Rocadragón. Allí fue donde su ejército pisó tierra y allí, en la colina más alta, construyó su primera y rudimentaria fortificación de madera y barro.
En aquellos momentos la ciudad cubría la playa hasta donde alcanzaba la vista de Catelyn. Había mansiones, glorietas, graneros, almacenes de ladrillo, posadas de madera, tenderetes callejeros, tabernas, cementerios y burdeles; cada edificación apoyada en las contiguas. Hasta sus oídos, pese a la distancia, llegaba el griterío del mercado de pescado. Entre los edificios había calles anchas bordeadas de árboles, callejuelas serpenteantes y callejones tan estrechos que dos hombres no los podían recorrer hombro con hombro. En la cima de la colina de Visenya se alzaba el Gran Sept de Baelor, con sus siete torres de cristal. Al otro lado de la ciudad, en la colina de Rhaenys, se divisaban los muros ennegrecidos del Pozo Dragón, cuya enorme cúpula estaba derrumbada y no era ya más que una ruina, tras las puertas de bronce que llevaban más de un siglo cerradas. La calle de las Hermanas iba de una estructura a la otra, recta como una flecha. A lo lejos se alzaban los muros de la ciudad, altos y fuertes.
A lo largo de la dársena se alineaban un centenar de muelles, y el puerto estaba lleno de barcos. Continuamente iban y venían botes pesqueros de altura y fluviales, los barqueros realizaban una y otra vez el trayecto entre las dos orillas del Aguasnegras, y las galeras mercantes descargaban productos de Braavos, Pentos y Lys. Catelyn divisó la engalanada barcaza de la reina, amarrada junto a un ballenero panzón del Puerto de Ibben con el casco alquitranado, mientras que, río arriba, una docena de navíos de guerra dorados y esbeltos reposaban sobre sus cascos, con las velas recogidas y los crueles espolones de acero lamidos por el agua.
Y dominándolo todo, observándolo todo de forma amenazadora desde la alta colina de Aegon, estaba la Fortaleza Roja: siete torres enormes, achatadas y coronadas por baluartes de hierro; una inmensa barbacana de aspecto macabro; salas abovedadas, puentes cubiertos, barracones, mazmorras y graneros; gruesos muros horadados de aspilleras para los arqueros... todo en piedra de un color rojo claro. Aegon el Conquistador había dirigido su construcción. Su hijo, Maegor el Cruel, la había finalizado. Después ordenó cortar la cabeza a todos los artesanos, albañiles y carpinteros que habían trabajado en ella. Juró que sólo los que llevaran la sangre del dragón conocerían los secretos de la fortaleza que los Señores Dragón habían construido.
Pero ahora los pendones que ondeaban en las almenas eran dorados, no negros, y allí donde el dragón de tres cabezas había vomitado fuego se erguía el venado coronado de la Casa Baratheon.
Un navío de mástiles altos procedente de las Islas del Verano salía del puerto en aquel instante, con las velas blancas hinchadas por el viento. El Danzarín de las Tormentas pasó junto a él en dirección a la orilla.
—Mi señora —empezó Ser Rodrik—, mientras estaba en cama me he dedicado a pensar cuál sería la mejor manera de actuar. No debéis arriesgaros a entrar en el castillo. Iré yo, y pediré a Ser Aron que se reúna con vos en un lugar seguro.
Catelyn miró al anciano caballero mientras la galera se acercaba al muelle. Moreo gritaba órdenes en el valyriano vulgar de las Ciudades Libres.
—Corréis tanto peligro como yo.
—No soy de la misma opinión —dijo Ser Rodrik con una sonrisa—. He visto mi reflejo en el agua y me ha costado reconocerme. Mi madre fue la última persona que me vio sin bigotes, y murió hace ya cuarenta años. Creo que estaré a salvo, mi señora.
Moreo rugió una orden. Los sesenta remos se alzaron del río como si fueran uno solo, iniciaron un movimiento inverso y volvieron al agua. La galera perdió velocidad. Otra orden. Los remos se deslizaron dentro del casco. En cuanto llegaron al muelle, algunos marineros tyroshis saltaron a tierra para amarrar el barco. Moreo se acercó a Catelyn y Ser Rodrik, todo sonrisas.
—Ya estamos en Desembarco del Rey, mi señora, como ordenasteis. Y jamás barco alguno ha realizado el trayecto más deprisa, ni de manera más segura. ¿Necesitáis ayuda para llevar vuestras pertenencias al castillo?
—No vamos a alojarnos en el castillo. ¿Conoces alguna posada limpia y cómoda que no esté muy lejos del río?
—Sí, claro. —El tyroshi se acarició la barba verde—. Conozco varios locales adecuados para vuestras necesidades. Pero previamente, disculpad mi atrevimiento, está el asunto de la segunda mitad del pago, tal como acordamos. Y también la plata que, en vuestra generosidad, prometisteis como recompensa. Me parece que eran sesenta venados.
—Para los remeros —le recordó Catelyn.
—Claro, claro —asintió Moreo—. Aunque más valdrá que les guarde el dinero hasta que volvamos a Tyrosh. Por el bien de sus esposas e hijos. Si les dais la plata aquí se la jugarán a los dados o la dilapidarán toda en una noche de placer, mi señora.
—Hay cosas peores en las que gastar el dinero —intervino Ser Rodrik—. Se acerca el invierno.
—Cada cuál debe tomar sus propias decisiones —dijo Catelyn—. Se han ganado la plata. No es asunto mío cómo lo gasten.
—Como queráis, mi señora —asintió Moreo con una sonrisa y una reverencia.
Para asegurarse, Catelyn quiso pagar a los remeros en persona, un venado para cada uno y un cobre extra para los dos que transportaron sus baúles hasta la posada que les había recomendado Moreo, a medio camino de la cima de la colina Visenya. Era un local destartalado en el callejón de la Anguila. La propietaria era una vieja amargada, con un ojo estrábico que los miró con desconfianza, y mordió la moneda que le dio Catelyn para asegurarse de que no era falsa. Pero las habitaciones eran amplias y luminosas, y Moreo les había jurado que los guisos de pescado eran los más sabrosos de los Siete Reinos. Y, lo mejor de todo, la mujer no mostró el menor interés en saber sus nombres.
—Es aconsejable que no os acerquéis a la sala común —dijo Ser Rodrik cuando se hubieron instalado—. Ni en un lugar como éste sabe uno quién lo puede estar vigilando. —Tenía puesta la cota de mallas, y llevaba la daga y la espada larga bajo una capa oscura con capucha, que se echó sobre la cabeza—. Volveré con Ser Aron antes de que anochezca —prometió—. Deberíais descansar entretanto, mi señora.
Catelyn estaba cansada, sí. El viaje había sido largo y fatigoso, y ya no era joven. Las ventanas daban al callejón y a un paisaje de tejados, y a lo lejos se divisaba el Aguasnegras. Observó cómo Ser Rodrik se alejaba por las calles concurridas hasta que lo perdió de vista entre la multitud, y decidió seguir su consejo. El colchón estaba relleno de paja, no de plumas, pero no le costó lo más mínimo dormirse.
La despertaron unos golpes en la puerta.
Catelyn se incorporó bruscamente. A través de la ventana se veían los tejados de Desembarco del Rey, ahora teñidos de rojo por la luz del sol poniente. Había dormido más tiempo del que pretendía. Un puño volvió a golpear la puerta.
—¡Abrid en nombre del rey! —exigió una voz.
—Un momento —respondió. Se puso la capa. La daga estaba sobre la mesilla de noche. La cogió antes de abrir la pesada puerta de madera.
Los hombres que irrumpieron en la habitación vestían la cota de mallas negra y la capa dorada de la Guardia de la Ciudad. Al ver la daga en la mano de la mujer, su jefe sonrió.
—No la vais a necesitar, señora. Venimos para escoltaros hasta el castillo.
—¿Con qué autoridad? —El hombre le mostró una cinta. Catelyn se atragantó. El sello era un sinsonte en cera gris—. Petyr —dijo. Tan pronto. A Ser Rodrik le había pasado algo. Miró al jefe de los guardias—. ¿Sabéis quién soy?
—No, mi señora —dijo—. Mi señor Meñique sólo nos ordenó llevaros al castillo, e insistió en que se os diera un buen trato.
—Podéis esperar afuera mientras me visto —dijo Catelyn después de asentir.
Se lavó las manos en la jofaina y se puso vendas limpias. Tenía los dedos hinchados y torpes, y le costó trabajo atar los nudos del corpiño y echarse una capa parda sobre los hombros. ¿Cómo había sabido Meñique que estaba allí? Ser Rodrik no se lo habría dicho jamás. Era anciano, sí, pero también testarudo y leal hasta la muerte. ¿Habrían llegado tarde? Tal vez los Lannister estaban ya en Desembarco del Rey. No, si fuera así habría sido Ned el que llamara a su puerta. Entonces, ¿cómo...?
En aquel momento se le ocurrió. Moreo. El maldito tyroshi sabía quiénes eran y dónde estaban. Catelyn esperaba que, por lo menos, hubiera cobrado un alto precio por la información.
Los guardias habían llevado un caballo para ella. Cuando se pusieron en marcha ya se estaban encendiendo las farolas en las calles, y Catelyn sintió los ojos de la ciudad clavados en ella, en la mujer que cabalgaba rodeada por guardias de capas doradas. Cuando llegaron a la Fortaleza Roja, el rastrillo estaba bajado y las enormes puertas cerradas, pero en todas las ventanas se veían luces y movimiento. Los guardias descabalgaron, dejaron las monturas en el exterior y la guiaron primero a través de una portezuela estrecha y luego por peldaños incontables hasta una torre.
Él estaba a solas en la habitación, sentado ante una mesa de madera muy pesada, escribiendo a la luz de una lámpara de aceite. Cuando la hicieron pasar, dejó la pluma y la miró.
—Cat —dijo en voz baja.
—¿Por qué se me ha traído aquí de esta manera?
—Marchaos —indicó a los guardias con un gesto brusco. Los hombres se fueron—. Espero que te trataran correctamente —siguió—. Di instrucciones muy precisas. —Se fijó en las vendas—. Tienes las manos...
—No estoy acostumbrada a que se me haga acudir como a una criada —dijo Catelyn con voz gélida, haciendo caso omiso de la pregunta implícita—. De niño eras más cortés.
—Te he hecho enfadar, mi señora. No era mi intención.
Parecía contrito. Su rostro trajo a la mente de Catelyn recuerdos vívidos. Había sido un chiquillo muy travieso, pero tras cada trastada siempre parecía contrito. Se le daba muy bien. En eso no había cambiado. Petyr de niño era menudo y se había transformado en un hombre menudo, tres o cuatro centímetros más bajo que ella, esbelto y rápido, con los mismos rasgos afilados que ella recordaba, con los mismos ojos color gris verdoso que parecían reír. Lucía una barbita puntiaguda y en el pelo negro aparecían algunas hebras plateadas aunque aún tenía cerca los treinta años. Combinaban de maravilla con el sinsonte de plata que, en forma de broche, le servía para cerrarse la capa. Ya de niño le gustaba mucho la plata.
—¿Cómo supiste que estaba en la ciudad? —le preguntó.
—Lord Varys lo sabe todo —dijo Petyr con una sonrisa traviesa—. Enseguida se reunirá con nosotros, pero antes quería verte a solas. Ha pasado demasiado tiempo, Cat. ¿Cuántos años?
—Así que quien me encontró fue la Araña del rey. —Catelyn hizo caso omiso de su familiaridad. Tenía preguntas más importantes que plantearle.
—Será mejor que no lo llames así —dijo Meñique con un gesto como de dolor—. Es muy sensible. Supongo que por ser eunuco. En la ciudad no sucede nada sin que Varys se entere. A menudo se entera antes de que suceda. Tiene informadores por todas partes. Los llama «mis pajaritos». Pues uno de sus pajaritos se enteró de tu visita. Por suerte Varys vino a hablar conmigo antes que con nadie.
—¿Por qué contigo?
—¿Por qué no? —Se encogió de hombros—. Soy el jefe de la moneda, el consejero del rey. Selmy y Lord Renly han partido hacia el norte para recibir a Robert, y Lord Stannis se encuentra en Rocadragón, así que sólo quedamos el maestre Pycelle y yo. Y yo era la elección obvia, claro. Varys sabe que siempre fui amigo de tu hermana Lysa...
—¿Sabe Varys...?
—Lord Varys lo sabe todo... excepto qué haces aquí. —Arqueó una ceja—. ¿Qué haces aquí?
—Una esposa tiene derecho a añorar a su marido, y si una madre necesita tener cerca a sus hijas, ¿quién se lo puede negar?
—Muy bien, mi señora —dijo Meñique entre risas—, muy bien. Pero no pensarás que me lo voy a creer, ¿verdad? Te conozco demasiado bien. Recuérdame, ¿cuál era el lema de los Tully?
—Familia, Deber, Honor —recitó Catelyn, tensa. Tenía la garganta reseca. Petyr la conocía demasiado bien.
—Familia, Deber, Honor —repitió él—. Tres cosas que te obligaban a permanecer en Invernalia, donde te dejó la Mano. No, mi señora, ha pasado algo. Lo repentino de tu viaje delata su urgencia. Te suplico que me dejes ayudarte. Los viejos amigos deberían confiar unos en otros... —Alguien llamó a la puerta con suavidad—. Adelante —dijo Meñique.
El hombre que entró era regordete, iba perfumado y empolvado, y era calvo como un huevo. Vestía un chaleco de hilo de oro sobre una túnica muy suelta de seda púrpura, y calzaba unas chinelas puntiagudas de terciopelo. Tomó la mano de Catelyn entre las suyas.
—Es un verdadero placer volver a veros después de tantos años, Lady Stark. —Tenía la carne blanda y húmeda, y el aliento le olía a lilas—. Oh, ¿qué os ha pasado en las manos? ¿Una quemadura, mi dulce señora? Los dedos son tan delicados... Nuestro querido maestre Pycelle prepara un ungüento maravilloso. ¿Queréis que envíe a alguien en busca de un tarro?
—Gracias, mi señor —contestó Catelyn retirando las manos—, pero el maestre Luwin se ocupa ya de mis heridas.
—Lo de vuestro hijo ha sido muy triste para todos —dijo Varys meneando la cabeza—. Con lo joven que es. Los dioses son crueles.
—En eso estamos de acuerdo, Lord Varys —dijo ella. Le otorgaba el título por simple cortesía, ya que el único dominio de Varys era la telaraña de informantes y su única posesión, los rumores.
—Espero que no sólo en eso, mi dulce señora —puntualizó el eunuco abriendo los brazos—. Tengo en gran estima a vuestro esposo, la nueva Mano, y sé que ambos amamos al rey Robert.
—Sí —se obligó a decir ella—. Sin duda.
—Nunca hubo rey más querido que Robert —intervino Meñique, sarcástico. Esbozó una sonrisa traviesa—. Al menos según le dice todo el mundo a Lord Varys.
—Mi querida señora —dijo Varys con solicitud—, en las Ciudades Libres hay hombres con poderes curativos maravillosos. Sólo tenéis que decirlo y enviaré a buscar a uno para vuestro querido Bran.
—El maestre Luwin ya está haciendo todo lo que es posible por Bran —replicó. No quería hablar de Bran allí, con aquella gente. Confiaba poco en Meñique, y nada en Varys. No iba a permitir que vieran su dolor—. Según me dice Lord Baelish, a vos es a quien debo dar las gracias por hacerme venir aquí.
—Sí, sí, me declaro culpable. —Varys rió entre dientes como una niñita—. Espero que me perdonéis, bondadosa señora. —Se acomodó en un sillón y juntó las manos—. ¿Puedo pediros que nos enseñéis la daga?
Catelyn Stark miró al eunuco asombrada, atónita. Era una araña, pensó, o quizá un brujo, o algo peor. Sabía cosas que nadie podía saber, a menos que...
—¿Qué le habéis hecho a Ser Rodrik? —exigió saber.
—Me siento como el caballero que llega a la batalla sin lanza. —Meñique estaba desconcertado—. ¿De qué daga estamos hablando? ¿Quién es Ser Rodrik?
—Ser Rodrik Cassel es el maestro de armas de Invernalia —le informó Varys—. Os aseguro que no se le ha hecho ningún daño a vuestro buen caballero, Lady Stark. Llegó a primera hora de esta tarde. Fue a ver a Ser Aron Santagar en la armería, y hablaron de cierta daga. Al anochecer salieron juntos del castillo y fueron a esa espantosa choza donde os alojáis. Todavía están allí, bebiendo, en la sala común, a la espera de vuestro regreso. Ser Rodrik se alarmó mucho al ver que os habíais marchado.
—¿Cómo sabéis todo eso?
—Me lo cuentan los pajaritos —sonrió Varys—. Sé muchas cosas, mi dulce señora. En eso consiste mi servicio al rey. —Se encogió de hombros—. Habéis traído la daga, ¿verdad?
—Ahí la tenéis —dijo Catelyn, que había sacado la daga de entre los pliegues de la capa, mientras la arrojaba a la mesa ante él—. Quizá vuestros pajaritos os digan a quién pertenece. —Varys cogió el cuchillo con una delicadeza exagerada, y pasó el pulgar por el filo. La sangre brotó al instante. Dejó escapar un gritito y soltó la daga otra vez sobre la mesa—. Cuidado —añadió Catelyn—. Esta muy afilada.
—No hay nada que conserve el filo mejor que el acero valyriano —dijo Meñique mientras Varys se lamía el pulgar y lanzaba a Catelyn una mirada de reproche. Cogió la daga, la sopesó y la agarró por la empuñadura. La lanzó al aire y la atrapó con la otra mano—. Tiene un equilibrio perfecto. Así que el motivo de tu visita es la búsqueda de su propietario. Para eso no tenías que hablar con Ser Aron, mi señora. Debiste acudir a mí.
—Si hubiera acudido a ti, ¿qué me habrías dicho?
—Que sólo hay un cuchillo como éste en todo Desembarco del Rey. —Cogió la hoja entre el índice y el pulgar, la alzó por encima del hombro y la lanzó con un golpe experto de muñeca. Fue a clavarse en la puerta de roble, donde quedó vibrando—. Es mía.
—¿Tuya? —Aquello carecía de lógica. Petyr no había estado en Invernalia.
—Lo fue hasta el torneo del día del nombre del príncipe Joffrey —dijo al mismo tiempo que cruzaba la habitación para arrancar la daga de la madera—. Aposté por Ser Jaime en la justa, igual que la mitad de la corte. —La sonrisa tímida de Petyr hacía que volviera a parecer casi un niño—. Loras Tyrell lo descabalgó, y muchos perdimos una pequeña fortuna. Ser Jaime perdió cien dragones de oro, la reina un colgante de esmeraldas y yo, mi daga. Su Alteza recuperó el colgante, pero el ganador de la apuesta se quedó con todo lo demás.
—¿Quién? —exigió saber Catelyn, con la boca seca de miedo. Los dedos le dolían, con el dolor del recuerdo. Lord Varys le escudriñaba el rostro.
—El Gnomo —dijo Meñique—. Tyrion Lannister.

JON

El patio resonaba con la canción de las espadas.
Bajo la lana negra, el cuero tratado y la cota de mallas, el sudor corría helado por el pecho de Jon, que forzó más el ataque. Grenn se tambaleó hacia atrás, tratando de defenderse con torpeza. Cuando alzó la espada, Jon aprovechó el hueco para lanzar un ataque con un movimiento de barrido que dio a su contrincante en la pierna y lo dejó cojeando. Al golpe descendente de Grenn respondió con otro ataque por encima del hombro que le abolló el casco. Cuando Grenn intentó un ataque lateral, Jon lo desvió y le golpeó en el pecho con el antebrazo envuelto en mallas. A continuación le asestó un mandoble en la muñeca que le arrancó un grito de dolor y le hizo soltar la espada.
—¡Ya basta! —Ser Alliser Thorne tenía una voz más cortante que el acero valyriano.
—El bastardo me ha roto la muñeca —dijo Grenn apretándose la mano.
—El bastardo te ha dejado cojo, te ha abierto esa cabeza hueca que tienes y te ha cortado la mano. O es lo que te habría hecho si estas espadas tuvieran filo. Por suerte para ti la Guardia necesita también mozos de cuadra, no sólo guerreros. —Ser Alliser hizo un gesto en dirección a Jeren y a Sapo—. Poned de pie al Uro, tiene que preparar un funeral.
Jon se quitó el casco mientras los demás chicos ayudaban a Grenn a levantarse. Le gustó la sensación del aire gélido de la mañana en el rostro. Se apoyó en su espada, respiró hondo y se permitió disfrutar un momento del sabor de la victoria.
—Eso es una espada, no el bastón de un anciano —le dijo Ser Alliser con brusquedad—. ¿Te duelen las piernas, Lord Nieve?
—No —respondió Jon. Detestaba que lo llamaran así, era el apodo burlón que Ser Alliser le había puesto el primer día que fue a entrenar. Los demás chicos se lo habían apropiado y ahora tenía que aguantarlo constantemente. Envainó la espada larga.
Thorne avanzó hacia él a zancadas. Sus ropas de cuero negro susurraban ligeramente cuando se movía. Era un hombre compacto, de unos cincuenta años, frugal y duro, con hebras grises en el pelo negro y ojos como esquirlas de ónice.
—Dime la verdad.
—Estoy cansado —reconoció Jon. El brazo le ardía por el peso de la espada, y ahora que el combate había terminado empezaba a notar las magulladuras.
—Lo que te pasa es que eres débil.
—He ganado.
—No. El Uro ha perdido.
Uno de los chicos dejó escapar una risita burlona. Jon era demasiado inteligente para responder. Había derrotado a todo el que Ser Alliser le había puesto por delante y no había conseguido nada. El maestro de armas no tenía para él más que palabras mordaces. Estaba seguro de que Thorne lo detestaba. Pero claro, aún detestaba más a los otros chicos.
—Se acabó —les dijo Thorne—. Hay un límite para la ineptitud que puedo soportar en un día. Si alguna vez nos atacan los Otros, ruego a los dioses que tengan arqueros, porque no servís más que para detener las flechas.
Jon siguió a los demás hasta la armería, caminando solo. Allí andaba solo a menudo. El grupo con el que se entrenaba era de casi veinte muchachos, pero no había ni uno al que pudiera considerar su amigo. La mayoría le llevaban dos o tres años, y aun así ninguno luchaba la mitad de bien que Robb a los catorce. Dareon era rápido, pero tenía miedo de que lo hirieran. Pyp manejaba la espada como si fuera una daga, Jeren era débil como una niña, Grenn era lento y torpe. Los golpes de Halder eran brutales, pero dejaban su guardia abierta. Cuanto más tiempo pasaba con ellos, más los despreciaba Jon.
Una vez en el interior, Jon colgó la espada y la vaina de un gancho en el muro de piedra, haciendo caso omiso de los que lo rodeaban. Empezó a quitarse metódicamente las mallas, el cuero y las prendas de lana empapadas en sudor. En los braseros de hierro situados a ambos extremos de la estancia alargada ardían pedazos de carbón, y aun así el muchacho tiritaba. Allí el frío lo acompañaba siempre. En pocos años olvidaría cómo era el calor.
El cansancio le cayó encima de repente mientras se ponía las prendas negras que eran su atuendo cotidiano. Se sentó en un banco mientras trataba de abrocharse la capa. «Hace tanto frío...», pensó recordando los cálidos salones de Invernalia, donde el agua caliente recorría los muros como la sangre el cuerpo de los hombres. Había poco calor en el Castillo Negro. Allí los muros eran fríos, y las personas más frías aún.
Nadie le había contado que la Guardia Negra iba a ser así; sólo Tyrion Lannister. El enano le había dicho la verdad en el camino hacia el norte, pero entonces ya era tarde. Jon se preguntaba si su padre sabría cómo era el Muro. Seguro que sí, pensó. Eso todavía le dolía más.
Hasta su tío lo había abandonado en aquel lugar gélido en el fin del mundo. Allí arriba, el afable Benjen Stark se había transformado en otra persona. Era el capitán de los exploradores, y pasaba día y noche con el Lord Comandante Mormont, el maestre Aemon y los demás oficiales de alto rango, mientras Jon quedaba a los cuidados nada tiernos de Ser Alliser Thorne.
Tres días después de llegar, Jon había oído comentar que Benjen Stark iba a guiar una partida de seis hombres en una expedición al Bosque Encantado. Aquella misma noche fue a buscar a su tío a la gran sala común y le suplicó que lo llevara con él.
—Esto no es Invernalia —le respondió el hombre, que cortaba la carne con la daga y un tenedor—. En el Muro, cada hombre tiene lo que se gana. Aún no eres explorador, Jon. Eres un simple novato que todavía huele a verano.
—Se acerca el decimoquinto día de mi nombre —dijo Jon, cometiendo el error de discutir con él—. Ya soy casi un hombre.
—Eres un niño —replicó Benjen Stark con el ceño fruncido—, y lo serás hasta que Ser Alliser diga que estás preparado para ser un hombre de la Guardia de la Noche. ¿Pensabas que porque llevas sangre Stark tendrías un trato especial? Estás muy equivocado. Cuando prestamos el juramento nos olvidamos de nuestras viejas familias. Siempre habrá un lugar en mi corazón para tu padre, pero mis hermanos son éstos.
Hizo un gesto con la daga en dirección a los hombres que los rodeaban, todos de negro, todos fríos y duros.
Al día siguiente Jon se levantó al amanecer para ver partir a su tío. Uno de los exploradores, un hombretón muy feo, entonaba una canción indecente mientras ensillaba el caballo y el aliento se le elevaba como una columna de vapor en el aire gélido de la mañana. Ben Stark sonrió al ver aquello. En cambio no sonrió a su sobrino.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que no, Jon? Hablaremos cuando regrese.
Mientras veía a su tío guiar al caballo hacia el túnel, Jon recordó lo que Tyrion Lannister le había contado en el camino real, e imaginó a Ben Stark tendido muerto, en un charco de sangre roja sobre la nieve. Sólo con pensarlo se sintió fatal. ¿En qué se estaba convirtiendo? Buscó a Fantasma en la soledad de su celda, y enterró la cara en el espeso pelaje blanco.
Si había de estar solo, convertiría la soledad en su armadura. En el Castillo Negro no había bosque de dioses, sólo un pequeño sept y un septon borracho, pero Jon no sentía nada que lo motivara a rezar a ningún dios, nuevo ni viejo. Pensó que los dioses, si existían, eran tan crueles e implacables como el invierno.
Echaba de menos a sus verdaderos hermanos: al pequeño Rickon, con los ojos brillantes al pedirle una golosina; a Robb, su rival y su mejor amigo, su eterno compañero; a Bran, testarudo y curioso, que siempre quería seguirlos y participar en cualquier cosa que hicieran Robb y Jon. También echaba de menos a las chicas, incluso a Sansa, que jamás lo había llamado de otra manera que no fuera «mi medio hermano» desde que tuvo edad y uso de razón para comprender el significado de la palabra «bastardo». Y Arya... A ella la extrañaba aún más que a Robb. Añoraba a aquella chiquilla flaca, siempre con las rodillas llenas de arañazos, el pelo revuelto y desgarrones en la ropa, tan valiente y voluntariosa... Arya nunca había parecido encajar del todo en Invernalia, igual que él, pero siempre conseguía arrancarle una sonrisa. Jon daría cualquier cosa por estar junto a ella en aquel momento, revolverle el pelo una vez más, ver cómo hacía muecas, terminar una frase al unísono...
—Me has roto la muñeca, bastardo.
Jon alzó los ojos al oír la voz hosca. Grenn estaba de pie ante él, cuello grueso, rostro enrojecido, acompañado por tres de sus amigos. Conocía a Todder, un chico bajito y feo con voz muy desagradable. Todos los reclutas lo llamaban Sapo. Los otros dos eran los que habían llegado al norte con Yoren; Jon los recordaba, eran los violadores detenidos en los Dedos. Lo que no recordaba eran sus nombres. Si podía evitarlo, nunca hablaba con ellos. Eran unos salvajes y unos matones, sin un ápice de honor.
—Si me lo pides por favor —dijo mientras se levantaba—, te rompo la otra.
Grenn tenía dieciséis años y le sacaba una cabeza a Jon. Los cuatro eran más corpulentos que él, pero no le daban miedo. A todos los había derrotado en el patio.
—A lo mejor te rompemos nosotros a ti —dijo uno de los violadores.
—Inténtalo. —Jon fue a coger su espada, pero uno de ellos le agarró el brazo y se lo retorció a la espalda.
—Siempre nos dejas mal —se quejó Sapo.
—Ya estabais mal antes de que os conociera —se burló Jon. El chico que le tenía cogido el brazo tiró de él hacia arriba, con fuerza. El dolor lo recorrió como un latigazo, pero Jon no gritó.
—Menuda boca tiene el señorito —dijo Sapo acercándose un poco más. Tenía ojillos porcinos, pequeños y brillantes—. ¿La boquita la sacaste de tu mamá, bastardo? ¿De qué trabajaba, de ramera? ¿Cómo se llamaba? A lo mejor me la he tirado alguna vez.
Jon se retorció como una anguila y clavó el talón en el empeine del muchacho que lo tenía sujeto. Se oyó un grito de dolor, y quedó libre. Se lanzó contra Sapo, lo derribó de espaldas contra un banco y cayó sobre su pecho, con las dos manos en la garganta del otro, golpeándole la cabeza contra el suelo de tierra.
Los dos chicos de los Dedos se lo quitaron de encima y lo tiraron al suelo sin contemplaciones. Grenn empezó a darle patadas. Jon intentaba esquivar los golpes cuando, en la penumbra de la armería, retumbó una voz.
—¡Basta! ¡Parad ahora mismo!
Jon consiguió ponerse en pie. Donal Noye los miraba con el ceño fruncido.
—Las peleas, en el patio. Si metéis vuestras rencillas en mi armería, serán mis rencillas, y eso no os va a gustar.
Sapo se sentó en el suelo y se palpó la nuca con cuidado. Cuando apartó los dedos, los tenía ensangrentados.
—Ha intentado matarme —se quejó.
—Es verdad, yo lo he visto —asintió uno de los violadores.
—Me ha roto la muñeca —insistió Grenn y se la mostró a Noye.
—Una magulladura. —El armero apenas la había examinado un instante—. Un esguince como mucho. Di al maestre Aemon que te prepare un ungüento. Ve con él, Todder, es mejor que te eche un vistazo a eso de la cabeza. Los demás, a vuestras celdas. Tú no, Nieve. Quiero hablar contigo.
Jon se dejó caer sentado en el banco largo de madera mientras los otros se alejaban. No hizo caso de sus miradas, de las promesas silenciosas de venganza en el futuro. El brazo le palpitaba.
—La Guardia necesita hasta al último de los hombres —empezó Donal Noye en cuanto estuvieron a solas—. Incluso a hombres como Sapo. No es ningún honor matarlo.
—Dijo que mi madre era una... —Jon había enrojecido de ira.
—Una ramera. Lo oí. ¿Y qué?
—Lord Eddard Stark no es hombre que se acueste con rameras —dijo Jon con tono gélido—. Su honor...
—No le impidió engendrar a un bastardo. ¿Verdad?
—¿Puedo marcharme? —Jon apenas si lograba contener la ira.
—Te marcharás cuando yo diga.
El muchacho frunció el ceño y clavó la vista en el humo que se elevaba del brasero, hasta que Noye lo cogió por debajo de la barbilla. Los dedos gruesos le obligaron a girar la cabeza.
—Y mírame cuando te hablo, chico.
Jon lo miró. El pecho del armero era como un barril de cerveza y la tripa hacía juego. Tenía la nariz ancha y plana, y siempre parecía mal afeitado. Llevaba la manga izquierda de la túnica de lana negra prendida al hombro con un broche de plata en forma de espada.
—Las palabras no convierten a tu madre en una ramera. Es lo que es, y nada de lo que diga Sapo lo puede cambiar. Y por cierto, las madres de algunos de nuestros hombres sí eran rameras.
La mía no, pensó Jon, obstinado. No sabía nada de su madre; Eddard Stark se negaba a hablar del tema. Pero soñaba con ella con frecuencia, tan a menudo que casi podía ver su rostro. En los sueños era hermosa y de noble cuna, y sus ojos rebosaban bondad.
—¿Te parece que lo has tenido difícil porque eres el hijo bastardo de un noble? —prosiguió el armero—. Pues Jeren es el retoño de un septon, y Cotter Pyke es el hijo bastardo de una criada de taberna. Ahora está al mando de Guardiaoriente del Mar.
—No me importa —replicó Jon—. No me importan ellos, ni tú, ni Thorne, ni Benjen Stark, ni nadie. Detesto este lugar... es frío.
—Sí. Frío, duro y cruel. Así es el Muro, y así son los hombres que lo patrullan. Nada que ver con los cuentos que te contaba tu niñera. Nosotros nos meamos en los cuentos, y también en la niñera. Las cosas son como son, y estarás aquí el resto de tu vida, igual que nosotros.
—Vida —repitió Jon con amargura. El armero podía hablar de la vida, porque había vivido. Sólo vistió el negro después de perder un brazo en el asedio de Bastión de Tormentas. Antes de eso había sido herrero de Stannis Baratheon, el hermano del rey. Había recorrido los Siete Reinos de punta a punta. Había disfrutado de los banquetes y de las mujeres, había combatido en cien batallas. Se decía que Donal Noye había forjado la maza del rey Robert, la que acabó con Rhaegar Targaryen en el Tridente. Había hecho todo lo que Jon jamás podría hacer y, cuando fue viejo, más cerca ya de los cuarenta que de los treinta, había recibido un hachazo, y la herida se infectó hasta tal punto que hubo que amputarle el brazo. Sólo entonces, tullido, cuando poco le quedaba ya de vida, Donal Noye llegó al Muro.
—Sí, vida —asintió Noye—. Una vida larga o corta, eso depende de ti, Nieve. Por el camino que vas, tus hermanos te cortarán la garganta cualquier noche de éstas.
—No son mis hermanos —saltó Jon—. Me detestan porque soy mejor que ellos.
—No. Te detestan porque te comportas como si fueras mejor que ellos. Te miran y ven a un bastardo criado en un castillo que se comporta como un señor. —El armero se inclinó hacia él—. No eres ningún señor. Recuérdalo siempre. Tu apellido es Nieve, no Stark. Eres un bastardo y un matón.
—¿Yo? ¿Matón, yo? —Jon estuvo a punto de atragantarse con la palabra. La acusación era tan injusta que lo había dejado sin aliento—. Fueron ellos los que me atacaron. Los cuatro.
—Cuatro muchachos a los que habías humillado en el patio. Cuatro muchachos que seguramente te tienen miedo. Te he visto pelear. Contigo no es un entrenamiento. Si tu espada tuviera filo, estarían muertos. Eso lo sabes bien, y ellos también lo saben. No les dejas nada. Los avergüenzas. ¿Te sientes orgulloso de eso?
Jon titubeó. Se sentía orgulloso cuando ganaba. ¿Por qué no? Pero el armero le estaba quitando también eso, hacía que pareciera algo malo.
—Todos son mayores que yo —dijo a la defensiva.
—Mayores, más altos y más fuertes, cierto. Pero me apuesto lo que sea a que tu maestro de armas te enseñó a pelear con hombres más corpulentos en Invernalia. ¿Era algún anciano caballero?
—Ser Rodrik Cassel —asintió Jon con cautela. Percibía que allí había alguna trampa, notaba cómo se cerraba en torno a él.
—Piénsalo bien, chico. —Donal Noye se inclinó hacia delante, hasta que su rostro casi rozó el de Jon—. Antes de conocer a Ser Alliser ninguno de los otros había tenido un maestro de armas. Sus padres eran granjeros, carreteros, cazadores furtivos, herreros, mineros, remeros en galeras mercantes... Lo poco que saben de lucha lo aprendieron en los malecones, en los callejones de Antigua y de Lannisport, en burdeles de las afueras y tabernas a lo largo del camino real. Quizá esgrimieran palos alguna vez antes de llegar aquí, pero te puedo asegurar que, en veinte años, no he visto ni a uno que tuviera suficiente dinero para comprar una espada de verdad. —Parecía sombrío, torvo—. Bueno, ¿qué tal te saben ahora las victorias, Lord Nieve?
—¡No me llames así! —le espetó Jon. Pero su ira carecía ya de fuerza. De pronto se sentía avergonzado y culpable—. No sabía... no pensé...
—Pues más vale que empieces a pensar —le advirtió Noye—. O eso, o tendrás que dormir con una daga bajo la almohada. Ya te puedes ir.
Cuando Jon salió de la armería era ya casi mediodía. El sol había conseguido asomar entre las nubes. Le dio la espalda y alzó la vista hacia el Muro, que resplandecía azul y cristalino bajo aquella luz. Pese a las semanas transcurridas seguía sintiendo escalofríos con sólo mirarlo. El polvo arrastrado por el viento a lo largo de los siglos lo había erosionado, lo cubría como una película y le otorgaba un color grisáceo, como de día nublado... pero cuando le daba el sol en un día despejado, brillaba, cobraba vida con la luz, era un acantilado colosal blanco azulado que se alzaba inabarcable hacia el cielo.
Benjen Stark le había dicho a Jon en el camino real, la primera vez que divisaron el Muro a lo lejos, que era la estructura más grande jamás edificada por el hombre.
—Y también la más inútil —añadió Tyrion Lannister con una sonrisa.
Pero hasta el Gnomo se fue quedando sin palabras a medida que se acercaban. Se divisaba desde muchos kilómetros de distancia, era una línea azul claro, inmensa y continua, que cruzaba el horizonte norte, de este a oeste, y se perdía de vista en la distancia. «Aquí termina el mundo», parecía proclamar.
Cuando por fin divisaron el Castillo Negro, los torreones entibados y las torres de piedra parecían simples juguetes esparcidos sobre la nieve al pie de la vasta muralla de hielo. La antigua fortaleza de los hermanos negros no era ninguna Invernalia. De hecho no era un verdadero castillo. Como carecía de muros era imposible defenderlo de ataques procedentes del sur, del este o del oeste; pero en realidad lo único que importaba a la Guardia de la Noche era el norte, y al norte se alzaba el Muro. Tenía una altura de más de doscientos metros, tres veces más que la torre más alta de la fortaleza que protegía. Su tío le contó que la cima era tan ancha que una docena de caballeros con armaduras podían cabalgar por ella hombro con hombro. Allí montaban guardia las líneas sobrias de catapultas enormes y las monstruosas grúas de madera, como esqueletos de pájaros inmensos, y entre ellos caminaban hombres de negro a los que la distancia reducía al tamaño de pulgas.
Allí, junto a la entrada de la armería, mirando arriba, Jon volvió a sentir un sobrecogimiento casi tan abrumador como el día en que lo había visto por primera vez desde el camino real. Así era el Muro. A veces uno casi se olvidaba de que estaba allí, igual que se olvida del cielo o de la tierra que se pisa, pero en otras ocasiones parecía como si no hubiera otra cosa en el mundo. Era más viejo que los Siete Reinos, y Jon empezó a sentir vértigo mirándolo desde abajo. Sentía como si el peso de todo aquel hielo cayera sobre él, como si estuviera a punto de derrumbarse. Y el muchacho tenía la intuición de que, si el muro caía, el mundo caería con él.
—Hace que uno se pregunte qué hay al otro lado —dijo una voz conocida.
—Lannister —dijo Jon bajando la vista—. No me había dado cuenta... Es decir, creía que estaba solo.
—Pillar a la gente desprevenida tiene muchas ventajas. —Tyrion Lannister iba envuelto en pieles tan gruesas que parecía un oso diminuto—. Nunca se sabe qué vas a aprender.
—De mí no aprenderás nada —replicó Jon. Apenas había visto al enano desde que terminara el viaje. Como hermano de la reina, Tyrion Lannister había sido el invitado de honor de la Guardia de la Noche. El Lord Comandante lo había instalado en habitaciones de la Torre del Rey (así llamada aunque hacía más de un siglo que ningún rey ponía el pie en ella), Lannister comía en la mesa de Mormont, se pasaba los días cabalgando sobre el muro y las noches bebiendo y jugando a los dados con Ser Alliser, Bowen Marsh y los otros oficiales de alto rango.
—Yo siempre aprendo algo allí donde voy. —El hombrecillo señaló la cima del Muro con un bastón negro y nudoso—. Como iba diciendo... ¿por qué será que, en cuanto un hombre construye un muro, inmediatamente su vecino quiere saber qué hay al otro lado? —Inclinó la cabeza y miró a Jon con sus curiosos ojos dispares—. Porque quieres saber qué hay al otro lado, ¿verdad?
—Nada especial —dijo Jon. Se moría por acompañar a Benjen Stark en sus expediciones, por adentrarse en los misterios del Bosque Encantado, quería combatir a los salvajes de Mance Rayder, y proteger el reino del ataque de los Otros, pero era mejor no hablar de las cosas que uno quería—. Los guardias dicen que sólo hay bosques, montañas, lagos helados y nieve por todas partes.
—Y también hay grumkins y snarks —señaló Tyrion—. No nos olvidemos de ellos, Lord Nieve, ¿si no a qué vendría tanto jaleo?
—No me llames Lord Nieve.
—¿Preferirías que te llamaran el Gnomo? —preguntó el enano arqueando una ceja—. Si dejas que se den cuenta de que sus palabras te hacen daño, jamás te librarás de las burlas. Si te ponen un mote, recógelo y transfórmalo en tu nombre. —Hizo otro gesto con el bastón—. Ven, acompáñame. Deben de estar sirviendo alguna bazofia en la sala común, y me iría bien tomar algo caliente.
Jon también tenía hambre, así que echó a andar junto a Lannister, acortando el paso para acomodarse al avance torpe del enano. El viento empezaba a soplar y a su alrededor se oían los crujidos de los edificios de madera. A lo lejos una contraventana olvidada golpeteaba sin cesar, y en un momento dado resonó un golpe sordo, cuando una espesa capa de nieve se deslizó de un tejado y cayó al suelo cerca de ellos.
—No he visto a tu lobo —dijo Lannister mientras caminaban.
—Cuando entrenamos lo dejo encadenado en los establos viejos. Ahora todos los caballos están en los establos del este, así que no molesta a nadie. El resto del tiempo lo pasa conmigo. Mi celda dormitorio está en la Torre de Hardin.
—La que tiene el almenaje derrumbado, ¿verdad? Hay un montón de piedras en el patio, y la torre se inclina tanto como nuestro noble rey Robert después de una noche de borrachera. Creía que esos edificios estaban abandonados.
—Aquí a nadie le importa dónde duermes —dijo Jon encogiéndose de hombros—. Casi todos los torreones están vacíos, puedes elegir la celda que te dé la gana.
En el pasado el Castillo Negro había albergado a cinco mil soldados, cada uno con caballos, criados y armas. Ahora los ocupantes no eran ni la décima parte, y algunas edificaciones se estaban desmoronando.
La carcajada de Tyrion Lannister se elevó con una nube de vapor en el aire frío.
—Le diré a tu padre que arreste a unos cuantos albañiles más, antes de que tu torre se derrumbe.
Jon detectó el sarcasmo, pero la verdad era innegable. La guardia había construido once grandes fortalezas a lo largo del Muro, pero sólo tres de ellas estaban ocupadas por aquel entonces: Guardiaoriente, en la orilla gris barrida por los vientos; la Torre Sombría, junto a las montañas donde terminaba el Muro, y entre ellas el Castillo Negro, al final del camino real. Las otras fortalezas llevaban largo tiempo desiertas, y eran lugares solitarios, fantasmales, donde los vientos helados silbaban a través de ventanas negras y los espíritus de los muertos paseaban por los parapetos.
—Para mí es mejor estar solo —dijo Jon, testarudo—. A los demás chicos les da miedo Fantasma.
—No son tontos —dijo Lannister. Cambió de tema de repente—. Oye, se dice que tu tío está muy lejos.
Jon recordó lo que había deseado en medio de la rabia, la visión de Benjen Stark muerto en medio de la nieve, y esquivó la mirada de su acompañante con rapidez. El enano percibía demasiadas cosas, y no quería que le viera la culpa en los ojos.
—Dijo que estaría de vuelta antes del día de mi nombre —admitió. Su día del nombre había llegado y pasado desapercibido hacía ya dos semanas—. Iban en busca de Ser Waymar Royce, su padre es banderizo de Lord Arryn. El tío Benjen dijo que a lo mejor tenían que llegar hasta la Torre Sombría. Eso está montaña arriba.
—Tengo entendido que últimamente han desaparecido muchos guardias —dijo Lannister mientras subían por las escaleras de la sala común. Sonrió y abrió la puerta—. Puede que los grumkins estén hambrientos este año.
La sala era inmensa, llena de corrientes frías pese al fuego que chisporroteaba en la enorme chimenea. En las vigas del techo elevado anidaban los cuervos. Jon oyó sus graznidos mientras los cocineros de turno de aquel día le daban un cuenco de guiso y un trozo de pan negro. Grenn, Sapo y otros muchachos estaban sentados en el banco más cercano al fuego, riendo e insultándose con sus voces groseras. Jon los miró pensativo un instante y optó por un lugar en el extremo más alejado de la sala, lejos de los demás.
—Cebada, cebolla, zanahoria —murmuró Tyrion Lannister olfateando el guiso con desconfianza. Se había sentado enfrente de él—. Alguien tendría que explicarles a los cocineros que los nabos no son carne.
—Es estofado de carnero. —Jon se quitó los guantes y se calentó las manos con el vapor que despedía el cuenco. El olor le hizo salivar.
—Nieve. —Jon conocía la voz de Alliser Thorne, pero esta vez tenía un matiz extraño que no le había oído nunca. Se volvió—. El Lord Comandante quiere verte. Ahora mismo.
Durante un instante el miedo paralizó a Jon. ¿Para qué quería verlo el Lord Comandante? Seguro que habían recibido noticias de Benjen, seguro que estaba muerto, su visión se había hecho realidad.
—¿Se trata de mi tío? —farfulló—. ¿Ha vuelto, está bien?
—El Lord Comandante no está acostumbrado a esperar —fue la respuesta de Ser Alliser—. Y yo no estoy acostumbrado a que nadie cuestione mis órdenes, menos aún un bastardo.
—Basta ya, Thorne. —Tyrion Lannister se puso de pie—. Estás asustando al chico.
—No te metas en lo que no te importa, Lannister. Aquí no hay lugar para ti.
—Pero en la corte sí —sonrió el enano—. Sólo tengo que decir las palabras adecuadas a las personas oportunas y te morirás de viejo antes de que te permitan entrenar a otro muchacho. Venga, dile a Nieve por qué quiere verlo el viejo oso. ¿Hay noticias de su tío?
—No —respondió Ser Alliser—. No tiene nada que ver con él. Esta mañana ha llegado un pájaro de Invernalia con un mensaje relativo a su hermano. A su medio hermano —se corrigió de inmediato.
—Bran —jadeó Jon. Se puso en pie, pero le temblaban las rodillas—. A Bran le ha pasado algo.
—Lo siento mucho, Jon —dijo Tyrion Lannister poniéndole una mano en el hombro.
Jon casi ni lo oyó. Se sacudió la mano de Tyrion y recorrió la sala a zancadas. Cuando llegó a las puertas, las zancadas eran ya una carrera. Corrió al Torreón del Comandante, levantando la nieve a su paso. Los guardias le permitieron entrar, y subió de dos en dos los peldaños de la torre. A presencia del comandante llegó un Jon jadeante, con las botas empapadas y el rostro desencajado.
—¿Qué dice de Bran el mensaje? —preguntó.
Jeor Mormont, Lord Comandante de la Guardia de la Noche, era un anciano gruñón de enorme cabeza calva y barba gris hirsuta. Tenía un cuervo posado en el brazo, y le estaba dando granos de maíz.
—Tengo entendido que sabes leer. —Se sacudió el cuervo, que batió las alas, voló hasta la ventana y se posó en el alféizar, donde se quedó para observar cómo Mormont se sacaba un rollo de papel del cinturón y se lo tendía a Jon.
Maíz —graznó con voz áspera—. Maíz, maíz.
Jon recorrió con el dedo el perfil del lobo huargo en la cera blanca del sello roto. Reconoció la letra de Robb, pero las palabras eran borrosas y apenas podía leerlas. Se dio cuenta de que estaba llorando. Y entonces, a través de las lágrimas, comprendió el sentido de las palabras y alzó la cabeza.
—Se ha despertado —dijo—. Los dioses nos lo han devuelto.
—Inválido —dijo Mormont—. Lo siento, muchacho. Lee el resto de la carta.
Leyó lo que le faltaba, pero no importaba. Nada tenía importancia. Bran iba a vivir.
—Mi hermano va a vivir —dijo a Mormont.
El Lord Comandante asintió con la cabeza, cogió un puñado de maíz y silbó. El cuervo voló hasta su hombro.
¡Vivir! ¡Vivir! —graznó.
—Mi hermano va a vivir —dijo a los guardias cuando bajó corriendo las escaleras, con una sonrisa en el rostro y la carta de Robb en la mano.
Éstos intercambiaron una mirada. El muchacho corrió de vuelta a la sala común, donde Tyrion Lannister estaba terminando de comer. Cogió al hombrecillo por debajo de los brazos, lo alzó en vilo y giró con él.
—¡Bran va a vivir! —exclamó exultante. Lannister parecía sobresaltado. Jon lo soltó y le puso el papel en las manos—. Mira, lo pone aquí —añadió.
Los demás se estaban agrupando a su alrededor y lo miraban con curiosidad. Jon advirtió la presencia de Grenn a pocos metros. Tenía una mano envuelta en gruesos vendajes de lana. Parecía receloso e incómodo, en absoluto amenazador. Jon se dirigió hacia él. Grenn retrocedió y levantó las manos.
—No te acerques a mí, bastardo.
—Siento lo de tu muñeca —dijo Jon con una sonrisa—. Robb me hizo la misma maniobra una vez, sólo que con una espada de madera. Me dolió como los siete infiernos, así que lo tuyo debe de ser peor. Oye, si quieres te puedo enseñar a defenderte de ese ataque.
—Vaya, Lord Nieve quiere ocupar mi puesto —se burló Alliser Thorne que lo había oído todo—. A mí me costaría menos enseñar a un lobo a hacer malabarismos que a ti entrenar a este uro.
—Acepto la apuesta, Ser Alliser —dijo Jon—. Me gustaría mucho que Fantasma aprendiera a hacer malabarismos.
Oyó cómo Grenn se atragantaba. Se hizo el silencio.
En aquel momento, Tyrion Lannister estalló en carcajadas. Tres hermanos negros se rieron también en una mesa cercana. Las risas se generalizaron, y al final hasta los cocineros se unieron a ellas. Los pájaros alzaron el vuelo en las vigas, y por último hasta Grenn se echó a reír.
Ser Alliser no apartó los ojos de Jon ni un momento. A medida que las carcajadas lo rodeaban, una sombra le cubrió el rostro. Tenía el puño apretado.
—Has cometido un grave error, Lord Nieve —dijo al final con el tono acre de un enemigo.

EDDARD

Eddard Stark cruzó a caballo las imponentes puertas de bronce de la Fortaleza Roja. Estaba magullado, cansado, hambriento e irritado. Aún no había descabalgado, y soñaba con un largo baño caliente, una gallina asada y un colchón de plumas, cuando el mayordomo del rey le dijo que el Gran Maestre Pycelle había convocado una reunión urgente del Consejo. Se solicitaba que la Mano los honrara con su presencia en cuanto lo considerase conveniente.
—El momento más conveniente sería mañana por la mañana —gruñó Ned mientras descabalgaba.
—Transmitiré vuestras disculpas a los consejeros, mi señor —dijo el mayordomo con una profunda reverencia.
—No, maldita sea —suspiró Ned. No era conveniente ofender al Consejo incluso antes de empezar su trabajo—. Iré a verlos. Pero antes quiero ponerme algo más presentable.
—Sí, mi señor —asintió el mayordomo—. Os hemos preparado las antiguas habitaciones de Lord Arryn, en la Torre de la Mano. Espero que os resulten adecuadas. Haré que suban vuestras cosas allí.
—Gracias —dijo Ned al tiempo que se arrancaba los guantes de montar y se los colgaba del cinturón. El resto de su grupo llegaba en aquel momento a las puertas. Vio a Vayon Poole, su mayordomo, y lo llamó—. Por lo visto el Consejo me necesita con urgencia. Encárgate de acompañar a mis hijas a sus dormitorios, y dile a Jory que las vigile para que no salgan. Sobre todo que Arya no vaya a explorar. —Poole hizo una reverencia. Ned se volvió hacia el mayordomo real—. Mis carros aún vienen de camino por la ciudad. Necesito una indumentaria más adecuada.
—Será un placer conseguírosla —dijo el mayordomo.
Y así fue cómo llegó Ned a la cámara del Consejo, muerto de cansancio y vestido con ropas prestadas. Cuatro consejeros aguardaban su llegada.
La cámara tenía una decoración suntuosa. El suelo estaba cubierto de alfombras de Myr, en vez de esteras, y en un rincón había un biombo tallado, procedente de las Islas del Verano, en el que aparecían un centenar de bestias fabulosas pintadas en colores brillantes. De las paredes colgaban tapices de Norvos, Qohor y Lys, y una pareja de esfinges valyrianas flanqueaban la puerta, con ojos de granates tallados que brillaban en las cabezas de mármol negro.
El consejero al que Ned apreciaba menos, el eunuco Varys, se acercó a él en cuanto entró.
—Lord Stark, me entristecieron mucho las noticias de los problemas que surgieron durante el viaje. Todos hemos visitado el sept y encendido velas por el príncipe Joffrey. Rezo por que se recupere pronto.
La mano del eunuco manchaba de polvo la manga de Ned. El eunuco desprendía un olor desagradable y dulzón, como el de las flores de los cementerios.
—Vuestros dioses os han escuchado —replicó Ned con educada frialdad—. El príncipe está cada día más fuerte.
Se liberó de la mano del eunuco y cruzó la sala hacia donde estaba Lord Renly, al lado del biombo, hablando en voz baja con un hombre de poca estatura que no podía ser más que Meñique. Renly acababa de cumplir los ocho años cuando Robert subió al trono, pero era ya un hombre, y tan parecido a su hermano que a Ned le resultó desconcertante. Al mirarlo tenía la sensación de que no habían pasado los años y era Robert quien estaba ante él, recién obtenida la victoria en el Tridente.
—Ya veo que habéis llegado sano y salvo, Lord Stark —dijo Renly.
—Y también vos —respondió Ned—. Perdonadme, pero a veces sois la viva imagen de vuestro hermano Robert.
—Una mala copia —dijo Renly encogiéndose de hombros.
—Pero con mucho mejor gusto en el vestir —apostilló Meñique—. Lord Renly se gasta en ropa más que la mitad de las damas de la corte.
Era cierto. Lord Renly lucía una indumentaria de terciopelo verde, con doce venados de oro bordados en el jubón. Llevaba echada al hombro de manera informal una capa corta de hilo de oro, prendida con un broche de esmeraldas.
—Hay crímenes peores —dijo Renly con una carcajada—. Por ejemplo, tu gusto en el vestir.
Meñique hizo caso omiso de la puya y miró a Ned con una sonrisa casi insolente.
—Hace años que tenía ganas de conoceros, Lord Stark. Supongo que Lady Catelyn os habrá hablado de mí.
—Así es —replicó Ned con voz gélida. Lo exasperaba la arrogancia del comentario—. Tengo entendido que también conocisteis a mi hermano Brandon.
Renly Baratheon se echó a reír. Varys se acercó discretamente para escuchar.
—Demasiado bien —respondió Meñique—. Todavía conservo un recuerdo de su amistad. ¿También hablaba de mí Brandon?
—A menudo, y con cierto ardor —dijo Ned. Tenía la esperanza de que aquello pusiera punto final a la conversación. Los duelos verbales le colmaban la paciencia.
—Pensaba que el ardor no se correspondía con la personalidad de los Stark —siguió Meñique—. Aquí, en el sur, se dice que estáis hechos de hielo, y que os derretís si bajáis del Cuello.
—No tengo intención de derretirme a corto plazo, Lord Baelish. De eso podéis estar seguro. —Ned se dirigió hacia la mesa del Consejo—. Espero que os encontréis bien, maestre Pycelle —dijo.
—Tan bien como puede encontrarse un hombre de mi edad, mi señor —dijo el Gran Maestre sonriéndole con amabilidad desde su silla elevada, al extremo de la mesa—. Pero, por desgracia, me canso enseguida.
Sobre el rostro bondadoso, unos mechones de pelo blanco le bordeaban la amplia cúpula calva de la frente. Su collar de maestre no era una simple gargantilla de metal como el que lucía Luwin, sino que consistía en dos docenas de cadenas muy pesadas, enlazadas de manera que le llegaban hasta el pecho. Los eslabones eran de todos los materiales conocidos: hierro negro y oro rojo, cobre brillante y plomo mate, acero, estaño, plata blanca, latón, bronce y platino. Tenía engarzados granates, amatistas, perlas negras y, aquí y allá, una esmeralda o un rubí.
—Deberíamos empezar ya —dijo el Gran Maestre con las manos entrelazadas sobre el amplio estómago—. De lo contrario puedo quedarme dormido en cualquier momento.
—Como deseéis.
El sillón del rey, con los cojines bordados en oro con el venado coronado de los Baratheon, estaba vacío en la presidencia de la mesa. Ned ocupó la silla contigua, como correspondía a la mano derecha del rey.
—Señores —empezó en tono formal—. Lamento haberos hecho esperar.
—Sois la Mano del Rey —dijo Varys—. Estamos a vuestra disposición, Lord Stark.
Los demás fueron ocupando sus asientos habituales, y Eddard Stark tuvo la repentina sensación de que estaba fuera de lugar allí, en aquella sala, con aquellos hombres. Recordó lo que le había dicho Robert en las criptas de Invernalia. «Estoy rodeado de imbéciles y aduladores», se había quejado el rey. Ned miró a los hombres sentados en torno a la mesa, y se preguntó cuáles serían los imbéciles y cuáles los aduladores. Creía saber la respuesta.
—Sólo somos cinco —señaló.
—Lord Stannis se fue a Rocadragón poco después de que el rey emprendiera la marcha hacia el norte —dijo Varys—, y no me cabe duda de que el valiente Ser Barristan cabalga en estos momentos junto al rey por la ciudad, como corresponde al Lord Comandante de la Guardia Real.
—Deberíamos esperar a que llegaran el rey y Ser Barristan —sugirió Ned.
—Si esperamos a que mi hermano nos honre con su regia presencia —dijo Renly Baratheon con una carcajada—, nos pueden salir canas.
—El buen rey Robert tiene muchas preocupaciones —dijo Varys—. Nos confía a nosotros los asuntos de menor importancia para aliviar su carga.
—Lo que Lord Varys dice es que todos estos asuntos de finanzas, cosechas y justicia matan de aburrimiento a mi regio hermano —intervino Lord Renly—, así que nos corresponde a nosotros gobernar el reino. De cuando en cuando nos hace llegar alguna orden. —Se sacó de la manga un papel enrollado y lo puso sobre la mesa—. Esta mañana me ordenó partir a caballo a toda prisa, y pedir al Gran Maestre Pycelle que convocara este Consejo. Tiene una misión apremiante para nosotros.
Meñique sonrió y tendió el papel a Ned. Llevaba el sello real. Ned rompió la cera con el pulgar, y extendió el papel para leer las órdenes urgentes del rey. A medida que iba leyendo, la incredulidad se apoderaba de él. ¿Es que Robert estaba loco? Y que quisiera hacerlo en su honor ya era demasiado.
—Por todos los dioses —maldijo.
—Lo que Lord Eddard quiere decir —anunció Lord Renly—, es que Su Alteza nos ordena organizar un gran torneo para celebrar su nombramiento como Mano del Rey.
—¿Cuánto? —preguntó Meñique sin alzar la voz.
—Cuarenta mil dragones de oro para el campeón —leyó Ned—. Veinte mil para el segundo, otros veinte mil para el ganador del combate cuerpo a cuerpo, y diez mil para el vencedor de la competición de tiro con arco.
—Noventa mil piezas de oro —suspiró Meñique—. Y no nos olvidemos del resto de los gastos. Robert querrá también un festín por todo lo alto. Eso implica cocineros, carpinteros, doncellas, juglares, malabaristas, bufones...
—Bufones nos sobran —señaló Lord Renly.
—¿Podrá cargar el tesoro con los gastos? —preguntó el Gran Maestre Pycelle mirando a Meñique.
—¿A qué tesoro os referís? —replicó Meñique con una mueca—. No digáis tonterías, maestre. Sabéis tan bien como yo que las arcas llevan años vacías. Tendré que pedir prestado el dinero. Los Lannister serán generosos, no me cabe duda. Ya le debemos a Lord Tywin más de tres millones de dragones, no importa que sean cien mil más.
—¿Estáis insinuando que la corona tiene deudas por valor de tres millones de piezas de oro? —Ned estaba atónito.
—La corona tiene deudas por valor de más de seis millones, Lord Stark. Los Lannister son los principales acreedores, pero también hemos pedido crédito a Lord Tyrell, al Banco de Hierro de Braavos y a varias compañías financieras de Tyrosh. Últimamente he tenido que dirigirme a la Fe. El Septon Supremo regatea mejor que un pescadero de Dorne.
—Aerys Targaryen dejó las arcas repletas de oro. —Ned no daba crédito a sus oídos—. ¿Cómo habéis permitido que se llegara a esta situación?
—El jefe de la moneda encuentra dinero —replicó Meñique encogiéndose de hombros—. El rey y la Mano lo gastan.
—No es posible que Jon Arryn permitiera a Robert llevar el reino a la ruina —insistió Ned con ardor.
El Gran Maestre Pycelle sacudió la cabeza calva. Las cadenas tintinearon suavemente.
—Lord Arryn era un hombre de gran prudencia, pero por desgracia Su Alteza no siempre atiende a los consejos más sabios.
—A mi regio hermano le encantan los torneos y los festines —dijo Renly Baratheon—. Y detesta eso que llama «contar calderilla».
—Hablaré con Su Alteza —dijo Ned—. Este torneo es una extravagancia, y el reino no se lo puede permitir.
—Como queráis, hablad con él —dijo Lord Renly—. Pero mientras, más vale que vayamos haciendo planes.
—Mañana —replicó Ned.
Quizá su tono fue demasiado brusco, a juzgar por las miradas que se clavaron en él. En adelante debería recordar que ya no estaba en Invernalia, donde sólo tenía que responder ante el rey. Allí era el primero entre iguales.
—Ruego que me disculpéis, señores —dijo con voz más amable—. Estoy muy cansado. Dejemos el trabajo por hoy, lo reanudaremos cuando tengamos la cabeza más despejada.
No les pidió permiso, sino que se levantó, saludó con un gesto de la cabeza y se dirigió hacia la puerta.
En el exterior, carromatos y jinetes seguían cruzando las puertas del castillo. El patio era un caos de lodo, caballos y hombres que gritaban. Le informaron de que el rey no había llegado aún. Después de los desagradables acontecimientos del Tridente, los Stark y los miembros de su séquito habían cabalgado muy por delante de la columna principal, para alejarse de los Lannister y de la creciente tensión. Apenas si vieron a Robert. Según los rumores, viajaba en la casa con ruedas, siempre borracho. Si era así, aún tardaría horas en llegar. Pero, para Ned, siempre llegaría demasiado pronto. Le bastaba con mirar el rostro de Sansa para sentirse otra vez lleno de rabia. Las dos últimas semanas de viaje habían sido muy tristes. Sansa echaba la culpa de todo a Arya, y le decía que la loba muerta debería haber sido Nymeria. Y Arya se quedó helada al enterarse de lo sucedido con el hijo del carnicero. Sansa lloraba hasta dormirse, Arya se pasaba los días meditabunda y silenciosa, y Eddard Stark soñaba con un infierno helado, reservado para los Stark de Invernalia.
Cruzó el patio exterior, pasó bajo el rastrillo que daba al patio interior, y se dirigía hacia lo que creía que era la Torre de la Mano cuando Meñique apareció de repente ante él.
—Os habéis equivocado de camino, Stark. Venid conmigo.
Ned lo siguió, no sin cierta vacilación. Meñique lo guió hasta una torre, bajaron por unas escaleras, cruzaron un patio pequeño situado a un nivel inferior y recorrieron un pasillo desierto, vigilado por armaduras vacías. Eran reliquias de los tiempos de los Targaryen: acero negro, en los yelmos crestas de escamas de dragón, armaduras polvorientas y olvidadas.
—Por aquí no se va a mis aposentos —señaló Ned.
—¿Quién ha dicho que vayamos a vuestros aposentos? Os llevo a las mazmorras. Una vez allí os cortaré el cuello y emparedaré vuestro cadáver —replicó Meñique con sarcasmo—. No hay tiempo para tonterías, Stark. Vuestra esposa espera.
—¿A qué jugáis, Meñique? Catelyn está en Invernalia, a cientos de leguas de aquí.
—¿De verdad? —Los ojos verde grisáceos de Meñique brillaban de diversión—. En ese caso, tiene una doble idéntica. Venid, os lo digo por última vez. O no vengáis, y me quedaré yo con ella.
Bajó las escaleras a buen paso. Ned, agotado, lo siguió. Empezaba a preguntarse si aquel día tendría fin. No le gustaban las intrigas, pero ya se estaba dando cuenta de que eran parte fundamental de hombres como Meñique.
Al pie de las escaleras había una puerta pesada de hierro y roble. Petyr Baelish levantó la tranca e hizo señal a Ned de que saliera. Los envolvió la luz rojiza del ocaso. Se encontraban en un risco escarpado desde el que se dominaba el río.
—Hemos salido del castillo —dijo Ned.
—No hay quien os engañe, ¿eh, Stark? —se burló Meñique—. ¿Qué os ha dado la pista, el sol o el cielo? Seguidme. Hay ranuras talladas en la roca. Por favor, no os caigáis, si os matáis Catelyn no se mostrará nada comprensiva.
Y sin más empezó a descender por el risco, con la agilidad de un mono.
Ned examinó la pared rocosa e inició el descenso, aunque más despacio. Como había dicho Meñique, encontró ranuras, cortes poco profundos en la roca; resultarían invisibles desde abajo a menos que uno supiera exactamente qué buscaba. El río estaba muy abajo, a una distancia aterradora. Ned apretó el rostro contra la roca y trató de mirar hacia él sólo cuando era imprescindible.
Cuando por fin llegó a la base del risco, a un sendero estrecho y embarrado que discurría paralelo al río, encontró a Meñique recostado en una roca y comiendo una manzana con gesto lánguido. Ya casi se la había terminado.
—Os hacéis viejo y lento, Stark —dijo al tiempo que tiraba el resto de la manzana al río con gesto descuidado—. No importa, haremos el resto del camino a caballo.
Dos monturas los esperaban. Ned montó, y trotó tras él por el sendero y luego por la ciudad.
Al cabo de un rato Baelish tiró de las riendas ante un destartalado edificio de madera, de tres pisos, con todas las ventanas iluminadas. De él salían sonidos inconfundibles de risas y música. Junto a la puerta, colgada de una cadena pesada, había una lámpara de aceite muy recargada. El globo que la cubría era de cristal rojo. Ned Stark desmontó hecho una furia.
—Un burdel —dijo al tiempo que agarraba a Meñique por el hombro y lo obligaba a girarse—. Me habéis hecho recorrer todo este camino para traerme a un burdel.
—Vuestra esposa está dentro —dijo Meñique.
—Brandon fue demasiado bueno contigo. —Aquello había sido el insulto definitivo. Estampó al hombrecillo contra la pared, sacó la daga y le puso la punta en la barbilla.
—¡No, mi señor! —exclamó una voz apremiante—. Dice la verdad.
Ned se dio la vuelta, con el cuchillo en la mano, y vio a un anciano de pelo cano que corría hacia ellos. Iba vestido con ropas bastas y la papada le temblaba al correr.
—No te metas donde no te llaman —empezó Ned; entonces, de pronto, lo reconoció. Bajó la daga, atónito—. ¿Ser Rodrik?
—Vuestra esposa está en el piso de arriba —dijo Rodrik Cassel después de asentir.
—¿Es cierto que Catelyn está aquí? —Ned no sabía qué decir—. ¿No es una broma estúpida de Meñique? —Enfundó la daga.
—Ojalá lo fuera, Stark —bufó Meñique—. Seguidme. Y por favor, intentad parecer un poco más lascivo y un poco menos la Mano del Rey. No nos haría ningún bien que os reconocieran. Lo mejor sería que acariciarais un par de pechos por el camino.
Entraron en el edificio, cruzaron una sala común atestada, en la que una mujer gruesa cantaba canciones obscenas mientras algunas jovencitas apenas cubiertas por vestidos de lino y sedas de colores se apretaban contra sus amantes y se agitaban en sus regazos. Nadie prestó la menor atención a Ned. Ser Rodrik se quedó abajo esperando, mientras Meñique lo guiaba hasta el tercer piso, recorría un pasillo y por último abría una puerta.
En la habitación aguardaba Catelyn. Al ver a Ned dejó escapar un grito, corrió hacia él y lo abrazó con todas sus fuerzas.
—Mi señora —susurró Ned, maravillado.
—Eh, muy bien —se burló Meñique mientras cerraba la puerta—. La habéis reconocido.
—Ya pensaba que no llegarías nunca, mi señor —susurró Catelyn contra el pecho de Ned—. Petyr me ha mantenido informada. Me ha contado tus problemas con Arya y con el príncipe. ¿Cómo están mis hijas?
—Tristes y furiosas —dijo él—. No lo comprendo, Cat. ¿Qué haces en Desembarco del Rey? ¿Qué ha pasado? ¿Se trata de Bran? ¿Ha...? —La palabra que acudía a sus labios era «muerto», pero no podía pronunciarla.
—Sí, se trata de Bran, pero no es lo que piensas.
—Entonces... —Ned estaba desconcertado—. ¿Qué? ¿Qué haces aquí, mi amor? ¿Y qué clase de lugar es éste?
—Es exactamente lo que parece —dijo Meñique mientras se sentaba junto a la ventana—. Un burdel. ¿Se os ocurre un sitio menos adecuado para buscar a Catelyn Tully? —Sonrió—. Da la casualidad de que este local me pertenece, así que no me costó nada disponer su estancia. Tengo mucho interés en evitar que la noticia de la presencia de Cat en Desembarco del Rey llegue a oídos de los Lannister.
—¿Por qué? —preguntó Ned. En ese momento advirtió la extraña posición en que Cat tenía las manos, las cicatrices aún recientes y la rigidez de los dos últimos dedos de la izquierda—. Estás herida. —Le cogió las manos y las giró para ver las palmas—. Dioses. Son cortes muy profundos... ¿son tajos de espada, o...? ¿Qué te ha pasado, mi señora?
—Alguien intentó rajarle la garganta a Bran con esta hoja —contestó Catelyn mientras sacaba una daga de la capa y se la daba.
—Pero —dijo Ned sobresaltado—... ¿quién iba a... por qué...?
—Deja que te lo explique todo, mi amor —dijo ella poniéndole un dedo sobre los labios—. Así iremos más deprisa. Atiende.
De modo que Ned escuchó mientras Catelyn se lo contaba todo, desde el incendio en la torre hasta Varys, los guardias y Meñique. Cuando terminó, Eddard Stark estaba sentado junto a la mesa, boquiabierto, con la daga en la mano. El lobo de Bran le había salvado la vida, pensó con amargura. ¿Qué había dicho Jon al encontrar los cachorros en la nieve? «Estos cachorros están destinados a vuestros hijos, mi señor.» Él había matado a la loba de Sansa, y ¿por qué? ¿Era culpa aquello que sentía? ¿O miedo? Si los dioses habían enviado a aquellos lobos, ¿qué locura había cometido?
Ned, lleno de dolor, se obligó a centrarse en la daga y en su significado.
—La daga del Gnomo —repitió. Aquello carecía de lógica. Cerró la mano en torno a la suave empuñadura de huesodragón, clavó la hoja en la mesa y sintió cómo mordía la madera. Se quedó allí, erguida, burlona—. ¿Por qué querría Tyrion Lannister matar a Bran? Nuestro hijo no le ha hecho nunca ningún daño.
—¿Es que los Stark no tenéis más que nieve en la cabeza? —saltó Meñique—. El Gnomo jamás actuaría solo.
—Si la reina ha tenido algo que ver con esto, o... —Ned se levantó y paseó por la habitación—. O los dioses no lo quieran, si el propio rey... no, eso me niego a creerlo.
Pero, incluso mientras lo decía, recordó aquella gélida mañana del viaje, cuando Robert había hablado de enviar mercenarios para matar a la princesa Targaryen. Recordó al hijito de Rhaegar con el cráneo destrozado y cómo el rey había mirado hacia otro lado, igual que había desviado la mirada en la audiencia de Darry, no hacía tanto. Aún le resonaban en los oídos las súplicas de Sansa, y recordaba las súplicas lejanas de Lyanna.
—Lo más probable es que el rey no supiera nada —dijo Meñique—. No sería la primera vez. Robert tiene mucha práctica en cuestión de cerrar los ojos para no ver lo que no quiere ver.
Ned no supo qué decir. Le pareció ver el rostro del hijo del carnicero, casi cortado en dos, y después de aquello el rey no había dicho nada. Le palpitaban las sienes.
—En cualquier caso —continuó Meñique mientras se dirigía a la mesa y arrancaba el cuchillo—, la acusación sería de traición. Si acusáis al rey os las veréis con Ilyn Payne antes de que os dé tiempo a decir nada. En cuanto a la reina, si encontrarais pruebas y si consiguierais que Robert os prestara atención, entonces quizá... sólo quizá...
—Ya tenemos pruebas —dijo Ned—. Está la daga.
—¿Esto? —Meñique dio un golpecito despectivo a la daga—. Un pedazo de acero. Muy bonito, pero de doble filo, mi señor. No os quepa duda de que el Gnomo jurará que perdió la daga, o que se la robaron, mientras estaba en Invernalia. Su secuaz está muerto, ¿quién podrá probar que miente? —Lanzó el cuchillo en dirección a Ned—. En mi opinión, lo mejor que podéis hacer es tirarlo al río y olvidaros de que alguna vez salió de una forja.
—Soy un Stark de Invernalia, Lord Baelish —dijo Ned lanzándole una mirada gélida—. Mi hijo ha quedado tullido, quizá esté al borde de la muerte. Y ya habría muerto, y también Catelyn, de no ser por un cachorro de lobo que encontramos en la nieve. Si de verdad pensáis que puedo olvidarme de eso, seguís siendo tan estúpido como cuando alzasteis la espada contra mi hermano.
—Puede que sea estúpido, Stark, pero aún estoy aquí, mientras que vuestro hermano lleva ya más de catorce años pudriéndose en su tumba de hielo. Si tantas ganas tenéis de pudriros a su lado, no seré yo quien os lo impida, pero prefiero que no me invitéis a esa fiesta, muchas gracias.
—Seríais la última persona a la que querría invitar a ninguna fiesta, Lord Baelish.
—Me partís el corazón. —Meñique se llevó una mano al pecho—. Siempre he pensado que los Stark sois un tanto cargantes, pero por lo visto Cat os ha cogido cierto afecto, aunque por motivos que se me escapan. Por ella, trataré de manteneros con vida. Soy un estúpido, lo sé, pero nunca he podido negarle nada a vuestra esposa.
—Le he hablado a Petyr de nuestras sospechas sobre la muerte de Jon Arryn —dijo Catelyn—. Ha prometido ayudarte a descubrir qué pasó.
No era precisamente lo que Eddard Stark quería oír, pero lo cierto era que necesitaban ayuda, y en el pasado Meñique había sido casi un hermano para Cat. Tampoco sería la primera vez que se veía obligado a hacer causa común con un hombre al que despreciaba.
—De acuerdo —dijo al tiempo que se metía la daga en el cinturón—. Has hablado de Varys. ¿El eunuco sabe todo esto?
—Por mí, no —dijo Catelyn—. No te casaste con ninguna idiota, Eddard Stark. Pero Varys es capaz de averiguar cosas que nadie más sabe. Juraría que lo suyo son artes oscuras, Ned.
—Todos saben que tiene espías —replicó él.
—No, hay algo más —insistió Catelyn—. Ser Rodrik habló con Ser Aron Santagar en secreto, pero la Araña se enteró de su conversación. Ese hombre me da miedo.
—Yo me encargo de Lord Varys, mi dulce señora —dijo Meñique con una sonrisa—. Disculpa esta pequeña obscenidad, pero lo tengo bien cogido por las pelotas. —Cerró los dedos sin dejar de sonreír—. O lo tendría, si el pobre tuviera pelotas. Mira, si se descubre el pastel, los pajaritos empezarán a cantar, y eso a Varys no le interesa. Yo que tú me preocuparía más por los Lannister que por el eunuco.
Eso Ned lo sabía sin ayuda de Meñique. Recordaba el día en que habían encontrado a Arya, la expresión en el rostro de la reina al decir: «Pero hay una loba», con voz tan suave, tan tranquila. Pensó en el pequeño Mycah y en la repentina muerte de Jon Arryn, en la caída de Bran, en el anciano loco, Aerys Targaryen, agonizando en el suelo de la sala del trono mientras su sangre se secaba en una espada dorada.
—Mi señora —dijo al tiempo que se volvía hacia Catelyn—, aquí ya no puedes hacer nada más. Quiero que vuelvas de inmediato a Invernalia. Si había un asesino, puede que haya más. Quienquiera que ordenase el asesinato de Bran no tardará en enterarse de que el chico sigue vivo.
—Me gustaría ver a las niñas... —empezó Catelyn.
—Sería poco sensato —apuntó Meñique de inmediato—. La Fortaleza Roja está plagada de ojos indiscretos, y los niños tienden a hablar demasiado.
—Lo que dice es cierto, amor mío. —Ned la abrazó—. Vuelve a Invernalia con Ser Rodrik. Yo cuidaré bien de las niñas. Vuelve a casa con nuestros hijos, ocúpate de ellos.
—Como desees, mi señor. —Catelyn alzó el rostro y Ned la besó. Las manos heridas de la mujer lo abrazaron con fuerza desesperada, como si quisiera mantenerlo a salvo para siempre entre los brazos.
—Si mi señor y mi señora quieren disponer de un dormitorio, no habrá ningún problema —dijo Meñique—. Pero os lo advierto, Stark, aquí cobramos por ese tipo de cosas.
—Lo único que pido es que nos dejéis un momento a solas —dijo Catelyn.
—Muy bien. —Meñique se dirigió hacia la puerta—. Pero que no sea un momento muy largo. La Mano y yo deberíamos volver cuanto antes al castillo, o pronto advertirán nuestra ausencia.
—Nunca olvidaré cuánto me has ayudado, Petyr —dijo Catelyn acercándose a él y tomándole las manos entre las suyas—. Cuando tus hombres fueron a buscarme, no sabía si me llevarían ante un amigo o ante un enemigo. Y he encontrado en ti un amigo, más que un amigo. He encontrado al hermano que creía haber perdido.
—Soy un sentimental sin remedio, mi dulce señora —dijo Petyr Baelish con una sonrisa—. Pero no se lo digas a nadie. He tardado años en convencer a la corte de que soy pervertido y cruel, no quiero que tanto esfuerzo se quede en nada.
—Yo también os lo agradezco, Lord Baelish —consiguió decir Ned con cortesía, aunque no se había creído ni una palabra.
—Vaya, eso sí que es algo para contar a los nietos —comentó Meñique mientras salía.
Cuando la puerta se cerró a su espalda, Ned se volvió hacia Catelyn.
—Una vez estés en casa, envía un mensaje con mi sello a Helman Tallhart y a Galbart Glover. Diles que reúnan cada uno a cien arqueros para defender Foso Cailin. Con doscientos arqueros se puede defender el Cuello contra cualquier ejército. Da instrucciones a Lord Manderly de que debe fortificar y reparar todas las defensas en Puerto Blanco, y encargarse de que estén bien dotadas de soldados. Y de ahora en adelante quiero que se vigile de cerca a Theon Greyjoy. Si hay guerra, necesitaremos de la flota de su padre.
—¿Guerra? —El miedo se transparentaba en el rostro de Catelyn.
—La cosa no llegará tan lejos —le aseguró Ned, rezando por estar en lo cierto. La abrazó de nuevo—. Los Lannister son despiadados ante el débil, como descubrió muy a su pesar Aerys Targaryen, pero no osarán emprender un ataque contra el norte si no los respalda todo el poder del reino, y nos encargaremos de que no sea así. Debo seguir fingiendo que aquí no ha pasado nada. Recuerda por qué he venido, mi amor. Si encuentro pruebas de que los Lannister asesinaron a Jon Arryn... —Sintió que Catelyn temblaba entre sus brazos. Las manos heridas de su esposa se aferraron a él.
—Si encuentras pruebas... —dijo—, ¿qué sucederá entonces, mi amor?
—Toda justicia emana del rey —dijo Ned; sabía que aquello era lo más peligroso—. Cuando sepa la verdad, acudiré a Robert.
«Y rezo por que sea el hombre que creo que es —terminó para sus adentros—, y no el hombre en quien temo que se ha convertido.»

TYRION

—¿Seguro que queréis dejarnos tan pronto? —le preguntó el Lord Comandante.
—Completamente seguro, Lord Mormont —respondió Tyrion—. Mi hermano Jaime ya se estará preguntando qué me ha pasado. Igual piensa que me habéis convencido para vestir el negro.
—Ojalá pudiera. —Mormont cogió una pata de centollo y la partió con las manos. El Lord Comandante era viejo, pero seguía teniendo la fuerza de un oso—. Sois un hombre de gran astucia, Tyrion. En el Muro hacen falta hombres como tú.
—Si es así —dijo Tyrion con una sonrisa—, haré que reúnan a todos los enanos de los Siete Reinos y os los envíen, Lord Mormont.
Se echaron a reír. El anciano se comió la carne de una pata de centollo y cogió otra. Les habían llegado aquella mañana de Guardiaoriente, en un barril de nieve, y estaban deliciosos.
—Lannister se está burlando de nosotros. —Ser Alliser Thorne había sido el único hombre en la mesa que ni siquiera esbozó una sonrisa.
—Sólo de vos, Ser Alliser —dijo Tyrion.
Sonaron de nuevo las carcajadas, pero esta vez tenían un matiz nervioso, inseguro.
—Tenéis una lengua muy larga para no ser ni medio hombre —le espetó Thorne clavándole los ojos negros llenos de desprecio—. ¿Qué os parece si salimos los dos al patio?
—¿Para qué? —preguntó Tyrion—. Los centollos están aquí.
Aquello provocó más carcajadas. Ser Alliser se levantó, con los labios muy apretados.
—Salgamos y repetid vuestras bromas con un acero en la mano.
—Vaya, Ser Alliser —dijo Tyrion examinándose la mano derecha—, si ya tengo acero en la mano, aunque parece un tenedor para marisco. ¿Queréis batiros en duelo? —Se subió a la silla de un salto y pinchó repetidamente el pecho de Thorne con el diminuto instrumento. Las carcajadas llenaron la sala de la torre. Al Lord Comandante se le escaparon trocitos de centollo de la boca y estuvo a punto de ahogarse. Hasta el cuervo se unió al regocijo general, graznando desde la ventana: «¡Duelo! ¡Duelo! ¡Duelo!».
Ser Alliser Thorne salió de la habitación, tan rígido como si tuviera una daga clavada en el culo.
Mormont seguía tratando de recuperar la respiración. Tyrion le dio unos golpecitos en la espalda.
—El vencedor se queda con el botín —exclamó—. Reclamo para mí los centollos que correspondían a Thorne.
—Ha sido muy cruel por vuestra parte provocar así a nuestro estimado Ser Alliser —lo reprendió el Lord Comandante cuando consiguió por fin recuperarse.
—Si alguien se dibuja una diana en el pecho —dijo Tyrion después de sentarse y beber un sorbo de vino— tiene que ser consciente de que tarde o temprano le van a lanzar flechas. He visto cadáveres con más sentido del humor que vuestro estimado Ser Alliser.
—No creáis —intervino el Lord Mayordomo, Bowen Marsh, un hombre tan redondo y sonrosado como una granada—. Si supierais los apodos que pone a los chicos que entrena...
—Seguro que los chicos también le han puesto algún que otro mote —dijo Tyrion, que había oído algunos de aquellos apodos—. Quitaos la venda de los ojos, amigos. Ser Alliser Thorne debería estar limpiando los establos, no entrenando a vuestros jóvenes.
—Si de algo no anda precisamente escasa la Guardia es de mozos de cuadras —gruñó Lord Mormont—. Últimamente no nos envían otra cosa. Mozos de cuadras, rateros y violadores. Ser Alliser es un caballero ungido, uno de los pocos que han vestido el negro desde que soy Lord Comandante. Peleó con gran valor en Desembarco del Rey.
—En el bando que no debía —señaló Ser Jaremy Rykker con tono seco—. Lo sé bien, yo estaba con él en las almenas. Tywin Lannister nos dio a elegir: vestir el negro o ver nuestras cabezas clavadas en picas antes de la noche. No os ofendáis, Tyrion.
—No me ofendo, Ser Jaremy. Mi padre es muy aficionado a las cabezas clavadas en picas, sobre todo si pertenecen a alguien que le haya molestado. Vos tenéis un rostro noble, no me cabe duda de que os imaginaba ya decorando la ciudad sobre la Puerta del Rey. Habríais sido un adorno espléndido.
—Muchas gracias —respondió Ser Jaremy con sonrisa sardónica.
El Lord Comandante Mormont carraspeó.
—A veces tengo la sensación de que Ser Alliser está en lo cierto, Tyrion. Os burláis de nosotros y de nuestro noble propósito en este lugar.
—A todos nos hace falta que se burlen de nosotros de cuando en cuando, Lord Mormont —replicó Tyrion encogiéndose de hombros—. De lo contrario, empezamos a tomarnos demasiado en serio. —Tendió la copa—. Más vino, por favor.
—Para ser un hombre tan pequeño tenéis realmente una sed muy grande —comentó Bowen Marsh mientras Rykker se la llenaba.
—Yo, en cambio, pienso que Lord Tyrion es un gran hombre —dijo el maestre Aemon desde el extremo más lejano de la mesa. Hablaba sin levantar la voz, pero los oficiales superiores de la Guardia de la Noche guardaron silencio para escuchar al anciano—. Creo que es un gigante que ha venido a visitarnos aquí, al fin del mundo.
—Me han llamado muchas cosas, mi señor —dijo Tyrion suavemente—. Pero rara vez «gigante».
—Yo creo que es así. —Los ojos lechosos y nublados del maestre Aemon se clavaron en el rostro de Tyrion.
—Sois demasiado bondadoso, maestre Aemon —dijo Tyrion con una inclinación de cortesía. Por una vez, se había quedado sin ninguna réplica aguda.
El ciego sonrió. Era un hombrecillo menudo, arrugado y calvo, tan hundido bajo el peso de cien años que el collar de maestre, con los eslabones de metales diversos, le colgaba suelto de la garganta.
—Me han llamado muchas cosas, mi señor —dijo—. Pero rara vez «bondadoso».
En aquella ocasión fue Tyrion el que inició la carcajada general.
Mucho más tarde, cuando el trascendental asunto de la comida quedó zanjado y el resto de los comensales se fueron, Mormont ofreció a Tyrion un asiento junto a la chimenea y una copa de aguardiente tibio, tan fuerte que se le saltaron las lágrimas.
—El camino real puede ser peligroso tan al norte —comentó el Lord Comandante mientras bebían.
—Cuento con Jyck y con Morrec —dijo Tyrion—. Y Yoren va a volver hacia el sur.
—Yoren sólo es un hombre. La Guardia os escoltará hasta Invernalia —anunció Mormont en un tono que no admitía discusión—. Bastará con tres hombres.
—Como deseéis, mi señor —dijo Tyrion—. Podríais enviar al joven Nieve. Le gustará volver a ver a sus hermanos.
—¿Nieve? —Mormont frunció el ceño—. Ah, el bastardo de Stark. No, mejor no. Los jóvenes tienen que olvidar las vidas que dejaron atrás, a sus hermanos, a sus madres y todo eso. Si va a visitarlos será peor para él. Entiendo de estas cosas. Mis parientes de sangre... mi hermana Maege gobierna ahora en la Isla del Oso, desde la deshonra de mi hijo. Tengo sobrinas a las que no conozco. —Bebió un sorbo—. Además, Jon Nieve no es más que un niño. Necesitaréis tres espadas fuertes que os protejan.
—Me conmueve vuestra preocupación, Lord Mormont. —El licor fuerte hacía que Tyrion empezara a marearse, pero no estaba tan borracho como para no darse cuenta de que el Viejo Oso quería pedirle algo—. Me gustaría corresponder a vuestra amabilidad de alguna manera.
—Podéis hacerlo —dijo Mormont sin rodeos—. Vuestra hermana se sienta junto al rey. Vuestro hermano es un gran caballero, y vuestro padre es el señor más poderoso de los Siete Reinos. Habladles en nuestro nombre. Contadles cuáles son nuestras necesidades. Vos sois testigo, mi señor. La Guardia de la Noche agoniza. Tenemos menos de un millar de hombres. Seiscientos aquí, doscientos en Torre Sombría y ni siquiera esa cifra en Guardiaoriente. Y ni la tercera parte de ellos son guerreros. El Muro tiene cien leguas de longitud. Pensadlo bien. Si hubiera un ataque, tengo dos hombres para defender cada kilómetro.
—Dos y cuarto —bostezó Tyrion.
Mormont no dio muestras de haberlo oído. El anciano se calentó las manos ante el fuego.
—Envié a Benjen Stark en busca del hijo de Yohn Royce, que desapareció en su primera expedición. El chico de Royce estaba más verde que la hierba de verano, pero insistió en que se le concediera el honor de dirigir la expedición; dijo que como caballero tenía derecho a ello. Yo no quería ofender a su padre, así que cedí. Lo envié con dos hombres, dos de los mejores de la Guardia. Estúpido de mí.
Estúpido —graznó el cuervo. Tyrion alzó la vista. El pájaro lo miró con ojos que eran como cuentas negras, al tiempo que encrespaba las plumas—. Estúpido —graznó de nuevo.
Sin duda el viejo Mormont no se lo tomaría a bien si estrangulaba a aquel pajarraco. Lástima.
—Gared era casi tan viejo como yo, y llevaba más tiempo en el Muro —siguió el Lord Comandante sin hacer caso del irritante animal—, pero por lo visto renegó de su juramento y se fugó. Yo jamás lo habría creído de él, pero Lord Eddard me envió su cabeza desde Invernalia. De Royce no ha habido noticias. Un desertor y dos desaparecidos. Y ahora Ben Stark también ha desaparecido. —Suspiró—. ¿Y a quién envío a buscarlo? Dentro de dos años cumpliré los setenta. Soy demasiado viejo y estoy demasiado cansado para soportar esta carga, pero si dejo mi puesto, ¿quién lo ocupará? ¿Alliser Thorne? ¿Bowen Marsh? Tendría que estar tan ciego como el maestre Aemon para no ver qué son. La Guardia de la Noche se ha convertido en un ejército de chiquillos resentidos y viejos cansados. Sin contar a los hombres que se han sentado esta noche a la mesa, puede que haya otros veinte que sepan leer, y muchos menos capaces de pensar, de planificar, de dirigir. En el pasado la Guardia se pasaba los veranos construyendo, cada Lord Comandante elevaba el Muro y lo dejaba más alto de como lo había encontrado. Ahora nos limitamos a sobrevivir.
Tyrion comprendió que el anciano hablaba muy en serio, y sintió cierta pena por él. Lord Mormont se había pasado buena parte de la vida en el Muro, y necesitaba creer que todos aquellos años tenían sentido.
—Os prometo que hablaré al rey de vuestras necesidades —dijo con toda seriedad—. Y también informaré a mi padre y a mi hermano Jaime.
Lo haría, desde luego. Tyrion Lannister siempre cumplía su palabra. Lo que se calló fue el resto: el rey Robert no le haría el menor caso, Lord Tywin le diría que se había vuelto loco, y Jaime se limitaría a reírse.
—Sois joven, Tyrion —dijo Mormont—. ¿Cuántos inviernos habéis vivido?
—Ocho o nueve —contestó Tyrion encogiéndose de hombros—, me falla la memoria.
—Y todos cortos.
—Así es, mi señor. —Había nacido al final de un invierno, un invierno terrible y cruel que según los maestres había durado casi tres años, pero sus primeros recuerdos eran de la primavera.
—Cuando era niño, se decía que un verano largo significaba siempre que se avecinaba un invierno largo. Este verano ha durado nueve años, Tyrion, y está a punto de empezar el décimo. Pensadlo bien.
—Cuando yo era niño —replicó Tyrion—, mi ama de cría me decía que algún día, si los hombres eran buenos, los dioses otorgarían al mundo un verano que no acabaría nunca. Quizá hemos sido mejores de lo que creemos, y por fin estamos viviendo el Gran Verano.
Sonrió. Al Lord Comandante, en cambio, no pareció hacerle gracia.
—No sois tan tonto como para creeros eso, mi señor. Los días ya se acortan. No cabe duda, Aemon ha recibido cartas de la Ciudadela que concuerdan con sus datos. Estamos viviendo el final del verano. —Mormont agarró con fuerza la mano de Tyrion—. Tenéis que conseguir que lo comprendan. La oscuridad está cerca, mi señor. En los bosques hay seres salvajes, lobos huargo, mamuts y osos de las nieves grandes como uros; y en mis sueños he visto cosas aún más oscuras.
—En vuestros sueños —repitió Tyrion, que cada vez necesitaba más otra copa.
—Los pescadores que faenan cerca de Guardiaoriente han divisado caminantes blancos en la orilla —dijo Mormont haciendo caso omiso de su tono de voz.
—Los pescadores que faenan cerca de Lannisport divisan sirenas. —Esta vez Tyrion ya no pudo contenerse.
—Denys Mallister nos ha escrito que los montañeses se trasladan hacia el sur, más allá de la Torre Sombría; es una migración como jamás había visto. Huyen, mi señor, pero... ¿de qué? —Lord Mormont se dirigió hacia la ventana y escudriñó la noche—. Mis huesos son viejos, Lannister, y aun así nunca habían sentido un frío como éste. Os lo suplico, decídselo al rey. Se acerca el invierno, y cuando caiga la Larga Noche lo único que se interpondrá entre el reino y la oscuridad que llega del norte será la Guardia de la Noche. Si no estamos preparados, que los dioses se apiaden de nosotros.
—Que los dioses se apiaden de mí si no duermo un poco esta noche. Yoren está decidido a partir con la primera luz del alba. —Tyrion se puso en pie, somnoliento por el vino y cansado de tantas predicciones funestas—. Quiero daros las gracias por vuestra amabilidad, Lord Mormont.
—Decídselo, Tyrion. Decídselo a todos, y conseguid que os crean. Es el único agradecimiento que necesito. —Silbó, y el cuervo descendió para posársele en el hombro. Mormont sonrió, le dio unos granos de maíz que llevaba en el bolsillo y en ello seguía cuando Tyrion salió.
En el exterior el frío cortaba como un cuchillo. Tyrion Lannister se ajustó las pieles, se puso los guantes y saludó a los pobres desgraciados que tenían que montar guardia ante el Torreón del Comandante. Cruzó el patio en dirección a sus habitaciones en la Torre del Rey, a toda la velocidad que le permitían las piernas. La nieve crujía bajo sus pies a medida que rompía con las botas la capa de hielo nocturno, y su aliento ondeaba ante él como un estandarte. Se metió las manos bajo las axilas y caminó aún más deprisa, sin dejar de rezar por que Morrec hubiera recordado caldearle la cama con ladrillos calientes de la chimenea.
Detrás de la Torre del Rey, el Muro brillaba a la luz de la luna, inmenso, misterioso. Tyrion se detuvo un instante para contemplarlo. Le dolían las piernas por el frío y el paso acelerado.
De repente, se apoderó de él una extraña locura, un ansia desesperada de mirar una vez más hacia el fin del mundo. Pensó que sería su última oportunidad. Al día siguiente cabalgaría hacia el sur, y nunca tendría motivos para regresar a aquel desierto gélido. La Torre del Rey se alzaba ante él, con la promesa de una cama blanda y caliente, pero Tyrion pasó de largo y se dirigió hacia la extensión blanca del Muro.
Una escalerilla de madera ascendía por la cara sur, apoyada en vigas rudimentarias que se clavaban profundamente en el hielo. Los hermanos negros le habían asegurado que era mucho más resistente de lo que parecía, pero a Tyrion le dolían demasiado las piernas sólo con imaginarse el ascenso. De manera que se dirigió hacia la jaula de hierro que había junto al pozo, se metió dentro y tiró de la cuerda con fuerza tres veces.
Tuvo que esperar lo que le pareció una eternidad entre los barrotes, con el Muro a su espalda. Tanto como para que a Tyrion le diera tiempo a preguntarse por qué estaba haciendo aquello. Estaba a punto de optar por olvidarse de su capricho repentino e irse a la cama cuando la jaula sufrió una sacudida y empezó a ascender.
Al principio subía a trompicones, luego con un movimiento más fluido. El suelo se alejó de la jaula bamboleante, y Tyrion tuvo que aferrarse a los barrotes de hielo. Sentía el frío del metal incluso a través de los guantes. Advirtió con alegría que Morrec tenía encendida la chimenea de su habitación, pero la del Lord Comandante estaba a oscuras. Por lo visto el Viejo Oso tenía más sentido común que él.
La jaula siguió ascendiendo poco a poco, y las torres quedaron abajo, junto con todo el Castillo Negro, bañado por la luz de la luna. Desde allí arriba se veía bien lo lúgubre y desierto que estaba: torreones sin ventanas, muros derrumbados, patios llenos de escombros... A lo lejos se divisaban las luces de Villa Topo, la pequeña aldea situada media legua más al sur a la vera del camino real, y de cuando en cuando la luz de luna arrancaba destellos al agua, allí donde los arroyos gélidos descendían de las montañas para correr por las llanuras. El resto del mundo era un desierto negro de colinas azotadas por el viento y extensiones rocosas salpicadas de nieve.
—Por los siete infiernos, si es el enano —resonó al fin una voz ronca.
La jaula se detuvo con un último movimiento brusco, y se quedó suspendida, meciéndose mientras las cuerdas crujían.
—Pues tráelo aquí, maldita sea.
Se oyó un gruñido y el gemido de la madera a medida que la jaula se deslizaba hacia un lado, y por fin tuvo el Muro a sus pies. Tyrion esperó a que la jaula se detuviera antes de abrir la puerta y saltar al hielo. Una figura recia vestida de negro estaba apoyada contra la manivela, mientras que otra sujetaba la jaula con manos enguantadas. Tenían los rostros protegidos por bufandas de lana, de manera que sólo se les veían los ojos.
—¿Qué quieres, a estas horas de la noche? —preguntó el de la manivela.
—Echar un último vistazo.
Los dos hombres intercambiaron una mirada de desagrado.
—Mira cuanto quieras —dijo el otro—. Pero ten cuidado no te vayas a caer. El Viejo Oso nos despellejaría.
Bajo la enorme grúa había un pequeño cobertizo, y Tyrion atisbó el resplandor mortecino de un brasero, al tiempo que le llegaba una breve ráfaga de aire tibio cuando el hombre de la manivela abrió la puerta para volver al interior. Pronto estuvo solo.
Allí el frío era espantoso y el viento tironeaba de la ropa como un amante insistente. La cima del muro era más ancha que algunos tramos del camino real, así que Tyrion no corría peligro de caerse, aunque la superficie era más resbaladiza de lo que le habría gustado. Los hermanos solían espolvorear piedras machacadas por la zona de tránsito, pero el peso de infinitas pisadas fundía el Muro, de manera que el hielo parecía crecer en torno a la gravilla y engullirla hasta que la superficie quedaba lisa de nuevo, y había que echar más piedra machacada.
Pero no era ningún obstáculo insalvable para Tyrion. Miró hacia el este y hacia el oeste, todo el tramo del Muro que se divisaba era un vasto camino blanco sin principio ni fin, con un abismo negro a cada lado. Hacia el oeste, decidió sin ningún motivo concreto, y echó a andar en esa dirección por la zona más cercana al norte, que parecía tener más gravilla.
Tenía las mejillas enrojecidas por el frío, y a cada paso que daba sus piernas protestaban más y más, pero Tyrion no les hizo caso. El viento soplaba contra él, la gravilla crujía bajo las botas, y al frente la cinta blanca seguía el perfil de las colinas y se elevaba más y más hasta perderse en el horizonte occidental. Pasó junto a una catapulta gigantesca, alta como el muro de una ciudad, cuya base se hundía profundamente en el muro. En algún momento habían quitado el brazo para repararlo y no habían vuelto a ponerlo; yacía junto a la estructura principal como un juguete roto, incrustado en el hielo.
Una voz amortiguada le dio el alto desde el otro lado de la catapulta.
—¡Alto! ¿Quién va?
—Si me quedo quieto mucho tiempo me congelaré, Jon —dijo Tyrion, que se había detenido, cuando una forma blanquecina y peluda se deslizaba hacia él en silencio y le olisqueaba las pieles—. Hola, Fantasma.
Jon Nieve se acercó a él. Con las diversas capas de piel y cuero parecía más corpulento. Llevaba la cara casi oculta por la capucha de la capa.
—Lannister —dijo al tiempo que se aflojaba la bufanda para dejarse la boca al descubierto—. Éste es el último lugar donde esperaría encontrarte. —Llevaba una lanza con punta de hierro muy pesada, más alta que él, y tenía una espada enfundada al costado. Cruzado sobre el pecho llevaba un cuerno negro con bandas de plata.
—Éste es el último lugar donde esperaba estar —admitió Tyrion—. Ha sido un capricho. Si toco a Fantasma, ¿me arrancará la mano de un mordisco?
—No mientras esté yo aquí —le aseguró Jon.
Tyrion rascó al lobo blanco detrás de las orejas. Los ojos rojos lo miraron impasibles. La bestia ya le llegaba al pecho. Tyrion tuvo la sensación de que, en menos de un año, sería él quien tendría que alzar la vista para mirarlo.
—¿Qué haces aquí arriba esta noche? —preguntó—. Aparte de congelarte las pelotas...
—Me toca guardia —dijo Jon—. Otra vez. Ser Alliser ha tenido la amabilidad de pedir al comandante al cargo de los turnos que se ocupe de mí. Por lo visto cree que, si me mantienen despierto la mitad de la noche, me dormiré durante los entrenamientos de la mañana. Hasta ahora he conseguido decepcionarlo.
¿Fantasma sabe ya hacer malabarismos? —preguntó Tyrion con una sonrisa.
—No —respondió Jon, también sonriente—, pero esta mañana Grenn se ha defendido bien de Halder, y a Pyp ya no se le cae la espada tan a menudo.
—¿Pyp?
—Se llama Pypar. Es el chico menudo, el que tiene las orejas tan grandes. Me vio entrenar con Grenn y me pidió ayuda. Thorne ni se había molestado en enseñarle a sujetar bien la espada. —Se giró hacia el norte—. Tengo que vigilar casi dos kilómetros de Muro. ¿Quieres caminar conmigo?
—Siempre que camines despacio... —accedió Tyrion.
—El comandante al cargo de los turnos me ha dicho que tengo que andar para que no se me hiele la sangre, pero no a qué velocidad.
Echaron a andar. Fantasma iba junto a Jon como una sombra blanca.
—Me marcho mañana —dijo Tyrion.
—Ya lo sé —dijo Jon con una extraña tristeza.
—Tengo pensado detenerme en Invernalia en el camino de vuelta hacia el sur. Si quieres que lleve algún mensaje de tu parte...
—Dile a Robb que seré comandante de la Guardia de la Noche y que conmigo estará a salvo, así que más vale que se vaya a coser con las niñas, y que Mikken le funda la espada para hacer herraduras.
—Tu hermano es más alto que yo —dijo Tyrion con una carcajada—. Me niego a entregar ningún mensaje que conlleve mi pena de muerte.
—Rickon preguntará que cuándo voy a volver. Si puedes, intenta explicarle dónde estoy. Dile que mientras tanto se puede quedar con todas mis cosas. Eso le gustará mucho.
—Oye, no sé si lo sabes, pero eso mismo lo podrías decir por carta. —Tyrion Lannister tenía la sensación de que aquel día la gente le estaba pidiendo demasiado.
—Rickon aún no sabe leer. Y en cuanto a Bran... —Se detuvo bruscamente—. No sé qué mensaje enviarle a Bran. Ayúdalo, Tyrion.
—¿Cómo quieres que lo ayude? No soy un maestre que pueda aliviarle el dolor. Ni conozco hechizos que le devuelvan las piernas.
—A mí me ofreciste ayuda cuando la necesitaba.
—No te ofrecí nada más que palabras.
—Entonces, dale palabras también a Bran.
—Le estás pidiendo a un cojo que enseñe a bailar a un tullido —dijo Tyrion—. Por sincera que sea la lección, el resultado no puede ser más que grotesco. Pero sé lo que es querer a un hermano, Lord Nieve. Prestaré a Bran la poca ayuda que esté en mi mano.
—Gracias, mi señor de Lannister. —Se quitó el guante y le tendió la mano desnuda—. Amigo mío.
Tyrion se sintió extrañamente conmovido.
—La mayor parte de mis parientes son bastardos —dijo con una sonrisa irónica—, pero eres el primero al que me une la amistad. —Se quitó el guante con los dientes, y estrechó la mano de Nieve, carne contra carne. El apretón del chico era firme y fuerte.
Jon Nieve se puso de nuevo el guante, se dio media vuelta bruscamente y caminó hacia el gélido antepecho norte. Más allá, el Muro era un precipicio abrupto. Más lejos, solamente había oscuridad inexplorada. Tyrion se reunió con él, y juntos contemplaron el fin del mundo.
La Guardia de la Noche no permitía que el bosque se acercara a menos de un kilómetro de la cara norte del muro. Hacía siglos que habían talado la espesura de palo santo, robles y árboles centinelas para crear una ancha franja de terreno descubierto en la que no pudiera ocultarse enemigo alguno. Tyrion había oído que en algunas zonas del Muro, entre las tres fortalezas, la espesura había recuperado terreno a lo largo de las décadas, y que había centinelas verde grisáceos y arcianos blancos enraizados al pie de la muralla de hielo. Pero el Castillo Negro era un voraz consumidor de madera para las chimeneas, y allí las hachas de los hermanos negros detenían el avance del bosque.
Aun así, el bosque nunca estaba lejos. Desde donde se encontraban, Tyrion alcanzaba a verlo, divisaba los árboles oscuros que se alzaban amenazadores más allá de la franja de terreno abierto, como un segundo muro paralelo al primero, un muro de noche. Pocas veces se había blandido un hacha contra aquella madera negra, ni la luz de la luna conseguía penetrar en el viejo entramado de raíces, ramas y matorrales espinos. Allí los árboles crecían inmensos, y no era de extrañar que la Guardia de la Noche llamara a aquella espesura el Bosque Encantado.
Allí de pie, observando aquella oscuridad en la que no ardía hoguera alguna, a merced del viento y sintiendo el frío como una lanza en las entrañas, Tyrion Lannister pensó que casi podía creer los rumores sobre los Otros, el enemigo en la noche. Sus bromas sobre grumkins y snarks ya no le parecían tan divertidas.
—Mi tío está ahí afuera —dijo Jon Nieve en voz baja; se apoyó en la lanza y escudriñó la oscuridad—. La primera noche que me enviaron aquí, pensé: «Ahora vendrá el tío Benjen, seré el primero en verlo y haré sonar el cuerno». Pero no vino. Ni esa noche ni ninguna otra.
—Dale tiempo —dijo Tyrion.
Mucho más al norte un lobo empezó a aullar. Otro se unió a su llamada, y otro más. Fantasma inclinó la cabeza y escuchó. El muchacho le puso la mano encima.
—Si no vuelve, Fantasma y yo iremos a buscarlo —prometió Jon.
—Te creo —dijo Tyrion.
Pero lo que pensaba era: «¿Y quién irá a buscarte a ti?». Se estremeció.

ARYA

Su padre había estado peleando otra vez con el Consejo. Arya se lo notó en la cara cuando se sentó a la mesa, otra vez tarde, como sucedía tan a menudo. Ya habían retirado el primer plato, una sopa de calabaza espesa y dulce, cuando Ned entró a zancadas en el Salón Pequeño. Lo llamaban así para diferenciarlo del Salón Principal, donde el rey podía celebrar festines con mil invitados, pero se trataba de una estancia inmensa, de grandes techos abovedados y bancos para doscientas personas junto a las mesas sostenidas por caballetes.
—Mi señor —dijo Jory al ver entrar a Ned.
Se puso de pie, e inmediatamente lo imitó el resto de la guardia. Todos los hombres lucían capas nuevas, de gruesa lana gris con ribetes de seda blanda. Se cerraban las capas con broches en forma de manos de plata, que los identificaban como miembros de la casa y la guardia de la Mano. Sólo eran cincuenta, así que casi todos los bancos estaban vacíos.
—Sentaos —dijo Eddard Stark—. Ya veo que habéis empezado sin mí. Me alegra ver que aún quedan hombres con sentido común en la ciudad. —Hizo una señal para que se reanudara la comida. Los criados empezaron a servir bandejas de costillas, asadas con una costra de ajo y hierbas.
—En los patios se comenta que habrá un torneo, mi señor —dijo Jory al tiempo que volvía a sentarse—. Se dice que vendrán caballeros de todas partes del reino para las justas y los festines en honor a vuestro nombramiento como Mano del Rey.
Arya se dio cuenta de que a su padre no le gustaba lo más mínimo aquello.
—¿Se comenta también que es lo que menos deseo en el mundo?
—¡Un torneo! —exclamó Sansa con los ojos abiertos como platos. Estaba sentada entre la septa Mordane y Jeyne Poole, tan lejos de Arya como podía sin exponerse a un reproche de su padre—. ¿Se nos permitirá asistir, padre?
—Sabes de sobra qué opino, Sansa. Tengo que organizar los juegos de Robert y encima fingir que me siento honrado. Pero nada me obliga a exponer a mis hijas a semejante locura.
—¡Por favor! —insistió Sansa—. ¡Quiero verlo!
—La princesa Myrcella asistirá, mi señor —intervino la septa Mordane—. Y es más joven que lady Sansa. Todas las damas de la corte estarán presentes, es lo que se espera de ellas en un gran acontecimiento como ése. Y el torneo es en vuestro honor, resultaría muy extraño que vuestra familia no asistiera.
—Supongo que sí. —Ned tuvo que darle la razón—. Muy bien, me encargaré de que tengas un lugar, Sansa. —Miró a Arya—. De que las dos tengáis un lugar.
—No me importa esa estupidez de torneo —replicó ella. Sabía que el príncipe Joffrey asistiría, y lo detestaba.
—Será un acontecimiento espléndido —dijo Sansa alzando la cabeza—. Nadie querrá que asistas.
—Ya basta, Sansa. —El rostro de su padre se nubló de ira—. Una palabra más y cambiaré de opinión. Estoy harto de esta guerra que os traéis entre las dos. Sois hermanas y quiero que os comportéis como tales, ¿entendido?
Sansa se mordió el labio y asintió. Arya bajó la cabeza para mirar el plato con gesto hosco. Sentía que las lágrimas le escocían en los ojos. Se las frotó, furiosa, decidida a no llorar. El único sonido que se oía era el tintineo de los cuchillos y los tenedores.
—Os ruego que me disculpéis —dijo su padre a los presentes—. Esta noche no tengo apetito. —Salió de la estancia.
En cuanto se hubo marchado, Sansa empezó a intercambiar susurros emocionados con Jeyne Poole. Al otro extremo de la mesa Jory se rió de un chiste, y Hullen empezó a hablar acerca de caballos.
—En cambio tu caballo de guerra quizá no sea el mejor para una justa. No es lo mismo, no, ni de lejos.
Los hombres ya conocían aquel tema. Desmond, Jacks y el propio hijo de Hullen, Harwin, lo hicieron callar a gritos, y Porther pidió más vino.
Nadie hablaba con Arya. A ella no le importaba. Lo prefería así. Si se lo hubieran permitido, habría preferido comer a solas en su dormitorio. A veces la dejaban, como cuando su padre tenía que comer con el rey, o con cualquier gran señor, o con los enviados de tal o cual lugar. El resto de las veces comían en las habitaciones privadas de la Mano, solos él, Sansa y Arya. En aquellas ocasiones era cuando más añoraba a sus hermanos. Quería tomarle el pelo a Bran, y jugar con el pequeño Rickon, y que Robb le sonriera. Quería que Jon le revolviera el pelo y la llamara «hermanita», y que los dos acabaran las frases al unísono. Pero ninguno de ellos estaba allí. No le quedaba nadie, sólo Sansa, y Sansa no le dirigía la palabra si su padre no la obligaba.
En Invernalia comían en el Salón Principal la mitad de las veces. Su padre decía que un señor tiene que comer con sus hombres si quiere conservarlos.
—Debes conocer a los hombres que te siguen —le oyó decir a Robb una vez—, y ellos deben conocerte. No pidas a tus hombres que mueran por un desconocido.
En Invernalia había siempre un asiento de más a su mesa, y cada día pedía a un hombre diferente que comiera con ellos. Una noche podía ser Vayon Poole, y la charla versaría sobre monedas, panaderías y sirvientes. La noche siguiente sería Mikken, y su padre lo escucharía hablar acerca de armaduras, espadas, sobre cómo debe ser una forja caliente y la mejor manera de templar el acero. Otro día podía ser Hullen con su interminable charla sobre caballos, o el septon Chayle de la biblioteca, o Jory, o Ser Rodrik, o incluso la Vieja Tata con sus cuentos.
No había nada en el mundo que a Arya le gustara más que sentarse a la mesa de su padre y escuchar aquellas conversaciones. También le encantaba oír a los hombres de los bancos, mercenarios curtidos como el cuero, caballeros, jóvenes escuderos osados, ancianos hombres de armas ya canosos... Les tiraba bolas de nieve y los ayudaba a robar empanadas de la cocina. Sus esposas le daban galletas, ella inventaba nombres para sus bebés, y jugaba con sus hijos a monstruos y doncellas, a esconder el tesoro, a los castillos... Tom el Gordo la llamaba «Arya Entrelospiés», porque decía que ahí era donde estaba siempre. A ella le gustaba el apodo mucho más que «Arya Caracaballo».
Pero aquello era en Invernalia, a un mundo de distancia, y allí todo era diferente. Aquélla era la primera vez que comían con los hombres desde que llegaran a Desembarco del Rey. Y Arya lo detestaba. Odiaba el sonido de las voces, la manera en que se reían, las historias que contaban. Antes eran sus amigos, se sentía a salvo entre ellos, pero ya sabía que era mentira. Habían permitido que la reina matara a Dama, y eso ya era espantoso, pero cuando el Perro encontró a Mycah... Jeyne Poole le había dicho a Arya que lo habían cortado en tantos trozos que se lo entregaron al carnicero en un saco, y al principio éste pensó que era un cerdo que habían matado. Y nadie alzó una protesta, ni desenfundó una espada, ni nada. Ni Harwin, que siempre parecía tan osado al hablar, ni Alyn que iba a ser caballero, ni Jory que era el capitán de la guardia. Ni siquiera su padre.
—Era mi amigo —le susurró Arya al plato, en voz tan baja que nadie la oyó. Ni siquiera había tocado las costillas, ya frías y con una película de grasa solidificada bajo ellas en el plato. La niña las miró y sintió náuseas. Se apartó de la mesa.
—¿A dónde crees que vas, jovencita? —preguntó la septa Mordane.
—No tengo hambre. —A Arya le costó un gran trabajo hablar con educación—. ¿Me disculpáis, por favor? —recitó, rígida.
—No, no te disculpamos —replicó la septa—. Si casi no has tocado la comida. Siéntate ahí y limpia el plato.
—¡Límpialo tú!
Antes de que nadie pudiera detenerla, Arya corrió hacia la puerta, mientras los hombres reían a carcajadas y la septa Mordane la llamaba a gritos con voz cada vez más chillona.
Tom el Gordo estaba en su puesto de guardia ante la puerta de la Torre de la Mano. Parpadeó sorprendido al ver que Arya corría hacia él y al oír los gritos de la septa.
—Eh, pequeñaja, alto ahí —empezó.
Pero Arya se le escurrió entre las piernas y subió como un rayo por la escalera de caracol de la torre. Tom el Gordo jadeaba tras ella.
De todo Desembarco del Rey, el único lugar que a Arya le gustaba era su dormitorio, y lo mejor de éste era la puerta, una plancha enorme de roble oscuro con refuerzos de hierro negro. Cuando cerraba aquella puerta y bajaba la tranca, nadie podía entrar, ni la septa Mordane, ni Tom el Gordo, ni Sansa ni Jory ni el Perro, ¡nadie! La cerró.
Cuando tuvo la puerta atrancada, Arya se sintió por fin a salvo y pudo echarse a llorar.
Se sentó junto a la ventana sollozando. Odiaba a todo el mundo, pero sobre todo se odiaba a sí misma. Todo era por su culpa, todo lo malo que pasaba era por su culpa. Lo decía Sansa, y también Jeyne.
—Arya, nena, ¿qué te pasa? —preguntó Tom el Gordo mientras llamaba a la puerta—. ¿Estás ahí?
—¡No! —gritó ella.
Los golpes en la puerta cesaron. Un momento más tarde oyó pisadas que se alejaban. Era fácil engañar a Tom el Gordo.
Arya se dirigió hacia el baúl situado al pie de la cama. Se arrodilló, levantó la tapa, y empezó a sacar la ropa a brazadas. La seda, el satén, el terciopelo y la lana se amontonaron en el suelo sin orden ni concierto. Estaba allí, en el fondo del baúl, donde la había escondido. Arya la sacó casi con ternura, y extrajo la esbelta hoja de la funda.
—Aguja.
Pensó de nuevo en Mycah, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Por su culpa, por su culpa, por su culpa. Si no le hubiera pedido que jugara a las espadas con ella...
Se oyeron golpes en la puerta, más fuertes que antes.
—Arya Stark, haz el favor de abrir esta puerta, ¿me oyes?
Arya se giró, con Aguja en la mano.
—¡Será mejor que no entres! —advirtió al tiempo que hendía el aire con ademán fiero.
—¡Se lo voy a decir a la Mano! —rugió la septa Mordane.
—¡Y a mí qué! —gritó a su vez Arya—. ¡Vete!
—¡Te vas a arrepentir de este comportamiento insolente, jovencita, te lo aseguro!
Arya prestó atención hasta que oyó el sonido de los pasos de la septa que se alejaban.
Volvió junto a la ventana, con Aguja en la mano, y miró abajo, hacia el patio. Ojalá se le diera bien trepar, como a Bran, pensó. Saldría por la ventana, bajaría de la torre y escaparía de aquel palacio odioso, de Sansa, de la septa Mordane y del príncipe Joffrey, de todos. Robaría comida en las cocinas, se llevaría a Aguja, sus botas buenas y una capa abrigada. Buscaría a Nymeria en los bosques cerca del Tridente, y volverían juntas a Invernalia, o tal vez huirían al Muro con Jon. Echaba de menos a Jon más que a nadie en el mundo. Con él quizá no se sentiría tan sola.
Alguien dio unos golpes suaves en la puerta. Arya se apartó de la ventana y de sus sueños de evasión.
—Arya —oyó la voz de su padre—. Ábreme. Tenemos que hablar.
Arya cruzó la habitación y levantó la tranca. Su padre estaba solo. Parecía más triste que furioso. Aquello hizo que la niña se sintiera aún peor.
—¿Puedo pasar? —Arya asintió y bajó la vista avergonzada. Su padre cerró la puerta—. ¿De quién es esa espada?
—Mía. —Casi se había olvidado de que tenía a Aguja en la mano.
—Dámela.
Le entregó la espada de mala gana, quizá no volviera a sostenerla en la vida. Su padre la examinó a la luz, haciendo girar la hoja para examinar los dos lados. Probó la punta con el pulgar.
—Una espada como las de los criminales —dijo—. Pero me parece reconocer la marca del forjador. Es obra de Mikken. —Arya no era capaz de mentirle. Bajó los ojos. Lord Eddard Stark suspiró—. Mi hija de nueve años consigue armas de mi herrería y yo ni me entero. Se supone que la Mano del Rey tiene que gobernar los Siete Reinos, y ni siquiera puedo controlar mi casa. ¿Cómo es que tienes una espada, Arya? ¿Cómo la has conseguido? —Ella se mordió el labio y no dijo nada. Nunca traicionaría a Jon, ni siquiera ante su padre—. Bueno, tampoco importa —añadió él tras una pausa. Contempló la espada que tenía entre las manos—. No es juguete para un niño, y menos todavía para una chiquilla. ¿Qué diría la septa Mordane si supiera que juegas con espadas?
—No estaba jugando —replicó Arya—. Y odio a la septa Mordane.
—Basta ya —le espetó su padre con tono duro y cortante—. La septa no hace más que cumplir con su obligación, y bien saben los dioses que se lo pones difícil a la pobre mujer. Tu madre y yo la hemos cargado con la misión imposible de hacer de ti una dama.
—¡Yo no quiero ser una dama! —rugió Arya.
—Debería romper este juguete en dos ahora mismo, así se acabaría tanta tontería.
Aguja no se romperá —dijo Arya desafiante, aunque el temblor en la voz traicionaba sus palabras.
—Vaya, así que tiene nombre, ¿eh? —Su padre suspiró—. Ay, Arya. Tienes algo de salvaje, hija. Mi padre lo llamaba «la sangre del lobo». Lyanna tenía un poco de eso, y mi hermano Brandon mucho. A los dos los llevó a morir jóvenes. —La niña captó la tristeza en su voz; no acostumbraba hablar de su padre, ni de sus hermanos, que habían muerto mucho antes de que ella naciera—. Lyanna habría llevado una espada si mi padre lo hubiera permitido. A veces me recuerdas a ella. Hasta te le pareces.
—Lyanna era hermosa —dijo Arya, extrañada. Eso lo decía todo el mundo. En cambio nadie lo decía de ella.
—Cierto —asintió Eddard Stark—. Hermosa y voluntariosa, y murió joven. —Alzó la espada y la interpuso entre ellos dos—. ¿Qué pensabas hacer con... Aguja, Arya? ¿A quién querías ensartar? ¿A tu hermana? ¿A la septa Mordane? ¿Sabes lo primero que hay que saber de la lucha con espada?
—Hay que clavarla por el extremo puntiagudo. —Lo único que recordaba era la lección que le había dado Jon.
—Bueno, sí, eso es lo esencial. —A su padre se le escapó la carcajada.
Arya necesitaba con desesperación que la comprendiera, que viera las cosas como ella.
—Estaba intentando aprender, pero... —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Le pedí a Mycah que entrenara conmigo. —Se rompieron las compuertas y el dolor la recorrió como una oleada. Se dio la vuelta, temblorosa—. Se lo pedí yo —sollozó—. Fue culpa mía, fue culpa...
Su padre la abrazó, la sostuvo con dulzura y le dio la vuelta para que sollozara contra su pecho.
—No, pequeña, no —murmuró—. Llora por tu amigo, pero no te culpes. Tú no mataste al hijo del carnicero. El crimen lo cometieron el Perro y la mujer cruel a la que sirve.
—Los odio —le confió Arya con el rostro enrojecido y la nariz goteando—. Al Perro y a la reina y al rey y al príncipe Joffrey. Los odio a todos. Joffrey mintió, no fue como él dijo. Y también odio a Sansa. Sí que se acordaba, pero mintió para gustarle a Joffrey.
—Todos mentimos —dijo su padre—. ¿O de verdad piensas que me creí que Nymeria escapó?
—Jory me prometió que no se lo contaría a nadie. —Arya se había sonrojado.
—Y mantuvo su palabra —dijo él con una sonrisa—. No necesito que me cuenten ciertas cosas. Hasta un ciego vería que esa loba jamás te habría abandonado por su voluntad.
—Tuvimos que tirarle piedras —sollozó Arya—. Le dije que se fuera, que era libre, que ya no la quería. Que se marchara a jugar con otros lobos, los oíamos aullar y Jory dijo que en los bosques había muchos animales, así que podría cazar y comer ciervos. Pero aun así me seguía, y al final tuvimos que tirarle piedras. Yo le di dos veces. Lloró y me miró de una manera que me hizo sentir mucha vergüenza, pero era lo que tenía que hacer, ¿verdad? Si no, la reina la habría matado.
—Era lo que tenías que hacer —le aseguró su padre—. Y hasta en aquella mentira... había cierto honor.
Había dejado a Aguja a un lado para abrazar a Arya. Volvió a coger la espada y se dirigió hacia la ventana. Allí se quedó un momento, observando el patio. Al final se volvió hacia ella con mirada pensativa. Se sentó en la silla junto a la ventana, con Aguja en el regazo.
—Siéntate, Arya. Tengo que explicarte unas cuantas cosas. —La niña, nerviosa, se acomodó al borde de la cama—. Eres demasiado pequeña para cargar con mis preocupaciones, pero también eres una Stark de Invernalia. Ya conoces nuestro lema.
—Se acerca el Invierno —susurró ella.
—Los tiempos duros y crueles —asintió su padre—. Los probamos en el Tridente, pequeña, y también cuando Bran se cayó. Naciste durante el largo verano, no has conocido otra cosa, pero ahora el invierno se acerca de verdad. ¿Te acuerdas también del emblema de nuestra Casa?
—El lobo huargo —dijo ella, con la imagen de Nymeria en la mente. Se abrazó las rodillas contra el pecho. De repente tenía mucho miedo.
—Te voy a contar algo sobre los lobos, hija. Cuando cae la nieve y sopla el viento blanco, el lobo solitario muere pero la manada sobrevive. El verano es tiempo para riñas y altercados. En invierno tenemos que protegernos entre nosotros, darnos calor mutuamente, unir las fuerzas. Así que, si quieres odiar a alguien, Arya, odia a aquellos que nos harían daño. La septa Mordane es una buena mujer, y Sansa... Sansa es tu hermana. Sois diferentes como el día y la noche, pero por vuestras venas corre la misma sangre. La necesitas, y ella te necesita a ti. Y que los dioses me ayuden, porque yo os necesito a las dos.
—No odio a Sansa —dijo Arya. Su padre parecía tan cansado que se puso triste—. Lo digo de mentira. —Era sólo verdad a medias.
—No quiero asustarte, pero tampoco te voy a mentir. Hemos venido a un lugar muy peligroso, hija. Esto no es Invernalia. Tenemos enemigos que no nos quieren bien. No podemos permitirnos pelear entre nosotros. Tu testarudez, tus escapadas, las palabras bruscas, la desobediencia... En casa no eran más que los juegos veraniegos de una niña. Pero aquí y ahora, con el invierno tan cerca, las cosas cambian. Es hora de que empieces a crecer.
—Lo haré —juró Arya. Nunca lo había querido tanto como en aquel momento—. Yo también puedo ser fuerte. Puedo ser tan fuerte como Robb.
—Toma —dijo él tendiéndole la empuñadura de Aguja después de cogerla por la punta. Ella miró la espada con ojos maravillados. Por un momento le dio miedo tocarla, como si al tender la mano hacia ella fueran a arrebatársela de nuevo—. Venga, es tuya —insistió su padre.
—¿Me la puedo quedar? —dijo cogiéndola—. ¿Para siempre?
—Para siempre. —Sonrió—. Si me la llevara, no me cabe duda de que antes de quince días encontraría una maza debajo de tu almohada. Pero, por favor, por mucho que te provoque tu hermana, no la mates.
—Te lo prometo. —Arya se abrazó a Aguja mientras su padre salía del dormitorio.
Por la mañana, durante el desayuno, se disculpó ante la septa Mordane y le pidió perdón. La septa la miró con desconfianza, pero su padre asintió.
Tres días después, al mediodía, el mayordomo de su padre, Vayon Poole, envió a Arya al Salón Pequeño. Las mesas de caballetes estaban desmontadas, y los bancos amontonados contra las paredes. La estancia parecía desierta hasta que una voz desconocida la llamó.
—Llegas tarde, chico. —Un hombre flaco y calvo, de nariz ganchuda, salió de entre las sombras con un par de espadas de madera en las manos—. Mañana quiero que estés aquí al mediodía.
Tenía un acento extraño, de las Ciudades Libres. Quizá de Braavos, o de Myr.
—¿Quién eres tú? —preguntó Arya.
—Soy tu profesor de baile. —Le lanzó una de las espadas de madera. Ella fue a cogerla, falló y oyó cómo se estrellaba contra el suelo—. Mañana la atraparás. Ahora recógela.
No era un simple palo, sino una espada de madera, con guarda, puño y pomo. Arya, nerviosa, la recogió y la aferró con ambas manos, y la sostuvo ante ella. Pesaba más de lo que parecía, mucho más que Aguja.
El hombre calvo chasqueó los dientes.
—No se hace así, chico. No es un espadón, no te hacen falta las dos manos. Se coge sólo con una.
—Pesa demasiado —dijo Arya.
—Pesa lo que tiene que pesar, para fortalecerte y para que esté equilibrada. Por dentro tiene un hueco relleno de plomo. Cógela con una mano.
Arya soltó la mano derecha y se limpió la palma sudorosa en la ropa. Sujetó la espada con la mano izquierda. El hombre asintió.
—Muy bien, con la izquierda. Todo se invierte, desconciertas al adversario. Pero la posición es errónea. Pon el cuerpo de costado, sí, así. Oye, eres todo huesos. Esto también está bien, así cuesta más acertarte. A ver cómo la agarras. Espera. —Se acercó a ella y le examinó la mano, le separó los dedos y se los colocó bien—. Exacto, así. No la aprietes con tanta fuerza. Tienes que cogerla con destreza y con delicadeza a la vez.
—¿Y si se me cae? —preguntó Arya.
—El acero tiene que formar parte de tu brazo —replicó el hombre calvo—. ¿Se te puede caer parte del brazo? No. Syrio Forel fue la primera espada del señor del Mar de Braavos durante nueve años, y entiende de estas cosas, así que hazle caso, chico.
Era la tercera vez que la llamaba «chico».
—Soy una chica.
—Chico, chica, qué más da —bufó Syrio Forel—. Eres una espada, es lo único que importa. —Chasqueó los dientes—. Bien, así es como se agarra. No estás sujetando un hacha de guerra, tienes en la mano una...
—... aguja —terminó Arya en su lugar con decisión.
—Como quieras. Ahora, empezaremos a bailar. Recuerda que esto no es la danza del hierro de los occidentos, la danza de los caballeros, todo golpes y mandobles. No, ésta es la danza del agua, rápida y repentina. Todos los hombres están hechos de agua, ¿lo sabías? Cuando los pinchas, se les escapa el agua y mueren. —Dio un paso atrás y cogió su espada de madera—. Vamos, intenta darme.
Arya intentó darle. Lo intentó durante cuatro horas, hasta que le dolieron todos los músculos del cuerpo. Mientras tanto Syrio Forel chasqueaba los dientes y corregía sus movimientos.
Al día siguiente empezaron los entrenamientos en serio.

DAENERYS

—El mar dothraki —dijo Ser Jorah Mormont al tirar de las riendas para detenerse junto a ella al borde del risco.
Bajo ellos la llanura se extendía, inmensa y desierta, hasta perderse en el lejano horizonte. Dany pensó que sí, que era un verdadero mar. A partir de aquel punto no había colinas, ni montañas, ni árboles, ni ciudades ni caminos, sólo una llanura eterna cubierta de hierba que se ondulaba con el viento como si formara olas.
—Es tan verde... —comentó.
—Aquí y ahora —asintió Ser Jorah—. Tendríais que verlo cuando florece. Se cubre de flores color rojo oscuro hasta donde abarca la vista, parece un mar de sangre. Si se ve en la estación seca, el mundo se vuelve del color del bronce viejo. Y esto no es más que hranna, niña. Ahí hay cientos de tipos de hierbas, algunas amarillas como el limón y otras oscuras como el índigo, hierbas azules y anaranjadas, y otras que son como un arco iris. Se cuenta que, en las Tierras Sombrías más allá de Asshai, hay océanos de hierba fantasma, más alta que un hombre a caballo y más blanca que la leche. Mata a todas las demás hierbas y brilla en la oscuridad con los espíritus de los condenados. Según los dothrakis algún día la hierba fantasma cubrirá el mundo entero y será el fin de toda vida.
—Prefiero no hablar de eso ahora —dijo Dany; la sola idea hacía que se estremeciera—. Esto es tan bonito que no quiero ni pensar en la muerte de todo.
—Como digáis, khaleesi —obedeció Ser Jorah, respetuoso.
La joven oyó el sonido de voces a su espalda, y se volvió. Mormont y ella se habían distanciado del resto del grupo, y los demás ascendían por el risco. Su doncella Irri y los jóvenes arqueros de su khas cabalgaban con la elegancia de centauros, pero Viserys se seguía peleando con los estribos cortos y la silla plana. Aquél no era lugar para su hermano, no debería haber ido con ellos. El magíster Illyrio había insistido en que permaneciera en Pentos, le había ofrecido la hospitalidad de su casa, pero Viserys se negó en redondo. Iba a seguir a Drogo hasta que pagara la deuda, hasta que tuviera la corona que le había prometido.
—Y si intenta engañarme, aprenderá por las malas que es peligroso despertar al dragón —había jurado Viserys al tiempo que se llevaba la mano a la espada prestada. Ante aquella afirmación, Illyrio se limitó a parpadear y a desearle buena suerte.
Dany pensó que, en aquel momento, no quería escuchar ninguna de las quejas de su hermano. El día era demasiado perfecto. El cielo tenía un color azul intenso y sobre ellos, muy arriba, un halcón de caza trazaba círculos. El mar de hierba se cimbreaba y suspiraba con la brisa, el aire le acariciaba cálido el rostro y ella se sentía en paz. No quería que Viserys lo estropeara todo.
—Espera aquí —dijo a Ser Jorah—. Di a los demás que no se muevan. Que yo lo he ordenado.
El caballero sonrió. Ser Jorah no era un hombre guapo. Tenía el cuello y los hombros de un toro; y el vello negro y crespo que le cubría el pecho y los brazos era tan espeso que no había quedado nada para la cabeza. Pero su sonrisa siempre reconfortaba a Dany.
—Estáis aprendiendo a hablar como una reina, Daenerys.
—Como una reina, no —replicó ella—. Como una khaleesi. —Espoleó al caballo y descendió al galope por el risco, sola.
La bajada era abrupta y rocosa, pero Dany cabalgaba sin temor, y la alegría y el peligro eran como una canción en su pecho. Viserys se había pasado la vida diciéndole que era una princesa, pero Daenerys Targaryen no se había sentido como tal hasta que no cabalgó en la plata.
No había resultado fácil. El khalasar había levantado el campamento a la mañana siguiente de la boda, dirigiéndose hacia el este en dirección a Vaes Dothrak, y para el tercer día Dany pensó que iba a morir. La silla le provocó llagas horrorosas que sangraban en las nalgas. Tenía los muslos en carne viva, las manos llenas de ampollas de las riendas, y los músculos de las piernas y la espalda le dolían tanto que apenas si aguantaba sentada. Cuando anochecía sus doncellas tenían que ayudarla a desmontar.
Pero las noches tampoco le traían alivio. Khal Drogo ni la miraba mientras cabalgaban, igual que no la había mirado durante la boda. Se pasaba las noches bebiendo con sus guerreros y jinetes de sangre, organizando carreras con los mejores caballos, y viendo a las mujeres danzar y a los hombres morir. En esas partes de su vida, Dany no tenía lugar. Cenaba sola, o con Ser Jorah y con su hermano, y después lloraba hasta quedarse dormida. Pero todas las noches, poco antes del amanecer, Drogo entraba en su tienda, la despertaba a oscuras y la montaba tan despiadadamente como a su garañón. Siempre la tomaba por detrás, como era costumbre entre los dothrakis. Dany daba las gracias por ello: así su señor esposo no le veía las lágrimas en el rostro, y podía disimular los gritos de dolor entre los almohadones. En cuanto acababa, cerraba los ojos y empezaba a roncar con suavidad, y Dany tenía que permanecer tendida junto a él, con el cuerpo magullado, demasiado dolorida para dormir.
Y así día tras día, y noche tras noche, hasta que Dany supo que no podría soportarlo ni un momento más. Decidió que se mataría antes de seguir así.
Pero aquella noche, cuando se quedó dormida, volvió a tener el sueño del dragón. En aquella ocasión no aparecía Viserys. Sólo estaban el dragón y ella. Tenía las escamas negras como la noche, húmedas y pegajosas de sangre. De la sangre de Dany. Los ojos eran como pozos de magma, y cuando abrió la boca exhaló una llamarada de un rugido. El sonido era una llamada para ella. Abrió los brazos al fuego, lo estrechó contra el pecho, dejó que la engullera, que la limpiara, que la atemperara. Notaba que la carne se le quemaba, se le caía; que la sangre le hervía y se le evaporaba, pero no había dolor. Se sentía fuerte, nueva, salvaje.
Y al día siguiente, para su sorpresa, nada le dolía ya tanto. Era como si los dioses la hubieran escuchado y se hubieran apiadado de ella. Hasta sus doncellas advirtieron el cambio.
Khaleesi, ¿qué os pasa? —dijo Jhiqui—. ¿Estáis enferma?
—Lo estaba —dijo ella. Se encontraba ante los huevos de dragón que Illyrio le había regalado el día de su boda. Tocó uno, el más grande, pasó la mano con suavidad por la cáscara. «Negro y escarlata —pensó—. Como el dragón de mi sueño.» Notaba la piedra cálida bajo los dedos, ¿o acaso seguía soñando? Retiró la mano, nerviosa.
Desde aquel momento, cada día le resultaba más fácil que el anterior. Se le fortalecieron las piernas. Se le reventaron las ampollas, se le encallecieron las manos y los muslos tiernos pasaron a ser duros y flexibles como el cuero.
El khal había encargado a la doncella Irri que enseñara a Dany a cabalgar al estilo dothraki, pero su verdadera maestra fue la potranca. Parecía conocer sus estados de ánimo, como si compartieran una mente. Cada día que pasaba, Dany se sentía más segura en la silla. Los dothrakis eran un pueblo duro, poco dado a sentimentalismos, y no tenían la costumbre de poner nombres a los animales, así que Dany pensaba en ella simplemente como la plata. Jamás había amado tanto a ningún otro ser vivo.
A medida que cabalgar le iba resultando menos penoso, Dany empezó a fijarse en la belleza de las tierras que la rodeaban. Iba a la cabeza del khalasar, con Drogo y sus jinetes de sangre, de manera que veía el paisaje siempre impoluto. Tras ellos la horda podía desgarrar la tierra, enfangar los ríos y levantar nubes de polvo asfixiante, pero ante ellos los campos estaban siempre verdes y frondosos.
Pasaron por las colinas onduladas de Norvos, cerca de los cultivos en bancales de las granjas y de aldeas cuyos habitantes los miraban con temor desde la cima de muros blancos de estuco. Vadearon tres ríos anchos y tranquilos, y un cuarto que era rápido, estrecho y traicionero. Acamparon junto a una catarata altísima de aguas azuladas, atravesaron las ruinas de una ciudad muerta donde, según se decía, los fantasmas aullaban entre las columnas de mármol ennegrecido. Cabalgaron por caminos valyrianos que tenían más de mil años, rectos como una flecha dothraki. Durante media luna recorrieron el bosque de Qohor, donde las hojas entrelazadas formaban un dosel de oro muy por encima de las cabezas, y los troncos de los árboles eran anchos como las puertas de una ciudad. En aquel bosque había alces enormes, tigres moteados y lémures de pelo plateado y grandes ojos color púrpura, pero todos escapaban ante la proximidad del khalasar y Dany no llegó a ver a ninguno.
Para entonces el dolor no era más que un recuerdo lejano. Todavía se sentía magullada tras un largo día a caballo, pero era una sensación dulce, y cada mañana montaba de nuevo deseosa de ver las maravillas que la aguardaban en las tierras que se extendían ante ella. Incluso empezó a encontrar placer en las noches, y si gritaba cuando Drogo la tomaba, no era siempre de dolor.
En la base del risco, la hierba que la rodeaba era alta y suave. Dany puso la potranca al trote y cabalgó por la llanura, perdida entre la vegetación, disfrutando de la soledad. En el khalasar nunca estaba sola. Khal Drogo sólo acudía a ella tras la puesta del sol, pero sus doncellas la alimentaban, la bañaban y dormían junto a la puerta de su tienda. Los jinetes de sangre de Drogo y los hombres del khas de Dany nunca estaban demasiado lejos, y su hermano era una sombra molesta, día y noche. En aquellos momentos lo oía gritar furioso a Ser Jorah, con voz chillona. Siguió cabalgando, mientras se sumergía en las profundidades del mar dothraki.
El verdor la engulló. El aire tenía la fragancia de la tierra y la hierba, mezclado con el olor del caballo, del sudor de Dany y de los aceites de su pelo. Olores dothrakis. Aquél era su lugar. Dany los respiró y se echó a reír, feliz. De repente tuvo la necesidad de sentir el suelo bajo los pies, de que se le metiera entre los dedos aquella tierra espesa y negra. Se bajó de la silla, y dejó que la plata pastara mientras ella se quitaba las botas altas.
Viserys cayó junto a ella, tan repentino como una tormenta de verano. Detuvo su caballo con tal brusquedad que el animal casi se encabritó.
—¡Cómo te atreves! —le gritó—. ¡A darme órdenes a mí! ¡A mí! —Se bajó del caballo con torpeza y estuvo a punto de caer. Recuperó el equilibrio con el rostro congestionado. La agarró por los brazos y la sacudió—. ¿Te has olvidado de quién eres? ¡Mira la pinta que tienes!
A Dany no le hacía falta mirarse. Estaba descalza, llevaba el pelo aceitado y vestía prendas de cuero dothrakis para cabalgar y un chaleco de colores que había sido uno de sus regalos de boda. Su aspecto era el adecuado para aquel lugar. Viserys vestía sedas de ciudad y cota de mallas, y estaba sucio y sudoroso. Y no dejaba de gritar.
—Tú no le das órdenes al dragón, ¿entendido? Soy el señor de los Siete Reinos, y no obedezco a la putilla de un señor de los caballos, ¿me oyes? —Le metió la mano bajo el chaleco, y le clavó los dedos en el pecho hasta hacerle daño—. ¿Me oyes?
Dany le dio un violento empujón.
Viserys se la quedó mirando con los ojos liláceos llenos de incredulidad. Su hermana jamás le había plantado cara. Nunca lo había desafiado. La rabia le distorsionó el rostro. Dany supo que Viserys le iba a hacer daño. Mucho daño.
Crac.
El restallido del látigo fue como un trueno. La cinta de cuero se enroscó en torno a la garganta de Viserys y lo hizo retroceder. Cayó de espaldas sobre la hierba, ahogándose. Los jinetes dothrakis se burlaron de él cuando intentó liberarse. El que manejaba el látigo, el joven Jhogo, preguntó algo. Dany no entendía aún el idioma, pero para entonces ya habían llegado Irri, Ser Jorah y el resto de su khas.
—Jhogo pregunta si queréis que lo maten, khaleesi —dijo Irri.
—No —respondió Dany—. No.
Jhogo entendió la negativa. Otro jinete ladró un comentario y los dothrakis se echaron a reír.
—Quaro dice que deberíais cortarle una oreja para que aprenda a teneros respeto —tradujo Irri.
—Diles que no es mi deseo que se le cause daño alguno —dijo Dany.
Irri repitió sus palabras en dothraki. Jhogo dio un tirón del látigo, sacudiendo a Viserys como una marioneta de cuerda. Cayó de nuevo al suelo, con una fina línea de sangre bajo la barbilla, allí donde el cuero había mordido la piel.
—Le advertí de lo que sucedería, mi señora —dijo Ser Mormont—. Le dije que se quedara en el risco, como ordenasteis.
—Lo sé, lo sé —replicó Dany, sin dejar de mirar a Viserys.
Su hermano estaba tendido en el suelo, y luchaba por recuperar la respiración entre sollozos, con el rostro congestionado. Resultaba patético. Siempre había sido patético. ¿Por qué ella no se había dado cuenta antes? En su interior, en el lugar que antes ocupaba el miedo, tenía una sensación de vacío.
—Encárgate de su caballo —ordenó Dany a Ser Jorah. Viserys se la quedó mirando. No daba crédito a lo que oía. La propia Dany tampoco podía creerse lo que estaba diciendo, pero le salieron las palabras—. Que mi hermano camine detrás de nosotros hasta el khalasar. —Entre los dothrakis, el hombre que no iba a caballo no era un hombre, era lo más bajo entre lo más bajo, carecía de honor y de orgullo—. Que todos lo vean tal como es.
—¡No! —gritó Viserys. Se volvió hacia Ser Jorah—. Dale una bofetada, Mormont —suplicó en la lengua común, que los jinetes no comprendían—. Hazle daño. Te lo ordena tu rey. Mata a estos perros dothrakis y dale una lección.
El caballero exiliado miró a Dany y luego a Viserys. Ella iba descalza, tenía tierra entre los dedos de los pies y aceite en el pelo; él vestía sedas y acero. Dany vio la decisión dibujada en su rostro.
—Caminará, khaleesi —dijo. Se hizo cargo del caballo del muchacho, mientras Dany volvía a montar en su plata.
Viserys lo miró y se sentó en la tierra. No abrió la boca, pero tampoco se movió, y los ojos con que los vio alejarse estaban cargados de veneno. Pronto lo perdieron de vista entre las hierbas altas. Dany se asustó.
—¿Sabrá encontrar el camino? —preguntó a Ser Jorah.
—Hasta un hombre tan ciego como vuestro hermano puede seguir nuestro rastro —replicó.
—Es orgulloso. Quizá esté demasiado avergonzado para volver.
—¿Y a dónde va a ir? —dijo Jorah riéndose—. Si no encuentra el khalasar, el khalasar lo encontrará a él. Nadie se ahoga en el mar dothraki, niña.
Dany comprendió que era verdad. El khalasar era como una ciudad en marcha, pero no avanzaba a ciegas. Siempre había exploradores por delante de la columna principal, por si se divisaba caza o algún enemigo, y otros jinetes guardaban los flancos. En aquella tierra, en su tierra, no había nada que se les escapara. Las llanuras eran parte de ellos... y ahora también eran parte de ella.
—Le he pegado —dijo con la voz llena de asombro. Todo le parecía un sueño extraño y remoto—. Ser Jorah, ¿crees...? Cuando vuelva estará muy enfadado conmigo... —Se estremeció—. He despertado al dragón, ¿verdad?
—¿Tenéis poder para despertar a los muertos, niña? —Ser Jorah dejó escapar una carcajada despectiva—. Vuestro hermano Rhaegar era el último dragón, y murió en el Tridente. Viserys no es ni la sombra de una serpiente.
—Pero... tú... le juraste lealtad... —Lo brusco de esas palabras la había sobresaltado. De repente, todas las cosas en las que siempre había creído parecían cuestionables.
—Cierto, niña —asintió Ser Jorah—. Y si vuestro hermano es la sombra de una serpiente, ¿qué somos los que lo servimos? —Había amargura en su voz.
—Pero, aun así, es el verdadero rey. Es...
—Decidme la verdad —le pidió Jorah mientras detenía el caballo y la miraba—. ¿Queréis que Viserys se siente en un trono?
—No sería un buen rey, ¿verdad? —dijo Dany después de meditar un momento.
—Los ha habido peores... pero no muchos. —El caballero volvió a poner su montura al paso.
—De todos modos —insistió Dany situándose junto a él—, el pueblo llano lo espera. El magíster Illyrio dice que están bordando estandartes de dragones y rezando por que Viserys cruce el mar estrecho y regrese para liberarlos.
—El pueblo llano, cuando reza, pide lluvia, hijos sanos y un verano que no acabe jamás —replicó Ser Jorah—. No les importa que los grandes señores jueguen a su juego de tronos, mientras a ellos los dejen en paz. —Se encogió de hombros—. Pero nunca los dejan en paz.
Dany cabalgó en silencio un rato, analizando las palabras del caballero como si fueran un rompecabezas. El hecho de que al pueblo no le importara si lo gobernaba su verdadero rey o un usurpador iba contra todo lo que le había dicho Viserys durante años. Pero cuanto más pensaba en todo aquello, más ciertas le parecían las palabras de Ser Jorah.
—Y tú, ¿qué pides cuando rezas, Ser Jorah? —le preguntó.
—Un hogar —dijo, con la voz ronca por la nostalgia.
—Yo también querría un hogar —dijo ella con sinceridad.
—Mirad a vuestro alrededor, khaleesi. —Ser Jorah se echó a reír.
Pero Dany no estaba pensando en las llanuras. Pensaba en Desembarco del Rey y en la gran Fortaleza Roja que había construido Aegon el Conquistador. Pensaba en Rocadragón, donde había nacido. En su imaginación, ambos lugares brillaban con un millar de luces, había una chimenea tras cada ventana. En su imaginación todas las puertas eran rojas.
—Mi hermano no recuperará jamás los Siete Reinos —dijo Dany. Se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que lo sabía. Toda su vida. Sólo que no se había permitido formular las palabras, ni siquiera en un susurro. Pero en aquel momento las decía en voz alta, para que las oyera Jorah Mormont, para que las oyera todo el mundo.
—¿Eso creéis? —preguntó Ser Jorah mientras la miraba calibrándola.
—No sabría dirigir un ejército ni aunque mi señor esposo se lo diera —dijo la chica—. No tiene dinero, y el único caballero que lo sigue lo considera menos que una serpiente. Los dothrakis se burlan de su debilidad. Jamás nos llevará a casa.
—Sois sabia, niña —sonrió el caballero.
—No soy ninguna niña —replicó ella, furiosa. Espoleó a su montura hasta poner la plata al galope. Cabalgó cada vez más deprisa, dejó muy atrás a Jorah, a Irri y a los otros; el viento cálido le agitaba el pelo y el sol poniente le bañaba el rostro con luz rojiza. Cuando llegó al khalasar, había anochecido.
Los esclavos le habían plantado la tienda a la orilla de una charca alimentada por el agua de un riachuelo. Oyó voces roncas procedentes del palacio de hierba entrelazada, en la colina. Pronto habría risas, eso significaría que los hombres de su khas estarían contando la historia de lo sucedido aquel día entre la hierba. Cuando Viserys llegara cojeando, todo hombre, mujer y niño del campamento sabría que era un caminante. En el khalasar no había secretos.
Dany dejó la plata al cuidado de los esclavos, y entró en la tienda. Las sedas la hacían fresca y umbría. Justo cuando dejaba caer a sus espaldas la tela que hacía las veces de puerta, vio un dedo de luz roja que parecía tocar sus huevos de dragón, al fondo de la tienda. Durante un momento fue como si un millar de gotas de fuego escarlata le revolotearan ante los ojos. Parpadeó, y desaparecieron.
«Piedra —se dijo—. No son más que piedra, hasta Illyrio me lo dijo, todos los dragones han muerto.»
Acarició el huevo negro con la palma de la mano, recorrió con los dedos la curva de la cáscara. La piedra estaba tibia. Casi caliente.
—El sol —susurró Dany—. Los ha calentado el sol por el camino.
Ordenó a sus doncellas que le preparasen la bañera. Doreah encendió una hoguera junto a la tienda, mientras Irri y Jhiqui cogían la gran bañera de cobre (otro de los regalos de boda) de los caballos de carga y acarreaban agua de la charca. Cuando el baño estuvo a punto, Irri la ayudó a entrar y se metió en el agua con ella.
—¿Habéis visto alguna vez un dragón? —preguntó mientras Irri le enjabonaba la espalda y Jhiqui le quitaba arena del pelo. Había oído decir que los primeros dragones llegaron procedentes de oriente, de las Tierras Sombrías más allá de Asshai y las islas del mar de Jade. Quizá allí vivieran todavía, en reinos extraños y salvajes.
—Ya no quedan dragones, khaleesi —dijo Irri.
—Murieron todos —corroboró Jhiqui—. Hace ya mucho, mucho tiempo.
Viserys le había dicho que los últimos dragones targaryanos habían muerto hacía un siglo y medio, durante el reinado de Aegon III, al que llamaban el Veneno de Dragón. A Dany no le parecía tanto tiempo.
—¿En todas partes? —preguntó decepcionada—. ¿Incluso en oriente?
La magia había muerto en occidente cuando cayó la Maldición sobre Valyria y las Tierras del Largo Verano, y ni el acero fraguado con hechizos, ni los bardos de tormentas, ni los dragones pudieron recuperarla, pero Dany siempre había oído decir que en oriente las cosas eran de otra manera. Según las leyendas, en las islas del mar de Jade había manticoras, los basiliscos infestaban las selvas de Yi Ti, y los recitadores de hechizos, los brujos y los aeromantes practicaban sus artes abiertamente en Asshai, mientras que en lo más oscuro de la noche los portadores de sombras y los magos de sangre ejecutaban conjuros horripilantes. ¿Por qué no podía haber también dragones?
—No hay dragones —insistió Irri—. Los hombres valientes los matan, porque son bestias espantosas. Lo sabe todo el mundo.
—Lo sabe todo el mundo —corroboró Jhiqui.
—Una vez, un mercader de Quarth me dijo que los dragones venían de la luna —comentó la rubia Doreah mientras calentaba una toalla ante el fuego.
Irri y Jhiqui tenían más o menos la edad de Dany, eran chicas dothrakis tomadas como esclavas cuando Drogo destruyó el khalasar de su padre. Doreah era mayor, de casi veinte años. El magíster Illyrio la había encontrado en un lupanar de Lys.
—¿De la luna? —Dany volvió la cabeza con curiosidad, y los mechones húmedos, blancos como la plata, le cayeron sobre los ojos.
—Me dijo que la luna era un huevo, khaleesi —asintió la joven lysena—. Antes había dos lunas en el cielo, pero una se acercó demasiado al sol, y con el calor se cascó. De ella salieron mil millares de dragones, y bebieron el fuego del sol. Por eso los dragones respiran llamas. Algún día la otra luna también besará el sol, se romperá, y volverán los dragones.
Las dos chicas dothrakis se echaron a reír.
—Eres una esclava tonta con pelo de paja —dijo Irri—. La luna no es ningún huevo. La luna es una diosa, la esposa del sol. Lo sabe todo el mundo.
—Lo sabe todo el mundo —corroboró Jhiqui.
Dany tenía la piel enrojecida y brillante al salir de la bañera. Jhiqui la tendió de bruces para untarle el cuerpo de aceite y sacarle el polvo de los poros. Después Irri la salpicó con florespecia y canela. Mientras Doreah le cepillaba el pelo hasta que tuvo el brillo de hebras de plata, pensó en la luna, en huevos y en fantasmas.
La cena consistió sencillamente en fruta y queso con pan frito, todo acompañado por una jarra de vino mezclado con miel.
—Quédate a comer conmigo, Doreah —ordenó Dany y despidió a las otras doncellas. La chica lysena tenía el pelo color miel, y ojos como el cielo en verano. Cuando estuvieron a solas, clavó aquellos ojos en el suelo.
—Me honráis, khaleesi —dijo.
Pero no se trataba de un honor, sino de un servicio. Mucho después de que la luna brillara en el cielo ellas seguían sentadas, hablando.
Aquella noche, cuando Khal Drogo entró en la tienda, Dany lo aguardaba. El hombre se detuvo en la entrada y la miró sorprendido. Ella se levantó muy despacio y dejó caer al suelo las prendas de seda con que dormía.
—Esta noche debemos salir afuera, mi señor —le dijo, porque los dothrakis creían que todo hecho importante en la vida de un hombre debe tener lugar bajo el cielo abierto.
Khal Drogo la siguió al exterior. Las campanillas de su pelo tintineaban con suavidad. A pocos metros de la tienda había una zona de hierba suave, y Dany lo hizo tenderse allí. Cuando él intentó que se diera la vuelta, le apoyó una mano en el pecho.
—No —dijo—. Esta noche quiero mirarte el rostro.
En el corazón del khalasar no hay intimidad. Dany sintió mil ojos clavados en ella mientras lo desnudaba, oyó los murmullos cuando hizo las cosas que Doreah le había dicho que hiciera. No le importaba. ¿Acaso no era la khaleesi? Los únicos ojos que importaban eran los de su esposo, y cuando lo montó vio en ellos algo que no había visto jamás. Lo cabalgó con tanta fiereza como a la plata, y cuando a Khal Drogo le llegó el momento del placer, gritó su nombre.
Estaban al otro lado del mar dothraki cuando Jhiqui pasó los dedos por la suave prominencia que era el vientre de Dany.
—Lleváis un niño dentro, khaleesi —dijo.
—Lo sé —respondió Dany.
Era su decimocuarto día del nombre.

BRAN

Abajo, en el patio, Rickon corría con los lobos.
Bran observaba la escena sentado junto a la ventana. Fuera adonde fuera el niño, Viento Gris llegaba antes de un salto para cortarle el paso, hasta que Rickon lo veía, gritaba de puro contento y echaba a correr en otra dirección. Peludo le pisaba los talones, pero se revolvía si los otros lobos se le acercaban demasiado. Se le había oscurecido el pelaje, que ahora era casi negro, y sus ojos eran fuego verde. Verano, el lobo de Bran, iba el último. Tenía el pelaje plateado y color humo, y ojos como oro amarillo. Era más pequeño que Viento Gris, y también más cauto. Bran creía que era el más listo de la camada. Oyó las risas despreocupadas de su hermano mientras corría por el suelo cubierto de tierra con sus piernecitas gordezuelas, casi de bebé.
Le escocían los ojos. Quería estar allí abajo, y reír y correr. Enfadado consigo mismo, Bran se secó las lágrimas con los nudillos antes de que brotaran. Ya había pasado su octavo día del nombre. Era casi un hombre adulto, no podía llorar.
—Era mentira —dijo con amargura al recordar al cuervo de su sueño—. No puedo volar. Ni siquiera puedo correr.
—Todos los cuervos son unos mentirosos —asintió la Vieja Tata, que estaba sentada con su labor de costura en las manos—. Me sé un cuento sobre un cuervo.
—Ya estoy harto de cuentos —replicó Bran, petulante. Antes le gustaban mucho los cuentos de la Vieja Tata. Pero las cosas habían cambiado. Se tenía que pasar el día con ella, era la que lo cuidaba y lo limpiaba y le hacía compañía. Y eso no servía más que para empeorar las cosas—. Odio tus estúpidos cuentos —insistió.
—¿Mis cuentos? —La anciana le dedicó una sonrisa desdentada—. No, mi pequeño señor, no son míos. Los cuentos son, a secas, antes de mí, y antes de ti también.
Bran, lleno de rencor, pensó que era una vieja muy fea. Encogida, arrugada, casi ciega, demasiado débil para subir escaleras, apenas le quedaban unos mechones de pelo blanco en el cuero cabelludo de un color rosa sucio. Nadie sabía a ciencia cierta cuántos años tenía, pero según su padre ya la llamaban Vieja Tata cuando él era niño. Era sin duda la persona más anciana de Invernalia, quizá la más anciana de los Siete Reinos. Tata había llegado al castillo como ama de cría de Brandon Stark, cuya madre había muerto en el parto. Brandon Stark había sido como un hermano mayor para Lord Rickard, el abuelo de Bran, o quizá un hermano pequeño, o hermano del padre de Lord Rickard. Tata cambiaba la historia cada vez que la contaba. En todas ellas, el bebé moría a los tres años de unas fiebres de verano, pero la Vieja Tata se quedaba en Invernalia con sus hijos. Ambos murieron en la guerra en la que el rey Robert subió al trono, y su nieto también cayó ante las murallas de Pyke durante la rebelión de Balon Greyjoy. También sus hijas se habían casado, se habían marchado y habían muerto mucho tiempo atrás. El único descendiente que le quedaba era Hodor, el gigantón retrasado mental que trabajaba en los establos. Y la Vieja Tata vivía, y vivía, y seguía viviendo, con sus labores de costura y sus cuentos.
—A mí qué me importa de quién son los cuentos —dijo Bran—. Los odio.
No quería cuentos, y no quería a la Vieja Tata. Quería a su madre y a su padre. Quería ir a correr con Verano. Quería trepar por la pared de la torre rota y dar de comer a los cuervos. Quería volver a montar en el poni con sus hermanos. Quería que las cosas fueran como habían sido.
—Me sé un cuento sobre un niño que odiaba los cuentos —dijo la Vieja Tata con su sonrisa estúpida, mientras movía la aguja sin cesar, clic, clic, clic, hasta que a Bran le entraron ganas de gritar.
Sabía que las cosas nunca volverían a ser como antes. El cuervo lo engañó para que volara, pero cuando despertó estaba inválido y el mundo había cambiado. Todos lo habían abandonado: su padre, su madre, sus hermanas... hasta su hermano bastardo, Jon. Su padre le había prometido que cabalgaría en un caballo de verdad hasta Desembarco del Rey, y en vez de eso se habían marchado sin él. El maestre Luwin había enviado a Lord Eddard un pájaro con un mensaje, y otro a su madre, y otro al Muro; pero no llegó ninguna respuesta.
—A veces los pájaros se pierden, hijo —le explicó el maestre—. De aquí a Desembarco del Rey hay mucha distancia y muchos halcones; puede que el mensaje no les haya llegado.
Pero, para Bran, era como si todos hubieran muerto mientras dormía... o quizá era él quien había muerto, y los demás lo habían olvidado. Jory, Ser Rodrik y Vayon Poole se habían marchado también, así como Hullen, y Harwin, y Tom el Gordo, y una cuarta parte de la guardia.
Los únicos que quedaban eran Robb y el pequeño Rickon, y Robb había cambiado. Ahora era Robb el Señor, o al menos lo intentaba. Llevaba una espada de verdad y no sonreía nunca. Se pasaba el día ejercitando con la guardia y entrenándose en el manejo de la espada, con lo que en el patio resonaba constantemente el choque de metal contra metal mientras Bran miraba desconsolado desde la ventana. Por las noches se encerraba con el maestre Luwin para hablar o repasar libros de cuentas. En ocasiones se iba a caballo con Hallis Mollen, y estaba ausente varios días, visitando los fortines cercanos. Siempre que se iba durante más de un día, Rickon lloraba y no paraba de preguntar a Bran si Robb iba a volver. Pero, incluso cuando estaba en Invernalia, tenía más tiempo para Hallis Mollen y para Theon Greyjoy que para sus hermanos.
—Te puedo contar la historia de Brandon el Constructor —dijo la Vieja Tata—. Siempre ha sido tu favorita.
Hacía ya milenios, Brandon el Constructor había edificado Invernalia, y según algunas leyendas también el propio Muro. Bran conocía la historia, pero nunca había sido su favorita. Quizá fuera la favorita de algún otro Brandon. A veces Tata le hablaba como si fuera su Brandon, el bebé al que había dado el pecho hacía ya tantos años, y en otras lo confundía con su tío Brandon, el que había muerto a manos del Rey Loco antes incluso del nacimiento de Bran. Su madre le había dicho una vez que Tata había vivido tanto tiempo que, para ella, todos los Brandon Stark eran uno solo.
—Ésa no es mi favorita —dijo—. Mis historias favoritas eran las de miedo.
Se oyó un estrépito en el exterior, y se volvió hacia la ventana. Rickon corría por el patio hacia la caseta del guardia, y los lobos lo seguían, pero la orientación de la ventana de la torre no le permitía ver qué pasaba. Frustrado, se pegó un puñetazo en el muslo. No sintió nada.
—Ay, mi dulce niño de verano —dijo la Vieja Tata con voz queda—, ¡qué sabrás tú del miedo! El miedo es cosa del invierno, mi pequeño señor, cuando la capa de nieve es de treinta metros y el viento aúlla gélido desde el norte. El miedo es para la larga noche, cuando el sol oculta el rostro durante años enteros, los bebés nacen, viven y mueren en la oscuridad, los huargos están famélicos y los caminantes blancos recorren los bosques.
—Te refieres a los Otros —dijo Bran.
—Los Otros —asintió la Vieja Tata—. Hace miles y miles de años hubo un invierno frío, duro y largo como jamás hombre alguno había conocido. Hubo una noche que duró una generación, los reyes tiritaban y morían en sus castillos igual que los porqueros en sus chozas. Las madres ahogaban a sus hijos con almohadas para no verlos morir de hambre, y lloraban, y las lágrimas se les helaban en las mejillas. —Su voz y sus agujas se callaron a la vez; miró a Bran con ojos claros, lechosos—. Dime, niño, ¿son éstas las historias que te gustan?
—Bueno —reconoció Bran de mala gana—, sí, pero...
La Vieja Tata asintió.
—Fue durante aquella oscuridad cuando aparecieron por primera vez los Otros —empezó, mientras las agujas hacían clic, clic, clic—. Eran cosas frías, cosas muertas, que aborrecían el hierro y el fuego y la luz del sol, y a toda criatura con sangre caliente en las venas. Arrasaron aldeas, ciudades y reinos, derrotaron a héroes y ejércitos. Eran innumerables, siempre a lomos de caballos blancuzcos y muertos, al frente de huestes de cadáveres. Ni todas las espadas de los hombres pudieron detener su avance, ni las doncellas ni los bebés de pecho despertaron su compasión. Dieron caza a las muchachas por los bosques helados y alimentaron a sus sirvientes muertos con la carne de los niños humanos. —Había bajado mucho la voz, casi no era más que un susurro, y Bran se dio cuenta de que se había inclinado hacia adelante para oírla.
—Eran los tiempos anteriores a la llegada de los ándalos, y mucho antes de que las mujeres cruzaran el mar Angosto huyendo de las ciudades de Thoyne; y los cien reinos de aquel entonces eran los reinos de los primeros hombres, que habían arrebatado estas tierras a los niños del bosque. Pero aquí y allá, en lo más profundo de las espesuras, los hijos seguían viviendo en sus ciudades de madera, en las entrañas de las colinas, y los rostros de los árboles montaban guardia. Así que, mientras el frío y la muerte invadían la tierra, el último héroe quiso buscar a los hijos, con la esperanza de que la magia antigua pudiera recuperar lo que los ejércitos de los hombres habían perdido. Emprendió la marcha hacia las tierras muertas con una espada, un caballo, un perro y una docena de compañeros. Buscó y buscó durante años, hasta que desesperó de dar jamás con los niños del bosque en sus ciudades secretas. Sus amigos fueron muriendo uno a uno, y también su caballo, y por último su perro, y hasta su espada se congeló de tal manera que se rompió cuando quiso utilizarla. Y los Otros olieron la sangre caliente que le corría por las venas, y siguieron su rastro en silencio, lo persiguieron con manadas de arañas blancas, casi transparentes, grandes como sabuesos...
La puerta se abrió con estrépito, y faltó poco para que a Bran se le saliera el corazón por la boca del susto. Pero sólo era el maestre Luwin, aunque inmediatamente después apareció por la puerta el gigantesco Hodor.
—¡Hodor! —anunció el mozo de cuadras como tenía por costumbre, al tiempo que dedicaba a todos una amplia sonrisa.
—Han llegado visitantes —dijo el maestre Luwin, que no sonreía—. Se requiere tu presencia, Bran.
—Me estaban contando un cuento —se quejó el niño.
—Los cuentos esperan, mi pequeño señor, cuando vuelvas éste estará donde lo dejaste —dijo la Vieja Tata—. En cambio los visitantes no tienen tanta paciencia. Y a veces traen sus propios cuentos.
—¿De quién se trata? —preguntó Bran al maestre Luwin.
—De Tyrion Lannister, y también vienen algunos hombres de la Guardia de la Noche con noticias de tu hermano Jon. Robb está reunido con ellos. Hodor, ayuda a Bran a bajar a la sala.
—¡Hodor! —asintió el mozo alegremente. Se agachó para no tropezar con la parte superior de la puerta. Medía bastante más de dos metros, tanto que costaba creer que por las venas le corría la misma sangre que por las de la Vieja Tata. Bran se preguntaba si, cuando fuera viejo, se arrugaría y se encogería tanto como su tatarabuela. No parecía probable ni aunque viviera mil años.
Hodor levantó a Bran con tanta facilidad como si se tratara de una bala de heno, y lo acunó contra el pecho gigantesco. Siempre despedía cierto olor a caballo, pero no era desagradable. Tenía brazos grandes y musculosos, cubiertos de vello castaño.
—Hodor —repitió.
En cierta ocasión Theon Greyjoy había comentado que Hodor sabía muy pocas cosas, pero que no cabía duda de que al menos sabía muy bien su nombre. Cuando Bran se lo contó, la Vieja Tata se echó a reír con cloqueos de gallina, y le confesó que el verdadero nombre de Hodor era Walder. Nadie sabía de dónde había salido lo de «Hodor», pero cuando empezó a repetirlo constantemente pasaron a llamarlo así. Era la única palabra que decía.
Dejaron a la Vieja Tata en la habitación de la torre, con sus agujas y sus recuerdos. Hodor tarareaba algo sin melodía mientras cargaba a Bran escaleras abajo y por la galería. El maestre Luwin iba tras ellos, aunque tenía que apurar el paso para seguir las largas zancadas del mozo de cuadras.
Robb estaba sentado en el trono elevado de su padre. Vestía cota de mallas y cuero endurecido, y tenía el rostro adusto de Robb el Señor. Theon Greyjoy y Hallis Mollen estaban de pie a su lado. Junto a los muros de piedra gris, bajo las ventanas altas y estrechas, había una docena de soldados. En el centro de la sala se encontraban el enano y sus criados, con cuatro desconocidos que lucían las prendas negras de la Guardia de la Noche. En cuanto Hodor entró con él en la sala, Bran captó la ira contenida en el ambiente.
—Cualquier miembro de la Guardia de la Noche es bienvenido en Invernalia, durante tanto tiempo como desee permanecer —decía Robb con la voz de Robb el Señor.
Tenía la espada cruzada sobre las rodillas, desenfundada para que todos vieran el acero. Hasta Bran sabía qué significaba recibir a un invitado con la espada así.
—Cualquier miembro de la Guardia de la Noche —repitió el enano—. Pero yo no, ¿verdad? ¿Te he entendido bien, chico?
—En ausencia de mis padres, yo soy el señor de Invernalia, Lannister —dijo Robb levantándose y apuntando al hombrecillo con la espada—. No me llames chico.
—Si fueras un señor, tendrías la cortesía de un señor —replicó el hombrecillo, como si no viera la espada que le apuntaba al rostro—. Por lo visto tu hermano bastardo heredó toda la elegancia de tu padre.
—Jon. —A Bran se le cortó la respiración en los brazos de Hodor.
—Así que es cierto, el chico sigue vivo. —El enano se había girado para mirarlo—. Me parecía increíble. Los Stark sois duros de pelar.
—Y los Lannister haríais bien en recordarlo —dijo Robb al tiempo que bajaba la espada—. Trae aquí a mi hermano, Hodor.
—Hodor —dijo Hodor. Se adelantó sonriente y depositó a Bran en el trono elevado de los Stark, donde se habían sentado los señores de Invernalia desde los tiempos en que eran los Reyes en el Norte. El asiento era de piedra fría, pulida por incontables traseros. En los extremos de los gigantescos brazos había tallas de cabezas de huargos con las fauces abiertas. La enormidad del trono lo hacía sentirse casi como un bebé.
—Dices que tienes algo que hablar con Bran —dijo Robb mientras le ponía una mano en el hombro a Bran—. Bien, Lannister, aquí lo tienes.
La mirada de Tyrion Lannister hacía sentir incómodo a Bran. Tenía un ojo negro y el otro verde, ambos clavados en él como si lo estudiara, como si lo calibrara.
—Me han dicho que eras un trepador excelente, Bran —dijo por último—. Cuéntame, ¿cómo es que te caíste aquel día?
—Yo nunca me caigo —insistió el niño. Nunca, nunca, nunca se caía.
—No recuerda nada de la caída, ni de lo que estaba haciendo antes —intervino con amabilidad el maestre Luwin.
—Qué extraño —dijo Tyrion Lannister.
—Mi hermano no está aquí para responder a tus preguntas, Lannister —dijo Robb, cortante—. Pregúntale lo que quieras y sigue tu camino.
—Tengo un regalo para ti —dijo el enano a Bran—. ¿Te gustaría cabalgar, chico?
—El niño ha perdido el uso de las piernas, mi señor —se adelantó el maestre Luwin—. No puede montar a caballo.
—Tonterías —replicó Lannister—. Con el caballo correcto y la silla adecuada, hasta un tullido puede cabalgar.
—¡Yo no soy un tullido! —La palabra había sido como una puñalada en el corazón de Bran. Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas incontenibles.
—Entonces yo no soy un enano —dijo el enano con una mueca—. Mi padre se alegrará mucho cuando se entere.
Greyjoy soltó una carcajada. El maestre Luwin se echó a reír.
—¿A qué clase de caballo y silla os referís? —preguntó Luwin.
—A un caballo inteligente —replicó Lannister—. El chico no puede darle órdenes con las piernas, así que hay que adaptar el caballo al jinete, enseñarle a que responda a las riendas, a la voz. Yo optaría por un potro de un año que esté sin entrenar, así no habrá que hacerle olvidar unas cosas antes de aprender otras. —Se sacó un rollo de papel del cinturón—. Dadle esto a quienquiera que os fabrique las sillas. Será más que suficiente.
—Ya... ya veo —dijo el maestre, que curioso como una ardilla gris había cogido el papel de manos del enano, lo había desenrollado y lo estaba estudiando—. Dibujáis muy bien, mi señor. Sí, seguro que funcionará. Tendría que habérseme ocurrido a mí.
—No me ha resultado difícil, maestre. No se diferencia tanto de las sillas que utilizo yo.
—¿De verdad podré montar a caballo? —preguntó Bran. Quería creerlo, pero le daba miedo. Quizá fuera otra mentira. El cuervo le había prometido que podría volar.
—Podrás —le aseguró el enano—. Y te juro una cosa, chico: a lomos de un caballo, serás tan alto como cualquier hombre.
—¿Qué es esto, Lannister, una trampa? —Robb Stark parecía desconcertado—. ¿Qué significa Bran para ti? ¿Por qué quieres ayudarlo?
—Me lo pidió tu hermano Jon —respondió con una sonrisa Tyrion Lannister llevándose una mano al pecho—. Y mi punto débil son los tullidos, los bastardos y las cosas rotas.
En aquel momento se abrieron de golpe las puertas que daban al patio. La luz del sol entró a raudales en la sala mientras Rickon, jadeante, se precipitaba hacia el interior. Los lobos huargo lo seguían. El niño se detuvo en la puerta con los ojos muy abiertos, pero los lobos entraron. Clavaron las miradas en Lannister, o quizá captaron su olor. Verano fue el primero en empezar a gruñir. Viento Gris lo imitó. Se acercaron amenazantes al hombrecillo, uno desde la derecha y otro desde la izquierda.
—A los lobos no les gusta vuestro olor, Lannister —comentó Theon Greyjoy.
—Ya va siendo hora de que me marche —asintió Tyrion.
Dio un paso hacia atrás... y en aquel momento, a sus espaldas, Peludo salió de entre las sombras, gruñendo. Lannister retrocedió, y Verano se lanzó contra él desde el otro lado. El enano se tambaleó inseguro, y Viento Gris le lanzó una dentellada al brazo que le arrancó un trozo de tela de la manga.
—¡No! —gritó Bran desde su trono, mientras los hombres de Lannister desenfundaban las espadas—. ¡Ven, Verano! ¡Aquí!
El lobo huargo oyó la voz, miró a Bran y, a continuación, miró de nuevo a Lannister. Retrocedió sin apartar los ojos del hombrecillo, y por último se tendió bajo los pies colgantes de Bran.
Robb había estado conteniendo el aliento. Lo dejó escapar con un suspiro.
¡Viento Gris! —llamó. Su lobo volvió con él, rápido y silencioso. Ya sólo quedaba Peludo, que seguía gruñendo al hombrecillo y mirándolo con unos ojos que eran como llamaradas verdes.
—¡Llámalo, Rickon! —gritó Bran a su hermano pequeño.
—¡A casa, Peludo, vamos a casa! —gritó Rickon al recuperarse de la sorpresa. El lobo negro gruñó por última vez a Lannister y corrió hacia Rickon, que se le abrazó con fuerza al cuello.
—Qué interesante —comentó con voz átona Tyrion Lannister. Se quitó la bufanda y se secó la frente con ella.
—¿Os encontráis bien, mi señor? —preguntó uno de sus hombres, espada en mano. No dejaba de mirar a los lobos, nervioso.
—Tengo una manga rota y los calzones incomprensiblemente mojados, pero no tengo nada herido salvo la dignidad.
—Los lobos... —Hasta Robb parecía conmocionado—. No entiendo por qué han hecho eso...
—No cabe duda de que me confundieron con la cena. —Hizo una reverencia rígida en dirección a Bran—. Muchas gracias por llamarlos, joven señor. Te aseguro que les habría resultado muy indigesto. Y ahora sí que me voy de verdad.
—Un momento, mi señor —dijo el maestre Luwin. Se dirigió hacia Robb e intercambió con él unos susurros. Bran trató de escuchar qué decían, pero hablaban demasiado bajo.
—Quizá... —dijo Robb Stark envainando la espada—. Puede que haya sido poco cortés contigo. Has sido amable con Bran, y... bueno... —Robb hizo un esfuerzo por recuperar la compostura—. Te ofrezco la hospitalidad de Invernalia, Lannister.
—No me vengas con falsas cortesías, chico. No simpatizas conmigo y no quieres que me quede aquí. Antes he visto una posada fuera de los muros, en la ciudad. Allí me darán cama, y así los dos dormiremos mejor. Y por unas cuantas monedas seguro que también encuentran a alguna ramera amable que me caliente las sábanas. —Se dirigió a uno de los hermanos negros, un hombre viejo de espada encorvada y barba enmarañada—. Partiremos hacia el sur al amanecer, Yoren. Nos encontraremos en el camino. —Sin añadir más, recorrió la sala trabajosamente con sus piernas cortas, pasó junto a Rickon y salió por la puerta. Sus hombres lo siguieron.
Los cuatro miembros de la Guardia de la Noche se quedaron donde estaban. Robb se volvió hacia ellos, inseguro.
—He ordenado que os preparen habitaciones y no os faltará agua caliente para limpiaros el polvo del camino. Espero que nos honréis con vuestra presencia esta noche durante la cena.
Formuló la invitación de manera tan torpe que hasta Bran se dio cuenta de que era un discurso aprendido, no palabras que le salieran del corazón. De todos modos, los hermanos negros se lo agradecieron igual.
Hodor tomó a Bran en brazos para llevarlo de vuelta a la cama, y Verano los siguió por las escaleras de la torre. La Vieja Tata estaba dormida en su silla. Hodor dijo: «Hodor», cogió a su tatarabuela, que roncaba con suavidad, y se la llevó. Bran se quedó allí tendido, pensando. Robb le había prometido que aquella noche podría cenar con la Guardia de la Noche en el Salón Principal.
Verano —llamó. El lobo se subió a la cama de un salto. Bran lo abrazó con tanta fuerza que sintió el aliento cálido en la mejilla—. Ahora podré montar a caballo —susurró a su amigo—. Pronto iremos a cazar juntos por los bosques, ya verás.
No tardó en quedarse dormido.
En el sueño trepaba por una vieja torre sin ventanas, metía los dedos en las grietas de las piedras ennegrecidas y buscaba puntos de apoyo con los pies. Trepaba cada vez más alto y atravesaba las nubes hacia el cielo nocturno, pero la torre seguía y seguía. Cuando se detuvo para mirar abajo, el vértigo lo paralizó y los dedos casi perdieron su agarre. Bran gritó y se asió con todas sus fuerzas. La tierra estaba miles de kilómetros más abajo, y él no sabía volar. Él no sabía volar. Aguardó hasta que el corazón dejó de palpitarle con violencia, y siguió trepando. No podía hacer otra cosa que subir y subir. Muy por encima de él, como una silueta negra contra la luna, le pareció distinguir las formas de las gárgolas. Tenía los brazos doloridos y entumecidos, pero no se atrevía a detenerse para descansar. Se obligó a trepar más deprisa. Las gárgolas observaban su ascenso. Tenían ojos brillantes y rojos como carbones en un brasero. Quizá en el pasado fueran leones, pero en aquel momento eran seres retorcidos y grotescos. Bran las oía murmurar entre ellas, con voces terribles de piedra. «No escuches —se dijo— no escuches»; mientras no las escuchara estaría a salvo. Pero entonces las gárgolas se soltaron de la piedra y empezaron a descender por la torre, hacia Bran, y éste supo que no estaba a salvo.
—No he oído nada —sollozó mientras se le acercaban—. No he oído nada, no he oído nada. —Se despertó sudoroso y sin aliento, perdido en la oscuridad, y vio una gran sombra que se cernía sobre él—. No he oído nada —susurró, temblando de miedo.
—Hodor —dijo la sombra, y encendió la vela que había junto a la cama.
Bran suspiró aliviado.
Hodor le limpió el sudor con un pañuelo húmedo y caliente, antes de vestirlo con manos hábiles y tiernas. Cuando llegó la hora, lo bajó al Salón Principal, donde ya habían instalado la gran mesa sobre caballetes ante la chimenea. El puesto del señor, en la cabecera, quedó libre, pero Robb se sentó a la derecha, y Bran frente a él. Aquella noche cenaron lechón asado, empanada de pichón y nabos con mantequilla, y el cocinero había prometido panales de postre. Verano comía sobras de la mano de Bran, mientras que, en un rincón, Viento Gris y Peludo se peleaban por un hueso. Los perros de Invernalia ya no se atrevían a entrar en la estancia. Al principio a Bran le había parecido raro, pero ya se estaba acostumbrando.
Yoren era el mayor de los hermanos negros, así que el mayordomo lo había colocado entre Robb y el maestre Luwin. El anciano despedía un olor acre, como si llevara mucho tiempo sin bañarse. Arrancaba la carne con los dientes y rompía los huesos para chupar la médula. Se encogió de hombros cuando le preguntaron por Jon Nieve.
—La pesadilla de Ser Alliser —gruñó.
Dos de sus compañeros se echaron a reír, y Bran no entendió nada. Pero cuando Robb se interesó por su tío Benjen, el silencio de los hermanos negros le resultó ominoso.
—¿Qué pasa? —quiso saber.
—Las noticias son malas, señores —dijo Yoren limpiándose los dedos en el chaleco—, y es cruel pagar así vuestra comida y hospitalidad, pero quien hace una pregunta debe poder soportar la respuesta. Stark ha desaparecido.
—El Viejo Oso lo envió en busca de Waymar Royce —intervino otro de los hombres—, y ya debería haber regresado.
—Hace demasiado tiempo —asintió Yoren—. Lo más probable es que haya muerto.
—Mi tío no ha muerto —dijo Robb Stark en voz alta, furiosa. Se levantó del banco y apoyó la mano en la empuñadura de la espada—. ¿Me oís? ¡Mi tío no ha muerto!
Su voz resonó entre los muros de piedra, y de repente Bran tuvo mucho miedo.
El anciano Yoren alzó la vista hacia Robb, impasible.
—Como digáis, mi señor —dijo al tiempo que se sacaba un trocito de carne de entre los dientes.
—No hay un hombre en el Muro que conozca el Bosque Encantado mejor que Benjen Stark. —El más joven de los hermanos negros se agitó en el asiento, inquieto—. Encontrará el camino de vuelta.
—Puede que sí, puede que no —replicó Yoren—. No es la primera vez que un hombre diestro entra en esos bosques para no salir jamás.
Bran no podía dejar de pensar en el cuento de la Vieja Tata sobre los Otros y el último héroe, perseguido en el bosque por muertos andantes y arañas grandes como sabuesos. Durante un momento tuvo pánico, hasta que recordó el final de la historia.
—Los niños lo ayudarán —dijo—. ¡Los niños del bosque!
Theon Greyjoy soltó una risita despectiva.
—Los niños del bosque desaparecieron hace miles de años, Bran —intervino el maestre Luwin—. Las caras de los árboles son lo único que queda de ellos.
—Puede que eso sea así aquí abajo, maestre —dijo Yoren—. Pero, más allá del Muro, ¿quién sabe? Allí arriba no siempre es posible distinguir lo que está vivo de lo que está muerto.
Aquella noche, cuando hubo terminado la cena, el propio Robb se encargó de llevar a Bran a la cama. Viento Gris abría la marcha y Verano la cerraba tras ellos. Su hermano era fuerte para su edad, y Bran resultaba tan ligero como un fardo de trapos, pero las escaleras eran empinadas y oscuras, y cuando llegaron arriba Robb jadeaba.
Depositó a Bran en la cama, lo tapó con las mantas y sopló para apagar la vela. Durante un rato, se quedó sentado junto a él en la oscuridad. A Bran le habría gustado hablar, pero no sabía qué decir.
—Te encontraremos el caballo perfecto, te lo prometo —susurró Robb al final.
—¿Volverán algún día? —preguntó Bran.
—Sí —dijo Robb, y en su voz había tal esperanza que el pequeño supo que estaba hablando su hermano, no Robb el Señor—. Madre regresará pronto. Con un poco de suerte podremos salir a caballo a recibirla cuando vuelva. ¡Menuda sorpresa se llevará cuando te vea cabalgar! —Pese a la oscuridad, Bran le vio la sonrisa en el rostro—. Y después, cabalgaremos hacia el norte para ver el Muro. No le diremos nada a Jon, llegaremos el día menos pensado, tú y yo juntos. Será toda una aventura.
—Una aventura —repitió Bran con tristeza.
Oyó sollozar a su hermano. La habitación estaba tan oscura que no podía ver las lágrimas en el rostro de Robb, de manera que tendió la mano en busca de la suya. Los dos hermanos entrelazaron los dedos.

EDDARD

—La muerte de Lord Arryn nos entristeció mucho a todos, mi señor —dijo el Gran Maestre Pycelle—. Por supuesto, os diré cuanto queráis saber acerca de su agonía. Tomad asiento, por favor. ¿Queréis algún refrigerio? ¿Unos dátiles? También tengo unos caquis muy buenos. Ya no puedo tomar vino, por desgracia no lo digiero bien, pero puedo ofreceros leche helada endulzada con miel. Es muy refrescante con este calor.
Era cierto que el calor resultaba agobiante; Ned sentía la túnica de seda pegada al pecho. El aire espeso y húmedo envolvía la ciudad como una manta mojada de lana, y la ribera del río era un caos, ya que los pobres habían abandonado sus cuchitriles asfixiantes y mal ventilados para pelear por un lugar donde dormir cerca del agua, el único sitio donde soplaba algo de brisa.
—Os lo agradezco mucho —dijo Ned al tiempo que se sentaba.
Pycelle cogió una diminuta campanilla de plata entre el índice y el pulgar, y la hizo sonar con suavidad. Una criada muy joven y esbelta acudió a la estancia de inmediato.
—Leche helada para la Mano del Rey y para mí, niña, por favor. Que esté bien dulce. —La muchachita fue a buscar las bebidas; el Gran Maestre entrelazó los dedos y se apoyó las manos sobre la barriga—. El pueblo dice que el último año de verano es siempre el más caluroso. No es así, pero a veces lo parece, ¿verdad? En días como éste me dais envidia los norteños, con vuestras nevadas de verano. —La pesada cadena enjoyada que el anciano llevaba al cuello tintineó cuando se movió en el asiento—. Cierto que el verano del rey Maekar fue más caluroso que éste, y casi igual de largo. Algunos idiotas pensaron que ya había llegado el Gran Verano, el verano sin fin, pero al séptimo año se acabó de repente, tuvimos un otoño corto y luego un invierno espantosamente largo. Pero el calor, mientras duró, fue terrible. El casco antiguo de la ciudad era un horno durante el día, sólo cobraba vida de noche. Salíamos a pasear por los jardines de la ribera, y hablábamos sobre los dioses. Recuerdo bien los olores de aquellas noches, mi señor... perfume y sudor, melones maduros, melocotones y granadas, belladona y flores de luna. Por aquel entonces yo todavía era joven, me estaba forjando el collar. El calor no me agotaba, como me sucede ahora. —Pycelle tenía los párpados tan caídos que parecía a punto de dormirse—. Os ruego que me perdonéis, Lord Eddard. No habéis venido aquí a escuchar recuerdos seniles de un verano olvidado antes de que naciera vuestro padre. Perdonad a este viejo por sus divagaciones. Ah, ahí viene la leche. —La criada depositó la bandeja entre ellos, y Pycelle sonrió—. Eres una buena chica. —Cogió una copa, la probó y asintió—. Gracias. Puedes retirarte.
»¿Qué me estabais diciendo? —preguntó Pycelle clavando en Ned los ojos claros y legañosos, cuando se retiró la criada—. Ah, sí, me preguntabais por Lord Arryn...
—Así es. —Ned bebió un sorbo de leche helada por pura educación. Su frescor resultaba agradable, pero estaba demasiado dulce para su gusto.
—Si queréis que os diga la verdad, la Mano no parecía él mismo en los últimos tiempos —dijo Pycelle—. Durante varios años nos sentamos juntos en el Consejo, debí darme cuenta antes, pero lo atribuí a la carga que llevaba tanto tiempo soportando. Sobre aquellos hombros anchos recaían todas las responsabilidades del reino. Y eso no era lo único. Su hijo siempre había sido enfermizo, y su esposa estaba tan preocupada que no permitía que se apartara de su vista. Habría bastado para agotar hasta a un hombre fuerte, y además Lord Jon no era joven. No era de extrañar pues que pareciera melancólico y cansado. O eso creía yo entonces. Ya no estoy tan seguro.
—¿Qué podéis contarme de la enfermedad que acabó con él?
—Un día vino a pedirme cierto libro —dijo el Gran Maestre abriendo las manos en gesto de dolor e impotencia—, estaba tan sano y robusto como siempre, aunque me pareció muy preocupado. A la mañana siguiente se retorcía de dolor y estaba demasiado débil para levantarse de la cama. El maestre Colemon pensó que era un catarro estomacal. Había hecho mucho calor, y la Mano acostumbraba a tomar vino helado, cosa que puede alterar la digestión. Pero Lord Jon siguió debilitándose, así que yo mismo fui a verlo. Por desgracia los dioses no me dieron poder para salvarlo.
—Tengo entendido que expulsasteis al maestre Colemon.
El asentimiento del Gran Maestre fue tan lento y deliberado como el avance de un glaciar.
—Así fue, y me temo que Lady Lysa no me lo perdonará jamás. Puede que me equivocara, pero en aquel momento me pareció lo mejor. El maestre Colemon es como un hijo para mí, y soy el primero en reconocer y admirar su talento, pero es joven, y a menudo los jóvenes no comprenden la fragilidad de un cuerpo envejecido. Estaba purgando a Lord Arryn con pócimas y jugo de pimienta. Temí que eso lo matara.
—¿Os dijo algo Lord Arryn en sus últimas horas?
—En su delirio, la Mano repitió muchas veces el nombre de Robert —dijo Pycelle con el ceño fruncido—, pero no sabría deciros si llamaba a su hijo o al rey. Lady Lysa no consintió que el niño entrara en la habitación por temor a que se contagiara. El rey iba a visitarlo y se pasaba horas sentado junto al lecho, le hablaba y bromeaba sobre cosas del pasado para tratar de levantar el ánimo a Lord Jon. El cariño que le profesaba era evidente.
—¿Nada más? ¿Cuáles fueron sus últimas palabras?
—Cuando vi que ya no cabía albergar ninguna esperanza, administré a la Mano la leche de la amapola para que no sufriera. Justo antes de cerrar los ojos por última vez, susurró algo a su esposa y al rey, una especie de bendición para su hijo. «La semilla es fuerte», dijo. Costaba trabajo entender qué decía. La muerte le llegó al amanecer, pero después de aquello Lord Jon se quedó tranquilo. No volvió a hablar.
Ned bebió otro sorbo de leche, aunque le costaba contener las náuseas ante el dulzor.
—¿Notasteis algo antinatural en la muerte de Lord Arryn?
—¿Antinatural? —La voz del anciano maestre era un susurro apenas audible—. No, la verdad es que no. Fue triste, sin duda. Pero, en cierto modo, no hay nada tan natural como la muerte, Lord Eddard. Jon Arryn descansa en paz ya, por fin se ha librado de su carga.
—¿Habíais visto otros casos de la enfermedad que se lo llevó? —preguntó Ned—. ¿En otros pacientes?
—Hace casi cuarenta años que soy Gran Maestre de los Siete Reinos —replicó Pycelle—. Durante el reinado de Robert, y antes de él el de Aerys Targaryen, y antes de él el de su padre Jaehaerys II, y antes del suyo, durante unos meses, serví al padre de Jaehaerys, Aegon V el Afortunado. He visto más enfermedades de las que quiero recordar, mi señor. Y os puedo decir algo: todos los casos son diferentes, y todos los casos se parecen. La muerte de Lord Jon no fue más extraña que tantas otras.
—Su esposa no opina lo mismo.
—Ahora lo recuerdo, la viuda es hermana de vuestra noble esposa —dijo el Gran Maestre con gesto de asentimiento—. Perdonad la ruda franqueza de este anciano, pero el dolor puede extraviar hasta a las mentes más fuertes y disciplinadas, y la de Lady Lysa nunca lo fue. Desde que dio a luz un bebé ya muerto ha visto enemigos por todas partes, y el fallecimiento de su señor esposo la ha destrozado.
—De modo que estáis seguro de que Jon Arryn murió debido a una enfermedad repentina.
—Así fue —asintió Pycelle con seriedad—. ¿A qué otra cosa pudo deberse, mi buen señor?
—Al veneno —sugirió Ned con voz tranquila.
Los ojos adormilados de Pycelle se abrieron de par en par. El anciano maestre se movió en su asiento, incómodo.
—Es una idea inquietante. No estamos en las Ciudades Libres, donde esas cosas pasan todos los días. Según el Gran Maestre Aethelmure, allí cada hombre puede ser un asesino, pero incluso así desprecian al envenenador. —Se quedó en silencio un instante, pensativo—. Lo que sugerís es posible, mi señor, pero no me parece probable. Un maestre conoce los venenos más comunes, y los síntomas de Lord Arryn no correspondían a ninguno de ellos. ¿Y qué clase de monstruo en forma de hombre osaría asesinar a tan noble señor?
—Tengo entendido que el veneno es un arma de mujer.
—Eso se dice. —Pycelle, meditabundo, se acarició la barba—. De mujeres, de cobardes... y de eunucos. —Carraspeó y escupió hacia los arbustos. Sobre ellos, en la pajarera, un cuervo graznaba sin cesar—. Lord Varys nació esclavo en Lys, ¿lo sabíais? No confiéis en las arañas, mi señor.
—Seguiré vuestro consejo, maestre. —A Ned no le hacía la menor falta que se lo dijeran. Varys tenía algo que le ponía la carne de gallina—. Y os agradezco la ayuda. Ya os he robado bastante tiempo. —Se levantó.
—Espero haber contribuido a tranquilizaros —dijo el Gran Maestre Pycelle mientras se levantaba trabajosamente y lo acompañaba a la puerta—. Si puedo serviros en cualquier otra cosa, sólo tenéis que decirlo.
—Hay un detalle —respondió Ned—. Siento curiosidad por examinar el libro que le prestasteis a Jon el día anterior a que cayera enfermo.
—No creo que os interese lo más mínimo —dijo Pycelle—. Es un volumen muy tedioso sobre los linajes de las grandes casas, escrito por el Gran Maestre Malleon.
—De todos modos, me gustaría verlo.
—Como deseéis. —El anciano abrió la puerta—. Lo tengo aquí, por alguna parte. En cuanto lo encuentre haré que os lo envíen a vuestros aposentos.
—Habéis sido muy amable —dijo Ned—. Una última cuestión —añadió como si se le acabara de ocurrir—. Habéis mencionado que el rey estaba junto al lecho de muerte de Lord Arryn. ¿Lo acompañaba la reina?
—No, no —respondió Pycelle—. Estaba de viaje hacia Roca Casterly, con su padre y los niños. Lord Tywin había venido a la ciudad con su séquito para el torneo del día del nombre del príncipe Joffrey, sin duda con la esperanza de que su hijo Jaime ganara la corona del campeón. Se debió de llevar una gran decepción. Sobre mí recayó la tarea de enviar a la reina la noticia de la repentina muerte de Lord Arryn. Jamás había sentido tanta tristeza al soltar a un pájaro.
—Alas negras, palabras negras —murmuró Ned. Era un proverbio que la Vieja Tata le había enseñado de niño.
—Eso dicen las verduleras —asintió el Gran Maestre Pycelle—. Pero nosotros sabemos que no siempre es así. Cuando el pájaro del maestre Luwin nos trajo la noticia acerca de vuestro hijo Bran, el mensaje alegró todos los corazones nobles del castillo, ¿no es cierto?
—Es como decís, maestre.
—Los dioses son piadosos. —Pycelle inclinó la cabeza—. Acudid a mí siempre que me necesitéis, Lord Eddard. Estoy aquí para prestar mis servicios.
«Sí —pensó Ned mientras la puerta se cerraba—. Pero ¿a quién?»
Iba de vuelta hacia sus habitaciones cuando se encontró con su hija Arya en la escalera de caracol de la Torre de la Mano. La niña agitaba los brazos para mantener el equilibrio sobre una pierna. La piedra basta le había llenado de rozaduras los pies desnudos. Ned se la quedó mirando.
—¿Qué haces, Arya?
—Syrio dice que un danzarín del agua puede mantenerse durante horas sobre un dedo del pie —contestó ella moviendo las manos para mantener el equilibrio.
—¿Qué dedo? —bromeó Ned sin poder contener una sonrisa.
—Cualquier dedo —replicó Arya, exasperada. Saltó con la pierna derecha para caer con la izquierda, y se tambaleó peligrosamente antes de recuperar el equilibrio.
—¿Y es imprescindible que lo hagas aquí? Si te caes por las escaleras te vas a hacer daño.
—Syrio dice que un danzarín del agua no se cae nunca. —Apoyó la pierna para tener los dos pies en el suelo—. Padre, ¿va a venir Bran a vivir con nosotros?
—Hasta dentro de mucho tiempo, no, pequeña —dijo—. Tiene que recuperar las fuerzas.
La niña se mordió un labio.
—¿Qué hará Bran cuando sea mayor?
—Tiene muchos años para encontrar la respuesta a esa pregunta, Arya —dijo Ned que se había arrodillado a su lado—. Por ahora, nos basta con saber que está vivo.
La noche en que llegó el pájaro de Invernalia, Eddard Stark llevó a las niñas al bosque de dioses del castillo, un acre de olmos, alisos y álamos desde donde se divisaba el río. Allí el árbol corazón era un gran roble de ramas inmensas llenas de plantas trepadoras. Pero se arrodillaron ante él, como si fuera un arciano, para dar las gracias. Sansa se quedó dormida apenas apareció la luna, y Arya se durmió también varias horas más tarde, acurrucada en la hierba bajo la capa de Ned. Él se mantuvo despierto, solo. Cuando la luz del amanecer empezó a bañar la ciudad, los capullos rojos de aliento de dragón rodeaban a las niñas dormidas.
—He soñado con Bran —le había susurrado Sansa—. Sonreía.
Ned regresó al presente.
—Quería ser caballero —le decía Arya—. Caballero de la Guardia Real. ¿Podrá serlo?
—No —replicó él. No tenía sentido mentir—. Pero algún día puede ser el señor de una gran fortaleza, y sentarse en el Consejo del rey. Puede erigir castillos como Brandon el Constructor, o navegar en un barco por el mar del Poniente, o adoptar las creencias de tu madre y llegar a ser Septon Supremo.
«Pero nunca volverá a correr detrás de su lobo —pensó con una tristeza que no se podía expresar con palabras—. Ni yacerá con una mujer, ni sostendrá en los brazos a su hijo.»
—¿Yo también puedo ser consejera de un rey, y construir castillos, y ser Septon Supremo? —preguntó Arya inclinando la cabeza a un lado.
Ned le dio un beso en la frente.
—Tú te casarás con un rey, y gobernarás en su castillo, y tus hijos serán caballeros, y príncipes, y señores, y quizá alguno sea Septon Supremo, sí.
—No —dijo la niña con una mueca—. Eso para Sansa.
Dobló la pierna derecha y siguió con sus ejercicios de equilibrio. Ned suspiró y se fue.
Una vez en sus habitaciones, se quitó las prendas de seda manchadas de sudor, cogió la palangana que había junto a su cama y se echó agua fría por la cabeza. Alyn entró cuando se secaba la cara.
—Ha venido Lord Baelish. Solicita una audiencia, mi señor —dijo.
—Acompáñalo a mis estancias —dijo Ned mientras cogía una túnica limpia, la del lino más ligero que encontró—. Lo recibiré ahora mismo.
Cuando Ned llegó, Meñique estaba sentado junto a la ventana, observando el entrenamiento con espadas de los caballeros de la Guardia Real, en el patio.
—Ojalá la mente del viejo Selmy fuera tan afilada como su espada —dijo con melancolía—. Las reuniones del Consejo serían mucho más animadas.
—Ser Barristan es tan valiente y honorable como el que más en Desembarco del Rey. —Ned había aprendido a respetar al anciano y canoso Lord Comandante de la Guardia Real.
—Y también pelma como el que más —puntualizó Meñique—, aunque seguro que hará un buen papel en el torneo. El año pasado desmontó al Perro, y hace sólo cuatro que fue el campeón.
El tema del posible vencedor del torneo no interesaba lo más mínimo a Eddard Stark.
—Lord Petyr, ¿esta visita tiene algún motivo, o venís sólo a disfrutar del paisaje que se divisa desde mi ventana?
—Le prometí a Cat que os ayudaría en vuestra indagaciones y lo he hecho —dijo Meñique con una sonrisa.
Aquello cogió desprevenido a Ned. Con o sin promesas de por medio, no conseguía confiar en Lord Petyr Baelish, que siempre le parecía demasiado listo.
—¿Tenéis algo para mí?
—Tengo a alguien —lo corrigió Meñique—. A cuatro, para ser exactos. ¿No se os ocurrió interrogar a los sirvientes de la Mano?
—Ojalá fuera posible —contestó Ned con el ceño fruncido—. Lady Arryn se llevó a todo su séquito cuando volvió al Nido de Águilas. Todos los que trataban de cerca a su esposo la acompañaron en su huida: el maestre de Jon, su mayordomo, el capitán de su guardia, sus caballeros y criados...
—Se llevó a casi todo su séquito —dijo Meñique—, pero quedaron algunas personas. Una ayudante de cocina preñada que se casó a toda prisa con uno de los palafreneros de Lord Renly, un caballerizo que se alistó en la Guardia de la Ciudad, un criado despedido por hurto y el escudero de Lord Arryn.
—¿Su escudero? —Ned estaba gratamente sorprendido. Los escuderos solían conocer bien las idas y venidas de sus señores.
—Ser Hugh del Valle. El rey lo nombró caballero tras la muerte de Lord Arryn.
—Enviaré a alguien a buscarlo —dijo Ned—. Y también a los otros.
—Mi señor, ¿tenéis la amabilidad de acercaros aquí, a la ventana? —preguntó Meñique con una mueca.
—¿Por qué?
—Venid y os lo mostraré, mi señor. —Ned se acercó a la ventana con el ceño fruncido. Petyr Baelish hizo un gesto descuidado—. Mirad al otro lado del patio, junto a la puerta de la armería, ¿veis a un niño sentado en los escalones, que afila una espada con una piedra de amolar?
—Sí, ¿qué pasa con él?
—Es un informante de Varys. La Araña muestra gran interés en todo lo que hacéis. Ahora mirad hacia la muralla. Más al oeste, sobre los establos. ¿Veis al guardia que vigila desde el baluarte?
—¿Otro de los pajaritos del eunuco? —preguntó Ned cuando lo divisó.
—No, ése es de la reina. Como veis, desde su posición divisa sin problemas la puerta de esta torre, así sabe siempre quién os visita. Y hay muchos otros, a la mayoría no los conozco ni yo. La Fortaleza Roja está llena de ojos. ¿Por qué crees que oculté a Cat en un burdel?
—Por los siete infiernos —maldijo Eddard Stark; detestaba aquellas intrigas. Era cierto, parecía que el hombre de la muralla lo vigilaba. Se apartó de la ventana, incómodo—. ¿Es que todo el mundo informa a alguien en esta maldita ciudad?
—No todo el mundo —replicó Meñique. Contó con los dedos de la mano—. A ver, estamos vos, yo, el rey... aunque, bien pensado, el rey le cuenta demasiado a la reina, y de vos no estoy del todo seguro. —Se levantó—. ¿Tenéis a vuestro servicio a algún hombre en quien confiéis plenamente?
—Sí —dijo Ned.
—En ese caso, me encantaría venderos un palacio precioso que tengo en Valyria —replicó Meñique con sonrisa burlona—. La respuesta más sensata habría sido «no», mi señor, pero si insistís... Enviad a ese ser maravilloso a ver a Ser Hugh y a los otros. Vuestras idas y venidas no pasan desapercibidas, pero ni Varys la Araña puede vigilar a todos los hombres de vuestro servicio todas las horas del día. —Se dirigió hacia la puerta.
—Lord Petyr —empezó Ned—. Os... os agradezco vuestra ayuda. Quizá me equivocaba al desconfiar de vos.
—Tardáis mucho en aprender, Lord Eddard. —Meñique se pasó los dedos por la barbita puntiaguda—. Desconfiar de mí ha sido lo más inteligente que habéis hecho desde que desmontasteis al llegar.

JON

Jon estaba enseñando a Daeron a asestar golpes de costado cuando el nuevo recluta entró en el patio de entrenamiento.
—Tienes que separar más los pies —insistió—. No querrás perder el equilibrio. Muy bien. Ahora tienes que girar mientras asestas el golpe, pon todo tu peso en la espada.
—Por los siete dioses —murmuró Daeron apartándose y levantándose el visor—. No te pierdas eso, Jon.
Jon se dio media vuelta. A través de la ranura del visor del yelmo divisó al chico más gordo que había visto en su vida. Estaba de pie ante la puerta de la armería, y por lo menos pesaba ciento treinta kilos. El cuello de piel de su chaqueta bordada desaparecía bajo la papada. Tenía unos ojos claros que miraban nerviosos en todas direcciones, su rostro parecía una luna llena, y se pasaba los dedos regordetes por la casaca de terciopelo para secarse el sudor.
—Me... me han dicho que viniera aquí a... a entrenarme —dijo sin dirigirse a nadie en concreto.
—Un señorito —dijo Pyp a Jon—. Sureño, de la zona de Altojardín, seguro. —Pyp había recorrido los siete reinos con una compañía teatral y alardeaba de que sabía de dónde era cualquiera con tan sólo oír su voz.
El chico llevaba bordado en el pecho del abrigo, en hilo rojo, un cazador dando un paso. Jon no reconoció el emblema. Ser Alliser Thorne echó un vistazo a su nuevo alumno.
—Por lo visto en el sur ya andan escasos de ladrones y cazadores furtivos. Ahora nos envían al Muro a los cerdos. ¿Qué clase de armadura son las pieles y el terciopelo, mi señor Jamón?
Más tarde descubrieron que el nuevo recluta traía armadura propia: doblete acolchado, coraza, mallas y yelmo, y hasta un escudo de madera y cuero en el que se veía el mismo emblema del cazador. Pero, como ninguna de las prendas era negra, Ser Alliser lo obligó a equiparse de nuevo en la armería. Tardó media mañana. Su volumen obligó a Donal Noye a desmontar una cota de mallas para ampliarla poniéndole trozos de cuero en los costados. El yelmo no le entraba en la cabeza, así que el armero tuvo que quitar el visor. Las prendas de cuero le apretaban de tal manera las piernas y las axilas que casi no podía moverse. Una vez uniformado para el combate, el muchacho nuevo parecía una salchicha demasiado hecha, a punto de reventar.
—Esperemos que no seas tan inepto como pareces —dijo Ser Alliser—. Halder, averigua qué sabe hacer Ser Cerdi.
Jon Nieve hizo una mueca. Halder había nacido en una cantera y había trabajado en ella como aprendiz. Tenía dieciséis años, era alto y musculoso, y sus golpes eran los más fuertes que había sentido Jon en la vida.
—Esto se pone más feo que el culo de una puta —murmuró Pyp, y no le faltaba razón.
El combate duró menos de un minuto. El muchacho gordo acabó en el suelo, tembloroso, le salía sangre del yelmo roto y le corría entre los dedos regordetes.
—¡Me rindo! —chilló—. ¡Basta, me rindo, no me pegues más!
Rast y algunos de los otros chicos se reían. Pero Ser Alliser no quería que aquello terminara tan deprisa.
—En pie, Ser Cerdi —ordenó—. Recoge la espada. —Pero el chico siguió aferrado al suelo, de bruces, de modo que Thorne le hizo un ademán a Halder—. Dale golpes de plano con la espada hasta que se levante. —Halder asestó un golpe ligero en las nalgas de su rival—. ¿Ésa es toda la fuerza que tienes? —se mofó Thorne.
Halder alzó la espada larga con ambas manos y asestó un golpe tan fuerte que la coraza se rompió. El chico nuevo aulló de dolor.
Jon Nieve dio un paso al frente. Pyp le puso una mano enguantada en el hombro.
—No, Jon —susurró, clavando una mirada de ansiedad en Ser Alliser Thorne.
—En pie —repitió Thorne. El chico gordo se debatió para incorporarse, resbaló y cayó de nuevo—. Vaya, parece que Ser Cerdi empieza a captar la idea —observó Thorne—. Otra vez.
Halder alzó la espada para asestar un nuevo golpe.
—¡Córtanos un poco de jamón! —le gritó Rast entre carcajadas.
—Ya basta, Halder —dijo Jon mientras se liberaba de la mano de Pyp.
Halder miró a Ser Alliser.
—El bastardo habla y los campesinos tiemblan —dijo el maestro de armas con su voz gélida, hiriente—. Te recuerdo, Lord Nieve, que aquí mando yo.
—Mira a ese chico, Halder —dijo Jon haciendo caso omiso de Alliser—. No hay ningún honor en golpear a un enemigo caído. Se ha rendido. —Se arrodilló junto al chico gordo.
—Se ha rendido —repitió Halder bajando la espada.
—Vaya, por lo visto nuestro bastardo se ha enamorado —dijo Alliser con los ojos de ónice clavados en Jon Nieve mientras éste ayudaba al chico a ponerse en pie—. Quiero ver tu acero, Lord Nieve.
Jon desenfundó su espada larga. Se atrevía a desafiar a Ser Alliser sólo hasta cierto punto, y tenía la sensación de que lo había sobrepasado con creces. Thorne sonrió.
—El bastardo quiere defender a su amada, así que éste será el ejercicio. Rata, Espinilla, echadle una mano a Cabeza de Piedra. —Rast y Albett se adelantaron para situarse junto a Halder—. Los tres podréis hacer gritar un rato a Lady Cerdi. Solamente tenéis que derrotar antes al bastardo.
—Ponte detrás de mí —dijo Jon al chico gordo. Ser Alliser solía hacer que se enfrentara contra dos rivales, pero nunca contra tres. Sabía que aquella noche se acostaría magullado y ensangrentado. Se preparó para resistir el ataque.
De repente, Pyp estuvo a su lado.
—Tres contra dos es más deportivo —dijo el muchacho menudo con tono alegre. Se bajó el visor y desenfundó la espada. Antes de que Jon pudiera protestar, Grenn se había adelantado para unirse a ellos.
En el patio se hizo un silencio mortal. Jon sentía los ojos de Ser Alliser clavados en él.
—¿A qué esperáis? —preguntó a Rast y a los otros, con una voz engañosamente suave.
Pero Jon fue el primero en moverse. Halder apenas tuvo tiempo de detener el golpe con su espada.
Jon lo hizo retroceder, cada golpe era un ataque, quería mantener desequilibrado al muchacho mayor. «Debes conocer a tu enemigo», le había enseñado una vez Ser Rodrik. Jon conocía a Halder, tenía una fuerza brutal, pero carecía de paciencia y no le gustaba defenderse. Seguro que si lo frustraba lo suficiente bajaría la guardia.
El sonido del acero contra el acero resonó por el patio cuando los muchachos se enfrentaron. Jon detuvo un mandoble salvaje que le iba directo a la cabeza, pero el impacto de las espadas hizo que un calambre le recorriera el brazo. Lanzó un golpe lateral que acertó a Halder en las costillas, y su recompensa fue un grito amortiguado de dolor. El contraataque acertó a Jon de pleno en el hombro. La cota de mallas crujió, y el dolor le recorrió el cuello como un latigazo, pero Halder había perdido el equilibrio durante un instante. Jon lo golpeó en la pierna izquierda, Y el muchacho cayó con una maldición.
Grenn se defendía bien, tal como Jon le había enseñado, y apenas daba tregua a Albett, pero la presión era excesiva para Pyp. Rast tenía dos años más que él, y también pesaba veinte kilos más. Jon se le acercó por detrás y dio un golpe en el casco del violador, que resonó como una campana. Rast se tambaleó, Pyp se coló bajo su guardia, lo derribó y le puso la espada en la garganta. Jon también estaba sobre él.
—Me rindo —gritó Albett, al verse enfrentado a dos espadas.
—Esta farsa ya se ha prolongado demasiado por hoy —dijo despectivo Ser Alliser Thorne contemplando aquello con repugnancia. Se marchó. La sesión de entrenamiento había terminado.
Daeron ayudó a Halder a ponerse en pie. El hijo del picapedrero se quitó el yelmo con dificultad y lo lanzó al otro lado del patio.
—Durante un instante pensé que, por fin, ya te tenía, Nieve.
—Durante un instante me tuviste —replicó Jon. El hombro le palpitaba bajo las mallas y la coraza. Envainó la espada y fue a quitarse el yelmo, pero al levantar el brazo el dolor fue tal que lo obligó a apretar los dientes.
—Espera, te ayudo —dijo una voz. Unas manos de dedos gruesos le soltaron el yelmo del gorjal y lo alzaron con suavidad—. ¿Te ha hecho daño?
—No es la primera vez que recibo un golpe. —Se tocó el hombro e hizo una mueca. A su alrededor, los muchachos salían del patio. El chico gordo tenía sangre en el pelo, allí donde Halder le había hendido el casco.
—Me llamo Samwell Tarly, de Colina... —Se detuvo y se pasó la lengua por los labios—. No, era de Colina Cuerno, hasta que... que me fui. He venido a vestir el negro. Mi padre es Lord Randyll, banderizo de los Tyrell de Altojardín. Yo era su heredero, pero... —Se quedó sin voz.
—Yo soy Jon Nieve, bastardo de Ned Stark, de Invernalia.
Samwell Tarly asintió.
—Si... si quieres puedes llamarme Sam. Mi madre me llama Sam.
—Tú a él lo puedes llamar Lord Nieve —dijo Pyp al tiempo que se acercaba a ellos—. Y ni te imaginas cómo lo llama su madre.
—Estos dos son Grenn y Pypar —presentó Jon.
—Grenn es el feo —indicó Pyp.
—Tú eres más feo que yo —dijo Grenn frunciendo el ceño—. Yo al menos no tengo orejas de murciélago.
—Quiero daros las gracias a todos —dijo el chico gordo con seriedad.
—¿Por qué no te levantaste y luchaste? —quiso saber Grenn.
—Lo intenté, de verdad, pero... no pude. No quería que me pegara más. —Clavó la vista en el suelo—. Es que... soy un cobarde. Mi padre me lo dice siempre.
Grenn lo miró atónito. Hasta Pyp, que siempre tenía algo que decir, se había quedado sin palabras. ¿Qué clase de hombre se calificaba como cobarde?
Samwell Tarly debió de ver en sus rostros lo que pensaban. Sus ojos buscaron los de Jon y luego se apartaron rápidamente como animales asustados.
—Lo siento, de verdad que lo siento —añadió—. Yo no elegí... ser como soy. —Echó a andar hacia la armería con pasos pesados.
—Te han hecho daño —le gritó Jon—. Mañana lo harás mejor.
—No. —Sam lo miró por encima de un hombro, con gesto triste—. No lo haré mejor. —Parpadeó para contener las lágrimas—. Nunca lo hago mejor.
Cuando el chico gordo estuvo lejos, Grenn frunció el ceño.
—A nadie le caen bien los gallinas —dijo, incómodo—. Me arrepiento de que lo hayamos ayudado. Ahora todos pensarán que nosotros también somos unos gallinas.
—Tú eres demasiado tonto, no llegas a gallina —le dijo Pyp.
—Eso es mentira —bufó Grenn.
—Es verdad. Si un oso te atacara en el bosque, serías demasiado tonto para escapar corriendo.
—Mentira —insistió Grenn—. Escaparía corriendo más rápido que tú.
Se detuvo de golpe al ver la sonrisa de Pyp y comprendió qué había dicho. Se le puso rojo el cuello. Jon dejó allí a sus compañeros, discutiendo, y entró en la armería para colgar la espada y despojarse de la maltratada armadura.
La vida en el Castillo Negro seguía ciertas pautas; por las mañanas había entrenamientos con espada y por las tardes todo tipo de trabajos. Los hermanos negros encomendaban a los reclutas tareas diferentes, para ver cuáles eran sus habilidades. Jon adoraba las escasas tardes en que lo enviaban a cazar con Fantasma para abastecer la mesa del Lord Comandante, pero por cada uno de esos días tenía que pasar una docena con Donal Noye en la armería, manejando la piedra de amolar mientras el herrero manco afilaba las hachas embotadas por el uso, o bombeando el fuelle para que Noye forjara una espada nueva. En otras ocasiones le correspondía llevar mensajes, montar guardia, limpiar el estiércol de los establos, hacer flechas, ayudar al maestre Aemon con los pájaros o bien a Bowen Marsh con la contabilidad y los inventarios.
Aquella tarde el comandante de las guardias lo envió a la jaula de la grúa con cuatro toneles de piedra machacada, para tender gravilla por los caminos helados de la cima del muro. Era un trabajo aburrido y solitario, pese a la compañía de Fantasma, pero a Jon no le importaba. En los días despejados, desde la cima del Muro se divisaba medio mundo, y el aire era siempre frío y tonificante. Allí tenía tiempo para pensar, y se dedicó a pensar en Samwell Tarly... y, curiosamente, también en Tyrion Lannister. Se preguntaba qué habría pensado Tyrion del chico gordo.
—Casi todos los hombres prefieren negar la verdad antes que enfrentarse a ella —le había dicho el enano con una sonrisa. El mundo estaba lleno de gallinas que se hacían pasar por héroes. Para admitir la propia cobardía, como había hecho Samwell Tarly, hacía falta una especie singular de valor.
El hombro magullado le hacía trabajar despacio. La tarde estaba ya bien avanzada cuando Jon terminó de echar gravilla por los caminos. Remoloneó en la cima del Muro para ver la puesta de sol, que teñía el cielo del oeste de un color rojo sangre. Por fin, cuando empezó a envolverlo la oscuridad, Jon hizo rodar los toneles vacíos hacia la jaula, e indicó a los hombres de la grúa que lo bajaran.
Cuando llegó con Fantasma a la sala común, los demás estaban ya terminando de cenar. Un grupo de hermanos negros bebía vino especiado y jugaba a los dados cerca de la chimenea. Sus amigos estaban sentados en el banco más cercano a la pared oeste, y reían a carcajadas. Pyp estaba contando una historia. El chico actor de las orejas inmensas era un magnífico mentiroso capaz de imitar cien voces, y más que contar historias las vivía, representaba todos los papeles, en un momento era el rey y al siguiente un porquerizo. Cuando se convertía en tabernera o en princesa virginal ponía una voz en falsete que hacía llorar de risa a todos los que lo rodeaban, y sus eunucos eran siempre parodias escalofriantemente certeras de Ser Alliser. A Jon le gustaban tanto como a cualquiera las representaciones de Pyp, pero aquella noche se dio media vuelta y se dirigió hacia el final del banco, donde Samwell Tarly estaba sentado, a solas, tan lejos de los demás como era posible.
Cuando Jon se sentó frente a él, estaba terminándose la empanada de cerdo que habían servido los cocineros para cenar. El chico gordo abrió los ojos de par en par al ver a Fantasma.
—¿Es un lobo?
—Un lobo huargo —dijo Jon—. Se llama Fantasma. El lobo huargo es el emblema de la Casa de mi padre.
—El de la nuestra es un cazador.
—¿Te gusta cazar?
—Lo detesto. —El chico gordo se estremeció. Parecía a punto de echarse a llorar otra vez.
—¿Qué te pasa ahora? —preguntó Jon—. ¿Por qué tienes siempre tanto miedo?
Sam contempló lo que le quedaba de empanada y movió la cabeza con gesto débil, demasiado asustado para hablar. Una carcajada resonó por toda la sala. Jon oyó a Pyp chillar con voz aguda. Se puso de pie.
—Vamos afuera —añadió.
—¿Para qué? —La cara redonda y regordeta se alzó hacia él con desconfianza—. ¿Qué vamos a hacer afuera?
—Hablar —replicó Jon—. ¿Has visto el Muro?
—Estoy gordo, no ciego —dijo Samwell Tarly—. Claro que lo he visto, tiene más de doscientos metros de altura.
Pero pese a todo se levantó, se echó sobre los hombros la capa con ribetes de piel y siguió a Jon fuera de la sala común, todavía desconfiado, como si temiera que alguna trampa cruel le aguardara en el exterior. Fantasma iba junto a ellos.
—No me imaginaba que sería así —dijo Sam mientras andaban. Sus palabras formaban nubes de vapor en el aire helado, y el esfuerzo por mantener el paso de Jon lo hacía jadear—. Los edificios están medio derrumbados, y hace tanto... tanto...
—¿Frío? —La escarcha formaba ya una costra dura sobre el castillo, y Jon oía el crujido suave de la hierba gris bajo las botas. Sam asintió con tristeza.
—No soporto el frío —dijo—. La otra noche me desperté, y el fuego se había apagado. Pensé que iba a morir congelado antes del amanecer.
—¿En el lugar de donde vienes hacía calor?
—No había visto la nieve hasta hace un mes. Venía hacia aquí con los hombres que mi padre designó para acompañarme al norte, y de repente empezó a caer esa cosa blanca, como si fuera lluvia. Al principio me pareció muy bonito, era como si bajaran plumas del cielo, pero no paraba, y yo me helaba hasta los huesos. Los hombres tenían hielo en las barbas y en los hombros, y seguía cayendo nieve. Tenía miedo de que no acabara nunca.
Jon sonrió.
El Muro se alzaba ante ellos, con su brillo pálido a la luz de la luna menguante. En el cielo las estrellas brillaban claras y nítidas.
—¿Me van a obligar a subir ahí arriba? —preguntó Sam; al ver los peldaños de madera el rostro se le había desencajado—. Si tengo que subir por esa escalera me muero.
—Hay una grúa —señaló Jon—. Te pueden llevar arriba en una especie de jaula.
—Me dan miedo las alturas. —Samwell Tarly sorbió por la nariz.
—¿Es que tienes miedo de todo? —preguntó Jon, incrédulo, frunciendo el ceño. Aquello ya era demasiado—. No lo entiendo. Si de verdad eres tan gallina, ¿qué haces aquí? ¿Por qué se une un cobarde a la Guardia de la Noche?
Samwell Tarly lo miró durante un momento larguísimo, y al final la cara redonda pareció desmoronarse. Se sentó en el suelo cubierto de escarcha y se echó a llorar con unos sollozos tremendos que le estremecían todo el cuerpo. Jon Nieve no sabía qué hacer, se limitó a mirarlo; como la nieve, parecía que las lágrimas no acabarían jamás.
Fantasma sí supo qué hacer. El huargo claro, silencioso como una sombra, se acercó a Samwell Tarly y empezó a lamerle las lágrimas del rostro. El chico gordo dejó escapar un grito de sobresalto... y sin saber por qué, al instante siguiente, los sollozos se habían transformado en risas.
Jon Nieve también se echó a reír. Después, se sentaron juntos en el suelo helado, arrebujados en las capas y con Fantasma tendido entre ellos. Jon le contó cómo Robb y él habían encontrado a los cachorros recién nacidos entre las nieves de las postrimerías del verano. Le parecía como si hubieran pasado mil años. No tardó en hablarle también de Invernalia.
—A veces sueño con ese lugar —dijo—. Recorro las salas desiertas. Mi voz levanta ecos, pero nadie responde, así que camino más deprisa, abro las puertas, llamo a la gente. Ni siquiera sé a quién estoy buscando. La mayor parte de las noches es a mi padre, pero otras es a Robb, o a mi hermanita Arya, o a mi tío.
El recuerdo de Benjen Stark lo entristeció; su tío seguía desaparecido. El Viejo Oso había enviado expediciones en su búsqueda. Ser Jaremy Rykker había dirigido dos batidas, y Quorin Mediamano había recorrido todo el terreno desde la Torre Sombría, pero lo único que encontraron fueron unas marcas en los árboles que su tío había dejado para señalar el camino. En las tierras altas y pedregosas del noroeste, las marcas desaparecían de repente, y se perdía por completo todo rastro de Ben Stark.
—En tu sueño, ¿encuentras a alguien alguna vez? —preguntó Sam.
—A nadie —contestó Jon sacudiendo la cabeza—. El castillo está siempre desierto. —Nunca había hablado a nadie de aquel sueño, y no entendía por qué se lo contaba a Sam, pero se sentía bien al hacerlo—. Hasta los cuervos de la pajarera han desaparecido, y en los establos sólo quedan huesos. Es lo que más miedo me da siempre. Echo a correr, abro todas las puertas, subo los escalones de la torre de tres en tres, llamo a gritos a alguien, a cualquiera. Y por fin me encuentro ante la puerta que lleva a las criptas. Dentro todo es oscuridad, pero veo la escalera de caracol que desciende. Y sé que tengo que bajar, pero no quiero. Me da miedo lo que sea que me espera abajo. Los antiguos Reyes del Invierno están en las criptas, sentados en sus tronos, con lobos de piedra a los pies y espadas de hierro sobre el regazo, pero no son ellos los que me dan miedo. Grito que yo no soy un Stark, que aquel lugar no me corresponde, pero no sirve de nada, tengo que bajar, y empiezo a descender por las escaleras, tanteando las paredes porque no llevo ninguna antorcha y no hay luz. Todo está cada vez más oscuro, y empiezo a tener ganas de gritar. —Se detuvo, algo avergonzado—. En ese punto es donde siempre me despierto. —Y despertaba con la piel fría y pegajosa, temblando en la oscuridad de su celda. Fantasma se subía de un salto y se tendía junto a él, le proporcionaba un calor reconfortante como el amanecer. Volvía a dormirse con el rostro contra el pelaje blanco del huargo—. ¿Tú sueñas con Colina Cuerno? —preguntó.
—No. —Sam apretó los labios—. Detestaba aquel lugar.
Rascó a Fantasma detrás de las orejas, ensimismado, y Jon respetó el silencio. Pasó un largo rato. Al final, Samwell Tarly empezó a hablar, y Jon Nieve escuchó sin interrumpir, para descubrir cómo un cobarde confeso había llegado al Muro.
Los Tarly eran una familia antigua y honorable, banderizos de Mace Tyrell, señor de Altojardín y Guardián del Sur. El hijo mayor de Lord Randyll Tarly, Samwell, nació destinado a heredar tierras ricas, una fortaleza sólida y un espadón casi legendario llamado Veneno de Corazón, forjado en acero valyriano y que se transmitía de padre a hijo desde hacía casi quinientos años.
Si su señor padre sintió algún orgullo cuando nació Samwell, éste se fue desvaneciendo a medida que el muchacho crecía regordete, blando y torpe. A Sam le gustaba escuchar música y componer canciones, vestir ropas de terciopelo y jugar junto a los cocineros en las cocinas del castillo, rodeado por los aromas deliciosos de los pasteles de limón y las tartas de arándanos. Sus grandes pasiones eran los libros, los gatitos y la danza, pese a su torpeza natural. Pero la mera visión de la sangre le daba mareos, y lloraba si veía matar un pollo. Por Colina Cuerno pasaron una docena de maestros de armas, que intentaron transformar a Samwell en el caballero que su padre soñaba. El niño recibió insultos y bastonazos, lo abofetearon y lo mataron de hambre. Un hombre lo hacía dormir con la cota de mallas para hacerlo más marcial. Otro lo vistió con las ropas de su madre y lo hizo desfilar por las afueras del castillo, para ver si la vergüenza le inculcaba algún valor. Pero Sam no hacía más que engordar y cada vez era más asustadizo, hasta que la decepción de Lord Randyll se transformó en furia y en desprecio.
—Una vez —le confió Sam en susurros—, vinieron al castillo dos hombres de Quarth, dos hechiceros de piel blanca y ojos azules. Mataron un uro y me hicieron bañarme en la sangre caliente porque decían que eso me daría valor. Pero me dieron arcadas y vomité. Mi padre los mandó azotar.
Por fin, después de tres niñas en otros tantos años, Lady Tarly dio a su señor esposo otro hijo varón. Desde aquel día en adelante Lord Randyll no volvió a mirar a Sam, y dedicó todo su tiempo a su hijo pequeño, un niño robusto y feroz mucho más de su agrado. Samwell conoció así varios años de paz y tranquilidad, con su música y sus libros.
Hasta que amaneció el decimoquinto día de su nombre, cuando lo despertaron y se encontró con el caballo ensillado y el equipaje listo. Tres hombres lo escoltaron hasta un bosque cercano a Colina Cuerno, donde su padre estaba despellejando un ciervo.
—Ya eres casi un hombre, y sigues siendo mi heredero —dijo Lord Randyll Tarly a su hijo mayor, sin dejar de limpiar la carcasa con un cuchillo largo—. No me has dado motivos para desheredarte, pero no permitiré que te quedes con las tierras y el título que corresponden a Dickon por derecho. Veneno de Corazón debe ser para un hombre que pueda esgrimirla, y tú no eres digno ni de tocar la empuñadura. Así que he decidido que hoy anunciarás que deseas vestir el negro. Renunciarás a todo derecho sobre la herencia de tu hermano, y emprenderás el viaje hacia el norte antes de que anochezca.
»De lo contrario, mañana habrá una cacería, tu caballo tropezará en estos bosques, tú te caerás y morirás... o eso es lo que diré a tu madre. Y por favor, no imagines que te resultaría fácil desafiarme. Nada me produciría mayor placer que darte caza como al cerdo que eres. —Dejó el cuchillo de desollar a un lado. Tenía los brazos empapados de sangre hasta el codo—. Así que puedes elegir. La Guardia de la Noche... —Metió las manos en las entrañas del ciervo, le arrancó el corazón y se lo mostró, ensangrentado y goteante—. O esto.
Sam contó la historia con voz tranquila, átona, como si le hubiera pasado a otra persona y no a él. Y por extraño que pareciera no lloró ni una vez. Cuando terminó, los dos chicos se quedaron sentados un rato, escuchando el sonido del viento. No se oía otra cosa en el mundo entero.
—Deberíamos volver a la sala común —dijo Jon al final.
—¿Por qué? —preguntó Sam.
—Hay sidra caliente, o vino especiado si lo prefieres —dijo Jon encogiéndose de hombros—. Algunas noches Daeron nos canta algo si está de humor. Antes era juglar... bueno, no del todo, era aprendiz de juglar.
—¿Cómo es que vino a parar aquí? —preguntó Sam.
—Lord Rowan de Sotodeoro lo pescó en la cama con su hija. La chica tenía dos años más que él, y Daeron dice que lo ayudó a entrar por la ventana, pero delante de su padre dijo que había sido una violación, y aquí acabó el pobre. Cuando el maestre Aemon lo oyó cantar dijo que su voz era miel derramada sobre un trueno. —Jon sonrió—. Sapo también canta, si es que a eso se lo puede llamar cantar. Canciones de borracho que aprendió en la taberna de su padre. Pyp dice que su voz es como meados derramados sobre un pedo.
Ambos rieron juntos.
—Me gustaría oírlos a los dos —reconoció Sam—, pero no querrán que esté ahí. —Se le ensombreció el rostro—. Mañana me obligará a pelear otra vez, ¿verdad?
—Sí —tuvo que reconocer Jon.
—Más vale que intente dormir. —Sam se puso en pie con torpeza. Se arrebujó en su capa y se alejó con pasos pesados.
Cuando Jon volvió a la sala común, con Fantasma por toda compañía, los demás aún estaban allí.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó Pyp.
—Estaba hablando con Sam —dijo.
—Es un verdadero gallina —dijo Grenn—. Durante la cena había sitio en el banco con nosotros, pero le dio miedo y se sentó lejos.
—A Lord Jamón no le parecemos suficientemente dignos para compartir la cena con nosotros —apuntó Jeren.
—Se ha comido un trozo de empanada de cerdo —dijo Sapo con una sonrisa—. ¿Sería pariente suyo? ¡Oink! ¡Oink!
—¡Basta ya! —les espetó Jon, furioso. Los chicos, desconcertados por lo repentino de su furia, se quedaron callados—. Escuchadme —añadió Jon. Y les explicó qué iban a hacer. Pyp le dio su apoyo, como sabía que haría, pero se llevó una sorpresa muy agradable cuando Halder también lo respaldó. Grenn no se decidía al principio, pero Jon sabía cómo convencerlo. Uno por uno fueron accediendo todos los demás. Jon persuadió a algunos, lisonjeó a otros, humilló a unos cuantos, y amenazó cuando fue necesario. Al final todos estuvieron de acuerdo. Todos menos Rast.
—Haced lo que os dé la gana, nenitas —dijo Rast—, pero si Thorne vuelve a decirme que ataque a Lady Cerdi, cortaré una loncha de panceta para la cena. —Se rió en la cara de Jon antes de darse media vuelta y marcharse.
Horas después, mientras el castillo dormía, tres muchachos lo visitaron en su celda. Grenn le sujetó los brazos y Pyp se le sentó en las piernas. Jon oyó la respiración acelerada de Rast cuando Fantasma le saltó sobre el pecho. Los ojos del lobo huargo ardían como brasas rojas mientras mordisqueaba la piel tierna de la garganta del muchacho, lo justo para que brotaran unas gotas de sangre.
—Acuérdate de que sabemos dónde duermes —le dijo Jon con voz suave.
Por la mañana Jon oyó cómo Rast contaba a Albett y a Sapo que se había cortado al afeitarse.
Desde aquel día en adelante, ni Rast ni nadie hizo daño a Samwell Tarly. Cuando Ser Alliser los enfrentaba al chico gordo se limitaban a defenderse y a detener sus golpes lentos y torpes. Si el maestro de armas les ordenaba que atacaran, se limitaban a bailar en torno a Sam, y a asestar ligeros golpes contra la coraza del pecho, el yelmo o la pierna. Ser Alliser se enfurecía, los amenazaba, los llamaba gallinas, mujercitas y cosas peores, pero nadie hacía daño a Sam. Al cabo de unas pocas noches, ante la insistencia de Jon, se sentó a cenar con ellos, ocupando un puesto junto a Halder en el banco. Pasaron dos semanas antes de que juntara el valor suficiente para intervenir en la conversación, pero al poco tiempo se reía de las muecas de Pyp y bromeaba con Grenn como el que más.
Samwell Tarly era gordo, torpe y asustadizo, pero no carecía de cerebro. Una noche fue a ver a Jon a su celda.
—No sé qué hiciste —dijo—, pero sé que hiciste algo. —Apartó la vista con timidez—. Nunca había tenido un amigo.
—No somos amigos —dijo Jon. Puso una mano en el hombro carnoso de Sam—. Somos hermanos.
Y era cierto, pensó cuando Sam se fue. Robb, Bran y Rickon eran hijos de su padre, y todavía los quería, pero Jon sabía que nunca había sido uno de ellos. Catelyn Stark se había encargado de eso. Los muros grises de Invernalia seguirían apareciendo en sus sueños, pero su vida estaba en el Castillo Negro, y sus hermanos eran Sam, Grenn, Halder, Pyp y el resto de los marginados que vestían el negro de la Guardia de la Noche.
—Mi tío tenía razón —susurró a Fantasma.
Deseó con todo su corazón volver a ver a Benjen Stark para poder decírselo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario